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Turquía, con rumbo oeste (17 09 10)

Turquía, con rumbo oeste

por Nelson Gustavo Specchia

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Cuando llegué por primera vez a Estambul era de noche. Desde las ruinas de Pompeya habíamos embarcado en el puerto de Bríndisi –desde donde partió al exilio el poeta Virgilio- hacia Grecia, y un lento y largo tren, con campesinos con chivas y gallinas y bolsas de pan y verduras, nos había traído hasta la vieja Constantinopla desde Atenas. Las primeras horas en Estambul, esa primera imagen que siempre es tan importante para embeberse de los nuevos escenarios, despertaron en nosotros la idea de la “diferencia” turca. No identificábamos bien qué, o dónde estaba esa diferencia que se nos aparecía tan radical y al mismo tiempo tan confusa, y con el paso de los días esa sensación primera se fue asentando al confirmase a cada paso: los turcos eran iguales a todo ese mundo mediterráneo que veníamos recorriendo durante meses, pero al mismo tiempo eran radicalmente diferentes. ¡Pero si hasta para negar mueven la cabeza hacia arriba y hacia abajo, con el gesto que todo el mundo utiliza para asentir!

Estas impresiones intuitivas, de contacto vivencial con entidades culturales diferentes a los estándares de estudio en sociología política y en relaciones internacionales, pueden servir para ilustrar los problemas a los que nos enfrentamos al momento de analizar los enormes cambios actuales en la estructura del sistema de gobierno en la República de Turquía; en las implicancias que se derivan de estas alteraciones del rumbo ejecutadas por la conducción del gigante que cabalga entre Europa y Asia; en la crítica importancia que para todos reviste la experiencia turca, en una coyuntura global de resignificación de los factores religiosos en la política; y en los actores que encarnan esa transformación. Porque Turquía es tan diferente, que aquí los progresistas y democratizadores sociales son los conservadores religiosos, y los que se oponen al cambio y a la modernización de las estructuras son los socialdemócratas laicos. Como el gesto de negar o asentir, exactamente al revés que en el resto del mundo.

LIMPIAR LA CONSTITUCIÓN

El domingo de esta semana, 12 de septiembre, el gobierno turco sometió a plebiscito popular la reforma de la Constitución, y su propuesta ganó por porcentajes abrumadores. El ejecutivo de Ankara está encabezado por el primer ministro Recep Tayyip Erdogán, y la figura de representación del Estado reposa en el presidente Abdullah Güll. Esta dupla de políticos encarna la nueva élite dirigente turca: intelectuales, cultivados, políglotas, republicanos, demócratas, occidentalizados, liberales y capitalistas; pero, al mismo tiempo, musulmanes convencidos y religiosamente practicantes, dispuestos a reinsertar una agenda de contenidos islámicos en la vida social y en la práctica política. Esa combinación de elementos es, desde cualquier punto de vista y de experiencia regional en los países árabes de Oriente Medio, una arriesgada apuesta original.

Cuando los militares nacionalistas dan un golpe de Estado contra el antiguo orden del Imperio Otomano, en 1923, y capitaneados por el general Mustafá Kemal –Atatürk- fundan la moderna República de Turquía, entienden que su principal enemigo es la identificación entre orden político y orden religioso. Por lo que imponen el laicismo obligatorio, desterrando las prácticas obligatorias del Islam de toda la vida pública, desde los elementos profundos, sistémicos, hasta los más superficiales, como la vestimenta: nada en la vía pública, en las escuelas, en las universidades, en las oficinas gubernamentales puede hacer referencia a la religión mahometana.

Y Atatürk, militar al fin y al cabo, encargó a sus colegas del ejército la tutela de este laicismo obligatorio, que ya se apresta a cumplir noventa años. Pero la cultura popular, especialmente desde la Turquía profunda, rural, la que viene desde los amplios llanos de Anatolia (y, por ello, adentrada en la geografía, los usos y los modos asiáticos) se ha resistido desde siempre a esta imposición forzada de los militares kemalistas. Éstos, a su vez, tomándose la “tutela” encargada por Atatürk muy en serio, han provocado varios golpes de Estado durante el siglo XX para preservar la pureza laicista del país. Aquí es donde aparecen Erdogán, Güll, y la nueva generación de políticos, con la novedad del intento de armonización entre republicanismo democrático y respeto religioso. Pero, ¿la democracia liberal –occidental y moderna- puede ser compatible con el Islam?

CABEZA DE TURCO

Los militares kemalistas siguen diciendo que es imposible, y los apoyan todos los partidos del arco que, en nuestros esquemas, consideraríamos la izquierda, encabezada por el laicista Partido Republicano del Pueblo (CHP, por sus siglas en turco), vinculado a la socialdemocracia internacional.

Pero Erdogán y Güll tienen la cabeza dura y son persistentes, desde su juventud universitaria. En 2001 crearon el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, Adalet ve Kalkinma Partisi) y desde esa militancia avanzaron a pesar del veto militar y judicial permanente, y han logrado finalmente arrebatar a los laicistas la iniciativa política y el mayoritario apoyo popular. En las clasificaciones a las que estamos acostumbrados, el AKP sería un partido conservador, islamista moderado, de centroderecha; al que se podría comparar con la democracia cristiana o el Partido Popular europeo. Para el contexto turco, en cambio, la agrupación en el gobierno encarna las ideas más de avanzada, reformistas y progresistas.

Porque las reformas constitucionales sometidas a referéndum este domingo sólo pueden ser comprendidas en ese sentido. La actual Constitución data de 1982, redactada por una Junta Militar que se había hecho con el gobierno tras uno de esos múltiples golpes de Estado (el de 1980), con que los militares kemalistas ejercieron la “tutela”. La reforma propuesta por Erdogán contempla la modificación de 26 artículos de la Carta Magna, que en su conjunto suponen supeditar el poder militar al civil, terminar con la impunidad jurídica de los generales golpistas mediante la aplicación de la jurisdicción civil para los delitos cometidos por uniformados. Por otro lado, avanza con la reforma de la judicatura, el otro sector –además del ejército- donde se ha atrincherado el nacionalismo laicista. Y, por último, legisla sobre la protección de los derechos civiles y de las minorías: otorga el derecho de huelga a los empleados públicos y el acceso a los convenios colectivos; explicita el derecho a la privacidad; e incorpora artículos sobre la protección de los colectivos sociales más vulnerables. Un auténtico programa progresista y democratizador, llevado adelante por islamistas moderados.

EUROPA COMO BALANZA

Además de terminar con la “tutela” militar interna, la dupla Erdogán-Güll busca afanosamente adecuar los estándares legales y jurisprudenciales a los parámetros de Occidente, porque el ingreso de Turquía a la Unión Europea sigue siendo la principal baza de su política exterior. Con la reforma constitucional aprobada el domingo, tanto el francés Nicolás Sarkozy como la alemana Ángela Merkel, los dos principales oponentes al ingreso turco, se quedan sin una parte importante de sus argumentaciones.

Y el referéndum, además, y aunque no lo mencionara explícitamente en las papeletas, ha implicado un plebiscito sobre la propia gestión del ejecutivo, sobre la agenda del gobierno, y sobre la prioridad en la orientación de las relaciones internacionales hacia el Oeste. De los 72 millones de habitantes del gigante turco, casi 50 millones integran el padrón electoral (y dos tercios de esa población tienen menos de 30 años). Con una participación cercana al 80 por ciento del padrón, prácticamente el 60 por ciento apoyó la reforma constitucional planeada por el AKP. Una mayoría abrumadora que, al mismo tiempo, deja a Recep Tayyip Erdogán en inmejorables condiciones para volver a presentar su candidatura a un tercer mandato, en las elecciones generales del año que viene.

En todo caso, a pesar de estos apoyos mayoritarios, y si de verdad la élite del AKP no oculta una agenda de “reislamización” de Turquía, el primer ministro (al que los medios de prensa opositores en Estambul ya llaman el “sultán”) debería recordar que en Occidente la república y la democracia requieren de la pluralidad de opciones y de la alternancia en el poder. También debería recordárselo la Unión Europea, a la que con tanta ansia aspira ingresar.

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nelson.specchia@gmail.com

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Erdogan, un nuevo padre para los turcos (11 06 10)

Erdogan, un nuevo padre para los turcos

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por Nelson Gustavo Specchia

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Al final de la primera guerra mundial, el que había sido un vastísimo proyecto político musulmán se derrumbó estrepitosamente. El Imperio Otomano, corroído de burocracia, estancado en una pre modernidad que ya no encontraba lugar para acomodarse al nuevo siglo, y jaqueado por los alzamientos árabes al sur de Anatolia, se quebró y se vino abajo haciendo ruido. De las ruinas del coloso (que hundía sus tentáculos por el Este en los territorios turkmenos de Asia Central; había convertido la vieja capital del Imperio Romano de Oriente, Constantinopla, en la otomana Estambul; y por el Oeste había llegado a estar a las puertas de Viena), nació en 1923 la República de Turquía. El que provocó ese parto se llamó Mustafá Kemal.

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Kemal se imaginó un Estado moderno y occidentalizado, prohibió las babuchas en los pies, el fez –el gorro cónico de los hombres- y el hiyab –el pañuelo con que las mujeres se cubrían el pelo-, y cualquier otro elemento que remitiera a la cultura musulmana del antiguo orden. La religión islámica se extirpó de las esferas públicas (colegios, hospitales, oficinas administrativas), se relegó a la práctica familiar, y se la colocó bajo un estricto control del Estado. Turquía debía marchar a paso forzado, despegarse de los demás países musulmanes y poner rumbo a Europa. La revolución de Kemal fue profunda, cultural, y el general tuvo la precaución de dejar su legado atado a una institución que, desde entonces, se ha arrogado la tutela de la vida republicana: el Ejército. Por todos estos cambios, por la profundidad de las reformas, por haber terminado con la decadencia social y económica, y por reubicar al inmenso país en la ruta de la modernidad, Mustafá Kemal fue llamado Atatürk, “el padre de todos los turcos”.

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Hacia Occidente

La impronta marcada por el líder revolucionario se cumplió. La Turquía posotomana se unió al Consejo de Europa tras la segunda guerra mundial, en 1949, y con los primeros aires de la guerra fría tomó claramente partido por los Estados Unidos, sumándose a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tan temprano como 1952. Luego, en 1961, se adscribió a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y en 1973 a la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Con todo esto, comenzó a solicitar su ingreso en firme a la Unión Europea (UE). Firmó un acuerdo de unión aduanera con la organización continental en 1995, y diez años después, en Bruselas, largaron las negociaciones formales para su plena adhesión. Ésta, sin embargo, año a año acumula nuevos estorbos, aplazos, dilaciones y remilgos (en estos días, capitaneados por Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel).

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Lo que Atatürk no podía haber previsto, es que la ruta hacia Occidente tiene varios caminos, curvas complicadas, barreras, lomadas, y casi ningún atajo. Desde el lado de la Unión Europea, tantas idas y vueltas no pueden ocultar el hecho de que a los turcos no se los quiere en Europa: son muchos, son asiáticos y no son cristianos. Y desde el propio interior del país, con los años aquel Ejército progresista y laico se acostumbró al poder y se terminó convirtiendo en una instancia conservadora y retrógrada. Y la población, especialmente los habitantes de las extensas áreas rurales al oriente del Bósforo, estaban demasiado apegadas a sus tradiciones religiosas, más allá de lo que se ordenara desde Ankara o Estambul.

De los setenta millones de turcos, el 95 por ciento se confiesa musulmán (y de éstos, más de un 80 por ciento pertenece a la interpretación sunnita del Islam). Las mujeres quieren llevar puesto el hiyab no sólo en casa sino también en las universidades o en los actos públicos. Y sin renegar de la modernidad, una parte de la élite política comenzó a cuestionar la total escisión con los demás estados de mayoría musulmana; después de todo, los 1.700 millones que profesan el Islam (de los cuales mil millones viven en Asia) constituyen una población que necesariamente ha de pesar al momento de considerar los equilibrios políticos internacionales.

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Llega Erdogan

En este contexto, dos ex compañeros de la infancia, ilustrados, universitarios, demócratas, políglotas y pro occidentales, pero al mismo tiempo musulmanes y religiosos, fundaron en el año 2000 un nuevo partido político, Adalet va Kalkinma Partisi (AKP), el Partido de la Justicia y el Desarrollo, y se propusieron conjugar modernidad con tradición. Esos dos hombres, después de una nada fácil carrera (el Ejército, guardián de la ortodoxia laica, les ha puesto todos los escollos posibles) están hoy al frente de la República de Turquía: Recep Tayyip Erdogan es el primer ministro, y Abdullah Gül es el presidente. Junto a una tercera figura, la del intelectual y académico canciller Ahmet Davotoglu, diseñando la política exterior, están reposicionando a Turquía en un lugar inesperado: a la cabeza de la avanzada política de los países islámicos.

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La semana pasada, con el desproporcionado ataque del ejército israelí a los barcos que transportaban ayuda humanitaria a Gaza, los nueve cooperantes turcos muertos a quemarropa, la condena mundial al “baño de sangre” (según Ban ki Moon), y la reacción del gobierno turco, han puesto a la figura de Erdogan en el centro de atención del mundo islámico. Los niños nacidos en Gaza en estos días reciben el nombre del primer ministro, la causa palestina ha encontrado un nuevo abogado, las manifestaciones de musulmanes en las diferentes ciudades llevan pancartas con su rostro, en Gaza se organizó un funeral simbólico por los cooperantes muertos en nombre de Erdogan; en Líbano las movilizaciones corean “¡Alá, tú que eres misericordioso, proteje a Recep Tayyip Erdogan!”, y países en conflicto –como Irán- acuden a su mediación para intentar saltarse las condenas de los organismos multilaterales donde la postura norteamericana es dominante. Después de Kemal, los turcos han encontrado un nuevo padre común.

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La tentación del Califato

Vengo escribiendo sobre Turquía, en diferentes medios de prensa y en comunicaciones académicas, desde hace diez años. Estuve presente en esa noche de tensión y negociaciones urgentes en que la diplomacia británica logró en Bruselas superar los obstáculos de última hora y abrir las negociaciones para el ingreso formal de Turquía a la Unión Europea. He repetido ya muchas veces que la incorporación del gigante turco a la organización continental sería un paso positivo para todos: despejaría finalmente la idea de que Europa es un “club cristiano” que no acepta la diversidad, abriría la puerta de Occidente al diálogo y a la convivencia con aquellos experimentos democráticos en el mundo musulmán, y permitiría a los moderados y auténticamente demócratas habitantes de los países islámicos tener una referencia alternativa al extremismo de Al Qaeda y al falaz “choque de civilizaciones” al que parecemos condenados.

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La Turquía de Erdogan y Gül así lo han entendido, y se han movido con una auténtica voluntad política para integrarse a Europa. Los europeos, en cambio, no han sabido –o no han querido- aprovechar este momento y la oportunidad se está perdiendo. En 2005 había casi un 75 por ciento de adhesión a Europa entre la población turca, pero hoy ese porcentaje ha descendido ya a un 50 por ciento. Consecuentemente, las trabas, las dilaciones y las dudas de los líderes europeos han impactado en el gobierno de Ankara, que ha comenzado a desplazar la centralidad de la adhesión a la Unión Europea por otros objetivos estratégicos.

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Erdogan se encuentra girando el timón hacia Rusia, el Cáucaso, Irán, Siria, Irak, Líbano y los territorios palestinos ocupados por Israel. De este último, en los momentos altos de la occidentalización, fue uno de los principales aliados, pero el ataque a los barcos con ayuda humanitaria a Gaza ha cortado esa política, y Erdogan ha condenado al Estado de Israel en la cumbre regional de seguridad celebrada en Estambul el martes pasado, con el primer ministro ruso Vladimir Putin y el presidente de la República Islámica de Irán, Mahmmoud Ahmadinejad, junto a otros veinte líderes de países asiáticos rubricando el documento de condena.

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En el antiguo régimen, el sultán de Estambul ejercía la autoridad directa del Imperio Otomano, pero también la autoridad moral –un primus inter pares- del Islam. Ante la postura de los Estados Unidos de América y sus aliados occidentales, de protección a rajatabla de Israel, con su supremacía militar y sus agresivos métodos, la avanzada política del mundo islámico parece haber encontrado un nuevo líder en Recep Tayyip Erdogan. Puede ser una oportunidad para reencauzar el diálogo. Quizá una de las últimas.

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nelson.specchia@gmail.com

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La neblina política turca (16 05 07)

ublicado en “Hoy Día Córdoba”, (16 de mayo de 2007)

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LA NEBLINA POLITICA TURCA

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La posibilidad de coexistencia entre Islam y democracia acaba de sufrir un duro golpe, al impedir el ejército turco la elección de un presidente islamista moderado, Abdulá Gül. La política en Turquía queda así en un paréntesis indefinido, que tendrá coletazos en la seguridad de Occidente

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por Nelson Gustavo Specchia

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Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba.

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Conocí a Abdulá Gül en Bruselas en octubre de 2005. La medianoche de aquel 3 de octubre se vencían todos los plazos establecidos por la Unión Europea para aceptar la candidatura de Turquía, y comenzar las negociaciones para su adhesión. Algunos socios de la Unión (especialmente Austria, Alemania, y también Francia) se mostraban renuentes a iniciar el proceso negociador para incorporar a un país atípico en el espacio europeo, gigante geográfico y demográfico, con una parte considerable de su territorio en Asia, y con el 99% de su población musulmana. Estos planteos hacían peligrar el proceso de acercamiento turco a Europa, y fue la habilidad de Gül, Canciller y hombre de confianza del primer ministro Recep Tayyip Erdogan, con el apoyo de la diplomacia británica, quién logró destrabar los últimos obstáculos y dar el paso –importante y largamente esperado- hacia Europa.

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La fuerte apuesta turca por la integración con Europa significa una opción por el sistema republicano, por una separación de poderes clara dentro del Estado, por los equilibrios democráticos, y por los valores de libertad, respeto y tolerancia del bagaje cultural que Europa representa. Pero la originalidad del planteo turco radica en el intento de compatibilizar esta occidentalización, con las características islámicas de su sociedad. En un momento histórico de radicalización del Islam político, Occidente debería evaluar con mucho cuidado este intento.

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El laicismo es una obligación en Turquía desde su fundación. Cuando Mustafá Kemal –Atatürk- crea el Estado moderno sobre las ruinas del imperio otomano, le asigna al ejército la custodia de ese laicismo, que alcanza a todos los ámbitos de la vida social y política, al punto, por ejemplo, que las mujeres no pueden cubrirse la cabeza con el pañuelo en las escuelas, la universidad, o las oficinas públicas. Pero esta imposición forzosa, tras casi medio siglo de vida política, con dosis altas de autoritarismo y de status quo de la oligarquía atatürkista, comienza a agrietarse: las costumbres y las creencias de las grandes mayorías turcas, especialmente del otro lado del Bósforo, incorporan el elemento religioso en la vida cotidiana. El éxito electoral de la dupla Erdogan-Gül (cuyas esposas sí se cubren con el pañuelo, aunque de las casas Dior, Balenciaga, y Hermés de Paris) radica precisamente en proponer un talante europeísta y modernizador desde un islamismo moderado. Desde aquella noche de octubre de 2005 estoy convencido de que Gül y la mayoría parlamentaria del Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) pueden ser los aliados estratégicos que Europa –y Occidente- necesitan, para habilitar una necesaria nueva etapa internacional de diálogo y coexistencia con el Islam político.

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El partido AKP ha venido creciendo en las sucesivas elecciones, desde su acceso al poder en 2002, hasta llegar a una mayoría de 353 diputados sobre un total de 550 del Parlamento. En este mes de mayo estaba planteada la renovación de mandato (siete años) del Presidente de la República. El AKP anunció la candidatura del primer ministro Erdogan, el gobernante más votado de la historia reciente de Turquía. Pero el 24 de abril pasado, después de una movilización multitudinaria en contra de un presidente islámico, y de la declaración del Ejército, que recordó a través de Internet su rol de “garante del carácter laico del Estado”, Erdogan declinó su postulación en favor de Abdulá Gül.

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La estrategia de la dupla pareció ser que Gül, de un talante menos polémico, claramente prooccidental, formado en Londres, amable, y muy exitoso al frente del ministerio de Exteriores, generaría menos resistencias que la figura del primer ministro. Pero no fue suficiente. En la primera votación, el 27 de abril, Gül recibió 357 votos, apenas 10 por debajo de los dos tercios requeridos para ser electo en primera instancia. En la segunda y tercera vuelta, cuando sólo fuese necesaria la mayoría simple, su elección hubiese estado garantizada. Entonces estalló la crisis: los partidos de la oposición denunciaron el boicot a su candidatura, solicitaron la nulidad de la votación al Tribunal Constitucional –que se la concedió-, y los militares volvieron a anunciar que no permitirían que el laicismo de la República se viera alterado, amenazando claramente que el Ejército “expresará su actitud abiertamente cuando lo crea necesario”.

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La postura del Estado Mayor del Ejército no puede tomarse a la ligera, después de los cuatro golpes militares (1960, 1971, 1980, y 1997) que han pautado la historia reciente de Turquía. Y a pesar de las declaraciones internacionales –tanto de la Unión Europea, como de los EE. UU.- en el sentido de que los militares no deberían intervenir en los procesos democráticos, el primer ministro Erdogan se vio obligado a retirar la candidatura de Abdulá Gül, y convocar a comicios legislativos para el próximo 22 de julio, dejando de momento la vida política inmersa en una neblina que diluye los contornos.

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El laicismo forzado es también una manifestación de la intolerancia. Frente a los intentos declarados de ciertas franjas del Islam político de crear un “Estado islámico” (una especie de “califato” regido por la “Sharia” o ley religiosa), los programas modernizadores de estos sectores moderados, que pretenden avanzar desde un laicismo excluyente en lo religioso hacia un sistema más inclusivo, donde las manifestaciones de la fe y las creencias de las mayorías puedan convivir con la vida política democrática, deben contar con el apoyo internacional de Occidente.

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La estabilidad –regional y global-, el diálogo con el Oriente cercano, y la coexistencia internacional en la diversidad, dependerán del éxito de estos sectores moderados.

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La compleja vía turca hacia Europa (15 12 06)

Publicado hoy en “Reporte 15” – Córdoba, 15 de diciembre de 2006.

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La compleja vía turca hacia Europa

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por Nelson Gustavo Specchia

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Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba

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La política turca se ha instalado como tema de la agenda europea, y ya es una variable imprescindible para comprender la geopolítica internacional en nuestros días. La visita del papa Benedicto XVI de la semana pasada, y el informe de Bruselas de esta semana, que propone ralentizar el proceso de incorporación de Turquía a la Unión Europea, han vuelto a poner el tema en los titulares y en las columnas de opinión de la prensa mundial.

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Turquía fue un país confesionalmente musulmán hasta mediados del siglo 20, cuando se dio la separación entre religión y política de la mano del general Ataturk. Con el apoyo de las fuerzas armadas, Ataturk reformó el Estado, instaurando una república laica, democrática y moderna. En los 43 años que han transcurrido desde la revolución, la exitosa modernización turca -con un crecimiento importante del rol de la sociedad civil, del juego democrático, y de vigencia de las instituciones republicanas-, ha dependido de su inclinación occidental y de su acercamiento al modelo europeo. Turquía, que cabalga a dos aguas y a dos tierras entre Asia y Europa, ha decidido que su destino se encuentra en esta última.

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Pero esta decisión ha acarreado un proceso de acercamiento largo y muy complejo, con idas y vueltas, opiniones cambiantes en los socios occidentales, y con la herida abierta del contencioso chipriota en el medio.

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Venciendo los altibajos del humor europeo, la candidatura turca a su incorporación a la UE fue admitida formalmente, “ad limina”, en la medianoche del 3 de octubre de 2005. La apertura de negociaciones implicaba aplicar el Protocolo de Ankara (por el que Turquía abre sus puertos y aeropuertos, extendiendo la Unión Aduanera a todos los países miembros de la UE); y uno de estos nuevos miembros, desde 2004, es Chipre, que se encuentra dividido y con su tercio norte ocupado por el ejército turco desde 1974.

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Los puertos turcos siguen cerrados, sin embargo, para los barcos y los aviones chipriotas, y el primer ministro, Recep Tayyip Erdogan, ha anunciado que no habrá “nuevas concesiones” respecto de Chipre. La Comisión Europea ha venido señalando que los tiempos se acaban, y que de no cumplir sus pactos antes de fin de año, Turquía verá seriamente dañada la marcha del proceso de incorporación a la Unión. Esta misma semana, la Comisión propuso al Consejo de Jefes de Estado y de Gobierno –que se reunirá el próximo 14 de diciembre en Bruselas- la suspensión de 8 de los 35 capítulos en que se han dividido las negociaciones de adhesión, lo que ralentizaría fuertemente el proceso, de por sí largo y engorroso, ya que puede extenderse por más de una década.

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Sin embargo, la geopolítica internacional ha generado dos sorpresas en los últimos días, desde escenarios no previstos. En primer lugar, el papa Benedicto XVI llegó a Turquía, y su primer gesto, en el propio aeropuerto de Ankara, fue anunciar un cambio en su posición respecto del acercamiento turco a Europa. En diversas oportunidades el papa había sostenido que no era conveniente tal incorporación, ya que Turquía había moldeado históricamente su perfil cultural “contra” Europa, y que por ello era preferible que este gran país, de más de 72 millones de habitantes y de una abrumadora mayoría musulmana, buscara alianzas entre sus vecinos árabes. A pesar de estas opiniones anteriores, el papa apoyó el camino de diálogo y acercamiento a Europa, basado en principios comunes. De semejante respaldo al gobierno y a la política exterior del premier Erdogan se tomó nota en todas las cancillerías.

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La segunda sorpresa la dio la jefa del gobierno alemán, Ángela Merkel, quien asumirá el 1 de enero de 2007 la presidencia rotativa de la Unión Europea. Alemania ha formado parte –junto con Francia y Austria- del grupo más reacio a acordar con la incorporación turca. Una posición reticente muy a tono con las opiniones de sus respectivos electorados, en los cuales el tema turco genera más rechazos que entusiasmos. Sin embargo, la canciller Merkel acaba de manifestarse en contra de dar cualquier ultimátum al gobierno turco para que abra sus puertos a Chipre, suavizando sus posturas anteriores, y otorgando un lapso de entre 12 y 18 meses para que Erdogan pueda cumplir con los pactos, y volver el proceso de negociación a su cauce. Otro respaldo del que se tomó nota a nivel internacional.

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En definitiva, la cuestión de fondo permanece: la política europea es un capítulo imprescindible de la estabilidad occidental. Y una porción importante de la seguridad europea en el mediano plazo dependerá de la situación en el mediterráneo oriental, donde se cruzan las variables del enfrentamiento palestino-israelí, la cuestión libanesa, la influencia siria, las pretensiones de liderazgo regional iraní, y la bisagra estratégica de Turquía.

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Es esperable que la visión en perspectiva de los líderes occidentales pueda allanar la serpenteante vía turca hacia Europa.

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