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New Book: “Thirteen Stories by Writers in Córdoba (Argentina)”, Frankfurt 2011

Nuevo libro:

Thirteen Stories by Writers in Córdoba (Argentina)

Selection and Prologue by Carlos Schilling

Con mi cuento “The Foolish Joachim”

(Translated by Sheila Carmody)

Frankfurt, 2011

María Teresa Andruetto

Hernán Arias

Julio Cabrera

Rosalba Campra

Andrés Dapuez

Federico Falco

Sergio Gaiteri

Lilia Lardone

Federico Lavezzo

Nelson Gustavo Specchia

Diego Tatián

Victoria Uribe

Diego Vigna

 

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Como ponerle puertas al campo (26 08 09)

COMO PONERLE PUERTAS AL CAMPO

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En su ensayo “Libros. Todo lo que hay que leer”, Chistiane Zschirnt selecciona arbitrariamente 100 títulos que a su juicio son imprescindibles.

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por Nelson Gustavo Specchia

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biblioteca infinita

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Desde siempre nos han obsesionado los límites del conocimiento humano, y esos reservorios de la inteligencia y de la creatividad que son los libros. Una de las preguntas más antiguas que vienen flotando en las reflexiones sobre nuestra propia capacidad de imaginar y de escribir tiene que ver con esos límites –o ese horizonte infinito- que contiene la cultura. Y como una consecuencia de esa vieja pregunta, aparece casi de inmediato la necesidad de la nomenclatura, del orden, de las prioridades: lo que define el canon y –casi tan importante, o más- lo que queda fuera del canon. Octavio Paz diría que es una tarea tan estéril como ponerle puertas al campo, pero una y otra vez reaparece en el debate intelectual, y más apremiante cuando esos límites se desplazan velozmente, aumentando día a día la cantidad de páginas ofrecidas a un lector cada vez más improbable, con menos tiempo para el goce literario, con urgencias reales o supuestas que lo empujan a consumir sólo las obras de una selección que, por ello, gana centralidad. Y a mí no deja de parecerme un trabajo inútil, que va en sentido contrario a la fertilidad del diálogo entre esas voces distintas, otras, que aparecen de pronto en la página menos previsible, y que uno sólo encuentra cuando se deja extraviar en los meandros de los pasillos bibliotecarios, de las librerías de viejo, o de las que no se limitan a la mesa trillada de los títulos de grandes ventas. Un extravío quizás justificado por aquella intuición de Plinio el Joven, de que no hay libro tan malo que no contenga alguna línea rescatable.

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Hasta las postrimerías del siglo XIII la respuesta a esa antigua pregunta se encontró con los macizos y contundentes muros de piedra de los monasterios. La cultura tenía límites: la verdad era una, y había sido dicha de una vez y para siempre. En los alargados “scriptoria”, el erudito monje benedictino debía limitarse a copiar una y otra vez esa misma verdad, “iluminar” con colores y formas, pero nunca buscar ni agregar. Porque no había nada que agregar, la lista de los libros, de aquellos que realmente importaban (el “canon”) estaba cerrada. Pero luego llegaron las ciudades, los libros saltaron los muros monásticos, y la antigua pregunta sobre los límites de lo cognoscible volvió a tomar envión, alimentada por los tipos móviles de Juan Gutenberg, de Maguncia.

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Con la proliferación de cubiertas, títulos y lectores, volvió el ánimo nomenclador, las listas, y el sueño titánico de enmarcar todo el saber posible en una serie limitada de obras. No se perseguía la eliminación de los “libros malos”, como haría luego el Tercer Reich en las hogueras de Berlín, o la dictadura argentina con los listados de obras prohibidas para las buenas conciencias occidentales. Este nuevo ímpetu clasificador, por el contrario, estaba alimentado de buenas intenciones: se proponía servir como faro en el mar de la cultura. El intento más logrado en este camino lo marcó el enciclopedismo francés con su proyecto voluntarista de editar un libro que contuviera la totalidad del saber humano, proyecto que fue pronto replicado con la aparición, en Edimburgo, de la Enciclopedia Británica, y de la Brockhaus en Leipzig, ambas en la segunda mitad del siglo XVIII. Los últimos coletazos fuertes de esta tendencia llegaron, un siglo más tarde, con la publicación del diccionario enciclopédico de Pierre Larousse, ya humildemente restringido al ámbito escolar.

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Quizá la mejor manera de poner en situación estos intentos de estandarizar y catalogar lo que naturalmente debería permanecer libre y revuelto, no sea teorizando sobre sus virtudes, posibilidades y límites, sino narrando los excesos de su programa con una fina capa de ironía, para hacer evidente el despropósito de ponerle puertas al campo. Jorge Luis Borges dejó entrever algunos elementos de ese énfasis catalogador de la cultura en algunas páginas bellas e inquietantes, como aquel intento de construcción de la biblioteca del Congreso con la acumulación de todos los libros del mundo, y que como no podía ser de otra manera, condujo a la expirosis de las llamas, porque “cada tantos siglos hay que quemar la biblioteca de Alejandría.” O aquel libro vasto como la arena, que comprendía todos los libros que el hombre haya escrito jamás; o aquella biblioteca construida sobre infinitas galerías hexagonales, que recibe el mismo nombre que la torre donde se castigó la desmesura humana confundiendo las lenguas.

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He vuelto a pensar en esta tensión permanente entre la universalidad de la cultura y los intentos de fijar los cánones de su interpretación, al leer el último libro de Christiane Zschirnt, Libros. Todo lo que hay que leer. Guillermo Rodríguez me contó que una comisión de sabios rusos había calculado que la biblioteca imprescindible que debía leer un hombre culto alcanzaba los 12.000 volúmenes, y estaba preocupado, porque había sacado cuentas, y a dos libros por semana, durante 60 años, apenas llegaba a los 6.240. Necesitaría dos vidas, cuando menos. Pero ya no debe preocuparse, la doctora Zschirnt le acorta el camino, según ella, “Todo lo que hay que leer” se limita a una centena de obras, desde la Biblia hasta Harry Potter.

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Hace algún tiempo, Dietrich Schwanitz publicó un libro que alcanzó records de ventas, La cultura. Todo lo que hay que saber. A pesar de las desmedidas intenciones del título, el volumen se limitaba a una exposición más o menos cuidada de fichas cortas sobre los picos más relevantes de la vida intelectual y artística de Occidente. Schwanitz dictó varios seminarios con su best-seller, Zschirnt asistió a ellos, y encaró el proyecto de mini enciclopedia libresca en el mismo camino que su mentor (que, por cierto, prologa esta hijuela literaria y comercial).

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En las 506 páginas de Libros. Todo lo que hay que leer (tengo la versión española de Punto de Lectura, tercera edición, Madrid, 2008), Christiane Zschirnt presenta las obras que recomienda como si se tratara de grageas terapéuticas, pequeñas, solubles, de tránsito rápido y de efecto inmediato. La introducción de la Divina Comedia ocupa cinco páginas, y otras cinco toda la Biblia. Para Romeo y Julieta alcanzan dos, y las tres utopías (la de Moro, la de Bacon, y la de Campanella) se despachan juntas en cuatro páginas.

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Sería ocioso, creo, hacer un listado de las carencias de un proyecto de estas características (sería, en todo caso, otra lista, también incompleta); el énfasis centroeuropeo de la mirada; la sola consideración occidental en la nomenclatura; el lugar relegado de la poesía; o limitar todo el teatro escrito a poco más que Shakespeare. Lo que amerita su publicación –y la buena receptividad de este tipo de libros- es una vuelta a aquella pregunta antigua, sobre la supuesta necesidad de marcar la ruta, rayar la cancha, fijar el canon.

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Dice la autora en las últimas líneas de la introducción que su libro “pretende proveer al lector de la brújula que necesitará para hacer sus propios descubrimientos, si es que se atreve a lanzarse al mar.” Yo creo que –cuando de libros se trata- antes de lanzarse al mar lo primero que hay que tirar es cualquier aparato que se parezca a una brújula.

En LA VOZ DEL INTERIOR

miércoles, 26 de agosto de 2009, CULTURA, página C-6.

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Giuseppe (Capítulo VII – final)

 

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO VII     –     Ángel y Any

 

A este lado de la vida

 

 

  

   Al poco tiempo que estuvieron aquí Alfreddo y Giuditta, que estuvieron ellos viviendo con nosotros esa temporada mientras terminaban su casa ‘n Córdoba, tuvimos que cerrar también la despencita que habíamos abierto, porque nos amenazaban, nos decían por teléfono que nos iban a matar, que nos iban tirar una bomba, esas cosa. Todo por ‘l asunto del Angel y la Any. Mi hijo, Angel, había termináo ‘l segundario ‘nel Chaco; cuando había termináo Rosalía –que terminó de maestra- no se había querido ir estudiar ‘n la universidá, pero él sí quiso. Se fue estudiar ‘n Santiago del Estero, con los hijo de Lisandro Acuña, que éramos amigo, se fueron ahi, se alquilaron un departamentito y se pusieron estudiar ‘n la escuela católica, ‘n la universidá de los curas ‘n Santiago. ‘L Angel se puso ‘n abogacía y los hijos de Lisandro estudiaban de contador. Eso fue allá ‘nel ‘67, y estuvo ahi hasta ‘l ‘69, dos año allá, y ahi é cuando se viene ‘n Córdoba, porque quería seguir estudiando de ciencia política, de diplomacia ¿no?, aquí ‘n la escuela de los cura también, ‘n la universidá católica.

 

   Mi idea era de ir ‘n Rosario, quería comprar una casita allá, estar ‘nuna ciudá donde los chico pudieran estudiar y estar con nosotro, pero no conseguimos casa. Entonce nos vinimos a ver aquí, a Córdoba, ‘anque yo no quería mucho, é como si tuviese un presentimiento adentro, ¡qué se yo!, pero vinimo igual. Tres millón de peso conseguimos esta casita aquí, ‘nel barrio, y yo se la compré a los chango. ‘L Angel antes nunca había tenido una, así, una militancia política, nunca, ‘anque yo estaba con los radicale, con ‘l Partido Radical, pero él no, porque era menor de edá, no participaba él ‘nesas cosas. Él era bien jovencito porque había comenzáo la escuela de chico, y no falló ningún año ¡era má inteligente!, ‘ntonce, cuando se fue estudiar ‘n Santiago del Estero tenía diecisiete año, y no había participáo nunca ‘n los partido. Era realmente inteligente, y como hijo era muy bueno, era buenísimo, ¡ni parecido a estos dos!, pero, yo no sé cómo mierda lo han convencido… Quizá ‘l estúpido fui yo, porque él antes de decidirse ir estudiar, él trabajaba ‘n la agencia, trabajaba de inspetor de servicio, que así lo exigía la Ford, que hubiera inspetor de servicio, y viene y me dice: “- Mirá, papá, a mí este trabajo me gusta de alma, si vos queré que yo no me vaya estudiar, yo me quedo.” “- Elegí lo que vos quieras, para mí vá estar bien” –le contesté yo ‘nese momento-. Y eligió irse. Si yo le digo que se quede conmigo, que no se venga ‘n la ciudá, la pegábamos, porque él se hubiera quedáo, yo no vendía todo aquello, hoy estaríamos todos… pero esa maldición, siempre ‘l diablo mete la cola cuando uno menos lo piensa ¿no?, y se vino namás.

  

Aquí ‘n Córdoba, ‘l primer año: una maravilla. Iba con los otro muchacho a misa y todo eso, porque la familia nuestra era bien católica, siempre ellos allá ‘n Charata iban ‘n misa, respetaban. Yo ‘n misa no iba, pero era ‘l mejor amigo que tenía ‘l cura, ‘l padre Estanisláo. Por eso cuando vino ‘l obispo, por’jemplo, ‘anque estaban allí los que iban todos los domingo a besarle la mano al cura, que eran culo y calzón con la Iglesia ‘nuna palabra, ‘l padre Estanisláo me llamó a mí por teléfono: “- Don José, ¿no me puede venir llevar, que lo vayamo buscar a monseñor, que viene ahora…?” “- Sí, padre ¡cómo no!” –le digo yo-, y allá fuímos. Y a los otro les dio bronca, a los iglesiero, porque incluso tenían auto mejores que ‘l mío, pero ‘l cura sabía que yo no iba mucho ‘n la iglesia pero igual me tenía ‘n consideración. Yo una vez le había dicho: “- Mire, padre, yo soy muy católico, pero no voy mucho ‘n la iglesia porque no tengo tiempo…” Y este cura –ruso era, y rápido como él solo- me dice haciéndose ‘l aflijido: “- Pero José, ¡qué lástima…! ¿y cómo hacés tiempo para ir jugar todos los domingo una partidita del naipe ‘n la Sociedá Italiana?” “- Ah…, pero é porque tengo que despejar la memoria –le digo yo- tengo que descansar un poco la cabeza.” Y así nos entendíamos, y yo era lo que se puede decir ‘l mejor amigo de él. Todos éramos católico, todos nosotros, y los chico también, siguieron esa religión cuando se vinieron ‘n la ciudá, ‘l Angel siguió yendo ‘n la iglesia, iba con los chico de Del Valle, que eran amigo desde la escuela y vivían juntos aquí, todos eran muy respetuoso, buenos chico, de familias bien. Pero eso fue namás ‘l primer año.

 

   Rosalía, que vivía acá con ellos, no iba ni a misa por perezosa. Ella se había venido cuando se vino ‘l Angel. Decía que también iba estudiar, pero despué, cuando ya estaba aquí, no se quiso inscribir, los muchacho le decían que se inscribiera, que le iban ayudar ellos a estudiar, pero no quiso. Decía que iba a emplearse, fue despué aprender escribir a máquina, ¡qué se yo!; culpa un poco nuestra quizá, porque ella fue siempre testaruda, siempre hizo su cabeza namás, así fue como no se casó, ‘anque tenía unos chicos bueno, unos chico que la querían, pero ésta, bueno, fue siempre así así namás.

  

‘Nesa casa que yo les había compráo a los chango, ahi vivieron todos junto, ‘l Angel, Rosalía, y los chico de Del Valle, vivieron hasta 1971. Ese año ¡porca miseria! yo vendí todo ‘n Charata, la agencia, la estación de servicio, las casas, todo, y nos vinimo también nosotros, siguiéndolos a ellos, nos vinimos los tres con María y mi hijo menor, ‘l Adelmo; los chicos de Del Valle alquilaron un departamentito y nosotros nos quedamos ‘n la casa. Y ahi fue cuando ‘l Angel se puso de novio con esta chica, con la Any, ella también iba ‘n la misma escuela, eran compañeros de facultá, y ‘n octubre del ‘73 viene mi hijo y me dice: “- Mirá, papá, a mí me gustaría casarme, tenemos los dos trabajos bueno, no sé qué te parece a vos…” Porque era así, compañero mío él; y bué, yo pensé que ella buena chica parecía, y trabajaba ‘nesa fábrica, ‘nesa que está saliendo ‘n la ruta, y él tenía un rastrojero que yo le había compráo, y con ‘l camioncito hacía de taxi-flet a las mañana, así que tenían dos sueldo; aparte ‘l Angel iba comenzar a trabajar ‘n la IKA ‘n cualquier momento, estaban bien ‘nuna palabra. ‘Anque la Any no venía de una familia de muy buena posición, ‘l padre de ella tenía puesto ‘nel mercado, tenía dos puesto de frutas y verdura; los padre también tenían un departamento ‘n la avenida General Paz, un coche Dodge que habían sacáo nuevo, eran así, de clase media ¿no?. Y ella también era muy inteligente: cuando terminó ‘l colegio segundario la becaron, la becaron que se fuera estudiar a los Estados Unidos, todo diez ‘n las materia tenía ella, y un año entero pasó allá, de becada, y cuando vino fue que se metió ‘n la universidá católica a estudiar ciencia política. Está bien, le dije al Angel que me parecía bien, que se casara si quería.

 

   Y se casaron ‘n octubre del ’73. Yo ya había compráo un departamento, uno bien cerca del centro (había vendido unos terrenos ‘nel Chaco y tenía unos peso extra ¿no?), pero ‘l Angel no quiso que se los regalara, así que ellos se fueron a vivir allí pero me pagaban ‘l alquiler siempre, nunca dejaron de pagarme ‘anque se lo había compráo pá ellos. Ahi fue que tuvieron la nena, Esperanza, mi nietita, al año má o meno que se habían casáo. Vivían bien ellos, era una parejita joven, normal, tenían sus dos trabajo, con buenos sueldo, estudiaban, tenían su hijita, eso, una familia normal, y así. A fines del ‘75, viene un día ‘l Angel y me dice: “- Mirá, papá, creo que vamo dejar ‘l departamentito, nos queremos ir ‘nuna casa, por la nena, que le vá a venir bien, ecétera ecétera.” Yo, ‘nese momento no me imaginé nada raro, ni me dí cuenta de nada, pero empecé sospechar que había algo que no andaba del todo bien ¿no?, que no funcionaba, pero como ellos estaban ganando muy bien, él ya había comenzáo trabajar ‘n la fábrica, ‘n la IKA, y ella tenía un empleo estupendo, no dije nada, pero una espinita se me puso ahi. Dejaron al final ‘l departamento y se trasladaron a otro barrio. Y al poco tiempo él renunció a la IKA, ¡má! ¡qué carajo les pasaba a estos!, nos sorprendió, él nos dijo que era pá emplearse ‘nuna farmacia que le pagaban más… él cuando nos contaba esto parecía tranquilo y se reía, pero yo conocía a mi hijo, y me pareció que ‘nel fondo estaba nervioso, nervioso por algo, pero nos callamo otra vez. Y a los pocos día ella nos dice que la habían echáo de la fábrica; ¡la madonna…!, ahi ya comenzamos, con ‘l consuegro, con ‘l padre de la Any, a preguntarles que qué estaba pasando, si é que estaban metidos ‘n algo, que porqué hacían cosas tan rara de un tiempo a esta parte. Nos contestaban que no ellos, que no era nada, lo negaban todo ellos, pero a mí me parecía que algo de política era, que estos se estaban enredando ‘n algo que tenía mala entraña. ‘L Angel lo negaba una y otra vez, porque si él me lo hubiese contáo, si hubiese hecho como era antes, que me contaba las cosa, que me preguntaba qué me parecía a mí, yo –teníamos ya la despencita y algunos peso ahorrado- los mandaba inmediatamente afuera, al extranjero, pero pobre hijo, quizá precisamente por eso no me dijo nada.

  

Una vez lo agarré y le dije: “- Angel, hijo, si hay algo ‘n que estéas metido, andate ‘nel Paraguay, váyanse, no se queden aquí… si quieren los llevo yo ‘nel coche hasta allá.” Y no quisieron, que no nos preocupemo, que no había nada de malo, que no andaban ‘n nada; pero a mí no dejaba de picarme eso, ese presentimiento que yo tenía ahi metido adentro, ese presentimiento por él. Yo creo que tenía miedo, ahora que lo pienso creo que tenía miedo, era ese presentimiento que yo ya había tenido cuando ellos decidieron venirse ‘n Córdoba, aparte ¡esos tiempos ya estaban tan pesáos! ¡si ya habían “fletáo” a qué se yo cuánto chango que nosotro conocíamos de aquí, del barrio!, a éste de aquí ‘n frente, al hermano de la Marisa (que ahora é esposa de mi otro hijo, de ‘l Adelmo) ya se lo habían lleváo; al otro chango de la cuadra de ‘n frente ya lo habían matáo ‘n mayo: eso lo estábamos viendo a diario, no había que irse al centro, o ‘n Buenos Aires, pá vivirlo, lo teníamos namás aquí, por frente a la casa pasaban los Ford Falcon con ellos, con esos tipo encima, mostrando las armas larga sin ningún problema.

  

Y así, vivíamos todo convulsionado, todo los día había algo, nosotro ‘n la despencita no nos tocaba mucho, porque como era un negocio chico, quizá por eso ‘nun principio nos dejaron ‘n paz, pero lo que é bancos, comercios grande, supermercado, esas cosa, ¡no había día sin bomba o ataques o qué se yo!. Y cuando ‘n vez de la pulicía ya entraron ellos, ya estuvieron los militare, la cosa se calentó más todavía, éstos mataban a cualquier tipo, ¡‘n plena calle mataban sin mirar mucho siquiera!, si aquí ‘n la otra esquina, que yo iba ese día a la despencita a abrir, una señora que venía con ‘l auto casi enfrente de la despencita, y vio que había un camión del ejército, y parece que se abatató, no sé qué mierda puede haberle pasáo, la cuestión é que no frenó a tiempo, ¡y éstos agarraron los fusiles y la acribillaron, mi Dio, la acribillaron ahí delante mío!, todo los día se podía ver que se empeoraba mucho la cosa. Despué ‘l ejército sacó un comunicáo que los auto no traten de escapar, porque ‘l soldáo tiene orden de tirar a los que huyen, que estaban revisando namás, pero que a nadie le iba a pasar nada si obedecía las intrucione y no trataban de escapar. Eso, al meno, é lo que decían ‘n los comunicáos. Pero que la cosa estaba brava y se ponía cada día peor, y con ‘l padre de la Any nosotro decíamos que era imposible que a ella la hubiesen echáo de la fábrica, si é que la querían tanto y era tan inteligente ‘n su trabajo, ¿porqué iban echarla?; yo comencé sospechar que éstos habían renunciáo, que habían salido por propia voluntá, pá tener más tiempo libre pá ocuparse de otros asunto, ‘n los asunto ‘n que se estaban metiendo. Ahi fue cuando me empezó dar miedo de endevera, miedo por ellos, porque como la cosa, la situación, estaba tan confusa, tan, así, que nadie sabía bien qué estaba pasando ‘n las calle, todo tan podrido…

 

   Y ‘l 15 de agosto de 1976 se la llevaron a ella. Habían organizáo una reunión o algo así, la cosa é que había muchos, estaban reunidos y vino ‘l ejército y se los llevaron todos, sólo algunos hubo que pudieron escapar. Yo despué estuve con ellos, cuando los buscábamos, y me contaron, me contaron que estaba ella, que se la había lleváo ‘l ejército; era ‘nel barrio Alta Córdoba, y la Any había sido una de las organizadora. Justo nosotros no estábamos ‘n la ciudá, nos habíamos ido ‘n Arteaga a ver a las hermana de María, ‘l viernes de la semana anterior ellos habían estáo ‘n la despencita, comprando mercaderías (que ellos hacían la compra ‘n la despencita de nosotros) ¡si tengo la cara de él, de Angel, acá al frente, como si fuera hoy! ¡si puedo decir qué se llevaron de mercadería y todo!, lo que charlamos, todo, y se fueron. Y esa fue la última vez que los vimo, despué, nunca más, hasta ahora, nunca. Nosotro les dijimos que no sabíamos bien si nos íbamos ese fin de semana o no, porque ellos querían dejarnos la Esperanza, a mi nietita por ese fin de semana, y a mí se me ocurrió, así, ‘nel momento, se me ocurrió algo y le digo: “- Che, ¿y dónde van a estar ustede, que nos quieren dejar la criaturita?” “- No –dicen- lo que pasa é que queremos ir ‘nel campo, a la sierras.” Y a mí no me terminó de sonar bien del todo; y bueno, cuando pasaron y nosotros nos habíamos ido, se la dejaron a los consuegro, a los padre de ella. La dejaron porque ya deben de haber sabido que los andaban buscando, que andaban ya detrás de ellos, porque si no, ¿porqué la iban a dejar justo ese fin de semana, si nunca nos dejaban la nena?, pá salvarla la vida, claro. Y ‘anque sabían que los buscaban y todo, ella ‘l sábado a la noche se fue ‘nesa reunión allá, ‘n Alta Córdoba, y ahi desapareció.

  

Pero yo digo que ellos no sabían lo que les podían llegar a hacer, ellos creían que los podían llevar presos, así, y despué soltarlos, si hasta ‘l mismo Angel le dijo a Rosalía (yo me enteré de eso mucho despué ¿no?), le dijo que si lo ponían preso que le llevara un plato de sopa ‘n la cárcel… yo creo, quizá me equivoco, pero a mí me parece que no tenían idea de que les pudieran hacer más que eso: cárcel y algunos palo. Pero así, secuestrarlos, desaparecerlo, torturarlos, asesinarlos, no, no… si ellos no eran de esos de salir a poner bombas ni nada por ‘l estilo, ¿por qué?.

 

Al lunes siguiente, cuando nosotro volvemos, viene un tipo aquí ‘n la casa, toca ‘l timbre, y cuando salgo yo a atenderlo ya me dí cuenta, inmediatamente, de que había pasáo, de que había pasáo lo de mi miedo. Me dice ‘l tipo: “- Mire, allá ‘n la casa de su hijo, lo han ido asaltar, le sacaron todas las cosa, gente del ejército, uniformados.” ¡La puta…!, yo no pude seguir escuchando, se me vino ‘l alma abajo, ni agradecerle pude al pobre tipo, no me salían las palabra de la boca. Busqué rápido a María, que todavía estaba acostada –que habíamos llegáo del viaje medio tarde la noche anterior-, la levanté medio sin vestidos y agarramos ‘l auto, nos fuímos allá, donde ellos habían vivido, ¡un desastre! ¡un desastre completo!, lo que habían hecho allá era un desastre, habían cortáo la reja del frente, roto la ventana, y por ahi habían sacáo todo, todo, todo. Cuatro autos, dice ‘l matrimonio ese que eran vecino –unos médicos que se habían hecho amigo- cuatro autos que hicieron dos viaje llevándose todo, hasta la mercadería que habían compráo ‘l viernes ‘n nuestra despencita, todo, hasta ‘l moisés y los juguetito, la ropita de la criatura. Ese matrimonio de vecino les había anotáo los número de las patente, dos coche tenían patente y los otros dos –eran todos Ford Falcon- no tenían, y ese matrimonio salió ‘n la vereda cuando éstos estaban llevándose todo, y los militare, los milico ahi le mostraron unos papele a la señora, unos papele panfletos, que eran del partido de los peronista, de los montoneros, y de los otros, de esos del ERP, y nos decía a nosotro, despué, nos decía esa dotora: “- Seguro que ellos namás los habían traído, los propio milicos, si aquí no había nunca nadie, no hacían reuniones ni venía gente sospechosa, nada…” Así nos dijo, pero yo no sé, porque al poco tiempo también se los llevaron a ellos, a ese matrimonio de médicos que habían sido vecino.

  

La dejé a María ahi y me fui a buscar al consuegro, al padre de la Any, ‘l tipo ese que nos vino avisar ‘n casa, también había ido ‘n la casa de ellos, ‘anque nunca supimos quién era ‘l tipo ese, pero ya me estaban esperando los consuegro. Y con los número de las patentes fuímos hacer la denuncia ‘n la sección de la pulicía, ‘n la comisaría del barrio, pero de ahi nos mandaron ‘nel Cabildo, que era donde funcionaba la central, ‘l comando central de la pulicía. Nos dijeron que bueno, que esperáramos, que iban a mandar a uno a sacar las impresión digital, que los esperáramos ‘n la casa mismo, así que nos volvimos. Pero, de la mañana –que habíamos llegáo ahi bien tempranito- esperamos hasta que casi se hizo oscuro, ‘n la noche, no venía nadie, ‘ntonce ‘l consuegro agarra ‘l auto, y me dice: “- Voy reclamar, a ver qué mierda pasa con esta gente que no viene.” Al rato vuelve, pálido ‘l pobre, y me dice, así, todo apuráo: “- Rajemos de aquí, don José, que acá no vá venir nadie… y parece que éstos tienen gana de meternos adentro a nosotros también, por lo que ví ‘n la comisaría, ¡vamos, vamos…!” No sé qué diablos habrá visto allá, ni lo que le habrán dicho ¿no?, pero salimos rajando de ahi, cerramos la ventana como pudimos, con unos alambre.

 

   A mí, ‘nun primer momento, se me ocurrió que a éstos los iban a liquidar, que lo que hiciéramos de ahi ‘n más era de balde, que las cosas ya habían pasáo, y nosotros, nosotros… pero no dije nada; conversábamos con María, con los consuegro, decíamos que los tendrían preso, que nos avisarían al otro día, que teníamos que estar calmo. Nadie de nosotro decía ‘n voz alta que lo más seguro é que ya estuvieran muerto, pero eso era lo que yo no me podía sacar de la cabeza, desde ‘l primer momento, cuando ‘l tipo ese me estaba diciendo aquí, ‘n la puerta, que les habían entráo ‘n la casa.

 

   Esa misma semana comenzamos averiguaciones aquí y allá, fuimos ‘nel ejército, ‘nel Tercer Cuerpo, nadie te decía nada. También hablábamos los primeros día que era posible que se hubieran ido ‘nel extranjero, que hubieran huído, pero vino ese muchacho –uno de los que habían lográo escapar esa noche ‘n Alta Córdoba-, y nos dijo que a la Any se la habían lleváo esa noche, que la habían detenido ‘l domingo a la madrugada. Yo é que no se cómo pudo ser, chicos inteligente, metidos ‘nestas cosa ¿no?, é que al final ya no sé qué pensar.

 

   Y a él lo secuestraron ese mismo día, mientras nosotro estábamos ‘n la casa, esperando a los pulicías que vinieran tomar las huellas digital. A mí é que eso me ha remordido la conciencia, todos estos año yo he pensado eso, que mientras nosotros estábamos ahi, esperando sentáos, por ahi cerca a él lo agarraban, se lo llevaban… A él lo agarraron porque este boludo la salió buscar a ella, a la Any; porque ‘l Angel, al ver que ella no había vuelto ‘n la casa, a la mañana siguiente llamó ‘n la casa de los suegro, con la excusa de preguntar por la nena, pero ‘n realidá la andaba buscando a ella, porque también llamó a la casa de otros amigo, compañero de ellos ‘nesa política. Todas estas averiguacione yo las fui haciendo despué, ¡si sólo he vivido pá eso!, para averiguar, pá buscarlo a él. Y me dijeron que él, ‘l Angel, al ver que la Any no había vuelto, la salió buscar ‘nel auto, y ahi fue que se encontró con otro compañero, un chango que venía de Buenos Aires –un chango buenísimo, yo lo conocía bien- que se había venido trayendo la hijita de otra amiga a la que también andaban persiguiendo (una rusa a la que se habían lleváo ‘l marido ya, y despué al final también se la llevaron a ella), y se encuentra con este chango, y como lo vio tan desesperáo, también se subió ‘l chango, se subió pá ayudarlo a buscar la Any, y ‘nalgún punto de la ciudá, no sé bien dónde, los secuestraron a los dos.

 

   Si él ‘n vez de salir buscarla a ella hubiese pasáo por aquí, si me hubiese venido a ver a mí, yo ‘n la puta vida lo dejo ir, lo hubiese hecho rajar afuera, pero é que no se, no puedo entender, hacer esas cosa tan, así, tan estúpidas ¡muchachos tan inteligente!. Nosotros nunca supimos que estaban tan comprometido, quizá ellos creían que iba ser diferente, que iba ser como ante; porque ante de que entraran los militare, a los que andaban ‘n cosas política los detenían, los juzgaban, les daban tantos año de cárcel, y con la condena cumplida los largaban; pero despué, los milico, no juzgaron más ninguno, los mataron a todos, así, a los muchachos que andaban ‘n política, los que eran montonero como ellos, peronista montoneros. Nosotros lo supimos despué, porque ellos nunca nos dijeron nada, con los consuegros lo supimos despué, eso, que ellos eran de esas ideas. Pero lo que nunca supe de endevera é si eran guerrilleros o no, si estaban ‘n la lucha armada. Yo digo que no, creo que no, é que yo no lo veo al Angel con una ametralladora ‘n la mano, no me lo imagino ¡pero si era un pan de Dió mi hijo!; pá mí que ellos eran de esos que hacen marchas ‘n las calle, de movilizaciones, esas cosa. Despué los peronista se hicieron guerrillero, pero ellos no, ¡qué iban a ir ellos ‘nesos asalto que decían los militare, ‘n los atentado, esas cosa con bombas!, no, no, yo creo que él no. Si hasta ‘l mismo ingeniero ese que les alquilaba la casa me decía despué, que él vivía ‘n la otra casita junto, me decía: “- Pero si estos muchacho iban al trabajo y volvían, no salían de acá –dice- yo nunca vi reuniones ni gente que entrara y saliera, eran gente buena…” Claro, yo pienso que ellos allí no hacían reunione pá que no les ubicaran ‘l domicilio, por eso é que se deben haber trasladáo del departamento, quizá ‘nel departamento sí hacían reuniones, y se deben haber dáo cuenta que ahi sí los iban ubicar seguro, ‘ntonce se mudaron y ‘n la casa esa no organizaron más nada. Pero si sabían que los podían buscar, ¿cómo mierda no se han ido ‘anque sea al campo, a las sierras?, yo no entiendo… Si yo hubiera tenido un indicio, ¡má! ¡yo no los dejo acá ni un minuto!, ‘nese tiempo yo tenía todavía muchas amistade, no como ahora que me he quedáo má solo que un perro, tenía amistade, conexiones, ‘nel Norte, hago que los crucen la frontera clandestinamente, de alguna manera, y no les hubiese pasáo nada; hubieran podido volver despué, como muchos que han mandáo los hijos ‘n Italia, ‘n España, se han tenido que chupar algunos año afuera, pero hoy están vivo, pueden contar ‘l cuento, no como estos pobres hijo… Si yo hubiera sido un poco más joven, quizá, pero uno ya estaba viejo, no entendía demasiado de estas cosa, cosas de jóvenes, de violencia, cosas de la ciudá, y uno que había vivido toda la vida ‘n los pueblo, donde todo é tan diferente, tan familiar. Ellos no nos dijeron la verdá, esa fue la macana, él, que siempre había sido tan compañero, tan ‘n confianza conmigo, esta vez no me dijo la verdá, y yo ya no estaba ‘n condiciones de darme cuenta, de adivinar. Claro que sospechaba eso, tenía esa mala intuición, pero él lo negaba siempre, una y otra vez, cada vez que intenté preguntarle algo, no me hizo confidencia, quizá fue la única vez ‘n la vida, pero fue la última, mi hijo.

 

   Lo primero que hicimos, cuando vimos que ellos ya no… que nadie sabía nada de ellos, fue irnos ‘nel Tercer Cuerpo –ese que está camino a La Calera-. Te pedían que vos pusieras un nombre ‘nun papel y ellos buscaban, no sé si ‘n realidá buscaban un carajo, pero bueno, decían que buscaban ‘nunas lista que allí tenían, si estaba ‘l detenido ahi, iban adentro con ese papel y volvían: “- Negativo –decían-, vuelva de aquí ‘n ocho día.” Y las primeras vece volvimos a los ocho día, como ellos decían, volvimos todas las vece, hasta que nos dimo cuenta que no se fijaban ‘n ningún láo, que sólo nos repetían la misma frase: “- Negativo” –decían-, era tonto seguir yendo, y dejamos de ir. Despué fuimos con un abogáo, y pusimos un habeas corpus ‘nel juez, pero de formalidá namás era eso, ¡porque no te contestaban ni miércole tampoco con ‘l juez!. Fue ahi cuando comenzamos a organizarse: buscamos a otros padre de otros chango, todos andábamos ‘n la misma ¿no?, así que medio que ya nos conocíamos, nos encontrábamos ‘n los pasillo del Tercer Cuerpo, ‘n los Tribunale, íbamos tomar un cafecito, preguntar qué habían hecho ellos, esas cosa. Aparte, todos andábamos buscando abogáos, porque los abogáos no querían, así, casi ninguno quería poner habeas corpus ‘nel juez, ‘ntonce cuando alguien conocía uno, comenzaba desparramar ese nombre entre los otros padre, y así. É que también era que uno se mantenía ocupáo ¿no?, porque ¿cómo quedarse sentado ‘n la casa, sabiendo que ‘nese momento tu hijo estaba gritando ‘n la picana?

 

   Despué ya comenzamos ir ‘n Buenos Aires, ‘nuna oficina ahi cerca de la Casa Rosada, ‘nuna oficina especial que habían abierto: vos dejabas ‘l nombre, y ellos te averiguaban dónde estaba ‘l detenido. Por eso también convenía que nos organizáramos un poco. Las mujeres, sobre todo: ellas se movían más –por eso fueron las primeras-, de ellas fue la idea de la organización. Y despué fue cuando vinieron los derechos humano, que vino la comisión esa de Norteamérica, ¡la gran puta!, si ellos no vienen, ¡cómo son las cosas…! si ellos no vienen quizá mi hijo se salva. Como de aquí los milico les dijeron a Norteamérica que no había presos, cuando vino la comisión esa, a los que había ‘n La Perla, ‘nel campo de concentración de La Perla, a algunos los largaron, ¡pero a todo ‘l resto los mataron!, y entre los que mataron estaba ‘l Angel… Claro: no quedó ningún preso político, la comisión esa no pudo ver ningún preso, ya los habían matáo todos; para mi hijo al meno, la peor cagada fue que vinieran esos de los derechos humano de Norteamérica. ‘Nun principio, cuando estaba por llegar la comisión, han largáo dos o tres camione con presos de ahi de La Perla, del campo de concentración (que ellos, los que estaban detenidos ahi, cuando vieron los camione, creían que se los llevaban pá fusilarlos, ‘n vez esos primeros camione eran pá liberarlos, pá ponerlos sueltos), y ‘l Angel estaba ‘n la fila pá subir ‘nel último camión, a él le tocaba, pero por ser gentil, antes de subir él la dejó pasar a la compañera, la compañera que estaba atrás de él, y no vá que termina de subir ella y ‘l sargento dice: “- ¡Basta! ¡hasta aquí namás!, ¡los demás vuelvan a la cuadra!” Y ese fue ‘l último camión. Ya no vinieron má. A todo los que quedaron los “trasladaron” –como decían ellos, los milico decían que los “trasladaban”, y así querían significar que los fusilaban-. A mí todo esto me lo contó ella, esa chica a la que ‘l Angel dejó subir al camión, a la que hizo subir ‘n su lugar. Esa turquita compartió con él la celda durante un año y medio, ¡madonna santa! ¡un año y medio estuvo mi hijo vivo, aquí namás, a diez kilómetro de mi casa, antes de llegar ‘n Carlos Paz, ahi ‘n La Perla!, nosotros todo ese tiempo buscándolo, todos esos meses, y él ahi namás, ¡un año y medio!. Tres los tenían ‘nuna celda, dos chica y ‘l Angel, y esta turquita era una de las chica, -que a la otra tampoco la dejaron vivir, también la “trasladaron”-. Tenían dos colchoneta, de esas del ejército, chiquitas, eso era todo, ellos tres ‘nuna piecita de dos metro. ¡Ay! si toda una tarde estuvo aquí conmigo ella, contándome, charlando, era la primera vez que yo, así, que alguien que había estáo realmente con él me traía noticias, me contaba cosas de él. Recién fue ‘nel 1983 que ella vino a verme, porque apenas la soltaron se fue del país, se exilió, y volvió cuando Alfonsín, cuando volvió la democracia, ‘ntonce una de las primeras cosa que hizo, dice ella, una de las primeras cosa que quería hacer cuando estuviera de vuelta ‘n la Argentina, era venir a verme, contarme todo. Yo le pregunté… ¡qué sé yo todo lo que le pregunté!, de todo –cuando podía hablar, porque de a ratos ni hablar podía-, ella fue muy buenita, me esperaba, me hablaba despacito: “- Y con la comida –me contaba ella- ¡ah!, abuelo… siempre era escasa, y eso cuando nos daban, porque no siempre nos daban, pero su hijo a veces me iba buscar pan, algo por ahi siempre conseguía, él era demasiado bueno, demasiado.” Porque me dijo que era así: que ellos, durante todo ‘l día, tenían que andar con la venda ‘n los ojos, pero al tiempo ya se las ingeniaban pá ver algo incluso con la venda puesta, y también alguna relación con los milico de ahi dentro deben de haber hecho, ‘n todo ese tiempo; porque me dice ella que cuando pasaba la etapa de la tortura (que podían ser varios mese), si uno no se reventaba, si salía vivo de la tortura, ya te dejaban ahi, ‘n la celda, ya no te jodían demasiado, salvo uno que otro pobre que lo agarraban de nuevo, lo agarraban y otra vez a la picana, pero si no te tenían namás. Y ‘l Angel aguantó la tortura, él pasó largo tiempo que lo torturaban, por ahi lo dejaban ‘n la barraca durante algunos día, que parecía que ya lo iban a dejar ‘n paz, y volvían a llevárselo, pero aguantó mi hijo. ‘N cambio la Any no, porque como ella era tan chiquitita, tan menudita de cuerpo, ella no pasó la tortura, ella quedó ahi namás; ocho día –me dijo esta chica-, ocho día resistió: la violaron, le pegaron fuerte con la tortura, la reventaron con la picana ‘n la “parrilla” (los ponían sobre un tejido de cama, de esos de ante, de hierro, y los mojaban, ‘ntonce cuando le daban picana, les agarraba la electricidá ‘n todo ‘l cuerpo ¿no?), era realmente… criminale. Cómo serían de dañino, de, así, de maldá, que una mañana lo llaman al padre, a mi consuegro, lo llaman por teléfono al puesto que tenían ‘nel mercado, y él no estaba, estaba ‘l peón, ‘ntonce le dicen al peón: “- Bueno, dígale al señor cuando venga que no se mueva de al láo del teléfono, que lo llamaremos dentro de una hora.” ¡Qué…!, pobre viejo, ¡cómo estaba!, él era cardíaco, casi ni aguanta la espera, la Any había desaparecido hacía namás unos día, ‘l viejo creía que era alguien que le podía dar una noticia, decirle algo, estaba esperando impaciente, y a la hora justa lo vuelven llamar, atiende, y ¡no vá que siente la voz de ella! ¡de la hija!, ya estaba casi acabada, le escuchó: “- ¡Ayyy…! ahhh… que me muero, basta, que me muero…” Era ella namás, pobrecita, dejaron que la escuchara un par de veces, y colgaron. Hacía siete, ocho día que se la habían lleváo, y la estaban reventando, estos hijos de puta hasta eso hacían, ¿qué sentido tenía eso?, no conforme con torturarlo a los chico, nos torturaban también a nosotros. Y a la Any parece que la reventaron tanto, que le metieron hasta ‘l fin, porque ella parece que sabía cosas, ella era… (pá mí que ‘l Angel se metió por ella, porque ella era más, más política, así, hablaba siempre de esas cosa), yo pienso que ella debe de haber estáo comprometida, por eso la torturaron hasta que reventó, pobrecita. ‘N cambio ‘l Angel aguantó, como no tenía nada que decir, que él no había hecho nada, porque ellos decían lo que sabían namás, y como no había hecho nada malo… al meno yo pienso así, pienso que por eso, que le sacaron la tortura y lo dejaron ahi, lo tenían, no lo mataban, detenido namás. Y como no salía la condena, porque juicio no había ninguno, ¿qué condena iba salir?, por eso, si no venían los derechos humano, la comisión esa de Norteamérica, a éstos los iban largar, los largan seguro. Pero estos hijos de puta, este Videla, que era ‘l jefe, que era ‘l presidente de la Argentina, parece que era de la idea de largarlos, de irlos poniendo suelto a algunos, a los que no tenían nada que ver, pero ‘l Menéndez, que era ‘l jefe del Tercer Cuerpo, ese era ‘l capo de verdá, él mandaba todo ‘l mundo acá, y dio la orden de que basta de soltarlos, de que los maten a todos, que ya llegaban los de la comisión de los derechos humano esa, y así los han hecho desaparecer, ¡qué mierda! ¡los han metido ‘n tachos de cal viva, pá que ni ‘l cadáver quede, para que se cocinen hasta los hueso!

 

   Pero eso, lo que la turquita esta me contó, fue diez año despué casi. ‘Naquel ‘ntonce no sabíamos nada, nada, y teníamo que hacer algo. É que era así, como pá volverse loco, todos los día aquí, ‘n la mesa del comedor, sentáos, nos hubiéramos vuelto loco todos, y así é que comenzamos a ir a misa de nuevo, yo me puse ‘n contacto con los otros padre, los padre de los otros compañero del Angel, les dije que teníamos que juntarnos, al menos, ‘n la iglesia. Claro que todo teníamos mucho miedo ¿no?, no tanto por nosotro mismos, sino que teníamos otros hijos, nietos…, pero bueno, con ‘l consuegro, con los otros padre, decidimos juntarnos una vez por semana ‘n la misa, ‘nel medio de la semana. Decidimos la misa de los jueves: nos juntábamos ‘n la Plaza San Martín, ‘n frente de la Catedral. Y ‘n otros láos ya algunos estaban haciendo lo mismo, ‘n Buenos Aires por’jemplo –‘n las ciudades empezaron primero-, y así empezaron las Madres, las Madres de Plaza de Mayo, ya comenzaban organizarse ellas. Y aquí hicimos primero con los padre de los compañero del Angel, que son los que yo conocía personalmente, y así. Despué fuímos agregando otros, gente que venía a vernos, a preguntarnos qué estábamos haciendo, que se ofrecían también ‘n ayudar pá algo, bueno, con todos ellos. Eso fue a fines de 1976 mismo, a los pocos mese que estaban los militares ‘nel gobierno, y a principios del ‘77 comenzamos juntarnos ya ‘n la Plaza, ‘n la Plaza San Martín, ‘nel centro, despué de la misa. Y las mujeres comenzaron a ponerse ‘l pañuelo blanco, como se lo ponían las Madres ya ‘n Buenos Aires, como ellas, y como la pulicía no nos dejaba estar así, ‘n grupo, nos decían que era prohibido hacer reuniones ‘n la plaza, ‘ntonce comenzamos caminar, caminábamos despacito, y así despué quedaron las marchas, las marcha de los jueves, caminando despacito alrededor de la plaza.

  

Y al tiempo a alguno se le ocurió hacer unas pancarta con fotografía, con las fotos de los chico, con fotos grande que habíamos hecho ampliar como un cartel, y caminábamos con esas pancarta con las foto de ellos, ¿qué má podíamos hacer? Todavía no sabíamos nada ‘n serio de lo que les había pasáo, sabíamos namás que estaban detenidos, por ese amigo que se había escapáo aquella noche y nos avisó, pero teníamos la esperanza de que los estuvieran reteniendo, que los tuvieran detenidos, que alguna vez los iban comenzar a soltar. Porque no había la menor noticia de nadie, no teníamos certeza de nada todavía, y decíamos, así, que había que tener alguna esperanza. Yo, hasta que no estuve con esa turquita amiga del Angel, yo siempre había tenido alguna esperanza de que algo pasara, ‘anque, la verdá, lo que creo é que no hubiéramos podido vivir sin por lo menos esa idea, asi, esa esperanza. Pero desde que estuve con ella, desde que ella me vino a contar cómo habían sido las cosa, ya ‘ntonce supe que ellos estaban muertos, que al pedo seguir esperando nada… bueno, ‘anque todavía hoy ¿no?, todavía hoy ellos figuran como habitante: no figuran como muertos ‘n ningún láo, cada vez que hay eleccione pá gobernador o presidente, ellos figuran ‘n los padrones de las eleccione… ¡Tantas cosa! ¡como pá volver loco a cualquiera!. Por’jemplo ellos tenían un Renault 6, una renoleta, cuando se los llevaron, (habían cambiado ‘l Rastrojero que yo le había compráo por una renoleta), y estos hijos de una gran puta de los milico se quedaron con la renoleta, cuando los secuestraron, se quedaron con ‘l cochecito, y estos mierdas del demonio me mandaban las boletas de infracción ¡a mí!, me mandaban a mi casa las multa por mal estacionamiento o qué sé yo, hasta ‘l ‘83, hasta que volvió ‘l gobierno de los civile, este desgraciáo que la tenía pagó todos esos año la patente de la renoleta, despué parece que dejó de pagarla. O la habrá vendido. Hacían así, vendían todo lo que robaban de los secuestrado: los autos, los mueble, la ropa, todo, todo un negocio a gran escala tenían. Una vez, que yo ya estaba harto, pusimos a otro abogáo, que era muy amigo de un juez, y este abogáo consiguió que ‘l juez nos diera una orden para ir a ver ‘nel corralón de la pulicía, a ver si estaba la renoleta ahi, y fuímos con ‘l abogáo y todo, ¡má! ¡ni nos dieron pelota!, claro: ¡si sabían que la estaban usando ellos mismos pué!; al poco tiempo me llegó otra multa, una por mal estacionamiento sobre la avenida General Paz, justo enfrente de un edificio donde había oficinas del ejército… pero esa vez namás fui de pura rabia, de puro harto que estaba, porque ‘n realidá mucho tampoco te podías poner averiguar, porque si lo estaban usando ellos, y veían que jorobabas demasiado, te pegaban un tiro y chau, ¿qué problema iban a hacerse si no tenían nadie que les pudiese poner ningún control? Era así, é que si lo pensás un cachito te das cuenta de lo terrible, lo solo que estaba uno, indefenso frente a estos bestia, lo terrible que era todo eso.

 

   No namás nosotros sufrimos la desaparición del Angel y de la Any: ‘l Adelmo, mi hijo menor, él era gordo, grandote antes, y fue quedando flaco, pobrecito, se vino abajo de una manera que a mí me hacía llorar, propiamente; abandonó la escuela, no quiso ir má, ¡y no vá la puta madre que justo le toca ‘l servicio militar! ¡Ay, madonna santa! ¡lo que no le han hecho…!, lo tuvieron cagando, y se salvó de seguir los paso del hermano por un pelo, por un general que le tuvo lástima, ¡báh! que nos tuvo lástima a todos ‘nuna palabra. Porque a él lo sortearon aquí, ‘n Córdoba, y le tocó ‘n la pulicía militar, quince día namás estuvo ahi, cuando se dieron cuenta, por ‘l apellido, de quién era familiar, lo trasladaron inmediatamente al interior. Él estaba ‘n casa, de licencia, era un domingo, y le llega un telegrama que al otro día, ‘l lunes mismo, tenía que presentarse ‘n Resistencia, ¡ni modo de ir tan rápido hasta ‘l Chaco!. Tuve que ir dar explicacione ‘nel comando, aquí, al ejército, y me han tratáo como la mierda, la verdá. A él ¡le han dáo cada trato!, porque a él por’jemplo nunca le dieron arma, no le daban, tenían miedo que les disparara a los oficiales, ¡qué se yo!, lo segregaban. Y ahi ‘n Resistencia un par de mese namás lo tuvieron, y lo volvieron trasladar, lo mandaron ‘n Yapeyú, ‘n Corrientes (cada vez más lejos lo mandaban), y ahi fue donde pasó lo peor. ‘N Yapeyú había un teniente, un tal Martín, que le ponía la pistola remontada ‘n la cabeza, le decía: “- Mirá, si ahora yo te pego un tiro y digo que fue un acidente, ¿quién vá venir a decir nada?, ¡a ver si te vas juntar con tu hermanito!” Y todos los día le hacían miles de pregunta sobre ‘l hermano, y este pobre no sabía nada, de endevera, ¡qué iba a saber del Angel si ‘l otro jamás le había dicho nada!, pero no lo dejaban ‘n paz, le daban las tareas más, así, más peores. Lo mínimo que le mandaban era ir a juntar bosta (porque ahi ‘n Yapeyú los milico hacían ladrillo, y pá eso usaban la bosta), o se la pasaba limpiando letrinas, esas cosa. Y no contentos lo volvieron mandar má lejos todavía, lo trasladaron a Oberá, que é ‘n la provincia de Misiones, y ahi fue donde, gracias a Dió, hubo un oficial, un general que le tuvo compasión, que era un tipo humanitario ¿no?, no criminal como los otro. ‘L general este lo mandó llamar a su despacho, era un día de lluvia, y la oficina del general estaba toda alfombrada, ‘ntonce ‘l Adelmo se quiso sacar los zapato, los borceguíes, pá entrar, que venía todo embarráo de la lluvia: “- No, soldáo –le dice ‘l general- no se descalce, entre.” Bueno, entra este, se cuadra ahi frente al general, y éste le pregunta: “- Muchacho, ¿cómo están tus padres?” Y ¡qué mierda!, ‘l Adelmo no sabía qué contestarle, ¡ya había pasáo por tantas…!, este lo tomaba por sorpresa. “- Y… –le contesta al final- muy afligidos, mi general, tristes.” “- Yo también tengo dos hijo –le dice ‘l general-, y si uno me faltara como hoy le falta a tus padre, estaría tan triste como ellos.” Así le habló, y le dijo además que se quedara tranquilo, que él allí no iba pagar ninguna culpa ajena, le dijo, que allí lo iban a tratar bien, y le dio una tarjetita personal, pá que vaya verlo directamente, sin pasar por todo ‘l circuíto que tenés que hacer si sos soldáo raso pá ver al jefe del regimiento. Y bueno, por fin, desde ese momento ya no la pasó tan mal; pero cuando le tocaba que le déan de baja, ¡lo mandaron a pedir de Buenos Aires!, querían trasladarlo ‘n Buenos Aires, ¿y qué hizo este general?, agarró y le mandó un telegrama a Buenos Aires que él ya le había dáo de baja a ese soldáo que era requerido, porque le dijo al Adelmo: “- Si yo te traslado ‘n Buenos Aires, vos no volvés jamás a tu casa.” Ahi namás le firmó la libreta y le dio un pase ‘n ómnibus (los soldáos namás tienen pase ‘n ferrocarril, pero este le dio ‘n ómnibus), y le dijo: “- Metete ‘n tu casa, y salí lo menos posible”, y lo despachó pá Córdoba. Por eso yo tengo que decir que no todo son hijos de puta, no todo son criminale, hay también los que son, así, concientes; porque ‘n Buenos Aires estaba ese asesino de Camps, y ¿cuántos concripto hay que son desaparecidos?, y ¿porqué justo lo llamaban ante de darle la baja?, ¡pá matarlo a este también, pué! Porque ‘l Camps ese era un carnicero, un nazi como los alemane, y perpétua tenía, cadena perpétua, pero ahora lo han largáo, ‘l turco lo hizo largar igual, lo puso con indulto: ahi anda, por la calle, y él que de propia mano mató a cientos…

  

La cuestión é que se salvó de pelo, por un pelo namás, y cuando volvió nosotros no estábamos ‘n casa, estaba aquí Rosalía, y dice que este pobre charlaba a los grito, medio que desvariaba, así, estaba un poco taráo, por ahi lloraba como una magdalena, y al segundo despué se reía, como un loco propiamente. Y cuando nosotros volvimo yo empecé sacarlo al campo, íbamos pescar –que a él le gusta de alma-, comenzó a juntarse con los amigo, de nuevo, y así, poquito a poquito le fue pasando esa forma, así, medio loca, con que había quedáo. Pero a la escuela no quiso volver, nunca má: se iba a la cosecha, allá con los tíos, ‘n Arteaga, al medio del campo, un buen tiempo le duró, así, ‘l pánico que estos hijos de puta le habían hecho agarrar.

 

   Ahora, las organizaciones de familiare, de las Madres, ellos han hecho las cosa bien aquí, han conseguido muchas cosa, han conseguido un subsidio que les dan a los hijo de los desaparecidos, Italia les manda siempre un subsidio, y ahora parece que les van a dar una jubilación, igual que si fuese un jubilado; Italia ha hecho muchísimas cosa por los desaparecidos. También las organizaciones consiguieron, ‘nel tiempo ‘n que estaba Alfonsín, que les dieran una pensión a los chicos, como Esperanza, mi nietita, a los menores hijo de desaparecidos, ellos cobran todos los mese mientras sean menores de edad, hasta los veintiuno, todos tienen la tarjeta médica, los descuento. Han hecho muchas cosa más desde que empezó la democracia de nuevo, (antes también, pero ante no conseguían tanto porque… ¿qué iban a conseguir de los milico?); han viajáo, han ido a Norteamérica, de aquí y de allá, pero ‘l gobierno no los dejaba hacer nada. Y los curas, que ‘nese tiempo podrían haber hecho algo las jerarquía, podrían haberse movido, ni siquiera intentaron, eso yo siempre lo digo: los curas, empezando aquí por ‘l Primatesta este, no han hecho nada de nada, ningún reclamo, ninguna fuerza para que, digamos, con ‘l ejército, pá que no los maten o los traten mejor o… ni él ni ninguno de esos viejos, nada han hecho. Y no sólo que no han hecho nada, sino que cuando veían que por ahi había algún curita que se comprometía, que nos ayudaba, enseguida lo trasladaban a otro láo, lo sacaban del medio. ‘Nel primer tiempo, cuando comenzamos organizarnos los familiare, los padre de todos esos chango desaparecidos, o que se los habían lleváo secuestrados, ‘l único lugar que ‘l ejército respetaba eran las iglesias: ahi no entraba. Entonce era ahi donde podíamos reunirno, ¡’n cualquier otro lugar nos hacían cagar, pué!, y había un cura, un cura jovencito de esos que están ahi, ‘nese colegio viejo que hay, ese Pio XII, que todos los domingo organizaba algo así como un picnic a la tarde, ahi nos reuníamos todos los familiare, era nuestra única posibilidá de estar juntos –y no éramos poco, hubo un tiempo que hasta ocho, hasta nueve mil supimos ser-, y este curita nos permitía estar juntos ‘nel patio de ese colegio. ¡Má!, cuando los viejos, las jerarquía de la Iglesia se dieron cuenta, se enteraron de lo que este padre hacía por nosotros, ¡lo fletaron a la mierda enseguida!, nos volvimos quedar sin tener un lugar donde reunirno, donde, así, al menos verno las cara. Por eso yo no creo que todos los curas sean iguales, que todos hayan estado, así, tan desinteresáos por nosotros, por lo que le estaban haciendo a los chico, a la juventú, había también algunos como este, que eran defensores del derecho humano, curas valiente, que se jugaban, ¿no? Y si no, ¿cuánto curas hay que han matáo también los milico?, ¿cuántos curas de éstos hay que son desaparecidos también?, como esos que han matado ‘n Salta, y esos otros de allá, del Sur. ¡Si hasta un obispo han matáo, a un obispo ‘n La Rioja!, pero acá ‘l cardenal este no los dejaba, a los cura que querían ayudarnos enseguida los sacaba de circulación, a todos. Supo haber otro de estos cura acá ‘nel barrio de Los Plátanos, despué otro allá, ‘n la placita de los burros, camino al Cerro de Las Rosas, ¡ese sí que tenía huevos! ¡amigo!, ese nos hacía entrar a nosotros todos dentro de la iglesia, y él se paraba ‘n la puerta, cruzaba los brazo, y ahi se quedaba, pasaban los patrulleros de arriba pá’bajo, cruzaban, iban y venían, pero ‘l tipo no se movía de allí, ¡ni una vez se animaron a entrar!, hasta llegaron a disparar tiros, así, al aire, con l’ ametralladora ¿no?, pero ‘l tipo ni se mosqueaba, hasta que la reunión no terminaba él estaba ‘nel medio de la puerta. Ahi, ‘nesa iglesia, supo venir este que le dieron ‘l premio, ‘l premio Nobel de la Paz, ‘l Pérez Esquivel este, él nos ayudó mucho ‘nun tiempo bien duro, bien jodido; despué venían otros, gente de Buenos Aires, hablaban, trataban de organizarnos, ver qué podíamo hacer… pero al final no pasó nada, éstos se iban ‘n Norteamérica a conseguir ayuda, (pero Norteamérica siempre ha sido de dos cara: a éstos les decía una cosa, y a los milico también los escuchaba y les decía otra, porque hasta ‘l mismo Videla iba consultar allá sobre cómo hacer la represión, todas las intruciones de los milico eran intruídas por Norteamérica); así que seguimos, seguimos, no obteníamos nada, pero seguíamos namás.

  

Y ‘nesas reuniones siempre nos daban una nueva direción pá escribir, dónde dirigirnos, que viajemos pá’llá, que hablemos con fulano, todo eso. Y nosotro, yo, hicimos todo lo que pudimo, todo ‘l tiempo, escribimos a Norteamérica, viajamos, meta gastar plata de un láo, meta gastar plata del otro, tuve que vender aquel departamentito que les había compráo a los chango, despué también vendí ‘l auto, ‘l Falcon mío. Pero seguíamos gastando ‘n todos esos trámite; hice un localcito, puse una pared ‘nel living de casa y ahi puse un localcito pá alquilar, pero… Al final hemos gastáo toda la plata que teníamos, primero los ahorro, los ahorro de toda la vida, despué comenzamos vender alguna cosa, así, los cuadro, las pulsera de María, la máquina de escribir que me había quedáo de la agencia, las cosa de más valor. Llegó ‘l momento ‘n que no teníamos más guita ni más nada pá vender, buscándolos a ellos todos estos año, pagando abogáos, viajando, sellando papeles, ¡ay! ¡la cantidá enorme de papeles que he enyenado todos estos año!, ¡má! necesitaría otra pieza grande como esta pá meterlos a todos… nada, ningún papel sirvió para nada.

 

   Y encima dejamos de trabajar, tuvimos que cerrar la despencita, porque, bueno, teníamos un poco de miedo, nos amenazaban, nos decían por teléfono que… pero la verdá é que no la cerramo por eso, sino que uno se queda así, sin saber… sin saber nada, sin saber qué hacer o qué no hacer, si seguir o quedarse, así, sentado, porque é como si se acabaran las fuerzas de uno, de repente te das cuenta que estás viejo, que ya no servís, que ya no podés seguir como ante, que se acabó. Al final, se acabó. Te despertás una mañana y tenés que pensar si levantarte o no… si al menos nos hubieran matáo a todos de un solo golpe ‘n vez de irnos matando así, de a poquito… que ni siquiera sabés bien si todavía estás vivo o ya te acabaste hace tiempo.

 

 

 

 

 

Barcelona, 2001.

 

 

Giuseppe (Capítulo VI)

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO VI     –     Margherita

 

 

La decadencia

 

  Hasta que nos vinimos ‘n Córdoba, al láo de nuestra casa ‘n Charata, vivía mi hermana Margherita. Margherita fue la última de nosotros ‘n formar familia, ella ya se casó de grande, se casó ‘nel 1952. Al Giordano Bonaventura lo había conocido también allá, ‘n Arteaga, fue cuando se casó la Elisa con Carlotto, mis cuñáo, que fuímos todos al casamiento, y ‘l Bonaventura era medio pariente de ellos, de la familia de María, ‘ntonce también él estaba ‘n la fiesta. Ahi se conocieron, pero así namás, charlaron esa noche, pero no llegaron a nada ‘n especial. Un tiempo despué, cuando se casó la otra hermana de María, la Ana, otra vez fuimos todo desde ‘l Chaco, y al Bonaventura lo volvieron invitar, con la intención ya, ¿no?. Ahi andaban María y las hermana, a mí me habían consultáo, y yo les dije: “- Y, si se puede… metanlé namás”, porque Margherita ya estaba grande ella, y no, pretendientes no había tenido nunca la verdá. Tenía ya casi cuarenta año y a esa edá, ‘naquel tiempo una chica ya era solterona, no tenía ninguna posibilidá. Pero como tenía buen capital ella (porque tenía la parte de la herencia ¿no?, la herencia de la Mamá, y también la parte del Tío Viejo), y también que yo le daba a ella siempre su parte de la agencia… y este Bonaventura era un pobre muerto de hambre, no tenía ni donde caerse muerto. A mí se me ocurrió que sería bueno pá ella, que formara su matrimonio y eso; ¡cómo son las cosa!, despué, con todo lo que pasó, y la vida que este desgraciáo le dio a la pobre, yo cuánto he pensado despué, ¡má! ¡si se hubiera quedáo sola, cuánto que hubiera ganáo!, pero eran tiempos tan diferentes a estos… una chica que quedaba sola, todo ‘l mundo la miraba con lástima, como si estuviera apestada, esa é la verdá. Y bueno, les dije que sí y estas los acomodaron, los pusieron ahi, los pusieron ‘n la misma mesa, y esa vez sí, ya se arreglaron. A los seis mese se casaron.

  

‘Nun principio ellos se fueron vivir ‘n Casilda, ahi ‘n Santa Fe, que ‘l padre de él había tenido chacra por ahi, y tenían casa ‘nel pueblo. ¡Má!, él ‘nel campo poco trabajó, él siempre estaba de mecánico, tenía un tallercito a vece, o trabajaba pá otro, ‘n algún taller mecánico de ahi de Casilda. Pero no andaba la cosa, vivían de lo que yo le enviaba a Margherita, de la agencia; ‘ntonce a mí se me ocurrió que mejor tenerlo más cerca, y cuando comenzaron entrar los camiones Ford 900 –que ya había fallecido mi socio y estaba yo como dueño de todo eso ahi ‘n Charata-, le dije: “- Mirá, Bonaventura, aquí necesitamos mecánico (porque íbamos a instalar ‘l banco de pruebas, que así lo exigía la Ford para enviarte las unidade grande), si querés podés venir trabajar ‘nel taller.” Así que vendieron la casa allá, la que tenían ‘n Casilda, y les hice hacer la casa ‘n Charata, ahi, ‘nel terreno ese al láo de la mía. Margherita no quiso que la pusiera a nombre de los dos, así que la inscribimo a nombre de ella. Ella también tenía sus acione ‘n la sociedá sólo a nombre de ella, y él comenzó trabajar ahi ‘nel taller, cobraba su sueldo, y las cosas de ellos parecía que se encaminaron un poco, por’jemplo con la participación de Margherita como acionista, ella le sacó un coche nuevo pá él, un Ford Falcon cero kilómetro, uno rojo, hermoso; parecía que andaban un poco mejor las cosa. Antes del Falcon que ella le sacó, ‘l Bonaventura tenía otro coche, uno genial: una cupé que era super veloz (era una ‘37 pero ‘l motor era ‘51), al Bonaventura le volvían loco los coche, él los preparaba, les tocaba ‘l motor; ¡a esa cupecita le hacía patinar las rueda de lo lindo! ¡si daba ciento treinta kilómetro como nada!. Esa fue la que tumbó Paolino ¡no se mataron esa vez, porque Dió é grande, namás!, de capota de lona era, iban cinco: ‘l judío Broz –ese que supo ser diputado de la Nación luego-, iba Raimondi, Paolino –que recién había llegáo ahi ‘n Las Breñas, había termináo la universidá y había vuelto ‘nel pueblo a instalarse-, y iban otros, eran cinco ‘n total, todos chango joven, de la barra de mi sobrino. Iba manejando Paolino, de pedo le habían prestáo ‘l auto, porque ‘l Bonaventura no se lo prestaba seguro, ¡pero Margherita lo quería tanto al Paolino!, é que práticamente ellos dos, los hijos de Giuditta, pá ella eran práticamente como sus hijo, como ellos no tuvieron, esos chico eran de ella, casi. Así que le enprestó la cupé sin que Bonaventura supiera, y iban ligero, y este boleáo, ahi frente al bar de Iñigo había como esa arenilla (ni soñar ‘naquel tiempo con calles de asfalto, era todo tierra), y pegó una patinada, se cruzó y ¡páfate!, se dieron vuelta, la capota quedó hecha mierda, y ellos, los cinco chango ninguna lastimadura, ilesos. ¡Pero con un cagazo de padre y señor mío!, sabían cómo ‘l Bonaventura cuidaba los auto, que se enfurecía si los empleáos del taller le pasaban una gamuza seca, porque decía que le estropeaba la pintura, y éstos se lo habían hecho pelota, ¿no?. ¡Ay la que se le venía al Paolino!; bué, la engancharon a la camioneta de Strozzi y la trajeron arrastrando pá Charata, cuando la metieron ahi ‘nel taller de la agencia, al Bonaventura le dió un soponcio que casi se desmaya, y Paolino se metió ‘nel baño de mi casa y no quería salir más. Margherita se puso hablarle, a través de la puerta le habló, como dos horas estuvo ahi, hasta que ‘l otro salió, con la cola entre las patas, ¡má! ¡ni se cruzó con ‘l Bonaventura!, cachó ‘l primero que salía pá Las Breñas y desapareció. Claro que ‘l otro tampoco le iba a poder decir mucho ¿no?, si esos chico eran los ojos de Margherita. Ella quería tener hijos pero no podía, como ya era grande ya, y María le dijo muchas vece que agarraran un chico, que lo críen. Porque ellos podrían haber adoptáo tranquilamente, si allí, con los amigos médico que teníamo, que trabajaban ‘nel hospital, ¿y cuántos chico que nacen, que los van a tener ahi, y los quieren dar por nada? A veces, namás por una caja de mercadería te daban ‘l chico recién nacido. Pero claro: esos chiquitos son criollo, negritos, de esas chica pobrecitas que van ahi tenerlos ‘nel hospital, y Margherita ‘nese aspeto era un poco como la Mamá, con ‘l tema ese de la raza y esas tontera, y no quiso, no quiso nunca; por eso a esos sobrino, los chico de Giuditta, ella los consideraba como hijos de ella.

 

Cuando ellos recién llegaron de Casilda, al Bonaventura lo llevamos ‘n Las Breñas, pusimos ‘n Las Breñas una sucursal del taller de la agencia Ford que teníamos ‘n Charata, lo pusimos ‘n Las Breñas, y al Bonaventura le dimos como jefe de taller. Tuvimos que hacer así porque ‘l taller propiamente dicho, ahi ‘n Charata, lo teníamos alquiláo, estaba alquiláo desde hacía años y los inquilinos no nos lo entregaban; era como ‘l hotel aquel de Chascomús: Perón había ordenáo que a pesar de que los contratos terminaban… ‘l Perón protegía a los inquilino, como no había suficiente propiedade pá todos, él puso que no se podía echar a los inquilinos. Al Bonaventura le convenía ¡pué!, porque ‘n Casilda namás trabajaba de empleáo, acá ‘n cambio iba a ser jefe de taller, ‘anque sea sucursal. Y así lo convencimos pá que se vinieran, pusimos la sucursal ‘n Las Breñas y al mismo tiempo yo les puse un juicio a los inquilino del taller, los de la Ford me habían recomendáo un abogáo de ahi de Sáenz Peña, un paraguayo que tenía má mañas que ‘l carajo, Dulcino Antola se llamaba, pero todo ‘l mundo le decía “‘l paraguayo”, y era especial para ‘nesos asuntos. Otro abogáo mismo de ahi de Charata me había dicho: “- Mire, don José, si no se los saca ‘l paraguayo, no se los saca nadie”, y fui. Entonce ‘l Dulcino Antola este me dice: “- Lo primero, don Gandolfo: tiene que convencerse que acá los honesto pierden siempre, así que hay que hacer un poco las cosa, así… usté me entiende, ¿no?”, “- Usté proceda namás dotor –le digo yo-, me dice qué lo hay que hacer, y adelante ¡qué mierda!”. “- Bueno, mire, hay que averiguar quién é ‘l abogáo de ellos y irle a hablar, ofrecerle unos peso al abogáo primero, ¿usted se anima a que le ofrezcamos diez mil peso…?” Ahi yo comencé entender cómo eran las maña del paraguayo, y así hicimo. Fuimos donde este otro abogáo, que era uno namás de Charata, y le dijimos: “- Mirá, vos tenés diez mil peso de parte de tu contrera, y más lo que le vas cobrar a ellos, si é que ganamos ‘l pleite”. Buena suma eran diez mil peso, rapidito namás aceptó ‘l abogáo este, así que hicimos ‘l juicio contra los inquilino. Eran dos ellos, era ‘l jefe, un tal Rosales, y Miguelito, que era ‘l empleáo; y ‘l mañoso del paraguayo también me había dicho: “- ¿Usté sabe si ellos toman, así, toman trago?”, “- ¡Sí, dotor! –le digo- ¡si a los dos les gusta más ‘l chupi que la mierda!”, ‘ntonce ‘l paraguayo me dice lo que había que hacer, y así. A la mañana, a la mañana del pleite, cuando nos teníamos que presentar ante ‘l juez, como llegamos medio temprano ‘n Sáenz Peña, (habíamos ido ‘nel mismo auto, ellos y nosotros, porque la primera vez habíamos ido ‘n coches separado, pero cuando tuvimos la vista ante ‘l juez  yo les dije: “- Pero, Rosales, ¡qué vamos a estar yendo ‘n autos separado!, como si fuéramos enemigo, caramba. Vénganse con nosotros ¡pué!”, y le cayó bien al negro, así que habíamos ido juntos); y como llegamos ‘n Sáenz Peña antes de la hora de la vista ante ‘l juez, les digo a los dos: “- Miren, muchacho, todavía hay tiempo, ¿qué les parece si vamos a tomar un cafecito? ¡paga la agencia!” Fuímos, y ya cuando estábamos ‘nel bar le pregunto: “- ¿Y, Rosales? ¿te gustaría ‘hacer la mañana’?”, “- Bueno, don Gandolfo, si usted invita, cómo no”. “- ¡Mozo!, tráigale un coñac grande aquí al señor”, y ‘l otro, ‘l Miguelito, pá no quedarse atrás y gustándole ‘l trago como le gustaba, también aceptó “hacer la mañana”: “- ¡Mozo!, coñac doble aquí pá este otro señor también”. Nosotros dos no tomamos namás que ‘l café. Cuando de allí salimos, que subimos ‘nel auto, ya comenzaron hablar gracioso, ¡madonna! ¡cómo pega un coñac grande ‘n ayunas!. Vamos allí, delante del juez, y cuando ‘l juez pregunta, cuando me pregunta a mí, dice: “- ¿Cómo –dice- cuando los tenía a estos señore como empleáos, ustedes perdían plata ‘nel taller, y ahora ellos cómo –dice ‘l juez- ganan plata y no quieren entregar?”, “- Y bueno, excelencia, lo que pasa é que ‘l hombre é bastante, así, tomador –le contesto yo- y no atendía al trabajo”. Porque con los peronista, la ley de ese tiempo, no te dejaba despedir, no podías despedir los trabajadore o a los jefes, no te permitía ‘l sindicato. Pero ahi namás, cuando me escuchó, dice este Rosales: “- Ahhh!, shiii… esho shiii…”, ¡le había pegáo ‘l coñac de la mañana como un toro!. ¡Qué mierda!, cuando ‘l juez lo escuchó hablar así, con esa voz de tomáo, abrió los ojo así de grandes, ¿no?. No le gustó nada al juez, que hasta ese momento estaba de parte de ellos; é que también los juece, todos los juece eran peronista, y estaban de parte de los trabajadores, no de los patrone, y me mira a mí ‘l usía: “- En fin… ¿y qué oferta le hace usted a estos compañero?”, “- ¡Claro que shiii! –salta ‘l Rosales este- porque noshotro tampoco podemo iiir de barrendero, yo soy mecániiico, mi compañero juez, y aquí ‘l sheñor a mi deeerecha é tornero…” estaba completamente chupáo. Y se me acerca ‘l paraguayo y me dice: “- Ahora oferte usté, don Gandolfo.” “- Bueno, excelencia –digo yo- nosotro les damo toda las herramienta, les compramo un torno nuevo, una máquina de retificar, máquina pá las bancadas, les damos ‘l taladro elétrico, y todo, así, toda las herramienta pá un taller. Y hacemos una Prenda Agraria, que ellos nos vayan pagando mensual, les vamo cobrando interés, una cuota que esté al alcance de ellos…”, (esto último también había sido idea del paraguayo, del abogáo, porque sabía que éstos no iban a pagarnos ni mierda la Prenda Agraria, y nos íbamos a terminar quedando de vuelta nosotros con todo). Entonce ‘l abogáo de ellos les dice: “- Bueno, compañeros, si ustedes rechazan esa proposición, ya vá fallar ‘l juez ‘n contra de ustedes, ¿he?.” “- Bueno –dice Rosales- shiii é ashííí, ‘ntonce…” y ‘l juez lo cortó enseguida, nervioso se había puesto con la curda de éstos, ahi namás cerró ‘l juicio. ‘L secretario escribió ‘l acta ‘n la máquina, pusimo las firma, y les dió treinta día de plazo pá desocupar ‘l taller; a mí me dijo que tenía que poner, ‘n treinta día, todas las herramienta prometidas ahi ‘nel taller pá que ellos se fueran, con la Prenda Agraria sobre todas las herramienta. Macanudo, fuímos contentos de vuelta ‘n Charata, lo más bien, y cuando llegamos: “- Mirá, Miguelito, –les digo yo- pá que veas que soy bueno, les voy a dar una ventaja más, ‘anque ‘l juez no haya dicho: si queré vení junto conmigo, vamos ‘n Santa Fe a comprar ‘l torno, elegí ‘l torno que más te gusta.” Lo llevé de Orsi, ‘n Santa Fe, lo llevé ‘n la camioneta de la agencia, y dice este Miguelito: “- Yo lo quiero de cuatro mordazas, y vueltéo de setenta centímetro.” ¡Pucha!, era ‘l mejor torno de ese tiempo ¿no?, pero cómo no, eligió ‘l que más le gustaba, sin problema. A nosotros nos convenía, cuanto más caro, más nos convenía, porque le cobrábamos interés; y con la Prenda Agraria seguro que se lo íbamos a terminar quitando todo, o de lo contrario la iba pagar otro, pero de cualquier manera ganábamo. ¡Má! ¡ni la primer cuota pagaron!, ‘n la prenda decía que si no pagaban la primer cuota perdían todo, pero un tal Polzella, que era de ahi, viene y me dice: “- Eh, Giuseppe, no vá a dejar así a estos pobres infelice, son dos familia enteras… si le pago yo ¿no me las pasa a nombre mío a todas las cosa…?” Claro, ¡qué mierda!, este gringo se hacía ‘l bueno, pero la verdá que a él también le convenía, porque así se hacía d’un taller con dos empleáos que –encima- le iban a deber plata por un buen tiempo, ¿no?. “- Sí, cómo no, don Polzella –le digo yo al gringo, también con cara de buenito- ¡no vamo dejar ‘n la calle dos familia!”. Era un cliente nuestro ‘l gringo, un cliente viejo, y terminó pagando él, porque tenían namás un año de plazo, era corto ‘l plazo, y la cuota había termináo siendo alta, la cuota de la prenda. Claro que pá nosotros no era alto, era bien barato, porque a mí ‘l torno, Orsi me lo dio ‘n treinta y dos mil peso, y a ellos yo se lo facturé ‘n cuarenta y cinco mil, más los interese que les cobraba… encima, las máquinas las compré todas ‘n Buenos Aires, ‘n las fábrica, me salieron todas algo así como diez mil peso, y hice hacer facturas más alta, les cobré a ellos como treinta mil más los intereses, y con eso hicimo la Prenda Agraria. La cuestión é que a los treinta día tuvieron que desocupar, se llevaron sus cosa, y ahi recién fue que cerramo la sucursal que habíamos abierto ‘n Las Breñas, y lo trajimos al Bonaventura ahi, al taller de la agencia, y lo pusimos como jefe de taller también, le conservamos ‘l cargo. Pero duró como jefe hasta que nos dimos cuenta que era un boludo.

 

No é que ‘l Bonaventura fuera malo, mala gente, pero é que era un tipo un poco corto, lo habían cortáo verde, ¡qué se yo! ese casamiento fue un mal negocio pá todos, sobre todo pá Margherita, la verdá. Eso sí: él de mecánica entendía mucho, pero era, así, se daba de vivo, ‘nuna palabra, pero era tonto. Aparte era macanero como la gran puta, si había allí un judío, un tal Meyer, que era ‘l jefe de todos los mentiroso ahi ‘n Charata, ¡pero a éste le habían puesto que era superior al ruso Meyer incluso!; una vuelta ‘l Bonaventura contaba ‘n la Italiana, ‘nel club de la Sociedá Italiana, que él venía ‘n su cupé, y venía lloviendo ¿no? (era linda la cupé esa que le hizo mierda ‘l sobrino, que la tumbó Paolo), y decía que venía ‘n la cupé corriendo la tormenta, y les manda la macana a los que estaban ahi ‘nel grupo de la Italiana, les dice que la lluvia le mojaba ‘l vidrio de atrás de la cupé ¡pero ‘l vidrio de adelante no, de tan rápido que venía!; tenía esas cosa, era un poco como un chico tonto. Ahi ‘nel taller, cuando recién abrimos, lo tuvimos como cinco o seis mese, pero rápido nos dimos cuenta que no servía pá jefe de nadie éste, ‘ntonce le hablé: “- Mirá, Bonaventura, vos no, pá jefe no tenés capacidá, lo vamos a poner al ruso Sapatowsky, pero como sos mi cuñáo, ‘l sueldo lo vas a tener ‘l mismo, pero te vamo a poner como mecánico namás, y si hay que ir ‘n Buenos Aires a buscar una unidá –que eso a él le gustaba lo más, le encantaba andar ‘n la ruta, manejar- vas a ir vos, pero jefe…”

  

Fenómeno, agarró viaje ‘l Bonaventura, y ahi andaba má o meno bien, pero un tiempito namás, porque al poco rato se metió con una turra, una putita de cuarta que era la mujer d’un peluquero, y la cosa empezó a pudrirse: empezó robar adentro, adentro del taller. Un chango (que ‘l padre era muy amigo, que cuando lo supo lo quería matar al chango), un tal Marko, y ‘l boludo este del Bonaventura sacaba repuesto del taller y se lo daba a este chango pá que los venda ¿no?, para hacerse de unos mango pá ir con la turra esa. Pero ‘nel balance ¡qué mierda!, como ahi llevábamos la contabilidá muy cortita, entradas y salida, al hacer balance tenía que aparecer la pieza o la plata, no había vuelta de hoja. Y ¡la madonna! faltaban a veces treinta, a veces cuarenta pieza, y de las piezas cara, ‘l respuestero se rascaba la cabeza –Matamale se llamaba-, y Matamale comenzó a vistiarlo ¿no?, a desconfiar del Bonaventura, ‘ntonce dejó dos baterías vieja, medio ahi, ‘nun rinconcito apartado, ‘nun costáo. Pero las marcó. Y este imbécil –que por eso yo digo que era medio corto, porque si hubiese sido un poco más vivo, se dá cuenta ¡pué!-, agarra las dos batería, despué que cerraron (como él tenía llave podía entrar ‘nel taller despué de cerrar), las carga ‘n la cupé y vá y se las vende a Zenobio, que tenía negocio de baterías ahi namás, a dos cuadra de casa, ¡si no sería boludo!; al otro día, temprano namás, Matamale ve que faltan las batería, y tiene así, una intuición, se vá ‘n lo de Zenobio y ahi estaban las dos batería. Claro que éste rápido rápido le contó que Bonaventura se las había lleváo, ‘ntonce vino y le dijo al gallego Villar, ¡justamente!, ‘l gallego –que era má recto que una regla- lo mandaba ya a Matamale hacer la denuncia ‘n la pulicía, pero cuando me vienen preguntar a mí les digo: “- Esperensé un cachito, vos Matamale, llamalo al Bonaventura, que venga aquí”. Vino ahi donde mi escritorio, y le pregunto: “- Che, bobo de mierda, ¿vos vendiste estas batería aquí?” Y él, ‘nun principio, se negaba, pero cuando ‘l gallego Villar dijo de llamar a la pulicía pá’rreglar eso, tuvo que decir que sí. ¡Má!, le metí una puteada de los mil demonio y lo mandé fuera; ¿y qué hacíamo ahora?, porque ‘l tonto este era mi cuñáo, pero ahi éramos una sociedá anónima… Bué, nos reunimos con ‘l gallego Villar, y lo llamamos a Liendo, que era ‘l secretario, al Negro Liendo, un amigo fiel, y él fue que dijo: “- Mirá, José, pá que no haiga problema, que quede todo encerráo aquí, y que ‘l Bonaventura renuncie, porque si no hay que denunciar, y vá quedar como la mierda que ‘l cuñáo del presidente de la sociedá… ¡ladrón de batería!” Así tuvimo que hacer, ‘l tipo renunció y se puso a trabajar ahi ‘n su casa, puso como una especie de tallercito y ahi hacía pequeñas cosa, la gente le daba. Porque él no era malo, sólo que medio verde namás, si vos hablabas así con él, ‘nuna conversación cualquiera, no te dabas mucha cuenta, era un tipo común como cualquier otro, pero estando dos mese juntos, ya te dabas cuenta enseguida que al pobre le faltaba un tornillo, ¡báh!, una docena por lo meno. Y ahi lo dejamos, haciendo changuita como un año, y despué, cuando renunció Villar, viene ‘l Negro Liendo y me dice: “- ¿Y, José…? ¿qué le parece si lo tomamos otra vez a Bonaventura?, pobre tipo, ya para pena está bien. Y despué de todo é buen mecánico”, dice ‘l Negro. Justo teníamos asamblea pronto, ‘ntonce le digo a Liendo: “- Si la mayoría ‘n la asamblea é de acuerdo, bueno, pero yo no lo puedo disponer, porque me van a decir que sí porque é mi cuñáo namás, así que hacé vos la proposición.” Y como la mayoría le tenía lástima, ‘nuna palabra, aceptaron la proposición del Negro Liendo; é que de endevera eran todos amigo ¿no?, salvo Villar que dijo que no, pero los otro lo miraban con más, así, con más benevolencia, y lo tomamos otra vez. Pero le dije, lo agarré y le dije: “- Pero esta vez portate a las mil maravillas ¿he?, que te vea adentro con la manguera afanando nafta de los coche, ¡con la misma manguera te voy a dar tantos lonjazo ‘nel lomo que te voy a dejar verde!, ¿estamo?”. Porque hasta eso había llegáo antes ‘l muy boludo, entraba a la noche ‘nel taller, y chupaba nafta de los coche, los coche que nos traían arreglar, pá ponerle a su cupé. Pero bueno, yo era un jefe claro ahi, a mí se me respetaba, del primero al último, inclusive ‘l Bonaventura, así que le dije, y éste me escuchó respetuoso. Y lo hizo, ‘l pobre infelíz, no tocaba ni cinco, sacaba ‘l querosén –que ellos, ahi ‘n la casa tenían la cocina a querosén-, pero venía siempre a la hora ‘n que estaban los muchacho, venía con la lata, hacía anotar ‘n la cuenta. Una joyita andaba, así que ahi se quedó, ‘nel taller, hasta ‘l último tiempo, hasta que vendimo la agencia, ‘anque ya nunca le perdimos ‘l ojo, lo controlábamos, no como cuando se había puesto medio de novio con la chirusa esa.

 

   A decir verdá, yo no noté que las relaciones entre ellos, entre él y Margherita cambiaran mucho cuando a él se le dió por andar con esa putita, porque Margherita no se daba mucha cuenta ¿no?, o no quería darse cuenta quizás. É que‘l matrimonio ese de ellos no era como los demás, no era muy normal que digamos, porque como había sido así, armáo, pá que Margherita no se quedara solterona namás, yo creo que ni siquiera hacían vida de esposos, así, de dormir junto. Un tiempo despué esta putita que había tenido, la esposa del peluquero esta, se fue a vivir ‘n Las Breñas, y ahi se le dió al Bonaventura por visitar al sobrino, a Paolo y a su familia, como no los había visitáo nunca, y dos por tres se iban ‘n Las Breñas. Él decía siempre que tenía que ir con Petorutti, un amigo que tenía allí, que siempre Petorutti le encargaba alguna venta, alguna cosa, la cuestión é que siempre tenía que ir verlo. Entonce iban con Margherita, la dejaba a ella ‘n la casa de Paolino, como a las seis de la tarde, y él se “iba con Petorutti”, ¡má qué Petorutti ni que ocho cuarto!, volvía a las nueve de la noche, las diez, “- ¿Qué anduviste haciendo?” –le decía Margherita-, “- Y… tuvimos que ir ver un cliente con Petorutti.” ¡Macana! ¡ni lo había visto a Petorutti!, pero como este otro era un desgraciáo igual, que hacía lo mismo con la señora de él, decía que sí, que había estáo toda la tarde con Bonaventura. ¡Ay Dió, si tenían cada historia estos dos!, eran como dos personaje de la televisión, de dibujo animado, eran Quico y Caco: viejos, flacos larguirucho, feos má no poder, y se la daban de Rodolfo Valentino, ¡un corso, propiamente! Una vez este Petorutti se pegó un tiro, como pá hacerse ‘l suicidáo, ‘l que se quería matar, porque la esposa lo había descubierto in fraganti, ‘ntonce él hizo la comedia del suicidio, pero se pegó ‘l tiro acá, ‘n la mitá justa del estómago, bien como para que no le hiciera nada, ¡pá asustarla a ella namás!, despué yo le decía (porque éramos amigo desde chicos con ‘l Petorutti), le decía: “- ¡Pero cómo!, ¿no sabés que cuando uno quiere matarse, ‘n la cabeza tiene que poner ‘l revólver?” –lo cargaba yo ¿no?-, “- Callate, Giuseppe –me contestaba este- ¿y si me mato ‘n serio? ¡ni mierda!” Así eran, una comedia. Pero a pesar de todo esto, mientras ellos estuvieron ‘n Charata, Margherita con ‘l Bonaventura, la cosa algo anduvo, no bien que digamo bien, pero anduvo. ‘L desastre ‘n serio, que ahi tuve que intervenir yo, tuve que meterme ‘nel medio para salvarla a ella, pá salvarla la vida, fue cuando ellos se volvieron ‘n Casilda.

 

Ahi ‘n Casilda estaba toda la familia del Bonaventura todavía, y cuando vendimo la agencia, ellos pensaron que allá iban a estar más acompañáos. Nosotros al vender la agencia nos vinimos ‘n Córdoba, a esta casa donde estamos ahora, y ellos quedaron medio solos allá ‘n Charata. Siempre habíamos vivido casi junto, las casa nuestras estaban pegadas, eran como una sola ‘n realidá, y despué de todos esos año, ellos ahi solos… aparte ‘l Bonaventura no siguió ‘nel taller, una vez que dejamos la agencia él ya salió. Estaban un poco grande los dos también, se habían hecho viejo ‘nesos años, ‘ntonce decidieron vender y volverse ‘n Casilda. Pero ellos –al menos Margherita seguro que no- no sabían que la hermana de él era bruja, que hacía eso, magia negra, brujería ¿no?, y que esta mierda de mujer iba a terminar matándolo a los dos.

 

Cuando llegaron, ‘l Bonaventura, pá no perder la costumbre, se lió con otra turra, una negra de por ahi, y siguió haciendo la misma vida que allá, la que había hecho siempre ‘n Charata. Casilda era bastante más grande, pero igual era un pueblo de gringo, de colonos, así que tampoco había tanta diferencia. Pero resulta que van y tienen la mala suerte de que a la hermana de él comenzó a interesarle la casa, la casa que ellos habían compráo, porque la quería para ‘l hijo de ella. ‘Anque tenían plata a montón esta hermana del Bonaventura, pero era una hija de puta, mala gente de verdá, y se dedicaba a todas esas cosas extraña, de brujas y espíritus y todo eso. Y como le ambicionaba la casa (una casa hermosa, grande, que ellos habían compráo), empezó a hacerle maléfico, maleficios potente a los dos, a Margherita primero: no sé qué preparáo, qué porquería le daban, y ésta comenzó andar mal, mal, andaba cada vez peor, yo comencé ir a verla, a ver qué pasaba, y una vecina de ahi, que vivían al láo de la casa, una vez que nosotros fuímos le dijo a María: “- Mire, María, doña Margherita anda mal, mal de endevera, cada vez peor, y don Bonaventura también, se están poniendo malos.” É que cuando llegaron, cuando él llegó, comenzó a trabajar bien, si ‘nesos primeros tiempo hasta la Ford de Santa Fe le mandaba las unidade nueva, los coche, pá que él le hiciera los últimos ajuste; pero así, al poco andar namás, se puso malo, descuidaba ‘l trabajo, perdió cliente… era todo ‘l maléfico que le hacía la bruja, la hermana bruja. Parece ser que los invitaban a comer, o venían a la tarde ‘n la casa de ellos, venían a tomar mate, y les ponían unos preparáos ‘n la comida y ‘nel mate. A Margherita la atacaron ‘nel estómago, empezó vomitar, que no retenía nada. Y al Bonaventura a la cabeza, le daban cosas, maleficios, venenos; este se puso un poco loco, empezó hacer pavadas. Le dió las llave de la casa a esa turra, a la negra esa que tenía, pá que una noche entrara y la agarrara a Margherita del cogote, pá que la matara ¿no?, y la puta esa lo hubiera lográo, pero no vá que justo esa noche estaba ahi con ella un amigo de Charata, que estaba de viaje, de paso namás, y había paráo a dormir ‘n la casa de ellos, y la turra no sabía que este estaba ahí. Él estaba ‘nel baño, y cuando Margherita gritó, que esta otra la estaba ahorcando, salió del baño y ¡qué mierda!, era un búlgaro fortachón, camionero era, y la negra salió a las disparadas. No pudieron agarrarla, pero se ve que tenía la llave, las llaves de la casa, porque había abierto ‘l portón pá entrar, ‘l portón de la calle y la puerta del patio. Y mientras tanto, nosotros no sabíamos nada de todo esto, sabíamos que Margherita estaba mal de salú, pero no sabíamos los detalle, pero esta vez fue demasiado y ya nos avisaron, los vecinos nos llamaron, nos dijeron: “- Miren, las cosa están así, que tal y que cual, y aquí van a tener que proceder ustedes, por que si no…”

 

No podíamos esperar más. ¡Madonna santa!, pobre Margherita: ‘nunos pocos año se había envejecido toda, parecía propiamente una anciana, casi ni podía caminar, y se sentaba ‘nun rincón y lloraba, lloraba. Agarramos aquí con mi sobrino, Andresito –’l menor de Giuditta, que vive también aquí ‘n Córdoba- un domingo agarraron ‘l auto y se fueron, porque acá yo les conté a Alfreddo y Giuditta, ‘ntonce Alfreddo lo llamó al hijo, a Andrés, y le dijo que vaya a ver un poco por allá, que vaya como quien no quiere la cosa, que les diga que volvían de Buenos Aires o algo así, y se fijara qué había de verdad ‘n todo eso. Porque nosotros é que no podíamo creer ‘n cosas así, yo nunca me metí con ese tipo, así, ese tipo de gente que anda con la magia y toda esas mierda, pá mí siempre habían sido cuentos chino, pá engañar los bobos, yo siempre lo había tomáo ‘n joda, por eso é que estábamos un poco desorientáos todos. Andresito, que é ingeniero él, ‘nese tiempo era gerente ‘nuna fábrica de aquí, ‘nuna fábrica grande, era ejecutivo de ahi y podía disponer fácil de tiempo, ‘ntonce fueron allá ese domingo, almorzaron con ellos, vieron cómo estaban, estuvieron un rato con ellos y no les gustó, vieron que ahi había algo raro. Y así, tanteándolo, Andrés le dijo al Bonaventura que por qué no se venían ‘n Córdoba, que él le conseguía los coche de la fábrica para que pudiera trabajar, y todo eso. Pero no, ‘l Bonaventura reaccionó pá‘l carajo, no quizo saber nada, dijo que de ahi él no se movía. Y Margherita, esa casa que vivían ‘n Casilda, la había hecho poner a nombre de los dos; ella era caprichosa, porque la plata era de ella, yo le decía que hiciera igual que ‘n Charata, que la pusiera nada más a su nombre, porque era su herencia, pero ella dijo que la pongamos a nombre de los dos, de ella y ‘l Bonaventura. É que cuando compraron la casa, hasta que la pintaban y se trasladaban, ellos estuvieron viviendo un tiempo con esa hermana de él, con la bruja, y ésta la había convencido de que pusiera las cosa a nombre de los dos, ¡qué se yo qué le habría dáo, algún maléfico de esos de ella!, la cuestión é que la había convencido, y bueno, como era plata de Margherita, yo no me podía oponer, y así hicimos. Entonce él también era dueño, y si él no quería moverse de allí, no se lo podía exigir que venda.

 

‘L hecho é que cuando volvió Andresito, y contó cómo venía la mano, yo no perdí tiempo: esa noche namás agarré ‘l Falcon y nos fuímos allá, yo y María, nos fuímos ‘n Casilda, y allá me dice Margherita: “- Yo quiero irme, José, irme a cualquier láo, porque acá me van a matar.” ¡Estaba de desmejorada ya! ¡apenas si caminaba!, la bruja le había hecho maleficio ‘nel estómago y ‘n las piernas, magia para que se muriera pronto, ¿no? Le dije que si quería la traía ‘n mi casa, sí, sí, aceptó ‘nseguida, inclusive le dijo ella al Bonaventura: “- Mirá Giordano, si vos queré venir conmigo ‘n Córdoba, bueno, vení, te perdono una vez más y vení; pero si no querés, yo aquí no me quedo, yo aquí ni duro un mes más, me están matando.” Ella le dió la posibilidá de no separarse, de que vinieran junto, pero que si él no quería, tenían que separarse. Y ‘l pobre Bonaventura dijo que no, lloraba él, pero dijo que no, la bruja lo tenía agarráo de las pelota con esos maleficios que le daba. Cuando yo ví la cosa, tomé las rienda, no pregunté más nada, agarré y puse ‘l letrero, ahi ‘nel frente de la casa, letrero de que se vendía; ‘l Bonaventura a mí me tenía miedo, ¡báh! no sé si miedo, me respetaba ‘nuna palabra, así que no dijo ni pío. Yo me tomé tiempo, averigüé bien los precio de las propiedade de por ahi, hice bien las cosa, ¿no? Era una linda casa: techo de teja, cochera pá cinco coche, agua corriente, cloaca, linda casa; así que puse ‘l precio ‘n tres mil quinientos millón viejo, que eso fue ante de que cambiara la plata, cuando eran millón, y la vendí a los pocos día.

 

   Cuando estuvo todo listo, le pregunté al Bonaventura: “- Bueno, Giordano, nosotros nos vamo, nos vamo con Margherita, ¿qué vas hacer vos? ¿te venís ‘n Córdoba con nosotros o no?, “- No –me dice él- yo no me puedo ir, Giuseppe, no me puedo ir”, “- Y con las cosa, ¿qué van hacer con las cosa? ¿las vas vender?” “- Ah –dice él así, apenáo un poco- yo de eso no sé un carajo, que diga ella lo que quiere hacer.” La cuestión é que Margherita tampoco decidía nada, no me decía qué quería hacer, la verdá que parecían embrujáos ‘n serio, yo nunca los había visto así, hacían las cosa así namás, propio que si estuvieran con maleficio. ‘Ntonce ya me enculé, les digo: “- ¡Pero la madonna!, si tienen que entregar la casa (porque ya habíamos firmáo ‘l contrato de compraventa), ¡qué mierda!, ‘l otro tipo vá querer la casa, está ‘n su derecho, ¡así que a ver si espabilan un poco!, las cosa, de aquí, hay que sacarla, ¡ya me deciden qué hacer!; a ver: Bonaventura, ¿vos qué queré de lo de la casa?”, “- Yo lo que quiero é ‘l coche –dice ‘l pobre, apocáo como un pollito había quedáo- le pago la mitá de ella y me quedo con ‘l coche (estaba lindo ‘l Falcon, ese Falcon rojo que le había sacáo cero kilómetro ella de la agencia, y ‘l Bonaventura lo tenía flamante), eso lo único –dice-, ‘l resto poco me importa. Las herramienta del taller que queden pá que trabaje, lo demás se lo puede quedar ella.” Margherita estuvo de acuerdo. Apenas me dijeron que sí, esa misma tarde me puse a vender todo, pero eso sí: ni lerdo ni perezoso agarro un papel y escribo: “a los tantos día del mes de julio de mil novecientos nosecuanto, autorizo a mi esposa doña Margherita Gandolfo de Bonaventura pá que venda todos los enseres de nuestra casa, o sea cama, mueble, cocina, heladera, todo lo que hay ‘n la casa, y yo estoy conforme”, y le hice firmar a él, porque a mí é un poco difícil meterme los dos piés ‘nun zapato, ¿no?. Las demás cosa, las cosas pequeña, ella quería traerlas ‘n Córdoba, porque ‘l juego de platos –que ellos tenían ‘l juego de platos completo de ciento sesenta pieza- se lo habíamo regaláo nosotros cuando se casaron, que é ‘l que tiene mi hijo Adelmo ahora, ella dijo: “- Este lo regalaste vos, éste lo llevamo, no se vende.” Y yo, lo único que me traje para mí, que le pedí a Margherita que lo trajéramos, fue un cuadro, ¡era hermoso! una “marina” era, una puesta de sol ‘nel mar, que lo habíamos compráo juntos con Margherita ‘nun viaje, cuando éramos jóvenes, siempre a mí me gustó mucho ese cuadro, y ella me dijo que sí, que me lo regalaba para mí; ‘nese momento tuve que dejarlo, lo dejé ‘nun banco, porque hubo que construirle un molde especial pá traerlo. Ya no lo tengo más, tuve que venderlo, cuando pasó la  tragedia ‘n mi casa, que empezamos buscar platita de todos láos, hasta las monedas, tuve que venderlo. Y así, cargamos todas sus cosita ‘nuna camioneta, y ‘l pobre Bonaventura se quedó allí, ‘n la casa vacía, hasta unos días despué, cuando ya tuvo que entregarla.

 

Así que la hermana, la bruja, se quedó sin la casa que tanto quería, por rata. ¡Pobre Bonaventura!, pero bué: la cuestió que no fue esa la última oportunidá que tuvo pá venirse, cuando nosotros volvimos ir ‘n Casilda, que fuímos a cobrar ‘l resto de la casa, lo que faltaba por cobrar, yo le dije otra vez, Margherita no me había dicho nada, pero yo sabía lo que ella quería, le digo: “- Bonaventura, no seas tonto, ¡ya estás viejo, hombre!, si queré venir, todavía tenés tiempo…” Esa vez se quedó llorando, pero no vino, y al final murió ‘n la miseria, sin nada. Lo mataron ellos, le daban sedante fuertes y alcohol, de puro bruja namás, pá sacarle esos pesito de la venta de la casa y de los trasto, y querían quedarse con ‘l coche. Así que seis mese namás duro, desde que la trajimos a Margherita, a los seis mese ya habían acabáo con él. Si ya se sabía, si cuando yo vine aquí le dije al dotor, estábamos conversando con ‘l dotor este que me atendía, y yo le consulté, le digo: “- Mire, dotor, a él le dan sedante Iustín de diez, y se lo dan con Amargo Obrero, ¡y está de flaco!” “- Y sí, –me dice aquí ‘l dotor- si sigue con esa forma, le quedan cuatro mese de vida, cinco a lo sumo.” Mucho no le erró, porque la bruja, la que le hacía tomar ‘l sedante, lo mató a los seis mese que se separaron con Margherita. Pero se cagaron, le salieron mal los cálculo, a mí me agarró una bronca con lo que habían hecho que me dije pá mí: “¡má! ¡ni un mango te voy dejar oler!”, así que agarré y me traje ‘l coche pá’quí. Ellos, la hermana esa, lo quería vender pero no podía, como estaba a nombre de los dos, ‘ntonce le quedó pá Margherita a la muerte del otro infeliz; la bruja no me lo quería dar, pero ¡mierda!, yo había puesto un abogáo de ahi de Rosario, y ellos sabían que estaba ‘l abogáo ese, a mí no me iban joder así namás, sabían que con ‘l abogáo yo los iba denunciar como si me lo hubieran robáo, al coche, ¡si no era de ellos qué mierda!, cuando les dije eso me lo dieron ‘nseguida. Y de puro perros, les hice pagar ‘l entierro del Bonaventura, ‘n realidá yo les dije que ‘l entierro se lo iba pagar yo, pero si ellos me daban ‘l reloj de oro que le había regaláo Margherita, ‘l reloj y la caja de herramienta cromadas, que valían un montón de peso. Pero no me lo dieron. No les convenía, porque valía mucho má ‘l reloj de oro que ‘l entierro; ‘l funebrario me cobraba, ‘nese tiempo valía trescientos mil peso, pero a mí ‘l funebrario me lo dejaba ‘n doscientos cincuenta mil (a ellos no, a ellos les cobró entero), hicimos papel que si me daban las cosa yo pagaba, y a los treinta día del entierro me habla por teléfono ‘l funebrario, pero yo ahi rápido rápido le dije: “- No, cóbreselos a ellos namás, porque ni reloj de oro ni herramienta me mandaron, así que yo no pago ni mierda.” Margherita no fue ‘nel entierro, fuimos namás yo y María, llegamos allá ante que cerraran ‘l cajón, ¡ay, ‘l Bonaventura! nada más piel y hueso le había dejáo la bruja, flaco, seco como un bacaláo… Me dijeron ahi las sobrinas de él que, al último, llamaba a mis hijo, pero la hermana no quiso que nos avisaran, porque él los quería mucho a los chico, pero ella no quiso que nos dijeran nada, por miedo a que él contara, dijera algo, así, quién sabe.

 

   Con esas mierda que les hicieron los fulminaron, los fulminaron los dos. Margherita logró vivir un poco má, ella vivió todavía tres año despué que ‘l Bonaventura se murió, pero vivió muy, muy enferma, se le había agrandáo ‘l corazón, ¡qué se yo! todas esas brujerías, ¿no?. Tampoco casi ya podía andar, así, caminar ni subir a un coletivo ni nada, pobre Margherita, ella que sabía bailar tan bien, ¡cómo bailaba ‘l tango, una maravilla!, ‘nel año ‘29 ella salió reina del carnaval, y la eligieron primera bailarina del tango, pero eso que le hicieron le atacó ‘n las piernas, despué ‘l corazón, despué se le metió al estómago, terminó muriéndose de un parálisis intestinal. Cuando se puso muy mal, los últimos tiempo, los médico quisieron operarla, pero cuando la abrieron vieron que tenía todo los intestino negro por los maleficios, así que la cerraron sin tocarla. Igual que había sido ‘l Tío Viejo, parálisis intestinal, claro que ‘n Margherita fue fulminante: duró meno de una semana. Tenía setenta y cuatro año, y siempre dijo que lo que más le dolió ‘n toda la vida fue no tener un solo hijo, ‘anque sea uno solo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Giuseppe (Capítulo V)

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO V     –     Giuditta

El refugio de los afectos

 

   

 Entre nosotros, entre los hermanos, la verdá é que todas las relacione fueron diferentes, muy diferentes unos con otro. Con Remigio, que fue mi mejor amigo cuando chicos, la erramo todos ahi, lo enterramo estando vivo. Y Margherita ella siempre estuvo un poco al margen de todo. Yo con quien más cerca estuve siempre fue con Giuditta. ¡Ah!, con ella sí. Como era la mayor, y yo ‘l menor de todos, con ella sí, con ella estuvimos muy, muy juntos, ‘anque ya ahora, de viejos, estuvimos muy junto. Ella me quería mucho porque yo la hacía sentir bien, ‘nuna palabra: éramos como compañero entre nosotros. Ella fue siempre una mujer muy buena, laboriosa, una mujer de esas de antes, inquieta, a mí me tenía un aprecio especial. Ella era la madrina de Rosalía, por ella Rosalía se llama también Teresita, ella fue la que le eligió ese nombre pá Rosalía. Yo quise que sea la madrina, y ella también quería ‘nese ‘ntonce; además, siempre ella era la que me protegió, como yo era ‘l menor, era un poco ‘l gurrumín ¿no?. Ella, Giuditta, vino de Arteaga ‘nel carro, ellos llegaron primero, llegaron ‘n Las Breñas un 5 de marzo, ¡hu! si ‘l otro día, que era 5 de marzo ¡me acordaba tanto! casi me pongo llorar; antes había venido ‘nel Chaco ‘l Tío Viejo, había ido ‘nel tren a ver cómo era un poco la cosa ¿no?, y cuando volvió diciendo que parecía que sí, que la cosa andaría, cargaron la volanta y se vinieron: mi Papá, ‘l Tio Viejo, Remigio… y ella, ¡vino Giuditta con ellos!, ellos cuatro habían sido los “pioneros”. Nosotros tres, con mi Mamá y mi hermana Margherita vinimos despué, ‘nel tren, pero ellos fueron los fundadores. ¡Y no era macana, amigo!, le pusieron dieciocho días, dieciocho día ‘n total ‘n la jardinera de Arteaga a Las Breñas. Le colocaron un capote a la volantita, y ‘ntonce, que lo tapaban con una lona, si llovía no les hacía nada (las mulas siguen tirando bajo la lluvia), y ‘naquel ‘ntonce no estaba todavía ‘l camino derecho: ellos viajaron por San Francisco de Córdoba, Morteros, de ahi a Añatuya –porque todavía no se podía pasar por la Cañada-, y despué Quimilí, y llegaron ‘l 3 de marzo a Quebrachales, que había unos pozos viejo, ahi fue donde le ataron una soga a la cintura a la Giuditta y la bajaron a cazar ranas, ¡decían que cuando llegaron ‘n Las Breñas, dos día despué, todavía tenían gambas de rana pá comer!

  

Y siempre fue ella así, como ‘n las rana: despierta, metida, muy ágil era, me acuerdo que ella te ponía la mano así, ‘n la paleta del caballo, y saltaba ‘n pelo, ¡montaba excelente!, hacía unas carreras a caballo que no la alcanzaba ni ‘l diablo, y no tenía problemas pá’ndar a caballo todo ‘l día si era necesario. ‘N vez Margherita no, Margherita ni con ‘l estribo podía subir sobre ‘l animal, era gorda y pesada, no le gustaban las cosa del campo. A’más, Giuditta era inteligente, namás un mes fue aprender coser, fue allá, ‘nel pueblo, cuando ya eran señoritas, pero un mes namás fue, y te cosía cualquier cosa, te hacía valijas, corbata, trajes, y hasta sobretodos pá Alfreddo le hizo, ‘nuna palabra: con la máquina hacía cualquier cosa. Claro que de escuela, ella tuvo sólo segundo gráo, tuvo segundo gráo argentino y segundo gráo italiano, porque ‘n Italia le hicieron hacer de nuevo ‘l segundo gráo por ‘l asunto del idioma, pero cuando volvimos ‘n la Argentina y nos fuimos al Chaco, allá no había escuela todavía, ¡qué iba haber, si todo selva era!.

 

   Giuditta se casó ‘nel año ‘32, ‘l día 27 de mayo. Tenía veinticuatro año, no era muy joven –‘naquel tiempo las chica se casaban bien jovencita- y Alfreddo tenía treinta y uno, estaba bien pál matrimonio, así.

  

Alfreddo Di Maglie, mi cuñáo, cuando vino de Italia había llegáo a Charata, era allá por ‘l 1923. Los inmigrante llegaban ‘n Buenos Aires, pero como había una miseria espantosa ‘n la ciudá, ‘n los barrio periféricos había hambre, ‘ntonce muchos se iban ‘nel interior, a las colonia nuevas que estaban abriendo ‘l gobierno, que era donde daban tierras pá los colonos que querían irse a poblar. Y al Chaco se iban muchos también por ‘l “pasaje cosechero”, que ‘nel tren te daban ‘l pasaje gratis si vos decías que te venías a juntar ‘l algodón, que venías pá la cosecha, ‘ntonce muchos se iban pál norte ‘nesos años. Y él llegó ‘n Charata y le fue a pedir trabajo a Pratti, que ‘nese ‘ntonce estaba ‘l viejo, ‘l viejo Pratti al frente de todo, y como era paisano, le dijo: “- ¡Má si!, quedate trabajando por aquí…” Le dio una pala y le dijo que vaya cavando un trozo de tierra, ¡qué mierda!, éste nunca había agarráo una pala ‘n Italia, porque allá era estudiante, iba ‘nel Liceo a estudiar hasta los dieciseis, y despué se enganchó con los militares, pero no ‘nel ejército, él iba hacer carrera con los oficiales de los gendarme, los que están ‘n la frontera. Estuvo dos año ‘n la frontera con Suiza, que allí había una nieve de dos metro, y eso era muy duro, nieve permanente y él que recién salía del Liceo, que era un “señorito”, ‘ntonce cuando estaba ahi, cagáo de frío, se le ocurrió venir ‘n la América, así, un poco de aventurero ¿no? Y fue decir ‘n la casa que se venía, y ellos tenían viñedos, ‘l padre era de los que certifican los vino, de esos que prueban los vino pá decir qué calidá tienen. Y claro, cuando éste le fue con la noticia se puso muy triste, porque no quería, claro, como era ‘l hijo mayor, quería que se quedara con la bodega, ‘l viejo. Ellos tenían esa bodega ahi ‘nel sur de Italia, ‘n la provincia de Lecce, y bueno, como este era un testarudo más no poder, dijo que se venía y que se venía, saludó todos los hermano y la madre, pero ‘l viejo no aparecía, y que dónde está papá, que dónde está papá, y resulta que ‘l viejo se había ido meter ‘nel escritorio, no lo quería saludar, estaba llorando, y le dice: “- Hijo, no te ví a ver má.” ‘L padre ya era un hombre grande ‘nesa época, pero éste le debe haber dicho algo, “no te aflijas que ya voy volver” o algo así. Pero no, al final tuvo razón ‘l viejo, no se vieron má, ni madre ni padre, no vió má ninguno. A los hermano sí, a los hermano los volvió a ver, cuando fueron con Giuditta a pasear, que fueron despué de la guerra, casi un año estuvieron allá, con los hermano de él, tenía muchas hermana (ellos eran como diez) pero de los padre ya no volvió saber, amén de que murieron muy viejitos los dos, de muchos año.

  

Y bueno, Alfreddo se vino, llegó ‘n Buenos Aires, sacó un “pasaje cosechero” pál Chaco, y se bajó ‘n Charata de pura suerte namás, porque despué contaba que ese día le daba lo mismo bajarse ‘n cualquier láo, se bajó ahi de puro cansado que venía, que tenía ‘l culo plancháo de tantas hora de tren namás. Antes así se poblaba, la gente era más arriesgada, no miraba tanto ‘n los detalle de lo que hacía ¿no?, le daba un poco igual, lo importante era laburar, y no importaba si era un poco más aquí o más allá.

 

Y cuando ‘l viejo Pratti le dio la pala, dice que antes de las diez ya tenía todas las mano peladas, ¡má! ¡ni fue a cobrar!, tiró a la mierda la pala y se mandó mudar. Y de ahi se fue con un tal Gianobravia, un carpintero, que había sido carpintero fino allá ‘n Italia, ebanista era, trabajaba la madera que parecía un ángel. Pero este nuevo laburo le duró pocos días, porque parece que ‘l gringo muy fino no era, así, ‘nel trabajo de labores delicados. Entonce se fue con otros italiano, con los Zoppi, a cosechar algodón con los Zoppi –que eran sicilianos-, y ahi se hizo amigo de un correntino, un tal Gauna (‘anque esto era raro, porque los gringo, así, ‘nel primer momento, no se daban mucho con los criollo), y parece que este correntino era muy rápido con ‘l algodón, y le enseñó a Alfreddo, ¡y ‘l gringo resultó bravísimo con ‘l algodón!, ¡se hacía hasta cien kilo por día!, amigo… levantar esa cantidá no é moco de pavo ¿eh?, ‘l algodón é livianísimo, pá hacer cien kilo hay que mover rápido rápido las mano, durante horas, curvado ahi al sol; y eso que nunca ‘n su vida había trabajáo ‘nel campo, pero ‘l Gauna este le había enseñáo su manera, y era una máquina cosechando. Y bueno, con los pesito que ganó ahi cosechando algodón con los siciliano estos, se vino ‘n Las Breñas, y se puso a hacer ladrillo a medias con otro, otro paisano, un tal Gargette, que era genovés. Poner fábrica de ladrillo ‘nese momento era bien barato, pero eso sí: había que laburar como bestia de sol a sol, pero comprabas un caballo, que eran casi regalados esos caballito criollos, y como la tierra era gratis… con ‘l caballo hacían una especie de malacate, ‘l caballo se ataba a esa noria llena de palos que llegaban hasta ‘l suelo, que iba dando vuelta, amasando la tierra; se cavaba un pozo, y uno que tiraba ‘l agua y ‘l otro que paleaba la tierra, iban haciendo ‘l barro que despué enyenaban unos moldes de madera (‘l barro, cuando está ‘nel punto justo, se amolda enseguida, pero hay que saber cuándo está justo), y los ponían a secar al sol, y cuando estaban secos a esos trozo los cocinaban ‘nel horno. Que también los horno eran baratísimos, porque toda la leña que podías juntar ¿quién te la iba a cobrar, si estabas ‘n la mitad de la selva?, ¡era todo gratis!, así que podías hacer funcionar ‘l horno sin un mango, pero claro: un laburo de bestias, de sol a sol. Y con la platita que fue juntando con los ladrillo se fue haciendo primero una piecita, despué otra, ‘nun solar que había solicitáo al fisco, más tarde le agregó un saloncito ‘n la esquina. La construción ‘nesos tiempos tampoco era muy cara que digamos, porque la mano de obra era bien barata, pero lo mismo ‘l gringo lo hizo todo él solo, de los ladrillos a las parede, todo. Pá mediados del ‘26 ya tenía una casita má o meno, y ya pá ‘ntonce se había peliáo con ‘l paisano ese socio de los ladrillo, porque ‘l gringo era así, testarudo, ¡tenía un genio de mil demonio!, él si algo se le ponía, podía venir todo ‘l mundo ‘n contra ¡má! él no se movía, tenía ese temperamento, pero era buena gente. Entonce se hizo socio del Natalio Longo y pusieron un pequeño boliche ‘nese saloncito que había construído ahi ‘n la esquina, junto a las dos pieza donde tenía la casa. Y ya para ‘l ‘29 se había separáo también de este socio, y ‘nel lugar del boliche había puesto un almacén, andaba bastante bien. Para esa época fue que nosotros solicitamos los dos solare ‘n la esquina del frente, que solicitamos uno a nombre de mi Mamá y otro a nombre del Tío Viejo, y mientras que hacíamo la casa allí, éste se cruzaba siempre a vernos, a charlar un rato, así que nos hicimos amigo; yo era un changuito todavía, tendría unos quince año namás, y ‘l gringo me decía: “- Che, Giuseppe, deciles allá ‘nel campo que yo te voy a ir a visitar a vos.” Porque él ya la conocía a la Giuditta, ‘anque ante era novio con una de las Longo, una que se llamaba Estelita, que era hermana del socio ‘nel boliche, y no sé por qué motivo la rechazó, debe haber sido por lo fea, porque más fea que la miércole era la pobrecita, y Alfreddo, de joven, era un tipo lindo ¿he?, tenía esas faccione así, duras, de los italiano del Sur, pelo enruláo y nariz grande. Y al mediodía a mí me dejaban un poco de comida, me dejaban cuidando un poco la construción, y ellos se iban comer ‘nel campo, y ‘l gringo se cruzaba a charlar conmigo, a que comamos junto, y le digo yo una vuelta: “- Venite ‘l domingo almorzar allá, ¡qué miércole!” “- No –dice Alfreddo- que me dá vergüenza, y qué se yo…” Pero lo mismo les avisé a ellos, ‘n casa, a la Mamá y al Tío Viejo, ‘ntonce al otro día le digo al gringo: “- Che, dice la Mamá que ella te invita, que vengas comer ‘l domingo con nosotros.” Así que le pidió la bicicleta a Puntieri, otro gringo amigo de él, y apareció allá. Yo había atáo los perros, porque sabía que éste iba venir ‘n bicicleta, y nosotros teníamos seis perro bravo, que si lo olfateaban entrando ‘n la chacra lo hacían pedazo ante de que abriera la boca. Bué, estuvo ese domingo, y a la Mamá le cayó bien, como tenía esa forma de hablar ‘l italiano, así, educáo, ‘nese tiempo era más raro que la mierda encontrarse con un tipo así ¿no?; la mayoría de los paisano eran gente del común, sin ninguna educación, gente que se estaba cagando de hambre ‘nel país y ‘ntonce se venían –se venían pá no seguir pasando hambre, y se venían con la idea de juntar unos mangos para despué volverse ‘n Europa-, pero eran todos así, medio inculto namás. Y este Alfreddo era un tipo que se le notaba la educación: sabía mucho de histora, y también de Francia –que él había estáo ‘n Francia, y hablaba francés- leía la “Revista del Mundo”, y hablaba de esas cosa, de sus viaje. Tambien sabía poesías, como ese otro que había ahi, ‘nel pueblo, los rusos eso, los Stefanskoy, que esos eran príncipe, eran príncipe de Rusia cuando estaban los zares, y se habían venido escapando con ‘l culo entre las pata de los comunista, y uno de esos príncipe era poeta, y como los rusos educado también hablaban ‘n francés, éste se juntaba con Alfreddo y hablaban de poesía. ¡Má!, eran unos personajes pá’l pueblo; (‘l príncipe este despué se murió loco).

  

Y despué de ese domingo, cuando ya Giuditta y Margherita se iban aprender a coser al pueblo, se iban ‘nel camión –que nosotros ya teníamos ‘l camioncito Ford A-, y como Giuditta manejaba muy bien, se iban ‘nel pueblo a aprender coser, a la tarde; y ya cuando se necesitaba un vino o algo así, ella de ida dejaba la damajuana ‘nel almacén de Alfreddo, y la juntaba a la vuelta, y así otras cosa ¿no?, y por ahi deben de haber comenzado charlar, conocerse un poco. Y ya comenzaron noviar, porque a los quince días más o meno apareció otra vez ‘n la bicicleta de Puntieri, esta vez no lo había invitáo nadie, así que los perro estaban suelto, y casi lo matan al gringo. Pero no podía venir ‘n otra cosa que ‘n la bicicleta prestada, porque ‘l gringo, ‘nese ‘ntonce ¡era más pobre que una laucha!, con decir que había una cosa curiosa, que a la Mamá le preocupó hasta ‘l último tiempo, hasta que se casó con mi hermana, y era que ‘l gringo venía siempre ‘n casa con el mismo saco marrón. Lo veo como si fuera hoy: un saco medio roto, con unos agujero bárbaros aquí ‘nel codo, y con un cuello más engrasáo que mono de tallerista ¿no?, y la finada Mamá decía: “- ¡Má! ¿Pero este hombre no tiene otra pilcha pá venir aquí?”, y no tenía ¡qué puta!, pero de endevera que era gracioso verlo hablar así, tan bien como hablaba, tan florido, y con ese traje zaparrastroso; pero él se debe haber dáo cuenta, porque a veces venía sin saco –ya cuando comenzó frecuentar la casa-, y hacía frío, pero él lo aguantaba igual, con esos pulóver de ante, que venían, todo escotáo y con camisa y ¡sin saco! (‘nesos años, salir sin saco y sin sombrero, ‘anque sea al campo, no se estilaba), se debe haber puesto molesto, no tener ropa adecuada, ‘ntonce prefería cagarse de frío. Porque pá mí que él, pá hacer ‘l boliche, había hecho má economía que la gran siete, si me contaba que un día de Navidá, cuando construía ‘l almacencito, no tenía qué comer, ‘ntonce la Nochebuena se fue ‘n lo de Murra, otro tano que era amigo de él, que también era soltero, a ver si lo invitaba a comer, y como ‘l otro tampoco tenía un carajo, no lo invitó, decía: “- Esa Navidá me la pasé con una tajada de mortadela y un vaso de agua…”

  

 Y decidieron casarse allá por ‘l ‘31, la Mamá dio ‘l consentimiento. ‘N realidá a mí me parece que ‘l Tío Viejo prefería al otro, había otro gringo que también la solicitaba a la Giuditta, un tal Ludovico Velli, un siciliano que estaba ‘n mejor posición, tenía un campo grande, y al tío eso le interesaba. Pero Giuditta lo quería más a Alfreddo, que era así, pintón (y aparte ‘l Velli este tenía como sesenta año), así que tuvo suerte de que la Mamá decidió por Alfreddo. Se casaron un sábado a la mañana ‘nel Registro Civil –iglesia todavía no había ‘nesos pueblo-, y a la noche hicimo la fiesta ‘n la chacra. Y como ‘l diretor de la escuela tenía un Pontiac, un Pontiac nuevito de seis cilindro, les prestó ‘l coche pá que salieran del Registro ‘n carroza. Tuvimos que invitarlo a él, al diretor y a toda la familia a la fiesta por haberle prestáo ‘l auto, y despué ya nos hicimos amigo; era un correntino, los maestro venían de ahi, del Norte, de Corrientes o de Santa Fe, que era donde habían las escuela superiores, porque ‘n los pueblo ‘l maestro, junto con ‘l comisario y ‘l médico, eran todas las autoridade. Hoy los maestro aquí se los trata como la mierda, pero ‘ntonce ser maestro era todo un orgullo, era… eso, un orgullo ser amigo del maestro.

 

Aquí tengo todavía la fotografía del esponsales de ellos: Giuditta se hizo –Margherita la ayudó- ‘l vestido de la novia, porque se vestían de novia ‘anque no iban ‘n la iglesia, se ponían de blanco. La Mamá la ayudó un poco, que ella sí sabía coser bien, y tenían máquina ahi ‘n la chacra, la maquinita que se había traído la Mamá de Italia. Y él se hizo hacer un traje negro, un traje de fiesta que le debe haber costáo sus bueno peso al gringo, ¿no?. ¡Ah! fue muy gracioso, porque resulta que los último día, ante que ellos se casaran, él venía ‘n la casa con ‘l traje viejo, con aquel viejo saco marrón todo descuajeringáo que tenía, y se viene ‘l 25 de mayo, y faltaban dos día namás pá que se casaran, y claro: tenía ya ‘l traje de casamiento, pero no se lo quería poner. Se vino como siempre, con la ropa vieja, y Giuditta se quería venir con nosotros ‘nel pueblo, pero la Mamá le dice: “- ¡Má! ¿cómo te vas venir ‘nel pueblo con ese hombre con ‘l traje todo despilcháo?” Claro, tenía razón la Mamá, porque ‘l 25 de mayo, ‘l día de la revolución, era la gran fiesta del pueblo, había ‘l locro ‘nel Club Social y ‘l desfile, las carrera de sortija, todo eso, y como era la gran fiesta del año, la gente iba con lo mejorcito que tenía ¿no?; bué, se quedaron ‘n la casa, triste los dos, mientra que nosotro nos íbamos ‘n la fiesta. Y así… se casaron, empezó a trabajar bien, ella lo ayudaba mucho.

 

Y nosotros nos fuimo ‘nel pueblo atrás de ellos, que llegamo ‘l 8 de julio. Ya habíamos hecho las dos pieza, la carnicería, ‘l sótano, todo. Nos instalamos al frente, esquina contra esquina, así que se puede decir que vivíamos junto. Paolo, ‘l primero de mis sobrino, nació al año siguiente que ellos se casaron, y al otro año, Andrés. Cuando nacieron los chico, la contrataron a la Emma, que era medio prima nuestra, la hija de esos parientes Magnassi que nosotros teníamo, pá que les cuidara los chicos, porque Giuditta le ayudaba mucho a él ‘nel almacén. Fueron creciendo hasta llegar a tener un negocio enorme, casi igual que‘l nuestro. Toda las noche, práticamente, Paolino y Andrés, ni bien comían, rajaban ‘n nuestra casa, terminaban durmiéndose ‘nun sillón, y despué los tenían que venir buscar, o si no los llevábamos nosotro, Remigio o yo. Igual que‘l cine: los dos chico, todo los domingo se iban ‘nel cine, a la matiné, con mi Mamá y ‘l Tío Viejo, los llevábamos nosotro ‘nel auto, y despué los íbamos buscar, ¡eso era infalible!, todos los domingo al cine era como a la misa, no faltaban ¡má! ni que lloviera a cántaros. Despué, cuando los chico terminaron la primaria, los internaron ‘n Resistencia, los internaron con los salesiano pá que hicieran la segundaria, con los curas, allí. ‘Anque los chico no terminaron ‘n Resistencia: cuando Alfreddo vendió ‘l almacén y se fueron ‘n Rosario, trasladaron a los chico a los curas salesiano de Rosario, pero no los internaron, ya los dejaron sueltos, vivían ‘n la casa con Alfreddo y Giuditta.

 

Ellos se fueron del Chaco porque Giuditta andaba malísimamente de salú, se fue ‘n Rosario pá que le operaran del hígado, porque ‘nel pueblo le daban remedio pá‘l estómago y le echaron perder ‘l hígado, y allá la salvaron de pelo ¿no? Y justo Alfreddo andaba con gana de volver ‘n Italia. Él había acumuláo mucho capital durante todos esos año, porque como no tenían gasto práticamente, como los hijo eran chico todavía… de vacaciones sí salían, se iban todos los año ‘n las Termas de Río Hondo, venían con nosotros, que nosotros los llevábamos a los viejo, a la Mamá y al Tío Viejo, todo los invierno, pá que se déan baños termale: a la Mamá del ‘40 al ‘45, y al Tío Viejo incluso hasta ‘l ‘49, porque ellos decían que les hacía muy bien, que los dejaban bien esas agua por todo ‘l año. Y bué, vendió todo ese capital que había acumuláo allí y se fueron ‘n Italia los dos, y cuando volvieron –que estuvieron casi un año allá- las cosa aquí habían cambiáo mucho, y no podía ‘ncontrar ‘n Rosario una casa que má o meno entrara ‘n su presupuesto, ¿no?. Entonce compró un terreno ‘nel Barrio Alberdi, ahí ‘n Rosario, y se fue haciendo él la casa, otra vez, volvió a levantar paredes, todo él sólo. Mientras tanto Giuditta vivía ‘n mi casa, porque ya cuando se fueron ‘n Europa, los chico –que ‘nese momento no tenían colegio- habían quedáo con nosotros, fuimo siempre así, siempre cercanos, nunca estuvimos separado. Cuando ellos al final se establecieron ‘n Rosario, cada vez que volvía de Buenos Aires, que iba a buscar una unidá de la Ford, pasaba ‘n la casa de ellos (y si no todas las veces, seguro que una sí y una no) pasaba de allí a ver si necesitaban algo o qué se yo, sólo pá verlos ¿no?. Y despué, cuando Paolino se recibió, se fue enseguida ‘nel Chaco, porque él tenía todos sus amigo allá, los chango de la barra que tenía desde la infancia: estaba ‘l Tula, ‘l Angel Raimondi, qué se yo, ‘l Pocholo… toda esa changada, todo los hijo de los gringo, de los inmigrante, que los viejo los habían mandáo estudiar la universidá –y la universidá más cerca era la de Rosario, por eso todos estos habían ido estudiar allá-, no lo pensó dos vece y decidió volverse ‘nel pueblo. Alfreddo le compró un torno, y todos esos cachivache de dentista, las herramienta pá poner ‘l consultorio, y una vez que yo pasé con una camioneta que había ido buscar ‘n Buenos Aires, cargamo ‘l torno (pesaba como trescientos kilo), y nos vinimos los dos. Y así, siempre había alguna cosa que traer, o noticias, saber cómo estaban, llevarle cosas que de mi casa les mandaba María… la cuestión é que siempre pasaba por la casa de ellos. A’más, como yo conocía tanto ‘l centro de Rosario y las ruta –la casa de ellos estaba cerca de la ruta-, y que ‘nese tiempo ‘l centro de la ciudá no era tan traficante como ahora, había menos auto y coletivo. Lo único: había que cuidarse de los tranvía. Pasar donde ellos no representaba mayor problema, y para Giuditta siempre era una alegría verme a mí, ‘anque más no sea unos minutos namás.

 

   Si podíamos, también algunas vece salíamos junto de vacaciones. Una vez fuímos pá ir de vacacione ‘n Mar del Plata y… ¡terminamos ‘n Bariloche! Un viaje hermosísimo, fuímos un montón: los llevé a Carlotto y a la Elisa, y al hermano menor de María, Severino. También se subieron Giuditta y Alfreddo, y nosotros los cuatro: María, yo, ‘l Angel y Rosalía. Porque fue ‘nel 1958, que fue ‘l año que dieron esas camioneta grande, las F-500, y nosotro le hicimos toldo atrás, le puse bancos, lugar pá poner colchones, todo, porque a esa camioneta no la tenía pá vender, a esa me la quise quedar pá la agencia, y la estrenamos ‘nese viaje. Justo ‘l 31 de diciembre, que había una comida ‘n la Sociedá Italiana por motivo del primer de año, me parece que comí mucho (siempre me ha gustáo mucho a mí, así, comer bien, por eso yo de joven era gordo, no como ahora, que este cuerpo no dá ni asco, era bien rellenito yo), me agarró un empacho, un ataque al hígado, ¡un dolor que me partía ‘n dos!, y teníamos que salir ‘l 4 ó ‘l 5 pá Mar del Plata, ya teníamos todo ‘l viaje arregláo; la cuestión que ‘l Dotor Olivera me puso más inyeccione que la mierda, quedó ‘l culo como un colador ¿no?, y me dice ‘l dotor: “- Mirá, Gandolfo, yo también estoy saliendo pá Santa Fe. Vamo juntos y te voy controlando un poco ‘nel viaje.” Fenómeno. Así hicimos y arrancó ‘l viaje. Apenas llegué ‘n Rosario me fui a ver un especialista del hígado, porque yo, así, siempre me cuidé mucho la salud, por eso hoy namás me duele un poco este brazo y la pierna, la pierna donde me pusieron ‘l clavo, ahi ‘n la articulación, pero yo siempre, apenas me dolía un poco algo, ¡al dotor inmediatamente!, y a seguir al pie de la letra lo que él diga, sí, así fui siempre adelante. Pero este especialista me dice: “- Usté ya está bien. ‘Anque sea un viaje largo lo que vá hacer, no importa, ya no le vá molestar más ‘l hígado.” Bueno, cómo no señor, a arrancar namás. Fuímos ‘n Artega a buscar a Carlotto y la Elisa; por Rosario cargamos a Severino, despué a Giuditta y Alfreddo, y pusimos rumbo a Buenos Aires. Desde ‘l comienzo eso fue una hermosura, entramos que visitamos la Boca (yo tenía que ir ‘n las oficinas de la Ford), y despué los campo de Ezeiza, donde ‘l aeropuerto. Claro, para nosotros era todo un atractivo, ¡si ‘nel Chaco no veíamos un avión de cerca ni ‘n sueño!, aparte é que era algo todavía muy novedoso, la gente iba allí a hacer recorridos turístico. Así que no llegamos esa noche ‘n Mar del Plata, tuvimos que dormir ‘n Chascomús, pero yo ya conocía esa zona, yo era ‘l único que había ido antes, y yo siempre fui así: si una vez fui ‘nun hotel y me pareció que me trataban bien, despué cuántas veces fuera al mismo lugar, yo siempre fiel, al mismo hotel siempre, ninguna necesidá de ir cambiando, ¡pá qué cambiar sin razón!. Así que fuímos ‘nel hotel que yo ya había ido, pero cuando yo había estáo –que era cuando Perón todavía no lo habían echado a la mierda- ‘l hotel estaba alquiláo, lo alquilaba una parejita, unos chango joven, pero era de una vieja que era la propietaria, esta vieja no los podía sacar porque Perón los protegía, Perón había ordenáo que no se podía sacar los inquilino ‘anque se hubiera vencido ‘l contrato, pero ahora –que ya era ‘l ‘58- ‘l desgraciáo de Perón ya estaba echáo, estaba… no me acuerdo qué general era ‘nese ‘ntonce que mandaba, la cuestión é que los inquilino le habían tenido que devolver ‘l hotel a la propietaria, porque ya todo había vuelto a ser normal. Y ‘n Mar del Plata yo, a la noche, iba casi siempre ‘nel casino, agarraba ‘l trole (que ‘nese tiempo Mar del Plata no tenía tranvía, Rosario sí tenía, pero allí trole namás había), y me iba temprano. Y una vez llego, pongo unas fichita, y comencé ganar… ganar… había compráo cincuenta peso de ficha, y ‘nun momento cargué ‘l 8: “- ¡Negro ‘l 8…!” –grita ‘l crupí- ¡Mierda! ¡saqué como seis mil y pico de peso!, y ya me envalentoné, seguí jugando y gané diecisiete mil, ¡qué..!, ni sumando lo que habíamos gastáo ‘n todo ‘l viaje era esa suma, era una fortuna, ‘nuna palabra. Ya eran los últimos día que teníamos para estar allí, así que vuelvo ‘nel hotel y les digo: “- Muchachos, ¡la semana que viene nos vamos ‘n San Carlos de Bariloche!” “- ¡Nooo!, –me dicen todos- ¡no tenemos con qué ir!”. Entonce yo les digo: “- Ustedes no pagan nada. Pagan namás que la comida, ‘l resto lo pago yo. Miren: ¡acabo de ganar quince mil peso ‘nel casino!, así que ¡a seguir viaje!” ¡Qué…! ¡me abrazaron todos!. A la semana salimos pá’l sur; ‘n Junín de los Andes tuvimos que comprarno hasta calzoncillo largo, si estaba cayendo una helada de la madonna, y nosotros habíamos lleváo namás ropa pá la playa. Trepamos las montaña altas, sobre ‘l río Limay, que ahi no pasan dos coche uno al láo del otro, trepamos lindo, a las once ya habíamos pasáo lo peor. Manejé yo todo ‘l tiempo, porque los coche, ya ‘nese año venían con ‘l volante a la izquierda, que é ‘l láo del precipicio, y hay como seicientos metro cortáos al filo hasta ‘l río, ni mirar podés pá no marearte, tenés que llevar la vista fija ‘nel camino. Así que llegamos a eso de las once al puente, ¡y ahi sí que era lindo!, porque ‘nel puente ese, que é ‘l escape del Nahuel Huapi, que tiene como diez metro de profundidá, habiendo sol de mediodía, y como ‘l agua é tan clara, a mí eso me impresionó mucho, que ves las piedra del fondo igual que si no hubiera nada, como si no hubiera agua. Eso é una postal, propiamente. Y mucha gente ni iba allí porque ni se conocía todo eso, de esas maravilla naturales que hay ahi namás, ¡báh! me parece que todavía hoy ni se conoce mucho de todo eso. Eso está pá que lo disfruten los otro, los alemane, suizo, los norteamericano, ellos sí entienden de eso, de esa maravilla, nosotros somos muy inculto todavía. ‘N Bariloche la pasamo realmente muy bien, creo que fueron las mejores vacacione de mi vida, especialmente ‘n las alturas, que subíamos con Alfreddo –¡si estaría acostumbráo ‘l gringo a las altura, que había hecho la milicia ‘n los Alpes!-, y con Giuditta, que con lo curiosa que era, ¡má qué!, no iba perderse una sola cosa. Subimos ‘nel funicular que había ‘ntonce, una enormidá eso, propiamente. Lo había hecho una empresa italiana, de esas de ante, contaban ahi que doscientas yunta de bueye habían empleáo pá levantar ‘l cable arriba, cuando lo pusieron, lo habían hecho pasar por encima d’un precipicio, de una montaña a la otra, ¡qué empresa esos italiano!

 

   Así era con mi hermana Giuditta, siempre así, unidos, juntos fuímos siempre. Por eso cuando ellos se vienen de Rosario ‘n Córdoba, construyeron la casa aquí namás, a cinco cuadra de la mía, pá poder vernos seguido, estar ‘n contato. Porque ‘n otros láos también podrían haber conseguido un solar pá edificar, pero no íbamos a estar cerca. Al láo de Andrés, ‘l hijo, no encontraron nada (que también podrían haberse ido pá’llá), pero la cuestión que no querían casa, porque Alfreddo, testarudo como era, le gustaba hacer la casa él, ahora ya estaba viejo como pá levantar él mismo las parede, hacer por tercera vez su casa, pero igual quería estar presente cuando los albañile la contruyeran, ¿no?. Entonce cuando vino Giuditta yo le conseguí ese solar aquí cerca, no lo pagaron mucho, porque no era como ahora que ‘nesa zona no hay cuadra que no estéa con casa, ‘nese tiempo no había tanto contruído, y eso abarataba. Parece que uno siempre, ‘n toda la vida, ha tenido que andar abriendo camino, siempre poblando, desde que llegamos de la Italia, ya sea ‘nel Chaco, ó ‘n Rosario, incluso cuando nos vinimos pá la ciudá siguiendo los hijo, no fuimos instalarnos ‘nel centro, igual Alfreddo que nosotros, contruímo ‘n lugares donde no había casi nada. Sin embargo ahora, al final de la vida y uno no tiene nada, y tanto que hicimos, siempre, ‘n todos láos. A Giuditta le gustó ‘l solar, y la nuera de ellos, que é arquiteta, hizo ‘l plano ante de que viniera Alfreddo (porque él vino con toda las cosa, despué, cuando la casa estaba ya pá techar), ¡uh!, ¡mi Dió la que se armó cuando llegó ‘l gringo!, al último la arquiteta ya no quería venir más, las discusiones con Alfreddo eran tremendas… Claro: la nuera tenía esa manera de hacer las cosa a su manera, moderna, sin pensar ‘nel gusto de los viejo. ¡Uy! ‘l otro, que no era manco pá testarudear, se puso remodelar al entendimiento de él la casa. Era graciocísimo, porque se armaban unas pelotera de novela, y los pobre albañile ni sabían qué mierda hacer: la arquiteta les mandaba una cosa y ‘l gringo por atrás les iba corrigiendo. Y la verdá que la erró la arquiteta, porque siempre hubo humedá ‘nesa casa.

  

Y mientras terminaban la casa y Alfreddo se puteaba con la nuera, estuvieron viviendo aquí, otra vez más, con nosotros ‘n mi casa; más de seis mese estuvieron. Alfreddo iba todo los día hinchar las bola allá con los albañile, y Giuditta se quedaba aquí haciendo la comida; nosotros –María y yo- atendíamo la despencita que habíamos abierto aquí ‘n Córdoba, ‘n la otra cuadra. Nos llevábamos bien, no tuvimos nunca ningún problema, ellos vivían ‘nel segundo piso, arriba, así que nos veíamos sobre todo ‘n las horas del almuerzo y de la noche. Con Alfreddo solíamos charlar mucho, eso sí: siempre y cuando no se le hubiera metido algo ‘n la cabeza, porque si no se ponía insoportable ‘l gringo.

 

Giuseppe (Capítulo IV)

 

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO IV     –     María

 

Empresarios, gente de sociedad

 

 Y así fue que estuvimos ‘n Las Breñas, ahi, hasta 1948. ‘Nel año ‘48 nos fuímos a Charata, que está namás a veinte kilómetro de Las Breñas. Nos fuímos por hacer la sociedá con ‘l dotor López de Echeverría. ‘L dotor había sido socio con ‘l viejo Cherassi, y ‘l hijo del viejo Cherassi era ‘l administrador allí, era ‘l apoderáo de esa sociedá de ellos, ¡y este chango era más bravo que la miércole!, y había vendido ‘nel año ‘46 (que fue ‘l año que entraron los coches importado, la primera vez que entraron los coches importado despué de la guerra), había vendido varios coche y se fue ‘n Buenos Aires: farreaba acá, farreaba allá, hizo muchas deuda. Entonce se le vino la marumba encima que le iban a embargar, porque se quedó sin plata pá pagar los coche que ya había vendido ¿no?, ‘ntonce ‘l dotor López de Echeverría, cuando este chango no estaba, intervino con un escribano, como era una sociedá ‘n comandita, intervino como socio comanditario ‘n la sociedá, ‘ntonce, o tenían que pagar o tenían que vender, y como Cherassi no podía pagar, tenían que vender su mitad. Y le hablaron al Tío Viejo, yo no quería ir, pero finado tío dice: “- Pero sí, José, mirá que é buen negocio, qué se yo, qué se cuanto…”, y claro que nosotros podíamos comprar la mitad, eran como ochenta mil peso, una barbaridá pá’quel ‘ntonce lo que había que poner, y nosotros vendiendo ‘l negocio sacábamos casi cien mil peso, vendiéndolo rápido al costo ¿no?, porque había que poner la plata enseguida. Y así, vendimos y fuímos ‘n Charata por eso, porque si no, no hubiésemos salido de Las Breñas, a nosotros nos gustaba Las Breñas, ‘naquel tiempo era mejor. Pero tuvimos que ir todos porque la Ford no le daba la concesión al Tío Viejo, por la edá, pero él dijo: “- No, ‘l que vá a administrador de aquí, ‘l que vá a ser ‘l socio, é mi sobrino que tiene treinta y dos año”, o sea yo; y bueno, ‘n la Ford aceptaron y me dieron la agencia. Por eso que ‘n la sociedá no figuraba nadie, ni ‘l tío ni mi hermana Margherita, figuraba yo solo, pero les daba a ellos sus parte.

 

Yo me casé estando ‘n Las Breñas, y allí nació Josesito, ‘l Bebé, que se murió a los pocos días, y despué Rosalía; cuando nos trasladamo yo ya me había casáo con María, me había casáo ‘n Arteaga.

 

Habíamos ido ‘n Arteaga a la fiesta de Santa Ana, que é ‘l 26 de julio, con mi amigo Troiano; llegamos allá un viernes, y ‘l domingo era ‘l baile, por la fiesta ¿no?, y este Troiano estaba medio emparentáo con la familia de María, así que los fuímos visitar a ellos, a la familia de María, y nos invitaron pá’l baile, que ellos habían sacáo un palco, y fuímos. La mayor de las hermanas de María tenía novio (que despué la dejó), y la otra hermana era chica, tendría catorce o quince año, María ya tenía veinte, y yo veintiocho, y bueno, estuvimo ahi ‘nel baile, yo sabía poco bailar, no era como mi hermano Remigio, yo era medio patadura, pero estábamos ahi, bailábamos algo, algún tango o polca, que era medio fácil, íbamos un poquito pá’quí, otro poquito pá’llá, así, charlábamos un poco –no mucho, porque antes no se podía tanto-. Y bueno, ‘l domingo la vieja, canchera ella, nos invitó a comer un lechón, así que fuímos allí, ‘n la casa de ellos; despué, ‘l lunes, vinieron la vieja –junto con María y la otra hermana- a lo de Troiano, donde yo paraba, diciendo que a cebarnos mate, y ahi ya empezamos hablar, de aquí y de allá, medio que ya, así, empezamos relacione. Y cuando me volvía para Las Breñas me dice: “- Me vas a escribir, ¿no?”, “- Sí, te voy escribir, cómo no…” le dejé dicho. Cuando llegamos ‘n Las Breñas le escribí al pasar algunos día, despué me dice ella, me manda una carta diciendo “¿Por qué no me mandás una foto…?”, y bueno: le mando una foto, ‘n la carta que se la mandaba le pongo que me mande ella una a mí también, le escribo, pero ella me contesta: “Para que yo te mande una foto tenés que decir si me pretendés, o no…”, ¿y yo qué iba hacer?, le dije que sí, le mandé decir que la pretendía, y me mandó la foto ¡todavía la tengo por ahi!. Y así, carta vá, carta viene, por ahi, por diciembre, me dice finado tío (que los quería mucho a ellos, porque habían sido sus peone de jóvenes, cuando él era mayordomo ‘n la estancia del dotor Venancio del Agua, despué había sido carrero también, ‘l padre de María, carrero del Tío Viejo), me dice: “- Vamos ‘n Casilda con ‘l auto.” Allá fuímos, pero ‘l Tío Viejo ya tenía la idea de que íbamos para que yo me comprometiera, pero no me había dicho ni mierda. ¡Bué!, teníamo un Ford 39 y ‘l día primer de año salimos a las tres de la mañana, porque dijo que quería ver a otros amigos, un tal Tavella, no sé a quién mierda más, y qué se yo, ¿no?. Así que salimos. Dormimo ‘n Morteros, despué de Mar Chiquita; a la mañana fuímos a ver a un tal Rezzónico, amigo del tío ¡’l Tío Viejo era amigo de todo ‘l mundo por ahi!, almorzamos ‘n la Cañada y a eso de las cuatro de la tarde ya estábamos ‘n Arteaga. Claro: con ‘l auto, que estaba nuevito ‘l Ford, y unos kilómetro antes habíamos paráo y lo limpiamos con unos trapos mojado, así que llegamos dando la pinta, ¡lindo ‘l autito! Fuímos a parar allí ‘n la casa de María, directamente, porque ella había puesto ‘n la carta que fuéramos, que ‘l padre invitaba y que allí había lugar y todo eso, y como con ‘l tío eran tan amigos, fuímos, tenían entre ellos mucha confianza. Y un día estábamos comiendo y dice ‘l Tío Viejo: “- Y bueno, ¿por qué no se comprometen?, ¡qué miércole!”, y dice ‘l viejo, ‘l padre de María (que ya había arregláo todo con ‘l Tío Viejo): “- Y… si ellos quieren, por mí no hay ningún problema.” Serio, dice esto ‘l viejo, y la vieja, que era más, así, más ganchera ¿no?, dice: “- Y bueno, claro que habría que saber si ellos están ya de acuerdo ¿no?, ¿a usté qué le parece, José…?”, “- Bueno… –digo yo- si María me acepta, yo no tengo problema, nos comprometemos…”, ‘ntonce al Tío Viejo ya le pareció que estaba bien con toda esa formalidá, y dice: “- Listo, ya no se habla más. Esta tarde vamo con José a Casilda a comprar los anillo.” Ya había lleváo la plata para eso y todo, había lleváo mucha plata, y fuímos con la hermana mayor de María, fuimos ‘n la joyería de don Carlo Brebbia, ‘l que había sido cónsul ‘n Turín. Elegimos los anillo, y ‘l cintillo tenía una piedra preciosa, diamante era, a’más dice ‘l Tío Viejo: “- ¡Comprale una pulsera de oro, también!”, así que le compré una pulsera, con malla gruesa, toda de oro; y ‘l cintillo costó, ¡púf! ¡lo que costó!, ¡tenía dos piedra de brillante!, brillaban, de noche. Creo que pagamos así como doscientos peso –doscientos peso era mucha plata, hablo de allá, ‘nel ’43-, y cuando llegamos de vuelta, ¡qué mierda, la vieja, cuando lo vio!; y a la noche había baile, por ‘l día de Reyes fue, había baile de nuevo ‘naquel salón otra vez. Por la noche nos vemos ‘nel baile, por la tarde anunciamo que se habíamos comprometido, hicimos un chocolate ahi, y por la noche ya fue ‘nel baile con los anillo puesto, ¡brillaban esas piedritas ahi!, y ‘l día del casamiento ¡no vá que se lo roban! ¡que le roban ‘l cintillo!, a la mierda… no sabíamos qué hacer, por mi Mamá; pero eso fue ‘n abril, porque ahi, despué que se habíamos comprometido, nos volvimos ‘n Las Breñas con ‘l Tío Viejo. Al tiempo vinieron ellos, vinieron María con la vieja pá conocer a la Mamá, ahi ‘n Las Breñas, que así se estilaba ¿no?, porque la vieja, la madre de María, claro que la conocía a Mamá, y María la había visto cuando era chica, pero é que así se estilaba, había que hacer las presentacione sociales ‘anque se conocieran de toda la vida. No vamo a decir que uno estuviera enamoráo o esas cosas, así, se hacía lo que había que hacer, namás: la familia, entre ellos se arreglaban, te elegían una chica má o meno conveniente, conocida, que fuera paisana, y ya está. Y cuando fuímos a casarnos fue que le roban ‘l cintillo, y éstos no sabían cómo decírmelo a mí, porque ‘l cintillo sólo había costáo como ciento veinte peso, y pá’quel tiempo, una barbaridá (al láo de la pulsera de oro y las dos alianza, que ‘n total había salido como ochenta peso, é que hay que calcular que un auto por’jemplo, un Ford de lujo, salía cinco mil peso, la plata valía mucho, no é como ahora que no te sirve pá un carajo), y ‘ntonce cuando la ví tan preocupada, le digo: “- Bueno, si queré, yo traje plata, vamos ‘n Casilda a ver si conseguimos otro…”, no, no quisieron, la vieja tampoco: “- Pero no, Giuseppe, ¡cómo vá gastar eso!”. La cuestión é que terminamos yendo ‘n Cruz Alta, que había un relojero, a ver si encontrábamos otro que fuera medio parecido, que tuviera las piedra ‘anque no sean brillantes, porque ‘l de verdá tenía diamante, brillaban; lo que a ella, a María, le interesaba, era que la finada Mamá no se diera cuenta, como ya la había visto con ‘l anillo de verdá… Margherita, mi hermana, ella sabía, pero a la Mamá no se le había dicho nada, qué se armaría la gorda si se enteraba, y fuímos ‘n Cruz Alta ¡y no vá que encontramos uno igualito!, pero claro, las piedra eran comune, no brillaban como las otra. No sé, me salió veinte peso o algo así, así que lo compramos y anduvo ‘n la fiesta con anillo falso.

 

Nos casamos ‘l día 15 de abril y al día siguiente, ‘l 15 era sábado, ese sábado a la noche fuímos ‘n Casilda, yo ya había reserváo pieza ‘nel hotel, paramos ‘n Casilda, y al día siguiente fuímos ‘n Rosario, a la luna de miel, eso era ‘nel año ‘44. Nosotros no pensábamos volver ‘n Las Breñas, seguir una luna de miel por ‘l momento, pero resulta que la Mamá, ya andaba medio embromada ella, ya no andaba bien, la diabetis ya la perjudicaba mucho, porque nosotros pensábamos llegar hasta Córdoba, yo llevaba plata, como viaje de bodas ¿no?, pero fue que hablamos por teléfono (nosotros ‘n Las Breñas ya teníamos teléfono) y nos dice mi hermana Margherita que la Mamá no anda bien, ‘ntonce decidimos sacar una cama ‘nel tren, para Las Breñas. Eso era ‘n abril, le prometí a María que ‘n agosto volvíamos a Arteaga a verlos a ellos, a la familia, y terminar ‘l viaje de bodas.

 

Mi primer hijo –que le pusimos ‘l mismo nombre que nosotros, ‘l de mi abuelo y del Tío Viejo: Josesito-, ‘l Bebé, nació al febrero siguiente, y se murió a los veinte días. ¡Ese hijo de puta del dotor Obradoiro!, lo atendía él, y lo hizo intoxicar, había nacido sanito, una hermosa criatura. ‘Naquel tiempo uno no sabía, era, ¡qué se yo!, estaban las dos vieja, porque fue la madre de María allá, y estaba la Mamá, también, y entre las dos no sé si se abatataron o qué mierda pasó, la cuestión é que cuando llamé consulta con ‘l dotor López de Echeverría, me dijo: “- Está intoxicáo este chico, no hay nada que hacerle, Giuseppe”, lo había intoxicáo porque ‘l otro, ‘l tal Obradoiro ese, le había hecho dar agua de arroz, y eso le hizo mal. Por eso cuando nació Rosalía, dije: “- No, no quiero saber nada con ‘l dotor Obradoiro, que la atienda ‘l dotor López de Echeverría”, y López, que María tenía poca leche, me dice: “- Giuseppe, llévela ‘n Las Termas de Río Hondo”; allí, ‘n Las Termas, con ‘l agua caliente, enseguida le vino, recuperó la leche, y despué no tuvimos más problema.

 

‘Nese ‘ntonce vivíamos ahi todos juntos, ‘n Las Breñas, vivimos así durante cuatro año, atendiendo ‘l almacén, hasta que lo vendimos pá comprarle la parte de la Ford al viejo Cherassi y hacer la sociedá ‘n Charata, ‘nel ‘48. María, la verdá, fue la única novia que tuve, no é que la quisiera mucho que digamos, que yo, por mí, me hubiera quedáo soltero como ‘l Tío Viejo, pero ellos lo organizaron así, y bué. Puede decirse que me casé con la primera novia, porque tenía, antes, así, chicas: la de Negri, la Anita Negri, la de Erce, y la que yo prefería mucho era la hija de Chicuri, cuando era chango ¿no?, la Cristina Chicuri, ¡é que de jovencita era de bonita esa mujer! cómo me gustaba, de endevera, ¡tenía unos pechito!, le llevábamos nosotros la carne, y siempre salía ella a buscar la carne, yo tenía ya dieciocho año, y parece que a ella también le gustaba, pero ella era joven, ella era menor (tenía quince año o algo así), pero é que no era paisana, y la Mamá seguro que decía que no, esperamos y ya despué no agarramos viaje. A’más que yo pensaba que tendría que hacer ‘l servicio militar antes de casarme, pero al final servicio militar no me tocó, porque nací ‘l 9 de julio, ‘l Día de la Patria, ni la libreta me firmaron, ahi la tengo, sin firmar, yo soy, cómo diríamos, desertor, soy desertor. Remigio tampoco lo hizo, porque él también era del 9 de julio, yo soy anotáo ‘l 10, porque ‘l día de fiesta no anotan (pero ponen que naciste ‘l 9, ¿no?), y antes los nacidos ese día y ‘l 25 de mayo no hacían servicio militar. Y así, tuve varias otras chica que me gustaron, pero nunca tuve intenciones de casarme, a’más que era muy joven, pero ya cuando tuve veinticinco o veintiseis año, como ahi teníamos auto, teníamos plata… plata seguro que no nos faltaba, era como decir que uno “mandaba” ‘nel pueblo, porque ahi ‘l comisario nos hacía la venia ¿no?, íbamos ‘n la comisaría como si fuésemos al living de la casa ¡qué miércole!, si entre ‘l almacén de Alfreddo, mi cuñáo, y nosotros, todos los milico eran nuestros clientes; despué estaba Núñez, este que era ‘l sargento, que era mi compadre, y estaba ‘l comisario, que ‘nel juego del naipes le había prestáo un montón de peso ‘n fichas (¡y andaba desenterrando osamenta ‘nel cementerio pá conseguirme una cabeza pá mi sobrino!); nos trataban como amigos, pero con respeto, ¿no?. Éramos como los dueño del pueblo un poco, éramos los único que teníamos dos coche, por’jemplo, porque aparte del coche nuevo, teníamo ‘l camioncito, un Ford A. Este camión había sido del finado Rampinni, que yo lo había rematáo ‘n seiscientos peso, ¡má! ¡fue una bicoca!, fue cuando hicieron ‘l remate de las cosas de Rampinni, yo había habláo con ‘l rematador, un correntino, Pereyra se llamaba, y me dice ‘l rematador, ‘l correntino este: “- Y a Usté, che Gandolfo, ¿qué le interesa?”, “- ‘L camioncito –le digo yo al martillero- a mí me interesaría ‘l Ford A”, “- Bueno, avisame chamigo que lo arreglamo ‘n la subasta, yo despué me llevo una pieza de seda, vos no decís nada”; ¡pero sí, se la doy, cómo no! Y ‘l tipo, cuando iba rematar ‘l camión, como había varios que estaban interesados (‘l ruso Marman, Uguccione, había más), y ‘l camión estaba ‘nel fondo del solar, ‘nun galpón, ‘ntonce agarra ‘l correntino y dice: “- Bueno, señores, ahora se vá rematar ‘l camión, vayan verlo allá, ‘naquel galpón”, y mientras los otros fueron ver ‘l camión, quedamos solos, con un tal Comisso, y empezó ‘l correntino, medio en voz baja namás: “- Un camión, Ford A, ¿cuánto vale…?”, “- Doscientos peso” –digo yo, también medio en voz baja namás. Pero este boludo de Comisso le aumenta, dice: “- Quinientos peso para mí”, y ‘l correntino, asustáo que se iba quedar sin su pieza de seda, le dice al Comisso: “- Mire que hay que poner la plata ahora, ¿eh?”, ‘ntonce yo aprovecho y ahi namás le aumenté cien peso, ‘ntonce ‘l tipo cacha ‘l martillo y: “- Seiscientos peso, a la una, a las dos, a las tres”, ¡púm!, bajó ‘l martillo, y así, rapidito firmamos la boleta, todo, y siguió rematando cosas. Por ahi los otros, los que habían ido ver ‘l camión, volvieron y esperaban, esperaban, y ya le preguntan al correntino cuándo iba a rematar ‘l camión, y éste les dice: “- Y, chamigo, ¿qué le vas a seguir esperando?, hace rato que ya le rematé al camión… ustedes estaban allá, si no venían, yo no estoy acá pá esperar, yo tengo que terminar de rematar, ya se lo terminé vendiendo aquí al don Gandolfo”. “- ¡Acomodáo de mierda!” –me decían, medio ‘n joda, medio ‘n serio ¿no?-, “- Che –les paro yo- callate, mirá que éste te vá denunciar, no se puede decir así, rematador viene de Resistencia, ¿cómo que acomodáo? ¡qué mierda…!” Y bueno, así nos hicimos del camioncito Ford, y también de otras cosas, estuvo bueno ese remate. También había seis bordalesas de vino “Toro”, de doscientos litro, y no sé a quién puta le había hecho correr la bolilla de que ese era vino aguado ¡pero no era cierto!, ‘l único que sabía la verdá era mi cuñáo Alfreddo, pero a él no le interesaba, y claro, cuando comienza ‘l correntino: “- ¿Cuánto valen seis cascos de vino?, las oferta las hagan por litro”. “- Cinco centavo” –digo yo-, y había otro que quería repuntar, pero rápido le dicen: “- Cuidáo, que parece que é vino aguado…”, bueno, no hizo oferta, ‘ntonce ‘l correntino, que sabía que yo era interesado, rápido me bajó ‘l martillo ahi namás, me las dió ¡qué mierda va estar aguáo! Y había también, ¡qué se yo, telas, vestidos, cuánta cosa!, todo lo que tenía Rampinni ‘nel almacén; ‘l pobre viejo se había muerto sin herederos, por eso lo remató ‘l Consejo de la Educación, que los bienes sin herederos obligatorios pasaban a la Educación. Lo lindo fue que, cuando se hizo ‘l inventario, había como treinta caja de cigarrillos, de diez paquetes cada caja, y ‘l comisario y ‘l cónsul italiano, que hacían ‘l inventario, pusieron: “treinta paquetes de cigarrillo”, no pusieron “cajas”, y como a mi me habían encargáo de preparar ‘l remate, ¡pué yo dejé treinta paquetes! ¡los demás los sacamos a medias con Alfreddo!.

 

Los primeros que salimos de Las Breñas, cuando iniciamos traslado a Charata, fuímos yo y María: fuímos allá, llevamos los muebles y todo, nosotros ya dormimos ahi, ‘n la agencia, esa noche. Quedaba cerca, namás veinte kilómetros, pero era como pasar del pueblito a la ciudá. ‘N Las Breñas quedó ‘l Tío Viejo, con Margherita y ‘l peón, quedaba poquita cosa, pero ellos quedaron pá liquidar todo eso, nosotros fuímos ‘n diciembre, entre ‘l 15 ó ‘l 20 de diciembre ¡hacía un calor de mil demonios!. Antes, ‘nel Chaco, hacía ‘n los veranos un calor inaguantable; ahora ya no, porque ‘l clima cambia, ya va cambiando; tampoco hay ya las plagas como ‘nesos tiempos, que venían las langosta por’jemplo, venían y acababan con los campo enteros namás ‘nunas horas, de eso ya no hay nada. Ni tampoco los vientos, que ‘nesos veranos, ‘n diciembre y enero, llegaban los vientos del Norte que quemaban, ¡había que ponerse ropa ‘n la cara, protegerse, porque te quemaban ‘l cuero!, y venían cargados de tierra que se metía por todos los rincone, hasta ‘nel culo, yo no sé cómo mierda pero esa tierrita fina, con ‘l viento, se metía ‘n todos láos de endevera. Así fue ese día: debe de haber hecho cuarenta y dos ó cuarenta y cinco grado cuando nos fuimos de Las Breñas. Y ‘l Tio Viejo y Margherita vinieron ‘n marzo –ya había pasáo ‘l golpe de calor fuerte-, vinieron ellos dos y ya estábamos todos. Rosalía, mi hija la mayor, ya tenía tres año cuando llegamos ahi, los dos primeros nenes nacieron ‘nel pueblo, y los otros dos ya ‘n la “ciudá”.

 

A mi, la verdá, me dolió irme, dejar ‘l pueblo, ‘anque está cerquita namás, y los primeros tiempos casi que veníamos todas las noche, veníamos ‘n Las Breñas despué de cenar, veníamos con María. Y también yo solo, algunas noches, venía jugar las cartas ‘nel Club Social, o ‘n los sótanos del gallego Iñigo, que ahi fue que le conseguí la cabeza de muerto pá mi sobrino, que estaba estudiando pá odontólogo ‘n Rosario: resulta que estaba ‘l comisario Rodríguez (que fue Jefe de la Pulicía despué, cuando llegó ‘l peronismo), y éste entraba a jugar a la Loba, jugaba por plata fuerte, y ‘l comisario tenía otro milico, un tal Barrionuevo, que le hacía de campana, que le avisaba si veía un coche desconocido, que no era de allí, porque ellos, los milico, son prohibidos de jugar así, como nosotros los normales. Y una vez estábamos jugando y ¡mierda!, ‘l comisario perdía una mano y otra y otra, ¡era de caliente este correntino!, y yo tenía un montón de ficha, y lo miraba ¿no?, y cuando se quedó seco le digo: “- Comisario, ¿quiere algunas ficha…?”, “- Sí, don Gandolfo, emprésteme algunitas”, “- Bueno, aquí tiene quinientos peso”. Al poco rato, ¡a la mierda!, otra vez ‘l comisario sin ficha, lo miro y de nuevo le ofrezco (yo ‘nese ‘ntonce problema de plata no tenía ninguno ¿no?), “- Bueno, esto, ‘anque despué te pida más, che don Gandolfo, ni me deas… ¿eh?”, y le doy otros quinientos, ¡ya eran mil peso!, y por ‘ntonce, un comisario de pueblo ganaría ochocientos, setecientos peso má o meno, ¿no? Pero al rato estaba otra vez, como esos chico que quieren tomar la mamadera, así que le pasé otros quinientos más, le digo: “- Bueno, comisario, estos sí que son los últimos ¿he?”, “- Bueno, chamigo, muchas gracias, dame que esta semana ya te ví a pagar…” ¡qué me vá pagar! ¡de dónde!, si encima siguió perdiendo esa noche… Y por ahi, al sábado siguiente, estábamos de nuevo ‘nel Club Social, estábamos charlando, y yo digo: “- Mi sobrino, ‘l que está estudiando pá odontólogo, tenía que comprar una calavera, para ‘l estudio, por los diente, ¡pero dice que son carísima!”, y así, seguimo hablando del tema un rato, porque estábamos ‘nun grupo grande ¿no?, y todos opinaban, y decían cómo conseguir una calavera y todo eso. Por ahi ‘l comisario me llama aparte, yo creí que venía ‘l mangazo de nuevo, que venía por más fichas, pero vá ‘l correntino y me dice: “- Decile a tu sobrino que no la compre, chamigo, que yo se la voy a conseguir.” Al tiempo, una noche ‘l comisario agarra al sargento Núñez –mi compadre- y a otro milico más, y a la una de la mañana se van ‘nel cementerio, con dos palas; ‘l otro milico, un tal Paredes, un santiagueño, dice que estaba más cagáo que la mierda ¿no?, porque los criollo, los santiagueño, son superticiosos, pero dice ‘l comisario: “- Bueno, a ver, ¿dónde podemos sacar una calavera, he?”, ¡qué! ¡ni linterna habían lleváo!, y este Núñez era gordo, ¡y los hizo puntear toda la noche como locos! A mí ni me había dicho, eran cosas del comisario namás. Resulta que desenterraron una, pero no tenía casi dientes, y ‘ntonce ‘l milico Paredes se acordó: “- ¡Puta! ¿y ‘l ‘Gomecito’, que no era viejo, que lo enterramos hace poco?”, este Gómez, ‘l “Gomecito”, era un tipo joven, un linyera, y estaba bien arriba porque lo había enterráo la misma pulicía, y estos desgraciáos no estaban por cavar mucho pá un linyera ¿no?. ¡Ese tenía una dentadura! ¡qué mierda!: un negro, un criollo de estos, de unos veinticinco años, dientes lindos y bien blancos tenía, ¡má! lo sacaron rápido. Y cuando llegaron ‘n la comisaría: “- Vos, Núñez, la limpiás bien con alcohol y la ponés ‘nuna caja, que estea bien limpita”, “- La puta… –pensaba ‘l compadre Núñez- ¿qué estará por hacer con esta osamenta?, nos hizo trabajar toda la noche…” Y al sábado siguiente me habla ‘l comisario, dice: “- Che don José, venite pá la comisaría, que aquí te conseguí lo que necesitás.” Allá voy yo, y cuando llego grita ‘l comisario: “- ¡Sargento Núñez! ¡una silla pá’l don Gandolfo aquí, y traeme la caja que está ahi arriba!” Así que nos reímos todos, ¡qué mierda!, esa tarde, cuando contaba la cara que puso ‘l compadre cuando se enteró que la caja de huesos, que le había costáo una sudada… ¡era para mí! A la semana siguiente yo me iba ‘n Buenos Aires, me tomé ‘l tren a Rosario, y se la llevé a mi sobrino, que estudiaba ‘n la universidá de allí, y le digo: “- Cuidala Paolino, ¡que me costó mil quinientos peso ‘n ficha…!”, pero ‘n joda, porque total, yo sabía que’l correntino no me iba a pagar nada igual, ¡má cómo! ¡si por mes ni cobraba la mitá de eso! Así que me compré una cabeza por fichas del naipe, y encima quedamo amigos para siempre. Como será que quedó de agradecido ‘l comisario, que cuando mi socio, ‘l dotor López de Echeverría, se enfermó, este correntino ya era ‘l Jefe de la Pulicía de la provincia (era peronista ¿no?, y nosotros teníamos la sede del Partido Radical ‘n la casa del dotor López de Echeverría), pero igual: le mandó ‘l avión de la Gobernación del Chaco a Las Breñas para que lo llevaran ‘n Buenos Aires; los peronista no querían, porque sabían que éste era contrera, que era de la contra, y ‘naquellos año las cosas política eran bien duras, eran brava, pero ‘l comisario se les plantó: “- No chamigo compañeros, eso sí que no, será ‘gorila’, pero ‘l avión vá.” Y vino.

 

Y yo volvía casi cada noche ‘n Las Breñas porque ahi tenía los amigos, la gente, ¡que!, de toda la vida ¿no?, pero la verdá que Charata era más “ciudá”, ‘naquel tiempo era más grande que Las Breñas: tenía, por’jemplo, Banco Nación (que ya se había fundáo ahi ‘nel ‘36 o ‘37); y la estación de ferrocarril también era más importante. Pero la cooperativa agropecuaria no, porque se había fundido la primera, la primera cooperativa de Charata, por eso era mucho más fuerte la de Las Breñas, cuando hubo luego la de Charata, tuvo más comercio, pero ‘n Las Breñas se fabricaba más algodón, había más desmotadora. La cooperativa tenía una desmotadora grande, y había varios privados, varias fábricas de algodón de particulares namás. O sea que ‘n Las Breñas se producía más, venían los gringo a dejar las cosecha ‘n las desmotadora, pero Charata tenía más movimiento los comercios, porque era más grande, si ya cuando la midieron, cuando midieron pá hacer ‘l pueblo (se medía para hacer las cuadra, venían para eso los agrimensores del gobierno), hicieron de diez cuadra a cada láo del ferrocarril, de la estación, ‘n cambio ‘n Las Breñas hicieron de cinco cuadra a cada láo namás, así, la mitad de chica era Las Breñas cuando pusieron las calles. ‘N Charata ya había municipalidad ‘nel año ‘32, mientras que ‘n Las Breñas recién ‘nel ‘32 pusieron la primera Comisión de Fomento (que, la verdá, las comisiones de fomento eran como las municipalidades, o quizá que eran mejores, porque eran de los vecinos namás, no había los puteríos de los políticos y esas cosas); ahi ‘n Las Breñas estaba Ubaldo Blanco, que era ‘l presidente, ‘l presidente de la Comisión de Fomento, y funcionaba de acuerdo: lo que recaudaba, los impuesto, se los mandaba al gobierno, y atendía a los asunto de basura, limpieza… a los temas de la gente, del pueblo ¿no?. Mi cuñáo Alfreddo supo estar también ‘n la Comisión, cuando se iba Ubaldo Blanco –que se fueron ‘n Buenos Aires-, y hasta que nombraran otro presidente, ‘ntonce estuvo Alfreddo un tiempo, pero a este gringo no le gustaba mucho, fue porque le pidieron, la gente le pidió, pero despué, como ‘l gringo no quiso, ya eligieron presidente nuevo, que fue ‘l ruso Jacobo Raskin, y despué de Jacobo Raskin, a los años despué, lo eligieron al hijo de Ubaldo Blanco –que se llamaba Guillermo-, y ya despué de Blanco chico ya vinieron los peronista (que era ‘l ‘45 y los peronista estaban ‘n todos lados) y ya entró este santiagueño, este Landriel. Estuvo mucho tiempo él, ‘anque era un pobre tipo namás, era un peón changador, pero tenía, así, ‘l alma de buena gente, era bueno: cuando dijeron desde Resistencia quién era ‘n Las Breñas que había que meter preso (porque así, los peronista de aquel tiempo pusieron preso mucha gente ‘n todos láos, ‘anque estos eran pueblos chico, que nos conocíamos todo ‘l mundo, a los opositore los mandaban todos ‘n cana), eran tiempos duro esos primeros tiempos. Ahi ‘n Charata pusieron preso al dotor Olivera, a Desanzi, y a varios más, namás porque eran radicales, o a los socialistas, ¡a los socialista los metieron preso a todos!, ¡si los comisarios eran más peronista que no sé qué!, eran año bravos y la cosa estaba pesada, éstos decían que había que “dar leña” y todo eso. Pero ‘n los pueblos, donde todos se conocíamos tanto, uno sabe pá que láo patéa cada uno ¿no?, y los peronista ‘n Las Breñas estaban dispuestos a meter preso a todos los opositore, nosotros ‘n mi casa éramos radicales, y mi cuñáo Alfreddo era socialista, ‘l gringo, pero socialista de aquel tiempo ¿no?, ahi había muchos socialista, los italiano y los españoles, principalmente. Los gallegos que habían llegáo hacía poco, que venían escapando de la guerra civil allá ‘n España, esos eran todos socialista. Y bueno, ahi ‘l santiagueño Landriel dijo que no, que ahi eran todos bueno, que ‘n Las Breñas no se iba a meter nadie preso, porque ‘anque no eran peronista eran buena gente. ‘Nuna palabra: tuvo huevos ‘l negro, y la gente estuvo conforme, siempre se le reconoció eso. A nosotros no nos metieron preso pero tuvimos que ir declarar a Resistencia, a Sáenz Peña también: tuvimos que ir a declarar ‘n la pulicía por ‘l teléfono, porque le prestábamos ‘l teléfono a los opositore, a los que eran de otro partido (y aparte todo ‘l mundo sabía que éramos contreras ¿no?, que estábamos con los radicale); pero ‘l Landriel este no denunció a ninguno, y la gente lo apreció mucho por eso despué.

 

   Y cuando llegamos ‘n Charata, con María, mi mujer, y con Rosalía, que era chiquita, las casas donde fuímos a vivir ya estaban hechas: las había hecho ‘l inglés, unos caserones impresionante, las había hecho ‘l inglés Walker, que fue ‘l que construyó todo eso muchos año antes que nosotros llegáramos ahi. ‘L inglés Walker fue ‘l primero que abrió la agencia Ford, así que la agencia tuvo continuidad siempre –desde ‘l inglés hasta que estuvimo nosotros- y ‘l caserón que había hecho ‘l inglés quedaba al láo de la esquina, una esquina grande que no pertenecía todavía a la sociedad nuestra, la que hicimos pá la agencia, pá que la Ford nos diera la concesión. La esquina esa era terreno fiscal ¡que antes había tantos!, y esa era del gobierno todavía, ‘ntonce la solicitamo nosotros a nuestro nombre, al del dotor López de Echeverría y al mío, y unos años despué, cuando disolvimos la sociedá a la muerte del dotor López de Echeverría, yo le compré la parte a la viuda. Entonce yo le dí esa esquina a mi hermana Margherita (no se la vendí, pero igual hicimos con título de propiedá y todo), pá que ella allí se hiciera su casa. Al principio, cuando llegamos vivíamos todos juntos, todavía estaba ‘l Tío Viejo, que duró apenas un mes con vida ‘n Charata, se nos murió ‘nel ‘49, cuando acabábamos de llegar, tenía setenta años, le agarró un parálisis intestinal. ‘N la consulta que habíamos hecho con ‘l dotor De Llamas ya me había dicho que era una cosa muy grave, y yo le pregunté qué le parecía si lo llevábamos a Buenos Aires, y él hizo consulta con ‘l dotor López de Echeverría –que ellos eran muy amigo, y sabía lo cerca que estaba López de nosotros-, y cuando hicieron la consulta, viene De Llamas y me dice: “- Mire, don José, le voy a ser franco, no tiene ninguna posibilidá de vida, ni aquí ni ‘n Buenos Aires”, porque ya ellos vieron, ‘n la consulta que hicieron, vieron que tenía los intestino paralizáos (y esos, una vez que les pasa así ya no agarran más, para mí que é como un cáncer o algo así). Bué, lo dejamos ahi, porque por lo menos ‘l dotor López lo vigilaba, pá que no sufriese ¿no?, ‘l dotor venía dos veces por día a verlo… pobre tío ¡lo que sufrió!, con lo bueno que había sido toda la vida, é una mierda de endevera eso, yo cualquier cosa pido, pero no tener que sufrir así para morir… ¡la puta!, él de lo más bien que estaba cayó enfermo, se enfermó un 15 de abril, y murió ‘l 9 de mayo, más de veinte días enfermo, pobre. Yo esos días era como que no sabía qué hacer, porque él, así, un hombre con una vida intachable, para mí fue como mi Papá, más que mi Papá casi, porque con él viví toda la vida. ‘L dotor no le sacó ‘l suero ‘n todo ese tiempo, nunca, pero se lo puso ‘nel ano, porque dijo que así no sufre, no tenía que andar pinchándolo; y le daba unos remedio, todos los días cuando venía, y como se le empastaba mucho la boca, con una pincita estaba ahi, dos horas, ¡limpiándole la boca con una paciencia!. É que mi tío era un hombre que se hizo querer, aún viejo, un hombre que se hizo respetar, y López de Echeverría le había tomáo estima de endevera. Y él estuvo conciente hasta último momento, sabía que se moría, así que pidió un escribano y hizo testamento, (quería hacer testamento porque así no hacíamo sucesión, con testamento sale casi nada, ¡una bagatela!, sin embargo si tenés que hacer sucesión hay un montón que se vá pá’l gobierno); y viene, así, uno de los últimos día, y me dice: “- José, yo me voy morir pronto, andá ‘n Charata y trae escribano.” Allá me fuí, le hablé a Villari –que era ‘l único que había ‘n la zona ‘naquel tiempo-, y vino con dos testigos, ‘l tano Iassella y Lipovesky. Hizo testamento, y cuando Villari le pregunta a quién le hacía ‘l testamento, a quien ponía heredero ¿no?, ‘ntonce finado tío dice: “- Póngalo a José, a mi sobrino, a él como heredero universal”, y yo, que estaba ahi con ellos, le digo: “- No, tío, le agradezco a usté, pero ponga los cuatro, los cuatro hermanos.” Y así hizo, no me dejó namás a mí, puso los cuatro hermanos, por eso cuando se murió, dividimos todo, porque él todavía tenía la chacra, ‘l campo (que ya no estaban más los medieros, ‘nese tiempo ya lo estaba trabajando Remigio), y quedaban a nombre del Tío Viejo unas setenta y cinco hectárea. Que la verdá, ¡cómo son las vuelta de la vida!: ‘l que mejor se benefició con la herencia del tío fue Remigio, porque le tuvimos lástima, ¡qué se yo!. É que Alfreddo, mi cuñáo, ellos estaban bien económicamente ‘nese tiempo, ahi ‘l gringo fue bastante “gente” digamos, porque por ser, así, ‘l sobrino político, podría haber decidido otra cosa, podría haber dicho: “vendamos la chacra y repartamos…”, pero no, él convino que mejor dejársela a Remigio, que había quedáo así, afuera de todo ¿no?; y a Alfreddo le dimos la parte de Giuditta ‘n efectivo, calculamos la casa de la esquina –ese salón grandísimo que habíamos hecho pá’l almacén- que también estaba a nombre de él, del Tío Viejo, y le digo al gringo: “- Alfreddo, poné vos ‘l precio, porque con la otra casa nos quedamos yo y Margherita”. Y bueno, dijo ‘l precio de treinta y cinco mil peso, a mí me pareció barata, así que estuvimos conforme; aparte hicimos balance de la sociedá, que eran como cien mil peso de capital ahi, y le dimos otros treinta mil a Alfreddo, y Margherita y yo quedamos dueño de la otra casa; pero ‘n la agencia, ‘n la Ford figuraba solo, ‘n la sociedad figuraba yo solo, pero le daba a Margherita su parte, ¡báh!, si no hubiera querido no le hubiese dáo nada, porque ella no figuraba ¿no?, pero yo siempre le daba su parte. Y las cosa que habían quedáo de la casa, de la casa de la familia, dividimos entre nosotros dos, entre Margherita y yo, por’jemplo ella se quedó con la máquina de coser, yo me quedé con la escopeta… así, y todo bien, sin ningún problema, entre nosotros no iba haber ningún problema. ‘L tema era qué hacíamos con Remigio, que él había quedáo tan, así, tan dolido con todos nosotros, y ahi fue que viene Alfreddo y dice: “- Che, José, ¿qué te parece si a este pobre infeliz le dejamos ‘l campo pá él, que viva de eso?” Y é que él, Remigio, estaba medio apocáo ¿no?, cuando se fue con esa mujer, se había ido ‘n Buenos Aires, que todavía vivía la Mamá. Y ‘n Buenos Aires trabajaba de algo ¡qué se yo!, de algo ‘nuna casa, apenas si ganaba pá comer, y Dorila fue a verlo, pasó por Buenos Aires y fue a verlo, la maestra Dorila, y cuando vino nos dijo de lo mal que éste estaba allá, ‘ntonce ‘l Tío Viejo –como la Mamá ya no estaba- me dice: “- Qué te parece si aquel, ‘n vez de cagarse de hambre allá, no sé… si quiere venir a trabajar ‘n la chacra, que venga.” Él se había comido su parte, cuando él se separó de nosotros, su parte ‘n la sociedá se lo llevó ‘n Buenos Aires, pero se lo había comido, gastáo todo, estaba ‘n la lona. Y para esa época ‘l problema con Remigio, que la Mamá ya se había muerto, ya era medio historia vieja ¿no?. Porque eso sí: antes, cuando la Mamá vivía, él no hubiera podido volver ‘n la chacra, ella no lo hubiera permitido por nada ‘nel mundo, porque Remigio la había desafiáo, había desafiáo a la autoridá de la Mamá, pero para esa época ya era historia vieja. Así que acepté la propuesta de Alfreddo, y Remigio se quedó con la chacra.

 

Yo enseguida me metí en la “sociedá” ‘n Charata, ¡má! ¡si me conocía un montón de gente!, y aparte había dónde ir, que ya estaba la Sociedá Italiana, la Asociación Española… la Española estaba allá ‘nel campo, tenía un campo grandísimo, con caballos y todo; había mucha vida social, de endevera. Así y todo mi vida no cambió mucho con la cuestión del traslado, ¡ya era como ‘l quinto de mi vida!: yo seguía levantándome a las siete de la mañana, abríamos la agencia, si había que hacer algo ‘nel banco me iba pá’llá, (porque ‘nese tiempo no había ordenanzas, así que ‘l presidente de la sociedá también hacía de cadete), y cada dos mese iba ‘n Buenos Aires. ‘Nesos primeros tiempo todavía no teníamos autos nuevo pá vender, pero eso sí: ‘n la agencia estaba ‘l taller, que arreglábamos coche, ¡un taller grandísimo!; pero pá vender comprábamos autos usado; y vendía poco, así, hasta ‘l año 1956, que ahi empezaron andar los Ford 900, ‘l Ford 600… ese año hicimos una buena campaña, pero no andaba la cosa, se sacaba muy poco, y al final yo pensé que me venía abajo.

 

Nosotros vendimos ‘l almacén, y ‘n poco tiempo toda la mercadería aumentó diez veces, ¡habíamos llegáo a tener ese semejante almacén!. Que fue lo mismo que hizo mi cuñáo Alfreddo, que hicieron ellos una cagada con vender todo, con vender pá irse ‘n la ciudá. Ellos decidieron irse ‘n Rosario, pá que estudiaran los chango, que fueran ‘n la escuela de la universidá, ¡pero hicieron una cagada de la gran puta!. Tal vez por la vida, por la salú de mi hermana Giuditta sí, porque ahi ‘n Las Breñas no le asentaba mucho, pero ‘n lo demás, ¡má! ¡si él tenía un capital enorme! (no como ‘l nuestro, pero muy cerquita andaba). Él, como todos los gringo, tenía la ilusión de volver ‘n la Italia: él se había venido tan jovencito, y tenía allá todos los hermanos, los sobrino, que era una familia, así, grande ¿no?, con los viejo no, con ‘l padre, que ya se habían muerto, pero ‘l resto de la familia la tenía toda. Pá mí que él pensaba que con toda esa plata, con todo ese capital, se podían quedar ‘n la Italia, podían volver allá, pero ¡qué mierda!: él ni se imaginaba lo que iba ‘ncontrar allá, lo que había quedáo aquello despué de la guerra… horrible, todo destruído, hambre por todos láos, que no había casa donde no faltaran uno o dos. Una tristeza espantosa, no aguantó ni un año y ya estaba de vuelta ‘n la América. La cuestión é que cuando se decidieron ir vendió todo ¡todo lo que tenían ‘n Las Breñas!, y allí sacó como noventa mil peso de aquella época; se fueron ‘n Italia, y se gastó como treinta mil. Y antes de irse él había compráo muchas acione de la bolsa ‘n Rosario, que ahi fue la cagada de él, porque esas acione, cuando volvieron, ¡no servían pá nada!, por la inflación, eran puro papel namás. No le quedó otra que comprar un terrenito, con lo que le quedaba, compró un terreno ahi ‘n Rosario, y empezó de nuevo, ¡la puta! ¡y ya no eran ningunos chango!, pero qué se le vá hacer. ‘Nese terrenito pusieron un negocio de materiale de la construción, que si no se cagaban de hambre, porque las acione habían caído, cayó la bolsa, ¡perdieron plata como loco los pobres!. Pero se daban maña, así, despacito: mi hermana Giuditta se puso de corbatera, hacía corbatas pá una fábrica de ahi de Rosario; ella la verdá que era una mujer muy hábil ¿no?, y trabajadora como pocas, de endevera, era económica, ella hacía que las pizzas, que esto, que lo otro, la comida, ahorraban ‘n la comida. Y Alfreddo era un hombre que era muy compañero, él era medio brutón, así, ‘l gringo, ‘n sus maneras, pero como marido era bueno, buen padre, todo, sólo que tenía ese modo así, medio tosco, pero era un hombre que ya había hecho la escuela, la escuela segundaria ‘n Italia antes de venirse ‘n la Argentina, tenía escuela, no era como esos gringo, estos que venían así, a la qué me importa ¿no?, él se vino un poco a la aventura (ahi hubo algo con la familia, un desacuerdo o no sé qué mierda, yo nunca supe bien), porque ellos allá, la familia de Alfreddo, no eran de los pobre, ellos no eran contadini, que trabajaban ‘nel campo del patrón: ellos tenían viña, viñedos ‘nel sur, eran gente que estaba bien, tenían preparación. Y bué, allí ‘n Rosario puso materiale de construción y los chango, los dos hijo, ‘nel mediodía (porque ‘nel día iban ‘n la facultá) ayudaban. Cuando yo venía con alguna unidá del ‘56, que pasaba por allí, ¡mierda! ¡repartían los materiale con la camioneta nueva!, ¡ellos, hechos los grande!. Un hermano de mi mujer, que vivía ‘n Rosario, le había hecho sacar carné a los dos chango de Alfreddo, y Andrés, ‘l menor, tenía unas gana de venir ‘n Buenos Aires conmigo, a buscar un camión, cuando yo fuera a buscar uno pá vender, quería venir conmigo pá traerlo él ¿no?, pá manejarlo. Hasta que un día le digo: “- Bueno, Andresito, tengo que ir ‘n Buenos Aires traer dos camiones grandes. Si te animás, vamos ¡qué mierda!”, y fuímos. Le dí un Ford 500, y yo venía adelante de él con un 600, pero no había semáforo ‘n Buenos Aires todavía; cuando llegamos a Retiro, había que cruzar ahi la avenida Remedios de Escalada, y allí, si vos no ponías la naríz del camión, no se despegaba nunca ‘l tráfico de la Escalada, ¡má! ¡no cruzabas más! Yo ya era acostumbráo: le ponía la naríz ahi y frenaban los coche, así que yo pasé, y ‘n la plaza Retiro miro ‘nel espejo y éste no pasaba, no había caso, no se animaba a meter la trompa, bué ¡qué le vamo hacer!, estaciono ahi ‘n plaza Retiro –‘anque era prohibido estacionar, ¿no?- me voy corriendo pá él, y cuando me vio que yo iba, que yo le hacía señas, agarró coraje y metió la trompa y pasó, ¡a la mierda! ‘Ntonce le dije: “- Bueno, Andresito, de ahora ‘n más no despegués la trompa del paragolpe del mío, ¿estamo?”; y manejaban muy bien los chango, Andrés manejaba bien, y lo trajo, contento se vino, llegamos ‘n Rosario, y ya de ahi venía un empleáo de Charata a buscarlo. Y así. Ellos ahi ‘n Rosario no tenían coche todavía, tenían un carro de barra que un repartidor, un viejo, les repartía ‘nel carro los materiales de la construción, le pagaban por changa. Yo le dije a Alfreddo: “- Vendé esas mierda de acione que te quedan, y comprá un Citroën, que é barato”, pero era un poco caprichoso él, ‘anque Giuditta quería, no lo compró, y a los tres meses valía ‘l doble, y las acione no se recuperaron más, no sirvieron pá nada. Lo que pasaba que a él, a Alfreddo, no le gustaba mucho manejar, los coche no eran su fuerte, él prefería quedarse ‘n casa escuchando la ópera. Giuditta sí quería, ella sabía manejar bien, y le gustaban los coche, ella había aprendido a manejar desde la chacra, ¡que venía con ‘l camión cargáo de algodón ‘nel pueblo! A nosotros a todos nos gustaban mucho los coches, al Tío Viejo, a Remigio, a mí me gustaron siempre de alma, cuando yo llegué ‘n Charata ya tenía coche, tenía un Chevrolet ‘32, pero como ingresé ese coche a la sociedá, agarré un Ford ‘37, de esos que ya tenían baúl atrás, y así, hasta que ‘nel ‘64 saqué un Falcon cero kilómetro, mi primer auto nuevo, nuevito, nuevito.

 

   Y ‘n la agencia, los primeros año no fueron muy bueno que digamos, vivíamos namás, sólo eso. Comprábamos alguna camioneta usada, la arreglábamos ‘nel taller, y la vendíamos sacándole algunos peso encima, eso era todo. Y no era mucho, porque la Ford no te enviaba nada nuevo ‘nesos tiempos; mandó, me parece, dos o tres tractores nuevo namás, ‘l resto que vendíamos era todo de segunda mano, ¡báh! de tercera, de cuarta. Así que del ‘50 al ‘56, seis año estuve que vivía, me mantenía digamos. No se vendía porque la política, la política de ese tiempo, no dejaba entrar coches nuevo, que los coches se hacían ‘n Norteamérica, pero estos aquí no querían la importación. Hacía poco que había sido la guerra, la guerra mundial, y los peronista ellos habían sido más o meno namás con Norteamérica, no eran muy de acuerdo. Casi que ellos, Perón, habían sido más de acuerdo con Hitler, ¡si recién ‘nel último momento, cuando se veía clarito que Alemania ya no tenía ninguna posibilidá de ganar la guerra, cuando los Aliados ya habían ganáo media Europa, ahi recién Perón le declaró la guerra al Hitler! ¡esperó hasta ‘l último a ver si aquel desgraciáo ganaba pá ponerse del láo de él!, y por eso la política de Perón con Norteamérica había quedáo medio así namás, complicada, y la Ford no importaba unidade, ¡no te mandaban nada!. Y encima los colore: los colore de los coche realmente eran bien aburridos, todos negros eran, no daba gana de cambiar coche. ‘Nese tiempo me arrepentí mil veces de que hubiéramos vendido ‘l almacén, porque ‘nesos seis año, allá ‘n Las Breñas yo me hacía millonario ¿no?, pero así las cosa. Despué que lo tumbaron a Perón, que ya vino la Revolución Libertadora, ahi ya se arreglaron un poco la política con Norteamérica, ya estos militare querían la importación, eran militare liberales, amigos de Inglaterra y de Norteamérica, y dejaban que entraran los coche, las unidades nueva, y ‘nel 1956 ya hicimos un lindo balance. É que, al no vender unidades nueva, la agencia ‘n realidá no te deja mucho, pero cuando lo tiraron a Perón ese año vendimos cinco, no, seis camione 900, ¡y treinta y cinco camione 500 y 600!, camione nuevos, así sí fue una linda ganancia. ‘N la Argentina la Ford empezó fabricar recién ‘nel año ‘62, ‘n Pacheco –demoraron dos año ‘n hacer la fábrica-, y ahi recién hubo unidades pá vender, tuvimos que esperar hasta 1960, que comenzaron entrar las camioneta modelo ‘60, las “F-100”, ahi sí hicimos una ganancia bastante linda, ‘anque todavía no te daban todas las unidade que pedías, porque no había pá todos ¡te mandaban lo que ellos querían namás!. Yo empecé realmente levantar cabeza ‘nese año, recién, ‘nel ‘60, porque ahi terminamos de transformar la compañía ‘n sociedá anónima, y ahi hicimos la estación de servicio, la Esso que pusimos ‘nesa esquina, ‘n la esquina de la agencia. ‘N realidá la concesión de la Esso yo la tenía desde hacía varios año, pero no teníamos plata pá hacer la estación de servicio, pá poner los tanque y todo eso; ‘ntonce se me ocurrió lo de la sociedá anónima, para que entren varios con dinero, y así hicimos. También con la sociedá anónima nos dieron la agencia de Hanomag, de los tractores Hanomag, ¡pero al pedo, porque no era negocio!, los tractores se vendían, pero te daban muy poca comisión. Encima habían venido año muy malos, del ‘56 al ‘60 fueron año terribles pá’l campo, y los gringo, los colono, no tenían ni para una yunta de caballo ¡qué mierda iban tener pá un tractor! Con la estación de servicio ya fue otra cosa, ya andábamos mejorando, hacíamos ya diferencia. Por’jemplo cuando hubo ‘l aumento de la nafta, por la inflación (que esos años fue donde comenzó toda esa cuestión de la inflación, que antes nunca había habido) la nafta pasó de dos peso a seis peso, la Esso me mandó un tanque de treinta mil litro a dos peso todavía, pero la pulicía te venía a certificar cuánto había ‘n los tanque, y tenías que pagar la diferencia ¡era una punta de peso!, pero como ‘l comisario era amigo (‘l comisario de Charata también era amigo mio, ¡siempre hay que tenerlos de amigo a los comisario!), cuando ‘l comisario vino a certificar mis tanque, me dice, así, medio cómplice: “- Mirá, José, Vladiminoff (Vladiminoff era ‘l búlgaro que tenía la otra estación de servicio ahi ‘n Charata) puso ‘n la declaración nada más mil quinientos litro…”, “- Y… yo por ahi debo andar –le digo a éste- mil doscientos litro o algo así”, y me anotó, porque era muy gaucho, se portó como amigos, ‘anque él sabía que habíamos recibido ‘l camión completo de treinta mil, pero no dijo nada, ¡y ahi me gané una ponchada de miles de peso!. Y despué, ‘nel ‘62 ya hicimos la estación de servicio completa, porque hasta ahi era ‘l surtidor namás, hicimos con los planos y todo, la inaguramos ‘l día 3 de enero de ese año, vinieron los directivos de la Esso, hicimos una picada, una comida con vinos, bien bueno todo, ¡buenísimo! Ya ‘nel ‘65 pude comprar un equipo completo, un camión con acopláo y tanque, lo llevé ‘n Cañada de Gómez, que ahi me hicieron los tanque, un Helvética era, y ya traíamos la nafta ‘n nuestro propio equipo. Nos íbamos pá’rriba, ‘nuna palabra. Y pá vender las unidade de camione, la IKA nos hacía la competencia, era mucho más barata la IKA, porque eran de la industria argentina ¿no?, la Ford tenía cupo, ese cupo que le llamaban, que no podía fabricar más que tantas unidade como le decía ‘l gobierno, y como la IKA hacía más año que estaba, ‘l cupo era más grande, y ¡qué mierda!: nosotros ‘nel ‘65 vendimos ochenta unidades, pero los años anteriores menos, mucho menos, y para tener ganancia de endevera tenías que vender mínimo cincuenta unidades, de cincuenta pá’rriba era todo ganancia, é que había mucho gasto. Y no hay que creer que era una barbaridá vender cincuenta unidades: ‘n los año que ‘l campo andaba, se vendían muchísimas camioneta, camione, tractores… ‘nel tiempo de cosecha. Si cuando yo vendí la agencia, ese año, estos desgraciáos que me la compraron vendieron quinientas, al año siguiente seiscientas unidades, eso sí que fue buen negocio, pá ellos, claro. Si yo demoro seis meses más, no vendo nada, pero lo que me pasó fue que me asusté, porque teníamos cincuenta millón de dinero prestáo; y era dinero, así, eso por tener uno la conciencia de no trampear a nadie, porque era dinero asentáo ‘n los libro, con recibo, si un abogáo me dijo: “- Si a vos, José, te hubieran querido exigir ‘l dinero que te habían prestáo, y te hacían un juicio, recién a los dos año lo pagabas –me dijo-, no te podían haber embargáo ni nada”. É que a mí me habían prestáo ese dinero porque me tenían confianza ¿no?, la gente, ahi ‘n Charata, me tenían mucha confianza. Había un tal Corradini, y una vez yo andaba cagáo, no tenía ni un mango, y había un vencimiento de dos millón de peso, y ¡dos millón de peso, amigo! ¡‘naquel tiempo era muchísima plata!, y ‘l gallego Villar –que era ‘l tesorero de la sociedá- andaba loco, él era ‘l contador, y no sabíamos de dónde íbamos sacar. Bué, lo encuentro a este Santiago Corradini y me dice: “- ¿Qué tal, don Gandolfo, cómo anda?”, “- Pá la mierda, Corradini –era un hombre joven, un tano más joven que yo, pero tenía la guita- tengo un vencimiento de dos millón de peso, y no tengo de dónde juntar…”, “- Yo se los presto, pá usted ningún problema”,  me dice, y metió la mano ‘nel bolsillo, sacó la libreta, y me dá un cheque: “- Ponga usté namás la cantidá, despué me lo devuelve cuando pueda”, ¡la confianza que me tenía la gente, carajo!, por eso a vece yo me agarro la cabeza, la puta que lo parió, ¡porqué mierda me vine!, si ellos mismos, la gente de ahi, los cliente, me decían: “- Hacés una cagada con irte, José…”, ¡puta! ¡si los hubiera escucháo…! La cuestión que esa vez yo agarré, metí ‘l cheque ‘nel bolsillo –que todavía faltaban dos día pá’l vencimiento- y andaba chiflando, tranquilo y contento, y este Villar me dice: “- Y, Giuseppe, ¿consiguió plata?”, “- Y no, gallego –le digo yo-, está difícil la cosa,  todavía no conseguí nada…”, “- ¿¡Y de dónde vamos sacar!?” casi lloraba ‘l gallego, pobre, porque él era muy cumplidor, así, muy responsable con todo, pero le digo: “- ¡Eh…! gallego, ya vá salir ‘l sol para todos, tranquilo…” Pero una noche antes ya me dió lástima, pobre hombre estaba martirizáo, y le muestro ‘l cheque: “- Mirá, gallego, aquí tenés pá’l vencimiento”, y se queda este con la boca abierta, mirándome, ‘ntonce le cuento que me lo prestó Santiago Corradini, y levanta las cejas ‘l gallego: “- ¡Coño! ¡Y así namás!” “- Sí, metió la mano ‘nel bolsillo y me lo dio, –y le digo además- anotalo ‘nel libro, por las dudas yo llego morir, por lo meno este pobre tipo cobre lo que me dio ‘n confianza”; “- ¡Me cago ‘n la leche…! –decía ‘l gallego, que era, así, un poco celoso ¿no?- ¿cómo mierda hace pá tener tanta confianza de la gente…?”

Y así fuímo adelante, pero “potentados”, lo que se dice “potentados”, comenzamos a ser má o meno por ‘l ‘64, que fue justo ‘l año que renunció este gallego Villar; ¡pobre tipo, este era un caso de escopeta!, conservo todavía entre mis papele la renuncia de él, ‘l texto, ¡era un plato!, pá extrañarse lo que eran estos hombre, los gallego estos que habían venido corriendo de la guerra civil de España: “Al Señor Presidente del Directorio de la Sociedá José Gandolfo y Compañía, don José Gandolfo, Presente. De mi más respetable consideración: Embargáo por una acentuada amargura, que nace ‘n la situación que juzgo extremadamente crítica por que atraviesa ‘l comercio automotríz del país, ante agobiantes cargas fiscales, y ante la casi absoluta falta de garantías de todo orden para quienes se desenvuelven ‘nel cargo ‘n que a mí me ha tocáo actuar, he tomáo la firme decisión de desvincularme de cargos directivo, y como ‘n otros ordene no me avendría a desempeñarme dentro de la Empresa, elevo por su intermedio al Directorio mi renuncia a mi Cargo y a mi empleo. Le ruego que tome la providencia necesaria pá que pueda disponer de mis haberes ‘n cuenta corriente, y por todos los concepto salariales al día 31 de octubre próximo, fecha ‘n que haré efectivo mi retiro, siempre y cuando ‘l Directorio no decida anticipar la fecha de este acto. Desde ya me pongo a su disposición para ratificar ante la Delegación del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, según corresponde por ley, ‘l contenido de esta renuncia; con tal motivo lo saludo atentamente. Que la firma puesta ‘neste documento fue libre y espontánea: Pedro Villar.”  Era un tipo así, así hablaba, eran duros estos gallego, eran anarquista, la mayoría de estos eran anarquista, que habían venido aquí cuando Franco, cuando allá se armó ‘l despelote ‘n España, eran gente que sabían mucho, sabían de política, de historia, ellos eran contrera del Estado, de la política del Estado, no lo querían. Había muchos ahi ‘n Charata, ‘n Las Breñas también, eran todos socialista y anarquista; buena gente, pero triste, no sé… me parecían ¿no?, parecían tristes. Claro que para ellos había sido bravo, bien duro todo aquello, ese hijo de puta del Franco los masacró todos, algunos se pudieron escapar y se fueron, cruzaron por la frontera con Francia y se escaparon, muchos se fueron ‘n México, ‘n Venezuela, y otros se vinieron pá’cá, todos los gallego que habían llegáo últimos ahi, ‘n las colonias del Chaco, esos habían venido escapando cuando Franco ganó la guerra civil. Y para mí fue una lástima que se haya ido Villar, porque era un consuelo para mí, él era así, de mal carácter, los empleáos no lo querían, decían a veces: “- Pero, don Giuseppe: ¿quién manda aquí? ¿manda Villar o usté?”, porque ‘l gallego me mandaba hasta a mí, así, medio a lo bruto ¿no?, pero era capaz, yo lo aguantaba porque era capaz, y era muy trabajador, a él no le importaba venir un domingo, venir un sábado, él te llevaba las cosas al día, bien, y se amargaba, como era así, medio nervioso, los tenía cagando a los empleáos, que ahi no iban a hacer lo que ellos querían eso seguro, ¡él los tenía sonando!. Y ese año que se fue Villar comenzamos ya andar mejor, compramos una máquina registradora, de esas primeras que salieron, que eran un armatoste grande como un ropero, pero registraba rápido, una máquina panzona era, toda de hierro. Se vendía un poco más, nunca sobró tanto la plata como para decir que éramos millonarios, pero ‘l capital estaba, ‘l capital sí que era millonario.

 

A mí lo que me partió por ‘l eje fue la inflación, cuando yo vendí ahi subió la inflación. Cuando hicimos la sociedá, las acione las pusimos a cien peso cada una, y al final, cuando vendimos para irnos ‘n Córdoba, las vendí a las mías a los mismos cien peso, a cien peso cada una despué de ocho año, no gané ni un peso por ación; esos año eran estables, las cosas no subían, los valores no se movían y esa fue la cagada que hice, vender ‘nese momento. Yo tenía la mayoría, claro, ‘l cincuenta y cinco por ciento de las acione, ‘l que me compraba las acione se hacía ‘l dueño. Yo siempre mantuve la mayoría, ‘n las asambléas me tenían que sacar de presidente, porque yo era ‘l dueño, y yo vendí ‘nel mes de octubre, y recién tenía que entregarla ‘nel mes de julio del año siguiente, pero ya la había vendido, ¡qué iba hacer! Cuando entregamos la agencia, cuando la entregué, por la inflación, las acione ya costaban como quinientos peso cada una ¡yo me quería morir!. A mí ‘l que me cagó, ‘anque capaz que ‘l tipo lo hizo pá hacerme un bien, fue ‘l gerente de Trabajo y Previsión ahi ‘n Charata, ‘l delegado del ministerio de la provincia, un tal Ferrini, me dice: “- Usté, don Gandolfo, se puede jubilar, se jubila con una jubilación alta, como gerente y como empleáo de la agencia”, y así hice, por eso ‘l carné que yo tengo lo tienen muy pocos; pero despué este desgraciáo, con los cambios de gobierno, cuando estuvo Manrique me mandó al mínimo, me mandó la jubilación como los comunes namás, si no yo tendría que cobrar ahora especial, no la mierda esa que me dan por mes…

 

Esos veinte año que vivimos ‘n Charata vivimos bien, lo que se dice bien, ‘nel año ‘50 nació ‘l Angel, pobrecito, y ‘nel ‘59 ‘l último de mis hijos, ‘l Adelmo. Vivimos del ‘48 –del ‘49 más bien- hasta 1970. Y vivimo como los rico, todos los año salíamos de vacaciones y todo, porque todo los gasto corrían a cuenta de la sociedá ¡pué!, todos los año había una excursión que organizaba la Ford: una vez fuímos a San Paulo, ‘n Brasil, otra vez a Punta del Este, ‘nel Uruguay; íbamos con los barco, con los barcos “Cabo San Roque” y “Cabo San Vicente”, era todo gratis, lo pagaba la Ford. Y otra vez fui –que esa vez María no quiso venir- a San Carlos de Bariloche ‘n avión, todo pago, ocho días, paramos ‘nel hotel Llao-Llao, ¡que hermoso!, la Ford lo había alquiláo, era de exclusivo pá nosotros, los que teníamos agencia, con excursiones. Conocí mundo, realmente, mucho mundo, pero también perdí mucha plata, si yo me seguía quedando hoy tendría, ¡qué se yo! ¡diez millón de dólar!, y más también. Por’jemplo, yo estuve ‘n la fundación de la Finanford, yo puse parte de mi capital ahi, que era una buena idea pero había que saber aprovecharla, porque si no te fundía ¿no?, porque era una financiera pá poder vender más unidade, pero la cuestión é que si no pagaba ‘l cliente, pagaba ‘l concesionario, no se podía financiar a cualquiera porque te clavabas, te terminabas fundiendo; pero eso yo lo sabía porque había sido uno de los fundadore. Pero era difícil que te clavaran, ese no era un problema demasiado grande ahi ‘n los pueblos, porque ahi la gente, lo que pasaba é que se movía con una gran confianza, con confianza de vecinos. Yo, que la gente me tenía un gran aprecio, por esa confianza me hicieron ser consejal de la municipalidá, hasta intendente querían que sea. Me pidieron y bueno, me presenté candidato a intendente por los radicales, por los de Balbín y Illia, y no ganamos, nos ganaron los contrera. Pero sacamos dos puesto ‘nel Consejo Deliberante, dos consejale, como yo había sido ‘l candidato a intendente, entré como primer consejal. Así que entré ‘nel gobierno por la amistá de la gente namás; yo la verdad que mucho no quería, ellos me pusieron, porque yo tenía mucho “arrastre” ‘n la colonia, ‘nel campo, entre la gente, la confianza esa que la gente me tenía. Yo no quería porque les decía: “- Yo no tengo esa vocación, muchachos, esa vocación pá político (porque ‘naquel tiempo los político eran de vocación, lo hacían así, porque querían servir, ser útiles a la gente, no como ahora, ahora son todos unos corrupto, que se meten ‘n la política pá hacer negocio, pá llenarse los bolsillo); aparte muchachos –les decía-, yo é que no tengo tiempo”, que era cierto, no tenía tiempo a menos que descuidara la agencia. Pero ahi los muchacho, los correligionario, me dijeron: “- Vos no te aflijás, Giuseppe, porque ‘l trabajo lo hace ‘l secretario, vos no tenés nada más que firmar”, así que terminé aceptando, porque también decían que con mi candidatura íbamos tener mucha gente del campo, de la colonia, a los gringo que eran paisanos, que yo los conocía bien porque siempre andaban por la agencia: les vendíamos los tractore, los camione, les comprábamos las unidade de segunda mano despué de las cosecha, y siempre también andaban por ‘l taller; teníamos buena relación, así, con la gente del campo. É que ‘naquel ‘ntonce la colonia era importante, casi tanto como ‘l pueblo, había má o meno la misma cantidá de votos. Y despué hablé con mi sobrino Paolo, ‘l mayor de mi hermana Giuditta, que él sí era político ‘n Las Breñas, qué le parecía a él. Y este viene y me dice: “- Aceptá, tío, que a estas hay que ganarlas sí o sí ¡que si no se vienen los ‘peronachos’ de nuevo!”, porque Perón estaba ‘n España, los militares que lo habían volteáo, ‘l Almirante Rojas y esos, lo habían dejáo que se fuera ‘n España, que allá lo había alojáo ‘l General Franco, que era carne y uña con ‘l Franco (¡claro! ¡si eran la misma mierda!, si despué, cuando los otros milicos la voltearon a la Isabel, a la esposa de Perón, la vino a buscar la hermana de Franco y también se la llevo ‘n España), y éste estaba allá, estaba exiliáo, y los peronista eran prohibidos, no se podían presentar a las eleccione. Por eso estaba pá ganarles las intendencia, esos municipio, porque éstos habían sido todos peronista, ¡si hasta a la provincia le habían puesto de nombre “Provincia Presidente Perón”!, ya no se llamaba más Chaco, cuando gobernaron ellos le pusieron ‘l nombre de Perón. Y bueno, fui hablar con Paolino, y acepté, ‘anque mi sobrino era de los otros radicales, era de Frondizi, éramos contrarios ‘n las eleccione, pero los dos estábamos contra los peronista. Yo también hubiera estáo con Frondizi, a mí me gustaba más, pero como casi todos los concesionarios de la Ford estaban con Balbín, a mí también me metieron ‘nesa; los de la Ford no lo querían a Frondizi porque fue ‘l que cortó la importación de las unidades, de los coche de Estados Unidos, ‘n vez Balbín era de la idea de importar, por eso yo estaba con él, él quería que fuera libre, y así, cuando entraron otra vez los radicales de Balbín –que entró Illia- volvieron a mandar las unidade importadas.

 

Yo fui del gobierno ‘n Charata, fui concejal, ‘n total dos año, despué, que ya vinieron otra vez estos milico de mierda, también nosotros tuvimos que irnos, ‘n los pueblos. Para mí un poco que fue un alivio, porque ser del gobierno había que gastar un montón de peso, ‘nese tiempo no nos pagaban un mango por pertenecer al Consejo Deliberante, por ser consejale municipale, ¡má! ¡ni la nafta nos daban!, y eso que había que ir seguido ‘n la capital de la provincia, ‘n Resistencia. Entonce íbamos, así, cambiándonos, para ir ‘n Resistencia a ver al gobernador: una vez ponía ‘l auto uno, una vez ponía ‘l auto ‘l otro, ¡si namás apenas ‘l intendente cobraba sueldo!, ‘l resto ni mierda, no como ahora que estos desgraciáos roban hasta los perros. Despué de eso no quise entrar má, no me gustaba mucho participar, así, ‘n las comisione directivas y esas cosa; por’jemplo yo era socio del Club Social, de la Asociación Española, de la Sociedá Italiana, pero no quería ser pá elegido, así. Una vez me quisieron poner ‘n la Italiana a toda fuerza, pero yo no quise. ¡Má! ¡si no tenía tiempo!, yo viajaba siempre ‘n Buenos Aires a traer unidade, tenía que hacer muchas cosa; no me gustaba andar figurando, ‘nuna palabra. Y también era socio del Club Social de Las Breñas, pero sólo mientras vivió ‘l dotor López de Echeverría, mi socio ‘n la agencia, porque yo iba siempre allá, pá verlo, que a él le gustaba jugar a la loba, qué se yo, nos juntábamos ahi, ‘nel Club Social, pero cuando él murió yo no fuí más, renuncié. ‘N Las Breñas eran pocos, era más “selecto” ‘l Club Social que ‘n Charata; iban los dotores, estaba López de Echevería, don Matías Gutiérrez, que era ‘l boticario, ‘l viejo Tello (‘anque poco lo querían al viejo Tello, pero también iba), y jugábamos al ferrocarril, a la loba, a los dados… yo al final iba los días domingo, ‘l sábado a la noche o los domingos, y así de paso le llevaba noticias al dotor López, a veces, si tenía unos peso, él me los daba pá ponerlos ‘n la agencia, así, esas cosas. ¡Ah! ¡si él hubiese vivido yo no estaría aquí, de eso seguro!, él me hubiese ayudáo muy mucho, pero ‘n cambio ella, la viuda, una mujer frágil, ella sólo quería irse, si regaló todo lo que tenían ahi ‘n Las Breñas, ‘l consultorio –que se lo vendió al otro médico que había llegáo nuevo ahi ‘nel pueblo, ‘l dotor González- las herramienta, todo, yo le decía: “- ¡Pero doña Hilda! ¡cómo vá hacer eso!” No me escuchó, vendió ‘l aparato de rayos X, pá sacar radiografía, que era alemán, ¡eran carísimos!, ese aparato namás valía ‘l precio que sacó por vender todo completo, y despué la casa se la vendió también al gallego este, a González, mejor dicho se la regaló; ‘n cambio si hubiera vivido él, si hubiera estáo López de Echeverría, hoy era ‘l momento ‘n que éramos dueño de medio pueblo.

 

Esos años, mientras estuvimos ‘n Charata, la familia más cercana que yo tenía seguía siendo Paolino, que se había radicado ‘n Las Breñas. Y claro que estaba mi hermana Margherita, que vivía al láo de casa, pero Paolino y su familia eran los más cercano. Con mi otro hermano, con Remigio, las cosa se habían ido enfriando, desde aquel lío, y ya nos distanciamos, no nos dábamos. Él también estaba ahi ‘n Las Breñas con esa mujer, y habían tenido dos chiquitos, pero yo no los conocí a ninguno, ni tampoco él conoció a los míos, ya dejamos de vernos. Un par de veces nos cruzamos ‘n la calle ‘nesos veinte años, nos hablamos, sí, nos saludamos, pero nada más. Y por otro láo estaba también la familia de María, ‘n Santa Fe, que nos seguíamos viendo, seguíamos ‘n contacto: la Elisa, por’jemplo, la hermana de María, junto con Carlotto, que ellos no tenían hijos todavía, solían venir seguido desde Arteaga y se quedaban un tiempo con nosotros ahi ‘nel Chaco (porque ellos no tuvieron su primer hijo, la nena, hasta diez año de casado, ‘ntonce éstos dos por tres venían ‘n Charata ¡como ‘naquellos tiempos era tan barato ‘l tren!). Ellos eran tres hermano ‘n la misma chacra, ahi ‘n Santa Fe trabajaban los tres ‘n la chacra de los viejo, éstos no tenían problema pá venirse unos días; aparte la Elisa, como é la menor de los hermano, siempre fue muy pegada a María. Y nosotros también, también íbamos seguido ‘n Arteaga, dos por tres salíamos pá’llá, como teníamos la camioneta de la agencia no gastábamos coche, amén que no quedaba muy lejos. ‘Nese tiempo ya se viajaba un poquito más, no como cuando mi Papá llegó ahi ‘nel Chaco, que un viaje era una aventura ¿no?, que se tomaban semanas pá ir de un láo al otro. Yo salía bien de mañanita con la camioneta, cortábamos por la Cañada y serían unos ochocientos kilómetro má o meno ¡pué!, aparte, los padres de María, los viejos, vivían todavía, ¡uh! si los viejos vivieron hasta… la vieja murió la primera, pero recién ‘nel ‘79, y don Luigi vivió hasta los ochenta y nueve año, ‘l viejo; y toda la vida trabajaron ‘nel campo, un campo muy bueno, ellos vivieron bien de ese campo, son namás cincuenta hectárea, pero ‘nuna zona excelente, ahi ‘n Santa Fe, esas tierras son la pampa, de las mejores tierra de la Argentina. Nosotros, con María, somos padrinos de la hija de Elisa, y también de la hija de la Ana, de la otra de ellas, y al revés también nos compadreamos, porque los padrinos del Angel, de mi hijo pobrecito, eran ellos, la Elisa y Carlotto. Pero a pesar de que, así, estábamo tan juntos las familia, a mí nunca se me ocurrió que pudiéramos irnos a vivir ‘n Arteaga, con ellos. Donde sí me hubiera gustáo –que nosotros lo pensamos más de una vez- era de ir ‘n Rosario, llegamos incluso a tener un solar ‘n Rosario, sobre una avenida, que despué lo vendí. Estaba al láo del que habían compráo ellos, Alfreddo y Giuditta.

 

¿Por qué queríamos irnos ‘n la ciudá ‘ntonce?, yo ahora me pregunto eso, y no sé, la verdá no sé qué nos agarró, qué era lo que pensábamo, pero é que ‘nese ‘ntonce muchos hacían así, juntaban plata durante algunos año ‘nel pueblo y se iban, se iban ‘n Buenos Aires, ‘n Rosario, ‘n Córdoba, se iban ‘n las grandes ciudade, un poco pá que estudiaran los chango (porque ahi ‘n los pueblo sólo había hasta la escuela segundaria, los chango pá estudiar se tenían que ir), y por ahi siguiéndolos… no sé, la verdá. Pero yo me he arrepentido mil vece, yo si fuera hoy, ¡má qué! ¡ni me movía!, yo ahi era “don” Gandolfo, y aquí, ‘n la ciudá, soy un viejo de mierda, una basura. Pero así era: estábamos apuráos por irnos ‘n la ciudá. Y yo prefería Rosario porque allí se habían ido ellos, Giuditta, ellos, y también estaba cerca de la chacra de los otros, de los de María; por eso cuando Alfreddo se enteró que se vendía, me avisó: “- Che, José, mirá que acá justo se vende un terreno al láo del nuestro, del solar de la avenida, piden sesenta mil peso”, era bastante plata, pero yo tenía, y le dije que fuera hablar con ‘l tipo, que le diera una seña hasta que yo llegaba, y fuí y se lo compré. Despué de tres o cuatro año, que ya habíamos cambiado de planes y sabíamos que no íbamos a ir, lo vendí ‘nun millón de peso, hice diferencia, é verdad, pero no sé… quizá ahi sí que la hubiera pegáo, porque si yo vendía la agencia y me iba ‘n Rosario, yo era joven todavía ‘naquel año, hubiera puesto negocio con lo que vendía ‘n Charata y ahora, quizá las cosa hubieran sido diferente, digo, seguiría ‘nel mismo negocio, ‘l de los coche, que a mí me gustaba ¡los coche me gustaron siempre de alma!, no sé por qué puta lo fuí dejar, era un trabajo lindo, estaban los autos, nuevito, aparte que era un trabajo de andar mucho, liviano pero lleno de viaje, é que de endevera era un “señor”: siempre tenía mi auto listo, me lo limpiaban, lo lustraban ahi ‘nel taller ¿no?, yo tenía siempre un coche a mi disposición… si me vieran los muchacho ahora, que de pedo me puedo subir ‘nun coletivo.

 

Pero creo que lo que realmente erré –igual que los viejo, que Papá y Mamá cuando intentaron volver ‘n Europa- fue no comprar campo, comprar un pedazo de tierra allí, ‘nesos año que estábamos bien, cuando teníamos plata sobrante; pero esa maldición, esa maldición que nos ha seguido siempre. Mi hijito querido, ‘l Angel, él quería: cuando todavía estábamos todos, cerca de Charata se vendían mil quinientas hectárea, y me las daban por tres millón de peso, y yo tenía esa cantidá, ¡qué! ¡si ‘n la cuenta corriente tenía más que eso!, y fuímos verla con ‘l Angel. Pero resulta que adentro había un tipo que era puestero, que tenía puesto ahi dentro, y hacía como veinte año que estaba ahi, y ‘nesos casos pá sacarlo al tipo tenés que pagarle una indemnización, y ese tipo nos pedía muy mucho, y nada más por esa estupidez no compramos. ¡Tenía unos algarrobos! ¡madonna santa! Otro caso fue Abbone, un tipo conocido de ahi, que me quizo vender ¡cinco mil hectárea! ¡todas alambrada!, un verdadero fundo, con un chalé de dos piso adentro, con tres baño, pileta, no sé cuánta cosa había ahi, y me pedía dos millón y medio, justo pasábamos un momento jodido ‘n la agencia, y me achiqué. ‘Anque ‘l gerente me dijo despué, ‘l gerente del banco, me dijo: “- ¡Pero don Gandolfo! ¡cómo no compró!, siendo usted yo le hubiera conseguido la financiación que quisiera…”, porque ‘naquel tiempo había crédito pá comprar campo, hasta eso te daban. Pero no, tampoco esa fue mi oportunidá. Yo lo que digo de esa maldición é que no me acompañó la suerte, yo intentaba, intentaba, ¡qué le vamo hacer!, porque hubiera sido lo que los viejo habían soñáo ¿no?, era una de las mejore estancias de por ahi, era de una sucesión, había venido de Suiza uno de los heredero, ‘l que hacía de administrador de la sucesión, pá venderla. Resulta que se vino por dos meses namás, pero conoció, se hizo novio de una negra de por ahi, y tuvo como trece hijo, cuando yo lo conocí ya llevaba como treinta años ‘n la zona ¡se le habían alargáo los dos mese! Terminamos haciéndonos amigo, como era de una parte de Suiza cerca de la Alta Italia, hablaba bien ‘l italiano, ‘ntonce venía ‘n la agencia y hablábamos ‘n italiano, le gustaba mucho hablar ‘nel idioma; (yo hablo bastante bien, claro que algunas cosas no las sé, porque nosotros no hablábamo ‘l italiano propiamente, ‘n mi casa, cuando vivíamos ‘n Las Breñas con la Mamá y ‘l Tío Viejo, hablábamo ‘n dialeto –que é bastante parecido, pero no é lo mismo-, y cuando ‘l almacén, con todos los clientes italiano que teníamos, que no hablaban la castilla ni a palos, con ellos claro que hablábamo y nos entendíamos sin problema, pero ‘n la casa, cuando estábamos nosotros namás, la familia, se hablaba ‘n dialeto. Yo comencé hablar la castilla todos los día recién cuando me casé). Años despué, cuando ya éramos amigos, ‘l suizo éste me contaba la historia de la estancia esa, que yo me perdí de comprar, me decía: “- ¡Cómo mierda, Giuseppe, no me avisó que usted era interesáo!, yo sabía todos los postes que había ahi dentro…”, claro, quebrachos coloráos nuevitos, porque ya hacía como treinta año que habían explotáo esos monte, y ‘nese tiempo ‘l arbolito ya servía pá dar un poste nuevo, lindo; ese campo había sido de “La Forestal”, que tenía muchísimos campos por ahi, por ‘l Chaco, y también por ‘l norte de Santa Fe, miles y miles de hectárea, porque ellos fabricaban, eran la fábrica del tanino, que sacaban ‘l tanino del quebracho coloráo. Despué la cerraron, cerraron “La Forestal”, ‘l que manejaba allí, ‘l capo de todo eso, se venía siempre ‘n avión, y un día levantó vuelo y no alcanzó a pasar ‘l alambráo, enganchó la rueda del avión ‘nel alambre y capotó, se mató ‘l jefe. Y al matarse él cerraron la fábrica, que la habían abierto a principio de siglo, allá por 1910, ¡que habían compráo a un peso la hectárea! ¡a un peso!, antes que viniese ‘l ferrocarril incluso, ellos ya eran dueños de todos esos campo. ‘L ferrocarril ‘naquellos tiempos llegaba namás a Quimilí, que é ‘n la provincia de Santiago del Estero, y ‘l primer pueblo de este láo, del láo de la provincia del Chaco, era Gancedo, que hoy é casi un pueblo fantasma, pero ‘naquella epoca ‘n Gancedo había hasta juez, solo ‘n Resistencia y ‘n Gancedo; y hoy no existe, ni ‘l tren para ya allí, pensar que fue una de las primeras colonia de esa zona, una de las más floreciente, y namás han pasáo ochenta año.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Giuseppe (Capítulo III)

 

giuseppe - Ediciones del Copista

giuseppe - Ediciones del Copista

 

Giuseppe

 

Capítulo III     –     Remigio

 

 Del campo al pueblo

 

 Nosotros, ‘nel 1932, ‘l 8 de julio, pasamos del campo al pueblo. La noche del 8 ya dormimos ‘nel pueblo. Y cerramos la carnicería ‘nel ‘35, pero para esa epoca lo fuerte nuestro ya era ‘l almacén. Ibamos bien, muy bien, de lejos esa era la mejor epoca desde que habíamos vuelto de la Italia, y aprovechamos y nos decidimos abrir un almacén. Hicimos un local grande ahi ‘n la esquina, ‘n la punta de los dos solares que teniamos (no había divisoria, era un solo terreno pero con los dos solares que nos había dáo ‘l gobierno), donde hacía esquina con la calle que entraba al pueblo, la calle que venía de la ruta y entraba hasta la estación del tren, que ‘n todos estos pueblo de las colonias de inmigrante era la calle principal, como si fuera ‘l Stalon allá ‘n Italia, nada más que esta era una calle de tierra, sin veredas, ni cuneta siquiera había ‘nese ‘ntonce. Si cada vez que llovía (¡‘n verano se venían unas tormentas del carajo! ¡cien, doscientos milímetro ‘nuna sola lluvia!) eso se hacía un barrial que no se vea; y é que además coches había poquitos, los colono tenían carros y jardinera, y los gaucho a caballo namás, y para los caballo no importa mucho ‘l barro. Bueno, ‘n la punta de los dos solares hicimos ‘l salón, un galpón inmenso, ¡porque ya teníamos guitita, que diablos!. Lo hicimos ‘nel ‘34, lo construyó un santiagueño, un tal Romero, le pagamos namás cuatrocientos peso por semejante salón, tenía catorce metro a lo largo de la calle de entrada, y diez metro de ancho, con unos tirantes de pinotéa de nueve por seis centímetro a cada metro, ¡una barbaridá!, era una obra enorme pá’quel tiempo. Cuando terminamos ‘l salón, viene mi cuñáo Alfreddo y dice: “- ¿Por qué no ponen almacén ustedes también…?”, ellos tenían su negocio ‘n la esquina del frente, pero a él le convenía porque así pedíamos la mercadería por ferrocarril, alquilábamos un vagón, mitad vagón para cada uno, y así nos salía más barato. Él sólo no podía pedir por vagón, porque era demasiado, y las cosa se le echaban a perder si pedía tanto, ‘n cambio si estuvieramo los dos… total no iba a haber problema de competencia, porque los cliente de él los seguía teniendo. Al contrario: pensaba que iba vender más, porque iba tener más cantidá al traer la mercadería por ferrocarril. Y así hicimos: pusimos también almacén nosotros, y traíamos vagones de azúcar; vagones enteros de harina, comprábamos cinco o seis vagones de harina, ‘nese tiempo pá los negocios grande como los nuestros hacías contrato, te hacían contrato con los molinos, por’jemplo, con Molinos Río de la Plata, o con Boero –que le sabíamos comprar mucho a Tomás Boero-, y ellos se encargaban de todo, te embarcaban la mercadería ‘n las estacione de las ciudades y te mandaban; hacías contrato, por’jemplo, a diez peso la bolsa, y ese contrato lo podías sacar ‘n cuatro o ‘n cinco meses, ‘ntonce si comprabas más cantidá, te hacían mejor precio, así, comprábamos juntos. Y ese é ‘l tema que antes había tantos viajantes, ¡había viajantes a montones!, porque venían a firmar los contrato por todo ‘l año. Al frigorífico La Blanca le comprábamos tonelada (que ahora ya no están más, se fundieron con alguna de las crisis de este país), a esos le comprábamos la carne que venía envasada, venía ‘n latas para conservarse –porque refrigeración no había-, la gente del campo llevaba cajas enteras de latas de carne. Eran los tiempo que la Argentina tenía carne a patadas, que hasta la mandaban ‘n todo ‘l mundo, ‘n Inglaterra por’jemplo, barcos entero enyenados de carne salían del puerto de Buenos Aires, bueno, esas eran las latas de carne de La Blanca. Y estaba también la cuestión de la harina: nosotros traíamos tantas tonelada –varios vagone a veces- porque allí la gente hacían ‘l pan ‘nel campo, cada colono, cada vuelta que venía ‘nel pueblo, se llevaba cuatro, cinco bolsa de harina; y ‘n tiempos de cosecha los colono no hacían pan, porque no les dejaba tiempo la cosecha, pero ‘ntonce ‘nestas campañas, así, cuando venían los cosechero a levantar ‘l algodón, trabajaban mucho las panadería del pueblo: hacían todos galleta, esas galletas redonda así, que entraban justo cinco ‘nun kilo, por eso ni lo pesaban, contaban las bolsa namás, y los colono las cargaban ‘n los carro. Y sal traíamos por vagón, también. Cerveza, alcohol… alcohol puro traíamos trenes completo, por los rusos, los rusos lo llevaban, se llevaban cajone enteros –que traían veinticuatro botellas de medio litro- pá hacer la caña, que era lo que más se parecía a la bebida de ellos, a la vodka, ¡y chupaban todos como condenados!. ‘L viejo don Estanisláo Kurchil, un ucraniano de estos, una vez casi me pega, casi cobro endevera esa vez, porque se me rompió las botellas de alcohol cuando se las llevaba, y si no le llevabas ‘l alcohol ¡se ponía loco!. Y teníamos otro cliente, Volchenko, otro ruso que le comprábamos ‘l algodón, y la cuestión é que si no le llevabas una botella de alcohol ¡no me entregaba ‘l algodón!, qué increíbles que eran los gringo estos, pero no me entregaba ‘l algodón por más que estuviera pagáo y repagáo: sin la botellita de alcohol no había trato. ¡Cómo tomaban!, pero así también é que murieron todos ¿no?, les cocinaba la tripa y la cabeza, porque ellos estaban acostumbrados allá, ‘n Rusia, ‘nel medio de las estepas aquella, que tomaban mucho, pero claro: afuera hacía veintidós grados bajo cero, metidos ‘nel medio de la nieve. Pero allí ‘nel Chaco ¡qué mierda!, con cuarenta y dos grados a la sombra ‘n pleno verano, ese alcohol les cocinaba los sesos. Ellos ponían, así, con medio litro de alcohol hacían un litro de caña, ¡la madonna! ¡era una bebida de cincuenta grados!, le ponían un poquito de cáscara de naranja, otros le ponían azúcar quemada, cada uno al gusto de ellos; pero se chupaba cualquier cantidá, y querían ‘l alcohol “Sliker”, porque no tenía olor, ‘l “Sol” no les gustaba mucho, ‘naquel tiempo esos eran los dos alcohol que había: ‘l “Sliker” y ‘l “Sol”, pero alcohol puro, ‘nesos veranos…

  

Y cuando vimos que la cosa con ‘l almacén andaba, cerramos la carnicería, porque era mucho ¡qué diablos!. Si hubiese habido transporte, todavía, pero lo que a nosotros nos reventaba endevera era ir a buscar los animale, ‘nese tiempo los animale había que llevarlos arriando desde tres, cinco, hasta desde ocho leguas hemos traído a veces, y eso te mataba: era vivir arriba del caballo, cruzando con cien o doscientos novillo por ‘l medio de los campos, durmiendo al sereno, comiendo pá la mierda todo ese tiempo, era muy duro todo eso. Pero todo hay que decirlo: nosotros la plata la hicimos con la carnicería, porque ‘n cuatro año ganamo doscientos cincuenta mil peso, ¡amigo! ¡doscientos cincuenta mil peso!, era una fortuna de endevera (por’jemplo, un campo grande como ‘l nuestro, de doscientas hectárea, costaba cincuenta mil peso). La carnicería fue, así, la gran pegada nuestra, pero teníamos ‘l lomo quebráo de tanto laburo y dejamos namás ‘l almacén, pero nos jodimos: fiamo ese año, ¡y no cobramos ni un mango!, vino un año malísimo, ese año del ‘37, una sequía de la gran puta, que casi nos mandó ‘n la quiebra, porque claro: se trabajaba todo con libreta, o sea se fiaba y a pagar a cosecha, pero todos los terrenos de los colonos eran fiscales, no podías embargar nada ‘anque hubieras querido. A’mas, tenían todos muy poco capital ¿no?, los gringos eran pobre, nunca fue fácil ser colono, y ‘nesos primeros tiempo, menos. Despué de esa vez, namás le fiamo a los mejores, a los que más confiábamos o que eran paisano, italianos como nosotros, a todos los demás, al contado o nada, y, ¡carajo!, volvimos levantar cabeza: compramos un Ford A, un forcito ‘31 ¡lindo ‘l cochecito!, y ya ‘nel ‘39 sacamos uno nuevo, cero kilómetro, fuímos ‘n Sáenz Peña y nos trajimos ese Ford 8, flamante, ese fue ‘l primer coche nuevo de mi vida, ¡báh! era ‘l primer coche nuevo que hubo ‘n toda la zona, bueno, había un Pontiac, y había también dos Chevrolet, pero no eran flamantes.

 

‘L almacén se movía mucho, especialmente ‘nel último tiempo, había otros almacenes ‘nel pueblo, almacenes de ramos generales que les llamaban, porque vendían de todo lo que te imagines, pero ninguno estaba puesto, así, como había llegáo a estar ‘l nuestro, fue una pena, una pena ‘nel alma venderlo. Yo no me quería ir, pero ‘l Tío Viejo fue ‘l que insistió, pero ¡qué se yo la enormidá que vendimos ‘l último año!, porque Galfasso, que tenía ‘l otro almacén, había cerráo y se había ido, también se habían ido los Blanco, que tenían otro negocio grande, ‘ntonce nosotros éramos los más poderosos que había ahi, habíamos quedáo como ‘l negocio grande del pueblo; y se vendía mucho, mucho, la cantidá de azúcar, por’jemplo, cada mes traíamos por ‘l ferrocarril cuatrocientas bolsa; vino, vendíamos… ¡qué se yo! ¡cualquier cantidá!, ‘l vino venía ‘n bordalesas de doscientos litro (‘n botellas venía solamente ‘l vino fino), la gente traía ‘l envase –damajuanas de cinco y diez litro- y se la enyenaba de la bordalesa, de la canilla; despué ya pusieron la envasadora, ‘l “Tromba” y ‘l “Toro” fueron los primero, ‘ntonce ya empezó venir ‘n botella. Aún así, se vendía más cerveza que vino.

 

Para ‘l almacén habíamos hecho una sociedá de familia, pero tuvimos problema, y yo aprendí cómo se solucionan los problema. La cuestión era que ‘l Réditos, ‘l recaudador de la Dirección del Réditos no la reconoció, porque no nos reconocía ‘l contrato que habíamos hecho, decía que no tenía sello de escribano (sello del banco sí tenía, pero no de escribano). Nosotros habíamos pensado hacer así, hacer una sociedá de familia, porque entre los cinco que éramos casi que no pagábamos nada de impuesto, así, de ganancia; sin embargo, si ‘l dueño era uno solo, ‘ntonce sí tenía que pagar un montón. Nosotros queríamos que fuese sociedá de familia entre la Mamá, ‘l Tío Viejo, y nosotros tres, Remigio, Margherita, y yo (Giuditta ya no entraba, porque se había casáo, así que ya era “rancho aparte”), y despué ya lo firmó ‘l escribano, y arreglamos de esa manera; y cuando mi hermano Remigio se fue, él renunció, ‘ntonce le dimos su parte del almacén; despué, cuando murió mi Mamá, hicimos la sucesión, y también le dimos a Remigio su parte, su parte a Alfreddo (la que le tocaba a Giuditta), y quedamos Margherita y yo y ‘l Tío Viejo como socios. Pero como había ese problema con ‘l Réditos, ‘l Tío Viejo lo llamó a Yuskevitch, que era muy amigo del jefe del Réditos, y ‘l ruso Yuskevitch le habló y hizo que la reconociera, que fue cuando le regalamos la piel de tigre al jefe. A Las Breñas había venido ‘l subjefe del Réditos, y nos había puesto dos mil doscientos peso de impuesto, que era una barbaridá ‘naquel tiempo, si pagábamos eso no nos quedaba nada, pero Yuskevitch hizo la gestión y ‘l jefe del Réditos, ‘n Resistencia, anuló esa orden del tipo que había venido ahi donde nuestro almacén, anuló los dos mil doscientos peso,  ‘ntonce ‘l ruso sabía que ‘l jefe quería un cuero de tigre, y nosotros teníamos un cliente, un tal Salman Craique, un turco que estaba ‘nel Impenetrable, allá, ‘n plena selva del Chaco, y le dábamos fiado (¡turco de mierda! ¡nos clavó con una punta de peso!), y ‘ntonce finado tío le dice: “- Bueno, turco, te voy seguir fiando, pero me tenés que traer un cuero de tigre, que no tenga agujero, y que sea pelo de invierno”, porque ‘l pelo de invierno é más lindo, é largo, bien lindo, y ¡mierda!, se portó ‘l turco: al tiempo nos trajo un cuero de tigre que de la punta de la cabeza a la cola tenía un metro ochenta, ¡madonna santa ese animal!, debe haber sido un tigre como de cien kilo, por lo menos; y no tenía agujero, porque ‘l cazador que é baquiano le tira aquí, ‘nel pecho, ‘ntonce la bala queda adentro, o si no sale por allá, por ‘l culo, y ‘l cuero así tiene doble valor. Bien estaqueáo lo trajo, lisito, y le dice ‘l turco Craique al Tío Viejo: “- Don Gandolfo, casi me mata este gato, y este cuero, así, vale ciento sesenta peso, ni uno menos.” ‘Naquel tiempo, los cueros de tigre valían treinta o treinta y cinco peso ¿no?, pero bueno, turco desgraciáo, le descontó namás los ciento sesenta peso de la libreta. Y ‘l ruso Yuskevitch lo llevó ‘n Buenos Aires, le hizo poner la cabeza de vidrio, con los ojos, lo hizo curtir bien, ¡qué mierda! ¡’l jefe del Réditos quedó encantáo!, porque él quería uno así, pero no lo podía conseguir, porque allá ‘n la zona de Resistencia era más jodido pá conseguirlo, porque los tigre ya se habían ido lejos. É que cuando empezó llegar la colonia, los inmigrantes gringo, los tigre se mandaron mudar; ‘n cambio ‘l puma no, ‘l puma se quedó, por eso casi lo exterminan al puma, pero al tigre –que los correntinos le decían ‘l yaguareté, así, ‘n lengua de guaraní- no era nada fácil cazarlo, y ‘l cuero del puma no vale nada ¡pué!, tiene ‘l pelo igual que ‘l perro ‘l puma; ‘n cambio ‘l tigre é como la pantera, como ‘l jaguar, é bonito ‘l cuero, muy parecido al leopardo, únicamente que aquí, ‘l tigre americano, é un poquito más grande que ‘l leopardo. Y se acabó ‘l problema: no volvimos pagar impuestos caros ‘n la oficina del Réditos.

 

   Con ‘l almacén estuvimos hasta ‘l año ‘48, ‘n septiembre del ‘48 cerramos, habíamos llegáo a Las Breñas, al pueblo, ‘nel ‘32, y salimos dieciseis años despué. Pero hicimos una cagada, la más grande, ‘l haber vendido ‘l almacén allí. Igual que Alfreddo y Giuditta –que nosotros los seguimos a ellos-, vendimos todos ‘n muy mal momento. Alfreddo se fue un año antes que nosotros, ‘nel ‘47, para irse de viaje ‘n Italia, pero igual hicieron una cagada, casi se quedan sin nada lo mismo; toda la vida fue así, una maldición de la familia digo yo: romperse ‘l lomo laburando, y cuando estábamos bien, ¡a la mierda!. No deberíamos haber vendido, no deberíamos, si nosotros, cuando decidimos cerrar allí, ‘l almacén, teníamos mil bolsa de azúcar ¡mil bolsas!, se las tuvimos que vender todas a la cooperativa agropecuaria, pá liquidar, porque necesitábamos ‘l dinero enseguida. Se las vendimos a precio de costo, se las dejamos a veintiocho peso cada una, y a los seis meses ‘l azúcar estaba a setenta peso la bolsa, ¡había aumentado tres veces!, porque así, ‘neste país, la economía no se puede confiar, después de años de estabilidá, que los precios eran casi los mismos un año que otro, de golpe llegó la inflación. Teníamos ocho tonelada de yerba, toneladas, no kilo, toneladas, ¡qué se yo…!, había veinte cultivadore para ‘l campo, por poner ejemplo de lo más grande ¿no?, porque de lo pequeño, ¡qué mierda!, arroz, aceite había como ochenta o noventa toneles, quedaban como doscientos catre, setecientas rejas de arado, bulones, herramienta, de todo, un capital impresionante. Se lo dejamos todo a la cooperativa, haciendo número redondos, ‘n total, juntamos como cincuenta mil peso, creíamos que era ‘l gran negocio, pero fue un desastre, un desastre económico pá nosotros, otro más.

 

La vida del pueblo, ‘naquella epoca, ‘n los año ‘30 y ‘40, ya era bien movida para nosotros, pá la juventud ¿no?, ya estaba ‘l Club Social, que se había inauguráo ‘l 20 de septiembre de 1928, me acuerdo bien porque ‘l 20 de septiembre era la fiesta de los italiano, y al Club lo construyó Picilli, y había muchos italiano, pero muchos de endevera. Y antes todavía que’l Club, ya estaba la Escuela Alemana, ¡ahi se mandaban unas fiesta!, y como nosotros teníamos muchos clientes alemane, y ‘nesos años ‘n Europa era medio aliado Alemania con la Italia, nos invitaban siempre. Pero a nosotros namás, porque los alemane eran ellos solos, muy cerrada era la sociedá, los colonos, hablaban ‘nel idioma, hacían la comida de ellos, las pastas dulce, así, las torta, unos dulce riquísimos; y ponían la bandera, la bandera de Alemania ‘nesa epoca era la bandera de Hitler, roja con la cruz gamada, y la ponían ‘n la Escuela Alemana. No é que fueran nazis, así, como pasó despué ‘n Europa, ‘nese momento, antes de la guerra, Hitler era ‘l tipo que había levantáo Alemania, y éstos aquí ‘n los pueblos, ‘n las colonias, eran orgullosos de eso, ponían la bandera con la cruz gamada y levantaban ‘l brazo ‘nel saludo. Pero a nosotros, a los Brillada, a Pocholo Limbertti –que era ‘l hijo del jefe de correos-, a los que éramos italiano importantes digamo, nos invitaban, y no pagábamos nada ahi, ellos no pagaban entrada: era exclusivo pá los socios. Los alemane tenían su propia orquesta, era una orquesta de vientos, una orquesta con clarinete, trombón, todo eso, ellos tenían, era de ellos, de los colonos, y hacían unas fiesta que empezaban a las cuatro o las cinco de la tarde, y terminaba al otro día, ¡hasta las nueve o las diez de la mañana del otro día!; hacían comida, de todo, hacían chukrut ¡te largabas cada pedo ahi adentro!; así, toda la noche. Y ahi era familiar, iban las familias entera, ‘l colono no tenía muchas diversione, no había televisión, ni siquiera radio había muchas ‘nese ‘ntonce, y por eso hacían estas fiesta los gringo; ellos, los alemane, eran muy organizados, y se juntaban las familia. ‘L Pocholo Limbertti –que éramos de la patota de changos, que andábamos siempre juntos- una vez se llevó como veinte alfileres, estos alfileres de gancho, y estaban todas las mujeres ahi sentadas ‘nel banco, y éste, despacito –ya medio ‘n pedo, que deben de haber sido como las cuatro de la mañana-, le ponía los alfilere por atrás, atándolas una a la otra, hasta que las enganchó a todas, y por ahi tocan ‘l valse (‘naquel tiempo ninguna alemana se quedaba sin bailar ‘l valse) y se levantan todas al mismo tiempo, ¡eh! ¡un griterío!, ¡tirones por todos lados!, y todos preguntaban quién había mandáo esa porquería, pero ninguno, sólo nosotros sabíamos, nosotros lo tapábamos a él, íbamos por detrás para que no lo vean los otros, los alemane que eran medio novios de las chicas, ¡porque si no lo matan!, porque eso sí: eran medio brutos estos gringo.

 

Mi barra de aquella época, la verdad, era bien brava, todos chango de más o meno la misma edá: estaba Brugnoli, Alberto Brugnoli; despué Domiján, ‘l yugoslavo; Guillermo Blanco; Pocholo Limbertti; Serassi; los Brillada; y los judíos, los Molodevsky, que estaban allí, y ‘naquel tiempo estaba jodido ‘l tema de los judíos ‘n Europa, que eran contreras de los alemane, que ya se sabía que los estaban persiguiendo y todo eso, pero este Pascual Molodevsky, que era tremendo, era más metido que la gran puta, y cuando íbamos ‘n la Escuela Alemana se ponía ‘n medio, con nosotros, ¡y adentro! ¡a bailar ‘l valse también él!; con ellos, con ‘l ruso Molodevsky sí que éramos como hermanos, hermanos de endevera. Y las chicas alemana eran muy lindas, había una chica, Singer se llamaba, ¡a mí cómo me gustaba!, era una belleza propiamente, pero ‘nesas cosas los alemane eran muy cerrados, andaban entre ellos namás. ‘N cambio, ‘nel Club Social la cosa se puso más mezclada, allí estaban los italiano –que eran la mayoría- y los españoles, los gallegos también eran muchos, los búlgaros, ucraniano, polacos, los otros gringo, y hasta los criollos (no muchos, pero había), y hacían bailes, no tanto fiesta familiare como ‘n la Escuela Alemana, pero sí había bailes seguido, con orquesta, ¡pué!.

 

Al tiempo ‘l gallego Iñigo (que no era gallego de endevera, de Galicia, pero ahi le decían gallego a todos los españole), había puesto un salón inmenso ‘n la calle principal, y puso cine allá por ‘l año ‘37; ya empezaron traer películas a veces, y también hacía bailes, sacaba todas las butacas a la mierda y hacía bailes, y cuando llegaba alguna película, ¡má! ponía las butaca de nuevo, y ‘l salón de baile era cine otra vez. Atrás del cine despué hizo ‘l frontón, la cancha de frontón, de pelota vasca, que se jugaba mucho ‘ntonce, y ahi organizaba bailes ‘nel verano, al aire libre. Y también cuando hubo la escuela segundaria, cerca del año ‘40, ellos tomaron la costumbre de que todos los años hacían ‘l baile, para recaudar pá la sala de primeros auxilios y… pá otras cosas, que las escuelas siempre andan con necesidá de recaudar unas monedita. Esas eran las fiestas del pueblo, los lugares donde era permitido hacer bailes, y, ¡mierda! ¡la cantidá de gente que se amontonaba!, é que no eran muy seguidas; por ahi, ‘nel Club Social también la gente solía ir bailar con la vitrola, pero era más raro. A’más que dependía de la estación, de la epoca del año, porque ‘n tiempos de cosecha había más plata: la Escuela Alemana, pá las cosechas hacían fiesta una vez por mes, despué, ‘nel verano, a veces pasaba tres o cuatro mese que no hacía nada. Pero nosotros salíamos igual, igual sin baile, salíamos mucho con mi barra, íbamos ‘n los bares, a jugar al billar, ‘n la esquina de la estación del ferrocarril había un billar, tenía dos mesas, lindas, con tapete bueno. Yo jugaba bastante bien, una vez gané un campeonato (de segunda, porque no había campeonato de primera), jugábamos con Brugnoli, con Zenoff –porque tenía que ser medio parejo ‘l equipo-, con mi amigo ‘l Ernesto Funce, Brillada, Guillermo Blanco; despué los otros, como Domiján, esos eran de primera, esos jugaban con ‘l jefe de la estación, con Gutiérrez, con los grande, digamos, ellos jugaban mucho más. También nos juntábamos jugar mucho a los naipes, ‘ntonce todos jugaban los naipes, todos los hombres, hacíamo mesas de loba, de monte inglés, (también se jugaba al truco, pero menos, eso era más bien naipe de la peonada). Hacíamo mesas ahi ‘nel Club Social, o ‘n los sótanos del gallego Iñigo, porque Iñigo había hecho unos sótanos allá adelante, ‘n la punta del escenario, tenía dos saloncitos abajo, y allí se jugaba a los naipe, son como para los vestuarios, que ‘l cine también era teatro a veces, de esas compañía radiales de teatro que ‘nesos años salían andar por los pueblo, ¿no?. Pero ahi ‘n los sótanos se jugaba más escondido, se jugaba por plata fuerte.

 

Nosotros, con ‘l almacén, también trabajábamos con los baile, pero más con los baile ‘nel campo, esos nos dejaban más ganancia que los del pueblo, porque a las fiesta ‘nel campo nosotros llevábamos todo, éramos los que armábamos la fiesta, ‘nuna palabra. Estaban muy bien los baile que se organizaban ‘n lo de Gármaz –que estaba a veinte kilómetro del pueblo, allá ‘n la Pampa Mitre- hacían algunos viernes, eran fiestas pá’l paisanaje; los viernes a la tarde le llevábamos ciento setenta y cinco sillas y mesas, esas de hierro, que eran de la Cervecería Argentina, de la “Cerveza Mayo”, unas mesitas hermosa, redondas, de hierro plegable, las sillas también plegables. Subíamos todo al camioncito, y llevábamos trescientos, trescientos cincuenta cajone de cerveza, cinco o seis de vermú, cajas de caramelos, de pastillas… eso era a la tarde, y quedábamos toda la noche. A la madrugada se terminaba ‘l baile a eso de las cinco de la mañana, ya con las primeras luces; cargábamos de vuelta lo que había sobráo (no sobraba mucho, que ya lo teníamos má o meno calculáo), y nos volvíamos ‘n casa. ¡Ah! ¡se juntaba mucha gente!, y tomaban mucho, como tomaban la bebida al natural, toman más cantidá que fría, y eso. ¡No había otra diversión pá’l paisanaje!, ‘nel campo se hacía la carpa, ahi Gármaz ya tenía la suya instalada, báh, los palos ¿no?, uno alto al medio y los otros ‘n redondo, como ‘nun corral, y de ahi se prendía la alpiyera, y las mesitas ‘n redondo, al redondo de la pista, pá servir. Se hacían una vez por mes, eran casi todas las cooperadoras de los colegio, de las escuela de campo las que laburaban, ¡y cómo laburaban!, a veces eran ‘n la escuela de Dorila, pero no lo hacían ‘nel terreno de la escuela, lo hacían ‘n lo de Carlos Siger; otras tantas veces lo supieron hacer ‘n la chacra nuestra (que nosotros ya no estábamos, estaban los mediero), y así. Otras veces hasta llegábamos al Cuero Quemado, ahi hacían pá la escuela esa que quedaba cerca de Sgariglia, ahi, ‘nel Cuero Quemado, muchas noches hemos organizáo ‘l baile. O si no, cuando ponían ellos la mercadería, llevábamos nosotros los músico con ‘l coche, lo llevábamo a Tonino por’jemplo, que era de las orquestas más populares ‘nese ‘ntonce. Una noche, era invierno ¡había una helada! ¡una helada de mil demonios!, y como era una orquesta grandecita, eran muchos, mi hermano Remigio los llevó ‘nel camioncito, porque no cabían ‘nel auto, los llevó ‘nel Ford A. Ahi cabían diez o doce ¿no?, bueno, ‘l guitarrero venía con la mujer, y la cabina era chiquita adelante, ‘ntonce se metió ‘l gruitarrero con la mujer ‘n la cabina y los otros tuvieron que venir atrás, y a la vuelta, ¡pobres tipos!, no sabían si tirarse abajo o qué, porque estaban duros, ¡qué miércole!, a las cuatro de la mañana, venir de veinte kilómetro ‘nese camioncito, ‘nel Ford A, que iba despacito, camino de tierra, con varios grados bajo cero, ¡esos no tocaron por un tiempo largo! Y Remigio los llevaba porque muchas alternativas de transporte no había, que nosotros eramos de los pocos que teníamos coche ‘nese ‘ntonce. Aparte que Remigio no se perdía fiesta, ni del pueblo ni del campo: mi hermano era bien pintón, tenía buena facha de endevera, era espigáo, alto, bien plantáo, hacía furor entre las changa. ¡Y era tan buen bailarín! ¡sabía bailar muy bien!, pero, tuvo mala suerte, tuvo dos o tres novia y no, no anduvo la cosa; una, la primer novia que él tuvo, era hija de Ludovico Zonni, que era paisano y muy amigo de la familia, parece que lo quería y andaban bien, la Mamá había dáo su aprobación, y quizá se hubiesen casado, pero esta chica se vá a pasear ‘n lo de la hermana, ‘n Santa Fe, y allá quedó embarazada de un cuñáo o algo así, ya se quedó allá, se quedó y se casó con ‘l otro tipo, no vino más. Se hizo novio despué con otra chica, una que había tomáo la comunión conmigo, que también eran paisanos, la Rina Pasetti, linda chica era, linda, pero viene que se enferma y se muere, no sé qué mierda, las dos hermanas, la Rina, que tenía dieciocho años, y la otra que tenía quince, ‘n ocho días una y la otra. ¡Má qué!, si los médicos ‘naquel tiempo no sabían un pepino, esa é la verdá. Un tiempo despué él se había comprometido con la prima, con la Gugliermina Magnassi, la hija del hermano de Mamá, y ahi también, ya tenían anillo de compromiso y todo y… se acabó eso. Al final, ahora de viejo, creo que nos equivocamos todos. É que uno piensa que siempre vá haber tiempo pá arreglar las cosa, pero ‘l tiempo pasa sin que lo notemos, y no hay más oportunidades ya. Remigio ya se murió hace tiempo, y a mí no me falta mucho. ¡Cómo me hubiera gustado poder pedirle perdón!: él fue ‘l mejor amigo que yo tuve ‘n mi vida, y lo perdí, ¡báh! lo perdimos todos, por una estupidez propiamente. Porque despué de todas esas chicas, vino la Gitana.

 

   Como él era así, tan pintón, había siempre un montón de changas que andaban detrás de él, y un buen día viene y se presenta con esta chica, esta que al final fue su mujer toda la vida. Linda era ella, pero criolla. No era una chica hija de paisanos de ellos, de la Mamá y del tío, no era europea. Entonce ellos le dijeron que no, que con esa no podía ser, ‘l Tío Viejo tampoco quería, le decía: “- ¡Pucha, Remigio! ¡cómo no te vas agarrar otra mujer…!” É que era criolla, y también la gente decía que ésta era medio, así, vagoneta ¿no?, que le gustaba mucho la farra, y había andáo con otros changos ya, ellos querían para él una chica mejor, que fuera europea, como nosotros… pero bueno, al final Remigio habló con ‘l Tío Viejo, hablaron entre ellos, y al final parecía que finado tío se iba convenciendo, y le dijo: “- Bueno, voy hablar con la vieja (con mi Mamá ¿no?), a ver qué dice ella.” Pero la Mamá –que era tan dura ella- se puso firme: “- Esa no entra ‘nesta casa –dice ella-,  y si sigue con esa, no entra más él tampoco.” Y nosotros no sabíamos qué hacer, porque una vez que la Mamá decía, así, que tomaba una decisión, ¡má ni siquiera…!, nadie decía otra cosa, era así. Las cosa estaban caliente, y una mañana (ni me acuerdo por qué tontera que fue) se armó una discusión entre ellos, y Remigio se enojó, pegó una trompada ‘n la mesa, se levantó y dice: “- ¡Se acabó! ¡yo me voy!” Eso fue todo lo que dijo, no quiso hablar más con nadie de nosotros. Yo, que éramos tan amigo entre nosotros, casi llorando, porque yo nunca había visto nadie que le dijera que no a mi Mamá, fui y le dije: “- ¿Te vas a ir endevera, Remigio, te vas a llevar la Gitana? (porque le decían la ‘Gitana’ a ella, era criolla, santiagueña, pero le decían la ‘Gitana’, y la verdá que parecía un poco gitana ella: era linda y alta, morena) ¿te vas a ir con ella? ¿te vas a ir para siempre?”, “- Si, Pepito (que él me decía ‘Pepito’, que tanto cariño me tenía), me voy pá siempre con ella”. Entonce ‘l Tío Viejo le preguntó si quería llevar su parte –porque estaría cabrero pero eso sí: era más derecho que la mierda ‘l viejo ¿no?-, fueron ‘n Charata, donde ‘l escribano, hicieron un trato ahi y le dio, le dio su parte, y Remigio se fue con la Gitana. A mí me dolió, me dolió muchísimo, porque nosotros éramos muy, muy compañero, éramos hermanos, pero más compañero: no salíamos un domingo si no salíamos juntos, con ‘l coche, al baile, al campo, siempre juntos. Yo, mientras él estuvo, jamás salí solo, y él tampoco. Y yo le hablé mucho, yo no quería que él se fuese, yo no tenía problema con la Gitana ¿no?, era la Mamá, ella sí, porque mientras ella viviera él no hubiera podido, pero la Mamá ya estaba enferma, ya se veía que mucho tiempo no iba vivir, si él esperaba un poquito… yo le hablé y le hablé, pero ahi no me hizo caso mi hermano. ¡Yo no sé si éstas le habían dáo algo, o no sé qué mierda!, ‘n la noche, cuando él ya estaba con ella, que no podía venir ‘n la casa, porque la Mamá lo había prohibido pá la casa, él venía ‘n la noche para verme, pobrecito mi hermano. É que la Mamá era de ese modo medio a la antígua, era dura, rígida ¿no?, tenía ese modo con la familia, no é que te pusiera problemas: nosotros salíamos, veníamos a las tres de la mañana, no nos decía nada; pero ella quería como antes, elegir a las chica que nosotros nos pusiéramos de novio. Si a María, ‘n definitiva, ellos me la eligieron para mí. Y sin su consentimiento no se podía, ¡qué ibas a poder! ¡ni ‘n joda!, y Remigio se le opuso, le llevó la contra, y ella terminó por prohibirlo, eso era lo que pasaba. Por’jemplo ella a Alfreddo lo apreciaba mucho, porque era paisano, italiano como nosotros, y cuando Remigio anduvo con las otras chicas, esas que estuvo de novio, la Mamá andaba muy contenta, con la Gugliermina, la prima, ella andaba de acuerdo, todas eran paisanas, eran de la misma raza, ahora con ésta no, no hubo arreglo. 

 

Ellos, entre ‘l Tío Viejo y la Mamá, no llegaron a peliar cuando Remigio decidió irse, porque la Mamá era muy dura, y ‘l tío respetaba su autoridá, lo que ella decidía. Mientras ella vivió, la que mandó siempre ‘n la casa fue ella, y además que él era un hombre demasiado bueno, nunca le daba lugar pá discutir, por’jemplo él, ‘n joda, decía: “- Yo, acá, ¡soy ‘l patrón!”, y ella le contestaba, nerviosa: “- ¡Vó só ‘l patrón de los soretes!”. Pero Remigio sí, él ‘n verdá fue ‘l único de nosotros, ‘l único que discutió con la Mamá. Y ella no se lo perdonó: no volvieron a verse nunca más, ‘anque él vino a verla una vez, cuando ya estaba muy enferma, los últimos tiempos, él vino de Buenos Aires, solo, a verla, pero ella igual no lo perdonó, no lo recibió pá despedirse ¡y eso que se estaba muriendo!. ‘N cambio la Gitana no vino nunca, porque no la habíamos aceptáo, pero también porque Remigio no la trajo nunca, ella no pisó la casa. Una vez, cuando la nenita, la hija de ellos, de Remigio, estaba enferma, vino él a ver si podía llevar ‘l coche pá ir a buscar ‘l dotor, pero vino a pedírmelo a mí, y yo, como un boludo, le digo: “- Andá a pedírselo al tío, o a la Mamá, ¿cómo me pedís a mi?”, pero él no iba a ir, era orgulloso. Entonce fui yo, fui y le dije al Tío Viejo, y me mandó con la respuesta: “- Llevalo, ahora y todas las veces que lo necesités”. É que ‘n realidá Remigio era un tipo tan, ¡yo no sé!, tan buenísimo, tenía seis año más que yo y parecía que era menor, menor que yo parecía, era así, inocente, y para mí que no lo comprendían; ellos, esa gente de antes tenía, así, otra forma de ser. Si cuando la Mamá, cuando se enteró que le habíamos prestáo ‘l coche, rezongó: “- ¡Má!, ¡cómo le das ‘l camión pá que lleve a esa negra de mierda!”, yo traté de explicarle, de explicarle la situación, no le gustó mucho, pero al menos no me castigó por eso.

 

 

Giuseppe (Capítulo II)

 

giuseppe - diseño de tapa de adrián manavella

giuseppe - diseño de tapa de adrián manavella

 

 GIUSEPPE

 

CAPÍTULO II    –    EL TÍO VIEJO

  

Pioneros

 

 

 Cuando llegamos ‘n la Argentina ya no pasamos por ese edificio de la migración, yo creo que no estaba más ya, pero nosotros rápido rápido salimos de Buenos Aires (‘anque ya no había tanta miseria como antes, pero ellos querían trabajar la tierra, no había nada que hacer ‘n Buenos Aires), además, ya teníamos documentos y todo eso, así que namás llegar pasamos del puerto a la estación de Retiro, que está ahi namás, al frente del puerto de Buenos Aires. Nos fuimos ‘n tren a la provincia de Santa Fe, a la chacra de don Marsilio Fuccio, le llevamos al sobrino (al Pacífico Forzani, que se había pasáo todo ‘l viaje lavando los plato del nono Giro), y nos quedamos un tiempo ahi, mientras ‘l Tio Viejo y mi Papá solicitaban tierras al gobierno, que te daban tierras, tierra fiscales, donde no había nada ¡pero nada de nada!, indios namás había. Y cada vez te las daban más al norte, ahi ‘n Santa Fe ya no quedaban tierra fiscales, ya eran todas propiedá pá’quel tiempo, porque se habían colonizáo antes, ya habían talado los montes y casi todas las tierra ya eran de cultivo; así que los que recién llegaban tenían que irse más lejos si querían tierras del gobierno. Había que ir poblar ‘l Chaco, que ‘nese ‘ntonce era puro monte, ni siquiera era provincia todavía, era namás “territorio nacional”, eran todos esos montes que les llamaban “El Impenetrable”, de tan cerráo que era ‘l monte mirá vos, y que llegaban hasta ‘l Paraguay y hasta ‘l Brasil llegaban, era todo una sola selva. Y bué, solicitaron tierras allá, don Marsilio no quería que se fueran, les ofreció tierras de él, que volvieran ser socios… pero ‘l Tío Viejo no quiso, nos quedamos namás ‘l tiempo para preparar ‘l viaje, comprar la jardinera (¡que era un carro más viejo que la peste, la jardinera esa, estaba floja por todos los láos!), y ‘l arado, ¡y nada más!, ‘l arado y las cuatro mulas que compraron ‘n Arteaga. Los más grandes iban a ir ‘n la jardinera, y los más chicos, con mi Mamá ‘nel tren. Cuando salíamos, don Marsilio le regaló al Tío Viejo un perro, ‘l perro más inteligente que he visto ‘n mi vida, le faltaba hablar namás a ese perro –se llamaba “Bayito”-, y salimos pá’l Chaco. 

 

‘Nel año 1923 llegamos a las tierras que les había dáo ‘l gobierno, cerca de la estación de Las Breñas. ¡Ay! ¡si vieras lo que era eso!; ellos siempre habían querido tierra, tener tierra, esa era la única manera que se imaginaban para no ser pobres: tener tierra, pero cuando llegamos allá al Norte ¡eso era la selva!, no había ni un pedacito limpio, nada, era monte virgen… Y bueno, ‘n la jardinera, tapando las cosa, habían lleváo una lona, y de noche hacíamos un toldito y allí dormíamos, igual que los indios que estaban ahi cerquita, namás un par de leguas. Claro que todos estaban má o meno igual que nosotros ¿no?, todos llegaban así, sin casi nada, y se iban instalando despacito, amén que ‘nesos tiempos la gente se ayudaba, se prestaban cosas, así, se echaban una mano entre ellos, y se buscaban los que eran paisanos, ¡al menos pá tener alguien con quien hablar, que miércole!, porque estos gringo, la mayoría no hablaba la castilla. Claro que hablar la castilla tampoco te servía de mucho, porque ahi había de todos láos, igual tenías un ruso de un láo, un búlgaro del otro, un polaco más alla, y así, yo no sé cómo, pero lograban entenderse. Como será que ahi, ‘nel medio del monte chaqueño, mi Papá vá y se encuentra con su mejor amigo, su camarada de armas, ¡un tipo con ‘l que habían hecho la guerra de Africa juntos veinticinco años antes!. Fue ‘n los primeros días que estábamos allí, y viene este vecino, este español, Saavedra –un gallego comedido como él solo ‘l Angel Saavedra- y le dice a mi Papá: “- Che, gringo, vení, que aquí seis kilómetro hay un italiano, paisano tuyo, con él quizá puedan hablar”. La cuestión é que van, y cuando llegó allí ‘l finado Papá lo miró, ‘l otro estaba canoso, porque era bien blanco de canas este Ferrero (‘n cambio finado Papá no era tan canoso todavía), y se quedaron un rato, así, un rato como demasiado largo, mirándose ‘n los ojos, nadie entendía nada que estos dos paisanos se emocionaran tanto namás de verse, y ‘ntonce, despué de un rato se pudieron mover de nuevo, dieron un salto y se abrazaron. ¡Ay! ¡si lloraban como dos chico!, y despué de toda la emoción y las explicaciones, esa misma noche desarmamos ‘l toldito de lona y nos fuímos donde la casa de este Ferrero. Desde ahi –como solo quedaba a una legua del predio que ‘l fisco había dáo-, fueron poblando ‘l campo, tirando los quebrachos, cortando ‘l pasto y arando las primeras hectárea. Toda tierra vírgen era, y lo único que tenían pá empezar eran las cuatro mula y ‘l arado, viejo como él sólo era ese arado, que lo habían desarmáo y lo habían traído atado abajo de la jardinera; esas eran todas las herramienta y todo ‘l capital: las cuatro mula, ‘l arado de dos rejas, la jardinera, ‘l toldito y nada más ¡pero nada más!, así se colonizaba. Y se lo dice fácil, pero qué duro, qué duro era todo eso.

 

Al nono Giro, al final, le quedaron los dos hijos aquí ‘n la Argentina, a don Girolamo Magnassi: una era mi Mamá, y ‘l otro ‘l tío Federico, Federico Magnassi, que ‘l pobre murió ‘n Arteaga, de treinta y nueve años, de papera se murió, ¡cómo era ‘naquel tiempo!, fue ‘n octubre del ‘29, seis meses despué que mi Papá falleciera, ¡ay, qué año ese ‘29!. Pero ahi ‘n la provincia de Santa Fe quedaron los hijos del tío Federico, quedaron esos primos, y teníamos una relación bastante buena con esos primos, porque cuando mi Papá y nosotros intentamos volver ‘n Italia, ‘l dotor Venancio del Agua, que era ‘l dueño de la estancia “Santa Virgilia”, que ‘l Tío Viejo era mayordomo ahi, le dice a mi tío: “- Bueno, ya que te vas a ir, buscame a alguno que sea de tu confianza, para que te suplante.” Y al Tío Viejo se le ocurrió, le dice: “- Mirá, te dejo a Magnassi, que de mí no é nada, pero é ‘l cuñáo de mi hermano, buen tipo sí sé que é, ecétera, ecétera”, ‘nuna palabra: que fue ‘l Tío Viejo ‘l que los puso ahi, ‘nesa tremenda estancia, que tenía mucho campo y que trabajaba con varios colonos, y ahi se hicieron de plata esos primos, y ‘l padre de ellos se les murió ‘l mismo año que mi Papá. É que también, ‘naquellos años, no había con qué saber nada lo que le pasaba a la gente, porque si fuera hoy mi Papá tampoco se moría ¿no?, porque hasta ‘l día de hoy no sabemos de qué se murió: él estaba un poco debilitado por la guerra, pero no era tanto por eso, a él le agarró como un bronquitis, un asma, tenía asma al corazón, y bueno, comenzó a venir flaco, despué vino un médico al pueblo, un médico italiano, que era médico de allá, había hecho la guerra como dotor ‘nel frente, (que fue ‘l primero que ‘n la zona empezó a operar y a salvar gente del apéndice, porque cuando te agarraba un ataque, antes de que él estuviera, tenían que ir con un carro ochenta kilómetro, hasta Sáenz Peña, que era ´l médico más cerca que tenían, así que si te agarraba al apéndice estabas frito, pero desde que vino él no murió más ninguno, operaba diestra y siniestra), y como era italiano, paisano, se habían hecho amigos, venía todos los domingo ahi ‘n casa, lo venía siempre a ver a mi Papá, él sabía –como era ‘n contacto con otros médico-, y un día dice: “- Tal día viene ‘n Resistencia un profesor muy bueno de esto, un dotor que é profesor ‘n la escuela de medicina”, ‘ntonce fueron ellos a Resistencia y éste profesor lo vio y todo, pero… no mejoró.

 

Papá no sería de salud muy fuerte, pero también la cosa é que trabajaban mucho, porque eso sí: laburar, laburaban ¿he?; trabajando de noche sacando tronco, con la luna, nada más que los cuatro burritos… la cuestión é que al primer año se aró once hectárea de tierra, y les vino un maíz hermoso. Cuando llegaron ahi ‘nel Chaco, traían cincuenta peso, y ¡miércole, compañero!, ¡cincuenta peso!, eso era todo lo que les había quedáo; bueno, hicieron un potrerito pá los mulo, primero de todo hicieron ‘l pozo, cuando habían llegáo ‘nel agua, a la napa, vino una noche que llovió doscientos milímetro, se les enyenó de agua, ¡a la mierda ‘l pozo! ¡abajo todo!, tuvieron que ponerse cavar de nuevo. Y tenían seis chapas de cinc que les había prestáo ‘l amigo, hacharon unos quebracho y, así, les pusieron las chapas encima, hicieron ‘l ranchito, y esa fue nuestra casa ‘nun principio, ahi abajo estábamos entre siete, bueno, ‘n realidá más de siete, porque también estaba ‘l “Bayito” que –pobrecito- también él quería su lugar. Era un perro medio cruza de buldó, ¡pero era fabuloso!, como será que, estábamos cagáos de hambre ¿no?, y un puestero le quiso dar a finado Papá dos vacas lechera por ‘l perro, y ‘l Tío Viejo dice: “- ¡No…! ¡Ni loco le damos al ‘Bayito’!”, porque era un perro inteligente a más no poder, que se mataba las yarará y todas las vívoras, ¡má! ¡no dejaba ni uno solo! Ahi ‘nel ranchito dormíamos ‘nel suelo, pero ‘l Tío Viejo había limpiáo todo alrededor ‘l “pasto amargo” que había de un metro y medio de alto, y ‘l “Bayito”, de noche, no se dormía: cuidaba ahi todo, y así logramos sobrevivir. Una noche se vino un puma, y ‘l “Bayito” lo corrió, ‘l puma lo hizo frente, pero éste se le paraba. Se levantó finado tío –que tenía una pistola automática- pero era oscuro, linterna no había, y no veía un carajo, perro vé de noche, pero… ‘ntonce tiró tres tiro así, al aire, para no pegarle al “Bayito”, y ‘l puma salió rajando; ‘l puma no enfrenta a la gente si no está herido.

 

Ahi había de todo ‘nesos tiempos: pumas, y hasta tigres, ¡si era completamente selva!, estaban los indios, también allí, ‘n la zona de La Leona estaban, pasaban todos los días cerca nuestro, pero los indio eran mansos. Los indio estuvieron hasta ‘l año ‘22, o hasta ‘l ‘24 creo, que recién se fueron de allí, pero eran mansos, no te hacían nada, y ‘l cacique hablaba un poco la castilla, ‘l Tío Viejo siempre hablaba con él cuando pasaban cerca del ranchito; ellos hacían su vida, no se metían con los blanco, cazaban su mulita, ‘l tatú mulita –que ‘nesos tiempos era plaga: ¡había por cientos!-, esas cosas, sembraban un poco de zapallo; yo digo que no deberían haberlos llevado ‘n la redución, porque no eran ningún peligro pá nadie, no te hacían nada, ‘nuna palabra. Ahi ‘n La Leona estaba esta tribu, que no eran muchos, habrán sido como doscientos, dosciento cincuenta a lo sumo, más no había, y despué se fueron hacia Charata, allí donde estuvieron hasta hace algunos año atrás, ‘n la redución, que ‘l gobierno los puso allí, si queda alguno deben de estar ahi todavía. Cuando hicimos un año las elecciones –que yo ya estaba viviendo ‘n Charata con mi familia-, ‘n la redución esa había setecientos cincuenta indio varones, (había más ‘n realidá, pero esos eran los que estaban censados, los que tenían la libreta de enrolamiento, que podían votar), y nosotros los radicales les dimos cinco mil peso, pá que nos votaran, cinco mil peso cada uno, y los otros, estos desgraciáos de Frondizi, les dieron diez mil a cada uno; nosotros los fuímos buscar a la redución con los camiones, les dimos tres novillos pá que carnearan y comieran… y despué, ‘nel recuento, nos empezamos dar cuenta, porque casi todos eran “Pérez”, “Gómez”, así, porque cuando les dieron la libreta de enrolamiento, les dieron la preferencia de que eligieran ‘l apellido que querían (porque los indio, claro, no tenían apellido), pero ellos eligieron así, todos fácil, como “Pérez”, “García”, “Sosa”, así, y ahi ‘n la colonia, con los apellidos difíciles que había, que eran todos checoslovaco, ucranianos, búlgaros, italiano, todos europeos, nosotros nos comenzamos dar cuenta por los padrones: pocos votos. Y los de la UCRI de Frondizi tenían muchísimos y seguían acumulando, ¡hijos de puta, nos dimos cuenta!, ¡qué! de vuelta no los llevamos nada a la redución ¡qué mierda!, se quedaron ahi, los tuvieron que llevar los otros, ‘anque de comer sí les dimos, porque como comieron a las doce, todavía no sabíamos los resultados, pero de vuelta no, que se vayan de a pie ¡qué carajo!, por estafarnos. Y era lejos la redución, había como treinta kilómetro, casi treinta y cinco, é cerca de la India Muerta, y está todavía ahi, porque ‘l gobierno les dio setecientas hectárea ahi, para ellos; pero, ya cuando estábamos nosotros ‘n Charata, ya había muchos que se venían pá’l pueblo, y también los muchachos, como aprendían leer y escribir, se iban ‘n Buenos Aires, se agarraban ‘l tren y se iban ‘n la ciudá, allí trabajaban de cualquier cosa, se metían ‘nesas villas que hay montones alrededor de la ciudá, y ya no volvían más, seguro que estaban allá peor que ahi ‘nel campo, seguro, pero ‘n la redución fueron quedando todos los viejo namás.

 

Y nosotros estuvimos ‘nel campo, ahi ‘n Las Breñas, hasta ‘l año 1932. Cuando nosotros llegamos a la zona todos esos terreno eran fiscos; ‘nel año ‘24 vino ‘l ingeniero Venturini y midieron, midieron todo ‘l Chaco (esa zona del sur ‘n realidá, porque ya Saenz Peña habían medido un año antes); ‘ntonce midieron y hicieron ‘l pueblo, hasta ese momento ‘nel pueblo, cada uno tenía la casa donde quería namás, despué midieron. Todavía ‘l Chaco no era provincia, namás era territorio nacional, provincia se hizo recién ‘n tiempos de Perón; cuando nosotros pasamos del campo al pueblo, ‘n Las Breñas ya había algunas familias, había luz eléctrica… Pasamos al pueblo ‘l 8 de junio de 1932, ‘n la chacra quedó un muchacho, un matrimonio que quedaron de medieros, o sea ellos trabajaban y íbamos a media ‘n las ganancia. Nosotros vinimos ‘nel pueblo a poner la carnicería, pué, vinimos todos juntos, (salvo mi Papá, que ya había fallecido), bueno, mi hermana mayor, Giuditta, se había casado ya, ya hacía un mes que vivía ‘nel pueblo, se habían ido vivir con mi cuñáo Alfreddo ahi ‘n la esquina, justo ‘n frente de la esquina donde nosotros pusimos la carnicería. Ya Alfreddo tenía un negocio allí de soltero, y vivía ahi, ‘n dos pieza, ¡y justo antes de casarse por esas dos pieza estuvo preso ocho días!. Resulta que él había construído dos piecita ¿no?, y había alquiláo una a un tal Fappiano, y ‘ntonce, cuando quiso casarse, quería que’l inquilino se vaya, pero Fappiano no se quería ir… ¡má! este gringo, que era fuerte como él solo, agarró la cama y los pocos muebles del inquilino y se lo tiró todo ‘n la calle, ¡y ahi fue que lo metieron ‘n cana!; y claro, faltaban veinte días para casarse, ‘ntonce nos vienen avisar ‘n la chacra que Alfreddo estaba preso, que vayen uno para cuidarle ‘l negocio, y fue mi hermano Remigio (no abría, pero al menos dormía allí). Y ‘l Tío Viejo, que claro, ya era un “personaje” también allí,  fue a ver al comisario, y ‘l comisario le dice: “- Y… pero é una cosa grave don Gandolfo, ¿cómo le vá a tirar ‘l catre así?”, ‘l milico se hacía ‘l serio namás porque quería una coima, que estos son todos iguales, igual antes que ahora ¿no?, pero como al final eran amigos entre ‘l tío y ‘l comisario, le tiró algunos peso y Alfreddo salió. Claro: lo que ellos no querían era que lo pasaran a la penitenciaría de Sáenz Peña, porque allí ya iba a ser más jodido, al final lo dejaron suelto y se casaron con Giuditta.

 

Yo justo cumplía diecisiete años cuando nos fuímos ‘nel pueblo, yo y mi hermano, porque cumplíamos juntos ‘l mismo día: yo diecisiete y él veintitrés; mi hermana Margherita tenía diecinueve años. Remigio ya andaba de novio con una chica que despué se murió, pobrecita, amás tuvo otras novias, anduvo con la hija de Bravo, también con nuestra prima, la Gugliermina, ya ahi se habían comprometido, con la Gugliermina Magnassi, pero al final la cosa no anduvo. Nosotros habíamos ido haciendo la casa mientras estábamos ‘nel campo, la construyó Doménico, ‘l tano Doménico, habíamos hecho las dos pieza y la carnicería, la cocina, una galería grande; porque teníamos dos solares, uno pegado al otro. Ahi la tierra era del gobierno, que te la entregaba y despué, cuando vos pagabas, te daba ‘l título; ‘ntonce la Mamá había solicitado uno y ‘l Tío Viejo ‘l otro ¿no?, te daban diez años pá pagar la tierra, pero para que te déan ‘l título tenías que tener: una pieza, una cocina y un baño (un escusado ‘n realidá, que ‘nese tiempo nadie tenía baño instaláo), y ‘l pozo –o un aljibe-, sin las mejoras no te daban ‘l título de propiedá.

 

Y la carnicería, al principio, la manteníamos con nuestros propios animale, que habíamos llegáo a tener ciento veinte animal vacuno, y también comprábamos. Le comprábamos, por’jemplo, a don Palavecino, una vez le compramos doscientos novillo a diez peso cada uno, novillos de doscientos veinte kilos de carne, (pesaban casi doscientos noventa kilo vivos); a don Ruiz, que estaba cerca de Hermoso Campo, le compramos una vez doscientas vacas, y así, despué le comprábamos a la gente de ahi, de los alrededor. ¡Carneábamos mucho!, ‘n tiempos de cosecha carneábamos hasta cinco animal por día, ni siquiera hoy un carnicero ‘nel pueblo ha de carnear cinco animal por día. Lo que pasa é que nosotros lo repartíamos ‘nel campo; hicimos así: primero y segundo año faenábamos ‘n la misma chacra, traíamos ‘l animal al pueblo y allí lo serruchábamos, con sierras de mano ¿he?, no había todavía de las otras, eléctricas, de esas sierras sinfín que vinieron despué, las costillas las sacábamos gruesas así, las costeletas tenían como un kilo cada una, ¡qué mierda! ¡lo que costaba serruchar una vaca a mano! ‘L primer año lo teníamos a Amata, un santiagueño, despué, tres años seguidos, a Torquiaggione, un napolitano grandote, las espaldas como un ropero de endevera tenía, un urso más fuerte que la mierda, y Toquiaggione ya había trabajáo antes un tiempo ‘nuna carnicería, así que la cosa iba más rápido; cuando llegó ‘n casa era un muchachito, tenía diecisiete años ¡y se ponía esas media reses de como cien kilo como si nada ‘n la espalda!, y, amigo: había que caminar casi una cuadra desde donde carneábamos al galpón… Nos levantábamos a la una de la mañana: mientras uno lo descuartizaba al animal, ‘l otro lo iba serruchando, mi hermano Remigio pesaba los trozos, y yo iba enganchando la carne, y la cargábamos ‘n la camioneta Ford T que teníamos: le poníamos quinientos kilo de carne, tenía dos bolsas ‘n los guardabarros delantero, pá que no se levantara tanto (‘anque tenía atrás la rueda de Chevrolet ya, que eran más grande las cubierta). Yo ponía la carne toda bien apiladita ‘nel Ford T, y a las cuatro y media, a las cinco más tardar, ya salíamos a repartir. Realmente laburábamos como bestia, porque volvíamos del reparto –cuando no llovía- entre las diez y media, las once de la mañana casi, ya a esa hora estábamos de vuelta, comíamos mientras que anotábamos todas las cuentas de la carne: ‘l Tío Viejo anotaba mientras yo le dictaba, porque yo llevaba todas las cuentas del día ‘n la memoria. Yo siempre tuve, así, muy buena memoria, hasta hoy no se me ha ido, puedo decir cuantos kilo compraba cada uno, bueno, má o meno. Despué, los otros changos acomodaban los cuchillos, afilaban algo, ya dejaban todo listo para carnear, hacíamo un poco de siesta, y a las cuatro de la tarde ya salíamos pá’l campo, a carnear. Cuando llegábamos allá, había que agarrar los animale, traerlos con los caballos, matarlos, cuerearlos (se los cuereaba ‘nel suelo namás, no se los colgaba), cortarlos ‘n la mitad, y cargarlos a la camionetita, así que volvíamos ‘nel pueblo que ya era de noche, a las nueve o las diez de la noche, y cenábamos algo, nos acostábamos un rato, y a la una de la mañana de nuevo ‘n pie.

 

Trabajábamos como bestias, sí, pero hemos hecho plata. También porque ‘naquel tiempo, nada se desaprovechaba de la carnicería: a los cueros, por’jemplo, los salábamos, teníamos la pileta ahi, ‘nel fondo del solar, ahora ya seguro que así no se usa, pero nosotros poníamo los cuero estiráos ‘n la pileta, era una pileta cuadrada, entraban justo cuatro cuero de vaca, bien estiráos, uno al láo del otro, por cada capa, ¡era una pileta grande!, y le poníamo media bolsa de sal sobre cada cuero; unos tres metro de profundidá tenía esa pileta, estaba un poco enterrada ‘nel suelo, y era alta casi como ‘l techo de una casa, y cuando se juntaban ahi doscientos ó trescientos cuero, los vendíamos a Resistencia. Y así con todo: los hueso, las guampa, ‘l triperío, todo. Y dormir, ‘n realidá dormíamos muy poco, ¡y eso si no nos agarraba la lluvia!, porque nosotros, llueva a o no llueva, no fallábamos: le poníamo cadenas al forcito y tá-tá-tá…, ‘l forcito andaba bien, no nos dejaba así namás, y si se empantanábamos, teníamos ‘l hacha, machete, palanca larga… así que llegar llegábamo siempre. ¡Hacíamo una vuelta impresionante con ese Ford T!: salíamo un día como quien vá a Villa Angela –ya estaba ‘l camino niveláo ‘naquella epoca-, y al día siguiente hacíamo la vuelta al revés, entrábamos por ‘l otro láo, ‘l primer cliente que agarrábamos era este donde estaba Castelli, de allí entrábamo ‘n la escuela de Dorila, despué, bueno, despué no podíamo seguir por allí, porque ahi estaba Cantón, estaba la gran estancia de Cantón, y que él no dejaba entrar nadie todavía, que estaban los “cantoneros”, que si alguien entraba ‘n la estancia ¡les metían un tiro ‘n la cabeza! (despué vino ‘l ejército, y la gente ya pudo entrar). Entonce despué estaban los Kotulevitch, los Fosternack, Metrojovich, los Kalika; y agarrábamos la vuelta, y ahi estaba Juan Iacoff, entrábamos ‘n los Luzzi, a Nicola Olivello, Natalio Longo, Domingo Longo, y ya estábamos ‘n la curva del camino, la que llaman la Curva de Novoa. Ahi teníamos de clientes a todos estos ucranianos, estaban los Maluk, Alejandro Pikaluk, ‘l Juan Semeniuk, y despué nos metíamos derecho, más adelante, pá’l láo de los Rampinni, al Marcelo Churlis, don Pedro Rehak, todos los Bestanca, ¡que eran como una docena!, y Daniel Pugliessi, que nos quedaba ‘n la punta del camino; ‘ntonce ya era media mañana y pegábamos la vuelta: veníamos visitando a los gallegos, esa zona, españoles todos eran, estaban primero los González, los Figueroa, todos los García, era una colonia grande esa, se agrupaban entre ellos, pero ahi también habían unos búlgaros. Y ya de allí veníamos bajando, agarrando a Simón Pikaluk, Luchessi, Gastaldi (¡éste desgraciáo nos quedó debiendo como cuarenta kilos de carne!), Cossio, Lavefatto que tenía lo que le llaman ‘l “Campo General”, porque ‘l general Jones era muy amigo de la familia Cantón, ‘n Buenos Aires, ‘ntonce cuando Cantón puso la gran estancia allí, le dijo al general Jones que se viniera también, que había mucho campo del bueno. Y se vino namás este general, buen hombre era, de esos generales buenos de antes, que hicieron ‘l país ¿no?, y puso allí la estancia, tres o cuatro leguas eran al principio, pero despué empezaron venir los colonos, y le decían: “- ¡Pucha, mi general! ¿no me dejaría poner una chacrita aquí…?”, y como ‘l Jones este era de los bueno, los dejaba, primero a uno, despué a otro gringo que le venía pedir, despué a un amigo de ese, y cuando se dio cuenta, de las diez mil hectárea que había acaparáo, le quedaban namás ciento cincuenta, ‘ntonce vendió la hacienda y se volvió ‘n Buenos Aires. Por eso le llamaban ‘l “Campo General” a esa zona, y Lavefatto estaba ahi, había también todos los García, que eran una montonera. Y bueno, cuando terminábamos con todas estas chacras de los gallegos nos veníamos ‘n casa.

  

Era muy gracioso esto, porque pasar de una zona a la otra, a no más una legua de distancia quizá, y cambiaba ‘l idioma, pasabas del ruso al alemán, del italiano al búlgaro, porque los colono trataban de vivir medio juntos ¿no?, así, medio por colectividá, porque tenían má o meno las mismas costumbre, por’jemplo, la mayoría de los viejos no hablaban la castilla, ‘ntonce al estar todos ‘n la misma zona, podían hablar entre ellos la lengua, ‘l dialeto de la tierra de donde eran. A’más, cuando uno se establecía un poco, ya llamaba a un pariente, a un compadre, a un amigo, y así é que iban poblando por zonas, nosotros teníamos ‘l ochenta por cien de nuestros clientes que eran polacos, ucranianos o rusos, ¡esos se mezclaban un poco todos!, ‘nese tiempo que ellos llegaban ahi ‘nel Chaco, allá ‘n Europa había unos líos tremendos y las fronteras se cambiaban todos los días, pero uno rápido se da cuenta por los nombres: Pasternak, Solchenko, Kotulevitch, Metrojovich, Churlis, Kalika, Bestanca, Kolesnik, Rehak, Semeniuk, Picaluk, Maluk…

 

Pué, la cuestión é que ‘n total hacíamo como unos setenta kilómetro todos los días, esa era nuestra vuelta. Y ‘l forcito iba a veinticinco kilómetro por hora si la ruta estaba ‘n condiciones. Y no podíamos faltar: teníamo que ir hasta tan lejos porque llevábamos carne pá los peones, ‘n tiempos de cosecha, era una enorme cantidá de peones que se juntaban, y como no había heladera, teníamos que ir día por medio, por eso un día salíamos pá un láo, y al día siguiente pá’l otro. Y por este otro láo estaban los alemane: Himpel, Sigel, Smit, Hildembrandt, Lukas Sauer; despué agarrábamos ‘l Campo Redonda que le llamaban, ya ahi entrábamos ‘n la chacra del otro Sauer, Koster, y ‘n la vuelta estaba Alegre, los Checura, despué entrábamos donde la casa de Albarrán, al láo entrábamos ‘n Albarrán chico, que era ‘l otro hermano. Y Mariscal (al Mariscal este al final lo dejamos, porque andaba mal con Albarrán chico: una mañana apareció con una escopeta, apuntándonos, y nos dice: “- Si le seguí llevando carne pá Albarrán chico, ¡te largo dos tiro!”, tenía una escopeta del .16, de dos caño, ¡qué mierda! le aseguramos que no le llevábamo más nada, ¡qué íbamos saber que estos dos gallegos andaban tan a las patada!, pero ‘n vez lo dejamos a él, al Mariscal). Estos gallegos eran así, medio testarudos ¿no?, medio porfiados, y como uno andaba mal con ‘l otro, no quería que le lleváramos carne, y ¡la madonna!, no decía de mentira, no, era capaz de tirar endevera, ‘anque yo, ‘nel forcito siempre llevaba revólver, un .38 largo –no tanto porque ‘l camino fuese peligroso, sino porque era la costumbre, todo ‘l mundo llevaba revólver ‘nesa epoca-, así que yo siempre agarraba la caja de cincuenta bala y ‘l revólver (¡si valía tres peso la caja de bala!), por ahi si algún día habíamos hecho la vuelta rápido, parábamos cerca de un quebracho lindo y ¡tám! ¡tám! ¡tám!, pegábamos unos tiros. Era lindo ese .38 largo, y yo lo tiré, la puta que lo parió… cuando ‘l asunto de mi hijo, cuando ‘l asunto del Angel lo tiré ‘nun río. Ahora sólo tengo un .32 largo del Smith & Wesson, que saqué hace poco, todos estos años lo tuve enterráo ‘nel jardín, ahi, al pie del limonero de atrás, cuando ‘l asunto del Angelito lo envolví bien ‘nunas bolsa de naylon y lo metí ahi, hice un pozo hondo y lo enterré, y hace poco, de casualidá casi, me acordé y fui buscarlo, lo limpié bien pero quién sabe si sirve, un poco de humedá le entró, claro, ¡si estuvo ahi casi veinte años!. Pero ‘l que era lindo endevera era ‘l Colt que tenía mi cuñáo Alfreddo, un .44 de los grandes, que había sido de Sebastiano Rodríguez, un correntino de por ahi, que les compraba ‘nel negocio de Alfreddo y de mi hermana Giuditta, y les debía una ponchada de peso ¿no?, y como no tenía para pagar, le dice a Alfreddo: “- Mirá, chamigo, te vendo mi revólver, ¡lindo caño!, a cuenta de lo que te debo”, y como Alfreddo no tenía arma, le aceptó ‘l trato. Era muy buen revólver, ¡la puta si era bueno!: los correntinos, ‘nesa epoca, casi todos usaban .44, porque ‘l .44 donde te pega ‘nel cuerpo (salvo que te pegue ‘nun brazo, por’jemplo) no vivís, porque donde te pega ‘nel cuerpo te hace un agujero así de grande, é que la bala é mocha, por eso ‘l plomo se abre, y como tiene una potencia bárbara ¡no queda ninguno ‘n pie!, por más fuerte que sea lo tira al suelo, ‘l .44 é más fuerte, mucho más poderoso que una escopeta, ¡é la misma bala del Winchester, pué!

 

Y esa era la vuelta que hacíamos, repartiendo carne, y mientras nosotros andábamos ‘nel campo, mi hermano Remigio atendía, vendía carne ‘nel pueblo, vendía todos los días ciento cincuenta, doscientos kilo de carne; estaba también ‘l Tío Viejo con él, junto a Remigio, pero ellos dos venían cuando íbamos ‘nel campo a buscar los animale, (como seguíamos teniendo la chacra –que eran doscientas hectárea- metíamos muchos animale) y, ‘n tiempos de cosecha, si hacían falta más, teníamos siempre algún baquiano, como por’jemplo teníamos al viejo Saravia, un santiagueño que llegó a vivir un siglo, se murió hace poco, ‘l viejo era nuestro arriero cuando nos faltaban animale por la cosecha. ¡Toda una leyenda ‘l viejo Saravia!, no era precisamente un matón, ‘anque algunas historias yo oí que anduvieron circulando, sino que era un tipo que se hacía respetar: a la pulicía, cuando le decían “Saravia anda ‘n pedo por allí”, los canas salían por acá, pá’l láo contrario, porque ‘l tipo era capaz ¿no?, era un gaucho fiel, eso sí. Con él fuímos a buscar, a cinco leguas, unos doscientos novillo, fuimos Saravia y otro –un tal Acuña, otro santiagueño-, y yo, ¡madonna santa!: ‘n los tres días que tardamos ‘n traer los novillo, ¡este Saravia no se durmió ni una sola noche!, era un excelente baquiano pá la hacienda, él se dedicaba a eso namás, y se quedaba despierto porque ‘l novillo, de noche, si se despierta se vá de vuelta, ‘ntonce él los cuidaba, porque por más oscuro que estéa, ‘anque no haya nada de luz artificial, llegás a ver de noche; ahora aquí ‘n la ciudá ya no, porque uno está acostumbráo, pero allá ‘nel monte, si te acostumbrás al oscuro-oscuro, ves más: si yo iba a las tres de la mañana a buscar los animale, a buscar al boyero, y no había luz, iba igual si no había luna o si estaba nubláo, y no te ibas a tropezar contra ‘l alambráo, seguro.

 

 

 

 

 

 

Giuseppe (capítulo I)

giuseppe - diseño de tapa de adrián manavella

giuseppe - diseño de tapa de adrián manavella

GIUSEPPE

CAPÍTULO I  –  LOS GANDOLFO

 

 

A un lado del Atlántico, y al otro

 

 

 

 

Mis hermanos iban a la escuela y yo comencé ir ‘nese jardín de infantes que las monja tenían ‘n la ciudá de Casale d’Monferrato, ‘n la Alta Italia, tenía cuatro años y hacía frío. Yo no conocía la nieve, ‘n la Argentina nunca habíamos tenido nieve, recién allí, cuando llegamos, conocí la nieve. La nieve era como la contaba ‘l Tío Viejo, a la noche, cuando se quejaba de que ‘nel Chaco nos asábamos con cuarenta grados a la sombra. Ahora, ‘n vez de aquel calor, había metros de nieve. ‘N la plaza había los castaños “de Indias”, que son los castaños salvajes (les llamaban “de Indias” porque hacían las castaña iguales a las otras, pero no servían pá comer, eran amargas) y que é una planta enorme, con unas hoja así de grandes y que dá los fruto ‘nel invierno. Yo era travieso, así, atorrante, y una vez, queriendo bajarlas, tiré ‘l canastito con la merienda que llevaba al jardín, al jardín de infantes, y se me quedó engancháo ‘nel árbol. Cuando llegué ‘n casa les dije que se me había caído ‘n las cloacas (era imposible que pasara por allí, las rejas, ‘n la alcantarilla había las rejas, pero eran muy pequeñas), ‘ntonce ‘l abuelito, que vivía con nosotros –era ya mayor, muy viejito, ya estaba solo-, me llevó a la plaza a ver dónde había quedáo ‘l canasto, y cuando llegamos lo vió ahi, colgáo del árbol… todo esto que te cuento entre una nieve de ochenta centímetro de altura, ‘n la nieve hacían los caminos la municipalidad con palas, pá que la gente pudiera transitar, y ‘l nono Giro tiró una piedra, y me bajó ‘l canastito. Creo que esto é lo primero, lo primero que recuerdo, así, de antes, esa nieve, esa nieve y ‘l canastito del jardín ‘nel castaño.

 

Ese año de 1920, cuando yo tenía cuatro años, ese otoño habíamos salido de nuestra casa de Arteaga, ‘n la provincia de Santa Fe, toda la familia rumbo a Buenos Aires, al puerto, con todo lo que teníamos. Nos íbamos para no volver, ‘n realidá para ellos, para Papá, para Mamá, para ‘l Tío Viejo, estábamos volviendo, volviendo a Europa, volviendo a casa realmente. Los años ‘n la América pá ellos habían sido transitorios, siempre habían pensado que eran transitorios, que una vez que hubieran ahorráo volverían, y aquel otoño, cuando yo tenía cuatro años, salimos hacia ‘l puerto de Buenos Aires para volver. ‘L día 2 de abril del año ‘20, una mañana que soplaba la sudestada, ‘l viento del Sur que hace crecer al Río de la Plata, porque no deja que ‘l agua se vuelque, que salga ‘nel mar Atlántico, y con un garrotillo muy frío, nos embarcamos ‘nel puerto de Buenos Aires al vapor “Indiana”, rumbo a Génova. Un mes entero estuvimos ‘nel mar Atlántico: llegamos allá, a la Italia, ‘l 1 de mayo de 1920, y por ser ‘l día del trabajo ¡no había transporte!, tuvimos que quedar un día y medio ‘n Genova. Porque ‘nese ‘ntonce ya se festejaba ‘l día del trabajo ‘n Italia, é que estaban los socialistas, ‘l partido socialista, mandaban ellos; por eso é que despué vino ‘l fascismo, porque los socialistas querían mandar a los ingeniero ‘n los altos horno y quedarse ellos ‘nel escritorio, y ahi se vino la podrida. Y bueno, era ‘l día del trabajo, y por eso no había, ni siquiera… ¡má! nada, nada de nada, de Génova a Terranova –que nosotros íbamos a Terranova- quedaba cerquita, apenas una hora de tren, y mi tío Arnaldo, ‘l hermano de mi Papá, vino a buscarme, vino esperarnos al puerto, él era maquinista de tren, y cuando llegamos enseguida dijo: “- Miren, que no hay con qué ir…” ‘naquel tiempo, ‘n los años ‘20, no ibas a agarrar un taxi, porque no había taxis, y tuvimos que quedarnos namás ‘n Génova. Despué nos trasladamos a Terranova, ‘n la provincia de Alessandria, allí compraron mis padres esa casa ‘n la ciudá de Casale d’Monferrato, donde ocupaban la planta alta como vivienda, y ‘n la planta baja pusieron un salón restaurante y bailable. Al negocio lo atendían ellos, Pietro y Margherita, mis padres, y mi tío, ‘l Tío Viejo que le decíamos; y para la parte bailable utilizaban un órgano a cuerda y que funcionaba con moneda. Eso del órgano para mí era graciosísimo, era un bataclán grande como un ropero al que había que darle manija, y pá darle manija tenía que ser uno bien fuerte, tenía una cuerda durísima, con una vuelta –o sea, con una carga de manija, ¿no?- te tocaba cinco o seis pieza, por eso elegían siempre al más fuerte, porque no cualquiera iba a poder con la manija esa. Y era como una moviola, tenía varias piezas adentro, por’jemplo vals, polka, así… y tenía unos botone, movías esos botone y ‘ntonce tocaba esas pieza, debía tener varios tambores con distintas piezas adentro. ‘Anque no eran muchas que digamos: ‘naquel tiempo ‘n Italia lo más que se bailaba era ‘l vals, la polka y… (‘l pasodoble creo que ‘naquel tiempo no andaba), eran esos y la mazurca, y no sé qué varios más. Si no ponían veinte centavos, la máquina no andaba ¡y esa era toda la ganancia!, porque no pagaban entrada ni nada, todo ‘l baile era poner las moneda pá que funcionara la moviola esa, ‘ntonce los chango (las chicas no ponían nada), los varones eran los que invitaban, y ese era ‘l negocio. Además, despué compraron un cine-teatro ‘n la ciudá de Varsella, a sesenta kilómetro de Casale d’Monferrato, pero justamente fue ‘l cambio de política del socialismo al fascismo, y los fascistas metieron ‘l estado del sitio, y se perdió todo aquello.

 

É que cuando ellos vendieron aquí, lo que tenían ‘n la Argentina pá volverse ‘n la Europa, cambiaron todo su capital, todo ‘n plata, y se llevaron tres millón de liras de aquel momento. Ellos escribieron a Italia, a este hermano, al tío Arnaldo, ‘l maquinista de tren, y ellos calculaban ya la plata que llevaban, y ‘l hermano les contestó, les puso ‘nuna carta diciéndoles: “- Ustedes aquí, con tres millón de liras, compran campo…” Pero mientras que ‘l “Indiana” iba, que iba despacio, despacio, porque había todavía las mina ‘nel mar, para la guerra del ‘14 los alemane habían puesto minas, ‘ntonce los barco iban despacio, que tenían que ir viendo de no pisar una, las mina, ¡que si las tocaban volábamos todos!, por eso iban tan despacio y tardamos un mes entero ‘n llegar a Italia, un mes justo; y ‘ntonce, cuando llegaron ya no había forma de comprar campo, nadie vendía, porque ya se venía la inflación, ya se sabía que iba a cambiar gobierno, que ese andaba mal, y ya no pudieron comprar tierra. Ellos querían invertir, porque si no iban a quedar con chalitas namás, y ellos habían sido campesinos, la tierra era… para ellos volver ‘n la Europa era eso, era tener tierra de ellos, lo que no habían tenido nunca, que ‘n definitiva por eso se habían ido, por no tener tierra, porque era de otros. Pero no hubo caso, no pudieron, y por eso compraron ‘l cine.

  

Ellos, ni ‘l Papá ni ‘l Tio Viejo, nunca iban a pensar que iba haber un caso así, ‘l cine ellos lo compraron baratísimo, era un cine-teatro, además de cine daban obras de teatro, tenía tres porteros y… y otra gente más, ‘n total eran veintiún empleáo que trabajaban allí dentro; Varsella era una ciudá más grande que Casale d’Monferrato. Con ese cine, si ellos se hubiesen quedáo dos año más allá ‘n Italia, ¡se hacen una fortuna!, porque unos años despué la cosa cambió. Pero no quisieron, con ‘l fascismo no quisieron saber nada, y ‘ntonce dejaron todo y volvieron empezar, a empezar de nuevo, otra vez, ‘n la Argentina. Supongamos que al cine tuvieran que venderlo, porque no había forma de pagar todos esos empleáo que tenían, pero la casa donde vivíamos, ¡ah…! no solamente era una casa hermosa, de dos plantas, además… despué, unos años despué de la guerra, cuando fueron visitar la Italia mi hermana y mi cuñáo, decían que era una hermosura, estaba ‘nuna gran avenida, con un frente de mármol, y tenía un fondo amplísimo, con una quinta ‘nel fondo, con plantas frutale, ¡tenía de todo, ‘nuna palabra!. Mi hermana Giuditta –ellos fueron de vacaciones con Alfreddo ‘nel año ‘49- dice que estaba sobre la avenida de entrada, sobre ‘l Stalon, y al láo había un cuartel grandísimo, una belleza, una belleza. Ahi, ‘nese cuartel que era vecino, cuando yo era changuito, una vez entré con otros chango, otros má o meno de mi misma edá ¿no?, había un agujerito ‘n la pared y nos metimos adentro a buscar las bolita de la metralla, que eran bolitas de acero, y ¡mierda!, nos cagamos: ‘l milico nos vio y ¡que! ¡casi nos agarran!, ‘l agujerito era namás así de chiquito, y nosotros tendríamos cinco, qué se yo, seis año, también había otros más grandes: “- Vamos buscar, que adentro hay pilas de bolitas…” Ellos sabían que estaban esas, las de metralla, que antes las ponían sueltas, no sé cómo mierda las ponían, pá la guerra del ‘14, no sé cómo las usaban pero ¡lindas las bolita, che!, así que fuímos: uno hacía de campana, y ‘neso de que estábamos llenando los bolsillo con las bolita, ‘l campana dice por ahi: “- ¡Muchachos! ¡Rajemo! ¡que viene ‘l milico pá’quí!”, ¡ah, mierda! ¡por ese agujerito salimos todos como tiro! ¡ni las patita se nos veían!. Yo todavía no tenía cinco años, pero como era ‘n mayo, era la primavera, cerca del verano, no había jardín de infantes ‘nesa época del año. Yo ‘n realidá comencé ir de cinco años, porque allá ‘l frío comienza ‘n setiembre, y resulta que la superiora de ese jardín de monjas, de joven había sido amiga de Mamá, ‘ntonce cuando fueron ellos allí, ‘n Terranova, Mamá enseguida preguntó: “- Y fulana (la superiora esa) ¿dónde está?”, y ahi le dijeron que se había metido de monja, y que estaba muy bien, que se había metido como superiora, ‘nel jardín de Casale d’Monferrato. Había sido un jardín grandísimo, nos daban de comer a las doce, pero había ¡qué se yo! mil quinientos chico, por lo meno, ¡era un edificio!. Casale era una ciudá antigua, grande, hay la plaza, que allí había un caballo de bronce, que ‘n tiempos de la guerra estos desgraciáos lo han, que debía pesar no sé las toneladas, era ‘l rey primero, Carlo Alberto primero, de a caballo ¿no?, quién sabe las tonelada de bronce que tenía, ¡y lo fundieron pá hacer armas pá la guerra!, ¡y lo que valía eso!, antes ‘l bronce era barato, pero unos año despué… Y yo cruzaba esa plaza justo por ahi, que quedaba de casa, habrán sido má o meno cinco cuadras, y al frente estaba ‘l jardín, grandísimo, que no sólo era para chicos, también daban primaria –pero nada más para varones-. Yo me iba a la mañana bien tempranito, a las ocho y media, de día ya era, y tenía una mantita, era una manta como usaban los soldáo, bien abrigado, me tapaba todo. Y claro, la nieve, cuando recién cae, no hace tanto frío, é cuando se hace hielo, despué, ahi sí, ‘ntonce la municipalidá hacía un caminito, ancho como de un metro, a pala, y ‘nel Stalon, ‘n la calle grande pasaban ‘l “diablo” que le llamaban, que era un coso así, que lo tiraban de a caballo (pero los caballo tiraban de atrás, lo manejaban como una máquina espigadora), y que tiraba la nieve de un láo y del otro, los caballos iban empujando porque encima del hielo no hubieran podido, se hundían; así é la nieve, a los techos había que barrerlos rápido rápido despué de una nevada, porque si no se hundían, para que no haga tanta carga había que barrerlo. A vece, despué de una nevada sabía llover, y si le llueve a la nieve ‘ncima, se hace un solo bloque de hielo y ¡púm!, te hunde ‘l techo. Y mis hermanos, por ‘l mismo tiempo, comenzaron ir ‘n la escuela, Margherita iba a una, y Giuditta y Remigio a otra, íbamos los cuatro ‘n lugares diferentes, porque Margherita recién empezaba ‘l primer grado, pero los otros ya iban más adelantáos, porque habían empezáo la escuela ya ‘n la Argentina, ‘anque ellos tuvieron un poco de problemas para seguir allá, por ‘l italiano, por ‘l idioma, que é diferente, porque tiene cinco letras diferente, allá no hay la “y” griega, ni la hache ni la jota. Y ni siquiera deben haber tenido tiempo pá adaptarse del todo, porque toda esta historia no duró namás que un año y medio, porque llegamos ‘l 1 de mayo del año ‘20, y salimos ‘l 5 de setiembre del ‘21, así que ni año y medio. Por eso yo ni alcancé empezar la escuela, ‘l jardín namás, por la diferencia, porque ‘nel medio estaban las estacione, la primavera y ‘l verano ¿no?, y como Casale é al láo de Francia, ‘nel Piamonte (‘n cambio ‘n la Calabria, que é al Sur, casi no cae nieve), pero ‘nel Piamonte, allí donde estábamos nosotros, caía muchísima nieve, ¡la madonna! ¡dicen que hacía mucho que no caía una nevada como la de ese año que estuvimos nosotros!, pero igual: cincuenta, sesenta, setenta centímetro de nieve había casi siempre, pero ese año, no me acuerdo qué mes, hubo más de un metro que llegó, ¡si tuve como ocho días que no fui ‘nel jardín!

  

   Y cuando estábamos instalándonos, por fin, despué de tanta peripecia, vino ‘l fascismo. Que según yo veo, así, mi forma de pensar, ‘l fascismo, ‘nun primer momento Mussolini ha sido un tipo inteligente ¿no?, despué… no sé, se mareó con la puta esa que tenía de hembra o qué mierda fue, o con Alemania, se mareó con ‘l Hitler ese, que si no, fue un tipo que levantó la Italia, hay que decir lo que é. Y mis padres, ellos acostumbraban aquí estar libres, y allá, vos por más plata que tenías, Mussolini puso la tessera: ibas comprar, y tenías que comprar namás medio kilo de pan, tenías la libreta, todo racionáo, (‘anque mis padres conseguían más porque le compraban a otros, a otros que vendían ‘nel mercado negro, que preferían hacer hambre con tal de que les compraran su parte pagando ‘l doble, pero si no, no podían comprar). ¡Que miércole! ¡no les gustaba nada eso!, y despué vieron que‘l cine-teatro ese se les venía abajo, y dijeron: ante de quedarnos sin nada, nos volvemos…, que si hubieran aguantáo un poco más, como le decían ahi los pariente… pero, la desgracia que siempre tuvimos: cuando uno estaba bien, a la miércole, siempre caerse, como una maldicion, como si siempre nos siguiera una maldición.

 

   Habíamos empezáo bien, esa vez empezamos bien, pero la vuelta a la Italia, que ellos habían soñáo todos esos año, duró poco. La cuestión é que tuvieron que vender ‘l cine-teatro, porque si no nos embargaban la casa, no alcanzaba, al cine no iba más nadie, porque había ‘l estado del sitio, y nadie podía salir ‘n la calle más de las nueve de la noche. Estaban los camiones, que salían con los camisa negra con aceite castor, y despué de las nueve de la noche, si encontraban un tipo ‘n la calle, te daban medio litro de aceite castor y te hacían correr cincuenta metro, hasta un litro entero te daban, se te soltaba una cagadera de todos los diablo ¡te cagabas todo encima!; tenías que irte a los santos piques, pasabas un papelón de la gran puta, tenías que irte a lavar, bañarte, cambiarte todo. Los médicos antes decían que si tomabas aceite castor y tomabas aire, te podías morir ¿no?, pero ahi vieron que era mentira, porque no se murió ninguno por cagarse, y media Italia alguna vez tomó aceite castor a la fuerza: é que no buscaban que te mueras, era la humillación lo que buscaban, que quizá é peor. Estos desgraciáos de los fascistas habían agarráo Trípoli, que é ‘n África, y allí se dá la planta del tártago, y éstos habían cosecháo cualquier cantidá de tártago, así que tenían aceite castor a patadas, y como no servía para mucho más, lo usaban pá hacer cagar a la gente, de miedo y de lo otro. Y por todo eso salimos de la Europa, volvimos ‘n la América otra vez.

 

‘L 5 de setiembre del año 1921, con ‘l vapor “Garibaldi”, regresamos a Buenos Aires, ‘n veintidós día. Y como se habían quedáo sin plata, decidieron volver a cosechar ‘n Arteaga, que ya conocían, ahi ‘nel norte de la Argentina, ‘n la provincia de Santa Fe, que era donde ellos habían tenido la chacra antes de intentar volverse. Pero les daba cosa, claro, é que ellos ahi ‘n Arteaga habían sido los “Señores” Gandolfo, habían llegáo a ser estancieros importante, habían tenido una de las chacras más importante de toda la zona: llegaron a tener cinco carros de fletar, de esos carros grande que llevaban doscientas bolsa; los campos donde habían trabajáo ‘n Italia, donde habían sido contadini, eran de cuatro o cinco hectárea, y aquí tenían seiscientas, una chacra de seiscientas hectárea propias (eran socios junto a un tal Fuccio), tenían animale, criadero de cerdos, ¡qué se yo cuánta cosa! Ellos habían entráo allí junto con ‘l siglo, ‘n 1910, que fue ‘l año que la infanta visitó la Argentina, la infanta de España, porque eran los primeros cien años del país, y por aquel tiempo por ahi había poco, muy poco, casi nada, y habían empezáo así, sin nada casi, trabajando todos esos años, hasta que hicieron ‘l capital para volver a su casa ‘n la Italia. Cuando llegaron ‘n la Argentina la primera vez, habían ido a la estancia “Santa Paulina” a trabajar a medias: les daban los bueyes para ‘l arado (se los daban de novillos, y ellos tenían que amansarlos); y mi tío, ‘l Tío Viejo, también trabajaba ‘n la chacra; é que antes, cuando él apenas llegó ‘n la América –que fue ‘l primero ‘n llegar de ellos- estaba trabajando de foguista ‘nel ferrocarril “Central Argentino”, y mi Papá, que vino despué siguiendo al hermano, se puso trabajar de peón. Así estaban y por ahi ‘l Tío Viejo vió ‘nel diario: “… ‘l señor don Alinardo Costaviva, de Arteaga, provincia de Santa Fe, ofrece tierras de monte para ser trabajada a medias, ofrece a los mediero una libreta de almacén por un año y una yunta de novillo pá amansar… ecétera.” ‘Nuna palabra: ‘naquella época, sin plata, vos podías trabajar, podías comenzar, ‘l propietario de la tierra (o a veces ‘l Estado, cuando todo era monte vírgen), te daban pá empezar, te daban las herramienta, y te fiaban la comida, pero eso sí: tenías que amansar los bueye. Entonce, como ‘l Tío Viejo era corajudo (porque éste nunca había visto un novillo ‘n su vida ¿no?), dice: “- ¡Báh!, si los amansan otros, ¿por qué no lo vamos amansar también nosotros…?” Y Pietro, mi Papá, sabía trabajar ‘l campo, que él sí había sido contadino, trabajaban ‘nel campo, eran peones, pero claro: trabajar ‘l campo allá, ‘n la Italia, era que punteaban la tierra, nunca habían tenido que vérselas con animale, ni con novillos para bueye, ¡má! ni siquiera con caballo, que eran cosa de ricos. Pero así y todo, ‘l Tío Viejo dejó ‘l ferrocarril “Central Argentino”, se juntó con ‘l hermano, y salieron para Arteaga. ‘L primer año vieron cómo hacían los otros y fueron aprendiendo, así. Antes, allí, ‘l yugo a los bueye se ponía ‘nel aspa, no como allá ‘nel norte, ‘nel Chaco, que se pone al cogote, allí los colonos los ponían ‘n los cuerno, ‘ntonce ellos los dejaban enyugáos, una vez que se lo ponían los largaban, los dejaban sueltos con yugo y todo, los soltaban ‘nel campo, que se fueran si querían, total siempre volvían por ‘l agua ¿no?, y así los amansaban. También les daban un arado, “torito” que le llamaban, que tenías que ir de a pié atrás del arado, pero ya era de dos rejas, ‘l de “mancera”, que era más viejo, ese tenía namás una reja.

 

   La cuestión é que sembraron ‘l primer año, sembraron maíz, ¡y se hicieron un cosechón! ¡Claro!: tierra nueva, vírgen, gorda. Y ‘ntonce la llamaron a Mamá; ella había quedáo ‘n Europa, esperando, había quedáo ahi ‘n la Alta Italia con ‘l abuelito, con ‘l nono Giro, esperando que éstos hicieran un poco de guitita, al menos pá pagar ‘l pasaje, que para los dos junto, al mismo tiempo, no les llegaba. Mientras tanto, estuvieron separados.

  

Pietro, mi Papá, se había casáo ‘nel 1899, porque justo le tocó la guerra, la guerra de Trípoli, ‘n África, se agarró dos años de guerra. Él había ido hacer ‘l servicio militar, que era larguísimo, y apenas había salido del servicio militar cuando se casó, y ¡no vá que le toca la guerra!. Cuando volvió de la guerra, ¡la puta! se vino rápido ‘n la Argentina, porque hizo cuatro año del servicio militar, que así de largo era ‘n Italia ‘naquel tiempo, y despué dos de guerra, ‘ntonce se vino, no vaya a ser que otra guerra… ¿no?, y Mamá estaba con ‘l abuelito, con ‘l nono Giro, que él era viudo, y cuando éstos aquí hicieron la primer cosecha la mandaron llamar y se vino, ese cosechón que les dió tanto así, de golpe, Papá la trajo y se juntaron de nuevo.

 

Seis años estuvieron allí de medieros, ‘n las tierra de don Alinardo Costaviva, y han hecho buena plata. Entonce este paisano, don Marsilio Fuccio, les hizo la propuesta de alquilar un campo grande, ‘l campo del dotor Asturias, Belarmino Asturias, que era un hombre rico de ahi de Rosario, cuatrocientas cuadra eran, o sea como seiscientas hectárea, y con lo que habían juntado ‘n las cosecha alquilaron, y ahi pusieron hacienda, terneras, criadero de cerdos, ¡qué se yo cuánta cosa! Y claro, también trabajaban la tierra ¿no?, ya compraron caballos, hicieron guita, la verdad que hicieron guita a montones ‘nesos año, porque trabajar ‘nel campo ellos sabían bien;  hicieron una fortuna, ‘nuna palabra. Cuando vendieron todo eso sacaron trescientos mil peso –que cambiaron por tres millón de liras-, mucha, mucha plata para ‘quel tiempo; como sería de fortuna que este socio, este Fuccio les decía: “- Compren doscienta hectárea de campo (que les costaba nada más que cincuenta mil peso) y dejenlás, por si quieren volver…”, si hubiesen hecho lo que ‘l socio les decía, ellos hubieran tenido dónde volver ¿no?, pero como no pensaban, como jamás se hubieran imagináo todo eso del fascismo… No quisieron. Sabían que con esa plata ‘n la Italia compraban tierra, tierra de ellos, compraban campo, que se hacían propietario. Pero esa maldición nuestra, se les dio vuelta de golpe la política.

 

Mi abuelo, de parte de mi Papá, era don Giuseppe Gandolfo, y la abuela era la nona Chiara, pero a ellos yo no llegué a conocer, a ninguno, y por parte de mi Mamá, mi otro abuelo, don Girolamo Magnassi, era ‘l nono Giro, ‘l que me bajó ‘l canastito que yo había tiráo para las castañas “de Indias”; ‘l nono Giro fue ‘l que viajó con nosotros desde Italia cuando volvimos ‘n la Argentina, lo enterramos ‘nel año ’30, está aquí, ‘nel panteón de la familia. La madre de Mamá se llamaba Giuditta Bonagrazia, Giuditta, como mi hermana mayor, y esa abuelita falleció ‘nel 1891, más de un siglo hace ya, le agarró un fiebre de tifus, y ‘naquel tiempo no se salvaba nadie con ‘l tifus, era jovencita cuando le agarró ‘l fiebre, y dicen que era muy linda, una belleza dicen que era, yo siempre escuché hablar de lo hermosa que era esa abuelita. ‘N cambio Mamá no era tan linda, tenía la cara basta y ‘l cuerpo grueso, de mujer de campo. Mamá tenía doce años namás, ‘l tío Tomasso catorce, y once meses su hermanito, ‘l tío Federico, cuando le agarró ‘l tifus a la abuelita, ellos quedaron chiquitos namás con ‘l nono Giro.

 

   Y Pietro, mi Papá, ellos eran cuatro hermanos, tres varones y una mujer: estaba ‘l que era maquinista, ‘l tío Arnaldo, que nos fue a esperar cuando llegamos ‘n Génova, era ‘l más chico de ellos, ‘l gurrumín, ‘l tío Arnaldo era de 1895; y la mayor de ellos era la mujer, la zia Adda, que había nacido ‘nel 1870, ¡Papá la quería tanto!, con ella, con sus hijos, estuvimos siempre ‘n contacto, la zia Adda murió ‘n 1953, pero seguimos contacto, seguimos escribiéndonos con mis primos –Giuseppe, Giovanni y Alfina-, pero cuando aquí ‘n la Argentina se armó ‘l despelote, cuando pasó todo esto ‘n mi casa, dejamos, perdimos todo contacto, é que ¡má qué se yo!, uno se trastorna, cambia todo. Igual seguro que ellos ya se han muerto todos, ellos se quedaron ‘n Terranova, de donde viene la familia. ‘L tío Arnaldo, ‘l maquinista, tenía un solo hijo, ‘l primito Angelino, que  lo tuvo con la Siciliana, y era inválido, así que esa rama se acabó ahi namás, muy pronto. Y ‘l cuarto de ellos, ‘l otro hermano de Papá era ‘l tío Giuseppe, que era del 1879, le llamábamos ‘l “Tío Viejo”, porque tenía la cabeza blanca, blanca como la nieve propiamente, y desde jovencito, y éste nunca se casó, se quedó soltero, siempre estuvo con nosotros. ‘L Tío Viejo era aventurero, él fue ‘l primero ‘n llegar ‘n la Argentina, él vino de quince año; los menore de edad tenían que venir con un padrino, no podían subir solos ‘nel barco, pá cruzar ‘l Atlántico tenían que tener un padrino, ¡pero ‘l padrino que a él le tocó era un boludo de aquellos! Y ‘l Tío Viejo era así, sin preparación, namás sabía leer y escribir, había ido hasta segundo grado ‘n Italia, pero era vivo, despierto, no le importaba hacer cualquier cosa, él se las arreglaba. Cuando llegaron ‘n la Argentina fue justo un año de miseria, fue ‘nel 1894, había una miseria espantosa y, ¡qué miércole! ¡se morían de hambre!, porque ‘l “padrino” era muy boludo, así que lo largó, no supo nunca más del compañero, y se fueron, junto con otro paisano, a San Nicolás, a Río Seco, ahi ‘n las pampas de la provincia de Buenos Aires. Ahi había papa, se ponían ‘n la recolección de las papa, entre la provincia de Buenos Aires y la de Santa Fe; pué justo ahi había un puente sobre ‘l Río Seco, bueno: abajo de ese puente se instalaron, y de noche iban a robar algunas papas, cocinaban la papa y por lo menos comían, del hambre no se morían, algo é algo. Y parece que al tiempo consiguieron algún trabajito, alguna changa juntando papa. Y despué se fue a Campana, allí tenía un paisano, uno del mismo pueblo, que trabajaba ‘nel ferrocarril Central Argentino, y este paisano lo enganchó ‘nel ferrocarril. Lo emplearon de “limpiamáquina”, pá limpiar las calderas, que buscaban para eso a los muchachitos jóvene, y así hizo carrera: entró de dieciseis o diecisiete años, despué de un tiempo lo pusieron de “ayudante pasa carbón”, despué lo pusieron de “ayudante foguista”, y llegó a ser “maquinista”, que é lo máximo que podían llegar ‘n la carrera. Él era orgulloso de haber llegáo a ser maquinista, porque ‘l maquinista é ‘l “dueño” del tren, no ‘l guarda, sino ‘l maquinista. Ahi, ‘n la máquina, é donde está ‘l gobierno de todo ‘l tren, y ¡amigo! antes no era como ahora, que la máquina é fácil, que todo está hecho, no, era distinto, había que ser muy inteligente, había que tener mucho arte pá manejar ‘l tren a paladas de carbón. Despué, ‘n 1904, ‘anque le daba mucha lástima abandonar la profesión, la carrera que había hecho, abandonó ‘l ferrocarril Central Argentino pá ayudarle al hermano (que por ‘ntonce mi Papá ya había llegáo ‘n la América y andaba de peón), y, como tenía su guitita ahorrada, se fueron ‘n Arteaga, de medieros donde ‘l terrateniente este, don Alinardo Costaviva, daba campo vírgen pá que lo desmonten y trabajen a media.

 

Mi Papá había nacido ‘nel 1872, también ‘n la Alta Italia, ‘n Terranova. Yo tengo la libreta del esponsales de ellos: se casó con mi Mamá ‘n 1899. Y la familia de ella, de mi Mamá, vivían má o meno bien ¿no?, ‘l nono Giro era zapatero; quiero decir, vivían mejor que la familia de mi Papá, porque éstos eran pobre, pobres de verdad, muy pobres, ellos alquilaban ‘l campo. ‘Nesa epoca, ‘nel campo, ‘l único que comía todos los día era ‘l cura, ¡por eso ‘l cura venía gordo! y los demás, bueno… cómo serían de pobres que ‘l Tío Viejo había rayado ‘nuna puerta tres letras “F”, y los viejos ninguno sabían leer o escribir, (antes muy pocos aprendían leer y escribir, y de los viejos, así, de antes de la guerra grande, de esos ninguno, y tampoco había ninguna escuela, la única que había estaba ‘n Casale d’Monferrato, o sea a unos siete kilómetro), y él puso tres letras “F” ‘n la puerta, y con eso quería significar, ‘n dialecto: “Fiú – Fam – Frecce”, o sea: “humo – hambre – frío”, porque la casucha donde vivían no tenía chimenéa, y ‘ntonce prendían ‘l fuego, con esos invierno llenos de nieve y, ¡qué diablos! ¡se enyenaba de una humareda ‘n todos lados, que no dejaba ni verse la mano!, y tampoco tenían mucha puerta: alguna tabla apoyada del láo de adentro, y –como no había querosén ‘naquel tiempo- la luz era a aceite: juntaban una bolsa de nuez, la llevaban ‘nel molino, a moler, a hacer aceite, ponían ‘n la botellita y tenían luz con aceite de nuez, ¿te imaginá que luz más “potente”?, como pá no atropellarse uno con otro, namás. Por eso él había hecho un agujero ‘n la pared, y allí había un farolito ‘n la calle (que también eran a aceite, esos faroles ‘n la calle, pero más grande), y ‘ntonce por ‘l agujero le hacía luz donde él tenía ‘l catre, ¡pero se cagaba de frío!, ¡ah…! ‘l Tío Viejo, ¡era tan inteligente!, siempre él era así, con esas cosas, desde changuito, siempre. Mirá: como ellos eran tan católico –más los pobre que los ricos- todos los domingos la vieja Chiara, su mamma, le daba veinte centésimo (no centavos, centésimos, que era menos que un centavo) pá la iglesia, pá darlo ‘n la misa, pero él, claro, que nunca veía un cobre, ‘n vez de darlo de limosna al cura él se compraba un caramelo, eso era todo: un caramelo por domingo, pero como era muy zorro, para que no se dieran cuenta, cuando pasaba ‘l sacristán por la iglesia, que pasaba juntando las limosna, él le metía una piedrita ‘n la bolsa de la limosna ¿no?, y por un tiempo pasó, pero ‘l sacristán encontraba siempre esa piedrita, y como estos diablos son siempre vivos, los curas, ‘ntonce empezó a mirar bien y lo descubrió ‘l domingo, cuando metía la piedrita ‘n la manga, ¡y le dió con la picana ‘n la cabeza!, ¡qué miércole! Despué le contó al párroco y ‘l cura se fue ‘n la casa de los viejo, ¡qué paliza que se ligó!, hasta cuando viejo se acordaba del palizón de aquel domingo. Y no vá que cuando se iba a venir ‘n la Argentina, la vieja Chiara, la mamma, le dice: “- Antes de salir, vete saludar ‘l cura.” “- ¿Al cura? –dice éste- ¿y por qué tengo que saludar al cura…? a mis tíos sí (porque ellos tenían muchos pariente ‘nel campo), pero al cura… ningún parentezco.” Y ‘ntonce la vieja Chiara se pone a los gritos: “- ¡Pero no…! ¡que te vas a ir ‘nel infierno si no saludás al cura…!”, y así siguió, que de aquí y que de allá, ‘ntonce él le dice, para tranquilizar a la mamma: “- Bueno… ¡má sí!, tranquilizate, que lo voy saludar.”  Pero no fue nada. Decía que se quedó un rato ‘nun rincón de la iglesia, solo, pero ni mierda iba ir a pedirle la bendición al cura chusma.

 

‘N cambio, de la familia de Mamá, eran de mejor condición, ‘anque también pobres, claro, que ‘naquella epoca ‘l único que no era pobre era ‘l patrón. Pero ellos, ya mi bisabuelo había sido zapatero, tenía su tallercito, así, y ‘l nono Giro se quedó con la zapatería cuando se murió ‘l padre, y al hijo de él lo mismo, ‘l tío Federico, ‘l hermanito de Mamá, también le enseñaba ‘l oficio, porque allí era de esa manera: un oficio se aprendía durante toda una vida y quedaba ‘n la familia, de padre a hijo, se pasaba ‘l oficio y ‘l taller. Y mi Mamá, ya cuando falleció su mamma, que ella era pequeñita, se iban a limpiar arroz con otras chica, porque como ‘l arroz lo sembraban ‘nel agua, había que arrancarle los pasto, y hacían eso pá ganarse unos mango. Pero como ‘l nono Giro era zapatero, ‘n invierno trabajaba lo mismo, ‘n vez los que trabajan namás ‘nel campo, ‘n invierno casi que no comían, ¿qué hacés ‘nel campo cuando hay cincuenta, ochenta centímetro, un metro de nieve?, menos mal que allá a los que eran contadini, no les pagaban con plata, les pagaban con arroz, con maíz, así, ‘ntonce guardaban comida pá‘l invierno, eran como las hormiga. ¡Báh!, comida é una forma de decir: comían polenta (sin sal, porque la sal era carísima, como la Italia no tenía sal, tenía que comprarle a Austria, y como con Austria andaba siempre a las patadas, ¡má! se la cobraban un ojo de la cara); grasa… ¡qué iban a poner grasa!, ‘l nono Giro, ‘l zapatero, todo los años carneaba medio chancho, junto con otro paisano, pero ‘n lo de mi Papá nada de eso, ellos iban comprar cinco centavos de tocino, que les daban un pedazo má o meno como la punta del dedo, con eso hacían comida casi para ocho, ¡qué puta de gusto debía tener!, ¿no?. Pero, cuesta creerlo, la gente no se moría de hambre así namás, eran duros esta gente, hoy los chango, la gente de hoy, ¡má! ni se imaginan esa penuria, esos esfuerzo nada más pá vivir, para pasar, resistir hasta ‘l verano que viene. A la mañana café tampoco se acostumbraba, porque Italia no tenía, tuvo recién cuando se robó ese pedazo de Africa, antes no había ni café ni nada, así que dos comidas nada más. Bueno, una sola: a la noche calentaban la polenta del mediodía. Un poco de pan sí tenían, porque como les pagaban con alguna fanega de trigo, lo llevaban ‘nel molino, lo llevaban moler y así tenían harina, pero cuando se acababa ‘l trigo ‘ntonce hacían pan de maíz, ¡qué!, ese pan, al segundo día, si se lo tiraban por la cabeza a alguno ¡lo desmayaba!, una piedra, se pone durísimo, aparte, te imaginá qué divertido comer polenta con pan de maíz…

 

Y así vivían, todo eso nos contaron, nos contaba ‘l Tío Viejo y la Mamá, veces y veces, todo. Mi Mamá se casó jovencita: ella era de 1877 y se casó ‘nel ‘99, mi Papá tenía veintisiete y ella veintidós años; habían estado de novios durante muchos año, pero no se podían casar porque mi Papá estaba ‘nel regimiento. Porque era así: había servicio militar de dos años y de cuatro años: marina, caballería, y no sé qué otra, esos hacían nada más dos años, pero a él le tocó la de los pobre, la de más tiempo, la infantería, y bueno, cuando terminó ‘l servicio militar, se hizo la casita, y dijo: “- Ahora sí, a casarme…”, y ahí fue que lo mandaron pelear otra guerra. Se fue pelear namás, de nuevo ‘nel ejército, pero Papá no dejó pasar ni un año, cuando hubo terminado esa guerra, la guerra ‘n Africa, y se largó de ahi, ya para 1900 estaba aquí, ‘n la Argentina, dejándola a mi Mamá para cuando pudiera juntar para ‘l pasaje. Él pudo venir porque ‘naquel tiempo, ‘nel pueblo, había un tipo que tenía dinero (costaba noventa lira ‘l pasaje pá venir), y como ‘ntonce la gente era, así, puntual, no eran estafadora como hoy, éste les prestaba y, una vez trabajando ‘n la América, todo ‘l mundo le giraba la plata que les había prestado, ¡de decentes namás, porque no tenían ninguna responsabilidá!, si no le giraban, ¿qué le iban a hacer?, pero todo ‘l mundo, apenas ganaba las noventa lira, de vuelta a aquel tipo su plata. Éste les cobraba una comisión, no mucho: creo que a él ‘l pasaje le costaba setenta lira, y les cobraba noventa lira prestándoles la plata y sacándoles ‘l pasaporte y todo, porque si no éstos, que no sabían ni leer ni escribir, ¡qué miércole!, no sabían cómo dirigirse, y los embarcaba pá Buenos Aires.

 

Mi Mamá tendría que haber venido ‘n la Argentina con ‘l “Silvio”, que se hundió y que se ahogaron casi todos, se hundió ‘l 4 de agosto de 1904; pero como resulta que la fiesta del pueblo de ella, de Terranova, era a finales del mes de julio, ‘ntonce un pariente que ella tenía, que era patrón de varios campos allí, que tenía algo de dinero ¿no?, estaba bien, pero era muy viejito, ‘ntonce le dijo: “- Yo te cambio ‘l pasaje, y quedate pá la fiesta del pueblo, que yo no te voy a ver más…” Y ‘ntonce mi Mamá se cambió, cambió pasaje para venirse ‘nel “Bologna”, que salía cuatro día despué que’l “Silvio”; si cuando ellos pasaron le vieron todavía la punta del “Silvio” que sobresalía del agua. Porque resulta que ‘n Génova, ‘naquel tiempo, había una montaña subterránea, que, cuando ‘l mar era alto, podían pasar derecho, y si no tenían que hacer una curva como de cincuenta kilómetro más pá no agarrarla, y al capitán le pareció que ‘l mar era alto, y que pasaban derecho, pero cuando estaban ‘nel medio, ¡púm! se clavó la punta ‘n la piedra y se hundió la cola: mitad barco fue bajo ‘l agua. Estaba lleno de tiburones allí, y, claro, los muchachos joven, la mayoría se salvaron, porque se prendían de los palos (‘l barco quedó ahi claváo, no se fueron a pique), pero toda la parte de atrás, que é donde están los dormitorios, quedó pá los tiburones: las mujeres no se salvaron ninguna, y mi Mamá se hubiera muerto también, o sea que nació de nuevo al cambiar pasaje, si no, ¡má! ¡nada!, ¡si de los mil cuatrocientos pasajeros que traía ‘l “Silvio” creo que se salvaron algo así como trescientos o meno!. Para colmo, era de noche, y ‘nesos tiempos no había radio pá que llamaran ‘l auxilio, ‘l primer barco que vino fue casi la madrugada, por señal de luz que hacían ¿no?, y también que tenían miedo de arrimarse, porque sabían que allí les agarraba la piedra: tenían que esperar, porque ‘l mar seis horas crece y seis horas baja, tuvieron que esperar que cuando ‘l mar se levantara, mientras tanto seguía muriendo gente. Sí, y menos mal que ‘l mar no estaba muy frío, que ya casi era verano, porque é al revés que aquí, si no ninguno contaba ‘l cuento.

 

Y ‘n Buenos Aires había la migración, ahi ‘nel puerto estaba la migración, que ahi mi Mamá estuvo tres días ahi. Era un coso redondo, un edificio enorme, como la carpa de un circo, estaba ahi ‘n Retiro, y tenía camas todo a la redonda, cientos de camastros, todo alrededor del edificio ese, ¡cómo sería la olla donde hacían la sopa que la sacaban de una canilla!, pero claro, adentro le encajaban doscientos kilo de carne, ¡qué se yo!, puchero ¿no?, porque les daban de comer carne, eso sí, y de dormir, todo gratis, ahi no pagaban nada, eso era del gobierno, era de la migración. Como ‘l gobierno quería que vinieran, que vinieran ‘n la Argentina los inmigrante de todas partes, cuando llegaban los barco, que venían docenas, cientos, los barco cargados de gente, los alojaban ahi ‘n la migración, y les daban de comer bien, hasta que éstos se iban repartiendo por las colonia. Entonce cuando ella llegó, finado Papá la fue buscar a Buenos Aires, se volvieron juntar ahi ‘n la migración, despué de todos esos año separados, y se fueron a Arteaga, donde estaban con ‘l Tío Viejo. Arteaga quedaba cerca, pué, apenas cuatrocientos kilómetro, y había ferrocarril, ya había ‘naquel tiempo. Y ahi ‘n la estancia “Santa Paulina” al tiempo nació mi hermana mayor, Giuditta, pero la anotaron ‘n Cruz Alta, que é ‘n la provincia de Córdoba, porque la estancia quedaba ‘n la provincia de Córdoba, ‘anque ellos iban siempre a Arteaga, que les quedaba más cerca; ‘l arroyo La Mojarra, que está a tres kilómetro de ahi, de Cruz Alta, divide la provincia de Santa Fe con Córdoba, pero salvo la parte legal, todo se hacía ‘n Arteaga. También é que allí vivía ‘l socio de ellos, ‘n Arteaga era donde tenían la libreta, que tenían ‘l crédito del almacén pá las cosas de la comida, les daba este Alinardo Costaviva la libreta para un año, ¡que tenían de todo!, era tienda, almacén, ferretería, de todo, ‘nuna palabra: sin un mango, vos podías vivir, trabajar, hacerte tu propio capitalcito, era la manera de hacer como tendrían que hacer ahora, pá que se pueblen esos campo, todos estos campo de aquí, donde no hay, ¡qué se yo!, hay millones de hectárea aquí sin trabajo, sin trabajarla, pero ahora la gente son tan malo, tan mal, tan, así, informales, que son capaz de clavarte con todo, como esos que agarraban las casas de los barrios, que les daban casas para que vivan, y éstos las desmantelaban, vendían las canillas, los inodoros. Ahora no son como antes, que tenían la gente otra mentalidá, venían pá poder vivir, pá ganar platita, porque allá han hecho una vida de mierda, una vida de miseria; ‘n vez éstos, éstos aquí antes vivían mucho mejor, ¡porque vivían del cuento!, y ahora se han venido abajo, y é diferente, porque vos de estar mal a ir bien, cuidás, pero si de estar bien te venís abajo, ahi está la cagada, ¿no?.

 

Y ante de que naciera mi hermana Giuditta mi Mamá perdió, creo, como tres chico, tres embarazo, porque laburaba mucho, no sé bien esas cosas de mujere, por ahi, ¡qué se yo!, por eso la diferencia de años desde que llegó hasta que nosotros comenzamos nacer. Sacando cuenta, que ella llegó acá, ‘n la Argentina, ‘nel 1904, y mi hermana Giuditta nació cuatro años despué: ‘l 23 de enero de 1908, despué de tres hijos que perdiera: los que tendrían que haber nacido ‘nel año ‘5,  ‘nel ‘6, y ‘nel año ‘7 ¿no?, porque antes, así era, un crío por año. Pero no había médico ‘nel pueblo, para un médico había que ir varios días, una semana o así, ‘n la jardinera, hasta la ciudá. Ahi, donde las colonia nuevas, donde llegaban estos gringo, ‘nesos tiempos era así namás, se arreglaban como podían, con algún paisano que entendiera algo, una comadrona, entre ellos mismos iban apechugando como podían. Despué, vino uno, un médico que mandaba ‘l gobierno, que mandaba para ver a toda esta nueva gente que se instalaba ahi, ‘n las colonia, este médico pasaba revisando así, medio por arriba namás, pero le dijo que cuando ella estuviera embarazada, que estuviera ‘n estado, no tenía que hacer fuerzas, tenía que quedarse quieta, reposando, porque si hacía actividá lo perdía. Y bueno, así hizo y desde allí no perdió más: ‘nel año ‘8 nació Giuditta; ‘l 10 de julio de 1909 nació Remigio; mi hermana Margherita –que le pusieron como Mamá-, ‘l 26 de abril del año ‘13, y yo –‘l gurrumín-  ‘l 10 de julio de 1915. Giuditta y Remigio nacieron ‘n la chacra donde ellos estaban de medieros, y mi hermana Margherita y yo ya nacimos ‘n la estancia, que habíamos ido ‘nel año ’10. Yo ya nací ‘n “cuna de oro”, ¡ellos ya eran unos potenciarios!, que allí é donde este Fuccio, don Marsilio Fuccio, se asoció con ellos, ‘n la estancia, y aparte de socios se hicieron compadres, compadres y amigos, tal que cuando volvimos de nuevo, cuando tuvieron que escapar del fascismo, este Marsilio Fuccio les quiso dar campo, una chacra y qué se yo cuántas cosa, pero ellos, les habían salido tan mal las cosa, haber trabajáo tanto, haber llegáo a tener tanto, y, así, a los pocos año, estar otra vez sin un cobre, con una mano atrás y otra delante, y como mi tío era un hombre que había quedáo tan, así, tan resentido, que quiso ir lejos. No por orgulloso, digo yo, sino porque allí le iba a dar pena, porque ‘nel mismo lugar empezar de nuevo…

 

¡La verdá é que ‘l Tío Viejo era todo un “personaje”!, era un tipo reconocido ‘n la zona, además de toda la estancia que ellos habían tenido ahi, mi tío había sido mayordomo de la estancia “Santa Virgilia”, que era del famoso dotor Venancio del Agua. Cómo será que era todo un “personaje”, ¡que la fama le había llegáo hasta ‘n la Italia!, ¡má! si cuando salimos escapando de los fascista, ‘l cónsul allá era Carlo Brebbia, era cónsul argentino ‘n Turín, y pá volver ‘n la América tenían preferencia los que habían ido de voluntarios a la guerra grande, y de acá, de l’Argentina, habían ido más de treinta y cinco mil voluntarios pá la guerra europea, la guerra mundial, si ‘nel puerto de Buenos Aires llegó un momento ‘n que había más de veinte mil italiano, ¡esperando barco para irse de voluntarios!. Mi otro tío -‘l tío Tomasso, hermano de Mamá- fue así, de voluntario ‘n la guerra grande, y se salvó y todo. ¿Qué pasaba?: que iban porque le tenían mucha bronca a Austria, porque Austria, antes, siempre los hacía cagar, y esta vez sabían que le iban a ganar, porque Norteamérica les ayudaba; Austria tenía cinco millón de habitantes, por’jemplo, contra la Italia que tenía como veinte millón, pero eran más guerrero los austríacos, eran más inteligentes pá pelear, y estaban más organizado. ‘N cambio los italiano eran, ¡qué se yo!, así, porque la Italia la hizo Cavour, Italia entera, si no eran todas… allá mandaba un conde, allá mandaba un marqués, ‘nel centro mandaba ‘l papa, la Iglesia ¿no?, Nápole era bajo ‘l rey de España, y así. Era toda dividida, y no había escuela, había mucho analfabeto antes. Y claro, por eso, ‘n la guerra anterior, los austríacos casi llegaron ‘n Roma, si no era que no sé qué rey había ‘n Roma que los atajó, ¡se agarraban toda Italia!. ‘N realidá no fue gracias al rey, fue gracias a un tipo que estaba dentro de un canal, porque él cuidaba las compuertas de ese canal, que estaba seco, y cuando vio que los austríaco estaban cruzando ‘l canal, les abrió las compuerta y ¡la madonna!, allí como eran muy quebradas las montaña, y era invierno, ¡mató miles de austríaco, los hizo mierda todos!, ‘ntonce los italiano aprovecharon hacerlos ir pá’trás. Pero al rey no le gustó, ‘l tipo éste que había abierto las compuerta le fue pedir una medalla al rey, pero ‘l rey lo sacó pitando, le dice: “- Eso é un crímen lo que has hecho…”, porque antes ‘l honor y todo eso ¿no?, pero le hizo ganar la guerra. Y bueno, ‘ntonce, cuando fuimos nosotros a buscar ‘l pasaporte, a Turín, pá volvernos ‘n la Argentina, nos dicen: “- ¡Má! ¡ni siquiera de aquí ‘n cinco años van a conseguir!”, porque eso, era que justo habían abierto los pasajes para salir de Italia (que antes no se podía salir, si no mi Papá y nosotros hubiéramos venido antes, pero no se podía), cuando abrieron los pasaje, todos los que habían ido de voluntarios, tenían gratis ‘l pasaje, con preferencia pá salir ‘n los primeros barco, y cinco lira por día hasta que llegaran ‘n Buenos Aires, les daban eso por haber hecho la guerra. Pero como ‘l Tío Viejo era todo un “personaje”, y sabía que Carlo Brebbia era cónsul argentino (este Carlo Brebbia había estado unos años antes ‘n la estancia nuestra a comer, porque era muy amigo del socio de ellos, de don Marsilio Fuccio, y ‘n la estancia se habían conocido bien con ‘l Tío Viejo), ‘ntonce sacó una tarjetita suya, y le dice a un pulicía que había por ahi: “- ¿Sería tan amable de llevarle esta tarjetita al señor cónsul?” “- ¡No…! –le dice ‘l pulicía- nosotros somos prohibidos de ir”; bueno, lo dejó a este y siguió mirando. Por ahi había un cabo (¡los cabos siempre tienen un hambre encima!), sacó cincuenta lira y le pide al cabo, ¡qué! ¡salió corriendo ‘l cabito!. Menos mal, porque no se podía arrimar, si había como diez mil personas ahi, ‘n la plaza de Turín, tratando de entrar ‘nel consulado pá’l pasaporte. Y cuando Carlo Brebbia lee la tarjetita, lo manda urgente al cabo para que nos lleve dentro, nos lleve a su oficina, y cuando lo vio al Tío Viejo, lo abrazó calurosamente, le dice: “- ¿Querés volverte ‘n la Argentina?, bueno, venite mañana y salís con tu familia ‘nel vapor ‘Garibaldi’.” Y le hizo namás ‘l pasaporte pá ellos, para ‘l Tío Viejo, la Mamá y ‘l Papá, y como mis hermanos y yo eramos argentino, nacidos aquí, a nosotros tuvieron que hacernos un pasaporte aparte, que firmó mi hermana Giuditta, como ella era la mayor, por nosotros cuatro; esto era ‘l 5 de setiembre de 1921. ‘L cónsul argentino era una persona muy importante ‘naquel tiempo, no solamente daba ‘l pasaporte a los argentino, sino que les daba también a los propio italiano, y junto al pasaporte te entregaba ‘l pasaje ‘nel barco hasta Buenos Aires, todo ‘nuna sola operación. Un hombre buenísimo, don Carlo. No vé que tenía, muchos años despué, una joyería ‘n Casilda, ahi ‘n la provincia de Santa Fe, y seguimos siendo amigos ‘anque mi Papá se hayan ido, al volver ‘n la Argentina, se hayan ido ‘nel Chaco, ¡si hasta cuando yo me casé compré los anillos ‘n la joyería de él, ‘n Casilda!; sí, ‘l Tío Viejo era todo un “personaje”, ¡cómo no!.        

 

Para mí, toda esta época, fue hermosa, realmente, é de lo más lindo que me acuerdo ‘n mi memoria, la Italia y ‘l mar; de los recuerdos más lindo que tengo, de todo ese tiempo, fueron los viajes, cruzar ‘l mar para allá y despué, volverlo a cruzar, y a más que yo era chiquilín, de todas las cosas de, así, las preocupacione, todo eso de la gente grande, ni me enteraba mucho todavía. Dejar la Italia me dio lástima, porque me gustaba la nieve, ¡era tan linda la nieve!, pero saber que iba a pasar de nuevo un montón de días ‘nel barco estaba bien, muy bien. Me imagino que para mí esos días, cruzar ‘l mar era como una aventura, me acuerdo de todos los detalle de los viaje, del primero, cuando volvíamos a la casa de ellos, de mis padres, cuando volvíamos ‘n Europa, ‘nel vapor “Indiana” había dos salones: uno, grandísimo, pá los varones, y otro pá las mujere –no se podían juntar-, eran todas camas de aspeto militar, ni un camarote había; y los chango menore de cinco años iban con la madre, los mayores de cinco ya tenían que ir con los demás hombre ¿no?, y a los más chiquitos, hasta los cuatro año, todas las noches les daban una taza de leche, y ‘nel “Indiana” yo también la agarraba a esa taza, porque recién ‘n julio cumplía los cinco, así que justo, justo. Y despué la comida: la ibas a buscar, te daban los plato, eran todos platos de lata, y fuentes, y vos ibas ‘n la cocina y buscabas la comida, y comían ‘n cubierta, no había mesa pá comer, había tablones, unos tablones larguísimos, todo lo largo de la cubierta, todo ahi, y despué tenías que llevar los plato lavados, como ‘n los campins, ahi tenían los lavaderos con agua caliente y todo, y lavabas los plato y se los llevabas de vuelta ‘n la cocina. Y ‘n cubierta también había pá sentarse, pero cuando había marejadas, así, que ‘l mar se ponía grueso, o que venía tormenta, los mandaban todos abajo y cerraban, cerraban la cubierta para que no… ¿no?. Ya ‘l “Garibaldi”, con ‘l que dejamos Génova rumbo a la América de nuevo, era un poquito más, así, más moderno, pero igual, tenía todavía los salones “completos”, y divididos por sexos, así fue que de ida dormíamos mi Mamá, Giuditta, Margherita y yo ‘nun salón, y mi hermano Remigio, ‘l Tío Viejo, y Pietro, mi Papá, ‘nel otro salón. Pero ‘nel “Garibaldi” ya me cambiaron a mi de salón, porque ya era más grande, así veníamos ya todos los hombres juntos, y estaba también ‘l abuelito, (que nos traíamos también al nono Giro); aparte se nos había agregáo un tal Pacífico Forzani, que era menor, (tenía quince años, era un sobrino de don Marsilio, del socio de ellos aquí, y lo traían apadrináo), y como no podían ser más de seis personas por cada grupo pá comer, comíamos los cuatro nosotros con Papá y Mamá por un lado, y ‘l Tío Viejo, ‘l nono Giro, y ‘l Forzani este comían ‘n otro grupo, y como éste era ‘l más jovencito, le hacían siempre lavar los plato, y si se quería rebelar un poco ‘l nono Giro –que era tremendo ‘l viejito- le metía una puteada ‘n piamontés o le mandaba con ‘l bastón ‘n la cabeza, ¡la cuestión é que ‘l Forzani siempre salía corriendo!

Giuseppe, según AINHOA EIGUREN

GIUSEPPE

 

según Ainhoa Eiguren

 

 

La historia de José es una historia dividida, escindida entre dos orillas, dos continentes, dos culturas que modelan la lengua y la vida del narrador, escindido también él desde su propio nombre (a veces Giuseppe, a veces José), tironeado por esas fuerzas –a veces europeas, a veces americanas- presentes en las formas sociales argentinas.

José vive, al compás de su generación, algunos de los hitos centrales de la historia argentina del siglo XX: la experiencia del cruce del Atlántico desde una Europa pobre y hambrienta, con los sueños del hacer la América en todas las maletas.

También los del retorno a casa, claro.

La colonización de espacios vírgenes, la cohabitación con el indígena y con los otros gringos del aluvión inmigratorio, el lento y trabajoso ascenso social –de la agricultura al comercio, del campo a la ciudad-, para finalizar la historia, ya “a este lado de la vida”, pasando la amarga página de la dictadura y los años negros del terror.

Specchia logra, a lo largo de esta emocionante y audaz novela, mantener la cercanía, la intimidad del relato en primera persona, la cadencia oral que nos permite –literalmente- escuchar a José; sin hacer en ningún momento concesiones ideológicas ni edulcorar los altibajos de una vida recapitulada desde el borde.

Por la boca de José habla, muchas veces, uno de los personajes más frecuentemente ignorados con que podemos toparnos a diario: el del simple abuelo, el viejo del banco de la plaza, el jubilado de bastón y mirada gris. El que siempre saca a colación su pasado. El que nadie escucha. Y su historia, como la de José, es fascinante.

                                                                     AINHOA EIGUREN

 

 

 

(Texto de contratapa de la primera edición de la novela “Giuseppe”, Barcelona, Galaxia Babel, 2001)

 

 

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