Archivo mensual: octubre 2006

La sombra del terror (28 10 06)

Publicada hoy en La Voz del Interior

http://www.lavoz.com.ar/06/10/28/secciones/opinion/nota.asp?nota_id=13036

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La sombra del terror

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por Nelson Gustavo Specchia

Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba

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No podemos aspirar a un diálogo con el Islam político mientras sigamos menospreciando sus objetivos políticos y estratégicos de largo alcance.

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Vivimos un tiempo de resignificación de hechos políticos globales, que alcanzan ese meollo de la cultura que es el lenguaje. Nuestro discurso sobre la vida social y política mundial se tensa a diario, hasta el límite de la cuerda, para dar cuenta de los eventos, las conductas y las cosas. Hasta el propio contar de los días: transitamos un renombrarse del viejo calendario gregoriano, el tiempo parece avanzar por hitos de atentados y explosiones. Un macabro calendario del terror que en su abreviada expresión, del 11-S al 7-J, nos remite a una estrategia que golpea en el centro de la cultura occidental, dando una dura patada al tablero de la convivencia política internacional como hasta ahora la conocíamos.

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Una de las preguntas que surgen en los sectores académicos, hace referencia a si estas mutaciones en nuestra manera de nombrar las cosas reflejan una alteración profunda, revolucionaria, que viene a modificar de manera permanente los usos y las prácticas políticas.

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Ese fenómeno denominado “terrorismo”, de marginal y aislado en la práctica de la guerra, se ha convertido paulatinamente en un modus operandi generalizado en este joven siglo 21.

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La pregunta, en definitiva, es si hemos de acostumbrarnos a crecer y a vivir a la sombra del terror.

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Una de las características diferenciales del terrorismo, junto a la desaparición de los “campos de batalla” como locaciones geográficas específicas de la guerra, es la aleatoriedad de los escenarios. El mismo terrorismo que golpeó las Torres Gemelas de Nueva York, los subterráneos de Londres, y los trenes madrileños, había hecho volar en pedazos la embajada de Israel en Buenos Aires, una década antes que en Manhattan, en un 17 de marzo de 1992; y dos años después de ese 17-M del nuevo calendario, volaba la sede de la Amia en la Capital argentina. Cuatrocientos compatriotas murieron o fueron heridos en esos atentados en nuestro suelo. No importa cuán lejos estemos de los núcleos centrales del poder, las rutas del terror circulan en todas las direcciones.

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Freno políticamente correcto. Mucho se ha investigado y escrito sobre las relaciones entre los diversos atentados en América, Asia, África y Europa. También se estudia –aunque se escribe menos– sobre las raíces religiosas de la metodología y la práctica terrorista. No es políticamente correcto (ese parámetro banal y superficial, pero convertido en el canon de no pocos formadores de opinión) afirmar que el núcleo del accionar terrorista lo conforma el fundamentalismo religioso islámico, y que ese accionar tiene un proyecto y un objetivo político. No es políticamente correcto, tampoco, afirmar que ese objetivo es concreto, irracional, antimoderno, y universal.

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Occidente, especialmente sus intelectualidades más progresistas, prefiere limitar el análisis a la explicación del terrorismo fundamentalista como reacción al imperialismo capitalista, como lucha nacional y cultural de resistencia a la opresión, o como modalidad de sublevación desde la especificidad cultural contra la homogeneización del mercado.

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Este cuerpo de análisis permite conocer algunas de las variables del fenómeno, pero de ninguna manera lo agota, ni –mucho menos– hará posible generar líneas de acción para interactuar con él. Debemos, creo, comenzar a sostener abiertamente que el fundamentalismo islámico posee un proyecto político propio, diferente a la democracia representativa liberal, y que la metodología terrorista manifiesta la opción estratégica de luchar por su implementación efectiva a nivel internacional.

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Internet y el Islam. La ilusión de un “mundo seguro” terminó con la guerra fría. La desaparición de la Unión Soviética como contrapeso a la hegemonía del poder norteamericano, habilitó la emergencia de fuerzas sociales y religiosas que se encontraban latentes, pero oprimidas y marginadas por el conflicto dominante en la segunda mitad del siglo 20, entre el “mundo libre” y el “socialismo real”. Una de las fuerzas que recuperan un ímpetu impensado es, precisamente, el Islam en sus proyecciones políticas.

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Paralelamente, el mismo tiempo histórico vive la explosión de la “sociedad de la información”, el aumento velocísimo de los medios tecnológicos al servicio de las comunicaciones, e Internet.

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Ambos elementos conjugados permiten explicar estos métodos de “redes de redes”, que se han convertido en las bases virtuales de operaciones de los diferentes grupos que conocemos bajo el nombre común de Al Qaeda, donde no hay una estructura política visible tal como la entendemos desde la modernidad, ni siquiera demasiado clara para los propios actores. Donde tampoco el “ejecutivo” se ejerce en el sentido tradicional de esa función política, y donde no existe ningún tipo de balance o contralor de funciones.

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Estas “redes de redes” se constituyen con grupos minúsculos, y no necesariamente con conocimiento de la relación existente entre ellos. Más aún, la mayor operatividad parece radicar en segmentos semiautónomos de jóvenes radicalizados, autoconstituidos como grupo, de iniciativas propias y sin que medien –necesariamente– consultas con instancias de planificación estratégica.

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Estos grupos autoconstituidos están asentados en diferentes países (como los pilotos de los aviones que impactaron en las Torres Gemelas); integrados indistintamente por inmigrantes (como los autores de los atentados de Atocha), o por miembros de la propia comunidad nacional, nacidos y educados en el país, como los autores de las explosiones en los subtes londinenses.

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Sin dirección ejecutiva central, sin estructura formalizada, y sin canales verticales de comunicación, logran una acción y un pensamiento aglutinador a partir de un objetivo colectivo, la Jihad, o guerra santa contra el occidente moderno.

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Si la guerra es “santa”, como lo fueron las Cruzadas para la cristiandad medieval, entonces la misión política se identifica con la misión religiosa, y ésta con el objetivo personal de trascendencia: morir en la Jihad implica gozar de la vida eterna.

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Todos estos elementos, originales e inéditos para la práctica política moderna, están estructurados por el soporte comunicativo, en tiempo real y a costos bajísimos, de la Web.

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Estado versus comunidad

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También creo que es necesario sostener abiertamente, para poder discutirlo y buscar canales reales de comunicación, que esta organización sin estructura tiene una aspiración fáctica: la unificación política del Islam. La búsqueda estratégica de la expansión musulmana no es anárquica, sino por el contrario muy concreta: la instauración de un califato, en oposición a la generación típica de la modernidad occidental, el Estado.

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El califato que aglutinaría al Islam ideológico se concibe como una especie de administración político-religiosa supra nacional, y habría de extenderse desde el Mediterráneo hasta el sudeste asiático.

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Debe advertirse que, en esta interpretación de la estrategia internacional de las redes de redes que conocemos bajo la denominación común de Al Qaeda, la posición predominante de las democracias occidentales en el sistema mundial aparece como un obstáculo para el establecimiento de una comunidad de creyentes.

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Una comunidad se genera con lazos de otro tipo, de orden religioso y lingüístico –y por ello cultural–, que pueden sentar las bases de una especie de imperio pan-islámico.

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Este es el motivo por el cual los intereses (la embajada de Israel, la Amia); los signos emblemáticos (el Centro Mundial de Negocios, el Pentágono); y la propia sociedad civil (los trenes hacia Atocha, los subterráneos de Londres) de esas democracias occidentales son los objetivos de la mecánica del terrorismo fundamentalista.

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El alcance de la comunidad. La comunidad es la agrupación de los fieles, quien está fuera de ella es un infiel. Si es infiel, es enemigo. La guerra contra los enemigos de la fe, contra los infieles, es “santa”. La Jihad está justificada, porque defiende a la “comunidad”.

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La única alternativa a esta lógica es encontrar caminos de diálogo y encuentro, pero un diálogo auténtico se establece entre dos entidades que se reconocen cabalmente una a otra. No podemos aspirar a un diálogo con el Islam político mientras sigamos menospreciando sus objetivos políticos y estratégicos de largo alcance.

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No podemos condenarnos a crecer y vivir a la sombra del terror. El desafío, por ello, ha de ser encontrar las maneras, averiguar cómo las sociedades abiertas que hemos conseguido desarrollar luego de tantos sacrificios de generaciones enteras, de tantas luchas, de tantas guerras, pueden defenderse de cualquier integrismo, de cualquier fanatismo radicalizado, de cualquier opción excluyente o totalizadora, sin renunciar a su sistema de vida, basado en la tolerancia, el respeto, la convivencia y la libertad.

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La fría mirada del señor Putin (26 10 06)

Publicada en Reporte 15 – Córdoba, el 26 de octubre de 2006.

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La fría mirada del señor Putin

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por Nelson Gustavo Specchia

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Rusia siempre tuvo un muy alto aprecio de sí misma, de sus dimensiones continentales, y del poder que este tamaño le ha otorgado en el concierto internacional. Esta sensación de autocomplacencia del poderío ruso se mantuvo, desde Pedro el Grande, independientemente de qué régimen político gobernara las bellas ciudades eslavas y las estepas infinitas. Desde la monarquía zarista, pasando por el siglo de los grises burócratas soviéticos, y llegando a los nuevos republicanos post-comunistas, es posible rastrear esa mirada de superioridad que dirigen, por sobre el hombro, a sus vecinos territoriales, especialmente a esa pobre y vieja Europa que se cree mucho y puede poco.

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Catalina la Grande utilizaba el trono de los reyes polacos como excusado, para demostrar lo que opinaba sobre su pueblo. Las repúblicas satélites de Moscú, durante el período soviético, tuvieron múltiples oportunidades de probar el peso de la reprimenda rusa cuando intentaron vías independientes, como aquella “Primavera de Praga” de la que se cumplen 50 años en estos días. Y en esa misma línea, los líderes europeos reunidos en Finlandia esta semana recibieron la gélida mirada del señor Putin, cuando en sus discursos mencionaron el acelerado debilitamiento del sistema democrático en Rusia, la flexibilización del derecho y de las garantías ciudadanas, el incumplimiento de contratos internacionales, las torturas en las comisarías de policía, la carcel para los opositores, la impunidad de las bandas criminales instaladas en segmentos cada vez más claros del poder político…

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El asesinato de Anna Politkóvkaya, cometido a principios de este mes, sobrevolaba la reunión de presidentes en la pequeña ciudad de Lahti, cerca de Helsinki. Pero la muerte de la periodista, que venía denunciando la política de Putin en Chechenia, es sólo una entre el centenar de reporteros críticos al poder que mueren violentamente cada año.
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El catalán Josep Borrel, presidente del Parlamento Europeo, incluyó en la lista de reproches, además de los límites a la libertad de prensa, la presión internacional de Moscú sobre la pequeña república de Georgia.

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Fue demasiado. El señor Putin se levantó a su vez, con la más gélida de las miradas de ex-agente de la policía secreta soviética, el agente del KGB que fue durante años, y dijo que esta pobre y vieja Europa no tenía nada que enseñarle a Rusia, como desde siempre han dicho sus gobernantes. Que Borrel se fije en los alcaldes españoles, presos por corrupción urbanística, y que la mafia –mucho antes que rusa- era de origen italiano. Que él no estaba por recibir lecciones de democracia. Que si Europa quiere el gas y el petroleo ruso, se olvide de los valores y de los derechos humanos.

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En ese tenso ambiente, el presidente de la Comisión Europea, el portugués Joao Manuel Duráo Barroso, que alguna vez fue socialista, llamó a la cordura: “Debemos evitar la politización del tema energético, lo mejor es aplicar los principios del mercado: apertura, transparencia, y no discriminación.”

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O sea: de la democracia y de los derechos humanos hablaremos alguna otra vez, ahora necesitamos el gas.

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Pero si la Europa de la ilustración y de la república, de los derechos del hombre y del ciudadano, de la modernidad y del espíritu de occidente, se aviene a dejar de lado los valores en la política internacional, ¿qué podemos esperar en estas latitudes?

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Sin embargo, esta semana los líderes europeos bajaron la cabeza, y el señor Putin se fue mirándolos por encima del hombro, con esos ojos azules, helados como las estepas rusas.

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La cultura de la tolerancia (17 10 06)

publicado en Reporte 15 – Córdoba  (17 – octubre – 2006)

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La cultura de la tolerancia

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por Nelson Gustavo Specchia

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La relación entre política y religión tiene una historia tan larga como la cultura. En este trayecto, hemos ido acumulando saberes y haceres, al punto de que el occidente moderno parecía haber llegado a un equilibrio que permitía la coexistencia, el respeto a las creencias, y la independencia del campo de la fe respecto de la regulación de la vida política. Este equilibrio, que alcanzó su primavera en la segunda mitad del siglo XX, hoy se tambalea peligrosamente.

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En realidad, la visión occidental estaba convencida de que este equilibrio era universal, cuando en rigor se limita a la porción geográfica y cultural del mundo donde la modernidad ha calado más hondo en la estructura sociopolítica.

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Cuando –con el proceso de descolonización primero, y con el veloz aumento de los movimientos migratorios luego- las fronteras de occidente comienzan a ser más permeables, por ellas llegan, principalmente a Europa, los contingentes de migrantes del oriente próximo, de la costa sur del Mediterráneo, de Indonesia, de Turquía, de Paquistán…

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La vieja noción de coexistencia llevó a las sociedades europeas, en su gran mayoría, a optar por el multiculturalismo frente a los recién llegados, quedando limitada a los reductos de la extrema derecha ideológica la reacción frente al extranjero, especialmente los de piel oscura y religión musulmana. Pero es precisamente esta tolerancia de las grandes mayorías la que ha comenzado –peligrosa, y lamentablemente- a cambiar en los últimos tiempos.

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La tolerancia y los intolerantes

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Después de que se encendieran las luces de alarma aquel 11-S en Nueva York, ser moreno, llevar barba o velo, y profesar la fe de Mahoma, se ha convertido en una señal de potencial peligro. Los atentados en Londres y Madrid instalaron el debate en la sociedad europea, y en el marco del desastre bélico iraquí, convertido en un pantano de arena y sangre del que nadie sabe cómo salir, el multiculturalismo en occidente es una víctima más.

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Una serie de desencuentros ha disparado una espiral de actitudes que atentan contra la convivencia y el pluralismo. La publicación de unas caricaturas de Mahoma levantan una ola de indignación, al igual que una frase del Papa en una conferencia universitaria; la Opera de Berlín levanta la puesta de “Idomeneo” por presiones de la comunidad turca; el ex canciller británico dice que el velo en las mujeres musulmanas en Inglaterra es una afirmación de la segregación… y la espiral va en aumento.

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Lo que era exclusivo de la extrema derecha, comienza a llegar a los sectores moderados, y la pregunta de si el Islam es conciliable con los valores de occidente se instala cada vez más fuertemente en Europa.

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No importa dónde estemos: el debilitamiento del pluralismo es una pérdida –grave y profunda- para todos.

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El que manda (09 10 06)

publicado en Reporte 15 (9 – octubre – 2006)

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EL QUE MANDA

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por Nelson Gustavo Specchia

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La semana que pasó estuvo movida por varios ritmos diferentes a nivel internacional. Dada la cercanía y la importancia estratégica regional, la samba electoral brasileña fue quizás la que se escuchó más alta en nuestras latitudes. Al final, Lula da Silva obtuvo la mayor cantidad de votos en las presidenciales, pero no obtuvo la reelección en la primera vuelta, y antes de que termine octubre la samba volverá a mover las urnas.

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De todas las lecturas que pueden hacerse sobre este resultado, una –profunda a nivel valorativo- es la que apunta a la disminución de la tolerancia del electorado frente a la corrupción. Lula aventajaba en casi doce puntos a su competidor, Alckmin, hasta que comenzaron a destaparse los casos de corrupción en funcionarios del entorno del Presidente, y éste confió una y otra vez en que su carisma y la confianza de la gente en su persona irían desactivando uno a uno esos escándalos, que habían comenzado a asomar ya a fines de 2004.

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La tranquilidad de Lula era tan grande, que se dio el lujo de no asistir al debate de cierre de campaña, el jueves pasado, donde sus adversarios se pasaron las dos horas del programa, retrasmitido a todo el país, insistiendo en que la ausencia del Presidente se debía a la imposibilidad de dar explicaciones por los hechos que salpican a sus hombres de confianza.

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El resultado, finalmente, fue ajustadísimo. En cierta manera, el castigo en las urnas es también un síntoma de mayores grados de madurez en el comportamiento de los electores, aunque no solamente: es también un indicador de una agudización en la división interna de la sociedad brasileña. El Partido de los Trabajadores sigue ganando en el nordeste, territorio de donde proviene el propio Lula, y donde se concentran los más de diez millones de familias, que –en condiciones de miseria- sobreviven con subsidios estatales. En cambio la socialdemocracia de Alckmin se hizo fuerte en el Brasil rico del sudeste: en San Pablo, la capital industrial y comercial del país y donde se agrupa una quinta parte del electorado, dos de cada tres votos le dieron la espalda al Presidente, y lo empujaron a la realización de una segunda vuelta.

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El ejemplo de Venezuela, con una sociedad cada vez más dividida, está demasiado cerca. El futuro gobierno brasileño estará obligado a disminuir la agresividad que ha alcanzado esta campaña, transparentar las acciones de gobierno frente a una ciudadanía que ha demostrado tener poca paciencia y menos tolerancia frente a los abusos y la corrupción, y convocar a una concertación política, que frene la división que se agudiza en el cuerpo social del gran país de América del Sur.

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Mientras por estas latitudes sonaban ritmos de samba, otros más violentos atronaban en el norte. En menos de una semana, tres colegios norteamericanos se convirtieron en campos de una irracional batalla contra la educación, la niñez, y la convivencia. El último, en las llanuras rurales de Pensilvania, donde un hombre irrumpió armado en una escuela de la comunidad amish, un grupo cristiano muy observante, con estrictos principios éticos que regulan su vida cotidiana, pero con una abierta actitud de convivencia pacífica para con los demás. Allí, en la escuela del pueblito de Nickel Mines, luego de hacer salir a los alumnos varones, colocó a las niñas en fila frente al pizarrón, y comenzó a dispararles. Algunas murieron al instante, otras quedaron agonizando o gravemente heridas cuando el agresor, a su vez, se disparó a sí mismo.

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Tres colegios, en una semana. Sin embargo, la administración del presidente Bush sigue insistiendo en que la tenencia de armas es un derecho constitucional inalienable, que asegura la libertad en la sociedad norteamericana. Es un sesgo muy particular en la mirada.

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Pero el mirar sesgado es una práctica a la que el presidente está muy habituado. Eso, al menos, es lo que afirma el nuevo libro del periodista Bob Woodward, uno de aquellos dos reporteros que destaparon el Caso Watergate, que llevó a la caída del gobierno de Nixon. Woodward señala que Bush ignoró las advertencias sobre la guerra de Irak, y que sólo lee los mensajes positivos sobre la contienda en el cercano oriente, e ignora –sin ni siquiera leerlos- aquellos informes que son negativos o con información adversa a sus decisiones. State of Denial (Negar la evidencia), el libro del famoso periodista, aparece en un momento crucial para la administración Bush, cuando están a punto de comenzar las campañas para las elecciones legislativas, y cuando en el propio Congreso ha estallado un escándalo que involucra sexo, internet, y acoso a menores de edad.

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El viernes pasado renunció a su banca el legislador republicano Mark Foley, que la ocupaba desde hacía doce años, en el transcurso de los cuales se había convertido en un verdadero paladín de la lucha contra la perversión sexual y la defensa de los “valores familiares”. Su renuncia se debió a que se conocieron los mensajes por internet que Foley le enviaba a adolescentes, becarios en el Congreso de los Estados Unidos, con libidinosas y procaces insinuasiones sexuales.

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El doble discurso moral de la administración republicana, el sesgo en la apreciación de la realidad del presidente Bush, y el desastre en el manejo de la guerra en Irak, hacen presumir que la actual administración perderá el control de las cámaras legislativas en las próximas elecciones.

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