Archivo mensual: marzo 2011

¿Prenderá en Damasco la mecha siria?

¿Prenderá en Damasco la mecha siria?

Por Nelson Gustavo Specchia

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El martes de esta semana el gobierno sirio ha renunciado en pleno ante el presidente Bachar el Assad; y en un inusual gesto institucional, el jefe de Estado comunicaba que se presentaría ante el  Parlamento de Damasco para proponer una serie de medidas aperturistas y levantar el “estado de excepción”, la norma (supuestamente extraordinaria y temporalmente acotada) que rige la vida política siria desde que el primer Assad –Hafez- instalara la dictadura.

Las medidas eran la respuesta del régimen a la llegada de los fuegos de la revuelta árabe a uno de los países más críticos para la estabilidad de Oriente Medio: Una movilización popular que pedía se levante la obligación de obtener permiso de los servicios de inteligencia para comprar una vivienda en el sur del país, lindante con Israel, fue creciendo en intensidad y reclamos, hasta que el régimen reaccionó con el libreto tradicional, y la represión de la Guardia Republicana –que comanda el hermano menor del presidente, Mahir el Assad- se cobró una centena de muertes en la ciudad de Deraa.

Sin embargo, las expectativas creadas se licuaron cuando el débil circo que habían levantado quedó al descubierto. El nuevo gobierno nombrado por Bachar el Assad recae en la misma gente y en el mismo grupo social y religioso que gobierna el país desde la independencia, en 1944. Y el esperado discurso presidencial ante el Parlamento –un órgano colegiado integrado totalmente por el partido en el gobierno, el Baaz- no avanzó en una sola propuesta que haga presagiar cambios de fondo en el polvorín sirio: nada cambiará, y el “estado de excepción” seguirá vigente.

RELIGIÓN Y REPRESIÓN

La cuestión siria, además de que puede tener ramificaciones y repercusiones regionales, si finalmente estalla, mucho más diversas y profundas que las revoluciones que está viviendo el norte de África desde principio de año, se asienta en una debilidad estructural interna muy difícil de resolver, inclusive si hubiera una verdadera vocación aperturista en la clase dirigente que, como queda visto, no la hay. Y esa dificultad estructural está asociada al modelo adoptado desde los orígenes institucionales del país.

Esa lengua de tierra que se baña en las arenas de la punta oriental del Mediterráneo, llamada oficialmente República Árabe Siria, que se interna tierra adentro para tocar los bordes de algunas de las sociedades más problemáticas de toda la región (Líbano, Israel, Jordania, Irak y Turquía) fue, con el conjunto de asociaciones políticas vecinas, parte del Imperio Otomano hasta que se cayó el antiguo orden y se habilitó el desmembramiento en nuevos Estados soberanos. En la transición hasta la independencia, el territorio –que por entonces también comprendía a los cerros del Líbano- fue administrado por Francia como potencia colonial. La mayoría de la población siria, que se adscribe a la rama sunnita del Islam, resistió la colonización europea; por ello, cuando París comienza a dejar los asuntos políticos en manos de los naturales del lugar, escoge a una minoría social y religiosa para delegarle el mando: los alauítas, una facción del chiísmo, muy pequeña dentro de la propia rama chiíta, y con una ínfima representación respecto de la abrumadora mayoría sunnita. Esta elección de la potencia colonial sentó las bases del desequilibrio estructural.

Francia se terminó de retirar apenas unos meses antes de que concluyese la segunda Guerra Mundial, en 1944. Pero el clima bélico imperante y las apremiantes necesidades de la posguerra no eran el ambiente propicio para una recuperación institucional tranquila y ordenada. Una coyuntura que terminó favoreciendo a las posturas nacionalistas semiautoritarias. El Partido del Renacimiento Árabe Socialista, el Baaz, que se estaba extendiendo rápidamente por la región con una nueva filosofía panarabista, se convirtió en la principal referencia política. Hafez el Assad, a la sazón ministro del Ejército, vio la oportunidad y en 1970 dio un golpe de Estado, estableció al Baaz como partido único, ratificó el “estado de excepción”, y colocó a miembros de su familia o líderes de las demás familias alauítas en los puestos claves del país.

Surgía así esta dictadura tan peculiar, dominada por una familia y sus parientes religiosos, que a pesar de no llegar ni al diez por ciento de la población, controlan autocráticamente (y reprimen violentamente, cuando llega el caso), al otro noventa por ciento de esos casi veinte millones de habitantes, en su inmensa mayoría sunnitas.

Tras la muerte del patriarca Hafez, y a pesar de los rótulos republicanos y socialistas del Estado, la sucesión operó dinásticamente dentro de la familia (como lo estaban planificando en otras latitudes el egipcio Hosni Mubarak o el libio Muhammar el Khaddafi, antes de que el incendio de la revuelta árabe les quemara los papeles), y su hijo, el oculista Bachar, ocupó la primera magistratura en el año 2000. (El primogénito de Hafez, Basil, que había sido el elegido para suceder a su padre, había muerto antes en un accidente automovilístico).

CONTENCIÓN IMPLACABLE

Para hacer funcionar la administración política en el contexto de un desequilibrio social y religioso tan marcado, los Assad han sido implacables en la represión. La muestra más contundente de hasta dónde estaban dispuestos a llegar pudo verse en Hama, en 1982. Los islamistas (sunnitas), dirigidos por los Hermanos Musulmanes, cercanos al partido del mismo nombre fundado en Egipto, se alzaron reclamando una mayor participación en la vida política, coherente con la integración demográfica interna. El presidente mandó a su hermano, Rifaad, al mando de la temida Guardia Republicana. La que luego fue recordada como “la matanza de Hama” se saldó con unos 20.000 muertos, y los Hermanos Musulmanes –y nos sunnitas en general- no volvieron a levantar la cabeza.

Esta contención a sangre y fuego ha llevado a que en Siria se profundicen, en los últimos años, las contradicciones. A pesar de su formalidad republicana y democrática (hay elecciones, pero el Baaz las gana con porcentajes que rondan el 99 por ciento), es el país de Medio Oriente con espacios de libertad más restringida; y amén del carácter laico del gobierno y del Estado, la tensión religiosa entre ambas ramas del Islam es insostenible.

Además, a nivel regional las complicaciones son aún mayores: Israel es el principal enemigo declarado (sigue ocupando los altos del Golán, en la frontera sur); la intromisión siria en la política interna libanesa –a través de la financiación y el sostenimiento del partido milicia del Hezbollah- es evidente y comparable al apoyo que los Assad brindan a la facción palestina de Hamás en la franja de Gaza; la relación con Arabia Saudí es de competencia y de frialdad, debido a la opresión a los sunnitas; la vecindad con Turquía y su régimen de islamismo moderado de Recep Tayyip Erdogán, es estratégica; y –principalmente- la amistad con el régimen chiíta iraní de Mahmmoud Ahmadinejad (los Assad apoyaron a Irán en la guerra contra el sunnita iraquí Saddam Hussein, entre 1980 y 1988, lo que selló un pacto de hierro entre ambos regímenes); son elementos que convierten a la mecha siria, si llega a encenderse al calor de los vientos de la revuelta árabe, en la mayor patada al tablero de todo Medio Oriente.

Para hoy los sunnitas han convocado a manifestarse en los llamados “Viernes de la Dignidad”, movilizándose a la salida de las mezquitas, mientras aumentan los nervios en los palacios de Damasco.

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Libia: Los rebeldes retroceden hasta Brega (30 03 11)

Las tropas de Khaddafi reconquistan el puerto petrolero de Ras Lanuf

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Después de haber llegado hasta los mismos muros de la ciudad de Sirte, los insurgentes libios fueron repelidos por las tropas oficialistas, que lograron hacerlos retroceder hacia el este, y recuperaron en el camino algunas de las posiciones de manos rebeldes, como el puerto de Ras Lanuf, desde donde sale parte del petróleo de exportación.

La imagen de los últimos días se asemejó a un juego de táctica y de estrategia de guerra, donde los dos bandos que se disputan el control del escenario bélico del país norafricano se alternan en la ocupación de porciones de territorio, con apenas enfrentamientos menores y la constante presencia de la aviación francesa y británica, que junto a los misiles estadounidenses mantienen neutralizada a la artillería pesada y a los aviones que responden al coronel Muhammar el Khaddafi.

La conferencia mundial sobre Libia, que se reunió en Londres el martes pasado, fue un espaldarazo para la posición de los rebeldes y su representación principal, el Consejo Nacional con sede en Bengasi.

Sin embargo, los líderes insurgentes repiten que además del reconocimiento necesitan armas para hacer frente al ejército de Khaddafi.

Esta solicitud, sin embargo, divide a los países y a las organizaciones multilaterales que apoyan la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU),  que habilitó la zona de exclusión aérea.

El ministro de exteriores francés, Alain Juppé, admitió en Londres que su gobierno estaba dispuesto a discutir una ayuda militar a los rebeldes; y en el mismo sentido se expresó ayer el premier británico, David Cameron, quien afirmó que “no descarta” proporcionar armas para que la insurgencia libia haga frente a la poderosa maquinaria militar del régimen.

Otras posturas, como la del presidente chino Hu Jintao, niegan esta posibilidad; Hu inclusive  advirtió al presidente francés Nicolás Sarkozy, ayer en Pekín, que los bombardeos coordinados por la OTAN son excesivos.

Por su parte, la embajadora de Barack Obama ante la ONU, Susan Rice, afirmó que “no hemos tomado la decisión, pero no la descartamos”, y dejó abierta la posibilidad de armar a los rebeldes en el caso de que la actual intervención no se muestre suficiente para obligar a Khaddafi a abandonar el poder.

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A las puertas de Sirte (29 03 11)

La rebelión cerca al régimen libio

Se reúne en Londres la conferencia internacional para prever la transición política en Libia tras la dictadura de Khaddafi

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La insurgencia rebelde contra el régimen del coronel Muhammar el Khaddafi sigue avanzando sobre el terreno, y después de haber ocupado los principales puertos petroleros de la costa oriental del país, se encontraba en las últimas horas de ayer cercando la ciudad de Sirte, la población natal del líder libio, donde se espera que los alzados encuentren una fuerte resistencia de parte de las tropas gubernamentales.

Mientras tanto, una extendida conferencia internacional, con los representantes oficiales de un total de 35 Estados, se reunirá hoy en la capital británica para analizar la evolución de la intervención externa en el escenario libio, en aplicación de la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), que se hizo efectiva con el bombardeo de fuerzas francesas, inglesas y estadounidenses sobre las posiciones antiaéreas de Khaddafi; una acción militar de emergencia que frenó el avance gubernamental sobre el bastión rebelde de Bengasi y ha permitido el nuevo avance insurrecto sobre la porción occidental del país.

Además, a la conferencia de Londres asistirán países del Magreb árabe y de Oriente Medio, junto al secretario general de la ONU, Ban ki Moon, y representantes de organizaciones regionales muy vinculadas al conflicto, como el presidente de la Unión Africana, Jean Ping, y el jefe de gabinete de la Liga Árabe, Hesham Yusef, que compartirán la mesa con los referentes de los miembros de la Alianza Atlántica (OTAN).

Esta confluencia de altos representantes será utilizada para discutir un escenario de futuro para Libia, dando por sentado que ante el avance de los rebeldes el régimen autoritario del coronel Khaddafi terminará por ceder el poder.

Frente a ello, la conferencia espera aportar a una transición que evite desastres humanitarios y facilite la apertura de un proceso de diálogo político –tal vez encabezado por el Consejo Nacional rebelde- que lleve a la celebración de elecciones libres.

Las iniciativas de paz se multiplican, y luego de que Italia y Alemania anunciaran que llevarán a Londres un plan para habilitar un “corredor humanitario permanente”, y que incluye la salida hacia el exilio de Khaddafi, la Liga Árabe –que ha elevado el tono crítico con la fuerza utilizada por la OTAN en los bombardeos- defendió en la víspera el fin de las operaciones militares y la apertura de conversaciones con Trípoli, para alcanzar un “acuerdo político” que lleve al fin del conflicto.

Ante estas críticas, el secretario general de la Alianza Atlántica, Anders Fogh Rasmussen, que ha asumido la coordinación operativa de toda la intervención militar externa sobre Libia, volvió a remarcar que el objetivo de la OTAN es “proteger en forma imparcial” a toda la población civil que esté bajo amenaza de ataque; para lo cual se requiere destruir la artillería y las defensas antiaéreas del régimen.

En ese marco, los británicos anunciaron que sus aviones destruyeron un depósito de armas en Sebha, en el desierto, que estaban destinadas a atacar Misurata y otras ciudades del norte en poder de los rebeldes; en los últimos días ya habían neutralizado 22 tanques y vehículos militares en la zona de Misurata y Ajdabiya, que permitió que los insurrectos volvieran a tomar posesión de estas ciudades.

Todo indica que la próxima batalla se dará, durante las próximas horas, en los muros de Sirte, la cuna del dictador.

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Avanzan en Libia, se levantan en Siria (28 03 11)

LA REVUELTA LIBIA CONTROLA LOS PUERTOS

PETROLEROS Y AVANZA HACIA EL OESTE

La OTAN asume la coordinación militar de la intervención aliada, mientras la movilización general del mundo árabe recupera fuerza.

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El establecimiento de una zona de exclusión aérea sobre Libia, tras los ataques lanzados desde el 19 de marzo encabezados por Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos, ha permitido que los sublevados contra el régimen del coronel Muhammar el Khaddafi volvieran a avanzar sobre las posiciones que habían alcanzado antes de que el contraataque gubernamental –apoyado básicamente en los bombardeos de la aviación civil sobre las ciudades rebeldes- los hiciera retroceder hasta Bengasi.

Durante el fin de semana, los milicianos que responden al Consejo Nacional recuperaron las ciudades de Ajdabiya y Brega, y el domingo tomaron Bin Jawad, el puesto más occidental alcanzado por los rebeldes en este nuevo avance.

De esta manera, vuelven a estar en manos de los sublevados los principales puertos desde los cuales se exporta el crudo libio: Tobruk, Zuweitina, Brega, Ras Lanuf y Al Sidra.

En la tarde de ayer, la cadena qatarí Al Jazeera informaba que los insurgentes, que siguen afectados por serios defectos de organización y no cuentan con una cadena de mando militar unificada, se dirigían hacia Sirte, la ciudad natal de Khaddafi.

En Sirte el régimen dispone de un fuerte bastión de defensa, con una cantidad no precisada de carros de combate, morteros y armas ligeras, que hacen prever la posibilidad de una cruenta batalla aunque no disponga del apoyo de la aviación militar. Los rebeldes no pueden esperar más apoyos externos, ya que la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), el respaldo de legalidad internacional que habilita la intervención de las potencias occidentales, excluye explícitamente la invasión terrestre.

Mientras vuelven los trascendidos sobre nuevas defecciones de personalidades que abandonan el régimen, Italia y Alemania presentarán mañana, en la conferencia internacional que se reunirá en Londres para analizar la crisis en Libia, un plan de paz que contempla un “corredor humanitario permanente”, así como la salida de Muhammar el Khaddafi hacia el exilio en un “país amigo”, según declaró el canciller italiano Franco Frattini.

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LA MOVILIZACIÓN ALCANZA A SIRIA, JORDANIA Y YEMEN

El régimen autocrático del presidente sirio Bashir al Assad escogió la vía violenta para reprimir las manifestaciones de protesta contra la falta de libertades y en demanda de su renuncia a la presidencia, y las fuerzas policiales del régimen reprimieron a sangre y fuego, causando entre 20 y 40 muertes, según diversas fuentes, en Damasco y en la ciudad portuaria de Latakia.

Francotiradores afines al gobierno dispararon contra las manifestaciones, y la matanza ha caldeado aún más los ánimos de un movimiento popular que cobra fuerza, a tono con el estado de insurrección generalizada que vive Medio Oriente.

Frente al agravamiento de la situación social, y el repudio internacional que generó la represión, el régimen del partido Baas liderado por Al Assad prometió ayer levantar el estado de emergencia. La norma –supuestamente extraordinaria y temporalmente acotada- rige en realidad toda la vida política siria desde 1963, tras el golpe de Estado que instaló al Baas en el poder.

El estado de emergencia ha supuesto la restricción de casi todos los derechos civiles de la población, y ha permitido durante más de cuatro décadas las detenciones arbitrarias y la celebración de juicios políticos ante tribunales de la Seguridad del Estado, sin derechos de defensa o de recurrir las condenas, entre otras múltiples discrecionalidades del poder.

Anular ahora el estado de emergencia, en todo caso, su presenta como una medida tardía y no es probable que logre detener la escalada de protestas.

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No hay guerra buena, pero sí hay guerras justas

No hay guerra buena, pero sí hay guerras justas

por Lluís Bassets

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Buena no es. Que quede claro. Ni esta ni ninguna. La guerra es el mal por definición. ¿Cómo podría ser bueno destruir y matar? Pero que no sea buena no quiere decir que sea injusta. A veces no hay más remedio que elegir entre dos males, algo que obliga a optar por el mal menor. La guerra es un mal menor y sólo lo es cuando es justa. Cuando es injusta es siempre un mal mayor. Quien no quiere elegir este mal menor también elige: el mal mayor avanza gracias a su pasividad, su equidistancia o su cinismo. La guerra también es esto: la obligación de elegir, a la que nadie puede sustraerse.

Este fin de semana un destacado grupo de dirigentes políticos han tenido que elegir entre dos males. El mal mayor era no hacer nada, como habían venido haciendo hasta ahora. Hoy Gadafi estaría fusilando y torturando en Bengasi, tendría de nuevo al entero país en sus manos y volvería a insistir en los chantajes que le han convertido en maestro de la mafia mediterránea: usando el petróleo, la inmigración y el terrorismo para comprar su reconocimiento y respetabilidad a costa de su pueblo, empobrecido y embrutecido bajo su dictadura.

Habría sido pésimo para sus víctimas directas, pero también lo habría sido para todos: nada peor que el mal ejemplo de un tirano que consigue doblar el brazo a la revuelta contra su dominio por la pasividad de la comunidad internacional. Todos los tiranos estarían ahora regodeándose. Por eso vacila ahora la Liga Árabe. Muchos de sus socios hubieran preferido quedar bien con una mera declaración verbal en Naciones Unidas para poder seguir luego campando a sus anchas gracias a la falta de voluntad europea y americana. El mal menor era autorizar la creación por la fuerza de una zona de prohibición de sobrevuelos y permitir que una coalición internacional inutilizara a la aviación, la artillería y los blindados del dictador, para impedir que siguiera atacando a la población que no tiene bajo su control. Estas acciones militares, que no son en propiedad una guerra declarada, responden bastante bien a las exigencias para la guerra justa tal como las han definido los especialistas en derecho internacional. Cuando alguien dice que no hay guerras justas puede tener razón si quiere significar con ello que no hay guerras buenas. Pero si nos atenemos a la definición del derecho parece que hay pocas dudas que esta acción militar es justa y que en todo caso lo es mucho más que cualquier de las anteriores guerras que respondían a esta definición.

Pero hay que exigir todavía más. No basta con que la acción militar que se desencadena sea justa. Luego debe seguir siéndolo también. A la declaración de guerra justa, llamada ‘ius ad bellum’ o derecho a hacer la guerra, se le pedía una causa justa, una autoridad legítima, un objetivo correcto, que fuera el recurso último, el uso proporcionado de la violencia y unas altas probabilidades de éxito que conduzcan al final de las hostilidades. Estas condiciones se extienden luego en la forma de librar las acciones de guerra para que siga cumpliendo las condiciones de la guerra justa: es el ‘ius in bellum’. Hay que utilizar la violencia con sentido de la necesidad, de la proporcionalidad y de forma discriminada para que no afecte a quienes no son combatientes. Una de sus consecuencias es respetar las convenciones de Ginebra sobre el trato a los combatientes, a los prisioneros y a la población civil.

Ningún dato tenemos hasta ahora de que la acción militar área internacional sobre Libia haya desbordado estos parámetros. Siempre hay algún comentarista, a derecha e izquierda, que considera que no hay guerra sin violencia innecesaria, sin desproporcionalidad y sin muertes injustas de civiles. Ergo: aunque no tengamos datos ya podemos declarar que estamos ante una nueva guerra injusta. Pero como sabemos a qué se refieren estos comentaristas cuando señalan que esta guerra también es injusta, lo que corresponde es analizar la guerra de Irak según estos parámetros. Invito a que lo haga el lector, y verá que lo fue en grado máximo tanto en su declaración como en la forma en que se libró, e incluso lo fue en las intenciones y en los métodos elegidos por quienes la plantearon.

Veamos. El paradigma de la guerra injusta es la guerra preventiva declarada por una superpotencia. No cuenta con legitimidad ni autorización legal de ningún tipo, no funciona como último recurso, su causa (eliminar el peligro de la armas de destrucción masiva) es una invención, el objetivo (ocupar Irak para convertirlo en una democracia) es visiblemente incorrecto e incluso sus probabilidades de éxito, como se ha visto luego, eran también objeto de un abierto desenfoque.

Fue injusta también en la forma en que se libró: gracias a la doctrina Rumsfeld, que impuso la utilización del mínimo de tropas, con el máximo de tecnología y el auxilio de mercenarios contratados a través de empresas privadas, se consiguió un sufrimiento indecible de la población, alentó la guerra civil y el terrorismo sectario y alcanzó unas cifras de víctimas directas catastróficas, sin contar las muertes por enfermedades que ocasionó el caos.

No olvidemos tampoco que la primera reacción de Bush ante el 11 S fue considerar superadas las convenciones de Ginebra y obsoleta la única institución que tenemos a disposición para intentar poner un poco de orden y de legalidad en la escena internacional, que es Naciones Unidas: así se libró la guerra de Irak, sin autoridad ni reglas reconocidas, como en el siglo XIX. Que esta acción militar contra Gadafi sea justa puede ser objeto de discusión. Pero el único argumento que no sirve es parangonarla con la de Irak para convertirlas en justas o injustas a ambas.

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¿Y qué hará Khaddafi? (23 03 11)

MÁS MISILES EN EL ATAQUE LIBIO

La coalición aliada vuelve a atacar Trípoli por cuarto día. Las tropas de Khaddafi resisten en Trípoli y siguen avanzando en ciudades pequeñas. Rusia, China y Brasil exigen un alto el fuego.

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Al entrar en su cuarta jornada, la operación militar sobre Libia denominada “Amanecer de la Odisea” ha comenzado a mostrar divergencias en la conducción de las operaciones sobre el terreno, al tiempo que los analistas debaten sobre las posibilidades de salida de la operación.

Este último punto cobra relevancia frente a la resistencia evidenciada por el régimen del coronel Muhammar el Khaddafi ante el ataque aliado, y los límites de la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), que llama a “tomar todas las medidas necesarias” para proteger a la población civil libia, pero deja explícitamente fuera de estas posibilidades la invasión terrestre del país.

Con este marco de legalidad internacional, el gobierno de Khaddafi podría resistir desde la ciudad de Trípoli, habilitando una larga contienda de horizontes imprevistos. En cuanto a la conducción de las operaciones, el presidente estadounidense Barack Obama, que ha tenido que asumir la máxima instancia de mando prácticamente a regañadientes, afirmó desde Santiago de Chile que la primera fase de la operación había concluido satisfactoriamente al neutralizar las defensas antiaéreas y, con ello, habilitar una zona de exclusión para la aviación militar del gobierno.

Concluida esta fase, el mandatario norteamericano insiste en traspasar el mando de las operaciones a la plana mayor de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Los otros dos dirigentes que lideran la coalición contra Khaddafi, el presidente francés Nicolás Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron, después de una reticencia inicial que mostró las divergencias en el seno del mando aliado, habrían acordado mantener las riendas de la decisión política pero acceder a la iniciativa de Obama de dejar a la OTAN a cargo de la coordinación, según un comunicado del Elíseo.

En este sentido, el secretario general de la OTAN, Anders Fogh Rasmussen, anunció desde la sede de Bruselas que la organización ha acordado imponer un embargo de armas a Libia, y estudia la imposición de un cierre naval a lo largo de las costas del país norafricano.

Aún así, es discutible la posibilidad de que la Alianza Atlántica pueda ir más allá de acciones de apoyo a la zona de exclusión, dada la importante presencia de Turquía en su seno. El gobierno turco ya ha adelantado su oposición a incrementar las acciones consensuadas en la resolución de la ONU.

El otro componente asociado a la acción contra Khaddafi, la Liga Árabe, que volvió a ratificarle al secretario general Ban ki Moon, en El Cairo, su compromiso con las fuerzas aliadas para mantener la zona de exclusión aérea, también vería comprometido su apoyo si la OTAN queda a cargo del mando en la zona.

Las cancillerías de Brasil, Rusia y China, además, exigieron ayer un “alto el fuego inmediato”, y la apertura de negociaciones diplomáticas con el régimen de Trípoli.

El ministro de Defensa ruso, Anatoly Serdyukov, se reunió en Moscú con su par norteamericano, Robert Gates, ante quien protestó por las bajas civiles causadas por los bombardeos aliados.

Las muertes entre la población de las áreas bombardeadas no ha podido precisarse; fuentes británicas aseguran que los objetivos de los misiles lanzados desde aviones y buques próximos a la costa libia han sido exclusivamente instalaciones militares, pero desde la televisión oficial de Trípoli se ha difundido que al menos 90 personas han muerto, y más de 200 han resultado heridas como consecuencia del fuego occidental.

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La intervención en Libia reverdece la protesta árabe (21 03 11)

Las fuerzas aliadas neutralizan el ataque de la aviación libia

Las protestas aperturistas vuelven a tomar cuerpo tras las represiones en Siria y en Bahrein

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Desde Chile, adonde llegó procedente de Brasil, el presidente estadounidense Barack Obama afirmó que la “primera fase de la intervención militar aliada en Libia está concluida”, al tiempo que volvió a ratificar que las tropas de su país no invadirán por tierra el país norafricano ni perseguirán al coronel Muhammar el Khaddafi militarmente, sino que presionarán para que el mandatario negocie su alejamiento del poder.

“La posición estadounidense es que Khaddafi tiene que irse”, sostuvo Obama en la conferencia de prensa junto al presidente chileno Sebastián Piñera, reiterando la postura de que la intervención se decidió para proteger a la población civil y en el marco del consenso de las Naciones Unidas, “nuestra acción militar es en apoyo de un mandato internacional del Consejo de Seguridad, que se centra específicamente en la amenaza que el coronel Khaddafi supone para su pueblo”, sostuvo Obama.

En el mismo sentido, desde Londres el primer ministro David Cameron coincidió en que la primera etapa del ataque se ha saldado satisfactoriamente, al “hacer posible la aplicación segura de una zona de exclusión aérea”; al mismo tiempo, sostuvo que la urgencia de la intervención aliada respondió a “prevenir una matanza” que las tropas gubernamentales estaban dispuestas a ejecutar en Bengasi.

Sobre el territorio libio, mientras tanto, los insurgentes –que han recibido la intervención aliada como un apoyo que puede volver a equilibrar la balanza de fuerzas- han relatado a la cadena Al Jazeera que los francotiradores y los paramilitares de los Comités de la Revolución afines al gobierno han ocupado el lugar de los soldadores regulares de Khaddafi, lo que abre una nueva etapa de la guerra al interior de las ciudades ocupadas.

El canal Al Arabiya informó que el gobierno de Trípoli solicitó una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU, tras sostener que ha acatado el cese de fuego impuesto por la resolución 1.973 adoptada por el organismo el viernes pasado, extremo que los responsables militares de la Alianza Atlántica (OTAN) rechazan como falso.

A pesar de las críticas, la acción aliada no ha sido condenada por la sociedad internacional; sólo Venezuela, Uruguay, Ecuador y Nicaragua hicieron llegar notas de protestas al secretario general de la ONU, Ban ki Moon. Y el primer ministro ruso, Vladimir Putin, que había sostenido que la intervención le recordaba una “nueva cruzada” medieval, fue desautorizado por el presidente Dmitri Medvédev. El jefe del Kremlin sostuvo que Rusia “no considera equivocada la resolución 1.973, porque refleja nuestra comprensión de los sucesos”.

La revuelta árabe, por lo demás, sigue extendiéndose por la región de Oriente Medio, y en Yemen –donde una violente represión de manifestantes acaba de saldarse con 52 muertos- una parte del Ejército desertó para ponerse del lado de los sublevados.

Decenas de oficiales, incluyendo a tres generales, y suboficiales enviaban ayer a sus soldados a proteger a los manifestantes que piden la renuncia del presidente Alí Abdallah Salé.

 

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La OTAN frena a Khaddafi. Europa apoya en bloque

La OTAN cierra el cielo libio y detiene la toma de Bengasi

Khaddafi asegura que resistirá y promete convertir al Mediterráneo en una zona de guerra

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Las fuerzas militares de la coalición occidental liderada por Francia, bombardeaban anoche por segundo día consecutivo las defensas antiaéreas del régimen libio del coronel Muhammar el Khaddafi, con el objetivo de establecer una zona cerrada a los vuelos de la aviación militar de Trípoli.

El ataque aliado, amparado en la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), comenzó a las pocas horas de que el organismo multilateral aprobara acciones ofensivas para proteger a la población civil de los bombardeos de Khaddafi, cuando fuentes oficiales libias aseguraban estar a las puertas de Bengasi, la ciudad oriental libia donde se ha asentado la coordinación de las fuerzas insurgentes y el Consejo Nacional, el órgano provisorio de gobierno de los alzados.

Los objetivos de la ofensiva occidental, que se basa principalmente en los caza bombarderos franceses con el apoyo de misiles norteamericanos lanzados desde las naves próximas a la costa libia, han vuelto a apuntar ayer a la capital, Trípoli, por segundo día consecutivo.

Según han informado fuentes castrenses occidentales, la acción ofensiva intenta desactivas las defensas antiaéreas, que dejarían desprotegida a la aviación libia, lo que permitiría, a su vez, el establecimiento de una zona de exclusión aérea.

Sin embargo, el jefe del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos, el almirante Mike Mullen, reconoció que al menos 90 personas murieron, mientras otras 200 resultaron heridas, como consecuencia de los bombardeos de la coalición, señalaron fuentes informativas en América latina.

La cadena árabe Al Jazeera, por su parte, trasmitió el comunicado oficial del gobierno de Khaddafi, que momentos después de iniciado el ataque aliado, el sábado pasado, anunció que había ordenado a todas las unidades gubernamentales “un alto el fuego inmediato”. La medida militar se tomaba, seguía el parte, para preservar las posibles bajas civiles y “la destrucción de edificios civiles y militares”.

Sin embargo, la misma cadena informaba poco después que las defensas antiaéreas habían empezado a disparar, y el ataque del régimen sobre Bengasi seguía adelante, así como la ofensiva de las tropas de Khaddafi en otras ciudades tomadas por los insurrectos.

El presidente estadounidense Barack Obama, de visita oficial en Brasil, ha afirmado que su país no invadirá Libia ni se involucrará en combates cuerpo a cuerpo sobre el terreno, sino que se limitará a cumplir con la resolución de la ONU en coordinación con los demás miembros de la Alianza Atlántica (OTAN). El director del Pentágono, William Gortney, ratificó que el objetivo no es alcanzar militarmente al líder libio.

Apoyo europeo

Finalmente, y tras unos primeros momentos de falta evidente de coordinación, las cancillerías europeas se han alineado detrás de la iniciativa del presidente francés Nicolás Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron, cuyos efectivos militares lideran junto a Estados Unidos la ofensiva contra las posiciones antiaéreas del régimen libio.

Italia y España se han sumado con recursos militares, y hasta la remisa Ángela Merkel, que había planteado objeciones a la intervención y se abstuvo de votar la resolución 1.973 en la ONU, se sumará al accionar conjunto permitiendo la utilización de sus bases por los ejércitos de la OTAN, señaló el ministro de Exteriores, Guido Westerwelle.

Las voces opositoras a la acción militar fueron encabezadas por el presidente venezolano Hugo Chávez, que pidió el cese de la “agresión del imperialismo” contra Khaddafi; también expresaron su protesta los gobiernos de Uruguay, Ecuador y Nicaragua.

Rusia, China, India y Brasil, si bien se abstuvieron en la ONU, no han condenado el ataque militar.

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Guerra sucia, negro petróleo

Guerra sucia, negro petróleo

Por Nelson Gustavo Specchia

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Durante dos días, en la luminosa París, las principales economías del mundo se reunieron, con la crisis política y humanitaria de Libia en el centro de sus agendas. De todas las opciones posibles, el Grupo de los Ocho eligió la peor de ellas: no hacer nada. No es la primera vez que las grandes potencias tienen en sus manos la ocasión de hacer realidad lo que pregonan, y la dejan pasar. La posibilidad de aunar el discurso de la solidaridad internacional con los pueblos oprimidos, la cooperación en el crecimiento de la libertad y en la profundización de la democracia, aunados a hechos concretos que demuestren que esos principios realmente configuran un embrión de comunidad internacional, en vez de ser una pantalla hueca que sólo sirve para adecentar la dura realidad del poder militar y los intereses económicos. Y también esta vez la dejaron pasar.

Los responsables de las políticas exteriores del Grupo de los Ocho (G-8), los cancilleres de los Estados Unidos, Rusia, Francia, Gran Bretaña, Alemania, Canadá, Italia y Japón, no lograron consensuar ninguna medida para intervenir en el territorio libio, en apoyo a la insurgencia popular alzada contra la tiranía del coronel Muhammar el Khaddafi. A pesar de ciertas posturas que, en los primeros momentos de la revuelta, hicieron suponer que los rebeldes podrían llegar a tener el apoyo de alguno de los miembros del selecto club de los poderosos del mundo, el contundente contraataque del régimen libio para recuperar posiciones sobre el terreno ocupado, la obvia superioridad militar, el respaldo de millones de todas las monedas de curso legal acumulados por el coronel durante los 41 años que ocupa el poder en Trípoli, y un escenario de aumento de la demanda de recursos energéticos tras el colapso japonés, modificaron rápidamente aquellas primeras señales esperanzadoras.

La administración norteamericana de Barack Obama, que había planteado originalmente el cerco aéreo de una zona de exclusión para la aviación militar de Khaddafi, y que inclusive había llegado a reacomodar parte de su flota de guerra en el Mediterráneo para acercarla a las costas libias, retrocedió hacia una posición de claroscuros para evitar mayores definiciones. Tras los primeros discursos de Hillary Clinton, amenazando a Trípoli con fuertes sanciones o directamente con una intervención, se pasó a condicionar ésta al acuerdo con los socios europeos de la OTAN. Pero cuando el francés Nicolás Sarkozy –en conjunto con el premier británico David Cameron- se sumó a la hipótesis de cerrar el cielo libio a través del bombardeo de sus defensas antiaéreas, Hillary dijo que se requería para llegar a eso la anuencia de los demás Estados árabes.

Los largos e intrincados pasillos diplomáticos seguían cruzándose, pero aún así se logró, en un tiempo breve, que la Liga Árabe, reunida en El Cairo, separara al gobierno de Libia de su seno y diera su consentimiento para bloquear el espacio aéreo; una medida que colaboraría con la oposición rebelde, pero que fundamentalmente protegería a la población civil contra los estragos de los bombardeos de la aviación militar del régimen. Pero tampoco el consentimiento de la mayoría de los países árabes fue suficiente ya para la secretaria de Estado de Obama; la nueva postura era que la decisión surgiera del pleno del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.

Pero mientas los laberintos diplomáticos se cruzaban y se enderezaban, el coronel no perdía ni un minuto, y ya había enviado mensajeros personales a El Cairo, para intentar quebrar la postura homogéneamente en su contra en el seno de la Liga Árabe; y otros emisarios a Bruselas, a hacer lobby en las diversas oficinas decisorias de la Unión Europea. Con la misma velocidad, había recibido en Trípoli a los embajadores de Rusia y de China. Todo el sistema informativo libio sigue cerrado a cal y canto desde que comenzó la insurrección rebelde, pero la cadena televisiva qatarí Al Jazeera publicó un trascendido que mostraba por dónde iría la estrategia del coronel: en las conversaciones con los embajadores, Khaddafi habría prometido a Rusia y a China sendos contratos de explotación petrolera en condiciones excepcionalmente ventajosas. Ambos países disponen de poder de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU. O, como mínimo, si no utilizan el veto, al menos se abstendrán de apoyar el cierre del cielo libio.

A PASO CAMBIADO

Cada vez más distante y distraída, Hillary Clinton llegó a la reunión del G-8 en París, y antes de ir a las sesiones se reunió con el presidente Nicolás Sarkozy. El francés es el que ha quedado peor parado en el veloz cambio de actitud de las potencias en la crisis Libia. Se jugó a apoyar la insurrección, rompió relaciones con Khaddafi, reconoció al Consejo Nacional opositor como su interlocutor legítimo, y mandó un nuevo embajador a Bengasi para que lo represente ante los insurgentes. Después de la entrevista con Hillary, el duro rostro del inquilino del Elíseo se mostraba preocupado; y al término de la reunión de cancilleres, cuando ya se sabía que nadie haría nada, y las tropas del régimen ya cercaban la capital de los rebeldes, Sarkozy mandó que su fútil y breve embajada vuelva a París, antes de que Bengasi termine de caer en las manos del sátrapa libio nuevamente.

El resto, por supuesto, fueron declaraciones y grandes discursos, como siempre. Todos los cancilleres coincidieron en pedir a Khaddafi que respete las legítimas reivindicaciones y aspiraciones del pueblo libio. Palabras que el coronel, seguramente, habrá recibido con una sonrisa irónica en Trípoli.

IMPUNIDAD ASEGURADA

Porque las declaraciones del G-8 en París dejan claro que los grandes principios sostenidos como valores morales universales por los poderosos de la tierra tienen, al menos al día de hoy, ese límite objetivo: su enunciación discursiva, pero no necesariamente su consecución material.

Y los primeros en tomar nota de esta situación, además del propio Muhammar el Khaddafi, han sido las petrocracias del Golfo Pérsico, comenzando por el jefe de la casa reinante en Arabia Saudita, Abdallah bin Abdelaziz, y por el monarca del Estado insular de Bahrein, Hamad ibn Isa Al Khalifa.

Porque la inacción de las potencias, además de dejar pasar otra oportunidad para hacer realidad lo que pregonan sobre la libertad y la apertura democrática, está fijando el nivel de represión que las autocracias árabes pueden seguir ejerciendo contra sus pueblos, sin correr el riesgo de que los grandes poderes del globo vayan a impedirlo.

Así, el alzamiento popular en Bahrein, que desde mediados de febrero ocupaba las calles y la céntrica Plaza de la Perla del pequeño país, en demanda de una apertura democrática concreta, con elecciones para la constitución de un Ejecutivo y la integración de un Parlamento (instancias a las que hasta hoy nominan de manera feudal los Al Khalifa), fue aplastado por las tropas de Arabia Saudita. Al ver el modo en que las principales potencias trataban a Khaddafi, el sunnita rey Abdallah puso manos a la obra y mandó su gente a reprimir a los chiítas de las islas bahreníes, no vaya a ser que el proceso democratizador avance en el país vecino, y que desde allí luego se trasladase a las costas del gran reino petrolero.

En todo caso, debe ser la obvia lectura de Abdallah y de los Al Khalifa, si a Khaddafi le han permitido machacar sin piedad a los opositores rebeldes, reprimiendo el alzamiento con todo el peso de su aviación y artillería, la impunidad de los países del Golfo, donde las reservas del negro petróleo son sustantivamente más vastas, está garantizada.

Si Khaddafi termina finalmente tomando Bengasi este fin de semana, y desencadenando la persecución y represión sobre los civiles rebeldes que se vaticina, el idealismo diplomático europeo y los bellos discursos internacionales del gobierno demócrata estadounidense, habrán sufrido una profunda herida de credibilidad. Un descenso muy difícil de remontar.

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Khaddafi amenaza, Al Khalifa reprime (17 03 11)

Khaddafi advierte sobre la injerencia

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TRÍPOLI.- En medio de la confusión informativa que rodea todo el escenario bélico en Libia, los trascendidos sobre la presencia de las tropas leales al líder Mohammar el Khaddafi en las inmediaciones de la ciudad de Bengasi, la capital de la insurgencia rebelde, parecen confirmarse.

El hijo del mandatario, Saif el-Islam, una figura que ha sido mencionada reiteradamente como su más probable sucesor, declaró en la víspera que la resistencia de los sublevados “no durará más de 48 horas”, según difundió el canal de televisión EuroNews.

En las mismas declaraciones, y apuntando a las gestiones urgentes que Gran Bretaña y Francia impulsan en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), el hijo de Khaddafi aseguró que las gestiones de las potencias occidentales, cualquiera sea la decisión a la que finalmente arriben, serán tardías, porque las Fuerzas Armadas regulares habrán recuperado el control de la capital rebelde.

Londres y París han respaldado una propuesta de resolución presentada por el embajador del Líbano ante la ONU, para crear una zona de exclusión aérea sobre el territorio libio, junto al establecimiento de corredores humanitarios y nuevas sanciones económicas. La medida, que cuenta con el apoyo de la Liga Árabe, era tratada anoche por el Consejo de Seguridad, a puertas cerradas.

El presidente francés, Nicolás Sarkozy, envió una nota a la sede del organismo, en Nueva York, en la que reclamó “enérgicamente” una toma de posición para terminar con la “tiranía” de Khaddafi. El mandatario libio, a su turno, volvió a arengar a sus partidarios en Trípoli, pidiendo que se alzaran en armas para enfrentar una posible intervención de Occidente.

El coronel ya había adelantado que consideraría la prohibición de vuelos de su aviación militar como una declaración formal de guerra, y ayer se dirigió directamente al presidente francés, el único que ha reconocido al Consejo Nacional opositor como su interlocutor: “Ahora Francia levanta la cabeza y dice que atacará Libia. ¡Nosotros seremos los que los atacaremos a ustedes, como en Argelia y como en Vietnam!”, afirmó desafiante.

 

El rey de Bahrein elige la represión

MANAMA.- La revuelta árabe que sacude el pequeño reino insular de Bahrein cambió sorpresivamente de dirección esta semana, cuando la dinastía sunnita de los Al Khalifa decidiera imponer el estado de sitio y enviar los tanques militares a desalojar por la fuerza la Plaza de la Perla, en el centro de la capital, Manama.

La violenta avanzada militar sobre los ocupantes de la plaza se saldó con, al menos, cinco personas muertas, y docenas de detenidos.

En Bahrein, donde la familia Al Khalifa gobierna autocráticamente desde el fin del protectorado británico, en 1971, la revuelta se había desarrollado hasta ahora por cauces medianamente controlados. Luego del estallido popular del pasado 17 de febrero, el príncipe heredero, Salman bin Hamad, fue encomendado por el rey Hamad bin Isa para dialogar con los movilizados, mayoritariamente pertenecientes a la confesión chiíta del Islam.

Los reclamos populares, dirigidos a una modificación constitucional que permitiera la elección democrática de un gobierno y un parlamento (hoy designados directamente por el monarca) parecían plausibles.

Pero la sospecha de que en la protesta podría estar actuando el gobierno iraní de Mahmmoud Ahmadinejad, el principal régimen chiíta de toda la región, provocó suspicacias, especialmente en la sunnita Arabia Saudí.

Un conglomerado de ejércitos árabes ingresó en el archipiélago bahrení y forzó la represión de los movilizados, que permanecían acampando en la Plaza de la Perla.

Ayer, centenares de policías antidistubios, apoyados por helicópteros, lanzaron gases lacrimógenos, mientras tanquetas militares pasaban por encima de las débiles barricadas de arena que se habían alzado en las entradas de la plaza. Las protestas espontáneas que se armaron para protestar por la represión gubernamental fueron sofocadas sin miramientos.

Desde Teherán, Ahmadinejad declaró que “el nivel de represión ejercido sobre la mayoría” chiíta bahrení ha sido “grave, injustificable e irreparable”. Las declaraciones del líder iraní abren un nuevo frente interno en Medio Oriente.

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