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Kosovo, legitimado (23 07 10)

Kosovo, legitimado

por Nelson Gustavo Specchia

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La Corte Internacional de Justicia (CIJ), máxima instancia de la aún incipiente legalidad mundial, acaba de emitir su fallo, su juicio sobre la secesión de la provincia de Kosovo, que se desgajara el 17 de febrero de 2008 del Estado de Serbia, generando un nuevo país con las fronteras dibujadas según las diferencias étnicas y religiosas.

Por entonces, escribimos que el plan norteamericano de secesión de los serbios kosovares nos parecía políticamente imprudente y jurídicamente violatorio de la legalidad internacional. Creíamos –y seguimos creyendo- que estas maneras autoritarias de “cortar por lo sano” en los conflictos étnicos o raciales al interior de los países no aseguran la estabilidad ni la paz en el mediano plazo. También reflexionábamos entonces que permitir la declaración unilateral de la independencia de Kosovo podía actuar de disparador de otras reivindicaciones secesionistas en el mundo, desde el País Vasco a Abjazia, desde el Kurdistán a Osetia del Sur. Acaso no sea tan desquiciado pensar –escribíamos- en una argumentación, en el futuro, de los malvinenses en ese mismo sentido.

Pocos meses después que Kosovo declarara su independencia, creando un nuevo Estado étnico en los Balcanes, y del inmediato reconocimiento de Washington y de la mayoría de sus aliados, la Rusia de Vladimir Putin y Dimitri Medvédev invadía Osetia del Sur, sumergiendo al Cáucaso en una guerra para proteger –también con criterios de etnia y raza- a una provincia culturalmente diferente del Estado de Georgia. “Si ustedes lo hacen con Kosovo –decía el presidente Medvédev- ¿por qué nosotros no podríamos hacerlo con Osetia?”, al tiempo que pedía el reconocimiento de la comunidad internacional para el nuevo país bajo su protección. Daniel Ortega, de Nicaragua, y Mahmmoud Ahmadinejad, de la República Islámica de Irán, se apresuraron a emitir los correspondientes reconocimientos diplomáticos para Osetia.

Aún así, Kosovo seguía siendo un precedente impuesto por la fuerza y el “poder duro” de la potencia militar norteamericana, no lo respaldaba la legalidad. Hasta esta semana, en que el máximo organismo judicial de las Naciones Unidas ha fallado: Kosovo no violó el derecho internacional público, su independencia se ajusta a la legalidad a la que ha llegado el mundo de nuestros días.

Los efectos legitimantes de esta sentencia no se limitarán a los estrechos límites geográficos de la ex provincia serbia, sino que dispararán una serie de reivindicaciones nacionalistas en todas las latitudes, cuyos efectos no es fácil calcular.

DE LA GUERRA A LA INDEPENDENCIA

En definitiva, lo que viene a decir la Corte de Justicia de la ONU es que, frente a la alternativa de una guerra –que en el caso de los Balcanes se acercó al genocidio- es preferible separar jurídica y políticamente los territorios, creando nuevas entidades soberanas. Pero más allá de la argumentación jurídica, el fondo de la cuestión es extremadamente preocupante, porque niega la política como vehiculización y armonización de las diferencias en el seno de una misma sociedad. Y porque reinstala el conflicto en potencia, ya que empuja a la coexistencia –en obligada vecindad- de dos países soberanos que necesariamente se profesarán enemistad mutua. O sea, crea enemigos, y en el largo plazo aumenta la inestabilidad de una zona ya estructuralmente frágil.

Un escenario de extrema fragilidad que viene, como tantas situaciones políticamente sui generis, del desmembramiento del borde oriental europeo tras la caída de la Unión Soviética. Yugoslavia, un mosaico de nacionalidades que habían sido unificadas por las brigadas patrióticas de Josip Broz, conocido como el mariscal Tito, tras las luchas contra los ejércitos invasores del Eje durante la segunda Guerra Mundial. Tito mantuvo unida Yugoslavia hasta su muerte, en 1980, pero la reunión de pueblos cultural y religiosamente enfrentados no pudo permanecer unida tras la debacle soviética. Por las grietas abiertas se coló el ultranacionalismo, y comenzaron las guerras internas y las limpiezas étnicas.

Cuando la Unión Europea reaccionó –tarde y mal- y las tropas de la OTAN fueron a frenar lo que ya derivaba rápidamente hacia un genocidio racial, la ONU dictó la resolución 1.244, con la que puso fin a la guerra en 1999, y por la cual se garantizó la integridad de la República Federal de Yugoslavia, con capital en Belgrado. En esta entidad política, la provincia de Kosovo hace parte integrante. Sin embargo, el fallo de la CIJ reinterpreta este corpus jurídico, y según la sentencia leída ayer por su presidente, el juez japonés Hisashi Owada, Kosovo tenía poder para tomar decisiones que afectaran a su orden legal, porque esta vía era la única forma de pacificar la región. La Corte aduce, además, que cuando en 2006 se independizó Montenegro, y fue aceptado como país soberano por la comunidad internacional, la República Federal de Yugoslavia dejó de facto de existir, por lo que los kosovares podían hacer otro tanto.

HERMANOS, VECINOS, ENEMIGOS

La región de Kosovo está poblada, en un 90 por ciento, por integrantes de la colectividad albanesa, que reivindica su diferencia y especificidad étnica, y aduce haber sido objeto del ataque y la agresión (también por reivindicaciones étnicas) de las fuerzas serbias comandadas por Slobodan Milosevic; agresión que se saldó con aproximadamente 300.000 muertos. Con ese antecedente, aducen, es imposible reconocer ninguna autoridad serbia en este territorio, y la independencia es la única posibilidad de vida en libertad. (No dicen qué harán con la población kosovar étnicamente serbia, que se asienta principalmente en el norte de la provincia). El delegado especial de la ONU para la pacificación de la región, el finlandés Martii Ahtisaari, tras años en la zona adhirió a la postura albanokosovar: recomendó la secesión de Kosovo, y ese mismo año de 2008 le dieron el premio Nobel de la Paz.

Pero Serbia no cree que con este camino se vaya a cimentar la paz entre ambos territorios, entre ambos colectivos sociales, y –mañana- entre ambos ejércitos. Por eso acudió a la Corte Internacional tras la declaración unilateral de la independencia fogoneada por los Estados Unidos, y denunció que Kosovo es una “parte inalienable de su territorio”; aún más: “el alma misma de la patria” (en esta tierra se dio la batalla de 1389 contra el invasor otomano, que está en el corazón nacionalista de la historia serbia). No es menor, tampoco, la proliferación de monasterios cristianos ortodoxos en Kosovo, defendidos férreamente por los serbios como parte de su cultura, frente a la adhesión musulmana de los albanokosovares.

A pesar de que fue Serbia la que llevó el caso a la Corte Internacional, tras conocerse el fallo ha reafirmado que “nunca” reconocerá la secesión kosovar, y que el diferendo debe buscarse dentro de los límites serbios. O sea, tal como había previsto la propia resolución 1.244 de la ONU con que se terminó la guerra.

DERECHO Y POLÍTICA

El derecho internacional público es aún una endeble creatura, a la que hay que cuidar mucho, y cuyo poder legitimante en el concierto mundial debe ser un bien preciado y de uso cauteloso por parte de los Estados. Cuanto más grandes y poderosos, mayor responsabilidad les cabe en ello. El hecho de que no exista una autoridad policial global que intervenga coercitivamente en el aseguramiento del cumplimiento de las regulaciones judiciales transnacionales, hace que el respeto a la capacidad simbólica de declarar la legalidad o no de los hechos bajo su consideración aumente en gran medida.

Por ello, la utilización política de la Corte Internacional de Justicia sería una pésima noticia para todos. Sin embargo el fallo conocido este jueves 22 de julio de 2010 tiene las mismas líneas divisorias de los países que –por sus propios motivos e intereses- apoyan o no la independencia de Kosovo.

La sentencia contó con 9 votos a favor y 5 votos en contra, de los 14 jueces que conforman la Corte. A pedido de los Estados Unidos, 69 países ya han reconocido a Kosovo como un Estado independiente. Entre ellos, claro, y encabezados por Gran Bretaña, se cuentan todos los aliados y amigos de la potencia norteamericana. Pero de los 192 países que integran las Naciones Unidas, 123 no han reconocido la independencia de Kosovo; encabezados por Rusia, también China e India –e inclusive algún europeo, como España- apoyan la postura de Serbia. Y esta misma línea divisoria entre aliados y adversarios internacionales se expresó en los votos de los jueces de la Corte Internacional de Justicia.

Fallo también significa error, y el máximo tribunal de las Naciones Unidas ha cometido un error con su fallo politizado. Legitimar un Kosovo unilateralmente independiente y soberano no traerá más paz, pero sí aceitará más los canales por los que se expresa el ultranacionalismo racial, étnico o religioso de cualquier pelaje.
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Cumbre del ALBA y roces con Colombia (21 04 10)

LAS PRESIDENCIALES COLOMBIANAS PROVOCAN ROCES CON VENEZUELA

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El ALBA reacciona ante declaraciones del candidato Juan Manuel Santos

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La campaña para las próximas elecciones presidenciales en Colombia ya ha generado el primer roce con Venezuela y Ecuador, tras las declaraciones del candidato oficialista Juan Manuel Santos, quien afirmó que perseguiría a las FARC “estén donde estén”, lo que fue de inmediato contestado desde Caracas.

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Hugo Chávez recibió en la capital venezolana a los mandatarios de los países integrantes de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de América (ALBA), que celebraron su IX Cumbre conjunta en el marco de los festejos por el Bicentenario de la Independencia de Venezuela.

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Con motivo de estos festejos, la presidenta argentina Cristina Kirchner fue convocada como oradora de honor frente al pleno de la Asamblea Nacional, con un discurso que su par venezolano calificó de “memorable”. La señora Kirchner y Hugo Chávez firmaron luego 27 acuerdos bilaterales de cooperación entre ambos países.

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Luego, el presidente Chávez dio inicio a la Cumbre del ALBA, con mensajes de fuerte contenido ideológico, y con propuestas de largo plazo. El ALBA reúne a los mandatarios de Venezuela; Ecuador; Cuba; Bolivia; Nicaragua; y de los pequeños Estados antillanos de Antigua y Barbuda; Dominica; y San Vicente y las Granadinas, quienes llamaron a “dar la batalla por el socialismo y la lucha contra el capitalismo”, y a reforzar la unidad de la región.

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Los jefes de Estado abordaron, además, el cambio climático, el combate al analfabetismo, la formación de recursos en salud, educación, ciencia y tecnología, y la necesidad de consolidar la independencia definitiva de los pueblos de América latina. “Debemos continuar los esfuerzos por lograr una patria grande, libre, soberana, equitativa y justa”, remarcó el ecuatoriano Rafael Correa.

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Hugo Chávez enfatizó, al clausurar la Cumbre, que el próximo paso en el proceso de acercamiento e integración entre los países miembros debe pasar por la unidad económica.

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En este contexto, los líderes del ALBA se refirieron a las declaraciones del colombiano Juan Manuel Santos, el candidato del presidente Álvaro Uribe para las próximas elecciones presidenciales, que encabeza todos los sondeos.

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Santos, en un debate convocado para debatir la política externa de lucha contra la guerrilla de las FARC, afirmó que “a los terroristas hay que perseguirlos donde estén”, lo que para Chávez constituye una virtual amenaza a Venezuela. Rafael Correa, en referencia al ataque contra el campamento de las FARC en Ecuador, donde murió el dirigente guerrillero Raúl Reyes, apuntó que “si volvemos a recibir una agresión tan traicionera y a mansalva, sabremos responder.”

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http://www.hoydia.com.ar/

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Honduras en punto muerto (22 10 09)

HONDURAS EN PUNTO MUERTO

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por Nelson Gustavo Specchia

“Bipolares”, FM Shopping, jueves 22 de octubre de 2009

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Nelson G. Specchia - Zelaya - cartel

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Buen día, Daniel.

Hemos estado las últimas semanas recorriendo, desde esta tribuna de análisis internacional, distintas y distantes latitudes, donde la realidad mundial de repente saca a la superficie una punta de iceberg, una muestra –a veces violenta, a veces sorpresivamente feliz, siempre frágil y fugaz para los titulares de los diarios y de los periódicos del mundo-, una pequeña muestra, digo, de esas inmensas realidades enterradas que son las características culturales y sociales específicas de cada pueblo.

Y en este recorrido semanal de los jueves, no habíamos vuelto a poner los ojos en Honduras, en ese pequeño país hermano de centroamérica, de una importancia relativa tan marginal, tan asilada en el concierto internacional, y que se ha colocado en los últimos tiempos en el centro del candelero.

Recuerdo, hace algunos años, cuando estuve trabajando en Tegucigalpa, en Honduras, para unas misiones de consultoría del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, el PNUD, y en aquellos días uno de nuestros temas recurrentes, sobre los que volvíamos una y otra vez con los colegas, discurrían sobre las estrategias para colocar a Honduras, de alguna manera, en la atención de las agencias internacionales. Quién me iba a decir que algunos años más tarde los hondureños encontrarían la manera, lamentablemente tan costosa, de estar en el centro de las noticias.

Y ¿cómo analizar este momento, este impasse hondureño que, como coinciden tantos analistas, tendrá efectos que no se limitarán a quedar encerrados dentro de las fronteras del pequeño país centroamericano, sino que de una manera o de otra impactarán en la marcha democrática del resto de la región?

Ayer, 21 de octubre, se cumplió un mes de la sorpresiva vuelta de “Mel” Zelaya y de su atrincheramiento en la embajada brasileña en Tegucigalpa. Dentro de un mes más, por su parte, están previstas las elecciones que supuestamente vendrían a destrabar el conflicto político, pero que toda la comunidad internacional ya ha advertido que no reconocerá si no está el presidente democrático sentado en su sitial al momento de realizarse el acto electoral.

El gobierno de facto de Roberto Micheletti, sacudido del statu quo en que había decidido esperar las elecciones, ha perdido la iniciativa política. A pesar de ello y de estar cada día más aislado internacionalmente, ha aceptado las formas del diálogo con los representantes de Zelaya. Pero sólo las formas, porque en las maratónicas reuniones entre ambas partes, que comenzaron el 7 de octubre, el gobierno de facto no se ha movido un ápice. Micheletti juega al gato y al ratón, mientras gana tiempo: aceptó derogar el estado de sitio que decretó cuando Zelaya volvió y lo tomó por sorpresa, pero aún no lo ha hecho; afirmó que castigaría al responsable militar de haber sacado al presidente constitucional en pijama y a punta de fusiles, pero el general Romeo Vásquez sigue siendo el comandante del Ejército; afirma que sus negociadores tienen plenos poderes para pactar con los de Zelaya, pero los desautoriza al final de cada reunión. Micheletti parece decidido a resistir, en soledad, hasta el 29 de noviembre y la instalación de un nuevo gobierno.

En este juego donde se muestran unas cartas pero las intenciones y los objetivos reales permanecen bien cubiertos y alejados de la mesa de negociaciones, hay que analizar dos elementos de fondo: la posibilidad cierta de una guerra civil, y la legalidad incierta de unas elecciones presidenciales.

En el primer caso, es evidente que un fracaso rotundo de la mesa de diálogo entre ambas partes podría conducir, sin demasiadas dilaciones, a que el conflicto político se asuma como un enfrentamiento civil violento, en las calles, con consecuencias desgarradoras. Y hay que evitar un derramamiento de sangre. Así como el liderazgo latinoamericano está poniendo su empeño en proteger la legitimidad del presidente Zelaya y su reinstalación en el poder, debe hacerse hincapié en evitar la posibilidad de revertir el golpe de Estado mediante la movilización violenta de los partidarios del presidente depuesto. En un movimiento en ese sentido, y dada la práctica ocupación militar del país, las mayores bajas estarán del lado del pueblo desarmado.

Por eso declaraciones como las de Daniel Ortega y Hugo Chávez, reunidos en la cumbre del ALBA en Cochabamba el 17 de octubre pasado, no aportan ninguna tranquilidad. Ortega anunció que la resistencia hondureña está buscando armas y campos de entrenamiento en Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Y Chávez apoyó esta tesis: “que nadie se sorprenda –dijo- si surge un movimiento armado en Honduras.” Estas posturas deben ser descalificadas, por insensatas y alarmistas.

En segundo término, creo que hay que considerar más a fondo el tema de la legalidad política de las elecciones del mes que viene. La comunidad internacional se niega a reconocer de plano el resultado de estas elecciones, si el presidente Zelaya no ha sido repuesto en su cargo con anterioridad. Esta es la postura más lógica desde la legitimidad constitucional y democrática, pero puede que sea también el punto de negociación, si –abandonando las posturas maximalistas- todos estuvieran dispuestos a ceder algo.

En estos días, el ex canciller mexicano Jorge Castañeda recordaba que en los últimos tiempos todos los conflictos políticos que han encontrado una vía de salida democrática lo han hecho desde procesos electorales organizados por un gobierno de facto. Por definición, dice Castañeda, el proceso fundacional de un régimen democrático que sustituye a uno autoritario proviene de elecciones organizadas por una dictadura o su equivalente, con mayores o menores niveles de negociación, supervisión internacional o unilateralidad del régimen saliente. Y cita a la España posfranquista de 1977, la Argentina de 1983, el Chile de 1988, o la larga lista de países ex comunistas de Europa del Este, donde las elecciones que llevarían a las transiciones democráticas se organizaron gobernando los regímenes autoritarios salientes. Y este podría ser ahora el caso de Honduras.

Sería deseable, creo, que la comunidad internacional, y muy especialmente los líderes latinoamericanos, se avinieran a negociar un llamado a elecciones organizadas por el gobierno de facto pero fiscalizadas por veedores de la ONU, luego de las cuales el presidente Manuel Zelaya debería recuperar el ejercicio del Poder Ejecutivo, y traspasar el poder a un gobierno de transición, con legitimidad de origen, que ponga paños fríos y reconduzca el proceso político. De lo contrario, la guerra civil será algo más que una hipótesis de trabajo.

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nelson.specchia@gmail.com

Cuba a las puertas de la OEA (04 06 09)

Cuba a las puertas de la OEA

Por Nelson Gustavo Specchia

Ojo con Fidel - Nelson G. Specchia

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Una noticia extraña para toda América latina. Después de casi medio siglo apartada del sistema multilateral americano, Cuba ha vuelto a quedar a las puertas de la OEA. La noticia se celebró en muchas Cancillerías, y los ecos en los analistas del continente han sido muy dispares, desde los aplausos a las lamentaciones. Y –en no pocos casos- ha reaparecido la pregunta sobre la conveniencia de mantener funcionando a esta Organización de los Estados Americanos, ya un tanto desfasada con los tiempos y los nuevos climas políticos en la región.

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El debate se calienta, además, con el rechazo del régimen cubano a esta mano tendida, que se vive como un triunfo de las diplomacias latinoamericanas frente al Departamento de Estado norteamericano, con la afirmación de Fidel Castro de que Cuba no piensa volver al organismo multilateral.

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En San Pedro Sula, en Honduras, los ministros de relaciones exteriores de toda América se han reunido en la XXXIX Asamblea General de la OEA, y por consenso han acordado derogar la suspensión a Cuba, aprobada en 1962, lo que abre la puerta a un posible reingreso de la isla a la organización.

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Hace días que en los diferentes ambientes de análisis de política internacional se viene aireando el tema, luego de que el presidente Barack Obama realizara el primer “guiño” hacia el régimen de la isla, antes de subir al avión que lo llevaría a la Cumbre de Trinidad y Tobago, el mes pasado.

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El texto de San Pedro Sula es una auténtica prueba de habilidad diplomática, logra sortear los escollos planteados por la posición norteamericana, que intentaba imponer condiciones para la readmisión de Cuba en la organización, básicamente la “carta democrática”; postura a la que se oponía un núcleo duro de países, encabezados por Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y Ecuador. El documento sale de este brete, y adopta una vía indirecta, ya que establece que la resolución VI, adoptada en 1962 en la reunión de ministros de relaciones exteriores de Punta del Este, mediante la cual se excluyó a Cuba, “queda sin efecto”. Pero, a renglón seguido, y sin duda por la presión norteamericana, agrega que si el gobierno de Cuba solicita la readmisión a la organización, ésta se dará “de conformidad con las prácticas, los propósitos y los principios de la OEA”.

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O sea: sí pero no. Porque si Cuba solicitase el reingreso, los Estados Unidos podrían invocar la “carta democrática” para impedírselo –o para presionar al gobierno revolucionario-, ya que ésta hace parte de las “prácticas, propósitos y principios” de la organización.

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La “carta democrática” no estuvo en los orígenes de la OEA, ni podría haberlo estado por aquellos años (la organización nació en Bogotá el 30 de abril de 1948, sobre las cenizas de la vieja Unión Panamericana, que venía de la primera Conferencia Interamericana, de 1890). La “carta” es de 2001, cuando los regímenes democráticos posteriores a las décadas de dictaduras en la región ya estaban consolidados, fue promovida por los Estados Unidos, y su objetivo es establecer parámetros para el ingreso y permanencia de los miembros en la organización, básicamente las reglas del juego representativo y democrático, de partidos políticos, libertades y garantías.

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Cuba, claro está, no entraría en esta categorización. Fidel lo sabe, y curándose en salud, rápidamente, desde su columna en el Granma escribió que Cuba no tiene ningún interés por pertenecer a la OEA, que para él ha sido, desde su creación, “cómplice de todos los crímenes” contra la autodeterminación de los pueblos de América latina, y el “caballo de Troya que permitió la entrada en la región del neoliberalismo, el narcotráfico, las bases militares y las crisis económicas.”

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En definitiva, lo que Fidel dice es que la OEA, ésta OEA, no tiene razón de ser. Y no es el único que lo piensa.

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La OEA es una creación norteamericana, y el gobierno de los Estados Unidos aporta casi un ochenta por ciento de su presupuesto de funcionamiento; tiene su sede en Washington, cerca de la Casa Blanca; sus propósitos de fortalecer la democracia y asegurar la paz y la seguridad en el continente se vieron burlados una y otra vez por las propias administraciones norteamericanas, con la CIA apoyando los golpes de Estado en América latina, y las invasiones de los marines a la propia Cuba, a Santo Domingo, a Panamá, o a Granada, a lo largo del siglo XX. A nivel de defensa continental estableció el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pero ni amagó con aplicarlo cuando el ejército británico recuperó las Islas Malvinas por la fuerza. Y en cuanto a la promoción de los Derechos Humanos, otro de los vértices de su existencia, los Estados Unidos no han suscripto el Pacto de San José de Costa Rica, de 1979, por lo que no reconocen la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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Entonces, con estos antecedentes y en este marco, ¿para qué necesitamos a la OEA?

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Fidel lo ve claro, por eso termina su columna citando al presidente Rafael Correa. Lo que necesitamos, dice el ecuatoriano, es una OEA sin los Estados Unidos, fuera de Washington, y, por supuesto, con Cuba.

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Estos serán los términos del debate que, a nivel del sistema interamericano, se avecina.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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Un nuevo tiempo para las Américas (27 04 09)


Lunes 27 de abril de 2009

Un nuevo tiempo para las Américas

En Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta.

Poe Nelson Gustavo Specchia
Profesor de Política Internacional. UCC

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Barack Obama, asumiendo su rol de líder mundial, se ha lanzado a una agitada agenda internacional. El primer paso, obligado, fue Europa: en una semana estuvo –casi– en todos lados: en el G-20, en el Consejo de la Unión Europea, en el aniversario de la Otan, en la frontera franco-alemana y hasta en Estambul, donde el presidente español José Luis Rodríguez Zapatero y el premier turco Recep Erdogán impulsan la Alianza de las Civilizaciones, para acercar el mundo árabe y musulmán a occidente.

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Y ahora le tocó a América. En Puerto España, la pequeña ciudad capital de Trinidad y Tobago, en las Antillas menores del Caribe, los jefes de Estado del continente tuvieron su primer vis-a-vis con el líder demócrata, y se sacaron la primera foto de familia, con la carismática sonrisa del presidente norteamericano en la segunda fila.

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Obama, sabiendo que la “cuestión cubana” le iba a agriar este primer encuentro, llegó con un gesto de condescendencia: esa misma semana firmó la flexibilización de condiciones de viaje desde y hacia Cuba, y de las remesas en dólares a la isla. Hasta Fidel Castro, desde su columna ético-ideológica en el diario Granma, ha tenido que hacer un guiño de satisfacción, aunque agregando a renglón seguido que sin el fin del bloqueo, lo demás es puro humo. Pero hasta Fidel sabe que el camino iniciado aquí conduce, precisamente, al fin del bloqueo.

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El punto más sustantivo de la Cumbre consistió en presentar una propuesta de nuevo pacto de asociación hemisférica. Barack Obama necesita dar un gesto fuerte también en América, aunque ésta no constituya una prioridad estratégica para los Estados Unidos. Y busca una nueva actitud en las relaciones diplomáticas, para dejar claro que el unilateralismo de George W. Bush ya es historia pasada.

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La Cumbre ha sido el primer encuentro de los 34 jefes de gobierno de América latina, el Caribe, Canadá y Estados Unidos, desde la polémica reunión que tuvo lugar en 2005 en Mar del Plata, donde Bush sufrió el acoso verbal de sus colegas, bajo la mirada inocente de su anfitrión, el entonces presidente Néstor Kirchner.

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Obama quiere repuntar esa sensación, volver a darles un espacio destacado a las cumbres, que se han desarrollado bastante irregularmente desde que Bill Clinton convocara a la primera, en Miami. Ha nombrado a un experto, el embajador Jeffrey Davidow, para administrar la diplomacia relacionada con las cumbres en la región. Davidow es un académico (viene de presidir el Instituto de las Américas, de la Universidad de California, en San Diego), y es un diplomático jubilado con amplia experiencia en la región.

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Junto a Cuba, la crisis económica mundial ha sido la estrella de la agenda. Los líderes latinoamericanos quieren que el presidente de los Estados Unidos use su influencia para ampliar los recursos y la flexibilidad de las entidades financieras multilaterales (el Fondo Monetario Internacional, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial); y Obama tendrá que compaginar estas peticiones con la estrategia impulsada desde Londres por el G-20.

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Los otros puntos álgidos han sido las posiciones en torno a las mafias de la droga –que están dando una guerra cada vez más abierta en la región–, la inmigración y el comercio internacional. Este último porque, más allá del peso estratégico, los países de América latina compran 20 por ciento de todas las exportaciones de Estados Unidos y representan otro 20 por ciento en sus importaciones. Las ventas norteamericanas al sur del Río Bravo son cuatro veces superiores que las dirigidas a China. Y Estados Unidos obtiene actualmente 25 por ciento de su energía de proveedores latinoamericanos y caribeños.

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Y con 34 países y 600 millones de personas, América latina representa un sector dinámico y en crecimiento, con recursos naturales únicos. Un mercado para nada despreciable. Pero, para ese mercado, Obama no puede seguir ofreciendo la alternativa del Área de Libre Comercio de las Américas (Alca). Aquí hay que dibujar una nueva estrategia. En la Cumbre estuvo en las palabras de casi todos los líderes, y Obama acusó el mensaje.

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A nivel de relacionamiento global, y a pesar de que la crisis ha ofrecido un nuevo escenario para el diálogo multilateral, en lo político seguirá siendo difícil el trato con Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua (además de Cuba). Pero la actitud de Obama en esta reunión ha sido abierta, y tengo la seguridad de que en el corto plazo habrá novedades importantes. La actitud, por lo pronto, ya ha cambiado: ha sido cordial, gentil y distendida. La antítesis del clima de Mar del Plata, hace cuatro años.

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Por ello, en la Cumbre, creo que ha imperado el realismo. Pudo ser simplemente una tribuna para criticarse unos a otros, o casi todos a los Estados Unidos, mirando hacia los electorados internos y hacia las cámaras. Hubo “show”, claro, con regalo de libros incluido, pero la oportunidad era demasiado grande para dejarla pasar. Perder oportunidades como ésta puede no tener perdón de la historia. Y el “show” no agotó la reunión.

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Ya no hay lugar para recetas estatales y aisladas; de la crisis se saldrá con estrategias elaboradas en conjunto. Tengo la impresión de que en Trinidad y Tobago se ha abierto la posibilidad de establecer una nueva manera de relacionarse con los Estados Unidos, más abierta y realista, plural y adulta. Ojalá. Es, precisamente, la que requiere este tiempo.

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© La Voz del Interior

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