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Once de Septiembre

 

 

Once de Septiembre

    

Oscura lluvia, vendaval de luna.
Rostro furioso, en eterna querella
al santoral estático de la tierra.
Ministro fuerte en tierra fuerte,
mente ágil y pulso lúcido
en el comando de la campiña
y en La Moneda de la resistencia.
Hombre adusto de una América viva,
de una sangre urgente de justicia,
de vientres ansiosos de pan y leche
menguados ahora en cobre y en sal.
Testarerro de la libertad
aposentada en paz húmeda
que las brisas del mar grande empañan.

 

Tierra de trigo y trigo de pueblo:
emblema de sueños contados
por mil cien bocas famélicas
y por mil hijos de mil cien bocas;
bandera recta que la Unidad Popular
y tú, su abanderado, logró levantar.
Quién recibe un nombre
recibe también un destino,
pensaron los hombres
y las mujeres de Chile.
Salvador, qué humildad en galas
tu rostro cansino muestra.
Salvador: ni metal para la Minning
ni carne para las salas.
Salvador: el pez, para quien lo pesque;
el río, para el que lo navegue.
Salvador: que se parta el látigo
que hostiga al salitrero.
Salvador: que se rompa el grillete
que encadena a la madera.

 

Quién recibe un nombre
recibe también un destino,
decidieron los hombres
y las mujeres de Chile.
Salvador: ni tierras de nadie
ni nadie sin tierras.
Salvador: que la idea sea un albatros,
que la palabra sea gaviota.
Salvador: Chile para Chile,
Chile para los chilenos.
Salvador: mar con sol y combate,
cielo y arena de mudanza.
Salvador: La Moneda sin smoking
y Santiago sin galera.
Fuerza, camarada, le dijo Pablo el poeta.
Fuerza, compañero, se murmuraba
a voces en las poblaciones.
Fuerza, presidente, el murmullo
recorría del Estrecho hasta Atacama.

 

Que el nombre y el destino se quiebren,
fue la orden dada en un norte lejano,
que afloró en el sur como el ultraje de la infamia.
Merino, Mendoza Durán,
Ruíz Danyau, Leigh Guzmán,
Bonilla, Pinochet Ugarte,
Gallegos Alonso, Araya Ugalde,
y cien sables de cotillón más
que confundieron sus estrellas
y la grande, por las que flotan
en el paño de otra patria.

 

Te veo como un titán
suave de lentes gruesos,
te veo doliendo dieciocho
gritos sordos
en las rocas de fuego y de muerte
que los hawker hunter están dejando caer.
Te veo sintiendo las llamas en Los Cerrillos,
el repique letal en la Universidad.
Te veo presintiendo la tragedia del Estadio,
los cañones frente a la Casa,
la desigual lucha en la ciudad.
Te veo llorando en el sillón
donde tu pueblo te mandó sentar.
Te veo respondiendo a los sherman
con la pistola del Fidel.
Te estoy viendo, por fin, en la firme despedida:
Y tienen la fuerza, podrán avasallar,
pero no se detienen los procesos sociales
ni con el crimen ni con la fuerza.
Más temprano que tarde
se abrirán, de nuevo,
las grandes
Alamedas.

 

Y se avasalló.
Y el crimen fue genocidio.
Ahogaron en tu sangre la revolución,
pero el pueblo, Salvador,
no abandona tu nombre
ni su destino.
 
 

  

(11 – 09 – 1984)
 
 
 
 
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Glauce Baldovin, una voz púrpura (24 06 11)

Glauce Baldovin, una voz púrpura

por Nelson Gustavo Specchia

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En la segunda mitad de los años ochenta, en una Córdoba que se despertaba –tímidamente aún- de una noche larga de horror político, en la pequeña cantina del Paseo de las Artes conocí a una mujer suave, de piel tersa, ojos grandes y un cabello enmarañado. Unos rasgos más propios de una abuela poco delicada que los de una poeta potente y feroz, como la que apareció desde dentro de ella a continuación: una voz fuerte y clara que comenzó a desgranar poemas profundos, cáusticos. Letras de dolor y de ira, de denuncia, de arrebato. Pero también de una ternura insólita, versos quebradizos, de una frágil levedad. Era Glauce Baldovín, y ya comenzaba a ser un mito. Habíamos ido a conocerla, aquella noche, asaeteados por una amiga común, Eugenia Cabral, otra grave mujer de las letras cordobesas.

Eugenia nos había advertido: Glauce tiene problemas, el alcohol le juega malas pasadas a veces y tiene sus temporadas, pero su poesía logra bajar a los infiernos y subir indemne; alguna vez ella sola será un capítulo entero de la literatura hecha en Córdoba. Y Eugenia no se equivocaba. Glauce entró y salió de neuropsiquiátricos los años que siguieron, y el alcohol y el dolor le siguieron jugando malas pasadas hasta su muerte, en 1995. Pero dejó atrás una obra grande y sólida, y sólo en parte conocida. Desde ayer, por fortuna, una parte de ese caudal poético vuelve a salir a la calle y a las nuevas horneadas de lectores. Por fortuna, digo, porque además del hecho estético inherente a un nuevo libro de poesía, la producción literaria de Glauce Baldovin se mixtura permanentemente con la historia política y de las luchas sociales cordobesas.

Una historia que aún no se ha terminado de escribir, y a la cual aquella voz potente y feroz de Glauce tiene una nota propia para aportar. Ayer, en el renovado espacio céntrico del “panal” de Rivera Indarte 55, rebautizado ahora como “Museo de las Mujeres” y abocado a impulsar diversas actividades culturales y de políticas de promoción de género, se presentó el volumen Poesía Inédita Reunida, que rescata todas las hojas sueltas y los cuadernos manuscritos de poemas que el tiempo, el dolor y la locura no le permitieron a la poeta cordobesa publicar en vida.

 VERSOS Y MILITANCIA

Glauce Baldovin había nacido en Río Cuarto, en 1928, y desde temprano entendió la creación literaria indisolublemente asociada a la militancia social y política. Un compromiso y una actitud que le trasmitió también a su hijo y que, con la tormenta autoritaria que asoló nuestra tierra en la segunda mitad del siglo pasado, a la postre tanto contribuiría con su desgracia. Pero a pesar del dolor, nunca se arrepintió de aquellas elecciones tempranas. Al final de su vida, cuando ya había puesto en paz a los fantasmas, afirmaba con aquella voz, que yo siempre asocié con el color rojo escarlata: “Sigo odiando el miedo, la culpa –decía-, sigo amando la solidaridad, el asombro y la ternura. Y también sigo firme con mis ideas”. Esas ideas eran las de un socialismo visceral, comunitarista, igualitario, distribuidor. Formalmente, se enroló en el Partido Comunista, pero lo abandonó poco después. Para 1965 había renunciado al PC y se había acercado al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), aunque la heterodoxia y la rebeldía –tan clara en sus poemas- siempre fueron más fuertes que las estructuras partidarias por las cuales intentó expresar su militancia. Así tituló, inclusive, uno de sus poemarios más conocidos, La militancia, que pone de manifiesto aquello que mencionaba arriba, sobre la permanente mixtura entre letras y expresión vital de ideas en la obra de Glauce.

La Casa de las Américas, en La Habana, le otorgó en 1972 su premio mayor, uno de los galardones más altos de las letras en nuestras tierras, precisamente por aquel libro de poemas que celebraba el compromiso y la participación política. Pero ya comenzaban a correr malos tiempos por estos lares: la poeta fue detenida durante diez días por esas ominosas “averiguaciones de antecedentes”, no se le permitió salir del país ni recoger el premio. Y unos años más tarde, en 1976, también se llevaron a su hijo, y le quebraron la vida. Poco antes de morir diría que con el secuestro y el asesinato de su hijo quedó menos de la mitad de ella misma, “fue más que el abismo, fue el infierno”. Pero siguió escribiendo, nunca dejó de escribir.

 “POESÍA INÉDITA REUNIDA”

El poeta Julio Castellanos fue uno de sus editores en Córdoba, y Baldovin publicó varios volúmenes después de los años de plomo: Poemas (1986), Libro de la soledad (1989), De los poetas (1991), Libro del amor (1993), Con los gatos el silencio (1994), Nuestra casa en el tercer mundo (1995). E inclusive Castellanos, albacea de su obra, siguió impulsando publicaciones tras su muerte. Aparecieron así Poemas crueles (1996), Libro de María – Libro de Isidro (1997), Yo Seclaud (1999), El rostro en la mano (2006), y Promesa postergada – Huésped en el Laberinto (2009). Pero aún quedaba mucho más, y el novel sello editorial “Las Nuestras”, que dirige Leandro Calle y que depende de la Secretaría de Inclusión Social y de Equidad de Género, del gobierno de Córdoba, recopiló todo ese material acabado y listo y que nunca había tenido oportunidad de llegar a los lectores. Esa es la Poesía inédita reunida que se presentó ayer en sociedad. Ahora sí tenemos a toda Glauce, una construcción literaria imprescindible para comprender cabalmente la historia local y nacional más reciente.

El proyecto tomó forma el año pasado, cuando el concurso de ensayos sobre las mujeres que hicieron historia en Córdoba, convocado por la misma secretaría provincial, puso de relevancia la obra de Glauce Baldovin en uno de los trabajos premiados. La editorial “Las Nuestras” se propuso entonces recuperar obras publicadas pero que ya no se consiguen en las librerías, y en esa búsqueda se toparon, en los archivos de Julio Castellanos y de Livia Hidalgo, con una voluminosa obra inédita, en manuscritos fechados y ordenados por la misma Baldovin antes de morir. Esos libros componen el volumen presentado ayer.

Junto con Romilio Ribero, la de Glauce Baldovin es una de las obras más originales de la poesía cordobesa contemporánea. Antes de ellos, las poéticas de Malvina Rosa Quiroga y de María Adela Domínguez habían logrado generar improntas personales, aunque sujetas a los movimientos literarios de la época. Hacia fines de los años sesenta aparece el primer poemario de Glauce, El libro de Lucía, con el que empieza a modelarse, a través de una larga –y desgarradora- carrera literaria, una de las voces más importantes de nuestra poesía. Aquel timbre escarlata que teñía los auditorios con imágenes como esta: Antes de morir / la mujer inca parida por la tierra con el don / de la tejeduría / la tejedora a quien piel y carne se le fueron / gastando / mientras más aparecían los huesecillos del dedo / falange / falangina / falangeta / más bello y perfecto / casi humano / tejía. // Antes de morir / repito para que esto quede bien prendido / en la memoria / se convirtió en esa araña gris perlado / que en las noches suele posarse en el centro / de la frente / penetrar en el cerebro / para tejer sueños con la palabra anhelada / buscada / reclamada / mendigada. // Anoche / locura / la araña tejió tu nombre en mis sesos.

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[ publicado en Hoy Día Córdoba, viernes, 24 de junio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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New Book: “Thirteen Stories by Writers in Córdoba (Argentina)”, Frankfurt 2011

Nuevo libro:

Thirteen Stories by Writers in Córdoba (Argentina)

Selection and Prologue by Carlos Schilling

Con mi cuento “The Foolish Joachim”

(Translated by Sheila Carmody)

Frankfurt, 2011

María Teresa Andruetto

Hernán Arias

Julio Cabrera

Rosalba Campra

Andrés Dapuez

Federico Falco

Sergio Gaiteri

Lilia Lardone

Federico Lavezzo

Nelson Gustavo Specchia

Diego Tatián

Victoria Uribe

Diego Vigna

 

Adios, Morente (17 12 10)

Adios, Morente

por Nelson Gustavo Specchia

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Cada diciembre, cuando cruzamos la curva de la quincena y apuntamos hacia el fin del año, se me da por los balances, a tono con el tiempo. Además, bajo las estrellas de Sagitario, los 17 de diciembre cumplo años, y la oportunidad alienta el ánimo de las cuentas y los balances. Estaba esta semana en esos menesteres, pensando en que más allá del luctuoso cálculo de las vidas perdidas en los conflictos, las guerras, los desastres naturales y la desidia humana, tan habituales en la agenda de los que estudiamos y analizamos la política internacional que a veces las identificamos con la propia agenda; este año, digo, además de esa triste habitualidad, tengo la sensación de que ha sido un período en el que han desaparecido algunas figuras notables, tanto de la política como de la vida cultural.

Había sentido con especial significación la muerte reciente del ex presidente Néstor Kirchner, un hombre polémico y complejo, que ocupó la primera magistratura del país en unos momentos dificilísimos, y con apenas una quinta parte de los votos, y a fuerza de política –en su sentido más amplio- y de sagacidad fue afianzándose en el espacio público nacional, hasta lograr la continuidad de su gobierno en la presidencia de la señora Cristina Fernández. Y el luctuoso listado había comenzado temprano, con el individualísimo Sandro, entre un conjunto de personalidades del mundo de la cultura que nos dejaron, como Dennis Hopper, Jean Simmons, Tony Curtis, Manuel Alexandre, Leslie Nilsen o el gran director español Luís García Berlanga. También la literatura perdió algunos pesos grandes este año 2010, como el oculto J. D. Salinger, el castellano Miguel Delibes, y el más universal de los escritores portugueses, José Saramago.

Había terminado de recapitular la lista fúnebre, haciendo votos para que este año que se acerca, con esa prontitud de los comienzos de década, nos fuera más propicio, cuando llegó la noticia de la muerte de Enrique Morente, el “cantaor” granadino de flamenco, el último de los gitanos de la vieja escuela y, al mismo tiempo, el primero en revolucionar el cante, en universalizarlo, en convertirlo en la enseña heterodoxa y universal más preciada que Andalucía le regala al mundo. Qué largo que se hace este diciembre.

QUEBRADA VOZ DEL “CANTE JONDO”

El poeta –también granadino- Federico García Lorca, en sus recopilaciones de antiguos versos andaluces, compuso y rescató las voces del “cante jondo” (el canto hondo) de esa tierra de aluvión, donde quinientos años después de las expulsiones de moros y judíos, las pieles de los andaluces  siguen siendo de un cobrizo árabe y africano; la música enhebra tradiciones de los judíos sefardíes; y la sangre de los supuestos cristianos viejos se amalgama con las generaciones de esos músicos y cantores trashumantes que, una y otra vez a lo largo de los siglos, recuperan desde lo más hondo los temas de las alegrías, los dolores, el olor del aire y del agua y de las flores del sur, para volver a fundar su tiempo y su cultura: la ciudad de los gitanos. “¡Oh ciudad de los gitanos! / ¿Quién te vio y no te recuerda? / Ciudad de dolor y almizcle, / con las torres de canela”, escribía Federico.

A esa ciudad de tránsito de generaciones y de culturas le dedicó su arte Enrique Morente, durante 46 años de carrera artística, desde que descubrió que su voz era un instrumento que lo distinguía de los demás gitanitos que, como él, se ganaban el pan como peones de zapatero o ayudantes de los talleres de los plateros de Granada. Fue, como digo, el último de una estirpe y también el primero: un continuador y un fundador. Durante sus primeros años se dedicó a estudiar concienzudamente a los flamencos históricos. Se formó con los guitarristas más clásicos y ortodoxos. Fue adquiriendo una a una todas las piezas grabadas, hasta que logró acumular la totalidad de la discografía producida y registrada del cante andaluz, desde los discos de pasta a 78 revoluciones por minuto, pasando por los vinilos, hasta los discos compactos de lectura laser.

Pero una vez que lo supo todo, que manejó todos los “palos” flamencos con la maestría de su voz, entonces dejó todo de lado y pegó el salto. Entendiendo que el cante andaluz es una herramienta también para dialogar entre culturas, incursionó en el rock, en el tango y en el blues, en el folclor y en ritmos étnicos, interpretó a Ástor Piazolla, grabó con Leonard Cohen, con bandas de rock, con Chick Corea, con Pat Metheny y con Sonic Youth. El viejo gitano se abría a la heterodoxia de los nuevos tiempos, y la audacia de su salto no tuvo más límites que seguir emocionando, con la hondura del cante, en cada “quejío”.

DE LA NADA A LA LEYENDA

Enrique Morente entró a un sanatorio por una dolencia menor, una molestia intestinal que se salvaría con una cirugía rápida. Pero la cirugía reveló un cáncer, y una segunda cirugía se complicó con hemorragias, y Enrique ya no salió de la clínica.

Había nacido en el barrio granadino del Albaicín, el de calles estrechitas y casas blancas, en una familia muy pobre y “paya” (no gitana). Después de los zapateros y los plateros, cuando la voz comenzó a destacarlo, lo llevaron al coro de la Catedral de Granada, donde pudo soltar la fuerza de su cante. A los 17 años se fue a Madrid, y comenzó su aprendizaje con los maestros flamencos. El gaditano Aurelio Sellés; luego Pepe el de la Matrona, de Triana; para finalmente recalar en la escuela del maestro Antonio Chacón. Desde allí bebió en las más fuertes tradiciones del flamenco ortodoxo, Valderrama, Pepe Marchena y el maestro Porrinas.

Pero cuando tuvo todos los instrumentos en la mano (y la impresionante colección de discos de todas las épocas), se volvió a Granada, a una casita blanca como la que había nacido. Instaló allí el estudio de grabación por el que han pasado algunos de los más grandes músicos de este tiempo. Una casa con  un patio, donde hay una fuente y una higuera viejísima; allí mezcló la vida familiar (que también estuvo siempre inundada de música: su hija mayor, Estrella Morente, es una de las artistas más destacadas de la canción española contemporánea), la experimentación con nuevas formas y melodías, y la preparación de los conciertos en colaboración. De la casa del Albaicín salieron veinte discos, auténticas joyas, que vuelven a fundar, una vez más, esa tradición centenaria del cante andaluz.

Como hombre de arte en un momento bisagra de la cultura, Enrique Morente dedicaba su tiempo a profundizar el surco grande de la música flamenca, y al día siguiente a traicionarla con la innovación y la experimentación más osada. Hoy volvía a las viejas melodías de la Niña de los Peines, a las hermanas Utrera, o a la copla; y mañana ponía “quejíos” andaluces a la música del canadiense Leonard Cohen, al bandoneón de Piazzola, o al rock de Lagartija Nick. Incorporó a los cantes la gran poesía española anterior a la Guerra Civil, especialmente a Miguel Hernández, Alberti, Luís Cernuda, los Machado y al propio Federico García Lorca; pero ya que estaba siguió con san Juan de la Cruz, Lope de Vega, fray Luis de León y llegó hasta el mismo Miguel de Cervantes.

Fui a escucharlo tantas veces como pude, en Barcelona, en Madrid, en Córdoba, en el Festival de Jazz de Vitoria; siempre sus conciertos me parecían cortos, y sólo me ilusionaba saber que también lo vería en el próximo. Hasta ahora. El 25 de diciembre Enrique Morente hubiera cumplido 68 años. Ha muerto un “cantaor”, nace una leyenda. Lo despido con los versos de Joaquín Sabina: “Ese compás que se juega la vida, / esa agujeta pinchando el vacío, / esas falsetas hurgando en la herida, / esa liturgia del escalofrío. / Esa arrogancia que pide disculpa, / ese sentarse para estar erguido, / ese balido ancestral de la pulpa / del corazón de un melón desnutrido. / Esa revolución de la amargura, / ese carámbano de pez espada, / ese tratado de la desmesura. / Esa estrellita malacostumbrada, / ese Morente sin dique ni hartura, / ese palique entre Enrique y Granada.”

Sergio Orlando Acuña

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Sergio Orlando Acuña

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Iluminado en una inmensa sombra sin reparos,

como quien escoge entre los tantos ayeres

una memoria para acordarse.

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Así te siento, hermano,

abrasado por esa luz caliente,

como el pensamiento que se llora en silencio mitigado.

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Así te siento, hermano,

en cada copa de vino que barniza,

en cada choque de dos cuerdas bientempladas.

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Parece nada y sin embargo

es tu sangre el alimento

de la fuerza de mi aliento, hermano.

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Ariosto y los árabes (by JLB)

 

ARIOSTO Y LOS ÁRABES

 

 

 

 

Nadie puede escribir un libro. Para

Que un libro sea verdaderamente,

Se requieren la aurora y el poniente,

Siglos, armas y el mar que une y separa.

 

Así lo pensó Ariosto, que al agrado

Lento se dio, en el ocio de caminos

De claros mármoles y negros pinos,

De volver a soñar lo ya soñado.

 

El aire de su Italia estaba henchido

De sueños, que con formas de la guerra

Que en duros siglos fatigó la tierra

Urdieron la memoria y el olvido.

 

Una legión que se perdió en los valles

De Aquitania cayó en una emboscada;

Así nació aquel sueño de una espada

Y del cuerno que clama en Roncesvalles.

 

Sus ídolos y ejércitos el duro

Sajón sobre los huertos de Inglaterra

Dilapidó en apretada y torpe guerra

Y de esas cosas quedó un sueño: Arturo.

 

De las islas boreales donde un ciego

Sol dibuja el mar, llegó aquel sueño

De una virgen dormida que a su dueño

Aguarda, tras el círculo de fuego.

 

Quién sabe si de Persia o del Parnaso

Vino aquel sueño del corcel alado

Que por el aire el hechicero armado

Urge y que se hunde en el desierto ocaso.

 

Como desde el corcel del hechicero,

Ariosto vio los reinos de la tierra

Surcada por las fiestas de la guerra

Y del joven amor aventurero.

 

Como a través de tenue bruma de oro

Vio en el mundo un jardín que sus confines

Dilata en otros íntimos jardines

Para el amor de Angélica y Medoro.

 

Como los ilusorios esplendores

Que el Indostán deja entrever el opio,

Pasan por el Furioso los amores

En un desorden de calidoscopio.

 

Ni el amor ignoró ni la ironía

Y soñó así, de pudoroso modo,

El singular castillo en el que todo

Es (como en esta vida) una falsía.

 

Como a todo poeta la fortuna

O el destino le dio una suerte rara;

Iba por los caminos de Ferrara

Y al mismo tiempo andaba por la luna.

 

Escoria de los sueños, indistinto

Limo que el Nilo de los sueños deja,

Con ellos fue tejida la madeja

De ese resplandeciente laberinto.

 

De ese enorme diamante en el que un hombre

Puede perderse venturosamente

Por ámbitos de música indolente,

Más allá de su carne y de su nombre.

 

Europa entera se perdió. Por obra

De aquel ingenuo y malicioso arte,

Milton pudo llorar de Brandimarte

El fin y de Dalinda la zozobra.

 

Europa se perdió, pero otros dones

Dio el vasto sueño a la famosa gente

Que habita los desiertos del Oriente

Y la noche cargada de leones.

 

De un rey que entrega, al despuntar el día,

Su reina de una noche a la implacable

Cimitarra, nos cuente el deleitable

Libro que al tiempo hechiza, todavía.

 

Alas que son la brusca noche, crueles

Garras de las que pende un elefante,

Magnéticas montañas cuyo amante

Abrazo despedaza los bajeles.

 

La tierra sostenida por un toro

Y el toro por un pez; abracadabras,

Talismanes y místicas palabras

Que en el granito abren cavernas de oro;

 

Esto soñó la sarracena gente

Que sigue las banderas de Agramante;

Esto, que vagos rostros con turbante

Soñaron, se adueñó de Occidente.

 

Y el Orlando es ahora una risueña

Región que alarga inhabitadas millas

De indolentes y ociosas maravillas

Que son un sueño que ya nadie sueña.

 

Por islámicas artes reducido

A simple erudición, a mera historia,

Está solo, soñándose. (La gloria

Es una de las formas del olvido).

 

Por el cristal ya pálido la incierta

Luz de una tarde más toca el volumen

Y otra vez arden y otra se consumen

Los oros que envanecen la cubierta.

 

En la desierta sala el silencioso

Libro viaja en el tiempo. Las auroras

Quedan atrás y las nocturnas horas

Y mi vida, este sueño presuroso.

 

 

 

Jorge Luis Borges

 

(en El hacedor, 1960)

 

 

 

Alegoría de la primavera (by NMCh)

 

alegoria de la primeravera

alegoría de la primeravera

 

Alegoría de la primavera

 

 

 

está la mañana florecida de rocío

inundada de pájaros y nidos

y un aleteo loco de calandrias

quebrando el aire con sus trinos

 

todo es verde. verde hasta dañar

la retina adormecida

el verde tierno de la infancia

trepando al verde viejo del olvido

 

pimpollos rompiendo hojuelas nuevas

en un derroche de rabia y de colores

mil mariposas aleteando inquietas

entre abejas y néctares dulzones

 

y tú mojando tus pies descalzos

en la hierba de cien matices

joven tu piel tu risa tu mirada

joven en una primavera sin plazos

 

 

  

 Nelly María Checura

 

 

 

 

 

 

(La segunda estrofa la utilicé para introducir la edición de 2004 de Cuaderno de Bitácora)
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13 coplas del agua

 

13 coplas del agua

 

 

 

 

 

 

1.

 

La copla viene en el viento

llena de agua y de sal,

un beso salado roza

mis labios con gusto a mar.

 

 

 

 

2.

 

Ay pena penita honda,

pena de tanto mirar

la línea del horizonte

donde el cuerpo quisiera parar.

 

 

 

 

3.

 

La copla tiene del agua

su transparente densidad,

el agua salpica a la copla

de espuma, de arena, de inmensidad.

 

 

 

 

4.

 

La espuma llena los huecos

del pie en la blanda arena,

como disimula tu voz morena

el viento de lejanos ecos.

 

 

 

 

5.

 

Copla del viento marino

que no dejas de traer y llevar,

qué fuerte la fuerza que dicta

tu violento trajinar.

 

 

 

 

6.

 

Una nube de sombra parda,

remanso en la luz quebrada:

el rabo de nube aguarda

atenuar el calor frutal de la mirada.

 

 

 

 

7.

 

Ay pena de los caracoles

de tan lerdo y triste rodar,

ay pena la de mis pasos rotos

sin puerto donde arribar.

 

 

 

 

8.

 

Cristal opaco en la madreperla muerta:

remansos de sal datenida

en la cuenca glauca y perdida,

débil rastro de la arena vasta.

 

 

 

 

9.

 

Pequeña endecha del sol dormido:

tarde en el reloj rítmico de las olas,

olas de lamentos y de olvido

que regresan magníficas, efímeras, vacías.

 

 

 

 

10.

 

Llena el ocaso los últimos

contornos de cuerpos extraños,

somos ajenos marineros en los ritmos

de las mareas, las palabras, y los años.

 

 

 

 

11.

 

A la caída del rocío la piel

del alma se me humedece,

¿qué puede hacer mi alma si el agua,

salada ó dulce, la entristece?

 

 

 

 

12.

 

Sobre el mar llegué a estas costas

que la copla se empeña en cantar,

me quema el nombre en la garganta

de quién ya no puedo nombrar.

 

 

 

 

13.

 

Copla coplita del agua marina,

verso del viento tibio, verso del viento frío,

deja las costas, sube en el viento,

sube, y navega conmigo.

 

 

 

 

 

el barco, por Maggy Nores (para Espejos Nublados)

el barco, por Maggy Nores (para Espejos Nublados)

 

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Julián García partiendo a la aurora boreal

Julián García partiendo a la aurora boreal

 

 

 

 

 

 

 

a las aladas almas de las rosas

de mi almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas

compañero del alma, compañero.

Miguel Hernández

 

 

 

 

Tan a punto de la partida

que separará la barba cuidadosamente desarreglada,

recuesto mi espalda desnuda en las púas

de un palo-borracho joven y gordo.

Llegué a tus días desde una noche larga,

un falcon de desguace, una mesa de madera clara

y tus historias de abandono y de reliquia,

de sueños inciertos y sueños cautivos,

de un galardón de ternura para derrochar

quién sabe qué callados ardores.

Desde el margen de la noche

aferrado a esa mano nazarena

me zambullí en babalooo y en sus intrigas

de poemas y de porros, citas ineludibles

de monos negros trepando las lianas del alba,

de giróscopos circulares a cuatro bandas

en sentido horario sin la exacta

causa de ningún reloj de agua:

clepsidra de los días pero sobre todo

de las noches cargadas, de las noches frías,

en aquel habitable morro de la suburbana colina.

Empacas la música para arrearla hacia los pinos

tornasolados de copos en el codo del ártico;

tan a punto de tu partida

rayo los hombros en las púas del tronco americano

y te convoco a las arenas ardientes

frente a la costa africana:

que hemos de seguir comenzando a nacer

a cada paso, tras los montículos de palabras,

en esta fugaz y urgente y eterna asimetría multiplicada.

 

 

Domingo 17, julio, 2005.

 

 

 

ausencias, por Maggy Nores (para Espejos Nublados)

ausencias, por Maggy Nores (para Espejos Nublados)

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Alegoría a los pájaros (by NMCh)

 

ALEGORIA A LOS PAJAROS

 

 

 

 

Cuajada de trinos brillaba la tarde

el cielo, fulgores de oro desparramado

en hirientes cristales dañando las espumas

de cabalgantes velos blanquecinos

locura de pájaros derrochando plumas

entre el verdor alocado de hojas nuevas

y brotes crujientes de sabia y vida

jazmines colgando de balcones

empolvados de musgos viejos y tristones

y en loco tropel las golondrinas

surcando mares de salpicada espuma

pájaros… ¡oh, los pájaros!

amalgama de colores, de música, de nidos,

de nidos pequeñitos, de pichones tiernos,

tiernos… toda la ternura

toda la belleza de la tarde

adormecida en mil plumitas suaves

plumas, nido, trinos, ternura,

pájaros… ¡pájaros llenando

los vacíos de las almas solas!

 

(Nelly María Checura)

 

 

 

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