Archivo mensual: abril 2008

DESDE METAMORFOSIS, de Marta Elena Caballero (Prólogo)

 

  

Prefacio

 

 

a “desde Metamorfosis”, de Marta Elena Caballero

 

 

(De puño y letra, Serie Calíope, número 4, Educc, 2005)

 

 

 

 

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo, se encontró en su cama convertido en un monstruoso insecto, dice Borges en español que dijo Kafka en el Santliche Erzahlungen, en la primera línea de una de las Metamorfosis más recurridas de nuestros días.

 

 

Desde hace siglos el misterio de las transformaciones en la vida –y en el mito, como forma de echar luz sobre algunos de los rincones más oscuros de la misma vida- arroba a los poetas. Nadie –salvo Aquel- ni nada entre nosotros permanece: todo cambia, muta, pasa, muere. El poeta se toma de esa ley inexorable, y la lleva a su límite al no poder negarla: busca en el cambio, en la mutación, los caminos que llevan de vuelta a la vida; la transformación permanente como alternativa a la pérdida definitiva. La imagen preñada de posibilidad desde el otro: seguir viviendo desde la otredad frente al yermo desierto del olvido.

 

 

Y por esta vía, la metamorfosis genera su propio mito: lo nuevo que nace tras la mutación es bello, y es bueno. En la metáfora fundacional de toda cultura es dable encontrar el momento de la mutación: es la metamorfosis del barro hacia el primer hombre.

 

 

Debemos a Ovidio ese caudal inmenso de imágenes, que han regado pródigamente los mitos y las literaturas de occidente en todos los tiempos. Su Metamorfosis, bello y misterioso poema de casi 12.000 hexámetros en 15 libros, fue escrito en la Roma del siglo de Augusto, y aún nos maravillan y nos escaldan sus fábulas, sus lógicas sin razón, humanas y divinas, para aferrarse a la vida.

 

 

Nuestra amiga Marta Elena Caballero, fina poeta, ha traducido directamente del latín las visiones de Ovidio, y desde algunas de ellas nos alcanza sus propios poemas, delicadas y exquisitas piezas que –dice- “guardan siempre como objetivo particular el homenaje y la gratitud por la belleza que nos fue legada.”

 

 

Metamorfosis, tanto aquélla como ésta. La misma búsqueda, hambre de eternidad, trazos de belleza escritos en el agua. Como el destino de Eneas: ¿Todo lo que de humano había en él lo arrastró el agua silenciosa del río? O quizá como el de Aracne: La dejó suspendida, suspendida en el aire y en el tiempo.

 

 

 

 

N. G. S.

 

Universidad Católica de Córdoba, 2005.

 

 

 

 

Ouroboros

Ouroboros

   

 

 

 

.

Anuncios

Cecilia en fotograma

 

 

Cecilia en fotograma

 

 

                                     A Julio César Díaz

 

 

 

 

 

Desde el más blanco de los silencios

(blanco de paredes de sanatorios

y hospicios de ancianos)

el retrato en grises

que preside toda la geografía de mi alma:

tres tablas, un campo insinuado

en el largo fuera de foco

a tus espaldas,

y el cuerpecito defendiéndose

(¿de quién, del mundo, de mí,

o tan sólo de la cámara?)

y en el centro de las sombras

los ojos que ya ven por entre los años,

huella más personal que

cualquier dactilar policíaca

(aquellos ojos de tiempo, la

metáfora esencial)

elevándose apenas por sobre la línea

que marca la distancia,

ojos llorando mi mismo llanto:

hoy sólo puedo verlos

en la geografía escasa de mi alma,

hoy que sólo apelo

a contemplarlos en la pobre policromía fotográfica,

hoy,

ya cubiertos por otras tablas.

 

 

 

West Palm Beach, 1990

 

 

(de la segunda edición de Poemas Montunos, Barcelona, 2001)

 

 

 

 

 

sin pestañear, por rubor o por asombro

 

 

Sin pestañear, por rubor o por asombro,

sin más motivos que aquellos

de necias maneras tempranas,

sin más ilusiones

que los bordes del mundo:

así llegué a verte

alguna que otra vez.

Con tantas inquietudes

como nunca más sentimos,

con un ímpetu en cada estrella

y un silencio en cada voz:

así llegué a tus manos

alguna que otra vez.

Por momentos de humores sin sentido,

por senderos de tiempo

sin ningún regreso,

por pétalos de colores

sin verguenzas

llegué a tus labios por primera vez.

Y con calores de octubre,

sin fórmulas secretas de primaveras

escondidas entre sueños,

llego a aquellos trece

un poco menos

cada vez.

 

 

Idas y vueltas con la Europa mediterránea (24 04 08)

Publicado en HOY DÍA CÓRDOBA, el 24 de abril de 2008)

.

.

.

.

.

.

.

IDEAS Y VUELTAS CON LA EUROPA MEDITERRÁNEA

.

.

Por Nelson Gustavo Specchia

.

.

Europa no consigue dar el tono en la relación entre el más exitoso proyecto de integración continental del mundo, la Unión Europea, con los pobres, inmensos y multitudinarios vecinos de la ribera sur del mar Mediterráneo. Mientras el crecimiento y el desarrollo de la costa norte se mantiene sólido, a pesar de las fluctuaciones y los desarreglos coyunturales, África sigue a la deriva, con Estados fallidos, frágiles sistemas democráticos, crecimiento incontrolado de violencia interétnica, convirtiéndose en el nuevo santuario de fanáticos “yihadistas”, y albergando, inclusive, el primer genocidio de este nuevo milenio: el que se está perpetrando en las tierras de Sudán.

.

Que este panorama se desenvuelva a la distancia de pocas millas, las que separan a ambas costas, implica una responsabilidad moral, política y social inmensa para Europa. La organización continental reitera permanentemente la decisión de utilizar su presencia conjunta en los foros internacionales (el “poder blando” del que dispone, en la categoría del politólogo Joseph Nye), para convertirse en una correa de transmisión de la paz, el desarrollo, el crecimiento armónico y sustentable, y la democracia. Sin embargo, con su vecino africano los intentos siguen fallando: lo que debería ser un territorio de cooperación sigue separado por un abismo, con profundidades cada vez más marcadas.

.

La iniciativa más sólida de Europa hacia África en los últimos tiempos, estuvo encabezada por España, cuando la gobernaba Felipe González. En 1995, en la capital de Cataluña se lanzó el “Proceso de Barcelona”, por el que se tendía a cooperar con los países de la ribera sur en cuatro vertientes (política, económica, de seguridad, y cultural), y a colaborar en la integración de los países norafricanos entre sí, al tiempo que se fijaba la meta de una zona de libre comercio con la Unión Europea para 2010. Trece años después de lanzado este proceso, y a pesar de los más de 20.000 millones de euros invertidos por Bruselas desde entonces, la iniciativa puede considerarse, al menos al día de hoy, un auténtico fracaso.

.

Y si esta evaluación no fuera suficiente para mover las conciencias de las élites políticas europeas, la relación con el continente negro se ha transformado, en los últimos tiempos, en una moneda de cambio en la disputa por la primacía y la influencia al interior de la Unión Europea.

.

Ha sido el Presidente francés, exuberante y enérgico desde que llegó al Elíseo (y arrebatador de titulares de la “prensa rosa” últimamente), quien realizó una jugada cuyos resultados finales aún están por verse. Ya en su discurso de victoria electoral, en mayo del año pasado, Nicolás Sarkozy había anunciado su proyecto de creación de una nueva entidad internacional, la “Unión Mediterránea”, que agruparía en su seno a los Estados europeos ribereños del “mare nostrum” (sin los restantes socios de la Unión Europea), y a los once países africanos costeros del borde sur.

.

La nueva organización internacional pondría nuevamente sobre la mesa los asuntos vertebrales de la vecindad, aspirando a ser una “unión política, económica y cultural”, según su impulsor y mentor. Llevaría a expandir el “poder blando” europeo a sus socios del sur, promovería el afianzamiento de sus sistemas democráticos, y contribuiría al desarrollo mediante inyecciones de fondos provenientes de los países de la Unión Europea, especialmente en infraestructuras y en el sector de la energía. Para apoyar sus palabras con hechos, Sarkozy participó personalmente en el diseño de venta de centrales nucleares francesas a Marruecos. Llegó, inclusive, a presentar a esta nueva organización como la posibilidad cierta de relanzamiento de un proceso de paz exitoso en Medio Oriente.

.

Pero semejante declaración de buenas intenciones, según se ha visto en las últimas semanas, sólo era el disfraz de una lucha de poder al interior de la Unión Europea. Su objetivo verdadero era reposicionar a Francia en una posición de liderazgo, y ha sido neutralizada por la intervención de la Canciller alemana, Ángela Merkel. En realidad, era contra ella y contra la nueva posición de preeminencia de Berlín en el concierto europeo, que Sarkozy ha ideado su estrategia internacional, utilizando a África como instrumento.

.

La última ampliación de la organización continental hacia el Este, con la introducción de los países de la ex órbita soviética, ha llevado a la Unión Europea a 27 miembros, con un número importante de ellos con relaciones privilegiadas con Berlín. Así, Sarkozy se imaginó dos áreas de preeminencia dentro de la UE: Alemania en el centro y el Este, y Francia como líder de la Europa meridional.

.

Merkel y su diplomacia discreta han logrado desactivar la iniciativa del Presidente francés: el Consejo Europeo del 13 y 14 de marzo ha dejado su iniciativa de lado, y ha vuelto al “Proceso de Barcelona”, al que ahora le agrega el subtítulo de “Unión por el Mediterráneo”. Pero no habrá más dinero, acaso algo más de burocracia.

.

El creciente desencuentro entre Alemania y Francia es una mala noticia para todos. Que Europa siga utilizando el argumento de la cooperación y la vecindad para saldar cuentas internas es una mala noticia –especialmente- para África. Pero ella ya está acostumbrada.

.

.

.

.

.

Catedrático Jean Monnet, Universidad Católica de Córdoba.

en el hospital de tus manos

 

 

 

 

 

En el hospital de tus manos

He sanado de cuanto tengo.

Lamento que entre las lágrimas de esta playa

Hubieran unas cuantas palabras maltrechas.

 

En el hospital de tus manos

Reposé de los caminos

Que mis cuerpos recorrieron,

Festejo que todos hayan sido pocos.

 

En el hospital de tus manos

Se junta un cielo habitado

Por todas las sombras del tiempo:

¡Cuánto celebro su infinitud!

 

En el hospital de tus manos

Me interno cada tarde.

 

 

Giuseppe (Capítulo V)

GIUSEPPE

 

CAPÍTULO V     –     Giuditta

El refugio de los afectos

 

   

 Entre nosotros, entre los hermanos, la verdá é que todas las relacione fueron diferentes, muy diferentes unos con otro. Con Remigio, que fue mi mejor amigo cuando chicos, la erramo todos ahi, lo enterramo estando vivo. Y Margherita ella siempre estuvo un poco al margen de todo. Yo con quien más cerca estuve siempre fue con Giuditta. ¡Ah!, con ella sí. Como era la mayor, y yo ‘l menor de todos, con ella sí, con ella estuvimos muy, muy juntos, ‘anque ya ahora, de viejos, estuvimos muy junto. Ella me quería mucho porque yo la hacía sentir bien, ‘nuna palabra: éramos como compañero entre nosotros. Ella fue siempre una mujer muy buena, laboriosa, una mujer de esas de antes, inquieta, a mí me tenía un aprecio especial. Ella era la madrina de Rosalía, por ella Rosalía se llama también Teresita, ella fue la que le eligió ese nombre pá Rosalía. Yo quise que sea la madrina, y ella también quería ‘nese ‘ntonce; además, siempre ella era la que me protegió, como yo era ‘l menor, era un poco ‘l gurrumín ¿no?. Ella, Giuditta, vino de Arteaga ‘nel carro, ellos llegaron primero, llegaron ‘n Las Breñas un 5 de marzo, ¡hu! si ‘l otro día, que era 5 de marzo ¡me acordaba tanto! casi me pongo llorar; antes había venido ‘nel Chaco ‘l Tío Viejo, había ido ‘nel tren a ver cómo era un poco la cosa ¿no?, y cuando volvió diciendo que parecía que sí, que la cosa andaría, cargaron la volanta y se vinieron: mi Papá, ‘l Tio Viejo, Remigio… y ella, ¡vino Giuditta con ellos!, ellos cuatro habían sido los “pioneros”. Nosotros tres, con mi Mamá y mi hermana Margherita vinimos despué, ‘nel tren, pero ellos fueron los fundadores. ¡Y no era macana, amigo!, le pusieron dieciocho días, dieciocho día ‘n total ‘n la jardinera de Arteaga a Las Breñas. Le colocaron un capote a la volantita, y ‘ntonce, que lo tapaban con una lona, si llovía no les hacía nada (las mulas siguen tirando bajo la lluvia), y ‘naquel ‘ntonce no estaba todavía ‘l camino derecho: ellos viajaron por San Francisco de Córdoba, Morteros, de ahi a Añatuya –porque todavía no se podía pasar por la Cañada-, y despué Quimilí, y llegaron ‘l 3 de marzo a Quebrachales, que había unos pozos viejo, ahi fue donde le ataron una soga a la cintura a la Giuditta y la bajaron a cazar ranas, ¡decían que cuando llegaron ‘n Las Breñas, dos día despué, todavía tenían gambas de rana pá comer!

  

Y siempre fue ella así, como ‘n las rana: despierta, metida, muy ágil era, me acuerdo que ella te ponía la mano así, ‘n la paleta del caballo, y saltaba ‘n pelo, ¡montaba excelente!, hacía unas carreras a caballo que no la alcanzaba ni ‘l diablo, y no tenía problemas pá’ndar a caballo todo ‘l día si era necesario. ‘N vez Margherita no, Margherita ni con ‘l estribo podía subir sobre ‘l animal, era gorda y pesada, no le gustaban las cosa del campo. A’más, Giuditta era inteligente, namás un mes fue aprender coser, fue allá, ‘nel pueblo, cuando ya eran señoritas, pero un mes namás fue, y te cosía cualquier cosa, te hacía valijas, corbata, trajes, y hasta sobretodos pá Alfreddo le hizo, ‘nuna palabra: con la máquina hacía cualquier cosa. Claro que de escuela, ella tuvo sólo segundo gráo, tuvo segundo gráo argentino y segundo gráo italiano, porque ‘n Italia le hicieron hacer de nuevo ‘l segundo gráo por ‘l asunto del idioma, pero cuando volvimos ‘n la Argentina y nos fuimos al Chaco, allá no había escuela todavía, ¡qué iba haber, si todo selva era!.

 

   Giuditta se casó ‘nel año ‘32, ‘l día 27 de mayo. Tenía veinticuatro año, no era muy joven –‘naquel tiempo las chica se casaban bien jovencita- y Alfreddo tenía treinta y uno, estaba bien pál matrimonio, así.

  

Alfreddo Di Maglie, mi cuñáo, cuando vino de Italia había llegáo a Charata, era allá por ‘l 1923. Los inmigrante llegaban ‘n Buenos Aires, pero como había una miseria espantosa ‘n la ciudá, ‘n los barrio periféricos había hambre, ‘ntonce muchos se iban ‘nel interior, a las colonia nuevas que estaban abriendo ‘l gobierno, que era donde daban tierras pá los colonos que querían irse a poblar. Y al Chaco se iban muchos también por ‘l “pasaje cosechero”, que ‘nel tren te daban ‘l pasaje gratis si vos decías que te venías a juntar ‘l algodón, que venías pá la cosecha, ‘ntonce muchos se iban pál norte ‘nesos años. Y él llegó ‘n Charata y le fue a pedir trabajo a Pratti, que ‘nese ‘ntonce estaba ‘l viejo, ‘l viejo Pratti al frente de todo, y como era paisano, le dijo: “- ¡Má si!, quedate trabajando por aquí…” Le dio una pala y le dijo que vaya cavando un trozo de tierra, ¡qué mierda!, éste nunca había agarráo una pala ‘n Italia, porque allá era estudiante, iba ‘nel Liceo a estudiar hasta los dieciseis, y despué se enganchó con los militares, pero no ‘nel ejército, él iba hacer carrera con los oficiales de los gendarme, los que están ‘n la frontera. Estuvo dos año ‘n la frontera con Suiza, que allí había una nieve de dos metro, y eso era muy duro, nieve permanente y él que recién salía del Liceo, que era un “señorito”, ‘ntonce cuando estaba ahi, cagáo de frío, se le ocurrió venir ‘n la América, así, un poco de aventurero ¿no? Y fue decir ‘n la casa que se venía, y ellos tenían viñedos, ‘l padre era de los que certifican los vino, de esos que prueban los vino pá decir qué calidá tienen. Y claro, cuando éste le fue con la noticia se puso muy triste, porque no quería, claro, como era ‘l hijo mayor, quería que se quedara con la bodega, ‘l viejo. Ellos tenían esa bodega ahi ‘nel sur de Italia, ‘n la provincia de Lecce, y bueno, como este era un testarudo más no poder, dijo que se venía y que se venía, saludó todos los hermano y la madre, pero ‘l viejo no aparecía, y que dónde está papá, que dónde está papá, y resulta que ‘l viejo se había ido meter ‘nel escritorio, no lo quería saludar, estaba llorando, y le dice: “- Hijo, no te ví a ver má.” ‘L padre ya era un hombre grande ‘nesa época, pero éste le debe haber dicho algo, “no te aflijas que ya voy volver” o algo así. Pero no, al final tuvo razón ‘l viejo, no se vieron má, ni madre ni padre, no vió má ninguno. A los hermano sí, a los hermano los volvió a ver, cuando fueron con Giuditta a pasear, que fueron despué de la guerra, casi un año estuvieron allá, con los hermano de él, tenía muchas hermana (ellos eran como diez) pero de los padre ya no volvió saber, amén de que murieron muy viejitos los dos, de muchos año.

  

Y bueno, Alfreddo se vino, llegó ‘n Buenos Aires, sacó un “pasaje cosechero” pál Chaco, y se bajó ‘n Charata de pura suerte namás, porque despué contaba que ese día le daba lo mismo bajarse ‘n cualquier láo, se bajó ahi de puro cansado que venía, que tenía ‘l culo plancháo de tantas hora de tren namás. Antes así se poblaba, la gente era más arriesgada, no miraba tanto ‘n los detalle de lo que hacía ¿no?, le daba un poco igual, lo importante era laburar, y no importaba si era un poco más aquí o más allá.

 

Y cuando ‘l viejo Pratti le dio la pala, dice que antes de las diez ya tenía todas las mano peladas, ¡má! ¡ni fue a cobrar!, tiró a la mierda la pala y se mandó mudar. Y de ahi se fue con un tal Gianobravia, un carpintero, que había sido carpintero fino allá ‘n Italia, ebanista era, trabajaba la madera que parecía un ángel. Pero este nuevo laburo le duró pocos días, porque parece que ‘l gringo muy fino no era, así, ‘nel trabajo de labores delicados. Entonce se fue con otros italiano, con los Zoppi, a cosechar algodón con los Zoppi –que eran sicilianos-, y ahi se hizo amigo de un correntino, un tal Gauna (‘anque esto era raro, porque los gringo, así, ‘nel primer momento, no se daban mucho con los criollo), y parece que este correntino era muy rápido con ‘l algodón, y le enseñó a Alfreddo, ¡y ‘l gringo resultó bravísimo con ‘l algodón!, ¡se hacía hasta cien kilo por día!, amigo… levantar esa cantidá no é moco de pavo ¿eh?, ‘l algodón é livianísimo, pá hacer cien kilo hay que mover rápido rápido las mano, durante horas, curvado ahi al sol; y eso que nunca ‘n su vida había trabajáo ‘nel campo, pero ‘l Gauna este le había enseñáo su manera, y era una máquina cosechando. Y bueno, con los pesito que ganó ahi cosechando algodón con los siciliano estos, se vino ‘n Las Breñas, y se puso a hacer ladrillo a medias con otro, otro paisano, un tal Gargette, que era genovés. Poner fábrica de ladrillo ‘nese momento era bien barato, pero eso sí: había que laburar como bestia de sol a sol, pero comprabas un caballo, que eran casi regalados esos caballito criollos, y como la tierra era gratis… con ‘l caballo hacían una especie de malacate, ‘l caballo se ataba a esa noria llena de palos que llegaban hasta ‘l suelo, que iba dando vuelta, amasando la tierra; se cavaba un pozo, y uno que tiraba ‘l agua y ‘l otro que paleaba la tierra, iban haciendo ‘l barro que despué enyenaban unos moldes de madera (‘l barro, cuando está ‘nel punto justo, se amolda enseguida, pero hay que saber cuándo está justo), y los ponían a secar al sol, y cuando estaban secos a esos trozo los cocinaban ‘nel horno. Que también los horno eran baratísimos, porque toda la leña que podías juntar ¿quién te la iba a cobrar, si estabas ‘n la mitad de la selva?, ¡era todo gratis!, así que podías hacer funcionar ‘l horno sin un mango, pero claro: un laburo de bestias, de sol a sol. Y con la platita que fue juntando con los ladrillo se fue haciendo primero una piecita, despué otra, ‘nun solar que había solicitáo al fisco, más tarde le agregó un saloncito ‘n la esquina. La construción ‘nesos tiempos tampoco era muy cara que digamos, porque la mano de obra era bien barata, pero lo mismo ‘l gringo lo hizo todo él solo, de los ladrillos a las parede, todo. Pá mediados del ‘26 ya tenía una casita má o meno, y ya pá ‘ntonce se había peliáo con ‘l paisano ese socio de los ladrillo, porque ‘l gringo era así, testarudo, ¡tenía un genio de mil demonio!, él si algo se le ponía, podía venir todo ‘l mundo ‘n contra ¡má! él no se movía, tenía ese temperamento, pero era buena gente. Entonce se hizo socio del Natalio Longo y pusieron un pequeño boliche ‘nese saloncito que había construído ahi ‘n la esquina, junto a las dos pieza donde tenía la casa. Y ya para ‘l ‘29 se había separáo también de este socio, y ‘nel lugar del boliche había puesto un almacén, andaba bastante bien. Para esa época fue que nosotros solicitamos los dos solare ‘n la esquina del frente, que solicitamos uno a nombre de mi Mamá y otro a nombre del Tío Viejo, y mientras que hacíamo la casa allí, éste se cruzaba siempre a vernos, a charlar un rato, así que nos hicimos amigo; yo era un changuito todavía, tendría unos quince año namás, y ‘l gringo me decía: “- Che, Giuseppe, deciles allá ‘nel campo que yo te voy a ir a visitar a vos.” Porque él ya la conocía a la Giuditta, ‘anque ante era novio con una de las Longo, una que se llamaba Estelita, que era hermana del socio ‘nel boliche, y no sé por qué motivo la rechazó, debe haber sido por lo fea, porque más fea que la miércole era la pobrecita, y Alfreddo, de joven, era un tipo lindo ¿he?, tenía esas faccione así, duras, de los italiano del Sur, pelo enruláo y nariz grande. Y al mediodía a mí me dejaban un poco de comida, me dejaban cuidando un poco la construción, y ellos se iban comer ‘nel campo, y ‘l gringo se cruzaba a charlar conmigo, a que comamos junto, y le digo yo una vuelta: “- Venite ‘l domingo almorzar allá, ¡qué miércole!” “- No –dice Alfreddo- que me dá vergüenza, y qué se yo…” Pero lo mismo les avisé a ellos, ‘n casa, a la Mamá y al Tío Viejo, ‘ntonce al otro día le digo al gringo: “- Che, dice la Mamá que ella te invita, que vengas comer ‘l domingo con nosotros.” Así que le pidió la bicicleta a Puntieri, otro gringo amigo de él, y apareció allá. Yo había atáo los perros, porque sabía que éste iba venir ‘n bicicleta, y nosotros teníamos seis perro bravo, que si lo olfateaban entrando ‘n la chacra lo hacían pedazo ante de que abriera la boca. Bué, estuvo ese domingo, y a la Mamá le cayó bien, como tenía esa forma de hablar ‘l italiano, así, educáo, ‘nese tiempo era más raro que la mierda encontrarse con un tipo así ¿no?; la mayoría de los paisano eran gente del común, sin ninguna educación, gente que se estaba cagando de hambre ‘nel país y ‘ntonce se venían –se venían pá no seguir pasando hambre, y se venían con la idea de juntar unos mangos para despué volverse ‘n Europa-, pero eran todos así, medio inculto namás. Y este Alfreddo era un tipo que se le notaba la educación: sabía mucho de histora, y también de Francia –que él había estáo ‘n Francia, y hablaba francés- leía la “Revista del Mundo”, y hablaba de esas cosa, de sus viaje. Tambien sabía poesías, como ese otro que había ahi, ‘nel pueblo, los rusos eso, los Stefanskoy, que esos eran príncipe, eran príncipe de Rusia cuando estaban los zares, y se habían venido escapando con ‘l culo entre las pata de los comunista, y uno de esos príncipe era poeta, y como los rusos educado también hablaban ‘n francés, éste se juntaba con Alfreddo y hablaban de poesía. ¡Má!, eran unos personajes pá’l pueblo; (‘l príncipe este despué se murió loco).

  

Y despué de ese domingo, cuando ya Giuditta y Margherita se iban aprender a coser al pueblo, se iban ‘nel camión –que nosotros ya teníamos ‘l camioncito Ford A-, y como Giuditta manejaba muy bien, se iban ‘nel pueblo a aprender coser, a la tarde; y ya cuando se necesitaba un vino o algo así, ella de ida dejaba la damajuana ‘nel almacén de Alfreddo, y la juntaba a la vuelta, y así otras cosa ¿no?, y por ahi deben de haber comenzado charlar, conocerse un poco. Y ya comenzaron noviar, porque a los quince días más o meno apareció otra vez ‘n la bicicleta de Puntieri, esta vez no lo había invitáo nadie, así que los perro estaban suelto, y casi lo matan al gringo. Pero no podía venir ‘n otra cosa que ‘n la bicicleta prestada, porque ‘l gringo, ‘nese ‘ntonce ¡era más pobre que una laucha!, con decir que había una cosa curiosa, que a la Mamá le preocupó hasta ‘l último tiempo, hasta que se casó con mi hermana, y era que ‘l gringo venía siempre ‘n casa con el mismo saco marrón. Lo veo como si fuera hoy: un saco medio roto, con unos agujero bárbaros aquí ‘nel codo, y con un cuello más engrasáo que mono de tallerista ¿no?, y la finada Mamá decía: “- ¡Má! ¿Pero este hombre no tiene otra pilcha pá venir aquí?”, y no tenía ¡qué puta!, pero de endevera que era gracioso verlo hablar así, tan bien como hablaba, tan florido, y con ese traje zaparrastroso; pero él se debe haber dáo cuenta, porque a veces venía sin saco –ya cuando comenzó frecuentar la casa-, y hacía frío, pero él lo aguantaba igual, con esos pulóver de ante, que venían, todo escotáo y con camisa y ¡sin saco! (‘nesos años, salir sin saco y sin sombrero, ‘anque sea al campo, no se estilaba), se debe haber puesto molesto, no tener ropa adecuada, ‘ntonce prefería cagarse de frío. Porque pá mí que él, pá hacer ‘l boliche, había hecho má economía que la gran siete, si me contaba que un día de Navidá, cuando construía ‘l almacencito, no tenía qué comer, ‘ntonce la Nochebuena se fue ‘n lo de Murra, otro tano que era amigo de él, que también era soltero, a ver si lo invitaba a comer, y como ‘l otro tampoco tenía un carajo, no lo invitó, decía: “- Esa Navidá me la pasé con una tajada de mortadela y un vaso de agua…”

  

 Y decidieron casarse allá por ‘l ‘31, la Mamá dio ‘l consentimiento. ‘N realidá a mí me parece que ‘l Tío Viejo prefería al otro, había otro gringo que también la solicitaba a la Giuditta, un tal Ludovico Velli, un siciliano que estaba ‘n mejor posición, tenía un campo grande, y al tío eso le interesaba. Pero Giuditta lo quería más a Alfreddo, que era así, pintón (y aparte ‘l Velli este tenía como sesenta año), así que tuvo suerte de que la Mamá decidió por Alfreddo. Se casaron un sábado a la mañana ‘nel Registro Civil –iglesia todavía no había ‘nesos pueblo-, y a la noche hicimo la fiesta ‘n la chacra. Y como ‘l diretor de la escuela tenía un Pontiac, un Pontiac nuevito de seis cilindro, les prestó ‘l coche pá que salieran del Registro ‘n carroza. Tuvimos que invitarlo a él, al diretor y a toda la familia a la fiesta por haberle prestáo ‘l auto, y despué ya nos hicimos amigo; era un correntino, los maestro venían de ahi, del Norte, de Corrientes o de Santa Fe, que era donde habían las escuela superiores, porque ‘n los pueblo ‘l maestro, junto con ‘l comisario y ‘l médico, eran todas las autoridade. Hoy los maestro aquí se los trata como la mierda, pero ‘ntonce ser maestro era todo un orgullo, era… eso, un orgullo ser amigo del maestro.

 

Aquí tengo todavía la fotografía del esponsales de ellos: Giuditta se hizo –Margherita la ayudó- ‘l vestido de la novia, porque se vestían de novia ‘anque no iban ‘n la iglesia, se ponían de blanco. La Mamá la ayudó un poco, que ella sí sabía coser bien, y tenían máquina ahi ‘n la chacra, la maquinita que se había traído la Mamá de Italia. Y él se hizo hacer un traje negro, un traje de fiesta que le debe haber costáo sus bueno peso al gringo, ¿no?. ¡Ah! fue muy gracioso, porque resulta que los último día, ante que ellos se casaran, él venía ‘n la casa con ‘l traje viejo, con aquel viejo saco marrón todo descuajeringáo que tenía, y se viene ‘l 25 de mayo, y faltaban dos día namás pá que se casaran, y claro: tenía ya ‘l traje de casamiento, pero no se lo quería poner. Se vino como siempre, con la ropa vieja, y Giuditta se quería venir con nosotros ‘nel pueblo, pero la Mamá le dice: “- ¡Má! ¿cómo te vas venir ‘nel pueblo con ese hombre con ‘l traje todo despilcháo?” Claro, tenía razón la Mamá, porque ‘l 25 de mayo, ‘l día de la revolución, era la gran fiesta del pueblo, había ‘l locro ‘nel Club Social y ‘l desfile, las carrera de sortija, todo eso, y como era la gran fiesta del año, la gente iba con lo mejorcito que tenía ¿no?; bué, se quedaron ‘n la casa, triste los dos, mientra que nosotro nos íbamos ‘n la fiesta. Y así… se casaron, empezó a trabajar bien, ella lo ayudaba mucho.

 

Y nosotros nos fuimo ‘nel pueblo atrás de ellos, que llegamo ‘l 8 de julio. Ya habíamos hecho las dos pieza, la carnicería, ‘l sótano, todo. Nos instalamos al frente, esquina contra esquina, así que se puede decir que vivíamos junto. Paolo, ‘l primero de mis sobrino, nació al año siguiente que ellos se casaron, y al otro año, Andrés. Cuando nacieron los chico, la contrataron a la Emma, que era medio prima nuestra, la hija de esos parientes Magnassi que nosotros teníamo, pá que les cuidara los chicos, porque Giuditta le ayudaba mucho a él ‘nel almacén. Fueron creciendo hasta llegar a tener un negocio enorme, casi igual que‘l nuestro. Toda las noche, práticamente, Paolino y Andrés, ni bien comían, rajaban ‘n nuestra casa, terminaban durmiéndose ‘nun sillón, y despué los tenían que venir buscar, o si no los llevábamos nosotro, Remigio o yo. Igual que‘l cine: los dos chico, todo los domingo se iban ‘nel cine, a la matiné, con mi Mamá y ‘l Tío Viejo, los llevábamos nosotro ‘nel auto, y despué los íbamos buscar, ¡eso era infalible!, todos los domingo al cine era como a la misa, no faltaban ¡má! ni que lloviera a cántaros. Despué, cuando los chico terminaron la primaria, los internaron ‘n Resistencia, los internaron con los salesiano pá que hicieran la segundaria, con los curas, allí. ‘Anque los chico no terminaron ‘n Resistencia: cuando Alfreddo vendió ‘l almacén y se fueron ‘n Rosario, trasladaron a los chico a los curas salesiano de Rosario, pero no los internaron, ya los dejaron sueltos, vivían ‘n la casa con Alfreddo y Giuditta.

 

Ellos se fueron del Chaco porque Giuditta andaba malísimamente de salú, se fue ‘n Rosario pá que le operaran del hígado, porque ‘nel pueblo le daban remedio pá‘l estómago y le echaron perder ‘l hígado, y allá la salvaron de pelo ¿no? Y justo Alfreddo andaba con gana de volver ‘n Italia. Él había acumuláo mucho capital durante todos esos año, porque como no tenían gasto práticamente, como los hijo eran chico todavía… de vacaciones sí salían, se iban todos los año ‘n las Termas de Río Hondo, venían con nosotros, que nosotros los llevábamos a los viejo, a la Mamá y al Tío Viejo, todo los invierno, pá que se déan baños termale: a la Mamá del ‘40 al ‘45, y al Tío Viejo incluso hasta ‘l ‘49, porque ellos decían que les hacía muy bien, que los dejaban bien esas agua por todo ‘l año. Y bué, vendió todo ese capital que había acumuláo allí y se fueron ‘n Italia los dos, y cuando volvieron –que estuvieron casi un año allá- las cosa aquí habían cambiáo mucho, y no podía ‘ncontrar ‘n Rosario una casa que má o meno entrara ‘n su presupuesto, ¿no?. Entonce compró un terreno ‘nel Barrio Alberdi, ahí ‘n Rosario, y se fue haciendo él la casa, otra vez, volvió a levantar paredes, todo él sólo. Mientras tanto Giuditta vivía ‘n mi casa, porque ya cuando se fueron ‘n Europa, los chico –que ‘nese momento no tenían colegio- habían quedáo con nosotros, fuimo siempre así, siempre cercanos, nunca estuvimos separado. Cuando ellos al final se establecieron ‘n Rosario, cada vez que volvía de Buenos Aires, que iba a buscar una unidá de la Ford, pasaba ‘n la casa de ellos (y si no todas las veces, seguro que una sí y una no) pasaba de allí a ver si necesitaban algo o qué se yo, sólo pá verlos ¿no?. Y despué, cuando Paolino se recibió, se fue enseguida ‘nel Chaco, porque él tenía todos sus amigo allá, los chango de la barra que tenía desde la infancia: estaba ‘l Tula, ‘l Angel Raimondi, qué se yo, ‘l Pocholo… toda esa changada, todo los hijo de los gringo, de los inmigrante, que los viejo los habían mandáo estudiar la universidá –y la universidá más cerca era la de Rosario, por eso todos estos habían ido estudiar allá-, no lo pensó dos vece y decidió volverse ‘nel pueblo. Alfreddo le compró un torno, y todos esos cachivache de dentista, las herramienta pá poner ‘l consultorio, y una vez que yo pasé con una camioneta que había ido buscar ‘n Buenos Aires, cargamo ‘l torno (pesaba como trescientos kilo), y nos vinimos los dos. Y así, siempre había alguna cosa que traer, o noticias, saber cómo estaban, llevarle cosas que de mi casa les mandaba María… la cuestión é que siempre pasaba por la casa de ellos. A’más, como yo conocía tanto ‘l centro de Rosario y las ruta –la casa de ellos estaba cerca de la ruta-, y que ‘nese tiempo ‘l centro de la ciudá no era tan traficante como ahora, había menos auto y coletivo. Lo único: había que cuidarse de los tranvía. Pasar donde ellos no representaba mayor problema, y para Giuditta siempre era una alegría verme a mí, ‘anque más no sea unos minutos namás.

 

   Si podíamos, también algunas vece salíamos junto de vacaciones. Una vez fuímos pá ir de vacacione ‘n Mar del Plata y… ¡terminamos ‘n Bariloche! Un viaje hermosísimo, fuímos un montón: los llevé a Carlotto y a la Elisa, y al hermano menor de María, Severino. También se subieron Giuditta y Alfreddo, y nosotros los cuatro: María, yo, ‘l Angel y Rosalía. Porque fue ‘nel 1958, que fue ‘l año que dieron esas camioneta grande, las F-500, y nosotro le hicimos toldo atrás, le puse bancos, lugar pá poner colchones, todo, porque a esa camioneta no la tenía pá vender, a esa me la quise quedar pá la agencia, y la estrenamos ‘nese viaje. Justo ‘l 31 de diciembre, que había una comida ‘n la Sociedá Italiana por motivo del primer de año, me parece que comí mucho (siempre me ha gustáo mucho a mí, así, comer bien, por eso yo de joven era gordo, no como ahora, que este cuerpo no dá ni asco, era bien rellenito yo), me agarró un empacho, un ataque al hígado, ¡un dolor que me partía ‘n dos!, y teníamos que salir ‘l 4 ó ‘l 5 pá Mar del Plata, ya teníamos todo ‘l viaje arregláo; la cuestión que ‘l Dotor Olivera me puso más inyeccione que la mierda, quedó ‘l culo como un colador ¿no?, y me dice ‘l dotor: “- Mirá, Gandolfo, yo también estoy saliendo pá Santa Fe. Vamo juntos y te voy controlando un poco ‘nel viaje.” Fenómeno. Así hicimos y arrancó ‘l viaje. Apenas llegué ‘n Rosario me fui a ver un especialista del hígado, porque yo, así, siempre me cuidé mucho la salud, por eso hoy namás me duele un poco este brazo y la pierna, la pierna donde me pusieron ‘l clavo, ahi ‘n la articulación, pero yo siempre, apenas me dolía un poco algo, ¡al dotor inmediatamente!, y a seguir al pie de la letra lo que él diga, sí, así fui siempre adelante. Pero este especialista me dice: “- Usté ya está bien. ‘Anque sea un viaje largo lo que vá hacer, no importa, ya no le vá molestar más ‘l hígado.” Bueno, cómo no señor, a arrancar namás. Fuímos ‘n Artega a buscar a Carlotto y la Elisa; por Rosario cargamos a Severino, despué a Giuditta y Alfreddo, y pusimos rumbo a Buenos Aires. Desde ‘l comienzo eso fue una hermosura, entramos que visitamos la Boca (yo tenía que ir ‘n las oficinas de la Ford), y despué los campo de Ezeiza, donde ‘l aeropuerto. Claro, para nosotros era todo un atractivo, ¡si ‘nel Chaco no veíamos un avión de cerca ni ‘n sueño!, aparte é que era algo todavía muy novedoso, la gente iba allí a hacer recorridos turístico. Así que no llegamos esa noche ‘n Mar del Plata, tuvimos que dormir ‘n Chascomús, pero yo ya conocía esa zona, yo era ‘l único que había ido antes, y yo siempre fui así: si una vez fui ‘nun hotel y me pareció que me trataban bien, despué cuántas veces fuera al mismo lugar, yo siempre fiel, al mismo hotel siempre, ninguna necesidá de ir cambiando, ¡pá qué cambiar sin razón!. Así que fuímos ‘nel hotel que yo ya había ido, pero cuando yo había estáo –que era cuando Perón todavía no lo habían echado a la mierda- ‘l hotel estaba alquiláo, lo alquilaba una parejita, unos chango joven, pero era de una vieja que era la propietaria, esta vieja no los podía sacar porque Perón los protegía, Perón había ordenáo que no se podía sacar los inquilino ‘anque se hubiera vencido ‘l contrato, pero ahora –que ya era ‘l ‘58- ‘l desgraciáo de Perón ya estaba echáo, estaba… no me acuerdo qué general era ‘nese ‘ntonce que mandaba, la cuestión é que los inquilino le habían tenido que devolver ‘l hotel a la propietaria, porque ya todo había vuelto a ser normal. Y ‘n Mar del Plata yo, a la noche, iba casi siempre ‘nel casino, agarraba ‘l trole (que ‘nese tiempo Mar del Plata no tenía tranvía, Rosario sí tenía, pero allí trole namás había), y me iba temprano. Y una vez llego, pongo unas fichita, y comencé ganar… ganar… había compráo cincuenta peso de ficha, y ‘nun momento cargué ‘l 8: “- ¡Negro ‘l 8…!” –grita ‘l crupí- ¡Mierda! ¡saqué como seis mil y pico de peso!, y ya me envalentoné, seguí jugando y gané diecisiete mil, ¡qué..!, ni sumando lo que habíamos gastáo ‘n todo ‘l viaje era esa suma, era una fortuna, ‘nuna palabra. Ya eran los últimos día que teníamos para estar allí, así que vuelvo ‘nel hotel y les digo: “- Muchachos, ¡la semana que viene nos vamos ‘n San Carlos de Bariloche!” “- ¡Nooo!, –me dicen todos- ¡no tenemos con qué ir!”. Entonce yo les digo: “- Ustedes no pagan nada. Pagan namás que la comida, ‘l resto lo pago yo. Miren: ¡acabo de ganar quince mil peso ‘nel casino!, así que ¡a seguir viaje!” ¡Qué…! ¡me abrazaron todos!. A la semana salimos pá’l sur; ‘n Junín de los Andes tuvimos que comprarno hasta calzoncillo largo, si estaba cayendo una helada de la madonna, y nosotros habíamos lleváo namás ropa pá la playa. Trepamos las montaña altas, sobre ‘l río Limay, que ahi no pasan dos coche uno al láo del otro, trepamos lindo, a las once ya habíamos pasáo lo peor. Manejé yo todo ‘l tiempo, porque los coche, ya ‘nese año venían con ‘l volante a la izquierda, que é ‘l láo del precipicio, y hay como seicientos metro cortáos al filo hasta ‘l río, ni mirar podés pá no marearte, tenés que llevar la vista fija ‘nel camino. Así que llegamos a eso de las once al puente, ¡y ahi sí que era lindo!, porque ‘nel puente ese, que é ‘l escape del Nahuel Huapi, que tiene como diez metro de profundidá, habiendo sol de mediodía, y como ‘l agua é tan clara, a mí eso me impresionó mucho, que ves las piedra del fondo igual que si no hubiera nada, como si no hubiera agua. Eso é una postal, propiamente. Y mucha gente ni iba allí porque ni se conocía todo eso, de esas maravilla naturales que hay ahi namás, ¡báh! me parece que todavía hoy ni se conoce mucho de todo eso. Eso está pá que lo disfruten los otro, los alemane, suizo, los norteamericano, ellos sí entienden de eso, de esa maravilla, nosotros somos muy inculto todavía. ‘N Bariloche la pasamo realmente muy bien, creo que fueron las mejores vacacione de mi vida, especialmente ‘n las alturas, que subíamos con Alfreddo –¡si estaría acostumbráo ‘l gringo a las altura, que había hecho la milicia ‘n los Alpes!-, y con Giuditta, que con lo curiosa que era, ¡má qué!, no iba perderse una sola cosa. Subimos ‘nel funicular que había ‘ntonce, una enormidá eso, propiamente. Lo había hecho una empresa italiana, de esas de ante, contaban ahi que doscientas yunta de bueye habían empleáo pá levantar ‘l cable arriba, cuando lo pusieron, lo habían hecho pasar por encima d’un precipicio, de una montaña a la otra, ¡qué empresa esos italiano!

 

   Así era con mi hermana Giuditta, siempre así, unidos, juntos fuímos siempre. Por eso cuando ellos se vienen de Rosario ‘n Córdoba, construyeron la casa aquí namás, a cinco cuadra de la mía, pá poder vernos seguido, estar ‘n contato. Porque ‘n otros láos también podrían haber conseguido un solar pá edificar, pero no íbamos a estar cerca. Al láo de Andrés, ‘l hijo, no encontraron nada (que también podrían haberse ido pá’llá), pero la cuestión que no querían casa, porque Alfreddo, testarudo como era, le gustaba hacer la casa él, ahora ya estaba viejo como pá levantar él mismo las parede, hacer por tercera vez su casa, pero igual quería estar presente cuando los albañile la contruyeran, ¿no?. Entonce cuando vino Giuditta yo le conseguí ese solar aquí cerca, no lo pagaron mucho, porque no era como ahora que ‘nesa zona no hay cuadra que no estéa con casa, ‘nese tiempo no había tanto contruído, y eso abarataba. Parece que uno siempre, ‘n toda la vida, ha tenido que andar abriendo camino, siempre poblando, desde que llegamos de la Italia, ya sea ‘nel Chaco, ó ‘n Rosario, incluso cuando nos vinimos pá la ciudá siguiendo los hijo, no fuimos instalarnos ‘nel centro, igual Alfreddo que nosotros, contruímo ‘n lugares donde no había casi nada. Sin embargo ahora, al final de la vida y uno no tiene nada, y tanto que hicimos, siempre, ‘n todos láos. A Giuditta le gustó ‘l solar, y la nuera de ellos, que é arquiteta, hizo ‘l plano ante de que viniera Alfreddo (porque él vino con toda las cosa, despué, cuando la casa estaba ya pá techar), ¡uh!, ¡mi Dió la que se armó cuando llegó ‘l gringo!, al último la arquiteta ya no quería venir más, las discusiones con Alfreddo eran tremendas… Claro: la nuera tenía esa manera de hacer las cosa a su manera, moderna, sin pensar ‘nel gusto de los viejo. ¡Uy! ‘l otro, que no era manco pá testarudear, se puso remodelar al entendimiento de él la casa. Era graciocísimo, porque se armaban unas pelotera de novela, y los pobre albañile ni sabían qué mierda hacer: la arquiteta les mandaba una cosa y ‘l gringo por atrás les iba corrigiendo. Y la verdá que la erró la arquiteta, porque siempre hubo humedá ‘nesa casa.

  

Y mientras terminaban la casa y Alfreddo se puteaba con la nuera, estuvieron viviendo aquí, otra vez más, con nosotros ‘n mi casa; más de seis mese estuvieron. Alfreddo iba todo los día hinchar las bola allá con los albañile, y Giuditta se quedaba aquí haciendo la comida; nosotros –María y yo- atendíamo la despencita que habíamos abierto aquí ‘n Córdoba, ‘n la otra cuadra. Nos llevábamos bien, no tuvimos nunca ningún problema, ellos vivían ‘nel segundo piso, arriba, así que nos veíamos sobre todo ‘n las horas del almuerzo y de la noche. Con Alfreddo solíamos charlar mucho, eso sí: siempre y cuando no se le hubiera metido algo ‘n la cabeza, porque si no se ponía insoportable ‘l gringo.

 

fuga por un instante

 

 

 

Fuga por un instante

y ya presiento

los diversos caminos.

A la siguiente palpitación

los caminos están recorriéndose

en la manía de la conciencia.

Dije recóbralo dije no vueles

es este tu sitio tus límites tu sierra.

El frío en la garganta

y los caminos seguían

sucediéndose en una carrera desesperada,

alcancé a divisar dos brazos,

pero la voz fue diáfana: regresa.

Agrietada la pausa

los caminos las alas la fuga

y aquellas manos sin jaula,

aquí piso, como antes,

la helada baldosa

de la realidad cotidiana.

 

 

Canoa Quebrada, Brasil

 

 

 

Canoa Quebrada

 

 

 

 

Una vela ardiente, un mástil partido.

Un timón quejándose de herrumbre

en que siento la voz que fue mía.

 

Una gaviota ensañada.

La arena casi blanca

donde hunde las huellas el cuerpo.

 

Una montaña de agua.

Un golpe de sal y viento

que empuja al baile las formas de mi espejo.

 

 

 

porque le llegó el otoño temprano (1984)

 

 

 

 

Porque le llegó el otoño temprano

y le golpeó sus ojos

cayeron los párpados y las hojas

y siguió cayendo

siempre hacia arriba

naciendo en aquel otoño temprano