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La vuelta de Shalit

La vuelta de Shalit

por Nelson Gustavo Specchia

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Entre la poblada agenda internacional que llenó esta semana, la noticia del intercambio de prisioneros entre el Estado de Israel y las milicias islamistas palestinas de Hamas consiguió un fugaz protagonismo, hasta que apenas unas horas más tarde la captura y muerte del ex dictador libio –con su carga morbosa de fotos y videos ensangrentados- y la claudicación final de las guerrillas separatistas vascas de ETA renunciando definitivamente a las armas, empujaran la novedad de la vuelta a casa del soldado Gilad Shalit, a cambio de la salida de las prisiones israelíes de más de 1.000 presos políticos, de las letras grandes de los titulares de prensa hacia las páginas interiores. Pero esa pieza de relojería diplomática articulada en Oriente Medio merece una mirada atenta, y un análisis un tanto más cauteloso que la pasada rápida sobre las portadas de los periódicos, en medio de la vorágine internacional. Por varias razones: porque Shalit era –lo sigue siendo- un símbolo gravitacional para ambas partes del más viejo contencioso político de Oriente próximo; porque aún no queda claro si se ha tratado de un episodio más, como otros tantos, en ese antiguo tira y afloje de presiones y concesiones entre enemigos obligados a la vecindad; o porque, en una lectura más optimista, puede estar mostrando un cambio en la disposición de las piezas para encauzar una salida al laberinto árabe-israelí.

CÁMARA DETENIDA

En esa estrecha lengua de tierra bañada por las últimas aguas orientales del Mediterráneo, nadie baja los brazos ni la mirada. Todo es tensión, permanentemente. Cuando el viajero llega a Tel Aviv, se encuentra con una ciudad occidental, casi europea, donde es difícil encontrar huellas del más profundo conflicto ideológico, comunitario, político, religioso y estratégico de la región. Sin embargo, apenas se deja la ciudad capital, la tensión comienza a palparse en las expresiones, en las actitudes, y en todos los rostros, se cubran la cabeza con el pañuelo de la “kafiya” o el gorrito de la “kipá”. El martes de esta semana se vivió, a uno y otro lado de esa frontera imaginaria y brutalmente real que separa a árabes de israelíes un día de fiesta, y este dato no es, para nada, una cuestión menor. Generar actos que descompriman la tensión permanente con que se afronta la cotidianidad puede ser una de las políticas públicas más inteligentes, en aras de la creación de condiciones anímicas de entendimiento.

Y fue una fiesta aprovechada por todo el gobierno conservador de Benjamín –Bibi- Netanyahu, la prensa israelí, los colonos, el Ejército –la institución básica de la supervivencia judía- y las familias de los soldados. En Israel el servicio militar es obligatorio para todo ciudadano, independientemente de su sexo o condición, y dura tres largos años (en el caso de las mujeres, dos); y para el Ejército es innegociable el principio de no dejar a un solo soldado atrás: lo necesita para garantizar ese largo servicio militar y la lealtad de los conscriptos, que saben que serán rescatados a cualquier precio. Inclusive las familias que tienen un solo hijo, deben firmar un documento que autoriza a la fuerza armada a trasladar a su vástago a zonas de combate. En ese entorno, el abrazo del soldado Gilad Shalit con su padre, Noam, fue la primera imagen de la atípica jornada. La cámara volvería a detenerse para retratar, del otro lado del muro, la llegada de los colectivos con los presos liberados (477 en esta primera etapa, a los que seguirán otros 550 en unas semanas) a tierra palestina.

Han sido tantos los años de luchas y de negociaciones, de progresos y retrocesos, que aquel clima de tirantez y sospecha al que me refería recién, también ha teñido todo proceso de diálogo entre ambas partes. Por eso nadie informó de que se estaban desarrollando tratativas para el canje, toda la negociación se mantuvo en una estricta reserva de secreto de Estado, y los buenos oficios desplegados por las diplomacias de Alemania y de Egipto –terceras partes involucradas en el intercambio- respetaron ese modus operandi. Por eso el anuncio fue sorpresivo, y contribuyó a la fiesta. Con las primeras luces del alba del martes 18 de octubre, desde algún lugar de Gaza salió un coche 4×4, rodeado de docenas de milicianos armados hasta los dientes y cubiertos de pasamontañas y pañuelos, que sólo dejaban al descubierto las pupilas negras. Ese contingente se acercó al paso fronterizo de Rafah, y del 4×4 salió un delgadísimo muchacho de 25 años, tras pasar una quinta parte de su vida como rehén de las guerrillas islamistas palestinas. Ojeroso y con aspecto de cansado, los mediadores egipcios sin embargo lo encontraron bien, sano y cuidado, y hasta lo expusieron a las cámaras de televisión para un primer reportaje, antes de que los servicios de inteligencia israelí, el Mossad, lo entrevistaran. Shalit dijo a las cámaras de la TV Nilo que lo habían tratado bien, y manifestó su confianza en que el canje de prisioneros (deseó inclusive que todos los presos palestinos fueran liberados) ayudara a alcanzar la paz. Después, el joven fue conducido por los mediadores egipcios al paso fronterizo de Kerem Shalom y entregado al Ejército israelí, quién se apresuró a volver a vestirlo con el uniforme marrón y a colgarle sus novísimas charreteras de sargento. Luego de la entrevista, ahora sí, con el Mossad, lo embarcaron en un helicóptero, y en la base militar de Tel Hof, cerca de Tel Aviv, lo recibió el primer ministro, y la cámara se detuvo con el esperado abrazo a su padre. Desde ahí todo fue fiesta, aunque discreta.

Sin ningún tipo de contención, en cambio, hacia el mediodía el parque central de Gaza rebosaba de gritos, música, las banderas verdes de Hamas, y unas 200.000 personas que habían llegado desde los rincones más remotos de la Franja, para recibir a los liberados, como auténticos héroes. Ismail Haniya, líder de los islamistas y gobernante de facto de Gaza, abrazó uno a uno a los liberados. Faltaban algunos: los que fueron conducidos a Cisjordania directamente, y aquellos a los que se obligó al exilio. Pero nada detuvo la fiesta, porque aquí era fiesta y era victoria.

Porque, si bien los líderes de Hamas –incluyendo al propio Haniya- sostuvieron que la alegría era la de todos los palestinos, objetivamente hay que acordar que la victoria de los islamistas conlleva el relativo fracaso de la vía negociadora impulsada por Al Fatah, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y, en última instancia, por el primer ministro Mahmmoud Abbas. Inclusive tiendo a pensar que la ocasión elegida por Netanyahu para acceder al canje tiene que ver con el gambito diplomático de Abbas, de presentar el pedido del reconocimiento del Estado Palestino a las Naciones Unidas. El canje de 1 por 1.000 puede venir a reforzar la apreciación, entre los árabes, de que la burocracia de la Autoridad Palestina, con sus planes de negociación que nunca llegan a ningún puerto y que ni siquiera logran detener la colonización judía en los territorios ocupados, en menos eficiente que las vías que propugna Hamas, aunque éstas impliquen violencia y rotundo desconocimiento a la potencia ocupante.

LOS DILEMAS DE BIBI

Netanyahu ha tomado esta decisión en un entorno crítico. Una parte de su gobierno (el canciller Avigdor Lieberman; la derecha del Likud; y los partidos religiosos ortodoxos) se negaba rotundamente a ningún acuerdo con el enemigo. Pero, como ex soldado, conoce la ley no escrita de que el Ejército no deja a nadie atrás, ni siquiera a los cadáveres; y que un golpe militar de comandos judíos en Gaza para rescatar a Gilad estaba fuera de las posibilidades actuales (Bibi tiene, por cierto, un hermano muerto en una operación de rescate en Entebbe, Uganda, en 1976).

Además, el abrumador respaldo de países del mundo a la solicitud palestina de reconocimiento por la ONU ha extremado la soledad de Israel. Bibi dice públicamente que está dispuesto a retomar las negociaciones con Mahmmoud Abbas, pero al mismo tiempo le quita legitimidad al sostener que no representa a todos los palestinos. En este sentido, el fortalecimiento de Hamas termina beneficiando indirectamente al gobierno de Tel Aviv, porque aumenta la debilidad de Al Fatah en la interna árabe.

Por otra parte, en los más de mil liberados, se sueltan presos políticos pero también terroristas, con varias condenas en firme por sangrientos atentados contra civiles, que podrían volver a las armas.

Finalmente, ha terminado accediendo al canje, porque la ausencia del soldado Gilad Shalit era un símbolo más gravoso para la conciencia colectiva israelí que la liberación de los prisioneros palestinos. Pero esa decisión puede convertirse en un aliento a nuevos secuestros de soldados: ya el martes se pedía, en Gaza, “queremos más Shalits”. A lo que Bibi respondía: “seguiremos luchando contra el terrorismo”.

En definitiva, una jornada de relajación de tensiones y de fiesta, pero nada que ver con la verdadera búsqueda de la paz.

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Twitter:   @nspecchia

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Celebraciones en Palestina

La primera fase de liberación de presos políticos árabes se cumple sin sobresaltos. En Israel se recibe al soldado Shalit con una sensación de derrota. Hamás capitaliza el éxito de la operación.  

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Después de mucho tiempo, reveses diplomáticos y ataques punitorios de la aviación israelí sobre la Franja de Gaza, ayer se instaló un clima de fiesta en la comunidad palestina en general, y en especial en el sector islamista.

La primera fase del intercambio de prisioneros entre los dos contendientes más antiguos de Oriente Medio se cumplió ayer sin inconvenientes, según la planificación acordada entre los mediadores y los buenos oficios de las cancillerías de Alemania y de Egipto.

De los más de mil presos políticos alojados en cárceles israelíes, el gobierno de Benjamín Netanyahu liberó ayer a 477, que fueron puestos a disposición de las autoridades fronterizas egipcias, algunos retornaron a Gaza –donde fueron recibidos por el líder de Hamas, Ismail Haniya- y otros deberán partir al exilio.

Por su parte, Hamas entregó al soldado Gilad Shalit, a quien retenía desde hace más de cinco años, a la Cruz Roja del lado egipcio de la frontera, quien lo condujo de vuelta a Israel.

En principio, y más allá de la complejísima negociación entre ambos equipos, la jornada de ayer se presentó como un día de relajamiento de tensiones políticas y de reencuentros familiares.

Pero las lecturas y las interpretaciones en los medios y en las calles rápidamente se sobreimprimieron con el mensaje oficial, y pudo observarse que la fiesta que se desarrollaba en las barriadas árabes no tenía mucho correlato en las ciudades hebreas, donde el desigual balance del intercambio –1 a cambio de 1.027- pronto comenzó a ser criticado como una claudicación del gobierno de coalición conservadora israelí frente a su enemigo tradicional.

Hamas, por su parte, además de no ocultar su triunfalismo, en ningún momento renegó del mantenimiento de la lucha “contra la potencia ocupante”, sino que reivindicó el secuestro de personal militar judío, en el futuro, como una vía válida de defensa.

Junto al helicóptero que traía al soldado liberado, el premier Netanyahu había ensayado un corto discurso exitista: “Les he devuelto a Gilad, dijo, hoy estamos todos unidos en la alegría”. Pero ante la declaración de los voceros islamistas, Netanyahu debió salir a prometer que seguirá “luchando contra el terrorismo”, apenas unos minutos después de haber recibido a Shalit en la base militar de Tel Nof, próxima a Tel Aviv.

Las manifestaciones verbales de ambas dirigencias dejan claro que el intercambio de prisioneros ha sido un acto más en medio de una guerra vieja, pero que la paz posible entre ambas partes sigue estando igual de lejos que antes.

Acuerdos internos

Las divisiones entre las facciones árabes también han obstaculizado la paz. Al Fatah –heredera de la OLP del mítico Yasser Arafat-, y los islamistas de Hamas llegaron en 2007 incluso a una guerra civil.

Los territorios palestinos se dividieron: Cisjordania para Fatah, bajo el mando de Mahmmoud Abbas, y Gaza con el gobierno de hecho de Hamas, liderados por Ismail Haniya. Ayer, la llegada de los presos liberados escenificó también el acercamiento entre las dos facciones.

En Ramallah, Abbas y el dirigente de Hamas, Hassan Yussef, recibieron juntos a los excarcelados. “Hoy es un gran día para la unidad nacional”, dijo Abbas. Yussef sostuvo que “la reconciliación completa” entre ambos “está próxima”.

Esa sí que sería una auténtica novedad.

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en Twitter:  @nspecchia

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Marruecos, el otro Islam (01 07 11)

Marruecos, el otro Islam

por Nelson Gustavo Specchia

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En medio de la tensión europea impulsada por la crisis de las deudas de los países mediterráneos, el Norte de África se sigue moviendo, y en diversas direcciones. Marruecos vota hoy un plebiscito constitucional que se presenta como otra respuesta a la Revuelta Árabe que sacude la región desde principios de año. La cercanía geográfica entre ambas orillas del Mediterráneo, la tensión social por el movimiento de masas de migrantes desde la paupérrima costa Sur del mare nostrum hacia los países desarrollados del Viejo Continente, y el preocupante escenario político de las revoluciones populares que tumban autocracias consolidadas y dejan abiertos los escenarios de futuro, hacen que la agenda del Magreb sea, asimismo, centro de atención de todas las cancillerías europeas, muy especialmente en España, Francia, Alemania e Italia. Pero, en estos días, esa agenda externa para con los vecinos africanos y árabes se ve tironeada por la atención que los gobiernos de la Unión Europea tienen que poner en sus propios patios internos.

Con Atenas envuelta en una batalla campal entre militantes “indignados” que han dejado la protesta pacífica y se han lanzado a la resistencia activa, y fuerzas antimotines con orden de extinguir el incendio social a toda costa, la vía escogida por el liderazgo europeo parece querer apagar los fuegos con baldes de nafta. En la misma semana, una cuarta huelga general paraliza Grecia; los “indignados” cruzan el territorio español en su marcha hacia Madrid pidiendo una renovación general de todo el sistema político; y Londres soporta la movilización de 750.000 trabajadores, que rechazan la remodelación con la que el gobierno pretende meter tijera al sistema de jubilaciones. Demasiado ruido interno. Pero, aunque las agendas nacionales le quiten protagonismo, el Magreb puede convertirse para la Unión Europea en una bomba de tiempo demasiado grande como para relegarla a un segundo plano.

REY Y SEÑOR

La tirantez entre cuidados estratégicos de mediano plazo y urgencias coyunturales entre las dos orillas, se puso de manifiesto en la ausencia de una postura común de los europeos frente a la reforma constitucional que se plebiscita hoy en Marruecos. En definitiva, en Europa no se han puesto de acuerdo si el plan de Mohamed VI es una auténtica reforma aperturista, modernizante y democrática; o si, por el contrario, se trata de una magistral puesta en escena de Il Gattopardo en las arenas del extremo occidental del Magreb, armada para dar la impresión de que todo cambia pero que, en el fondo, intenta que nada se mueva de su sitio.

Cuando la Revuelta Árabe tiró sucesivamente a los regímenes autocráticos de Zine el Abidine ben Ali en Túnez, y luego al otrora poderosísimo “rais” egipcio Hosni Mubarak, el riesgo de contagio puso en alerta a las administraciones árabes de toda la región que, en general, se inclinaron por una respuesta que mezclaba unas pocas concesiones con el simultáneo aumento del control y la represión. Y cuando unas semanas más tarde los rebeldes comenzaron la ofensiva contra el coronel Muhammar el Khaddafi en Libia, el monarca marroquí Mohamed VI decidió que era el momento de poner las barbas en remojo, antes que las puebladas populares llegaran al palacio con ánimos de barbero.

En Marruecos las movilizaciones comenzaron el 20 de febrero, y esa fecha es la que da nombre al movimiento –también aquí mayoritariamente juvenil- que sale a las calles de todas las ciudades importantes del reino, domingo a domingo, pidiendo la democratización de una de las últimas monarquías absolutas del mundo. Adaptando la estrategia regional de mezclar concesiones con mayores restricciones, el rey diseñó un plan de modernización por vía de la reforma constitucional.

Hasta ahora, el monarca es considerado “sagrado” en Marruecos, y concentra no sólo la titularidad de la representación del Estado, sino que ejerce efectivamente el gobierno en forma directa. Esto es, un monarca absoluto, por definición técnica. A lo que debe agregarse, por cierto, que es propietario de todas las empresas –productivas y de servicios- que realmente cuentan en la economía marroquí. Quizá la única diferencia con los emiratos árabes patrimonialistas del Golfo Pérsico sea, por una cuestión de proximidad con Europa, que en Marruecos el absolutismo ha conservado cierta liberalidad social (en el trato a las mujeres, por ejemplo), y no ha extremado la violencia represiva (salvo en el caso del conflicto con los bereberes y la irresuelta cuestión del Sahara Occidental).

DEMOCRACIA E ISLAM                      

Mohamed VI, de 47 años y educado en Occidente, parece haber entendido que estas características de su trono ya son inviables, tanto en el contexto global, como en la relación estratégica con la Unión Europea y, muy especialmente, en el entorno alterado de las Revueltas Árabes. Decidió entonces reformar la Carta Magna del reino y renunciar al carácter sagrado de su persona. Pero aquí comienza el gattopardismo. El análisis de la mecánica de la reforma, como el alcance de su articulado, no permite concluir claramente que el resultado vaya a ser una transición hacia un Estado democrático y representativo. Todo en esta reforma es híbrido y queda a mitad de camino. Y esto ha llevado a que los jóvenes del Movimiento 20 de Febrero planteen el boicot al plebiscito que hoy se vota.

Porque lo que vienen pidiendo los jóvenes, junto a sectores muy diversos de la sociedad civil, es un cambio hacia un Estado donde el rey reine pero no gobierne, como en todas las monarquías parlamentarias europeas que quedan. Pero la Constitución puesta a referendum hoy está muy lejos de ese alcance. Marruecos se define en ella como Estado musulmán, conducido por el Rey (persona, si bien ya no “sagrada”, sí “inviolable”), quien presidirá el Consejo de Ministros, y el Consejo Superior de Seguridad, y el Consejo del Poder Judicial. Además, por cierto, el soberano retiene en esta nueva Constitución la condición de jefe supremo de las Fuerzas Armadas. En otras palabras, el núcleo duro del poder sigue girando en torno al monarca. Pero es que, junto a estas atribuciones ya presentes en la Constitución de 1996, a partir de ahora el rey será también “Emir de los Creyentes” (o sea, máxima autoridad religiosa, y jefe del Consejo de los Ulemas). Estos elementos son los que impulsan a los jóvenes rebeldes a rechazar la nueva Carta Magna, y a boicotear el referendum: Mohamed VI, dicen, ha encontrado en el Islam la herramienta para afianzar el absolutismo de su reinado. Pero el riesgo implícito en esta estrategia es alto: los partidos religiosos, hasta el momento en un segundo plano, pueden cobrar una inesperada relevancia.

En Marruecos la religión es cuestión de Estado: los imanes son empleados públicos y sus sueldos están en la nómina del ministerio de Asuntos Religiosos. El sermón que cada viernes el imán lee en la mezquita se redacta en ese ministerio. En un párrafo de la homilía leída por todos los imanes el viernes pasado, se destacaba: “La nueva Constitución tiene grandes ventajas para los musulmanes, que serán guiados por el Emir de los Creyentes; Marruecos será un Estado musulmán, y la protección de la familia y de las costumbres estará garantizada en el marco del Islam”. No suena como una declaración muy alentadora para afianzar una apertura democrática, un gobierno laico, y una transición hacia mayores grados de representatividad política.

Si convence a los jóvenes y sortea el boicot al plebiscito de hoy, posiblemente Mohamed VI haya logrado evitar que los vientos de la Revuelta Árabe lleguen a las arenas marroquíes. Si no, habrá sido un balde de gasolina echado a las llamas. Una política muy europea por estos días.

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[ publicada en HOY DÍA CÓRDOBA, Magazine, columna “Periscopio”,

viernes 1 de julio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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Siria, temas de familia (13 05 11)

Siria, temas de familia

Por Nelson Gustavo Specchia

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Hace apenas un par de semanas, en este mismo espacio, nos preguntábamos si las llamas que desde comienzo de año vienen incendiando el mundo árabe, llegarían a alterar el cerrado orden impuesto sobre la República Árabe Siria (“¿Prenderá en Damasco la mecha siria?”, HDC 01/04/11). La sucesión de alzamientos, movilizaciones callejeras y protestas desde entonces, y las idas y vueltas ensayadas por el gobierno del presidente Bachar el Assad sobre las maneras de enfrentar estas demandas, han respondido de múltiples maneras –pero todas ellas afirmativas- a aquella pregunta que nos hacíamos a principios de abril.

Siguiendo un molde que ya es común a los regímenes autocráticos, que depositan en la fuerza de la represión popular la posibilidad más inmediata de continuidad en el poder, el gobierno de Damasco prometió reformas y aperturas, pero en realidad sacó a la calle a sus cuerpos policiales de la Guardia Republicana, y a los tanques del ejército. Ahogar a fuego abierto la movilización popular ha sido finalmente la línea adoptada por la clase política, y las ciudades –especialmente en el sur del país- han visto una y otra vez cómo las movilizaciones de civiles desarmados eran disueltas a tiros, ensangrentando las calles.

Pero para mantener en el tiempo una metodología represiva dura, se requiere que al frente de la máxima instancia decisoria no haya ningún temblor de pulso. Y Bachar el Assad, el médico oftalmólogo que llegó a presidir el gobierno de ese Estado multireligioso y complejo sin quererlo y por las vueltas y recovecos de la vida, parece no tener el suficiente temple para las decisiones que el cargo le está exigiendo en estos momentos.

EL CLUB DEL CLAN

Bachar no es su padre, ni tiene el firme pulso represivo de aquel; esa parece haber sido siempre la sospecha de su familia. El fundador de la dinastía, Hafez el Assad, se hizo con el poder en Siria apenas los últimos soldados franceses abandonaron el territorio de la vieja posesión colonial. Francia se terminó de retirar en 1944, y su ocaso en la punta oriental del Mediterráneo coincidió con el surgimiento fuerte del Partido del Renacimiento Árabe Socialista, más conocido en todo el arco de Medio Oriente como el Baas. Hafez entendió que el Baas podría ser la herramienta política para gobernar un país mayoritariamente de confesión sunnita, a pesar de pertenecer él a la minoría (menos del 10 por ciento de la población) chiíta; inclusive a una confesión muy pequeña dentro del propio chiísmo: los alauítas.

Hafez terminó de armar la ecuación cuando se hizo cargo del ministerio del Ejército. Sumó entonces la filosofía nacionalista-panarabista del Baas, la concentración del poder heredado de la potencia colonial francesa en la secta alauí, y las tropas militares: en 1970 encabezó un golpe de Estado, y estableció a su familia como titular dinástica del gobierno sirio. La herramienta de control diseñada por Hafez, sobre la mayoría sunnita o sobre cualquier otro conato de rebeldía popular, fue el tristemente célebre “estado de excepción” –que permitía las detenciones arbitrarias, los encarcelamientos sin juicio, e inclusive las ejecuciones sumarias-, y que su hijo y heredero Bachar acaba de disolver el 19 de abril, presionado por las movilizaciones populares que comenzaron con la inmolación del joven Hasan Ali Akleh, el 26 de enero de este año, en la localidad de Al Hasakah.

El patriarca nunca hubiera derogado el “estado de excepción”, que se mantenía vigente desde 1963, porque sabía que sin ese instrumento de control discrecional sobre la población, mantenerse en el poder se complicaría. Decimos que para aplicar la mecánica represiva sin contemplaciones se requiere de moral fría y mano firme, y Hafez lo demostró de manera palmaria en 1982, cuando los sunnitas, dirigidos por los Hermanos Musulmanes, comenzaron una serie de movilizaciones en Hama peticionando mayor participación en el gobierno: El presidente mandó a su hermano, Rifaad, al mando de la Guardia Republicana, y la represión acabó con 20.000 muertos desparramados por las calles de Hama. Por eso Hafez preparó a su hijo mayor, Basil, para sucederlo. Basil tenía la personalidad necesaria, junto a la confianza del resto del clan. Pero los recovecos de la vida se cruzaron, y el primogénito se mató en una curva tomada a demasiada velocidad. Y el oculista alto y de ojos celestes, que hace chistes malos con los que sólo él se ríe, tuvo que hacerse cargo del poder Ejecutivo en julio de 2000, tras la muerte de su padre.

CERCO FAMILIAR

Si el clan de los Assad y sus parientes alauítas sabían que Bachar no tenía la disposición de ánimo suficiente para enfrentar coyunturas problemáticas, más se alarmaron cuando el nuevo presidente comenzó a prometer cambios democratizadores y una tibia apertura hacia los partidos políticos opositores. A nivel regional, cierto reblandecimiento en el apoyo al Hezbollah libanés y a Hamás en Palestina, y la entente militar con Israel (que sigue ocupando los Altos del Golán), también sumaron preocupación a la clase gobernante. Por precaución, colocaron a ambos costados de Bachar a dos hombres fuertes: a su hermano menor, Mahir, cuyo carácter violento e inclusive cruel es de dominio público, al comando de la temible Guardia Republicana; y a su cuñado, Asef Shawqat (casado con Bushra el Assad, la hermana mayor del presidente) como jefe efectivo del Ejército y de los servicios secretos de inteligencia, la muhabarat. Pero hasta este año no había aflorado ninguna crisis política ni social suficientemente grande como para poner en riesgo la continuidad del clan Assad y de la aristocracia alauíta en el centro del poder sirio.

Sin embargo, las movilizaciones que comenzaron el 20 de marzo, cuando una multitud prendió fuego a la sede del partido Baas y a los tribunales en Deraa, no han hecho otra cosa que crecer en intensidad y en número desde entonces. Y el clan familiar parece haber decidido esta semana que la actitud dubitativa del pariente oculista no puede ser la causa de perder ni la más pequeña porción de poder dentro del Estado. Los movimientos internos que han comenzado a hacerse notorios en la cúpula están dirigidos a asegurar la continuidad de la mano dura contra los intentos populares de democratizar las estructuras representativas y transparentar la vida política.

Por primera vez desde el establecimiento de la dinastía, las revueltas populares han llevado a que la posibilidad de la caída del régimen sea una alternativa cierta. Para enfrentarla, el clan de los Assad está asumiendo poderes extraordinarios, aislando la figura de Bachar y convirtiendo la presidencia en un asunto familiar. La última vez que Bachar fue visto en público fue el pasado 30 de marzo, cuando pronunció el discurso frente al Parlamento en el que aseguró que aboliría el “estado de excepción”. Desde entonces ha desaparecido de la faz pública, mientras sus parientes más cercanos (el hermano Mahir, el cuñado Asef Shawqat, y el primo materno Rami Makhlouf) ocupan a diario los titulares de la prensa y encarnan la defensa del régimen.

Algunos tabloides británicos llegaron inclusive a afirmar esta semana que la esposa y los hijos del mandatario ya habrían huido de Damasco, y estarían en el Reino Unido, donde disponen de unas lujosas residencias, tanto en Londres como en la campiña. La noticia no pudo ser confirmada, dada la cerrazón periodística que se ha establecido en toda Siria, pero la versión viene a ratificar el cambio de ciclo en el complejo país: Los tiempos de tibias promesas de reforma de Bachar han terminado, y los “aulad al sultah”, los cachorros del poder, han decidido hacerle la guerra al alzamiento popular.

Las espadas están alzadas, y un nuevo frente de conflicto extendido golpea el mundo árabe.

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[publicado en el diario Hoy Día Córdoba, viernes 13 de mayo, 2011]

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Los árabes afuera de Europa (27 04 11)

Francia e Italia solicitan un  freno a la integración europea

Berlusconi y Sarkozy responden a la llegada de africanos cerrando Europa. El presidente italiano, Giorgio Napolitano, tacha la decisión de “miope, mezquina y perdedora”

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ROMA.- No corren buenos tiempos en la Europa mediterránea. Los alzamientos civiles en el norte de África y en Oriente Medio han generado un nuevo flujo migratorio, y ante esta nueva realidad demográfica y humanitaria los gobernantes de dos de los países fundadores de la actual Unión Europea (UE) han decidido solicitar el cierre de las puertas de ingreso al continente, aunque ello suponga un paso atrás –cualitativamente inmenso- en el proceso de integración regional abierto hace medio siglo.

El presidente francés, Nicolás Sarkozy, y el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, se reunieron ayer en Roma en la 29º cumbre bilateral, con el tema migratorio ocupando el centro de la agenda.

En la comparecencia ante los medios de prensa, al final de la reunión, anunciaron el acuerdo entre ambos Estados para accionar los mecanismos de gestión de la organización continental para “revisar” el Acuerdo de Schengen.

Este tratado, que como es habitual en estos instrumentos multilaterales tomó el nombre de la localidad luxemburguesa donde fue firmado en 1985, habilita el desplazamiento y la movilidad de mercaderías y de los ciudadanos europeos por 24 de los 27 países miembros.

El denominado “Espacio Schengen” constituyó uno de los logros más importantes en la historia de la integración continental, al tiempo que una concreción muy cercana al ciudadano común, que vio cómo las fronteras interiores desaparecían.

El éxito del proceso fue tan contundente, que inclusive un país como Suiza, que no se ha incorporado a la UE, adhirió al Tratado de Schengen y levantó sus fronteras. Esto revela la dimensión del acuerdo alcanzado por los líderes conservadores en la cumbre de Roma.

Sarkozy, en su habitual razonamiento demagógico, intentó presentar la decisión tomada con su par italiano como una defensa de la organización continental: “Queremos que Schengen siga vivo”, dijo tras la cumbre, “queremos más medios para que las fronteras queden garantizadas, precisamente porque creemos en Schengen.”

Más allá de este razonamiento alambicado, de lo que se trata en realidad es de cerrar las fronteras a los tunecinos, egipcios, libios, sirios, yemeníes, bahreníes, marroquíes y hombre y mujeres provenientes del África subsahariana, que llegan en condiciones lamentables, y el primer territorio europeo que tocan es la costa y las islas italianas y francesas.

Berlusconi, más directo, admitió que “Schengen debe ser modificado, porque ahora hay circunstancias excepcionales que lo demandan”; en referencia a los más de 27.000 norafricanos que Italia acoge en condición de refugiados desde principios de año.

Con un período electoral que se avecina para ambos (y las encuestas mostrando tendencias negativas), rodeados de escándalos personales que han ensombrecido sus gestiones, sin el apoyo de otros países europeos –como Alemania- que han anunciado que tampoco recibirán refugiados provenientes de la revuelta árabe, y acosados por la extrema derecha que crece imparable en los electorados, Berlusconi y Sarkozy han decidido ceder a las tendencias más xenófobas y egoístas de las agrupaciones políticas que lideran, y exigir que la UE cierre las fronteras.

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en Twitter:   @nspecchia

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Retroceden las autocracias (18 04 11)

La revuelta árabe transforma todo el escenario regional

Inédito avance en derechos sociales y en apertura política en todo Medio Oriente

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SANAA, DAMASCO, ARGEL.- La revuelta popular que sacude el conjunto de países árabes está empujando a una reconfiguración general del escenario político.

En general, los países del norte de África y del Medio Oriente se habían estructurado en base al predominio de gobiernos fuertes que, a cambio de mantener a raya las tendencias extremistas de una interpretación combativa del Islam, avanzaban en la represión de derechos individuales y sociales.

La emergencia de una contestación popular en Túnez, el contagio en Egipto y como un reguero de pólvora por los demás países árabes, han debilitado aquel esquema elitista y han devuelto el protagonismo a las masas populares, que cada día redoblan los reclamos por derechos civiles y participación efectiva en la vida política.

Los ensayos de respuesta clásica de las autocracias, la represión, ha mostrado que ya no tiene los efectos de antaño y no logra hacer desaparecer las movilizaciones sociales, que vuelven una y otra vez a recuperar el espacio de los reclamos.

Inclusive donde la revuelta alcanzó los objetivos planteados –como en El Cairo- vuelve a organizarse para avanzar en una profundización de las transformaciones, que no podrá ser esquivada por retoques cosméticos.

Como resultado de ello, se evidencia un retroceso y una deslegitimación de las autocracias en toda la región.

La tensión social, en todo caso, se mantiene, y en diversas latitudes las movilizaciones populares siguen pagando con represión y sangre las demandas de transformación política.

En Damasco, después que el presidente Bachar el Assad intentará una continuidad gatopardista sin cambios de fondo, miles de sirios han vuelto a salir a las calles del país para protestar contra el inmovilismo del régimen.

Y ya ni siquiera el anuncio oficial de que la ley de emergencia que restringe las libertades en el país desde 1963 será derogada, ha alcanzado para frenar una espiral de protestas que parece estar arrinconando al gobierno sirio.

Este fin de semana, al grito de “el pueblo quiere libertad”, centenares de personas se concentraron ante la tumba del líder independentista de Siria, Ibrahim Hananu, en Aleppo; las protestas han comenzado a extenderse desde Damasco hacia el interior del país.

En Argelia, en la frontera de la guerra que azota la Libia del coronel Khaddafi, el presidente Abdelaziz Buteflika, de 74 años y en el poder desde 1999, anunció este sábado que iniciará el proceso para reformar la Constitución del país, un elemento jurídico que le ha garantizado su continuidad al frente de un gobierno con serias deficiencias representativas.

También en el vecino Marruecos, el rey Mohamed VI ha prometido una nueva Constitución, al tiempos que dejaba en libertad a docenas de disidentes políticos encarcelados, cediendo a la presión de los jóvenes que han tomado la calle.

En Yemen, donde al menos 116 manifestantes han perdido la vida desde el inicio de las protestas, se han sumado ahora las mujeres. El presidente Ali Abdullah Saleh, aferrado al gobierno, en un intento más por frenar las movilizaciones ha declarado que es “anti islámico” que las mujeres hagan escuchar su voz en público.

Durante el fin de semana, otras protestas se registraron en Arabia Saudita, Bahrein, Jordania y Omán.

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La intervención en Libia reverdece la protesta árabe (21 03 11)

Las fuerzas aliadas neutralizan el ataque de la aviación libia

Las protestas aperturistas vuelven a tomar cuerpo tras las represiones en Siria y en Bahrein

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Desde Chile, adonde llegó procedente de Brasil, el presidente estadounidense Barack Obama afirmó que la “primera fase de la intervención militar aliada en Libia está concluida”, al tiempo que volvió a ratificar que las tropas de su país no invadirán por tierra el país norafricano ni perseguirán al coronel Muhammar el Khaddafi militarmente, sino que presionarán para que el mandatario negocie su alejamiento del poder.

“La posición estadounidense es que Khaddafi tiene que irse”, sostuvo Obama en la conferencia de prensa junto al presidente chileno Sebastián Piñera, reiterando la postura de que la intervención se decidió para proteger a la población civil y en el marco del consenso de las Naciones Unidas, “nuestra acción militar es en apoyo de un mandato internacional del Consejo de Seguridad, que se centra específicamente en la amenaza que el coronel Khaddafi supone para su pueblo”, sostuvo Obama.

En el mismo sentido, desde Londres el primer ministro David Cameron coincidió en que la primera etapa del ataque se ha saldado satisfactoriamente, al “hacer posible la aplicación segura de una zona de exclusión aérea”; al mismo tiempo, sostuvo que la urgencia de la intervención aliada respondió a “prevenir una matanza” que las tropas gubernamentales estaban dispuestas a ejecutar en Bengasi.

Sobre el territorio libio, mientras tanto, los insurgentes –que han recibido la intervención aliada como un apoyo que puede volver a equilibrar la balanza de fuerzas- han relatado a la cadena Al Jazeera que los francotiradores y los paramilitares de los Comités de la Revolución afines al gobierno han ocupado el lugar de los soldadores regulares de Khaddafi, lo que abre una nueva etapa de la guerra al interior de las ciudades ocupadas.

El canal Al Arabiya informó que el gobierno de Trípoli solicitó una reunión de emergencia del Consejo de Seguridad de la ONU, tras sostener que ha acatado el cese de fuego impuesto por la resolución 1.973 adoptada por el organismo el viernes pasado, extremo que los responsables militares de la Alianza Atlántica (OTAN) rechazan como falso.

A pesar de las críticas, la acción aliada no ha sido condenada por la sociedad internacional; sólo Venezuela, Uruguay, Ecuador y Nicaragua hicieron llegar notas de protestas al secretario general de la ONU, Ban ki Moon. Y el primer ministro ruso, Vladimir Putin, que había sostenido que la intervención le recordaba una “nueva cruzada” medieval, fue desautorizado por el presidente Dmitri Medvédev. El jefe del Kremlin sostuvo que Rusia “no considera equivocada la resolución 1.973, porque refleja nuestra comprensión de los sucesos”.

La revuelta árabe, por lo demás, sigue extendiéndose por la región de Oriente Medio, y en Yemen –donde una violente represión de manifestantes acaba de saldarse con 52 muertos- una parte del Ejército desertó para ponerse del lado de los sublevados.

Decenas de oficiales, incluyendo a tres generales, y suboficiales enviaban ayer a sus soldados a proteger a los manifestantes que piden la renuncia del presidente Alí Abdallah Salé.

 

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La OTAN frena a Khaddafi. Europa apoya en bloque

La OTAN cierra el cielo libio y detiene la toma de Bengasi

Khaddafi asegura que resistirá y promete convertir al Mediterráneo en una zona de guerra

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Las fuerzas militares de la coalición occidental liderada por Francia, bombardeaban anoche por segundo día consecutivo las defensas antiaéreas del régimen libio del coronel Muhammar el Khaddafi, con el objetivo de establecer una zona cerrada a los vuelos de la aviación militar de Trípoli.

El ataque aliado, amparado en la resolución 1.973 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), comenzó a las pocas horas de que el organismo multilateral aprobara acciones ofensivas para proteger a la población civil de los bombardeos de Khaddafi, cuando fuentes oficiales libias aseguraban estar a las puertas de Bengasi, la ciudad oriental libia donde se ha asentado la coordinación de las fuerzas insurgentes y el Consejo Nacional, el órgano provisorio de gobierno de los alzados.

Los objetivos de la ofensiva occidental, que se basa principalmente en los caza bombarderos franceses con el apoyo de misiles norteamericanos lanzados desde las naves próximas a la costa libia, han vuelto a apuntar ayer a la capital, Trípoli, por segundo día consecutivo.

Según han informado fuentes castrenses occidentales, la acción ofensiva intenta desactivas las defensas antiaéreas, que dejarían desprotegida a la aviación libia, lo que permitiría, a su vez, el establecimiento de una zona de exclusión aérea.

Sin embargo, el jefe del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos, el almirante Mike Mullen, reconoció que al menos 90 personas murieron, mientras otras 200 resultaron heridas, como consecuencia de los bombardeos de la coalición, señalaron fuentes informativas en América latina.

La cadena árabe Al Jazeera, por su parte, trasmitió el comunicado oficial del gobierno de Khaddafi, que momentos después de iniciado el ataque aliado, el sábado pasado, anunció que había ordenado a todas las unidades gubernamentales “un alto el fuego inmediato”. La medida militar se tomaba, seguía el parte, para preservar las posibles bajas civiles y “la destrucción de edificios civiles y militares”.

Sin embargo, la misma cadena informaba poco después que las defensas antiaéreas habían empezado a disparar, y el ataque del régimen sobre Bengasi seguía adelante, así como la ofensiva de las tropas de Khaddafi en otras ciudades tomadas por los insurrectos.

El presidente estadounidense Barack Obama, de visita oficial en Brasil, ha afirmado que su país no invadirá Libia ni se involucrará en combates cuerpo a cuerpo sobre el terreno, sino que se limitará a cumplir con la resolución de la ONU en coordinación con los demás miembros de la Alianza Atlántica (OTAN). El director del Pentágono, William Gortney, ratificó que el objetivo no es alcanzar militarmente al líder libio.

Apoyo europeo

Finalmente, y tras unos primeros momentos de falta evidente de coordinación, las cancillerías europeas se han alineado detrás de la iniciativa del presidente francés Nicolás Sarkozy y el primer ministro británico David Cameron, cuyos efectivos militares lideran junto a Estados Unidos la ofensiva contra las posiciones antiaéreas del régimen libio.

Italia y España se han sumado con recursos militares, y hasta la remisa Ángela Merkel, que había planteado objeciones a la intervención y se abstuvo de votar la resolución 1.973 en la ONU, se sumará al accionar conjunto permitiendo la utilización de sus bases por los ejércitos de la OTAN, señaló el ministro de Exteriores, Guido Westerwelle.

Las voces opositoras a la acción militar fueron encabezadas por el presidente venezolano Hugo Chávez, que pidió el cese de la “agresión del imperialismo” contra Khaddafi; también expresaron su protesta los gobiernos de Uruguay, Ecuador y Nicaragua.

Rusia, China, India y Brasil, si bien se abstuvieron en la ONU, no han condenado el ataque militar.

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China, el próximo ejército imperial

China, el próximo ejército imperial

Por Nelson Gustavo Specchia

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Desde los primeros momentos del alzamiento popular en el mundo árabe, a mediados de enero pasado, comenzó a advertirse que ese movimiento no se limitaría a Oriente Medio y el Magreb, sino que el envión aperturista podría llegar a otras latitudes. O, con más precisión, tendría capacidad para afectar a otros regímenes, que, como los árabes, han hecho de la cerrazón autocrática y del control la base de sustento y la lógica de permanencia en el poder. Y esto, independientemente de sus características culturales y de su ubicación geográfica. En otras palabras, se instaló la pregunta de cómo haría China para evitar el “efecto contagio” de las puebladas aperturistas provenientes de las riberas del Mediterráneo.

La clase dirigente china, que a pesar de denominarse hoy Comité Central del Partido Comunista de la República Popular de China, sigue manteniendo el carácter elitista del antiguo mandarinato imperial, reaccionó a estas versiones. Los altos burócratas de Pekín negaron enfáticamente que alzamientos como los que están resquebrajando las satrapías árabes pudieran llegar a sus ciudades. La situación interna china es diametralmente diferente, argumentan. El crecimiento del producto interior se mantiene en tasas muy altas; el mercado exportador continúa expandiéndose; el control sobre la economía logró esquivar con éxito los picos más problemáticos de la reciente crisis global; los juegos olímpicos mejoraron la vidriera internacional del régimen; y la tenencia de bonos públicos estadounidenses en las cajas fuertes de los bancos de Shangai y Hong Kong ha logrado acallar hasta las denuncias occidentales por las violaciones a los derechos humanos. Inclusive los conatos de protesta de la Administración Obama por la suave –pero permanente- devaluación del yuan, que mejora la competitividad de los productos chinos pero a costa de los equilibrios en las balanzas comerciales con sus socios en Occidente, quedaron en aguas de borraja.

Todos estos elementos, aducen los nuevos mandarines, abroquelan al sistema político contra posibles contagios. China no será una ficha más de las que tira este inquieto dominó. Pero, a pesar de esta muestra discursiva de seguridad, el gobierno chino ha tomado recientemente dos medidas críticas, que muestran que la confianza real en la posibilidad de que no surjan revueltas internas quizá no sea tan grande: acrecentar el control de la sociedad civil mediante la tecnología, e incrementar –en un auténtico salto cuantitativo- el gasto militar.

CONJURAR TIANANMEN

El actual escenario de alzamientos populares en demanda de más democracia, participación, apertura y transparencia no es la primera situación en que el régimen chino ve cuestionado su manejo cerrado y elitista del poder.

Entre abril y junio de 1989, en la enorme explanada de Tiananmen, en el centro de Pekín, la muerte del líder Hu Yaobang provocó una sorpresiva espiral de concentraciones y protestas, que fueron convocando cada vez a más gente, especialmente a jóvenes y estudiantes universitarios, hartos del control opresivo de la gerontocracia del Partido Comunista Chino. La movilización, que crecía en número pero también en rebeldía con cada día que pasaba, tuvo muchos puntos en común con las que se registraron en Túnez y en Egipto desde principios de este año. Y la forma en que el régimen respondió para sofocarla, no dista demasiado de las vías que el coronel Muhammar el Khaddafi está empleando en estos momentos para reprimir la protesta en Libia.

Los manifestantes de Tiananmen también conformaban un variopinto ejército del descontento, desde intelectuales y profesores universitarios que bregaban por mayor apertura y libertades civiles, pasando por jóvenes militantes de base críticos con el nepotismo corrupto de los “ancianos”, hasta obreros urbanos que se oponían a las nuevas modalidades del capitalismo férreamente controlado por el Estado, impuesto como filosofía política excluyente desde las reformas de Deng Xiaoping a los desmanes colectivistas de Mao Tse Tung.

La clase dirigente, que no había tenido que soportar una contestación opositora desde la constitución de la República Popular, se encontró con la guardia baja. Las divisiones de opiniones sobre cómo enfrentar la protesta llegaron al Comité Central del partido, pero finalmente se impuso la línea dura: se decidió no adoptar ni uno solo de los puntos reclamados por los movilizados, se decretó la ley marcial, y se mandaron los tanques a la plaza. La “masacre de Tiananmen” (cerca de 3.000 muertos, según la Cruz Roja, y más de 10.000 heridos) levantó una ola de condena en todo el mundo, y aisló nuevamente a China.

Pero los mandarines han aprendido de aquella experiencia, y los pasos de estos días parecen querer conjurar una nueva Tiananmen que llegue con los aires mediterráneos desde el mundo árabe. El gobierno admitió que está probando un sistema informático, que comenzará a operar en los próximos meses, mediante el cual podrá localizar en cualquier momento a todos los poseedores de teléfonos celulares en Pekín (que son, por cierto, casi todos los habitantes). La experiencia comenzará con la prestadora China Mobile, que posee un 70 por ciento del mercado, pero seguirá luego con China Unicom y con China Telecom, con lo cual podría llegar a controlar a cerca del 95 por ciento de los 24 millones de ciudadanos que pueblan la capital china, durante las 24 horas del día. Se podrá saber en qué lugar está cada quien en cada momento: en el baño de su casa, en el comedor, o yendo a una concentración popular en una plaza de la ciudad. Y, claro está, en este último caso se podrá intervenir policialmente con el tiempo suficiente como para abortarla, antes de que pase a mayores.

LOS SOLDADOS IMPERIALES

Pero la noticia que mayores suspicacias ha despertado en los centros de análisis de política internacional no ha sido la del aumento del control social interno, sino el anuncio de que China pegará un salto en las partidas presupuestarias destinadas al gasto militar durante el presente ejercicio. A pesar de lo que el discurso oficial esté dispuesto a admitir, el aumento de la cuenta de defensa no está disociado del clima de revueltas que sacude a los regímenes autocráticos. Pero en este caso las implicancias regionales con unos vecinos (India, Taiwán, Corea) con quienes las relaciones no siempre han sido fáciles, y las lecturas globales en cuanto a balances de capacidad de fuego, adquieren otras dimensiones.

Pekín ha admitido esta semana que el gasto de defensa chino alcanzará los 601.100 millones de yuanes (unos 70.000 millones de dólares) en 2011, lo que implicaría un aumento de más de un 10 por ciento respecto del gasto del año anterior; un presupuesto militar que supone un 6 por ciento del total de las erogaciones del país.

Pero aquella cerrazón informativa y falta de transparencia que los jóvenes ya reclamaban en la plaza de Tiananmen hace más de veinte años, se agudiza en los temas militares. Observatorios externos, como el Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI), calculan montos sustantivamente mayores; e inclusive la inteligencia norteamericana ha dejado trascender que el gasto militar chino es –cuando menos- el doble de lo que admite el gobierno.

En todo caso, los burócratas de Pekín relativizan estas suspicacias, comparando su partida con los 553.000 millones de dólares que el Pentágono norteamericano presentó en su previsión presupuestaria para 2012 (y ese monto record, sin incluir los costos de las guerras en Irak y Afganistán).

No hay manera de compararse con la potencia militar hegemónica del globo, claro está, pero China parece encaminada a reconstruir el viejo ejército imperial de Oriente, a tono con su creciente supremacía demográfica, política y económica.

Y eso no es una buena noticia.

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El “renacimiento” árabe y el modelo turco (05 03 11)

El “renacimiento” árabe y el modelo turco

Por Nelson Gustavo Specchia

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Con los primeros días de este año 2.011 comenzó un proceso político que –a estas alturas ya parece claro- viene a transformar todo el mapa geopolítico mundial en una nueva dirección. La caída de la autocracia tunecina de Zine el Abidine ben Ali, el pequeño gran disparador de toda la revuelta, y la velocísima desestructura del régimen egipcio de Hosni Mubarak, sentaron las bases de una ola que, con una fuerza expansiva inaudita y un alcance largo, ha comenzado a mover todas las fichas del tablero árabe, esa larga línea de 8.000 kilómetros de costas, desde Marruecos hasta Omán, cruzando todo el norte de África y englobando el Oriente Medio asiático.

La insurrección de Libia contra Muhammar el Khaddafi, una revuelta que asciende en espiral en estos días, es el último coletazo de este sismo regional, que a cada paso demuestra su buena salud y su ímpetu: lejos de agotarse en Trípoli, es capaz de extenderse, con la velocidad y la profundidad manifestada en los primeros días de enero, hacia las sociedades vecinas, diferentes todas en su especificidad, pero también emparentadas todas por la lengua y la obediencia al Profeta.

Pienso que, con propiedad, podemos hablar ya de un “renacimiento” árabe, asemejándolo con aquel proceso vivido por Europa hacia fines del siglo XV, después de los mil años largos en que el viejo continente transitó la calma medieval tutelada por la iglesia católica y la cercanía entre verdad religiosa y normas políticas.

Las distancias a salvar entre ambos procesos son tan grandes que, claro está, mi afirmación sólo intenta ser referencial. Pero remarco que uno de los elementos que habilitaban hasta ahora el apoyo estratégico de los países occidentales (concretamente, de la Unión Europea y los Estados Unidos de Norteamérica) a regímenes fuertes en el mundo árabe, haciendo caso omiso de los déficit democráticos vergonzantes y de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, era la argumentación que estos gobiernos pseudo dictatoriales eran la única garantía ante la posibilidad del avance del radicalismo islámico y el yihadismo. Con un tono menos enfático, también se admitía que los autócratas eran los mejores socios al momento de asegurar la provisión de petróleo.

Pero, sin embargo, en las plazas tunecinas como en los históricos 18 días de la plaza Tahrir de El Cairo, se coreaban consignas en pro de la libertad política, de la dignidad, de la participación y la democracia, de apertura y de transparencia. En definitiva, mutatis mutandis, de algo muy parecido a aquello que llevó a la modernidad renacentista en las ciudades europeas.

Y tanto en Túnez y Egipto ayer; como en la insurrección en Libia hoy; y quizá en Bahrein, Yemen, Marruecos, Algeria, Jordania, Líbano, Siria o Palestina mañana, la experiencia política que se mira con más atención es la de Turquía.

El fantasma de los ayatollahs

Acostumbrados al discurso de la contención del islamismo, dominante en la política internacional hacia la región durante el siglo XX, los primeros análisis sobre la revuelta en Túnez y Egipto miraron hacia Irán. La revolución de 1979 que derrocó a los Pahlevi también tuvo unos orígenes heterogéneos, donde los diferentes colectivos marchaban juntos, aunque los objetivos de unos tuvieran poco que ver con los de los otros. En esa efervescencia, los grupos laicos llegaron a tomar la conducción de Teherán. Pero entre las diferencias que separan el proceso persa del que hoy vive el mundo árabe, resalta que en aquel había una figura que concentraba el pulso revolucionario, el ayatollah Ruhollah Khomeini. Astuto y dueño de una fina inteligencia política, Khomeini se percató del espíritu laicista que predominaba en el alzamiento popular, y en lugar de ocupar él u otro clérigo el centro del proceso, promovió a un laico para encabezar el gobierno de transición. Pero sólo le permitió una corta estancia, a los siete meses el Comité Revolucionario, bajo su férula personal, establecía la República Islámica, teocrática y conservadora.

Hoy, no sólo que ninguna figura comparable a un Khomeini asoma entre los partidos islamistas que lentamente comienzan a asomar la cabeza a la superficie, luego de décadas de censura y proscripción. Sino que el énfasis no es teocrático, ni pasa por la defensa de la ley religiosa, la sharia, en la regulación de la vida social. El modelo es otro, el camino es el que siguieron los turcos.

La vía turca

Aunque sí es cierto que, en los tiempos de la descolonización, con los movimientos nacionalistas, socialistas y panarabistas campeando a sus anchas, el sentimiento religioso buscó sus propios causes. Los Hermanos Musulmanes, fundados por Hassan al Banna en Egipto, se convirtieron en un primer momento, junto al wahabismo saudí, en el útero desde el cual nacieron los movimientos yihadistas radicales. De hecho, el lugarteniente de Osama ben Laden, Aymman al Zawahiri, ideólogo de Al Qaeda, proviene del núcleo originario de los Hermanos Musulmanes egipcios.

Sin embargo, además de esta línea que optó por las reivindicaciones violentas, otra corriente, en vez de mirar hacia el wahabismo de Arabia Saudita, se siente mucho más cómoda con la Turquía actual. Allí, donde después de un proceso de desgarro con el califato imperial otomano (que, como en la edad media europea, acercaba peligrosamente la fe y la política) y de una secularización a rajatabla impuesta por Mustafá Kemal, Atatürk, hoy se está logrando un nuevo equilibrio. Una combinación original entre principios republicanos y democráticos, y práctica religiosa musulmana, de la mano del partido islamista moderado que conduce el premier Recep Tayyip Erdogan: la modernidad, las libertades políticas, y el respeto cultural a la especificidad religiosa musulmana, todo junto,

Además de la profundidad del cambio cultural que implicará en el futuro próximo el reordenamiento de todo el mapa geopolítico árabe, si llega a primar la vía turca en la salida de las revueltas de este nuevo “renacimiento” árabe, esa opción enviará un mensaje potentísimo: la democracia representativa, la libertad y la organización institucional republicana no es patrimonio exclusivo de las sociedades modernas, cristianas y secularizadas, de Occidente.

Y este mensaje general, para la Unión Europea tendrá también una posdata particular: no fue una buena idea poner tantos palos en la rueda del ingreso de Turquía a la organización continental. Ahora quizá ya ni quiera entrar, ocupada como estará en gestionar su ascendencia en la marcha de un proceso regional extensísimo y multitudinario, que podría llegar a abarcar una superficie de trece millones de kilómetros cuadrados (más grande que los Estados Unidos, que Europa, y aún que la gigante China), asentada sobre un mar de petróleo, y habitada por unos doscientos millones de almas. Así de importante.

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