Archivo mensual: junio 2007

ETA y la paz posible de los españoles (21 06 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (21 de junio, 2007)

.

.

.

.

.

.

.

ETA Y LA PAZ POSIBLE DE LOS ESPAÑOLES

.

.

por Nelson Gustavo Specchia

.

Profesor de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba

.

.

.

.

.

“ETA quiere anunciar que abandona el alto el fuego permanente y que ha decidido actuar… a partir de las 00:00 hs del 6 de junio de 2007.” Con esta lacónica y terrible frase finaliza el comunicado escrito que la organización terrorista vasca distribuyó estos días pasados. Con estas pocas palabras ETA comunica a la sociedad española que vuelve a matar, a atentar indiscriminadamente “en todos los frentes”; que vuelve a imponer la extorsión y el chantaje del “impuesto revolucionario” a empresarios y comerciantes; que vuelve a secuestrar, a poner bombas en los automóviles, a hacer estallar grandes superficies llenas de civiles, y a amedrentar y sepultar a toda la sociedad bajo el manto del miedo permanente.

.

.

En realidad, el comunicado escrito de la banda tiene, dentro de lo terrorífico de su trasfondo, también un toque de ironía macabra. Este rompimiento de la tregua que –teóricamente- había iniciado el 22 de marzo del año pasado, ya había saltado por los aires a fines del mismo 2006. El 30 de diciembre estalló un coche bomba en el estacionamiento de la nueva Terminal 4 del aeropuerto madrileño de Barajas, sepultando entre sus escombros –otra ironía macabra- a dos humildes trabajadores inmigrantes ecuatorianos.

.

.

Diego Armando Estancio (le habían puesto su nombre por Maradona), y Carlos Palate, los ecuatorianos que murieron en el atentado de Barajas, fueron las víctimas número 816 y 817 desde que ETA comenzó a matar. Los heridos son muchos más. Los amedrentados por su terror se cuentan por miles. ETA no tiene una larga historia en la política española, su actividad criminal se extiende por tres décadas, las mismas con las que cuenta la democracia en la península, luego de la larga noche de la dictadura franquista.

.

.

En su corta historia “revolucionaria” para “liberar” al País Vasco de la “dominación” española, la banda ha planteado cinco “alto el fuego”. Ha aceptado negociaciones con el gobierno central durante esas treguas, con el socialismo de Felipe González primero, y luego con la administración conservadora de José María Aznar. La que acaba de romper con el gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero era el quinto intento. En realidad, las treguas fueron aprovechadas por la banda para recomponer su aparato logístico, para reestructurar sus cuadros, y para planificar nuevas acciones armadas. ETA siempre rompió los “alto el fuego”. Y siempre volvió a matar. Es esperable que su amenaza del 6 de junio se cumpla en breve, y un nuevo evento de sangre vuelva a enlutar la vida civil española.

.

.

Las negociaciones con las administraciones centrales han fracasado una y otra vez, porque los objetivos –siempre maximalistas- que la banda terrorista plantea, son inaceptables para cualquier gobierno. ETA (cuyas siglas significan, en euskera, Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) aspira a la territorialidad y la autodeterminación de los vascos. Como vascos define a los habitantes de las actuales provincias españolas de la comunidad autónoma (Álava, Guipúzcoa, y Vizcaya), más los de la comunidad autónoma de Navarra, más los ciudadanos franceses de las comarcas de Benafarroa (Baja Navarra), Lapurdi, y Zuberoa. Estas siete comunidades, repartidas en dos estados europeos, conformarían una unidad histórica, lingüística y socio-cultural diferente, a la que denominan Euskal Herria. Esta unidad debería expresarse en lo territorial (una única entidad) y en lo político (autodeterminación). Dentro de esta lógica, la puesta en práctica del planteo de ETA debería llevar a la creación de un nuevo estado, independiente de España y de Francia, o sea, soberano. ¿Qué gobierno podría aceptar negociar en estos términos?

.

.

Batasuna, la expresión partidaria de ETA, el “brazo político” de la banda, tiene prohibido presentarse a las elecciones, debido al apoyo a la violencia terrorista que atenta contra el estado de derecho y el sistema democrático. En la búsqueda de alternativas que le permitan sortear la prohibición, Batasuna pidió a sus bases electorales que votaran por un pequeño partido político regional (ANV), o bien que anularan el voto. En las recientes elecciones municipales, la suma de votos nulos más los que consiguió ANV – Acción Nacionalista Vasca, la formación que recibió el voto etarra, constituye una muy reducida minoría en el total del electorado. La gran mayoría de los vascos quieren paz, autonomía, y tranquilidad dentro de España. Entonces ETA, en su comunicado de fin de la tregua, deja sentado que esa voluntad popular le tiene sin cuidado: “Las elecciones recientemente celebradas carecen de legitimidad”, afirman.

.

.

Rodríguez Zapatero ha reaccionado con dureza, aunque algo tarde. Durante todos estos meses pasados, sin entender que el diálogo con el terrorismo socava la propia democracia (y, por supuesto, a su propia administración), dio sobradas muestras de estar dispuesto a llegar a algún tipo de acuerdo con la banda (acercamiento de presos etarras al País Vasco, atenuación de la condena al terrorista Iñaki de Juana Chaos, enfriamiento de los juicios a los dirigentes de Batasuna). Hoy justifica su empeño negociador confesando: “He realizado todos los esfuerzos para alcanzar la paz, y abrir un marco de convivencia para todos, en el que pudiesen defenderse democráticamente todas las opciones y que supere todo enfrentamiento.” Pero rota la tregua y ante el nuevo desafío del terrorismo armado, se apresuró a encarcelar a Arnaldo Otegui, líder de Batasuna; a volver a De Juana Chaos a prisión; al tiempo que la policía francesa detenía, en Bagneres de Bigorre, a tres etarras miembros del aparato militar de la banda.

.

.

En esta nueva etapa, Rodríguez Zapatero ha rectificado el rumbo. Ha abandonado las hipótesis de diálogo con la organización terrorista, y se propone la defensa de las instituciones democráticas, la aplicación irrestricta del Estado de derecho, el funcionamiento pleno de las fuerzas de policía y seguridad, y la cooperación internacional. Ha convocado, para ello, a la unidad de todas las fuerzas democráticas españolas, para sellar un pacto contra el terrorismo. Mariano Rajoy, el líder del derechista Partido Popular, ha aparcado por un momento sus críticas constantes y ácidas al gobierno, y ha acudido a la Moncloa a acercarle su apoyo –aunque condicionado- al Presidente. El resto de las fuerzas del arco democrático ha hecho lo propio. Sería altamente deseable que la administración socialista no perdiese esta oportunidad, quizá la última de su legislatura.

.

.

La democracia española debe seguir consolidándose, y la paz social alcanzada –después de la experiencia amarga de cuatro décadas de dictadura- es un mínimo ético que no puede negociarse. El intento de condicionamiento de la vida cívica por parte de un puñado de asesinos encapuchados, que intentan desde su marginalidad arrogarse la representación de mayorías inexistentes, debe ser respondido desde la movilización popular, desde los acuerdos de coexistencia de las fuerzas democráticas, y desde la vigencia plena de las libertadas y los derechos ciudadanos. Y legítima y firmemente coordinado por el gobierno.

.

.

Los ojos del mundo miran hacia España.

.

.

.

.

.

.

.

Anuncios

El verde otoño del presidente Lagos (15 06 07)

Publicado en La Voz del Interior (15 de junio, 2007)

http://www.lavoz.com.ar/07/06/15/secciones/opinion/nota.asp?nota_id=81450

.

.

Nelson G. Specchia y Ricardo Lagos (Córdoba, 2007)

Nelson G. Specchia y Ricardo Lagos (Córdoba, 2007)

.

.

EL VERDE OTOÑO DEL

PRESIDENTE LAGOS

.

.

.

por Nelson Gustavo Specchia

.

Profesor de Política Internacional

Universidad Católica de Córdoba

.

.

.

.

En el club de presidentes latinoamericanos retirados, la imagen del ex mandatario chileno Ricardo Lagos es una “rara avis”, una voz a contrapelo en ese coro un tanto patético de señores, algunos de los cuales se han visto obligados a salir huyendo apenas perdieron la inmunidad que les otorgaba el cargo. Y deambulan por el planeta con la maleta del exilio, durmiendo en camas prestadas por los que gozaron de sus favores como gobernantes; adoptando otras nacionalidades –la japonesa, por ejemplo- para rehuir a la justicia; desmayándose en pobres escenarios de provincia; o vegetando en el sopor de un anónimo olvido.

.

.

Como cuando –desde el gobierno- fomentaban reelecciones para perpetuarse, en estas nuevas condiciones a muchos de los antiguos patriarcas en otoño la mirada de hambre los traiciona. No se resignan a que haya pasado su cuarto de hora de poder. Ansían volver a ocupar el centro de la escena política, contra todo pronóstico racional. Se arriesgan a sufrir embargo de sus bienes, a extradiciones, a cárcel, o a la humillación y al escarnio de las mayorías. Cualquier cosa con tal de intentar volver. En América latina es lamentablemente común ver convertida la función de servicio público, a la postre, en ambición pura, en vedetismo, en un egoísmo malsano.

.

.

Afortunadamente para nosotros y para la salud del sistema político, no es la única manera en que un primer mandatario latinoamericano suele terminar sus días. También están aquellos que han logrado compaginar el paso por la Presidencia de nuestros países, con nuevas formas de canalizar la experiencia en la gestión de la cosa pública.

.

.

Ahí está don Belisario Betancur, Presidente de Colombia en los años ochenta, premio Príncipe de Asturias, y reciente premio Menéndez Pelayo, por su trabajo permanente en defensa de la lengua y de la cultura latinoamericana. Ahí está el uruguayo Julio María Sanguinetti, que retomó su labor periodística cuando tuvo que volver al llano, y sus análisis de política internacional son leídos con respeto. Ahí está ese otro premio Príncipe de Asturias, Fernando Henrique Cardoso, dos veces presidente del Brasil, volviendo a su vida académica de profesor de sociología de la Sorbona y de Sao Paulo, sin que su prestigio de estadista le haga sombra. Y ahí está don Ricardo Lagos. Hay algunos –pero pocos- más.

.

.

Lagos también ha vuelto al ruedo, aunque el suyo siempre fue el de la política, antes y ahora. Hoy recorre el mundo como delegado del Secretario General de las Naciones Unidas, Ban Ki-moon, para el cambio climático, intentando llevar adelante un diálogo intergubernamental que siente las bases de un nuevo acuerdo planetario sobre el calentamiento.

.

.

Y así como hoy es la diplomacia ambiental, antes fueron los derechos humanos, las obras públicas, la educación. Diferentes aristas de un mismo ruedo, que viene caminando desde sus 20 años, cuando lo eligieron presidente del centro de estudiantes de la facultad de abogacía, aquel primer escalón de su larga escalera política. Yo lo conocí en 1988. Acababa de graduarme, y me había ido a vivir a Santiago, a cursar el postgrado y a estudiar de cerca los intentos de perpetuación de la dictadura del general Augusto Pinochet. Lagos había regresado a Chile desde ese exilio que lo llevó a Buenos Aires primero, y a los Estados Unidos después, impuesto tras el derrocamiento de Salvador Allende, y había asumido un claro liderazgo en las fuerzas que pugnaban por la recuperación de la democracia.

.

.

Recuerdo su figura alta, delgada, verborrágica. El temple sereno y muy firme, una mirada que trasmitía seguridad. Y valentía. Mientras los carros hidrantes (los “guanacos”) de los carabineros nos barrían con el chorro en las manifestaciones de la Alameda, de Estación Central, de Baquedano, Lagos increpaba con fuerza y dureza al régimen militar, que había sobredimensionado la confianza en sí mismo, convocando a un plebiscito para que los chilenos decidieran en las urnas la continuidad –o no- de Pinochet en el gobierno. Con fuerza, dureza, y claridad, como esa noche en la televisión, cuando miró fijo a la cámara, levantó el índice, y le dijo directamente al dictador: “Usted, general Pinochet, lo que les promete a los chilenos son otros ocho años de tortura, de asesinato, de violación de los derechos humanos.”

.

.

Lagos fue el abanderado del “No” en aquel plebiscito, con el que comenzó el final de la dictadura chilena. Llegadas las elecciones, dio un paso al costado en la candidatura presidencial, apoyando a Patricio Aylwin, de quien fue luego Ministro de Educación. Con Eduardo Frei, en la siguiente administración, ocupó la cartera de Obras Públicas, mientras su figura política no dejaba de crecer en el electorado chileno. En la tercera elección democrática tras la dictadura, accedió a la Presidencia de Chile en marzo de 2000.

.

.

En los seis años que ocupó La Moneda, la casa de gobierno, Chile vio ratificado el rumbo de apertura comercial y de inserción en los competitivos escenarios globales: firmó tratados de libre comercio con los principales mercados de mundo (con los Estados Unidos de América, con la Unión Europea, y con China); generó una trama de protección social en vivienda, seguro de salud, y seguro de desempleo; elevó la escolaridad obligatoria; impulsó el resarcimiento de la memoria histórica nacional, a través de la reparación y la indemnización a las víctimas de la dictadura; y promovió la articulación del largo país con obras viales de gran envergadura.

.

.

Cuando dejó la Presidencia, entregando el mando a la primera mujer elegida democráticamente en toda América latina, la aprobación popular de su gestión y de su persona superaba el 70%. Un hecho tan poco usual en la vida pública de nuestras latitudes, que lo posiciona –a un tiempo- como uno de los principales referentes políticos en toda la región, y como una figura habilitada para conducir nuevamente el ejecutivo trasandino en las próximas elecciones. No hay otoño –aún- para este patriarca.

.

.

Los universitarios de Córdoba han decidido honrarlo en estos días, y las dos grandes Universidades de nuestra ciudad, la Nacional y la Católica, le entregarán sus Doctorados Honoris Causa. Un acto de justicia y una apuesta alta –quizá también una expresión de deseos- por el perfil de dirigentes que los ciudadanos de esta parte de mundo estamos necesitando.

.

.

Ricardo Lagos y Nelson G. Specchia


.

Sarkozy y la próxima República Francesa (06 06 07)

Publicado en Hoy Día Córdoba – (6 de junio, 2007)

.

.

.

.

SARKOZY Y LA PROXIMA REPUBLICA FRANCESA

.

.

.

.

por Nelson Gustavo Specchia

.

Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba

.

.

.

.

.

.

Nicolás Sarkozy ha llegado al Palacio del Elíseo, ese decorado ancien regime de espejos y yesería dorada, donde los presidentes republicanos -23 desde la Revolución Francesa- concentran y centralizan el poder político. Una concentración muy en sintonía –paradójicamente- con aquella de los monarcas borbónicos, que les llevó a afirmar (como Luís XIV) que el Estado se identificaba con su persona. Pero Sarkozy dice que él ha llegado para cambiar ese rumbo.

.

.

La actual estructura de la presidencia es obra del general Charles de Gaulle, al fundar la Quinta República en la posguerra, apelando a la reconstrucción de la “grandeza” de Francia, y a su función de faro intelectual y cultural del mundo. Hoy, el nuevo ocupante del Elíseo cree que ese modelo ha dado de sí todo lo que podía, y que Francia debe estar a la altura de los desafíos de un mundo global: cercana a Gran Bretaña, articulando una nueva alianza estratégica con los Estados Unidos de América, y recuperando el motor de Europa mano a mano con Alemania.

.

.

El cambio de rumbo, entonces, no será difuminar poder en el Parlamento, o favorecer nuevas instancias participativas, como había lanzado en la campaña electoral su contrincante, Ségolène Royal. Su cambio de rumbo pasa por la recuperación de la iniciativa política en la figura del presidente. Ya no más un “presidente monárquico”, sino un presidente ejecutivo, político, de decisiones ejecutivas y ágiles. No el símbolo de una Francia inmutable, aristocrática y culta; sino el gestor de un Estado moderno, dinámico, inclusivo, e integrado en una sociedad internacional en acelerada mutación.

.

.

Internamente, la tríada de acciones que ha presentado en sus primeras palabras como presidente, rayan muy claramente la cancha donde se propone jugar: recuperación moral, con la que hacer frente a lo que entiende como un momento de “crisis de los principios republicanos”; capacidad de iniciativa, flexibilización de condiciones, y dinamismo en la acción política (“nunca el inmovilismo ha sido tan peligroso para Francia en un mundo en plena mutación”); y la recuperación del discurso conservador del orden, la autoridad, la seguridad y la protección, con los que pretende estabilizar el agrietado cuerpo social francés y, “porque nunca ha sido tan necesario combatir el miedo al futuro.”

.

.

Y este énfasis en la política interior está directamente ligado con la proyección internacional. Porque Sarkozy se ha propuesto convencer a sus conciudadanos que Francia tiene una responsabilidad que asumir: recuperar el motor del proceso de integración política y social europea.

.

.

El campo de la política exterior ha estado desde siempre reservado a la decisión directa del presidente de la República. Y Sarkozy, este hijo de inmigrantes húngaros en primera generación, de 52 años, divorciado y vuelto a casar (con una divorciada), que como ministro de Jacques Chirac se enfrentó a las revueltas del cinturón pobre de París (a los que llamó, despectivamente, la “chusma”), ha decidido que Europa sea el principal foco de atención de su política exterior.

.

.

El mismo día que asumió la presidencia, voló a Berlín a saludar a Ángela Merkel, la canciller alemana que ocupa este semestre la presidencia rotativa de la Unión Europea; y antes de que terminara su primera semana en el gobierno, se dirigió a Bruselas, a saludar a José Manuel Durão Barroso, el presidente de la Comisión Europea. Por si hicieran falta más símbolos, Sarkozy se ha ubicado, en la foto oficial de Presidente de la República, entre la bandera francesa, y la azul con el círculo de estrellas doradas, la bandera de Europa.

.

.

De Gaulle le dio la impronta más importante al proceso de integración en 1963, al abrazar al canciller alemán Konrad Adenauer y firmar el Tratado del Elíseo, por el cual aquellos dos enemigos seculares se convertían en socios estratégicos para la construcción regional. Sarkozy tiene en mente aquel acto cuando afirma, frente a Merkel, que “urge actuar, porque Europa tiene que salir de la parálisis actual.” Y dijo que hablaba “como europeo y como amigo [de Alemania], y con la clara conciencia de que es preciso obtener resultados.” Y pronto. Muy pronto. A Sarkozy le urgen los tiempos.

.

.

Pero este camino no estará exento de polémica, tan a su estilo. “Soy europeo, por eso creo que Turquía no debe entrar”, afirmó a continuación. Tampoco quiere una Constitución, como la que sus compatriotas rechazaron –al igual que los holandeses- en referéndum. Pero sí quiere un “tratado simplificado” que dote a Europa de algo parecido a un gobierno: una presidencia estable del Consejo Europeo; la creación de un cargo de Ministro de Relaciones Exteriores, para hablar al mundo con una única voz; y la adopción de decisiones por el sistema de doble mayoría (Estados más población), para sacar al proceso de la parálisis del veto.

.

.

Nunca me gustó Nicolas Sarkozy. Tenía la esperanza de que la vieja Francia nos sorprendiera eligiendo a una mujer, joven, con proyectos progresistas, de ideas renovadoras para un panorama político que muestra signos de fatiga por todos los costados. No me gusta Sarkozy, pero debo admitir que en un momento internacional como el que vivimos, con la administración norteamericana empantanada en Irak; con Rusia mirando atentamente sus propios bordes y a punto de embarcarse en la transición del poder; el rol de estabilidad y mesura que puede jugar Europa es de una importancia mayúscula.

.

.

Nos guste más o menos, es innegable que con Sarkozy el proceso europeo vuelve a tomar un impulso determinante para el equilibrio internacional.

.

.

.

.

.

.

.