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Rebelde Tahrir (22 11 11)

Rebelde Tahrir

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por Pedro I. de Quesada

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Algo huele a podrido, y no precisamente en la húmeda Dinamarca, sino en las tórridas arenas del desierto egipcio.

La plaza Tahrir, que hace nueve meses le puso su nombre a una de las más esperanzadoras revoluciones de la “primavera árabe”, ha vuelto a llenarse de gente: 50.000 personas reclamando a grito pelado que los militares se alejen del poder y no condicionen el proceso democrático.

Han sido gestos osados, que muchos –quizá 20, 30 o quizás más- pagaron con su vida, y muchos más -700 u 800- con golpes, gases, torturas y heridas.

También han sido gestos confusos: cuando en las revueltas de principios de año el “rais” Hosni Mubarak ordenó aplastar la concentración de Tahrir a sangre y fuego, el hombre fuerte del Ejército, el mariscal Husein Tantaui, se negó a reprimir; lo que significaba mostrarle la puerta de salida a todo el régimen. La gente en la plaza vitoreaba a los soldados, y Tantaui se comprometió a convocar a las elecciones constituyentes, que deberían celebrarse el próximo 28 de noviembre, aunque ahora quién sabe.

¿En qué momento los militares comenzaron a dudar sobre seguir impulsando un proceso democrático? Algunos amigos europeos con mucho conocimiento del terreno (y que escriben desde El Cairo en estos días), me dicen que las alarmas saltaron cuando quedó claro que en las elecciones parlamentarias –las primeras que vivirá Egipto en más de medio siglo- y las generales que les seguirían –supuestamente a fines de 2013- las ganaría abrumadoramente el islamismo político de los Hermanos Musulmanes, incluyendo los sectores wahabíes del salafismo más radical.

Los islamistas ya han adelantado que pretenden establecer un Estado musulmán, regido por la “sharia”. Y como en Turquía (y este es uno de los elementos más difíciles de comprender en Occidente), en Egipto el Ejército es el garante del carácter laico del Estado.

Invocando precisamente esta misión, los hombres fuertes del Ejército vienen ocupando la primera magistratura desde el destronamiento del rey Faruk: fueron generales tanto Gamal Abdel Nasser, como Anwar el Sadat y el recientemente desplazado Mubarak.

¿Ha decidido el general Tantaui seguir esa línea de camaradas de armas para frenar la llegada de los “barbudos” al poder?

Un gobierno islamista en el gran país de África forzaría a un cambio en la relación de fuerzas en la región, especialmente con el vecino Israel y con los más vecinos –pasos fronterizos comunes de por medio- palestinos de Hamas en Gaza. Ante la muestra de fuerza numérica de los islamistas, sectores de la izquierda democrática egipcia se han acercado a los militares, nuevamente vistos como la última barrera para impedir una teocracia fundamentalista.

En todo caso, ¿cómo hacerlo sin derivar hacia un nuevo período dictatorial en plena emergencia democrática?

Los muertos y los heridos de Tahrir tumbaron ayer al gobierno provisional, y Egipto entró en un compás de incertidumbre. Pero con mucho olor a podrido.

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 22 de noviembre de 2011 ]

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Twitter:   @nspecchia

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Túnez, el suave aterrizaje del Islam

Túnez, el suave aterrizaje del Islam

por Nelson Gustavo Specchia

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La pequeña república magrebí de Túnez vuelve a ponerse al frente de los procesos de cambio que vienen moviendo las estructuras políticas del Norte de África y de Oriente Medio, en lo que ya conocemos todos como la “primavera árabe”. En las recientes elecciones, convocadas para conformar una asamblea constituyente que provea al Estado, por primera vez desde su independencia de Francia en 1956, de una Constitución democrática, han vencido claramente las corrientes islamistas. El interrogante que abre este resultado es si con él también Túnez viene a marcar una tendencia en el rumbo de la región.

Porque en Túnez comenzó todo, y no porque la acumulación de corruptelas y equívocos que las dictaduras árabes del Magreb –apoyadas sustantivamente por Occidente- hubieran tenido en este pequeño país de la costa sur del Mediterráneo unas condiciones diferenciales. Quizás solamente la gota que rebalsó el vaso de la paciencia cayó en Túnez, y una vez que el derrame se inició ya fue imparable. Esa gota, dolorosa, fue la radical protesta del joven ingeniero informático –y eventual vendedor callejero de frutas- Mohammed Bouazizi, que el 17 de diciembre del año pasado, ante la brutalidad policial que había destrozado el carrito con que intentaba ganarse la vida después de haberlo intentado todo, en un mercado laboral cerrado a cal y canto y en una sociedad sin horizontes de cambio ninguno, se prendió fuego. Su rebeldía desesperada rebalsó los diques que contenían tantas situaciones similares, en el entorno de un sistema político feudalizado, donde a la “dictadura blanda” de los treinta años de Habib Bourguiba, le había sucedido la dictadura más extrema, familiar y cleptocrática de Zine el Abidine ben Ali y su mujer, Leila Trabelsi.

Las masas tomando las calles, románticamente designaron “revolución de los jazmines” a sus protestas, pero la fuerza real que manifestaban empujó a Ben Ali a subirse a un avión (su esposa Leila lo llenó, previsoramente, de una tonelada y media de oro) y partir hacia el exilio en Arabia Saudita. Entonces comenzó el contagio: Egipto, Yemen, Bahrein, los rebeldes de Libia, los opositores monárquicos de Marruecos. Túnez había marcado el comienzo, y nadie está seguro de marcar todavía el final.

EL FANTASMA RELIGIOSO

En el discurso de auto justificación de los dictadores que la “primavera árabe” está barriendo, siempre ocupó un lugar importante el considerarse a sí mismos como la última barrera frente al fundamentalismo islámico. Había corrupción, apenas unos barnices de democracia y violaciones a los derechos humanos en sus regímenes, pero todo eso era un precio módico que había que pagar para impedir el mayor de todos los males: que los partidos religiosos llegasen al poder, y con ellos la imposición de la “sharia” (la regulación de las conductas sociales mediante los preceptos coránicos) hacia el interior de las sociedades, y la más que probable enemistad con los países occidentales (con la consecuente suspensión de las exportaciones de hidrocarburos hacia ellos) como principal consecuencia externa.

El argumento de “freno del islamismo radical” comenzó a debilitarse hace ya tiempo, a medida que se conocían detalles sobre el complejo entramado de agrupaciones en que se dividía el Islam político, que el simplismo intencionado de las dictaduras había intentado meter en la misma bolsa. Y también con el resultado de algunas experiencias de partidos islámicos no radicales en el poder, principalmente con el AKP de Recep Tayyip Erdogan y Abdullah Gull en Turquía.

Ahora, en ese universo aparece el islamismo moderado del tunecino En Nahda (El Renacimiento), y arrasa en las elecciones a la convención constituyente, en lo que puede ser una nueva señal del rumbo de los sistemas políticos saneados tras las revueltas de la “primavera árabe”.

CLAVES DE UN RENACIMIENTO

Bajo el régimen de Ben Ali, y como parte de aquel discurso de auto justificación al que acabo de aludir, todo lo que oliese a islamismo estaba proscripto y prohibido. Los principales dirigentes de esos sectores, por lo tanto, llevaban décadas en el exilio, y no había ninguna estructura –no sólo ningún partido político, tampoco ninguna organización no gubernamental- sobre la cual apoyarse para plantear una alternativa. O sea que el nombre del partido tunecino hace referencia concreta a un volver a nacer, a un surgimiento desde la nada, tras casi sesenta años de laicismo obligatorio. Sin embargo, en apenas nueve meses, el movimiento En Nahda ha conseguido estructurar un nuevo discurso, que combina dosis de tradicionalismo con otras de modernidad, y lo ha articulado en una clave de mesura –sin convocatorias a revanchismos ni venganzas- que ha dado en la tecla y empujado a un apoyo social mayoritario.

En las elecciones a la constituyente del pasado 23 de octubre, En Nahda se alzó con el 41,47 por ciento de los votos totales, prácticamente la mitad del padrón, y a casi un 30 por ciento de distancia de la segunda fuerza, el partido Congreso para la República, de centro izquierda. Así, en la futura Asamblea Constituyente, que tendrá 217 escaños, los islamistas de En Nahda ocuparán 90 lugares; el Congreso para la República tendrá 30 asientos; y Ettakatol, la tercera fuerza más votada, 21 escaños.

Y aquí parece haber otro elemento que da una pauta del nuevo comportamiento del electorado: además de la sorpresa de la clara mayoría de En Nahda, las principales fuerzas de oposición son partidos que no hicieron campaña contra el islamismo. En cambio, la oposición tradicional, que sigue repitiendo el viejo argumento de que no hay islamismo moderado posible, y que hay que parar a los religiosos de cualquier manera, porque detrás de ellos vendrán los barbudos a lo talibán y la imposición de la “sharia”, fueron censurados por el voto popular. Las dos principales agrupaciones del frentismo anti islamista, el Partido Democrático Progresista (17 escaños), y el Polo Democrático (5 escaños), han sufrido un castigo en las urnas.

Además de la contundente victoria en las opciones políticas generales –esto es, sobre el rumbo y las formas que debería adoptar el Estado a partir de ahora- los islamistas de En Nahda han demostrado su inserción en todos los estratos sociales, y su llegada a los diferentes agregados geográficos, lo que también termina con el preconcepto de que las ciudades –donde se concentran los sectores más educados de la población- eran laicistas, y que la adhesión a opciones políticas vinculadas a la religión estaba relegada a las zonas rurales, más pobres, tradicionalistas y conservadoras. En Nahda, por el contrario, fue el partido más votado en todas las circunscripciones electorales, incluyendo algunas de la ciudad de Túnez, la cosmopolita capital, que se consideraba el terreno político de la oposición socialdemócrata laica.

Que un partido que proclama claramente su adscripción islámica haya sido la opción elegida por los sectores progresistas, en detrimento de las fuerzas usuales de la centro izquierda, tiene mucho que ver con las maneras en que En Nahda articuló su discurso, en el espacio de poco más de medio año. El hecho de que haya aceptado sin restricciones la imposición de paridad de género en las listas electorales, las referencias permanentes al “modelo turco”; las posturas conciliadoras con los sectores que estuvieron más cerca del régimen de Ben Ali; la seguridad de que el modelo de desarrollo y de que la economía de mercado no serán cuestionados; y una manifiesta relación de cooperación con Occidente; han terminado por alejar el fantasma de los barbudos a lo talibán, y de convencer a la mayoría de tunecinos que la coexistencia entre régimen democrático y republicano moderno, con preceptos religiosos y usos y costumbres que hacen a su identidad, es factible.

Las elecciones de fines de octubre cierran la “revolución de los jazmines”, y abren una nueva etapa, la de transición hacia un sistema democrático en el marco de un Estado de derecho. Si los islamistas moderados tunecinos consiguen conducir ese tránsito, estaremos ante un fenómeno realmente novedoso de la política internacional, y ante todo un nuevo escenario de posibilidades para Medio Oriente y el Magreb.

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[Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 4 de noviembre de 2011]

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Twitter:   @nspecchia

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Turquía, con rumbo oeste (17 09 10)

Turquía, con rumbo oeste

por Nelson Gustavo Specchia

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Cuando llegué por primera vez a Estambul era de noche. Desde las ruinas de Pompeya habíamos embarcado en el puerto de Bríndisi –desde donde partió al exilio el poeta Virgilio- hacia Grecia, y un lento y largo tren, con campesinos con chivas y gallinas y bolsas de pan y verduras, nos había traído hasta la vieja Constantinopla desde Atenas. Las primeras horas en Estambul, esa primera imagen que siempre es tan importante para embeberse de los nuevos escenarios, despertaron en nosotros la idea de la “diferencia” turca. No identificábamos bien qué, o dónde estaba esa diferencia que se nos aparecía tan radical y al mismo tiempo tan confusa, y con el paso de los días esa sensación primera se fue asentando al confirmase a cada paso: los turcos eran iguales a todo ese mundo mediterráneo que veníamos recorriendo durante meses, pero al mismo tiempo eran radicalmente diferentes. ¡Pero si hasta para negar mueven la cabeza hacia arriba y hacia abajo, con el gesto que todo el mundo utiliza para asentir!

Estas impresiones intuitivas, de contacto vivencial con entidades culturales diferentes a los estándares de estudio en sociología política y en relaciones internacionales, pueden servir para ilustrar los problemas a los que nos enfrentamos al momento de analizar los enormes cambios actuales en la estructura del sistema de gobierno en la República de Turquía; en las implicancias que se derivan de estas alteraciones del rumbo ejecutadas por la conducción del gigante que cabalga entre Europa y Asia; en la crítica importancia que para todos reviste la experiencia turca, en una coyuntura global de resignificación de los factores religiosos en la política; y en los actores que encarnan esa transformación. Porque Turquía es tan diferente, que aquí los progresistas y democratizadores sociales son los conservadores religiosos, y los que se oponen al cambio y a la modernización de las estructuras son los socialdemócratas laicos. Como el gesto de negar o asentir, exactamente al revés que en el resto del mundo.

LIMPIAR LA CONSTITUCIÓN

El domingo de esta semana, 12 de septiembre, el gobierno turco sometió a plebiscito popular la reforma de la Constitución, y su propuesta ganó por porcentajes abrumadores. El ejecutivo de Ankara está encabezado por el primer ministro Recep Tayyip Erdogán, y la figura de representación del Estado reposa en el presidente Abdullah Güll. Esta dupla de políticos encarna la nueva élite dirigente turca: intelectuales, cultivados, políglotas, republicanos, demócratas, occidentalizados, liberales y capitalistas; pero, al mismo tiempo, musulmanes convencidos y religiosamente practicantes, dispuestos a reinsertar una agenda de contenidos islámicos en la vida social y en la práctica política. Esa combinación de elementos es, desde cualquier punto de vista y de experiencia regional en los países árabes de Oriente Medio, una arriesgada apuesta original.

Cuando los militares nacionalistas dan un golpe de Estado contra el antiguo orden del Imperio Otomano, en 1923, y capitaneados por el general Mustafá Kemal –Atatürk- fundan la moderna República de Turquía, entienden que su principal enemigo es la identificación entre orden político y orden religioso. Por lo que imponen el laicismo obligatorio, desterrando las prácticas obligatorias del Islam de toda la vida pública, desde los elementos profundos, sistémicos, hasta los más superficiales, como la vestimenta: nada en la vía pública, en las escuelas, en las universidades, en las oficinas gubernamentales puede hacer referencia a la religión mahometana.

Y Atatürk, militar al fin y al cabo, encargó a sus colegas del ejército la tutela de este laicismo obligatorio, que ya se apresta a cumplir noventa años. Pero la cultura popular, especialmente desde la Turquía profunda, rural, la que viene desde los amplios llanos de Anatolia (y, por ello, adentrada en la geografía, los usos y los modos asiáticos) se ha resistido desde siempre a esta imposición forzada de los militares kemalistas. Éstos, a su vez, tomándose la “tutela” encargada por Atatürk muy en serio, han provocado varios golpes de Estado durante el siglo XX para preservar la pureza laicista del país. Aquí es donde aparecen Erdogán, Güll, y la nueva generación de políticos, con la novedad del intento de armonización entre republicanismo democrático y respeto religioso. Pero, ¿la democracia liberal –occidental y moderna- puede ser compatible con el Islam?

CABEZA DE TURCO

Los militares kemalistas siguen diciendo que es imposible, y los apoyan todos los partidos del arco que, en nuestros esquemas, consideraríamos la izquierda, encabezada por el laicista Partido Republicano del Pueblo (CHP, por sus siglas en turco), vinculado a la socialdemocracia internacional.

Pero Erdogán y Güll tienen la cabeza dura y son persistentes, desde su juventud universitaria. En 2001 crearon el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP, Adalet ve Kalkinma Partisi) y desde esa militancia avanzaron a pesar del veto militar y judicial permanente, y han logrado finalmente arrebatar a los laicistas la iniciativa política y el mayoritario apoyo popular. En las clasificaciones a las que estamos acostumbrados, el AKP sería un partido conservador, islamista moderado, de centroderecha; al que se podría comparar con la democracia cristiana o el Partido Popular europeo. Para el contexto turco, en cambio, la agrupación en el gobierno encarna las ideas más de avanzada, reformistas y progresistas.

Porque las reformas constitucionales sometidas a referéndum este domingo sólo pueden ser comprendidas en ese sentido. La actual Constitución data de 1982, redactada por una Junta Militar que se había hecho con el gobierno tras uno de esos múltiples golpes de Estado (el de 1980), con que los militares kemalistas ejercieron la “tutela”. La reforma propuesta por Erdogán contempla la modificación de 26 artículos de la Carta Magna, que en su conjunto suponen supeditar el poder militar al civil, terminar con la impunidad jurídica de los generales golpistas mediante la aplicación de la jurisdicción civil para los delitos cometidos por uniformados. Por otro lado, avanza con la reforma de la judicatura, el otro sector –además del ejército- donde se ha atrincherado el nacionalismo laicista. Y, por último, legisla sobre la protección de los derechos civiles y de las minorías: otorga el derecho de huelga a los empleados públicos y el acceso a los convenios colectivos; explicita el derecho a la privacidad; e incorpora artículos sobre la protección de los colectivos sociales más vulnerables. Un auténtico programa progresista y democratizador, llevado adelante por islamistas moderados.

EUROPA COMO BALANZA

Además de terminar con la “tutela” militar interna, la dupla Erdogán-Güll busca afanosamente adecuar los estándares legales y jurisprudenciales a los parámetros de Occidente, porque el ingreso de Turquía a la Unión Europea sigue siendo la principal baza de su política exterior. Con la reforma constitucional aprobada el domingo, tanto el francés Nicolás Sarkozy como la alemana Ángela Merkel, los dos principales oponentes al ingreso turco, se quedan sin una parte importante de sus argumentaciones.

Y el referéndum, además, y aunque no lo mencionara explícitamente en las papeletas, ha implicado un plebiscito sobre la propia gestión del ejecutivo, sobre la agenda del gobierno, y sobre la prioridad en la orientación de las relaciones internacionales hacia el Oeste. De los 72 millones de habitantes del gigante turco, casi 50 millones integran el padrón electoral (y dos tercios de esa población tienen menos de 30 años). Con una participación cercana al 80 por ciento del padrón, prácticamente el 60 por ciento apoyó la reforma constitucional planeada por el AKP. Una mayoría abrumadora que, al mismo tiempo, deja a Recep Tayyip Erdogán en inmejorables condiciones para volver a presentar su candidatura a un tercer mandato, en las elecciones generales del año que viene.

En todo caso, a pesar de estos apoyos mayoritarios, y si de verdad la élite del AKP no oculta una agenda de “reislamización” de Turquía, el primer ministro (al que los medios de prensa opositores en Estambul ya llaman el “sultán”) debería recordar que en Occidente la república y la democracia requieren de la pluralidad de opciones y de la alternancia en el poder. También debería recordárselo la Unión Europea, a la que con tanta ansia aspira ingresar.

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nelson.specchia@gmail.com

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