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Prólogo a “Imágenes Paganas”

Nelson G. Specchia - imagenes paganas

IMÁGENES PAGANAS

Prólogo

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Por Nelson Gustavo Specchia

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En tiempo de grandes crisis, de replanteos fundacionales, volver la vista hacia el hacer cultural es una estrategia de sobrevivencia. Rodolfo Kusch, a fines de aquellos negros años setenta, en sus intentos de generación de una antropología filosófica propia de la tierra americana, nos recordaba que la cultura es, en una definición primigenia, básica, una estrategia de vida. Una estrategia que se expresa, se dice, se encarna, en la palabra. En la palabra común, y en la palabra de quienes armonizan y vehiculizan esa estrategia. “El habla popular dice entonces la palabra común, pero esconde, detrás, la gran palabra, que completa al sujeto viviente. Es lo mismo que el sujeto aunque de otro modo. Y en tanto su sentido hace a lo viviente en su totalidad, encierra el porqué indefinido del vivir mismo. Por eso es el silencio de lo inexpresable que se prolonga en el gesto o en la ceremonia del rito, o se reitera en la costumbre.”[1] Rescatar el valor de la palabra dicha por quienes encarnan esa estrategia de sobrevivencia del colectivo social es, por ello, una acción de alto y urgente valor. El libro que aquí presentamos camina en este sentido.

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Si la cultura, en sus múltiples y diversas manifestaciones, es la manera en que se encarna una estrategia vital para el conjunto de una sociedad determinada, la gestión, comunicación, divulgación y crítica de esas manifestaciones, se irán conformando como metodologías de apoyo a las ideas, de animación de los proyectos, de promoción de los abanicos de actividades, y de proyección de todo este universo de iniciativas en el telón de fondo de la dinámica social concreta. La gestión cultural, así, no puede ser concebida sino como la intervención decidida de agentes capacitados en dar cuenta de las producciones simbólicas que van conformando las estrategias de vida de un pueblo.

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Provocar la palabra, dar la palabra, difundir la palabra “común” (la que está destinada a ser de todos, la que forma comun-idad) de los hacedores, hace parte de las tareas de rescate del gestor cultural, y va en el sentido de la necesaria recuperación de las identidades –cada vez más plurales- que informan nuestras comunidades complejas y discímiles.

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Este gestor cultural, como profesional de un sector al mismo tiempo vital y dinámico, en permanente movimiento y cambio, también requiere cruzar su formación académica con las prácticas y el enriquecimiento que la vivencia de quienes son sus pares en esta actividad, le facilitan. Y esta necesidad de cruzamiento entre las conceptualizaciones teóricas y el abanico de problemas y posibilidades que cotidianamente enfrentan aquellos que dirigen un emprendimiento cultural aumenta cuando, como es tan frecuente en nuestro medio, la gestión cultural se asume como una actividad vocacional. Y entendiendo el calificativo de vocacional no tanto como una elección personal, sino como una necesidad frente a la ausencia de instancias públicas oficiales que cubran el vacío de una necesidad (vital, repetimos) del colectivo social.

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Tanto para unos como para otros, gestores profesionales y vocacionales, requieren de ese cruzamiento que viene a alimentar su accionar con la palabra “común” de los hacedores. De este cruce saldrán nuevas definiciones del propio accionar, y objetivos socialmente significativos para quienes se trabaja.

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Tiempo de crisis es tiempo de oportunidades, porque es tiempo de cambio. El cambio cultural, cualquiera sea la definición que de él se adopte, siempre hace referencia al proceso que lleva de un estado existente a una nueva manera de hacer y de entender lo que se hace. En las experiencias culturales que se presentan en este libro se hacen evidentes, por la vía de la palabra dada al actor, cuáles son los márgenes entre los que transita en nuestra región el proceso de cambio cultural más reciente. Experiencias diversas que leídas en diagonal, al través, más allá del relato puntual de la acción de intervención concreta, nos permiten intuir una situación, un estado de cosas, un escenario cultural –vivo y dinámico- que se mira a sí mismo y que, en su desarrollo, evidencia su intención de aprovechar esta crisis, esta oportunidad, para proyectarse hacia nuevas maneras de hacer, hacia un entramado de relaciones con el medio (el pueblo del interior, el pequeño museo, la obra escénica, el montaje del espectáculo, la interacción con las novísimas posibilidades tecnológicas desde estos “extremos excéntricos” del mundo, como decía Octavio Paz) que generen cercanía, y que otorguen sentido. Que otorguen más sentido, desde el aporte cultural, a la convivencia social.

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Las palabras que aquí se presentan, estructuradas intencionadamente de una manera dialógica, relacional, intentan operar, por ello, en un doble sentido: ser instrumentos de análisis de la heterogénea y compleja cultura existente, pero también servir de herramientas para desentrañar, por la vía de la proyección del cambio cultural, los modos en que se formulan los planteos de una cultura deseada, del horizonte hacia el que se aspira. Las experiencias que leeremos en los diálogos que aquí se incluyen dan cuenta de los intentos –múltiples, variados, complementarios- por trazar las rutas de tránsito entre estos dos momentos, el que tenemos y el que queremos.

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La descripción de la propia actividad y del propio rol en la acción cultural cotidiana entraña la crítica hacia el contexto sociopolítico donde la animación se desarrolla. Porque no hay cultura aislada, el hecho cultural adquiere entidad en tanto cuanto toma relevancia para el colectivo social en el que se desenvuelve. En este aspecto, en los diálogos que siguen escucharemos, de una manera recurrente, la dolorosa percepción de la ausencia del Estado, en sus diversas administraciones (principalmente a nivel nacional y provincial, ya que las gestiones municipales o comunales, dada la cercanía con el gestor o el grupo que anima el emprendimiento, suelen tener una respuesta más efectiva, aunque asimismo más limitada en cuanto a capacidades). Si la cultura, como hemos afirmado varias veces aquí, es una acción que impacta directamente en el centro de la vida comunitaria, es sencillamente incomprensible que las administraciones públicas se ausenten –en la mayoría de los casos aduciendo restricciones presupuestarias- o se desentiendan –relegándolos en las prioridades de acción- de los emprendimientos culturales. Tener que suplir el rol del agente estatal, por ausencia o, en no pocos casos, por su participación antisistémica, con trabas burocráticas y desincentivos de diversa índole, es una tarea heroica a nivel individual. Pero, a nivel social y en las cuentas largas de la historia, es suicida.

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No se trata de aspirar a una cultura oficial, que tanto daño a la creatividad y al libre vuelo del espíritu hizo en los períodos históricos en que se ensayó, pero es imprescindible contar con políticas de mediano y largo plazo, que garanticen a los colectivos sociales, con respeto a la diversidad, al sentir y al disfrutar de cada grupo, la producción y reproducción, el conocimiento y la circulación de los bienes simbólicos que hacen a su propia identidad. Esa tarea es una indelegable responsabilidad del Estado.

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La crisis es oportunidad. El cambio cultural que estamos viviendo, y del que las experiencias que siguen dejan entrever algunos fragmentos, debería darnos mayores márgenes de libertad, en la que desplegar los diversos y originales impulsos creativos del que nuestro medio, como estos diálogos lo atestiguan, dispone en dosis generosas. Sería la mejor contribución a una cultura democrática, en el más amplio sentido de la palabra. Otra palabra, como las que componen este libro.

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N. G. S.

Córdoba, 11 de septiembre de 2009

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[1] Kusch, R., Esbozo de una antropología filosófica americana, (Buenos Aires, Castañeda, 1978), pág. 8.

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Cuaderno de bitácora / Cecilia en fotograma

Cecilia en fotograma

 

para Julio César Díaz

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Desde el más blanco de los silencios
 
(blanco de paredes de sanatorios
 
y hospicios de ancianos)
 
el retrato en grises
 
que preside toda la geografía de mi alma:
 
tres tablas, un campo insinuado
 
en el largo fuera de foco
 
a tus espaldas,
 
y el cuerpecito defendiéndose
 
(¿de quién, del mundo, de mí,
 
o tan sólo de la cámara?)
 
y en el centro de las sombras
 
los ojos que ya ven por entre los años,
 
huella más personal que
 
cualquier dactilar policíaca
 
(aquellos ojos de tiempo, la
 
metáfora esencial)
 
elevándose apenas por sobre la línea
 
que marca la distancia,
 
ojos llorando mi mismo llanto:
 
hoy sólo puedo verlos
 
en la geografía escasa de mi alma,
 
hoy que sólo apelo
 
a contemplarlos en la pobre policromía fotográfica,
 
hoy,
 
ya cubiertos por otras tablas.
 

 
 
 

West Palm Beach, 1990
 
 
 
 
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