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Glauce Baldovin, una voz púrpura (24 06 11)

Glauce Baldovin, una voz púrpura

por Nelson Gustavo Specchia

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En la segunda mitad de los años ochenta, en una Córdoba que se despertaba –tímidamente aún- de una noche larga de horror político, en la pequeña cantina del Paseo de las Artes conocí a una mujer suave, de piel tersa, ojos grandes y un cabello enmarañado. Unos rasgos más propios de una abuela poco delicada que los de una poeta potente y feroz, como la que apareció desde dentro de ella a continuación: una voz fuerte y clara que comenzó a desgranar poemas profundos, cáusticos. Letras de dolor y de ira, de denuncia, de arrebato. Pero también de una ternura insólita, versos quebradizos, de una frágil levedad. Era Glauce Baldovín, y ya comenzaba a ser un mito. Habíamos ido a conocerla, aquella noche, asaeteados por una amiga común, Eugenia Cabral, otra grave mujer de las letras cordobesas.

Eugenia nos había advertido: Glauce tiene problemas, el alcohol le juega malas pasadas a veces y tiene sus temporadas, pero su poesía logra bajar a los infiernos y subir indemne; alguna vez ella sola será un capítulo entero de la literatura hecha en Córdoba. Y Eugenia no se equivocaba. Glauce entró y salió de neuropsiquiátricos los años que siguieron, y el alcohol y el dolor le siguieron jugando malas pasadas hasta su muerte, en 1995. Pero dejó atrás una obra grande y sólida, y sólo en parte conocida. Desde ayer, por fortuna, una parte de ese caudal poético vuelve a salir a la calle y a las nuevas horneadas de lectores. Por fortuna, digo, porque además del hecho estético inherente a un nuevo libro de poesía, la producción literaria de Glauce Baldovin se mixtura permanentemente con la historia política y de las luchas sociales cordobesas.

Una historia que aún no se ha terminado de escribir, y a la cual aquella voz potente y feroz de Glauce tiene una nota propia para aportar. Ayer, en el renovado espacio céntrico del “panal” de Rivera Indarte 55, rebautizado ahora como “Museo de las Mujeres” y abocado a impulsar diversas actividades culturales y de políticas de promoción de género, se presentó el volumen Poesía Inédita Reunida, que rescata todas las hojas sueltas y los cuadernos manuscritos de poemas que el tiempo, el dolor y la locura no le permitieron a la poeta cordobesa publicar en vida.

 VERSOS Y MILITANCIA

Glauce Baldovin había nacido en Río Cuarto, en 1928, y desde temprano entendió la creación literaria indisolublemente asociada a la militancia social y política. Un compromiso y una actitud que le trasmitió también a su hijo y que, con la tormenta autoritaria que asoló nuestra tierra en la segunda mitad del siglo pasado, a la postre tanto contribuiría con su desgracia. Pero a pesar del dolor, nunca se arrepintió de aquellas elecciones tempranas. Al final de su vida, cuando ya había puesto en paz a los fantasmas, afirmaba con aquella voz, que yo siempre asocié con el color rojo escarlata: “Sigo odiando el miedo, la culpa –decía-, sigo amando la solidaridad, el asombro y la ternura. Y también sigo firme con mis ideas”. Esas ideas eran las de un socialismo visceral, comunitarista, igualitario, distribuidor. Formalmente, se enroló en el Partido Comunista, pero lo abandonó poco después. Para 1965 había renunciado al PC y se había acercado al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), aunque la heterodoxia y la rebeldía –tan clara en sus poemas- siempre fueron más fuertes que las estructuras partidarias por las cuales intentó expresar su militancia. Así tituló, inclusive, uno de sus poemarios más conocidos, La militancia, que pone de manifiesto aquello que mencionaba arriba, sobre la permanente mixtura entre letras y expresión vital de ideas en la obra de Glauce.

La Casa de las Américas, en La Habana, le otorgó en 1972 su premio mayor, uno de los galardones más altos de las letras en nuestras tierras, precisamente por aquel libro de poemas que celebraba el compromiso y la participación política. Pero ya comenzaban a correr malos tiempos por estos lares: la poeta fue detenida durante diez días por esas ominosas “averiguaciones de antecedentes”, no se le permitió salir del país ni recoger el premio. Y unos años más tarde, en 1976, también se llevaron a su hijo, y le quebraron la vida. Poco antes de morir diría que con el secuestro y el asesinato de su hijo quedó menos de la mitad de ella misma, “fue más que el abismo, fue el infierno”. Pero siguió escribiendo, nunca dejó de escribir.

 “POESÍA INÉDITA REUNIDA”

El poeta Julio Castellanos fue uno de sus editores en Córdoba, y Baldovin publicó varios volúmenes después de los años de plomo: Poemas (1986), Libro de la soledad (1989), De los poetas (1991), Libro del amor (1993), Con los gatos el silencio (1994), Nuestra casa en el tercer mundo (1995). E inclusive Castellanos, albacea de su obra, siguió impulsando publicaciones tras su muerte. Aparecieron así Poemas crueles (1996), Libro de María – Libro de Isidro (1997), Yo Seclaud (1999), El rostro en la mano (2006), y Promesa postergada – Huésped en el Laberinto (2009). Pero aún quedaba mucho más, y el novel sello editorial “Las Nuestras”, que dirige Leandro Calle y que depende de la Secretaría de Inclusión Social y de Equidad de Género, del gobierno de Córdoba, recopiló todo ese material acabado y listo y que nunca había tenido oportunidad de llegar a los lectores. Esa es la Poesía inédita reunida que se presentó ayer en sociedad. Ahora sí tenemos a toda Glauce, una construcción literaria imprescindible para comprender cabalmente la historia local y nacional más reciente.

El proyecto tomó forma el año pasado, cuando el concurso de ensayos sobre las mujeres que hicieron historia en Córdoba, convocado por la misma secretaría provincial, puso de relevancia la obra de Glauce Baldovin en uno de los trabajos premiados. La editorial “Las Nuestras” se propuso entonces recuperar obras publicadas pero que ya no se consiguen en las librerías, y en esa búsqueda se toparon, en los archivos de Julio Castellanos y de Livia Hidalgo, con una voluminosa obra inédita, en manuscritos fechados y ordenados por la misma Baldovin antes de morir. Esos libros componen el volumen presentado ayer.

Junto con Romilio Ribero, la de Glauce Baldovin es una de las obras más originales de la poesía cordobesa contemporánea. Antes de ellos, las poéticas de Malvina Rosa Quiroga y de María Adela Domínguez habían logrado generar improntas personales, aunque sujetas a los movimientos literarios de la época. Hacia fines de los años sesenta aparece el primer poemario de Glauce, El libro de Lucía, con el que empieza a modelarse, a través de una larga –y desgarradora- carrera literaria, una de las voces más importantes de nuestra poesía. Aquel timbre escarlata que teñía los auditorios con imágenes como esta: Antes de morir / la mujer inca parida por la tierra con el don / de la tejeduría / la tejedora a quien piel y carne se le fueron / gastando / mientras más aparecían los huesecillos del dedo / falange / falangina / falangeta / más bello y perfecto / casi humano / tejía. // Antes de morir / repito para que esto quede bien prendido / en la memoria / se convirtió en esa araña gris perlado / que en las noches suele posarse en el centro / de la frente / penetrar en el cerebro / para tejer sueños con la palabra anhelada / buscada / reclamada / mendigada. // Anoche / locura / la araña tejió tu nombre en mis sesos.

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[ publicado en Hoy Día Córdoba, viernes, 24 de junio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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Perú, “figuritas repetidas” (25 02 11)

La política peruana, tierra de oportunidades

Por Nelson Gustavo Specchia

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En Lima, una sutil y vaporosa capa de niebla cubre casi siempre la ciudad durante las mañanas, con una mezcla de salado aire marino y corrientes frescas que bajan de la sierra. Sin embargo Ramón, el chofer que mis anfitriones de la universidad Ruiz de Montoya han enviado a buscarme al aeropuerto, no habla del tiempo limeño, y aprovecha el largo camino hasta el hotel, en la barriada de Miraflores, para darme una completa lección de política peruana. Cuando llevamos casi una hora en el denso tráfico, Ramón arriesga una afirmación que luego, con otras palabras, también encontraré en las opiniones de los colegas, en la reunión universitaria a la que me han invitado. “En la política peruana”, afirma mi chofer, “nadie se termina de morir del todo. Se van con el rabo entre las piernas, pero al tiempo están tocando de nuevo las puertas de la presidencia.”

Esa percepción popular que escuché apenas descendido del avión que me había llevado hasta Lima, parece constatarse en estos tiempos finales de la gestión de Alan García: quienes se acomodan para disputar el espacio político en las próximas elecciones, el 9 de abril, son todas figuritas repetidas en la historia reciente del Perú.

Los muertos que vos matáis…

Además, la campaña electoral ha entrado en una fase de incertidumbre. En nuestro tiempo, ya es central el lugar que ocupan las mediciones de opinión ante la cercanía de cualquier acto comicial. Pero en las elecciones peruanas esta herramienta de testeo del clima político verá menguada su capacidad. La autoridad con competencia electoral, el Jurado Nacional de Elecciones, ha decidido exigir a las consultoras que consignen los datos personales completos (con DNI, dirección y teléfono) de todos y cada uno de los entrevistados en sus sondeos. En una sociedad donde la sensación de seguridad personal es muy endeble, es poco probable que las encuestadoras consigan voluntarios que se atrevan a responder dejando acreditados y archivados sus datos.

Ante ello, el conocimiento previo de los nombres y de las trayectorias de los dirigentes gravitará aún más en la definición de los primeros puestos de la contienda electoral. En el último sondeo publicado antes de que comenzara a regir la nueva disposición judicial, además, las “figuritas repetidas” están fijas en la primera línea. El presidente Alan García está constitucionalmente limitado para repetir mandato (aunque no ha descartado volver en 2016); pero el ex presidente Alejandro Toledo encabeza las preferencias populares. Y Keiko Fujimori, la hija del ex presidente Alberto Fujimori (1990-2000), le sigue de cerca. En un tercer lugar, está el ex intendente de Lima, Luis Castañeda; y lejos, en un incómodo cuarto puesto, el nacionalista Ollanta Humala, aliado de Evo Morales y de Hugo Chávez.

La vuelta al ruedo de Alejandro Toledo no es la primera que viene a comprobar aquel aserto de mi chofer respecto de la buena salud de los muertos políticos peruanos. El propio Alan García ya había demostrado que el palacio presidencial limeño es una tierra que da segundas oportunidades. García había dejado el poder, en la década de los noventa, con su imagen destruida tras una gestión caótica, en el borde del precipicio social debido a los ataques de la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso, y con la economía agotada por los ensayos experimentales del presidente, que intentó seguir el guión antiimperialista teórico del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), escrito por su maestro, Víctor Raúl Haya de la Torre.

Los peruanos colocan motes muy llamativos a sus dirigentes. A Fujimori, a pesar de su obvia ascendencia japonesa, lo llaman “el Chino”; a Toledo, “el Indio”; a Ollanta Humala, sin embargo, cuyo nombre tiene connotaciones más indígenas, como fue capitán del ejército le dicen “el Milico”. Y a Alan García, desde aquellos corcoveos erráticos de su primera presidencia, las voces populares lo han designado como “Caballo Loco”. Unas marchas y contramarchas, en todo caso, que hundieron su popularidad bajo mínimos, y que lo llevaron inclusive a salir del país durante algunos años, hasta que los ánimos se asentaran.

Sin embargo “Caballo Loco” volvió, aunque mucho más calmado y reconvertido hacia la centroderecha, la apertura económica, la ortodoxia monetaria, la disciplina fiscal y la convocatoria a la inversión extranjera. Con este nuevo guión liberal, pasó de ser un cadáver político a un rozagante candidato que se hizo con las elecciones en 2006, y volvió al palacio presidencial.

… gozan de buena salud

Siguiendo su ejemplo, “el Indio” Toledo vuelve en estos días a mostrar su buena salud política al encabezar las preferencias para un nuevo mandato. Y también en su caso se trata de un repunte fuerte, porque el ex presidente, tras su gestión entre 2001 y 2006, dejó el poder entre abucheos, con un índice de aceptación que apenas rozaba el 8 por ciento, y con críticas profundas desde todo el arco político peruano.

Sin embargo, la apertura liberalizante que había propuesto durante su mandato, fue la que finalmente terminó de ejecutar Alan García al sucederlo en el gobierno. Y es la que, a la postre, los peruanos parecen reconocerle. Además, durante estos últimos cinco años con el APRA en el poder, Alejandro Toledo se ubicó en un discreto segundo plano de la vida política, concentró su actividad en la faz académica, y saltó sorpresivamente al ruedo recién a finales del año pasado.

Su campaña ha sido rauda, y muy eficiente, según el resultado que las cercenadas encuestas permiten entrever. Los carteles que inundan Lima, “con Toledo, al Perú no lo para nadie”, hacen hincapié en que la actual estabilidad comenzó con él: el ritmo del crecimiento peruano fue del orden del 8,8 por ciento en el 2010, y la inflación logró controlarse en un índice inferior al 2 por ciento. En este contexto de expansión, además, la brecha de desigualdad parece haberse achicado: en las cifras del Banco Mundial, las mediciones de pobreza en Perú han disminuido del 54 al 35 por ciento en los últimos diez años (o sea, durante los gobiernos de Toledo y García).

Y como si esto fuera poco, Toledo se ha permitido, dentro de su liberalismo, asegurar que en un nuevo gobierno impulsará medidas sociales de avanzada, como la regulación del matrimonio igualitario –teniendo como referencia la experiencia de Argentina-, la despenalización del aborto, y hasta discutir en el recinto legislativo una nueva postura frente a la legalización de las drogas, siguiendo las tendencias más innovadoras en ese espinoso tema.

Alejandro Toledo parece haber logrado nuevamente el apoyo mayoritario de los peruanos. En todo caso, la candidata que le sigue, Keiko Fujimori, siempre ha dejado claro que espera llegar al poder para reivindicar la figura de su padre, sacarlo de la cárcel (donde cumple condena de 25 años por ordenar asesinatos en masa), y permitirle ser nuevamente candidato. Si bien la política peruana se muestra como una tierra que da segundas oportunidades, algunas no se me antojan demasiado deseables, especialmente si implican un claro retroceso democrático.

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nelson.specchia@gmail.com

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Khaddafi, un león en apuros (18 02 11)

Khaddafi, un león en apuros

Por Nelson Gustavo Specchia

 

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Estudiar e indagar en los procesos políticos contemporáneos de África constituye un capítulo especialmente complejo de la política internacional. La intervención conjunta de factores (los étnicos; las relaciones tribales; las confesiones enfrentadas del Islam; la cercanía geográfica con Europa; el potencial de las reservas de petróleo; etc.) han hecho que, desde los procesos de descolonización, abordar la complejidad política del Magreb sea tarea difícil. En los últimos años, además, la introducción de células yihadistas afiliadas a la red de Al Qaeda en los países de la franja árabe del Mediterráneo (y en la segunda línea de Estados centro africanos, el Sahel), ha agregado todo un nuevo tipo de problemas a ese escenario tan disímil y plural: una auténtica “otredad” para cualquier occidental, sea europeo o americano.

En ese panorama, la colorida figura del coronel libio Muhammar el Khaddafi ha sido la nota exótica que, durante la segunda mitad del siglo XX y esta primera década del XXI, ha servido para ilustrar, de una forma muy especial, esa “otredad” con la que Occidente está obligado, de una manera indefectible, a dialogar, cada día en términos más simétricos.

La construcción del personaje

Khaddafi ha sido, por elección propia, la encarnación de la diferencia árabe y africana frente a Europa. El Viejo Continente sigue siendo, en el discurso populista y “revolucionario” del león libio, el lugar de la opresión y el colonialismo. En realidad, las potencias occidentales habían dejado de lado estas inmensas tierras agrestes, unas de las más inhóspitas del planeta, hasta que los italianos, que perseguían tardíamente la construcción de un imperio colonial, las invadieron en 1912. No les llevaron paz ni comercio a las tribus beduinas, que permanecían en los oasis del desierto libio casi con la misma rutina desde los tiempos del cartaginés Aníbal, pero sí les terminaron llevando la guerra.

Tras el fascismo, hacia el final de la segunda guerra mundial las arenas del gran desierto fueron el tablero donde los tanques del mariscal Rommel, al frente del Afrika Korps alemán, se batieron con las fuerzas aliadas, al mando del británico general Montgomery. Muy poco después de que los ruidos de los cañones se apagaran, hacía entrada en escena el coronel Muhammar el Khaddafi.

Con el leonado pelo revuelto, lentes oscuros y un uniforme militar que pronto cambiaría por las brillantes túnicas y bonetes del desierto (desciende de la tribu beduina de los Khaddafa), el coronel, que había realizado parte de sus estudios militares en Gran Bretaña, desplazó al rey Idris el 1 de septiembre de 1969, antes de cumplir los 30 años, y se puso al frente del Consejo de Mando de la Revolución, que establecería el nuevo Estado, con el largo y aparatoso nombre de Gran República Jamahiriya Árabe Libia Popular y Socialista.

Khaddafi comandó la nueva entidad política norafricana, pero nunca asumió ningún puesto ni cargo. No es el jefe del Estado, ni el jefe del gobierno, ni nada. Sólo se da a sí mismo el título de “Líder y Guía Fraternal”. Y esa ambigüedad que comienza con su cargo es la misma que impregna todo su derrotero político. Cuando instauró la revolución se inclinó por el panarabismo y el socialismo (muy inspirado por el Egipto de Nasser), pero cuando vio que era una vía acotada, no tuvo problema de virar hacia el nacionalismo y el capitalismo, asentado en las buenas regalías de los pozos petroleros del subsuelo del desierto. Más tarde, una veta de misticismo islámico lo acercó al yihadismo fundamentalista, y apoyó acciones terroristas (como los atentados contra el avión de PanAm, que se estrelló en la ciudad escocesa de Lockerbie lleno de pasajeros, y el del vuelo francés de la aerolínea UTA).

Pero también terminó abandonando esos delirios políticos de base mística, y en los últimos años volvió a acercarse a Estados Unidos y a Europa, con la carta de presentación de sus pozos petroleros en la mano. Occidente, tan voluble en los temas de derechos humanos y respeto a las formas democráticas cuando hay recursos energéticos de por medio, le abrió los brazos, y hasta hoy el león libio era recibido tanto por el populista Berlusconi en Roma, por el conservador Sarkozy en París, o por el socialista Rodríguez Zapatero en Madrid. Eso sí: a todos lados va con su “jaima”, una inmensa tienda de beduinos del desierto, que los líderes occidentales deben instalar en parques y jardines de las ciudades europeas, para que coronel los reciba, sentados en el piso cubierto por alfombras.

Un colorido exotismo y una ambigüedad, en todo caso, que sólo lo es en las formas. Porque, independientemente que no haya asumido ningún cargo, el coronel es el titular de facto del poder en Libia, y de una manera concentrada, vertical, personalista y autocrática. Esta manera es la que está comenzando a ser contestada por las movilizaciones de protesta, al calor del nuevo tiempo político que ha traído la ola de cambio en el mundo árabe.

Vientos de revuelta

La revolución libia y sus mecanismos particulares (la “jamahiriya” hace referencia a una supuesta democracia de masas, organizada sin Constitución ni Parlamento ni instancias institucionales intermedias, canalizada por comités revolucionarios y negociaciones por sectores e intereses tribales), han permitido que Khaddafi sea, al día de hoy, el dictador africano más antiguo. A sus 68 años, lleva ocupando el poder en Trípoli la friolera de 42. Nadie, en todo el arco de países musulmanes, donde las permanencias en el poder suelen ser extensas, puede comparársele.

Y como acaban de revelar los cables de la diplomacia norteamericana, filtrados por la web Wikileaks, no hay contrato de más de 200 millones de dólares que no pase directamente por las manos de Khaddafi. Una “gran cleptocracia”, describen los papeles del Departamento de Estado, manejada por un hipocondriaco obsesionado por sus supuestas enfermedades, el control de sus cuentas bancarias, y su estética personal. A pesar de no haber sido físicamente muy agraciado, el coronel es un coqueto que se injerta cabellos en la calvicie y se inyecta bótox en el rostro. Al punto que el embajador estadounidense le escribía a su jefa, Hillary Clinton, que el león libio parecía haber tenido un derrame cerebral y había perdido parcialmente el control de los músculos de la cara, pero sólo era exceso de bótox.

A pesar de la originalidad de su persona y de su revolución, inclusive de la relativa prosperidad que ha acarreado la exportación de petróleo, Khaddafi ha caído, en las largas cuatro décadas que ocupa el poder, en el lugar común de las autocracias árabes. Una corrupción galopante, la limitación de la vida política a un sector (prácticamente familiar), la pauperización y el olvido de las grandes masas de habitantes del país, y el intento de perpetuación en el poder a través de la instalación de una dinastía. Como lo hizo en su momento el presidente sirio Hafez el Assad, al dejar en el cargo a su hijo Bashar; o como tenía en mente el egipcio Hosni Mubarak hacer con su hijo Gamal; Muhammar el Khaddafi les comunicó a los jefes tribales beduinos reunidos en Sebha, en 2009, que su sucesor sería su hijo Saif el Islam (su nombre significa “La Espada del Islam”, en árabe).

La caída de los regímenes de Zine el Abidine ben Ali en Túnez, y de Mubarak en Egipto (ambos defendidos hasta último minuto por Khaddafi), han puesto en problemas al león libio. Problemas inesperados, y para los que no tiene libreto. A los manotazos, anunció aumentos de salarios, subsidios a los productos básicos, y anuló impuestos al arroz, al aceite y al azúcar. Y, por las dudas, convocó a los jefes tribales y les dijo que si se identificaban entre los manifestantes miembros de sus comunidades, la que sufriría la reprimenda luego sería la tribu entera.

Pero no logró frenar la protesta. Ayer, 17 de febrero, miles de libios aparcaron el miedo a la represión y a los paramilitares Comités de Defensa de la Revolución, y salieron a la calle, convocados por Internet y por la Conferencia Nacional de la Oposición Libia (en el exilio, en Londres), para protestar contra la falta de libertades y el despotismo exótico y colorido –pero también asfixiante y opresivo- del León de Libia.

Fue el “día de la ira”. La revuelta que mueve todo el mundo árabe no hará una excepción con el desierto de Khaddafi.

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nelson.specchia@gmail.com

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Adios, Morente (17 12 10)

Adios, Morente

por Nelson Gustavo Specchia

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Cada diciembre, cuando cruzamos la curva de la quincena y apuntamos hacia el fin del año, se me da por los balances, a tono con el tiempo. Además, bajo las estrellas de Sagitario, los 17 de diciembre cumplo años, y la oportunidad alienta el ánimo de las cuentas y los balances. Estaba esta semana en esos menesteres, pensando en que más allá del luctuoso cálculo de las vidas perdidas en los conflictos, las guerras, los desastres naturales y la desidia humana, tan habituales en la agenda de los que estudiamos y analizamos la política internacional que a veces las identificamos con la propia agenda; este año, digo, además de esa triste habitualidad, tengo la sensación de que ha sido un período en el que han desaparecido algunas figuras notables, tanto de la política como de la vida cultural.

Había sentido con especial significación la muerte reciente del ex presidente Néstor Kirchner, un hombre polémico y complejo, que ocupó la primera magistratura del país en unos momentos dificilísimos, y con apenas una quinta parte de los votos, y a fuerza de política –en su sentido más amplio- y de sagacidad fue afianzándose en el espacio público nacional, hasta lograr la continuidad de su gobierno en la presidencia de la señora Cristina Fernández. Y el luctuoso listado había comenzado temprano, con el individualísimo Sandro, entre un conjunto de personalidades del mundo de la cultura que nos dejaron, como Dennis Hopper, Jean Simmons, Tony Curtis, Manuel Alexandre, Leslie Nilsen o el gran director español Luís García Berlanga. También la literatura perdió algunos pesos grandes este año 2010, como el oculto J. D. Salinger, el castellano Miguel Delibes, y el más universal de los escritores portugueses, José Saramago.

Había terminado de recapitular la lista fúnebre, haciendo votos para que este año que se acerca, con esa prontitud de los comienzos de década, nos fuera más propicio, cuando llegó la noticia de la muerte de Enrique Morente, el “cantaor” granadino de flamenco, el último de los gitanos de la vieja escuela y, al mismo tiempo, el primero en revolucionar el cante, en universalizarlo, en convertirlo en la enseña heterodoxa y universal más preciada que Andalucía le regala al mundo. Qué largo que se hace este diciembre.

QUEBRADA VOZ DEL “CANTE JONDO”

El poeta –también granadino- Federico García Lorca, en sus recopilaciones de antiguos versos andaluces, compuso y rescató las voces del “cante jondo” (el canto hondo) de esa tierra de aluvión, donde quinientos años después de las expulsiones de moros y judíos, las pieles de los andaluces  siguen siendo de un cobrizo árabe y africano; la música enhebra tradiciones de los judíos sefardíes; y la sangre de los supuestos cristianos viejos se amalgama con las generaciones de esos músicos y cantores trashumantes que, una y otra vez a lo largo de los siglos, recuperan desde lo más hondo los temas de las alegrías, los dolores, el olor del aire y del agua y de las flores del sur, para volver a fundar su tiempo y su cultura: la ciudad de los gitanos. “¡Oh ciudad de los gitanos! / ¿Quién te vio y no te recuerda? / Ciudad de dolor y almizcle, / con las torres de canela”, escribía Federico.

A esa ciudad de tránsito de generaciones y de culturas le dedicó su arte Enrique Morente, durante 46 años de carrera artística, desde que descubrió que su voz era un instrumento que lo distinguía de los demás gitanitos que, como él, se ganaban el pan como peones de zapatero o ayudantes de los talleres de los plateros de Granada. Fue, como digo, el último de una estirpe y también el primero: un continuador y un fundador. Durante sus primeros años se dedicó a estudiar concienzudamente a los flamencos históricos. Se formó con los guitarristas más clásicos y ortodoxos. Fue adquiriendo una a una todas las piezas grabadas, hasta que logró acumular la totalidad de la discografía producida y registrada del cante andaluz, desde los discos de pasta a 78 revoluciones por minuto, pasando por los vinilos, hasta los discos compactos de lectura laser.

Pero una vez que lo supo todo, que manejó todos los “palos” flamencos con la maestría de su voz, entonces dejó todo de lado y pegó el salto. Entendiendo que el cante andaluz es una herramienta también para dialogar entre culturas, incursionó en el rock, en el tango y en el blues, en el folclor y en ritmos étnicos, interpretó a Ástor Piazolla, grabó con Leonard Cohen, con bandas de rock, con Chick Corea, con Pat Metheny y con Sonic Youth. El viejo gitano se abría a la heterodoxia de los nuevos tiempos, y la audacia de su salto no tuvo más límites que seguir emocionando, con la hondura del cante, en cada “quejío”.

DE LA NADA A LA LEYENDA

Enrique Morente entró a un sanatorio por una dolencia menor, una molestia intestinal que se salvaría con una cirugía rápida. Pero la cirugía reveló un cáncer, y una segunda cirugía se complicó con hemorragias, y Enrique ya no salió de la clínica.

Había nacido en el barrio granadino del Albaicín, el de calles estrechitas y casas blancas, en una familia muy pobre y “paya” (no gitana). Después de los zapateros y los plateros, cuando la voz comenzó a destacarlo, lo llevaron al coro de la Catedral de Granada, donde pudo soltar la fuerza de su cante. A los 17 años se fue a Madrid, y comenzó su aprendizaje con los maestros flamencos. El gaditano Aurelio Sellés; luego Pepe el de la Matrona, de Triana; para finalmente recalar en la escuela del maestro Antonio Chacón. Desde allí bebió en las más fuertes tradiciones del flamenco ortodoxo, Valderrama, Pepe Marchena y el maestro Porrinas.

Pero cuando tuvo todos los instrumentos en la mano (y la impresionante colección de discos de todas las épocas), se volvió a Granada, a una casita blanca como la que había nacido. Instaló allí el estudio de grabación por el que han pasado algunos de los más grandes músicos de este tiempo. Una casa con  un patio, donde hay una fuente y una higuera viejísima; allí mezcló la vida familiar (que también estuvo siempre inundada de música: su hija mayor, Estrella Morente, es una de las artistas más destacadas de la canción española contemporánea), la experimentación con nuevas formas y melodías, y la preparación de los conciertos en colaboración. De la casa del Albaicín salieron veinte discos, auténticas joyas, que vuelven a fundar, una vez más, esa tradición centenaria del cante andaluz.

Como hombre de arte en un momento bisagra de la cultura, Enrique Morente dedicaba su tiempo a profundizar el surco grande de la música flamenca, y al día siguiente a traicionarla con la innovación y la experimentación más osada. Hoy volvía a las viejas melodías de la Niña de los Peines, a las hermanas Utrera, o a la copla; y mañana ponía “quejíos” andaluces a la música del canadiense Leonard Cohen, al bandoneón de Piazzola, o al rock de Lagartija Nick. Incorporó a los cantes la gran poesía española anterior a la Guerra Civil, especialmente a Miguel Hernández, Alberti, Luís Cernuda, los Machado y al propio Federico García Lorca; pero ya que estaba siguió con san Juan de la Cruz, Lope de Vega, fray Luis de León y llegó hasta el mismo Miguel de Cervantes.

Fui a escucharlo tantas veces como pude, en Barcelona, en Madrid, en Córdoba, en el Festival de Jazz de Vitoria; siempre sus conciertos me parecían cortos, y sólo me ilusionaba saber que también lo vería en el próximo. Hasta ahora. El 25 de diciembre Enrique Morente hubiera cumplido 68 años. Ha muerto un “cantaor”, nace una leyenda. Lo despido con los versos de Joaquín Sabina: “Ese compás que se juega la vida, / esa agujeta pinchando el vacío, / esas falsetas hurgando en la herida, / esa liturgia del escalofrío. / Esa arrogancia que pide disculpa, / ese sentarse para estar erguido, / ese balido ancestral de la pulpa / del corazón de un melón desnutrido. / Esa revolución de la amargura, / ese carámbano de pez espada, / ese tratado de la desmesura. / Esa estrellita malacostumbrada, / ese Morente sin dique ni hartura, / ese palique entre Enrique y Granada.”

Vargas Llosa, la dimensión política de un Nobel (08 10 10)

Vargas Llosa, la dimensión política de un Nobel de Literatura

por Nelson Gustavo Specchia

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Leí “La guerra del fin del mundo” en Santiago de Chile, en el invierno de 1989. Los vientos llenos de agua del Pacífico chocan con la cordillera y largan la gota fría en esa temporada de lluvia y estío, de días cortos y noches que calan la humedad en cuentas largas. Hasta ese invierno tan duro y tan triste de mi vida, había leído poca cosa de Mario Vargas Llosa, el escritor peruano nacido en Arequipa el 28 de marzo de 1936, y a quien la Academia Sueca acaba de galardonar con el Premio Nobel de Literatura.

Yo no había leído mucho de su obra, pero para fines de los ochenta ésta ya era vasta y cuantiosa, y seguiría aumentando desde entonces para rondar, mientras escribe hoy una nueva novela (“El sueño del celta”, cuyo lanzamiento está previsto para noviembre) el medio centenar de títulos, entre teatro, poesía, narrativa, ensayo, crítica y crónica periodística.

Una obra tan vasta se estructura comenzando muy temprano y muy decididamente, y Vargas Llosa hizo ambas cosas. Su primer libro se editó cuando tenía 16 años; “La ciudad y los perros” lo catapultó a la fama con apenas 27; dos años después llegaría “La casa verde”, en 1965, y en otros dos “Los cachorros”. Para cuando cumplió los treinta años, el peruano era un escritor mundialmente reconocido, e inmerso, de lleno, en ese maremoto de las letras latinoamericanas que dio en llamarse “el boom”.

Todos los escritores del “boom”, como hijos de su tiempo al fin y al cabo, ya sea por acción o por omisión tuvieron una importante presencia en la escena política de América latina –desde García Márquez a Onetti, desde Neruda a Borges, desde Cortázar a José Donoso, de Octavio Paz a Benedetti- y Vargas Llosa no quedó fuera de esa ola que impulsaba a los intelectuales a tomar partido por la política y las transformaciones sociales.

Y el otorgamiento del Premio Nobel (hoy a él, ayer a algunos de los otros) también guarda una relación con los roles que cada uno decidió jugar en aquellos años.

LA PROSA DENSA

Decía que aquel triste invierno en que rehuía de la gente y me internaba en los parques de la ribera del Mapocho con el grueso lomo de “La guerra del fin del mundo” bajo el brazo, se abrió ante mí un universo literario que desde entonces me acompaña desde muy cerca. Y –al mismo tiempo- una discusión permanente con su creador: por sus posturas ideológicas tan cerradas, por su manera de leer la realidad política y social de una manera voluntariamente sesgada, por esa costumbre suya de apostar siempre en contra. En contra del camino que tomen las mayorías, en contra de los discursos socialmente inclusivos, en contra de todo lo que huela a popular. Vargas Llosa es, políticamente, un reaccionario que utiliza la parafernalia discursiva del liberalismo para cubrir con esa lana de oveja su verdadera piel de lobo, puro y duro.

Sin embargo, esa postura de ortodoxia liberal fin fisuras, se desdibuja y queda en los márgenes al momento en que uno se zambulle en sus novelas. Aquella “La guerra del fin del mundo” se había publicado en 1981, y tenía, como sus grandes libros anteriores y los que le siguieron (desde “Conversación en La Catedral” hasta “La fiesta del chivo”) la pretensión de la novela “total”, el texto que –desde la libertad de la invención literaria- lograse dar cuenta de ese mundo distinto que se expresa en la singularidad hispanoamericana en estas tierras.

Mario Vargas Llosa vuelve del derecho y del revés las versiones oficiales de los libros de historia, y logra, a través de un estilo muy puro, una estructura interna rigurosa, y unas notas de dolor y de color que salpican cada página, relatar experiencias profundamente humanas, a un tiempo específicamente latinoamericanas e inocultablemente universales. En “La guerra del fin del mundo” toma un capítulo ya casi olvidado de un rincón ignoto del Brasil más secreto y profundo: la masacre de Canudos, que ocurriera en 1896 en los sertones nordestinos, donde unas seis mil mujeres y hombres olvidados en esos bordes remotos de la civilización se levantaron de golpe en una gran marcha alucinada, y terminaron muriendo bajo las balas de los representantes formales de la República, supuestamente la enseña de los derechos de Occidente, de la modernidad tolerante y de la convivencia civilizada.

El crimen de Canudos, aquellas seis mil muertes en un árido y remoto punto de las inmensas extensiones americanas, se vuelve vida en la prosa iluminada por el talento de Mario Vargas Llosa. Los infinitos sertones brasileros tienen su imagen en las cientos de páginas del argumento; la complejidad del heroísmo y testarudez de los campesinos simples tienen su correlato en la estructura de la novela, intrincada y perfecta, construida al detalle. Y esa cuidadosa construcción termina siendo el reflejo formal de la complejidad humana, según puede apreciarse en cada uno de esos personajes que, en su magia y en su llana realidad, en su mística pero también en sus extremos fanáticos, se nos presentan tan latinoamericanos como rabiosamente universales.

Lo que hizo con “La guerra del fin del mundo”, esa pretensión de llegar a una novela vasta y densa que cobijara la visión de todo un continente, ya lo había intentado una década antes con “Conversación en La Catedral”, desmenuzando desde el discurso los intersticios dictatoriales de las formas políticas de América latina (la novela está contextualizada en la dictadura del general Odría); y volvió a intentarlo una vez más con “La fiesta del chivo”, en el año 2000. El régimen autocrático, entre fantasmal y circense, de Trujillo en la República Dominicana, sus excesos y su locura, su lógica interna y sus compromisos económicos, su pasión por los coloridos uniformes entorchados, y, al mismos tiempo, el pavor del generalísimo a mearlos por su poco control de esfínteres, aportan más elementos para la comprensión de ese fenómeno y de ese estadio de la historia continental americana que varios sesudos tratados académicos.

EL VEDETISMO ELECTORAL

Por eso escuece tanto cuando ese escritor genial, de prosa densa, de obra vasta, de talento comprobado, deja la literatura y se sube a la tribuna. Una grada política que, sin excepción, utiliza para defender a los poderosos de la tierra, a las grandes fortunas, y al statu quo.

Él dice que su militancia está enfocada contra los autoritarismos y las corrupciones, las dos lacras que lastran el desarrollo democrático y republicano en América latina. Pero cuando, en sus artículos excelentemente escritos, este paradigma toma forma concreta, los que reciben sus palos y sus diatribas son siempre los mismos. Hoy en la región, salvo los gobiernos del colombiano Juan Manuel Santos y del chileno Sebastián Piñera, todos los demás caen bajo los epítetos gruesos de quien maneja las palabras como instrumentos cortantes.

Su activismo contra, en sus palabras, “el autoritarismo y la corrupción endógena de latinoamérica” ceba sus dardos en Cuba –y contra Fidel Castro el tema ya es personal-; contra la Venezuela de Hugo Chávez; la Bolivia indigenista de Evo Morales; Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. Apenas un escalón más abajo de esos villanos de toda villanía, Vargas Llosa también articula argumentos críticos punzantes contra los “populismos” del Partido de los Trabajadores que ha llevado a un tornero mecánico a ocupar la presidencia brasilera durante los últimos ocho años, o el recalcitrante peronismo argentino, que vuelve una y otra vez a escena, ahora de la mano de un matrimonio presidencial que le provoca más sospechas que otra cosa.

Por eso en los últimos ochenta, cuando yo lo descubría en aquellas húmedas y heladas tardes chilenas a través de sus páginas literarias, Mario Vargas Llosa decidía pasar de la tribuna intelectual a la real, y se postuló para la presidencia del Perú. Justificaba su salto a la arena política en que su persona traería racionalidad y realidad a un ambiente viciado. Alan García, para el escritor, era la imagen del desgobierno al que había llevado al Perú el populismo de izquierda del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana); la guerrilla de Sendero Luminoso era la expresión de la locura a la que la izquierda radical puede empujarnos. Y Alberto Fujimori era la traducción del populismo vacío de ideología. Quizá en esto último no se equivocaba tanto.

Pero lo venció Fujimori. Despechado, Mario Vargas Llosa se fue a Madrid, y tomó la nacionalidad española. Que allá se quedaran los peruanos con sus políticos poco realistas y poco racionales, él seguiría con la literatura. Cada vez que leo un nuevo libro suyo, creo que fue una buena decisión.

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Mujer, género y lapidaciones (20 08 10)

Mujer, género y lapidaciones

por Nelson Gustavo Specchia

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La globalización es un fenómeno de múltiples dimensiones. Si el realismo político veía al mundo como una mesa de billar, donde las bolas (los Estados) eran pocas y los bordes de la mesa estaban claros y definidos, la posmodernidad cambió todo eso. La imagen del mundo de nuestros días es la de una red neuronal, con múltiples centros interconectados por diversos canales. Lo que circula por ese sinfín de canales es información. Casi no quedan rincones del mundo –de pronto abierto y cercano- adonde no llegue esa impresionante red que crece a cada momento.

Así, aquellos ámbitos que los Estados se reservaban a su arbitrio soberano ahora son traspasados constantemente. La guerra es un fenómeno trasmitido en directo por CNN, los secretos –hasta los del primer ejército del mundo- son develados por la web y las tradiciones son puestas ante la escrutadora mirada de la globósfera, que por la misma red se moviliza, y logra –en algunos casos- torcer el duro brazo de los prejuicios y los tabúes. De momento, sólo en algunos casos.

SER MUJER EN IRÁN

Este cambio es el que ha enmarcado el caso de la mujer iraní Shakine Mohammadí Ahstiani, y ha logrado –aunque sólo sea de momento- detener su muerte, por la vía de golpearla con piedras hasta que se desangre, en una sádica agonía que busca defender principios culturales, pero que sólo es la manifestación de resabios de salvajismo e intolerancia machista. Le ejecución de Shakine por lapidación ha sido postergada por el régimen iraní, presionado por la inédita y masiva reacción mundial expresada en la red. Sólo postergada. Quizá las instancias judiciales sólo cambien la lapidación por la ejecución ordinaria: el ahorcamiento con soga desde el cuello del condenado.

Tomar el caso de Shakine como uno de los indicios de la nueva política internacional, también implica asumirlo desde una mirada puesta en el género, porque todo el proceso contra ella está teñido de elementos que sólo pueden explicarse desde allí, desde una perspectiva analítica que asuma las inequidades de género como criterio explicativo. Los análisis desde el género no se limitan a las discusiones sobre el uso del pañuelo en los edificios públicos por las mujeres turcas, la prohibición del “shador” a las niñas musulmanas en las escuelas españolas, o la prohibición del “burkha” en toda Francia. Mirar la realidad internacional desde la perspectiva de género va mucho más allá de las disposiciones políticas sobre la vestimenta. Porque Shakine está en vilo de ser muerta a pedradas (o colgada) por varias razones, pero por sobre todas las cosas, por el hecho de ser mujer.

Shakine Mohammadí Ahstiani tiene hoy 43 años, dos hijos, y está viuda. Forma parte de una minoría étnica en Irán, los azeríes, que habitan en zonas rurales poco desarrolladas y hablan un dialecto turcófono que tiene pocas similitudes con el persa oficial y mayoritario. En 2006 entró en prisión acusada de haber mantenido relaciones sexuales con el hombre que había matado a su marido. No se presentaron testigos, pero igual la mujer fue condenada a recibir 99 latigazos, que ya entonces estuvieron a punto de matarla. Aunque el juicio concluyó y la condena se cumplió, otro juez aún más riguroso decidió reabrir su caso, y consideró que aquella “relación ilícita” con el supuesto asesino de su marido se había dado ya en vida de éste, por lo cual el delito de Shakine era mucho más grave que el de complicidad en un asesinato: ahora se la acusaba de adúltera. Desde 2006 no deja la cárcel.

No importó que tampoco en este segundo juicio (sobre cosa juzgada) hubiera testigos, y que la mujer dijera que la confesión le había sido arrancada bajo tortura y negara todos los cargos. Tampoco importó que implorara clemencia. Los estrictos jueces apelaron a la “sharia” –las normativas judiciales islámicas de base religiosa- y la condenaron a morir a pedradas.

LEY E INTERESES

Cuando el ayatollah Ruhollah Khomeini regresó desde su exilio francés y encabezó la revolución islámica que derrocó al sha de Persia, Mohammed Reza Pahlevi, entre las novedades del nuevo régimen figuró el reemplazo del moderno código penal persa por un conjunto de normas directamente vinculas a la tradición jurídica musulmana. Una tradición inspirada –aunque este sea uno de los puntos más conflictivos- en el Corán. Toda una corriente interpretativa dentro del Islam niega que castigos como los impuestos a Shakine puedan tener asidero en ninguna de las “azoras” del libro sagrado, y achacan esa lectura rigorista del texto divino revelado a Mahoma al carácter conservador de la versión chiíta del régimen iraní.

Más allá de estos debates, objetivamente el código penal vigente en la República Islámica de Irán desde 1979 regula, como castigo del delito de adulterio, la muerte por lapidación. Aunque toma algunas precauciones, tales como que el adulterio debe probarse por el testimonio de cuatro testigos (hombres que tendrían que haber presenciado el acto, viendo el coito “hasta el punto de que no se pudiese pasar un hilo” entre los presuntos adúlteros), el código penal avanza en detalle sobre las maneras en que la adúltera debe morir. Entre los artículos 98 al 107, indica que se debe enterrar a la condenada en un pozo cavado en el suelo, cubriendo su cuerpo con tierra hasta por encima de los senos; y en el artículo 104 se regula el tamaño de los proyectiles: las piedras deben ser medianas, ni tan grandes como para que la maten rápido, ni tan pequeñas como para que no le causen heridas.

Y aquella imagen de “que quien esté libre de culpa arroje la primera piedra” no tiene lugar aquí. El código penal es preciso hasta en ese sentido: los testigos que presenciaron el adulterio deben arrojar las primeras piedras, el juez que dictó la condena a muerte, las segundas. Tras ellos, los demás varones del público presente (el código establece que, como mínimo, debe haber tres apedreadores entre los espectadores). Los sucesivos y lentos golpes en el pecho, cuello y cabeza de la mujer causarán una lerda agonía, hasta que la hemorragia de las heridas provoque su muerte.

LA TRADICIÓN Y LA RED

Cuando ya se le habían acabado todas las instancias de apelación, Mohammad Mostafaeí, el abogado de Shakine, subió el caso a la red. Y esta nueva herramienta planetaria respondió masivamente. Las organizaciones defensoras de derechos humanos generaron campañas, pero además de ellas, múltiples organizaciones no gubernamentales y particulares integraron espontáneamente un movimiento de presión que llegó a las máximas instancias políticas, diplomáticas y religiosas.

El abogado tuvo que huir y pedir asilo en Europa. Al mismo tiempo, la televisión pública iraní organizó una poco sutil auto acusación de Shakine, donde la mujer dijo frente a las cámaras desconocer a su abogado, reconoció su culpa en todos los delitos por los que se la acusa, y criticó la “injerencia occidental” en su causa. Pero tan grotesca puesta en escena no frenó la avalancha. Al contrario, sacó a la luz mayores precisiones, como la existencia de un “corredor de la muerte”, donde al menos otras ocho mujeres esperan su turno para ser lapidadas; o que los jueces más conservadores sigan ejecutando este tipo de condenas, a pesar del compromiso en sentido contrario del gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad con sus socios occidentales. Este mismo año, en enero, una mujer habría muerto lapidada en la ciudad de Mashhad.

El presidente brasileño Lula da Silva sufrió en carne propia la presión de la red global. Los internaturas le pedían que, dada su relación de especial cercanía con Ahmadinejad y su gobierno, intercediera por Shakine. En un primer momento Lula se negó, dijo que no podía solicitar a otros líderes que ignoren las leyes de sus países. Pero luego, cuando la avalancha ya era imparable en todo el mundo, utilizó unas declaraciones a una radio en Curitiba para “apelar a su amigo” Ahmadinejad, y le solicitó que le permitiera que Brasil le concediese asilo político a la mujer. La cancillería brasileña entera, con Celso Amorín a la cabeza, se puso en movimiento en ese sentido. En cambio, el presidente de Irán cortó por lo sano, le respondió a Lula por televisión: Shakine no irá a Brasil, ni a ningún lado.

El gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad y todo el régimen de los ayatollahs iraníes se asienta en la tradición. El caso de Shakine Mohammadí Ahstiani pone en evidencia la puja entre aquellos principios tradicionales asegurados por la antigua soberanía de los Estados, y el control y la capacidad de influencia de la sociedad civil mundial en un escenario de alta interconectividad. La manera en que el caso se resuelva también mostrará las tendencias de este nuevo tiempo internacional.

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Merkel, la dama de hojalata (02 07 10)

MERKEL, LA DAMA DE HOJALATA .
por Nelson Gustavo Specchia

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En aquellos grises años ochenta, Margaret Thatcher, con su peinado lleno de spray y su cartera negra apretada bajo el brazo, cerraba minas de carbón, anulaba una buena parte de los derechos sociales y aplicaba un ajuste ortodoxo a la economía británica. De este lado del Atlántico, un antiguo actor de westerns hacía lo mismo, y por el tamaño de la economía norteamericana ese ajuste hiperliberal recibió el nombre del antiguo cowboy: “Reaganomics”. Thatcher no imprimió su apellido a la ola rigorista, pero su determinación conservadora le valió el rótulo de “Dama de Hierro”, que lució siempre con indisimulado orgullo, inclusive cuando la Reina la nombró baronesa y sus seguidores comenzaron a referirse a ella como lady Thatcher.

Desde los grises años de Ronald Reagan y Margaret Thatcher los conservadores europeos venían esperando un nuevo liderazgo, y Ángela Merkel pareció ofrecerles esa oportunidad. La prensa financiera fue la primera en anunciarlo, aunque los primeros tiempos de Merkel tuvieron necesariamente que ser muy cautos. La victoria sobre la socialdemocracia había sido mínima, y el ex canciller Gerhard Schröder intentaba mantenerse en el cargo. Los demócratas cristianos de la CDU liderados por Merkel sólo habían logrado un punto de diferencia sobre los socialdemócratas del SPD. Con este escenario, ninguna de las alianzas consideradas “naturales” era posible, ni la de centroizquierda del SPD con los verdes, ni la de centroderecha de la CDU con los liberales de la FDP. A Merkel no le quedó otra alternativa que negociar una “gran coalición” entre ambos partidos mayoritarios (CDU junto a SPD), aunque armar un gobierno con los socialistas como socios fuera a atarle un tanto las manos. A pesar de los saludos iniciales de la prensa financiera, la emergencia de una nueva campeona del neoliberalismo debería esperar todavía un tiempo.

Fue un período extraño, donde la canciller manifiestamente quería hacer una cosa y su gobierno terminaba adoptando un punto medio, siempre consensuado con sus socios en la “gran coalición”, hasta las elecciones del año pasado. En 2009 los demócrata cristianos ganaron con mayor diferencia, y la canciller abandonó la coexistencia tan desagradable con los socios de izquierda y formó gobierno con los liberales de la FDP. Ahora sí, se anunció en la prensa especializada, una nueva Dama de Hierro ha surgido.

LA CHICA DEL ESTE

Ángela Dorothea Merkel nació en Hamburgo en 1954, creció –en coincidencia con los años más fríos de la guerra fría- del lado oriental del Muro, y fue una comunista militante. Su padre era pastor de la iglesia protestante, pero ella se afilió a la Juventud Comunista en la Universidad, en la que se doctoró en física. Ingresó como investigadora en la Academia de Ciencias de la denominada República Democrática Alemana (RDA), y fue beneficiaria de subsidios y becas financiadas con los rublos soviéticos que Moscú giraba sistemáticamente a su avanzada política en el centro de Europa.

No descubrió su vocación de liderazgo hasta la gran movilización democrática de la Glasnot de Mijail Gorvachov que terminó por disolver la RDA e hizo trizas el Muro. Pero su despertar a la política fue también una conversión: rompió su carnet de afiliación comunista, se pasó a la derecha, se entusiasmó con la economía de libre mercado y empezó a hacer carrera en la CDU a la sombra del viejo canciller de la reunificación, Helmut Kohl, que la llamaba “mi chica del Este”. Maratónica carrera, por cierto: lanzada en 1989, cuando el Bundestag la elevó a la Cancillería en 2005, la profesora de física de la antigua RDA comunista se convirtió en la primera mujer en gobernar Alemania desde los tiempos de la emperatriz Teófana Skleraina, en el año mil de nuestra era.

PROGRAMA DE HIERRO

Pero por más que lo intenta, la nueva líder de la derecha europea no encuentra las condiciones suficientes para llevar adelante un programa liberalizador a rajatabla, como su precursora inglesa, lady Thatcher. La reducción del tamaño de la primera economía europea (teóricamente, la “locomotora de Europa”), la obvia concentración de la renta en pocas manos, la disminución de la solidaridad trasfronteriza –como quedó evidente en la renuencia de Merkel en asistir a Grecia en el estallido de la crisis-, y el debilitamiento del proceso de integración continental al hacer tan fuerte hincapié en la faz exclusivamente económica de la organización, están abriendo aguas por varios costados. Y el golpe recibido por la canciller y su partido esta semana, con ocasión de las votaciones para designar presidente de la República Federal, demuestran que el apoyo interno de la jefa de gobierno también se ha cuarteado, y su imagen positiva se ha precipitado a mínimos.

El guión de Merkel intentaba ser previsible, nada original, pero sólido: valores cristianos para un programa conservador. Defensa de la familia como unidad social, oposición al aborto, a la muerte asistida, y a la experimentación en clonación de embriones; control a la inmigración (especialmente a los turcos, y a los provenientes de sociedades musulmanas); restricción de derechos sociales (como la reducción de la edad jubilatoria); alianza estratégica con los norteamericanos y veto a la entrada de Turquía a la Unión Europea. En síntesis, podría definirse su estrategia como un “volver a casa”. Merkel siente que Alemania ha estado condicionada durante medio siglo por el fuerte sentimiento de culpa tras las dos guerras mundiales que la tuvieron como protagonista desencadenante, y tras el Holocausto judío de la locura nazi. Durante toda la segunda mitad del siglo XX la fuerza alemana ha estado puesta en el “afuera”, en la reconstrucción de Europa, en el resarcimiento a los judíos mediante el apoyo al Estado de Israel, en la conversión del marco en el euro (y del Bundesbank en el Banco Central Europeo), en el giro de divisas para que los países menos desarrollados del continente se pusieran a un nivel más acorde a las grandes economías.

Merkel dice, de varias maneras, que durante todos estos años Alemania ha trabajado, se ha esforzado, ha ahorrado, ha sido respetuosa de la transparencia en las cuentas públicas y en el control de los bancos, mientras otros derrochaban, gastaban por encima de sus posibilidades, y opacaban voluntariamente las cuentas gubernamentales para seguir obteniendo créditos blandos. Es tiempo, sostiene la canciller, que Alemania vuelva a mirar hacia dentro, y que se ocupe de su casa. Sus nuevos socios del Partido Liberal – FDP no pueden estar más de acuerdo.

MIRADAS CORTAS

Pero Ángela Merkel, a diferencia de todos los cancilleres que la han precedido, nació después de la guerra. De todas las guerras. La elección de volver la mirada hacia las realidades nacionales supone relegar objetivamente la perspectiva que trajo la paz a una Europa destrozada tras dos conflagraciones mundiales, pero también con una carga de viejas guerras en toda su larga historia. Esa larga y dura historia es la que logró quebrarse con el proyecto de una Europa unida, donde los intereses nacionales fueran paulatinamente dejando lugar a un espacio común. Un proyecto, además, que requiere que las decisiones económicas se pongan al servicio de las estrategias políticas. Esa fue la opción de los padres fundadores de la actual Unión Europea, y esa es la alternativa que Merkel está cuestionando en el fondo. Le han dado el Premio Carlomagno por su espíritu europeísta, pero sus porturas políticas no dejan de poner en duda la fortaleza de ese espíritu continental.

Esta semana, sus propios electores le han mostrado una señal de advertencia sobre el suelo resbaladizo que está transitando. La presidencia de la República Federal, la jefatura formal del Estado, la ocupaba el economista Horst Kohler, que decidió imprevistamente renunciar, molesto por los remilgos del gobierno de Merkel para salir al rescate de la economía griega en el estallido de la crisis. Para suplir a Kohler, la CDU propuso la candidatura de Christian Wulff, hasta ahora el democristiano gobernador de Baja Sajonia, con la confianza de que los porcentajes de apoyo popular se trasladarían a las votaciones en el Bundestag. Pero se necesitaron tres rondas de votos para que la canciller pudiera imponer su candidato a la presidencia.

La inflexibilidad de hierro de sus posturas liberales no están siendo bien recibidas por los alemanes. Ángela Merkel, además, ha utilizado la supremacía de su cargo al frente de la primera potencia europea para extender sus opciones a los demás países del continente: todos, sin excepción, han abrazado la vía del achicamiento de los déficit y de la deuda pública, a pesar de la protesta social creciente y de las advertencias sobre los riesgos de caer masivamente en un período recesivo aún más pronunciado. Y es más: ha sido Merkel y la fuerza conjunta de los europeos la que ha marcado la agenda de la reciente cumbre del Grupo de los 20, donde las viejas recetas neoconservadoras han vuelto a obtener patente de corso.

Pero casi el 90 por ciento de los alemanes, según un muy confiable sondeo público, están disconformes con la gestión de su canciller. Si hoy hubiese elecciones anticipadas (y puede haberlas), sería muy poco probable que Ángela Merkel lograse mantener la jefatura del gobierno. Esperaban una nueva Dama de Hierro, pero apenas era de hojalata.

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nelson.specchia@gmail.com

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Pierre Bigó, reencontrado

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Entre la casualidad y la búsqueda, para el artículo sobre Jon Sobrino estuve revisando varios títulos, entre ellos “La Iglesia Latinoamericana y la revolución del Tercer Mundo”, de Pierre Bigó, el viejo maestro francés con quien compartimos aquellas jornadas del Chile de la transición del pinochetismo a la democracia. Entre sus páginas, esta vieja foto:

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Pierre Bigo S.J. y Nelson G. Specchia (Chile, 1989)

Pierre Bigo S.J. y Nelson G. Specchia (Chile, 1989)

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Juan Goytisolo y la crítica hacedora (26 nov 08)

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JUAN GOYTISOLO Y LA CRÍTICA HACEDORA

Por Nelson Gustavo Specchia

Córdoba, 26 de noviembre de 2008

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Estos días, entre el bombardeo de titulares financieros, de derrumbes y de salvatajes in extremis, entre las urgencias de importación y las incertidumbres de fin de época, un ramalazo de felicidad reorienta el sentido de las cosas: Juan Goytisolo, el hereje pacífico, el crítico despiadado de las beaterías en las letras y en las poses hispánicas, el heterodoxo consecuente, ha recibido el Premio Nacional de las Letras Españolas el lunes 24 de noviembre.

A los 77 años, a la vuelta de los días, tras una treintena de obras –alguna ya clásica, varias indispensables, todas rabiosamente hermanadas con los perdedores de la tierra- le llega su primer reconocimiento institucional, el primer premio público, por el conjunto de esa obra que nunca se ha callado ante el poder y los poderosos. Muy por el contrario, que se ha puesto siempre en la vereda de enfrente, pero con una delicadeza en los modos y una hondura en el argumento que logra arrastrarte con él, colocarte a su lado, y adoptar –así sea por unos instantes- su perspectiva, mirar con sus ojos prestados. No se sale inocente de sus libros.

Los Goytisolo son en España casi una marca literaria. De los tres hermanos (José Agustín, Juan, y Luis), Juan, el del medio, fue siempre el más rebelde. Y tratándose de los Goytisolo, eso ya es mucho decir. Su primer libro es de 1954, Juegos de manos, con el que se abre también la Obra completa, en siete volúmenes, que Galaxia Gutemberg – Círculo de Lectores, de Barcelona, está preparando. Y este año, en septiembre, apareció El exiliado de aquí y allá. Entre ambas fechas, veinticinco títulos donde se alternan el relato en prosa, los libros de viajes, las memorias poetizadas –con las que se analiza, se presenta, se asume y se refunda constantemente-, y el ensayo crítico, ese instrumento de mordaz destrucción de las pacaterías sociales y, al mismo tiempo, de disección profunda, hasta el hueso, hasta donde duele.

Lo conocí en Barcelona, hacia finales de los noventa. Hacía poco (en 1996) que había fallecido su compañera, la escritora Monique Lange, y Goytisolo había dejado París –su casa de tantos años, desde aquellos míticos sesenta- para mudarse a Marruecos. Estaba cansado y triste, y dijo sentirse viejo. Un par de años después, cuando leí las crónicas de Paisajes de guerra: Sarajevo, Argelia, Palestina, Chechenia (2001) comprobé que conservaba intactas tanto la lucidez de la mirada, como la ironía desencantada e interrogante, siempre interpelando desde el lugar del más pobre, del que sufre, de las minorías, de los excluidos.

Juan Goytisolo ha sido un escritor valiente, tanto en lo personal como en la acción colectiva, social. La manera honesta y abierta con que habla de su homosexualidad en Coto vedado (1985), o de sus posiciones políticas e ideológicas (como En los reinos de Taifa, 1986), enlazan con su cosmovisión de la estructura cultural española.

Juan Goytisolo encuentra en la identificación histórica que el proyecto nacional español estableció con los sectores más ultramontanos del catolicismo peninsular la clave de bóveda, el sostén sobre el cual se han ido estructurando los diversos discursos antimodernos, desde el preciso momento en que la modernidad se abría al espacio intelectual europeo. Aquella expulsión de los moros y de los judíos con que España conforma su Estado nacional, permanece en el modo de concebir la polis, y así se rechaza la ilustración, se vuelve al absolutismo frente al liberalismo republicano, o se lanza una cruzada de medio siglo por la España “una, grande y libre” frente a la República “roja y atea”. En definitiva, un continuum de exclusión, de puertas adentro, parroquial y cerrado, expulsivo y miope.

Una construcción ideológica que repudia las diferencias, y que termina sacrificando a sus espíritus grandes –los Lorca, los Machado, los Hernández- para mantener la pureza, cada vez más forzada, del “ser nacional”. La isla (1961), la enorme Fin de fiesta (1962), Señas de identidad (1966), Disidencias (1977), o El lucernario, la pasión crítica de Manuel Azaña (2004), van dando cuenta, con una prosa afilada como sus ojos, de ese conjunto de intersecciones culturales.

En momentos como éstos, cuando la sociedad española en pleno vuelve a embarcarse en el debate de la “memoria histórica”, cuando los jueces ordenan la apertura de tumbas comunes en cunetas y acantilados, cuando la jerarquía eclesial de la península ha canonizado ya a 977 víctimas católicas de la guerra civil (y se apresta a presentar otros 500 procesos), la vuelta a Juan Goytisolo, la relectura de algunas estaciones de este largo monólogo crítico de más de medio siglo, profundo, hasta el hueso, hasta donde duele, se torna cada vez más urgente.

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(Publicado en el suplemento MAGAZINE, del diario Hoy Día Córdoba, el martes 2 de diciembre de 2008)

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