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Presentación de “Tierra y Libertad”, fundación Hillel (02 11 11)

Fundación Hillel Córdoba
La Metro, miércoles 2 de noviembre de 2011

Presentación de “Tierra y Libertad”,

de Ken Loach

por Nelson G. Specchia

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Buenas tardes.

Es un placer estar con ustedes aquí esta noche, disfrutando de buen cine, y seguramente de un buen diálogo, en esta iniciativa de la Fundación Hillel de Córdoba, este ciclo de películas que, además del placer estético, nos despiertan interrogantes sobre las condiciones de convivencia con los demás; este ciclo que sus organizadores han denominado muy ajustadamente “El exterminio del otro”, y aprovecho para agradecer la deferencia de Luciano Griboff al invitarme a sumarme a esta actividad.

Muy ajustadamente, digo, porque precisamente de eso se trata, ese es el contexto del tema en general, y a través de un relato que es al mismo tiempo social y heroico, sentimental y moral, intimista y comunitario, también el tema de la película que acabamos de ver: anular al otro, y con él, al radical cuestionamiento que ese “otro” me impone a mí mismo, ante la negativa de la comprensión y del entendimiento. Una negativa, además, que ciertamente tiene elementos externos que la apoyan, pero que básicamente parte de una decisión subjetiva, interna: la decisión de no entender al otro, de no aceptar su diferencia y de no hacer el intento de convivir con ella es, precisamente, eso, una decisión.

Por eso al buscar, al indagar las causas de esos desencuentros extremos que terminan disparando el exterminio del otro, no hay que perder de vista este elemento, esta carga de subjetividad, de voluntad, de decisión personal, grupal, comunitaria –social, en definitiva- que está en el origen de la acumulación de condiciones que van a terminar desencadenando las tragedias del exterminio. No hay que perderlas de vista, digo, porque al ser subjetivas, productos de la voluntad, se puede trabajar sobre ellas, para cambiarlas, para modificar ese rumbo que, de ninguna manera, es inexorable.

La convivencia y la tolerancia son productos de la cultura, son conquistas de la cultura. Su sostenimiento y manutención, también. Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo de achacarle su pérdida, cuando ocurre, solamente a condicionamientos externos, imposibles de controlar mediante la acción volitiva, tanto personal como del colectivo social. No: si se disminuyen, o inclusive se llegan a perder, esos niveles de convivencia y de tolerancia de las diferentes “otredades” que integran un agregado social en un tiempo y en un espacio determinado, la mayor responsabilidad no será de imposiciones forzadas desde fuera del colectivo social, sino a rigideces e incapacidades de la propia cultura, de la propia utilización de las herramientas, de los usos y costumbres de ese colectivo que todos integramos, para haber sostenido y defendido la legítima existencia del “otro”, con su radical carga de cuestionamientos a nuestra segura, cómoda y tranquila identidad.

Por esos solapamientos de la historia, esa partida de dados que a veces se juega en el tablero en el que vivimos, hoy los diarios traen la noticia del fallecimiento –ayer- de Fanny Jabcovsky, a sus jóvenes cien años. Fanny era cordobesa, había nacido en nuestra ciudad en febrero de 1911. De joven, dicen, era una belleza de mujer, inclusive seguía siendo una belleza arrugada y chiquita cuando ya soportaba un siglo sobre sus hombros. Fanny adoptó el apellido de su marido, Edelman, y con apenas 20 años se fue a España, a luchar por la República, en las Brigadas Internacionales contra el golpe de Estado encabezado por el general Francisco Franco, que había conducido a la Guerra Civil. Así que podemos ponerle su cara a uno de esos personajes ficticios que acabamos de ver en la película “Tierra y liberad” hace algunos minutos. Fanny fue una de esas jóvenes, bellas y llenas de vida, que lo dejaron todo y se cruzaron medio mundo para ir a jugarse la vida (y, en muchísimos casos, a perderla) en los páramos españoles, por un ideal político, por un ideal social, y por un ideal personal.

Esos ideales, como lo atestigua el arte (la poesía, las canciones republicanas, las decenas y decenas de novelas sobre esos trágicos años, o el cine, como la cinta de Ken Loach que acabamos de ver) estaban llenos de conceptos como igualdad, justicia, verdad, legalidad, lucha contra la opresión, oposición al fascismo, oposición a la concentración económica en pocas manos, fraternidad entre los hombres, comunitarismo, integración, respeto, horizontalidad… una larga, generosa y profunda lista de intenciones que, en su conjunto, prácticamente parecen reflejar la cara más amable del género humano. Lo mejor de lo que somos, o de lo que podríamos llega a ser.

Pero, paradojas de paradojas, esa gentil proposición de justicia y de verdad, se expresaba con un fusil en la mano, se expresaba matando. O sea, se articulaba exterminando al otro, no integrándolo.

Y aquí, a mi criterio, se encuentra uno de los hallazgos de la cinta de Loach. Porque utiliza, para mostrar esta paradoja, no el lugar más habitual y recurrido del enfrentamiento entre la resistencia –popular y anárquica- de los simpatizantes republicanos con las fuerzas –ordenadas y disciplinadas- del golpismo franquista, sino que se interna en un terreno mucho más pedregoso y antipático. Pero que por eso mismo también es más provocador para invitarnos a reflexionar sobre la voluntad de entendimiento y de aceptación del “otro”, como radical cuestionamiento de nosotros mismos. Ken Loach se mete con las intolerancias al interior de uno de los bandos. Del bando “bueno”, por lo demás. Y eso provoca una picazón tremenda, porque era el bando que esgrimía –y que encontraba su justificación- en aquella generosa y profunda lista de hermosas intenciones.

La Guerra Civil española debe ser uno de los acontecimientos bélicos, políticos y sociales más relevados y novelados de la historia contemporánea. Prácticamente no hay escritor peninsular (o, inclusive, entre los descendientes de aquella generación fuera de España) que no se vea impelido, en algún momento de su carrera, a escribir una página donde la Guerra Civil no se roce, aunque sea tangencialmente. Yo mismo lo he hecho en alguno de mis libros. Y cuando estuve viviendo allá, y tomé conciencia de este fenómeno, hice una pequeña investigación personal (nada rigurosa metodológicamente, por cierto, pero ilustrativa): intenté encontrar a alguien que no se viera a sí mismo ligado, de alguna manera, con la Guerra Civil. Y no lo encontré. Todos, independiente de su generación, condición social, procedencia geográfica, etcétera, pueden hacer alguna ligazón (directa, o familiar, o de amigos, o de conocidos cercanos) con algún evento relacionado con la Guerra Civil y con su consecuencia más rotunda: los cuarenta años de dictadura franquista, que se extendió hasta la muerte del generalísimo, en 1975.

En otra película (“Solos en la madrugada”, de José Luis Garci, de 1978), el personaje de locutor radiofónico que encarna José Sacristán se propone, y le propone a su audiencia, superar los debates que empantanaban en ese momento la Transición, y embarcarse de lleno en un nuevo proyecto de sociedad, en la España del futuro, porque, decía “no podemos perdernos los próximos 40 años hablando de los últimos 40 años”. Sin embargo, se equivocaba, o al menos su personaje era demasiado optimista. Porque la Guerra Civil ha sido tan tremenda, y su continuación en la Dictadura ha marcado tan en profundidad la cultura, que los españoles siguen hasta el día de hoy discutiendo y hablando de aquellos cuarenta años en que el “exterminio del otro” se hizo realidad, a pesar de los 36 años que lleva muerto Franco.

Pero es que todos los días aparece una nueva fosa común, llena de huesos de hombres, mujeres, sacerdotes, niños; cadáveres arrojados en pozos; nuevas controversias sobre la ubicación de los restos del poeta Federico García Lorca; discusiones sobre qué hacer con el faraónico mausoleo que el dictador se construyó como tumba, el Valle de los Caídos, levantado con trabajo esclavo de republicanos represaliados por el régimen. Políticamente, ni siquiera han podido terminar de consensuar un proyecto unificado de Ley de Memoria Histórica. Temas y temas de una agenda que se niega a clausurar un dolor cultural y general, porque ni un sólo español puede desentender de una relación personal –directa o indirecta, más cercana o más lejana- con el relato de aquel proyecto de exterminio.

Termino recuperando aquella idea inicial: el exterminio del otro, la negación de la radical “otredad” que su presencia simultánea a la nuestra nos impone, no es un fact, no es un designio histórico predestinado, sino un rumbo que es posible torcer. La cultura de la paz es una construcción inter-generacional, y trans-generacional. Una construcción de pasos cortos, de sumatoria de acciones pequeñas, acotadas pero permanentes, que faciliten y mantengan lubricados los canales de diálogo. De todos los diálogos.

Como esta ocasión, de reunirnos esta noche a hablar de una película.

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Muchas gracias.

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Terco y duro como una pared (12 08 11)

Piñera dice que no cederá, y siguen las movilizaciones

Los estudiantes confirman el paro del 18, y los gremios otro para el 24 de agosto

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El presidente chileno Sebastián Piñera volvió a ratificar ayer la decisión adoptada por su gobierno, de no volver a considerar reformas al sistema educativo trasandino, tal como reclama desde hace nueve semanas un arco amplio de organizaciones juveniles con el apoyo de diversos sectores sociales.

El mandatario cerró la vía de negociación con los manifestantes con una frase rotunda: “nada es gratis en la vida”, sostuvo, haciendo hincapié en el principal reclamo de los colectivos estudiantiles, que promueven el cambio de paradigma de la escolaridad chilena, basado en una educación privada, por un servicio educativo público, laico, gratuito y de calidad.

El jefe del Ejecutivo, por el contrario, ratificó ayer el actual modelo al promulgar la denominada “ley de calidad educativa”, que mantiene sustancialmente la modalidad de instituciones de enseñanza primaria, media y superior, estructuradas originalmente durante el período dictatorial comandado por el general Augusto Pinochet, y que no ha sido cuestionado en sus bases durante las cuatro presidencias de la Concertación de centroizquierda que gobernó Chile desde la transición democrática hasta el año pasado.

Frente a la ratificación de la política oficial, los estudiantes ya adelantaron que rechazarán la ley recién promulgada, y sostendrán el estado de movilización social en las calles de Santiago y de las principales ciudades chilenas durante las próximas semanas.

Contestando a la crítica de que el gobierno no habilita vías de diálogo con los actores de las protestas, el ministro de Educación de la gestión Piñera, Felipe Bulnes, afirmó en la víspera que está en el ánimo del gobierno conversar con los jóvenes, e inclusive que habría algunos sectores de estudiantes “que consideran que se podría trabajar perfectamente a partir de las 21 medidas (planteadas por el Gobierno) pero vemos que se están imponiendo los sectores más intransigentes”, dijo, cuando los dirigentes estudiantiles anunciaron que no participarán de la mesa convocada por el ministerio de Educación.

Los gremios de profesores tampoco asistirán a esa instancia, por considerar que los 21 puntos de la propuesta oficialista no cambian en nada las estructuras educativas vigentes.

Aumentando el enfrentamiento con el Ejecutivo, la conducción de las asociaciones universitarias confirmó la convocatoria a un paro nacional activo, con renovadas marchas multitudinarias cruzando Santiago, para el próximo 18 de agosto.

A su vez, y demostrando cómo los reclamos juveniles comienzan a involucrar a los demás actores sociales en el clima de protesta a nivel nacional, la Central Unitaria de Trabajadores (CUT) convocó a dos jornadas sucesivas de movilización y paro general, para el 24 y 25 de este mes.

Si las huelgas organizadas tuvieran un acatamiento masivo, podrían reunirse las firmas suficientes como para obligar a la convocatoria de un plebiscito. Un referéndum implicaría un duro revés para el gobierno conservador.

Ayer, el presidente volvía a convocar a su gabinete para analizar el avance de la crisis política motorizada por los estudiantes.

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“La mayoría decide”

Tanto la concentración de más de 200.000 personas lograda por los estudiantes universitarios y secundarios chilenos esta semana, como el apoyo de los “cacerolazos” que se repiten en las esquinas de los barrios de clase media noche a noche, han llevado a los movilizados a apostar por la  realización de un referéndum nacional, que junto con influir en el pulso sobre la cuestión educativa, también sería un termómetro para medir la acción general de la presidencia de Sebastián Piñera a mediados de su mandato.

Apostando a los controles democráticos del sistema, los estudiantes han armado una página web para juntar las firmas que constitucionalmente requiere una convocatoria ciudadana para obligar a un plebiscito. El sitio web se denomina “La mayoría decide” (http://www.lamayoriadecide.cl), y durante las primeras horas de funcionamiento ya había acumulado cerca de 18.000 firmas.

Sombras de la dictadura

En medio del debate social que vive el gobierno y la sociedad por el sistema educativo, una de las rémoras del período dictatorial, ayer se conoció el denominado Informe Valech, fruto de la comisión independiente de la verdad, que busca establecer los casos de prisión política, tortura y desapariciones forzadas durante aquel negro período del país vecino.

El informe incorpora 32.000 nuevos casos de violaciones a los derechos humanos en esta nueva versión, que culmina el proceso de búsqueda de datos iniciado en 1990.

Entonces, el Informe Rettig había establecido un total de 2.279 detenidos, desaparecidos y ejecutados políticos durante la dictadura del general Pinochet, y fue presentado en 2005 al presidente Ricardo Lagos. Esta nueva versión será entregada a Sebastián Piñera el próximo 17 de agosto, apenas unas horas antes de que los estudiantes comiencen su paro nacional.

 

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Sudán del Sur: un país, una esperanza (15 07 11)

Sudán del Sur: un país, una esperanza

por Nelson Gustavo Specchia

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En la mañana de ayer, la Asamblea General de las Naciones Unidas admitió, por aclamación, el ingreso de Sudán del Sur. El trámite, cargado de simbolismo, completa los procedimientos formales del nacimiento de un nuevo país, el número 193 del mundo, por la única vía que permanece y es admitida en estos días nuestros, tan modernos, racionales y felizmente alejados de bendiciones divinas en los asuntos políticos: la aceptación de los pares.

Como no me canso de decir cada vez que tengo oportunidad, las secesiones de partes de unidades territoriales y el advenimiento de nuevos Estados fundados en diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas o de cualquier otro tipo de particularidad cultural, no son buenas noticias. Las pretensiones de formación de países cuyos límites coincidan con los del grupo dominante y excluyan a los demás, son rémoras de los viejos discursos nacionalistas que se fraguaron durante los siglos XVIII y XIX, al calor del nacimiento de los “estados-nación” sobre las ruinas de los proyectos imperiales. Discursos que terminaron eclosionando hacia mediados del siglo XX en la mayor locura genocida y totalitaria conocida por el hombre. El colapso europeo fue la consecuencia del nacionalismo llevado a su extremo, y no terminó con la derrota hitleriana, sino que, por el contrario, permeó toda la guerra fría, el maccarthismo estadounidense, e inclusive las dictaduras latinoamericanas que se extendieron hasta entrados los años ochenta. No son fenómenos de la historia distante, digo, sino un condicionamiento de nuestra contemporaneidad, contra el cual hay que estar muy alerta siempre, apoyando acciones que tiendan a fortalecer sociedades inclusivas e igualitarias, donde a los “otros” –la radical otredad de todos los diferentes- no se los expulse sino se los integre, y los Estados sean ámbitos de realización de los proyectos de vida buena de cada uno, en un entorno de diversidad y tolerancia.

LA PAZ COMO LÍMITE

Pero, teniendo lo recién anotado como parámetro general, se impone la pregunta de qué postura asumir frente a dos comunidades que fueron forzadas a vivir dentro de la misma circunscripción, y entre las cuales –por su historia y carácter- la coexistencia sólo se presenta como problema. Un problema que, cuando además se agrega la repartición desigual de materias primas y recursos energéticos, no tarda en derivar en violencia a gran escala. Y éste, pensamos, ha sido el caso de Sudán. Por eso aquellos principios generales pierden capacidad explicativa en este caso, y debe admitirse que la partición del Estado sudanés –el más grande de África- en dos países, ha sido la mejor solución a un viejo y triste problema. Un problema, además, de cuyas causas los sudaneses –tanto los del Norte como los del Sur- no fueron responsables, porque le fue impuesto por agentes externos.

Cuando la potencia colonial británica se retiró en 1956, la ex metrópoli impuso la convivencia en un único Estado de las dos entidades sociales distintas que habían estado bajo su dominio imperial. Las poblaciones nómadas del desierto de la mitad Norte, trigueños de raíz árabo-egipcia y religión islámica; junto a los pueblos (más de 500 tribus, con unos 100 grupos lingüísticos diferentes) de la mitad Sur, un territorio selvático y tropical, de gentes de piel negra que conservaba la fe cristiana desde los bíblicos tiempos de Nubia (evangelizados hacia el año 300 de nuestra era). La forzada convivencia entre esas dos entidades sociales sin prácticamente ningún punto de contacto –salvo la común dependencia del río Nilo- terminó decantando en una sangrienta guerra civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y no se detuvo hasta el año 2005.

Esa larga guerra dejó más de dos millones de muertos y cerca de cuatro millones de desplazados, según los cómputos de la ONU, y un odio en la sangre que parecía difícil de conjurar alguna vez. Sin embargo, los acontecimientos de estos días parecen contener elementos para la esperanza. Los acuerdos del armisticio de 2005 preveían la convocatoria a un referendum, para que la población negra del Sur manifestara su voluntad de secesión. El plebiscito, que se llevó a cabo en enero de este año, arrojó más del 99 por ciento de votos por el SI. Omar al Bachir, el temible presidente sudanés al que la Corte Penal Internacional tiene pedido de búsqueda y captura por el genocidio perpetrado en Darfur, declaró que respetaría el referendum (aunque se reservó la decisión sobre qué hacer con los campos petrolíferos de Abyei y con los rebeldes del Kordofán). Y el nuevo país avanzó hacia su independencia, que declaró formalmente el 9 de julio (compartirá, por ello, la celebración de su día nacional con la República Argentina).

En esta sucesión de pasos y de símbolos, sólo faltaba el ingreso a las Naciones Unidas, ese club que, a falta de un gobierno mundial, funciona como la instancia legitimadora del planeta. En un trámite acelerado, el provisional gobierno sursudanés solicitó el sillón número 193 de la organización el lunes 11, en la primer jornada hábil después de los festejos por el nacimiento; el Consejo de Seguridad recomendó positivamente la admisión el miércoles 13; y ayer la Asamblea General aceptaba (por aclamación, o sea sin ningún voto en contra) el ingreso del nuevo miembro, denominado República de Sudán del Sur.

CONSTRUIR LA ESPERANZA

Todo lo que ha podido verse en los canales de noticias, en las declaraciones de testigos presenciales, en el testimonio de los emigrados que volvían a Juba para unirse a los festejos, en los improvisados funcionarios y hasta en los soldados curtidos por tantos años de guerra, era la manifestación de una fiesta social, de una alegría indisimulable, expresada además con esa capacidad musical para los cantos y los bailes grupales tan propia de los africanos. La independencia que festejan no sólo es la que corta los lazos con el Norte, sino también la que termina el proceso colonialista tras el paréntesis de 1956, e inclusive con la opresión que Occidente –Gran Bretaña en este caso- impuso a las tribus de la selva desde la expansión imperial, el expolio de recursos naturales y el drama de la esclavitud.

Pero tamaña empresa está lejos de ser sencilla. Todo está por hacerse, y desde una perspectiva minimalista y naïf, los detalles ocuparán parte de este tiempo fundacional. Han diseñado una bandera con tres franjas: negra, como la piel de sus gentes; roja, por la sangre derramada por cientos de miles en la larga guerra; y verde, como la selva que los rodea; las tres cruzadas por un triángulo azul, como las vitales aguas que aporta el Nilo; y en el centro del triángulo una estrella, que dibuja la unidad de las tribus que se unen en la nueva república. Tienen un nuevo himno; un nuevo prefijo telefónico; una nueva moneda (que posiblemente se llame “libra sursudanesa”); nuevos documentos; nuevos nombres para las calles y las plazas.

Cuando pasen los festejos y los detalles del parto, habrá, además de éstos, que ocuparse de cuestiones estructurales que hagan sostenible a la nueva entidad política, y esas ya no están tan claras. El nuevo Estado, que se ubicará en los últimos lugares de todas las listas de desarrollo humano, comprende una superficie de 640 mil kilómetros cuadrados (unas cuatro veces Uruguay, por ejemplo), y aloja a unos 9 millones de habitantes. De ellos, desperdigados por esas vastas planicies, más del 90 por ciento sobrevive por debajo de la línea de pobreza, con apenas $ 2 al día, en promedio. Su índice de mortalidad materna es el peor del mundo, y un niño de cada 10 no alcanza a cumplir el año de vida. Juba, la capital y única ciudad del nuevo país, tiene apenas una docena de calles asfaltadas, no tiene agua corriente ni cloacas, la luz eléctrica se reduce a un número muy limitado de edificios, y las chozas con cabras y vacas ocupan buena parte de los espacios públicos.

Y estas condiciones tan precarias coexisten con los pozos de petróleo que alojan más del 75 por ciento de los 500.000 barriles de crudo diario que exportaba el Sudán unificado hasta esta semana. Los pozos están en el Sur, pero las refinerías, los oleoductos y los puertos de salida, en el Norte. Ese “otro” país, hermano y enemigo, con el que a partir de ahora comparte la frontera más larga de África.

Hará falta mucha imaginación, paciencia y cintura política para construir este camino iniciado con tanta esperanza.

 

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[ publicada en la columna “Periscopio”, suplemento Magazine del diario HOY DÍA CÓRDOBA, viernes 15 de julio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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Glauce Baldovin, una voz púrpura (24 06 11)

Glauce Baldovin, una voz púrpura

por Nelson Gustavo Specchia

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En la segunda mitad de los años ochenta, en una Córdoba que se despertaba –tímidamente aún- de una noche larga de horror político, en la pequeña cantina del Paseo de las Artes conocí a una mujer suave, de piel tersa, ojos grandes y un cabello enmarañado. Unos rasgos más propios de una abuela poco delicada que los de una poeta potente y feroz, como la que apareció desde dentro de ella a continuación: una voz fuerte y clara que comenzó a desgranar poemas profundos, cáusticos. Letras de dolor y de ira, de denuncia, de arrebato. Pero también de una ternura insólita, versos quebradizos, de una frágil levedad. Era Glauce Baldovín, y ya comenzaba a ser un mito. Habíamos ido a conocerla, aquella noche, asaeteados por una amiga común, Eugenia Cabral, otra grave mujer de las letras cordobesas.

Eugenia nos había advertido: Glauce tiene problemas, el alcohol le juega malas pasadas a veces y tiene sus temporadas, pero su poesía logra bajar a los infiernos y subir indemne; alguna vez ella sola será un capítulo entero de la literatura hecha en Córdoba. Y Eugenia no se equivocaba. Glauce entró y salió de neuropsiquiátricos los años que siguieron, y el alcohol y el dolor le siguieron jugando malas pasadas hasta su muerte, en 1995. Pero dejó atrás una obra grande y sólida, y sólo en parte conocida. Desde ayer, por fortuna, una parte de ese caudal poético vuelve a salir a la calle y a las nuevas horneadas de lectores. Por fortuna, digo, porque además del hecho estético inherente a un nuevo libro de poesía, la producción literaria de Glauce Baldovin se mixtura permanentemente con la historia política y de las luchas sociales cordobesas.

Una historia que aún no se ha terminado de escribir, y a la cual aquella voz potente y feroz de Glauce tiene una nota propia para aportar. Ayer, en el renovado espacio céntrico del “panal” de Rivera Indarte 55, rebautizado ahora como “Museo de las Mujeres” y abocado a impulsar diversas actividades culturales y de políticas de promoción de género, se presentó el volumen Poesía Inédita Reunida, que rescata todas las hojas sueltas y los cuadernos manuscritos de poemas que el tiempo, el dolor y la locura no le permitieron a la poeta cordobesa publicar en vida.

 VERSOS Y MILITANCIA

Glauce Baldovin había nacido en Río Cuarto, en 1928, y desde temprano entendió la creación literaria indisolublemente asociada a la militancia social y política. Un compromiso y una actitud que le trasmitió también a su hijo y que, con la tormenta autoritaria que asoló nuestra tierra en la segunda mitad del siglo pasado, a la postre tanto contribuiría con su desgracia. Pero a pesar del dolor, nunca se arrepintió de aquellas elecciones tempranas. Al final de su vida, cuando ya había puesto en paz a los fantasmas, afirmaba con aquella voz, que yo siempre asocié con el color rojo escarlata: “Sigo odiando el miedo, la culpa –decía-, sigo amando la solidaridad, el asombro y la ternura. Y también sigo firme con mis ideas”. Esas ideas eran las de un socialismo visceral, comunitarista, igualitario, distribuidor. Formalmente, se enroló en el Partido Comunista, pero lo abandonó poco después. Para 1965 había renunciado al PC y se había acercado al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT), aunque la heterodoxia y la rebeldía –tan clara en sus poemas- siempre fueron más fuertes que las estructuras partidarias por las cuales intentó expresar su militancia. Así tituló, inclusive, uno de sus poemarios más conocidos, La militancia, que pone de manifiesto aquello que mencionaba arriba, sobre la permanente mixtura entre letras y expresión vital de ideas en la obra de Glauce.

La Casa de las Américas, en La Habana, le otorgó en 1972 su premio mayor, uno de los galardones más altos de las letras en nuestras tierras, precisamente por aquel libro de poemas que celebraba el compromiso y la participación política. Pero ya comenzaban a correr malos tiempos por estos lares: la poeta fue detenida durante diez días por esas ominosas “averiguaciones de antecedentes”, no se le permitió salir del país ni recoger el premio. Y unos años más tarde, en 1976, también se llevaron a su hijo, y le quebraron la vida. Poco antes de morir diría que con el secuestro y el asesinato de su hijo quedó menos de la mitad de ella misma, “fue más que el abismo, fue el infierno”. Pero siguió escribiendo, nunca dejó de escribir.

 “POESÍA INÉDITA REUNIDA”

El poeta Julio Castellanos fue uno de sus editores en Córdoba, y Baldovin publicó varios volúmenes después de los años de plomo: Poemas (1986), Libro de la soledad (1989), De los poetas (1991), Libro del amor (1993), Con los gatos el silencio (1994), Nuestra casa en el tercer mundo (1995). E inclusive Castellanos, albacea de su obra, siguió impulsando publicaciones tras su muerte. Aparecieron así Poemas crueles (1996), Libro de María – Libro de Isidro (1997), Yo Seclaud (1999), El rostro en la mano (2006), y Promesa postergada – Huésped en el Laberinto (2009). Pero aún quedaba mucho más, y el novel sello editorial “Las Nuestras”, que dirige Leandro Calle y que depende de la Secretaría de Inclusión Social y de Equidad de Género, del gobierno de Córdoba, recopiló todo ese material acabado y listo y que nunca había tenido oportunidad de llegar a los lectores. Esa es la Poesía inédita reunida que se presentó ayer en sociedad. Ahora sí tenemos a toda Glauce, una construcción literaria imprescindible para comprender cabalmente la historia local y nacional más reciente.

El proyecto tomó forma el año pasado, cuando el concurso de ensayos sobre las mujeres que hicieron historia en Córdoba, convocado por la misma secretaría provincial, puso de relevancia la obra de Glauce Baldovin en uno de los trabajos premiados. La editorial “Las Nuestras” se propuso entonces recuperar obras publicadas pero que ya no se consiguen en las librerías, y en esa búsqueda se toparon, en los archivos de Julio Castellanos y de Livia Hidalgo, con una voluminosa obra inédita, en manuscritos fechados y ordenados por la misma Baldovin antes de morir. Esos libros componen el volumen presentado ayer.

Junto con Romilio Ribero, la de Glauce Baldovin es una de las obras más originales de la poesía cordobesa contemporánea. Antes de ellos, las poéticas de Malvina Rosa Quiroga y de María Adela Domínguez habían logrado generar improntas personales, aunque sujetas a los movimientos literarios de la época. Hacia fines de los años sesenta aparece el primer poemario de Glauce, El libro de Lucía, con el que empieza a modelarse, a través de una larga –y desgarradora- carrera literaria, una de las voces más importantes de nuestra poesía. Aquel timbre escarlata que teñía los auditorios con imágenes como esta: Antes de morir / la mujer inca parida por la tierra con el don / de la tejeduría / la tejedora a quien piel y carne se le fueron / gastando / mientras más aparecían los huesecillos del dedo / falange / falangina / falangeta / más bello y perfecto / casi humano / tejía. // Antes de morir / repito para que esto quede bien prendido / en la memoria / se convirtió en esa araña gris perlado / que en las noches suele posarse en el centro / de la frente / penetrar en el cerebro / para tejer sueños con la palabra anhelada / buscada / reclamada / mendigada. // Anoche / locura / la araña tejió tu nombre en mis sesos.

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[ publicado en Hoy Día Córdoba, viernes, 24 de junio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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Las facturas de Zapatero (07 04 11)

Las facturas de Zapatero

Por Nelson Gustavo Specchia

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El presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, tenía fama de ser un político de suerte.

Los comentarios sobre su suerte comenzaron en aquella interna del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde Zapatero, contra todo pronóstico, le arrebató la conducción al histórico dirigente José Bono. Pero por donde más circuló la fama de suertudo, y dicha con cierto regusto amargo en la expresión, fue en los corrillos afines al Partido Popular (PP).

Los conservadores achacaban a la suerte de Zapatero que los atentados del islamismo radical, que hicieron volar los trenes en la estación de Atocha, se dieran en las postrimerías del gobierno de José María Aznar. Un infortunio para la derecha que, junto al poco sutil tratamiento que el atentado tuvo desde el gobierno (Aznar y su entorno insistían, contra toda prueba, que había sido un acto terrorista de ETA, y que no guardaba ninguna relación con la participación de España en la invasión a Irak decidida por George W. Bush y a la que Aznar se había sumado, en contra de la opinión de todo el resto de la Unión Europea), les hubiera sacado de las manos unas elecciones que ya daban como ganadas.

Una victoria del PP que hubiera instalado a Mariano Rajoy en la Moncloa, sellando la continuidad de la derecha española en el gobierno desde los tiempos de Felipe González. Pero Zapatero les ganó esas elecciones, y después de sacar a las tropas españolas de Irak, volvió a ganar las siguientes.

No hay otra explicación que su buena estrella, se escuchaba reiteradamente en el cuartel general del PP, en la calle Génova, en el centro madrileño. Pero entonces llegó la crisis económica, y la buena suerte del líder socialdemócrata pareció extinguirse a pasos agigantados.

Rodríguez Zapatero, de quien se dice cultiva un optimismo a prueba de balas, tuvo cinco fallos de estrategia que, por lo que está a la vista, se han convertido en sus mayores lastres, en las cinco facturas que ha venido a saldar esta semana, con su renuncia a volver a presentarse como candidato a la presidencia del gobierno.

Las siempre difíciles relaciones entre Madrid y Barcelona (y entre el PSOE nacional y el Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC) vivieron otro momento álgido, en los inicios de esta etapa socialista, con la aprobación del nuevo Estatuto autonómico catalán, bajo el liderazgo del correligionario Pascual Maragall al frente de la Generalitat. Zapatero midió mal las consecuencias de la ampliación de las facultades autonómicas, y el “Estatut” terminó entrampado en un tira y afloje judicial del que aún no ha salido.

El segundo error de cálculo lo constituyó la estrategia frente a la organización terrorista vasca ETA. Zapatero imaginó una negociación secreta con la banda, negada públicamente desde el gobierno. Y fue una mala apuesta: ETA lo interpretó como una debilidad, y se atrevió a tensar más la cuerda con una nueva muestra de fuerza. Y la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas voló por los aires. Dos inmigrantes ecuatorianos que dormían en el estacionamiento perdieron la vida, y la sociedad acumuló una nueva factura –pesada- contra el líder socialdemócrata.

Pero estas deudas de política interna, a pesar de su fuerte densidad simbólica al momento de definir conductas en el electorado español, quedaron opacadas por la debacle gubernamental cuando la crisis económica originada en los Estados Unidos alcanzó las costas europeas.

En un primer momento, José Luís Rodríguez Zapatero decidió hacer como el avestruz, y hundió la cabeza en la tierra. No hay tal crisis, afirmaba a diario, sino una simple desregulación de los mercados. A su lado, las empresas (especialmente las constructoras, averiadas por el reventón de la burbuja inmobiliaria) cerraban sus puertas y los índices de desocupación subían en cada medición, pero el presidente del gobierno se mantenía en sus trece: España no está en crisis, decía.

Luego, cuando insistir en esa posición se hizo insostenible, cuando los bonos de la deuda pública griega cayeron a precios de miseria, Irlanda se preparaba para un rescate, y se difundía la sospecha de que los próximos en caer serían Portugal (como, de hecho, ha pasado esta semana, con la solicitud de ayuda del gobierno socialista luso de José Sócrates a la Unión Europea) y España, entonces Zapatero decidió admitir que sí, que efectivamente la crisis también había llegado a la economía de la península. Pero a renglón seguido comenzó a sostener que la recuperación española ya había comenzado. La dificultad de convertir este cambio de posición en un mensaje de confianza, se convirtió en la cuarta losa de piedra sobre una imagen ya muy débil.

Entonces llegó el vuelco. Después de haber negado la existencia misma de la crisis, o de haber propuesto que se estaba saliendo de ella cuando pareció verla, en mayo del año pasado Rodríguez Zapatero decidió sincerarse, y pegó un rotundo golpe de timón a la dirección de su gobierno, alineándolo a la estrategia que para enfrentar la crisis propugnaban en la Zona Euro la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy: achicar el Estado, disminuir el gasto público, recortar prestaciones sociales, alargar la edad jubilatoria, subir los impuestos, eliminar exenciones, flexibilizar el mercado laboral con contratos más blandos y despidos más baratos y, en definitiva, dejar de lado el discurso y el programa socialdemócrata, para reemplazarlo por una terapia de shock neoliberal.

La poca credibilidad que le quedaba a su figura, y su capacidad de maniobra política, sufrieron un golpe determinante. Una quinta factura que, según comenzaron a indicar las encuestas y las mediciones de opinión, los votantes esperan cobrarse apenas tengan la primera ocasión electoral. Su buena estrella se había apagado.

El sábado 2 de abril, después de reunirse en la Moncloa con los principales empresarios españoles, y de tener en la mano las encuestas sobre la tendencia en firme para las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo, Rodríguez Zapatero anunció formalmente su renuncia a volver a encabezar las listas del Partido Socialista en las generales.

Las facturas acumuladas en el mal manejo de la agenda interna y de la crisis económica han venido a empujar el cierre de una etapa que, además, puede llegar a coincidir con un cambio de turno en la conducción del gobierno español, habilitando nuevamente las mayorías legislativas a la derecha del Partido Popular.

No puede ser sino un resultado lamentable. Algo salió mal. En definitiva, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido la encarnación de un programa progresista, amplio e inclusivo, con el que se avizoraba la posibilidad de cerrar múltiples heridas sociales que siguen abiertas, desde aquella Guerra Civil que desgarró el país, desde los cuarenta años de la Dictadura franquista, y desde las múltiples agendas pendientes que dejó la Transición. Quizá eran demasiadas expectativas, alimentadas por el optimismo y la simpatía con que este hombre entró a la primera plana de la política española.

La reparación a las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura a través de la ley de la Memoria Histórica, la ampliación de derechos civiles –ley de igualdad y de matrimonio homosexual-, la reorientación hacia la centralidad política de la vida ciudadana, la conformación de gabinetes del Ejecutivo en estricta igualdad de género, y su enfrentamiento al aparato mediático conservador, iniciativas que todos le reconocen como los puntos más logrados de su programa socialista, podrían haber anticipado otra manera, más generosa, de terminar un período de gobierno.

 

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en Twitter:   @nspecchia

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La cólera haitiana (19 11 10)

La cólera haitiana

por Nelson Gustavo Specchia

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En el último informe sobre desarrollo humano, difundido este año tras la exhaustiva investigación del Banco Mundial, se confirmó un dato que los analistas políticos y económicos internacionales venían sosteniendo como hipótesis hace algún tiempo: América latina es la región más desigual del planeta. Hay países y regiones más pobres que la nuestra en la larga y pormenorizada lista de la organización multilateral, pero ninguna donde las desigualdades entre los sectores que detentan la riqueza y los estratos que tienen poco o nada, la distancia entre los mayores y los menos ingresos, sea tan grande como en América latina. Y de esa vergonzante injusticia política y social, la herida más profunda y más notoria es, recurrentemente, Haití.

En estos días, una imparable epidemia de cólera se extiende por las tierras haitianas, las víctimas mortales ya superaron el listón de los mil cadáveres; los hospitalizados se acercan a los veinte mil; y las organizaciones sanitarias advierten que, si no media una acción regional conjunta para detener la pandemia, ésta no parará hasta infringir unas diez mil muertes.

Además, a pesar del relativo aislamiento insular de Haití, como una venganza de los humillados y de los olvidados, la isla ha comenzado a exportar el cólera, y esta semana se detectaron los primeros casos en República Dominicana. Inclusive, para dar todavía una vuelta de rosca más a la ironía, desde las costas del país ubicado en el vagón de cola de las listas de las organizaciones internacionales, la enfermedad ha logrado cruzar las aguas del Caribe, y la cólera haitiana ha llegado hasta los Estados Unidos.

EL PECADO DE LA RIQUEZA

Hace algunos años me encontraba trabajando en República Dominicana, en unas misiones de cooperación internacional, y aproveché la oportunidad para cruzar la frontera con Haití en varias oportunidades, para relacionarme con colegas, profesores e investigadores universitarios especialmente dedicados a estudiar el caso haitiano, uno de los extremos más sui generis de nuestros tan particulares desarrollos sociopolíticos latinoamericanos. En Santo Domingo, un querido colega me explicaba su versión sobre el drama de la otra mitad de la isla: para él, el “pecado original” de Haití fue su riqueza y su osadía, y la soledad a la que lo abandonaron sus vecinos. Sobre las dos primeras se cebó el poder de los grandes, la tercera sigue siendo un lastre que la región arrastra.

Porque Haití se rebeló temprano y fuerte. Era en las tierras americanas una de las colonias más ricas, la joya de la corona francesa en el nuevo mundo. Contra el rey de Francia se alzó en 1804, y quebró las cadenas coloniales. Fue el primer país de América latina en cortar esas cadenas –y el segundo en todo el continente, tras la emancipación de las colonias norteamericanas del trono británico-. Pero, además, la revolución haitiana fue una novedad mundial, porque se alimentó de una filosofía igualitarista y una lucha abolicionista que venía fraguando desde la última década del siglo XVIII, y que tras la independencia convirtió a la vieja Isla La Española en una república independiente, rica económicamente –tanto en recursos naturales como en valor agregado-, y con una nueva ciudadanía proveniente, con apenas matices, de una situación de esclavitud.

Más del 90 por ciento de la población haitiana al momento de la independencia provenía del África subsahariana. Aquella revolución, por eso, pasó a las páginas de los libros de historia y de ciencia política como la primera experiencia social en que la rebelión de esclavos produce la emancipación, la independencia política, la creación de un nuevo Estado, y la abolición de un sistema de explotación humana. En América latina, fue en Haití donde nació la libertad política y la igualdad social. Era un símbolo demasiado importante para que los poderes fácticos no tomaran nota de ello.

Y tomaron nota. Una burguesía acriollada fue paulatinamente haciéndose cargo de los resortes económicos del país, y antes de que éste cumpliera su primer siglo, el ejército de los Estados Unidos invadía formalmente el territorio, y se hacía cargo de los resortes políticos en forma directa. Washington sólo dejó la administración del país caribeño cuando estuvo seguro de que la gestión de su gobierno recaería en manos seguras. En plena guerra fría, y con el ejército norteamericano ocupando los cuarteles haitianos, comenzó la dictadura de los Duvalier, Francois –“Papá Doc”- y su hijo Jean-Claude –“Bebé Doc”-. Cuando un golpe militar terminó con la dictadura, a fines de los años ochenta, ya no quedaban ni rastros de aquel ímpetu revolucionario e igualitarista. Tampoco quedaba nada, o casi nada, de aquella riqueza que hacía brillar a la isla en la corte de París. Haití ya era un sumidero social, cultural y político.

Y mientras era expoliado por una oligarquía criolla y por la fuerza de una potencia extranjera, descendiendo año a año en los indicadores de las listas de desarrollo y calidad institucional de todos los organismos internacionales, los países de la región miraron hacia otro lado. Hubo que esperar hasta que la degradación tocara fondo. En 2004, cuando la mezcla de pobreza, hambre, miseria, violencia, todos los tipos posibles de escases y el vacío de poder ubicaran al país al borde del abismo, para que los Cascos Azules de las Naciones Unidas se hicieran cargo de la situación.

LAS PLAGAS DE EGIPTO

Pero frente a una sociedad desarticulada metódica y sistemáticamente durante doscientos años, la misión de la ONU podía hacer poco, inclusive con la voluntad del Brasil de Lula da Silva, involucrándose y tomando la responsabilidad de la conducción de la misión; o del envío de contingentes y recursos importantes, como los dispuestos por la Argentina durante la presidencia de Néstor Kirchner.

Y como en una maldición bíblica, sobre ese golpeado y sufrido pueblo se han encarnizado también los elementos naturales. En enero de este año un terremoto de magnitud 7.0 en la escala de Richter desarticuló los pocos servicios públicos que aún quedaban en pié, barrió con las chabolas de frágil construcción y enterró bajo su furia a unas 250.000 personas (aunque dada la debilidad estadística, es probable que fueran muchas más). Unos tres millones de haitianos quedaron más desamparados de lo que estaban, y hasta el Palacio Presidencial, una de las pocas construcciones en material de los años de gloria, se partió en mil pedazos.

A principios de este mes de noviembre, el huracán Thomas volvió a agravar la situación sanitaria, devastando los campamentos de tiendas, donde los desplazados por el sismo de enero buscaban algún tipo de cobijo. Los vientos, provenientes de la vecina isla de Santa Lucía, castigaron Haití con torrentes de agua y ráfagas de 130 kilómetros por hora durante todo un fin de semana. El huracán provocó inundaciones, aisló diferentes zonas del país adonde ninguna ayuda pudo llegar, desplazamientos y deslaves de tierra, y crecidas de ríos. Unos ríos que se usan al mismo tiempo para proveerse de agua de consumo, y de depósito de detritos. La epidemia de cólera tenía, así, todos los elementos para prosperar.

El brote de cólera, aparecido a mediados de octubre tras más de un siglo sin tener presencia en Haití, vuelve a traer la atención internacional sobre la isla.  Hasta ahora, el último balance de las oficinas sanitarias registran 1.110 muertos, más de 18.000 enfermos hospitalizados, y la propia Organización Panamericana de la Salud (OPS) estima que, de no intervenir de forma efectiva la ayuda internacional, esas cifras se multiplicarán indefectiblemente. El cólera podría afectar a unas 200.000 personas y provocar miles de muertos en los próximos seis meses. La actual tasa de mortalidad se ubica entre el 4 y el 5 por ciento, de mantenerse ese indicador, la OPS admite que causaría, cuando menos, unos 10.000 muertos.

Si con estas perspectivas la región vuelve a repetir el error histórico de abandonar a Haití a su suerte, será muy difícil hacer creíble, a futuro, cualquier discurso sobre la importancia de la integración política de América latina.

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nelson.specchia@gmail.com

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Arenas calientes del Sahara Occidental (12 11 10)

Arenas calientes del Sahara Occidental

por Nelson Gustavo Specchia

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Los cuerpos de seguridad del Reino de Marruecos avanzaron a sangre y fuego el pasado lunes sobre las carpas del campamento de Agdaym Izik, ocupadas por refugiados saharauis. La vieja colonia española de la costa occidental de África, que durante la dictadura franquista se designaba como “Sahara Español”, y que la nomenclatura diplomática actual define como “Sahara Occidental” (en contraposición al gran desierto que se extiende al sur de Egipto, en el borde oriental del continente africano) ha vuelto a sacudirse esta semana y a recalentar con el conflicto político y social sus tórridas arenas.

Los enfrentamientos y la represión militar sobre los saharauis, los habitantes del Sahara Occidental que reclaman desde hace 35 años su independencia y autonomía, han vuelto a colocar este antiguo y doloroso conflicto en la agenda internacional. Al parecer, sólo los episodios de violencia y sangre ubican, cada cierto tiempo, la opresión saharaui a la fugaz luz de los medios de comunicación, apenas durante unos días, y luego el conflicto vuelve a hundirse en la penumbra remota de la distancia y de esa otredad radical que impone el desierto.

El conflicto del Sahara Occidental, sin embargo, pone a prueba una y otra vez la capacidad de las instancias multilaterales, especialmente las decisiones de la Organización de las Naciones Unidas, para hacer valer los acuerdos alcanzados en su seno al arbitrio de sus miembros. En este aspecto, la tensión que Marruecos somete a la ONU en el tema del Sahara Occidental es comparable a la que periódicamente coloca a Gran Bretaña en el contencioso por las Islas Malvinas con la República Argentina.

UNA LUCHA OLVIDADA

La entrada de policías y militares antidisturbios marroquíes sobre las más de 20.000 personas acampadas en las tiendas de Agdaym Izik en la madrugada del lunes, sin embargo, puede llegar a imprimirle un giro –dada la violencia, el balance de víctimas y el alcance de la represión- a un conflicto estancado durante más de tres décadas. Todo el Magreb –la larga costa mediterránea de África- es una zona de una estabilidad en extremo precaria, y salvo el explícito apoyo del gobierno francés de Nicolás Sarkozy, el trono marroquí de Mohamed VI cuenta pocos amigos. Y algunos enemigos de cuidado, comenzando por la vecina Argelia, con la que mantiene las fronteras minadas y cerradas a cal y canto.

En la otra costa del Mediterráneo, España hace unos equilibrios diplomáticos de prestidigitador. Como metrópoli colonial, es consciente de su responsabilidad en el problema. La retirada de la que Franco llamaba su “Provincia 53” en 1975 fue tan caótica y desordenada, que dejó el conflicto civil servido en bandeja. El gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero es abiertamente pro-saharaui, pero los intereses con Marruecos son tantos y tan vastos, que el ministerio de Exteriores debe medir cada palabra de las declaraciones oficiales, ni hablar de los hechos concretos de política bilateral.

Por  el contexto regional, por la delicada política de alianzas históricas y de coyuntura, por las cuestiones nacionalistas en juego, y por la crítica acumulación de recursos en la zona (además del fosfato que posee en abundancia, sus costas cuentan con el banco pesquero más importante del mundo), todos quieren sacar la pelota de la cancha y enviarla a la ONU.

Pero las Naciones Unidas, hasta el momento, se muestran lejos de estar a la altura de las circunstancias.

COLONIALISMO TARDÍO

Tan tarde como en diciembre de 1965, cuando el proceso de descolonización mundial estaba muy avanzado, la Asamblea General de la ONU aprobó la primera resolución relativa al “Sahara Español”, que lleva el número 2.072, en la que insta a Madrid a adoptar las medidas necesarias para retirarse del territorio. Casi en simultáneo las fuerzas nacionalistas comienzan a organizarse en las agrupaciones que luego confluirían en el Frente Polisario, la principal organización independentista del Sahara.

En 1973, frente a las negativas de la dictadura franquista en iniciar un proceso de descolonización, el Frente Polisario comienza con acciones armadas con un ataque al puesto de guardia español de El Janga. El clima de inestabilidad crecía día a día, y el régimen franquista propuso para frenarla la realización de un referéndum. Esta decisión revelaba, en realidad, un vacío político (el dictador se encontraba muy enfermo ya, y en España comenzaba a prepararse la transición); ante el vacío, el rey de Marruecos, Hassan II, organiza la “Marcha Verde”: 350.000 milicianos –civiles y militares- que avanzan y cruzan la frontera con la colonia española

El dictador, moribundo, ordenó abandonar la colonia a su suerte. El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los acuerdos de Madrid: España se comprometió a abandonar el Sahara antes del 28 de febrero de 1976, y traspasó el grueso de las posesiones territoriales a Marruecos y un tercio a Mauritania. Los saharauis fueron dejados al arbitrio del poder de estos dos países.

Los milicianos marroquíes de la Marcha Verde emprendieron una persecución sistemática contra los pobladores saharauis y sus posesiones y propiedades. Más de 200.000 hombres, mujeres y niños huyeron hacia Tindouf, en pleno desierto de Argelia, instalando campamentos provisorios de refugiados, en los que permanecen hasta el día de hoy. En 2007 el juez español Baltasar Garzón abrió un expediente en la Audiencia Nacional para enjuiciar a los mandos militares marroquíes de la Marcha Verde, por delitos de “genocidio y torturas” cometidos contra ciudadanos saharauies.

Garzón se hizo eco de las múltiples denuncias de organizaciones no gubernamentales y de derechos humanos, que intentan mantener a la luz pública la situación de los saharauies tras la ocupación. En el expediente del juez de la máxima instancia jurisdiccional española consta que, desde 1975 y hasta la actualidad, “el ejército marroquí ha ejercido una permanente violencia contra el pueblo saharaui, en una guerra de invasión que obligó a abandonar sus hogares a 40.000 personas, que tuvieron que huir al desierto y fueron perseguidos y bombardeados por las fuerzas invasoras con napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación.”

MARGINADOS, NEGOCIACIÓN Y PODER

En 1988 la ONU vuelve a intentar tomar cartas en el asunto, y la Asamblea General aprueba un plan de paz para el Sahara, que fue aceptado tanto por Marruecos como por el independentista Frente Polisario, en 1991 se pone en marcha la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara (Minurso), y los fracasos de la diplomacia multilateral se suceden unos a otros, mientras Marruecos sigue avanzando sobre el territorio y la población.

Asumiendo una pragmática postura de hechos consumados, en 2003 la ONU emite una nueva resolución, estableciendo que el Sahara permanecería transitoriamente como región autónoma de Marruecos durante cinco años, mientras se implementaba un referéndum de autodeterminación liderado por el ex secretario de Estado norteamericano James Baker. Pero inclusive el poderoso Baker acabó renunciando después de que Marruecos rehusase aplicar su plan para la ex colonia, que había sido aprobado, por unanimidad, por el Consejo de Seguridad de la ONU.

A pesar de las idas y vueltas y de la ocupación efectiva del ejército marroquí en los territorios del Sahara, los independentistas del Frente Polisario han logrado mantener abiertas las negociaciones entre ambas partes bajo los auspicios de la organización multilateral.

Esta semana, precisamente, se abría en Nueva York una nueva ronda de negociaciones con la mediación de Christopher Ross, ex embajador en Argelia y en Siria y profesor de árabe en la Universidad de Columbia, que es ya el tercer delegado de la ONU para intervenir en el conflicto, tras la renuncia de Baker y del holandés Van Walsum.

Estas negociaciones, el último y tibio emprendimiento de la comunidad internacional para proteger a un pueblo sometido, fue reventada por las fuerzas antidisturbios marroquíes al destruir, en la madrugada del lunes, el campamento de Agdaym Izik, agregando, si se pudiera, unas llamas más a las ardientes arenas del Sahara.

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Ley de medios: en Brasilia como en Buenos Aires (10 11 10)

LULA PROPONE UNA NUEVA LEY DE MEDIOS EN LA FASE FINAL DE SU GOBIERNO

El proyecto se asemeja a la iniciativa argentina de reforma en trámite

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El presidente brasileño Luiz Inácio da Silva, Lula, parece decidido a no dejar demasiados cabos sueltos en herencia a la próxima gestión gubernamental de Dilma Roussef, y anunció en la víspera la elaboración de una ley nueva sobre medios de comunicación.

La regulación de la participación de las empresas de telecomunicaciones ha sido uno de los grandes temas de la política nacional, que Lula ha venido sorteando con altibajos durante sus dos períodos al frente del Ejecutivo.

El ministro de Comunicación Social, Franklin Martins, anunció ayer que está elaborando un proyecto que deberá constituirse en el nuevo “marco regulatorio” de los medios de prensa, y que contemplará la presencia creciente de las empresas de telefonía en la difusión y producción de contenidos de televisión.

El tema del control sobre los aspectos monopólicos de los grandes medios de comunicación fue central en la última campaña presidencial, con fuertes debates sobre los equilibrios entre libertad de expresión e incidencia de los monopolios en los rumbos de la política.

En una línea muy cercana a la evolución del enfrentamiento entre el gobierno argentino y las grandes empresas de prensa, Martins aseguró que la Administración Lula está “en contra de la censura”, pero que esa libertad “no quiere decir que la prensa no pueda ser criticada.”

La embestida del gobierno busca poner equilibrar el actual escenario, donde media docena de grandes empresas, todas ellas de matiz conservadora, monopolizan la generación de contenidos noticiosos, la divulgación y la distribución de los diarios y revistas.

El propio Lula admitió, en su momento, que si hubiera sido por la prensa brasileña él “jamás hubiera llegado a ser presidente”. A pesar de que el lobby de la prensa se opuso radicalmente al Partido de los Trabajadores (PT) desde la primera elección de Lula, los diferentes intentos del gobierno por quebrar ese monopolio han tenido pocos frutos hasta el presente, salvo la derogación de la antigua ley de medios: en mayo de 2009 el Tribunal Supremo Federal decidió abolir la Ley de 1967, aprobada en tiempos de la dictadura.

El presidente ha abogado por elaborar un marco legal “más democrático”, con un nuevo sistema de distribución de licencias que garantice el “pluralismo” y evite una situación en la que “unos pocos grupos empresariales ejercen el control casi absoluto sobre la producción y divulgación de los contenidos informativos y culturales”.

Frente a estas iniciativas, los grandes diarios acusaron a Lula de “querer maniatar a los medios independientes y nacionalizar las comunicaciones”.

El ex presidente socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso secundó esta opinión y alertó contra las “tendencias autoritarias” en materia de medios que, en su opinión, “ganan fuerza en Sudamérica”. Desde Brasilia, sin embargo, el gobierno insiste en que para democratizar la prensa debe romperse un monopolio empresarial que ha tendido demasiados lazos con el poder desde los tiempos de la dictadura militar.

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El “candanga” Chávez se somete a las urnas (27 09 10)

VENEZUELA VIVIÓ UNA CRÍTICA Y TRANQUILA JORNADA ELECTORAL

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Inédita utilización de las redes sociales por Internet durante las elecciones

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Para un país con los estándares de violencia social y criminalidad tan altos como los que históricamente registra Venezuela, la jornada electoral de esto domingo constituyó una tranquila y controlada cita democrática sin elementos destacables para la crónica policial.

Desde el sábado a la noche, se informó de normalidad en los procesos de instalación de 12 mil centros de votación, despliegue militar y orden público. La frontera con Colombia fue cerrada por razones de seguridad, una medida que se ha tomado en el pasado en coyunturas electorales.

En este contexto de normalidad, la posibilidad de chaparrones que desalentaran la asistencia de los más de 17 millones de venezolanos convocados a las urnas constituyó uno de los comentarios más recurridos por los analistas locales y los observadores internacionales.

Las mesas y los centros de votación abrieron sus puertas a las 06:00 de la mañana, y anoche, al cierre de esta edición, muchos colegios electorales aún permanecían abiertos. Las votaciones pueden prolongarse inclusive hasta horarios nocturnos, ya que la ley venezolana establece que las recepciones de votos deben permanecen abiertas mientras haya electores en las colas de espera para ingresar al cuarto oscuro.

Por ello, en esta crítica cita electoral convocada para elegir a los 165 miembros de la Asamblea Nacional para el período 2011-2016, así como una representación al Parlamento Latinoamericano, no está del todo claro cuándo se conocerán los resultados. Técnicamente, el Consejo Nacional Electoral ha dicho que está en capacidad de tenerlos dos horas después de concluido el proceso de votación, debido a que éste es totalmente automatizado, pero no se fija una hora límite para cerrar los colegios.

Según la mayoría de los analistas de medios internacionales acreditados en Caracas este domingo, y también de las diversas encuestas de boca de urna que al final del día se fueron conociendo, los porcentajes entre el bloque oficialista comandado por el Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV) y el arco opositor, que por primera vez logró concretar acuerdos para presentar candidaturas únicas en todo el país, serán muy ajustados.

Chávez se levantó muy temprano y comenzó a convocar a la militancia socialista desde las redes sociales, aunque él fue a depositar su voto recién después del mediodía, en el liceo Manuel Palacio de Caracas, a donde llegó acompañado de algunos familiares y miembros del PSUV. También desde Twitter fue adelantando durante el día porcentajes estimados, y cuando las mesas comenzaron a cerrar, el presidente emitió un último mensaje corto por la red: “Bueno mis Candangueros y Candangueras, ahora a mantenerse alertas! Estamos en plena Fase de Consolidación! Venceremos!”.

La rectora del Consejo Nacional Electoral (CNE), Socorro Hernández, calificó la jornada de “excelente”, por la celeridad de los comicios y la conducta democrática de los venezolanos.

ANTE UN MOMENTO CRÍTICO

El presidente Hugo Chávez comenzó a arengar a sus militantes desde la red Twitter muy a primera hora, diciendo que él iría a votar “bien tempranito”, e invitando a las bases a hacer lo propio.

El PSUV, además, preparó un amplio operativo de vigilancia en los centros de votación, con el fin de “asegurar la transparencia y el respeto” de los resultados.

Estos gestos evidencian la crítica importancia que el gobierno les ha otorgado a estas elecciones legislativas, y también que prevén que la pelea será voto a voto.

Chávez no anduvo con medias tintas: “acá está en juego el futuro de Venezuela”, repitió en la televisión oficial VTV una hora antes del inicio de las votaciones.

Además del virtual plebiscito a la figura de Chávez y a su forma de ejercer el poder, los resultados ratificarán u obligarán a cambios en el “socialismo del siglo XXI” impulsado por el presidente.

REAPARECE LA OPOSICIÓN

La estrategia del arco opositor en las anteriores elecciones ha implicado la ausencia de control al gobierno, y que el oficialismo tuviera las manos libres para avanzar con las leyes fundamentales de la transformación del Estado, a pesar de que la Constitución le exige la mayoría calificada de dos tercios de la Asamblea Nacional para este tipo de leyes.

Pero el denominado “boicot” de los opositores a Chávez en 2005 –aduciendo falta de garantías pero en realidad por no poder ponerse de acuerdo entre ellos- le dejó la mayoría calificada servida en bandeja al oficialismo.

Cualquiera sea finalmente el resultado de las elecciones de ayer, es altamente probable que la oposición rearmada consiga obtener más de un tercio de los diputados, esto es, 56 de 165. Ello acabaría con la mayoría automática del chavismo en la legislatura, y necesariamente deberá inaugurar una nueva manera de gobernar.

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Ceuta y Melilla, las últimas colonias (13 08 10)

Ceuta y Melilla, las últimas colonias

por Nelson Gustavo Specchia

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En un tiempo en el que buena parte de los países de América latina celebran los bicentenarios que terminaron con el poder colonial de la Corona española, la antigua metrópoli sigue entrampada en disputas por los últimos kilómetros de pretensión soberana fuera de sus fronteras.

Dos siglos después que acabara el imperio, y tras un acelerado proceso de modernización y de acercamiento a Europa, la España contemporánea sigue manteniendo dos cuestionadas “ciudades autónomas”, Ceuta y Melilla, que –por más que la retórica política las disfrace- no pueden ocultar su verdadero estatus: posesiones coloniales, en pleno siglo XXI.

Marruecos, el reino musulmán en cuyo territorio se plantan esos pedazos de España, reclama una y otra vez su restitución, y también fomenta, de manera extraoficial, las protestas frente a la verja de alambre de púas que rodea, como una cárcel al revés (donde los que quieren traspasar la alambrada están del lado de fuera) las acomodadas “ciudades autónomas”. En estos días estamos viviendo una nueva andanada de protestas de los africanos, que vuelven a dejar sin argumentos las respuestas políticas españolas. Es cada día más evidente que España no podrá seguir manteniendo por mucho tiempo más un discurso tan ambiguamente dual: ¿cómo reclamar la devolución del Peñón de Gibraltar a Gran Bretaña, o condenar la ocupación inglesa en las Malvinas, y al mismo tiempo seguir manteniendo enclaves coloniales en la costa africana?

EL PESO DE LA HISTORIA

Después de las revoluciones de independencia en América, la guerra de Cuba y la independencia de Filipinas, el que había sido un imperio de ultramar quedó reducido a unas pocas leguas de costa africana hacia el Atlántico (el “Sahara Español”) y dos destacamentos militares en la costa mediterránea.

Melilla, antiquísima ciudad fenicia, ya veía pasar por su estratégico puerto naves con especies y géneros siete siglos antes de la era cristiana. Se relacionó políticamente con la península cuando los árabes dominaban el Sur, los reinos de Al-Andalus. Expulsados los árabes hacia África, el sultanato de Marruecos nunca pudo fijar claramente su soberanía sobre ambas ciudades, y las guerras con las potencias europeas se sucedieron hasta el siglo pasado, cuando España logró establecer el “Protectorado”, con la ayuda francesa.

Fue en Melilla, precisamente, donde el general Francisco Franco se rebeló y encabezó el golpe de Estado de 1936 que terminaría con la República, habilitaría los sangrientos años de la Guerra Civil, y finalmente abriría la Dictadura que se extendió hasta la muerte del “Caudillo” y la recuperación democrática actual. En honor a Melilla y a su importancia para los alzados, Franco siempre se hizo escoltar por la “Guardia Mora”, africanos marroquíes del Rif, de a caballo y con turbantes y túnicas blancas, armados de alfanjes. Pero ni el mismo Franco pudo parar la historia, y tuvo que ir entregando al moderno Estado de Marruecos las antiguas posesiones. En 1958 devolvieron Juby; en 1969, Ifni. Y ya en las postrimerías de la Dictadura, en 1975 se retiró definitivamente del “Sahara Español”, dejando a los pobladores librados a su suerte y dando comienzo a un contencioso internacional que las Naciones Unidas no han logrado resolver hasta nuestros días.

Pero lograron aferrarse a Ceuta y Melilla, cuarteles donde los destacamentos de la Legión, con su culto militar y filofascista, siguen patrullando los territorios de ultramar. Por todo ese peso histórico, siguen siendo un emblema para los melancólicos que añoran las glorias imperiales perdidas, pero también para los sectores más duros de la derecha española, que ven en Melilla no sólo la cuna mítica del franquismo, sino un símbolo del Estado-Nación que imaginan y persiguen.

VECINOS, CERCANOS, ENEMIGOS

Pero también hay nacionalistas de diversos pelajes en la costa Sur. Están los recalcitrantes, que no admiten la expulsión de la península y reclaman cada tanto la “devolución de Andalucía” (en definitiva, argumentan, ellos en Al-Andalus estuvieron 800 años, los españoles apenas llevan 500). Y sin llegar a estos extremos, la élite afín al rey Mohamed VI no ceja en mantener en agenda el reclamo por la devolución de ambos enclaves.

La argumentación española es un tanto bizantina (no serían “colonias” en sentido estricto, porque eran parte de España antes de que el Estado marroquí se constituyera como tal, con el nacimiento del Sultanato a mediados del siglo XIX). Por el contrario, desde Rabat se insiste en que, además de las razones simbólicas, históricas, geográficas y culturales, hay demasiados motivos económicos de peso para que Madrid devuelva de una buena vez esos dos puertos.

España intenta hacer buenas migas. La inmigración marroquí (y la subsahariana que llega vía Marruecos) es abrumadora. El rey Juan Carlos de Borbón mantiene una cordial relación con su “primo” de la dinastía alauí, y tiene que llamar por teléfono a Rabat cada vez más seguido, cuando las cosas comienzan a ponerse calientes. Mohamed VI –jefe de Estado y de gobierno al mismo tiempo- le responde el teléfono también con mucha cordialidad (hablan en francés), pero unos momentos después su primer ministro, Abbas El Fassi, vuelve al Parlamento con el pedido a Madrid de que ponga fin a la “ocupación” de Ceuta y Melilla. En el primer semestre de este año, con Rodríguez Zapatero ocupando la presidencia pro témpore del consejo de la Unión Europea, el gobierno socialista organizó en Granada la primera cumbre Marruecos-UE, con las intenciones de respaldar un estatuto de asociación comercial estratégica entre el reino alauí y la organización continental.

MAR ABIERTO, SUELO CERRADO

Pero Marruecos ya no se contenta con espejitos de colores y sigue presionando. Ya no es un Protectorado, ni un Sultanato premoderno, sino un país enorme, con una situación geográfica privilegiada, y unos estándares socioeconómicos que –si bien aún lejos de los porcentajes occidentales- están orientados en ese sentido. Y una clase política moderna y consustanciada con esa dirección estratégica.

Desde hace un mes, y argumentando el mal trato de la policía española en los puestos de frontera (Melilla duplica su población todos los días, al ingresar los trabajadores desde el lado marroquí de la valla), activistas de las ONG’s “Comité Nacional para la Liberación de Ceuta y Melilla” y la “Coordinadora de la Sociedad Civil en el Norte de Marruecos”, han comenzado una protesta con nuevos métodos: ahogar económicamente a las ciudades autónomas. Contando, si no con el beneplácito al menos con la pasividad oficial, los movilizados han declarado el boicot de trabajo y de productos a Melilla, y los mercados se han vaciado.

Sin nada que entre por tierra, y abiertas pero también arrinconadas por el mar, las ciudades se desabastecen: ni frutas, ni carnes, ni verduras, ni pescado, ni nadie que atienda los puestos. Agosto, además, coincide con el inicio del Ramadán, y los militantes civiles marroquíes han anunciado que mantendrán la presión sobre los “territorios ocupados” durante todo el mes de ayuno islámico, con un bloqueo a la entrada de productos y de personas.

Junto al boicot económico, el ministerio de Exteriores de Mohamed VI ha comenzado una seguidilla de reclamaciones diplomáticas (ha llegado a enviar a Madrid tres protestas diplomáticas en una semana), a las que se agregan las concentraciones masivas de protesta ante edificios españoles en Marruecos: primero fue la embajada de España, después los consulados en las ciudades de Nador y Tetuán, y finalmente el Instituto Cervantes en Rabat.

Quizá un nuevo llamado telefónico desde el Palacio de la Zarzuela logre detener la espiral de crisis. Pero estos gestos de buena voluntad, tanto del monarca como del presidente del gobierno, no pueden reemplazar la toma de una decisión real y concreta de política exterior, como tendrá que ser –más temprano que tarde- la devolución de los últimos enclaves coloniales españoles en territorio africano.

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