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Un heredero bien alimentado (23 12 11)

Un heredero bien alimentado

por Nelson Gustavo Specchia

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La vida y la historia se encargan de recordárnoslo a cada paso: no hay dictadores eternos, y hasta el más férreo, aislado y cerrado sistema termina horadado por las mismas fuerzas centrípetas que intentaron hacerlo inmune al mundo exterior. Parecía eterno, pero, claro, Kim Jong-il no lo era. Y habrá que ver cuánto más puede resistir el régimen de Corea del Norte cerrado a cal y canto. Muerto el “amado líder” –como se hacía llamar con desparpajo oriental- presumiblemente de un ataque al corazón, tras los múltiples achaques y dolencias que la afición al cognac añejo le habían dejado, todos los símbolos de la dictadura se orientaron a minimizar el golpe y a intentar seguir creyendo que la burbuja norcoreana puede permanecer indeleble al tiempo y al espacio circundante.

Demoraron la noticia de la muerte del dictador durante horas, hasta que la camarilla en el vértice de la pirámide tuvo todas las seguridades; recién entonces vistieron al segundo Kim con el uniforme caqui que usó durante 17 años y lo cubrieron con una sábana roja dentro de un ataúd de cristal. Sin una distinción, una charretera, un bastón de mando ni ningún otro símbolo externo de poder: la fascinación de los autócratas de otras partes del mundo por los entorchados, como los coloridos uniformes de Khaddafi o del ugandés Idi Amín Dadá, o la colección maniática de ribetes, cintas y medallas que llegó a atesorar el dominicano Rafael Leonidas Trujillo, en Oriente mutan por el silencio indumentario. Mao impuso la tendencia: a mayor concentración de poder, la liturgia comunista impone un vestido escueto, amorfo, demodé.

Además del vestido, la élite norcoreana también cuidó el aposento final del “amado líder”. El catafalco transparente con su cadáver fue depositado en el palacio Kumsunsan, donde también reposa el otro féretro venerado: el que contiene la momia de su padre, Kim Il-sung, fundador de la nominalmente República Popular Democrática de Corea, y de la dinastía que la viene gobernando desde el fin de la segunda Guerra Mundial y la expulsión de los invasores japoneses.

Y el tercer símbolo de que el quiebre de la muerte del jefe no implicará ningún cambio en el sistema llegó con el heredero. Respaldado por la Comisión Militar Central; por los líderes del Partido del Trabajo; por su tío Jang Song-taek; por el mariscal jefe del Alto Estado Mayor de las fuerzas armadas, Ri Yong-ho; y por su tía Kim Kyong-hui (la hermana del difunto, y única mujer general del Ejército), el rollizo Kim Jong-un, de 29 años, llegó a los pies de la urna de cristal y rindió un tributo que fue, al mismo tiempo, la señal de la continuidad del régimen en su persona. Por cierto, el joven Kim no ha hecho ni el servicio militar, pero ante los achaques de su padre, también él este año ha sido rápidamente ascendido a general.

UN PAÍS, UNA PECERA

Mientras miraba por los canales internacionales los ceremoniosos símbolos con que la casta gobernante intenta fijar la perpetuación del régimen, pensaba que la urna de cristal en que pusieron a Kim Jong-il también podría funcionar como metáfora del país entero. Una metáfora de aislamiento enfermizo, que ha llevado a que todo un pueblo permanezca, generación a generación, encerrado en una pecera, como hoy el cadáver de su autócrata. En el terreno de las cuentas largas de la historia, la política coreana se ha desarrollado en una tradición inmovilista. El rey Silla unificó las diversas tribus de la península hacia el año 676, y le imprimió desde aquellos tiempos fundacionales una vocación de cierre, de claustro. Durante más de cinco siglos, la dinastía Joseon (1392-1910) mantuvo esa idea de pureza que vendría del aislamiento, que llevó a los viajeros europeos de los siglos XVIII y XIX hablar de Corea como el “reino ermitaño”. El Imperio del Japón invadió la península en su programa expansivo, y la dominación invasora mantuvo el aislamiento durante los 35 años que duró. Tras la derrota del Eje, en la división del nuevo mundo bipolar que aparecía y que dominaría toda la segunda mitad del siglo XX, Roosevelt acordó con Stalin la partición de la península en dos áreas de influencia, cortadas por el paralelo de 38º: en el norte los soviéticos y en el sur los estadounidenses.

En la mitad comunista, el primero de los Kim se fue haciendo fuerte desde 1945, generó un grupo de militares afines, y cinco años más tarde lanzó un ataque al sector sur, para terminar con la artificial partición en dos mitades y reunificar el país bajo su mando. La reacción norteamericana, con el apoyo de las Naciones Unidas, internacionalizó el conflicto. Y apareció China, como el gran valedor del régimen del norte, una posición que sigue manteniendo hasta hoy. La Guerra de Corea (aquella que popularizó la serie M.A.S.H., con Alan Alda) fue la primera gran experiencia de la tensión que generaba el mundo dividido en dos polos antagónicos: la Guerra Fría, que impedía el enfrentamiento directo entre soviéticos y norteamericanos, se calentaba en los bordes de la periferia. Más de dos millones de muertos y tres años después, se terminaban las hostilidades (aunque no la guerra, ya que nunca se ha firmado un armisticio), y todo volvía al paralelo de 38º. Y nuevamente los coreanos (sólo los del norte, esta vez) a aislarse más y más del mundo.

La pecera de los Kim ha mantenido a ese pueblo (se calculan unos 25 millones de personas) ignorantes de lo que haya más allá de la frontera, con la única excepción de las novedades provenientes de China, el gigante vecino y amigo. La filosofía del trabajo y de la resignación son la moneda corriente, sólo hay un canal de televisión, apenas algunas radios (que deben conectarse a una única estación central para pasar los noticieros), y aún menos diarios y revistas. Obviamente, no hay acceso a Internet, y los teléfonos celulares –además de estar estrictamente prohibidos- no tienen cobertura.

Pero esa pecera, ese territorio casi de ficción, además pasa hambre. Porque los terrenos ricos para la agricultura quedaron al sur del paralelo de 38º.

HERENCIA DE HAMBRE

El cierre a cal y canto del régimen no sólo es una ignominia jurídica. Además del derecho internacional, la situación humanitaria de Corea del Norte es crítica. Y ya que empecé esta columna hablando de símbolos contradictorios, lo bien alimentado que aparece el heredero de la dinastía Kim, con sus cachetes llenos y sus kilos de sobrepeso, es una cruel afrenta para un pueblo que pasa hambre, literalmente. Organizaciones no gubernamentales, como Amnistía Internacional, llevan años denunciando que a las torturas y a las ejecuciones extrajudiciales llevadas a cabo por el régimen de Pyongyang, se les suman las hambrunas crónicas como la principal causa de muerte en el país.

A principios de este mes de diciembre, Amnistía lanzó una campaña denunciando la existencia de seis campos de concentración en Corea del Norte, que alojan a más de 200.000 presos políticos, incluyendo niños, ya que la represión alcanza a toda la familia de los acusados. Los campos (oficialmente denominados “de reeducación”) son inmensas tumbas abiertas, donde han perecido más de 400.000 norcoreanos en los últimos 30 años, según un informe firmado en 2006 por el ex presidente checo Václav Havel. De una autoridad moral indiscutible, el dossier de Havel es una sucesión de narraciones de horror: de cómo el régimen mata a los presos de hambre, de cómo los torturan a golpes hasta que se le saltan los globos de los ojos, de cómo los utilizan para experimentos químicos en cámaras de gas, y otros detalles de tortura que serían poco creíbles inclusive en una novela de ficción.

La FAO, la organización de las Naciones Unidas para la alimentación y la agricultura, calcula que desde mediados de los años noventa las hambrunas van matando a dos millones de norcoreanos, y entre este año y el que viene, otros cinco millones estarían en riesgo de grave escasez de comida.

Ese régimen es el que ha escenificado su continuidad contra cualquier alternativa de modificación, por mínima que fuera, en el libreto del aislamiento y la cerrazón. El presidente chino, Hu Jintao, siguiendo la tradicional línea estratégica de aseguramiento de fronteras del gigante asiático, se apresuró a saludar la llegada del gordo heredero Kim Jong-un, y de manifestar su respaldo a un gobierno presidido por él. Los norteamericanos no se atreverían a ir más allá de su apoyo al gobierno de Corea del Sur, con sus 28.000 “marines” estacionados en Seúl; se conforman con que Pyongyang acepte frenar su peligroso programa de enriquecimiento de uranio.

No hay dictadores eternos, pero por el momento, mientras los grandes juegan al TEG con los misiles y las fronteras, por debajo los coreanos seguirán muriendo de hambre, liderados por el gordo Kim.

 

[Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 23 de diciembre de 2011]

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Se enfría el Mar Amarillo: no habrá guerra, por ahora (21 12 10)

SE DESCOMPRIME LA TENSIÓN MILITAR ENTRE COREA DEL NORTE Y DEL SUR

La amenaza norcoreana de represalias por las maniobras del Sur no se concreta

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La espiral de tensión creciente entre las dos Coreas parece haber frenado, luego de que Rusia y China convocaran a una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), ayer en Nueva York. Si bien la sesión del alto cuerpo no se saldó con un documento de consenso entre las potencias globales, tal como pretendían los convocantes, la iniciativa de Moscú y Pekín –que en el fondo evidenciaba un respaldo tácito al régimen comunista del sector Norte de la península coreana- sirvió para descomprimir la situación.

Luego de la reunión del Consejo de Seguridad, China pidió públicamente que las partes implicadas en la cuestión de la península coreana (esto es, no solamente las dos Coreas, sino también los países aliados) “mantengan la máxima contención para evitar una escalada”, ya que “la paz y la estabilidad corresponden a los intereses de todas las partes concernientes”, según sostuvo la portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores chino, Jiang Yu.

Así, el ejército norcoreano no cumplió con su amenaza de utilizar fuerza de artillería contra las maniobras militares de Corea del Sur, en las que participaban también naves de guerra estadounidenses.

Tal como había adelantado el gobierno de Seúl, una acción de ese tipo hubiera significado el reinicio de las hostilidades, frágilmente suspendidas por el armisticio de 1953, con el bombardeo aéreo de Pyongyang.

Desde esta capital, el régimen comandado por Kim Sung-il y su familia anunció que “no valía la pena reaccionar a las provocaciones” del Sur, en declaraciones a la agencia estatal de prensa. Detrás de esta decisión militar puede apreciarse claramente la influencia de la diplomacia china, principal aliado y sostenedor económico del régimen norcoreano.

Los norteamericanos, por su parte, pueden haber alentado la finalización de las maniobras, que se habían anunciado de largo alcance pero Corea del Sur decidió concluirlas ayer mismo, tras una hora y media de pruebas con fuego real en la isla de Yeonpyeong, bombardeada el 23 de noviembre por los norcoreanos que reivindican su soberanía.

Las maniobras militares en la imprecisa frontera marítima entre ambos países se desarrollan, además, en las inmediaciones de las costas chinas del Mar Amarillo, lo que supone un riego adicional para el gigante asiático.

El ejército de los Estados Unidos de América posee una dotación de 28.500 soldados, en forma permanente, estacionados en Corea del Sur en carácter de “fuerza disuasoria”.

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nelson.specchia@gmail.com

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Agitadas aguas amarillas (07 12 10)

COREA DEL SUR VUELVE A LAS MANIOBRAS EN EL MAR AMARILLO

El régimen norcoreano considera una “provocación” los ejercicios militares

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Aumentando la tensión en lejano Oriente, Corea del Sur reinició ayer los ejercicios militares en el Mar Amarillo, en la misma zona donde el 23 de noviembre pasado Corea del Norte bombardeó la isla de Yeonpyeong, causando bajas mortales entre el personal militar y la población civil.

El gobierno norcoreano justificó entonces el ataque aduciendo que las maniobras del vecino del sur habían invadido aguas soberanas, en una zona donde la frontera marítima es extremadamente frágil y de trazado irregular. Los Estados Unidos de América apoyaron de inmediato a su aliado oriental, y anunciaron que participarían en la consecución de los ejercicios surcoreanos en el área.

El régimen de Pyongyang, por su parte, advirtió reiteradamente que si los coreanos del Sur volvían a intentar aproximarse al borde divisorio entre ambos países, el acercamiento sería considerado una “provocación” militar, incluyendo la velada amenaza de que “nadie podrá predecir las consecuencias” de nuevas maniobras en el mar que separa a la península de la República Popular China, histórico aliado y valedor del régimen norcoreano.

El líder chino, Hu Jintao, precisamente, se comunicó con la Casa Blanca, para expresarle al presidente Barack Obama la preocupación de Beijing por la “frágil situación de seguridad” entre ambas Coreas. Los norteamericanos sospechan que China alienta en secreto la escalada de tensión, como una estrategia para aumentar su influencia en toda la zona.

Inclusive se especula con un plan chino de reunificación de ambos Estados, con capital en Seúl, pero bajo la tutela del gigante asiático. La comunicación telefónica de Hu a Obama puede perseguir el objetivo que los norteamericanos no se involucren en forma decisiva, con armamento y naves de combate, en las maniobras surcoreanas.

La semana pasada, en el retorno a las conversaciones tras el ataque a la isla de Yeonpyeong, los delegados chinos advirtieron a Estados Unidos, Japón y Corea del Sur que permanecerían en la mesa de negociaciones a condición de que no se “intensificara la confrontación” entre el Sur y el Norte de la península.

Públicamente, la Casa Blanca ha aceptado la advertencia china, y manifiesta la necesidad de una “estrecha cooperación” entre las potencias para lograr la paz entre ambas mitades de la península y su desnuclearización. Sin embargo, a las negociaciones que comenzaron ayer en Washington, no fueron convocados los representantes chinos.

Además, Obama ha abierto un nuevo frente para apoyar al gobierno de Seúl, con la firma de un Tratado de Libre Comercio (TLC) que ampliará ambos mercados y abrirá el sector financiero estadounidense a los coreanos. Al afirmar que someterá el nuevo TLC –el mayor tratado comercial estadounidense desde el NAFTA de 1994- al Congreso, Barack Obama afirmó que con él “se profundiza la fuerte alianza y se refuerza el liderazgo estadounidense en el sureste asiático”.

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nelson.specchia@gmail.com

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Corea, “comunismo monárquico” (15 10 10)

Corea, “comunismo monárquico”

por Nelson Gustavo Specchia

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Corea del Norte es, en más de un sentido, un país a contramano de este tiempo y espacio histórico. Mientras el vector de la globalización política y económica achica la “aldea global”, el sector Norte de la península coreana se retrae en sí mismo y se cierra herméticamente a casi ningún contacto.

Cuando la revolución de las comunicaciones y de la información pone en tiempo real y a disposición de prácticamente cualquier usuario los detalles mínimos de la locación más remota, el régimen norcoreano cierra a cal y canto el acceso o la salida de cualquier tipo de información, desde las cifras demográficas hasta los indicadores más básicos para conocer la estructura y el desarrollo interno del país; de una manera tan obtusa que las únicas fotografías que circulan por la prensa internacional son las obtenidas por teleobjetivos potentes desde largas distancias (o desde el borde sur de la frontera que la separa del resto de la península), o los escuetos partes noticiosos gubernamentales –redactados en un léxico rimbombante y acartonado- que sólo dejan lugar a conjeturas.

También a contramano de la historia en lo que se refiere a las tendencias participativas. Cuando a nivel global se amplían la delegación de poderes concentrados, aumenta la participación de la sociedad civil en los asuntos públicos, y se observan mayores grados de democratización y horizontalidad en los procesos de toma de decisiones, el sistema norcoreano da un paso más en su tendencia hacia la concentración y establece, como los analistas internacionales han podido deducir estos días de una serie de indicios y sospechas, una sucesión dinástica del poder, retenido por la familia Kim desde hace más de medio siglo.

Corea del Norte, así, termina por plantear la difícil paradoja de ser el último Estado de ortodoxia comunista estalinista y, al mismo tiempo, una monarquía absoluta que reserva el ejercicio del poder a los miembros de una única familia, que lo trasmite de generación en generación por vía sanguínea.

EL MURO DEL PARALELO 38

Kim Jong-il, el actual líder, está gravemente enfermo, y el sistema ha dado en las últimas semanas señales de que la sucesión dinástica ha comenzado.

El actual mandatario recibió el poder de manos de su padre, Kim Il-sung, el jefe comunista que encabezó la revolución coreana tras la independencia de la península del dominio japonés, en 1945, y fundó el actual Estado, formalmente denominado República Popular Democrática de Corea. Kim Il-sung sigue siendo hoy presidente, aunque murió en 1994; la Constitución y las leyes lo designan como “Presidente Eterno”. La enfermedad de su hijo –que desde la desaparición física del “Presidente Eterno” ejerce autocráticamente el mando- ha llevado al régimen a presentar a su posible sucesor.

La elección ha recaído en Kim Jong-un, el tercero de los hijos del mandatario, un joven regordete (se estima que puede tener entre 25 y 27 años) que ha sido designado en pocos días como general de cuatro estrellas y colocado en los puestos clave para ocupar el lugar de su padre en cualquier momento. Dada su juventud y su falta de experiencia, la élite dirigente, en el mejor estilo de las monarquías absolutas del pasado, también ha elevado al generalato de cuatro estrellas a la hermana del presidente, la señora Kim Kyong-hui, que será la virtual regente e instructora del muchacho Jong-un ante una desaparición repentina de su padre, el dirigente socialista a quien la ley obliga a llamar “querido líder”.

La anomalía coreana arraiga en la lógica bipolar surgida de las cenizas de la segunda Guerra Mundial. Cuando el Imperio del Sol Naciente cayó bajo las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el ejército japonés abandonó la vecina península coreana, a la que había ocupado en 1910, como a la Manchuria china, en su avance expansionista hacia el Oeste. Retirados los japoneses, las tropas aliadas se encontraron frente a frente, en una situación similar a la de Berlín, a un lado y al otro del Paralelo de 38º de latitud Norte; y ninguno de los dos se movió un palmo hacia atrás.

El Ejército Rojo, con el apoyo de los “voluntarios chinos”, apoyó la creación de un nuevo Estado, con capital en Pyongyang y soberanía sobre toda la península, en 1948. Simultáneamente, el ejército estadounidense respaldó la creación de un nuevo país, con capital en Seúl y también pretensiones soberanistas sobre todo el territorio. Kim Il-sung, como secretario general del Partido de los Trabajadores Coreanos –con el pleno apoyo logístico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- se hizo con el puesto de presidente de la Comisión Nacional de Defensa, el cargo más alto de la nueva formación institucional. Desde su puesto de mando, el primer Kim ordenó la invasión de la parte Sur y la recuperación de la soberanía sobre todo el territorio de la península.

La invasión del Norte generó la Guerra de Corea, en 1950, que en Occidente se conoció y se popularizó a través de la serie televisiva M.A.S.H., con Alan Alda en el protagónico. Las Naciones Unidas lograron imponer un armisticio en 1953, que consagró al Paralelo 38 como la frontera entre ambos Estados, y disparó el proceso de clausura del régimen del Norte sobre sí mismo y el aislamiento internacional.

CAPARAZÓN CONTRA EL OTRO

Mientras el Sur caminaba a pasos largos para convertirse en la expresión ideal de un país capitalista, desarrollado y democrático (que los Juegos Olímpicos de 1988, y el campeonato mundial de futbol de 2002, mostraron como un gran escaparate al mundo), el Norte se cerraba, refugiándose en la filosofía denominada Juche.

La Juche es un sistema de ideas muy simples y terriblemente efectivas. Su autoría se le atribuye al “Presidente Eterno”, y ha sido ampliamente desarrollada por su hijo, Kim Jong-il, desde que ocupa el trono (asumió en 1997). La idea central de la Juche es que el hombre es responsable de su vida y destino individual, y por ello responsable de la revolución y del destino de la patria. De alguna manera, explican los profesores en Occidente, la Juche intenta enlazar marxismo teórico, estrategia leninista, capitalismo de Estado, y todo ello con notas propias de la cultura oriental. Esta intersección de fuerzas lleva a otorgar mucha importancia al proceder independiente, tanto a nivel individual como colectivo, y a adaptar las soluciones a las capacidades, sin depender de nadie.

La Juche ha sido el respaldo discursivo del régimen norcoreano para defender su independencia frente al mundo (aunque soslaye la central dependencia del apoyo chino, único valedor regional e internacional de Pyongyang); la centralidad de lo militar en la vida política (denominado “songun”: “los militares primero”); la exaltación nacionalista; y el voluntarismo frente a las adversidades.

En la práctica, este conjunto de ideas-fuerza ha conducido a Corea del Norte al aislamiento, a la provocación permanente a los vecinos, a la histeria de la seguridad (la frontera del Paralelo 38 es la más custodiada del planeta), a iniciativas agresivas (como las pruebas nucleares subterráneas, o el misil que hundió una corbeta surcoreana en marzo de este año), a un sobredimensionamiento de las fuerzas armadas (su ejército de cinco millones es el cuarto del mundo, se estima que tiene unos 45 soldados por cada 1.000 habitantes, la mayor tasa relativa del globo). Y a unos desequilibrios internos de desarrollo que han conducido a la pauperización de la sociedad, e inclusive a hambrunas, como la de 1995-1998, en la que se estima que entre 600.000 y un millón de coreanos murieron de hambre.

QUEDA EN FAMILIA

Pero a la familia Kim nada de esto parece afectarla demasiado, y el rumbo del régimen no se ha alterado ni en el menor detalle. En estos días, inclusive, el hijo mayor del “querido líder”, Kim Jong-nam, ha mostrado su malhumor en una entrevista para una radio japonesa. El primogénito habría perdido el favor del mandatario cuando, en 2001, fue detenido en el aeropuerto de Tokio con un pasaporte falso: el muchacho quería visitar Disneylandia. Su simpatía por ese símbolo del imperialismo capitalista le costó el trono, donde su hermano menor, Kim Jong-un, está presto a sentarse.

Estos enredos familiares de telenovela deberían estar destinados a las páginas de la prensa rosa y a los programas de chismes de la televisión de mediodía. Pero Corea del Norte es clave para la estabilidad en Oriente: su potencial nuclear, el aislamiento internacional, la histeria securatista, la economía desestabilizada y una población (quizá de unos 25 millones) en crónico estado de escases, conforman un abanico de factores que pueden poner en serio riesgo aquella estabilidad regional.

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nelson.specchia@gmail.com

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