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NGS en la Feria de Frankfurt

El director de la revista DICCIONARIO, Nelson-Gustavo Specchia, publicado en la antología “Thirteen Stories by Writers in Córdoba”, preparada por Carlos Alberto Schilling y editada por la Secretaría de Cultura de Córdoba para la Feria de Frankfurt.

Leé más en el blog de la revista:

http://www.revistadiccionario.com/blog
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nelson.specchia@gmail.com

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New Book: “Thirteen Stories by Writers in Córdoba (Argentina)”, Frankfurt 2011

Nuevo libro:

Thirteen Stories by Writers in Córdoba (Argentina)

Selection and Prologue by Carlos Schilling

Con mi cuento “The Foolish Joachim”

(Translated by Sheila Carmody)

Frankfurt, 2011

María Teresa Andruetto

Hernán Arias

Julio Cabrera

Rosalba Campra

Andrés Dapuez

Federico Falco

Sergio Gaiteri

Lilia Lardone

Federico Lavezzo

Nelson Gustavo Specchia

Diego Tatián

Victoria Uribe

Diego Vigna

 

Como ponerle puertas al campo (26 08 09)

COMO PONERLE PUERTAS AL CAMPO

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En su ensayo “Libros. Todo lo que hay que leer”, Chistiane Zschirnt selecciona arbitrariamente 100 títulos que a su juicio son imprescindibles.

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por Nelson Gustavo Specchia

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biblioteca infinita

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Desde siempre nos han obsesionado los límites del conocimiento humano, y esos reservorios de la inteligencia y de la creatividad que son los libros. Una de las preguntas más antiguas que vienen flotando en las reflexiones sobre nuestra propia capacidad de imaginar y de escribir tiene que ver con esos límites –o ese horizonte infinito- que contiene la cultura. Y como una consecuencia de esa vieja pregunta, aparece casi de inmediato la necesidad de la nomenclatura, del orden, de las prioridades: lo que define el canon y –casi tan importante, o más- lo que queda fuera del canon. Octavio Paz diría que es una tarea tan estéril como ponerle puertas al campo, pero una y otra vez reaparece en el debate intelectual, y más apremiante cuando esos límites se desplazan velozmente, aumentando día a día la cantidad de páginas ofrecidas a un lector cada vez más improbable, con menos tiempo para el goce literario, con urgencias reales o supuestas que lo empujan a consumir sólo las obras de una selección que, por ello, gana centralidad. Y a mí no deja de parecerme un trabajo inútil, que va en sentido contrario a la fertilidad del diálogo entre esas voces distintas, otras, que aparecen de pronto en la página menos previsible, y que uno sólo encuentra cuando se deja extraviar en los meandros de los pasillos bibliotecarios, de las librerías de viejo, o de las que no se limitan a la mesa trillada de los títulos de grandes ventas. Un extravío quizás justificado por aquella intuición de Plinio el Joven, de que no hay libro tan malo que no contenga alguna línea rescatable.

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Hasta las postrimerías del siglo XIII la respuesta a esa antigua pregunta se encontró con los macizos y contundentes muros de piedra de los monasterios. La cultura tenía límites: la verdad era una, y había sido dicha de una vez y para siempre. En los alargados “scriptoria”, el erudito monje benedictino debía limitarse a copiar una y otra vez esa misma verdad, “iluminar” con colores y formas, pero nunca buscar ni agregar. Porque no había nada que agregar, la lista de los libros, de aquellos que realmente importaban (el “canon”) estaba cerrada. Pero luego llegaron las ciudades, los libros saltaron los muros monásticos, y la antigua pregunta sobre los límites de lo cognoscible volvió a tomar envión, alimentada por los tipos móviles de Juan Gutenberg, de Maguncia.

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Con la proliferación de cubiertas, títulos y lectores, volvió el ánimo nomenclador, las listas, y el sueño titánico de enmarcar todo el saber posible en una serie limitada de obras. No se perseguía la eliminación de los “libros malos”, como haría luego el Tercer Reich en las hogueras de Berlín, o la dictadura argentina con los listados de obras prohibidas para las buenas conciencias occidentales. Este nuevo ímpetu clasificador, por el contrario, estaba alimentado de buenas intenciones: se proponía servir como faro en el mar de la cultura. El intento más logrado en este camino lo marcó el enciclopedismo francés con su proyecto voluntarista de editar un libro que contuviera la totalidad del saber humano, proyecto que fue pronto replicado con la aparición, en Edimburgo, de la Enciclopedia Británica, y de la Brockhaus en Leipzig, ambas en la segunda mitad del siglo XVIII. Los últimos coletazos fuertes de esta tendencia llegaron, un siglo más tarde, con la publicación del diccionario enciclopédico de Pierre Larousse, ya humildemente restringido al ámbito escolar.

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Quizá la mejor manera de poner en situación estos intentos de estandarizar y catalogar lo que naturalmente debería permanecer libre y revuelto, no sea teorizando sobre sus virtudes, posibilidades y límites, sino narrando los excesos de su programa con una fina capa de ironía, para hacer evidente el despropósito de ponerle puertas al campo. Jorge Luis Borges dejó entrever algunos elementos de ese énfasis catalogador de la cultura en algunas páginas bellas e inquietantes, como aquel intento de construcción de la biblioteca del Congreso con la acumulación de todos los libros del mundo, y que como no podía ser de otra manera, condujo a la expirosis de las llamas, porque “cada tantos siglos hay que quemar la biblioteca de Alejandría.” O aquel libro vasto como la arena, que comprendía todos los libros que el hombre haya escrito jamás; o aquella biblioteca construida sobre infinitas galerías hexagonales, que recibe el mismo nombre que la torre donde se castigó la desmesura humana confundiendo las lenguas.

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He vuelto a pensar en esta tensión permanente entre la universalidad de la cultura y los intentos de fijar los cánones de su interpretación, al leer el último libro de Christiane Zschirnt, Libros. Todo lo que hay que leer. Guillermo Rodríguez me contó que una comisión de sabios rusos había calculado que la biblioteca imprescindible que debía leer un hombre culto alcanzaba los 12.000 volúmenes, y estaba preocupado, porque había sacado cuentas, y a dos libros por semana, durante 60 años, apenas llegaba a los 6.240. Necesitaría dos vidas, cuando menos. Pero ya no debe preocuparse, la doctora Zschirnt le acorta el camino, según ella, “Todo lo que hay que leer” se limita a una centena de obras, desde la Biblia hasta Harry Potter.

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Hace algún tiempo, Dietrich Schwanitz publicó un libro que alcanzó records de ventas, La cultura. Todo lo que hay que saber. A pesar de las desmedidas intenciones del título, el volumen se limitaba a una exposición más o menos cuidada de fichas cortas sobre los picos más relevantes de la vida intelectual y artística de Occidente. Schwanitz dictó varios seminarios con su best-seller, Zschirnt asistió a ellos, y encaró el proyecto de mini enciclopedia libresca en el mismo camino que su mentor (que, por cierto, prologa esta hijuela literaria y comercial).

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En las 506 páginas de Libros. Todo lo que hay que leer (tengo la versión española de Punto de Lectura, tercera edición, Madrid, 2008), Christiane Zschirnt presenta las obras que recomienda como si se tratara de grageas terapéuticas, pequeñas, solubles, de tránsito rápido y de efecto inmediato. La introducción de la Divina Comedia ocupa cinco páginas, y otras cinco toda la Biblia. Para Romeo y Julieta alcanzan dos, y las tres utopías (la de Moro, la de Bacon, y la de Campanella) se despachan juntas en cuatro páginas.

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Sería ocioso, creo, hacer un listado de las carencias de un proyecto de estas características (sería, en todo caso, otra lista, también incompleta); el énfasis centroeuropeo de la mirada; la sola consideración occidental en la nomenclatura; el lugar relegado de la poesía; o limitar todo el teatro escrito a poco más que Shakespeare. Lo que amerita su publicación –y la buena receptividad de este tipo de libros- es una vuelta a aquella pregunta antigua, sobre la supuesta necesidad de marcar la ruta, rayar la cancha, fijar el canon.

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Dice la autora en las últimas líneas de la introducción que su libro “pretende proveer al lector de la brújula que necesitará para hacer sus propios descubrimientos, si es que se atreve a lanzarse al mar.” Yo creo que –cuando de libros se trata- antes de lanzarse al mar lo primero que hay que tirar es cualquier aparato que se parezca a una brújula.

En LA VOZ DEL INTERIOR

miércoles, 26 de agosto de 2009, CULTURA, página C-6.

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Joaquín, el necio

Joaquín, el necio

(para Graciela Giraudo)

 

 

 

Desde que escuché por primera vez la historia de Joaquín, el necio, me lo imaginé viviendo en algún lugar del sur de España, entre Extremadura y Murcia (como quien dice: en algún pueblo entre Almendralejo y Mojácar), por lo que su peligrosidad potencial de hombre obtuso con navaja en mano me pareció remota. Muy por el contrario, me lo encontré el jueves pasado en Alta Córdoba, a dos pasos de mi casa. El temor a su conducta irracional y a la voracidad castradora de su navaja, han vuelto a poner en alerta mis sentidos.

 

El jueves había sido un día duro en la librería, habían vuelto los inspectores municipales –tercera vez en dos semanas- con nuevas planillas y exigencias: ya pasamos por las habilitaciones, salidas de emergencia, accesos para discapacitados, planos de cuanta cosa exista por fuera o por dentro de las paredes, matafuegos, libre-deudas… Julio Torres suele contar que el establecimiento de una empresa en los Estados Unidos toma unos minutos: diez dólares y una llamada telefónica. Nosotros llevamos nueve meses de trámites e inspecciones para abrir una librería en el centro de Córdoba. Un niño gestado cuando hicimos el primer trámite en la AFIP, ya hubiera nacido; tengo la esperanza de que las inspecciones de control terminen antes de que aquel hipotético niño tuviese edad de andar, o de atarse los cordones, por decir algo.

 

La inspección del jueves nos exigió tratamiento ignífugo a las alfombras del local: un líquido pestilente que tuvimos que rociar en el suelo, con el presunto objetivo de prever que –en el caso que la librería ardiese, y las estanterías repletas de libros hasta el techo se entregasen al fuego- las alfombras no colaborarían con las llamas. Le mencioné a mi socio, una vez más, si no sería tiempo ya de abonar la religiosa coima a los servidores públicos, única manera de reconvertir esas espadas de Damocles con formularios y letra chica de ordenanzas, en visitas furtivas y espaciadas. Pero la rígida moral de Leonardo, mi socio en la librería, una de las tantas herencias de su pasado marxista-leninista, hace inviable ninguno de estos sensatos modos de convivencia ciudadana, por lo que seguiremos soportando las inspecciones, hasta que alguno se canse.

 

El tratamiento ignífugo me había dejado un regusto ácido adherido a las paredes de las fosas nasales y a la garganta, y un dolor de cabeza persistente. Decidí parar en el Bar Unión y tomarme un fernet con coca, hasta que se me pasase un tanto. A pesar de que Mariela hace cinco meses y nueve días que se fue, aún no me acostumbro a llegar a casa y encontrar todas las luces apagadas. Así, la parada en el Unión a la vuelta de la librería, se me ha hecho carne estos últimos tiempos. Un fernet, un par de cafés, un rato de tele con los noticieros, o mirar sin ver las viejas mesas de billar, o las parejas de ajedrecistas en los tableros junto a las ventanas que dan a Jerónimo Cortés, me devuelven cierto equilibrio. O al menos eso es lo que quiero creer. En realidad me permiten gastar las últimas horas del día, de forma tal de llegar a casa con el tiempo justo para una ducha y meterme en cama, sin reparar en todos los rincones, en todas las baldosas, en todas las esquinas donde Mariela sigue estando, a pesar de ese portazo de hace cinco meses y nueve días.

 

Refugio o excusa, el Bar Unión se ha agregado a los espacios cotidianos de mi vida. Por eso cuando ví a Joaquín, el necio, blandiendo su navaja sobre un escroto aterrado el jueves a la noche, sentí prácticamente una violación de domicilio. Como yo, una pléyade de vecinos del barrio, en su mayoría hombres solos, han hecho del Unión un domicilio alternativo al de residencia. El bar es un mastodonte prehistórico, una inmensa casona que resiste, en su bello decadentismo de fluorescentes y paredes desconchadas, el nuevo boom inmobiliario del barrio. Ese nuevo empuje constructor que avanza –alimentado por los sojadólares- destruyendo las casonas italianas de principios de siglo y levantando las torres de ladrillo vista, que en poco tiempo nos cambiarán la fisonomía siestera y tranquila del pueblito de Alta Córdoba.

 

El Unión también toma distancia de esa otra moda, la de nueva bohemia, que está llenando el barrio de bares de ambiente, restaurants de cocina de autor, pubs con música en vivo, ferias de ropa alternativa, pequeñas galerías de arte, tex-mex y sushi clubs. El Unión no tiene nada que ver con esa rive gauche posmoderna y a escala cordobesa. Es un bar viejo, y un bar de perdedores y pobres ratas. Al menos en su salón delantero: las piecitas del fondo son otra cosa. Pero adelante, en el largo salón que hace esquina entre Avellaneda y Jerónimo Cortés, permanecen casi inmutables los símbolos de un ritmo y un tiempo que ya fue. Manolo, con un guardapolvo amarillo en los sobacos y un repasador del mismo tono fijo en el antebrazo izquierdo, trasmite tu pedido a los gritos en la barra de azulejos blancos –partidos en su mayoría-, donde se apilan los sandwichs de jamón y queso en pan francés bajo las campanas de vidrio turbio; en la punta, la cafetera del espresso, alta como una torre circular, con manijas de madera y detalles de filigrana en el acero inoxidable, por donde se escapan finas columnitas de vapor desde hace décadas; las mesas cuadradas y lustradas por sucesivas capas de grasa; las cuatro de billar, con el tapete ya verde agua; los tableros de ajedrez junto a las ventanas.

 

Los únicos detalles que rompen este escenario son los coches que estacionan sobre Avellaneda, a partir de media tarde y hasta muy entrada la madrugada. De lujo, deportivos, todoterrenos, importados o nacionales pero siempre último modelo, no se condicen con el aire viciado, las moscas eternas, y los tubos fluorescentes de bajo consumo que mal iluminan el Unión. Sus conductores –señores de mediana edad, vestidos casual pero con ropa de marca- entran al Unión sin mirar a nadie, y pasan, discretamente, por detrás de la barra hacia las piecitas del fondo. Otras mesas, también con tapete verde pero remozado, parece que amueblan aquellas estancias interiores. Los parroquianos ya identifican algunos, por habitués, y los saludan al pasar. “- Es Fulano –comentan, cuando el señor ha traspasado la puertita de detrás de la barra- a ver cuánto pierde esta noche. La semana pasada dejó un auto y una casa, lo pelaron.”

 

Por esa puertita, precisamente, salió Joaquín, el necio, el jueves a la noche. Salió como una bala, persiguiendo a un cuarentón moreno, delgado y ágil, con cara de desesperado. Yo había terminado ya mi segundo fernet, y el amargo del alcohol había logrado alejar el ácido del tratamiento ignífugo para alfombras de mi garganta. Un trago más y estaría listo para cruzar las dos cuadras que separan el Unión de mi casa sin Mariela y con luces apagadas. Reconocí a Joaquín por la descripción que le había escuchado a Albert Pla en la rumba flamenca que le dedicó: tipo rudo, un metro sesenta, bajito y feo (y zapatero de oficio, pero eso lo supe después), aunque me sorprendió verlo en Alta Córdoba y no en algún lugar entre Almendralejo y Mojácar, como me había imaginado. Joaquín se movía con una agilidad impensada para sus años. Acortó la distancia que lo separaba del moreno vestido con una chomba Ralf Laurent, saltando por la barra de azulejos cuarteados. Manolo se hizo a un lado con un requiebro de cintura, y los dos tragos largos de martini con soda que llevaba en la bandeja de latón no perdieron ni una gota en el giro. Joaquín aterrizó en una mesa y de un nuevo salto estuvo en el suelo. Agarró al moreno por el cinto, cuando éste, que corría entre los ajedrecistas, estaba por alcanzar la puerta. De un violento tirón logró frenarlo, y de otro lo acostó en la mesa de billar. Dos grandotes, que habían salido de las piecitas atrás de Joaquín, lo sostenían de los brazos, boca arriba. Los jugadores de billar se apoyaban en los tacos. “- ¡Yo no tengo nada que ver! ¡te pagaré!” le gritó el moreno, levantando la cabeza del paño desteñido. Los fluorescentes del plafón rectangular le remarcaban un miedo frío. Joaquín le soltó la hebilla del cinto, y le abrió la bragueta del pantalón. Los ajedrecistas miraban de costado, con los codos apoyados en la mesa del tablero y los relojes detenidos. A mí me empezó a retumbar en la cabeza la rumba flamenca de Albert Pla:  

 

Yo que estaba acostumbráo

a dormir acompañáo…

¿por qué te fuiste Rosa, mi vida?

¿por qué te fuiste con ese Negro?

se preguntaba Joaquín, el necio,

metro sesenta, bajito y feo,

de ideas fijas, un tipo rudo,

marido cornundo, padre gruñón,

y de oficio: zapatero remendón.

¡Ay! ¡qué tacón!

Será que tiene un pollón grandote,

el Negro tiene un cacharro enorme,

¡ay! ¡qué puta que eres, Rosa, mi vida,

perder el culo por un cipote!

No por su cosa se quiere al hombre,

sino que dentro hay mucha más gracia,

¡yo tengo mucha gracia interió!

¡yo le capo a ese Negro por ladrón!

¡Ay! ¡qué dolor!

Una vez que el último zapato estuvo arreglado

salió a la calle, navaja en mano, sol de verano,

y en un bar del centro los encontró.

Y entró en el bar, y se hizo el silencio,

la clientela apuró los vasos,

y sin dar tiempo, Joaquín, el necio,

le cortó al Negro su falo entero.

Joaquín miró la parte amputada

y de verdad que eso no era nada…

¡Ay! ¿por qué te fuiste con ese Negro?

¿por qué te fuiste si yo la tengo

mucho más grande? aquí no hay color…

 

 

 

La navaja de Joaquín le brillaba en la mano. “- ¡No la veo más, te lo juro!” rogó el moreno. Joaquín dibujó en el aire un arco limpio, desde el plafón a la entrepierna. Limpió la navaja en la Polo Ralf Laurent del moreno, que se había quedado como dormido. Los grandotes lo llevaron a la rastra, por la puertita, hacia las piezas del fondo. Manolo sirvió los dos martini con soda que tenía en la bandeja, y le hice una seña para que me trajera mi tercer fernet. El último, antes de cruzar el par de cuadras hasta mi casa.

 

 

 

 

 

 

(En “Diccionario – revista de letras”, año uno – número dos, en la letra “J”, páginas 52-59)
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El Brujo

El Brujo 

 

 

 

 

 

 

–         Era un vago. Un mal hombre, y un vago.

 

La voz de la abuela Josefa es baja. Los inviernos la han ido adelgazando hasta una lámina quebradiza. Ese aire de lejanía, como si sólo una parte de ella permaneciera de este lado de la vida, desaparece cuando la empujo a hablar de su padre. Las manitos de niña vieja se cierran sobre el puño del bastón y endereza el tronco. La voz es de una antigua matriarca, firme y clara.

 

–         Un vago irresponsable. Un bueno para nada. Vos no te le parecés, esas son tonterías de mis hermanas. No te le parecés en nada. Sólo en tus ojos, esas almendras eran las suyas…

 

Y de golpe una sombra transparente cruza por su mirada. Afloja el cuerpo, que se le deshilvana hasta hacer de ella nuevamente una figura frágil, vaporosa. Doña Josefa ya no es aquella matriarca, y no puede ocultar que allá lejos cierra la caja de un recuerdo oscuro. La voz intenta mantener la autoridad, pero ahora el timbre es falso.

 

–         Mis hermanas… ellas se equivocan. ¡Toda esa patraña de tu nacimiento…! Y si fue así, esa vez le falló la magia: vos no sos como él.

 

Don Francisco Montilla Albarracín, mi bisabuelo materno, ha sido uno de los dos misterios familiares de presencia permanente en mi vida. El otro es la desaparición de mi padre, seis meses antes de mi nacimiento. Ambas historias se empeñaron en que las fuera armando con retazos, piezas sueltas, menciones al pasar. Esos jirones de conversaciones familiares que no me permitían saberlo todo, pero que –quizá por eso mismo- aumentaban el escozor de la curiosidad, de la intuición de que detrás de ellas había algo muy mío. Que llegar a conocerlas enteras, alguna vez, sería escribir un capítulo, quién sabe cuán grande, de mi propia historia.

 

Las reuniones familiares en casa de mis abuelos, donde crecí, eran tan frecuentes como obligatorias. Los domingos se tendían las mesas en la gruesa galería del norte, dos filas paralelas que se unían con una tercera contra las cocinas. Ese era el sitio de mi abuela, la mayor de sus trece hermanos. Desde allí dirigía el cotarro.

 

Cuando los fuentones de empanadas se acababan y los hombres se echaban a dormir el vino, las mujeres hacían corrillos –debajo de los algarrobos en los veranos, alrededor de las salamandras cuando los frios comenzaban a bajar de las sierras- donde mis tías hablaban sin parar, en un continuum que se adentraba en la tarde y sólo se interrumpía con el éxodo familiar, hasta el siguiente domingo. De esos corros femeninos fui extrayendo las piezas sueltas de la historia del bisabuelo Paco, el Brujo, como lo llamaban todas, después de asegurarse que mi abuela no anduviera cerca.

 

Francisco Montilla había nacido en las cuevas de Almanzora, en una familia numerosísima y pobre como laucha. Las cuevas horadadas en la montaña eran territorio gitano, pero otros pobres, sin ser calés, aumentaban el vecindario. Apenas pudo andar, Paquito empezó a bajar a la mina junto con su padre y sus hermanos. Siempre dijo que ese trabajo de minero en los horrendos socavones, respirando carbón desde tan niño, le había dañado los pulmones. Una vieja lesión que lo inhabilitaba para hacer esfuerzos de cualquier tipo, y que fundamentaría el calificativo con que tan duramente lo recordaba su hija mayor. Esa lesión obligó a sus padres a pedir el auxilio de Antolín el Habichuela, sabio gitano de las vecindades, que entendía de las dolamas del cuerpo y de los huesos, aunque sus especialidades eran las del alma y del saber.

 

Paquito quedó en la cueva del Habichuela, y mucho más allá de su recuperación. Quedó 10 años. Cosas de gitanos, el Habichuela le tomó cariño, y para sus padres era una boca menos. Pero él, ¿por qué se quedó él? Me tomó algunos años averiguarlo, pero cuando escuché una mención, casi por casualidad, estuve seguro de inmediato: el curandero gitano tenía una biblioteca. Claro. Dicen mis tías que somos iguales, y yo, que me figuro el Paraíso bajo la especie de una biblioteca, como definió el maestro, entonces el abuelo Paco también, y se quedó 10 años.

 

Con el Habichuela aprendió su magia. Y a leer en francés, y en latín, griego, hebreo, y árabe. Del arcón de madera y cuero de Paco Montilla –que todavía se conserva en la última habitación de la casa de mi abuela, y que descubrí el verano en que cumplí los dieciséis- saqué libros en todas estas lenguas. De las que entiendo (excluyamos las orientales), hay textos muy antiguos sobre conocimientos ocultos. Libros herméticos sobre cartas, estrellas y sueños, como el Dogme de la haute magie de Eliphas Levi, o Il Mondo Magico degli Eroi de Cesare della Riviera; y docenas de copias –bellísimas- de obras inhallables, como el De rerum natura de Lucrecio, el Mundus Subterraneus del jesuita Atanasius Kircher, o el De rerus incognitis de Odorico. Junto a los libros, hay herramientas muy extrañas, y frascos con contenidos diversos, pero de ello hablaré más adelante.

 

Entre tanto estudio y tanta biblioteca, al paso de los años al Paquito le llegaron los primeros gallos a la garganta y la urgencia a la entrepierna. Marifé, nieta del Habichuela, venía seguido por la cueva. Él tenía 17, y ella 15, cuando les nació la primera hija, mi abuela Josefa. Los niños siguieron naciendo, hasta que Franco bombardeó la República y todo se fue a tomar por saco. Los gitanos habían sido republicanos, y con el avance de los nacionales la tribu se desperdigó a los cuatro vientos. Paco y la prole recaló, por azar o por destino, en estos valles escondidos entre las sierras.

 

Paco no había trabajado en su vida, y no era cuestión de empezar ahora. Marifé vivía embarazada, así que ella no contaba. Pero estaban los niños. Josefa ya era una señorita, y Pedro –el primer varón, luego de una larga retahila de hembras- ya tenía 5 años. A Paco a esa edad lo habían bajado a la mina, por lo que consideró que era edad habilitante. Se agenció una vaca, Conchita (Conchita Piquer hacía furor, y Paco se sabía de corrido todo su repertorio), y les dijo a los hijos que para comer había que arar.

 

Los chicos se levantaban antes del alba, engañaban a Conchi con algunos marlos, la arrimaban al mancera, ataban el arado, intentaban trazar algunos surcos en esa tierra estribada de peñascos. Paco los dirigía, sentado bajo los algarrobos, con el cigarro apagado bailando en los labios.

 

–         ¡Derecho, mantenedlo derecho! ¿qué hacéis, surcos o caminos de ocas? ¡Pepa, dale a Conchi con la vara! ¡Del otro lado, niña, del otro lado, que se te cruza! ¡Joder, es que no servíis para nada, hostia…!

 

Los surcos darían alguna espiga, si llovía. Alguna papa, algunos guisantes. Muy poco para demasiados estómagos.

 

Una tarde, en primavera, Paco apareció conduciendo la jardinera de los vecinos, que los Montilla pedían prestada para llegar al pueblo. Cargó el arcón de madera y cuero, dijo que había gente que requería de sus libros y de su ciencia, y partió. No volvió más. Marifé, gastada y enferma, lloraba en silencio apoyada en la pared de la galería norte.

 

Tres décadas más tarde, en diciembre de 1976, llegó un coche. En el asiento trasero venía, apareciendo desde el fondo de la nada, don Francisco Montilla. Ciego, obeso, casi centenario.

 

–         Vengo a por mi heredero, dijo Paco el Brujo.

 

Mi madre, la primogénita de su primogénita, estaba aterrada. Se le había metido el miedo en los huesos seis meses antes, cuando había desaparecido mi padre. Todos los días se levantaba pensando que vendrían a por ella en cualquier momento. Su embarazo estaba a término, el obstetra había calculado que el 17 de diciembre sería el parto.

 

–         ¿Viene a llevarse a mi hijito, abuelo…? –logró preguntar, en un susurro casi.

 

–         No me lo vengo a llevar. Vengo a dejarle mi herencia: mis dones. Él seguirá el camino de los iniciados. Dime hija, ¿cuándo nacerá? ¿para cuándo tienes fecha?

 

–         Para el 9 –mintió automáticamente mi madre.

 

El 9 amaneció caluroso. Cuando mi madre se levantó, Paco el Brujo ya estaba en la cocina. También estaban allí mi abuela Josefa y sus hermanas.

 

–         Acércate, le pidió Paco.

 

Mi madre se acercó, el Brujo puso las dos manos en el vientre estirado, y cerró los ojos ciegos.

 

–         Bien –dijo, tras un momento-. Ya está. Llevadme al sillón del algarrobo. Y traedme un café.

 

Lo llevaron hasta el sillón. Cuando fueron con el café, estaba muerto.

 

Yo nací una semana después, el 17, como estaba previsto. Mi abuela dice que no me parezco en nada a su padre, salvo en los ojos almendrados. Mi madre, riendo, a veces me pide disculpas por haber “dilapidado mi herencia” por miedo al viejo Montilla. Por mi parte, he comenzado a traducir una de las antiguas copias del arcón: Liber monstruorum de diversis generibus, de Beda, el Venerable.

 

 

 

 

(Publicado en La Voz del Interior, Suplemento Cultura, “Lecturas de Verano”. Luego, Emanuel Rodríguez lo incluyó en la compilación “25 ciudades. Las mejores Lecturas de Verano de La Voz del Interior”, Córdoba, 2007).