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Otra vez fuego en Palestina (19 08 11)

Vuelve a estallar el conflicto árabe-israelí

El desierto del Neguev convertido en zona de guerra. Advertencia de la ONU

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Un atentado de un grupo comando contra coches y colectivos en una ruta del desierto del Neguev, ha vuelto a encender la llama del más viejo y profundo conflicto político de Medio Oriente.

Según la prensa israelí, en la víspera un grupo numeroso de hombres provistos de armas pesadas, disparó contra vehículos con soldados y civiles en las inmediaciones de la ciudad de Eilat. Como fruto del ataque, murieron siete israelíes, y más de 30 sufrieron heridas de diferente gravedad.

En la reacción de los cuerpos de seguridad, también cayeron los agresores, en este caso no se informó del número de muertos.

El gobierno israelí, integrado por la coalición conservadora comandada por Benjamín Netanyahu, sí dio a conocer la filiación del grupo comando, que adjudicó a la facción islamista de Hamas, aunque no dio pruebas.

El premier Netanyahu, con el ministro de Defensa, Ehud Barak, declararon que los responsables “pagarían caro” la acción militar.

Hamas, una de los dos partidos en que se divide la Autoridad Nacional Palestina (ANP), fue desalojado del gobierno luego de haber resultado victorioso en comicios democráticos, y se ha refugiado en la Franja de Gaza, porción de terreno que gobierno de hecho. Israel, como la Unión Europa y los Estados Unidos, siguen manteniendo a Hamas en sus listas de organizaciones terroristas, lo que ha aumentado su asilamiento e impedido cualquier negociación multilateral.

Inmediatamente, la fuerza aérea israelí lanzó una acción de represalia, con nuevos bombardeos sobre la Gaza. Los primeros informes desde la estrecha lengua de tierra encerrada entre Egipto, el Mediterráneo y los controles policiales israelíes, mencionan al menos otras seis víctimas mortales de las bombas punitivas.

Ya entrada la madrugada de hoy, toda la zona del desierto del Neguev se había convertido en un escenario bélico, con vehículos artillados, helicópteros y fuerzas de infantería patrullando la zona.

Los canales televisivos de Tel Aviv sostenían en sus crónicas de la noche la hipótesis de que el grupo comando que perpetró el ataque no era menor a 20 hombres, y aunque no se ha informado de cuántos han sido ultimados, la súbita militarización del Neguev puede obedecer a la búsqueda de los guerrilleros sobrevivientes.

Los medios también especulaban que los comandos habrían entrado a Israel desde Egipto, y citaron declaraciones de altos funcionarios israelíes con críticas al actual gobierno de El Cairo por “no controlar suficientemente” sus fronteras con la Franja de Gaza.

Barak sostuvo que un atentado como el de la víspera viene a  “subrayar la debilidad del control egipcio sobre el Sinaí y el crecimiento de las actividades terroristas”.

Por su parte, Hamas dio a conocer un comunicado donde justifica el atentado, en el marco de “operaciones militares legítimas” contra soldados de una potencia ocupante, aunque oficialmente desde Gaza el gobierno islamista se haya despegado de los ataques, negando cualquier tipo de participación en la planificación o el desarrollo de los atentados.

En la sede de las Naciones Unidas, el secretario general, Ban ki Moon, advirtió anoche que el atentado puede reabrir una nueva escalada bélica entre las dos comunidades, que fácilmente podría contaminar a la inestable región de Oriente Medio.

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Marruecos, el otro Islam (01 07 11)

Marruecos, el otro Islam

por Nelson Gustavo Specchia

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En medio de la tensión europea impulsada por la crisis de las deudas de los países mediterráneos, el Norte de África se sigue moviendo, y en diversas direcciones. Marruecos vota hoy un plebiscito constitucional que se presenta como otra respuesta a la Revuelta Árabe que sacude la región desde principios de año. La cercanía geográfica entre ambas orillas del Mediterráneo, la tensión social por el movimiento de masas de migrantes desde la paupérrima costa Sur del mare nostrum hacia los países desarrollados del Viejo Continente, y el preocupante escenario político de las revoluciones populares que tumban autocracias consolidadas y dejan abiertos los escenarios de futuro, hacen que la agenda del Magreb sea, asimismo, centro de atención de todas las cancillerías europeas, muy especialmente en España, Francia, Alemania e Italia. Pero, en estos días, esa agenda externa para con los vecinos africanos y árabes se ve tironeada por la atención que los gobiernos de la Unión Europea tienen que poner en sus propios patios internos.

Con Atenas envuelta en una batalla campal entre militantes “indignados” que han dejado la protesta pacífica y se han lanzado a la resistencia activa, y fuerzas antimotines con orden de extinguir el incendio social a toda costa, la vía escogida por el liderazgo europeo parece querer apagar los fuegos con baldes de nafta. En la misma semana, una cuarta huelga general paraliza Grecia; los “indignados” cruzan el territorio español en su marcha hacia Madrid pidiendo una renovación general de todo el sistema político; y Londres soporta la movilización de 750.000 trabajadores, que rechazan la remodelación con la que el gobierno pretende meter tijera al sistema de jubilaciones. Demasiado ruido interno. Pero, aunque las agendas nacionales le quiten protagonismo, el Magreb puede convertirse para la Unión Europea en una bomba de tiempo demasiado grande como para relegarla a un segundo plano.

REY Y SEÑOR

La tirantez entre cuidados estratégicos de mediano plazo y urgencias coyunturales entre las dos orillas, se puso de manifiesto en la ausencia de una postura común de los europeos frente a la reforma constitucional que se plebiscita hoy en Marruecos. En definitiva, en Europa no se han puesto de acuerdo si el plan de Mohamed VI es una auténtica reforma aperturista, modernizante y democrática; o si, por el contrario, se trata de una magistral puesta en escena de Il Gattopardo en las arenas del extremo occidental del Magreb, armada para dar la impresión de que todo cambia pero que, en el fondo, intenta que nada se mueva de su sitio.

Cuando la Revuelta Árabe tiró sucesivamente a los regímenes autocráticos de Zine el Abidine ben Ali en Túnez, y luego al otrora poderosísimo “rais” egipcio Hosni Mubarak, el riesgo de contagio puso en alerta a las administraciones árabes de toda la región que, en general, se inclinaron por una respuesta que mezclaba unas pocas concesiones con el simultáneo aumento del control y la represión. Y cuando unas semanas más tarde los rebeldes comenzaron la ofensiva contra el coronel Muhammar el Khaddafi en Libia, el monarca marroquí Mohamed VI decidió que era el momento de poner las barbas en remojo, antes que las puebladas populares llegaran al palacio con ánimos de barbero.

En Marruecos las movilizaciones comenzaron el 20 de febrero, y esa fecha es la que da nombre al movimiento –también aquí mayoritariamente juvenil- que sale a las calles de todas las ciudades importantes del reino, domingo a domingo, pidiendo la democratización de una de las últimas monarquías absolutas del mundo. Adaptando la estrategia regional de mezclar concesiones con mayores restricciones, el rey diseñó un plan de modernización por vía de la reforma constitucional.

Hasta ahora, el monarca es considerado “sagrado” en Marruecos, y concentra no sólo la titularidad de la representación del Estado, sino que ejerce efectivamente el gobierno en forma directa. Esto es, un monarca absoluto, por definición técnica. A lo que debe agregarse, por cierto, que es propietario de todas las empresas –productivas y de servicios- que realmente cuentan en la economía marroquí. Quizá la única diferencia con los emiratos árabes patrimonialistas del Golfo Pérsico sea, por una cuestión de proximidad con Europa, que en Marruecos el absolutismo ha conservado cierta liberalidad social (en el trato a las mujeres, por ejemplo), y no ha extremado la violencia represiva (salvo en el caso del conflicto con los bereberes y la irresuelta cuestión del Sahara Occidental).

DEMOCRACIA E ISLAM                      

Mohamed VI, de 47 años y educado en Occidente, parece haber entendido que estas características de su trono ya son inviables, tanto en el contexto global, como en la relación estratégica con la Unión Europea y, muy especialmente, en el entorno alterado de las Revueltas Árabes. Decidió entonces reformar la Carta Magna del reino y renunciar al carácter sagrado de su persona. Pero aquí comienza el gattopardismo. El análisis de la mecánica de la reforma, como el alcance de su articulado, no permite concluir claramente que el resultado vaya a ser una transición hacia un Estado democrático y representativo. Todo en esta reforma es híbrido y queda a mitad de camino. Y esto ha llevado a que los jóvenes del Movimiento 20 de Febrero planteen el boicot al plebiscito que hoy se vota.

Porque lo que vienen pidiendo los jóvenes, junto a sectores muy diversos de la sociedad civil, es un cambio hacia un Estado donde el rey reine pero no gobierne, como en todas las monarquías parlamentarias europeas que quedan. Pero la Constitución puesta a referendum hoy está muy lejos de ese alcance. Marruecos se define en ella como Estado musulmán, conducido por el Rey (persona, si bien ya no “sagrada”, sí “inviolable”), quien presidirá el Consejo de Ministros, y el Consejo Superior de Seguridad, y el Consejo del Poder Judicial. Además, por cierto, el soberano retiene en esta nueva Constitución la condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas. En otras palabras, el núcleo duro del poder sigue girando en torno al monarca. Pero es que, junto a estas atribuciones ya presentes en la Constitución de 1996, a partir de ahora el rey será también “Emir de los Creyentes” (o sea, máxima autoridad religiosa, y jefe del Consejo de los Ulemas). Estos elementos son los que impulsan a los jóvenes rebeldes a rechazar la nueva Carta Magna, y a boicotear el referendum: Mohamed VI, dicen, ha encontrado en el Islam la herramienta para afianzar el absolutismo de su reinado. Pero el riesgo implícito en esta estrategia es alto: los partidos religiosos, hasta el momento en un segundo plano, pueden cobrar una inesperada relevancia.

En Marruecos la religión es cuestión de Estado: los imanes son empleados públicos y sus sueldos están en la nómina del ministerio de Asuntos Religiosos. El sermón que cada viernes el imán lee en la mezquita se redacta en ese ministerio. En un párrafo de la homilía leída por todos los imanes el viernes pasado, se destacaba: “La nueva Constitución tiene grandes ventajas para los musulmanes, que serán guiados por el Emir de los Creyentes; Marruecos será un Estado musulmán, y la protección de la familia y de las costumbres estará garantizada en el marco del Islam”. No suena como una declaración muy alentadora para afianzar una apertura democrática, un gobierno laico, y una transición hacia mayores grados de representatividad política.

Si convence a los jóvenes y sortea el boicot al plebiscito de hoy, posiblemente Mohamed VI haya logrado evitar que los vientos de la Revuelta Árabe lleguen a las arenas marroquíes. Si no, habrá sido un balde de gasolina echado a las llamas. Una política muy europea por estos días.

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[ publicada en HOY DÍA CÓRDOBA, Magazine, columna “Periscopio”,

viernes 1 de julio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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DSK, el socialista libertino (20 05 11)

DSK, el socialista libertino

Por Nelson Gustavo Specchia

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Finalmente, Dominique Strauss Kahn, uno de los hombres más poderosos del mundo, ha renunciado a su cargo de director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI). La historia, un escándalo con todos los elementos que requiere un buen folletín –poder, dinero, sexo, violencia, ideología, jueces y policías- ha ocupado los titulares de la prensa del mundo. La historia se ha detenido en los detalles que alimentan el morbo de consumo masivo; pero muy pocos la han leído desde una perspectiva de género. De cómo un hombre con antecedentes violentos y denigrantes hacia las mujeres no tuvo, sin embargo, ningún impedimento para mantenerse en puestos de servicio público y llegar a ocupar lugares de máxima relevancia, desde los cuales –y merced a sus decisiones personales- se afecta a sociedades enteras.

Desde esta perspectiva, no es casual que la detención de un hombre poderoso por la denuncia de una mujer de condición humilde (y de color negro, además), se haya producido en un país anglosajón. En la tolerante y latina Europa la conducta policial y judicial de los funcionarios norteamericanos resulta incomprensible. Se habla de exceso de celo moral puritano, de rígida ética protestante que no es capaz de entender el “joie de vivre” de un libertino amante del placer, el cuerpo y el sexo. Se han publicado diferentes versiones de esta crítica a la detención de Strauss Kahn, un francés nacido en la exclusiva barriada parisina de Neuilli-sur-Seine, por la denuncia de una mujer de la limpieza, emigrante del África subsahariana, nacida en Guinea.

En los países católicos y latinos la doble moral nunca ha sido una preocupación pública, sino una práctica común y aceptada que se solucionaba en los confesionarios. Esa doble moral por la cual las fiestas sexuales de un primer ministro no obligan a su renuncia, ni siquiera cuando se prueba que en las orgías han involucrado a prostitutas menores de edad; antes bien, el político será recibido por altos dignatarios de la iglesia, y se retratará con ellos en los aposentos vaticanos: la confesión de los pecados, y el perdón, recluyen sus excesos a la faz privada y no constituyen un obstáculo realmente serio para su actuación política.

Es un claro avance para la convivencia social que nos hayamos desprendido de las auditorías externas de los actos privados de los ciudadanos, incluidos los gobernantes. Nos hemos ganado el derecho de que cada quien haga con su vida y entre sus sábanas lo que le venga en gana, siempre y cuando lo haga entre adultos y de una manera consentida. Pero, inclusive en este entorno, ya no es posible seguir sosteniendo que los caprichos del libertino que implican una consideración denigrante para con las mujeres, sólo atañen a la faz privada de los hombres públicos. Y –last but not least- hay un salto conceptual entre una moral sexual tolerante y una violación. Esta última constituye un delito. Y si lo comete el poderosísimo director gerente de la institución reguladora de la economía mundial, sigue siendo el mismo delito.

SOCIALISTA Y BON VIVANT   

Leer el escándalo desde la perspectiva de género –que, en todo caso, apuntala la consideración de la igualdad entre las personas, independientemente de su posición social o de su relevancia-, no puede ocultar sin embargo el hecho que la detención de Strauss Kahn (ya por todos nombrado con las siglas DSK) constituye un auténtico terremoto político, por la cantidad de variables que se cruzan en su persona. El sistema financiero mundial; la campaña para las próximas presidenciales francesas; el liderazgo del Partido Socialista; la confiabilidad del euro como divisa de cambio; y las negociaciones para rescatar a Grecia, Portugal e Irlanda de la bancarrota, se verán afectadas por la salida del escenario de una persona que ha sido determinante para alcanzar los últimos acuerdos.

El momento y el impacto de la detención de DSK en Nueva York no podrían haber sido más relevantes. Los retratos del político francés que circulan por los medios dan una idea de la profundidad de la crisis que ha desatado. El curriculum de este economista judío, de 62 años, es en sí mismo apabullante: tiene títulos universitarios en ciencia política, en comercio, en abogacía, y en economía, disciplina de la que es profesor. Antes de los 40 años ya era diputado, y a los 42 era ministro. Comandó la entrada de su país en el euro, y comenzó a ascender en el Partido Socialista. En 2007 se postuló para dirigirlo, pero Ségolène Royal mantuvo el liderazgo. Todas las encuestan la daban, hasta esta semana, las mayores chances de convertirse en el futuro Presidente de la República Francesa en 2012, sepultando a la derecha y al decadente período de Nicolás Sarkozy.

Su traslado a Washington y al primer puesto del FMI fue una sorpresa. Logró en cuatro años terminar con la historia monetarista ortodoxa de la institución financiera, que con las recetas ultraliberales de desregulación durante los ’80 y los ’90, especialmente para América latina, estuvieron más en el origen de los problemas económicos de los países emergentes que en sus soluciones. DSK cambió la orientación del Fondo, y rescató el intervencionismo moderado de Keynes; promovió estímulos fiscales; y propuso sustituir el G-7 por el G-20, haciéndole un importante lugar a los emergentes.

Pero esta actividad febril y esta renovación progresista de instituciones tachadas de conservadoras y garantes del statu quo, se mezcló con un perfil de hombre gozador de placeres mundanos y caros, para los cuales aprovechaba su posición de poder. Luego se filtraron algunas denuncias de acoso sexual, que logró esquivar hasta el sábado pasado en la suite 2.806 del hotel Sofitel de Manhattan (en una habitación, por cierto, de $ 12.000 la noche). Ya habían aparecido en París columnas de opinión sobre el costoso tren de vida de un dirigente que aspiraba a presidir un gobierno de izquierdas y socialista: Le gusta manejar un Porche Panamera (de $ 600.000) y los trajes de alta costura que viste no bajan de los $ 180.000.

LA LEY DEL DESEO

A la par de este derroche de lujos, la debilidad por las mujeres (ya lleva tres casamientos) comenzó a mezclarse con rumores y denuncias de agresiones. Inclusive corre la anécdota de un consejo que le dio el propio Sarkozy cuando DSK salía para Washington en 2007: “no te metas en un ascensor solo con una becaria, Francia no puede permitirse un escándalo.” Al año siguiente, sin embargo, aparecían pruebas de que el consejo del presidente había caído en saco roto: DSK era denunciado por una economista húngara, empleada del FMI, que acusaba al director gerente de haber utilizado el cargo para abusar de ella. Logró tapar el escándalo en esa oportunidad. Ahora, también una periodista se atreve a contar que DSK le pidió sexo a cambio de darle una entrevista. Y no es poco probable que otros casos salgan a la luz en los próximos días. El folletín no terminará con la renuncia a la conducción del FMI.

Francia, mientras tanto, fluctúa entre el asombro y la indignación. Los socialistas comenzaron respaldando a su candidato estrella. Prefieren criticar al puritanismo norteamericano, aquel de los juicios a las brujas de Salem y el de las persecuciones ideológicas y morales del tristemente célebre senador McCarthy. “Los norteamericanos toleran la corrupción económica y la agresión militar, pero no la ley del deseo ni los placeres de la carne”, es el argumento dominante. Una encuesta, además, muestra que más del 50 por ciento de los franceses descree de la culpabilidad de Strauss Kahn.

Sin embargo, los límites entre el latin lover vividor y macho alfa, y el obseso sexual que agrede y viola aprovechándose de su puesto de poder, no son tan difusos como se los presenta. Por bastante tiempo la corporación financiera y mediática ha contribuido a ocultar un comportamiento claramente delictivo de uno de los suyos. Pero ahora la vida política de DSK ha terminado.

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Los ahogados del Mediterráneo (11 05 11)

ACUSAN A LA OTAN DE ABANDONO DE REFUGIADOS EN EL MAR

Los emigrantes llegados a Europa afirman que Khaddafi impulsa la salida en masa  

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TRÍPOLI, GINEBRA.- A la par del recrudecimiento de las acciones ofensivas contra las posiciones del ejército libio del coronel Muhammar el Khaddafi, la Alianza Atlántica (OTAN) se ve envuelta en un nuevo contencioso, al ser acusada por diversos medios de comunicación europeos de no auxiliar a embarcaciones con refugiados que huyen de la costa norte de África, preferentemente con destino a las cercanas islas italianas de Sicilia, y hacia Malta.

Por otro lado, algunos de los 1.187 emigrantes norafricanos que durante el pasado fin de semana lograron llegar a las costas de la isla de Lampedusa, confirmaron que soldados libios los obligaron a embarcarse en los precarios botes de goma y emigrar hacia Europa.

La versión de los refugiados viene a confirmar una nueva táctica empleada por el régimen de Khaddafi, de utilizar las masas de refugiados que huyen del frente de guerra como un elemento de presión, especialmente para la opinión pública del Viejo Continente, donde el tema migratorio es altamente sensible.

Las Naciones Unidas (ONU) confirmaron que desde el inicio del conflicto más de 750.000 personas debieron abandonar en forma abrupta el territorio, un porcentaje altísimo para una población de seis millones de habitantes.

Los principales caminos de salida son los puestos fronterizos con Túnez y Egipto, y los puertos del Mediterráneo. En este sentido, la vocera de la oficina de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), urgió ayer a los países miembros de la Unión Europea (UE) a “hacer mayores esfuerzos” para rescatar a personas que huyen del centro del conflicto, después que se constatara la desaparición de unos 1.400 civiles en varios naufragios.

Melissa Fleming, la funcionaria de ACNUR, sostuvo en Ginebra que los gobiernos europeos “no deberían esperar a recibir llamadas de auxilio” antes de ofrecer socorro, sino que debería ser una obligación humanitaria para este colectivo en situación crítica.

A partir del 25 de marzo se inició una masiva huída por agua que ha incrementado las muertes por naufragios en alta mar. Cinco naves, con unas 2.400 personas, llegaron los últimos días a Lampedusa, y a estos se suma el naufragio, ocurrido el viernes pasado, de un barco sobrecargado con más de 600 personas a bordo, frente a las costas de Trípoli.

En medio de esta situación, la OTAN fue acusada de ignorar las peticiones de auxilio de una patera con 72 emigrantes a bordo, el pasado 14 de abril. Según publica la prensa británica, el bote habría pasado a unos 400 metros de naves de la Alianza Atlántica, y desde helicópteros militares se les habrían lanzado algunos paquetes de galletas y botellas de agua, pero no se los asistió más ni rescató. La mayoría de los tripulantes de la barcaza pereció luego de hambre y de sed, sobreviviendo apenas once. “Cada mañana nos levantamos y encontrábamos más cuerpos, que tirábamos al mar”, relató uno de los sobrevivientes al periódico inglés The Guardian. Sin embargo, la OTAN ha negado la acusación.

Piden arresto de Khaddafi

MADRID.- El fiscal en jefe del Tribunal Penal Internacional (TPI), el jurista argentino Luis Moreno Ocampo, confirmó ayer que el alto cuerpo emitirá órdenes de arresto por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad contra el mandatario libio, Muhammar el Khaddafi, contra su hijo, Saif al Islam Khaddafi, además del jefe de la Inteligencia libia, Abdullah al Senussi.

Moreno Ocampo sostiene que en ellos se concentra “la mayor responsabilidad” criminal desde que comenzaron las movilizaciones antigubernamentales que terminaron en la guerra civil que hoy divide al país, y la catástrofe humanitaria de los emigrantes por tierra y por mar. La solicitud del fiscal, que completa en estos momentos la acumulación de pruebas, será presentada ante los jueces del Tribunal de la Haya.

Por otra parte, los rebeldes también enviaron al Comité de Sanciones contra Libia, en la ONU, que preside el embajador portugués José Morales Cabral, los nombres de los 88 funcionarios superiores del régimen de Trípoli que deberían, a su criterio, ser perseguidos judicialmente.

Con ambas iniciativas el cerco internacional sobre Khaddafi se estrecha aún más.

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El ambiguo encanto de lo perdurable (06 03 11)

La monarquía, el encanto de lo perdurable

Por Nelson Gustavo Specchia

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La promocionada y recientemente galardonada película “El discurso del rey”, donde Colin Firth encarna al tartamudo Jorge VI de Inglaterra, entre sus múltiples lecturas permite una que empuja a reflexionar sobre algunos de los aspectos menos evidentes de la política contemporánea.

La historia, casi una obra de teatro donde Tom Hooper dirige el duelo actoral entre Firth y el brillante Geoffrey Rush, ofrece otra muestra más de la simpatía que todavía despierta en vastos sectores populares una forma de administrar y representar los asuntos políticos, que acumula en su prosapia tanta historia como la que acumula la política en sí misma. Porque la monarquía es, en efecto, la más antigua forma de conducción de grupos humanos que encontramos en la arqueología social. En las diversas formas que ha ido asumiendo en el transcurso de los siglos, sus vestigios pueden rastrearse hasta las primeras y más elementales disposiciones organizadas de las cosas públicas. Al punto que no han sido pocos los filósofos que, durante épocas enteras, llegaron a considerarla consustancial al género humano, de la misma manera que Aristóteles consideraba a la política integrante de la definición de hombre: “zoon politikon”.

Y esa simpatía de los auditorios hacia obras que se internan en los detalles cotidianos y prosaicos de personajes vinculados a la institución monárquica, viene a ratificar que la propia institución sigue gozando de una excelente reputación simbólica y buena salud social, a pesar de los cambios de tiempo histórico, de las revoluciones, de las filosofías sobre la igualdad humana, de los procesos de laicización, de la homogeneización de las clases, de la racionalidad moderna y de todos aquellos elementos que han ido acompañando el paso de la concepción del poder como emanado de una divinidad hacia una persona escogida por su diferencia, al poder como construcción colectiva delegada en representantes electos y con mandato acotado.

Un largo camino

Y la atracción y simpatía que despiertan las figuras de los reyes, aunque ya se asuma como algo normal que casi ninguno de ellos gobierne, es aún más llamativa en sociedades con nula tradición monárquica, como las americanas. Si bien en estas tierras también la figura del conductor individual dominando el vértice de la clase política (monarca viene de la palabra griega mónos = uno) fue un fenómeno vigente en la organización previa a la conquista europea, las historias nacionales, ese imaginario común construido desde las revoluciones de independencia en adelante, tuvo una impronta fuertemente republicana y antimonárquica (los enemigos eran los súbditos de un rey, los “realistas”). Inclusive algunos intentos marginales en esa línea, como la hipótesis de implementación de una dinastía indígena en el Río de la Plata; o la introducción forzada de un rey francés en México; y hasta la aventura de construir un reino euro-mapuche en la Patagonia, no pasaron de ser proyectos quiméricos, descartados de plano por las elites y los sectores populares, precisamente en base a aquella determinante impronta republicana de los orígenes revolucionarios del Estado.

Pero ni siquiera esa ausencia de tradición en la genética política americana ha logrado opacar la encarnación de la autoridad que se expresa en la figura de un rey o de una reina. Pensamos que esa carga de auto validación de los tronos reales tiene que ver, como apuntábamos más arriba, con la perseverancia, a través de las sucesivas capas históricas, de un modo de concebir el poder al interior de un grupo humano. Dejando de lado los períodos anteriores a la historia documentada, los más ancianos registros sobre un pueblo lo constituyen las biografías de sus reyes. En los albores de la civilización occidental, en las riberas del mar Mediterráneo, la conocida como “dinastía cero”, que precedió a la unificación del Alto y el Bajo Egipto por parte del faraón Menes, se remonta al siglo XXXII a. C. Haber sobrevivido a más de cinco mil años de historia le dan a la institución monárquica, y a los hombres y mujeres que la encarnan, un aura simbólica que no deja de ser fascinante.

En paralelo a las culturas mediterráneas, las listas reales sumerias, en el Oriente próximo, y el formidable y tan longevo sistema imperial chino en el borde del este, acumulaban una carga temporal similar. Pero al corazón de Europa, donde a la postre la institución monárquica hereditaria se iba a revelar más perdurable, llega –como las lenguas- con las migraciones védicas desde el subcontinente indio, que permearon a los pueblos celtas, griegos, germanos y latinos.

El trono y el altar

Siguió luego la desarticulación del imperio romano, y los largos mil años del Medioevo tutelado por la iglesia católica, que volvió a generar otra interpretación sobre el origen metafísico del poder del monarca: una lectura similar a la antigua, pero filtrada de elementos paganos. Y entonces, con el advenimiento de la modernidad comienzan las discusiones de fondo sobre la validez de un derecho divino que avalase una autoridad humana.

Y en este período, que coincide también con los inicios de un proceso de desacralización política y de secularización en diversos órdenes sociales, es interesante ver cómo la monarquía comienza a apelar a otras dimensiones de mediación para mantener su capital simbólico. En primer lugar, se intensifica la distancia que separa al gobernante del conjunto del pueblo (tronos más altos, utilización de plataformas sobre las que se ubica el rey en las audiencias, aumento de importancia de la Corte como resorte de amortiguación con el resto del grupo).

El siguiente elemento que entra en el escenario de perpetuación de la institución es la continuidad dinástica. Para acentuar la diferencia entre la familia real y el resto de los mortales, surgen las leyendas de la “sangre azul”. La aristocracia era tan desemejante, que por pertenecer a uno de estos clanes hasta otra sangre corría por sus venas. Más tarde, ya que la sangre era especial, se le fueron agregando atributos, como las capacidades taumatúrgicas de los soberanos: curar enfermedades por el simple contacto físico con su persona (el “toque real”), ungir las frentes con aceite para traspasar poder, legislar y administrar justicia sólo con la emisión de la palabra, perdonar (la “gracia”), distribuir propiedades (“merced”), o condenar. Y todo ello rodeado de un ceremonial y un boato encargado de remarcar –y perpetuar- las especiales diferencias a cada paso.

El historiador March Bloch, en su estudio Los reyes taumaturgos (2006), profundiza en esta hipótesis que comentamos, y encuentra que este supuesto poder sanador de los monarcas, que se extiende en el imaginario popular desde fines de la edad media hasta fechas tan recientes como 1750, sirvió eficientemente para mantener un nivel de legitimación de la institución monárquica como forma de gobierno, y su perpetuación en el tiempo, sobreviviendo a los cambios de humor social y a las filosofías políticas que la cuestionaban. El profesor Bloch afirma que la persistencia de la capacidad taumatúrgica –y con ella el trono mismo- obedece a la funcionalidad social de una figura igual a todos pero al mismo tiempo diferente de todos (“primus inter pares”), que desde su capacidad de sanación termina emitiendo una señal de tranquilidad y de confianza al conjunto del pueblo. A la función sanitaria (la creencia popular era que efectivamente tocar al rey sanaba) se agrega, concluye Bloch, la serenidad que depara la lectura colectiva de que el soberano –ese ser distinto y especial- está al servicio del grupo.

La tradición británica

Y este elemento, que fue tan bien aprovechado por el reyes taumaturgos, es el que más fuertemente persiste en el sistema político inglés. La sociedad británica es una cuna permanente de tradiciones. Cualquier costumbre medianamente repetitiva salta con facilidad a la categoría de tradición, y una vez allí se mantiene y es defendida como si fuera parte inherente y estructural del estilo de vida de las Islas, como llaman a su tierra (Europa, por cierto, es “el Continente”). Y cuanto más original, en el sentido de apartarse de las prácticas comunes y estandarizados, más defendible. Desde el sombrero bombín al paraguas como bastón, desde manejar por la izquierda a utilizar un sistema de pesas y medidas diferente al decimal, desde la libra esterlina al té de las cinco en punto: casi todos los usos ingleses están avalados por el peso de la tradición.

En este marco, la monarquía es la pieza angular del andamiaje tradicional. Todo lo que rodea al trono, y a la familia Windsor que lo ocupa, es central y crítico en el Reino Unido. Y esta apreciación es, inclusive, independiente de las posturas ideológicas que se asuman en forma personal: Inglaterra es uno de los pocos sitios donde se puede ser, al mismo tiempo, un militante socialista y un fiel monárquico, sin contradicciones ni cargos de conciencia.

La historia política mediata, tanto como la más reciente, son en la sociedad británica objeto de atención destacada por el común de los ciudadanos, y en ellas el protagonismo de figuras del entorno real es inexcusable. Henrique VIII y sus seis esposas; el rompimiento del rey con el papa de Roma; el reinado virginal de Isabel I y los tablados shakesperianos; los Estuardos convertidos en Hannover, y éstos convertidos en la casa real de Sajonia-Coburgo-Gotha; los más de 60 años de la reina Victoria en el trono, con el dominio de los mares, el colonialismo, y Jack el Destripador recorriendo las calles de Londes; Jorge V y la Gran Guerra; Eduardo VIII y la pérdida del trono por amor a la divorciada norteamericana Wallis Simpson; Jorge VI, su tartamudez y la segunda Guerra Mundial; Isabel II y sus hijos díscolos; la muerte de Lady Di en una calle de París; el antipático Carlos, príncipe de Gales, casado con su amante de siempre; la futura boda del príncipe Guillermo… Los “royal”, sus biografías, características y peripecias pautan el transcurso de la vida social inglesa. Y esa centralidad en el imaginario popular se refleja tanto en la literatura, como en la televisión y en el cine.

Puro teatro

“Lo tuyo es puro teatro / falsedad bien ensayada / esmerado simulacro”, reza el bolero que canta la Lupe en una película de Almodóvar. Y a ese rol ha marginado a la monarquía el avance de la modernidad occidental. El establecimiento de sistemas republicanos, desde la Revolución Francesa de 1789, marcó la tendencia política de la contemporaneidad moderna. Las casas reales con funciones de gobierno desaparecieron paulatinamente del escenario europeo, y hoy apenas subsisten algunos casos aislados en el mundo árabe (la dinastía alauíta de Mohamed VI en Marruecos, ó la casa de Saúd en la Península Arabiga). Los Estados europeos que no expulsaron (o guillotinaron) a sus reyes, los limitaron a funciones representativas, con estrechos márgenes de actuación marcados por Constituciones democráticas.

En el Reino Unido, donde la tradición parlamentaria se había desarrollado con mucha fuerza desde tiempo atrás, el rol político reservado al monarca es mínimo: la reina “encarga” al primer ministro que forme un Ejecutivo, abre formalmente las sesiones del Parlamento con un discurso escrito por el partido mayoritario, y nombra a los Lores que ha designado el gobierno con tres golpes de una larga espada sobre los hombros del beneficiario. Y poco más. Como enseña la teoría política británica, la reina no es la “parte eficiente” del gobierno, sino la “parte digna” del sistema. O sea, no es. Pero es.

Y es una figura central porque sus súbditos, independientemente de las ideas políticas que cultiven, parecen ver en su persona la continuidad de una institución que se mantiene idéntica a sí misma, en un entorno en el que todo cambia de manera incesante. Los tronos reales, en su ficcional realidad, quizás sean el último punto fijo, la última certeza política, cuando alrededor “todo lo sólido se desvanece en el aire”, según la definición de Marshall Berman.

En “El discurso del rey”, la película desde la que partimos para estas reflexiones, el monarca británico, Jorge V, ve venir nuevamente la guerra. En la Conferencia de Múnich, en 1938, Hitler se había salido con la suya, había ocupado los Sudetes, y la invasión de Europa era sólo cuestión de tiempo. La guerra volvería a cambiarlo todo, radicalmente, y el rey sabe que en ese contexto la estabilidad y la seguridad que simboliza el trono será un elemento crítico para atravesar la tormenta. Pero no se engaña: lo nuestro es puro teatro, le dice a su tartamudo hijo. No gobernamos, no intervenimos, nadie nos pregunta nuestra opinión. Somos actores, apenas. Y ni siquiera escribimos el guión que nos toca actuar. Pero esfuérzate por hablar bien y llevarles serenidad, porque todos, todos, estarán pendientes de la obra.

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Trípoli se prepara para resistir una invasión desde el Este (23 02 11)

El gobierno de Khaddafi intenta recuperar las ciudades del Este

Un sector de las fuerzas armadas libias se habría sumado a la revuelta popular

El alzamiento popular que azota el cerrado régimen autocrático del coronel Muammar el Khaddafi en Libia parece avanzar hacia una insurrección cívico-militar, con epicentro en las ciudades del este del país.

Si bien toda comunicación periodística directa sigue negada, las filtraciones que los ciudadanos particulares alcanzan a enviar por medio de los teléfonos celulares, los mensajes de texto y los videos caseros, parecen indicar que a las columnas de manifestantes opositores que se habían concentrado en Bengasi, la segunda ciudad del país, se sumaron elementos militares, con los cuales la relación de fuerzas habría cambiado hacia el sector opositor.

Además de los coroneles huidos con sus aviones hasta Malta, el diario libio Quryna afirmó que varios pilotos se tiraron en paracaídas y dejaron estrellar sus aviones en el desierto, para no cumplir la orden de Khaddafi de bombardear Bengasi.

En medios de prensa europeos, inclusive, en la tarde de ayer se difundían videos que mostraban ciudades enteras “liberadas” del control gubernamental. En la plaza central de Tobruc, en la costa mediterránea del oriente libio, una multitud celebraba la victoria sobre los militares leales al gobierno, en un entorno de edificios incendiados y en medio de un clima revolucionario.

El alzamiento, inclusive, ha adoptado una nueva bandera: negra, roja y verde con la media luna y la estrella, la primera enseña de la Libia independiente, antes de que el coronel Khaddafi se apropiara, prácticamente de una manera personal, de todos los mecanismos del Estado.

En Trípoli, ante el supuesto quiebre en la lealtad de las fuerzas armadas, el gobierno convocaba ayer a milicias civiles fieles, y las desplegaba en las principales entradas a la ciudad. La estrategia parecía preparar a la capital para una eventual resistencia ante sectores de la revuelta que vengan desde la mitad oriental de Libia.

Los opositores, en cualquier caso, estarían en las cercanías de la ciudad, ya que anunciaron que en la víspera habían tomado Misrata, ubicada solamente a 200 kilómetros al este de Trípoli.

El paradero del líder libio se desconoce (se habría atrincherado en la base militar Bab al Asisiya), y los miembros de su familia que intentaron escapar hacia Malta y Líbano, no obtuvieron permiso de aterrizaje y debieron volver a Trípoli.

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Khaddafi, un león en apuros (18 02 11)

Khaddafi, un león en apuros

Por Nelson Gustavo Specchia

 

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Estudiar e indagar en los procesos políticos contemporáneos de África constituye un capítulo especialmente complejo de la política internacional. La intervención conjunta de factores (los étnicos; las relaciones tribales; las confesiones enfrentadas del Islam; la cercanía geográfica con Europa; el potencial de las reservas de petróleo; etc.) han hecho que, desde los procesos de descolonización, abordar la complejidad política del Magreb sea tarea difícil. En los últimos años, además, la introducción de células yihadistas afiliadas a la red de Al Qaeda en los países de la franja árabe del Mediterráneo (y en la segunda línea de Estados centro africanos, el Sahel), ha agregado todo un nuevo tipo de problemas a ese escenario tan disímil y plural: una auténtica “otredad” para cualquier occidental, sea europeo o americano.

En ese panorama, la colorida figura del coronel libio Muhammar el Khaddafi ha sido la nota exótica que, durante la segunda mitad del siglo XX y esta primera década del XXI, ha servido para ilustrar, de una forma muy especial, esa “otredad” con la que Occidente está obligado, de una manera indefectible, a dialogar, cada día en términos más simétricos.

La construcción del personaje

Khaddafi ha sido, por elección propia, la encarnación de la diferencia árabe y africana frente a Europa. El Viejo Continente sigue siendo, en el discurso populista y “revolucionario” del león libio, el lugar de la opresión y el colonialismo. En realidad, las potencias occidentales habían dejado de lado estas inmensas tierras agrestes, unas de las más inhóspitas del planeta, hasta que los italianos, que perseguían tardíamente la construcción de un imperio colonial, las invadieron en 1912. No les llevaron paz ni comercio a las tribus beduinas, que permanecían en los oasis del desierto libio casi con la misma rutina desde los tiempos del cartaginés Aníbal, pero sí les terminaron llevando la guerra.

Tras el fascismo, hacia el final de la segunda guerra mundial las arenas del gran desierto fueron el tablero donde los tanques del mariscal Rommel, al frente del Afrika Korps alemán, se batieron con las fuerzas aliadas, al mando del británico general Montgomery. Muy poco después de que los ruidos de los cañones se apagaran, hacía entrada en escena el coronel Muhammar el Khaddafi.

Con el leonado pelo revuelto, lentes oscuros y un uniforme militar que pronto cambiaría por las brillantes túnicas y bonetes del desierto (desciende de la tribu beduina de los Khaddafa), el coronel, que había realizado parte de sus estudios militares en Gran Bretaña, desplazó al rey Idris el 1 de septiembre de 1969, antes de cumplir los 30 años, y se puso al frente del Consejo de Mando de la Revolución, que establecería el nuevo Estado, con el largo y aparatoso nombre de Gran República Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista.

Khaddafi comandó la nueva entidad política norafricana, pero nunca asumió ningún puesto ni cargo. No es el jefe del Estado, ni el jefe del gobierno, ni nada. Sólo se da a sí mismo el título de “Líder y Guía Fraternal”. Y esa ambigüedad que comienza con su cargo es la misma que impregna todo su derrotero político. Cuando instauró la revolución se inclinó por el panarabismo y el socialismo (muy inspirado por el Egipto de Nasser), pero cuando vio que era una vía acotada, no tuvo problema de virar hacia el nacionalismo y el capitalismo, asentado en las buenas regalías de los pozos petroleros del subsuelo del desierto. Más tarde, una veta de misticismo islámico lo acercó al yihadismo fundamentalista, y apoyó acciones terroristas (como los atentados contra el avión de PanAm, que se estrelló en la ciudad escocesa de Lockerbie lleno de pasajeros, y el del vuelo francés de la aerolínea UTA).

Pero también terminó abandonando esos delirios políticos de base mística, y en los últimos años volvió a acercarse a Estados Unidos y a Europa, con la carta de presentación de sus pozos petroleros en la mano. Occidente, tan voluble en los temas de derechos humanos y respeto a las formas democráticas cuando hay recursos energéticos de por medio, le abrió los brazos, y hasta hoy el león libio era recibido tanto por el populista Berlusconi en Roma, por el conservador Sarkozy en París, o por el socialista Rodríguez Zapatero en Madrid. Eso sí: a todos lados va con su “jaima”, una inmensa tienda de beduinos del desierto, que los líderes occidentales deben instalar en parques y jardines de las ciudades europeas, para que coronel los reciba, sentados en el piso cubierto por alfombras.

Un colorido exotismo y una ambigüedad, en todo caso, que sólo lo es en las formas. Porque, independientemente que no haya asumido ningún cargo, el coronel es el titular de facto del poder en Libia, y de una manera concentrada, vertical, personalista y autocrática. Esta manera es la que está comenzando a ser contestada por las movilizaciones de protesta, al calor del nuevo tiempo político que ha traído la ola de cambio en el mundo árabe.

Vientos de revuelta

La revolución libia y sus mecanismos particulares (la “jamahiriya” hace referencia a una supuesta democracia de masas, organizada sin Constitución ni Parlamento ni instancias institucionales intermedias, canalizada por comités revolucionarios y negociaciones por sectores e intereses tribales), han permitido que Khaddafi sea, al día de hoy, el dictador africano más antiguo. A sus 68 años, lleva ocupando el poder en Trípoli la friolera de 42. Nadie, en todo el arco de países musulmanes, donde las permanencias en el poder suelen ser extensas, puede comparársele.

Y como acaban de revelar los cables de la diplomacia norteamericana, filtrados por la web Wikileaks, no hay contrato de más de 200 millones de dólares que no pase directamente por las manos de Khaddafi. Una “gran cleptocracia”, describen los papeles del Departamento de Estado, manejada por un hipocondriaco obsesionado por sus supuestas enfermedades, el control de sus cuentas bancarias, y su estética personal. A pesar de no haber sido físicamente muy agraciado, el coronel es un coqueto que se injerta cabellos en la calvicie y se inyecta bótox en el rostro. Al punto que el embajador estadounidense le escribía a su jefa, Hillary Clinton, que el león libio parecía haber tenido un derrame cerebral y había perdido parcialmente el control de los músculos de la cara, pero sólo era exceso de bótox.

A pesar de la originalidad de su persona y de su revolución, inclusive de la relativa prosperidad que ha acarreado la exportación de petróleo, Khaddafi ha caído, en las largas cuatro décadas que ocupa el poder, en el lugar común de las autocracias árabes. Una corrupción galopante, la limitación de la vida política a un sector (prácticamente familiar), la pauperización y el olvido de las grandes masas de habitantes del país, y el intento de perpetuación en el poder a través de la instalación de una dinastía. Como lo hizo en su momento el presidente sirio Hafez el Assad, al dejar en el cargo a su hijo Bashar; o como tenía en mente el egipcio Hosni Mubarak hacer con su hijo Gamal; Muhammar el Khaddafi les comunicó a los jefes tribales beduinos reunidos en Sebha, en 2009, que su sucesor sería su hijo Saif el Islam (su nombre significa “La Espada del Islam”, en árabe).

La caída de los regímenes de Zine el Abidine ben Ali en Túnez, y de Mubarak en Egipto (ambos defendidos hasta último minuto por Khaddafi), han puesto en problemas al león libio. Problemas inesperados, y para los que no tiene libreto. A los manotazos, anunció aumentos de salarios, subsidios a los productos básicos, y anuló impuestos al arroz, al aceite y al azúcar. Y, por las dudas, convocó a los jefes tribales y les dijo que si se identificaban entre los manifestantes miembros de sus comunidades, la que sufriría la reprimenda luego sería la tribu entera.

Pero no logró frenar la protesta. Ayer, 17 de febrero, miles de libios aparcaron el miedo a la represión y a los paramilitares Comités de Defensa de la Revolución, y salieron a la calle, convocados por Internet y por la Conferencia Nacional de la Oposición Libia (en el exilio, en Londres), para protestar contra la falta de libertades y el despotismo exótico y colorido –pero también asfixiante y opresivo- del León de Libia.

Fue el “día de la ira”. La revuelta que mueve todo el mundo árabe no hará una excepción con el desierto de Khaddafi.

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Revuelta árabe: entre la represión y las concesiones (17 02 11)

Revuelta en el mundo árabe

Prosiguen los alzamientos, entre la represión y las concesiones

Se multiplican las protestas en Yemen, Libia y Bahrein. Vuelven las manifestaciones contra el régimen en Irán.

En Túnez y Egipto los gobiernos provisionales enfrentan ahora reclamos sociales y económicos.

 

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La caída del régimen egipcio de Hosni Mubarak está generando una ola de movimientos en todo el mundo árabe y sus principales vecinos, que ya parece difícil de detener.

La chispa encendida en Túnez, que forzó la huída de Zine el Abidine ben Ali, no presagiaba un contagio de esta naturaleza, debido al limitado poder regional del pequeño país del Magreb. El cambio de régimen en Egipto, en cambio, está implicando una alteración en el norte de África, Medio Oriente y Asia Central.

Además, también es evidente que el clamor popular no está dispuesto a agotarse con el nuevo tiempo político, sino, por el contrario, que se está alimentando de ese envión popular para reclamar viejas demandas sociales y económicas, en torno a situaciones muy postergadas en la distribución de la renta, nivel de compra de los salarios, precios de los productos de primera necesidad, los alarmantes índices de desocupación y la reconquista de derechos gremiales, entre las principales demandas que comienzan a tomar cuerpo en las calles tunecinas y egipcias.

El contagio de la metodología de alzamiento social contra los gobiernos fuertes que han caracterizado toda la región, sigue la línea del mar Mediterráneo hacia la dictadura libia del coronel Muhammar el Khaddafi; hacia el régimen autocrático de Abdelaziz Buteflika en Argelia; y alcanza la monarquía alauíta de Mohamed VI en Marruecos.

Hacia el este, por su parte, la onda de la movilización egipcia ya ha alcanzado a los territorios de la Autoridad Nacional Palestina; al emirato de Bahrein en el Golfo Pérsico; y a la larga permanencia del presidente Ali Abdallah Saleh en el poder de Yemen. Inclusive el clima de malestar generalizado ha vuelto a alimentar la protesta persa, donde el movimiento de la “ola verde”, opositor al gobierno populista chiíta de Mahmmoud Ahmadinejad, volvió a intentar manifestarse en forma masiva contra el régimen.

La revuelta ha llegado también al ya de por sí inestable escenario iraquí, donde el débil gobierno de Nuri al Maliki ha tenido que salir a reprimir manifestaciones de protesta por la nula prestación de servicios públicos en Bagdad, cuando el grueso de la seguridad nacional sigue ocupada en sofocar la insurgencia sunnita.

En este complejo escenario, los gobernantes intentan responder a los alzamientos con una mezcla de concesiones y un aumento de la represión policial. El primer ministro argelino, Ahmed Uyahia, intentó calmar a las masas anunciando el fin del estado de excepción, vigente en Argelia desde hace 19 años. Khaddafi aumentó los salarios y los subsidios a los alimentos; Saleh anunció que no se presentará a la reelección ni cambiará la Constitución para perpetuarse en el poder.

Y todos han aumentado la presencia de los antidisturbios y de sus fieles en las calles, queda por ver si esto será suficiente para apagar la revuelta.

Protesta kurda en Turquía

El gobierno turco de Recep Tayyip Erdogan, que fue puesto como modelo a seguir por los movilizados en Túnez y Egipto, sufrió ayer el embate de cientos de manifestantes de la minoría kurda, tanto en la capital como en las ciudades de Estambul y Esmirna.

En un clima regional muy alterado, los kurdos de Turquía se movilizaron durante toda la noche del martes, incendiando autos y edificios, en marchas convocadas en el aniversario de la detención del histórico líder de esta minoría racial de unos 12 millones de habitantes, Abdullah Ocalan, fundador del Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK).

Ocalan intentó organizar una resistencia armada contra Ankara para separar el territorio de mayoría kurda del sur de Turquía, fronterizo con Irán e Irak, y permanece preso desde 1999 en la isla de Imrali. Los enfrentamientos con la policía dejaron heridos y unos 40 manifestantes detenidos.

La represión de las fuerzas de seguridad turcas ha causado la muerte de unos 45.000 kurdos desde el alzamiento de Ocaran.

Internet vuelve a convocar nuevas marchas en Libia

El coronel Muhammar el Khaddafi pondrá a prueba hoy la resistencia del régimen frente a las protestas convocadas por Facebook.

Los organizadores esperan reunir en Trípoli grupos numerosos, en recuerdo del 17 de febrero de 2006, cuando una manifestación en Bengazi –que el gobierno había permitido porque supuestamente era contra unas caricaturas de Mahoma- terminó siendo la primera protesta multitudinaria contra el propio Khaddafi y su dictadura de partido único.

En la víspera, además, unas columnas espontáneas de opositores se enfrentaron a los leales al gobierno, los temibles Comités de la Revolución, cuerpos paramilitares fieles al régimen de Trípoli.

Si bien los comunicados oficiales y la prensa gubernamental relativizaron el enfrentamiento, adjudicando la responsabilidad a “saboteadores” y delincuentes comunes, en videos colgados en la página de Internet de YouTube puede verse una importante movilización popular, de cientos de hombres y mujeres que marchan coreando consignas contra el régimen y el líder libio, mientras la policía utiliza camiones hidrantes para dispersarlos.

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El (des)concierto europeo frente al Magreb

El (des)concierto europeo frente al Magreb

Por Nelson Gustavo Specchia

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Desde los primeros momentos de generación del proceso de integración europea, en la segunda posguerra mundial, los “padres fundadores” pusieron muchos esfuerzos en que se notara que la nueva organización que estaban creando tendría, en las relaciones entre los socios y entre éstos y los demás países, un basamento diferente al de la cosmovisión realista de las relaciones internacionales. El realismo, aquella escuela de teoría política que venía dando sustento a la política internacional desde la creación de los Estados Nacionales, con su lógica de poder y del interés supremo del Estado, tenía mucho que ver, decían los patriarcas europeos, con las debacles bélicas en que había terminado hundiéndose el siglo XX. Frente a aquellos teóricos “duros” del realismo, la nueva elite, acompañada con lecturas neofuncionalistas de pensadores como Ernst Haas y León Lindberg, propusieron un quiebre: en lugar de competencia, cooperación. El lugar de guerra, comercio. En vez de desangrarse tratando de dominar al vecino, proponer estructuras supranacionales con intereses que superen los límites –a veces tan estrechos- del puro interés nacional.

Así, los gestores de las Comunidades Europeas (primero del carbón y del acero, luego de la energía atómica, para decantar finalmente en la UE tal como la conocemos hoy) generaron la “buena vecindad”. Cuando cayó el Muro de Berlín, este concepto facilitó la incorporación de toda la Europa del Este al seno del proceso de integración. Otras latitudes, como el territorio latinoamericano, también recibieron un trato privilegiado por la misma concepción de la política internacional, desde la cooperación económica como desde los foros de encuentro al máximo nivel, especialmente por parte de la corona española, la vieja metrópoli.

Sin embargo, este programa político parece haber fracasado estrepitosamente respecto del primer cordón de vecindad, la tierra “otra” más próxima al Viejo Continente: la costa sur del mar Mediterráneo, la línea de Estados que conforman el Magreb africano y el Oriente Medio. Durante los 50 largos años que los europeos vienen amasando la integración continental, la cercanía de esos vecinos moros ó negros, árabes, musulmanes, pobres, subdesarrollados, con estructuras sociales y políticas desarticuladas por los procesos coloniales que los europeos mismos habían protagonizado, les causaron siempre un problema de difícil solución. Un problema frente al cual las teorías neofuncionalistas en boga, y el substrato idealista que exportaban al resto del mundo como “poder blando”, como ejemplo a imitar, se quebraba una y otra vez los dientes.

Felipe González, el ex presidente socialista del gobierno español, fue uno de los pocos que intentó seriamente tomar el toro por las astas. En 1995 auspició el Proceso de Barcelona, un proyecto geopolítico lanzado en la capital catalana con ocasión de la Cumbre Euromediterránea, que intentó sentar en la misma mesa a los líderes europeos, los del Magreb y los de Medio Oriente, en torno al desarrollo económico, la democracia, y la universalización del respeto por los derechos humanos. Pero tras el lanzamiento, pasaron años y no se avanzó nada. En una fecha tan cercana como 2008, Nicolás Sarkozy, en su turno al frente del Consejo Europeo, relanzo la iniciativa, ahora denominada Unión por el Mediterráneo: 43 países, más de 756 millones de ciudadanos, todos los Estados miembros de la Unión Europea, todo el Magreb, muchos de los árabes de Oriente Próximo, Turquía, Israel… y no pasó nada. Los europeos, tan imaginativos para crear fórmulas novedosas de intervención política, seguían sin saber qué hacer con los vecinos de la costa pobre del “mare nostrum”.

Por eso, cuando llegó la revuelta tunecina que tumbó a Zine el Abidine ben Ali, y contagió a las movilizaciones egipcias que acorralaron al hasta entonces estable y confiable régimen del “rais” Hosni Mubarak, la Unión Europea se encontró atónita, sin saber qué hacer ni qué partido tomar. Una de las experiencias políticas más interesantes de nuestros días le explotaba a pocas millas de sus costas meridionales, y las cancillerías no tenían un sólo libreto creíble para intervenir. Desde el estallido de la protesta en Túnez hasta la primera declaración de lady Catherine Ashton, la alta representante europea para la política exterior, pasó una semana entera de confusión y de silencio.

Responsabilidades personales

Las teorías neofuncionalistas, en todo caso, ya lo habían advertido: la plataforma idealista operaría en tanto y en cuanto la identificación de las elites con la integración y la buena vecindad fuera asumida como compromiso, o sea, como responsabilidad individual por parte de las personas que en ese momento estuvieran ejerciendo el rol dirigente. Durante los años que Javier Solana tuvo a su cargo la política exterior de la UE, no dejó foro sin intervenir ni espacio sin ocupar. Pero una cosa es Solana, y otra cosa es Ashton, una figura de segunda línea, sin experiencia en la gestión internacional, y que accedió al cargo porque en la repartija entre los Estados ese puesto le correspondía a Gran Bretaña, a los laboristas, y a una mujer.

Pero lady Ashton apenas si tiene preparada una esquelita, siempre con el mismo mensaje, en el que cambia el nombre del destinatario y la hace pública tarde y mal. Así, cuando la protesta ya incendiaba los cimientos del régimen de Mubarak, Ashton decidió sacar su esquelita, en la que manifestaba, como casi siempre, su “interés y preocupación” por la revolución que estallaba en África del Norte, al tiempo que repetía su “petición a las partes de actuar con control y calma”, cuando ya hasta Naciones Unidas admitía que los muertos por la represión sumaban centenas.

Mientras la Alta Representante mostraba, con la blandura y pusilanimidad de su esquelita la realidad de que la propia Unión Europea no tenía postura ninguna, la ministra de Exteriores de Nicolás Sarkozy, Michèle Alliot-Marie, ofrecía a Ben Ali enviarle más material antidisturbios 48 horas antes de que el autócrata huyese del país, mostrando la verdadera cara: ningún gobierno europeo miraba realmente con simpatía la revuelta en el Magreb.

Europa tiene muchas más razones que los Estados Unidos para tomar en cuenta a sus vecinos del sur. No sólo por proximidad geográfica, sino también por ancianas deudas históricas, por relaciones culturales, por intercambio demográfico. Sin embargo, aunque al gobierno de Barack Obama también la protesta lo encontró un tanto descolocado, la reacción del Departamento de Estado fue rápida, y la decisión de acompañar las protestas se tomó en cuestión de horas:  Jeffrey Feltman, el secretario de Estado adjunto para Oriente Próximo, fue el primer diplomático extranjero que viajó a Túnez tras el derrocamiento de Ben Ali.

Estruendoso silencio

El proceso de transformaciones iniciado en los países árabes del Magreb no tiene retorno, y terminará impactando, más temprano que tarde, toda la arquitectura regional, fija desde la descolonización mediante la imposición de gobiernos autocráticos que reprimieran los alzamientos populares (y, entre ellos, supuestamente también los del fundamentalismo islámico) y aseguraran la provisión de petróleo y gas. Ese esquema ya es historia.

A pesar de todos los intentos de los “padres fundadores” de la Unión Europea, de mostrar una imagen alternativa de hacer política internacional basada en la cooperación y el respeto, en la integración y la buena vecindad en lugar de la pura y dura lógica del poder, los hombres y las mujeres –éstas cada vez más visibles y participativas- de los países africanos y árabes de las cercanías miran con escepticismo a la “vieja” Europa (como despreciativamente la denominaba Donald Runsfeld, el ministro de Defensa de George W. Bush durante la invasión a Irak).

Las sociedades y los gobiernos europeos, a pesar de su énfasis en la democracia y los derechos humanos, han preferido durante las últimas décadas apoyar el statu quo de las autocracias en el Magreb, como garantía de estabilidad y seguridad regional. Con esta postura, se alejaron de los ciudadanos concretos de esos países, apostando, en cambio, por sus intereses nacionales internos (qué contradicción: en la más cruda tradición realista…)

Si en esta ocasión vuelven a perder la oportunidad histórica, y con los silencios y las medias palabras inocuas a lo Ashton no se ubican claramente del lado de un pueblo que reclama su derecho a la libertad y a la democracia, que no se sorprendan luego si otras opciones, como la del radicalismo fundamentalista, va a llamar a sus puertas.

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Túnez, la novedad africana (16 01 11)

El Norte de África se convulsiona tras la revuelta popular en Túnez

No cesan los disturbios luego de la huída del presidente Ben Ali a Arabia

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TÚNEZ.- La primera revuelta social espontánea que vive un país árabe desde los procesos de independencia ya impacta en la región del Magreb, el conjunto de países apenas formalmente democráticos de la costa sur del Mediterráneo.

El viernes, acorralado por las protestas, el presidente de Túnez, Zine al Abidine ben Ali, y su esposa Leila, del influyente clan Trabulsi, huyeron en un avión. Francia e Italia les negaron asilo, tampoco encontraron aceptación en Qatar, y finalmente lograron aterrizar en Arabia, donde Ben Ali conserva buenas relaciones con la familia Saud, propietaria del país.

Su huída, sin embargo, no ha frenado las movilizaciones y protestas. La revuelta estalló hace un mes, el 17 de diciembre pasado, cuando un joven informático, Mohammed Buazizi, se prendió fuego en protesta por la brutalidad policial, que le había derribado su carrito de verduras, a lo que se dedicaba empujado por la desocupación.

La inmolación de Mohammed prendió la mecha social, tras lo cual el colectivo de “hackers” de la red Anonymous hizo colapsar las webs del régimen, aumentando su aislamiento.

El presidente, que ocupó el poder durante 23 años, había dado una imagen internacional de equilibrio y bienestar, por lo que la revuelta dejó descolocados a los organismos multilaterales, especialmente a la Unión Europa (UE), que lo apoyaba sin fisuras, y al Fondo Monetario Internacional (FMI), que ofrecía el ejemplo de Túnez como un modelo a seguir en los países del Magreb.

La movilización ha develado otra realidad, un país sometido y empobrecido, controlado por un aparato de policía ideológica, con un gobernante autocrático y cooptado por el entorno megalómano del clan familiar de su esposa.

Las características de esta revolución democrática, inédita en todo el mundo árabe, pueden derivar en una ampliación democrática real.

En la región, donde los vecinos de Túnez comparten muchos de los elementos que terminaron desencadenando la movilización social que tumbó al régimen, ha comenzado una serie de protestas similares.

En la vecina Argelia un hombre desempleado se prendió fuego, siguiendo el extremo recurso del joven Mohammed Buazizi, y las manifestaciones que siguieron han sido sofocadas por la policía, de momento.

El gobierno libio de Muhammar el Khadaffi cerró los accesos a internet, especialmente a los videos de YouTube donde pueden verse imágenes de la revuelta tunecina.

En Yemen y en Jordania también hubo movilizaciones de estudiantes y sindicalistas, mientras el gobierno de Egipto indicó, significativamente, que no hay “temores de contagio” de la protesta social procedente de Túnez.

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