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Revolución egipcia, segunda parte (25 11 11)

Revolución egipcia, segunda parte

por Nelson Gustavo Specchia

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Las concentraciones populares que comenzaron a darle forma a la pueblada que terminaría derrocando al “rais” de Egipto, Hosni Mubarak, a principios de este año, estaban alimentadas por un abanico plural de anhelos y reivindicaciones. Las nuevas generaciones, nacidas ya en el entorno global de la sociedad de la información y las comunicaciones, veían que el antiguo régimen, que había logrado perpetuarse por más de medio siglo en base a la fuerza armada y a un cierto discurso nacionalista-socialista panárabe, no soportaba ya las comparaciones –que ahora podían hacerse en tiempo real y sin censura oficial- con las tendencias políticas contemporáneas. Pero a la cairota explanada de Tahrir, junto a estos jóvenes con ímpetus democratizantes, también llegaron los antiguos militantes religiosos, que durante las largas décadas de dominio de los presidentes-generales habían tenido que vivir en la semiclandestinidad. Los Hermanos Musulmanes, en todas sus múltiples y diferentes ramas y variantes, veían ahora la oportunidad para volver a salir a la luz, superando el laicismo obligatorio impuesto por una élite, que en definitiva es minoritaria respecto a las grandes masas de profesión islámica del país profundo.

En enero y febrero de este año no había diferencias entre estos dos grandes colectivos de manifestantes en Tahrir. La gran plaza los acogía a todos por igual, y sólo en los momentos del rezo islámico preceptivo, se abrían claros en la apretada muchedumbre para permitir que algunos, en ordenadas hileras, se postraran con el rostro hacia la Meca, mientras a su alrededor las consignas por el fin del régimen seguían atronando. Habían sido tantos los años de postergaciones y de limitaciones a los más básicos derechos civiles y políticos, que la revuelta social dejaba a un lado la heterogeneidad de su composición, para mostrarse como una masa compacta de rebeldes.

Y lo lograron, cuando a esos colectivos diferentes (y, según vemos hoy, inclusive antagónicos) se les sumó un nuevo y determinante aliado: el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el mariscal Hussein Tantawi. El general se negó a continuar con los planes represivos ordenados por el cada vez más débil y solitario jefe del Poder Ejecutivo, y la revuelta se transformó en revolución. Tras dieciocho días de efervescencia revolucionaria, el “rais” Hosni Mubarak fue trasladado a su residencia veraniega de Sharm el Sheikh, en la península del Sinaí, y entregó el gobierno a su vicepresidente, Omar Suleiman, aunque todos sabían que el poder ya estaba en manos de Tantawi.

En ese momento, mientras en los festejos de Tahrir los sublevados aplaudían a los soldados y a los tanques militares, Tantawi tenía el cerrado apoyo de todos los sectores, laicos e islamistas. Una mínima racionalidad política indicaba que sin su concurso la revolución hubiera fracasado y, peor aún, podría haber terminado ahogada en sangre: por entonces, en Tahrir las concentraciones eran de cientos de miles. Pero superado el primer momento revolucionario, con Mubarak derrocado y preso, y su títere sucesorio también apartado del camino, la compacta masa homogénea de movilizados comenzó a mostrar las costuras. Y la emergencia de esa heterogeneidad interna, que es la que está en la base de los disturbios de estos días, comenzó a evidenciarse a partir de dos señales: a pesar de los reiterados llamados a la desmovilización total, Tahrir nunca terminaba de vaciarse del todo, semana a semana había grupos que permanecían y otros que volvían. La segunda señal fue clara sobre el peso que comenzaba a tener uno de los colectivos integrantes de aquella masa otrora compacta: el día clave de las protestas se estableció en los viernes, día del rezo musulmán. La revolución no había terminado, y la segunda parte se escribiría en clave islámica.

LA TUTELA MILITAR

Sería muy difícil llegar a conocer cuáles fueron las variables que determinaron el cambio de rumbo en la casta militar después de haber decidido el fin del régimen. ¿Fue sólo otro golpe de Estado, ahora con apoyo popular? Desde que el general Gamal Abdel Nasser y el Grupo de Oficiales Libres destronaron al rey Faruk en 1952, el papel del Ejército no hizo sino crecer en todos los órdenes, principalmente en el político y en el económico. La tutela del Ejército quedó instituida, y el progresivo control de resortes empresarios en manos de la alta oficialidad castrense les dio un poder determinante. Inclusive las diferencias sobre los rumbos políticos quedaron limitadas al interior del grupo; por ejemplo, nunca terminó de aclararse el rol del propio Hosni Mubarak en el asesinato de su antecesor en la presidencia, el general Anwar el Sadat, en medio de un desfile militar el 6 de octubre de 1981. Oficialmente el magnicidio fue adjudicado a los fundamentalistas islámicos, pero en marzo de este año, tras el derrocamiento del “rais”, la familia de Sadat ha iniciado una nueva demanda judicial acusando al derrocado mandatario de haber estado detrás del asesinato para que su grupo alcance el poder. Con estos antecedentes, es lícito suponer que todo el sector puede estar presionando a Tantawi para que esos privilegios, tanto los políticos como los económicos, se conserven en las disposiciones constitucionales y legislativas del nuevo régimen.

La segunda suposición ventila el viejo fantasma del integrismo: los militares –y sus antiguos aliados de la izquierda laica- tendrían en sus manos encuestas y sondeos que mostrarían que, a pesar del complejo calendario electoral que debería comenzar el próximo 28 de noviembre y que se extendería por varias semanas hasta enero de 2012, la victoria finalmente sería de los sectores islamistas, por porcentajes avasallantes. Y con ella, quedaría abierta la puerta para el ingreso de los sectores wahabíes del salafismo, esa rama musulmana fundamentalista que añora el restablecimiento del Sultanato de Egipto, aquella mítica formación política que defendió al Islam desde el gran país de África desde mediados del siglo XIII hasta entrado en siglo XIX, y que pretenden reinstalar hoy mediante la aplicación de la “sharia”, la legislación y la estricta observancia de la moral musulmana.

El alto mando que rodea a Tantawi duda entre seguir apoyando la apertura democrática, o habilitar una cuestión intermedia, sui generis, donde una democracia de masas coexista con una tutela supraconstitucional por parte del Ejército, que mantendría además su autonomía presupuestaria fuera del control legislativo (el sector de la economía dominado por el Ejército se calcula en un 25 por ciento del PBI egipcio).

Pero no es seguro que, a estas alturas, los revolucionarios de Tahrir estén dispuestos a conformarse con una salida intermedia. Y no sólo los islamistas: como en febrero, nuevamente la masa de gente que por cientos de miles llenó la plaza de El Cairo era una voz homogénea, pidiendo que los militares se salgan del camino y dejen el poder a los civiles, sin trampas ni medias tintas.

LA FUERZA DE LA PLAZA

La segunda parte de la revolución egipcia se dará, entonces, entre estos dos contendientes: el Ejército y los concentrados en Tahrir. La pregunta es quién logrará mantener el pulso, en esta delicada balanza entre fuerza y paciencia. Después de cuatro días muy violentos, una frágil tregua se ha instalado merced a un acuerdo de cúpula entre los militares y la dirigencia de los Hermanos Musulmanes, que temen que las movilizaciones terminen por aplazar un proceso electoral que ya dan por ganado. Pero en Tahrir y en las calles adyacentes se respira una explosión apenas contenida, dicen los cronistas –algunos de ellos amigos personales- que escriben desde el terreno. La comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y ONG con datos fiables (como Amnistía Internacional) sostienen que el recuento de muertos de la última semana oscila entre 35 y 38, y han condenado la represión de los soldados, que en nada se parece al rol que jugaron en las jornadas de enero.

De este pulso, creo que podremos ver una de tres salidas: un gobierno civil tutelado indirectamente por el Ejército, como fue en su día la república laica que Mustafá Kemal, Ataturk, armó en Turquía sobre las ruinas del Imperio Otomano. Si al pulso lo ganan los Hermanos Musulmanes, en cambio, podría formarse una República Islámica, como la que el ayatollah Khomeini fundó en Irán después de barrer la Persia de los shah, con los militares sujetos al poder teocrático. La tercera posibilidad, la de una democracia plena, constitucional y con equilibrio de poderes, parece por estos días ser la más lejana. Aunque una revolución, en cualquiera de sus partes, es siempre un libro con final abierto.

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Twitter:  @nspecchia

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[ Columna “Periscopio” –  Suplemento Magazine – Hoy Día Córdoba, viernes 25 de noviembre de 2011 ]
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Rebelde Tahrir (22 11 11)

Rebelde Tahrir

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por Pedro I. de Quesada

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Algo huele a podrido, y no precisamente en la húmeda Dinamarca, sino en las tórridas arenas del desierto egipcio.

La plaza Tahrir, que hace nueve meses le puso su nombre a una de las más esperanzadoras revoluciones de la “primavera árabe”, ha vuelto a llenarse de gente: 50.000 personas reclamando a grito pelado que los militares se alejen del poder y no condicionen el proceso democrático.

Han sido gestos osados, que muchos –quizá 20, 30 o quizás más- pagaron con su vida, y muchos más -700 u 800- con golpes, gases, torturas y heridas.

También han sido gestos confusos: cuando en las revueltas de principios de año el “rais” Hosni Mubarak ordenó aplastar la concentración de Tahrir a sangre y fuego, el hombre fuerte del Ejército, el mariscal Husein Tantaui, se negó a reprimir; lo que significaba mostrarle la puerta de salida a todo el régimen. La gente en la plaza vitoreaba a los soldados, y Tantaui se comprometió a convocar a las elecciones constituyentes, que deberían celebrarse el próximo 28 de noviembre, aunque ahora quién sabe.

¿En qué momento los militares comenzaron a dudar sobre seguir impulsando un proceso democrático? Algunos amigos europeos con mucho conocimiento del terreno (y que escriben desde El Cairo en estos días), me dicen que las alarmas saltaron cuando quedó claro que en las elecciones parlamentarias –las primeras que vivirá Egipto en más de medio siglo- y las generales que les seguirían –supuestamente a fines de 2013- las ganaría abrumadoramente el islamismo político de los Hermanos Musulmanes, incluyendo los sectores wahabíes del salafismo más radical.

Los islamistas ya han adelantado que pretenden establecer un Estado musulmán, regido por la “sharia”. Y como en Turquía (y este es uno de los elementos más difíciles de comprender en Occidente), en Egipto el Ejército es el garante del carácter laico del Estado.

Invocando precisamente esta misión, los hombres fuertes del Ejército vienen ocupando la primera magistratura desde el destronamiento del rey Faruk: fueron generales tanto Gamal Abdel Nasser, como Anwar el Sadat y el recientemente desplazado Mubarak.

¿Ha decidido el general Tantaui seguir esa línea de camaradas de armas para frenar la llegada de los “barbudos” al poder?

Un gobierno islamista en el gran país de África forzaría a un cambio en la relación de fuerzas en la región, especialmente con el vecino Israel y con los más vecinos –pasos fronterizos comunes de por medio- palestinos de Hamas en Gaza. Ante la muestra de fuerza numérica de los islamistas, sectores de la izquierda democrática egipcia se han acercado a los militares, nuevamente vistos como la última barrera para impedir una teocracia fundamentalista.

En todo caso, ¿cómo hacerlo sin derivar hacia un nuevo período dictatorial en plena emergencia democrática?

Los muertos y los heridos de Tahrir tumbaron ayer al gobierno provisional, y Egipto entró en un compás de incertidumbre. Pero con mucho olor a podrido.

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 22 de noviembre de 2011 ]

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Y llegó Ollanta (29 07 11)

Y llegó Ollanta

por Nelson Gustavo Specchia

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Ayer Perú comenzó a transitar un nuevo ciclo, que está llamado a impactar –suavemente pero con fuerza- en el contexto regional latinoamericano. Finalmente Ollanta Humala asumió la presidencia, luego de una de las más controvertidas, accidentadas y cuestionadas escaleras hacia el poder. El flamante presidente sorteó una verdadera carrera de obstáculos, en la cual se interpusieron elementos de su biografía, del polarizado entorno político peruano, y de los referentes ideológicos y metodológicos de la vecindad regional. Además, una seguidilla de variables externas permearon toda la campaña que terminó abriéndole las puertas del Palacio Presidencial de Lima: El aun vigente debate social sobre la década fujimorista; las desinteligencias en el oficialismo, que terminó sin poder presentar un candidato propio a la sucesión de Alan García; la caída abrupta en las preferencias electorales del ex mandatario Alejandro Toledo (que pasó de ocupar el primer lugar en las encuestas durante la mayor parte de la campaña, para descender raudamente hasta un lejano tercer lugar); y hasta el impacto mediático de la renuncia del escritor Mario Vargas Llosa a seguir colaborando con el diario El Comercio, y el inédito apoyo del premio Nobel, un ícono del liberalismo peruano, al candidato de pasado militar y escorado hacia el nacionalismo de izquierda. Y acompañando a estas insólitas variables externas, también una sutil metamorfosis del propio candidato: su sorpresivo pragmatismo; la moderación de los extremos más ríspidos de su discurso ideológico; la seguridad prometida a los sectores conservadores de la banca y la gran empresa limeña; la publicitada profesión de fe en los métodos aplicados por Lula da Silva en Brasil; el distanciamiento del venezolano Hugo Chávez (que ni siquiera asistió ayer a la toma de posesión); la moderación del lenguaje de barricada; las diversas garantías de mantenimiento del modelo económico y de parte del funcionariado técnico que lo ha llevado adelante; y hasta un cambio en la vestimenta, archivando el raído pullover rojo y adoptando los trajes cortados a medida y las corbatas de Hermes; fueron todos elementos misceláneos que jalonaron un acceso atípico al poder de un atípico personaje. Un “outsider” de la clase política peruana que ha demostrado imaginación y cintura para ir esquivando uno a uno los obstáculos de la carrera hacia la presidencia. Y resta ver, a partir de hoy, si esos elementos también le son útiles para encarar la tarea ejecutiva.

PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

              Pero fue precisamente esta confluencia de elementos externos y la sutil refundación de la personalidad de Ollanta Humala, desde aquellos discursos nacionalistas teñidos de revolución y de tono militar (que hacían juego con el corte de pelo “a cero” y su pasado castrense: no olvidar que intentó dar un golpe de Estado contra Alberto Fujimori en el año 2000), los motivos que empujaron a esa ajustada mayoría que le dio la presidencia, a exigir pruebas de que el nuevo gobierno realmente optará por caminar más por el centro del espectro político que por su margen izquierda. En el tramo final de la campaña por el ballotage, tanto Vargas Llosa como –con algo más de renuencia- Alejandro Toledo, apoyaron a Ollanta, dándole la presunción de moderación. Pero estos mismos sectores exigieron que esa moderación se hiciera evidente, y aun antes de la asunción formal de la primera magistratura.

Humala no puso reparos en entregar pruebas de esa moderación que ha escogido como directriz de su gobierno. Y por dos motivos principales: en primer lugar, porque requiere que sus primeros días en la presidencia del gobierno sean de paz, ningún escenario sería peor en el Perú de hoy que una llegada rupturista, cuando ha quedado palmariamente claro que la mayoría del país apuesta por una estrategia de continuidad. El segundo motivo, además, hace a la gobernabilidad de mediano plazo de la nueva Administración: el margen de la victoria frente al populismo de Keiko fue tan ajustado, que tanto para asegurarse las mayorías parlamentarias como la conducción de las Cámaras, a Ollanta le es imprescindible contar con el apoyo estratégico de Perú Posible, el partido de Alejandro Toledo, minoritario pero bisagra en la conformación de las mayorías legislativas que necesitará para hacer prosperar sus iniciativas de gobierno.

Así las cosas, a principios de la semana pasada Ollanta Humala decidió despejar las incógnitas, mostrar las pruebas de la sinceridad de sus propósitos de moderación política, asegurarse el apoyo de los hombres de Toledo, y quitar imprevisibilidad, para que el acto de asunción de ayer fuera sólo una instancia simbólica de traspaso de las insignias del poder, y una fiesta pacífica y sin altercados. El camino más seguro para lograrlo era anticipando la conformación de su gabinete. Hizo público la nómina de personalidades que integrarán su equipo de gobierno, y nuevamente acertó, dejando contento a (casi) todo el mundo.

El gabinete es una cuidada mixtura de viejos y leales amigos, toledistas liberales, cristianos de centroderecha, tecnócratas de la saliente administración de Alan García, y sociólogos reformistas de centroizquierda “a lo Lula”. Salomón Lerner Ghitis, de 65 años, un millonario de orígenes humildes y uno de los amigos personales más cercanos del nuevo presidente, será el jefe del Consejo de Ministros. Ollanta, así, se muestra fiel a la columna central de su programa, ubicando a un gestor de izquierda como la principal figura funcional del Ejecutivo. Pero también, cumpliendo con la palabra otorgada a los sectores bancarios y al influyente lobby de la bolsa limeña, nombró al frente del Ministerio de Economía y Finanzas a Luis Miguel Castilla, de 42 años, tecnócrata y de perfil ortodoxo, que hasta esta semana ocupaba la secretaría de Hacienda del gobierno de Alan García. En la misma línea continuista, ratificó a Julio Velarde, del Partido Popular Cristiano, al frente del Banco Central. Velarde es un político conservador muy respetado por la comunidad académica –es profesor universitario en Lima- y por los inversores internacionales, que le adjudican la responsabilidad del mantenimiento de los índices de crecimiento sostenidos por el país en los últimos años (Velarde ocupa la presidencia de la máxima institución financiera desde 2006). Los mercados –que se desplomaron el día que ganó el ballotage frente a Keiko Fujimori- aplaudieron estas designaciones con una suba de casi el cinco por ciento en la Bolsa de Valores, que no se retrajo ni un sólo punto durante el recambio presidencial: Ollante se aseguró la fiesta. Los toledistas ocuparán el ministerio de Defensa, y colocarán a Kurt Burneo, uno de los principales economistas liberales del partido del ex presidente, en el ministerio de Producción.

ALEGRÍAS Y DECEPCIONES

Claro que, como no podía ser de otra manera, la composición de un gabinete de estas características (que ha sido denominado “de arco iris”, con una punta de sorna en la caracterización), y las pruebas de manifiesta vocación de orientar el gobierno por canales centristas, deja más lejos a sectores que esperaban estar más cerca. Si se han conjurado los temores de los altos empresarios, los inversores externos y la banca privada, también es cierto que los movimientos sociales y gremiales más progresistas, que lo apoyaron desde un primer momento, atraídos por su programa de cambio del modelo neoliberal, una mayor redistribución de las riquezas y una sociedad más igualitaria, llegan a la toma de posesión del nuevo presidente con más interrogantes que entusiasmo. Y se preguntan si aquella sutil refundación de la imagen del candidato, de la que hablábamos al inicio de esta columna, ha sido un paso táctico para asegurarse la gobernabilidad de su gestión, o si el pragmatismo –que siempre termina siendo funcional al statu quo dominante- será la auténtica marca del período que ahora comienza.

Por eso, el principal reto de Ollanta Humala, según él mismo lo ha expresado y según lo esperan sus aliados de antes y de último momento, es que consiga sostener el buen ritmo de crecimiento económico alcanzado por Perú, que en promedio orilla el ocho por ciento de aumento anual del producto, con baja inflación, exportaciones por 35.000 millones de dólares anuales, y acumulando más de 47.000 millones en las reservas del Banco Central. Y que, al mismo tiempo, consiga utilizar esa riqueza para disminuir la ancha brecha de la desigualdad, invirtiendo en programas de asistencia coyuntural inmediata y en planes de redistribución estructural en el largo plazo. Porque, en definitiva y a pesar de dos décadas de crecimiento a esas tasas tan altas y sostenidas, el Perú sigue siendo una de las sociedades menos equitativas del mundo, y un tercio de su población sigue sobreviviendo por debajo de la línea de pobreza. Todo un desafío.

 

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[ Periscopio – Magazine – Hoy Día Córdoba – viernes, 29 de julio de 2011  ]

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Asume Ollanta Humala y desprecia la Constitución de 1993 (29 07 11)

Perú inaugura un gobierno moderado en un acto polémico

Ollanta Humala provoca a la oposición al jurar por la Constitución de 1979  

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LIMA.- El líder nacionalista Ollanta Humala asumió ayer la Presidencia del Perú y dio inicio a una nueva etapa en el país andino, a la que definió como un tiempo donde el crecimiento se pondrá al servicio del equilibrio social.

Perú ha experimentado una larga bonanza económica, con aumento del producto bruto interno, inflación controlada y acumulación de reservas; sin embargo, esta mejoría en los índices macroeconómicos no han tenido un reflejo en la disminución de la pobreza, que sigue manteniéndose en un 30 por ciento de la población peruana.

Este punto ha sido central en toda la campaña política del flamante presidente, aunque en los tramos finales haya atemperado las aristas más radicales de su discurso, y frente a la segunda vuelta electoral, donde confrontó con la candidata populista Keiko Fujimori, accedió a negociar sus iniciativas con sectores de centroderecha y liberales.

Finalmente, estos sectores fueron determinantes para que Humala ganara el ballotage, pero impusieron al programa del nuevo gobierno moderación y compromiso de continuidad con las principales líneas del modelo económico vigente.

Esta exigencia continuista quedó plasmada en la última semana, cuando el presidente electo hizo públicos los nombres de las principales figuras con las que integrará su gabinete, en el cual destacan actuales funcionarios de la gestión saliente de Alan García, como también funcionarios cercanos a los equipos técnicos del ex presidente Alejandro Toledo.

El apoyo del partido de Toledo ha sido vital para asegurar la gobernabilidad de la nueva gestión, y le permitirá al presidente Humala contar con el respaldo de las mayorías legislativas imprescindibles para las reformas que planea implementar desde el Ejecutivo.

Precisamente a estas medidas le dedicó su discurso de asunción, tras recibir los atributos presidenciales de manos del presidente del Congreso. En una alocución centrada en su programa, Humala se comprometió a atender a ese tercio de la población que sigue viviendo bajo la línea de pobreza, “dedicaré mis energías a borrar de nuestra historia el lacerante rostro de la pobreza y la exclusión”, afirmó.

Volvió a repetir que mantendrá “una economía de mercado abierta al mundo”, pero con inclusión social, y actuando de inmediato sobre la coyuntura, anunció un aumento del salario mínimo del orden del 25 por ciento, y la puesta en marcha de programas de asistencia a niños y a personas mayores de 65 años en situación de pobreza.

Un polémico incidente alteró la toma de posesión, al decidir Humala jurar por “el espíritu, los principios y los valores” de la Constitución de 1979, haciendo explícito que no lo hacía por la reformada por Alberto Fujimori en 1993, aprobada luego del autogolpe que habilitó uno de los períodos más oscuros de la historia reciente.

Los diputados leales al ex mandatario populista protestaron a viva voz por el gesto, aunque éste no tiene más valor que el simbólico.

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¿Vuelve el PRI a México? (08 07 11)

¿Vuelve el PRI a México?

por Nelson Gustavo Specchia

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Las elecciones del domingo pasado, en tres estados de México, vinieron a corroborar una tendencia que se presenta sostenida en los últimos años: el paulatino –pero sólido- regreso del Partido Revolucionario Institucional (PRI) a las máximas instancias de gobierno. Un fenómeno político fascinante y complejo, que permite comprender muchas de las variables que cruzan el escenario del gigante país latino de Norteamérica, y que al mismo tiempo ofrece una perspectiva del futuro de mediano plazo mexicano. Porque si el PRI, que modeló la vida institucional desde la revolución, ha incorporado en esta década fuera del poder elementos modernizantes y democratizadores en sus estructuras internas y en sus líneas programáticas, su regreso al gobierno supondrá un avance cualitativo para la sociedad mexicana, que no tardará, también, en impactar en este nuevo tiempo de concierto y entendimiento regional latinoamericano. Si, por el contrario, el retorno de la vieja agrupación revolucionaria implica una vuelta al histórico clientelismo y a la identificación del partido con el Estado, que fue la deriva que sufrió el PRI tras setenta años en el uso exclusivo del poder, la democracia mexicana habrá dado varios pasos atrás, y esos pasos también impactarán –aunque de una manera negativa- en el contexto regional.

En las elecciones de este domingo el PRI arrasó, en lo que se presenta como un testeo del clima electoral nacional, aunque estuvieran reducidas a tres provincias: el estado de México (numéricamente el más importante del país); Coahuila y Nayarit, de menor relevancia. Pero en estos distritos ha vuelto a evidenciarse el sostenido crecimiento del viejo priísmo, que viene tomando forma al mismo tiempo –y casi con la misma velocidad- en que la imagen del actual presidente, Felipe Calderón, y del derechista Partido de Acción Nacional (PAN), caen estrepitosamente y sin perspectivas de detener esa caída en algún momento.

EL HIJO PRÓDIGO

Durante casi un siglo, el PRI fue la forma de la política desde California a Guatemala. Al final de las luchas y los enfrentamientos civiles de la Revolución Mexicana –una de las grandes revoluciones mundiales del siglo XX, junto a la bolchevique y a la china- los líderes guerrilleros zapatistas y los intelectuales afines a ellos decidieron consolidar una agrupación política que impusiera la paz, gestionara las estrategias de desarrollo, y asegurara la distribución de las riquezas de ese Estado naciente. Esa decisión, sin embargo, se encontró con unas condiciones de pauperización y atomización social, caciquismos locales y debilidades educativas que dificultarían el establecimiento de un sistema participativo y democrático formal en términos occidentales y modernos. Esa élite, por ello, fue creando una vía propia, por la que se aseguraban derechos sociales y económicos, aunque se resignaban derechos políticos. Una democracia social de partido único. Y el instrumento de esa idea fue el Partido Revolucionario Institucional, que como su propio nombre lo indicaba, era la utopía de afianzar de forma permanente (o sea, institucionalizar) un fenómeno político que por definición es momentáneo y fugaz (la emergencia revolucionaria).

En definitiva, tras lograr la paz social, en 1929 el PRI se hizo cargo del gobierno de los Estados Unidos Mexicanos, y se mantuvo en el poder hasta el año 2000. En un período tan largo, y sin una oposición real, el ejercicio –pero también el goce- del poder fueron minando las estructuras y los programas originariamente socialistas, y por esas grietas comenzó a filtrarse la corrupción, como en cualquier modelo totalitario. La lucha política no se daba en las instancias públicas, sino al interior del propio partido: al estar identificado con el Estado, ganar las internas partidarias implicaba, necesariamente, asegurarse la conducción del país. Al no estar controladas por los resortes constitucionales, estas disputas por el poder fueron haciéndose cada vez más violentas, e inclusive llegaron al asesinato de candidatos a la presidencia, ya para entonces demasiado parecida a un trono monárquico.

Además, la combinación entre partido único, luchas intestinas y corrupción, fue creando una clase social propia, integrada por la élite priísta, los caciques gremiales insertos en la estructura del Estado, y los altos funcionarios, que –al no haber recambios de administraciones- permanecían en ejercicio durante toda la vida. Y la distribución de favores y prebendas, junto a ciertas debilidades en las políticas macroeconómicas de desarrollo regional, y al crecimiento del narcotráfico, fueron abriendo una brecha entre los “dos Méxicos”. Y la brecha terminó con el dominio hegemónico del PRI en el año 2000.

FRACASO DE LA DERECHA         

Esa dualidad al interior social de un país inmenso se puso en evidencia, precisamente, en las últimas elecciones presidenciales. México es uno de los países más grandes del mundo, un gigante de dos millones de kilómetros cuadrados y con más de 112 millones de habitantes. Y en esta ingente masa de votantes, desde que el PRI fue desbancado por el “charro” Vicente Fox, los principales candidatos a la presidencia apenas logran diferencias de unos doscientos mil votos entre ellos. Dos mitades prácticamente idénticas, pero también antagónicas.

La derecha católica del PAN logró terminar con la hegemonía que el PRI había detentado durante 70 años, pero después de esa hazaña, prácticamente no hubo nada más. Para recuperar un tanto la iniciativa política, y para revalidar una presidencia muy cuestionada en su origen (apenas medio punto de ventaja sobre el candidato de la izquierda del PRD, Andrés Manuel López Obrador, que denunció el fraude), cuando Felipe Calderón reemplazó a Vicente Fox, decidió aumentar su legitimidad declarando la guerra al narcotráfico.

Enfrentar a los carteles de la droga, que utilizan la frontera mexicana como la principal plataforma para introducir cocaína y marihuana en Estados Unidos, era una medida que, sin duda, el gobierno debía asumir en algún momento, ya que una parte del país comenzaba a estar bajo el arbitrio total del “narco”. Pero fue una decisión efectista y mal calculada. No se midieron los riesgos y la capacidad real del enemigo interno, y Calderón no sólo no ha podido ganar esa guerra que declaró temerariamente, sino que ha estado a punto de perderla en varias ocasiones. Cargando sobre las espaldas la responsabilidad de matanzas masivas (más de 40.000 muertos desde la declaración de guerra al “narco”) y la instalación de un sistema de terror que no reconoce límites, y que en su encerrona sólo atina a matar cada vez más, el gobierno de Calderón transita un desgaste tan acelerado que, como pudo verse en las elecciones estaduales de este domingo, puede llegar a desaparecer como opción en las elecciones presidenciales de 2012. De hecho, ni siquiera tiene aún un candidato visible.

No hay vacío de poder, en todo caso. Lo que los mexicanos parecen estar diciendo en las elecciones regionales, es que prefieren un gobierno fuerte y con experiencia de gestión, a la improvisación de la derecha católica que durante esta década sólo ha conseguido ensayar alternativas que, a la larga, terminaron siendo vías muertas.

Si en esta década que ha estado fuera del poder, el PRI ha hecho un aprendizaje interno y está dispuesto a introducir mecánicas democráticas reales en un sistema abierto de partidos múltiples, su experiencia de gestión y el claro ejercicio de la autoridad lo dejan inmejorablemente situado para volver al poder en 2012.

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[ publicado en el suplemento Magazine, del diario Hoy Día Córdoba, viernes 8 de julio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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El ambiguo encanto de lo perdurable (06 03 11)

La monarquía, el encanto de lo perdurable

Por Nelson Gustavo Specchia

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La promocionada y recientemente galardonada película “El discurso del rey”, donde Colin Firth encarna al tartamudo Jorge VI de Inglaterra, entre sus múltiples lecturas permite una que empuja a reflexionar sobre algunos de los aspectos menos evidentes de la política contemporánea.

La historia, casi una obra de teatro donde Tom Hooper dirige el duelo actoral entre Firth y el brillante Geoffrey Rush, ofrece otra muestra más de la simpatía que todavía despierta en vastos sectores populares una forma de administrar y representar los asuntos políticos, que acumula en su prosapia tanta historia como la que acumula la política en sí misma. Porque la monarquía es, en efecto, la más antigua forma de conducción de grupos humanos que encontramos en la arqueología social. En las diversas formas que ha ido asumiendo en el transcurso de los siglos, sus vestigios pueden rastrearse hasta las primeras y más elementales disposiciones organizadas de las cosas públicas. Al punto que no han sido pocos los filósofos que, durante épocas enteras, llegaron a considerarla consustancial al género humano, de la misma manera que Aristóteles consideraba a la política integrante de la definición de hombre: “zoon politikon”.

Y esa simpatía de los auditorios hacia obras que se internan en los detalles cotidianos y prosaicos de personajes vinculados a la institución monárquica, viene a ratificar que la propia institución sigue gozando de una excelente reputación simbólica y buena salud social, a pesar de los cambios de tiempo histórico, de las revoluciones, de las filosofías sobre la igualdad humana, de los procesos de laicización, de la homogeneización de las clases, de la racionalidad moderna y de todos aquellos elementos que han ido acompañando el paso de la concepción del poder como emanado de una divinidad hacia una persona escogida por su diferencia, al poder como construcción colectiva delegada en representantes electos y con mandato acotado.

Un largo camino

Y la atracción y simpatía que despiertan las figuras de los reyes, aunque ya se asuma como algo normal que casi ninguno de ellos gobierne, es aún más llamativa en sociedades con nula tradición monárquica, como las americanas. Si bien en estas tierras también la figura del conductor individual dominando el vértice de la clase política (monarca viene de la palabra griega mónos = uno) fue un fenómeno vigente en la organización previa a la conquista europea, las historias nacionales, ese imaginario común construido desde las revoluciones de independencia en adelante, tuvo una impronta fuertemente republicana y antimonárquica (los enemigos eran los súbditos de un rey, los “realistas”). Inclusive algunos intentos marginales en esa línea, como la hipótesis de implementación de una dinastía indígena en el Río de la Plata; o la introducción forzada de un rey francés en México; y hasta la aventura de construir un reino euro-mapuche en la Patagonia, no pasaron de ser proyectos quiméricos, descartados de plano por las elites y los sectores populares, precisamente en base a aquella determinante impronta republicana de los orígenes revolucionarios del Estado.

Pero ni siquiera esa ausencia de tradición en la genética política americana ha logrado opacar la encarnación de la autoridad que se expresa en la figura de un rey o de una reina. Pensamos que esa carga de auto validación de los tronos reales tiene que ver, como apuntábamos más arriba, con la perseverancia, a través de las sucesivas capas históricas, de un modo de concebir el poder al interior de un grupo humano. Dejando de lado los períodos anteriores a la historia documentada, los más ancianos registros sobre un pueblo lo constituyen las biografías de sus reyes. En los albores de la civilización occidental, en las riberas del mar Mediterráneo, la conocida como “dinastía cero”, que precedió a la unificación del Alto y el Bajo Egipto por parte del faraón Menes, se remonta al siglo XXXII a. C. Haber sobrevivido a más de cinco mil años de historia le dan a la institución monárquica, y a los hombres y mujeres que la encarnan, un aura simbólica que no deja de ser fascinante.

En paralelo a las culturas mediterráneas, las listas reales sumerias, en el Oriente próximo, y el formidable y tan longevo sistema imperial chino en el borde del este, acumulaban una carga temporal similar. Pero al corazón de Europa, donde a la postre la institución monárquica hereditaria se iba a revelar más perdurable, llega –como las lenguas- con las migraciones védicas desde el subcontinente indio, que permearon a los pueblos celtas, griegos, germanos y latinos.

El trono y el altar

Siguió luego la desarticulación del imperio romano, y los largos mil años del Medioevo tutelado por la iglesia católica, que volvió a generar otra interpretación sobre el origen metafísico del poder del monarca: una lectura similar a la antigua, pero filtrada de elementos paganos. Y entonces, con el advenimiento de la modernidad comienzan las discusiones de fondo sobre la validez de un derecho divino que avalase una autoridad humana.

Y en este período, que coincide también con los inicios de un proceso de desacralización política y de secularización en diversos órdenes sociales, es interesante ver cómo la monarquía comienza a apelar a otras dimensiones de mediación para mantener su capital simbólico. En primer lugar, se intensifica la distancia que separa al gobernante del conjunto del pueblo (tronos más altos, utilización de plataformas sobre las que se ubica el rey en las audiencias, aumento de importancia de la Corte como resorte de amortiguación con el resto del grupo).

El siguiente elemento que entra en el escenario de perpetuación de la institución es la continuidad dinástica. Para acentuar la diferencia entre la familia real y el resto de los mortales, surgen las leyendas de la “sangre azul”. La aristocracia era tan desemejante, que por pertenecer a uno de estos clanes hasta otra sangre corría por sus venas. Más tarde, ya que la sangre era especial, se le fueron agregando atributos, como las capacidades taumatúrgicas de los soberanos: curar enfermedades por el simple contacto físico con su persona (el “toque real”), ungir las frentes con aceite para traspasar poder, legislar y administrar justicia sólo con la emisión de la palabra, perdonar (la “gracia”), distribuir propiedades (“merced”), o condenar. Y todo ello rodeado de un ceremonial y un boato encargado de remarcar –y perpetuar- las especiales diferencias a cada paso.

El historiador March Bloch, en su estudio Los reyes taumaturgos (2006), profundiza en esta hipótesis que comentamos, y encuentra que este supuesto poder sanador de los monarcas, que se extiende en el imaginario popular desde fines de la edad media hasta fechas tan recientes como 1750, sirvió eficientemente para mantener un nivel de legitimación de la institución monárquica como forma de gobierno, y su perpetuación en el tiempo, sobreviviendo a los cambios de humor social y a las filosofías políticas que la cuestionaban. El profesor Bloch afirma que la persistencia de la capacidad taumatúrgica –y con ella el trono mismo- obedece a la funcionalidad social de una figura igual a todos pero al mismo tiempo diferente de todos (“primus inter pares”), que desde su capacidad de sanación termina emitiendo una señal de tranquilidad y de confianza al conjunto del pueblo. A la función sanitaria (la creencia popular era que efectivamente tocar al rey sanaba) se agrega, concluye Bloch, la serenidad que depara la lectura colectiva de que el soberano –ese ser distinto y especial- está al servicio del grupo.

La tradición británica

Y este elemento, que fue tan bien aprovechado por el reyes taumaturgos, es el que más fuertemente persiste en el sistema político inglés. La sociedad británica es una cuna permanente de tradiciones. Cualquier costumbre medianamente repetitiva salta con facilidad a la categoría de tradición, y una vez allí se mantiene y es defendida como si fuera parte inherente y estructural del estilo de vida de las Islas, como llaman a su tierra (Europa, por cierto, es “el Continente”). Y cuanto más original, en el sentido de apartarse de las prácticas comunes y estandarizados, más defendible. Desde el sombrero bombín al paraguas como bastón, desde manejar por la izquierda a utilizar un sistema de pesas y medidas diferente al decimal, desde la libra esterlina al té de las cinco en punto: casi todos los usos ingleses están avalados por el peso de la tradición.

En este marco, la monarquía es la pieza angular del andamiaje tradicional. Todo lo que rodea al trono, y a la familia Windsor que lo ocupa, es central y crítico en el Reino Unido. Y esta apreciación es, inclusive, independiente de las posturas ideológicas que se asuman en forma personal: Inglaterra es uno de los pocos sitios donde se puede ser, al mismo tiempo, un militante socialista y un fiel monárquico, sin contradicciones ni cargos de conciencia.

La historia política mediata, tanto como la más reciente, son en la sociedad británica objeto de atención destacada por el común de los ciudadanos, y en ellas el protagonismo de figuras del entorno real es inexcusable. Henrique VIII y sus seis esposas; el rompimiento del rey con el papa de Roma; el reinado virginal de Isabel I y los tablados shakesperianos; los Estuardos convertidos en Hannover, y éstos convertidos en la casa real de Sajonia-Coburgo-Gotha; los más de 60 años de la reina Victoria en el trono, con el dominio de los mares, el colonialismo, y Jack el Destripador recorriendo las calles de Londes; Jorge V y la Gran Guerra; Eduardo VIII y la pérdida del trono por amor a la divorciada norteamericana Wallis Simpson; Jorge VI, su tartamudez y la segunda Guerra Mundial; Isabel II y sus hijos díscolos; la muerte de Lady Di en una calle de París; el antipático Carlos, príncipe de Gales, casado con su amante de siempre; la futura boda del príncipe Guillermo… Los “royal”, sus biografías, características y peripecias pautan el transcurso de la vida social inglesa. Y esa centralidad en el imaginario popular se refleja tanto en la literatura, como en la televisión y en el cine.

Puro teatro

“Lo tuyo es puro teatro / falsedad bien ensayada / esmerado simulacro”, reza el bolero que canta la Lupe en una película de Almodóvar. Y a ese rol ha marginado a la monarquía el avance de la modernidad occidental. El establecimiento de sistemas republicanos, desde la Revolución Francesa de 1789, marcó la tendencia política de la contemporaneidad moderna. Las casas reales con funciones de gobierno desaparecieron paulatinamente del escenario europeo, y hoy apenas subsisten algunos casos aislados en el mundo árabe (la dinastía alauíta de Mohamed VI en Marruecos, ó la casa de Saúd en la Península Arabiga). Los Estados europeos que no expulsaron (o guillotinaron) a sus reyes, los limitaron a funciones representativas, con estrechos márgenes de actuación marcados por Constituciones democráticas.

En el Reino Unido, donde la tradición parlamentaria se había desarrollado con mucha fuerza desde tiempo atrás, el rol político reservado al monarca es mínimo: la reina “encarga” al primer ministro que forme un Ejecutivo, abre formalmente las sesiones del Parlamento con un discurso escrito por el partido mayoritario, y nombra a los Lores que ha designado el gobierno con tres golpes de una larga espada sobre los hombros del beneficiario. Y poco más. Como enseña la teoría política británica, la reina no es la “parte eficiente” del gobierno, sino la “parte digna” del sistema. O sea, no es. Pero es.

Y es una figura central porque sus súbditos, independientemente de las ideas políticas que cultiven, parecen ver en su persona la continuidad de una institución que se mantiene idéntica a sí misma, en un entorno en el que todo cambia de manera incesante. Los tronos reales, en su ficcional realidad, quizás sean el último punto fijo, la última certeza política, cuando alrededor “todo lo sólido se desvanece en el aire”, según la definición de Marshall Berman.

En “El discurso del rey”, la película desde la que partimos para estas reflexiones, el monarca británico, Jorge V, ve venir nuevamente la guerra. En la Conferencia de Múnich, en 1938, Hitler se había salido con la suya, había ocupado los Sudetes, y la invasión de Europa era sólo cuestión de tiempo. La guerra volvería a cambiarlo todo, radicalmente, y el rey sabe que en ese contexto la estabilidad y la seguridad que simboliza el trono será un elemento crítico para atravesar la tormenta. Pero no se engaña: lo nuestro es puro teatro, le dice a su tartamudo hijo. No gobernamos, no intervenimos, nadie nos pregunta nuestra opinión. Somos actores, apenas. Y ni siquiera escribimos el guión que nos toca actuar. Pero esfuérzate por hablar bien y llevarles serenidad, porque todos, todos, estarán pendientes de la obra.

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Khaddafi, entre la resistencia y la Corte Penal Internacional (28 02 11)

Khaddafi se atrinchera en Trípoli acusado de crímenes de guerra

Las Naciones Unidas declaran la alerta humanitaria en la región, tras la huída de 100.000 libios por las fronteras. La oposición forma un Consejo para reemplazar al dictador. Estados Unidos involucra a los europeos en la ayuda.

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Libia ha comenzado a dar los primeros pasos para organizar una transición desde el régimen autocrático y personalista del coronel Muhammar el Khaddafi hacia una nueva institucionalidad, aunque sus características están aún lejos de presentarse en forma clara y definida.

En las ciudades de la costa oriental, después de varios días de estar fuera del alcance del gobierno central, el desorden propio de la “liberación” empieza a dar lugar a instancias de regulación urbana, que siguiendo la estructura social y cultural más tradicional en Libia, pasa por las instancias tribales. De esta manera, los referentes de las diferentes tribus en la mitad oriental del país han comenzado a dar forma a una administración provisional, que ha adoptado la denominación de Consejo Nacional, y al que aspiran ir incorporando a representantes de todas las zonas ocupadas por la oposición al régimen.

El centro de esta “Coalición Revolucionaria 17 de febrero” se ubica en Bengasi, la segunda ciudad del país, y el primer centro urbano de importancia en quedar en manos de los rebeldes. Si bien aún no se sabe con precisión qué características tendrá este Consejo, quién será su presidente ni por cuántos miembros estará integrado, constituye la primera instancia formalizada de la oposición al régimen y “tendrá a su cargo monitorear la transición”, según declaró su portavoz en Bengasi, Abdelhafiz Hoga.

Así, el centro de los enfrentamientos armados entre los que se mantienen fieles a Khaddafi y la vanguardia rebelde se ha trasladado al oeste, y se ubicaba en la víspera en las propias periferias de la capital, convertida en la última trinchera del gobierno. Según trascendidos difundidos por la cadena Al Jazeera, y por testimonios de los miles de libios que huyen del conflicto por los pasos fronterizos hacia Egipto y Túnez, los rebeldes ya habrían tomado el control de Zawiya, distante sólo 50 kilómetros de Trípoli, y se habrían hecho con la ciudad de Misrata, la tercera del país, expulsando a las fuerzas gubernamentales, compuestas por parte del ejército regular y por milicianos mercenarios contratados en los países del África subsahariana, como también pudo verse en videos caseros subidos a Internet.

De esta manera, además de la capital, el clan Khaddafi sólo controlaría las ciudades de Gadames, Sebha y Sirte, menos de una quinta parte del Estado.

Mientras tanto, la presión internacional sobre Khaddafi se ha acentuado fuertemente en las últimas horas. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) se avino finalmente a aprobar duras sanciones contra el gobierno libio, quitando toda legitimidad al coronel Khaddafi y sentando las bases para que sea acusado por crímenes de guerra en la Corte Penal Internacional de La Haya, según una resolución impulsada por Francia y Gran Bretaña, con el respaldo de Estados Unidos, y votada por unanimidad.

Por su parte, y luego de unos días de indefinición, el presidente estadounidense, Barack Obama, sostuvo que “Khaddafi debe irse sin más derramamiento de sangre”, y su secretaria de Estado, Hillary Clinton, reafirmó ayer que su país “está listo para ofrecer cualquier tipo de asistencia” a la oposición rebelde, y añadió que viajará hoy a Ginebra para reunirse con los cancilleres europeos y los aliados árabes, en orden a coordinar acciones conjuntas contra Trípoli.

Mientras trascendía un millonario depósito de casi 5.000 millones de dólares que los testaferros de Khaddafi realizaron en Londres, que fue interpretado como una preparación del dictador para abandonar el país, su hijo Saif el Islam afirmaba en Trípoli, por el contrario, que el mandatario se encuentra “de buen humor”, que el grupo dirigente se encuentra “con la moral alta”, y que el régimen está seguro de aplastar la insurgencia, a los que calificó de “terroristas”.

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“Al Qaeda no está detrás de la revuelta libia”, entrevista en Cadena 3

“Al Qaeda no está detrás de la revuelta libia”

Entrevista a Nelson G. Specchia en Cadena 3,

por Pablo Rossi

 

 

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Trípoli se prepara para resistir una invasión desde el Este (23 02 11)

El gobierno de Khaddafi intenta recuperar las ciudades del Este

Un sector de las fuerzas armadas libias se habría sumado a la revuelta popular

El alzamiento popular que azota el cerrado régimen autocrático del coronel Muammar el Khaddafi en Libia parece avanzar hacia una insurrección cívico-militar, con epicentro en las ciudades del este del país.

Si bien toda comunicación periodística directa sigue negada, las filtraciones que los ciudadanos particulares alcanzan a enviar por medio de los teléfonos celulares, los mensajes de texto y los videos caseros, parecen indicar que a las columnas de manifestantes opositores que se habían concentrado en Bengasi, la segunda ciudad del país, se sumaron elementos militares, con los cuales la relación de fuerzas habría cambiado hacia el sector opositor.

Además de los coroneles huidos con sus aviones hasta Malta, el diario libio Quryna afirmó que varios pilotos se tiraron en paracaídas y dejaron estrellar sus aviones en el desierto, para no cumplir la orden de Khaddafi de bombardear Bengasi.

En medios de prensa europeos, inclusive, en la tarde de ayer se difundían videos que mostraban ciudades enteras “liberadas” del control gubernamental. En la plaza central de Tobruc, en la costa mediterránea del oriente libio, una multitud celebraba la victoria sobre los militares leales al gobierno, en un entorno de edificios incendiados y en medio de un clima revolucionario.

El alzamiento, inclusive, ha adoptado una nueva bandera: negra, roja y verde con la media luna y la estrella, la primera enseña de la Libia independiente, antes de que el coronel Khaddafi se apropiara, prácticamente de una manera personal, de todos los mecanismos del Estado.

En Trípoli, ante el supuesto quiebre en la lealtad de las fuerzas armadas, el gobierno convocaba ayer a milicias civiles fieles, y las desplegaba en las principales entradas a la ciudad. La estrategia parecía preparar a la capital para una eventual resistencia ante sectores de la revuelta que vengan desde la mitad oriental de Libia.

Los opositores, en cualquier caso, estarían en las cercanías de la ciudad, ya que anunciaron que en la víspera habían tomado Misrata, ubicada solamente a 200 kilómetros al este de Trípoli.

El paradero del líder libio se desconoce (se habría atrincherado en la base militar Bab al Asisiya), y los miembros de su familia que intentaron escapar hacia Malta y Líbano, no obtuvieron permiso de aterrizaje y debieron volver a Trípoli.

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Un discurso “a lo Mubarak” desde Trípoli (22 02 11)

Khaddafi anuncia su continuidad y llama a defender la revolución

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La ONU espera que miles de refugiados huyan por las fronteras.

Alemania amenaza con sanciones. Se reúne de emergencia el Consejo de Seguridad.

El barril de crudo Brent alcanza los 108 dólares y sigue en alza.

La Federación Mundial de Derechos Humanos cifra entre 300 y 400 las víctimas fatales.

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Los disturbios que sacuden a Libia en las últimas semanas tuvieron en la víspera un punto de inflexión, con el discurso televisado del líder del régimen, Muammar el Khaddafi.

Al día siguiente que la oposición en el exilio denunciara que el gobierno había bombardeado barrios enteros de las principales ciudades, incluida la capital, Khaddafi apareció en el balcón de las ruinas de la que fuera su residencia oficial en Trípoli, un edificio que sufrió el ataque de la aviación norteamericana en 1986, y que no se ha refaccionado para preservarlo como “memoria de la agresión extranjera”.

Durante más de una hora, en la que leyó largos trozos del código penal vigente, el dirigente descartó abandonar el gobierno, y fustigó a quienes protestan contra él, amenazándolos con la aplicación de la pena de muerte por traición, tal como establecen las leyes.

Khaddafi afirmó que no piensa moverse de Trípoli, desde donde resistirá y, si es preciso, morirá “como un mártir”. A renglón seguido, el mandatario exhortó a los jóvenes a seguir su ejemplo y a salir a la calle a defender este régimen sin preocuparse por sus vidas, “la revolución significa el sacrificio continuo hasta el final”, afirmó.

En su interpretación, las protestas en demanda de mayor apertura política que desde hace una semana toman cuerpo en Libia, el país más hermético y aislado internacionalmente de todo el norte de África, responden a intereses espurios, como el de favorecer la instalación de un régimen islámico que justificaría, a la postre, una intervención militar norteamericana; al tiempo que no ahorró calificativos para quienes salen a la calle a protestar, a los que llamó “ratas”, “bandidos”, “alucinados” y “terroristas”, insistiendo en que con ellos no habrá indulgencia y serán sometidos a la pena capital.

También hizo un lugar en su mensaje para referirse a los medios de comunicación. Toda la prensa extranjera está prohibida en Libia, y los servicios de Internet cortados desde el viernes pasado.

Sólo funciona, de una manera irregular, la cobertura de teléfonos celulares y desde ellos, miembros de la sociedad civil envían mensajes de texto, fotos y pequeños videos, que son retransmitidos por la agencia qatarí de noticias Al Jazeera.

Esta cadena parecía estar en la mente del dirigente libio al condenar a los “medios de comunicación retrógrados y traidores” que tergiversan los hechos de la movilización en las calles.

Aunque Muammar el Khaddafi lleva 42 años al frente del poder en Libia, desde que siendo un joven capitán de 29 años participara en el derrocamiento del rey Idris e instalara la Gran República Jamahiriya, en el discurso de ayer prometió a los jóvenes que transformará el país: prensa libre, Internet y acceso a las redes sociales, y promoverá la redacción de una Constitución para el Estado.

Desde su creación, toda la mecánica institucional del país pasa por un equilibrio de pactos tribales supervisado vertical y personalmente por Khaddafi. A partir de mañana “crearemos una nueva ‘Jamahiriya’”, les prometió al final de su discurso.

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