Archivo mensual: marzo 2008

Giuseppe (Capítulo IV)

 

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO IV     –     María

 

Empresarios, gente de sociedad

 

 Y así fue que estuvimos ‘n Las Breñas, ahi, hasta 1948. ‘Nel año ‘48 nos fuímos a Charata, que está namás a veinte kilómetro de Las Breñas. Nos fuímos por hacer la sociedá con ‘l dotor López de Echeverría. ‘L dotor había sido socio con ‘l viejo Cherassi, y ‘l hijo del viejo Cherassi era ‘l administrador allí, era ‘l apoderáo de esa sociedá de ellos, ¡y este chango era más bravo que la miércole!, y había vendido ‘nel año ‘46 (que fue ‘l año que entraron los coches importado, la primera vez que entraron los coches importado despué de la guerra), había vendido varios coche y se fue ‘n Buenos Aires: farreaba acá, farreaba allá, hizo muchas deuda. Entonce se le vino la marumba encima que le iban a embargar, porque se quedó sin plata pá pagar los coche que ya había vendido ¿no?, ‘ntonce ‘l dotor López de Echeverría, cuando este chango no estaba, intervino con un escribano, como era una sociedá ‘n comandita, intervino como socio comanditario ‘n la sociedá, ‘ntonce, o tenían que pagar o tenían que vender, y como Cherassi no podía pagar, tenían que vender su mitad. Y le hablaron al Tío Viejo, yo no quería ir, pero finado tío dice: “- Pero sí, José, mirá que é buen negocio, qué se yo, qué se cuanto…”, y claro que nosotros podíamos comprar la mitad, eran como ochenta mil peso, una barbaridá pá’quel ‘ntonce lo que había que poner, y nosotros vendiendo ‘l negocio sacábamos casi cien mil peso, vendiéndolo rápido al costo ¿no?, porque había que poner la plata enseguida. Y así, vendimos y fuímos ‘n Charata por eso, porque si no, no hubiésemos salido de Las Breñas, a nosotros nos gustaba Las Breñas, ‘naquel tiempo era mejor. Pero tuvimos que ir todos porque la Ford no le daba la concesión al Tío Viejo, por la edá, pero él dijo: “- No, ‘l que vá a administrador de aquí, ‘l que vá a ser ‘l socio, é mi sobrino que tiene treinta y dos año”, o sea yo; y bueno, ‘n la Ford aceptaron y me dieron la agencia. Por eso que ‘n la sociedá no figuraba nadie, ni ‘l tío ni mi hermana Margherita, figuraba yo solo, pero les daba a ellos sus parte.

 

Yo me casé estando ‘n Las Breñas, y allí nació Josesito, ‘l Bebé, que se murió a los pocos días, y despué Rosalía; cuando nos trasladamo yo ya me había casáo con María, me había casáo ‘n Arteaga.

 

Habíamos ido ‘n Arteaga a la fiesta de Santa Ana, que é ‘l 26 de julio, con mi amigo Troiano; llegamos allá un viernes, y ‘l domingo era ‘l baile, por la fiesta ¿no?, y este Troiano estaba medio emparentáo con la familia de María, así que los fuímos visitar a ellos, a la familia de María, y nos invitaron pá’l baile, que ellos habían sacáo un palco, y fuímos. La mayor de las hermanas de María tenía novio (que despué la dejó), y la otra hermana era chica, tendría catorce o quince año, María ya tenía veinte, y yo veintiocho, y bueno, estuvimo ahi ‘nel baile, yo sabía poco bailar, no era como mi hermano Remigio, yo era medio patadura, pero estábamos ahi, bailábamos algo, algún tango o polca, que era medio fácil, íbamos un poquito pá’quí, otro poquito pá’llá, así, charlábamos un poco –no mucho, porque antes no se podía tanto-. Y bueno, ‘l domingo la vieja, canchera ella, nos invitó a comer un lechón, así que fuímos allí, ‘n la casa de ellos; despué, ‘l lunes, vinieron la vieja –junto con María y la otra hermana- a lo de Troiano, donde yo paraba, diciendo que a cebarnos mate, y ahi ya empezamos hablar, de aquí y de allá, medio que ya, así, empezamos relacione. Y cuando me volvía para Las Breñas me dice: “- Me vas a escribir, ¿no?”, “- Sí, te voy escribir, cómo no…” le dejé dicho. Cuando llegamos ‘n Las Breñas le escribí al pasar algunos día, despué me dice ella, me manda una carta diciendo “¿Por qué no me mandás una foto…?”, y bueno: le mando una foto, ‘n la carta que se la mandaba le pongo que me mande ella una a mí también, le escribo, pero ella me contesta: “Para que yo te mande una foto tenés que decir si me pretendés, o no…”, ¿y yo qué iba hacer?, le dije que sí, le mandé decir que la pretendía, y me mandó la foto ¡todavía la tengo por ahi!. Y así, carta vá, carta viene, por ahi, por diciembre, me dice finado tío (que los quería mucho a ellos, porque habían sido sus peone de jóvenes, cuando él era mayordomo ‘n la estancia del dotor Venancio del Agua, despué había sido carrero también, ‘l padre de María, carrero del Tío Viejo), me dice: “- Vamos ‘n Casilda con ‘l auto.” Allá fuímos, pero ‘l Tío Viejo ya tenía la idea de que íbamos para que yo me comprometiera, pero no me había dicho ni mierda. ¡Bué!, teníamo un Ford 39 y ‘l día primer de año salimos a las tres de la mañana, porque dijo que quería ver a otros amigos, un tal Tavella, no sé a quién mierda más, y qué se yo, ¿no?. Así que salimos. Dormimo ‘n Morteros, despué de Mar Chiquita; a la mañana fuímos a ver a un tal Rezzónico, amigo del tío ¡’l Tío Viejo era amigo de todo ‘l mundo por ahi!, almorzamos ‘n la Cañada y a eso de las cuatro de la tarde ya estábamos ‘n Arteaga. Claro: con ‘l auto, que estaba nuevito ‘l Ford, y unos kilómetro antes habíamos paráo y lo limpiamos con unos trapos mojado, así que llegamos dando la pinta, ¡lindo ‘l autito! Fuímos a parar allí ‘n la casa de María, directamente, porque ella había puesto ‘n la carta que fuéramos, que ‘l padre invitaba y que allí había lugar y todo eso, y como con ‘l tío eran tan amigos, fuímos, tenían entre ellos mucha confianza. Y un día estábamos comiendo y dice ‘l Tío Viejo: “- Y bueno, ¿por qué no se comprometen?, ¡qué miércole!”, y dice ‘l viejo, ‘l padre de María (que ya había arregláo todo con ‘l Tío Viejo): “- Y… si ellos quieren, por mí no hay ningún problema.” Serio, dice esto ‘l viejo, y la vieja, que era más, así, más ganchera ¿no?, dice: “- Y bueno, claro que habría que saber si ellos están ya de acuerdo ¿no?, ¿a usté qué le parece, José…?”, “- Bueno… –digo yo- si María me acepta, yo no tengo problema, nos comprometemos…”, ‘ntonce al Tío Viejo ya le pareció que estaba bien con toda esa formalidá, y dice: “- Listo, ya no se habla más. Esta tarde vamo con José a Casilda a comprar los anillo.” Ya había lleváo la plata para eso y todo, había lleváo mucha plata, y fuímos con la hermana mayor de María, fuimos ‘n la joyería de don Carlo Brebbia, ‘l que había sido cónsul ‘n Turín. Elegimos los anillo, y ‘l cintillo tenía una piedra preciosa, diamante era, a’más dice ‘l Tío Viejo: “- ¡Comprale una pulsera de oro, también!”, así que le compré una pulsera, con malla gruesa, toda de oro; y ‘l cintillo costó, ¡púf! ¡lo que costó!, ¡tenía dos piedra de brillante!, brillaban, de noche. Creo que pagamos así como doscientos peso –doscientos peso era mucha plata, hablo de allá, ‘nel ’43-, y cuando llegamos de vuelta, ¡qué mierda, la vieja, cuando lo vio!; y a la noche había baile, por ‘l día de Reyes fue, había baile de nuevo ‘naquel salón otra vez. Por la noche nos vemos ‘nel baile, por la tarde anunciamo que se habíamos comprometido, hicimos un chocolate ahi, y por la noche ya fue ‘nel baile con los anillo puesto, ¡brillaban esas piedritas ahi!, y ‘l día del casamiento ¡no vá que se lo roban! ¡que le roban ‘l cintillo!, a la mierda… no sabíamos qué hacer, por mi Mamá; pero eso fue ‘n abril, porque ahi, despué que se habíamos comprometido, nos volvimos ‘n Las Breñas con ‘l Tío Viejo. Al tiempo vinieron ellos, vinieron María con la vieja pá conocer a la Mamá, ahi ‘n Las Breñas, que así se estilaba ¿no?, porque la vieja, la madre de María, claro que la conocía a Mamá, y María la había visto cuando era chica, pero é que así se estilaba, había que hacer las presentacione sociales ‘anque se conocieran de toda la vida. No vamo a decir que uno estuviera enamoráo o esas cosas, así, se hacía lo que había que hacer, namás: la familia, entre ellos se arreglaban, te elegían una chica má o meno conveniente, conocida, que fuera paisana, y ya está. Y cuando fuímos a casarnos fue que le roban ‘l cintillo, y éstos no sabían cómo decírmelo a mí, porque ‘l cintillo sólo había costáo como ciento veinte peso, y pá’quel tiempo, una barbaridá (al láo de la pulsera de oro y las dos alianza, que ‘n total había salido como ochenta peso, é que hay que calcular que un auto por’jemplo, un Ford de lujo, salía cinco mil peso, la plata valía mucho, no é como ahora que no te sirve pá un carajo), y ‘ntonce cuando la ví tan preocupada, le digo: “- Bueno, si queré, yo traje plata, vamos ‘n Casilda a ver si conseguimos otro…”, no, no quisieron, la vieja tampoco: “- Pero no, Giuseppe, ¡cómo vá gastar eso!”. La cuestión é que terminamos yendo ‘n Cruz Alta, que había un relojero, a ver si encontrábamos otro que fuera medio parecido, que tuviera las piedra ‘anque no sean brillantes, porque ‘l de verdá tenía diamante, brillaban; lo que a ella, a María, le interesaba, era que la finada Mamá no se diera cuenta, como ya la había visto con ‘l anillo de verdá… Margherita, mi hermana, ella sabía, pero a la Mamá no se le había dicho nada, qué se armaría la gorda si se enteraba, y fuímos ‘n Cruz Alta ¡y no vá que encontramos uno igualito!, pero claro, las piedra eran comune, no brillaban como las otra. No sé, me salió veinte peso o algo así, así que lo compramos y anduvo ‘n la fiesta con anillo falso.

 

Nos casamos ‘l día 15 de abril y al día siguiente, ‘l 15 era sábado, ese sábado a la noche fuímos ‘n Casilda, yo ya había reserváo pieza ‘nel hotel, paramos ‘n Casilda, y al día siguiente fuímos ‘n Rosario, a la luna de miel, eso era ‘nel año ‘44. Nosotros no pensábamos volver ‘n Las Breñas, seguir una luna de miel por ‘l momento, pero resulta que la Mamá, ya andaba medio embromada ella, ya no andaba bien, la diabetis ya la perjudicaba mucho, porque nosotros pensábamos llegar hasta Córdoba, yo llevaba plata, como viaje de bodas ¿no?, pero fue que hablamos por teléfono (nosotros ‘n Las Breñas ya teníamos teléfono) y nos dice mi hermana Margherita que la Mamá no anda bien, ‘ntonce decidimos sacar una cama ‘nel tren, para Las Breñas. Eso era ‘n abril, le prometí a María que ‘n agosto volvíamos a Arteaga a verlos a ellos, a la familia, y terminar ‘l viaje de bodas.

 

Mi primer hijo –que le pusimos ‘l mismo nombre que nosotros, ‘l de mi abuelo y del Tío Viejo: Josesito-, ‘l Bebé, nació al febrero siguiente, y se murió a los veinte días. ¡Ese hijo de puta del dotor Obradoiro!, lo atendía él, y lo hizo intoxicar, había nacido sanito, una hermosa criatura. ‘Naquel tiempo uno no sabía, era, ¡qué se yo!, estaban las dos vieja, porque fue la madre de María allá, y estaba la Mamá, también, y entre las dos no sé si se abatataron o qué mierda pasó, la cuestión é que cuando llamé consulta con ‘l dotor López de Echeverría, me dijo: “- Está intoxicáo este chico, no hay nada que hacerle, Giuseppe”, lo había intoxicáo porque ‘l otro, ‘l tal Obradoiro ese, le había hecho dar agua de arroz, y eso le hizo mal. Por eso cuando nació Rosalía, dije: “- No, no quiero saber nada con ‘l dotor Obradoiro, que la atienda ‘l dotor López de Echeverría”, y López, que María tenía poca leche, me dice: “- Giuseppe, llévela ‘n Las Termas de Río Hondo”; allí, ‘n Las Termas, con ‘l agua caliente, enseguida le vino, recuperó la leche, y despué no tuvimos más problema.

 

‘Nese ‘ntonce vivíamos ahi todos juntos, ‘n Las Breñas, vivimos así durante cuatro año, atendiendo ‘l almacén, hasta que lo vendimos pá comprarle la parte de la Ford al viejo Cherassi y hacer la sociedá ‘n Charata, ‘nel ‘48. María, la verdá, fue la única novia que tuve, no é que la quisiera mucho que digamos, que yo, por mí, me hubiera quedáo soltero como ‘l Tío Viejo, pero ellos lo organizaron así, y bué. Puede decirse que me casé con la primera novia, porque tenía, antes, así, chicas: la de Negri, la Anita Negri, la de Erce, y la que yo prefería mucho era la hija de Chicuri, cuando era chango ¿no?, la Cristina Chicuri, ¡é que de jovencita era de bonita esa mujer! cómo me gustaba, de endevera, ¡tenía unos pechito!, le llevábamos nosotros la carne, y siempre salía ella a buscar la carne, yo tenía ya dieciocho año, y parece que a ella también le gustaba, pero ella era joven, ella era menor (tenía quince año o algo así), pero é que no era paisana, y la Mamá seguro que decía que no, esperamos y ya despué no agarramos viaje. A’más que yo pensaba que tendría que hacer ‘l servicio militar antes de casarme, pero al final servicio militar no me tocó, porque nací ‘l 9 de julio, ‘l Día de la Patria, ni la libreta me firmaron, ahi la tengo, sin firmar, yo soy, cómo diríamos, desertor, soy desertor. Remigio tampoco lo hizo, porque él también era del 9 de julio, yo soy anotáo ‘l 10, porque ‘l día de fiesta no anotan (pero ponen que naciste ‘l 9, ¿no?), y antes los nacidos ese día y ‘l 25 de mayo no hacían servicio militar. Y así, tuve varias otras chica que me gustaron, pero nunca tuve intenciones de casarme, a’más que era muy joven, pero ya cuando tuve veinticinco o veintiseis año, como ahi teníamos auto, teníamos plata… plata seguro que no nos faltaba, era como decir que uno “mandaba” ‘nel pueblo, porque ahi ‘l comisario nos hacía la venia ¿no?, íbamos ‘n la comisaría como si fuésemos al living de la casa ¡qué miércole!, si entre ‘l almacén de Alfreddo, mi cuñáo, y nosotros, todos los milico eran nuestros clientes; despué estaba Núñez, este que era ‘l sargento, que era mi compadre, y estaba ‘l comisario, que ‘nel juego del naipes le había prestáo un montón de peso ‘n fichas (¡y andaba desenterrando osamenta ‘nel cementerio pá conseguirme una cabeza pá mi sobrino!); nos trataban como amigos, pero con respeto, ¿no?. Éramos como los dueño del pueblo un poco, éramos los único que teníamos dos coche, por’jemplo, porque aparte del coche nuevo, teníamo ‘l camioncito, un Ford A. Este camión había sido del finado Rampinni, que yo lo había rematáo ‘n seiscientos peso, ¡má! ¡fue una bicoca!, fue cuando hicieron ‘l remate de las cosas de Rampinni, yo había habláo con ‘l rematador, un correntino, Pereyra se llamaba, y me dice ‘l rematador, ‘l correntino este: “- Y a Usté, che Gandolfo, ¿qué le interesa?”, “- ‘L camioncito –le digo yo al martillero- a mí me interesaría ‘l Ford A”, “- Bueno, avisame chamigo que lo arreglamo ‘n la subasta, yo despué me llevo una pieza de seda, vos no decís nada”; ¡pero sí, se la doy, cómo no! Y ‘l tipo, cuando iba rematar ‘l camión, como había varios que estaban interesados (‘l ruso Marman, Uguccione, había más), y ‘l camión estaba ‘nel fondo del solar, ‘nun galpón, ‘ntonce agarra ‘l correntino y dice: “- Bueno, señores, ahora se vá rematar ‘l camión, vayan verlo allá, ‘naquel galpón”, y mientras los otros fueron ver ‘l camión, quedamos solos, con un tal Comisso, y empezó ‘l correntino, medio en voz baja namás: “- Un camión, Ford A, ¿cuánto vale…?”, “- Doscientos peso” –digo yo, también medio en voz baja namás. Pero este boludo de Comisso le aumenta, dice: “- Quinientos peso para mí”, y ‘l correntino, asustáo que se iba quedar sin su pieza de seda, le dice al Comisso: “- Mire que hay que poner la plata ahora, ¿eh?”, ‘ntonce yo aprovecho y ahi namás le aumenté cien peso, ‘ntonce ‘l tipo cacha ‘l martillo y: “- Seiscientos peso, a la una, a las dos, a las tres”, ¡púm!, bajó ‘l martillo, y así, rapidito firmamos la boleta, todo, y siguió rematando cosas. Por ahi los otros, los que habían ido ver ‘l camión, volvieron y esperaban, esperaban, y ya le preguntan al correntino cuándo iba a rematar ‘l camión, y éste les dice: “- Y, chamigo, ¿qué le vas a seguir esperando?, hace rato que ya le rematé al camión… ustedes estaban allá, si no venían, yo no estoy acá pá esperar, yo tengo que terminar de rematar, ya se lo terminé vendiendo aquí al don Gandolfo”. “- ¡Acomodáo de mierda!” –me decían, medio ‘n joda, medio ‘n serio ¿no?-, “- Che –les paro yo- callate, mirá que éste te vá denunciar, no se puede decir así, rematador viene de Resistencia, ¿cómo que acomodáo? ¡qué mierda…!” Y bueno, así nos hicimos del camioncito Ford, y también de otras cosas, estuvo bueno ese remate. También había seis bordalesas de vino “Toro”, de doscientos litro, y no sé a quién puta le había hecho correr la bolilla de que ese era vino aguado ¡pero no era cierto!, ‘l único que sabía la verdá era mi cuñáo Alfreddo, pero a él no le interesaba, y claro, cuando comienza ‘l correntino: “- ¿Cuánto valen seis cascos de vino?, las oferta las hagan por litro”. “- Cinco centavo” –digo yo-, y había otro que quería repuntar, pero rápido le dicen: “- Cuidáo, que parece que é vino aguado…”, bueno, no hizo oferta, ‘ntonce ‘l correntino, que sabía que yo era interesado, rápido me bajó ‘l martillo ahi namás, me las dió ¡qué mierda va estar aguáo! Y había también, ¡qué se yo, telas, vestidos, cuánta cosa!, todo lo que tenía Rampinni ‘nel almacén; ‘l pobre viejo se había muerto sin herederos, por eso lo remató ‘l Consejo de la Educación, que los bienes sin herederos obligatorios pasaban a la Educación. Lo lindo fue que, cuando se hizo ‘l inventario, había como treinta caja de cigarrillos, de diez paquetes cada caja, y ‘l comisario y ‘l cónsul italiano, que hacían ‘l inventario, pusieron: “treinta paquetes de cigarrillo”, no pusieron “cajas”, y como a mi me habían encargáo de preparar ‘l remate, ¡pué yo dejé treinta paquetes! ¡los demás los sacamos a medias con Alfreddo!.

 

Los primeros que salimos de Las Breñas, cuando iniciamos traslado a Charata, fuímos yo y María: fuímos allá, llevamos los muebles y todo, nosotros ya dormimos ahi, ‘n la agencia, esa noche. Quedaba cerca, namás veinte kilómetros, pero era como pasar del pueblito a la ciudá. ‘N Las Breñas quedó ‘l Tío Viejo, con Margherita y ‘l peón, quedaba poquita cosa, pero ellos quedaron pá liquidar todo eso, nosotros fuímos ‘n diciembre, entre ‘l 15 ó ‘l 20 de diciembre ¡hacía un calor de mil demonios!. Antes, ‘nel Chaco, hacía ‘n los veranos un calor inaguantable; ahora ya no, porque ‘l clima cambia, ya va cambiando; tampoco hay ya las plagas como ‘nesos tiempos, que venían las langosta por’jemplo, venían y acababan con los campo enteros namás ‘nunas horas, de eso ya no hay nada. Ni tampoco los vientos, que ‘nesos veranos, ‘n diciembre y enero, llegaban los vientos del Norte que quemaban, ¡había que ponerse ropa ‘n la cara, protegerse, porque te quemaban ‘l cuero!, y venían cargados de tierra que se metía por todos los rincone, hasta ‘nel culo, yo no sé cómo mierda pero esa tierrita fina, con ‘l viento, se metía ‘n todos láos de endevera. Así fue ese día: debe de haber hecho cuarenta y dos ó cuarenta y cinco grado cuando nos fuimos de Las Breñas. Y ‘l Tio Viejo y Margherita vinieron ‘n marzo –ya había pasáo ‘l golpe de calor fuerte-, vinieron ellos dos y ya estábamos todos. Rosalía, mi hija la mayor, ya tenía tres año cuando llegamos ahi, los dos primeros nenes nacieron ‘nel pueblo, y los otros dos ya ‘n la “ciudá”.

 

A mi, la verdá, me dolió irme, dejar ‘l pueblo, ‘anque está cerquita namás, y los primeros tiempos casi que veníamos todas las noche, veníamos ‘n Las Breñas despué de cenar, veníamos con María. Y también yo solo, algunas noches, venía jugar las cartas ‘nel Club Social, o ‘n los sótanos del gallego Iñigo, que ahi fue que le conseguí la cabeza de muerto pá mi sobrino, que estaba estudiando pá odontólogo ‘n Rosario: resulta que estaba ‘l comisario Rodríguez (que fue Jefe de la Pulicía despué, cuando llegó ‘l peronismo), y éste entraba a jugar a la Loba, jugaba por plata fuerte, y ‘l comisario tenía otro milico, un tal Barrionuevo, que le hacía de campana, que le avisaba si veía un coche desconocido, que no era de allí, porque ellos, los milico, son prohibidos de jugar así, como nosotros los normales. Y una vez estábamos jugando y ¡mierda!, ‘l comisario perdía una mano y otra y otra, ¡era de caliente este correntino!, y yo tenía un montón de ficha, y lo miraba ¿no?, y cuando se quedó seco le digo: “- Comisario, ¿quiere algunas ficha…?”, “- Sí, don Gandolfo, emprésteme algunitas”, “- Bueno, aquí tiene quinientos peso”. Al poco rato, ¡a la mierda!, otra vez ‘l comisario sin ficha, lo miro y de nuevo le ofrezco (yo ‘nese ‘ntonce problema de plata no tenía ninguno ¿no?), “- Bueno, esto, ‘anque despué te pida más, che don Gandolfo, ni me deas… ¿eh?”, y le doy otros quinientos, ¡ya eran mil peso!, y por ‘ntonce, un comisario de pueblo ganaría ochocientos, setecientos peso má o meno, ¿no? Pero al rato estaba otra vez, como esos chico que quieren tomar la mamadera, así que le pasé otros quinientos más, le digo: “- Bueno, comisario, estos sí que son los últimos ¿he?”, “- Bueno, chamigo, muchas gracias, dame que esta semana ya te ví a pagar…” ¡qué me vá pagar! ¡de dónde!, si encima siguió perdiendo esa noche… Y por ahi, al sábado siguiente, estábamos de nuevo ‘nel Club Social, estábamos charlando, y yo digo: “- Mi sobrino, ‘l que está estudiando pá odontólogo, tenía que comprar una calavera, para ‘l estudio, por los diente, ¡pero dice que son carísima!”, y así, seguimo hablando del tema un rato, porque estábamos ‘nun grupo grande ¿no?, y todos opinaban, y decían cómo conseguir una calavera y todo eso. Por ahi ‘l comisario me llama aparte, yo creí que venía ‘l mangazo de nuevo, que venía por más fichas, pero vá ‘l correntino y me dice: “- Decile a tu sobrino que no la compre, chamigo, que yo se la voy a conseguir.” Al tiempo, una noche ‘l comisario agarra al sargento Núñez –mi compadre- y a otro milico más, y a la una de la mañana se van ‘nel cementerio, con dos palas; ‘l otro milico, un tal Paredes, un santiagueño, dice que estaba más cagáo que la mierda ¿no?, porque los criollo, los santiagueño, son superticiosos, pero dice ‘l comisario: “- Bueno, a ver, ¿dónde podemos sacar una calavera, he?”, ¡qué! ¡ni linterna habían lleváo!, y este Núñez era gordo, ¡y los hizo puntear toda la noche como locos! A mí ni me había dicho, eran cosas del comisario namás. Resulta que desenterraron una, pero no tenía casi dientes, y ‘ntonce ‘l milico Paredes se acordó: “- ¡Puta! ¿y ‘l ‘Gomecito’, que no era viejo, que lo enterramos hace poco?”, este Gómez, ‘l “Gomecito”, era un tipo joven, un linyera, y estaba bien arriba porque lo había enterráo la misma pulicía, y estos desgraciáos no estaban por cavar mucho pá un linyera ¿no?. ¡Ese tenía una dentadura! ¡qué mierda!: un negro, un criollo de estos, de unos veinticinco años, dientes lindos y bien blancos tenía, ¡má! lo sacaron rápido. Y cuando llegaron ‘n la comisaría: “- Vos, Núñez, la limpiás bien con alcohol y la ponés ‘nuna caja, que estea bien limpita”, “- La puta… –pensaba ‘l compadre Núñez- ¿qué estará por hacer con esta osamenta?, nos hizo trabajar toda la noche…” Y al sábado siguiente me habla ‘l comisario, dice: “- Che don José, venite pá la comisaría, que aquí te conseguí lo que necesitás.” Allá voy yo, y cuando llego grita ‘l comisario: “- ¡Sargento Núñez! ¡una silla pá’l don Gandolfo aquí, y traeme la caja que está ahi arriba!” Así que nos reímos todos, ¡qué mierda!, esa tarde, cuando contaba la cara que puso ‘l compadre cuando se enteró que la caja de huesos, que le había costáo una sudada… ¡era para mí! A la semana siguiente yo me iba ‘n Buenos Aires, me tomé ‘l tren a Rosario, y se la llevé a mi sobrino, que estudiaba ‘n la universidá de allí, y le digo: “- Cuidala Paolino, ¡que me costó mil quinientos peso ‘n ficha…!”, pero ‘n joda, porque total, yo sabía que’l correntino no me iba a pagar nada igual, ¡má cómo! ¡si por mes ni cobraba la mitá de eso! Así que me compré una cabeza por fichas del naipe, y encima quedamo amigos para siempre. Como será que quedó de agradecido ‘l comisario, que cuando mi socio, ‘l dotor López de Echeverría, se enfermó, este correntino ya era ‘l Jefe de la Pulicía de la provincia (era peronista ¿no?, y nosotros teníamos la sede del Partido Radical ‘n la casa del dotor López de Echeverría), pero igual: le mandó ‘l avión de la Gobernación del Chaco a Las Breñas para que lo llevaran ‘n Buenos Aires; los peronista no querían, porque sabían que éste era contrera, que era de la contra, y ‘naquellos año las cosas política eran bien duras, eran brava, pero ‘l comisario se les plantó: “- No chamigo compañeros, eso sí que no, será ‘gorila’, pero ‘l avión vá.” Y vino.

 

Y yo volvía casi cada noche ‘n Las Breñas porque ahi tenía los amigos, la gente, ¡que!, de toda la vida ¿no?, pero la verdá que Charata era más “ciudá”, ‘naquel tiempo era más grande que Las Breñas: tenía, por’jemplo, Banco Nación (que ya se había fundáo ahi ‘nel ‘36 o ‘37); y la estación de ferrocarril también era más importante. Pero la cooperativa agropecuaria no, porque se había fundido la primera, la primera cooperativa de Charata, por eso era mucho más fuerte la de Las Breñas, cuando hubo luego la de Charata, tuvo más comercio, pero ‘n Las Breñas se fabricaba más algodón, había más desmotadora. La cooperativa tenía una desmotadora grande, y había varios privados, varias fábricas de algodón de particulares namás. O sea que ‘n Las Breñas se producía más, venían los gringo a dejar las cosecha ‘n las desmotadora, pero Charata tenía más movimiento los comercios, porque era más grande, si ya cuando la midieron, cuando midieron pá hacer ‘l pueblo (se medía para hacer las cuadra, venían para eso los agrimensores del gobierno), hicieron de diez cuadra a cada láo del ferrocarril, de la estación, ‘n cambio ‘n Las Breñas hicieron de cinco cuadra a cada láo namás, así, la mitad de chica era Las Breñas cuando pusieron las calles. ‘N Charata ya había municipalidad ‘nel año ‘32, mientras que ‘n Las Breñas recién ‘nel ‘32 pusieron la primera Comisión de Fomento (que, la verdá, las comisiones de fomento eran como las municipalidades, o quizá que eran mejores, porque eran de los vecinos namás, no había los puteríos de los políticos y esas cosas); ahi ‘n Las Breñas estaba Ubaldo Blanco, que era ‘l presidente, ‘l presidente de la Comisión de Fomento, y funcionaba de acuerdo: lo que recaudaba, los impuesto, se los mandaba al gobierno, y atendía a los asunto de basura, limpieza… a los temas de la gente, del pueblo ¿no?. Mi cuñáo Alfreddo supo estar también ‘n la Comisión, cuando se iba Ubaldo Blanco –que se fueron ‘n Buenos Aires-, y hasta que nombraran otro presidente, ‘ntonce estuvo Alfreddo un tiempo, pero a este gringo no le gustaba mucho, fue porque le pidieron, la gente le pidió, pero despué, como ‘l gringo no quiso, ya eligieron presidente nuevo, que fue ‘l ruso Jacobo Raskin, y despué de Jacobo Raskin, a los años despué, lo eligieron al hijo de Ubaldo Blanco –que se llamaba Guillermo-, y ya despué de Blanco chico ya vinieron los peronista (que era ‘l ‘45 y los peronista estaban ‘n todos lados) y ya entró este santiagueño, este Landriel. Estuvo mucho tiempo él, ‘anque era un pobre tipo namás, era un peón changador, pero tenía, así, ‘l alma de buena gente, era bueno: cuando dijeron desde Resistencia quién era ‘n Las Breñas que había que meter preso (porque así, los peronista de aquel tiempo pusieron preso mucha gente ‘n todos láos, ‘anque estos eran pueblos chico, que nos conocíamos todo ‘l mundo, a los opositore los mandaban todos ‘n cana), eran tiempos duro esos primeros tiempos. Ahi ‘n Charata pusieron preso al dotor Olivera, a Desanzi, y a varios más, namás porque eran radicales, o a los socialistas, ¡a los socialista los metieron preso a todos!, ¡si los comisarios eran más peronista que no sé qué!, eran año bravos y la cosa estaba pesada, éstos decían que había que “dar leña” y todo eso. Pero ‘n los pueblos, donde todos se conocíamos tanto, uno sabe pá que láo patéa cada uno ¿no?, y los peronista ‘n Las Breñas estaban dispuestos a meter preso a todos los opositore, nosotros ‘n mi casa éramos radicales, y mi cuñáo Alfreddo era socialista, ‘l gringo, pero socialista de aquel tiempo ¿no?, ahi había muchos socialista, los italiano y los españoles, principalmente. Los gallegos que habían llegáo hacía poco, que venían escapando de la guerra civil allá ‘n España, esos eran todos socialista. Y bueno, ahi ‘l santiagueño Landriel dijo que no, que ahi eran todos bueno, que ‘n Las Breñas no se iba a meter nadie preso, porque ‘anque no eran peronista eran buena gente. ‘Nuna palabra: tuvo huevos ‘l negro, y la gente estuvo conforme, siempre se le reconoció eso. A nosotros no nos metieron preso pero tuvimos que ir declarar a Resistencia, a Sáenz Peña también: tuvimos que ir a declarar ‘n la pulicía por ‘l teléfono, porque le prestábamos ‘l teléfono a los opositore, a los que eran de otro partido (y aparte todo ‘l mundo sabía que éramos contreras ¿no?, que estábamos con los radicale); pero ‘l Landriel este no denunció a ninguno, y la gente lo apreció mucho por eso despué.

 

   Y cuando llegamos ‘n Charata, con María, mi mujer, y con Rosalía, que era chiquita, las casas donde fuímos a vivir ya estaban hechas: las había hecho ‘l inglés, unos caserones impresionante, las había hecho ‘l inglés Walker, que fue ‘l que construyó todo eso muchos año antes que nosotros llegáramos ahi. ‘L inglés Walker fue ‘l primero que abrió la agencia Ford, así que la agencia tuvo continuidad siempre –desde ‘l inglés hasta que estuvimo nosotros- y ‘l caserón que había hecho ‘l inglés quedaba al láo de la esquina, una esquina grande que no pertenecía todavía a la sociedad nuestra, la que hicimos pá la agencia, pá que la Ford nos diera la concesión. La esquina esa era terreno fiscal ¡que antes había tantos!, y esa era del gobierno todavía, ‘ntonce la solicitamo nosotros a nuestro nombre, al del dotor López de Echeverría y al mío, y unos años despué, cuando disolvimos la sociedá a la muerte del dotor López de Echeverría, yo le compré la parte a la viuda. Entonce yo le dí esa esquina a mi hermana Margherita (no se la vendí, pero igual hicimos con título de propiedá y todo), pá que ella allí se hiciera su casa. Al principio, cuando llegamos vivíamos todos juntos, todavía estaba ‘l Tío Viejo, que duró apenas un mes con vida ‘n Charata, se nos murió ‘nel ‘49, cuando acabábamos de llegar, tenía setenta años, le agarró un parálisis intestinal. ‘N la consulta que habíamos hecho con ‘l dotor De Llamas ya me había dicho que era una cosa muy grave, y yo le pregunté qué le parecía si lo llevábamos a Buenos Aires, y él hizo consulta con ‘l dotor López de Echeverría –que ellos eran muy amigo, y sabía lo cerca que estaba López de nosotros-, y cuando hicieron la consulta, viene De Llamas y me dice: “- Mire, don José, le voy a ser franco, no tiene ninguna posibilidá de vida, ni aquí ni ‘n Buenos Aires”, porque ya ellos vieron, ‘n la consulta que hicieron, vieron que tenía los intestino paralizáos (y esos, una vez que les pasa así ya no agarran más, para mí que é como un cáncer o algo así). Bué, lo dejamos ahi, porque por lo menos ‘l dotor López lo vigilaba, pá que no sufriese ¿no?, ‘l dotor venía dos veces por día a verlo… pobre tío ¡lo que sufrió!, con lo bueno que había sido toda la vida, é una mierda de endevera eso, yo cualquier cosa pido, pero no tener que sufrir así para morir… ¡la puta!, él de lo más bien que estaba cayó enfermo, se enfermó un 15 de abril, y murió ‘l 9 de mayo, más de veinte días enfermo, pobre. Yo esos días era como que no sabía qué hacer, porque él, así, un hombre con una vida intachable, para mí fue como mi Papá, más que mi Papá casi, porque con él viví toda la vida. ‘L dotor no le sacó ‘l suero ‘n todo ese tiempo, nunca, pero se lo puso ‘nel ano, porque dijo que así no sufre, no tenía que andar pinchándolo; y le daba unos remedio, todos los días cuando venía, y como se le empastaba mucho la boca, con una pincita estaba ahi, dos horas, ¡limpiándole la boca con una paciencia!. É que mi tío era un hombre que se hizo querer, aún viejo, un hombre que se hizo respetar, y López de Echeverría le había tomáo estima de endevera. Y él estuvo conciente hasta último momento, sabía que se moría, así que pidió un escribano y hizo testamento, (quería hacer testamento porque así no hacíamo sucesión, con testamento sale casi nada, ¡una bagatela!, sin embargo si tenés que hacer sucesión hay un montón que se vá pá’l gobierno); y viene, así, uno de los últimos día, y me dice: “- José, yo me voy morir pronto, andá ‘n Charata y trae escribano.” Allá me fuí, le hablé a Villari –que era ‘l único que había ‘n la zona ‘naquel tiempo-, y vino con dos testigos, ‘l tano Iassella y Lipovesky. Hizo testamento, y cuando Villari le pregunta a quién le hacía ‘l testamento, a quien ponía heredero ¿no?, ‘ntonce finado tío dice: “- Póngalo a José, a mi sobrino, a él como heredero universal”, y yo, que estaba ahi con ellos, le digo: “- No, tío, le agradezco a usté, pero ponga los cuatro, los cuatro hermanos.” Y así hizo, no me dejó namás a mí, puso los cuatro hermanos, por eso cuando se murió, dividimos todo, porque él todavía tenía la chacra, ‘l campo (que ya no estaban más los medieros, ‘nese tiempo ya lo estaba trabajando Remigio), y quedaban a nombre del Tío Viejo unas setenta y cinco hectárea. Que la verdá, ¡cómo son las vuelta de la vida!: ‘l que mejor se benefició con la herencia del tío fue Remigio, porque le tuvimos lástima, ¡qué se yo!. É que Alfreddo, mi cuñáo, ellos estaban bien económicamente ‘nese tiempo, ahi ‘l gringo fue bastante “gente” digamos, porque por ser, así, ‘l sobrino político, podría haber decidido otra cosa, podría haber dicho: “vendamos la chacra y repartamos…”, pero no, él convino que mejor dejársela a Remigio, que había quedáo así, afuera de todo ¿no?; y a Alfreddo le dimos la parte de Giuditta ‘n efectivo, calculamos la casa de la esquina –ese salón grandísimo que habíamos hecho pá’l almacén- que también estaba a nombre de él, del Tío Viejo, y le digo al gringo: “- Alfreddo, poné vos ‘l precio, porque con la otra casa nos quedamos yo y Margherita”. Y bueno, dijo ‘l precio de treinta y cinco mil peso, a mí me pareció barata, así que estuvimos conforme; aparte hicimos balance de la sociedá, que eran como cien mil peso de capital ahi, y le dimos otros treinta mil a Alfreddo, y Margherita y yo quedamos dueño de la otra casa; pero ‘n la agencia, ‘n la Ford figuraba solo, ‘n la sociedad figuraba yo solo, pero le daba a Margherita su parte, ¡báh!, si no hubiera querido no le hubiese dáo nada, porque ella no figuraba ¿no?, pero yo siempre le daba su parte. Y las cosa que habían quedáo de la casa, de la casa de la familia, dividimos entre nosotros dos, entre Margherita y yo, por’jemplo ella se quedó con la máquina de coser, yo me quedé con la escopeta… así, y todo bien, sin ningún problema, entre nosotros no iba haber ningún problema. ‘L tema era qué hacíamos con Remigio, que él había quedáo tan, así, tan dolido con todos nosotros, y ahi fue que viene Alfreddo y dice: “- Che, José, ¿qué te parece si a este pobre infeliz le dejamos ‘l campo pá él, que viva de eso?” Y é que él, Remigio, estaba medio apocáo ¿no?, cuando se fue con esa mujer, se había ido ‘n Buenos Aires, que todavía vivía la Mamá. Y ‘n Buenos Aires trabajaba de algo ¡qué se yo!, de algo ‘nuna casa, apenas si ganaba pá comer, y Dorila fue a verlo, pasó por Buenos Aires y fue a verlo, la maestra Dorila, y cuando vino nos dijo de lo mal que éste estaba allá, ‘ntonce ‘l Tío Viejo –como la Mamá ya no estaba- me dice: “- Qué te parece si aquel, ‘n vez de cagarse de hambre allá, no sé… si quiere venir a trabajar ‘n la chacra, que venga.” Él se había comido su parte, cuando él se separó de nosotros, su parte ‘n la sociedá se lo llevó ‘n Buenos Aires, pero se lo había comido, gastáo todo, estaba ‘n la lona. Y para esa época ‘l problema con Remigio, que la Mamá ya se había muerto, ya era medio historia vieja ¿no?. Porque eso sí: antes, cuando la Mamá vivía, él no hubiera podido volver ‘n la chacra, ella no lo hubiera permitido por nada ‘nel mundo, porque Remigio la había desafiáo, había desafiáo a la autoridá de la Mamá, pero para esa época ya era historia vieja. Así que acepté la propuesta de Alfreddo, y Remigio se quedó con la chacra.

 

Yo enseguida me metí en la “sociedá” ‘n Charata, ¡má! ¡si me conocía un montón de gente!, y aparte había dónde ir, que ya estaba la Sociedá Italiana, la Asociación Española… la Española estaba allá ‘nel campo, tenía un campo grandísimo, con caballos y todo; había mucha vida social, de endevera. Así y todo mi vida no cambió mucho con la cuestión del traslado, ¡ya era como ‘l quinto de mi vida!: yo seguía levantándome a las siete de la mañana, abríamos la agencia, si había que hacer algo ‘nel banco me iba pá’llá, (porque ‘nese tiempo no había ordenanzas, así que ‘l presidente de la sociedá también hacía de cadete), y cada dos mese iba ‘n Buenos Aires. ‘Nesos primeros tiempo todavía no teníamos autos nuevo pá vender, pero eso sí: ‘n la agencia estaba ‘l taller, que arreglábamos coche, ¡un taller grandísimo!; pero pá vender comprábamos autos usado; y vendía poco, así, hasta ‘l año 1956, que ahi empezaron andar los Ford 900, ‘l Ford 600… ese año hicimos una buena campaña, pero no andaba la cosa, se sacaba muy poco, y al final yo pensé que me venía abajo.

 

Nosotros vendimos ‘l almacén, y ‘n poco tiempo toda la mercadería aumentó diez veces, ¡habíamos llegáo a tener ese semejante almacén!. Que fue lo mismo que hizo mi cuñáo Alfreddo, que hicieron ellos una cagada con vender todo, con vender pá irse ‘n la ciudá. Ellos decidieron irse ‘n Rosario, pá que estudiaran los chango, que fueran ‘n la escuela de la universidá, ¡pero hicieron una cagada de la gran puta!. Tal vez por la vida, por la salú de mi hermana Giuditta sí, porque ahi ‘n Las Breñas no le asentaba mucho, pero ‘n lo demás, ¡má! ¡si él tenía un capital enorme! (no como ‘l nuestro, pero muy cerquita andaba). Él, como todos los gringo, tenía la ilusión de volver ‘n la Italia: él se había venido tan jovencito, y tenía allá todos los hermanos, los sobrino, que era una familia, así, grande ¿no?, con los viejo no, con ‘l padre, que ya se habían muerto, pero ‘l resto de la familia la tenía toda. Pá mí que él pensaba que con toda esa plata, con todo ese capital, se podían quedar ‘n la Italia, podían volver allá, pero ¡qué mierda!: él ni se imaginaba lo que iba ‘ncontrar allá, lo que había quedáo aquello despué de la guerra… horrible, todo destruído, hambre por todos láos, que no había casa donde no faltaran uno o dos. Una tristeza espantosa, no aguantó ni un año y ya estaba de vuelta ‘n la América. La cuestión é que cuando se decidieron ir vendió todo ¡todo lo que tenían ‘n Las Breñas!, y allí sacó como noventa mil peso de aquella época; se fueron ‘n Italia, y se gastó como treinta mil. Y antes de irse él había compráo muchas acione de la bolsa ‘n Rosario, que ahi fue la cagada de él, porque esas acione, cuando volvieron, ¡no servían pá nada!, por la inflación, eran puro papel namás. No le quedó otra que comprar un terrenito, con lo que le quedaba, compró un terreno ahi ‘n Rosario, y empezó de nuevo, ¡la puta! ¡y ya no eran ningunos chango!, pero qué se le vá hacer. ‘Nese terrenito pusieron un negocio de materiale de la construción, que si no se cagaban de hambre, porque las acione habían caído, cayó la bolsa, ¡perdieron plata como loco los pobres!. Pero se daban maña, así, despacito: mi hermana Giuditta se puso de corbatera, hacía corbatas pá una fábrica de ahi de Rosario; ella la verdá que era una mujer muy hábil ¿no?, y trabajadora como pocas, de endevera, era económica, ella hacía que las pizzas, que esto, que lo otro, la comida, ahorraban ‘n la comida. Y Alfreddo era un hombre que era muy compañero, él era medio brutón, así, ‘l gringo, ‘n sus maneras, pero como marido era bueno, buen padre, todo, sólo que tenía ese modo así, medio tosco, pero era un hombre que ya había hecho la escuela, la escuela segundaria ‘n Italia antes de venirse ‘n la Argentina, tenía escuela, no era como esos gringo, estos que venían así, a la qué me importa ¿no?, él se vino un poco a la aventura (ahi hubo algo con la familia, un desacuerdo o no sé qué mierda, yo nunca supe bien), porque ellos allá, la familia de Alfreddo, no eran de los pobre, ellos no eran contadini, que trabajaban ‘nel campo del patrón: ellos tenían viña, viñedos ‘nel sur, eran gente que estaba bien, tenían preparación. Y bué, allí ‘n Rosario puso materiale de construción y los chango, los dos hijo, ‘nel mediodía (porque ‘nel día iban ‘n la facultá) ayudaban. Cuando yo venía con alguna unidá del ‘56, que pasaba por allí, ¡mierda! ¡repartían los materiale con la camioneta nueva!, ¡ellos, hechos los grande!. Un hermano de mi mujer, que vivía ‘n Rosario, le había hecho sacar carné a los dos chango de Alfreddo, y Andrés, ‘l menor, tenía unas gana de venir ‘n Buenos Aires conmigo, a buscar un camión, cuando yo fuera a buscar uno pá vender, quería venir conmigo pá traerlo él ¿no?, pá manejarlo. Hasta que un día le digo: “- Bueno, Andresito, tengo que ir ‘n Buenos Aires traer dos camiones grandes. Si te animás, vamos ¡qué mierda!”, y fuímos. Le dí un Ford 500, y yo venía adelante de él con un 600, pero no había semáforo ‘n Buenos Aires todavía; cuando llegamos a Retiro, había que cruzar ahi la avenida Remedios de Escalada, y allí, si vos no ponías la naríz del camión, no se despegaba nunca ‘l tráfico de la Escalada, ¡má! ¡no cruzabas más! Yo ya era acostumbráo: le ponía la naríz ahi y frenaban los coche, así que yo pasé, y ‘n la plaza Retiro miro ‘nel espejo y éste no pasaba, no había caso, no se animaba a meter la trompa, bué ¡qué le vamo hacer!, estaciono ahi ‘n plaza Retiro –‘anque era prohibido estacionar, ¿no?- me voy corriendo pá él, y cuando me vio que yo iba, que yo le hacía señas, agarró coraje y metió la trompa y pasó, ¡a la mierda! ‘Ntonce le dije: “- Bueno, Andresito, de ahora ‘n más no despegués la trompa del paragolpe del mío, ¿estamo?”; y manejaban muy bien los chango, Andrés manejaba bien, y lo trajo, contento se vino, llegamos ‘n Rosario, y ya de ahi venía un empleáo de Charata a buscarlo. Y así. Ellos ahi ‘n Rosario no tenían coche todavía, tenían un carro de barra que un repartidor, un viejo, les repartía ‘nel carro los materiales de la construción, le pagaban por changa. Yo le dije a Alfreddo: “- Vendé esas mierda de acione que te quedan, y comprá un Citroën, que é barato”, pero era un poco caprichoso él, ‘anque Giuditta quería, no lo compró, y a los tres meses valía ‘l doble, y las acione no se recuperaron más, no sirvieron pá nada. Lo que pasaba que a él, a Alfreddo, no le gustaba mucho manejar, los coche no eran su fuerte, él prefería quedarse ‘n casa escuchando la ópera. Giuditta sí quería, ella sabía manejar bien, y le gustaban los coche, ella había aprendido a manejar desde la chacra, ¡que venía con ‘l camión cargáo de algodón ‘nel pueblo! A nosotros a todos nos gustaban mucho los coches, al Tío Viejo, a Remigio, a mí me gustaron siempre de alma, cuando yo llegué ‘n Charata ya tenía coche, tenía un Chevrolet ‘32, pero como ingresé ese coche a la sociedá, agarré un Ford ‘37, de esos que ya tenían baúl atrás, y así, hasta que ‘nel ‘64 saqué un Falcon cero kilómetro, mi primer auto nuevo, nuevito, nuevito.

 

   Y ‘n la agencia, los primeros año no fueron muy bueno que digamos, vivíamos namás, sólo eso. Comprábamos alguna camioneta usada, la arreglábamos ‘nel taller, y la vendíamos sacándole algunos peso encima, eso era todo. Y no era mucho, porque la Ford no te enviaba nada nuevo ‘nesos tiempos; mandó, me parece, dos o tres tractores nuevo namás, ‘l resto que vendíamos era todo de segunda mano, ¡báh! de tercera, de cuarta. Así que del ‘50 al ‘56, seis año estuve que vivía, me mantenía digamos. No se vendía porque la política, la política de ese tiempo, no dejaba entrar coches nuevo, que los coches se hacían ‘n Norteamérica, pero estos aquí no querían la importación. Hacía poco que había sido la guerra, la guerra mundial, y los peronista ellos habían sido más o meno namás con Norteamérica, no eran muy de acuerdo. Casi que ellos, Perón, habían sido más de acuerdo con Hitler, ¡si recién ‘nel último momento, cuando se veía clarito que Alemania ya no tenía ninguna posibilidá de ganar la guerra, cuando los Aliados ya habían ganáo media Europa, ahi recién Perón le declaró la guerra al Hitler! ¡esperó hasta ‘l último a ver si aquel desgraciáo ganaba pá ponerse del láo de él!, y por eso la política de Perón con Norteamérica había quedáo medio así namás, complicada, y la Ford no importaba unidade, ¡no te mandaban nada!. Y encima los colore: los colore de los coche realmente eran bien aburridos, todos negros eran, no daba gana de cambiar coche. ‘Nese tiempo me arrepentí mil veces de que hubiéramos vendido ‘l almacén, porque ‘nesos seis año, allá ‘n Las Breñas yo me hacía millonario ¿no?, pero así las cosa. Despué que lo tumbaron a Perón, que ya vino la Revolución Libertadora, ahi ya se arreglaron un poco la política con Norteamérica, ya estos militare querían la importación, eran militare liberales, amigos de Inglaterra y de Norteamérica, y dejaban que entraran los coche, las unidades nueva, y ‘nel 1956 ya hicimos un lindo balance. É que, al no vender unidades nueva, la agencia ‘n realidá no te deja mucho, pero cuando lo tiraron a Perón ese año vendimos cinco, no, seis camione 900, ¡y treinta y cinco camione 500 y 600!, camione nuevos, así sí fue una linda ganancia. ‘N la Argentina la Ford empezó fabricar recién ‘nel año ‘62, ‘n Pacheco –demoraron dos año ‘n hacer la fábrica-, y ahi recién hubo unidades pá vender, tuvimos que esperar hasta 1960, que comenzaron entrar las camioneta modelo ‘60, las “F-100”, ahi sí hicimos una ganancia bastante linda, ‘anque todavía no te daban todas las unidade que pedías, porque no había pá todos ¡te mandaban lo que ellos querían namás!. Yo empecé realmente levantar cabeza ‘nese año, recién, ‘nel ‘60, porque ahi terminamos de transformar la compañía ‘n sociedá anónima, y ahi hicimos la estación de servicio, la Esso que pusimos ‘nesa esquina, ‘n la esquina de la agencia. ‘N realidá la concesión de la Esso yo la tenía desde hacía varios año, pero no teníamos plata pá hacer la estación de servicio, pá poner los tanque y todo eso; ‘ntonce se me ocurrió lo de la sociedá anónima, para que entren varios con dinero, y así hicimos. También con la sociedá anónima nos dieron la agencia de Hanomag, de los tractores Hanomag, ¡pero al pedo, porque no era negocio!, los tractores se vendían, pero te daban muy poca comisión. Encima habían venido año muy malos, del ‘56 al ‘60 fueron año terribles pá’l campo, y los gringo, los colono, no tenían ni para una yunta de caballo ¡qué mierda iban tener pá un tractor! Con la estación de servicio ya fue otra cosa, ya andábamos mejorando, hacíamos ya diferencia. Por’jemplo cuando hubo ‘l aumento de la nafta, por la inflación (que esos años fue donde comenzó toda esa cuestión de la inflación, que antes nunca había habido) la nafta pasó de dos peso a seis peso, la Esso me mandó un tanque de treinta mil litro a dos peso todavía, pero la pulicía te venía a certificar cuánto había ‘n los tanque, y tenías que pagar la diferencia ¡era una punta de peso!, pero como ‘l comisario era amigo (‘l comisario de Charata también era amigo mio, ¡siempre hay que tenerlos de amigo a los comisario!), cuando ‘l comisario vino a certificar mis tanque, me dice, así, medio cómplice: “- Mirá, José, Vladiminoff (Vladiminoff era ‘l búlgaro que tenía la otra estación de servicio ahi ‘n Charata) puso ‘n la declaración nada más mil quinientos litro…”, “- Y… yo por ahi debo andar –le digo a éste- mil doscientos litro o algo así”, y me anotó, porque era muy gaucho, se portó como amigos, ‘anque él sabía que habíamos recibido ‘l camión completo de treinta mil, pero no dijo nada, ¡y ahi me gané una ponchada de miles de peso!. Y despué, ‘nel ‘62 ya hicimos la estación de servicio completa, porque hasta ahi era ‘l surtidor namás, hicimos con los planos y todo, la inaguramos ‘l día 3 de enero de ese año, vinieron los directivos de la Esso, hicimos una picada, una comida con vinos, bien bueno todo, ¡buenísimo! Ya ‘nel ‘65 pude comprar un equipo completo, un camión con acopláo y tanque, lo llevé ‘n Cañada de Gómez, que ahi me hicieron los tanque, un Helvética era, y ya traíamos la nafta ‘n nuestro propio equipo. Nos íbamos pá’rriba, ‘nuna palabra. Y pá vender las unidade de camione, la IKA nos hacía la competencia, era mucho más barata la IKA, porque eran de la industria argentina ¿no?, la Ford tenía cupo, ese cupo que le llamaban, que no podía fabricar más que tantas unidade como le decía ‘l gobierno, y como la IKA hacía más año que estaba, ‘l cupo era más grande, y ¡qué mierda!: nosotros ‘nel ‘65 vendimos ochenta unidades, pero los años anteriores menos, mucho menos, y para tener ganancia de endevera tenías que vender mínimo cincuenta unidades, de cincuenta pá’rriba era todo ganancia, é que había mucho gasto. Y no hay que creer que era una barbaridá vender cincuenta unidades: ‘n los año que ‘l campo andaba, se vendían muchísimas camioneta, camione, tractores… ‘nel tiempo de cosecha. Si cuando yo vendí la agencia, ese año, estos desgraciáos que me la compraron vendieron quinientas, al año siguiente seiscientas unidades, eso sí que fue buen negocio, pá ellos, claro. Si yo demoro seis meses más, no vendo nada, pero lo que me pasó fue que me asusté, porque teníamos cincuenta millón de dinero prestáo; y era dinero, así, eso por tener uno la conciencia de no trampear a nadie, porque era dinero asentáo ‘n los libro, con recibo, si un abogáo me dijo: “- Si a vos, José, te hubieran querido exigir ‘l dinero que te habían prestáo, y te hacían un juicio, recién a los dos año lo pagabas –me dijo-, no te podían haber embargáo ni nada”. É que a mí me habían prestáo ese dinero porque me tenían confianza ¿no?, la gente, ahi ‘n Charata, me tenían mucha confianza. Había un tal Corradini, y una vez yo andaba cagáo, no tenía ni un mango, y había un vencimiento de dos millón de peso, y ¡dos millón de peso, amigo! ¡‘naquel tiempo era muchísima plata!, y ‘l gallego Villar –que era ‘l tesorero de la sociedá- andaba loco, él era ‘l contador, y no sabíamos de dónde íbamos sacar. Bué, lo encuentro a este Santiago Corradini y me dice: “- ¿Qué tal, don Gandolfo, cómo anda?”, “- Pá la mierda, Corradini –era un hombre joven, un tano más joven que yo, pero tenía la guita- tengo un vencimiento de dos millón de peso, y no tengo de dónde juntar…”, “- Yo se los presto, pá usted ningún problema”,  me dice, y metió la mano ‘nel bolsillo, sacó la libreta, y me dá un cheque: “- Ponga usté namás la cantidá, despué me lo devuelve cuando pueda”, ¡la confianza que me tenía la gente, carajo!, por eso a vece yo me agarro la cabeza, la puta que lo parió, ¡porqué mierda me vine!, si ellos mismos, la gente de ahi, los cliente, me decían: “- Hacés una cagada con irte, José…”, ¡puta! ¡si los hubiera escucháo…! La cuestión que esa vez yo agarré, metí ‘l cheque ‘nel bolsillo –que todavía faltaban dos día pá’l vencimiento- y andaba chiflando, tranquilo y contento, y este Villar me dice: “- Y, Giuseppe, ¿consiguió plata?”, “- Y no, gallego –le digo yo-, está difícil la cosa,  todavía no conseguí nada…”, “- ¿¡Y de dónde vamos sacar!?” casi lloraba ‘l gallego, pobre, porque él era muy cumplidor, así, muy responsable con todo, pero le digo: “- ¡Eh…! gallego, ya vá salir ‘l sol para todos, tranquilo…” Pero una noche antes ya me dió lástima, pobre hombre estaba martirizáo, y le muestro ‘l cheque: “- Mirá, gallego, aquí tenés pá’l vencimiento”, y se queda este con la boca abierta, mirándome, ‘ntonce le cuento que me lo prestó Santiago Corradini, y levanta las cejas ‘l gallego: “- ¡Coño! ¡Y así namás!” “- Sí, metió la mano ‘nel bolsillo y me lo dio, –y le digo además- anotalo ‘nel libro, por las dudas yo llego morir, por lo meno este pobre tipo cobre lo que me dio ‘n confianza”; “- ¡Me cago ‘n la leche…! –decía ‘l gallego, que era, así, un poco celoso ¿no?- ¿cómo mierda hace pá tener tanta confianza de la gente…?”

Y así fuímo adelante, pero “potentados”, lo que se dice “potentados”, comenzamos a ser má o meno por ‘l ‘64, que fue justo ‘l año que renunció este gallego Villar; ¡pobre tipo, este era un caso de escopeta!, conservo todavía entre mis papele la renuncia de él, ‘l texto, ¡era un plato!, pá extrañarse lo que eran estos hombre, los gallego estos que habían venido corriendo de la guerra civil de España: “Al Señor Presidente del Directorio de la Sociedá José Gandolfo y Compañía, don José Gandolfo, Presente. De mi más respetable consideración: Embargáo por una acentuada amargura, que nace ‘n la situación que juzgo extremadamente crítica por que atraviesa ‘l comercio automotríz del país, ante agobiantes cargas fiscales, y ante la casi absoluta falta de garantías de todo orden para quienes se desenvuelven ‘nel cargo ‘n que a mí me ha tocáo actuar, he tomáo la firme decisión de desvincularme de cargos directivo, y como ‘n otros ordene no me avendría a desempeñarme dentro de la Empresa, elevo por su intermedio al Directorio mi renuncia a mi Cargo y a mi empleo. Le ruego que tome la providencia necesaria pá que pueda disponer de mis haberes ‘n cuenta corriente, y por todos los concepto salariales al día 31 de octubre próximo, fecha ‘n que haré efectivo mi retiro, siempre y cuando ‘l Directorio no decida anticipar la fecha de este acto. Desde ya me pongo a su disposición para ratificar ante la Delegación del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, según corresponde por ley, ‘l contenido de esta renuncia; con tal motivo lo saludo atentamente. Que la firma puesta ‘neste documento fue libre y espontánea: Pedro Villar.”  Era un tipo así, así hablaba, eran duros estos gallego, eran anarquista, la mayoría de estos eran anarquista, que habían venido aquí cuando Franco, cuando allá se armó ‘l despelote ‘n España, eran gente que sabían mucho, sabían de política, de historia, ellos eran contrera del Estado, de la política del Estado, no lo querían. Había muchos ahi ‘n Charata, ‘n Las Breñas también, eran todos socialista y anarquista; buena gente, pero triste, no sé… me parecían ¿no?, parecían tristes. Claro que para ellos había sido bravo, bien duro todo aquello, ese hijo de puta del Franco los masacró todos, algunos se pudieron escapar y se fueron, cruzaron por la frontera con Francia y se escaparon, muchos se fueron ‘n México, ‘n Venezuela, y otros se vinieron pá’cá, todos los gallego que habían llegáo últimos ahi, ‘n las colonias del Chaco, esos habían venido escapando cuando Franco ganó la guerra civil. Y para mí fue una lástima que se haya ido Villar, porque era un consuelo para mí, él era así, de mal carácter, los empleáos no lo querían, decían a veces: “- Pero, don Giuseppe: ¿quién manda aquí? ¿manda Villar o usté?”, porque ‘l gallego me mandaba hasta a mí, así, medio a lo bruto ¿no?, pero era capaz, yo lo aguantaba porque era capaz, y era muy trabajador, a él no le importaba venir un domingo, venir un sábado, él te llevaba las cosas al día, bien, y se amargaba, como era así, medio nervioso, los tenía cagando a los empleáos, que ahi no iban a hacer lo que ellos querían eso seguro, ¡él los tenía sonando!. Y ese año que se fue Villar comenzamos ya andar mejor, compramos una máquina registradora, de esas primeras que salieron, que eran un armatoste grande como un ropero, pero registraba rápido, una máquina panzona era, toda de hierro. Se vendía un poco más, nunca sobró tanto la plata como para decir que éramos millonarios, pero ‘l capital estaba, ‘l capital sí que era millonario.

 

A mí lo que me partió por ‘l eje fue la inflación, cuando yo vendí ahi subió la inflación. Cuando hicimos la sociedá, las acione las pusimos a cien peso cada una, y al final, cuando vendimos para irnos ‘n Córdoba, las vendí a las mías a los mismos cien peso, a cien peso cada una despué de ocho año, no gané ni un peso por ación; esos año eran estables, las cosas no subían, los valores no se movían y esa fue la cagada que hice, vender ‘nese momento. Yo tenía la mayoría, claro, ‘l cincuenta y cinco por ciento de las acione, ‘l que me compraba las acione se hacía ‘l dueño. Yo siempre mantuve la mayoría, ‘n las asambléas me tenían que sacar de presidente, porque yo era ‘l dueño, y yo vendí ‘nel mes de octubre, y recién tenía que entregarla ‘nel mes de julio del año siguiente, pero ya la había vendido, ¡qué iba hacer! Cuando entregamos la agencia, cuando la entregué, por la inflación, las acione ya costaban como quinientos peso cada una ¡yo me quería morir!. A mí ‘l que me cagó, ‘anque capaz que ‘l tipo lo hizo pá hacerme un bien, fue ‘l gerente de Trabajo y Previsión ahi ‘n Charata, ‘l delegado del ministerio de la provincia, un tal Ferrini, me dice: “- Usté, don Gandolfo, se puede jubilar, se jubila con una jubilación alta, como gerente y como empleáo de la agencia”, y así hice, por eso ‘l carné que yo tengo lo tienen muy pocos; pero despué este desgraciáo, con los cambios de gobierno, cuando estuvo Manrique me mandó al mínimo, me mandó la jubilación como los comunes namás, si no yo tendría que cobrar ahora especial, no la mierda esa que me dan por mes…

 

Esos veinte año que vivimos ‘n Charata vivimos bien, lo que se dice bien, ‘nel año ‘50 nació ‘l Angel, pobrecito, y ‘nel ‘59 ‘l último de mis hijos, ‘l Adelmo. Vivimos del ‘48 –del ‘49 más bien- hasta 1970. Y vivimo como los rico, todos los año salíamos de vacaciones y todo, porque todo los gasto corrían a cuenta de la sociedá ¡pué!, todos los año había una excursión que organizaba la Ford: una vez fuímos a San Paulo, ‘n Brasil, otra vez a Punta del Este, ‘nel Uruguay; íbamos con los barco, con los barcos “Cabo San Roque” y “Cabo San Vicente”, era todo gratis, lo pagaba la Ford. Y otra vez fui –que esa vez María no quiso venir- a San Carlos de Bariloche ‘n avión, todo pago, ocho días, paramos ‘nel hotel Llao-Llao, ¡que hermoso!, la Ford lo había alquiláo, era de exclusivo pá nosotros, los que teníamos agencia, con excursiones. Conocí mundo, realmente, mucho mundo, pero también perdí mucha plata, si yo me seguía quedando hoy tendría, ¡qué se yo! ¡diez millón de dólar!, y más también. Por’jemplo, yo estuve ‘n la fundación de la Finanford, yo puse parte de mi capital ahi, que era una buena idea pero había que saber aprovecharla, porque si no te fundía ¿no?, porque era una financiera pá poder vender más unidade, pero la cuestión é que si no pagaba ‘l cliente, pagaba ‘l concesionario, no se podía financiar a cualquiera porque te clavabas, te terminabas fundiendo; pero eso yo lo sabía porque había sido uno de los fundadore. Pero era difícil que te clavaran, ese no era un problema demasiado grande ahi ‘n los pueblos, porque ahi la gente, lo que pasaba é que se movía con una gran confianza, con confianza de vecinos. Yo, que la gente me tenía un gran aprecio, por esa confianza me hicieron ser consejal de la municipalidá, hasta intendente querían que sea. Me pidieron y bueno, me presenté candidato a intendente por los radicales, por los de Balbín y Illia, y no ganamos, nos ganaron los contrera. Pero sacamos dos puesto ‘nel Consejo Deliberante, dos consejale, como yo había sido ‘l candidato a intendente, entré como primer consejal. Así que entré ‘nel gobierno por la amistá de la gente namás; yo la verdad que mucho no quería, ellos me pusieron, porque yo tenía mucho “arrastre” ‘n la colonia, ‘nel campo, entre la gente, la confianza esa que la gente me tenía. Yo no quería porque les decía: “- Yo no tengo esa vocación, muchachos, esa vocación pá político (porque ‘naquel tiempo los político eran de vocación, lo hacían así, porque querían servir, ser útiles a la gente, no como ahora, ahora son todos unos corrupto, que se meten ‘n la política pá hacer negocio, pá llenarse los bolsillo); aparte muchachos –les decía-, yo é que no tengo tiempo”, que era cierto, no tenía tiempo a menos que descuidara la agencia. Pero ahi los muchacho, los correligionario, me dijeron: “- Vos no te aflijás, Giuseppe, porque ‘l trabajo lo hace ‘l secretario, vos no tenés nada más que firmar”, así que terminé aceptando, porque también decían que con mi candidatura íbamos tener mucha gente del campo, de la colonia, a los gringo que eran paisanos, que yo los conocía bien porque siempre andaban por la agencia: les vendíamos los tractore, los camione, les comprábamos las unidade de segunda mano despué de las cosecha, y siempre también andaban por ‘l taller; teníamos buena relación, así, con la gente del campo. É que ‘naquel ‘ntonce la colonia era importante, casi tanto como ‘l pueblo, había má o meno la misma cantidá de votos. Y despué hablé con mi sobrino Paolo, ‘l mayor de mi hermana Giuditta, que él sí era político ‘n Las Breñas, qué le parecía a él. Y este viene y me dice: “- Aceptá, tío, que a estas hay que ganarlas sí o sí ¡que si no se vienen los ‘peronachos’ de nuevo!”, porque Perón estaba ‘n España, los militares que lo habían volteáo, ‘l Almirante Rojas y esos, lo habían dejáo que se fuera ‘n España, que allá lo había alojáo ‘l General Franco, que era carne y uña con ‘l Franco (¡claro! ¡si eran la misma mierda!, si despué, cuando los otros milicos la voltearon a la Isabel, a la esposa de Perón, la vino a buscar la hermana de Franco y también se la llevo ‘n España), y éste estaba allá, estaba exiliáo, y los peronista eran prohibidos, no se podían presentar a las eleccione. Por eso estaba pá ganarles las intendencia, esos municipio, porque éstos habían sido todos peronista, ¡si hasta a la provincia le habían puesto de nombre “Provincia Presidente Perón”!, ya no se llamaba más Chaco, cuando gobernaron ellos le pusieron ‘l nombre de Perón. Y bueno, fui hablar con Paolino, y acepté, ‘anque mi sobrino era de los otros radicales, era de Frondizi, éramos contrarios ‘n las eleccione, pero los dos estábamos contra los peronista. Yo también hubiera estáo con Frondizi, a mí me gustaba más, pero como casi todos los concesionarios de la Ford estaban con Balbín, a mí también me metieron ‘nesa; los de la Ford no lo querían a Frondizi porque fue ‘l que cortó la importación de las unidades, de los coche de Estados Unidos, ‘n vez Balbín era de la idea de importar, por eso yo estaba con él, él quería que fuera libre, y así, cuando entraron otra vez los radicales de Balbín –que entró Illia- volvieron a mandar las unidade importadas.

 

Yo fui del gobierno ‘n Charata, fui concejal, ‘n total dos año, despué, que ya vinieron otra vez estos milico de mierda, también nosotros tuvimos que irnos, ‘n los pueblos. Para mí un poco que fue un alivio, porque ser del gobierno había que gastar un montón de peso, ‘nese tiempo no nos pagaban un mango por pertenecer al Consejo Deliberante, por ser consejale municipale, ¡má! ¡ni la nafta nos daban!, y eso que había que ir seguido ‘n la capital de la provincia, ‘n Resistencia. Entonce íbamos, así, cambiándonos, para ir ‘n Resistencia a ver al gobernador: una vez ponía ‘l auto uno, una vez ponía ‘l auto ‘l otro, ¡si namás apenas ‘l intendente cobraba sueldo!, ‘l resto ni mierda, no como ahora que estos desgraciáos roban hasta los perros. Despué de eso no quise entrar má, no me gustaba mucho participar, así, ‘n las comisione directivas y esas cosa; por’jemplo yo era socio del Club Social, de la Asociación Española, de la Sociedá Italiana, pero no quería ser pá elegido, así. Una vez me quisieron poner ‘n la Italiana a toda fuerza, pero yo no quise. ¡Má! ¡si no tenía tiempo!, yo viajaba siempre ‘n Buenos Aires a traer unidade, tenía que hacer muchas cosa; no me gustaba andar figurando, ‘nuna palabra. Y también era socio del Club Social de Las Breñas, pero sólo mientras vivió ‘l dotor López de Echeverría, mi socio ‘n la agencia, porque yo iba siempre allá, pá verlo, que a él le gustaba jugar a la loba, qué se yo, nos juntábamos ahi, ‘nel Club Social, pero cuando él murió yo no fuí más, renuncié. ‘N Las Breñas eran pocos, era más “selecto” ‘l Club Social que ‘n Charata; iban los dotores, estaba López de Echevería, don Matías Gutiérrez, que era ‘l boticario, ‘l viejo Tello (‘anque poco lo querían al viejo Tello, pero también iba), y jugábamos al ferrocarril, a la loba, a los dados… yo al final iba los días domingo, ‘l sábado a la noche o los domingos, y así de paso le llevaba noticias al dotor López, a veces, si tenía unos peso, él me los daba pá ponerlos ‘n la agencia, así, esas cosas. ¡Ah! ¡si él hubiese vivido yo no estaría aquí, de eso seguro!, él me hubiese ayudáo muy mucho, pero ‘n cambio ella, la viuda, una mujer frágil, ella sólo quería irse, si regaló todo lo que tenían ahi ‘n Las Breñas, ‘l consultorio –que se lo vendió al otro médico que había llegáo nuevo ahi ‘nel pueblo, ‘l dotor González- las herramienta, todo, yo le decía: “- ¡Pero doña Hilda! ¡cómo vá hacer eso!” No me escuchó, vendió ‘l aparato de rayos X, pá sacar radiografía, que era alemán, ¡eran carísimos!, ese aparato namás valía ‘l precio que sacó por vender todo completo, y despué la casa se la vendió también al gallego este, a González, mejor dicho se la regaló; ‘n cambio si hubiera vivido él, si hubiera estáo López de Echeverría, hoy era ‘l momento ‘n que éramos dueño de medio pueblo.

 

Esos años, mientras estuvimos ‘n Charata, la familia más cercana que yo tenía seguía siendo Paolino, que se había radicado ‘n Las Breñas. Y claro que estaba mi hermana Margherita, que vivía al láo de casa, pero Paolino y su familia eran los más cercano. Con mi otro hermano, con Remigio, las cosa se habían ido enfriando, desde aquel lío, y ya nos distanciamos, no nos dábamos. Él también estaba ahi ‘n Las Breñas con esa mujer, y habían tenido dos chiquitos, pero yo no los conocí a ninguno, ni tampoco él conoció a los míos, ya dejamos de vernos. Un par de veces nos cruzamos ‘n la calle ‘nesos veinte años, nos hablamos, sí, nos saludamos, pero nada más. Y por otro láo estaba también la familia de María, ‘n Santa Fe, que nos seguíamos viendo, seguíamos ‘n contacto: la Elisa, por’jemplo, la hermana de María, junto con Carlotto, que ellos no tenían hijos todavía, solían venir seguido desde Arteaga y se quedaban un tiempo con nosotros ahi ‘nel Chaco (porque ellos no tuvieron su primer hijo, la nena, hasta diez año de casado, ‘ntonce éstos dos por tres venían ‘n Charata ¡como ‘naquellos tiempos era tan barato ‘l tren!). Ellos eran tres hermano ‘n la misma chacra, ahi ‘n Santa Fe trabajaban los tres ‘n la chacra de los viejo, éstos no tenían problema pá venirse unos días; aparte la Elisa, como é la menor de los hermano, siempre fue muy pegada a María. Y nosotros también, también íbamos seguido ‘n Arteaga, dos por tres salíamos pá’llá, como teníamos la camioneta de la agencia no gastábamos coche, amén que no quedaba muy lejos. ‘Nese tiempo ya se viajaba un poquito más, no como cuando mi Papá llegó ahi ‘nel Chaco, que un viaje era una aventura ¿no?, que se tomaban semanas pá ir de un láo al otro. Yo salía bien de mañanita con la camioneta, cortábamos por la Cañada y serían unos ochocientos kilómetro má o meno ¡pué!, aparte, los padres de María, los viejos, vivían todavía, ¡uh! si los viejos vivieron hasta… la vieja murió la primera, pero recién ‘nel ‘79, y don Luigi vivió hasta los ochenta y nueve año, ‘l viejo; y toda la vida trabajaron ‘nel campo, un campo muy bueno, ellos vivieron bien de ese campo, son namás cincuenta hectárea, pero ‘nuna zona excelente, ahi ‘n Santa Fe, esas tierras son la pampa, de las mejores tierra de la Argentina. Nosotros, con María, somos padrinos de la hija de Elisa, y también de la hija de la Ana, de la otra de ellas, y al revés también nos compadreamos, porque los padrinos del Angel, de mi hijo pobrecito, eran ellos, la Elisa y Carlotto. Pero a pesar de que, así, estábamo tan juntos las familia, a mí nunca se me ocurrió que pudiéramos irnos a vivir ‘n Arteaga, con ellos. Donde sí me hubiera gustáo –que nosotros lo pensamos más de una vez- era de ir ‘n Rosario, llegamos incluso a tener un solar ‘n Rosario, sobre una avenida, que despué lo vendí. Estaba al láo del que habían compráo ellos, Alfreddo y Giuditta.

 

¿Por qué queríamos irnos ‘n la ciudá ‘ntonce?, yo ahora me pregunto eso, y no sé, la verdá no sé qué nos agarró, qué era lo que pensábamo, pero é que ‘nese ‘ntonce muchos hacían así, juntaban plata durante algunos año ‘nel pueblo y se iban, se iban ‘n Buenos Aires, ‘n Rosario, ‘n Córdoba, se iban ‘n las grandes ciudade, un poco pá que estudiaran los chango (porque ahi ‘n los pueblo sólo había hasta la escuela segundaria, los chango pá estudiar se tenían que ir), y por ahi siguiéndolos… no sé, la verdá. Pero yo me he arrepentido mil vece, yo si fuera hoy, ¡má qué! ¡ni me movía!, yo ahi era “don” Gandolfo, y aquí, ‘n la ciudá, soy un viejo de mierda, una basura. Pero así era: estábamos apuráos por irnos ‘n la ciudá. Y yo prefería Rosario porque allí se habían ido ellos, Giuditta, ellos, y también estaba cerca de la chacra de los otros, de los de María; por eso cuando Alfreddo se enteró que se vendía, me avisó: “- Che, José, mirá que acá justo se vende un terreno al láo del nuestro, del solar de la avenida, piden sesenta mil peso”, era bastante plata, pero yo tenía, y le dije que fuera hablar con ‘l tipo, que le diera una seña hasta que yo llegaba, y fuí y se lo compré. Despué de tres o cuatro año, que ya habíamos cambiado de planes y sabíamos que no íbamos a ir, lo vendí ‘nun millón de peso, hice diferencia, é verdad, pero no sé… quizá ahi sí que la hubiera pegáo, porque si yo vendía la agencia y me iba ‘n Rosario, yo era joven todavía ‘naquel año, hubiera puesto negocio con lo que vendía ‘n Charata y ahora, quizá las cosa hubieran sido diferente, digo, seguiría ‘nel mismo negocio, ‘l de los coche, que a mí me gustaba ¡los coche me gustaron siempre de alma!, no sé por qué puta lo fuí dejar, era un trabajo lindo, estaban los autos, nuevito, aparte que era un trabajo de andar mucho, liviano pero lleno de viaje, é que de endevera era un “señor”: siempre tenía mi auto listo, me lo limpiaban, lo lustraban ahi ‘nel taller ¿no?, yo tenía siempre un coche a mi disposición… si me vieran los muchacho ahora, que de pedo me puedo subir ‘nun coletivo.

 

Pero creo que lo que realmente erré –igual que los viejo, que Papá y Mamá cuando intentaron volver ‘n Europa- fue no comprar campo, comprar un pedazo de tierra allí, ‘nesos año que estábamos bien, cuando teníamos plata sobrante; pero esa maldición, esa maldición que nos ha seguido siempre. Mi hijito querido, ‘l Angel, él quería: cuando todavía estábamos todos, cerca de Charata se vendían mil quinientas hectárea, y me las daban por tres millón de peso, y yo tenía esa cantidá, ¡qué! ¡si ‘n la cuenta corriente tenía más que eso!, y fuímos verla con ‘l Angel. Pero resulta que adentro había un tipo que era puestero, que tenía puesto ahi dentro, y hacía como veinte año que estaba ahi, y ‘nesos casos pá sacarlo al tipo tenés que pagarle una indemnización, y ese tipo nos pedía muy mucho, y nada más por esa estupidez no compramos. ¡Tenía unos algarrobos! ¡madonna santa! Otro caso fue Abbone, un tipo conocido de ahi, que me quizo vender ¡cinco mil hectárea! ¡todas alambrada!, un verdadero fundo, con un chalé de dos piso adentro, con tres baño, pileta, no sé cuánta cosa había ahi, y me pedía dos millón y medio, justo pasábamos un momento jodido ‘n la agencia, y me achiqué. ‘Anque ‘l gerente me dijo despué, ‘l gerente del banco, me dijo: “- ¡Pero don Gandolfo! ¡cómo no compró!, siendo usted yo le hubiera conseguido la financiación que quisiera…”, porque ‘naquel tiempo había crédito pá comprar campo, hasta eso te daban. Pero no, tampoco esa fue mi oportunidá. Yo lo que digo de esa maldición é que no me acompañó la suerte, yo intentaba, intentaba, ¡qué le vamo hacer!, porque hubiera sido lo que los viejo habían soñáo ¿no?, era una de las mejore estancias de por ahi, era de una sucesión, había venido de Suiza uno de los heredero, ‘l que hacía de administrador de la sucesión, pá venderla. Resulta que se vino por dos meses namás, pero conoció, se hizo novio de una negra de por ahi, y tuvo como trece hijo, cuando yo lo conocí ya llevaba como treinta años ‘n la zona ¡se le habían alargáo los dos mese! Terminamos haciéndonos amigo, como era de una parte de Suiza cerca de la Alta Italia, hablaba bien ‘l italiano, ‘ntonce venía ‘n la agencia y hablábamos ‘n italiano, le gustaba mucho hablar ‘nel idioma; (yo hablo bastante bien, claro que algunas cosas no las sé, porque nosotros no hablábamo ‘l italiano propiamente, ‘n mi casa, cuando vivíamos ‘n Las Breñas con la Mamá y ‘l Tío Viejo, hablábamo ‘n dialeto –que é bastante parecido, pero no é lo mismo-, y cuando ‘l almacén, con todos los clientes italiano que teníamos, que no hablaban la castilla ni a palos, con ellos claro que hablábamo y nos entendíamos sin problema, pero ‘n la casa, cuando estábamos nosotros namás, la familia, se hablaba ‘n dialeto. Yo comencé hablar la castilla todos los día recién cuando me casé). Años despué, cuando ya éramos amigos, ‘l suizo éste me contaba la historia de la estancia esa, que yo me perdí de comprar, me decía: “- ¡Cómo mierda, Giuseppe, no me avisó que usted era interesáo!, yo sabía todos los postes que había ahi dentro…”, claro, quebrachos coloráos nuevitos, porque ya hacía como treinta año que habían explotáo esos monte, y ‘nese tiempo ‘l arbolito ya servía pá dar un poste nuevo, lindo; ese campo había sido de “La Forestal”, que tenía muchísimos campos por ahi, por ‘l Chaco, y también por ‘l norte de Santa Fe, miles y miles de hectárea, porque ellos fabricaban, eran la fábrica del tanino, que sacaban ‘l tanino del quebracho coloráo. Despué la cerraron, cerraron “La Forestal”, ‘l que manejaba allí, ‘l capo de todo eso, se venía siempre ‘n avión, y un día levantó vuelo y no alcanzó a pasar ‘l alambráo, enganchó la rueda del avión ‘nel alambre y capotó, se mató ‘l jefe. Y al matarse él cerraron la fábrica, que la habían abierto a principio de siglo, allá por 1910, ¡que habían compráo a un peso la hectárea! ¡a un peso!, antes que viniese ‘l ferrocarril incluso, ellos ya eran dueños de todos esos campo. ‘L ferrocarril ‘naquellos tiempos llegaba namás a Quimilí, que é ‘n la provincia de Santiago del Estero, y ‘l primer pueblo de este láo, del láo de la provincia del Chaco, era Gancedo, que hoy é casi un pueblo fantasma, pero ‘naquella epoca ‘n Gancedo había hasta juez, solo ‘n Resistencia y ‘n Gancedo; y hoy no existe, ni ‘l tren para ya allí, pensar que fue una de las primeras colonia de esa zona, una de las más floreciente, y namás han pasáo ochenta año.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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reflexiones del Dr. Plarr

 

En la página 268 de El cónsul honorario el doctor Plarr piensa:

“Por más que simulemos, los dos hemos perdido la esperanza. Por eso podemos hablar como los amigos que éramos. He llegado a una vejez prematura en que ya no puedo burlarme de un hombre por sus creencias, por absurdas que sean. Sólo puedo envidiarlas.”

 

[ Graham Greene ]

 

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pensar es quedarse en el mundo

 

 

 

Pensar es quedarse en el mundo,

tan sólo quedarse.

Mujer: no quiero ni puedo quedarme.

 

He trabajado, paciente,

el barro seco del camino

que requieren mis pasos.

 

¡Ay, mujer, si pudiera quedarme!

Pero todo me dice

que aún no ha llegado

el momento de aquietar las salidas.

 

Mujer: ¡no puedo quedarme!

He de andar hasta anochecer en un lento sueño,

quiero dejar las viñas para internarme en la tierra,

librar las fuerzas y amanecer distinto cada mañana,

conducir la carrera hacia ningún lugar que llegue,

quiero vivir con frenética vida esta frenética danza.

Mujer: ¡no puedo quedarme!

 

 

casi en el fondo del armario

 

 

 

 

Casi en el fondo del armario

encontré hundido entre cien olores

tu traje de niño.

Vencido casi por el tiempo,

por nieves sólidas de alcanfor

o por la barba afeitada

aquel lejano día de frío.

Vencido casi, pero todavía

aunque lejano, aunque tardío,

vencido casi,

pero todavía

vivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Madrigal 13 (1985)

 

 

Madrigal 13

 

 

 

 

Al galope lento bajo el

cielo de algodón y bruma

que titila en la ferruginosa

miel de la sombra de tu cuerpo

sueño el día con su tarde

y su noche más larga

en que olvidamos el tiempo.

 

Sueño la palabra que callamos

y el tul de tierra mojada

que nos cubría en retazos

la sonrisa casi infantil en los labios

y una luna desplazada por el velo

inocente de la mañana.

 

Sueño la calle y tus ojos

desde la música

y el agudo angelus de las campanas

un ligero rocío emanaba

de ese concierto del alba

todo junto en ese suelo en que

los cuerpos y los pasos se mezclaban.

 

Sueño que te sueño esperando

la voz serena y con pausa

que recite nuevamente este poema

cubiertos del tul verde

de esta tierra mojada.

 

 

Fugacidades (1983)

Fugacidades

 

 

 

 

 

Llanto marino, cristalería de almejas y barlovento.

 

Sol cobrizo, sepelio diáfano de la tarde.

 

Roca, lirio lacayo de las olas.

 

Lloroso albatros, ovación.

 

Coral, vorágine de siglos sumergidos.

 

Quietud de sal, aire suave y casi tibio.

 

Frente al mar el cuerpo tiembla.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA UNIDAD DEL DOS, de Mariano Peyrou (Prólogo)

 

 

 

Prólogo

 

 

a “La unidad del dos”, de Mariano Peyrou

 

 

(De puño y letra, Serie Calíope, número 3, Educc, 2004)

 

 

 

 

 

De Whitman dice Ezequiel Martínez Estrada, puesto a saludarlo, sencillamente contradictorio y vivo; sobre esas barbas de patriarca ya había dicho Darío como un profeta nuevo canta su canto. Vinieron a mí estos versos al releer los trabajos de Mariano Peyrou que hoy presentamos. El poeta nos deja traslucir en su canto caminos, líneas, trazos, orientaciones reflexivas para llegar a ninguna parte. Senderos contradictorios: como la vida misma. No hay líneas rectas, parecen decir los trazos, los senderos son ambiguos, o simplemente no los hay. Y sin embargo, aún así, la voluntad nos lleva a ellos, la invitación es a caminarlos: estaría la nada reflejada y tú podrías verla. Contradictorio. Y vivo.

 

 

Recuerdo haber leído en Barcelona, en mi primer encuentro con la poesía de Peyrou, aquella sugerencia suya: ahora hay que confiar en lo que no se entiende, elegir el recipiente más adecuado para contener el desconcierto, y en el profundo escozor que dejaba palpitando para la visión de lo reiterativo, lo usual, lo mecánicamente armónico de nuestras agendas diarias. Me da gusto encontrar esos ramalazos defensivos en la presente selección de poemas, que Mariano Peyrou ha realizado para esta edición en Calíope: esto es la aventura: modificar un trayecto que se hace cotidianamente. Una selección variada y, a su personal criterio, representativa de los trabajos poéticos iniciados hasta aquí.

 

 

Peyrou nació en Buenos Aires, en 1971; cuando en el país comenzaban los años de plomo, su familia se trasladó a Madrid, allá vive desde sus 5 años. Allá apareció su primer libro, La voluntad de equilibrio; al que siguieron los poemarios De las cosas que caen y A veces transparente; el próximo año aparecerá La sal, del que aquí se incluyen cinco fragmentos. Las dos últimas partes del presente volumen –temperatura voz y El placer– recogen una selección de su producción más reciente.

 

 

 

 

 

N. G. S.

 

Universidad Católica de Córdoba, 2004.

 

 

 

 

 

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corres, alocado (1982)

 

 

 

Corres, alocado,

tiñendo de marrón blanco la sabana.

Corres, alocado,

revisando cada murmullo con tu risa de plata.

Corres, alocado,

confundiendo la espesa fronda que amalgama.

 

Renaces en cada esquina

con más fuerza y más centella,

rizando el agua espesa de las cunetas plenas de barro,

haciendo danzar sin descanso los rosados lapachos

girando alrededor de la veleta del gallo herrumbrado.

 

Corres y corres,

Con la altanería de tus pocos años.

 

Era fuego en el aire.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

de A sangre fría

 

Hay una raza de hombres inadaptados

una raza que no puede detenerse

hombres que destruyen el corazón a quien se les acerca y vagan por el mundo a su antojo

recorren los campos y remontan los ríos

escalan las simas más altas de las montañas;

llevan en sí la maldición de la sangre gitana

y no saben cómo descansar.

Si siguieran siempre en el mismo camino

llegarían muy lejos;

son fuertes, valientes y sinceros.

Pero siempre se cansan de las cosas que ya están

y quieren lo extraño, lo nuevo, siempre.

 

(plagiado por uno de los asesinos de la familia Clutter, para regalárselo a una novia que abandonaba)

 

 

[ Truman Capote ] 

 

 

.

Trópico

 

 

 

Trópico

 

 

 

 

Regresando desde el hielo

(no un sueño

multicolor en blanco)

hacia el agua que hierve

puro rabiar hirviendo

una catarata de plumas sanguíneas

suelta alarido el aire a los lados.

Avanzo desde el hervor:

soy

barro inquieto.