Archivo mensual: diciembre 2005

París, análisis de las cenizas (05 12 05)

Publicado en La Voz del Interior (05 – diciembre – 2005)

http://www.lavozdelinterior.com.ar/2005/1205/opinion/nota376303_1.htm

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PARÍS, ANALISIS DE LAS CENIZAS

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por Nelson Gustavo Specchia

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(desde Barcelona)

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Cuando las hogueras que calentaron el otoño francés comienzan a abandonar los titulares de la prensa de todo el mundo, pienso que es momento de analizar, con algo más de tranquilidad, algunos de los elementos que han quedado, como brasas latentes, envueltos entre sus cenizas.

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Un primer elemento que debería ser considerado es la propia noción de convivencia social: el Director General de la Policía de París anunció la “vuelta a la normalidad”, dada la disminución de actos vandálicos contra objetivos urbanos, al comprobar que “sólo” se incendian alrededor de 100 vehículos por noche. O sea, lo habitual.

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Un segundo elemento: esta “normalidad” de coches incendiados noche a noche no es, en absoluto, un fenómeno nuevo, sino una metodología de protesta urbana presente en Francia desde hace, al menos, 20 años. Y lejos de remitir o atenuarse, el fenómeno mantiene una terca línea de crecimiento en el tiempo, con picos periódicos de explosión.

Quizá el más inquietante sea el tercer componente de este cuadro de análisis: el que muestra la existencia y crecimiento de experiencias muy cercanas a las que hicieron eclosión estos días, en las barriadas que rodean a las ciudades españolas, holandesas, belgas, británicas, y alemanas.

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Posiblemente no sea una pronóstico optimista, pero sería un descuido no advertir que las chispas que encendieron las hogueras francesas, son las mismas que se pueden detectar en los colectivos magrebíes, subsaharianos, sudamericanos, y turcos –si bien de maneras diversas- en el mapa del bienestar europeo.

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Lo vivido en Francia no ha sido un acontecimiento extraordiario; tal vez la verdadera noticia, lo realmente sorprendente, haya sido la ausencia de una reacción eficiente y profunda del Estado y del gobierno, más allá de la represión policial, las restricciones legales que han comenzado a dibujarse desde el ejecutivo de Dominique de Villepin para desalentar la inmigración, y las expulsiones crecientes de “irregulares” anunciadas por el ministro del Interior, Nicolas Sarcozy. Decisiones de maquillaje, más destinadas a calmar al electorado interno que a atacar el meollo del problema. Las cenizas, no las brasas.

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Si la la rebelión sin jefes ni ideología de los suburbios parisinos no fue inesperada, en realidad tampoco fue un problema francés. Hemos asistido a un pico de virulencia de una situación estructural, permanente, extendida a diversos colectivos sociales, de creciente intensidad, que viene desde tiempo atrás, y que posee un alcance continental. En el nucleo de esta situación problemática se encuentra el fenómeno de la inmigración, y su integración a la sociedad europea.

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El problema es de Europa

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Las Naciones Unidas calculan que aproximadamente un 3 por ciento de la humanidad –unos 200 millones de personas- no vive en el entorno geográfico de su nacimiento, sino que se ha desplazado a otros países, para mejorar su existencia, o simplemente para que esa existencia sea posible. Esta es la enorme masa de migrantes, el fenómeno sociológico que será determinante en la composición y readaptación de las estructuras políticas y económicas del tiempo que vivimos.

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Es un fenómeno de alcances aún desconocidos, no así sus causas. A mediados del siglo pasado, con la alteración política internacional que emergió de la segunda guerra mundial, el principal motivo de desplazamiento de grandes grupos sociales –étnica y religiosamente homogéneos- fueron los procesos de descolonización. Allí Europa recibió su primera gran oleada de inmigrantes, procedentes desde sus propios territorios de ultramar.

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En los años de plomo en América latina, con dictaduras militares extendidas en todo el continente, las persecuciones ideológicas de los años 70 y 80 generaron una nueva expulsión social, y nuevamente fue Europa la receptora de esta inmigración, de raíz política.

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Pero, a diferencia de estos movimientos anteriores, el actual flujo migratorio tiene causas económicas (siguen existiendo las políticas, las raciales, y otras diversas, pero con incidencia más baja). Y Europa vuelve a ser el destino privilegiado por las masas de migrantes, que, además, han aumentado numéricamente: el cálculo de la ONU estima que los desplazamientos eran del orden de un 1,5 por ciento de la población mundial en 1990, o sea, se han duplicado en 15 años, y siguen creciendo.

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La diferencia de renta per capita entre la orilla sur y la orilla norte del Mediterraneo es de 14 puntos, la más desigual del mundo. El ingreso per capita de los habitantes del Africa subsahariana es, en promedio, de 350 dólares al año, 50 veces inferior al de los habitantes de la europea Melilla, por ejemplo. Y ese abismo económico sólo está separado por una valla de 6 metros de alto.

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Los gobiernos europeos, en tanto, se debaten en lo que me parece un dilema de alambre (no diría de acero, porque sabemos que se ha de cortar por algún punto, y más temprano que tarde): por un lado, apelan a la ley, al poder de policía, a los controles aduaneros, a las expulsiones y a las vallas, para mantener las fronteras cerradas a esa avalancha de pobres. Pero, al mismo tiempo, requieren de esa mano de obra inmigrante para mantener sus economías en funcionamiento (ingresan al circuito productivo por la puerta clandestina, pero tolerada), así como necesitan de esos hombres y mujeres para revertir las pirámides demográficas de una comunidad envejecida (en menos de 50 años, los trabajadores activos europeos serán la misma cantidad que los trabajadores jubilados, haciendo insostenible el sistema de seguridad social).

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Este dilema se expresa, en la práctica, en decisiones de gobierno erráticas y de corto plazo, de tinte electoralista, imbuídas del discurso del aumento de la seguridad (un retorno a las concepciones hobbesianas del Estado, donde el miedo de unos ciudadanos contra otros es lo que legitima la política), y de la potencial amenaza terrorista (que, por su parte, se vincula genéricamente y sin discriminar demasiado con todo lo que suene a árabe o musulmán).

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Si empujados por el flujo migratorio de nuestro tiempo, sorteando penurias y obstáculos, realizando sacrificios mayúsculos (incluso inverosímiles, como cruzar un desierto a pie durante un par de años), logran traspasar los múltiples frenos burocráticos que los países del capitalismo avanzado le oponen, y se asientan en el lugar de destino, intentan integrarse, y al cabo de una o dos generaciones siguen viendo cerradas las puertas del progreso personal, sufriendo segregación y marginación por sus orígenes, la frustración ha de ser muy grande.

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Una frustración que no puede sorprender si se expresa de manera violenta.

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Algunas de estas brasas permanecen ardiendo bajo las cenizas del otoño parisino.

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