Archivo mensual: julio 2009

USA, China, y un nuevo mundo bipolar (310709)

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Estados Unidos, China, y un nuevo mundo bipolar

por Nelson Gustavo Specchia

Cuando el viejo mundo del siglo XX terminó –esa distribución del planeta en dos realidades políticas antagónicas que hoy percibimos ya como historia antigua, como si el Muro de Berlín hubiera caído hace siglos- los entusiastas del “mundo libre” anunciaron con bombos y platillos el nacimiento de un nuevo orden, en el cual los Estados Unidos de América serían la incontestable potencia hegemónica.

Recuerdo, en los primeros años ‘90, recorriendo una librería Barnes & Noble de Manhattan, la página con que un autor de libros de divulgación política abría su volumen: “Este libro está dedicado a Ronald Wilson Reagan, 40º Presidente de los Estados Unidos de América, triunfador de la Guerra Fría y fundador del nuevo orden internacional”. Pero los breves años transcurridos desde la disolución de la Unión Soviética y del polo socialista están demostrando que el sueño del mundo unipolar no era más que eso, un sueño. Y que nuevos actores con vocación de potencias están ocupando sus posiciones, preparándose para ejercer un rol de liderazgo internacional en breve. El primer lugar en estas candidaturas, claro, lo ocupa China.

La buena noticia, si acaso, es que este momento histórico, cuando el viejo gigante milenario está acomodando el cuerpo para jugar los roles que le tocarán en un futuro muy próximo, del otro lado del mundo, en el sillón de la Casa Blanca se sienta el negro Obama, que no se ve a sí mismo como un “triunfador de la Guerra Fría”, y que parece tener claro que el liderazgo norteamericano tiene que ser, necesariamente, compartido en algunas áreas vitales. Barack Obama entiende que la alternativa es la cooperación y la preeminencia parcialmente compartida, o bien una aceleración en el declive y en la soledad del poder.

Tanto la desastrosa intervención en Irak y los dolores de cabeza que está dando la salida de allí; ó la imposibilidad de cazar a un pastor de cabras escondido en unas montañas heladas por parte del ejército que insume la mitad del gasto militar de todo el planeta; ó el desbarajuste de un sistema financiero en caída libre y sin red, son algunos de los últimos ejemplos de que los Estados Unidos ya no pueden solos, y que en algunos capítulos de la agenda internacional han de abrir el juego y sentarse a la mesa, de igual a igual, con los otros grandes.

Esta semana, a esa mesa se sentó China, y su silla va a ser permanente. En Washington el lunes 27 se abrió una instancia de diálogo que va a sostenerse como herramienta de consulta estable, orientada a distribuirse y monitorear una remodelación del mundo según las prioridades estratégicas de ambos gigantes. En la apertura de las sesiones, el presidente Obama no dejó lugar a dudas: “Las relaciones entre Estados Unidos y China –dijo- determinarán el siglo XXI.” Así de claro.

El abanico de temas de las delegaciones presididas por funcionarios de máximo nivel (la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y el primer viceministro chino, Wang Qishán) comprende muy diferentes puntos, desde el terrorismo fundamentalista como amenaza de primer orden, a la cuestión atómica (el Tratado de No Proliferación se renegocia el año que viene); desde el calentamiento del planeta (tanto los Estados Unidos como China son los principales contaminantes del mundo, cada uno libera a la atmósfera 5 mil millones de toneladas de CO2 por año), a la crisis económica global.

Pero no todo será cooperación y entendimiento. Los dos son adversarios comerciales crecientes, y se disputan cuotas y parcelas de mercado a lo largo y a lo ancho del globo. La política de expansión china hacia zonas de reservas energéticas es arrolladora, tanto hacia África como hacia América latina. Y Estados Unidos no puede desentenderse de la seguridad de sus aliados en Asia, inclusive en las propias fronteras chinas. Tampoco de su prédica por la democracia, las libertades individuales, y el respeto por los derechos humanos, capítulos en los que China acumula deudas y carencias insalvables. Ahí está la reciente matanza de uigures en la región de Xinjian para ratificarlas.

Y, por último, en esta primera mesa vís-a-vís, también estuvo presente el tema de Corea del Norte. Estados Unidos insiste que las provocaciones nucleares del régimen de Pyongyang son un riesgo de desequilibrio para todos, y que la llave de ese asunto la tiene China en sus manos.

Para complicar aún más este juego de poderes, China se ha convertido ya en el primer financista de la deuda externa norteamericana. Más de 800 mil millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano se encuentran en manos del gobierno chino. Además, China exporta hacia EE.UU. productos por un monto anual de 340 mil millones de dólares, es su principal cliente en el mundo. Y estas compras norteamericanas son las que financian, en buena medida, el sostenido crecimiento del producto bruto chino. Pero de este gran comprador, el viejo imperio celeste sólo recibe importaciones por unos 70 mil millones, una balanza muy desequilibrada.

Hoy China es la tercera economía del mundo, pero de mantenerse los actuales índices de crecimiento y expansión, será la primera antes de mediar el siglo. Y su modelo político, con un capitalismo fuertemente exportador y férreamente controlado por el Estado y el partido único, el que habrá conducido al país al primer lugar. Interesante: éticamente objetable, pero objetivamente exitoso.

Muchos temas, muchas aristas. Demasiadas como para no darse cuenta de que el foro inaugurado en Washington no ha sido un evento diplomático más, sino el síntoma de un cambio en las condiciones del liderazgo internacional.

Posiblemente, también haya sido la partida de nacimiento de una nueva bipolaridad. Si así fuera, la esperanza pasa por que esta relación entre las superpotencias permanezca en un marco de pacífica racionalidad. Sería una cláusula de garantía de estabilidad mundial, lo que, en estos tiempos, no es poco decir.

En La Voz del Interior:
http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=538449

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Honduras, ¿últimas horas de paz? 230709

Honduras, ¿últimas horas de paz?

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por Nelson Gustavo Specchia

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A algunas cosas nos hemos habituado rápidamente en América latina. Después de esos años terribles que cruzaron en horizontal el calendario político del siglo XX, donde el terror llegó inclusive a ser una política de Estado, la lenta y progresiva recuperación democrática de los últimos treinta años nos ha dejado en un punto donde damos por seguros algunos elementos del sistema político, como si fueran naturales, sólidos y permanentes; cuando en realidad su presencia entre nosotros ha sido excepcional en la historia, y sólo muy recientemente se han agregado como constitutivos del quehacer sociopolítico cotidiano.

La permanencia de las instituciones y de la estabilidad democrática es uno de esos elementos. Y la paz social, indisociablemente unida a él, es el otro elemento.

Honduras, en estas horas críticas, vuelve a poner en el tapete regional latinoamericano esta cuestión central. En Honduras no se juega solamente la vuelta de Mel Zelaya al ejercicio del poder ejecutivo, legal y legítimamente obtenido en elecciones democráticas. Se juega la permanencia de esos dos elementos: la continuidad de la consolidación del juego democrático en América latina, y –además- la terrible posibilidad del resurgimiento de la violencia social en un país de la región.

El anuncio del “fracaso” del diálogo por las partes hondureñas involucradas, y de la mediación del presidente de Costa Rica, Oscar Arias, han disparado una posibilidad que venía vislumbrándose durante los últimos días, pero de la que nadie quería dar crédito: el muy posible enfrentamiento entre el Ejército leal al gobierno de facto de Roberto Micheletti, y los colectivos sociales que insisten en su apoyo al presidente depuesto, Manuel Zelaya.

A estas alturas, luego de la lectura de la última propuesta de Oscar Arias, y las actitudes de rechazo de ambas partes, puede objetivamente estallar una guerra civil en Honduras. Si ello finalmente ocurriera, se habría comenzado a saldar con violencia y sangre un conflicto que tuvo todas las herramientas democráticas en la mano para canalizarse

Pero esas herramientas se han ido dejando paulatinamente de lado, al tiempo que la tensión no ha dejado de crecer con cada momento. Los hondureños han vivido estas semanas entre las manifestaciones permanentes durante las horas de luz, tanto las organizadas por el gobierno de facto como por los seguidores del gobierno depuesto, y la calma impuesta por el toque de queda durante las noches.

La paciencia que pide Arias, casi en el borde de las posibilidades de su intervención, se contesta con el entusiasmo en aumento que convoca la llamada a la “insurrección” realizada por Mel Zelaya.

Y, si se da el caso, hay armas para alimentar esa insurrección: los datos oficiales reconocen que un tercio de los casi ocho millones de hondureños tienen armas en sus casas; y las que no se registran serían muchas más. Cuando estuve trabajando en el interior de Honduras, en misiones de cooperación internacional, nunca dejaban de sorprenderme algunos carteles en los bares y restaurants de provincia: “Prohibido ingresar con armas a la vista”. Y luego están las Fuerzas Armadas, armadas literalmente. Y los grupos y bandas mafiosas, tan crecidas últimamente, que aportarían un porcentaje considerable de armas modernas y de alto poder de fuego en manos de civiles. Por lo que podemos considerar, en cuanto a capacidades, que Honduras es un Estado armado.

Oscar Arias ha trabajado intensamente en las últimas horas para intentar desbloquear la crisis, pero su margen de maniobra se achica ante la negativa rotunda de la delegación del gobierno de facto de reponer a Zelaya, que es el punto central de desencuentro. El gobierno interino de Micheletti ha anunciado que no aceptará ningún documento que incluya la restitución del depuesto presidente, y la segunda ronda de negociaciones en Costa Rica finalizó el domingo sin acuerdos.

Mientras tanto, la administración de facto de Honduras dio el martes 21 un plazo de 72 horas a los diplomáticos venezolanos para abandonar el país, basando su decisión en la supuesta intervención de funcionarios de esa legación en la actual crisis. También llegó a afirmar que el trabajo del mediador Arias constituía una intromisión impropia en los asuntos internos de Honduras. Y una actitud similar se perfila en las respuestas a las presiones que están ejerciendo las diplomacias norteamericanas y de la Unión Europea, con las declaraciones de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, y de la comisaria europea de política exterior, Benita Ferrero-Walder. Con estas posturas y decisiones de política internacional, el gobierno interino hondureño está dando elementos para la regionalización del conflicto.

Tras el rechazo de la delegación de Roberto Micheletti, Arias hizo un último intento, y presentó en la noche del miércoles 22 la Declaración de San José, en la que plantea la instauración de un gobierno “de reconciliación” liderado por Zelaya (inclusive propone una fecha concreta para su retorno al país: el viernes 24 de julio), una amnistía general, y la renuncia a cualquier consulta popular para reformar la constitución.

Es el último intento para evitar que la presión acumulada en Honduras entre ambos grupos sociales se desborde por la propia radicalización.

La convivencia política y la paz social son el telón de este escenario. La proyección de ambos hacia el resto de América latina, el horizonte de futuro.

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(En HOY DÍA CÓRDOBA, viernes 24 de julio de 2009, Suplemento “Magazine”, portada)

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El G-8, el hambre y los ricos

El G-8, el hambre y los ricos

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por Nelson Gustavo Specchia

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Los rituales de las cumbres de los líderes más ricos del mundo suelen generar dosis crecientes de escepticismo. ¿Qué pensar, cuando los focos de atención apuntan a la tortícolis del primer ministro italiano, y las expectativas se centran en si los periodistas seguirán haciéndole pasar malos ratos con preguntas sobre las fiestas en su residencia veraniega, con prostitutas y menores de edad involucradas?

Por otra parte, la sucesión de estas reuniones de los grandes líderes del mundo desarrollado minan su propia credibilidad, con la distancia creciente que van estableciendo entre la espectacularidad de las promesas, anunciadas en grandes titulares periodísticos con las inevitables “fotos de familia” donde los jefes del mundo se alinean sonrientes, y el posterior cumplimiento –reticente y avaro- de los contenidos de esas promesas. La imperiosa urgencia de aumentar los montos de la cooperación internacional al desarrollo, especialmente hacia los integrantes de ese “cuarto mundo” que engloba a los Estados africanos, es un punto recurrente en la agenda de las cumbres de los ricos, y también es uno de los puntos que más decepciones acumula: en la cumbre de Escocia, en 2005, anunciaron su compromiso de aumentar a 21.500 millones de dólares anuales la ayuda destinada a África, pero para el año pasado habían depositado apenas la tercera parte de ese monto. Y la propia FAO, la agencia alimentaria de la ONU, afirma que se ha girado apenas una cuarta parte de los casi 7.000 millones de dólares prometidos con bombos y platillos en la última cumbre del G-8, en Toyako, Japón.

Por eso cuando el club de los países más ricos del mundo anunció la semana pasada en L’Aquila, en la castigada región italiana que vivió hace apenas tres meses unos movimientos sísmicos que alteraron toda su fisonomía, unos resultados más bien modestos, a mí me llamó la atención. Me pregunté, a renglón seguido, si eso no significaría, desde el vamos, una buena noticia. Y el compromiso –prácticamente a título personal- del presidente de los Estados Unidos en los principales capítulos de las conclusiones de la cumbre, me pareció la segunda buena noticia. De alguna manera, estos dos elementos vienen a modificar el derrotero de estas reuniones, tal como se han presentado en los últimos años.

El compromiso frente al hambre, denominado “Iniciativa de L’Aquila para la Seguridad Alimentaria”, alcanzará los 20.000 millones de dólares, pero a las discusiones sobre su destino fueron invitadas también algunas economías emergentes, como Brasil y China, otros países europeos que no pertenecen al exclusivo círculo del G-8, e inclusive representantes de ocho Estados africanos. Según los cálculos de las Naciones Unidos, la actual crisis global aumentará este año la población con hambre en 100 millones de hombres y mujeres, con lo que se rozará la escandalosa cifra de mil millones de hambrientos, una sexta parte de la humanidad.

Por eso es de remarcar que más allá del asistencialismo coyuntural de todo ese dinero, la reunión de L’Aquila puso sobre la mesa los elementos estructurales del problema: la protección de los países desarrollados (especialmente la Unión Europea y los Estados Unidos) frente a las importaciones agrícolas proveniente de países pobres, las necesarias inversiones internacionales en tecnología y seguridad de los alimentos, el acceso al agua potable y de riego. Sin enfrentar estos ítems, el hambre no hará sino crecer.

El otro capítulo, donde se vuelve a ver la mano y la intención personal del presidente Barack Obama, tiene que ver con los largos plazos y con el futuro del planeta. Para que la diferencia con su antecesor, George W. Bush, se siga marcando, el líder norteamericano logró arrastrar a sus colegas a un compromiso fuerte: una reducción del 80 por ciento de los gases de efecto invernadero antes de 2050 (con una exigencia menor, del 50 por ciento, en los países en vías de desarrollo). No es suficiente, por supuesto, como lo recalcó el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon; pero si lo comparamos con la actitud de la Administración Bush, que se negó taxativamente a firmar el Protocolo de Kioto o a comprometerse a cuantificar ningún tipo de disminución, limitándose a discutir si el cambio climático debía medirse en grados Centígrados o Farenheit, el salto es espectacular.

La seguridad nuclear fue el tercer tópico más destacado de la agenda. Tampoco aquí los anuncios fueron espectaculares, pero por eso mismo parecen cargados de racionalidad. Los líderes de los países ricos ven con preocupación el crecimiento díscolo de programas como el de Corea del Norte, o el de la cada vez más autocrática República Islámica de Irán. Pero Obama ha logrado evitar condenas taxativas, y sigue imponiendo esa vía dialogal y negociadora con que ha hecho frente al tema. El año que viene, en 2010, habrá que revisar el Tratado de No Proliferación Nuclear, y posiblemente esta estrategia “blanda” termine dando sus resultados en ese marco.

Por todo ello, como decía al principio, quizá los magros y mesurados resultados de esta nueva cumbre de los ricos sean, precisamente por eso, una buena noticia. En un contexto crítico de alta complejidad, no necesitamos líderes teatrales ni anuncios tan espectaculares como vacíos a la larga. Metas más próximas y estrategias más prudentes, aunque no den para grandes titulares, pueden estar más en consonancia con las necesidades de la hora.

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(en LA VOZ DEL INTERIOR, lunes 20 de julio de 2009)

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