Archivo de la etiqueta: Poemas Montunos

Sergio Orlando Acuña

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Sergio Orlando Acuña

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Iluminado en una inmensa sombra sin reparos,

como quien escoge entre los tantos ayeres

una memoria para acordarse.

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Así te siento, hermano,

abrasado por esa luz caliente,

como el pensamiento que se llora en silencio mitigado.

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Así te siento, hermano,

en cada copa de vino que barniza,

en cada choque de dos cuerdas bientempladas.

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Parece nada y sin embargo

es tu sangre el alimento

de la fuerza de mi aliento, hermano.

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Vida cotidiana

 

 

para Claudia Scidá

 

 

 

 

Lo común que aceptamos,

ese sol que nos entibia

que nos entibia juntos

y esa parte de aire

colada por un vidrio roto

el polvo y la tierra barnizando los pisos y los muebles

y un vapor de agua –nunca tan caliente-

que nos mete

el ambiente en una nube.

 

Lo que fuimos creando

detrás y debajo y entretanto

cuatro muros emparchados

de fotos viejas y ricas

vidas caminos mapas amigos tirones

cantos desencantos geografías

piernas manos corazones

días días días

que fuimos creando

agregando sin suspender

ni tiritando entre pullóveres

ni amanecidos en el suelo frio

que fuimos agregando

creando días.

 

Lo doloroso que ayudaste a llorar

las horas que quisimos y que cantamos

las tardes y mañanas que reímos

las noches y noches llenas de palabras.

 

La cotideaneidad nuestra fue una obra

que pisó a veces la raya de la rutina

que caminó

caminamos

creando en común

insultando al reloj

comiendo en conjunto

bebiéndonos todo el vino

compartiendo la música

escuchándonos el silencio

encontrándonos en el espejo del otro

aprendiendo a crecer

enseñándonos a querernos

a querer.

 

 

 

 

Santiago, 1988

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Edgardo Julio Nicolás (1985)

 

 

 

Vuela, niño, en la armonía furtiva

de cadencias sin tiempo;

 

vuela, regresa al panal de donde

fluye la dulzura irredenta

de un profundo

milagro.

 

 

Quisiera tener nuevamente

los años de andar descompuesto

en calles sin niebla,

por noches de parques,

caballos de tiovivo,

hamacas de tabla:

péndulos de la infancia.

 

Quisiera volver a lanzar arena

de sales y aguas y

selvas,

cuidando tus castillos

de risa soleada,

fantásticas murallas

que cobraban vida bajo tu mirada.

 

Eras, niño de trigos,

mi más cierto cantar errante.

 

 

 

 

 

 

 

 

Panorama ribereño (1982)

 

 

 

Sobre la costa pacífica

                            el mar ruge,

                            grita el mar.

Montañas de blanca espuma.

                           

Espuma de la mar

conchas y ostras

levantan.

Ostras de simple sal, conchas de cristal.

 

Sobre la costa pacífica

                            el mar truena,

                            ruge el mar.

 

 

In Memoriam José Luis Eduardo Vidal (1985)

 

  

 

 

Déjame sembrarte, tierra, sin herrajes,

Sino en el fino trazo

De la tinta acorralada;

Déjame abrir tu viente

No en los surcos punzantes de la horada,

Mas bien quisiera

Cruzar tu pecho

Y tu frente con palabras,

Insertar en versos semillas

Presurosas de agua

Y esperar abril

Para cosecharte, tierra, en más palabras.

 

 

 

De ahí yo soy

 

 

 

                     a Nelly María Checura

 

 

 

 

 

He recorrido tu infinito cauce

desde el alba hasta

donde muere el verdesiempre,

sin luna

de aquella selva impenetrable,

desde los surcos magros

todavía caminados

escuché el quejido violento

de tu vientre al rotularse.

 

 

He nacido en tu esplendor

y vivido tus ocasos

en el cultivo del pan,

en la razón de la sal.

Te he amado siglo a siglo

desde la virginidad montaraz

al sedimento yacente,

atrapado en la impotencia

o la esterilidad.

 

 

He besado cada terrón

que cobija

el primer capullo del mes de enero,

y agiganta

la esperanza indecible

de aquellos cuerpos expertos en fatiga:

te ofrecen su aliento

de sol a sol, de otoño a otoño:

¡ay, dolor de plegaria profana!

 

 

He encontrado en ti

el misterio

del gérmen de la vida,

estaba rodeado de un hálito fétido

y espeso,

gangrenado de las mil muertes

que nunca dije,

de las muertes que siempre supe.

 

 

He visto sudar, morir, gritar.

Huesos

sin calma de siglos,

generaciones de yugo en las espaldas,

de hoja bravía de aceros

quebrando palmas:

jirones de cabellos de plata

y de ojos caoba

nublando la distancia.

 

 

He visto nacer sin sueños

y sangrar de rabia.

Licuar un torrente de sol

por cada poro falto de noches,

los cuerpos

caer al alba,

cerrados los labios tristes y fuertes

como si sonaran un alcatraz.

 

 

He escuchado de ti

historias de vientos

cortados

por la saña de las siete colas:

borbotéo de carne húmeda

al final del camino.

He escuchado historias de vientres

inyectados

por arrancar del rocío la semilla

vano intento de arrancar

también

la vida.

 

 

He enterrado a mis muertos

en tu sombra

tibia, seca de algarrobas y cercas.

He depositado

en ese cauce fértil

que reclama

la dulce ofrenda

que en mi desnudo pecho llevo clavada.

 

 

He rondado por el astral

templo de vigilia

donde nuestros padres

los ancianos

guardan su armadura,

esperando el día –siempre esperando-

que la paz

sea un nombre loado.

 

 

He avistado en tu vagina

enrojecida

de quebrachos talados

el espectro

de fauces gigantescas que devoran,

en un tiempo sin memoria,

todo cuanto vive.

 

 

He recibido en mis venas

el seco

golpe de la raza primigenia,

todo rayo, todo fuego, todo viento.

(¿Dónde lloras, hijo mío,

que tu llanto es sabia

y lluvia

y resina

de este légamo de estío?)

 

 

He volado con las fuerzas

de tus plantas,

temple de tu temple salival,

curtiendo mi cuero blando,

volando en el tormento del viento

hasta donde acaba el norte.

 

 

Estuve la tarde sin sombra

que descendieron

los hombres

de la borda mugrienta,

con polvos de otros suelos aún en sus plantas

y lo mezclaron

para siempre:

de esa mezcla de tierras yo soy.

 

 

Tierra golpe de trueno,

de ti

yo soy.

 

 

 

 

 

(de Poemas Montunos, 1985)

 

 

 

 

 

 

 

Madrigal 18

 

 

 

Madrigal 18

 

 

 

 

Que la estela del río profundo arrastre mi pluma

al lecho vírgen de su cauce.

 

Tu nombre es el lamento dulce y fuerte

en sembradíos de veranos con sombrero.

 

Tu nombre golpea incansable

el portón de la quinta desolada.

 

Y es el lamento de esos golpes

por el que vivo.

 

Rompe la cuerda que aferra esta balsa

al portón frío y yerto:

 

Recoge el laurel y pinta el horizonte

con el carmín de fuego de tu cuerpo.

 

 

de la tarde plana llega (1981)

 

 

 

De la tarde plana llega

El sudor sanguíneo, sin fin,

Del astro marchito.

El viento del norte arrecia

El vuelo, corto y bajo,

Del gorrión sin nido;

Y la caída de la luz acompaña

La estela honda

Del tallo musgoso al recostarse.

Desde el redoble enmohecido de los bronces

La oración anuncia

Otra noche que nace

Del velo negro, oculto, de la vida;

Y es el acorde templado

De la madera con caderas femeninas

Quien me trae, en este crepúsculo,

La frágil visión de tus labios

Pura sabia, puro humo.

 

 

 

 

 

 

Cecilia en fotograma

 

 

Cecilia en fotograma

 

 

                                     A Julio César Díaz

 

 

 

 

 

Desde el más blanco de los silencios

(blanco de paredes de sanatorios

y hospicios de ancianos)

el retrato en grises

que preside toda la geografía de mi alma:

tres tablas, un campo insinuado

en el largo fuera de foco

a tus espaldas,

y el cuerpecito defendiéndose

(¿de quién, del mundo, de mí,

o tan sólo de la cámara?)

y en el centro de las sombras

los ojos que ya ven por entre los años,

huella más personal que

cualquier dactilar policíaca

(aquellos ojos de tiempo, la

metáfora esencial)

elevándose apenas por sobre la línea

que marca la distancia,

ojos llorando mi mismo llanto:

hoy sólo puedo verlos

en la geografía escasa de mi alma,

hoy que sólo apelo

a contemplarlos en la pobre policromía fotográfica,

hoy,

ya cubiertos por otras tablas.

 

 

 

West Palm Beach, 1990

 

 

(de la segunda edición de Poemas Montunos, Barcelona, 2001)

 

 

 

 

 

sin pestañear, por rubor o por asombro

 

 

Sin pestañear, por rubor o por asombro,

sin más motivos que aquellos

de necias maneras tempranas,

sin más ilusiones

que los bordes del mundo:

así llegué a verte

alguna que otra vez.

Con tantas inquietudes

como nunca más sentimos,

con un ímpetu en cada estrella

y un silencio en cada voz:

así llegué a tus manos

alguna que otra vez.

Por momentos de humores sin sentido,

por senderos de tiempo

sin ningún regreso,

por pétalos de colores

sin verguenzas

llegué a tus labios por primera vez.

Y con calores de octubre,

sin fórmulas secretas de primaveras

escondidas entre sueños,

llego a aquellos trece

un poco menos

cada vez.