Archivo mensual: octubre 2005

Sombras sobre Europa (10 10 05)

Publicado en La Voz del Interior (10 – octubre – 2005)

http://www.lavozdelinterior.com.ar/nota.asp?nrc=363213

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Sombras sobre Europa

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por Nelson Gustavo Specchia

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(desde Bruselas)

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Desde el fin de la segunda Guerra Mundial, el proceso de integración europeo ha sido uno de los experimentos más interesantes de política internacional de los tiempos modernos. Se logró el objetivo de terminar con ciclos recurrentes de confrontaciones bélicas entre las potencias de Europa, al tiempo que se lanzaba un camino de crecimiento sostenido, de recuperación económica, de integración política, y de un modelo social que atienda eficazmente a todas las etapas de la vida de los ciudadanos.

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Las fronteras que habían dividido durante siglos a las naciones del Viejo Continente desaparecieron. Los hombres y mujeres pudieron moverse libremente de una sociedad a otra, también las empresas y los capitales. Se armonizaron las políticas financieras y, una vez logrado un concierto macroeconómico, se buscó –y se encontró- la unidad monetaria. El euro no es solamente la moneda común de Europa desde el 1 de enero de 1999, sino una divisa testigo alternativa al dólar en la economía internacional.

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Este proceso tan dinámico fue atractivo para los demás países de la región, y comenzaron las solicitudes de asociación. Así, se fueron dando las sucesivas ampliaciones del club, de manera tal que aquella comunidad original de seis estados, ha devenido en medio siglo en una gran organización internacional de veinticinco miembros. La última gran ampliación, del año pasado, incorporó de un solo golpe a diez nuevos socios.

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El proceso de integración ha sido vertiginoso. Para algunos observadores, quizá demasiado acelerado. Y en esa velocidad radica la crisis que estamos viviendo en estos días, donde el ambiente es de pesimismo, de falta de iniciativas, y de un horizonte aún más sombrío. Europa, de golpe, se ha desorientado. Y en lugar de responder a la crisis, como ya lo había hecho en el pasado, con mayores dosis de propuestas y proyectos superadores, se ha quedado quieta, hemipléjica.

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En este principio de otoño, poco y nada se mueve en los pasillos del poder comunitario.

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Esta Bruselas, capital política de la Unión Europea, es una impresionante máquina burocrática de funcionarios que, en una babel de idiomas, atienden los más disímiles y variados aspectos de una organización política que, sin ser (aún) un Estado, tiene muchos de sus problemas, aunque pocas de sus facultades. Esta burocracia ha contribuido a disociar a la organización de la gente común, que percibe a Bruselas cada vez más alejada de sus realidades, de sus problemas concretos.

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Esta ha sido una de las bases del rechazo a la Constitución en los plebiscitos de Francia, primero, y de Holanda después. El “no” de las consultas populares, y el fracaso de la cumbre de jefes de estado y de gobierno que le siguió, donde no pudieron aprobar los presupuestos de la Unión Europea, disparó esta crisis que ha nublado el panorama político.

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Estábamos también en Europa en aquel momento, y escuchamos repetidamente el argumento (en especial en sectores progresistas y “europeístas”): “el resultado del plebiscito no significa un rechazo a Europa, sino un rechazo a esta Europa, la de los funcionarios y las estructuras, la que cada vez atiende menos a la gente”.

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Pero hay otro elemento, que genera demasiadas sospechas y dudas, y que también está en la base del cuestionamiento social a la velocidad y a la dirección del proceso de integración: Turquía.

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La Comisión Europea, el ejecutivo de la Unión, decidió abrir el proceso de negociaciones para la incorporación de Turquía. Este proceso debería comenzar el próximo lunes, y se extenderá por diez años. Pero en realidad, a nivel social y más allá de lo que decidan sus funcionarios, en los países europeos no hay consenso sobre la oportunidad de incorporación del país euroasiático. Y esta posición dubitativa –cuando no decididamente negativa- tiene muchos elementos, desde cuestionarse por las propias fronteras de Europa, hasta preguntarse sobre su identidad cultural.

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Temas que se convierten en problemas frente a un candidato como Turquía, que tiene una porción considerable de territorio en Asia, que posee una población más numerosa que cualquier país europeo (y una tasa de natalidad en el mismo sentido), que puede “inundar” de trabajadores cualificados la Europa sin fronteras, que habla una lengua no románica, que es un aliado estratégico de los Estados Unidos, y que –aunque esto se diga en voz baja- profesa la religión islámica. “Es demasiado”, piensan muchos. Austria ha interpuesto ayer viernes una objeción a último momento, y si no la retira, abortará el inicio de las negociaciones para la incorporación de Turquía, por ahora.

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Junto a este complejo panorama, las elecciones alemanas no han dado un claro triunfador, y será necesaria una alianza de consenso entre los socialdemócratas y los democristianos para formar gobierno. Pero –lo encabece Merkel o logre Schroeder continuar en la Cancillería- será un gobierno débil como para plantearse recuperar el timón de Europa. En Francia, Chirac sigue sin dar detalles sobre la enfermedad que lo llevó a una sorpresiva internación, sus apariciones en público son menores y ya ha anunciado que no viajará a la cumbre de la ONU. O sea, que no es esperable por su parte un papel protagónico en estos momentos. Berlusconi, en Roma, está cada vez más criticado internamente (incluso por sus socios, como lo mostró la reciente renuncia del poderoso ministro de economía), lo que desplaza su agenda europea a segundo lugar. Rodríguez Zapatero enfrentando de golpe y de lleno la cuestión inmigratoria, ese otro tema pendiente en Europa que esta semana terminó con muertos en la valla de los enclaves españoles en Marruecos. Y Tony Blair, que en su discurso de inauguración del semestre de presidencia británica de la Unión había anunciado grandes planes de innovación y crecimiento, luego de los atentados terroristas en Londres ha dirigido la mirada hacia la política doméstica, y no ha vuelto a hablar de Europa.

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Un tiempo nublado que hace difícil ver la luz a la salida del túnel.

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