Archivo mensual: diciembre 2007

Europa – África: La difícil vecindad (27 12 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” . (27 de diciembre, 2007)
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EUROPA – AFRICA:

LA DIFICIL VECINDAD

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por Nelson Specchia

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La Unión Europea, una de las más firmes avanzadas del mundo desarrollado, no logra acertar el rumbo en las relaciones con su inmenso vecino del sur, el continente africano, que sigue ocupando siempre el vagón de cola de cualquier medición sobre crecimiento económico, justicia, desarrollo, derechos humanos, salud, estabilidad política, o paz social.

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A pesar del inmenso lastre que estos indicadores imponen a los países africanos, los temas principales de la agenda internacional, como el cambio climático, el crecimiento del terrorismo de base islámica, las reservas energéticas globales, o la sangría permanente de inmigración ilegal hacia el norte –temas todos que cruzan de alguna manera por el continente negro-, imponen la presencia de la región en las consideraciones estratégicas del “primer mundo”.

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Europa, además de la cercanía geográfica que la convierte en destino privilegiado de las actuales masas de migrantes (10 millones de jóvenes africanos ya se han trasladado al viejo continente, utilizando a España e Italia como principales puertas de entrada), reconoce una deuda histórica con África: la actual atomización política y social africana tiene un precedente determinante en el colonialismo extractivo europeo de los siglos XVIII y XIX. Un proceso colonial que sucedió –a su vez- al rapto de inmensos contingentes de mano de obra esclava perpetrado por las mismas potencias europeas en los siglos anteriores.

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Esta responsabilidad histórica y esta importancia estratégica creciente, hacen que la atención de las cancillerías europeas, y un capítulo entero de la política exterior de la Unión Europa como organización, centren su mirada en la costa sur del Mediterráneo. Procesos como la Conferencia Euromediterránea, que se lanzó por iniciativa de Felipe González en Barcelona en 1995, o la propuesta del presidente francés Nicolás Sarkozy del pasado mes de mayo, de creación de una Unión Mediterránea entre los países europeos y africanos ribereños de ambas costas, apuntan en ese sentido.

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A principios de este mes de diciembre, la diplomacia de la Unión Europea convocó a una Cumbre en Lisboa. Portugal detenta la presidencia semestral de la organización continental, y el primer ministro luso, José Sócrates, recibió en la capital portuguesa a cerca de ochenta jefes de Estado y de gobierno, europeos y africanos, incluyendo al líder libio Muammar el Gaddafi, que no es ni jefe de Estado ni de gobierno, sino simplemente “Gran Hermano de la Revolución”.

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Gaddafi, con sus movimientos estrafalarios (tres grandes aviones para movilizar a una comitiva de más de cien personas, y la necesidad de proveerle un espacio verde allá adonde vaya, para que instale su tienda de beduino –la “jaima”-, único lugar donde acepta residir, siguiendo la tradición de las tribus del desierto), ha dado el toque de color a la reunión. Pero más allá de su presencia y sus encendidos discursos anticolonialistas, (“Europa debe devolver los recursos robados a África… o bien invitar a los africanos a Europa”) la Cumbre entre los difíciles vecinos mediterráneos ha intentado colocar nuevamente en agenda los temas más acuciantes para los africanos; los que, a su vez, impactan directamente en las consideraciones de seguridad interna de la organización europea.

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Por ello el lema convocante de la Cumbre ha sido “paz y seguridad”, y la UE ha expresado que la reunión –primera tras siete años de inactividad bilateral- intenta establecer nuevas modalidades en la relación entre ambas costas, en un plano de mayor horizontalidad, y donde los vestigios de aquella historia de colonialismo y sumisión sean definitivamente enterrados. Esta nueva relación dialogal entre vecinos, aseguran, redundará en beneficio mutuo, al colaborar con el desarrollo de los países africanos, y regularizar los masivos movimientos migratorios ilegales hacia el norte.

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La realidad de la política internacional es siempre más compleja que las buenas intenciones expresadas en el plano discursivo. A principios del año próximo expiran los acuerdos comerciales de Cotonou –que regulan las transacciones de comercio exterior entre los países africanos y Europa-, y la UE espera firmar unos nuevos tratados con los vecinos del sur antes del 31 de diciembre de este año. Estas nuevas propuestas de acuerdos pretenden la reducción recíproca –con vistas a la supresión total- de aranceles y cuotas de importación de productos básicos y manufacturados, entre ambas partes.

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Como vienen expresando diversas organizaciones vinculadas a la ayuda social en África, como la ONG de los jesuitas catalanes “Intermon”, una liberación comercial rápida entre dos socios de desarrollo tan diametralmente desigual, implicará pérdidas enormes para los productores africanos, especialmente en el sector de la agricultura, que sigue estando fuertemente subvencionada en Europa por vía de la PAC (Política Agraria Común).

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Una desigualdad, además, incontrastable: la diferencia de renta entre ambas orillas del Mediterráneo es de 14 puntos, la más desigual del mundo; el ingreso per capita de los habitantes del África subsahariana es, en promedio, de 350 dólares al año, 50 veces inferior al de los europeos; 2 de cada 3 enfermos de SIDA del mundo son africanos; la media de esperanza de vida en todo el continente negro es de 46,3 años, para los europeos, de 90 años.

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Y en este contexto tan inequitativo, la filosofía de liberalización comercial, en vez de constituir un factor de crecimiento, justicia e igualdad para las sociedades africanas, puede agudizar aún más su pobreza y marginación.

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Europa debería analizar muy detenidamente las consecuencias a mediano y largo plazo de sus iniciativas para con el gran vecino del sur, y tener presente las lecciones históricas. No sólo es una cuestión estratégica de seguridad interna para la Unión Europea, sino de estricta justicia, e impactará en el rol que la organización continental pretende jugar en la política internacional global.

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Profesor de Política Internacional. Universidad Católica de Córdoba.
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Europa, de nuevo en ruta (24 12 07)

Publicado en “La Voz del Interior” . (24 de diciembre, 2007)
http://www2.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=146838
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EUROPA, DE NUEVO EN RUTA

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RESCATANDO LO FUNDAMENTAL DE LA PROPUESTA CONSTITUCIONAL, EL “TRATADO DE REFORMA” DOTA A LA ORGANIZACIÓN CONTINENTAL DE LAS HERRAMIENTAS PARA GOBERNAR CON 27 MIEMBROS, Y PARA SEGUIR PROFUNDIZANDO EL PROCESO DE INTEGRACIÓN

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Por Nelson Gustavo Specchia

Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba

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Después de un largo período de más de diez años de sucesivas modificaciones institucionales –producto, principalmente, de un acelerado proceso de ampliación de sus fronteras por la incorporación de nuevos miembros-, y de dos años de parálisis después de las negativas en los plebiscitos constitucionales, la Unión Europea ha vuelto a ponerse en ruta, encontrando las figuras jurídicas que le posibiliten continuar avanzando en el proceso de integración continental, y que le otorguen capacidad de maniobra a una aglomeración política de 27 Estados soberanos, inédita en la historia.

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El proyecto de una Constitución para Europa, que lideró el ex presidente francés Valéry Giscard d´Estaing, abría las puertas a la creación de un Estado supranacional, con todos los símbolos de la soberanía territorial y política moderna: bandera “nacional”, himno, divisa, y hasta Día de Fiesta Patria. Desde la derecha, la posibilidad de pérdida de grados de soberanía causó varias alergias nacionalistas. Desde la izquierda, la aparente disolución de las identidades políticas y culturales en una organización que se percibe como eminentemente burocrática, sumó al frente opositor. Estos resquemores, y la posibilidad de la incorporación de la inmensa, musulmana, y asiática Turquía al club, dio por tierra con el proyecto. Los encargados de darle el puntapié fueron –precisamente- dos de los miembros fundadores de la Unión: Francia y Holanda, mediante consultas plebiscitarias, en mayo y junio de 2005.

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Desde entonces, la arquitectura política de la UE ha soportado la crisis de gobernabilidad que supone tener instrumentos jurídicos para administrar una organización de 12 socios –como los que prevé el Tratado de Ámsterdam, de 1999- para una realidad ampliada de 27 países. Tras el relativo inmovilismo de los últimos dos años, y ciertas conductas internacionales erráticas, es de esperar que se encuentre nuevamente un cauce dinámico a partir del documento firmado en Lisboa el pasado 13 de diciembre, por los jefes de Estado y de gobierno europeos.

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Jean Monnet, uno de los “padres fundadores” de la Unión Europea en la posguerra, repetía que la integración debía basarse en una doble condición: el liderazgo y las instituciones. Lo que el “Tratado de Reforma” de Lisboa viene a poner en orden, es una actualización de instituciones que posibiliten la continuidad –y la profundización- de la ruta de la integración. De la provisión de liderazgos coherentes, deberán ocuparán los electores europeos.

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Porque precisamente una de las reformas de Lisboa apunta al refuerzo del Parlamento Europeo, con representantes elegidos por sufragio directo en todos los países de la organización. Un refuerzo tanto en materia específicamente legislativa, como en asuntos económicos y en los roles de contralor de las instancias políticas. Esto incidirá directamente en un mayor control ciudadano –y, por ende, en una mayor democratización- de las instituciones comunitarias, uno de los reclamos más evidentes expresados en el “no” de los plebiscitos constitucionales.

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En las restantes áreas, el “Tratado de Reforma” recupera los planteos, las herramientas, y los alcances del proyecto constitucional (dejando de lado, obviamente, los símbolos nacionales –bandera, himno, etc.-, que pudieran denotar una dirección confederal). Se mantendrá la presidencia rotativa semestral de un Estado miembro, de forma tal de hacer posible que todos y cada uno de los socios accedan a ser sede de la conducción continental durante un período; pero, en vistas a lograr una mayor ejecutividad en el proceso de toma de decisiones, se crea asimismo una presidencia permanente del Consejo (la reunión de jefes de gobierno que se reúne cada tres meses), con mandato de dos años y medio y la posibilidad de una reelección.

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A su vez, esta nueva figura del ejecutivo comunitario –que se espera sea una figura de fuerte autoridad moral entre sus pares, y de experiencia política extensa- compartirá su área de ejercicio del poder con dos personajes clave: el presidente de la Comisión Europea, y el Alto Representante para la Política Exterior y la Seguridad Común.

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La Comisión Europea, el órgano ejecutivo comunitario que hoy preside José Manuel Duráo Barroso, y que ha ralentizado últimamente su accionar, dado el número de “comisarios” de todos los países que la componen; ve ahora reducida su composición a “comisarios” de dos tercios del número de Estados miembros, elegidos en pie de igualdad a partir de 2014. Se espera que esta nueva estructura le agregue eficacia, al reducir las instancias burocráticas de las oficinas ejecutivas.

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El tercer elemento en este delicado equilibrio de poderes y funciones, el Alto Representante para la Política Exterior, es la figura que sale más fortalecida de Lisboa. El español Javier Solana, la cara visible hoy de la diplomacia comunitaria, sumará a su labor de representante del Consejo en los asuntos externos de la UE, las funciones de Vicepresidente de la Comisión, y de jefe de la reunión de todos los ministros de Exteriores de los países miembros. Sumará, además, las áreas de Defensa y de Seguridad. Dispondrá, para llevar la voz unificada de Europa en las relaciones internacionales, de un plantel de más de siete mil funcionarios de carrera, repartidos en 122 legaciones diplomáticas en el mundo. La Unión poseerá personalidad jurídica única, con la que podrá firmar tratados internacionales con carácter vinculante para todos los Estados miembros.

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Por último, el Tratado de Lisboa consagra la “doble mayoría” en las votaciones, que también implica una manera de reforzar el rol de codecisor y de contralor del Parlamento, aumentando las áreas que se excluyen del poder de veto. La Polonia de los conservadores gemelos Kakzinsky abusó en los últimos años de esa capacidad de veto, al requerir las decisiones la unanimidad de todos los miembros. El nuevo sistema de votación prevé que las mociones parlamentarias se aprueben cuando cuenten con el respaldo del 55% de los Estados, que a su vez representen –al menos- al 65% de la población.

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Europa, especialmente en el siglo XX, ha logrado aprender de su historia. El proceso de integración siempre avanzó –o no avanzó- teniendo en cuenta las posibilidades que el contexto social le permitía. El proyecto de una Constitución y de un macro Estado confederal, implicó un tranco más largo del que algunos colectivos europeos estaban dispuestos a dar. El Tratado de Reforma toma nota de ello, y ajusta el paso a los tiempos, pero con el mismo objetivo de los fundadores: que la Unión Europea exprese la voz del continente a nivel global; que sea una herramienta ciudadana para mantener y acrecentar el orden político, la paz social, y el crecimiento económico en todos los países miembros; y que se constituya en un referente en el juego de equilibrios que supone la construcción de una comunidad internacional.

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Profesor de Política Internacional. Catedrático Jean Monnet de la Universidad Católica de Córdoba.

El crecimiento terrorista en el Magreb (13 12 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (13 de diciembre, 2007)
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AL QAEDA

EL CRECIMIENTO TERRORISTA EN EL MAGREB

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Por Nelson G. Specchia

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El Magreb, el conjunto de países de la larga costa mediterránea del norte de África, se está convirtiendo en la nueva plataforma privilegiada de acción del terrorismo de base fundamentalista. La cercanía geográfica con los países del sur de Europa, y los llamados de los líderes de Al Qaeda a golpear contra los intereses “colonialistas” de España, Francia, y de los Estados Unidos (o de la ONU, a la que consideran un apéndice de la potencia norteamericana), transforman al Magreb en una región de alto riesgo para la seguridad global.

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Esta semana, el 11 de diciembre, en un nuevo aniversario de aquel día 11 de septiembre que marcó la entrada del terrorismo de base islamista al centro de la escena internacional, el Magreb ha recibido un nuevo golpe. El ataque terrorista contra objetivos nacionales argelinos, y contra oficinas de la ONU, se suma a un listado creciente de actividades armadas en la región. Este crecimiento –tanto en número de acciones como en intensidad y alcance- durante los últimos cuatro años, está vinculado a la redefinición estratégica de diversos grupos aislados, que han sido orgánicamente incorporados a la red de Al Qaeda, y que han visto modificados sus objetivos en el contexto de una estrategia “yihadista” global.

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El ataque de esta semana estuvo dirigido contra las sedes del Consejo Constitucional y del Tribunal Supremo argelino, situados en uno de los barrios más controlados y custodiados de Argel. Hace pocos meses, en abril, en un nuevo aniversario del día 11, la propia sede del gobierno de Abdelaziz Buteflika sufrió el impacto de un coche bomba, que alcanzó a volar toda un ala del palacio presidencial. Junto con las oficinas gubernamentales, otro ataque, prácticamente simultáneo, estallaba esta semana en las oficinas de las Naciones Unidas, donde se encontraba la sede del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Las víctimas mortales de este nuevo golpe de la violencia terrorista se acercan a 80, que se suman a los aproximadamente 500 hombres y mujeres que Argelia ha debido sepultar, durante este año, muertos en atentados del fundamentalismo islámico.

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Ya en 2004, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una célula aislada y minoritaria, declaraba la guerra a “los extranjeros y a las compañías foráneas” en todo el Magreb, a quienes se acusa de un doble crimen: atentar contra el Islam por la penetración occidental, especialmente por los medios de comunicación; y expoliar neocolonialmente a los países musulmanes del norte de África. El GSPC, luego de una seguidilla de acciones mortales durante los dos años siguientes, consiguió que Al Qaeda lo incorporara orgánicamente a su organización, pasando a llamarse “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, y que el lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman al Zawahiri, les encargara, hace cuatro meses, “acabar con la presencia de españoles, franceses, y norteamericanos, en el Magreb.” En esa lógica deben leerse los atentados de esta semana, y los que –lamentablemente- creo que debemos esperar para el futuro próximo.

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Porque el desarrollo creciente de “Al Qaeda en el Magreb Islámico” es también una invitación a que las organizaciones paralelas en los restantes países de la costa norte de África, intensifiquen su acción en sus respectivas sociedades. Células fundamentalistas como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), en el cuerno occidental de la costa mediterránea; el Grupo Combatiente Tunecino (GCT); y el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL); han tenido el mismo origen y aspiran a integrar la red islámica global de Al Qaeda, tal como lo hicieron los argelinos.

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Después de que Al Zawahiri anunciara la integración formal del GSPC en Al Qaeda, el 11 de septiembre del año pasado, los líderes de la formación argelina subrayaban que “no es posible luchar contra los Estados Unidos de Norteamérica, si no se produce la unidad de todos los combatientes yihadistas del Magreb”, en lo que constituye un llamado al resto de las células norafricanas a seguir sus pasos respecto de la gran red fundamentalista global.

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Además del riesgo que supone el traslado de las acciones violentas hacia la costa sur de Europa, la estrategia de la “yihad” en África también contempla la expansión hacia el interior del continente, hacia el Sahel, el inmenso cinturón desértico que se extiende entre Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, y Senegal. Una zona de fronteras difusas y prácticamente sin Estado, donde el poder real reside en los jefes de las tribus tuareg, y en las redes de contrabandistas, que hacen de la inestabilidad institucional una situación permanente. Sumar el Sahel a la estrategia yihadista del Magreb sería pensar en un refugio internacional, en una vastísima zona prácticamente fuera de todo control, para el alojamiento y el entrenamiento del movimiento terrorista de base islámica.

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Por todo ello, sería un error analizar los atentados de esta semana, y la estrategia de la violencia terrorista global, como un supuesto choque de civilizaciones, o un enfrentamiento entre Occidente y el Islam, como vienen insistiendo ciertos grupos de opinión, especialmente influyentes en la política exterior norteamericana de nuestros días. Los atentados de Argelia demuestran que no sólo los países europeos o americanos son víctimas, sino también los propios países y poblaciones musulmanas. Conviene asimismo incluir en el análisis que la amenaza para Occidente no viene “de afuera”, sino que el proceso de radicalización ideológica que está en el centro de la estrategia yihadista se produce también al interior de las sociedades occidentales, como pudo verse en los autores materiales de los atentados de Gran Bretaña o España, que eran ciudadanos nacidos y educados en esos países.

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La amenaza de esa ideología del terror que es el salafismo yahiadista tiene sus raíces en ambas costas del mediterráneo, tanto la africana como la europea, por lo que la metodología para enfrentarse a ella no puede ser solamente policial o militar, sino que debe incluir la dimensión de la cooperación económica y social, especialmente en la dirección norte-sur, desde Europa hacia el Magreb.

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Profesor de Política Internacional. Universidad Católica de Córdoba.

Fisuras en la “Concertación” chilena (06 12 07)

Publicado en “Hoy Día córdoba” – (6 de diciembre, 2007)

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FISURAS EN LA “CONCERTACIÓN” CHILENA

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por Nelson Gustavo Specchia

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(desde Santiago de Chile)

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El sistema de partidos políticos, base del modelo republicano, se encuentra jaqueado en América latina. En una nueva vuelta de rosca histórica, el clásico partido político, concebido por la modernidad occidental como la herramienta para canalizar la representación de la voluntad ciudadana, se enfrenta a combinaciones con nuevas formas de participación y organización política, y convive con formas híbridas de representación popular. Alteraciones sustantivas, en suma, que pueden recalificar la funcionalidad del partido político clásico a nivel continental.

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Este nuevo momento crítico sucede al que los partidos –junto con el conjunto de la sociedad latinoamericana- tuvieron que soportar en la década de los ’70 del siglo pasado, cuando el avance del autoritarismo y la instalación de dictaduras militares sumergió la dinámica partidaria, hasta prácticamente hacerla desaparecer de la faz pública durante largos años.

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Como en aquella oportunidad, la coyuntura crítica que atraviesan hoy los partidos políticos toma muy diversas formas, según sean las características y el momento institucional específico de cada país latinoamericano. El surgimiento de organizaciones políticas asociadas a movimientos sociales, la transversalidad horizontal de liderazgos, la emergencia de representaciones vinculadas con colectivos tradicionalmente oprimidos (como los indígenas), y las coaliciones programáticas, parecen ser las principales variantes que se ofrecen como alternativas a los partidos.

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Chile encontró en esta última modalidad, la coalición interpartidaria, la vía con que enfrentó la transición desde la dictadura pinochetista, y la herramienta con que ha disputado el espacio político a la derecha en los gobiernos democráticos. La “Concertación” –alianza entre la Democracia Cristiana (DC), el Partido Socialista (PS), y el Partido por la Democracia (PPD)-, ha logrado retener el poder desde la transición hasta la actualidad. Pero este esquema de concentración de poder, y de distribución de cargos ejecutivos entre los socios de la coalición, parece haberse desgastado, y ciertas fisuras preocupantes comienzan a hacerse evidentes.

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La Concertación logró ubicar en la Presidencia de la República a dos demócrata cristianos: Patricio Aylwin, que capitaneó la transición desde la dictadura, y Eduardo Frei, que le sucedió; a don Ricardo Lagos, fundador del PPD y uno de los gestores del “No” en el plebiscito convocado por Pinochet para intentar perpetuarse en el poder; y la actual mandataria, la socialista Michelle Bachelet. A la Presidenta le queda aún un tercio de mandato, pero los reacomodamientos al interior de la coalición comienzan a expresar cierta fatiga del modelo, luego de sucesivas administraciones. Una tendencia similar disparó la crisis del Partido de la Revolución Institucional (PRI) en México, luego de una extensa permanencia en el Ejecutivo, y terminó desplazándolo del poder.

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En Chile, los síntomas de fatiga han aflorado en el socio mayoritario de la Concertación, la DC. A pesar de su mayoría relativa en la alianza interpartidaria, no ha logrado imponer sus candidatos a Presidente en las dos últimas elecciones; sumadas a este elemento, las poco aceitadas vías de promoción de las segundas y terceras líneas de dirigentes, y el permanente estado de negociación entre los socios –tanto para llevar adelante los programas de gobierno, como para definir las listas de candidatos a los cargos electivos-, han encendido la luz amarilla.

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La semana pasada, la presidenta de la Democracia Cristiana, Soledad Alvear, ha solicitado la expulsión de la DC del histórico dirigente Adolfo Zaldívar: esta movida en el tablero podría llevar al quiebre de la propia DC, y, eventualmente, podría poner en riesgo la continuidad de la Concertación en el gobierno de Chile tras las próximas elecciones.

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La Presidenta Bachelet, que soporta duras críticas por su supuesta prescindencia y lejanía de la vida política chilena, parece resignada a ocupar un papel secundario, a pesar de que las disputas sobre el liderazgo afecten directamente a su administración: la iniciativa de expulsión de Adolfo Zaldívar de la DC se asienta en su alianza, en el Senado, con la oposición de derecha para oponerse a la solicitud de fondos de la Presidenta, con destino al sistema público de transportes, “Transantiago”.

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La señora Alvear, varias veces ministra del Ejecutivo en gestiones anteriores, líder de una corriente importante dentro de la DC, y hoy senadora de la República, quiere ser candidata a Presidenta, y suceder a Michelle Bachelet. El señor Zaldívar, también senador, también ex presidente de la DC, también líder de un sector importante dentro de la Concertación, quiere lo mismo. El ex Presidente Eduardo Frei, quien cree que puede presentarse como una figura de consenso, quiere lo mismo. Y lo mismo quiere el ex Presidente Ricardo Lagos.

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Todos quieren llegar a La Moneda con su propio esfuerzo y por su propia figura. El partido, como herramienta de participación política, se va relegando a un segundo plano.


Profesor de Política Internacional. Universidad Católica de Córdoba.