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El ajedrez entre Turquía y Armenia (18 10 09)

Resistencia, 18 de Octubre
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Nelson Gustavo Specchia

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El ajedrez entre Turquía y Armenia

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Entre los conflictos internacionales que se arrastran desde el siglo pasado, el que enfrenta a Turquía y Armenia es uno de los más constantes, que se renueva con un ritmo anual, intimando al gobierno turco a reconocer la matanza en masa de armenios durante la primera Guerra Mundial.

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Nelson G. Specchia - Acuerdo entre Turquía y Armenia

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Entre 1915 y 1918, un Imperio Otomano deshilachándose se enfrentaba a las tropas zaristas, y Armenia, encerrada entre ambas fronteras, tomó partido por los rusos. Los turcos no tuvieron contemplaciones, y arrasaron. La diáspora Armenia, tan fuerte en países como los Estados Unidos o la Argentina, siempre dijo que aquellas matanzas rozaron el millón y medio de víctimas. Turquía sostiene que hubo unas 300.000 bajas, rechazando tajantemente las denuncias de genocidio, por lo que no está dispuesta a ofrecer ningún tipo de resarcimiento.
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Estas posturas diametralmente opuestas se han mantenido inalteradas durante casi un siglo, mientras que el peso geopolítico de la región no ha dejado de aumentar en el concierto regional, con los ductos del petróleo del Cáucaso, vías de aprovisionamiento energético de Europa, cruzando sus tierras.
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Esta semana algo parece haber comenzado a cambiar. La diplomacia suiza viene trabajando en silencio desde hace décadas, y en Zurich acaba de firmarse un acuerdo entre las cancillerías turca y armenia que, de llegar a ser confirmado por los parlamentos nacionales, constituirá un giro histórico en el viejo antagonismo. El ministro de Exteriores turco, Ahmet Davutoglu, y su par armenio, Edward Nalbandian, rubricaron el documento que prevé el restablecimiento de las embajadas y la reapertura de la frontera.
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Junto a los suizos, varias diplomacias se han movilizado para apoyar el acercamiento entre turcos y armenios. En Zurich estuvieron también los ministros de Exteriores ruso, Serguei Lavrov, y Bernard Kouchner en representación del presidente francés. Pero entre todos, fue decisiva la presión de Washington, a través de la secretaria de Estado Hillary Clinton. Se dice que en el coche que los llevaba a la cumbre, la señora Clinton logró que el canciller Nalbandian no renunciara a último momento. Otros obstáculos, en todo caso, aun aguardan en el camino de la ratificación en los parlamentos, donde las fuerzas políticas nacionalistas de ambos países mantienen la voz hegemónica.
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La pequeña Armenia, con tres millones de habitantes y rodeada por Azerbaiyán, Georgia y Turquía, mantiene varios pulsos políticos con esta última, un gigante de 72 millones de habitantes y casi 800.000 kilómetros cuadrados, en parte gracias al apoyo internacional de la diáspora armenia. Ejemplo de esta tensión diplomática entre entidades tan disímiles fue la guerra por el enclave azerbaiyano de Nagorno-Karabaj (de población armenia, y donde se mantiene un gobierno de facto), en los años noventa, que enfrentó a Armenia con Azerbaiyán, un histórico aliado turco. En 1993 Turquía cerró la frontera con Armenia en apoyo a los azerbaiyanos, y se mantiene en ese status.

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Enroque regional
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De llegar a prosperar la ratificación parlamentaria en ambos Estados, el camino que se inicia aquí será, sin duda, positivo, y no sólo para comenzar a cerrar las heridas que llevan abiertas un siglo, sino por el aumento de la previsibilidad regional, ya que despuntan algunos signos de cambio en las relaciones estratégicas.
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La pacificación de la región abriría otras posibilidades al tendido de nuevos ductos de gas y petróleo, esquivando zonas más inestables, y le daría a Armenia vías de integración internacional con salidas a los mares Negro y Mediterráneo, contribuyendo así a mitigar en parte su elevado aislamiento.
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En segundo término, aumentaría las posibilidades de la candidatura turca a la Unión Europea. Este camino se sigue percibiendo como largo y escabroso. Tanto Ángela Merkel como Nicolás Sarkozy no dejan de repetir, cada vez que pueden, que Turquía deberá seguir profundizando en las reformas políticas, legales, económicas y de derechos humanos (kurdos, minorías étnicas y religiosas, y derechos de las mujeres, especialmente), y revisar su permanencia militar en Chipre. No habrá grandes novedades desde la Unión Europea antes de avanzar en esa agenda.
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Pero también hay un tema emergente, que ocupará a los analistas internacionales cada vez más. Turquía ha sido uno de los principales aliados de Israel en la región y, por ello, un interlocutor privilegiado de los Estados Unidos. El rol de los turcos en la OTAN, durante toda la guerra fría, estuvo en línea con estas posturas. El Departamento de Estado norteamericano ha sido insistente en favorecer el ingreso de su socio turco a la organización continental europea, pero las permanentes dilaciones, el aumento de las exigencias, y la clara postura contraria de alemanes y franceses puede estar llevando a los turcos a considerar otras alternativas.
En los últimos meses, el gobierno islamista de Recep Tayyip Erdogan parece dispuesto a mover las piezas de esta partida, en un enroque estratégico. Turquía ha decidido no participar en maniobras militares con Israel, cada vez más lejos de Ankara, mientras que la otra ficha de peso en el tablero regional, la también nacionalista y musulmana República Islámica de Irán, se acerca cada vez más.
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De confirmarse estas tendencias, toda la región se enfrentaría a una alteración en los equilibrios geoestratégicos. No es, precisamente, una buena noticia para el presidente Barack Obama.

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Cuba a las puertas de la OEA (04 06 09)

Cuba a las puertas de la OEA

Por Nelson Gustavo Specchia

Ojo con Fidel - Nelson G. Specchia

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Una noticia extraña para toda América latina. Después de casi medio siglo apartada del sistema multilateral americano, Cuba ha vuelto a quedar a las puertas de la OEA. La noticia se celebró en muchas Cancillerías, y los ecos en los analistas del continente han sido muy dispares, desde los aplausos a las lamentaciones. Y –en no pocos casos- ha reaparecido la pregunta sobre la conveniencia de mantener funcionando a esta Organización de los Estados Americanos, ya un tanto desfasada con los tiempos y los nuevos climas políticos en la región.

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El debate se calienta, además, con el rechazo del régimen cubano a esta mano tendida, que se vive como un triunfo de las diplomacias latinoamericanas frente al Departamento de Estado norteamericano, con la afirmación de Fidel Castro de que Cuba no piensa volver al organismo multilateral.

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En San Pedro Sula, en Honduras, los ministros de relaciones exteriores de toda América se han reunido en la XXXIX Asamblea General de la OEA, y por consenso han acordado derogar la suspensión a Cuba, aprobada en 1962, lo que abre la puerta a un posible reingreso de la isla a la organización.

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Hace días que en los diferentes ambientes de análisis de política internacional se viene aireando el tema, luego de que el presidente Barack Obama realizara el primer “guiño” hacia el régimen de la isla, antes de subir al avión que lo llevaría a la Cumbre de Trinidad y Tobago, el mes pasado.

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El texto de San Pedro Sula es una auténtica prueba de habilidad diplomática, logra sortear los escollos planteados por la posición norteamericana, que intentaba imponer condiciones para la readmisión de Cuba en la organización, básicamente la “carta democrática”; postura a la que se oponía un núcleo duro de países, encabezados por Venezuela, Bolivia, Nicaragua, y Ecuador. El documento sale de este brete, y adopta una vía indirecta, ya que establece que la resolución VI, adoptada en 1962 en la reunión de ministros de relaciones exteriores de Punta del Este, mediante la cual se excluyó a Cuba, “queda sin efecto”. Pero, a renglón seguido, y sin duda por la presión norteamericana, agrega que si el gobierno de Cuba solicita la readmisión a la organización, ésta se dará “de conformidad con las prácticas, los propósitos y los principios de la OEA”.

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O sea: sí pero no. Porque si Cuba solicitase el reingreso, los Estados Unidos podrían invocar la “carta democrática” para impedírselo –o para presionar al gobierno revolucionario-, ya que ésta hace parte de las “prácticas, propósitos y principios” de la organización.

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La “carta democrática” no estuvo en los orígenes de la OEA, ni podría haberlo estado por aquellos años (la organización nació en Bogotá el 30 de abril de 1948, sobre las cenizas de la vieja Unión Panamericana, que venía de la primera Conferencia Interamericana, de 1890). La “carta” es de 2001, cuando los regímenes democráticos posteriores a las décadas de dictaduras en la región ya estaban consolidados, fue promovida por los Estados Unidos, y su objetivo es establecer parámetros para el ingreso y permanencia de los miembros en la organización, básicamente las reglas del juego representativo y democrático, de partidos políticos, libertades y garantías.

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Cuba, claro está, no entraría en esta categorización. Fidel lo sabe, y curándose en salud, rápidamente, desde su columna en el Granma escribió que Cuba no tiene ningún interés por pertenecer a la OEA, que para él ha sido, desde su creación, “cómplice de todos los crímenes” contra la autodeterminación de los pueblos de América latina, y el “caballo de Troya que permitió la entrada en la región del neoliberalismo, el narcotráfico, las bases militares y las crisis económicas.”

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En definitiva, lo que Fidel dice es que la OEA, ésta OEA, no tiene razón de ser. Y no es el único que lo piensa.

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La OEA es una creación norteamericana, y el gobierno de los Estados Unidos aporta casi un ochenta por ciento de su presupuesto de funcionamiento; tiene su sede en Washington, cerca de la Casa Blanca; sus propósitos de fortalecer la democracia y asegurar la paz y la seguridad en el continente se vieron burlados una y otra vez por las propias administraciones norteamericanas, con la CIA apoyando los golpes de Estado en América latina, y las invasiones de los marines a la propia Cuba, a Santo Domingo, a Panamá, o a Granada, a lo largo del siglo XX. A nivel de defensa continental estableció el TIAR (Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca), pero ni amagó con aplicarlo cuando el ejército británico recuperó las Islas Malvinas por la fuerza. Y en cuanto a la promoción de los Derechos Humanos, otro de los vértices de su existencia, los Estados Unidos no han suscripto el Pacto de San José de Costa Rica, de 1979, por lo que no reconocen la jurisdicción de la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

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Entonces, con estos antecedentes y en este marco, ¿para qué necesitamos a la OEA?

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Fidel lo ve claro, por eso termina su columna citando al presidente Rafael Correa. Lo que necesitamos, dice el ecuatoriano, es una OEA sin los Estados Unidos, fuera de Washington, y, por supuesto, con Cuba.

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Estos serán los términos del debate que, a nivel del sistema interamericano, se avecina.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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Hillary y Bombay (“Bipolares” 4 dic 2008)

Radio Shopping Classics – 96.1 FM

Programa “Bipolares”, con la conducción de Daniel Alonso

Columna de Política Internacional

jueves 4 de diciembre de 2008

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HILLARY Y BOMBAY

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por Nelson-Gustavo Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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Buenos días, Daniel.

Y aunque era un secreto a voces, la importancia de la designación formal, el lunes de esta semana, de la señora Hillary Clinton al frente del futuro Departamento de Estado norteamericano, bajo la administración Obama, ha calado hondo.

Con esta designación se completa el equipo de seguridad y de exteriores de la futura Administración, que, junto al equipo económico confirmado la semana pasada, presenta el esquema de gobierno de Obama al completo, y a 50 días de hacerse cargo de la Presidencia. Lo que cumple la promesa de campaña del nuevo presidente electo, de hacerse visible, con decisiones concretas, sin pérdida de tiempo, desde un primer momento, como respuesta a la situación de crisis global.

No solamente por la propia personalidad y figura de la señora Clinton, sino porque ha pasado demasiado poco tiempo desde ese furor de la campaña interna demócrata, donde la oposición y el enfrentamiento entre estos dos personajes alcanzó cumbre muy altas.

Aún así, hay que decir que Hillary es una moderada dentro del Partido Demócrata, ha sido una de las críticas más acérrimas a la agenda exterior del Presidente George W. Bush.

Su apuesta principal es por el retorno de los Estados Unidos al multilateralismo, completamente olvidado en esta últimas dos administraciones. Por cierto, la figura que la señora Clinton tiene en mente, como lo expresó al anunciar su aceptación al cargo, es la del Presidente John Fitzgerald Kennedy.

Hillary es una figura muy conocida, con entidad propia, con mucha fuerza, y con mucha experiencia. De hecho, ha sido la primera dama más involucrada políticamente de las que han pasado por la Casa Blanca últimamente, además de su escaño actual en el Senado, desde el cual participa también en el Comité de Servicios Armados.

Le pregunta, aquí, es que si entre estos dos personajes, entre el Presidente electo y su nueva Jefa de la Diplomacia, hay los suficientes puntos de coincidencia, ya que no ha sido así en el pasado inmediato.

Y estas diferencias entre ambos se han expresado, precisamente, en temas que cubrirán los primeros planos de las agendas internacionales de la nueva administración: además del control de los programas nucleares en Irán y en Corea del Norte, el Departamento de Estado tendrá que tomar de inmediato la papa caliente de la guerra contra el terrorismo, la retirada de Irak (que Obama quiere hacer en 16 meses), y la necesaria, imprescindible, victoria en Afganistán.

Y respecto de esta última, las noticias lamentables y sangrientas de esta semana, con los ataquen en Bombay, no aportan precisamente una cuota de tranquilidad.

Si la cuerda entre India y Pakistán se tensa, la frontera de Pakistán con Afganistán se debilitará, ya que parte de la fuerza armada deberá cambiar de objetivos.

Respecto de la tragedia en India, en Bombay, la capital económica y financiera de este extenso, inmenso país-continente, hay que decir que la violencia forma parte de su vida política cotidiana, está –lamentablemente- entretejida en la propia estructura hindú.

Pensemos, por ejemplo, que la India independiente nace con el atentado al Mahatma Gandhi, el apóstol de la paz y de la no-violencia, asesinado por los propios radicales nacionalistas hindúes.

Y hoy, como media, se registran en India unos 100 actos terroristas al mes. Y el mosaico de grupos terroristas es grande y extenso, y no se limita solamente a los radicales islámicos: hay maoístas, separatistas cachemiros, yihadistas, hinduístas de nacionalismo extremo, que no aceptan la convivencia con otras nacionalidades y religiones. Muchos de estos grupos tienen, a su vez, conexiones externas, con Pakistán especialmente, pero también con Bangladesh, por ejemplo. Y dentro de la red un tanto amorfa de pequeñas agrupaciones con cierta autonomía en la nueva estructura del terrorismo mundial, muchas de estas células –o incluso combinaciones diferentes de estos grupos- se encuentran asociándose a esa red que es Al Qaeda.

Respecto de esta cotideaneidad violenta, hay dos novedades introducidas por los terroristas en los tres días que duró el asalto a Bombay: el uso de armas de fuego en lugar de artefactos explosivos; y el tener a extranjeros por objetivo. Además, lo que podríamos llamar el “efecto CNN”: el enfrentamiento prolongado en tiempo en un espacio urbano abierto, que ha permitido que los medios de comunicación lo sigan casi en directo, y lo retrasmitan a todo el mundo.

Hasta donde sabemos, los asaltantes, entre 15 y 20 (el único terrorista sobreviviente sólo admite que eran 10, pero hay fuertes indicios de que serían prácticamente el doble), se dividieron en dos grupos. Unos estaban registrados en los hoteles 5 estrellas de la capital financiera con identidades falsas, y otros llegaron en un barco pesquero procedentes de territorio pakistaní.

La estrategia que siguieron fue sembrar el caos: primero en las atestadas estaciones ferroviarias, como la multitudinaria de Chhatrapati Shivaji, en restaurantes frecuentados por turistas, como el Café Leopold, e inclusive en hospitales y taxis. Y una vez finalizada esta primera fase, cuando la policía indú estaba completamente desorientada, buscaron los tres edificios emblemáticos de la ciudad, los hoteles Taj Mahal y Trident Obedoi, y el Centro Judío que se sitúa entre ellos.

Al parecer, la estrategia era tomar rehenes y negociar con las autoridades indias, probablemente la liberación de los presos musulmanes de la organización Muyahidines Indios. Esto se deduce del equipamiento de los asaltantes y de la vestimenta: chalecos y pantalones donde guardaban abundante munición e incluso comida, lo que indica que su idea era resistir mucho tiempo en los hoteles. Sin embargo, los acontecimientos se desarrollaron contra una posibilidad de permanencia larga, no se dio espacio a ninguna negociación, y la batalla que siguió se saldó arrojó un balance aproximado de 200 muertos, entre los que habría 20 miembros de las fuerzas de seguridad y 30 civiles extranjeros de 13 nacionalidades distintas.

Hasta ahora, los indicios parecen señalar a la organización Lashkar-e-Taiba quienes parecen haber llevado a cabo el atentado apoyándose en los Muyahidines indios, que podrían haber recibido entrenamiento y apoyo por parte de Lashkar-e-Taiba en Pakistán aprovechando su experiencia en este tipo de asaltos, por ejemplo, cuando en 2001 se realizó un ataque al parlamento indú, con hombres armados.

Todo parece indicar que el propósito del atentado era llamar la atención sobre la situación que los musulmanes viven en aquellos lugares en los que son minoría. Por eso lo más importante de esta acción ha sido su espectacularidad, la visibilidad internacional. Los radicales islámicos son el campo fértil de los desesperados, que conciben que la única opción que tenían los musulmanes en la India era la jihad o la emigración, como afirman los comunicados de Lashkar-e-Taiba.

El objetivo de los terroristas era exacerbar los ánimos de pakistaníes e hindúes, boicoteando los esfuerzos y las iniciativas de paz en la zona. El atentado debe ser leído, hacia dentro de la vida política hindú, como un intento de radicalización del nacionalismo, y en clave internacional como otra advertencia a los occidentales, haciéndoles saber que no están seguros ni en aquellos lugares que se les asigna especialmente, como los hoteles de alto standing, donde supuestamente los controles y la seguridad son mayores que para los nacionales, especialmente en los países con conflictos internos y problemas de desarrollo. Esta estrategia ya comenzó en septiembre en Islamabad, con el ataque al hotel Marriot, y ahora parece extenderse a la India.

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