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Un heredero bien alimentado (23 12 11)

Un heredero bien alimentado

por Nelson Gustavo Specchia

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La vida y la historia se encargan de recordárnoslo a cada paso: no hay dictadores eternos, y hasta el más férreo, aislado y cerrado sistema termina horadado por las mismas fuerzas centrípetas que intentaron hacerlo inmune al mundo exterior. Parecía eterno, pero, claro, Kim Jong-il no lo era. Y habrá que ver cuánto más puede resistir el régimen de Corea del Norte cerrado a cal y canto. Muerto el “amado líder” –como se hacía llamar con desparpajo oriental- presumiblemente de un ataque al corazón, tras los múltiples achaques y dolencias que la afición al cognac añejo le habían dejado, todos los símbolos de la dictadura se orientaron a minimizar el golpe y a intentar seguir creyendo que la burbuja norcoreana puede permanecer indeleble al tiempo y al espacio circundante.

Demoraron la noticia de la muerte del dictador durante horas, hasta que la camarilla en el vértice de la pirámide tuvo todas las seguridades; recién entonces vistieron al segundo Kim con el uniforme caqui que usó durante 17 años y lo cubrieron con una sábana roja dentro de un ataúd de cristal. Sin una distinción, una charretera, un bastón de mando ni ningún otro símbolo externo de poder: la fascinación de los autócratas de otras partes del mundo por los entorchados, como los coloridos uniformes de Khaddafi o del ugandés Idi Amín Dadá, o la colección maniática de ribetes, cintas y medallas que llegó a atesorar el dominicano Rafael Leonidas Trujillo, en Oriente mutan por el silencio indumentario. Mao impuso la tendencia: a mayor concentración de poder, la liturgia comunista impone un vestido escueto, amorfo, demodé.

Además del vestido, la élite norcoreana también cuidó el aposento final del “amado líder”. El catafalco transparente con su cadáver fue depositado en el palacio Kumsunsan, donde también reposa el otro féretro venerado: el que contiene la momia de su padre, Kim Il-sung, fundador de la nominalmente República Popular Democrática de Corea, y de la dinastía que la viene gobernando desde el fin de la segunda Guerra Mundial y la expulsión de los invasores japoneses.

Y el tercer símbolo de que el quiebre de la muerte del jefe no implicará ningún cambio en el sistema llegó con el heredero. Respaldado por la Comisión Militar Central; por los líderes del Partido del Trabajo; por su tío Jang Song-taek; por el mariscal jefe del Alto Estado Mayor de las fuerzas armadas, Ri Yong-ho; y por su tía Kim Kyong-hui (la hermana del difunto, y única mujer general del Ejército), el rollizo Kim Jong-un, de 29 años, llegó a los pies de la urna de cristal y rindió un tributo que fue, al mismo tiempo, la señal de la continuidad del régimen en su persona. Por cierto, el joven Kim no ha hecho ni el servicio militar, pero ante los achaques de su padre, también él este año ha sido rápidamente ascendido a general.

UN PAÍS, UNA PECERA

Mientras miraba por los canales internacionales los ceremoniosos símbolos con que la casta gobernante intenta fijar la perpetuación del régimen, pensaba que la urna de cristal en que pusieron a Kim Jong-il también podría funcionar como metáfora del país entero. Una metáfora de aislamiento enfermizo, que ha llevado a que todo un pueblo permanezca, generación a generación, encerrado en una pecera, como hoy el cadáver de su autócrata. En el terreno de las cuentas largas de la historia, la política coreana se ha desarrollado en una tradición inmovilista. El rey Silla unificó las diversas tribus de la península hacia el año 676, y le imprimió desde aquellos tiempos fundacionales una vocación de cierre, de claustro. Durante más de cinco siglos, la dinastía Joseon (1392-1910) mantuvo esa idea de pureza que vendría del aislamiento, que llevó a los viajeros europeos de los siglos XVIII y XIX hablar de Corea como el “reino ermitaño”. El Imperio del Japón invadió la península en su programa expansivo, y la dominación invasora mantuvo el aislamiento durante los 35 años que duró. Tras la derrota del Eje, en la división del nuevo mundo bipolar que aparecía y que dominaría toda la segunda mitad del siglo XX, Roosevelt acordó con Stalin la partición de la península en dos áreas de influencia, cortadas por el paralelo de 38º: en el norte los soviéticos y en el sur los estadounidenses.

En la mitad comunista, el primero de los Kim se fue haciendo fuerte desde 1945, generó un grupo de militares afines, y cinco años más tarde lanzó un ataque al sector sur, para terminar con la artificial partición en dos mitades y reunificar el país bajo su mando. La reacción norteamericana, con el apoyo de las Naciones Unidas, internacionalizó el conflicto. Y apareció China, como el gran valedor del régimen del norte, una posición que sigue manteniendo hasta hoy. La Guerra de Corea (aquella que popularizó la serie M.A.S.H., con Alan Alda) fue la primera gran experiencia de la tensión que generaba el mundo dividido en dos polos antagónicos: la Guerra Fría, que impedía el enfrentamiento directo entre soviéticos y norteamericanos, se calentaba en los bordes de la periferia. Más de dos millones de muertos y tres años después, se terminaban las hostilidades (aunque no la guerra, ya que nunca se ha firmado un armisticio), y todo volvía al paralelo de 38º. Y nuevamente los coreanos (sólo los del norte, esta vez) a aislarse más y más del mundo.

La pecera de los Kim ha mantenido a ese pueblo (se calculan unos 25 millones de personas) ignorantes de lo que haya más allá de la frontera, con la única excepción de las novedades provenientes de China, el gigante vecino y amigo. La filosofía del trabajo y de la resignación son la moneda corriente, sólo hay un canal de televisión, apenas algunas radios (que deben conectarse a una única estación central para pasar los noticieros), y aún menos diarios y revistas. Obviamente, no hay acceso a Internet, y los teléfonos celulares –además de estar estrictamente prohibidos- no tienen cobertura.

Pero esa pecera, ese territorio casi de ficción, además pasa hambre. Porque los terrenos ricos para la agricultura quedaron al sur del paralelo de 38º.

HERENCIA DE HAMBRE

El cierre a cal y canto del régimen no sólo es una ignominia jurídica. Además del derecho internacional, la situación humanitaria de Corea del Norte es crítica. Y ya que empecé esta columna hablando de símbolos contradictorios, lo bien alimentado que aparece el heredero de la dinastía Kim, con sus cachetes llenos y sus kilos de sobrepeso, es una cruel afrenta para un pueblo que pasa hambre, literalmente. Organizaciones no gubernamentales, como Amnistía Internacional, llevan años denunciando que a las torturas y a las ejecuciones extrajudiciales llevadas a cabo por el régimen de Pyongyang, se les suman las hambrunas crónicas como la principal causa de muerte en el país.

A principios de este mes de diciembre, Amnistía lanzó una campaña denunciando la existencia de seis campos de concentración en Corea del Norte, que alojan a más de 200.000 presos políticos, incluyendo niños, ya que la represión alcanza a toda la familia de los acusados. Los campos (oficialmente denominados “de reeducación”) son inmensas tumbas abiertas, donde han perecido más de 400.000 norcoreanos en los últimos 30 años, según un informe firmado en 2006 por el ex presidente checo Václav Havel. De una autoridad moral indiscutible, el dossier de Havel es una sucesión de narraciones de horror: de cómo el régimen mata a los presos de hambre, de cómo los torturan a golpes hasta que se le saltan los globos de los ojos, de cómo los utilizan para experimentos químicos en cámaras de gas, y otros detalles de tortura que serían poco creíbles inclusive en una novela de ficción.

La FAO, la organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, calcula que desde mediados de los años noventa las hambrunas van matando a dos millones de norcoreanos, y entre este año y el que viene, otros cinco millones estarían en riesgo de grave escasez de comida.

Ese régimen es el que ha escenificado su continuidad contra cualquier alternativa de modificación, por mínima que fuera, en el libreto del aislamiento y la cerrazón. El presidente chino, Hu Jintao, siguiendo la tradicional línea estratégica de aseguramiento de fronteras del gigante asiático, se apresuró a saludar la llegada del gordo heredero Kim Jong-un, y de manifestar su respaldo a un gobierno presidido por él. Los norteamericanos no se atreverían a ir más allá de su apoyo al gobierno de Corea del Sur, con sus 28.000 “marines” estacionados en Seúl; se conforman con que Pyongyang acepte frenar su peligroso programa de enriquecimiento de uranio.

No hay dictadores eternos, pero por el momento, mientras los grandes juegan al TEG con los misiles y las fronteras, por debajo los coreanos seguirán muriendo de hambre, liderados por el gordo Kim.

 

[Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 23 de diciembre de 2011]

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La vuelta de los talibán (07 07 11)

Los talibán recuperan fuerza y niegan conversaciones de paz

En Europa admiten que la guerra necesita una “solución política” que le ponga fin        

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ISLAMABAD, KABUL.- Después de la violenta jornada del lunes, cruzada por atentados suicidas en Pakistán y una nueva avanzada de los talibán contra las tropas de la Alianza Atlántica en Afganistán, las acusaciones cruzadas entre las dirigencias locales y nuevas desavenencias con los altos mandos de las potencias ocupantes agravan los frentes bélicos de Asia Central.

A esta complicación interna se suma, además, una reconsideración política de algunos de los países aliados que integran las fuerzas militares de ocupación, que podrían adelantar los plazos anunciados de repliegue y terminar con su presencia en la región.

En la frontera entre ambos países, en la región montañosa semiautónoma de Waziristán, la lealtad las autoridades impuestas por las potencias occidentales y al tradicional sistema tribal vuelve a tensarse, ocupando éste otra vez el lugar de preeminencia en la distribución del poder local que tenía antes de la invasión de 2001.

En la víspera, grupos de milicianos –en un número de 600 según las autoridades regionales paquistaníes- lanzaron un ataque desde el lado afgano de la frontera, en Waziristán del Norte, contra poblaciones ubicadas en territorio de Pakistán y administradas por dirigentes fieles al gobierno de Islamabad, sostenido aún por las fuerzas estadounidenses de ocupación.

Los guerrilleros talibán atacaron los municipios fronterizos de Nusrat Dra y Jaro, en la región de Alto Dir, y se enfrentaron al ejército regular paquistaní y a las milicias progubernamentales.

Ante el ataque desde el lado afgano de la frontera, grupos de simpatizantes de los talibán residentes en Pakistán se sumaron al enfrentamiento al ejército regular, poniendo en evidencia que las lealtades de los diferentes grupos obedecen a criterios diferentes a los que sostienen a las administraciones estatales.

Las autoridades admitieron que han muerto, sólo en el último mes, 55 soldados paquistaníes en enfrentamientos con la insurgencia en la frontera, y acusan al gobierno de Kabul de dar refugio a estos milicianos, o de no hacer suficientes esfuerzos en perseguirlos.

En realidad, la administración afgana del presidente Hamid Karzai dispone de muy limitados recursos para enfrentar a la guerrilla fundamentalista islámica, y éstos se concentran en los aportes militares de las tropas de la OTAN y de los demás ejércitos aliados que se dividen la geografía del país.

Pero tampoco Karzai ha tenido una buena relación con los ocupantes en los últimos meses, las muertes civiles por el “fuego amigo” de la OTAN lo empujaron a criticar abiertamente la metodología de ataques selectivos de la aviación aliada, que forzó la disminución de operaciones nocturnas contra los supuestos refugios de los talibán.

Pero este cambio táctico llevó, a su vez, a una renovación de las actividades de la guerrilla, que esta misma semana causó la muerte de cuatro soldados de la Alianza Atlántica y de un militar australiano.

Los fortalecidos talibán, además, han asegurado que no mantendrán ningún diálogo con las potencias ocupantes.

Vuelta a casa

El anuncio del presidente estadounidense, Barack Obama, de que el ejército de su país iniciaba un “retiro escalonado” de Afganistán, ha acelerado también los cronogramas de vuelta a casa de los demás aliados que participaron en la invasión de 2001 y el derrocamiento del régimen talibán.

El martes, Canadá anunció que esta semana concluye su misión de combate, y deja la responsabilidad de seguridad en el distrito afgano de Kandahar, hasta ahora a cargo de su Regimiento XXII; y hoy transferirá el control de los distritos de Panjwai y Dand.

Canadá ha perdido más de 157 efectivos en la guerra afgana, el tercer país con un balance de bajas más elevado, detrás de EE.UU. y Reino Unido.

Precisamente, Londres confirmó ayer que también retirará 500 soldados del frente afgano antes de fines de 2012. Reino Unido, el principal aliado de Washington en Asia Central, tiene 9.000 militares en la región.

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nelson.specchia@gmail.com

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China, el próximo ejército imperial

China, el próximo ejército imperial

Por Nelson Gustavo Specchia

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Desde los primeros momentos del alzamiento popular en el mundo árabe, a mediados de enero pasado, comenzó a advertirse que ese movimiento no se limitaría a Oriente Medio y el Magreb, sino que el envión aperturista podría llegar a otras latitudes. O, con más precisión, tendría capacidad para afectar a otros regímenes, que, como los árabes, han hecho de la cerrazón autocrática y del control la base de sustento y la lógica de permanencia en el poder. Y esto, independientemente de sus características culturales y de su ubicación geográfica. En otras palabras, se instaló la pregunta de cómo haría China para evitar el “efecto contagio” de las puebladas aperturistas provenientes de las riberas del Mediterráneo.

La clase dirigente china, que a pesar de denominarse hoy Comité Central del Partido Comunista de la República Popular de China, sigue manteniendo el carácter elitista del antiguo mandarinato imperial, reaccionó a estas versiones. Los altos burócratas de Pekín negaron enfáticamente que alzamientos como los que están resquebrajando las satrapías árabes pudieran llegar a sus ciudades. La situación interna china es diametralmente diferente, argumentan. El crecimiento del producto interior se mantiene en tasas muy altas; el mercado exportador continúa expandiéndose; el control sobre la economía logró esquivar con éxito los picos más problemáticos de la reciente crisis global; los juegos olímpicos mejoraron la vidriera internacional del régimen; y la tenencia de bonos públicos estadounidenses en las cajas fuertes de los bancos de Shangai y Hong Kong ha logrado acallar hasta las denuncias occidentales por las violaciones a los derechos humanos. Inclusive los conatos de protesta de la Administración Obama por la suave –pero permanente- devaluación del yuan, que mejora la competitividad de los productos chinos pero a costa de los equilibrios en las balanzas comerciales con sus socios en Occidente, quedaron en aguas de borraja.

Todos estos elementos, aducen los nuevos mandarines, abroquelan al sistema político contra posibles contagios. China no será una ficha más de las que tira este inquieto dominó. Pero, a pesar de esta muestra discursiva de seguridad, el gobierno chino ha tomado recientemente dos medidas críticas, que muestran que la confianza real en la posibilidad de que no surjan revueltas internas quizá no sea tan grande: acrecentar el control de la sociedad civil mediante la tecnología, e incrementar –en un auténtico salto cuantitativo- el gasto militar.

CONJURAR TIANANMEN

El actual escenario de alzamientos populares en demanda de más democracia, participación, apertura y transparencia no es la primera situación en que el régimen chino ve cuestionado su manejo cerrado y elitista del poder.

Entre abril y junio de 1989, en la enorme explanada de Tiananmen, en el centro de Pekín, la muerte del líder Hu Yaobang provocó una sorpresiva espiral de concentraciones y protestas, que fueron convocando cada vez a más gente, especialmente a jóvenes y estudiantes universitarios, hartos del control opresivo de la gerontocracia del Partido Comunista Chino. La movilización, que crecía en número pero también en rebeldía con cada día que pasaba, tuvo muchos puntos en común con las que se registraron en Túnez y en Egipto desde principios de este año. Y la forma en que el régimen respondió para sofocarla, no dista demasiado de las vías que el coronel Muhammar el Khaddafi está empleando en estos momentos para reprimir la protesta en Libia.

Los manifestantes de Tiananmen también conformaban un variopinto ejército del descontento, desde intelectuales y profesores universitarios que bregaban por mayor apertura y libertades civiles, pasando por jóvenes militantes de base críticos con el nepotismo corrupto de los “ancianos”, hasta obreros urbanos que se oponían a las nuevas modalidades del capitalismo férreamente controlado por el Estado, impuesto como filosofía política excluyente desde las reformas de Deng Xiaoping a los desmanes colectivistas de Mao Tse Tung.

La clase dirigente, que no había tenido que soportar una contestación opositora desde la constitución de la República Popular, se encontró con la guardia baja. Las divisiones de opiniones sobre cómo enfrentar la protesta llegaron al Comité Central del partido, pero finalmente se impuso la línea dura: se decidió no adoptar ni uno solo de los puntos reclamados por los movilizados, se decretó la ley marcial, y se mandaron los tanques a la plaza. La “masacre de Tiananmen” (cerca de 3.000 muertos, según la Cruz Roja, y más de 10.000 heridos) levantó una ola de condena en todo el mundo, y aisló nuevamente a China.

Pero los mandarines han aprendido de aquella experiencia, y los pasos de estos días parecen querer conjurar una nueva Tiananmen que llegue con los aires mediterráneos desde el mundo árabe. El gobierno admitió que está probando un sistema informático, que comenzará a operar en los próximos meses, mediante el cual podrá localizar en cualquier momento a todos los poseedores de teléfonos celulares en Pekín (que son, por cierto, casi todos los habitantes). La experiencia comenzará con la prestadora China Mobile, que posee un 70 por ciento del mercado, pero seguirá luego con China Unicom y con China Telecom, con lo cual podría llegar a controlar a cerca del 95 por ciento de los 24 millones de ciudadanos que pueblan la capital china, durante las 24 horas del día. Se podrá saber en qué lugar está cada quien en cada momento: en el baño de su casa, en el comedor, o yendo a una concentración popular en una plaza de la ciudad. Y, claro está, en este último caso se podrá intervenir policialmente con el tiempo suficiente como para abortarla, antes de que pase a mayores.

LOS SOLDADOS IMPERIALES

Pero la noticia que mayores suspicacias ha despertado en los centros de análisis de política internacional no ha sido la del aumento del control social interno, sino el anuncio de que China pegará un salto en las partidas presupuestarias destinadas al gasto militar durante el presente ejercicio. A pesar de lo que el discurso oficial esté dispuesto a admitir, el aumento de la cuenta de defensa no está disociado del clima de revueltas que sacude a los regímenes autocráticos. Pero en este caso las implicancias regionales con unos vecinos (India, Taiwán, Corea) con quienes las relaciones no siempre han sido fáciles, y las lecturas globales en cuanto a balances de capacidad de fuego, adquieren otras dimensiones.

Pekín ha admitido esta semana que el gasto de defensa chino alcanzará los 601.100 millones de yuanes (unos 70.000 millones de dólares) en 2011, lo que implicaría un aumento de más de un 10 por ciento respecto del gasto del año anterior; un presupuesto militar que supone un 6 por ciento del total de las erogaciones del país.

Pero aquella cerrazón informativa y falta de transparencia que los jóvenes ya reclamaban en la plaza de Tiananmen hace más de veinte años, se agudiza en los temas militares. Observatorios externos, como el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), calculan montos sustantivamente mayores; e inclusive la inteligencia norteamericana ha dejado trascender que el gasto militar chino es –cuando menos- el doble de lo que admite el gobierno.

En todo caso, los burócratas de Pekín relativizan estas suspicacias, comparando su partida con los 553.000 millones de dólares que el Pentágono norteamericano presentó en su previsión presupuestaria para 2012 (y ese monto record, sin incluir los costos de las guerras en Irak y Afganistán).

No hay manera de compararse con la potencia militar hegemónica del globo, claro está, pero China parece encaminada a reconstruir el viejo ejército imperial de Oriente, a tono con su creciente supremacía demográfica, política y económica.

Y eso no es una buena noticia.

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Turquía, con rumbo oeste (17 09 10)

Turquía, con rumbo oeste

por Nelson Gustavo Specchia

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Cuando llegué por primera vez a Estambul era de noche. Desde las ruinas de Pompeya habíamos embarcado en el puerto de Bríndisi –desde donde partió al exilio el poeta Virgilio- hacia Grecia, y un lento y largo tren, con campesinos con chivas y gallinas y bolsas de pan y verduras, nos había traído hasta la vieja Constantinopla desde Atenas. Las primeras horas en Estambul, esa primera imagen que siempre es tan importante para embeberse de los nuevos escenarios, despertaron en nosotros la idea de la “diferencia” turca. No identificábamos bien qué, o dónde estaba esa diferencia que se nos aparecía tan radical y al mismo tiempo tan confusa, y con el paso de los días esa sensación primera se fue asentando al confirmase a cada paso: los turcos eran iguales a todo ese mundo mediterráneo que veníamos recorriendo durante meses, pero al mismo tiempo eran radicalmente diferentes. ¡Pero si hasta para negar mueven la cabeza hacia arriba y hacia abajo, con el gesto que todo el mundo utiliza para asentir!

Estas impresiones intuitivas, de contacto vivencial con entidades culturales diferentes a los estándares de estudio en sociología política y en relaciones internacionales, pueden servir para ilustrar los problemas a los que nos enfrentamos al momento de analizar los enormes cambios actuales en la estructura del sistema de gobierno en la República de Turquía; en las implicancias que se derivan de estas alteraciones del rumbo ejecutadas por la conducción del gigante que cabalga entre Europa y Asia; en la crítica importancia que para todos reviste la experiencia turca, en una coyuntura global de resignificación de los factores religiosos en la política; y en los actores que encarnan esa transformación. Porque Turquía es tan diferente, que aquí los progresistas y democratizadores sociales son los conservadores religiosos, y los que se oponen al cambio y a la modernización de las estructuras son los socialdemócratas laicos. Como el gesto de negar o asentir, exactamente al revés que en el resto del mundo.

LIMPIAR LA CONSTITUCIÓN

El domingo de esta semana, 12 de septiembre, el gobierno turco sometió a plebiscito popular la reforma de la Constitución, y su propuesta ganó por porcentajes abrumadores. El ejecutivo de Ankara está encabezado por el primer ministro Recep Tayyip Erdogán, y la figura de representación del Estado reposa en el presidente Abdullah Güll. Esta dupla de políticos encarna la nueva élite dirigente turca: intelectuales, cultivados, políglotas, republicanos, demócratas, occidentalizados, liberales y capitalistas; pero, al mismo tiempo, musulmanes convencidos y religiosamente practicantes, dispuestos a reinsertar una agenda de contenidos islámicos en la vida social y en la práctica política. Esa combinación de elementos es, desde cualquier punto de vista y de experiencia regional en los países árabes de Oriente Medio, una arriesgada apuesta original.

Cuando los militares nacionalistas dan un golpe de Estado contra el antiguo orden del Imperio Otomano, en 1923, y capitaneados por el general Mustafá Kemal –Atatürk- fundan la moderna República de Turquía, entienden que su principal enemigo es la identificación entre orden político y orden religioso. Por lo que imponen el laicismo obligatorio, desterrando las prácticas obligatorias del Islam de toda la vida pública, desde los elementos profundos, sistémicos, hasta los más superficiales, como la vestimenta: nada en la vía pública, en las escuelas, en las universidades, en las oficinas gubernamentales puede hacer referencia a la religión mahometana.

Y Atatürk, militar al fin y al cabo, encargó a sus colegas del ejército la tutela de este laicismo obligatorio, que ya se apresta a cumplir noventa años. Pero la cultura popular, especialmente desde la Turquía profunda, rural, la que viene desde los amplios llanos de Anatolia (y, por ello, adentrada en la geografía, los usos y los modos asiáticos) se ha resistido desde siempre a esta imposición forzada de los militares kemalistas. Éstos, a su vez, tomándose la “tutela” encargada por Atatürk muy en serio, han provocado varios golpes de Estado durante el siglo XX para preservar la pureza laicista del país. Aquí es donde aparecen Erdogán, Güll, y la nueva generación de políticos, con la novedad del intento de armonización entre republicanismo democrático y respeto religioso. Pero, ¿la democracia liberal –occidental y moderna- puede ser compatible con el Islam?

CABEZA DE TURCO

Los militares kemalistas siguen diciendo que es imposible, y los apoyan todos los partidos del arco que, en nuestros esquemas, consideraríamos la izquierda, encabezada por el laicista Partido Republicano del Pueblo (CHP, por sus siglas en turco), vinculado a la socialdemocracia internacional.

Pero Erdogán y Güll tienen la cabeza dura y son persistentes, desde su juventud universitaria. En 2001 crearon el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, Adalet ve Kalkinma Partisi) y desde esa militancia avanzaron a pesar del veto militar y judicial permanente, y han logrado finalmente arrebatar a los laicistas la iniciativa política y el mayoritario apoyo popular. En las clasificaciones a las que estamos acostumbrados, el AKP sería un partido conservador, islamista moderado, de centroderecha; al que se podría comparar con la democracia cristiana o el Partido Popular europeo. Para el contexto turco, en cambio, la agrupación en el gobierno encarna las ideas más de avanzada, reformistas y progresistas.

Porque las reformas constitucionales sometidas a referéndum este domingo sólo pueden ser comprendidas en ese sentido. La actual Constitución data de 1982, redactada por una Junta Militar que se había hecho con el gobierno tras uno de esos múltiples golpes de Estado (el de 1980), con que los militares kemalistas ejercieron la “tutela”. La reforma propuesta por Erdogán contempla la modificación de 26 artículos de la Carta Magna, que en su conjunto suponen supeditar el poder militar al civil, terminar con la impunidad jurídica de los generales golpistas mediante la aplicación de la jurisdicción civil para los delitos cometidos por uniformados. Por otro lado, avanza con la reforma de la judicatura, el otro sector –además del ejército- donde se ha atrincherado el nacionalismo laicista. Y, por último, legisla sobre la protección de los derechos civiles y de las minorías: otorga el derecho de huelga a los empleados públicos y el acceso a los convenios colectivos; explicita el derecho a la privacidad; e incorpora artículos sobre la protección de los colectivos sociales más vulnerables. Un auténtico programa progresista y democratizador, llevado adelante por islamistas moderados.

EUROPA COMO BALANZA

Además de terminar con la “tutela” militar interna, la dupla Erdogán-Güll busca afanosamente adecuar los estándares legales y jurisprudenciales a los parámetros de Occidente, porque el ingreso de Turquía a la Unión Europea sigue siendo la principal baza de su política exterior. Con la reforma constitucional aprobada el domingo, tanto el francés Nicolás Sarkozy como la alemana Ángela Merkel, los dos principales oponentes al ingreso turco, se quedan sin una parte importante de sus argumentaciones.

Y el referéndum, además, y aunque no lo mencionara explícitamente en las papeletas, ha implicado un plebiscito sobre la propia gestión del ejecutivo, sobre la agenda del gobierno, y sobre la prioridad en la orientación de las relaciones internacionales hacia el Oeste. De los 72 millones de habitantes del gigante turco, casi 50 millones integran el padrón electoral (y dos tercios de esa población tienen menos de 30 años). Con una participación cercana al 80 por ciento del padrón, prácticamente el 60 por ciento apoyó la reforma constitucional planeada por el AKP. Una mayoría abrumadora que, al mismo tiempo, deja a Recep Tayyip Erdogán en inmejorables condiciones para volver a presentar su candidatura a un tercer mandato, en las elecciones generales del año que viene.

En todo caso, a pesar de estos apoyos mayoritarios, y si de verdad la élite del AKP no oculta una agenda de “reislamización” de Turquía, el primer ministro (al que los medios de prensa opositores en Estambul ya llaman el “sultán”) debería recordar que en Occidente la república y la democracia requieren de la pluralidad de opciones y de la alternancia en el poder. También debería recordárselo la Unión Europea, a la que con tanta ansia aspira ingresar.

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Benazir (03 01 2008)

publicado en HOY DÍA CÓRDOBA, el 3 de enero de 2008

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BENAZIR

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Por Nelson Gustavo Specchia

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Benazir Bhutto ha caído. El chal blanco sobre la cabeza de esta mujer temeraria y valiente se había transformado, durante un breve lapso de tiempo, en una esperanza de transición hacia algún tipo de estabilidad y paz social en la región más conflictiva del planeta. El magnicidio de su muerte, el 27 de diciembre en Rawalpindi, fuerza a desechar ese atisbo de esperanza, y abre este nuevo año con una perspectiva sombría para la agenda de seguridad y de avance democrático en el orden internacional.

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La historia de los procesos políticos en el Asia meridional ha estado signada por la violencia. Una violencia que no ha hecho sino aumentar progresivamente desde la transformación de sus sociedades premodernas –basadas en códigos étnico-religiosos y en estructuras tribales- hacia los modelos de Estados republicanos según el canon occidental. La historia contemporánea de Pakistán se ajusta a esa tesis: la guerra interna, los conflictos interétnicos, y la irrupción de golpes militares que originaron sucesivos períodos dictatoriales, dibujan su breve derrotero como república independiente, de apenas sesenta años, desde que se desgajara de la India en marzo de 1947. Los atentados, el asesinato, y la ejecución de líderes, han sido una constante desde entonces. Solamente en el año que acaba de terminar, se han contabilizado más de 800 muertes violentas por motivos políticos.

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Teniendo estos condicionantes de largo plazo como telón de fondo (las “cuentas largas de la historia”, como decía Octavio Paz), los tres tiros en la cabeza y la explosión de un hombre-bomba que acabaron con Benazir Bhutto pueden ser analizados como parte de una metodología, de una perversa manera de participar en la arena política. Condenable y conflictiva, pero parte estructural de las formas y los modos en que se desenvuelve la lucha por el poder en la región.

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Pero desde otro ángulo, el de las “cuentas cortas” de este momento histórico, la muerte de Benazir es un tremendo paso atrás en, al menos, tres dimensiones: en la seguridad global, en el avance democrático de derechos y libertades, y en la igualdad de género –especialmente en un contexto cultural cerradamente masculinizante y opresor.

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Porque a Benazir la mataron por ser mujer. No solamente, pero “también” por ser mujer. Una mujer, además, bella, libre y culta; educada en las universidades de Harvard y de Oxford, con una fuerte apuesta por la transición ordenada hacia una democracia secular en Pakistán, con importantes reformas de los servicios públicos a nivel de la asistencia social (de los 165 millones de pakistaníes, el 74 % vive con menos de un dólar diario), de la educación (en las áreas tribales, el analfabetismo promedio es del 70,5 %, y en las mujeres trepa hasta un 97 %), y de la salubridad. Y, muy especialmente, con una agenda concreta y de avanzada para enfrentar la discriminación social de las mujeres en todos los órdenes.

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Una mujer con este programa en la conducción de un país –y de sus fuerzas armadas- mayoritariamente musulmán, resultó intolerable para los colectivos fundamentalistas enraizados tanto en la oposición como en el propio régimen autocrático del presidente Pervez Musharraf. Esa es la razón de su muerte violenta, independientemente de quién o quiénes hayan sido los autores materiales del magnicidio.

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En cuanto a la seguridad global, Benazir Bhutto había asegurado que perseguiría al fundamentalismo islámico asociado a las redes de Al Qaeda y a los talibán. Estos sectores –y los grupos rebeldes e islamizados del ejército pakistaní- se le aparecían como los responsables de la inestabilidad interna, y de que el país se estuviera convirtiendo –aceleradamente- en el polvorín de toda Asia meridional, con las esperables proyecciones hacia Medio Oriente, la península arábiga, y el África del Norte.

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Este cambio de rumbo en su percepción hacia los sectores islamistas, a los que había favorecido abiertamente en sus dos períodos como Primera Ministra (1988-1990 y 1993-1996), en una estrategia de afianzamiento de su país, tanto sobre la India (con el contencioso de Cachemira) como sobre Afganistán. Sin embargo, desde el exilio británico afirmó que cuando volviera a gobernar permitiría el ingreso de tropas de la OTAN para perseguir a Al Qaeda en los “santuarios” montañosos del noroeste pakistaní, así como del Organismo Internacional de Energía Atómica para inspeccionar un arsenal calculado en un centenar de bombas nucleares.

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Hubieran sido dos pasos importantes en el camino, cada vez más arduo, de la estabilidad y el orden mundial. Su muerte deja la agenda internacional abierta en un signo de interrogación. Con mayúsculas.

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* Profesor de Política Internacional. Universidad Católica de Córdoba.