Archivo mensual: junio 2009

Irán, el color de los turbantes (18 06 09)

IRAN, EL COLOR DE LOS TURBANTES

por Nelson Gustavo Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

Ahmadineyad

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Ya se habla de “revolución verde” en Irán. Los reformistas han adoptado el color verde, y se identifican con pulseras de tela de este color, y las mujeres –sorpresivas protagonistas de estas movilizaciones populares- se cubran los cabellos con velos verdes. Pero, en el fondo del asunto, son otros los colores que explican el alzamiento generado tras las elecciones del viernes pasado en la República Islámica de Irán. En el fondo se trata del enfrentamiento entre el color negro del turbante del líder supremo, el ayatolá Alí Khamenei, y el turbante blanco del ayatolá Alí Akbar Hachemí Rafsanyaní.

Sólo los clérigos que puedan certificar su parentezco carnal con el Profeta Mahoma pueden cubrir sus cabezas con el turbante negro, los demás deben usar el blanco. Entre estos dos colores se encuentra hoy el pulso político que se libra en las calles de Teherán y, por lo que hemos podido llegar a saber a través de internet, de las redes sociales como Facebook o Tweeter (porque toda cobertura periodística internacional está expresamente prohibida por el gobierno), comienza a extenderse también al interior del gran país de Oriente.

Los polémicos resultados de las elecciones, que el gobierno insiste en otorgar la victoria al presidente ultraconservador Mahmoud Ahmadinejad, han desatado la mayor ola de manifestaciones callejeras desde la Revolución Islámica de 1979, y los seguidores de Mir Hossein Moussavi, el candidato opositor, referente del ala reformista, volvieron a manifestarse ayer en las calles de Teherán por quinto día consecutivo, a pesar de que el régimen redobló la campaña represiva.

El origen del conflicto hay que buscarlo en la doble intencionalidad fundacional del Estado iraní: el ayatolá Ruholá Khomeini creó, con la revolución de 1979, una teocracia y una república democrática, y estos son términos, conceptos, e ideas políticas antitéticas. Khomeini marcó el camino hacia la teocracia al imponer la figura del “Jurisconsulto Islámico” como líder supremo, supuestamente fuera de la lucha política y del poder, pero que en la realidad es a quién reportan todo el gobierno, el ejército, y el clero. Al mismo tiempo, Khomeini se vio obligado a hacerle un lugar a una trama institucional al estilo occidental y republicano, con un presidente y un Parlamento electivos, aunque los candidatos a estos lugares hayan tenido que recibir, previamente, la aprobación del “Consejo de Guardianes”. Este Consejo se integra por 12 miembros: 6 clérigos elegidos por el líder supremo, y 6 juristas designados por el jefe de la Judicatura. Además de aprobar a los candidatos a diputados y a presidente, el Consejo de Guardianes debe aprobar las leyes generadas en el Parlamento. Y su filtro es muy fino: sólo 4 candidatos a presidente fueron admitidos, sobre 475 originarios.

Antes de morir, el ayatolá Khomeini dejó su lugar al actual líder supremo, el ayatolá Alí Khamenei, que tiene una concepción del sistema tan clara como la tenía el fundador: entre la voluntad popular expresada en las elecciones, y la voluntad divina –según es interpretada por los ayatolás-, siempre debe primar esta última.

Pero Irán no contiene a una sociedad atrasada y fuera de los estándares modernos. El anterior régimen monárquico del Sha, despótico y tiránico, también fue una fuente de occidentalización, crecimiento económico, y desarrollo de la sociedad civil, especialmente en las áreas urbanas. Entre estos elementos, la consideración de un rol diferente para las mujeres iraníes, al contrario de lo que sucede en la mayoría de las sociedades musulmanas, ha tenido un peso determinante. Estos elementos modernizadores en el seno de la sociedad tuvieron que ser incorporados por Khomeini a la Revolución Islámica, y son los que hoy traccionan la protesta y la rebeldía popular frente al intento conservador de incrementar el cierre de los canales de expresión y de participación, que es la actitud que expresa, de una manera cada vez más clara, el presidente Mahmud Ahmadineyad.

Ahmadineyad, un hombre humilde, de provincias, ha combinado un discurso populista, asistencialista, con un fundamentalismo religioso sin fisuras, y un nacionalismo militarista (y para-militarista, como el apoyo a las milicias de los “basiyís”) estructurado sobre la retórica anti norteamericana, anti judía, y pro nuclear.

Frente al creciente cerramiento de Ahmadineyad, frente a la profundización del fundamentalismo del sector que representa, los sectores reformistas (pero “reformistas” siempre dentro del sistema, no olvidar que sus líderes han pasado el cedazo del “Consejo de Guardianes”) sostienen la necesidad de apertura del país, inclusive para mantener su propio poder e influencia.

Estamos frente a una alternativa fuerte, en una de las regiones más neurálgicamente frágiles para la paz, la seguridad, y el orden internacional.

El primer escenario podría ser la profundización de las protestas, la radicalización de la “revolución verde”, que llevaría a una mayor apertura y transparencia en el régimen islámico. Hay antecedentes recientes, como el de Ucrania y su “revolución naranja”, cuando tras el fraude electoral en favor del candidato oficialista pro ruso Yanúkovich, en 2004, se desataron protestas en apoyo del candidato opositor Viktor Yushchenko. Las manifestaciones provocaron nuevas elecciones, en los que triunfó Yushchenko cómodamente. O la “revolución del cedro”, en Líbano en 2005, cuando el asesinato del ex primer ministro antisirio Rafik Hariri levantó una serie de protestas populares contra la presencia de tropas sirias, que terminaron retirándose del Líbano después de 18 años de presencia.

Un segundo escenario presentaría la consolidación de Ahmadineyad, y la casi segura deriva hacia la dictadura. En este caso, en la confrontación antitética entre teocracia y democracia, la Revolución Islámica se habría terminado decantando por la primera, y –habida cuenta del desarrollo atómico iraní- eso no sería precisamente una buena noticia para la comunidad internacional.

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Un momento crítico en la construcción europea (11 06 09)

Un momento crítico en la construcción europea

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Por Nelson-Gustavo Specchia

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Unión Europea

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El domingo de esta semana se han llevado a cabo elecciones en toda Europa, simultáneamente en los 27 países que hoy conforman la Unión Europea, para elegir, por voto directo, representantes al Parlamento Europeo.

La Eurocámara, en Estrasburgo, es la única institución comunitaria que representa a los ciudadanos, a los hombres y mujeres de a pie; las restantes instituciones armadas por la organización continental –como el Consejo o la Comisión Europea- representan a gobiernos. Y en estas elecciones, donde los ciudadanos han tenido la oportunidad de elegir a sus propios representantes, los partidos progresistas, a los que se supone más cerca del “proyecto” de construcción europea, han sufrido un descalabro, una muy amarga derrota, mientras los partidos de tendencia conservadora, de derechas, se han alzado con un cómodo y claro triunfo.

El tema de fondo es que, en su vertiente central, las agrupaciones de la derecha (reunidas mayoritariamente en el Partido Popular Europeo, y en los “tories” británicos), representan posiciones críticas y escépticas –cuando no abiertamente contrarias- hacia la marcha y el crecimiento de la integración europea. Por eso la amplia mayoría de escaños conseguidos por la derecha en el Parlamento de Estrasburgo (unos 320 asientos, de los 736 eurodiputados totales), hace prever un futuro pesimista para el propio proyecto político continental, que ha sido, hasta ahora, el modelo al que han aspirado prácticamente todos los intentos de integración regional, incluido los latinoamericanos.

Estas elecciones marcan una nueva etapa, que estará caracterizada, principalmente, por el alejamiento de los ciudadanos, por la desazón popular, por la desafección de quienes han sido los principales beneficiarios de los logros políticos, económicos, y sociales, del proyecto de la Unión Europea. Los sectores progresistas y más claramente “europeístas” han sido incapaces de generar un discurso que movilizara a los electorados en un contexto de crisis global, que mostrara al hombre común la potencialidad de la marcha del proceso de integración. En la opinión pública, Bruselas (donde se asientan las oficinas de la organización continental) es cada vez más sinónimo de burocracia, de aparatos políticos complejos y engorrosos, de maquinaria alejada de las necesidades y de las aspiraciones concretas del europeo medio.

El voto universal al Parlamento Europeo comienza en 1979, y desde entonces hasta mediados de la década de los años ‘90, los socialistas obtuvieron una victoria tras otra, logrando, además, movilizar a las ciudadanías: la participación se mantuvo siempre por encima del 55 por ciento. A fines de esa década se produce el quiebre en la tendencia: en 1999 el Partido Popular Europeo (PPE) se hace con la primera gran victoria, y la participación ciudadana comienza a bajar hacia niveles inferiores al 50 por ciento. Esta tendencia no ha hecho sino profundizarse en cada elección, y en la del pasado domingo llegó al nivel más bajo en la historia de la Eurocámara, con apenas el 42,94 por ciento del total de electores europeos que salieron de sus casas para ir a votar por Europa.

Con una caída tan fuerte en la participación, los socialistas tocaron también un piso histórico, sumando apenas el 21,9 por ciento. En cambio, el Partido Popular Europeo alcanzó un 35,7 por ciento de los sufragios, y con esta diferencia entre ambos aventaja con casi 100 diputados a los socialistas. El presidente francés, Sarkozy, la canciller alemana, Angela Merkel, y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi (a pesar de los escándalos que lo acompañan a diario), han sido los grandes triunfadores del domingo. Pero con ellos también ha triunfado el euroescepticismo, expresado en parlamentarios electos como voto-protesta.

Mi lectura es un tanto preocupante. En primer lugar, por la desafección ciudadana: tener un 60 por ciento de abstención en los únicos comicios de escala continental me parece un claro retroceso, o, al menos, la expresión de una indiferencia peligrosa.

Ya hay varios gobiernos abiertamente “euroescépticos”, que toman distancia del proceso de integración continental, como el presidente de la República Checa, Václav Klaus; o el seguro próximo primer ministro británico, David Cameron, que ha prometido convocar a un referendum sobre la permanencia del Reino Unido en la Unión Europea. Si a ellos se les suma la desatención y el desinterés de los propios ciudadanos, el resultado daría una combinación explosiva para la marcha del proceso de integración.

¿Estarían realmente dispuestos los líderes de la derecha conservadora a tirar por la borda más de medio siglo de exitosa construcción a escala continental? Luego de siglos y siglos de enfrentamientos, incluyendo, en años relativamente recientes, las dos más grandes conflagraciones bélicas de la historia de la humanidad, el proyecto de la Unión Europea ha logrado traer paz y crecimiento, protección social y desarrollo económico, en niveles nunca vistos. Y ese modelo de convivencia entre unidades políticas distintas e históricamente antagónicas, diferentes pueblos, culturas y lenguas, se ha exportado al mundo como un ejemplo a imitar. Ahora, el futuro de esa Europa unida depende de los sectores ideológicos que más la han criticado, y que nunca, en realidad, han creído realmente en ella.

En un tiempo muy escaso de referentes sólidos a nivel internacional, el nuevo escenario europeo viene a agregar una nota de desesperanza. Los chinos tienen la misma palabra para expresar la idea de “crisis” y la idea de “oportunidad”. Será interesante ver cómo frente a esta crisis, se aprovecha –o no- la oportunidad que ella plantea.

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Cuba a las puertas de la OEA (04 06 09)

Cuba a las puertas de la OEA

Por Nelson Gustavo Specchia

Ojo con Fidel - Nelson G. Specchia

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Una noticia extraña para toda América latina. Después de casi medio siglo apartada del sistema multilateral americano, Cuba ha vuelto a quedar a las puertas de la OEA. La noticia se celebró en muchas Cancillerías, y los ecos en los analistas del continente han sido muy dispares, desde los aplausos a las lamentaciones. Y –en no pocos casos- ha reaparecido la pregunta sobre la conveniencia de mantener funcionando a esta Organización de los Estados Americanos, ya un tanto desfasada con los tiempos y los nuevos climas políticos en la región.

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El debate se calienta, además, con el rechazo del régimen cubano a esta mano tendida, que se vive como un triunfo de las diplomacias latinoamericanas frente al Departamento de Estado norteamericano, con la afirmación de Fidel Castro de que Cuba no piensa volver al organismo multilateral.

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En San Pedro Sula, en Honduras, los ministros de relaciones exteriores de toda América se han reunido en la XXXIX Asamblea General de la OEA, y por consenso han acordado derogar la suspensión a Cuba, aprobada en 1962, lo que abre la puerta a un posible reingreso de la isla a la organización.

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Hace días que en los diferentes ambientes de análisis de política internacional se viene aireando el tema, luego de que el presidente Barack Obama realizara el primer “guiño” hacia el régimen de la isla, antes de subir al avión que lo llevaría a la Cumbre de Trinidad y Tobago, el mes pasado.

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El texto de San Pedro Sula es una auténtica prueba de habilidad diplomática, logra sortear los escollos planteados por la posición norteamericana, que intentaba imponer condiciones para la readmisión de Cuba en la organización, básicamente la “carta democrática”; postura a la que se oponía un núcleo duro de países, encabezados por Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y Ecuador. El documento sale de este brete, y adopta una vía indirecta, ya que establece que la resolución VI, adoptada en 1962 en la reunión de ministros de relaciones exteriores de Punta del Este, mediante la cual se excluyó a Cuba, “queda sin efecto”. Pero, a renglón seguido, y sin duda por la presión norteamericana, agrega que si el gobierno de Cuba solicita la readmisión a la organización, ésta se dará “de conformidad con las prácticas, los propósitos y los principios de la OEA”.

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O sea: sí pero no. Porque si Cuba solicitase el reingreso, los Estados Unidos podrían invocar la “carta democrática” para impedírselo –o para presionar al gobierno revolucionario-, ya que ésta hace parte de las “prácticas, propósitos y principios” de la organización.

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La “carta democrática” no estuvo en los orígenes de la OEA, ni podría haberlo estado por aquellos años (la organización nació en Bogotá el 30 de abril de 1948, sobre las cenizas de la vieja Unión Panamericana, que venía de la primera Conferencia Interamericana, de 1890). La “carta” es de 2001, cuando los regímenes democráticos posteriores a las décadas de dictaduras en la región ya estaban consolidados, fue promovida por los Estados Unidos, y su objetivo es establecer parámetros para el ingreso y permanencia de los miembros en la organización, básicamente las reglas del juego representativo y democrático, de partidos políticos, libertades y garantías.

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Cuba, claro está, no entraría en esta categorización. Fidel lo sabe, y curándose en salud, rápidamente, desde su columna en el Granma escribió que Cuba no tiene ningún interés por pertenecer a la OEA, que para él ha sido, desde su creación, “cómplice de todos los crímenes” contra la autodeterminación de los pueblos de América latina, y el “caballo de Troya que permitió la entrada en la región del neoliberalismo, el narcotráfico, las bases militares y las crisis económicas.”

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En definitiva, lo que Fidel dice es que la OEA, ésta OEA, no tiene razón de ser. Y no es el único que lo piensa.

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La OEA es una creación norteamericana, y el gobierno de los Estados Unidos aporta casi un ochenta por ciento de su presupuesto de funcionamiento; tiene su sede en Washington, cerca de la Casa Blanca; sus propósitos de fortalecer la democracia y asegurar la paz y la seguridad en el continente se vieron burlados una y otra vez por las propias administraciones norteamericanas, con la CIA apoyando los golpes de Estado en América latina, y las invasiones de los marines a la propia Cuba, a Santo Domingo, a Panamá, o a Granada, a lo largo del siglo XX. A nivel de defensa continental estableció el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pero ni amagó con aplicarlo cuando el ejército británico recuperó las Islas Malvinas por la fuerza. Y en cuanto a la promoción de los Derechos Humanos, otro de los vértices de su existencia, los Estados Unidos no han suscripto el Pacto de San José de Costa Rica, de 1979, por lo que no reconocen la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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Entonces, con estos antecedentes y en este marco, ¿para qué necesitamos a la OEA?

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Fidel lo ve claro, por eso termina su columna citando al presidente Rafael Correa. Lo que necesitamos, dice el ecuatoriano, es una OEA sin los Estados Unidos, fuera de Washington, y, por supuesto, con Cuba.

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Estos serán los términos del debate que, a nivel del sistema interamericano, se avecina.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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