Archivo mensual: agosto 2008

De azares y esquinas

 

 

 

 

 

 

De azares y esquinas

                   

            para Adolfina Mondín, tiempo después

 

 

 

 

No existe el azar:

existe una araña renga cosiendo

hexágonos de encuentros cimarrones.

 

Las casualidades son excusas

en que hacemos descansar -mediocres-

nuestras pobres libertades.

 

No existe el olvido:

nos detenemos -moscas distraídas-

por tiempos desleales en los hilos

de cristal de la saliva.

 

No hay errores del destino:

la quinta pata no es del gato,

es la araña que está coja y algún hexágono,

-ciertas noches de verano-

se remienda en unos ángulos

deliciosamente irregulares.

 

Disfrazamos nuestras búsquedas

con el salto de cama de las coincidencias,

sembramos las huellas de los zapatos

de miguitas de pan con expreso destinatario,

y fingimos sorprendernos

cuando esos pasos nos alcanzan.

 

No hay caminos circulares

ni rutas de una sola dirección

ni autopistas sin retorno en la próxima salida.

 

No hay curriculums vitae en forma de espirales:

los años nos tienden puentes,

nos convocan cruces de avenidas,

nos hundimos en túneles,

abrimos picadas en el monte de los olivos,

 

pero siempre, en la quinta pata del hexágono,

a la vuelta del grave ángulo de la esquina,

nos topa

la inesperada flecha de unos ojos

la inocente mano tanteando las paredes

la sombra pacífica de la espera

la ladera empinada del reencuentro

la estación del próximo tren

y -en una de tantas-

la mesa servida del descanso.

 

 

  

 

 

 

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Caminando el mundo calzado con medias prestadas

 

CAMINANDO EL MUNDO CALZADO CON MEDIAS PRESTADAS

 

 

 

 

¿Es más líquido, acaso, el océano calmo

de tu lado de la cama,

(ancho, vacío, crepuscular)

que esos paños de pared vaciados

de las fotos que quitaste?

 

La mustia bata de baño,

seca de sudores y vapores, resigna

su postura caída

sin aguardar la emergencia de tu piel caliente

de la nube de moléculas de plata suspendida.

 

Quizá sea mayor la melancolía

sin palabras del lenguaje animal, recostado

contra el vaho de la puerta de entrada,

alerta al ruído de tus llaves,

desaparecidas de sus días planos.

 

Los libros de Evita han dejado

de perfumar las mesillas de noche, y con ellos

Madonna y su rodete oxigenado

no aparece semanalmente en el balcón

del TV más revolucionario de nuestra calle.

 

¿Y ese marquito de oferta de plata falsa

(repujado en China y a la rápida,

adquirido junto a jabones y velas en una esquina de España)

qué hace conteniendo aún dos sonrisas de trasnoche,

imágen de carnet a dúo

de otra esquina de España?

 

Te has dejado olvidadas en un rincón del cuarto

un gastado par de medias de algodón grueso,

me las pongo y las quito varias veces al día,

caminando la superficie del mundo

con tus trancos largos.

 

¿Cómo aprenderé el olvido, si el verde agua

de tus pupilas de viridiana

enmohece los espejos,

recubre las grietas, los pañuelos, el fondo de los vasos,

y tapiza, obstinado, con un velo de lágrimas mi propia mirada?

 

 

 

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Publius Aelius Adriano, por MY

 

“Algunos hombres habían recorrido la tierra antes que yo: Pitágoras, Platón, una docena de sabios y no pocos aventureros. Por primera vez el viajero era al mismo tiempo el amo, capaz de ver, reformar y crear al mismo tiempo. Allí estaba mi oportunidad, y me daba cuenta de que tal vez pasarían siglos antes que volviera a producirse el feliz acorde de una función, un temperamento y un mundo. Y entonces me di cuenta de la ventaja que significa ser un hombre nuevo y un hombre solo, apenas casado, sin hijos, casi sin antepasados, un Ulises cuya Itaca es sólo interior. Debo hacer aquí una confesión que no he hecho a nadie: jamás tuve la sensación de pertenecer por completo a algún lugar, ni siquiera a mi Atenas bienamada, ni siquiera a Roma. Extranjero en todas partes, en ninguna me sentía especialmente aislado.”

[ Marguerite Yourcenar ]  

 

 

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Incendios forestales (y otros poemas) (1998)

 

Incendios forestales

y otros poemas

(Buenos Aires, Ediciones del Caminante, 1998)

 

 

01.

Quiero decir de esa nada tan temida

 

 

Quiero decir de esa nada tan temida

de esa noche frenada de oídos por rincones abiertos

en un alarido burlar la mansa palabra

con aquella risa de antorcha

hasta que pueda

enajenar el canto recuperarlo en un giro

sin mochila ni lastres echarlo a correr

 

y llamar a aquellos que estarán conmigo

atentos y cercanos

desobedientes a ese luto cobarde de falsa comparsa

que dejarán rozar mi piel de pétalo marchito

por las arterias de sus palmas

serán quienes en última instancia

reirán sin mí cuando mi risa no pueda

se acodarán en la pupila yerta

celebrando esa victoria menor de habernos parado

a gastar el tiempo de todas las esquinas

 

quiero de la muerte decir en voz alta

su frustrado tránsito de sol apagado

y ocupar con garganta mayúscula

aquellos espacios insinuados a su espalda.

 

 

02.

 

Mi casa ha quedado lejos

 

 

Mi casa ha quedado lejos.

Los recovecos de la humedad, las grietas en la pintura.

Lejos.

 

Se fue desplazando precisa, en línea recta y a la luz del día.

Todos festejaron los pasos del inicio

sus avances permanentes,

esa gracia particular en ir sobornando lo árido del suelo.

Pasó pendientes y pasó barrancas, y cada invierno estuvo más lejos

la puerta de hierro de la salamandra.

Y el palto estiró los primeros años las ramas

(comí de ese palto estando en la Cordillera,

más tarde en la Malasia)

pero después -ya en los tiempos de Trafalgar Square-

hasta el palto aceptó que la huerta, naturalmente, también se desplazara.

 

En el rincón de los libros y en el chiffonier de los zapatos

fueron abriéndose claros a cada paso

por préstamos olvidados o por aumentar la talla;

(otras pérdidas seguras,

como la vajilla de loza o el satén de las frazadas

no son aplicables al aumento de la distancia)

sí, por cierto, la soledad de la Nana

que vive el trayecto aferrada para siempre a las ventanas,

o el desquicio de las hormigas,

o el vacío de las salas,

o el silencio de ollas en la cocina,

o el frío viejo inseparable de las camas.

 

Cada tanto la persigo,

voy en pos de esos alféizares con malvones rojos,

de los edredones,

de la mesa para veinticuatro,

de la galería soleada;

 

pero siempre, irremediablemente

algo me distrae en una esquina impensada

me detiene en mitad del regreso

mientras mi casa sigue camino, sin extrañarme,

viajando hacia la nada.

 

 

03.

 

El Soñador (Pantaleón y las máscaras)

 

 

                        Congregó los ardientes documentos de su memoria

                        para fraguar su sueño.

                                                                                  Borges

 

 

Lo ví partir sin máscara, a cara limpia

caminando en una lenta madrugada.

 

Sabía de antemano los malabares:

cada estoque,

cada palabra.

 

En este mismo sitio y bajo esta lámpara

dejó decir las noches

(sentía los días de arena como murallas).

 

Frente a la clara carpeta de lino

sentado en la mesa amplia

intuyo que revisó -los brazos en jarra-

cada abrazo ciego,

cada mano entornada.

 

Estuve en ese sueño calmo y desesperado,

(escenario de artificio creado bajo la lámpara).

 

De paciencia o de tedio

la espera,

prefiero imaginar una causa:

sentado en la mesa amplia

recorrer de nuevo cada palmo

del silencio escuchar cada centímetro

deletreando el finito número de las gargantas.

 

Hasta que rehizo el conjunto de la esfera trizada

 

Y sólo entonces partió,

archivando hasta nunca las máscaras.

 

 

04.

 

Incendios Forestales  

 

 

Los modos en que te enciendes en mí a cada tanto:

 

en el ombligo remoto

en el talón descascarado

en la mata rala del hueco bajo el brazo

en la pupila móvil del sueño

en el lóbulo la rótula la tetilla izquierda

en el humo claro del cigarro

te desvaneces en diciembre con un viento manso

y la laguna de la saliva se aquieta después de hartarse

en la espuma de evocar tu canto

y desapareces con el morral de hilos de luz

se borran de cada célula

el grueso aliento de las mañanas

la estera al borde de tus piernas

el aleteo de pájaro del pelo

 

es mentira la amenaza del frío circular y repitente

en la fragua

volverás con una chispa

 

hoy pensaba en eso:

un calor aislado estuvo tomando forma en el vello superfluo.

 

 

05.

 

Colofón

 

Y hasta aquí.

 

¿y a qué más?

a desdecirse de cuanto hemos hasta aquí callado

a abrir de escalofríos sin culpas

las borrachas moradas de la mentira

y las compuertas de sol liso en el deseo.

Desbarrancar una a una las osamentas,

buscar el lugar, buscar la agonía si es preciso.

Y la Gracia. A pie firme

buscar.

 

Y hasta aquí,

hasta el silencio.

 

¿y a qué más?

intentar este tránsito,

probar en agosto las alacenas cargadas de aliento,

mi tráfico peatonal de tinta verde,

la súbita ronda de cuatro contornos

y esta manía casi voraz de andar recogiendo fragmentos sagrados.

 

Y hasta aquí.

 

Todo lo demás será razón del delirio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las uñas de Vladimir (29 08 08)

Publicado en La Voz del Interior, Internacionales, pág. A-12, Córdoba, 29 de agosto de 2008

http://www2.lavoz.com.ar/08/08/29/secciones/internacionales/nota.asp?nota_id=235336

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LAS UÑAS DE VLADIMIR

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Por Nelson G. Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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No corren buenos tiempos para los optimistas del nuevo orden internacional y de la aldea global. Los peores pronósticos, luego del aventurero intento del presidente georgiano Mijaíl Saakashvili de someter por la fuerza a los rebeldes osetios, se vienen cumpliendo con rigurosa puntualidad. Y ello ante el asombro pasmado de quienes predecían para estos tiempos una larga “pax americana”, una estabilidad global con altos flujos de comercio y baja intensidad conflictiva bajo la tutela de los EE.UU.

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Desde estas mismas páginas advertimos hace pocos días que la reacción rusa ante el ataque georgiano, teniendo tan fresco además el antecedente del reconocimiento de Kosovo por parte de norteamericanos y europeos en febrero pasado, no se limitaría al restablecimiento del statu quo en la región separatista, sino que podría avanzar hacia la creación de nuevas entidades políticas en el Cáucaso. A pesar de la escenificación de la firma de los acuerdos de paz que le llevaba el presidente francés –y de turno de la Unión Europea- Nicolás Sarkozy, el líder ruso Vladimir Putin ha decidido mostrar las uñas. Manteniendo aún sus tropas en Georgia, y en un gesto que va dirigido a múltiples frentes (principalmente a los EE.UU., pero también a los pequeños países de su periferia, a sus aliados musulmanes de Asia central, a sus ex satélites de Europa oriental y hoy tan pro-occidentales, a la OTAN, a la UE y –no en última instancia- a la emergente China) ha concluido la respuesta militar con una audaz muestra política de su intenciones –y de su poder real- reconociendo unilateralmente como nuevos estados a Osetia del Sur y Abjasia.

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En un juego irónico de palabras, el “delfín” de Putin, Dimitri Medvédev ha usado las mismas expresiones de los líderes occidentales en oportunidad del reconocimiento de Kosovo para justificar la decisión rusa, e invitar a los demás miembros de la comunidad internacional a seguir la misma vía. Desde su residencia de verano de Sochi, el presidente de la Federación Rusa, afirma que el reconocimiento de estos dos nuevos estados no implica un precedente para casos similares, pero inmediatamente agrega: “Nos decían que Kosovo era un caso especial, pero todos los casos lo son: Kosovo, Osetia del sur, Abjasia…” Dicho más directamente, el principio de integridad territorial –uno de los elementos fundamentales en que se basa el estado moderno- acaba de ser puesto en cuestión, y será una realidad presente en las negociaciones y en las crisis internacionales a partir de ahora. De estos antecedentes no hay retorno.

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Pero, además, hay dos elementos adicionales que no deben escapar al análisis, uno de índole interna regional, y otro externo, que hace a la estabilidad y previsibilidad global de las relaciones internacionales.

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Respecto del primero, las reivindicaciones nacionalistas en el Cáucaso y en Asia central son numerosas y cada una esgrime un abanico diverso de razones, pero que confluyen en una aspiración compartida: la independencia. El Transdniéster, en Moldavia, y el Alto Karabaj –enclave armenio en el medio de Azerbaiján- son los dos principales conflictos que permanecen congelados y con sectores internos enfrentados, unos recibiendo el apoyo de Occidente, otros aliados a Moscú. La independencia de Osetia del Sur y Abjasia puede tener en estos dos enclaves su réplica más cercana, con lo que la balcanización sobre bases étnicas en el Cáucaso se vería profundizada.

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Y en lo que hace a la estabilidad global, el zarpazo de Rusia muestra sus intenciones de recuperar protagonismo geopolítico, y deja claro que en su área de influencia no admitirá riesgos a su seguridad interna.

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La independencia de Abjasia –y su muy probable incorporación a la Federación Rusa en un plazo cercano- le otorga a la estrategia internacional de Vladimir Putin un territorio costero de alta importancia estratégica. Hoy la flota rusa se estaciona en Sebastopol, en Crimea, pagando a Ucrania un alquiler anual de unos cien millones de dólares por el uso de los puertos, y teniendo que soportar los vaivenes de la política ucraniana. El litoral abjasio le otorgaría una extensa línea costera bajo su control total, desde donde patrullar el mar Negro.

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Frente a las uñas afiladas de Vladimir Putin, Occidente no encuentra la manera de recuperar la iniciativa. EE.UU. se ha limitado a decir que Rusia debería rever su decisión, la OTAN no ha podido hacer otra cosa que suspender la colaboración con el ejército ruso, y los líderes europeos han llamado a una reunión de urgencia del Consejo de jefes de Estado y de gobierno de la UE, en Bruselas, para el próximo lunes 1 de septiembre, para ver qué hacen.

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Todos dicen que no hay que volver a los escenarios de guerra fría, pero nadie deja de caminar en esa dirección.

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Cuaderno de bitácora / Manavella´s números de páginas

London, según Lemprière

“Esta noche Londres es una avanzadilla de la máquina-europa: un lugar donde La Rochelle es posible otra vez. Los preludios a su final yacen enterrados: Troya, Cartago, la primera y la segunda Roma. Sus ecos buscan ahora superficies de resonancia, lugares aptos para representar el antiguo drama: el sitio de Belgrado, tal vez, o las enmarañadas catacumbas de Paris, o Constantinopla, o incluso Viena, donde la indecisión del emperador José pende aún sobre la ciudad. O Londres. Esta noche Londres es el lugar elegido, y una versión imperfecta de la vieja historia se ha puesto ya en marcha, bombeando ecos y correspondencias a través de todos los portillos y cincuitos. Están trabajando a tope. El motor de Europa zumba y no para de dar vueltas, entra y sale de todos sus posibles estados a medida que la vieja ciudad lo alimenta de datos congruentes, lejos del tranquilo centro del anticiclón y pasando a la nueva matríz metropolitana.”

[ Lawrence Norfolk, El diccionario de Lempriere ]

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de la Gaby, tu peor amiga (15 Apr 1999)

 

 

 

Querido:

No sé qué extraños pensamientos me llevaron hoy a tenerte todo el tiempo rondando en mi cabeza. Transcurrió mi jornada con nostalgia y al final decidí escribirte. ¿Qué estarás haciendo? Mi amiga Andrea andará en este momento por tus pagos…

Se llevaron todo y me dejaron
un casette de sevillanas en la mano
se llevaron todo y me dejaron
huellas difusas, rostros oscuros, palabras cálidas
un adión
y una presencia
absoluta
y para siempre
que no se borra, ni se va
ni se diluye, ni se extingue una presencia
que se hizo de momentos,
difíciles momentos
en que estuvo tu voz
tus manos
y tus ojos, también estuvieron.

 

Un millón de gracias.

 

Siempre te quiere

tu peor amiga

La Gabyota

 

 

 

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Joaquín, el necio

Joaquín, el necio

(para Graciela Giraudo)

 

 

 

Desde que escuché por primera vez la historia de Joaquín, el necio, me lo imaginé viviendo en algún lugar del sur de España, entre Extremadura y Murcia (como quien dice: en algún pueblo entre Almendralejo y Mojácar), por lo que su peligrosidad potencial de hombre obtuso con navaja en mano me pareció remota. Muy por el contrario, me lo encontré el jueves pasado en Alta Córdoba, a dos pasos de mi casa. El temor a su conducta irracional y a la voracidad castradora de su navaja, han vuelto a poner en alerta mis sentidos.

 

El jueves había sido un día duro en la librería, habían vuelto los inspectores municipales –tercera vez en dos semanas- con nuevas planillas y exigencias: ya pasamos por las habilitaciones, salidas de emergencia, accesos para discapacitados, planos de cuanta cosa exista por fuera o por dentro de las paredes, matafuegos, libre-deudas… Julio Torres suele contar que el establecimiento de una empresa en los Estados Unidos toma unos minutos: diez dólares y una llamada telefónica. Nosotros llevamos nueve meses de trámites e inspecciones para abrir una librería en el centro de Córdoba. Un niño gestado cuando hicimos el primer trámite en la AFIP, ya hubiera nacido; tengo la esperanza de que las inspecciones de control terminen antes de que aquel hipotético niño tuviese edad de andar, o de atarse los cordones, por decir algo.

 

La inspección del jueves nos exigió tratamiento ignífugo a las alfombras del local: un líquido pestilente que tuvimos que rociar en el suelo, con el presunto objetivo de prever que –en el caso que la librería ardiese, y las estanterías repletas de libros hasta el techo se entregasen al fuego- las alfombras no colaborarían con las llamas. Le mencioné a mi socio, una vez más, si no sería tiempo ya de abonar la religiosa coima a los servidores públicos, única manera de reconvertir esas espadas de Damocles con formularios y letra chica de ordenanzas, en visitas furtivas y espaciadas. Pero la rígida moral de Leonardo, mi socio en la librería, una de las tantas herencias de su pasado marxista-leninista, hace inviable ninguno de estos sensatos modos de convivencia ciudadana, por lo que seguiremos soportando las inspecciones, hasta que alguno se canse.

 

El tratamiento ignífugo me había dejado un regusto ácido adherido a las paredes de las fosas nasales y a la garganta, y un dolor de cabeza persistente. Decidí parar en el Bar Unión y tomarme un fernet con coca, hasta que se me pasase un tanto. A pesar de que Mariela hace cinco meses y nueve días que se fue, aún no me acostumbro a llegar a casa y encontrar todas las luces apagadas. Así, la parada en el Unión a la vuelta de la librería, se me ha hecho carne estos últimos tiempos. Un fernet, un par de cafés, un rato de tele con los noticieros, o mirar sin ver las viejas mesas de billar, o las parejas de ajedrecistas en los tableros junto a las ventanas que dan a Jerónimo Cortés, me devuelven cierto equilibrio. O al menos eso es lo que quiero creer. En realidad me permiten gastar las últimas horas del día, de forma tal de llegar a casa con el tiempo justo para una ducha y meterme en cama, sin reparar en todos los rincones, en todas las baldosas, en todas las esquinas donde Mariela sigue estando, a pesar de ese portazo de hace cinco meses y nueve días.

 

Refugio o excusa, el Bar Unión se ha agregado a los espacios cotidianos de mi vida. Por eso cuando ví a Joaquín, el necio, blandiendo su navaja sobre un escroto aterrado el jueves a la noche, sentí prácticamente una violación de domicilio. Como yo, una pléyade de vecinos del barrio, en su mayoría hombres solos, han hecho del Unión un domicilio alternativo al de residencia. El bar es un mastodonte prehistórico, una inmensa casona que resiste, en su bello decadentismo de fluorescentes y paredes desconchadas, el nuevo boom inmobiliario del barrio. Ese nuevo empuje constructor que avanza –alimentado por los sojadólares- destruyendo las casonas italianas de principios de siglo y levantando las torres de ladrillo vista, que en poco tiempo nos cambiarán la fisonomía siestera y tranquila del pueblito de Alta Córdoba.

 

El Unión también toma distancia de esa otra moda, la de nueva bohemia, que está llenando el barrio de bares de ambiente, restaurants de cocina de autor, pubs con música en vivo, ferias de ropa alternativa, pequeñas galerías de arte, tex-mex y sushi clubs. El Unión no tiene nada que ver con esa rive gauche posmoderna y a escala cordobesa. Es un bar viejo, y un bar de perdedores y pobres ratas. Al menos en su salón delantero: las piecitas del fondo son otra cosa. Pero adelante, en el largo salón que hace esquina entre Avellaneda y Jerónimo Cortés, permanecen casi inmutables los símbolos de un ritmo y un tiempo que ya fue. Manolo, con un guardapolvo amarillo en los sobacos y un repasador del mismo tono fijo en el antebrazo izquierdo, trasmite tu pedido a los gritos en la barra de azulejos blancos –partidos en su mayoría-, donde se apilan los sandwichs de jamón y queso en pan francés bajo las campanas de vidrio turbio; en la punta, la cafetera del espresso, alta como una torre circular, con manijas de madera y detalles de filigrana en el acero inoxidable, por donde se escapan finas columnitas de vapor desde hace décadas; las mesas cuadradas y lustradas por sucesivas capas de grasa; las cuatro de billar, con el tapete ya verde agua; los tableros de ajedrez junto a las ventanas.

 

Los únicos detalles que rompen este escenario son los coches que estacionan sobre Avellaneda, a partir de media tarde y hasta muy entrada la madrugada. De lujo, deportivos, todoterrenos, importados o nacionales pero siempre último modelo, no se condicen con el aire viciado, las moscas eternas, y los tubos fluorescentes de bajo consumo que mal iluminan el Unión. Sus conductores –señores de mediana edad, vestidos casual pero con ropa de marca- entran al Unión sin mirar a nadie, y pasan, discretamente, por detrás de la barra hacia las piecitas del fondo. Otras mesas, también con tapete verde pero remozado, parece que amueblan aquellas estancias interiores. Los parroquianos ya identifican algunos, por habitués, y los saludan al pasar. “- Es Fulano –comentan, cuando el señor ha traspasado la puertita de detrás de la barra- a ver cuánto pierde esta noche. La semana pasada dejó un auto y una casa, lo pelaron.”

 

Por esa puertita, precisamente, salió Joaquín, el necio, el jueves a la noche. Salió como una bala, persiguiendo a un cuarentón moreno, delgado y ágil, con cara de desesperado. Yo había terminado ya mi segundo fernet, y el amargo del alcohol había logrado alejar el ácido del tratamiento ignífugo para alfombras de mi garganta. Un trago más y estaría listo para cruzar las dos cuadras que separan el Unión de mi casa sin Mariela y con luces apagadas. Reconocí a Joaquín por la descripción que le había escuchado a Albert Pla en la rumba flamenca que le dedicó: tipo rudo, un metro sesenta, bajito y feo (y zapatero de oficio, pero eso lo supe después), aunque me sorprendió verlo en Alta Córdoba y no en algún lugar entre Almendralejo y Mojácar, como me había imaginado. Joaquín se movía con una agilidad impensada para sus años. Acortó la distancia que lo separaba del moreno vestido con una chomba Ralf Laurent, saltando por la barra de azulejos cuarteados. Manolo se hizo a un lado con un requiebro de cintura, y los dos tragos largos de martini con soda que llevaba en la bandeja de latón no perdieron ni una gota en el giro. Joaquín aterrizó en una mesa y de un nuevo salto estuvo en el suelo. Agarró al moreno por el cinto, cuando éste, que corría entre los ajedrecistas, estaba por alcanzar la puerta. De un violento tirón logró frenarlo, y de otro lo acostó en la mesa de billar. Dos grandotes, que habían salido de las piecitas atrás de Joaquín, lo sostenían de los brazos, boca arriba. Los jugadores de billar se apoyaban en los tacos. “- ¡Yo no tengo nada que ver! ¡te pagaré!” le gritó el moreno, levantando la cabeza del paño desteñido. Los fluorescentes del plafón rectangular le remarcaban un miedo frío. Joaquín le soltó la hebilla del cinto, y le abrió la bragueta del pantalón. Los ajedrecistas miraban de costado, con los codos apoyados en la mesa del tablero y los relojes detenidos. A mí me empezó a retumbar en la cabeza la rumba flamenca de Albert Pla:  

 

Yo que estaba acostumbráo

a dormir acompañáo…

¿por qué te fuiste Rosa, mi vida?

¿por qué te fuiste con ese Negro?

se preguntaba Joaquín, el necio,

metro sesenta, bajito y feo,

de ideas fijas, un tipo rudo,

marido cornundo, padre gruñón,

y de oficio: zapatero remendón.

¡Ay! ¡qué tacón!

Será que tiene un pollón grandote,

el Negro tiene un cacharro enorme,

¡ay! ¡qué puta que eres, Rosa, mi vida,

perder el culo por un cipote!

No por su cosa se quiere al hombre,

sino que dentro hay mucha más gracia,

¡yo tengo mucha gracia interió!

¡yo le capo a ese Negro por ladrón!

¡Ay! ¡qué dolor!

Una vez que el último zapato estuvo arreglado

salió a la calle, navaja en mano, sol de verano,

y en un bar del centro los encontró.

Y entró en el bar, y se hizo el silencio,

la clientela apuró los vasos,

y sin dar tiempo, Joaquín, el necio,

le cortó al Negro su falo entero.

Joaquín miró la parte amputada

y de verdad que eso no era nada…

¡Ay! ¿por qué te fuiste con ese Negro?

¿por qué te fuiste si yo la tengo

mucho más grande? aquí no hay color…

 

 

 

La navaja de Joaquín le brillaba en la mano. “- ¡No la veo más, te lo juro!” rogó el moreno. Joaquín dibujó en el aire un arco limpio, desde el plafón a la entrepierna. Limpió la navaja en la Polo Ralf Laurent del moreno, que se había quedado como dormido. Los grandotes lo llevaron a la rastra, por la puertita, hacia las piezas del fondo. Manolo sirvió los dos martini con soda que tenía en la bandeja, y le hice una seña para que me trajera mi tercer fernet. El último, antes de cruzar el par de cuadras hasta mi casa.

 

 

 

 

 

 

(En “Diccionario – revista de letras”, año uno – número dos, en la letra “J”, páginas 52-59)
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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libando el perfume, profuso, de tu sangre desde la boca rota

 

 

 

 

 

Libando el perfume, profuso, de tu sange desde la boca rota, 

rota almendra de boca húmeda, desgarrado labio

en sus gotas descendiendo hacia la serpiente,

bífida lengua, extraña serpiente libadora,

casi exhausta de romper franqueando

la puerta perfumada de tu sangre,

torcer la voz bajando gota a gota

hacia la lengua extraña

desde la boca

rota.