Archivo mensual: mayo 2008

UNO MÁS UNO…, de Manuel Esnaola (Prólogo)

PROLOGO

 

 

a “Uno más uno cero en el espejo”, de Manuel Esnaola

 

(De puño y letra, Serie Calíope, número 23, Educc, 2007)

 

 

 

 

 

El verso adapta su forma al ánimo del escritor, acomoda su cadencia a la gloria y la desdicha, la lágrima y el gozo. Borges, el maestro cuya gloria y gozo se conjuran en estas páginas, iba más allá al decir –como al pasar- que no profesaba ninguna estética: cada obra confía a su escritor la forma que busca: el verso, la prosa, el estilo barroco o el llano. Ese diálogo entre escritor y obra toma a veces los modos de un aprendizaje, de un camino iniciático cotidiano, donde uno y otra se van revelando mutuamente los pequeños arcanos del sentir y del decir poético.

 

Manuel Esnaola presenta aquí los peldaños primeros de esa ruta que se le antoja y que pretende larga, vital. Y desde esa declaración de principios que es el nombre, y desde la primera línea del primer poema, comienza reconociendo las deudas con aquellas poéticas siderales, inmensas, que arrebatan las propias, y al mismo tiempo las convocan, las justifican. El viejo maestro de los reflejos está en todos lados, antes, al principio, y después. Durmiendo descalzo y ciego / entre la niebla / aterido en las profundidades de Ginebra, pero al mismo tiempo aquí, vivo, contemporáneo, lacónico y genial, porque si los escribo en tinta / no morirán los nombres / frente al espejo.    

 

Esnaola, sin embargo, no se aquieta en sus lecturas. Desanda los anaqueles y los utiliza de andamio, de escalera para saltar a los hombros de esas poéticas gigantes, y sigue el camino, ese correr tras de la gracia (o de la nada) mediante la búsqueda de la voz propia. Una voz que en Die Schattenseite se angosta, adelgaza, reteniendo hebras, filamentos, apenas fugitivo aliento de lo que realmente importa. Pero entonces hace girar la moneda en el aire, cae cruz, y el poeta se relanza al canto y a la elegía: al vino y a la mesa, a la niebla y a las sombras, esas dos caras inseparables de la vida.

 

Nacemos entre espejos, nos recuerda García Lorca. Preguntábamos, hace poco, las maneras de aprender el olvido si el verde agua / de tus pupilas de viridiana / nubla los espejos / recubre las grietas los pañuelos / el fondo de los vasos… Manuel Esnaola vuelve la vista al cristal bruñido, y con la indiscutida exactitud de la matemática del vientre encuentra la cifra neutra: mirándose encuentra al Otro, ese desconocido que es uno mismo.

 

 

 

N. G. S.

 

Córdoba, agosto de 2007.

 

 

 

 

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In Memoriam José Luis Eduardo Vidal (1985)

 

  

 

 

Déjame sembrarte, tierra, sin herrajes,

Sino en el fino trazo

De la tinta acorralada;

Déjame abrir tu viente

No en los surcos punzantes de la horada,

Mas bien quisiera

Cruzar tu pecho

Y tu frente con palabras,

Insertar en versos semillas

Presurosas de agua

Y esperar abril

Para cosecharte, tierra, en más palabras.

 

 

 

Giuseppe (Capítulo VII – final)

 

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO VII     –     Ángel y Any

 

A este lado de la vida

 

 

  

   Al poco tiempo que estuvieron aquí Alfreddo y Giuditta, que estuvieron ellos viviendo con nosotros esa temporada mientras terminaban su casa ‘n Córdoba, tuvimos que cerrar también la despencita que habíamos abierto, porque nos amenazaban, nos decían por teléfono que nos iban a matar, que nos iban tirar una bomba, esas cosa. Todo por ‘l asunto del Angel y la Any. Mi hijo, Angel, había termináo ‘l segundario ‘nel Chaco; cuando había termináo Rosalía –que terminó de maestra- no se había querido ir estudiar ‘n la universidá, pero él sí quiso. Se fue estudiar ‘n Santiago del Estero, con los hijo de Lisandro Acuña, que éramos amigo, se fueron ahi, se alquilaron un departamentito y se pusieron estudiar ‘n la escuela católica, ‘n la universidá de los curas ‘n Santiago. ‘L Angel se puso ‘n abogacía y los hijos de Lisandro estudiaban de contador. Eso fue allá ‘nel ‘67, y estuvo ahi hasta ‘l ‘69, dos año allá, y ahi é cuando se viene ‘n Córdoba, porque quería seguir estudiando de ciencia política, de diplomacia ¿no?, aquí ‘n la escuela de los cura también, ‘n la universidá católica.

 

   Mi idea era de ir ‘n Rosario, quería comprar una casita allá, estar ‘nuna ciudá donde los chico pudieran estudiar y estar con nosotro, pero no conseguimos casa. Entonce nos vinimos a ver aquí, a Córdoba, ‘anque yo no quería mucho, é como si tuviese un presentimiento adentro, ¡qué se yo!, pero vinimo igual. Tres millón de peso conseguimos esta casita aquí, ‘nel barrio, y yo se la compré a los chango. ‘L Angel antes nunca había tenido una, así, una militancia política, nunca, ‘anque yo estaba con los radicale, con ‘l Partido Radical, pero él no, porque era menor de edá, no participaba él ‘nesas cosas. Él era bien jovencito porque había comenzáo la escuela de chico, y no falló ningún año ¡era má inteligente!, ‘ntonce, cuando se fue estudiar ‘n Santiago del Estero tenía diecisiete año, y no había participáo nunca ‘n los partido. Era realmente inteligente, y como hijo era muy bueno, era buenísimo, ¡ni parecido a estos dos!, pero, yo no sé cómo mierda lo han convencido… Quizá ‘l estúpido fui yo, porque él antes de decidirse ir estudiar, él trabajaba ‘n la agencia, trabajaba de inspetor de servicio, que así lo exigía la Ford, que hubiera inspetor de servicio, y viene y me dice: “- Mirá, papá, a mí este trabajo me gusta de alma, si vos queré que yo no me vaya estudiar, yo me quedo.” “- Elegí lo que vos quieras, para mí vá estar bien” –le contesté yo ‘nese momento-. Y eligió irse. Si yo le digo que se quede conmigo, que no se venga ‘n la ciudá, la pegábamos, porque él se hubiera quedáo, yo no vendía todo aquello, hoy estaríamos todos… pero esa maldición, siempre ‘l diablo mete la cola cuando uno menos lo piensa ¿no?, y se vino namás.

  

Aquí ‘n Córdoba, ‘l primer año: una maravilla. Iba con los otro muchacho a misa y todo eso, porque la familia nuestra era bien católica, siempre ellos allá ‘n Charata iban ‘n misa, respetaban. Yo ‘n misa no iba, pero era ‘l mejor amigo que tenía ‘l cura, ‘l padre Estanisláo. Por eso cuando vino ‘l obispo, por’jemplo, ‘anque estaban allí los que iban todos los domingo a besarle la mano al cura, que eran culo y calzón con la Iglesia ‘nuna palabra, ‘l padre Estanisláo me llamó a mí por teléfono: “- Don José, ¿no me puede venir llevar, que lo vayamo buscar a monseñor, que viene ahora…?” “- Sí, padre ¡cómo no!” –le digo yo-, y allá fuímos. Y a los otro les dio bronca, a los iglesiero, porque incluso tenían auto mejores que ‘l mío, pero ‘l cura sabía que yo no iba mucho ‘n la iglesia pero igual me tenía ‘n consideración. Yo una vez le había dicho: “- Mire, padre, yo soy muy católico, pero no voy mucho ‘n la iglesia porque no tengo tiempo…” Y este cura –ruso era, y rápido como él solo- me dice haciéndose ‘l aflijido: “- Pero José, ¡qué lástima…! ¿y cómo hacés tiempo para ir jugar todos los domingo una partidita del naipe ‘n la Sociedá Italiana?” “- Ah…, pero é porque tengo que despejar la memoria –le digo yo- tengo que descansar un poco la cabeza.” Y así nos entendíamos, y yo era lo que se puede decir ‘l mejor amigo de él. Todos éramos católico, todos nosotros, y los chico también, siguieron esa religión cuando se vinieron ‘n la ciudá, ‘l Angel siguió yendo ‘n la iglesia, iba con los chico de Del Valle, que eran amigo desde la escuela y vivían juntos aquí, todos eran muy respetuoso, buenos chico, de familias bien. Pero eso fue namás ‘l primer año.

 

   Rosalía, que vivía acá con ellos, no iba ni a misa por perezosa. Ella se había venido cuando se vino ‘l Angel. Decía que también iba estudiar, pero despué, cuando ya estaba aquí, no se quiso inscribir, los muchacho le decían que se inscribiera, que le iban ayudar ellos a estudiar, pero no quiso. Decía que iba a emplearse, fue despué aprender escribir a máquina, ¡qué se yo!; culpa un poco nuestra quizá, porque ella fue siempre testaruda, siempre hizo su cabeza namás, así fue como no se casó, ‘anque tenía unos chicos bueno, unos chico que la querían, pero ésta, bueno, fue siempre así así namás.

  

‘Nesa casa que yo les había compráo a los chango, ahi vivieron todos junto, ‘l Angel, Rosalía, y los chico de Del Valle, vivieron hasta 1971. Ese año ¡porca miseria! yo vendí todo ‘n Charata, la agencia, la estación de servicio, las casas, todo, y nos vinimo también nosotros, siguiéndolos a ellos, nos vinimos los tres con María y mi hijo menor, ‘l Adelmo; los chicos de Del Valle alquilaron un departamentito y nosotros nos quedamos ‘n la casa. Y ahi fue cuando ‘l Angel se puso de novio con esta chica, con la Any, ella también iba ‘n la misma escuela, eran compañeros de facultá, y ‘n octubre del ‘73 viene mi hijo y me dice: “- Mirá, papá, a mí me gustaría casarme, tenemos los dos trabajos bueno, no sé qué te parece a vos…” Porque era así, compañero mío él; y bué, yo pensé que ella buena chica parecía, y trabajaba ‘nesa fábrica, ‘nesa que está saliendo ‘n la ruta, y él tenía un rastrojero que yo le había compráo, y con ‘l camioncito hacía de taxi-flet a las mañana, así que tenían dos sueldo; aparte ‘l Angel iba comenzar a trabajar ‘n la IKA ‘n cualquier momento, estaban bien ‘nuna palabra. ‘Anque la Any no venía de una familia de muy buena posición, ‘l padre de ella tenía puesto ‘nel mercado, tenía dos puesto de frutas y verdura; los padre también tenían un departamento ‘n la avenida General Paz, un coche Dodge que habían sacáo nuevo, eran así, de clase media ¿no?. Y ella también era muy inteligente: cuando terminó ‘l colegio segundario la becaron, la becaron que se fuera estudiar a los Estados Unidos, todo diez ‘n las materia tenía ella, y un año entero pasó allá, de becada, y cuando vino fue que se metió ‘n la universidá católica a estudiar ciencia política. Está bien, le dije al Angel que me parecía bien, que se casara si quería.

 

   Y se casaron ‘n octubre del ’73. Yo ya había compráo un departamento, uno bien cerca del centro (había vendido unos terrenos ‘nel Chaco y tenía unos peso extra ¿no?), pero ‘l Angel no quiso que se los regalara, así que ellos se fueron a vivir allí pero me pagaban ‘l alquiler siempre, nunca dejaron de pagarme ‘anque se lo había compráo pá ellos. Ahi fue que tuvieron la nena, Esperanza, mi nietita, al año má o meno que se habían casáo. Vivían bien ellos, era una parejita joven, normal, tenían sus dos trabajo, con buenos sueldo, estudiaban, tenían su hijita, eso, una familia normal, y así. A fines del ‘75, viene un día ‘l Angel y me dice: “- Mirá, papá, creo que vamo dejar ‘l departamentito, nos queremos ir ‘nuna casa, por la nena, que le vá a venir bien, ecétera ecétera.” Yo, ‘nese momento no me imaginé nada raro, ni me dí cuenta de nada, pero empecé sospechar que había algo que no andaba del todo bien ¿no?, que no funcionaba, pero como ellos estaban ganando muy bien, él ya había comenzáo trabajar ‘n la fábrica, ‘n la IKA, y ella tenía un empleo estupendo, no dije nada, pero una espinita se me puso ahi. Dejaron al final ‘l departamento y se trasladaron a otro barrio. Y al poco tiempo él renunció a la IKA, ¡má! ¡qué carajo les pasaba a estos!, nos sorprendió, él nos dijo que era pá emplearse ‘nuna farmacia que le pagaban más… él cuando nos contaba esto parecía tranquilo y se reía, pero yo conocía a mi hijo, y me pareció que ‘nel fondo estaba nervioso, nervioso por algo, pero nos callamo otra vez. Y a los pocos día ella nos dice que la habían echáo de la fábrica; ¡la madonna…!, ahi ya comenzamos, con ‘l consuegro, con ‘l padre de la Any, a preguntarles que qué estaba pasando, si é que estaban metidos ‘n algo, que porqué hacían cosas tan rara de un tiempo a esta parte. Nos contestaban que no ellos, que no era nada, lo negaban todo ellos, pero a mí me parecía que algo de política era, que estos se estaban enredando ‘n algo que tenía mala entraña. ‘L Angel lo negaba una y otra vez, porque si él me lo hubiese contáo, si hubiese hecho como era antes, que me contaba las cosa, que me preguntaba qué me parecía a mí, yo –teníamos ya la despencita y algunos peso ahorrado- los mandaba inmediatamente afuera, al extranjero, pero pobre hijo, quizá precisamente por eso no me dijo nada.

  

Una vez lo agarré y le dije: “- Angel, hijo, si hay algo ‘n que estéas metido, andate ‘nel Paraguay, váyanse, no se queden aquí… si quieren los llevo yo ‘nel coche hasta allá.” Y no quisieron, que no nos preocupemo, que no había nada de malo, que no andaban ‘n nada; pero a mí no dejaba de picarme eso, ese presentimiento que yo tenía ahi metido adentro, ese presentimiento por él. Yo creo que tenía miedo, ahora que lo pienso creo que tenía miedo, era ese presentimiento que yo ya había tenido cuando ellos decidieron venirse ‘n Córdoba, aparte ¡esos tiempos ya estaban tan pesáos! ¡si ya habían “fletáo” a qué se yo cuánto chango que nosotro conocíamos de aquí, del barrio!, a éste de aquí ‘n frente, al hermano de la Marisa (que ahora é esposa de mi otro hijo, de ‘l Adelmo) ya se lo habían lleváo; al otro chango de la cuadra de ‘n frente ya lo habían matáo ‘n mayo: eso lo estábamos viendo a diario, no había que irse al centro, o ‘n Buenos Aires, pá vivirlo, lo teníamos namás aquí, por frente a la casa pasaban los Ford Falcon con ellos, con esos tipo encima, mostrando las armas larga sin ningún problema.

  

Y así, vivíamos todo convulsionado, todo los día había algo, nosotro ‘n la despencita no nos tocaba mucho, porque como era un negocio chico, quizá por eso ‘nun principio nos dejaron ‘n paz, pero lo que é bancos, comercios grande, supermercado, esas cosa, ¡no había día sin bomba o ataques o qué se yo!. Y cuando ‘n vez de la pulicía ya entraron ellos, ya estuvieron los militare, la cosa se calentó más todavía, éstos mataban a cualquier tipo, ¡‘n plena calle mataban sin mirar mucho siquiera!, si aquí ‘n la otra esquina, que yo iba ese día a la despencita a abrir, una señora que venía con ‘l auto casi enfrente de la despencita, y vio que había un camión del ejército, y parece que se abatató, no sé qué mierda puede haberle pasáo, la cuestión é que no frenó a tiempo, ¡y éstos agarraron los fusiles y la acribillaron, mi Dio, la acribillaron ahí delante mío!, todo los día se podía ver que se empeoraba mucho la cosa. Despué ‘l ejército sacó un comunicáo que los auto no traten de escapar, porque ‘l soldáo tiene orden de tirar a los que huyen, que estaban revisando namás, pero que a nadie le iba a pasar nada si obedecía las intrucione y no trataban de escapar. Eso, al meno, é lo que decían ‘n los comunicáos. Pero que la cosa estaba brava y se ponía cada día peor, y con ‘l padre de la Any nosotro decíamos que era imposible que a ella la hubiesen echáo de la fábrica, si é que la querían tanto y era tan inteligente ‘n su trabajo, ¿porqué iban echarla?; yo comencé sospechar que éstos habían renunciáo, que habían salido por propia voluntá, pá tener más tiempo libre pá ocuparse de otros asunto, ‘n los asunto ‘n que se estaban metiendo. Ahi fue cuando me empezó dar miedo de endevera, miedo por ellos, porque como la cosa, la situación, estaba tan confusa, tan, así, que nadie sabía bien qué estaba pasando ‘n las calle, todo tan podrido…

 

   Y ‘l 15 de agosto de 1976 se la llevaron a ella. Habían organizáo una reunión o algo así, la cosa é que había muchos, estaban reunidos y vino ‘l ejército y se los llevaron todos, sólo algunos hubo que pudieron escapar. Yo despué estuve con ellos, cuando los buscábamos, y me contaron, me contaron que estaba ella, que se la había lleváo ‘l ejército; era ‘nel barrio Alta Córdoba, y la Any había sido una de las organizadora. Justo nosotros no estábamos ‘n la ciudá, nos habíamos ido ‘n Arteaga a ver a las hermana de María, ‘l viernes de la semana anterior ellos habían estáo ‘n la despencita, comprando mercaderías (que ellos hacían la compra ‘n la despencita de nosotros) ¡si tengo la cara de él, de Angel, acá al frente, como si fuera hoy! ¡si puedo decir qué se llevaron de mercadería y todo!, lo que charlamos, todo, y se fueron. Y esa fue la última vez que los vimo, despué, nunca más, hasta ahora, nunca. Nosotro les dijimos que no sabíamos bien si nos íbamos ese fin de semana o no, porque ellos querían dejarnos la Esperanza, a mi nietita por ese fin de semana, y a mí se me ocurrió, así, ‘nel momento, se me ocurrió algo y le digo: “- Che, ¿y dónde van a estar ustede, que nos quieren dejar la criaturita?” “- No –dicen- lo que pasa é que queremos ir ‘nel campo, a la sierras.” Y a mí no me terminó de sonar bien del todo; y bueno, cuando pasaron y nosotros nos habíamos ido, se la dejaron a los consuegro, a los padre de ella. La dejaron porque ya deben de haber sabido que los andaban buscando, que andaban ya detrás de ellos, porque si no, ¿porqué la iban a dejar justo ese fin de semana, si nunca nos dejaban la nena?, pá salvarla la vida, claro. Y ‘anque sabían que los buscaban y todo, ella ‘l sábado a la noche se fue ‘nesa reunión allá, ‘n Alta Córdoba, y ahi desapareció.

  

Pero yo digo que ellos no sabían lo que les podían llegar a hacer, ellos creían que los podían llevar presos, así, y despué soltarlos, si hasta ‘l mismo Angel le dijo a Rosalía (yo me enteré de eso mucho despué ¿no?), le dijo que si lo ponían preso que le llevara un plato de sopa ‘n la cárcel… yo creo, quizá me equivoco, pero a mí me parece que no tenían idea de que les pudieran hacer más que eso: cárcel y algunos palo. Pero así, secuestrarlos, desaparecerlo, torturarlos, asesinarlos, no, no… si ellos no eran de esos de salir a poner bombas ni nada por ‘l estilo, ¿por qué?.

 

Al lunes siguiente, cuando nosotro volvemos, viene un tipo aquí ‘n la casa, toca ‘l timbre, y cuando salgo yo a atenderlo ya me dí cuenta, inmediatamente, de que había pasáo, de que había pasáo lo de mi miedo. Me dice ‘l tipo: “- Mire, allá ‘n la casa de su hijo, lo han ido asaltar, le sacaron todas las cosa, gente del ejército, uniformados.” ¡La puta…!, yo no pude seguir escuchando, se me vino ‘l alma abajo, ni agradecerle pude al pobre tipo, no me salían las palabra de la boca. Busqué rápido a María, que todavía estaba acostada –que habíamos llegáo del viaje medio tarde la noche anterior-, la levanté medio sin vestidos y agarramos ‘l auto, nos fuímos allá, donde ellos habían vivido, ¡un desastre! ¡un desastre completo!, lo que habían hecho allá era un desastre, habían cortáo la reja del frente, roto la ventana, y por ahi habían sacáo todo, todo, todo. Cuatro autos, dice ‘l matrimonio ese que eran vecino –unos médicos que se habían hecho amigo- cuatro autos que hicieron dos viaje llevándose todo, hasta la mercadería que habían compráo ‘l viernes ‘n nuestra despencita, todo, hasta ‘l moisés y los juguetito, la ropita de la criatura. Ese matrimonio de vecino les había anotáo los número de las patente, dos coche tenían patente y los otros dos –eran todos Ford Falcon- no tenían, y ese matrimonio salió ‘n la vereda cuando éstos estaban llevándose todo, y los militare, los milico ahi le mostraron unos papele a la señora, unos papele panfletos, que eran del partido de los peronista, de los montoneros, y de los otros, de esos del ERP, y nos decía a nosotro, despué, nos decía esa dotora: “- Seguro que ellos namás los habían traído, los propio milicos, si aquí no había nunca nadie, no hacían reuniones ni venía gente sospechosa, nada…” Así nos dijo, pero yo no sé, porque al poco tiempo también se los llevaron a ellos, a ese matrimonio de médicos que habían sido vecino.

  

La dejé a María ahi y me fui a buscar al consuegro, al padre de la Any, ‘l tipo ese que nos vino avisar ‘n casa, también había ido ‘n la casa de ellos, ‘anque nunca supimos quién era ‘l tipo ese, pero ya me estaban esperando los consuegro. Y con los número de las patentes fuímos hacer la denuncia ‘n la sección de la pulicía, ‘n la comisaría del barrio, pero de ahi nos mandaron ‘nel Cabildo, que era donde funcionaba la central, ‘l comando central de la pulicía. Nos dijeron que bueno, que esperáramos, que iban a mandar a uno a sacar las impresión digital, que los esperáramos ‘n la casa mismo, así que nos volvimos. Pero, de la mañana –que habíamos llegáo ahi bien tempranito- esperamos hasta que casi se hizo oscuro, ‘n la noche, no venía nadie, ‘ntonce ‘l consuegro agarra ‘l auto, y me dice: “- Voy reclamar, a ver qué mierda pasa con esta gente que no viene.” Al rato vuelve, pálido ‘l pobre, y me dice, así, todo apuráo: “- Rajemos de aquí, don José, que acá no vá venir nadie… y parece que éstos tienen gana de meternos adentro a nosotros también, por lo que ví ‘n la comisaría, ¡vamos, vamos…!” No sé qué diablos habrá visto allá, ni lo que le habrán dicho ¿no?, pero salimos rajando de ahi, cerramos la ventana como pudimos, con unos alambre.

 

   A mí, ‘nun primer momento, se me ocurrió que a éstos los iban a liquidar, que lo que hiciéramos de ahi ‘n más era de balde, que las cosas ya habían pasáo, y nosotros, nosotros… pero no dije nada; conversábamos con María, con los consuegro, decíamos que los tendrían preso, que nos avisarían al otro día, que teníamos que estar calmo. Nadie de nosotro decía ‘n voz alta que lo más seguro é que ya estuvieran muerto, pero eso era lo que yo no me podía sacar de la cabeza, desde ‘l primer momento, cuando ‘l tipo ese me estaba diciendo aquí, ‘n la puerta, que les habían entráo ‘n la casa.

 

   Esa misma semana comenzamos averiguaciones aquí y allá, fuimos ‘nel ejército, ‘nel Tercer Cuerpo, nadie te decía nada. También hablábamos los primeros día que era posible que se hubieran ido ‘nel extranjero, que hubieran huído, pero vino ese muchacho –uno de los que habían lográo escapar esa noche ‘n Alta Córdoba-, y nos dijo que a la Any se la habían lleváo esa noche, que la habían detenido ‘l domingo a la madrugada. Yo é que no se cómo pudo ser, chicos inteligente, metidos ‘nestas cosa ¿no?, é que al final ya no sé qué pensar.

 

   Y a él lo secuestraron ese mismo día, mientras nosotro estábamos ‘n la casa, esperando a los pulicías que vinieran tomar las huellas digital. A mí é que eso me ha remordido la conciencia, todos estos año yo he pensado eso, que mientras nosotros estábamos ahi, esperando sentáos, por ahi cerca a él lo agarraban, se lo llevaban… A él lo agarraron porque este boludo la salió buscar a ella, a la Any; porque ‘l Angel, al ver que ella no había vuelto ‘n la casa, a la mañana siguiente llamó ‘n la casa de los suegro, con la excusa de preguntar por la nena, pero ‘n realidá la andaba buscando a ella, porque también llamó a la casa de otros amigo, compañero de ellos ‘nesa política. Todas estas averiguacione yo las fui haciendo despué, ¡si sólo he vivido pá eso!, para averiguar, pá buscarlo a él. Y me dijeron que él, ‘l Angel, al ver que la Any no había vuelto, la salió buscar ‘nel auto, y ahi fue que se encontró con otro compañero, un chango que venía de Buenos Aires –un chango buenísimo, yo lo conocía bien- que se había venido trayendo la hijita de otra amiga a la que también andaban persiguiendo (una rusa a la que se habían lleváo ‘l marido ya, y despué al final también se la llevaron a ella), y se encuentra con este chango, y como lo vio tan desesperáo, también se subió ‘l chango, se subió pá ayudarlo a buscar la Any, y ‘nalgún punto de la ciudá, no sé bien dónde, los secuestraron a los dos.

 

   Si él ‘n vez de salir buscarla a ella hubiese pasáo por aquí, si me hubiese venido a ver a mí, yo ‘n la puta vida lo dejo ir, lo hubiese hecho rajar afuera, pero é que no se, no puedo entender, hacer esas cosa tan, así, tan estúpidas ¡muchachos tan inteligente!. Nosotros nunca supimos que estaban tan comprometido, quizá ellos creían que iba ser diferente, que iba ser como ante; porque ante de que entraran los militare, a los que andaban ‘n cosas política los detenían, los juzgaban, les daban tantos año de cárcel, y con la condena cumplida los largaban; pero despué, los milico, no juzgaron más ninguno, los mataron a todos, así, a los muchachos que andaban ‘n política, los que eran montonero como ellos, peronista montoneros. Nosotros lo supimos despué, porque ellos nunca nos dijeron nada, con los consuegros lo supimos despué, eso, que ellos eran de esas ideas. Pero lo que nunca supe de endevera é si eran guerrilleros o no, si estaban ‘n la lucha armada. Yo digo que no, creo que no, é que yo no lo veo al Angel con una ametralladora ‘n la mano, no me lo imagino ¡pero si era un pan de Dió mi hijo!; pá mí que ellos eran de esos que hacen marchas ‘n las calle, de movilizaciones, esas cosa. Despué los peronista se hicieron guerrillero, pero ellos no, ¡qué iban a ir ellos ‘nesos asalto que decían los militare, ‘n los atentado, esas cosa con bombas!, no, no, yo creo que él no. Si hasta ‘l mismo ingeniero ese que les alquilaba la casa me decía despué, que él vivía ‘n la otra casita junto, me decía: “- Pero si estos muchacho iban al trabajo y volvían, no salían de acá –dice- yo nunca vi reuniones ni gente que entrara y saliera, eran gente buena…” Claro, yo pienso que ellos allí no hacían reunione pá que no les ubicaran ‘l domicilio, por eso é que se deben haber trasladáo del departamento, quizá ‘nel departamento sí hacían reuniones, y se deben haber dáo cuenta que ahi sí los iban ubicar seguro, ‘ntonce se mudaron y ‘n la casa esa no organizaron más nada. Pero si sabían que los podían buscar, ¿cómo mierda no se han ido ‘anque sea al campo, a las sierras?, yo no entiendo… Si yo hubiera tenido un indicio, ¡má! ¡yo no los dejo acá ni un minuto!, ‘nese tiempo yo tenía todavía muchas amistade, no como ahora que me he quedáo má solo que un perro, tenía amistade, conexiones, ‘nel Norte, hago que los crucen la frontera clandestinamente, de alguna manera, y no les hubiese pasáo nada; hubieran podido volver despué, como muchos que han mandáo los hijos ‘n Italia, ‘n España, se han tenido que chupar algunos año afuera, pero hoy están vivo, pueden contar ‘l cuento, no como estos pobres hijo… Si yo hubiera sido un poco más joven, quizá, pero uno ya estaba viejo, no entendía demasiado de estas cosa, cosas de jóvenes, de violencia, cosas de la ciudá, y uno que había vivido toda la vida ‘n los pueblo, donde todo é tan diferente, tan familiar. Ellos no nos dijeron la verdá, esa fue la macana, él, que siempre había sido tan compañero, tan ‘n confianza conmigo, esta vez no me dijo la verdá, y yo ya no estaba ‘n condiciones de darme cuenta, de adivinar. Claro que sospechaba eso, tenía esa mala intuición, pero él lo negaba siempre, una y otra vez, cada vez que intenté preguntarle algo, no me hizo confidencia, quizá fue la única vez ‘n la vida, pero fue la última, mi hijo.

 

   Lo primero que hicimos, cuando vimos que ellos ya no… que nadie sabía nada de ellos, fue irnos ‘nel Tercer Cuerpo –ese que está camino a La Calera-. Te pedían que vos pusieras un nombre ‘nun papel y ellos buscaban, no sé si ‘n realidá buscaban un carajo, pero bueno, decían que buscaban ‘nunas lista que allí tenían, si estaba ‘l detenido ahi, iban adentro con ese papel y volvían: “- Negativo –decían-, vuelva de aquí ‘n ocho día.” Y las primeras vece volvimos a los ocho día, como ellos decían, volvimos todas las vece, hasta que nos dimo cuenta que no se fijaban ‘n ningún láo, que sólo nos repetían la misma frase: “- Negativo” –decían-, era tonto seguir yendo, y dejamos de ir. Despué fuimos con un abogáo, y pusimos un habeas corpus ‘nel juez, pero de formalidá namás era eso, ¡porque no te contestaban ni miércole tampoco con ‘l juez!. Fue ahi cuando comenzamos a organizarse: buscamos a otros padre de otros chango, todos andábamos ‘n la misma ¿no?, así que medio que ya nos conocíamos, nos encontrábamos ‘n los pasillo del Tercer Cuerpo, ‘n los Tribunale, íbamos tomar un cafecito, preguntar qué habían hecho ellos, esas cosa. Aparte, todos andábamos buscando abogáos, porque los abogáos no querían, así, casi ninguno quería poner habeas corpus ‘nel juez, ‘ntonce cuando alguien conocía uno, comenzaba desparramar ese nombre entre los otros padre, y así. É que también era que uno se mantenía ocupáo ¿no?, porque ¿cómo quedarse sentado ‘n la casa, sabiendo que ‘nese momento tu hijo estaba gritando ‘n la picana?

 

   Despué ya comenzamos ir ‘n Buenos Aires, ‘nuna oficina ahi cerca de la Casa Rosada, ‘nuna oficina especial que habían abierto: vos dejabas ‘l nombre, y ellos te averiguaban dónde estaba ‘l detenido. Por eso también convenía que nos organizáramos un poco. Las mujeres, sobre todo: ellas se movían más –por eso fueron las primeras-, de ellas fue la idea de la organización. Y despué fue cuando vinieron los derechos humano, que vino la comisión esa de Norteamérica, ¡la gran puta!, si ellos no vienen, ¡cómo son las cosas…! si ellos no vienen quizá mi hijo se salva. Como de aquí los milico les dijeron a Norteamérica que no había presos, cuando vino la comisión esa, a los que había ‘n La Perla, ‘nel campo de concentración de La Perla, a algunos los largaron, ¡pero a todo ‘l resto los mataron!, y entre los que mataron estaba ‘l Angel… Claro: no quedó ningún preso político, la comisión esa no pudo ver ningún preso, ya los habían matáo todos; para mi hijo al meno, la peor cagada fue que vinieran esos de los derechos humano de Norteamérica. ‘Nun principio, cuando estaba por llegar la comisión, han largáo dos o tres camione con presos de ahi de La Perla, del campo de concentración (que ellos, los que estaban detenidos ahi, cuando vieron los camione, creían que se los llevaban pá fusilarlos, ‘n vez esos primeros camione eran pá liberarlos, pá ponerlos sueltos), y ‘l Angel estaba ‘n la fila pá subir ‘nel último camión, a él le tocaba, pero por ser gentil, antes de subir él la dejó pasar a la compañera, la compañera que estaba atrás de él, y no vá que termina de subir ella y ‘l sargento dice: “- ¡Basta! ¡hasta aquí namás!, ¡los demás vuelvan a la cuadra!” Y ese fue ‘l último camión. Ya no vinieron má. A todo los que quedaron los “trasladaron” –como decían ellos, los milico decían que los “trasladaban”, y así querían significar que los fusilaban-. A mí todo esto me lo contó ella, esa chica a la que ‘l Angel dejó subir al camión, a la que hizo subir ‘n su lugar. Esa turquita compartió con él la celda durante un año y medio, ¡madonna santa! ¡un año y medio estuvo mi hijo vivo, aquí namás, a diez kilómetro de mi casa, antes de llegar ‘n Carlos Paz, ahi ‘n La Perla!, nosotros todo ese tiempo buscándolo, todos esos meses, y él ahi namás, ¡un año y medio!. Tres los tenían ‘nuna celda, dos chica y ‘l Angel, y esta turquita era una de las chica, -que a la otra tampoco la dejaron vivir, también la “trasladaron”-. Tenían dos colchoneta, de esas del ejército, chiquitas, eso era todo, ellos tres ‘nuna piecita de dos metro. ¡Ay! si toda una tarde estuvo aquí conmigo ella, contándome, charlando, era la primera vez que yo, así, que alguien que había estáo realmente con él me traía noticias, me contaba cosas de él. Recién fue ‘nel 1983 que ella vino a verme, porque apenas la soltaron se fue del país, se exilió, y volvió cuando Alfonsín, cuando volvió la democracia, ‘ntonce una de las primeras cosa que hizo, dice ella, una de las primeras cosa que quería hacer cuando estuviera de vuelta ‘n la Argentina, era venir a verme, contarme todo. Yo le pregunté… ¡qué sé yo todo lo que le pregunté!, de todo –cuando podía hablar, porque de a ratos ni hablar podía-, ella fue muy buenita, me esperaba, me hablaba despacito: “- Y con la comida –me contaba ella- ¡ah!, abuelo… siempre era escasa, y eso cuando nos daban, porque no siempre nos daban, pero su hijo a veces me iba buscar pan, algo por ahi siempre conseguía, él era demasiado bueno, demasiado.” Porque me dijo que era así: que ellos, durante todo ‘l día, tenían que andar con la venda ‘n los ojos, pero al tiempo ya se las ingeniaban pá ver algo incluso con la venda puesta, y también alguna relación con los milico de ahi dentro deben de haber hecho, ‘n todo ese tiempo; porque me dice ella que cuando pasaba la etapa de la tortura (que podían ser varios mese), si uno no se reventaba, si salía vivo de la tortura, ya te dejaban ahi, ‘n la celda, ya no te jodían demasiado, salvo uno que otro pobre que lo agarraban de nuevo, lo agarraban y otra vez a la picana, pero si no te tenían namás. Y ‘l Angel aguantó la tortura, él pasó largo tiempo que lo torturaban, por ahi lo dejaban ‘n la barraca durante algunos día, que parecía que ya lo iban a dejar ‘n paz, y volvían a llevárselo, pero aguantó mi hijo. ‘N cambio la Any no, porque como ella era tan chiquitita, tan menudita de cuerpo, ella no pasó la tortura, ella quedó ahi namás; ocho día –me dijo esta chica-, ocho día resistió: la violaron, le pegaron fuerte con la tortura, la reventaron con la picana ‘n la “parrilla” (los ponían sobre un tejido de cama, de esos de ante, de hierro, y los mojaban, ‘ntonce cuando le daban picana, les agarraba la electricidá ‘n todo ‘l cuerpo ¿no?), era realmente… criminale. Cómo serían de dañino, de, así, de maldá, que una mañana lo llaman al padre, a mi consuegro, lo llaman por teléfono al puesto que tenían ‘nel mercado, y él no estaba, estaba ‘l peón, ‘ntonce le dicen al peón: “- Bueno, dígale al señor cuando venga que no se mueva de al láo del teléfono, que lo llamaremos dentro de una hora.” ¡Qué…!, pobre viejo, ¡cómo estaba!, él era cardíaco, casi ni aguanta la espera, la Any había desaparecido hacía namás unos día, ‘l viejo creía que era alguien que le podía dar una noticia, decirle algo, estaba esperando impaciente, y a la hora justa lo vuelven llamar, atiende, y ¡no vá que siente la voz de ella! ¡de la hija!, ya estaba casi acabada, le escuchó: “- ¡Ayyy…! ahhh… que me muero, basta, que me muero…” Era ella namás, pobrecita, dejaron que la escuchara un par de veces, y colgaron. Hacía siete, ocho día que se la habían lleváo, y la estaban reventando, estos hijos de puta hasta eso hacían, ¿qué sentido tenía eso?, no conforme con torturarlo a los chico, nos torturaban también a nosotros. Y a la Any parece que la reventaron tanto, que le metieron hasta ‘l fin, porque ella parece que sabía cosas, ella era… (pá mí que ‘l Angel se metió por ella, porque ella era más, más política, así, hablaba siempre de esas cosa), yo pienso que ella debe de haber estáo comprometida, por eso la torturaron hasta que reventó, pobrecita. ‘N cambio ‘l Angel aguantó, como no tenía nada que decir, que él no había hecho nada, porque ellos decían lo que sabían namás, y como no había hecho nada malo… al meno yo pienso así, pienso que por eso, que le sacaron la tortura y lo dejaron ahi, lo tenían, no lo mataban, detenido namás. Y como no salía la condena, porque juicio no había ninguno, ¿qué condena iba salir?, por eso, si no venían los derechos humano, la comisión esa de Norteamérica, a éstos los iban largar, los largan seguro. Pero estos hijos de puta, este Videla, que era ‘l jefe, que era ‘l presidente de la Argentina, parece que era de la idea de largarlos, de irlos poniendo suelto a algunos, a los que no tenían nada que ver, pero ‘l Menéndez, que era ‘l jefe del Tercer Cuerpo, ese era ‘l capo de verdá, él mandaba todo ‘l mundo acá, y dio la orden de que basta de soltarlos, de que los maten a todos, que ya llegaban los de la comisión de los derechos humano esa, y así los han hecho desaparecer, ¡qué mierda! ¡los han metido ‘n tachos de cal viva, pá que ni ‘l cadáver quede, para que se cocinen hasta los hueso!

 

   Pero eso, lo que la turquita esta me contó, fue diez año despué casi. ‘Naquel ‘ntonce no sabíamos nada, nada, y teníamo que hacer algo. É que era así, como pá volverse loco, todos los día aquí, ‘n la mesa del comedor, sentáos, nos hubiéramos vuelto loco todos, y así é que comenzamos a ir a misa de nuevo, yo me puse ‘n contacto con los otros padre, los padre de los otros compañero del Angel, les dije que teníamos que juntarnos, al menos, ‘n la iglesia. Claro que todo teníamos mucho miedo ¿no?, no tanto por nosotro mismos, sino que teníamos otros hijos, nietos…, pero bueno, con ‘l consuegro, con los otros padre, decidimos juntarnos una vez por semana ‘n la misa, ‘nel medio de la semana. Decidimos la misa de los jueves: nos juntábamos ‘n la Plaza San Martín, ‘n frente de la Catedral. Y ‘n otros láos ya algunos estaban haciendo lo mismo, ‘n Buenos Aires por’jemplo –‘n las ciudades empezaron primero-, y así empezaron las Madres, las Madres de Plaza de Mayo, ya comenzaban organizarse ellas. Y aquí hicimos primero con los padre de los compañero del Angel, que son los que yo conocía personalmente, y así. Despué fuímos agregando otros, gente que venía a vernos, a preguntarnos qué estábamos haciendo, que se ofrecían también ‘n ayudar pá algo, bueno, con todos ellos. Eso fue a fines de 1976 mismo, a los pocos mese que estaban los militares ‘nel gobierno, y a principios del ‘77 comenzamos juntarnos ya ‘n la Plaza, ‘n la Plaza San Martín, ‘nel centro, despué de la misa. Y las mujeres comenzaron a ponerse ‘l pañuelo blanco, como se lo ponían las Madres ya ‘n Buenos Aires, como ellas, y como la pulicía no nos dejaba estar así, ‘n grupo, nos decían que era prohibido hacer reuniones ‘n la plaza, ‘ntonce comenzamos caminar, caminábamos despacito, y así despué quedaron las marchas, las marcha de los jueves, caminando despacito alrededor de la plaza.

  

Y al tiempo a alguno se le ocurió hacer unas pancarta con fotografía, con las fotos de los chico, con fotos grande que habíamos hecho ampliar como un cartel, y caminábamos con esas pancarta con las foto de ellos, ¿qué má podíamos hacer? Todavía no sabíamos nada ‘n serio de lo que les había pasáo, sabíamos namás que estaban detenidos, por ese amigo que se había escapáo aquella noche y nos avisó, pero teníamos la esperanza de que los estuvieran reteniendo, que los tuvieran detenidos, que alguna vez los iban comenzar a soltar. Porque no había la menor noticia de nadie, no teníamos certeza de nada todavía, y decíamos, así, que había que tener alguna esperanza. Yo, hasta que no estuve con esa turquita amiga del Angel, yo siempre había tenido alguna esperanza de que algo pasara, ‘anque, la verdá, lo que creo é que no hubiéramos podido vivir sin por lo menos esa idea, asi, esa esperanza. Pero desde que estuve con ella, desde que ella me vino a contar cómo habían sido las cosa, ya ‘ntonce supe que ellos estaban muertos, que al pedo seguir esperando nada… bueno, ‘anque todavía hoy ¿no?, todavía hoy ellos figuran como habitante: no figuran como muertos ‘n ningún láo, cada vez que hay eleccione pá gobernador o presidente, ellos figuran ‘n los padrones de las eleccione… ¡Tantas cosa! ¡como pá volver loco a cualquiera!. Por’jemplo ellos tenían un Renault 6, una renoleta, cuando se los llevaron, (habían cambiado ‘l Rastrojero que yo le había compráo por una renoleta), y estos hijos de una gran puta de los milico se quedaron con la renoleta, cuando los secuestraron, se quedaron con ‘l cochecito, y estos mierdas del demonio me mandaban las boletas de infracción ¡a mí!, me mandaban a mi casa las multa por mal estacionamiento o qué sé yo, hasta ‘l ‘83, hasta que volvió ‘l gobierno de los civile, este desgraciáo que la tenía pagó todos esos año la patente de la renoleta, despué parece que dejó de pagarla. O la habrá vendido. Hacían así, vendían todo lo que robaban de los secuestrado: los autos, los mueble, la ropa, todo, todo un negocio a gran escala tenían. Una vez, que yo ya estaba harto, pusimos a otro abogáo, que era muy amigo de un juez, y este abogáo consiguió que ‘l juez nos diera una orden para ir a ver ‘nel corralón de la pulicía, a ver si estaba la renoleta ahi, y fuímos con ‘l abogáo y todo, ¡má! ¡ni nos dieron pelota!, claro: ¡si sabían que la estaban usando ellos mismos pué!; al poco tiempo me llegó otra multa, una por mal estacionamiento sobre la avenida General Paz, justo enfrente de un edificio donde había oficinas del ejército… pero esa vez namás fui de pura rabia, de puro harto que estaba, porque ‘n realidá mucho tampoco te podías poner averiguar, porque si lo estaban usando ellos, y veían que jorobabas demasiado, te pegaban un tiro y chau, ¿qué problema iban a hacerse si no tenían nadie que les pudiese poner ningún control? Era así, é que si lo pensás un cachito te das cuenta de lo terrible, lo solo que estaba uno, indefenso frente a estos bestia, lo terrible que era todo eso.

 

   No namás nosotros sufrimos la desaparición del Angel y de la Any: ‘l Adelmo, mi hijo menor, él era gordo, grandote antes, y fue quedando flaco, pobrecito, se vino abajo de una manera que a mí me hacía llorar, propiamente; abandonó la escuela, no quiso ir má, ¡y no vá la puta madre que justo le toca ‘l servicio militar! ¡Ay, madonna santa! ¡lo que no le han hecho…!, lo tuvieron cagando, y se salvó de seguir los paso del hermano por un pelo, por un general que le tuvo lástima, ¡báh! que nos tuvo lástima a todos ‘nuna palabra. Porque a él lo sortearon aquí, ‘n Córdoba, y le tocó ‘n la pulicía militar, quince día namás estuvo ahi, cuando se dieron cuenta, por ‘l apellido, de quién era familiar, lo trasladaron inmediatamente al interior. Él estaba ‘n casa, de licencia, era un domingo, y le llega un telegrama que al otro día, ‘l lunes mismo, tenía que presentarse ‘n Resistencia, ¡ni modo de ir tan rápido hasta ‘l Chaco!. Tuve que ir dar explicacione ‘nel comando, aquí, al ejército, y me han tratáo como la mierda, la verdá. A él ¡le han dáo cada trato!, porque a él por’jemplo nunca le dieron arma, no le daban, tenían miedo que les disparara a los oficiales, ¡qué se yo!, lo segregaban. Y ahi ‘n Resistencia un par de mese namás lo tuvieron, y lo volvieron trasladar, lo mandaron ‘n Yapeyú, ‘n Corrientes (cada vez más lejos lo mandaban), y ahi fue donde pasó lo peor. ‘N Yapeyú había un teniente, un tal Martín, que le ponía la pistola remontada ‘n la cabeza, le decía: “- Mirá, si ahora yo te pego un tiro y digo que fue un acidente, ¿quién vá venir a decir nada?, ¡a ver si te vas juntar con tu hermanito!” Y todos los día le hacían miles de pregunta sobre ‘l hermano, y este pobre no sabía nada, de endevera, ¡qué iba a saber del Angel si ‘l otro jamás le había dicho nada!, pero no lo dejaban ‘n paz, le daban las tareas más, así, más peores. Lo mínimo que le mandaban era ir a juntar bosta (porque ahi ‘n Yapeyú los milico hacían ladrillo, y pá eso usaban la bosta), o se la pasaba limpiando letrinas, esas cosa. Y no contentos lo volvieron mandar má lejos todavía, lo trasladaron a Oberá, que é ‘n la provincia de Misiones, y ahi fue donde, gracias a Dió, hubo un oficial, un general que le tuvo compasión, que era un tipo humanitario ¿no?, no criminal como los otro. ‘L general este lo mandó llamar a su despacho, era un día de lluvia, y la oficina del general estaba toda alfombrada, ‘ntonce ‘l Adelmo se quiso sacar los zapato, los borceguíes, pá entrar, que venía todo embarráo de la lluvia: “- No, soldáo –le dice ‘l general- no se descalce, entre.” Bueno, entra este, se cuadra ahi frente al general, y éste le pregunta: “- Muchacho, ¿cómo están tus padres?” Y ¡qué mierda!, ‘l Adelmo no sabía qué contestarle, ¡ya había pasáo por tantas…!, este lo tomaba por sorpresa. “- Y… –le contesta al final- muy afligidos, mi general, tristes.” “- Yo también tengo dos hijo –le dice ‘l general-, y si uno me faltara como hoy le falta a tus padre, estaría tan triste como ellos.” Así le habló, y le dijo además que se quedara tranquilo, que él allí no iba pagar ninguna culpa ajena, le dijo, que allí lo iban a tratar bien, y le dio una tarjetita personal, pá que vaya verlo directamente, sin pasar por todo ‘l circuíto que tenés que hacer si sos soldáo raso pá ver al jefe del regimiento. Y bueno, por fin, desde ese momento ya no la pasó tan mal; pero cuando le tocaba que le déan de baja, ¡lo mandaron a pedir de Buenos Aires!, querían trasladarlo ‘n Buenos Aires, ¿y qué hizo este general?, agarró y le mandó un telegrama a Buenos Aires que él ya le había dáo de baja a ese soldáo que era requerido, porque le dijo al Adelmo: “- Si yo te traslado ‘n Buenos Aires, vos no volvés jamás a tu casa.” Ahi namás le firmó la libreta y le dio un pase ‘n ómnibus (los soldáos namás tienen pase ‘n ferrocarril, pero este le dio ‘n ómnibus), y le dijo: “- Metete ‘n tu casa, y salí lo menos posible”, y lo despachó pá Córdoba. Por eso yo tengo que decir que no todo son hijos de puta, no todo son criminale, hay también los que son, así, concientes; porque ‘n Buenos Aires estaba ese asesino de Camps, y ¿cuántos concripto hay que son desaparecidos?, y ¿porqué justo lo llamaban ante de darle la baja?, ¡pá matarlo a este también, pué! Porque ‘l Camps ese era un carnicero, un nazi como los alemane, y perpétua tenía, cadena perpétua, pero ahora lo han largáo, ‘l turco lo hizo largar igual, lo puso con indulto: ahi anda, por la calle, y él que de propia mano mató a cientos…

  

La cuestión é que se salvó de pelo, por un pelo namás, y cuando volvió nosotros no estábamos ‘n casa, estaba aquí Rosalía, y dice que este pobre charlaba a los grito, medio que desvariaba, así, estaba un poco taráo, por ahi lloraba como una magdalena, y al segundo despué se reía, como un loco propiamente. Y cuando nosotros volvimo yo empecé sacarlo al campo, íbamos pescar –que a él le gusta de alma-, comenzó a juntarse con los amigo, de nuevo, y así, poquito a poquito le fue pasando esa forma, así, medio loca, con que había quedáo. Pero a la escuela no quiso volver, nunca má: se iba a la cosecha, allá con los tíos, ‘n Arteaga, al medio del campo, un buen tiempo le duró, así, ‘l pánico que estos hijos de puta le habían hecho agarrar.

 

   Ahora, las organizaciones de familiare, de las Madres, ellos han hecho las cosa bien aquí, han conseguido muchas cosa, han conseguido un subsidio que les dan a los hijo de los desaparecidos, Italia les manda siempre un subsidio, y ahora parece que les van a dar una jubilación, igual que si fuese un jubilado; Italia ha hecho muchísimas cosa por los desaparecidos. También las organizaciones consiguieron, ‘nel tiempo ‘n que estaba Alfonsín, que les dieran una pensión a los chicos, como Esperanza, mi nietita, a los menores hijo de desaparecidos, ellos cobran todos los mese mientras sean menores de edad, hasta los veintiuno, todos tienen la tarjeta médica, los descuento. Han hecho muchas cosa más desde que empezó la democracia de nuevo, (antes también, pero ante no conseguían tanto porque… ¿qué iban a conseguir de los milico?); han viajáo, han ido a Norteamérica, de aquí y de allá, pero ‘l gobierno no los dejaba hacer nada. Y los curas, que ‘nese tiempo podrían haber hecho algo las jerarquía, podrían haberse movido, ni siquiera intentaron, eso yo siempre lo digo: los curas, empezando aquí por ‘l Primatesta este, no han hecho nada de nada, ningún reclamo, ninguna fuerza para que, digamos, con ‘l ejército, pá que no los maten o los traten mejor o… ni él ni ninguno de esos viejos, nada han hecho. Y no sólo que no han hecho nada, sino que cuando veían que por ahi había algún curita que se comprometía, que nos ayudaba, enseguida lo trasladaban a otro láo, lo sacaban del medio. ‘Nel primer tiempo, cuando comenzamos organizarnos los familiare, los padre de todos esos chango desaparecidos, o que se los habían lleváo secuestrados, ‘l único lugar que ‘l ejército respetaba eran las iglesias: ahi no entraba. Entonce era ahi donde podíamos reunirno, ¡’n cualquier otro lugar nos hacían cagar, pué!, y había un cura, un cura jovencito de esos que están ahi, ‘nese colegio viejo que hay, ese Pio XII, que todos los domingo organizaba algo así como un picnic a la tarde, ahi nos reuníamos todos los familiare, era nuestra única posibilidá de estar juntos –y no éramos poco, hubo un tiempo que hasta ocho, hasta nueve mil supimos ser-, y este curita nos permitía estar juntos ‘nel patio de ese colegio. ¡Má!, cuando los viejos, las jerarquía de la Iglesia se dieron cuenta, se enteraron de lo que este padre hacía por nosotros, ¡lo fletaron a la mierda enseguida!, nos volvimos quedar sin tener un lugar donde reunirno, donde, así, al menos verno las cara. Por eso yo no creo que todos los curas sean iguales, que todos hayan estado, así, tan desinteresáos por nosotros, por lo que le estaban haciendo a los chico, a la juventú, había también algunos como este, que eran defensores del derecho humano, curas valiente, que se jugaban, ¿no? Y si no, ¿cuánto curas hay que han matáo también los milico?, ¿cuántos curas de éstos hay que son desaparecidos también?, como esos que han matado ‘n Salta, y esos otros de allá, del Sur. ¡Si hasta un obispo han matáo, a un obispo ‘n La Rioja!, pero acá ‘l cardenal este no los dejaba, a los cura que querían ayudarnos enseguida los sacaba de circulación, a todos. Supo haber otro de estos cura acá ‘nel barrio de Los Plátanos, despué otro allá, ‘n la placita de los burros, camino al Cerro de Las Rosas, ¡ese sí que tenía huevos! ¡amigo!, ese nos hacía entrar a nosotros todos dentro de la iglesia, y él se paraba ‘n la puerta, cruzaba los brazo, y ahi se quedaba, pasaban los patrulleros de arriba pá’bajo, cruzaban, iban y venían, pero ‘l tipo no se movía de allí, ¡ni una vez se animaron a entrar!, hasta llegaron a disparar tiros, así, al aire, con l’ ametralladora ¿no?, pero ‘l tipo ni se mosqueaba, hasta que la reunión no terminaba él estaba ‘nel medio de la puerta. Ahi, ‘nesa iglesia, supo venir este que le dieron ‘l premio, ‘l premio Nobel de la Paz, ‘l Pérez Esquivel este, él nos ayudó mucho ‘nun tiempo bien duro, bien jodido; despué venían otros, gente de Buenos Aires, hablaban, trataban de organizarnos, ver qué podíamo hacer… pero al final no pasó nada, éstos se iban ‘n Norteamérica a conseguir ayuda, (pero Norteamérica siempre ha sido de dos cara: a éstos les decía una cosa, y a los milico también los escuchaba y les decía otra, porque hasta ‘l mismo Videla iba consultar allá sobre cómo hacer la represión, todas las intruciones de los milico eran intruídas por Norteamérica); así que seguimos, seguimos, no obteníamos nada, pero seguíamos namás.

  

Y ‘nesas reuniones siempre nos daban una nueva direción pá escribir, dónde dirigirnos, que viajemos pá’llá, que hablemos con fulano, todo eso. Y nosotro, yo, hicimos todo lo que pudimo, todo ‘l tiempo, escribimos a Norteamérica, viajamos, meta gastar plata de un láo, meta gastar plata del otro, tuve que vender aquel departamentito que les había compráo a los chango, despué también vendí ‘l auto, ‘l Falcon mío. Pero seguíamos gastando ‘n todos esos trámite; hice un localcito, puse una pared ‘nel living de casa y ahi puse un localcito pá alquilar, pero… Al final hemos gastáo toda la plata que teníamos, primero los ahorro, los ahorro de toda la vida, despué comenzamos vender alguna cosa, así, los cuadro, las pulsera de María, la máquina de escribir que me había quedáo de la agencia, las cosa de más valor. Llegó ‘l momento ‘n que no teníamos más guita ni más nada pá vender, buscándolos a ellos todos estos año, pagando abogáos, viajando, sellando papeles, ¡ay! ¡la cantidá enorme de papeles que he enyenado todos estos año!, ¡má! necesitaría otra pieza grande como esta pá meterlos a todos… nada, ningún papel sirvió para nada.

 

   Y encima dejamos de trabajar, tuvimos que cerrar la despencita, porque, bueno, teníamos un poco de miedo, nos amenazaban, nos decían por teléfono que… pero la verdá é que no la cerramo por eso, sino que uno se queda así, sin saber… sin saber nada, sin saber qué hacer o qué no hacer, si seguir o quedarse, así, sentado, porque é como si se acabaran las fuerzas de uno, de repente te das cuenta que estás viejo, que ya no servís, que ya no podés seguir como ante, que se acabó. Al final, se acabó. Te despertás una mañana y tenés que pensar si levantarte o no… si al menos nos hubieran matáo a todos de un solo golpe ‘n vez de irnos matando así, de a poquito… que ni siquiera sabés bien si todavía estás vivo o ya te acabaste hace tiempo.

 

 

 

 

 

Barcelona, 2001.

 

 

El zar se cambia la ropa (14 05 08)

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Publicada en Diario Norte, suplemento dominical, Año XXXIX, Nº 11.643, 18 de mayo de 2008, y en La Voz del Interior, Opinión, pág. A-10, Córdoba, 14 de mayo de 2008. http://www2.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=189487

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EL ZAR SE CAMBIA LA ROPA

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Por Nelson Gustavo Specchia

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Cualquiera sea el nombre que adopte (Imperio Ruso, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Asociación de Estados Independientes) la Madre Rusia ha sido desde siempre una tierra donde la personalización del poder, y la identificación de la autoridad con la figura del líder nacional, han tenido una fuerza sin correlato en Occidente. Desde Iván el Terrible a Lenin, desde Catalina la Grande a Alejandro II Romanov, desde Stalin a Yeltsin, la fuerte base personalista del poder ha signado la política rusa.

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Vladímir Vladimirovich Putin no es una excepción a esta característica distintiva de encarnación de la autoridad central en la persona del jefe del gobierno eslavo; lo excepcional, si acaso, ha sido la manera en que él y la elite dirigente que lo ha acompañado en la última década (que pasó, sin transición, al Kremlin desde las oficinas del KGB, el viejo servicio secreto soviético) han diseñado para conservar el ejercicio del poder, incrementar la parcela de discrecionalidad en los escenarios decisorios, disminuir al mínimo (o directamente extinguir) cualquier posibilidad de disenso crítico o de alternancia de opciones diferentes, y utilizar las normas constitucionales del andamiaje democrático para permanecer en el gobierno hasta la tercera década del presente siglo, por lo menos.

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El jueves de la semana pasada, 8 de marzo, Putin se cambió de ropa: dejó la muda de Presidente que ha vestido en los últimos ocho años, para calzarse el traje de Primer Ministro, con el que pretende seguir marcando el ritmo de la vida política rusa. Su “delfín”, el joven abogado (tiene 42 años, 13 menos que Putin) Dmitri Medvédev había asumido la Presidencia rusa unas horas antes, y su primer acto de gobierno fue proponer a la Duma –la cámara baja de la federación- al Presidente saliente para el cargo de Primer Ministro, propuesta que fue inmediatamente aceptada por aclamación: de los 448 diputados de la Duma, 392 votaron a favor del nuevo cargo con que Vladímir Putin extenderá su permanencia en el Kremlin.

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De esta manera, como digo, se mantiene la formalidad del andamiaje democrático: Putin no vulnera la Constitución, que sólo le permite dos mandatos consecutivos de cuatro años; pero asegura, mediante la creación de este tandem con Medvédev, una larga permanencia en el poder: podría volver a la Presidencia en 2012; tras extender el mandato de la primera magistratura a siete años, como ha anunciado, y una reelección sucesiva, alcanzaría a gobernar hasta 2026, cuando podría volver su “delfín” y ocupar el Ejecutivo nuevamente, al menos hasta el 2033. Un modelo de retención del poder para esquivar la alternancia democrática, que bien puede hacer escuela, y generar discípulos en tandems políticos (matrimoniales, familiares, partidarios) de otras latitudes.

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El dueño de la transición

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Para lograr esta concentración de poder, Putin ha tenido que apropiarse de la transición post-soviética iniciada en 1991, y amoldar los rumbos –que en algún momento parecieron apuntar hacia la modernización y la democratización del gran país- hacia sus horizontes personales. Las herramientas que esta nueva versión posmoderna del “zar de todas las rusias” ha diseñado, para forzar la transición hacia un modelo de funcionamiento político bajo su égida personal, han sido de tres tipos: el partido Rusia Unida, la renovación del nacionalismo, y las enormes reservas energéticas y estratégicas.

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Rusia Unida (RU) ha sido el instrumento electoral de Putin, aun permaneciendo él formalmente separado de la estructura del partido (nunca se afilió, por ejemplo), jugando con el rol de figura tutelar, de patriarca, con cierto desapego y distancia de la maquinaria de campaña y de votos. A pesar de que encabezaba la lista de candidatos a diputados en las elecciones del 2 de diciembre del año pasado, se negó a participar en debates públicos, y puso a disposición de RU enormes recursos del Estado, principalmente de los medios de comunicación controlados por el gobierno.

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Al mismo tiempo, llevó a cabo una reforma de la ley electoral que elevó la barrera mínima para entrar al Parlamento (del 5 al 7 por ciento de los votos totales), y dejó sin efecto la representación por circunscripciones regionales (que representaban el 50 por ciento de la composición de la cámara, y aseguraban una alta presencia independiente en el Legislativo). Por último, puso tantas condiciones a los observadores internacionales, que la Oficina de Instituciones Democráticas y Derechos Humanos, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE), habitual garante de la limpieza de los procesos electorales en la región, canceló el envío de sus observadores.

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Con estas características, RU se alzó con una rotunda victoria, con un 64,1 por ciento de los votos a diputados en diciembre. En el segundo lugar, el Partido Comunista apenas sumó un lejano 11,6 por ciento, y hasta Andréi Lugóvoi –el ex agente del KGB acusado por la policía británica de ser el asesino del disidente Alexandr Litvinenko, envenenándolo con Polonio 210- obtuvo su escaño, y su inmunidad, en la Duma. En las presidenciales del pasado mes de marzo, en unas pseudo elecciones que eran apenas algo más que un trámite (y también sin observadores de la OSCE), RU obtuvo un 68,6 por ciento para el “delfín” Dmitri Medvédev. Y como en realidad estaban planteadas como un plebiscito sobre la gestión de Putin, esa misma noche éste manifestó que le asistía “el derecho moral” de controlar la gestión del nuevo gobierno: era el anuncio de su continuidad en el poder.

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Alejar las “narices de occidente”

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El paño del nacionalismo, por su parte, se despliega a placer y conveniencia, y dos son las armas discursivas utilizadas por el líder para avivar la llama patriótica: la recuperación del poderío militar ruso, y las protestas por “los intentos occidentales de saquear” a la Madre Rusia. En su discurso de asunción como Primer Ministro, anunció la suba más espectacular del presupuesto militar de los últimos tiempos, para apoyar a los diferentes cuerpos en activo de las Fuerzas Armadas (que vienen recibiendo unos 300 tipos nuevos de armamentos desde 2001), y destinados a la construcción y puesta en funcionamiento de unidades submarinas, de bombarderos y misiles estratégicos; y –como era de esperarse- dirigidos a financiar un complejo sistema de defensa antiaérea, en clara respuesta al proyecto de instalación de puestos misilísticos por parte de Estados Unidos en Polonia y en República Checa. Para ilustrar simbólicamente este retorno a posiciones militares de otros tiempos, el Presidente Medvédev acaba de presidir un desfile en Moscú, con ocasión del aniversario de la victoria soviética sobre los nazis, donde se mostraron las más mortíferas piezas en servicio de la defensa nacional, incluyendo misiles con ojivas nucleares; y a los soldados rusos ataviados con su nueva vestimenta: un uniforme adaptado a esta nueva época, diseñado por el modisto eslavo top, Valentín Yudáshkin. Una muestra de poderío y de orgullo nacional que no se había vuelto a ver desde los tiempos de la “guerra fría”, previos a la disolución de la URSS.

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Pero ha sido en los recursos energéticos donde Vladímir Putin ha encontrado su herramienta de política exterior privilegiada, muy especialmente en relación con los vecinos del occidente europeo. La dependencia gasífera de Europa respecto de Rusia es tan concentrada, que los intereses económicos le hacen perder el fiel de esa balanza tan cara a los europeos, donde pesan los derechos humanos, las cláusulas democráticas, y las libertades individuales y colectivas.

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En este debate entre moral política y necesidades económicas, son especialmente los nuevos socios del borde oriental de la Unión Europea, que en el pasado estuvieron bajo la tutela soviética, quienes más se resienten por la flexibilidad en las posturas de Europa, y quienes, a su vez, se constituyen en piezas preferentes de las negociaciones y transacciones diplomáticas del gigante ruso.

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La puja de política internacional con base en recursos energéticos comenzó en 2005, cuando Rusia prohibió las importaciones de carnes y verduras procedentes de Polonia, una economía básicamente rural y primaria. Como consecuencia, Polonia vetó luego un acuerdo de toda la UE con Rusia para la provisión de energía, y cada Estado europeo debió negociar bilateralmente la continuidad en el aprovisionamiento del gas ruso. Estas condiciones fueron aprovechadas muy eficazmente por Putin, que continuó luego con el mismo esquema, ordenando cortes puntuales de gas o de petróleo a Lituania y a Estonia, y a otros países también fronterizos pero no miembros de la UE, como Ucrania y Bielorrusia. Y no solamente las restricciones: el trazado de los gasoductos también se convierte en moneda de cambio, como los recientes acuerdos con el gobierno griego para el paso del ducto por su territorio, a costa del trazado proyectado por la Unión Europea.

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Caminar con el oso ruso

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Como fruto de este rediseño de la transición para hacerla coincidir con su proyecto personal, Vladímir Putin tuvo la oportunidad de conducir a una sociedad traumatizada por siete décadas de gobiernos autoritarios, y por unos ensayos confusos y desordenados de salida del comunismo, en una ruta clara hacia la modernidad, el juego democrático, la vigencia de los derechos humanos, civiles y políticos. La coyuntura económica que le tocó, con subidas exorbitantes en el precio del petróleo, le hubiera permitido iniciar profundas reformas sociales, en el sistema de salud, en las retribuciones del trabajo, en el diezmado sistema de pensiones, en la enseñanza básica y media, y en las infraestructuras. Pero Putin perdió esa oportunidad. Las mafias siguen creciendo en Rusia, adueñándose de empresas y sectores enteros de la vida económica. Según la ONG Transparencia Internacional, en los últimos ocho años Rusia ha caído del puesto 82 al 143 en el ranking internacional de honestidad y transparencia. La justicia ha perdido completamente la independencia, virando hacia la función de repartición administrativa del Kremlin, lo que permite que opositores como Mijaíl Jodorkovski se pudran en las cárceles, o que asesinatos como el de la periodista Anna Politkóvskaya o Alexandr Litvinenko sean imposibles de juzgar.

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Putin ha esbozado un discurso de gobierno, en su nuevo traje de Primer Ministro, centrado en el aumento del producto bruto interno y del gasto militar. El mismo día, el Presidente Medvédev anunció que sus prioridades serán el crecimiento de las libertades cívicas y económicas, el respeto a la ley y a las normas internacionales, y devolverle a Rusia un rol primordial en el desarrollo tecnológico y en el liderazgo intelectual. Más allá de los cambios de ropa y de la coreografía entre los dos ocupantes del Kremlin, Occidente debería escuchar con mucha atención las palabras del Presidente, caminar a su lado en las organizaciones y en las instancias globales, e intentar que su anunciado respeto a la legalidad internacional sea, en la medida de lo posible, el borde del sendero que nos toca transitar juntos.

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Profesor Titular de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.

De ahí yo soy

 

 

 

                     a Nelly María Checura

 

 

 

 

 

He recorrido tu infinito cauce

desde el alba hasta

donde muere el verdesiempre,

sin luna

de aquella selva impenetrable,

desde los surcos magros

todavía caminados

escuché el quejido violento

de tu vientre al rotularse.

 

 

He nacido en tu esplendor

y vivido tus ocasos

en el cultivo del pan,

en la razón de la sal.

Te he amado siglo a siglo

desde la virginidad montaraz

al sedimento yacente,

atrapado en la impotencia

o la esterilidad.

 

 

He besado cada terrón

que cobija

el primer capullo del mes de enero,

y agiganta

la esperanza indecible

de aquellos cuerpos expertos en fatiga:

te ofrecen su aliento

de sol a sol, de otoño a otoño:

¡ay, dolor de plegaria profana!

 

 

He encontrado en ti

el misterio

del gérmen de la vida,

estaba rodeado de un hálito fétido

y espeso,

gangrenado de las mil muertes

que nunca dije,

de las muertes que siempre supe.

 

 

He visto sudar, morir, gritar.

Huesos

sin calma de siglos,

generaciones de yugo en las espaldas,

de hoja bravía de aceros

quebrando palmas:

jirones de cabellos de plata

y de ojos caoba

nublando la distancia.

 

 

He visto nacer sin sueños

y sangrar de rabia.

Licuar un torrente de sol

por cada poro falto de noches,

los cuerpos

caer al alba,

cerrados los labios tristes y fuertes

como si sonaran un alcatraz.

 

 

He escuchado de ti

historias de vientos

cortados

por la saña de las siete colas:

borbotéo de carne húmeda

al final del camino.

He escuchado historias de vientres

inyectados

por arrancar del rocío la semilla

vano intento de arrancar

también

la vida.

 

 

He enterrado a mis muertos

en tu sombra

tibia, seca de algarrobas y cercas.

He depositado

en ese cauce fértil

que reclama

la dulce ofrenda

que en mi desnudo pecho llevo clavada.

 

 

He rondado por el astral

templo de vigilia

donde nuestros padres

los ancianos

guardan su armadura,

esperando el día –siempre esperando-

que la paz

sea un nombre loado.

 

 

He avistado en tu vagina

enrojecida

de quebrachos talados

el espectro

de fauces gigantescas que devoran,

en un tiempo sin memoria,

todo cuanto vive.

 

 

He recibido en mis venas

el seco

golpe de la raza primigenia,

todo rayo, todo fuego, todo viento.

(¿Dónde lloras, hijo mío,

que tu llanto es sabia

y lluvia

y resina

de este légamo de estío?)

 

 

He volado con las fuerzas

de tus plantas,

temple de tu temple salival,

curtiendo mi cuero blando,

volando en el tormento del viento

hasta donde acaba el norte.

 

 

Estuve la tarde sin sombra

que descendieron

los hombres

de la borda mugrienta,

con polvos de otros suelos aún en sus plantas

y lo mezclaron

para siempre:

de esa mezcla de tierras yo soy.

 

 

Tierra golpe de trueno,

de ti

yo soy.

 

 

 

 

 

(de Poemas Montunos, 1985)

 

 

 

 

 

 

 

Madrigal 18

 

 

 

Madrigal 18

 

 

 

 

Que la estela del río profundo arrastre mi pluma

al lecho vírgen de su cauce.

 

Tu nombre es el lamento dulce y fuerte

en sembradíos de veranos con sombrero.

 

Tu nombre golpea incansable

el portón de la quinta desolada.

 

Y es el lamento de esos golpes

por el que vivo.

 

Rompe la cuerda que aferra esta balsa

al portón frío y yerto:

 

Recoge el laurel y pinta el horizonte

con el carmín de fuego de tu cuerpo.

 

 

El ocaso del Laborismo inglés (08 05 08)

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Publicado en Diario Norte, suplemento dominical, Año XXXIX, Nº 11.547, Resistencia, 11 de mayo de 2008; y en Hoy Día Córdoba, suplemento Magazine, pág. 3, Año XI, Nº 2.680, 8 de mayo de 2008.

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EL OCASO DEL LABORISMO INGLÉS

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Por Nelson Gustavo Specchia

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Es aún temprano para afirmaciones taxativas, pero las recientes elecciones municipales en Gran Bretaña muestran que el control del gobierno por parte de la izquierda laborista está siendo cuestionado, y que, tras una década alejado del poder, el Partido Conservador ha recuperado una porción suficiente del electorado como para volver a ocupar la sede de Downing Street tras las elecciones de 2010.

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El primer ministro británico Gordon Brown fue elegido por lo diputados hace apenas diez meses, el 27 de junio de 2007, como sucesor de Tony Blair en la conducción del Partido Laborista y en la cabeza del ejecutivo. En ese momento, tras el desgaste mediático, la decadencia del liderazgo, y el cansancio que acumulaba Blair después de una década de gobierno, Brown aparecía como un ramalazo de aire fresco, un hombre mesurado, de gran capacidad administrativa, sensato, políticamente muy sólido, y prudente con los números.

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Sin embargo, y a pesar de esta recepción esperanzada, el primer ministro ha llevado al laborismo a un desastre electoral en las primeras elecciones a las que hace frente en ejercicio del cargo, cosechando los peores resultados para su partido en los últimos cuarenta años.

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En las elecciones del jueves de la semana pasada, el Partido Laborista apenas obtuvo un 24 por ciento de los votos, quedando relegado a un tercer lugar (inclusive por detrás del Partido Liberal-Demócrata, que obtuvo un 25 por ciento), y a unos largos veinte puntos del Partido Conservador, que se alzó con una aplastante victoria al acumular un 44 por ciento del total de sufragios. Con estos porcentajes, la relación de fuerzas en las municipales cambia la inclinación del mapa político británico: los conservadores ganan 256 concejales y 12 ayuntamientos (llegando a sumar 65 en todo el país); mientras los laboristas pierden 331 representantes locales, y dejan el poder en 9 distritos (conservando sólo 18). Y como si esta debacle no fuera de por sí suficientemente expresiva, el simbólico distrito de la capital ha pasado también a manos conservadoras, con el popular Boris Johnson desplazando de la alcaldía de Londres al rebelde laborista Ken Livingstone.

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Ninguna encuesta ni estudio politológico previo hacían esperables estos resultados, y todo parece indicar que expresan, más allá de la coyuntural alternancia del bipartidismo británico en los gobiernos locales, un cambio en el humor político de los ingleses, que puede tener su correlato en las próximas elecciones generales, volviendo a colocar a un premier “tory” en el gobierno.

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Las causas de este terremoto político hay que buscarlas, creo, básicamente en la personalidad de los dirigentes, en las características que definen el liderazgo, más que en puntuales diferencias de programa o de perspectivas de cambio político.

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Tony Blair, tras arrebatarle el gobierno a John Major en 1997 (los “tories” retenían el poder desde el acceso de Margaret Thatcher, en 1979), había anunciado transformaciones de fondo, y el inicio de un nuevo tiempo. Inclusive de una nuevo partido, transformando a la vieja izquierda de posturas trasnochadas e inviables, en el “new labour”: socialdemocracia, mercado, impuestos sin subidas espectaculares, y una dosis optimista de europeísmo. Sin embargo, pocas de estas expectativas y promesas pasaron a convertirse en ítems reales de la vida política inglesa. La “tercera vía” blairista se empantanó en sus intentos de cambiar las reglas de juego económicas, se privatizaron importantes ramas de los servicios de salud y de educación, y el supuesto europeísmo mantuvo a los ingleses como una excepción en el proceso de integración de la Unión Europea (con el “cheque británico” impactando en los presupuestos, y el rechazo del euro). En definitiva, el “new labour” de Tony Blair rara vez logró traspasar el plano del discurso.

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En las elecciones municipales de 2004, Blair le infringía al laborismo una derrota similar a la de la semana pasada, pero sacó de la galera una figura de renovación, que le permitió revertir los malos resultados electorales: su compañero de viaje desde el inicio de la gestión laborista, y responsable de la economía británica como canciller del Tesoro, el “Exchequer”: Gordon Brown.

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Sin embargo, nada más asumir, Brown dejó de lado su carácter impasible de gestor serio y calmo, y ha mostrado demasiados puntos débiles en poco tiempo. Parece intentar imitar a Blair en sus conductas mediáticas, pero no tiene el carisma del ex premier, y no resulta convincente; da marchas y contramarchas según lo recomienden los resultados de las encuestas; la prensa especializada lo acusa de indeciso, de oportunista, y hasta de cobarde; y lo que era el mayor activo de su imagen –la defensa de los más desprotegidos mediante una política fiscal proporcional y redistributiva- se ha revelado como una estrategia bastante falaz, descubriendo que el verdadero objetivo de las reformas de impuestos era ganarse electoralmente a los sectores de clase media, aún a costa de penalizar a los trabajadores y a los de menores ingresos.

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Frente a este panorama en el liderazgo “labour”, los conservadores recuperan la iniciativa, y su joven y dinámico líder, David Cameron, ya se perfila como la figura de recambio para el sillón delantero de la Cámara de los Comunes, y de la casa de las escaleras en el número 10 de la calle Downing.

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Un silencioso y muy poco trascendente ocaso para toda una era.

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Profesor Titular de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba.

de la tarde plana llega (1981)

 

 

 

De la tarde plana llega

El sudor sanguíneo, sin fin,

Del astro marchito.

El viento del norte arrecia

El vuelo, corto y bajo,

Del gorrión sin nido;

Y la caída de la luz acompaña

La estela honda

Del tallo musgoso al recostarse.

Desde el redoble enmohecido de los bronces

La oración anuncia

Otra noche que nace

Del velo negro, oculto, de la vida;

Y es el acorde templado

De la madera con caderas femeninas

Quien me trae, en este crepúsculo,

La frágil visión de tus labios

Pura sabia, puro humo.

 

 

 

 

 

 

Giuseppe (Capítulo VI)

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO VI     –     Margherita

 

 

La decadencia

 

  Hasta que nos vinimos ‘n Córdoba, al láo de nuestra casa ‘n Charata, vivía mi hermana Margherita. Margherita fue la última de nosotros ‘n formar familia, ella ya se casó de grande, se casó ‘nel 1952. Al Giordano Bonaventura lo había conocido también allá, ‘n Arteaga, fue cuando se casó la Elisa con Carlotto, mis cuñáo, que fuímos todos al casamiento, y ‘l Bonaventura era medio pariente de ellos, de la familia de María, ‘ntonce también él estaba ‘n la fiesta. Ahi se conocieron, pero así namás, charlaron esa noche, pero no llegaron a nada ‘n especial. Un tiempo despué, cuando se casó la otra hermana de María, la Ana, otra vez fuimos todo desde ‘l Chaco, y al Bonaventura lo volvieron invitar, con la intención ya, ¿no?. Ahi andaban María y las hermana, a mí me habían consultáo, y yo les dije: “- Y, si se puede… metanlé namás”, porque Margherita ya estaba grande ella, y no, pretendientes no había tenido nunca la verdá. Tenía ya casi cuarenta año y a esa edá, ‘naquel tiempo una chica ya era solterona, no tenía ninguna posibilidá. Pero como tenía buen capital ella (porque tenía la parte de la herencia ¿no?, la herencia de la Mamá, y también la parte del Tío Viejo), y también que yo le daba a ella siempre su parte de la agencia… y este Bonaventura era un pobre muerto de hambre, no tenía ni donde caerse muerto. A mí se me ocurrió que sería bueno pá ella, que formara su matrimonio y eso; ¡cómo son las cosa!, despué, con todo lo que pasó, y la vida que este desgraciáo le dio a la pobre, yo cuánto he pensado despué, ¡má! ¡si se hubiera quedáo sola, cuánto que hubiera ganáo!, pero eran tiempos tan diferentes a estos… una chica que quedaba sola, todo ‘l mundo la miraba con lástima, como si estuviera apestada, esa é la verdá. Y bueno, les dije que sí y estas los acomodaron, los pusieron ahi, los pusieron ‘n la misma mesa, y esa vez sí, ya se arreglaron. A los seis mese se casaron.

  

‘Nun principio ellos se fueron vivir ‘n Casilda, ahi ‘n Santa Fe, que ‘l padre de él había tenido chacra por ahi, y tenían casa ‘nel pueblo. ¡Má!, él ‘nel campo poco trabajó, él siempre estaba de mecánico, tenía un tallercito a vece, o trabajaba pá otro, ‘n algún taller mecánico de ahi de Casilda. Pero no andaba la cosa, vivían de lo que yo le enviaba a Margherita, de la agencia; ‘ntonce a mí se me ocurrió que mejor tenerlo más cerca, y cuando comenzaron entrar los camiones Ford 900 –que ya había fallecido mi socio y estaba yo como dueño de todo eso ahi ‘n Charata-, le dije: “- Mirá, Bonaventura, aquí necesitamos mecánico (porque íbamos a instalar ‘l banco de pruebas, que así lo exigía la Ford para enviarte las unidade grande), si querés podés venir trabajar ‘nel taller.” Así que vendieron la casa allá, la que tenían ‘n Casilda, y les hice hacer la casa ‘n Charata, ahi, ‘nel terreno ese al láo de la mía. Margherita no quiso que la pusiera a nombre de los dos, así que la inscribimo a nombre de ella. Ella también tenía sus acione ‘n la sociedá sólo a nombre de ella, y él comenzó trabajar ahi ‘nel taller, cobraba su sueldo, y las cosas de ellos parecía que se encaminaron un poco, por’jemplo con la participación de Margherita como acionista, ella le sacó un coche nuevo pá él, un Ford Falcon cero kilómetro, uno rojo, hermoso; parecía que andaban un poco mejor las cosa. Antes del Falcon que ella le sacó, ‘l Bonaventura tenía otro coche, uno genial: una cupé que era super veloz (era una ‘37 pero ‘l motor era ‘51), al Bonaventura le volvían loco los coche, él los preparaba, les tocaba ‘l motor; ¡a esa cupecita le hacía patinar las rueda de lo lindo! ¡si daba ciento treinta kilómetro como nada!. Esa fue la que tumbó Paolino ¡no se mataron esa vez, porque Dió é grande, namás!, de capota de lona era, iban cinco: ‘l judío Broz –ese que supo ser diputado de la Nación luego-, iba Raimondi, Paolino –que recién había llegáo ahi ‘n Las Breñas, había termináo la universidá y había vuelto ‘nel pueblo a instalarse-, y iban otros, eran cinco ‘n total, todos chango joven, de la barra de mi sobrino. Iba manejando Paolino, de pedo le habían prestáo ‘l auto, porque ‘l Bonaventura no se lo prestaba seguro, ¡pero Margherita lo quería tanto al Paolino!, é que práticamente ellos dos, los hijos de Giuditta, pá ella eran práticamente como sus hijo, como ellos no tuvieron, esos chico eran de ella, casi. Así que le enprestó la cupé sin que Bonaventura supiera, y iban ligero, y este boleáo, ahi frente al bar de Iñigo había como esa arenilla (ni soñar ‘naquel tiempo con calles de asfalto, era todo tierra), y pegó una patinada, se cruzó y ¡páfate!, se dieron vuelta, la capota quedó hecha mierda, y ellos, los cinco chango ninguna lastimadura, ilesos. ¡Pero con un cagazo de padre y señor mío!, sabían cómo ‘l Bonaventura cuidaba los auto, que se enfurecía si los empleáos del taller le pasaban una gamuza seca, porque decía que le estropeaba la pintura, y éstos se lo habían hecho pelota, ¿no?. ¡Ay la que se le venía al Paolino!; bué, la engancharon a la camioneta de Strozzi y la trajeron arrastrando pá Charata, cuando la metieron ahi ‘nel taller de la agencia, al Bonaventura le dió un soponcio que casi se desmaya, y Paolino se metió ‘nel baño de mi casa y no quería salir más. Margherita se puso hablarle, a través de la puerta le habló, como dos horas estuvo ahi, hasta que ‘l otro salió, con la cola entre las patas, ¡má! ¡ni se cruzó con ‘l Bonaventura!, cachó ‘l primero que salía pá Las Breñas y desapareció. Claro que ‘l otro tampoco le iba a poder decir mucho ¿no?, si esos chico eran los ojos de Margherita. Ella quería tener hijos pero no podía, como ya era grande ya, y María le dijo muchas vece que agarraran un chico, que lo críen. Porque ellos podrían haber adoptáo tranquilamente, si allí, con los amigos médico que teníamo, que trabajaban ‘nel hospital, ¿y cuántos chico que nacen, que los van a tener ahi, y los quieren dar por nada? A veces, namás por una caja de mercadería te daban ‘l chico recién nacido. Pero claro: esos chiquitos son criollo, negritos, de esas chica pobrecitas que van ahi tenerlos ‘nel hospital, y Margherita ‘nese aspeto era un poco como la Mamá, con ‘l tema ese de la raza y esas tontera, y no quiso, no quiso nunca; por eso a esos sobrino, los chico de Giuditta, ella los consideraba como hijos de ella.

 

Cuando ellos recién llegaron de Casilda, al Bonaventura lo llevamos ‘n Las Breñas, pusimos ‘n Las Breñas una sucursal del taller de la agencia Ford que teníamos ‘n Charata, lo pusimos ‘n Las Breñas, y al Bonaventura le dimos como jefe de taller. Tuvimos que hacer así porque ‘l taller propiamente dicho, ahi ‘n Charata, lo teníamos alquiláo, estaba alquiláo desde hacía años y los inquilinos no nos lo entregaban; era como ‘l hotel aquel de Chascomús: Perón había ordenáo que a pesar de que los contratos terminaban… ‘l Perón protegía a los inquilino, como no había suficiente propiedade pá todos, él puso que no se podía echar a los inquilinos. Al Bonaventura le convenía ¡pué!, porque ‘n Casilda namás trabajaba de empleáo, acá ‘n cambio iba a ser jefe de taller, ‘anque sea sucursal. Y así lo convencimos pá que se vinieran, pusimos la sucursal ‘n Las Breñas y al mismo tiempo yo les puse un juicio a los inquilino del taller, los de la Ford me habían recomendáo un abogáo de ahi de Sáenz Peña, un paraguayo que tenía má mañas que ‘l carajo, Dulcino Antola se llamaba, pero todo ‘l mundo le decía “‘l paraguayo”, y era especial para ‘nesos asuntos. Otro abogáo mismo de ahi de Charata me había dicho: “- Mire, don José, si no se los saca ‘l paraguayo, no se los saca nadie”, y fui. Entonce ‘l Dulcino Antola este me dice: “- Lo primero, don Gandolfo: tiene que convencerse que acá los honesto pierden siempre, así que hay que hacer un poco las cosa, así… usté me entiende, ¿no?”, “- Usté proceda namás dotor –le digo yo-, me dice qué lo hay que hacer, y adelante ¡qué mierda!”. “- Bueno, mire, hay que averiguar quién é ‘l abogáo de ellos y irle a hablar, ofrecerle unos peso al abogáo primero, ¿usted se anima a que le ofrezcamos diez mil peso…?” Ahi yo comencé entender cómo eran las maña del paraguayo, y así hicimo. Fuimos donde este otro abogáo, que era uno namás de Charata, y le dijimos: “- Mirá, vos tenés diez mil peso de parte de tu contrera, y más lo que le vas cobrar a ellos, si é que ganamos ‘l pleite”. Buena suma eran diez mil peso, rapidito namás aceptó ‘l abogáo este, así que hicimos ‘l juicio contra los inquilino. Eran dos ellos, era ‘l jefe, un tal Rosales, y Miguelito, que era ‘l empleáo; y ‘l mañoso del paraguayo también me había dicho: “- ¿Usté sabe si ellos toman, así, toman trago?”, “- ¡Sí, dotor! –le digo- ¡si a los dos les gusta más ‘l chupi que la mierda!”, ‘ntonce ‘l paraguayo me dice lo que había que hacer, y así. A la mañana, a la mañana del pleite, cuando nos teníamos que presentar ante ‘l juez, como llegamos medio temprano ‘n Sáenz Peña, (habíamos ido ‘nel mismo auto, ellos y nosotros, porque la primera vez habíamos ido ‘n coches separado, pero cuando tuvimos la vista ante ‘l juez  yo les dije: “- Pero, Rosales, ¡qué vamos a estar yendo ‘n autos separado!, como si fuéramos enemigo, caramba. Vénganse con nosotros ¡pué!”, y le cayó bien al negro, así que habíamos ido juntos); y como llegamos ‘n Sáenz Peña antes de la hora de la vista ante ‘l juez, les digo a los dos: “- Miren, muchacho, todavía hay tiempo, ¿qué les parece si vamos a tomar un cafecito? ¡paga la agencia!” Fuímos, y ya cuando estábamos ‘nel bar le pregunto: “- ¿Y, Rosales? ¿te gustaría ‘hacer la mañana’?”, “- Bueno, don Gandolfo, si usted invita, cómo no”. “- ¡Mozo!, tráigale un coñac grande aquí al señor”, y ‘l otro, ‘l Miguelito, pá no quedarse atrás y gustándole ‘l trago como le gustaba, también aceptó “hacer la mañana”: “- ¡Mozo!, coñac doble aquí pá este otro señor también”. Nosotros dos no tomamos namás que ‘l café. Cuando de allí salimos, que subimos ‘nel auto, ya comenzaron hablar gracioso, ¡madonna! ¡cómo pega un coñac grande ‘n ayunas!. Vamos allí, delante del juez, y cuando ‘l juez pregunta, cuando me pregunta a mí, dice: “- ¿Cómo –dice- cuando los tenía a estos señore como empleáos, ustedes perdían plata ‘nel taller, y ahora ellos cómo –dice ‘l juez- ganan plata y no quieren entregar?”, “- Y bueno, excelencia, lo que pasa é que ‘l hombre é bastante, así, tomador –le contesto yo- y no atendía al trabajo”. Porque con los peronista, la ley de ese tiempo, no te dejaba despedir, no podías despedir los trabajadore o a los jefes, no te permitía ‘l sindicato. Pero ahi namás, cuando me escuchó, dice este Rosales: “- Ahhh!, shiii… esho shiii…”, ¡le había pegáo ‘l coñac de la mañana como un toro!. ¡Qué mierda!, cuando ‘l juez lo escuchó hablar así, con esa voz de tomáo, abrió los ojo así de grandes, ¿no?. No le gustó nada al juez, que hasta ese momento estaba de parte de ellos; é que también los juece, todos los juece eran peronista, y estaban de parte de los trabajadores, no de los patrone, y me mira a mí ‘l usía: “- En fin… ¿y qué oferta le hace usted a estos compañero?”, “- ¡Claro que shiii! –salta ‘l Rosales este- porque noshotro tampoco podemo iiir de barrendero, yo soy mecániiico, mi compañero juez, y aquí ‘l sheñor a mi deeerecha é tornero…” estaba completamente chupáo. Y se me acerca ‘l paraguayo y me dice: “- Ahora oferte usté, don Gandolfo.” “- Bueno, excelencia –digo yo- nosotro les damo toda las herramienta, les compramo un torno nuevo, una máquina de retificar, máquina pá las bancadas, les damos ‘l taladro elétrico, y todo, así, toda las herramienta pá un taller. Y hacemos una Prenda Agraria, que ellos nos vayan pagando mensual, les vamo cobrando interés, una cuota que esté al alcance de ellos…”, (esto último también había sido idea del paraguayo, del abogáo, porque sabía que éstos no iban a pagarnos ni mierda la Prenda Agraria, y nos íbamos a terminar quedando de vuelta nosotros con todo). Entonce ‘l abogáo de ellos les dice: “- Bueno, compañeros, si ustedes rechazan esa proposición, ya vá fallar ‘l juez ‘n contra de ustedes, ¿he?.” “- Bueno –dice Rosales- shiii é ashííí, ‘ntonce…” y ‘l juez lo cortó enseguida, nervioso se había puesto con la curda de éstos, ahi namás cerró ‘l juicio. ‘L secretario escribió ‘l acta ‘n la máquina, pusimo las firma, y les dió treinta día de plazo pá desocupar ‘l taller; a mí me dijo que tenía que poner, ‘n treinta día, todas las herramienta prometidas ahi ‘nel taller pá que ellos se fueran, con la Prenda Agraria sobre todas las herramienta. Macanudo, fuímos contentos de vuelta ‘n Charata, lo más bien, y cuando llegamos: “- Mirá, Miguelito, –les digo yo- pá que veas que soy bueno, les voy a dar una ventaja más, ‘anque ‘l juez no haya dicho: si queré vení junto conmigo, vamos ‘n Santa Fe a comprar ‘l torno, elegí ‘l torno que más te gusta.” Lo llevé de Orsi, ‘n Santa Fe, lo llevé ‘n la camioneta de la agencia, y dice este Miguelito: “- Yo lo quiero de cuatro mordazas, y vueltéo de setenta centímetro.” ¡Pucha!, era ‘l mejor torno de ese tiempo ¿no?, pero cómo no, eligió ‘l que más le gustaba, sin problema. A nosotros nos convenía, cuanto más caro, más nos convenía, porque le cobrábamos interés; y con la Prenda Agraria seguro que se lo íbamos a terminar quitando todo, o de lo contrario la iba pagar otro, pero de cualquier manera ganábamo. ¡Má! ¡ni la primer cuota pagaron!, ‘n la prenda decía que si no pagaban la primer cuota perdían todo, pero un tal Polzella, que era de ahi, viene y me dice: “- Eh, Giuseppe, no vá a dejar así a estos pobres infelice, son dos familia enteras… si le pago yo ¿no me las pasa a nombre mío a todas las cosa…?” Claro, ¡qué mierda!, este gringo se hacía ‘l bueno, pero la verdá que a él también le convenía, porque así se hacía d’un taller con dos empleáos que –encima- le iban a deber plata por un buen tiempo, ¿no?. “- Sí, cómo no, don Polzella –le digo yo al gringo, también con cara de buenito- ¡no vamo dejar ‘n la calle dos familia!”. Era un cliente nuestro ‘l gringo, un cliente viejo, y terminó pagando él, porque tenían namás un año de plazo, era corto ‘l plazo, y la cuota había termináo siendo alta, la cuota de la prenda. Claro que pá nosotros no era alto, era bien barato, porque a mí ‘l torno, Orsi me lo dio ‘n treinta y dos mil peso, y a ellos yo se lo facturé ‘n cuarenta y cinco mil, más los interese que les cobraba… encima, las máquinas las compré todas ‘n Buenos Aires, ‘n las fábrica, me salieron todas algo así como diez mil peso, y hice hacer facturas más alta, les cobré a ellos como treinta mil más los intereses, y con eso hicimo la Prenda Agraria. La cuestión é que a los treinta día tuvieron que desocupar, se llevaron sus cosa, y ahi recién fue que cerramo la sucursal que habíamos abierto ‘n Las Breñas, y lo trajimos al Bonaventura ahi, al taller de la agencia, y lo pusimos como jefe de taller también, le conservamos ‘l cargo. Pero duró como jefe hasta que nos dimos cuenta que era un boludo.

 

No é que ‘l Bonaventura fuera malo, mala gente, pero é que era un tipo un poco corto, lo habían cortáo verde, ¡qué se yo! ese casamiento fue un mal negocio pá todos, sobre todo pá Margherita, la verdá. Eso sí: él de mecánica entendía mucho, pero era, así, se daba de vivo, ‘nuna palabra, pero era tonto. Aparte era macanero como la gran puta, si había allí un judío, un tal Meyer, que era ‘l jefe de todos los mentiroso ahi ‘n Charata, ¡pero a éste le habían puesto que era superior al ruso Meyer incluso!; una vuelta ‘l Bonaventura contaba ‘n la Italiana, ‘nel club de la Sociedá Italiana, que él venía ‘n su cupé, y venía lloviendo ¿no? (era linda la cupé esa que le hizo mierda ‘l sobrino, que la tumbó Paolo), y decía que venía ‘n la cupé corriendo la tormenta, y les manda la macana a los que estaban ahi ‘nel grupo de la Italiana, les dice que la lluvia le mojaba ‘l vidrio de atrás de la cupé ¡pero ‘l vidrio de adelante no, de tan rápido que venía!; tenía esas cosa, era un poco como un chico tonto. Ahi ‘nel taller, cuando recién abrimos, lo tuvimos como cinco o seis mese, pero rápido nos dimos cuenta que no servía pá jefe de nadie éste, ‘ntonce le hablé: “- Mirá, Bonaventura, vos no, pá jefe no tenés capacidá, lo vamos a poner al ruso Sapatowsky, pero como sos mi cuñáo, ‘l sueldo lo vas a tener ‘l mismo, pero te vamo a poner como mecánico namás, y si hay que ir ‘n Buenos Aires a buscar una unidá –que eso a él le gustaba lo más, le encantaba andar ‘n la ruta, manejar- vas a ir vos, pero jefe…”

  

Fenómeno, agarró viaje ‘l Bonaventura, y ahi andaba má o meno bien, pero un tiempito namás, porque al poco rato se metió con una turra, una putita de cuarta que era la mujer d’un peluquero, y la cosa empezó a pudrirse: empezó robar adentro, adentro del taller. Un chango (que ‘l padre era muy amigo, que cuando lo supo lo quería matar al chango), un tal Marko, y ‘l boludo este del Bonaventura sacaba repuesto del taller y se lo daba a este chango pá que los venda ¿no?, para hacerse de unos mango pá ir con la turra esa. Pero ‘nel balance ¡qué mierda!, como ahi llevábamos la contabilidá muy cortita, entradas y salida, al hacer balance tenía que aparecer la pieza o la plata, no había vuelta de hoja. Y ¡la madonna! faltaban a veces treinta, a veces cuarenta pieza, y de las piezas cara, ‘l respuestero se rascaba la cabeza –Matamale se llamaba-, y Matamale comenzó a vistiarlo ¿no?, a desconfiar del Bonaventura, ‘ntonce dejó dos baterías vieja, medio ahi, ‘nun rinconcito apartado, ‘nun costáo. Pero las marcó. Y este imbécil –que por eso yo digo que era medio corto, porque si hubiese sido un poco más vivo, se dá cuenta ¡pué!-, agarra las dos batería, despué que cerraron (como él tenía llave podía entrar ‘nel taller despué de cerrar), las carga ‘n la cupé y vá y se las vende a Zenobio, que tenía negocio de baterías ahi namás, a dos cuadra de casa, ¡si no sería boludo!; al otro día, temprano namás, Matamale ve que faltan las batería, y tiene así, una intuición, se vá ‘n lo de Zenobio y ahi estaban las dos batería. Claro que éste rápido rápido le contó que Bonaventura se las había lleváo, ‘ntonce vino y le dijo al gallego Villar, ¡justamente!, ‘l gallego –que era má recto que una regla- lo mandaba ya a Matamale hacer la denuncia ‘n la pulicía, pero cuando me vienen preguntar a mí les digo: “- Esperensé un cachito, vos Matamale, llamalo al Bonaventura, que venga aquí”. Vino ahi donde mi escritorio, y le pregunto: “- Che, bobo de mierda, ¿vos vendiste estas batería aquí?” Y él, ‘nun principio, se negaba, pero cuando ‘l gallego Villar dijo de llamar a la pulicía pá’rreglar eso, tuvo que decir que sí. ¡Má!, le metí una puteada de los mil demonio y lo mandé fuera; ¿y qué hacíamo ahora?, porque ‘l tonto este era mi cuñáo, pero ahi éramos una sociedá anónima… Bué, nos reunimos con ‘l gallego Villar, y lo llamamos a Liendo, que era ‘l secretario, al Negro Liendo, un amigo fiel, y él fue que dijo: “- Mirá, José, pá que no haiga problema, que quede todo encerráo aquí, y que ‘l Bonaventura renuncie, porque si no hay que denunciar, y vá quedar como la mierda que ‘l cuñáo del presidente de la sociedá… ¡ladrón de batería!” Así tuvimo que hacer, ‘l tipo renunció y se puso a trabajar ahi ‘n su casa, puso como una especie de tallercito y ahi hacía pequeñas cosa, la gente le daba. Porque él no era malo, sólo que medio verde namás, si vos hablabas así con él, ‘nuna conversación cualquiera, no te dabas mucha cuenta, era un tipo común como cualquier otro, pero estando dos mese juntos, ya te dabas cuenta enseguida que al pobre le faltaba un tornillo, ¡báh!, una docena por lo meno. Y ahi lo dejamos, haciendo changuita como un año, y despué, cuando renunció Villar, viene ‘l Negro Liendo y me dice: “- ¿Y, José…? ¿qué le parece si lo tomamos otra vez a Bonaventura?, pobre tipo, ya para pena está bien. Y despué de todo é buen mecánico”, dice ‘l Negro. Justo teníamos asamblea pronto, ‘ntonce le digo a Liendo: “- Si la mayoría ‘n la asamblea é de acuerdo, bueno, pero yo no lo puedo disponer, porque me van a decir que sí porque é mi cuñáo namás, así que hacé vos la proposición.” Y como la mayoría le tenía lástima, ‘nuna palabra, aceptaron la proposición del Negro Liendo; é que de endevera eran todos amigo ¿no?, salvo Villar que dijo que no, pero los otro lo miraban con más, así, con más benevolencia, y lo tomamos otra vez. Pero le dije, lo agarré y le dije: “- Pero esta vez portate a las mil maravillas ¿he?, que te vea adentro con la manguera afanando nafta de los coche, ¡con la misma manguera te voy a dar tantos lonjazo ‘nel lomo que te voy a dejar verde!, ¿estamo?”. Porque hasta eso había llegáo antes ‘l muy boludo, entraba a la noche ‘nel taller, y chupaba nafta de los coche, los coche que nos traían arreglar, pá ponerle a su cupé. Pero bueno, yo era un jefe claro ahi, a mí se me respetaba, del primero al último, inclusive ‘l Bonaventura, así que le dije, y éste me escuchó respetuoso. Y lo hizo, ‘l pobre infelíz, no tocaba ni cinco, sacaba ‘l querosén –que ellos, ahi ‘n la casa tenían la cocina a querosén-, pero venía siempre a la hora ‘n que estaban los muchacho, venía con la lata, hacía anotar ‘n la cuenta. Una joyita andaba, así que ahi se quedó, ‘nel taller, hasta ‘l último tiempo, hasta que vendimo la agencia, ‘anque ya nunca le perdimos ‘l ojo, lo controlábamos, no como cuando se había puesto medio de novio con la chirusa esa.

 

   A decir verdá, yo no noté que las relaciones entre ellos, entre él y Margherita cambiaran mucho cuando a él se le dió por andar con esa putita, porque Margherita no se daba mucha cuenta ¿no?, o no quería darse cuenta quizás. É que‘l matrimonio ese de ellos no era como los demás, no era muy normal que digamos, porque como había sido así, armáo, pá que Margherita no se quedara solterona namás, yo creo que ni siquiera hacían vida de esposos, así, de dormir junto. Un tiempo despué esta putita que había tenido, la esposa del peluquero esta, se fue a vivir ‘n Las Breñas, y ahi se le dió al Bonaventura por visitar al sobrino, a Paolo y a su familia, como no los había visitáo nunca, y dos por tres se iban ‘n Las Breñas. Él decía siempre que tenía que ir con Petorutti, un amigo que tenía allí, que siempre Petorutti le encargaba alguna venta, alguna cosa, la cuestión é que siempre tenía que ir verlo. Entonce iban con Margherita, la dejaba a ella ‘n la casa de Paolino, como a las seis de la tarde, y él se “iba con Petorutti”, ¡má qué Petorutti ni que ocho cuarto!, volvía a las nueve de la noche, las diez, “- ¿Qué anduviste haciendo?” –le decía Margherita-, “- Y… tuvimos que ir ver un cliente con Petorutti.” ¡Macana! ¡ni lo había visto a Petorutti!, pero como este otro era un desgraciáo igual, que hacía lo mismo con la señora de él, decía que sí, que había estáo toda la tarde con Bonaventura. ¡Ay Dió, si tenían cada historia estos dos!, eran como dos personaje de la televisión, de dibujo animado, eran Quico y Caco: viejos, flacos larguirucho, feos má no poder, y se la daban de Rodolfo Valentino, ¡un corso, propiamente! Una vez este Petorutti se pegó un tiro, como pá hacerse ‘l suicidáo, ‘l que se quería matar, porque la esposa lo había descubierto in fraganti, ‘ntonce él hizo la comedia del suicidio, pero se pegó ‘l tiro acá, ‘n la mitá justa del estómago, bien como para que no le hiciera nada, ¡pá asustarla a ella namás!, despué yo le decía (porque éramos amigo desde chicos con ‘l Petorutti), le decía: “- ¡Pero cómo!, ¿no sabés que cuando uno quiere matarse, ‘n la cabeza tiene que poner ‘l revólver?” –lo cargaba yo ¿no?-, “- Callate, Giuseppe –me contestaba este- ¿y si me mato ‘n serio? ¡ni mierda!” Así eran, una comedia. Pero a pesar de todo esto, mientras ellos estuvieron ‘n Charata, Margherita con ‘l Bonaventura, la cosa algo anduvo, no bien que digamo bien, pero anduvo. ‘L desastre ‘n serio, que ahi tuve que intervenir yo, tuve que meterme ‘nel medio para salvarla a ella, pá salvarla la vida, fue cuando ellos se volvieron ‘n Casilda.

 

Ahi ‘n Casilda estaba toda la familia del Bonaventura todavía, y cuando vendimo la agencia, ellos pensaron que allá iban a estar más acompañáos. Nosotros al vender la agencia nos vinimos ‘n Córdoba, a esta casa donde estamos ahora, y ellos quedaron medio solos allá ‘n Charata. Siempre habíamos vivido casi junto, las casa nuestras estaban pegadas, eran como una sola ‘n realidá, y despué de todos esos año, ellos ahi solos… aparte ‘l Bonaventura no siguió ‘nel taller, una vez que dejamos la agencia él ya salió. Estaban un poco grande los dos también, se habían hecho viejo ‘nesos años, ‘ntonce decidieron vender y volverse ‘n Casilda. Pero ellos –al menos Margherita seguro que no- no sabían que la hermana de él era bruja, que hacía eso, magia negra, brujería ¿no?, y que esta mierda de mujer iba a terminar matándolo a los dos.

 

Cuando llegaron, ‘l Bonaventura, pá no perder la costumbre, se lió con otra turra, una negra de por ahi, y siguió haciendo la misma vida que allá, la que había hecho siempre ‘n Charata. Casilda era bastante más grande, pero igual era un pueblo de gringo, de colonos, así que tampoco había tanta diferencia. Pero resulta que van y tienen la mala suerte de que a la hermana de él comenzó a interesarle la casa, la casa que ellos habían compráo, porque la quería para ‘l hijo de ella. ‘Anque tenían plata a montón esta hermana del Bonaventura, pero era una hija de puta, mala gente de verdá, y se dedicaba a todas esas cosas extraña, de brujas y espíritus y todo eso. Y como le ambicionaba la casa (una casa hermosa, grande, que ellos habían compráo), empezó a hacerle maléfico, maleficios potente a los dos, a Margherita primero: no sé qué preparáo, qué porquería le daban, y ésta comenzó andar mal, mal, andaba cada vez peor, yo comencé ir a verla, a ver qué pasaba, y una vecina de ahi, que vivían al láo de la casa, una vez que nosotros fuímos le dijo a María: “- Mire, María, doña Margherita anda mal, mal de endevera, cada vez peor, y don Bonaventura también, se están poniendo malos.” É que cuando llegaron, cuando él llegó, comenzó a trabajar bien, si ‘nesos primeros tiempo hasta la Ford de Santa Fe le mandaba las unidade nueva, los coche, pá que él le hiciera los últimos ajuste; pero así, al poco andar namás, se puso malo, descuidaba ‘l trabajo, perdió cliente… era todo ‘l maléfico que le hacía la bruja, la hermana bruja. Parece ser que los invitaban a comer, o venían a la tarde ‘n la casa de ellos, venían a tomar mate, y les ponían unos preparáos ‘n la comida y ‘nel mate. A Margherita la atacaron ‘nel estómago, empezó vomitar, que no retenía nada. Y al Bonaventura a la cabeza, le daban cosas, maleficios, venenos; este se puso un poco loco, empezó hacer pavadas. Le dió las llave de la casa a esa turra, a la negra esa que tenía, pá que una noche entrara y la agarrara a Margherita del cogote, pá que la matara ¿no?, y la puta esa lo hubiera lográo, pero no vá que justo esa noche estaba ahi con ella un amigo de Charata, que estaba de viaje, de paso namás, y había paráo a dormir ‘n la casa de ellos, y la turra no sabía que este estaba ahí. Él estaba ‘nel baño, y cuando Margherita gritó, que esta otra la estaba ahorcando, salió del baño y ¡qué mierda!, era un búlgaro fortachón, camionero era, y la negra salió a las disparadas. No pudieron agarrarla, pero se ve que tenía la llave, las llaves de la casa, porque había abierto ‘l portón pá entrar, ‘l portón de la calle y la puerta del patio. Y mientras tanto, nosotros no sabíamos nada de todo esto, sabíamos que Margherita estaba mal de salú, pero no sabíamos los detalle, pero esta vez fue demasiado y ya nos avisaron, los vecinos nos llamaron, nos dijeron: “- Miren, las cosa están así, que tal y que cual, y aquí van a tener que proceder ustedes, por que si no…”

 

No podíamos esperar más. ¡Madonna santa!, pobre Margherita: ‘nunos pocos año se había envejecido toda, parecía propiamente una anciana, casi ni podía caminar, y se sentaba ‘nun rincón y lloraba, lloraba. Agarramos aquí con mi sobrino, Andresito –’l menor de Giuditta, que vive también aquí ‘n Córdoba- un domingo agarraron ‘l auto y se fueron, porque acá yo les conté a Alfreddo y Giuditta, ‘ntonce Alfreddo lo llamó al hijo, a Andrés, y le dijo que vaya a ver un poco por allá, que vaya como quien no quiere la cosa, que les diga que volvían de Buenos Aires o algo así, y se fijara qué había de verdad ‘n todo eso. Porque nosotros é que no podíamo creer ‘n cosas así, yo nunca me metí con ese tipo, así, ese tipo de gente que anda con la magia y toda esas mierda, pá mí siempre habían sido cuentos chino, pá engañar los bobos, yo siempre lo había tomáo ‘n joda, por eso é que estábamos un poco desorientáos todos. Andresito, que é ingeniero él, ‘nese tiempo era gerente ‘nuna fábrica de aquí, ‘nuna fábrica grande, era ejecutivo de ahi y podía disponer fácil de tiempo, ‘ntonce fueron allá ese domingo, almorzaron con ellos, vieron cómo estaban, estuvieron un rato con ellos y no les gustó, vieron que ahi había algo raro. Y así, tanteándolo, Andrés le dijo al Bonaventura que por qué no se venían ‘n Córdoba, que él le conseguía los coche de la fábrica para que pudiera trabajar, y todo eso. Pero no, ‘l Bonaventura reaccionó pá‘l carajo, no quizo saber nada, dijo que de ahi él no se movía. Y Margherita, esa casa que vivían ‘n Casilda, la había hecho poner a nombre de los dos; ella era caprichosa, porque la plata era de ella, yo le decía que hiciera igual que ‘n Charata, que la pusiera nada más a su nombre, porque era su herencia, pero ella dijo que la pongamos a nombre de los dos, de ella y ‘l Bonaventura. É que cuando compraron la casa, hasta que la pintaban y se trasladaban, ellos estuvieron viviendo un tiempo con esa hermana de él, con la bruja, y ésta la había convencido de que pusiera las cosa a nombre de los dos, ¡qué se yo qué le habría dáo, algún maléfico de esos de ella!, la cuestión é que la había convencido, y bueno, como era plata de Margherita, yo no me podía oponer, y así hicimos. Entonce él también era dueño, y si él no quería moverse de allí, no se lo podía exigir que venda.

 

‘L hecho é que cuando volvió Andresito, y contó cómo venía la mano, yo no perdí tiempo: esa noche namás agarré ‘l Falcon y nos fuímos allá, yo y María, nos fuímos ‘n Casilda, y allá me dice Margherita: “- Yo quiero irme, José, irme a cualquier láo, porque acá me van a matar.” ¡Estaba de desmejorada ya! ¡apenas si caminaba!, la bruja le había hecho maleficio ‘nel estómago y ‘n las piernas, magia para que se muriera pronto, ¿no? Le dije que si quería la traía ‘n mi casa, sí, sí, aceptó ‘nseguida, inclusive le dijo ella al Bonaventura: “- Mirá Giordano, si vos queré venir conmigo ‘n Córdoba, bueno, vení, te perdono una vez más y vení; pero si no querés, yo aquí no me quedo, yo aquí ni duro un mes más, me están matando.” Ella le dió la posibilidá de no separarse, de que vinieran junto, pero que si él no quería, tenían que separarse. Y ‘l pobre Bonaventura dijo que no, lloraba él, pero dijo que no, la bruja lo tenía agarráo de las pelota con esos maleficios que le daba. Cuando yo ví la cosa, tomé las rienda, no pregunté más nada, agarré y puse ‘l letrero, ahi ‘nel frente de la casa, letrero de que se vendía; ‘l Bonaventura a mí me tenía miedo, ¡báh! no sé si miedo, me respetaba ‘nuna palabra, así que no dijo ni pío. Yo me tomé tiempo, averigüé bien los precio de las propiedade de por ahi, hice bien las cosa, ¿no? Era una linda casa: techo de teja, cochera pá cinco coche, agua corriente, cloaca, linda casa; así que puse ‘l precio ‘n tres mil quinientos millón viejo, que eso fue ante de que cambiara la plata, cuando eran millón, y la vendí a los pocos día.

 

   Cuando estuvo todo listo, le pregunté al Bonaventura: “- Bueno, Giordano, nosotros nos vamo, nos vamo con Margherita, ¿qué vas hacer vos? ¿te venís ‘n Córdoba con nosotros o no?, “- No –me dice él- yo no me puedo ir, Giuseppe, no me puedo ir”, “- Y con las cosa, ¿qué van hacer con las cosa? ¿las vas vender?” “- Ah –dice él así, apenáo un poco- yo de eso no sé un carajo, que diga ella lo que quiere hacer.” La cuestión é que Margherita tampoco decidía nada, no me decía qué quería hacer, la verdá que parecían embrujáos ‘n serio, yo nunca los había visto así, hacían las cosa así namás, propio que si estuvieran con maleficio. ‘Ntonce ya me enculé, les digo: “- ¡Pero la madonna!, si tienen que entregar la casa (porque ya habíamos firmáo ‘l contrato de compraventa), ¡qué mierda!, ‘l otro tipo vá querer la casa, está ‘n su derecho, ¡así que a ver si espabilan un poco!, las cosa, de aquí, hay que sacarla, ¡ya me deciden qué hacer!; a ver: Bonaventura, ¿vos qué queré de lo de la casa?”, “- Yo lo que quiero é ‘l coche –dice ‘l pobre, apocáo como un pollito había quedáo- le pago la mitá de ella y me quedo con ‘l coche (estaba lindo ‘l Falcon, ese Falcon rojo que le había sacáo cero kilómetro ella de la agencia, y ‘l Bonaventura lo tenía flamante), eso lo único –dice-, ‘l resto poco me importa. Las herramienta del taller que queden pá que trabaje, lo demás se lo puede quedar ella.” Margherita estuvo de acuerdo. Apenas me dijeron que sí, esa misma tarde me puse a vender todo, pero eso sí: ni lerdo ni perezoso agarro un papel y escribo: “a los tantos día del mes de julio de mil novecientos nosecuanto, autorizo a mi esposa doña Margherita Gandolfo de Bonaventura pá que venda todos los enseres de nuestra casa, o sea cama, mueble, cocina, heladera, todo lo que hay ‘n la casa, y yo estoy conforme”, y le hice firmar a él, porque a mí é un poco difícil meterme los dos piés ‘nun zapato, ¿no?. Las demás cosa, las cosas pequeña, ella quería traerlas ‘n Córdoba, porque ‘l juego de platos –que ellos tenían ‘l juego de platos completo de ciento sesenta pieza- se lo habíamo regaláo nosotros cuando se casaron, que é ‘l que tiene mi hijo Adelmo ahora, ella dijo: “- Este lo regalaste vos, éste lo llevamo, no se vende.” Y yo, lo único que me traje para mí, que le pedí a Margherita que lo trajéramos, fue un cuadro, ¡era hermoso! una “marina” era, una puesta de sol ‘nel mar, que lo habíamos compráo juntos con Margherita ‘nun viaje, cuando éramos jóvenes, siempre a mí me gustó mucho ese cuadro, y ella me dijo que sí, que me lo regalaba para mí; ‘nese momento tuve que dejarlo, lo dejé ‘nun banco, porque hubo que construirle un molde especial pá traerlo. Ya no lo tengo más, tuve que venderlo, cuando pasó la  tragedia ‘n mi casa, que empezamos buscar platita de todos láos, hasta las monedas, tuve que venderlo. Y así, cargamos todas sus cosita ‘nuna camioneta, y ‘l pobre Bonaventura se quedó allí, ‘n la casa vacía, hasta unos días despué, cuando ya tuvo que entregarla.

 

Así que la hermana, la bruja, se quedó sin la casa que tanto quería, por rata. ¡Pobre Bonaventura!, pero bué: la cuestió que no fue esa la última oportunidá que tuvo pá venirse, cuando nosotros volvimos ir ‘n Casilda, que fuímos a cobrar ‘l resto de la casa, lo que faltaba por cobrar, yo le dije otra vez, Margherita no me había dicho nada, pero yo sabía lo que ella quería, le digo: “- Bonaventura, no seas tonto, ¡ya estás viejo, hombre!, si queré venir, todavía tenés tiempo…” Esa vez se quedó llorando, pero no vino, y al final murió ‘n la miseria, sin nada. Lo mataron ellos, le daban sedante fuertes y alcohol, de puro bruja namás, pá sacarle esos pesito de la venta de la casa y de los trasto, y querían quedarse con ‘l coche. Así que seis mese namás duro, desde que la trajimos a Margherita, a los seis mese ya habían acabáo con él. Si ya se sabía, si cuando yo vine aquí le dije al dotor, estábamos conversando con ‘l dotor este que me atendía, y yo le consulté, le digo: “- Mire, dotor, a él le dan sedante Iustín de diez, y se lo dan con Amargo Obrero, ¡y está de flaco!” “- Y sí, –me dice aquí ‘l dotor- si sigue con esa forma, le quedan cuatro mese de vida, cinco a lo sumo.” Mucho no le erró, porque la bruja, la que le hacía tomar ‘l sedante, lo mató a los seis mese que se separaron con Margherita. Pero se cagaron, le salieron mal los cálculo, a mí me agarró una bronca con lo que habían hecho que me dije pá mí: “¡má! ¡ni un mango te voy dejar oler!”, así que agarré y me traje ‘l coche pá’quí. Ellos, la hermana esa, lo quería vender pero no podía, como estaba a nombre de los dos, ‘ntonce le quedó pá Margherita a la muerte del otro infeliz; la bruja no me lo quería dar, pero ¡mierda!, yo había puesto un abogáo de ahi de Rosario, y ellos sabían que estaba ‘l abogáo ese, a mí no me iban joder así namás, sabían que con ‘l abogáo yo los iba denunciar como si me lo hubieran robáo, al coche, ¡si no era de ellos qué mierda!, cuando les dije eso me lo dieron ‘nseguida. Y de puro perros, les hice pagar ‘l entierro del Bonaventura, ‘n realidá yo les dije que ‘l entierro se lo iba pagar yo, pero si ellos me daban ‘l reloj de oro que le había regaláo Margherita, ‘l reloj y la caja de herramienta cromadas, que valían un montón de peso. Pero no me lo dieron. No les convenía, porque valía mucho má ‘l reloj de oro que ‘l entierro; ‘l funebrario me cobraba, ‘nese tiempo valía trescientos mil peso, pero a mí ‘l funebrario me lo dejaba ‘n doscientos cincuenta mil (a ellos no, a ellos les cobró entero), hicimos papel que si me daban las cosa yo pagaba, y a los treinta día del entierro me habla por teléfono ‘l funebrario, pero yo ahi rápido rápido le dije: “- No, cóbreselos a ellos namás, porque ni reloj de oro ni herramienta me mandaron, así que yo no pago ni mierda.” Margherita no fue ‘nel entierro, fuimos namás yo y María, llegamos allá ante que cerraran ‘l cajón, ¡ay, ‘l Bonaventura! nada más piel y hueso le había dejáo la bruja, flaco, seco como un bacaláo… Me dijeron ahi las sobrinas de él que, al último, llamaba a mis hijo, pero la hermana no quiso que nos avisaran, porque él los quería mucho a los chico, pero ella no quiso que nos dijeran nada, por miedo a que él contara, dijera algo, así, quién sabe.

 

   Con esas mierda que les hicieron los fulminaron, los fulminaron los dos. Margherita logró vivir un poco má, ella vivió todavía tres año despué que ‘l Bonaventura se murió, pero vivió muy, muy enferma, se le había agrandáo ‘l corazón, ¡qué se yo! todas esas brujerías, ¿no?. Tampoco casi ya podía andar, así, caminar ni subir a un coletivo ni nada, pobre Margherita, ella que sabía bailar tan bien, ¡cómo bailaba ‘l tango, una maravilla!, ‘nel año ‘29 ella salió reina del carnaval, y la eligieron primera bailarina del tango, pero eso que le hicieron le atacó ‘n las piernas, despué ‘l corazón, despué se le metió al estómago, terminó muriéndose de un parálisis intestinal. Cuando se puso muy mal, los últimos tiempo, los médico quisieron operarla, pero cuando la abrieron vieron que tenía todo los intestino negro por los maleficios, así que la cerraron sin tocarla. Igual que había sido ‘l Tío Viejo, parálisis intestinal, claro que ‘n Margherita fue fulminante: duró meno de una semana. Tenía setenta y cuatro año, y siempre dijo que lo que más le dolió ‘n toda la vida fue no tener un solo hijo, ‘anque sea uno solo.