Archivo mensual: noviembre 2011

Bienvenidos, gallegos (29 11 11)

Bienvenidos, gallegos

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por Pedro I. de Quesada

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Entre los coletazos más insólitos de la crisis del euro, está la posibilidad de una nueva emigración.

La salida de griegos y de irlandeses (especialmente hacia los Estados Unidos) ha hecho saltar algunas alarmas, y analistas demográficos sostienen que en los próximos meses llegará el turno de España.

El informe que la OCDE (la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, principal “think tank” europeo) hizo público ayer en París fue lapidario, y viene a abonar esta hipótesis.

Si se mantienen las tendencias históricas, la Argentina volverá a ser destino prioritario. Después de los peninsulares llegados a nuestras tierras en el período colonial, la segunda oleada, alrededor de los años ’40, trajo a más de dos millones de españoles, en un 70 por ciento gallegos: Buenos Aires es la segunda ciudad del mundo con mayor población de gentes de Galicia, después de La Coruña. Y en el último censo (2010) todavía se registraban más de cien mil españoles residentes en estas pampas.

Siempre fueron bienvenidos, aunque no supieron devolver la gentileza con el mismo trato cuando cambiaron las tornas y muchos compatriotas decidieron cruzar el “charco” en sentido contrario (por cierto, también una parte importantes de estos argentinos que en 2001 salieron a las disparadas, ya han regresado o están volviendo).

Ahora la OCDE anticipa las previsiones que pueden preparar una nueva corriente migratoria hacia América: la organización recorta todas las expectativas de crecimiento actuales, a pesar de que ya están bajo mínimos, y calcula que la tasa de desocupación seguirá aumentando en los próximos dos años. En el último recuento, España registró cinco millones de desempleados, y en 2012 serán muchos más.

La OCDE dice por primera vez, y sin empachos, que toda la eurozona está en recesión, y ante las difundidas versiones de la posibilidad de una vuelta a las antiguas monedas, sostiene en su informe de ayer que el abandono del euro convertiría la actual recesión en una depresión económica superior a la vivida en la crisis de 1929.

El cálculo menos pesimista es que la vuelta a la peseta implicaría una pérdida del 40 por ciento del valor de la moneda española, que –claro- sería cubierto por los pequeños ahorristas (corralito bancario mediante, al igual que aquella triste experiencia local) y los asalariados que aún tengan trabajo.

Para los técnicos de la OCDE, la media del “paro” español subirá al 23 por ciento de la población el año que viene, y el PBI se acercará al cero absoluto. Con Mariano Rajoy y el Partido Popular en el gobierno, además, el ajuste al gasto público será mayor que el contemplado hasta ahora, y el achicamiento del déficit para cumplir con la reciente reforma constitucional expulsará cientos de empleados públicos.

La combinación de estos factores llevará a un achicamiento del consumo; y remata el informe sosteniendo que también las exportaciones españolas sufrirán un frenazo.

Así que ya saben: otra vez se vienen los gallegos.

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[  Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 29 de noviembre de 2011  ]

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Revolución egipcia, segunda parte (25 11 11)

Revolución egipcia, segunda parte

por Nelson Gustavo Specchia

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Las concentraciones populares que comenzaron a darle forma a la pueblada que terminaría derrocando al “rais” de Egipto, Hosni Mubarak, a principios de este año, estaban alimentadas por un abanico plural de anhelos y reivindicaciones. Las nuevas generaciones, nacidas ya en el entorno global de la sociedad de la información y las comunicaciones, veían que el antiguo régimen, que había logrado perpetuarse por más de medio siglo en base a la fuerza armada y a un cierto discurso nacionalista-socialista panárabe, no soportaba ya las comparaciones –que ahora podían hacerse en tiempo real y sin censura oficial- con las tendencias políticas contemporáneas. Pero a la cairota explanada de Tahrir, junto a estos jóvenes con ímpetus democratizantes, también llegaron los antiguos militantes religiosos, que durante las largas décadas de dominio de los presidentes-generales habían tenido que vivir en la semiclandestinidad. Los Hermanos Musulmanes, en todas sus múltiples y diferentes ramas y variantes, veían ahora la oportunidad para volver a salir a la luz, superando el laicismo obligatorio impuesto por una élite, que en definitiva es minoritaria respecto a las grandes masas de profesión islámica del país profundo.

En enero y febrero de este año no había diferencias entre estos dos grandes colectivos de manifestantes en Tahrir. La gran plaza los acogía a todos por igual, y sólo en los momentos del rezo islámico preceptivo, se abrían claros en la apretada muchedumbre para permitir que algunos, en ordenadas hileras, se postraran con el rostro hacia la Meca, mientras a su alrededor las consignas por el fin del régimen seguían atronando. Habían sido tantos los años de postergaciones y de limitaciones a los más básicos derechos civiles y políticos, que la revuelta social dejaba a un lado la heterogeneidad de su composición, para mostrarse como una masa compacta de rebeldes.

Y lo lograron, cuando a esos colectivos diferentes (y, según vemos hoy, inclusive antagónicos) se les sumó un nuevo y determinante aliado: el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el mariscal Hussein Tantawi. El general se negó a continuar con los planes represivos ordenados por el cada vez más débil y solitario jefe del Poder Ejecutivo, y la revuelta se transformó en revolución. Tras dieciocho días de efervescencia revolucionaria, el “rais” Hosni Mubarak fue trasladado a su residencia veraniega de Sharm el Sheikh, en la península del Sinaí, y entregó el gobierno a su vicepresidente, Omar Suleiman, aunque todos sabían que el poder ya estaba en manos de Tantawi.

En ese momento, mientras en los festejos de Tahrir los sublevados aplaudían a los soldados y a los tanques militares, Tantawi tenía el cerrado apoyo de todos los sectores, laicos e islamistas. Una mínima racionalidad política indicaba que sin su concurso la revolución hubiera fracasado y, peor aún, podría haber terminado ahogada en sangre: por entonces, en Tahrir las concentraciones eran de cientos de miles. Pero superado el primer momento revolucionario, con Mubarak derrocado y preso, y su títere sucesorio también apartado del camino, la compacta masa homogénea de movilizados comenzó a mostrar las costuras. Y la emergencia de esa heterogeneidad interna, que es la que está en la base de los disturbios de estos días, comenzó a evidenciarse a partir de dos señales: a pesar de los reiterados llamados a la desmovilización total, Tahrir nunca terminaba de vaciarse del todo, semana a semana había grupos que permanecían y otros que volvían. La segunda señal fue clara sobre el peso que comenzaba a tener uno de los colectivos integrantes de aquella masa otrora compacta: el día clave de las protestas se estableció en los viernes, día del rezo musulmán. La revolución no había terminado, y la segunda parte se escribiría en clave islámica.

LA TUTELA MILITAR

Sería muy difícil llegar a conocer cuáles fueron las variables que determinaron el cambio de rumbo en la casta militar después de haber decidido el fin del régimen. ¿Fue sólo otro golpe de Estado, ahora con apoyo popular? Desde que el general Gamal Abdel Nasser y el Grupo de Oficiales Libres destronaron al rey Faruk en 1952, el papel del Ejército no hizo sino crecer en todos los órdenes, principalmente en el político y en el económico. La tutela del Ejército quedó instituida, y el progresivo control de resortes empresarios en manos de la alta oficialidad castrense les dio un poder determinante. Inclusive las diferencias sobre los rumbos políticos quedaron limitadas al interior del grupo; por ejemplo, nunca terminó de aclararse el rol del propio Hosni Mubarak en el asesinato de su antecesor en la presidencia, el general Anwar el Sadat, en medio de un desfile militar el 6 de octubre de 1981. Oficialmente el magnicidio fue adjudicado a los fundamentalistas islámicos, pero en marzo de este año, tras el derrocamiento del “rais”, la familia de Sadat ha iniciado una nueva demanda judicial acusando al derrocado mandatario de haber estado detrás del asesinato para que su grupo alcance el poder. Con estos antecedentes, es lícito suponer que todo el sector puede estar presionando a Tantawi para que esos privilegios, tanto los políticos como los económicos, se conserven en las disposiciones constitucionales y legislativas del nuevo régimen.

La segunda suposición ventila el viejo fantasma del integrismo: los militares –y sus antiguos aliados de la izquierda laica- tendrían en sus manos encuestas y sondeos que mostrarían que, a pesar del complejo calendario electoral que debería comenzar el próximo 28 de noviembre y que se extendería por varias semanas hasta enero de 2012, la victoria finalmente sería de los sectores islamistas, por porcentajes avasallantes. Y con ella, quedaría abierta la puerta para el ingreso de los sectores wahabíes del salafismo, esa rama musulmana fundamentalista que añora el restablecimiento del Sultanato de Egipto, aquella mítica formación política que defendió al Islam desde el gran país de África desde mediados del siglo XIII hasta entrado en siglo XIX, y que pretenden reinstalar hoy mediante la aplicación de la “sharia”, la legislación y la estricta observancia de la moral musulmana.

El alto mando que rodea a Tantawi duda entre seguir apoyando la apertura democrática, o habilitar una cuestión intermedia, sui generis, donde una democracia de masas coexista con una tutela supraconstitucional por parte del Ejército, que mantendría además su autonomía presupuestaria fuera del control legislativo (el sector de la economía dominado por el Ejército se calcula en un 25 por ciento del PBI egipcio).

Pero no es seguro que, a estas alturas, los revolucionarios de Tahrir estén dispuestos a conformarse con una salida intermedia. Y no sólo los islamistas: como en febrero, nuevamente la masa de gente que por cientos de miles llenó la plaza de El Cairo era una voz homogénea, pidiendo que los militares se salgan del camino y dejen el poder a los civiles, sin trampas ni medias tintas.

LA FUERZA DE LA PLAZA

La segunda parte de la revolución egipcia se dará, entonces, entre estos dos contendientes: el Ejército y los concentrados en Tahrir. La pregunta es quién logrará mantener el pulso, en esta delicada balanza entre fuerza y paciencia. Después de cuatro días muy violentos, una frágil tregua se ha instalado merced a un acuerdo de cúpula entre los militares y la dirigencia de los Hermanos Musulmanes, que temen que las movilizaciones terminen por aplazar un proceso electoral que ya dan por ganado. Pero en Tahrir y en las calles adyacentes se respira una explosión apenas contenida, dicen los cronistas –algunos de ellos amigos personales- que escriben desde el terreno. La comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y ONG con datos fiables (como Amnistía Internacional) sostienen que el recuento de muertos de la última semana oscila entre 35 y 38, y han condenado la represión de los soldados, que en nada se parece al rol que jugaron en las jornadas de enero.

De este pulso, creo que podremos ver una de tres salidas: un gobierno civil tutelado indirectamente por el Ejército, como fue en su día la república laica que Mustafá Kemal, Ataturk, armó en Turquía sobre las ruinas del Imperio Otomano. Si al pulso lo ganan los Hermanos Musulmanes, en cambio, podría formarse una República Islámica, como la que el ayatollah Khomeini fundó en Irán después de barrer la Persia de los shah, con los militares sujetos al poder teocrático. La tercera posibilidad, la de una democracia plena, constitucional y con equilibrio de poderes, parece por estos días ser la más lejana. Aunque una revolución, en cualquiera de sus partes, es siempre un libro con final abierto.

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[ Columna “Periscopio” –  Suplemento Magazine – Hoy Día Córdoba, viernes 25 de noviembre de 2011 ]
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Rebelde Tahrir (22 11 11)

Rebelde Tahrir

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por Pedro I. de Quesada

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Algo huele a podrido, y no precisamente en la húmeda Dinamarca, sino en las tórridas arenas del desierto egipcio.

La plaza Tahrir, que hace nueve meses le puso su nombre a una de las más esperanzadoras revoluciones de la “primavera árabe”, ha vuelto a llenarse de gente: 50.000 personas reclamando a grito pelado que los militares se alejen del poder y no condicionen el proceso democrático.

Han sido gestos osados, que muchos –quizá 20, 30 o quizás más- pagaron con su vida, y muchos más -700 u 800- con golpes, gases, torturas y heridas.

También han sido gestos confusos: cuando en las revueltas de principios de año el “rais” Hosni Mubarak ordenó aplastar la concentración de Tahrir a sangre y fuego, el hombre fuerte del Ejército, el mariscal Husein Tantaui, se negó a reprimir; lo que significaba mostrarle la puerta de salida a todo el régimen. La gente en la plaza vitoreaba a los soldados, y Tantaui se comprometió a convocar a las elecciones constituyentes, que deberían celebrarse el próximo 28 de noviembre, aunque ahora quién sabe.

¿En qué momento los militares comenzaron a dudar sobre seguir impulsando un proceso democrático? Algunos amigos europeos con mucho conocimiento del terreno (y que escriben desde El Cairo en estos días), me dicen que las alarmas saltaron cuando quedó claro que en las elecciones parlamentarias –las primeras que vivirá Egipto en más de medio siglo- y las generales que les seguirían –supuestamente a fines de 2013- las ganaría abrumadoramente el islamismo político de los Hermanos Musulmanes, incluyendo los sectores wahabíes del salafismo más radical.

Los islamistas ya han adelantado que pretenden establecer un Estado musulmán, regido por la “sharia”. Y como en Turquía (y este es uno de los elementos más difíciles de comprender en Occidente), en Egipto el Ejército es el garante del carácter laico del Estado.

Invocando precisamente esta misión, los hombres fuertes del Ejército vienen ocupando la primera magistratura desde el destronamiento del rey Faruk: fueron generales tanto Gamal Abdel Nasser, como Anwar el Sadat y el recientemente desplazado Mubarak.

¿Ha decidido el general Tantaui seguir esa línea de camaradas de armas para frenar la llegada de los “barbudos” al poder?

Un gobierno islamista en el gran país de África forzaría a un cambio en la relación de fuerzas en la región, especialmente con el vecino Israel y con los más vecinos –pasos fronterizos comunes de por medio- palestinos de Hamas en Gaza. Ante la muestra de fuerza numérica de los islamistas, sectores de la izquierda democrática egipcia se han acercado a los militares, nuevamente vistos como la última barrera para impedir una teocracia fundamentalista.

En todo caso, ¿cómo hacerlo sin derivar hacia un nuevo período dictatorial en plena emergencia democrática?

Los muertos y los heridos de Tahrir tumbaron ayer al gobierno provisional, y Egipto entró en un compás de incertidumbre. Pero con mucho olor a podrido.

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 22 de noviembre de 2011 ]

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Assad, herido y acorralado (18 11 11)

Assad, herido y acorralado

por Nelson Gustavo Specchia

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Uno de los lugares comunes de la literatura de caza mayor, sostiene que pocas cosas encarnan más peligro que una gran bestia herida, a la que se le han bloqueado las vías de escape. En ese momento, un tigre, por ejemplo, se convierte en una perfecta máquina asesina. Es muy difícil en estos días no apelar a ese símil al analizar el callejón sin salida en el que, en un retroceso y en un asilamiento creciente, el régimen sirio de Bachar al Assad se ha ido encerrando.

Y la violencia de la represión gubernamental ya acusa esos golpes a la desesperada. La Unión Europea ha inmovilizado los dineros del clan gobernante colocados en los bancos de sus países miembros, y ha incluido en listas negras a casi todos los personajes relevantes del régimen. Menos explícitamente, pero con el mismo resultado, los países árabes de la región han cerrado las puertas a una posible salida del grupo hacia un exilio dorado. A pesar de que siguen colocando trabas a nuevas sanciones globales o a iniciativas de fuerza con participación multilateral, ni Rusia ni China admitirían tampoco a las principales cabezas del clan de los Al Assad para brindarles guarida. Al callejón del aislamiento sólo le quedan dos débiles ventanucos: Irán y Líbano; pero sería muy difícil que los gobernantes sirios optaran por alguno de estos dos países para establecer una nueva residencia tras el abandono del poder, porque en ninguno de los dos tendrían garantías suficientes de un futuro sin persecuciones. En el vecino del Sur, los largos años de subsidios de Al Assad al Hezbollah le aseguran la fidelidad del partido-milicia, pero el resto del mosaico libanés los odia visceralmente; y su laicismo modernista tampoco cuaja demasiado con la teocracia de los chiítas iraníes. Por lo demás, tanto Mahmmoud Ahmadinejad como los líderes del Hezbollah quedaron atrapados en sus contradicciones respecto de las revoluciones de la “primavera árabe”: apoyaron todos los alzamientos contra las tiranías en el Magreb y en Oriente Medio, mientras éstos se dirigían contra regímenes afines a Occidente (Túnez, Egipto, Marruecos, Bahrein e inclusive Libia), pero decretaron el inmediato fin de su apoyo cuando la “primavera árabe” llegó a las costas del acorralado tigre sirio.

El extremo aislamiento de los Al Assad, y las heridas ya insalvables que los alzamientos populares y la resistencia de la oposición política siria les han asestado, sólo habilitan la consideración de dos escenarios de corto plazo: una negociación que les permite abandonar el poder con las garantías suficientes, o la guerra. Y mientras esta alternativa termina de tomar forma, las calles de Damasco se siguen cubriendo de sangre, cada día más brutalmente.

ENTRE DOS FUEGOS

Como en todos los procesos políticos con resolución violenta, la principal víctima es la población civil; tanto de Damasco, Deráa, Hama, Homs y otras ciudades, como de las áreas rurales consideradas por el régimen como “focos de oposición”. La metodología represiva ordenada por Bachar el Assad, sin prácticamente ningún atenuante ni discriminación, fue horadando inclusive la obediencia al interior de las fuerzas armadas, que desde hace semanas viven un continuo desgranamiento y huída de efectivos, que comenzó cuando los uniformados se negaron a disparar a sangre fría a campesinos que huían de la represión oficial cruzando la frontera con Turquía. Estos soldados y oficiales desertores han sido cooptados por el liderazgo de la oposición política clandestina, y junto con voluntarios civiles, se han organizado en el denominado Ejército Libre de Siria, al que se le calculan ya varios centenares de efectivos y que –como se vivió con los rebeldes de Bengazi en Libia- constituye el germen de la oposición armada al hasta ahora incuestionado monopolio estatal.

Pero esta situación vuelve a dar una nueva vuelta de tuerca sobre la seguridad de la población civil, que ahora no sólo sufre los embates de las fuerzas regulares, sino que se ve aprisionada entre dos fuegos, entre las fuerzas de seguridad oficiales y un ejército rebelde que en las últimas horas se ha armado de valor como para –inclusive- atacar a un cuartel del ejército sirio. La osadía de los rebeldes se acrecentó a partir de esta semana, cuando el lunes ultimaron en una emboscada a 34 militares gubernamentales en Deráa, el mismo día que entre los opositores se contaron más de cincuenta muertes por la represión oficial.

La Liga Árabe, una organización fundada por Siria –y que ha recibido una parte sustancial de su financiamiento de las prebendas de los Al Assad- decidió esta semana también despegarse de uno de sus miembro más conspicuos, y lo hizo alegando la fragilidad de la protección a los civiles y las mentiras de Bachar. El presidente se había comprometido el 2 de noviembre, frente a los embajadores de la Liga Árabe, a retirar las tropas de las ciudades y aflojar la represión. Sin embargo, desde principios de mes la violencia de las fuerzas del Estado no ha hecho sino aumentar, y se calculan más de tres centenares de muertes desde entonces; si así fuese, los muertos desde el inicio de la revuelta siria, hace nueve meses, ya serían cerca de 4.000. La Liga pide ahora que Damasco permita la entrada de una fuerza civil de 500 observadores, miembros de ONG’s de derechos humanos, para proteger a la población civil de los embates entre las fuerzas regulares y el Ejército Libre de Siria.

Pero es difícil que la organización regional, que –además- nunca se ha destacado por su eficiencia, obtenga la autorización del gobierno. La expulsión de Siria de su seno ha enfurecido a Bachar al Assad, que ha mandado a sus acólitos a asaltar las sedes diplomáticas de Marruecos, Qatar, y de los Emiratos Árabes Unidos, y no deberían descartarse otros ataques a las embajadas de más países miembros de la Liga. El clan es consciente de que el apoyo de la Liga Árabe en las Naciones Unidas fue decisivo para la aprobación de la resolución multilateral que habilitó el cierre del espacio aéreo de Libia, y la entrada de la OTAN en apoyo a los rebeldes, que finalmente terminó inclinando la balanza de la guerra contra Muhammar el Khaddafi. Bachar y sus hermanos se deben estar preguntando cuánto tiempo falta para que la Liga Árabe haga lo mismo con ellos.

LA OPCIÓN TURCA

El asalto a las embajadas por parte de los partidarios del régimen, y el ataque al cuartel por parte de los insurgentes del Ejército Libre de Siria, ha llevado al canciller ruso, Seguei Lavrov, a calificar la situación interna como un escenario de “guerra civil”. Esta situación, sumada a las cada vez más sólidas posibilidades de una guerra con participación internacional, vuelve a colocar en el centro de atención la opción de una intervención de buenos oficios del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan.

Turquía ha puesto de manifiesto reiteradamente sus anhelos de liderazgo regional, y desde el estallido de la “primavera árabe” las gestiones del líder del partido islamista moderado AKP han aumentado en su dinamismo. Erdogan ha roto con la ortodoxia inflexible de Benjamín Netanyahu en Israel, después de tantos años de alianza estratégica entre ambos; ha prestado especial atención a la situación de la Franja de Gaza (los barcos solidarios con los palestinos, interceptado por las tropas judías de élite, navegaron con bandera turca); ha estado presente en Túnez, en Egipto, y aterrizó en Trípoli para celebrar la victoria sobre Khaddafi, al mismo tiempo que Nicolas Sarkozy y David Cameron. Ante la posibilidad de que el caos de los acorralados tigres de Al Assad termine siendo aprovechado por el iraní Ahmadinejad –o el rey Abdullah de Arabia Saudita, la otra potencia regional- Erdogan vuelve a mostrar su predisposición de intervenir protagónicamente en una salida negociada a la crisis siria.

Mientras el régimen de Damasco fue una apuesta segura, el gobierno turco no tuvo problemas de hacer negocios con los Al Assad. Luego, cuando comenzaron a estallar las protestas, Erdogan intentó convencer al clan de introducir reformas urgentes. Pero ante su inflexibilidad, esta semana el turco escenificó su ruptura: dijo que ya no podía confiar en Bachar, porque es un mentiroso que pasará a la historia como uno de esos líderes que se alimentan de sangre, y anunció que aplicará sanciones unilaterales, especialmente un embargo de armas y de petróleo.

Si Erdogan lo logra, puede terminar forzando el cambio de postura de Rusia y de China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, aumentando la presión diplomática internacional, y abriendo, al mismo tiempo, una ventana de oportunidad –desde el interior del Islam- para que el tigre herido de los Al Assad pueda escapar. Esa es una alternativa, quizá la última. La otra, es la guerra.

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[Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 18 de noviembre de 2011]

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Campaña de Benetton, provocativo y original llamado a la tolerancia

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¡Addio, pagliaccio! (15 11 11)

¡Addio, pagliaccio!

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por Pedro I. de Quesada

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Silvio Berlusconi, finalmente, ha caído. Después de haber marcado el inicio del siglo XXI para la península italiana con un estilo pomposo, corrupto y de falso Duce de opereta, el primer ministro se quedó sin más ases en la manga.

Sortear adversidades se había convertido en él, en algo parecido a un arte de la impostura, con el cual consiguió mantenerse a flote por diecisiete años. Y de todo el arsenal de medidas, leyes ad hoc, intercambio de prebendas, artilugios legislativos, concesiones a los grupos xenófobos y puestas en escena de estas casi dos décadas en que retuvo los resortes del poder, la deuda más profunda que deja el berlusconismo es la degradación de la política.

El mismo Berlusconi, a quién tanto le gusta ese apodo –también operístico- de “Il Cavaliere”-, instaló la idea, sin ningún disimulo y con todas las letras, de que la política era “poca cosa”, era “salir al campo”; lo real eran los negocios, y la primera magistratura sólo era un instrumento para que esos negocios salgan bien, buenos y veloces.

Coincido con el semiólogo Umberto Eco: Italia tardará largos años en sacudirse del todo las rémoras del berlusconismo, fuertemente instaladas en el trapicheo de cargos por votos, de subsidios por apoyos, de prebendas por silencios o por fallos judiciales favorables.

Y estoy convencido de que esa limpieza pasa precisamente por la recuperación de lo que Berlusconi fue dejando despreciativamente en los márgenes del poder: pasa por la recuperación de la política, como construcción común del bienestar ciudadano. Algo de lo que Italia y el pueblo italiano no solamente tienen experiencia, sino que, además, durante períodos enteros sentaron escuela.

Y frente a esa certeza, la de la necesaria recuperación de la política tras el vacío berlusconiano, se bifurcan dos senderos: Que el presidente Giorgio Napolitano haya saltado a la palestra y se haya hecho cargo de defender la integridad de las instituciones, frente al postrimer intento de Berlusconi de postergar su renuncia hasta febrero o más allá, es una buena señal. Parece poner en evidencia que el vendaval de superficialidad de todos estos años no ha carcomido el fondo de seguridades y garantías del sistema republicano.

Pero el otro sendero es menos halagüeño: Atención, no fueron los excesos los que tiraron a Berlusconi, ni esconderse en la inmunidad parlamentaria para evitar juicios, ni sus orgías sexuales con menores, ni sus abusos de autoridad para beneficiar a prostitutas, ni nada en la larga y vergonzante lista de corruptelas. No, lo que tumbó al más grande de los Pagliacci de Leoncavallo fue su incapacidad para garantizar al neoliberalismo de Europa el ajuste que exige de la tercera economía continental, para seguir profundizando el salvataje del euro por la vía de las restricciones del gasto público.

No deja de alegrarme, claro. Pero, digo, no hay que perder de vista el fondo del asunto, bastante menos alegre.

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[ HOY DIA, pág. 2, martes 15 de noviembre de 2011 ]

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¿Hay riesgo de guerra nuclear en Medio Oriente? (11 11 11)

¿Hay riesgo de guerra nuclear en Medio Oriente?

por Nelson Gustavo Specchia

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La anécdota está en todos los diarios franceses: en la reciente cumbre del G-20 en Cannes, mientras esperaban el inicio de una conferencia conjunta, Nicolas Sarkozy conversaba con su colega Barack Obama sin saber que los micrófonos de los traductores ya se habían abierto. El objeto de la conversación privada entre los líderes era el premier israelí, Benjamín Netanyahu: “Estoy harto de él, no puedo ni verlo, es un mentiroso”, le dice Sarkozy; a lo que el americano contesta: “Si vos estas harto, imagínate yo, que debo tratar con él todos los días”. Los cambios de posición luego de haberse comprometido, los dobles raseros y la ambigüedad de sus promesas son, efectivamente, características que se mencionan hace tiempo del jefe del gobierno de Israel, y generalmente se han adjudicado a los equilibrios que debe hacer entre los sectores ortodoxos que integran su coalición, y las presiones –especialmente de su valedor, los Estados Unidos- para que atempere los impulsos de la derecha judía respecto del tema palestino y de los demás vecinos árabes. Pero, más allá de las censuras morales sobre la utilización de los dobles discursos en el juego político y del hastío y confusión que esas maniobras provocan entre sus pares, hay un conjunto de certezas en la postura del primer ministro israelí que no deja lugar a dudas. Entre éstas, su idea fija con Irán está en los primeros puestos. Desde que ocupara el Ejecutivo israelí por primera vez (entre 1996 y 1999), desde la conducción del Likud en la oposición luego, desde su cartera ministerial en el gabinete de Ariel Sharon, y desde su vuelta a la jefatura del gobierno en 2009, Bibi Netanyahu ha sostenido machaconamente que los planes nucleares de la República Islámica de Irán constituyen el principal riesgo externo del Estado de Israel, y que la única manera de conjurar ese peligro es atacando al régimen de los ayatollahs y destruyendo su camino hacia la bomba atómica.

Las acciones exteriores de la aviación judía contra supuestas plantas nucleares en la región registran antecedentes fuertes, como para no tomar a la ligera los planes de Netanyahu. En 1981, Israel bombardeó el reactor nuclear Osirak, diseñado por ingenieros franceses –quienes proveyeron también el uranio enriquecido que utilizaba- y construido en el centro nuclear Al Tuwaitha, cerca de Bagdad. Y el 6 de septiembre de 2007, Israel lanzó un ataque aéreo sobre Siria, para destruir lo que la inteligencia israelí consideró un reactor nuclear en construcción, que el régimen de los Al Assad habría estado construyendo con asistencia de Corea del Norte.

AMENAZAS NADA VELADAS

La retórica bélica constituye un dato cotidiano, tanto en Tel Aviv como en Teherán. Pero a esa manera ya regular de componer el discurso político, en las últimas semanas se han agregado algunos datos preocupantes, que hacen que aquellas veladas amenazas contra el vecino cobren corporeidad. Primero fue la denuncia de Washington, de que algunos sectores de los “halcones” del gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad –la rama de los Al Quds de los Guardianes de la Revolución- estaban detrás de un confuso y novelesco complot para eliminar en los Estados Unidos al embajador saudita, Adel al Jubeir. Y menos de un mes después del supuesto complot, aparece el nuevo informe del Organismo de las Naciones Unidas para la Energía Atómica (OIEA), hecho público en Viena esta semana, donde se afirma que Irán está a las puertas de conseguir el arma nuclear, con un diseño propio, armado a partir de la compra de información y documentación a una red clandestina de material atómico. Según los técnicos del OIEA, las dimensiones militares del programa nuclear iraní ya son inocultables, desde el momento que, por ejemplo, incluye experimentos con explosivos especiales o el desarrollo de detonadores.

En este contexto, el discurso de Bibi Netanyahu a los altos mandos del Ejército israelí adquiere otra dimensión a la habitual retórica guerrera. En Tel Aviv, el diario Haaretz aseguró que Bibi ya cuenta con el apoyo a sus planes de ataque del cauteloso ministro de Defensa, Ehud Barak, además del siempre dispuesto a la guerra canciller Avigdor Lieberman. Entre los tres intentan convencer a los jefes del Ejército y de los servicios de inteligencia, quienes, según el mismo diario, de momento se opondrían. La reticencia del alto mando de las Fuerzas Armadas judías pasaría por la oposición de los Estados Unidos a apoyar una acción en ese sentido, y la advertencia pública de la OTAN, que ha manifestado que no tiene intención de intervenir en el conflicto.

Pero ninguna de esas posiciones puede considerarse definitiva, y entonces la pregunta que se ha instalado es si Israel –de quien se calcula posee unas 200 cabezas nucleares capaces de instalar en misiles de largo alcance- estaría dispuesto a lanzar un ataque en solitario a la República Islámica de Irán. Si esa pregunta se resuelve afirmativamente, como parece ser el caso, si las anunciadas represalias del régimen teocrático iraní instalarían un escenario de guerra nuclear en Medio Oriente. En ese extremo, de ninguna manera los Estados Unidos podrían permanecer al margen. ¿Estaría dispuesto Barack Obama a liderar una guerra atómica en el corazón del mundo árabe?

SEÑALES INSUFICIENTES

Sin embargo, y a pesar del escenario pesimista, yo considero que no hay elementos suficientes como para concluir que la coyuntura empujará a un nuevo conflicto armado a gran escala, al menos en el corto plazo. Esas señales que, a pesar de su presentación pública, dan espacio a la esperanza del mantenimiento de la paz, pasan por: (1) el peso de los informes multilaterales; (2) la relación de fuerzas entre las potencias; y (3) por la desestabilización global que una acción militar regional acarrearía.

En cuanto a los informes, aunque haya sido tan espectacular y mediático, el texto de la OIEA en realidad no aporta demasiados elementos nuevos, y vuelve a inscribirse en el largo tira y afloje que la agencia de la ONU tiene con Irán desde antes aún de la instalación del régimen de los ayatollahs, cuando el Shah de Persia, Mohammed Reza Pahlevi lanzó en los años ’70 un programa atómico para llegar a la bomba. La OIEA dice ahora, en el tan mentado informe, que Irán “tuvo” un programa de armas nucleares antes de 2003, lo que es obvio, y sólo agrega que “algunas actividades relevantes para la construcción de un dispositivo explosivo nuclear continuaron después de 2003, y alguna podría estar aún en marcha”. Una suposición demasiado vaga como para que constituya “casus belli”.

Respecto de las potencias, el tándem Nicolas Sarkozy-David Cameron ya ha salido a pedir una ampliación de las sanciones contra Irán por la vía del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. El mismo paso que dieron –también a dúo- en relación a Libia, hace apenas unos meses. Pero ahora no será tan lineal: Rusia ya ha advertido que los resultados del informe de la OIEA no aporta datos concluyentes, y China –con el entramado comercial creciente que mantiene con Teherán- es un voto negativo seguro. Ambos gigantes, se recordará, tienen derecho a veto en el Consejo de Seguridad, esa vía está cerrada por el momento.

Y en lo que hace a la desestabilización regional, un ataque como el que Bibi clama contra las instalaciones iraníes no se compararía con las incursiones realizadas contra Irak y Siria en el pasado. Irán está mucho más preparado que Saddam Hussein y que Bachar el Assad, aquí no alcanzará un ataque puntual de la aviación israelí, sino que se requerirá un plan de ataque vasto y prolongado –más de un mes, seguramente- con consecuencias imprevisibles e inmanejables (entre ellas, que Irán saldría legitimado para armarse con la bomba atómica, después de haber sido atacado en su suelo). Y no hay, me parece, posibilidades de que Barack Obama, con la economía estadounidense en recesión y la carrera hacia la reelección presidencial ya comenzada, se implique en una aventura de ese tamaño, cuando a duras penas está logrando cerrar el capítulo de Irak y Afganistán, las dos guerras más largas y más caras de la historia americana.

De momento, considero que no habrá guerra; lo que no quiere decir que la tensión –especialmente la verbal- vaya a disminuir. Pero Bibi, en definitiva, es un mentiroso.

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[ Columna “Periscopio” –  Diario Hoy Día Córdoba – viernes 11 de septiembre de 2011]
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“Dicen que en el reino del revés” (08 11 11)

Del revés

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por Pedro I. de Quesada

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El primer ministro griego, Giorgios Papandreu, ha terminado por sucumbir bajo la montaña de basura de la crisis, y con él uno de los últimos gobiernos socialdemócratas europeos (el de España, otro de esa rara clase en extinción, será barrido por la derecha del Partido Popular en las elecciones del mes que viene).

Decíamos hace un par de semanas, en esta columna de los martes, que la clase dirigente europea estaba desorientada, y la caída de Papandreu viene a mostrar la profundidad de esa desorientación, que varios dirigentes del mundo –la Presidenta argentina entre ellos- volvieron a enrostrar a sus pares del Viejo Continente en la reciente cumbre del G-20.

Porque es una lógica del Reino del Revés, como aquella que cantaba –con una crítica mordaz que no abandonaba la ternura- María Elena Walsh: Un reino donde “un ladrón es vigilante y otro es juez, y donde dos y dos son tres”.

Aquí también: Papandreu se termina yendo porque tuvo la desfachatez de plantear una consulta popular, para preguntar a los griegos sobre el plan de “salvataje” económico diseñado por los tecnócratas de Bruselas y del FMI, que acarrea un sinfín de costos que esa misma ciudadanía debe pagar, tanto con sus impuestos como con la renuncia a los derechos sociales que disfrutaba.

Y más allá de que haya sido un “manotazo de ahogado” de Papandreu, es innegable el principio democrático que sostenía al referéndum.

Sin embargo, la señora Merkel, quién no toma una sola decisión importante sin consultar antes al Bundestag alemán, puso el grito en el cielo; y rápidamente le hizo coro el presidente Nicolas Sarkozy, líder de la República donde se fundó la democracia moderna.

En el reino del revés, los demócratas censuraron una medida democrática, e impulsaron un golpe que tiró abajo a un gobierno: El Banco Central Europeo anunció que si había referéndum no habría crédito, y congeló la partida de 8.000 millones de euros que estaba lista para salir hacia Atenas.

El voluminoso ministro de economía, Evangelos Venizelos, del Pasok como Papandreu, salió a pedir su cabeza. Entonces ahí apareció el ubicuo Antonis Samaras, líder de la derecha de Nueva Democracia, como salvador de la patria.

Y otra vez el reino del revés: porque la crisis griega estalla con las cuentas fraudulentas con que los gobiernos de Nea Dimokratía –por entonces al mando de Kostas Karamanlis- mintieron a Europa sobre el déficit real; cuentas que, precisamente, sincera Papandreu y se propone rectificar.

El que transparentó la mentira cae, y los que dilapidaron y armaron la farsa vuelven al gobierno de Atenas.

Y otro ladrón es juez: esos mismos líderes acaban de nombrar presidente del Banco Central Europeo (BCE) al italiano Mario Draghi. Este banquero era uno de los jefes en Europa de Goldman Sachs en 2002, ese banco norteamericano que le ayudó a Karamanlis a fraguar las cuentas públicas para ocultar el déficit real.

Ah, “nada el pájaro y vuela el pez.”

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 8 de noviembre de 2011 ]
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Túnez, el suave aterrizaje del Islam

Túnez, el suave aterrizaje del Islam

por Nelson Gustavo Specchia

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La pequeña república magrebí de Túnez vuelve a ponerse al frente de los procesos de cambio que vienen moviendo las estructuras políticas del Norte de África y de Oriente Medio, en lo que ya conocemos todos como la “primavera árabe”. En las recientes elecciones, convocadas para conformar una asamblea constituyente que provea al Estado, por primera vez desde su independencia de Francia en 1956, de una Constitución democrática, han vencido claramente las corrientes islamistas. El interrogante que abre este resultado es si con él también Túnez viene a marcar una tendencia en el rumbo de la región.

Porque en Túnez comenzó todo, y no porque la acumulación de corruptelas y equívocos que las dictaduras árabes del Magreb –apoyadas sustantivamente por Occidente- hubieran tenido en este pequeño país de la costa sur del Mediterráneo unas condiciones diferenciales. Quizás solamente la gota que rebalsó el vaso de la paciencia cayó en Túnez, y una vez que el derrame se inició ya fue imparable. Esa gota, dolorosa, fue la radical protesta del joven ingeniero informático –y eventual vendedor callejero de frutas- Mohammed Bouazizi, que el 17 de diciembre del año pasado, ante la brutalidad policial que había destrozado el carrito con que intentaba ganarse la vida después de haberlo intentado todo, en un mercado laboral cerrado a cal y canto y en una sociedad sin horizontes de cambio ninguno, se prendió fuego. Su rebeldía desesperada rebalsó los diques que contenían tantas situaciones similares, en el entorno de un sistema político feudalizado, donde a la “dictadura blanda” de los treinta años de Habib Bourguiba, le había sucedido la dictadura más extrema, familiar y cleptocrática de Zine el Abidine ben Ali y su mujer, Leila Trabelsi.

Las masas tomando las calles, románticamente designaron “revolución de los jazmines” a sus protestas, pero la fuerza real que manifestaban empujó a Ben Ali a subirse a un avión (su esposa Leila lo llenó, previsoramente, de una tonelada y media de oro) y partir hacia el exilio en Arabia Saudita. Entonces comenzó el contagio: Egipto, Yemen, Bahrein, los rebeldes de Libia, los opositores monárquicos de Marruecos. Túnez había marcado el comienzo, y nadie está seguro de marcar todavía el final.

EL FANTASMA RELIGIOSO

En el discurso de auto justificación de los dictadores que la “primavera árabe” está barriendo, siempre ocupó un lugar importante el considerarse a sí mismos como la última barrera frente al fundamentalismo islámico. Había corrupción, apenas unos barnices de democracia y violaciones a los derechos humanos en sus regímenes, pero todo eso era un precio módico que había que pagar para impedir el mayor de todos los males: que los partidos religiosos llegasen al poder, y con ellos la imposición de la “sharia” (la regulación de las conductas sociales mediante los preceptos coránicos) hacia el interior de las sociedades, y la más que probable enemistad con los países occidentales (con la consecuente suspensión de las exportaciones de hidrocarburos hacia ellos) como principal consecuencia externa.

El argumento de “freno del islamismo radical” comenzó a debilitarse hace ya tiempo, a medida que se conocían detalles sobre el complejo entramado de agrupaciones en que se dividía el Islam político, que el simplismo intencionado de las dictaduras había intentado meter en la misma bolsa. Y también con el resultado de algunas experiencias de partidos islámicos no radicales en el poder, principalmente con el AKP de Recep Tayyip Erdogan y Abdullah Gull en Turquía.

Ahora, en ese universo aparece el islamismo moderado del tunecino En Nahda (El Renacimiento), y arrasa en las elecciones a la convención constituyente, en lo que puede ser una nueva señal del rumbo de los sistemas políticos saneados tras las revueltas de la “primavera árabe”.

CLAVES DE UN RENACIMIENTO

Bajo el régimen de Ben Ali, y como parte de aquel discurso de auto justificación al que acabo de aludir, todo lo que oliese a islamismo estaba proscripto y prohibido. Los principales dirigentes de esos sectores, por lo tanto, llevaban décadas en el exilio, y no había ninguna estructura –no sólo ningún partido político, tampoco ninguna organización no gubernamental- sobre la cual apoyarse para plantear una alternativa. O sea que el nombre del partido tunecino hace referencia concreta a un volver a nacer, a un surgimiento desde la nada, tras casi sesenta años de laicismo obligatorio. Sin embargo, en apenas nueve meses, el movimiento En Nahda ha conseguido estructurar un nuevo discurso, que combina dosis de tradicionalismo con otras de modernidad, y lo ha articulado en una clave de mesura –sin convocatorias a revanchismos ni venganzas- que ha dado en la tecla y empujado a un apoyo social mayoritario.

En las elecciones a la constituyente del pasado 23 de octubre, En Nahda se alzó con el 41,47 por ciento de los votos totales, prácticamente la mitad del padrón, y a casi un 30 por ciento de distancia de la segunda fuerza, el partido Congreso para la República, de centro izquierda. Así, en la futura Asamblea Constituyente, que tendrá 217 escaños, los islamistas de En Nahda ocuparán 90 lugares; el Congreso para la República tendrá 30 asientos; y Ettakatol, la tercera fuerza más votada, 21 escaños.

Y aquí parece haber otro elemento que da una pauta del nuevo comportamiento del electorado: además de la sorpresa de la clara mayoría de En Nahda, las principales fuerzas de oposición son partidos que no hicieron campaña contra el islamismo. En cambio, la oposición tradicional, que sigue repitiendo el viejo argumento de que no hay islamismo moderado posible, y que hay que parar a los religiosos de cualquier manera, porque detrás de ellos vendrán los barbudos a lo talibán y la imposición de la “sharia”, fueron censurados por el voto popular. Las dos principales agrupaciones del frentismo anti islamista, el Partido Democrático Progresista (17 escaños), y el Polo Democrático (5 escaños), han sufrido un castigo en las urnas.

Además de la contundente victoria en las opciones políticas generales –esto es, sobre el rumbo y las formas que debería adoptar el Estado a partir de ahora- los islamistas de En Nahda han demostrado su inserción en todos los estratos sociales, y su llegada a los diferentes agregados geográficos, lo que también termina con el preconcepto de que las ciudades –donde se concentran los sectores más educados de la población- eran laicistas, y que la adhesión a opciones políticas vinculadas a la religión estaba relegada a las zonas rurales, más pobres, tradicionalistas y conservadoras. En Nahda, por el contrario, fue el partido más votado en todas las circunscripciones electorales, incluyendo algunas de la ciudad de Túnez, la cosmopolita capital, que se consideraba el terreno político de la oposición socialdemócrata laica.

Que un partido que proclama claramente su adscripción islámica haya sido la opción elegida por los sectores progresistas, en detrimento de las fuerzas usuales de la centro izquierda, tiene mucho que ver con las maneras en que En Nahda articuló su discurso, en el espacio de poco más de medio año. El hecho de que haya aceptado sin restricciones la imposición de paridad de género en las listas electorales, las referencias permanentes al “modelo turco”; las posturas conciliadoras con los sectores que estuvieron más cerca del régimen de Ben Ali; la seguridad de que el modelo de desarrollo y de que la economía de mercado no serán cuestionados; y una manifiesta relación de cooperación con Occidente; han terminado por alejar el fantasma de los barbudos a lo talibán, y de convencer a la mayoría de tunecinos que la coexistencia entre régimen democrático y republicano moderno, con preceptos religiosos y usos y costumbres que hacen a su identidad, es factible.

Las elecciones de fines de octubre cierran la “revolución de los jazmines”, y abren una nueva etapa, la de transición hacia un sistema democrático en el marco de un Estado de derecho. Si los islamistas moderados tunecinos consiguen conducir ese tránsito, estaremos ante un fenómeno realmente novedoso de la política internacional, y ante todo un nuevo escenario de posibilidades para Medio Oriente y el Magreb.

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[Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 4 de noviembre de 2011]

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Presentación de “Tierra y Libertad”, fundación Hillel (02 11 11)

Fundación Hillel Córdoba
La Metro, miércoles 2 de noviembre de 2011

Presentación de “Tierra y Libertad”,

de Ken Loach

por Nelson G. Specchia

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Buenas tardes.

Es un placer estar con ustedes aquí esta noche, disfrutando de buen cine, y seguramente de un buen diálogo, en esta iniciativa de la Fundación Hillel de Córdoba, este ciclo de películas que, además del placer estético, nos despiertan interrogantes sobre las condiciones de convivencia con los demás; este ciclo que sus organizadores han denominado muy ajustadamente “El exterminio del otro”, y aprovecho para agradecer la deferencia de Luciano Griboff al invitarme a sumarme a esta actividad.

Muy ajustadamente, digo, porque precisamente de eso se trata, ese es el contexto del tema en general, y a través de un relato que es al mismo tiempo social y heroico, sentimental y moral, intimista y comunitario, también el tema de la película que acabamos de ver: anular al otro, y con él, al radical cuestionamiento que ese “otro” me impone a mí mismo, ante la negativa de la comprensión y del entendimiento. Una negativa, además, que ciertamente tiene elementos externos que la apoyan, pero que básicamente parte de una decisión subjetiva, interna: la decisión de no entender al otro, de no aceptar su diferencia y de no hacer el intento de convivir con ella es, precisamente, eso, una decisión.

Por eso al buscar, al indagar las causas de esos desencuentros extremos que terminan disparando el exterminio del otro, no hay que perder de vista este elemento, esta carga de subjetividad, de voluntad, de decisión personal, grupal, comunitaria –social, en definitiva- que está en el origen de la acumulación de condiciones que van a terminar desencadenando las tragedias del exterminio. No hay que perderlas de vista, digo, porque al ser subjetivas, productos de la voluntad, se puede trabajar sobre ellas, para cambiarlas, para modificar ese rumbo que, de ninguna manera, es inexorable.

La convivencia y la tolerancia son productos de la cultura, son conquistas de la cultura. Su sostenimiento y manutención, también. Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo de achacarle su pérdida, cuando ocurre, solamente a condicionamientos externos, imposibles de controlar mediante la acción volitiva, tanto personal como del colectivo social. No: si se disminuyen, o inclusive se llegan a perder, esos niveles de convivencia y de tolerancia de las diferentes “otredades” que integran un agregado social en un tiempo y en un espacio determinado, la mayor responsabilidad no será de imposiciones forzadas desde fuera del colectivo social, sino a rigideces e incapacidades de la propia cultura, de la propia utilización de las herramientas, de los usos y costumbres de ese colectivo que todos integramos, para haber sostenido y defendido la legítima existencia del “otro”, con su radical carga de cuestionamientos a nuestra segura, cómoda y tranquila identidad.

Por esos solapamientos de la historia, esa partida de dados que a veces se juega en el tablero en el que vivimos, hoy los diarios traen la noticia del fallecimiento –ayer- de Fanny Jabcovsky, a sus jóvenes cien años. Fanny era cordobesa, había nacido en nuestra ciudad en febrero de 1911. De joven, dicen, era una belleza de mujer, inclusive seguía siendo una belleza arrugada y chiquita cuando ya soportaba un siglo sobre sus hombros. Fanny adoptó el apellido de su marido, Edelman, y con apenas 20 años se fue a España, a luchar por la República, en las Brigadas Internacionales contra el golpe de Estado encabezado por el general Francisco Franco, que había conducido a la Guerra Civil. Así que podemos ponerle su cara a uno de esos personajes ficticios que acabamos de ver en la película “Tierra y liberad” hace algunos minutos. Fanny fue una de esas jóvenes, bellas y llenas de vida, que lo dejaron todo y se cruzaron medio mundo para ir a jugarse la vida (y, en muchísimos casos, a perderla) en los páramos españoles, por un ideal político, por un ideal social, y por un ideal personal.

Esos ideales, como lo atestigua el arte (la poesía, las canciones republicanas, las decenas y decenas de novelas sobre esos trágicos años, o el cine, como la cinta de Ken Loach que acabamos de ver) estaban llenos de conceptos como igualdad, justicia, verdad, legalidad, lucha contra la opresión, oposición al fascismo, oposición a la concentración económica en pocas manos, fraternidad entre los hombres, comunitarismo, integración, respeto, horizontalidad… una larga, generosa y profunda lista de intenciones que, en su conjunto, prácticamente parecen reflejar la cara más amable del género humano. Lo mejor de lo que somos, o de lo que podríamos llega a ser.

Pero, paradojas de paradojas, esa gentil proposición de justicia y de verdad, se expresaba con un fusil en la mano, se expresaba matando. O sea, se articulaba exterminando al otro, no integrándolo.

Y aquí, a mi criterio, se encuentra uno de los hallazgos de la cinta de Loach. Porque utiliza, para mostrar esta paradoja, no el lugar más habitual y recurrido del enfrentamiento entre la resistencia –popular y anárquica- de los simpatizantes republicanos con las fuerzas –ordenadas y disciplinadas- del golpismo franquista, sino que se interna en un terreno mucho más pedregoso y antipático. Pero que por eso mismo también es más provocador para invitarnos a reflexionar sobre la voluntad de entendimiento y de aceptación del “otro”, como radical cuestionamiento de nosotros mismos. Ken Loach se mete con las intolerancias al interior de uno de los bandos. Del bando “bueno”, por lo demás. Y eso provoca una picazón tremenda, porque era el bando que esgrimía –y que encontraba su justificación- en aquella generosa y profunda lista de hermosas intenciones.

La Guerra Civil española debe ser uno de los acontecimientos bélicos, políticos y sociales más relevados y novelados de la historia contemporánea. Prácticamente no hay escritor peninsular (o, inclusive, entre los descendientes de aquella generación fuera de España) que no se vea impelido, en algún momento de su carrera, a escribir una página donde la Guerra Civil no se roce, aunque sea tangencialmente. Yo mismo lo he hecho en alguno de mis libros. Y cuando estuve viviendo allá, y tomé conciencia de este fenómeno, hice una pequeña investigación personal (nada rigurosa metodológicamente, por cierto, pero ilustrativa): intenté encontrar a alguien que no se viera a sí mismo ligado, de alguna manera, con la Guerra Civil. Y no lo encontré. Todos, independiente de su generación, condición social, procedencia geográfica, etcétera, pueden hacer alguna ligazón (directa, o familiar, o de amigos, o de conocidos cercanos) con algún evento relacionado con la Guerra Civil y con su consecuencia más rotunda: los cuarenta años de dictadura franquista, que se extendió hasta la muerte del generalísimo, en 1975.

En otra película (“Solos en la madrugada”, de José Luis Garci, de 1978), el personaje de locutor radiofónico que encarna José Sacristán se propone, y le propone a su audiencia, superar los debates que empantanaban en ese momento la Transición, y embarcarse de lleno en un nuevo proyecto de sociedad, en la España del futuro, porque, decía “no podemos perdernos los próximos 40 años hablando de los últimos 40 años”. Sin embargo, se equivocaba, o al menos su personaje era demasiado optimista. Porque la Guerra Civil ha sido tan tremenda, y su continuación en la Dictadura ha marcado tan en profundidad la cultura, que los españoles siguen hasta el día de hoy discutiendo y hablando de aquellos cuarenta años en que el “exterminio del otro” se hizo realidad, a pesar de los 36 años que lleva muerto Franco.

Pero es que todos los días aparece una nueva fosa común, llena de huesos de hombres, mujeres, sacerdotes, niños; cadáveres arrojados en pozos; nuevas controversias sobre la ubicación de los restos del poeta Federico García Lorca; discusiones sobre qué hacer con el faraónico mausoleo que el dictador se construyó como tumba, el Valle de los Caídos, levantado con trabajo esclavo de republicanos represaliados por el régimen. Políticamente, ni siquiera han podido terminar de consensuar un proyecto unificado de Ley de Memoria Histórica. Temas y temas de una agenda que se niega a clausurar un dolor cultural y general, porque ni un sólo español puede desentender de una relación personal –directa o indirecta, más cercana o más lejana- con el relato de aquel proyecto de exterminio.

Termino recuperando aquella idea inicial: el exterminio del otro, la negación de la radical “otredad” que su presencia simultánea a la nuestra nos impone, no es un fact, no es un designio histórico predestinado, sino un rumbo que es posible torcer. La cultura de la paz es una construcción inter-generacional, y trans-generacional. Una construcción de pasos cortos, de sumatoria de acciones pequeñas, acotadas pero permanentes, que faciliten y mantengan lubricados los canales de diálogo. De todos los diálogos.

Como esta ocasión, de reunirnos esta noche a hablar de una película.

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Muchas gracias.