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El (des)concierto europeo frente al Magreb

El (des)concierto europeo frente al Magreb

Por Nelson Gustavo Specchia

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Desde los primeros momentos de generación del proceso de integración europea, en la segunda posguerra mundial, los “padres fundadores” pusieron muchos esfuerzos en que se notara que la nueva organización que estaban creando tendría, en las relaciones entre los socios y entre éstos y los demás países, un basamento diferente al de la cosmovisión realista de las relaciones internacionales. El realismo, aquella escuela de teoría política que venía dando sustento a la política internacional desde la creación de los Estados Nacionales, con su lógica de poder y del interés supremo del Estado, tenía mucho que ver, decían los patriarcas europeos, con las debacles bélicas en que había terminado hundiéndose el siglo XX. Frente a aquellos teóricos “duros” del realismo, la nueva elite, acompañada con lecturas neofuncionalistas de pensadores como Ernst Haas y León Lindberg, propusieron un quiebre: en lugar de competencia, cooperación. El lugar de guerra, comercio. En vez de desangrarse tratando de dominar al vecino, proponer estructuras supranacionales con intereses que superen los límites –a veces tan estrechos- del puro interés nacional.

Así, los gestores de las Comunidades Europeas (primero del carbón y del acero, luego de la energía atómica, para decantar finalmente en la UE tal como la conocemos hoy) generaron la “buena vecindad”. Cuando cayó el Muro de Berlín, este concepto facilitó la incorporación de toda la Europa del Este al seno del proceso de integración. Otras latitudes, como el territorio latinoamericano, también recibieron un trato privilegiado por la misma concepción de la política internacional, desde la cooperación económica como desde los foros de encuentro al máximo nivel, especialmente por parte de la corona española, la vieja metrópoli.

Sin embargo, este programa político parece haber fracasado estrepitosamente respecto del primer cordón de vecindad, la tierra “otra” más próxima al Viejo Continente: la costa sur del mar Mediterráneo, la línea de Estados que conforman el Magreb africano y el Oriente Medio. Durante los 50 largos años que los europeos vienen amasando la integración continental, la cercanía de esos vecinos moros ó negros, árabes, musulmanes, pobres, subdesarrollados, con estructuras sociales y políticas desarticuladas por los procesos coloniales que los europeos mismos habían protagonizado, les causaron siempre un problema de difícil solución. Un problema frente al cual las teorías neofuncionalistas en boga, y el substrato idealista que exportaban al resto del mundo como “poder blando”, como ejemplo a imitar, se quebraba una y otra vez los dientes.

Felipe González, el ex presidente socialista del gobierno español, fue uno de los pocos que intentó seriamente tomar el toro por las astas. En 1995 auspició el Proceso de Barcelona, un proyecto geopolítico lanzado en la capital catalana con ocasión de la Cumbre Euromediterránea, que intentó sentar en la misma mesa a los líderes europeos, los del Magreb y los de Medio Oriente, en torno al desarrollo económico, la democracia, y la universalización del respeto por los derechos humanos. Pero tras el lanzamiento, pasaron años y no se avanzó nada. En una fecha tan cercana como 2008, Nicolás Sarkozy, en su turno al frente del Consejo Europeo, relanzo la iniciativa, ahora denominada Unión por el Mediterráneo: 43 países, más de 756 millones de ciudadanos, todos los Estados miembros de la Unión Europea, todo el Magreb, muchos de los árabes de Oriente Próximo, Turquía, Israel… y no pasó nada. Los europeos, tan imaginativos para crear fórmulas novedosas de intervención política, seguían sin saber qué hacer con los vecinos de la costa pobre del “mare nostrum”.

Por eso, cuando llegó la revuelta tunecina que tumbó a Zine el Abidine ben Ali, y contagió a las movilizaciones egipcias que acorralaron al hasta entonces estable y confiable régimen del “rais” Hosni Mubarak, la Unión Europea se encontró atónita, sin saber qué hacer ni qué partido tomar. Una de las experiencias políticas más interesantes de nuestros días le explotaba a pocas millas de sus costas meridionales, y las cancillerías no tenían un sólo libreto creíble para intervenir. Desde el estallido de la protesta en Túnez hasta la primera declaración de lady Catherine Ashton, la alta representante europea para la política exterior, pasó una semana entera de confusión y de silencio.

Responsabilidades personales

Las teorías neofuncionalistas, en todo caso, ya lo habían advertido: la plataforma idealista operaría en tanto y en cuanto la identificación de las elites con la integración y la buena vecindad fuera asumida como compromiso, o sea, como responsabilidad individual por parte de las personas que en ese momento estuvieran ejerciendo el rol dirigente. Durante los años que Javier Solana tuvo a su cargo la política exterior de la UE, no dejó foro sin intervenir ni espacio sin ocupar. Pero una cosa es Solana, y otra cosa es Ashton, una figura de segunda línea, sin experiencia en la gestión internacional, y que accedió al cargo porque en la repartija entre los Estados ese puesto le correspondía a Gran Bretaña, a los laboristas, y a una mujer.

Pero lady Ashton apenas si tiene preparada una esquelita, siempre con el mismo mensaje, en el que cambia el nombre del destinatario y la hace pública tarde y mal. Así, cuando la protesta ya incendiaba los cimientos del régimen de Mubarak, Ashton decidió sacar su esquelita, en la que manifestaba, como casi siempre, su “interés y preocupación” por la revolución que estallaba en África del Norte, al tiempo que repetía su “petición a las partes de actuar con control y calma”, cuando ya hasta Naciones Unidas admitía que los muertos por la represión sumaban centenas.

Mientras la Alta Representante mostraba, con la blandura y pusilanimidad de su esquelita la realidad de que la propia Unión Europea no tenía postura ninguna, la ministra de Exteriores de Nicolás Sarkozy, Michèle Alliot-Marie, ofrecía a Ben Ali enviarle más material antidisturbios 48 horas antes de que el autócrata huyese del país, mostrando la verdadera cara: ningún gobierno europeo miraba realmente con simpatía la revuelta en el Magreb.

Europa tiene muchas más razones que los Estados Unidos para tomar en cuenta a sus vecinos del sur. No sólo por proximidad geográfica, sino también por ancianas deudas históricas, por relaciones culturales, por intercambio demográfico. Sin embargo, aunque al gobierno de Barack Obama también la protesta lo encontró un tanto descolocado, la reacción del Departamento de Estado fue rápida, y la decisión de acompañar las protestas se tomó en cuestión de horas:  Jeffrey Feltman, el secretario de Estado adjunto para Oriente Próximo, fue el primer diplomático extranjero que viajó a Túnez tras el derrocamiento de Ben Ali.

Estruendoso silencio

El proceso de transformaciones iniciado en los países árabes del Magreb no tiene retorno, y terminará impactando, más temprano que tarde, toda la arquitectura regional, fija desde la descolonización mediante la imposición de gobiernos autocráticos que reprimieran los alzamientos populares (y, entre ellos, supuestamente también los del fundamentalismo islámico) y aseguraran la provisión de petróleo y gas. Ese esquema ya es historia.

A pesar de todos los intentos de los “padres fundadores” de la Unión Europea, de mostrar una imagen alternativa de hacer política internacional basada en la cooperación y el respeto, en la integración y la buena vecindad en lugar de la pura y dura lógica del poder, los hombres y las mujeres –éstas cada vez más visibles y participativas- de los países africanos y árabes de las cercanías miran con escepticismo a la “vieja” Europa (como despreciativamente la denominaba Donald Runsfeld, el ministro de Defensa de George W. Bush durante la invasión a Irak).

Las sociedades y los gobiernos europeos, a pesar de su énfasis en la democracia y los derechos humanos, han preferido durante las últimas décadas apoyar el statu quo de las autocracias en el Magreb, como garantía de estabilidad y seguridad regional. Con esta postura, se alejaron de los ciudadanos concretos de esos países, apostando, en cambio, por sus intereses nacionales internos (qué contradicción: en la más cruda tradición realista…)

Si en esta ocasión vuelven a perder la oportunidad histórica, y con los silencios y las medias palabras inocuas a lo Ashton no se ubican claramente del lado de un pueblo que reclama su derecho a la libertad y a la democracia, que no se sorprendan luego si otras opciones, como la del radicalismo fundamentalista, va a llamar a sus puertas.

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nelson.specchia@gmail.com

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Egipto, la protesta vuelve con fuerza (10 02 11)

Egipto recupera la movilización

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La protesta egipcia, finalmente, ha desbordado los límites de la amplísima explanada de la plaza Tahrir, en el centro de El Cairo, y se expandía ayer por otros puntos neurálgicos de la capital –como la sede del Congreso-, mientras que los levantamientos populares en ciudades y puertos del interior del país seguían creciendo en número.

El intento del régimen autocrático presidido por el general Hosni Mubarak, de mostrar que con el inicio de la semana las protestas opositoras habían agotado su fuerza y el país comenzaba a recuperar la senda de la normalidad, se estrellaron unas pocas horas más tarde con una nueva concentración multitudinaria en la plaza Tahrir, ya convertida en el símbolo referencial de las columnas de manifestantes antigubernamentales, y con brotes de huelgas en ciudades del interior en solidaridad con las protestas de la capital.

A pesar de que las masas de ciudadanos movilizados siguen sin responder a una dirección unificada (e inclusive pareciera que por momentos los propios dirigentes políticos de la oposición se ven sobrepasados por las bases), en la víspera una parte de los concentrados en Tahrir decidió espontáneamente dirigirse a la sede del Parlamento (dominado en sus cuatro quintas partes por la bancada oficialista del Partido Nacional Demócrata – PND), donde el ejército amenazaba con desalojar a los grupos de protesta que acampan en las calles aledañas desde el estallido de la crisis.

En el interior del país, luego de que la huelga de unos 6.000 trabajadores portuarios prácticamente paralizara el movimiento de la ruta marítima a través del Canal de Suez, las redes sociales por Internet volvieron a ser un instrumento prioritario, y a través de ellas se pedía a otros sindicatos que se sumaran a los portuarios de Suez.

El vicepresidente, Omar Suleiman, que ve cómo el aumento de la presión opositora diluye su plan de “transición ordenada” surgido tras el encuentro con algunos dirigentes opositores el domingo pasado, afirmó que Egipto “no está preparado para la democracia”, y que la petición por parte de las multitudes movilizadas de un alejamiento inmediato del presidente Hosni Mubarak es “una falta de respeto”; declaraciones que enardecieron aún más las protestas.

Y a renglón seguido, el nuevo hombre fuerte del régimen salió a advertir sobre el “riesgo” de un “golpe [de Estado] precipitado e irracional” si el estado de desorden social no amaina, situación de quiebre institucional que sería aprovechado por el fundamentalismo islamista para hacerse con el poder; el antiguo lugar común utilizado por Mubarak para aferrarse a la jefatura del gobierno durante las últimas tres décadas.

En respuesta a las ya poco creíbles advertencias de Suleiman, los Hermanos Musulmanes, la principal agrupación islámica de Egipto, volvió a reiterar que no tiene intenciones de plantear su acceso al poder en el futuro inmediato, e inclusive aseguró que no presentará candidato propio a la presidencia en unas eventuales elecciones.

Al mismo tiempo, y frente a las afirmaciones del vicepresidente, Saad el Katatni, el dirigente islamista de la agrupación hasta ahora proscripta que participó en la reunión con la oposición, dijo que los Hermanos Musulmanes se retiran de la mesa de diálogo.

Las declaraciones de Suleiman también fueron censuradas por el gobierno estadounidense –el principal sostén externo de la estrategia del vicepresidente-, que las consideró “particularmente inútiles”.

Presión del Gran Hermano

Con el correr de las horas, la posición de la Administración norteamericana sobre Egipto va cambiando.

Desde algún desconcierto inicial (los analistas afirmaban que Barack Obama estaba intentando no “perder” al aliado egipcio en una revuelta popular, como había “perdido” el ex presidente demócrata Jimmy Carter a Irán en manos de los ayatollahs en 1979), la Casa Blanca ejerce ahora una presión clara para que el régimen de Mubarak ceda ante las protestas.

Que el gobierno se empeñe en aferrarse al statu quo, afirman en Washington, puede terminar desencadenando una rebelión sangrienta, y ahí sí que el final sería incierto.

El vicepresidente Joe Biden reclamó ayer a Omar Suleiman que deje de hacer declaraciones alarmistas, acelere los cambios, y que levante de inmediato el estado de excepción, con el que se justifican las detenciones y las agresiones a periodistas y opositores.

Mientras aumenta la presión externa, los movilizados preparan la jornada del próximo 11 de febrero, ya bautizado como “Viernes de los Mártires”, donde rendirán homenaje a los más de 300 muertos desde que estalló la rebelión, el 25 de enero.

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Ola de coches bombas en Bagdad (26 08 10)

SANGRIENTA DESPEDIDA DE IRAK A LAS TROPAS NORTEAMERICANAS

La insurgencia sunnita vinculada a Al Qaeda intenta ocupar el vacío de poder

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Como lo habían advertido algunas voces, el repliegue estadounidense que da fin de hecho a la guerra en Irak está provocando una reacción terrorista, asociados por las autoridades a la minoría sunnita relacionada con Al Qaeda.

Los guerrilleros aprovechan el vacío de poder que deja el ejército invasor para lanzar ataques contra el débil orden institucional de un gobierno que no se termina de definir.

La jornada de ayer fue sangrienta, con el estallido de una docena de coches bomba que se cobraron al menos 64 muertes y dejaron un tendal de más de 220 heridos. Los objetivos de los ataques fueron oficinas gubernamentales y cuerpos de seguridad, los lugares y las tropas en que los norteamericanos han delegado su poder tras el abandono del suelo iraquí por la frontera con el emirato de Kuwait, el mismo borde por el que habían iniciado la invasión persiguiendo el derrocamiento del régimen de Saddam Hussein casi ocho años atrás.

Tras el repliegue, el número de efectivos estadounidenses bajó a menos de 50.000 marines, que se mantendrán en Bagdad para cuidar de la legación americana, los intereses de algunas de las empresas involucradas en la reconstrucción iraquí, y para capacitar a las nuevas fuerzas locales de seguridad, antes de retirarse definitivamente a fines del presente año.

Los ataques de la víspera ponen nuevamente sobre la mesa la capacidad de estas nuevas policías para garantizar la seguridad interna, en un escenario, además, de extrema debilidad institucional. Ayer, el ataque más letal ocurrió en Kut, al sur de la capital, donde un suicida hizo estallar el coche cargado con explosivos que conducía cerca de una comisaría y mató a 19 personas, 15 de ellas policías. En el norte de Bagdad, otro coche bomba más estalló en un local policial, y un tercer atentado casi simultáneo hirió a otras 58 personas en el barrio bagdalí de Qahira. Unas horas después, al norte de la capital, en Muqdadiyah, al menos tres civiles murieron y 18 personas resultaron heridas por la explosión de otro coche bomba frente al Concejo Municipal local.

Fuera de la ciudad capital, en Fallujah, un guerrillero suicida estrelló un quinto coche bomba contra varias patrullas de policías iraquíes, mientras cuatro coches bomba más estallaron en las ciudades norteñas de Kirkuk, Mosul y Dujail. También en Iskandariyah, en el sur, en Mosul y en otras ciudades más pequeñas del interior, se registraron ataques con la misma modalidad de terroristas suicidas.

La violencia insurgente e intercomunitaria entre chiítas y sunnitas pone en serio riesgo la posibilidad del establecimiento de un gobierno en el corto plazo.

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La ONU sanciona a Irán por sus desarrollos nucleares (10 06 10)

La ONU sanciona a Irán por su desarrollo nuclear

NUEVA YORK.- El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) aprobó en la víspera nuevas sanciones contra Irán, por el desarrollo de su programa nuclear.

Las nuevas sanciones causaron una fuerte polémica con dos miembros no permanentes del Consejo de Seguridad, Brasil y Turquía, que impulsaron un acuerdo a tres bandas el 17 de mayo pasado para que el enriquecimiento del uranio persa se realizara en Ankara, bajo supervisión del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA).

La diplomacia norteamericana quedó descolocada con este acuerdo, con el cual dos países emergentes desafiaban de un modo ostensible la agenda exterior estadounidenses, cuando el presidente Barack Obama había dejado claro que no admitiría ese tipo de injerencias en Medio Oriente.

El tratado, por ello, terminó acelerando los tiempos de tratamiento de las penalidades en el seno de la ONU y Hillary Clinton logró sumar los votos de Rusia y China, que hasta entonces se habían mostrado renuentes.

En la votación de ayer los miembros permanentes con poder de veto cerraron filas, 12 de los 15 miembros votaron a favor; coherentemente, Brasil y Turquía votaron en contra; la única abstención correspondió al Líbano.

El paquete de sanciones endurece las ya existentes y agrega a las “listas negras” nuevas empresas adjudicadas a miembros de la Guardia Revolucionaria iraní. Tras la resolución, el gobierno de Mahmmoud Ahmadinejad la rechazó de plano, calificándola de “equivocada”, al tiempo que advierte que la presión internacional “complicará más la situación”, ya que de ninguna manera el régimen iraní piensa descartar su plan de desarrollo nuclear, al que –sostiene- tiene pleno derecho.

Desde Washington, el presidente norteamericano Barack Obama mostró su satisfacción por el resultado de la votación, y declaró que la resolución de la ONU implicará la penalidad “más fuerte jamás enfrentada por el gobierno iraní”.

Para Obama no hay ningún tipo de dudas de que el programa del régimen de los ayatollahs persigue la obtención de la bomba atómica, por lo que las sanciones “envían un mensaje inequívoco sobre el compromiso de la comunidad internacional en frenar la propagación de armas nucleares”, sostuvo.

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Irán: “Derecho inalienable”

NUEVA YORK.- En el debate del Consejo de Seguridad para la aprobación del nuevo paquete de sanciones económicas contra Irán, el embajador de la República Islámica ante la ONU, Mohammed Khazaee, afirmó que su país está “determinado a ejercer su derecho inalienable a la tecnología nuclear con fines pacíficos y a crecer con sus propios avances científicos”.

Al dirigirse a los miembros del Consejo, Khazaee los acusó de velar sólo por los intereses de las grandes potencias, y citó el ejemplo de la inacción de la ONU cuando Irak utilizó armas químicas contra los civiles kurdos y los soldados iraníes; entonces, el poder de veto “de los proveedores de estas armas inhumanas inmovilizó al Consejo en aquella ocasión”, dijo.

Khazaee subrayó que ninguna presión podrá acabar con la determinación de Irán de defender sus derechos soberanos, y anunció la continuación del programa atómico persa.

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Al Qaeda en embajadas en Badad (05 04 10)

SUICIDAS DE AL QAEDA SE INMOLAN EN ATAQUES A EMBAJADAS EN IRAK

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Osama ben Laden había amenazado atentar contra los gobiernos aliados

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Apenas unos días después del final del escrutinio de las elecciones parlamentarias iraquíes del 7 de marzo, en las que triunfaron por escaso margen los sectores chiíes laicos del ex primer ministro Iyad Allawi, Irak volvió a vivir ayer una jornada trágica de yihadistas suicidas cargados de explosivos, con un saldo provisorio de 41 muertos –entre ellos personal de las embajadas europeas- y más de 220 heridos.

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Los ataques de la mañana del domingo se dirigieron, como había anunciado Ben Laden, contra las embajadas extranjeras en Bagdad, ubicadas en la “zona verde”, una de las áreas más controladas y seguras de la capital. Los suicidas, vinculados a la insurgencia islámica sunita de Al Qaeda, apuntaron hacia las legaciones diplomáticas de Egipto, Irán, Alemania y España, en el barrio de Al Mansur del centro de Bagdad.

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Las fuerzas de seguridad informaron que habían logrado detener un cuarto ataque, matando al yihadista antes de que hiciera estallar los explosivos adheridos a su cuerpo.

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Las delegaciones de España y Alemania comparten un muro exterior de seguridad contra el que se lanzó el coche bomba, causando la muerte de un guardia de seguridad de la legación alemana, y múltiples víctimas entre la gente de la calle.

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En la embajada de Irán (un régimen chiíta muy cercano al gobierno iraquí) quedó un cráter de cinco metros de diámetro tras el ataque. Los edificios sufrieron cuantiosos daños, y el personal diplomático fue evacuado.

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Los ataques del domingo se añaden a la matanza del día anterior en Sufiya, en los alrededores de Bagdad, cuando un grupo de hombres vestidos con uniformes militares iraquíes tomaron por asalto el pueblo, un caserío agrícola del cinturón de la capital, y mataron a 25 personas, presuntos colaboradoras de la milicia sunita Sahwa.

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Estos atentados agravan la debilidad del gobierno saliente de Nuri al Maliki (que nuclea a una serie de partidos donde predominan los chiítas confesionales) y de las actuales negociaciones entre éste y los chiítas laicos de Iyad Allawi, en orden a la conformación de un nuevo ejecutivo tras las elecciones del pasado mes de marzo.

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La Administración norteamericana, que sigue adelante con su plan de retirada para abandonar Irak en agosto próximo, advirtió a Al Maliki que el vacío de poder generado por unas negociaciones sin visos de resolución, podría ser aprovechado por Al Qaeda. Los atentados de ayer parecen confirmar esta advertencia.

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La red de yihadistas sunitas ha amenazado con proseguir sus ataques, y ha comunicado que tras los objetivos de las embajadas, apuntará a los partidos políticos de Irak, a quienes acusan de traición al haber aceptado la tutela norteamericana.

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Benazir (03 01 2008)

publicado en HOY DÍA CÓRDOBA, el 3 de enero de 2008

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BENAZIR

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Por Nelson Gustavo Specchia

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Benazir Bhutto ha caído. El chal blanco sobre la cabeza de esta mujer temeraria y valiente se había transformado, durante un breve lapso de tiempo, en una esperanza de transición hacia algún tipo de estabilidad y paz social en la región más conflictiva del planeta. El magnicidio de su muerte, el 27 de diciembre en Rawalpindi, fuerza a desechar ese atisbo de esperanza, y abre este nuevo año con una perspectiva sombría para la agenda de seguridad y de avance democrático en el orden internacional.

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La historia de los procesos políticos en el Asia meridional ha estado signada por la violencia. Una violencia que no ha hecho sino aumentar progresivamente desde la transformación de sus sociedades premodernas –basadas en códigos étnico-religiosos y en estructuras tribales- hacia los modelos de Estados republicanos según el canon occidental. La historia contemporánea de Pakistán se ajusta a esa tesis: la guerra interna, los conflictos interétnicos, y la irrupción de golpes militares que originaron sucesivos períodos dictatoriales, dibujan su breve derrotero como república independiente, de apenas sesenta años, desde que se desgajara de la India en marzo de 1947. Los atentados, el asesinato, y la ejecución de líderes, han sido una constante desde entonces. Solamente en el año que acaba de terminar, se han contabilizado más de 800 muertes violentas por motivos políticos.

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Teniendo estos condicionantes de largo plazo como telón de fondo (las “cuentas largas de la historia”, como decía Octavio Paz), los tres tiros en la cabeza y la explosión de un hombre-bomba que acabaron con Benazir Bhutto pueden ser analizados como parte de una metodología, de una perversa manera de participar en la arena política. Condenable y conflictiva, pero parte estructural de las formas y los modos en que se desenvuelve la lucha por el poder en la región.

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Pero desde otro ángulo, el de las “cuentas cortas” de este momento histórico, la muerte de Benazir es un tremendo paso atrás en, al menos, tres dimensiones: en la seguridad global, en el avance democrático de derechos y libertades, y en la igualdad de género –especialmente en un contexto cultural cerradamente masculinizante y opresor.

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Porque a Benazir la mataron por ser mujer. No solamente, pero “también” por ser mujer. Una mujer, además, bella, libre y culta; educada en las universidades de Harvard y de Oxford, con una fuerte apuesta por la transición ordenada hacia una democracia secular en Pakistán, con importantes reformas de los servicios públicos a nivel de la asistencia social (de los 165 millones de pakistaníes, el 74 % vive con menos de un dólar diario), de la educación (en las áreas tribales, el analfabetismo promedio es del 70,5 %, y en las mujeres trepa hasta un 97 %), y de la salubridad. Y, muy especialmente, con una agenda concreta y de avanzada para enfrentar la discriminación social de las mujeres en todos los órdenes.

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Una mujer con este programa en la conducción de un país –y de sus fuerzas armadas- mayoritariamente musulmán, resultó intolerable para los colectivos fundamentalistas enraizados tanto en la oposición como en el propio régimen autocrático del presidente Pervez Musharraf. Esa es la razón de su muerte violenta, independientemente de quién o quiénes hayan sido los autores materiales del magnicidio.

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En cuanto a la seguridad global, Benazir Bhutto había asegurado que perseguiría al fundamentalismo islámico asociado a las redes de Al Qaeda y a los talibán. Estos sectores –y los grupos rebeldes e islamizados del ejército pakistaní- se le aparecían como los responsables de la inestabilidad interna, y de que el país se estuviera convirtiendo –aceleradamente- en el polvorín de toda Asia meridional, con las esperables proyecciones hacia Medio Oriente, la península arábiga, y el África del Norte.

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Este cambio de rumbo en su percepción hacia los sectores islamistas, a los que había favorecido abiertamente en sus dos períodos como Primera Ministra (1988-1990 y 1993-1996), en una estrategia de afianzamiento de su país, tanto sobre la India (con el contencioso de Cachemira) como sobre Afganistán. Sin embargo, desde el exilio británico afirmó que cuando volviera a gobernar permitiría el ingreso de tropas de la OTAN para perseguir a Al Qaeda en los “santuarios” montañosos del noroeste pakistaní, así como del Organismo Internacional de Energía Atómica para inspeccionar un arsenal calculado en un centenar de bombas nucleares.

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Hubieran sido dos pasos importantes en el camino, cada vez más arduo, de la estabilidad y el orden mundial. Su muerte deja la agenda internacional abierta en un signo de interrogación. Con mayúsculas.

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* Profesor de Política Internacional. Universidad Católica de Córdoba.

El crecimiento terrorista en el Magreb (13 12 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba” – (13 de diciembre, 2007)
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AL QAEDA

EL CRECIMIENTO TERRORISTA EN EL MAGREB

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Por Nelson G. Specchia

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El Magreb, el conjunto de países de la larga costa mediterránea del norte de África, se está convirtiendo en la nueva plataforma privilegiada de acción del terrorismo de base fundamentalista. La cercanía geográfica con los países del sur de Europa, y los llamados de los líderes de Al Qaeda a golpear contra los intereses “colonialistas” de España, Francia, y de los Estados Unidos (o de la ONU, a la que consideran un apéndice de la potencia norteamericana), transforman al Magreb en una región de alto riesgo para la seguridad global.

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Esta semana, el 11 de diciembre, en un nuevo aniversario de aquel día 11 de septiembre que marcó la entrada del terrorismo de base islamista al centro de la escena internacional, el Magreb ha recibido un nuevo golpe. El ataque terrorista contra objetivos nacionales argelinos, y contra oficinas de la ONU, se suma a un listado creciente de actividades armadas en la región. Este crecimiento –tanto en número de acciones como en intensidad y alcance- durante los últimos cuatro años, está vinculado a la redefinición estratégica de diversos grupos aislados, que han sido orgánicamente incorporados a la red de Al Qaeda, y que han visto modificados sus objetivos en el contexto de una estrategia “yihadista” global.

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El ataque de esta semana estuvo dirigido contra las sedes del Consejo Constitucional y del Tribunal Supremo argelino, situados en uno de los barrios más controlados y custodiados de Argel. Hace pocos meses, en abril, en un nuevo aniversario del día 11, la propia sede del gobierno de Abdelaziz Buteflika sufrió el impacto de un coche bomba, que alcanzó a volar toda un ala del palacio presidencial. Junto con las oficinas gubernamentales, otro ataque, prácticamente simultáneo, estallaba esta semana en las oficinas de las Naciones Unidas, donde se encontraba la sede del Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Las víctimas mortales de este nuevo golpe de la violencia terrorista se acercan a 80, que se suman a los aproximadamente 500 hombres y mujeres que Argelia ha debido sepultar, durante este año, muertos en atentados del fundamentalismo islámico.

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Ya en 2004, el Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC), una célula aislada y minoritaria, declaraba la guerra a “los extranjeros y a las compañías foráneas” en todo el Magreb, a quienes se acusa de un doble crimen: atentar contra el Islam por la penetración occidental, especialmente por los medios de comunicación; y expoliar neocolonialmente a los países musulmanes del norte de África. El GSPC, luego de una seguidilla de acciones mortales durante los dos años siguientes, consiguió que Al Qaeda lo incorporara orgánicamente a su organización, pasando a llamarse “Al Qaeda en el Magreb Islámico”, y que el lugarteniente de Osama Bin Laden, Ayman al Zawahiri, les encargara, hace cuatro meses, “acabar con la presencia de españoles, franceses, y norteamericanos, en el Magreb.” En esa lógica deben leerse los atentados de esta semana, y los que –lamentablemente- creo que debemos esperar para el futuro próximo.

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Porque el desarrollo creciente de “Al Qaeda en el Magreb Islámico” es también una invitación a que las organizaciones paralelas en los restantes países de la costa norte de África, intensifiquen su acción en sus respectivas sociedades. Células fundamentalistas como el Grupo Islámico Combatiente Marroquí (GICM), en el cuerno occidental de la costa mediterránea; el Grupo Combatiente Tunecino (GCT); y el Grupo Islámico Combatiente Libio (GICL); han tenido el mismo origen y aspiran a integrar la red islámica global de Al Qaeda, tal como lo hicieron los argelinos.

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Después de que Al Zawahiri anunciara la integración formal del GSPC en Al Qaeda, el 11 de septiembre del año pasado, los líderes de la formación argelina subrayaban que “no es posible luchar contra los Estados Unidos de Norteamérica, si no se produce la unidad de todos los combatientes yihadistas del Magreb”, en lo que constituye un llamado al resto de las células norafricanas a seguir sus pasos respecto de la gran red fundamentalista global.

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Además del riesgo que supone el traslado de las acciones violentas hacia la costa sur de Europa, la estrategia de la “yihad” en África también contempla la expansión hacia el interior del continente, hacia el Sahel, el inmenso cinturón desértico que se extiende entre Sudán, Chad, Níger, Mali, Mauritania, y Senegal. Una zona de fronteras difusas y prácticamente sin Estado, donde el poder real reside en los jefes de las tribus tuareg, y en las redes de contrabandistas, que hacen de la inestabilidad institucional una situación permanente. Sumar el Sahel a la estrategia yihadista del Magreb sería pensar en un refugio internacional, en una vastísima zona prácticamente fuera de todo control, para el alojamiento y el entrenamiento del movimiento terrorista de base islámica.

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Por todo ello, sería un error analizar los atentados de esta semana, y la estrategia de la violencia terrorista global, como un supuesto choque de civilizaciones, o un enfrentamiento entre Occidente y el Islam, como vienen insistiendo ciertos grupos de opinión, especialmente influyentes en la política exterior norteamericana de nuestros días. Los atentados de Argelia demuestran que no sólo los países europeos o americanos son víctimas, sino también los propios países y poblaciones musulmanas. Conviene asimismo incluir en el análisis que la amenaza para Occidente no viene “de afuera”, sino que el proceso de radicalización ideológica que está en el centro de la estrategia yihadista se produce también al interior de las sociedades occidentales, como pudo verse en los autores materiales de los atentados de Gran Bretaña o España, que eran ciudadanos nacidos y educados en esos países.

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La amenaza de esa ideología del terror que es el salafismo yahiadista tiene sus raíces en ambas costas del mediterráneo, tanto la africana como la europea, por lo que la metodología para enfrentarse a ella no puede ser solamente policial o militar, sino que debe incluir la dimensión de la cooperación económica y social, especialmente en la dirección norte-sur, desde Europa hacia el Magreb.

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Profesor de Política Internacional. Universidad Católica de Córdoba.

Al Qaeda: una red adaptable (18 09 07)

Publicado en “Hoy Día Córdoba”  –  (18 de septiembre, 2007)

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AL QAEDA

UNA RED ADAPTABLE

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por Nelson Gustavo Specchia

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Por estos días de septiembre, la prensa y los análisis políticos internacionales se han ocupado largamente de recordar los ataques a las Torres Gemelas, en Nueva York, que se constituyeron en la gran puerta de entrada del terrorismo de base islamista en la escena mundial. Desde el 11 de septiembre de 2001, están indisociablemente vinculadas a este trágico suceso las figuras de Osama bin Laden, y del movimiento –ignoto hasta entonces- que surge de su inspiración, Al Qaeda. Más allá del recuerdo doloroso de los ataques a los Estados Unidos, la naturaleza y los alcances de la organización de Bin Laden, y el rol que ella viene ocupando en la construcción y el desarrollo de un movimiento yihadista internacional, están aún en discusión.

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La reacción de los Estados Unidos al ataque terrorista en su suelo fue la intervención militar contra el régimen talibán de Afganistán, (a quienes había apoyado en el pasado, contra la ocupación soviética), y la persecución de los dirigentes del radicalismo islámico en prácticamente todos los países del mundo árabe. Se calcula que casi dos tercios de la antigua cúpula de Al Qaeda han sido desarticulados, pero la organización ha conseguido resistir el embate militar de tácticas tradicionales, adaptando y regenerando su estructura para mantener la capacidad ofensiva, e incluso aumentarla.

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En cuanto a los máximos dirigentes, tanto Osama bin Laden (que acaba de aparecer en un nuevo video en internet, más viejo y demacrado, pero con la barba teñida de negro, y llamando a sus seguidores a no cejar en la lucha “contra el imperialismo”, al tiempo que invitando a los Estados Unidos a la conversión al islam), como su lugarteniente, Ayman al Zawahiri, siguen vivos y libres, inspirando –desde algún lugar de las montañas entre Afganistán y Pakistán- la continuación de la yihad global. Y en cuanto a la propia organización, ha adaptado su estructura, flexibilizándose, de manera tal de absorber en su entorno a una amplia variedad de células insurgentes de prácticamente todo el abanico del radicalismo islámico. Con grupos afiliados ha acrecentado su presencia en Indonesia, en el Golfo Pérsico, en Oriente Próximo, en África subsahariana, y en el Magreb. Y, mediante redes de base, en el corazón de Europa: España, Gran Bretaña, Holanda, Alemania.

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Por otro lado, la ofensiva de los Estados Unidos –con participación de fuerzas aliadas de la OTAN- en Afganistán, y la instalación de un gobierno afín a Occidente, débil y poco representativo, no ha terminado con la presencia tabilán. Por el contrario: la incapacidad del gobierno instalado para controlar a las regiones tribales lindantes con Pakistán, que se corresponde con la incapacidad del gobierno pakistaní del general Parvez Musharraf para hacer lo propio con esa zona fronteriza (Waziristán), ha permitido un rearme de los talibán afganos, con los cuales Al Qaeda ha logrado una renovación de su propia estructura, y de sus cuadros dirigentes.

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Este nuevo liderazgo, del que se conoce muy poco a nivel público, rondaría los 30 años, se habría formado en las “madrazas” (escuelas coránicas) de Waziristán, protegidos por las tribus locales, y con experiencia militar (en Afganistán y en Chechenia). El origen de este nuevo liderazgo también se ha ampliado: mientras que en el 2001 la conducción de Al Qaeda provenía principalmente de Arabia Saudí (país de Bin Laden) y de Egipto, los jóvenes dirigentes parecen haber llegado del vecino Pakistán, del Irak ocupado, y de los países musulmanes del norte de África. El grueso de este nuevo núcleo de conducción proviene de las milicias entrenadas por los talibán antes de la intervención norteamericana. Se calcula que setenta mil yihadistas recibieron instrucción militar en las madrazas Deobandi por entonces.

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Básicamente, los analistas coinciden en que la “nueva” Al Qaeda se está regenerando en torno a tres modalidades operativas: 1) la estructura global, con agentes individuales dispersos por el mundo, encargados de constituir, organizar y dirigir células terroristas locales, ejecutando con ellas actos de agresión planificados por las máximas instancias de conducción; 2) organizaciones afiliadas, que mantienen la independencia de funcionamiento, pero que aspiran a que sus actos se encuadren en la estrategia general de la organización, al tiempo que recibir de ella financiamiento material para la ejecución; y 3) redes de base, sin relación orgánica con Al Qaeda, pero que adscriben a los objetivos mantenidos por la organización, y difundidos por ella mediante las redes de comunicación global de internet.

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Esta última modalidad operativa ha de ser la de mayor cuidado para Occidente en el corto plazo. No sólo apunta a la consolidación de una nueva generación de soldados yihadistas internacionales, sino que la organización propicie la formación espontánea de grupos pequeños, prácticamente independientes, no vinculados con formación doctrinaria en países árabes, no fichados por los servicios de inteligencia, nativos y educados en el propio sistema nacional, o bien integrantes de las masas de migrantes, y con capacidad para causar daños de grandes magnitudes con relativamente pocos fondos materiales de financiamiento, dan una idea del riesgo que la modalidad supone para la seguridad de los países declarados como objetivos estratégicos de Al Qaeda.

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Esta organización así reestructurada, no sólo ha logrado resistir al asedio militar de tácticas convencionales, sino que ha acrecentado su presencia en la escena política internacional, al lograr liderar cerca de veinte organizaciones de radicalismo islámico radicadas en los países musulmanes. Y desde el 11 de septiembre de hace seis años, los grupos afiliados a Al Qaeda se han atribuido la mayor parte de los ataques terroristas en todo el mundo. Tan sólo en un año, en 2006, se produjeron 14.338 atentados, que causaron, en suma, más de 20.000 muertos en todo el globo.

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Hoy, las redes yihadistas de Al Qaeda suponen la principal amenaza para la seguridad europea (solamente en Gran Bretaña, Scotland Yard ha desactivado más de treinta tentativas de atentados de grandes dimensiones, similares al que afectó a las redes de subterráneos). Y la extensión de la amenaza al resto de Occidente sólo es cuestión de tiempo. Frente a ello, la respuesta militar ya ha demostrado su poco éxito. Deben trabajarse, a nivel social, las causas de la desintegración de una parte importante de la población, la marginalidad, la exclusión, las fallas en el sistema de oportunidades, de acceso real a los sistemas de formación, de trabajo, y de promoción social. El conflicto que supone la yihad no es religioso, aunque así intente presentarse por la cúpula de Al Qaeda, sino de ideas y de convivencia en una sociedad plural. Ese debe ser el punto a trabajar.

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Profesor de Política Internacional, Universidad Católica de Córdoba.

La sombra del terror (28 10 06)

Publicada hoy en La Voz del Interior

http://www.lavoz.com.ar/06/10/28/secciones/opinion/nota.asp?nota_id=13036

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La sombra del terror

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por Nelson Gustavo Specchia

Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba

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No podemos aspirar a un diálogo con el Islam político mientras sigamos menospreciando sus objetivos políticos y estratégicos de largo alcance.

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Vivimos un tiempo de resignificación de hechos políticos globales, que alcanzan ese meollo de la cultura que es el lenguaje. Nuestro discurso sobre la vida social y política mundial se tensa a diario, hasta el límite de la cuerda, para dar cuenta de los eventos, las conductas y las cosas. Hasta el propio contar de los días: transitamos un renombrarse del viejo calendario gregoriano, el tiempo parece avanzar por hitos de atentados y explosiones. Un macabro calendario del terror que en su abreviada expresión, del 11-S al 7-J, nos remite a una estrategia que golpea en el centro de la cultura occidental, dando una dura patada al tablero de la convivencia política internacional como hasta ahora la conocíamos.

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Una de las preguntas que surgen en los sectores académicos, hace referencia a si estas mutaciones en nuestra manera de nombrar las cosas reflejan una alteración profunda, revolucionaria, que viene a modificar de manera permanente los usos y las prácticas políticas.

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Ese fenómeno denominado “terrorismo”, de marginal y aislado en la práctica de la guerra, se ha convertido paulatinamente en un modus operandi generalizado en este joven siglo 21.

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La pregunta, en definitiva, es si hemos de acostumbrarnos a crecer y a vivir a la sombra del terror.

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Una de las características diferenciales del terrorismo, junto a la desaparición de los “campos de batalla” como locaciones geográficas específicas de la guerra, es la aleatoriedad de los escenarios. El mismo terrorismo que golpeó las Torres Gemelas de Nueva York, los subterráneos de Londres, y los trenes madrileños, había hecho volar en pedazos la embajada de Israel en Buenos Aires, una década antes que en Manhattan, en un 17 de marzo de 1992; y dos años después de ese 17-M del nuevo calendario, volaba la sede de la Amia en la Capital argentina. Cuatrocientos compatriotas murieron o fueron heridos en esos atentados en nuestro suelo. No importa cuán lejos estemos de los núcleos centrales del poder, las rutas del terror circulan en todas las direcciones.

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Freno políticamente correcto. Mucho se ha investigado y escrito sobre las relaciones entre los diversos atentados en América, Asia, África y Europa. También se estudia –aunque se escribe menos– sobre las raíces religiosas de la metodología y la práctica terrorista. No es políticamente correcto (ese parámetro banal y superficial, pero convertido en el canon de no pocos formadores de opinión) afirmar que el núcleo del accionar terrorista lo conforma el fundamentalismo religioso islámico, y que ese accionar tiene un proyecto y un objetivo político. No es políticamente correcto, tampoco, afirmar que ese objetivo es concreto, irracional, antimoderno, y universal.

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Occidente, especialmente sus intelectualidades más progresistas, prefiere limitar el análisis a la explicación del terrorismo fundamentalista como reacción al imperialismo capitalista, como lucha nacional y cultural de resistencia a la opresión, o como modalidad de sublevación desde la especificidad cultural contra la homogeneización del mercado.

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Este cuerpo de análisis permite conocer algunas de las variables del fenómeno, pero de ninguna manera lo agota, ni –mucho menos– hará posible generar líneas de acción para interactuar con él. Debemos, creo, comenzar a sostener abiertamente que el fundamentalismo islámico posee un proyecto político propio, diferente a la democracia representativa liberal, y que la metodología terrorista manifiesta la opción estratégica de luchar por su implementación efectiva a nivel internacional.

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Internet y el Islam. La ilusión de un “mundo seguro” terminó con la guerra fría. La desaparición de la Unión Soviética como contrapeso a la hegemonía del poder norteamericano, habilitó la emergencia de fuerzas sociales y religiosas que se encontraban latentes, pero oprimidas y marginadas por el conflicto dominante en la segunda mitad del siglo 20, entre el “mundo libre” y el “socialismo real”. Una de las fuerzas que recuperan un ímpetu impensado es, precisamente, el Islam en sus proyecciones políticas.

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Paralelamente, el mismo tiempo histórico vive la explosión de la “sociedad de la información”, el aumento velocísimo de los medios tecnológicos al servicio de las comunicaciones, e Internet.

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Ambos elementos conjugados permiten explicar estos métodos de “redes de redes”, que se han convertido en las bases virtuales de operaciones de los diferentes grupos que conocemos bajo el nombre común de Al Qaeda, donde no hay una estructura política visible tal como la entendemos desde la modernidad, ni siquiera demasiado clara para los propios actores. Donde tampoco el “ejecutivo” se ejerce en el sentido tradicional de esa función política, y donde no existe ningún tipo de balance o contralor de funciones.

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Estas “redes de redes” se constituyen con grupos minúsculos, y no necesariamente con conocimiento de la relación existente entre ellos. Más aún, la mayor operatividad parece radicar en segmentos semiautónomos de jóvenes radicalizados, autoconstituidos como grupo, de iniciativas propias y sin que medien –necesariamente– consultas con instancias de planificación estratégica.

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Estos grupos autoconstituidos están asentados en diferentes países (como los pilotos de los aviones que impactaron en las Torres Gemelas); integrados indistintamente por inmigrantes (como los autores de los atentados de Atocha), o por miembros de la propia comunidad nacional, nacidos y educados en el país, como los autores de las explosiones en los subtes londinenses.

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Sin dirección ejecutiva central, sin estructura formalizada, y sin canales verticales de comunicación, logran una acción y un pensamiento aglutinador a partir de un objetivo colectivo, la Jihad, o guerra santa contra el occidente moderno.

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Si la guerra es “santa”, como lo fueron las Cruzadas para la cristiandad medieval, entonces la misión política se identifica con la misión religiosa, y ésta con el objetivo personal de trascendencia: morir en la Jihad implica gozar de la vida eterna.

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Todos estos elementos, originales e inéditos para la práctica política moderna, están estructurados por el soporte comunicativo, en tiempo real y a costos bajísimos, de la Web.

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Estado versus comunidad

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También creo que es necesario sostener abiertamente, para poder discutirlo y buscar canales reales de comunicación, que esta organización sin estructura tiene una aspiración fáctica: la unificación política del Islam. La búsqueda estratégica de la expansión musulmana no es anárquica, sino por el contrario muy concreta: la instauración de un califato, en oposición a la generación típica de la modernidad occidental, el Estado.

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El califato que aglutinaría al Islam ideológico se concibe como una especie de administración político-religiosa supra nacional, y habría de extenderse desde el Mediterráneo hasta el sudeste asiático.

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Debe advertirse que, en esta interpretación de la estrategia internacional de las redes de redes que conocemos bajo la denominación común de Al Qaeda, la posición predominante de las democracias occidentales en el sistema mundial aparece como un obstáculo para el establecimiento de una comunidad de creyentes.

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Una comunidad se genera con lazos de otro tipo, de orden religioso y lingüístico –y por ello cultural–, que pueden sentar las bases de una especie de imperio pan-islámico.

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Este es el motivo por el cual los intereses (la embajada de Israel, la Amia); los signos emblemáticos (el Centro Mundial de Negocios, el Pentágono); y la propia sociedad civil (los trenes hacia Atocha, los subterráneos de Londres) de esas democracias occidentales son los objetivos de la mecánica del terrorismo fundamentalista.

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El alcance de la comunidad. La comunidad es la agrupación de los fieles, quien está fuera de ella es un infiel. Si es infiel, es enemigo. La guerra contra los enemigos de la fe, contra los infieles, es “santa”. La Jihad está justificada, porque defiende a la “comunidad”.

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La única alternativa a esta lógica es encontrar caminos de diálogo y encuentro, pero un diálogo auténtico se establece entre dos entidades que se reconocen cabalmente una a otra. No podemos aspirar a un diálogo con el Islam político mientras sigamos menospreciando sus objetivos políticos y estratégicos de largo alcance.

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No podemos condenarnos a crecer y vivir a la sombra del terror. El desafío, por ello, ha de ser encontrar las maneras, averiguar cómo las sociedades abiertas que hemos conseguido desarrollar luego de tantos sacrificios de generaciones enteras, de tantas luchas, de tantas guerras, pueden defenderse de cualquier integrismo, de cualquier fanatismo radicalizado, de cualquier opción excluyente o totalizadora, sin renunciar a su sistema de vida, basado en la tolerancia, el respeto, la convivencia y la libertad.

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