Archivo mensual: noviembre 2005

Claves del incendio francés (09 11 05)

publicado en La Voz del Interior (09 – noviembre – 2005)

http://www.lavozdelinterior.com.ar/nota.asp?nrc=370187

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CLAVES DEL INCENDIO FRANCES

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por Nelson Gustavo Specchia

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(desde Bruselas)

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La espiral de violencia urbana que ha emergido en Francia en las últimas dos semanas no es un fenómeno aislado, ni siquiera sorprende demasiado a los analistas políticos, que vienen advirtiendo una escalada paulatina de descontento y protesta social en todo el país desde mediados del año pasado.

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En lo que va del 2005, las estadísticas policiales registran más de 70.000 actos de violencia social de pequeña escala, con cerca de 30.000 automóviles incendiados, y unos 6.000 atentados contra mobiliario urbano. A esta inusitada y creciente discordia, que trastorna el escenario generalmente apacible de las ciudades medianas de Francia, se suman ahora los 4.000 coches que han ardido desde el 27 de octubre pasado, cuando comenzaron los disturbios a raíz de la muerte de dos adolescentes en la barriada de Clichy-sous-Bois, electrocutados cuando intentaron ocultarse en un transformador, huyendo de una persecución policial.

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No es una violencia selectiva: ni prioriza ni descarta ningún objetivo en particular. Junto a los autos han ardido peluquerías, supermercados, jardines de infantes, bancos, transportes públicos, bibliotecas, comisarías, clubes deportivos y escuelas. En todos ellos, sin embargo, es posible encontrar un rasgo común: son signos de bienestar, de confort, de ascenso social, de igualdad republicana, de seguridad.

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Elementos y características a los que podrían acceder, teóricamente, todos los ciudadanos de la democrática y laica República Francesa. Lo que iluminan las llamas en este otoño europeo, en cambio, es a un colectivo social que no accede a estos beneficios del estado de bienestar; que sabe que por su origen inmigrante, su pertenencia étnica, el color de su piel, la religión de sus padres, la ubicación de sus barrios y viviendas, las escuelas e institutos a los que pueden acceder, y los puestos profesionales a los que se les permite aspirar, no dejarán nunca de ser lo que son: franceses, pero de segunda.

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Como en el resto de Europa, la piedra de toque de la cuestión social es la inmigración. Los intentos de incorporación de las sucesivas oleadas que llegan desde el pobre Tercer Mundo (especialmente desde las costas de Africa) han sido vacilantes, débiles, y muchas veces contradictorios.

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Y es precisamente en el fracaso de las políticas dirigidas a la inmigración donde deben buscarse las claves de esta sacudida violenta a la sociedad francesa, que se enorgullece de ser un emblema de los derechos del hombre y del ciudadano en el contexto europeo.

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Europa ha ensayado dos modelos básicos para atender a la creciente masa de inmigrantes que llama a sus puertas, o que violenta subrepticiamente sus fronteras, sea saltando vallas de alambre, llegando en “pateras” inflables a sus costas, o dirigiéndose a la antigua metrópoli colonial.

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El primer modelo, que podríamos denominar “multicultural”, intentó la convivencia en una misma sociedad de alternativas culturales diversas, cuyas diferencias irían –teóricamente- minimizándose con el tiempo, merced a la incorporación de las nuevas generaciones a las estructuras educativas públicas.

El segundo modelo (“integracionista”), propugnó la incorporación de los nuevos ciudadanos mediante su asimilación, o sea, su adaptación a un cuerpo de valores y características que distinguen a la sociedad a la que llegan.

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En Europa, los primeros en aplicar políticas comunitaristas o multiculturales fueron los ingleses, cuando comenzaron a acoger las oleadas inmigratorias provenientes de las ex colonias británicas de Africa, Oceanía, y Asia. El mismo modelo siguieron luego los holandeses, y los países nórdicos.

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Francia, en cambio, desde que el fenómeno inmigratorio comenzó a tomar cuerpo, adoptó una posición de asimilación: el “núcleo duro” de valores republicanos es inamovible, y a él debe adaptarse todo ciudadano, inclusive los “nuevos franceses”. El debate sobre la utilización del velo islámico en las escuelas públicas de hace algunos meses, es un ejemplo de esta política.

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Las estrategias multiculturales, sin embargo, están en entredicho desde el 7 de julio de este año, cuando se conoció que los atentados de Londres los habían llevado adelante unos chicos nacidos, criados, y educados en Inglaterra.

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Y ahora, los incendios de las ciudades del interior y de las barriadas pobres de París, muestran el fracaso de las políticas de asimilación, que más allá de la letra, en realidad limitan y marginan a un segundo lugar a los hijos y nietos de inmigrantes, quedando siempre en los bordes de la Francia “francesa”.

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Estos jóvenes representan la fractura social que divide a Francia, aunque no se reconozca desde el discurso oficial. El Ministro del Interior, Nicolas Sarkozy, con una delicadeza propia de un mastodonte jurásico, no deja de llamar “racaille” a los jóvenes involucrados en la protesta, (una expresión que entre nosotros equivaldría a gritar despectivamente “negros de porquería” , o algo aún menos delicado).

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Sin embargo, los sociólogos vienen advirtiendo que los adultos jóvenes, los jóvenes, y los adolescentes descendientes de inmigrantes, principalmente del Magreb, viven mayoritariamente en los barrios y pequeñas ciudades “degradadas” (casi 800 en toda Francia), registran un índice de deserción escolar alto en todos los niveles de enseñanza, y son discriminados en el acceso al mercado laboral, de forma tal que las tasas de desempleo se duplican en estos barrios respecto de la media nacional.

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Esta marginación solapada, aunque no se la reconozca oficialmente, empuja a los jóvenes urbanos a buscar otros signos de identidad, diferentes de la sociedad que los rechaza, y en los cuales poder verse reflejados: la recuperación de las tradiciones religiosas de sus mayores (el florecimiento del Islam en los suburbios es un fenómeno creciente), la concentración en grupos autoreferenciales, la protesta, la rebelión, y la violencia.

Como se vio en Londres, también puede ser una puerta por la que ingrese el terrorismo.

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Turquía, dolor de cabeza de Europa (02 11 05)

publicado en La Voz del Interior (02 – noviembre – 2005)

http://www.lavozdelinterior.com.ar/nota.asp?nrc=368569

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Turquía: el dolor de cabeza de Europa

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por Nelson Gustavo Specchia

(desde Bruselas)

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La diplomacia inglesa, haciendo gala de su tradicional eficiencia, acaba de anotarse un nuevo logro al salvar, “in extremis”, la muy debilitada credibilidad de la política internacional europea. En la medianoche del 3 de octubre, La Unión Europea (UE) abrió las negociaciones para la adhesión de Turquía. En una jornada no apta para cardíacos, el canciller británico Jack Straw -cuyo país tiene a su cargo la presidencia temporal de la Unión- logró vencer las reticencias de última hora de Austria, y las posiciones más o menos dubitativas de los demás socios.

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La decisión de abrir las negociaciones la había tomado el Consejo Europeo de Bruselas en diciembre de 2004, y si esta decisión hubiese naufragado, sumándose a la reciente debacle en los plebiscitos para la aprobación de la Constitución Europea en Francia y en Holanda, que detuvieron todo el camino de ratificaciones nacionales, y sumado también a la parálisis política en el continente en estos días, la crisis del proceso de integración habría encendido las luces rojas.

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Los líderes políticos se felicitaron por el acuerdo, que salva a los Veinticinco de una nueva catástrofe. Pero, como es común escuchar en los pasillos de las instituciones comunitarias aquí en Bruselas, el “tema turco” puede reabrir el debate sobre el divorcio entre los funcionarios y la ciudadanía. Y es que el apoyo social a la adhesión de Turquía apenas roza el 35%, en promedio, en toda la UE.

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Por donde se lo mire, la incorporación de Turquía al club comunitario aparece como uno de los dolores de cabeza más importantes de Europa para los próximos años. Para los próximos 15 o 20 años, al menos, que es el tiempo que se calcula durarán las negociaciones.

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El marco de negociación de la UE con Turquía es el más duro de los establecidos hasta ahora para cualquier otro candidato. Exige el acuerdo unánime de todos los miembros de la Unión para la apertura y cierre de cada uno de los 35 capítulos en que se divide el documento marco. Y aún así, los aspectos financieros sólo se especificarán cuando se hayan aprobado los presupuestos de la UE para después de 2014. Un largo camino por delante.

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Este largo camino, además, los turcos han de hacerlo a marcha forzada, para poder cumplir (y “estrictamente”, como se ha remarcado estos días) las condiciones de adhesión. Los criterios de adhesión quedaron definidos en la cumbre de Copenhague de 1993. Hay criterios políticos, que obligan a mantener instituciones estables y democráticas, junto al respeto de los derechos humanos y de las minorías (en Turquía el tema de los Kurdos aún no está resuelto); criterios económicos, que apuntan a sostener una economía de mercado abierta, y con capacidad para resistir a la competencia europea; y la aceptación y adaptación de las leyes nacionales al corpus jurídico y reglamentario de la UE (el “Acervo”, que a estas alturas ya suma unas 80.000 páginas de normas sobre los más diversos aspectos políticos, económicos y sociales). Turquía sólo podrá adherirse si alcanza esos resultados.

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Europa como destino

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Estas transformaciones han de sumarse a las que vienen haciendo los turcos durante los últimos 42 años para acercarse a Europa. En 1963, firmaron un acuerdo de asociación con la Comunidad Europea, conocido como Acuerdo de Ankara. Hace 18 años, en 1987, Turquía presentó formalmente su candidatura para entrar como miembro de pleno derecho a la UE. En 1995 se firmó el acuerdo que liberalizaba el comercio, mediante la creación de una unión aduanera entre Turquía y la UE. Por fin, en 1999, se concedió al país la categoría de candidato, y este mes, entre gallos y medianoche, comenzaron las negociaciones de adhesión.

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Mustafá Kemal, más conocido como “Ataturk”, fundador de la Turquía moderna y laica, decía que “Occidente siempre ha tenido prejuicios hacia los turcos, pero los turcos siempre hemos permanecido constantes en nuestro avance hacia Occidente.” Con esa constancia planteada por el viejo líder, los turcos dicen estar dispuestos a hacerlo, a avanzar a marcha forzada para cumplir con los criterios de Copenhague, y amoldar su país para aprobar cada uno de los 35 capítulos del documento de incorporación.

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En Europa, en tanto, se insiste en las dificultades que plantea la adhesión. Para muchos, Turquía no es más que un inmenso país pobre, musulmán y superpoblado, que puede inundar Europa de inmigrantes, causar problemas de convivencia, y complicar el devenir de la comunidad. Objetivamente, la población de Turquía (71 millones) la convertiría en el país más poblado de la UE. Y un 98,8% de esa población es fiel al Islam. Su economía es la más débil por habitante, con un ingreso per cápita de 27% respecto del promedio europeo. El PNUD ubica a Turquía en el ranking 87º del Índice de Desarrollo Humano, con muchos pendientes aún en el plano de las libertades públicas, y del respeto a los derechos humanos y a las minorías.

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La candidatura turca suscita más reticencias que entusiasmos, como ya había advertido Ataturk. Los turcos tendrán que mostrarse todavía muy pacientes antes de formar parte del club, y ni siquiera es seguro que un día lleguen a ser miembros plenos.

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Sin embargo, su entrada en la UE sería la posibilidad de coexistencia entre Islam y democracia; y su rechazo debilitaría, a largo plazo, el papel internacional de Europa. Dos temas cruciales para el mundo que viene.

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