Archivo mensual: mayo 2006

Los tiempos finales de Mr. Blair (16 05 06)

publicado en La Mañana de Córdoba (16 – mayo – 2006)

http://www.lmcordoba.com.ar/2006/06-05-16/33_opinion_03.htm

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Los tiempos finales de Mr. Blair

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por Nelson Gustavo Specchia

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Tony Blair en la presidencia de turno del Consejo de Europa despertó múltiples expectativas, y no cumplió prácticamente con ninguna. La derrota electoral del laborismo en las elecciones de la semana pasada está emparentada directamente con este vacío en el liderazgo europeo.

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El segundo semestre del año pasado el premier británico Tony Blair tuvo una oportunidad histórica: durante medio año presidió el Consejo Europeo. Por la mecánica rotativa y dada la actual composición de la Unión Europea, la presidencia –donde descansa la iniciativa política más importante del Viejo Continente-, no volverá a recaer en manos británicas hasta dentro de doce años, cuando menos.

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Este período que acaba de concluir, podría haber sido una inmejorable oportunidad para que los ingleses, que han mostrado desde siempre una actitud dubitativa y pendular respecto de la integración europea, tomaran un rol activo en el desarrollo del espacio político, social y económico continental.

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Pero, en lugar de una muestra de compromiso real con los problemas y con el futuro de Europa como espacio común, Blair ha malgastado su oportunidad en un semestre vacío y hueco, donde no pasó casi nada, no se asumieron los grandes retos planteados por el rechazo a los plebiscitos por la Constitución europea, y donde apenas se salvaron, a las dos de la madrugada del final de una Cumbre de infarto, los presupuestos para que la organización pueda seguir avanzando.

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Con una conducción tan mediocre, lo que Blair ha fomentado, si acaso, son las suspicacias históricas sobre cuán europeos, en definitiva, se sienten –o quieren ser- los británicos.

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De idas y vueltas

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Winston Churchil fue el primero que habló públicamente de la necesidad de unos “estados unidos de Europa”, sin embargo, cuando Gran Bretaña fue invitada a participar de la originaria Comunidad Económica Europea, se excusó, y quedó fuera de los seis fundadores. Cuando acepta finalmente unirse (recién en 1961), lo hace “con condiciones” (mantener las ventajas de la Commonwealth, y una participación reducida a la política agraria común).

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Irritado por estos reclamos permanentes de diferenciación insular (y especialmente por el convenio militar exclusivo de Londres con Washington, que preveía el envío de misiles nucleares norteamericanos a Inglaterra), el general De Gaulle, presidente de la República Francesa, se opone al ingreso de Inglaterra a la comunidad europea.

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De Gaulle insistía en que los británicos terminarían siendo “el caballo de Troya” con que los norteamericanos intervendrían en la configuración de la defensa y de la política exterior europea. El rol jugado por Tony Blair y su alineamiento estratégico con George Bush en la guerra de Irak, en contra de la posición asumida por toda la Unión Europea (con la excepción de la España de Aznar), les recordó a muchos la posición del viejo general, que obstaculizó el ingreso británico mientras ocupó el gobierno de Francia.

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Recién con la llegada de Pompidou al Palacio del Elíseo se suavizan las tensiones, y Gran Bretaña ingresa a la organización europea, en los años setenta. Pero en esa misma década, en un nuevo movimiento pendular, Margaret Thatcher comienza a poner en cuestión los montos erogados por Inglaterra para el funcionamiento del proceso de integración.

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Con la excusa de que su país recibía escasos subsidios agrarios de la comunidad, golpeando con su mano abierta sobre las mesas de negociación, el peinado fijado a hierro, la cartera negra apretada en la axila izquierda y al grito de I want my money back!, la señora Thatcher consiguió de los demás socios la reducción –a más de la mitad- de la participación británica al presupuesto comunitario. El famoso “cheque” que ha sido el principal obstáculo, para que su sucesor Blair logre cerrar las cuentas europeas.

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La pelea de Thatcher fue en 1984, pero en los años noventa Inglaterra volvería a hacer oscilar el péndulo de su relación con “el continente”: en 1992 suspende su participación en el Sistema Monetario Europeo, recuperando la completa autonomía de la libra esterlina, y cinco años más tarde, en 1997, anuncia que no participará en el euro.

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Dos modelos en cuestión

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Los británicos siempre han recelado de la Europa “política”, y por ello han puesto muy poco empeño en fomentar la creación de instituciones o ligazones normativas, prefieren una red de acuerdos comerciales mínimos, con un mecanismo institucional liviano. Argumentan que si alguien, además, quiere establecer una cooperación en otros ámbitos diferentes del económico, puedo hacerlo por vía de acuerdos bilaterales, sin obligar al resto.

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A los europeos continentales, especialmente al viejo eje franco-alemán de los fundadores de la comunidad, esto les parece demasiado librecambista, pragmático, economicista: Europa como un gran supermercado. Prefieren un proceso más ideológico, con un entramado institucional sólido y denso, que proteja el “estado social”: la estabilidad del trabajo, los agricultores, los seguros de desempleo, las pensiones.

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Blair, en cambio, en su atractivo discurso inaugural como presidente del Consejo Europeo, dijo que esa era una opción falsa. La dicotomía no es, para él, la Europa política versus la Europa económica; como es falso que los británicos no estén comprometidos con el feliz desarrollo del proceso de integración.

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“Soy un europeísta apasionado –dijo Blair entonces frente al Parlamento Europeo- y siempre lo he sido.” Con sus mejores dotes de persuación, dejó sentado: “Yo creo en Europa como proyecto político. Yo creo en una Europa con una dimensión social fuerte. Yo no aceptaría jamás reducir a Europa a un simple mercado económico”. Dijo que su proyecto no era abandonar el modelo social europeo, sino modernizarlo, adaptándolo –por la vía de la reforma económica- a los desafíos de la globalización. Y dijo que en este tiempo como presidente del Consejo de la Unión sentaría las bases de esa transformación necesaria e imperiosa. Fue un canto europeísta. Lo aplaudieron desde los conservadores del Partido Popular hasta los “verdes” de Daniel Cohn-Bendit.

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Seis meses pasan pronto, y más pronto aún cuando no pasa nada. Los grandes temas del futuro europeo siguen abiertos, la discusión sobre la ampliación empantanada, el proyecto de Constitución en compás de espera, y los presupuestos destrabados por una iniciativa de la canciller Angela Merkel, asociada al presidente Jacques Chirac: nuevamente el eje franco-alemán sosteniendo la continuidad del proceso.

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Por cierto: Blair, el europeísta ferviente, logró que Europa le siguiera devolviendo el “cheque” británico hasta el 2013, cuando menos.

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El profesor Chris Brown, catedrático de relaciones internacionales de la London School of Economics lo define escuetamente: “La presidencia británica se ha convertido en un no event.” Una muy interesante oportunidad perdida para reconciliar a Inglaterra con Europa, pero también para revalidar un liderazgo que logró instalarse con mayorías parlamentarias en tres elecciones generales sucesivas.

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Sin embargo, la semana pasada el laborismo de Blair ha sufrido una debacle, al conseguir sólo el 26% de los votos en las elecciones municipales, frente al 40% del Partido Conservador, liderado por David Cameron.

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La mezcla de abuso de poder, inoperancia e incompetencia que parecen haber caracterizado los últimos tiempos de la administración laborista, han alejado a Tony Blair de sus bases electorales. La gestión de la participación inglesa en la guerra de Irak, la privatización de la salud (junto a la reducción del personal hospitalario), y una “tercera vía” económica que no termina de cuajar del todo, acompañan internamente a la pérdida de una genuina oportunidad histórica de liderar el proceso europeo, en un semestre que terminó estéril y vacío.

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Los desaciertos internacionales de Tony Blair han comenzado a pasarle factura, en lo que a todas luces parece anunciar el fin de una era.

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Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba.

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