Egipto, la revolución del presente (04 02 11)

Egipto, la revolución del presente

por Nelson Gustavo Specchia

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Octavio Paz, el poeta y el pensador de México, solía clasificar los alzamientos sociales en revueltas y revoluciones. Firmemente parado en la modernidad, Paz sostenía que las revoluciones sólo eran aquellos cambios violentos de sistema político, inspirados en los acontecimientos de la Francia de 1789, que buscaban la implementación de un gobierno republicano –liberal o socialista- y que se inspiraban en el grueso tallo del árbol intelectual y filosófico de Occidente.

Así, decía el poeta, en América latina hemos vivido sucesiones de revueltas, pero muy pocas revoluciones. Pero los grandes ensayos de Octavio Paz, como El laberinto de la soledad, El ogro filantrópico ó Tiempo nublado, donde desarrolla estas ideas con mucha extensión, son textos de los años ochenta del siglo pasado, antes de que el muro de Berlín cayera y los particularismos culturales, que habían permanecido aplastados por las pesadas losas de un mundo bipolar, emergieran con una fuerza inusitada.

Entre los cambios de paradigmas que el mundo viene experimentando desde entonces, también los conceptos mediante los cuales intentamos aprehender la realidad social y política que nos circunda han tenido que flexibilizar sus bordes y sus límites, incorporar nuevos elementos y situaciones, y adecuarse a unos escenarios mucho más complejos y cambiantes, para mantener su capacidad analítica y explicativa. El concepto moderno de revolución ha sido, creo, uno de los más afectados por estas realidades emergentes. La revolución del presente ya tiene muy pocos elementos comunes con la Revolución Francesa, aquel modelo primigenio.

Egipto, también en este punto, ilumina las nuevas modalidades de transformación política. El alzamiento popular y espontáneo que vive el gigante país africano desde hace un par de semanas, si bien quedaría fuera del tradicional concepto de revolución moderna, no podría calificarse de otra manera sin descuidar aristas vitales en el análisis. A su manera, el alzamiento egipcio es una revolución con todas las letras. Y como toda revolución, su final, de momento, permanece abierto.

En ese frente incierto de tormenta, hay dos elementos que giran en torno al eje de salida de la crisis política. Algunos de estos elementos son de vieja data, que se arrastran desde el fondo más profundo de la cultura egipcia; otros elementos son novísimos, que han estado al mismo tiempo entre los pasillos que permitieron que la revolución llegara hasta donde ha llegado, y que también constituyen uno de sus productos.

Habrá, claro, muchos otros, pero yo identifico a estos dos como los factores más críticos en este momento de desarrollo de la revolución: me refiero al substrato árabomusulmano del Islam político que permea una porción importante de la sociedad egipcia; y al rol del entramado comunicacional por internet y el súbito acceso de miles de egipcios –sobre todo jóvenes- a las redes sociales.

Entre estos dos elementos se mueven, como las fichas de un juego de táctica y estrategia, los actores externos que tendrán un rol neurálgico en el rumbo que finalmente adopte la salida de la revolución. Desde los intereses norteamericanos a los de la Liga Árabe; desde la vigencia del tratado de paz entre Egipto e Israel a las posturas de la diplomacia comunitaria europea; desde el fino cristal de la frontera terrestre con la franja de Gaza que comunica con toda la cuestión palestina; desde el “contagio” del entorno en el Magreb africano al paso petrolero por el Canal de Suez; desde las líneas telefónicas privilegiadas con las plutocracias petroleras del Golfo hasta las relaciones especiales con Turquía; desde la tradicional amistad de El Cairo con la casa reinante en Jordania hasta la fluida comunicación con la Siria de los Asad. Demasiadas fichas, todas vitales, moviéndose juntas por los mismos casilleros.

La hipótesis de la islamización

En el medio de ese delicadísimo equilibrio de poderes e intereses, el primer elemento que surgió con fuerza al analizar la revolución egipcia fue el supuesto riesgo de una deriva teocrática e islámica del alzamiento popular. Durante los primeros días, una posible salida “a la iraní” era la línea recurrente en los análisis internacionales, especialmente en la prensa estadounidense y, con mucho más énfasis, en las columnas de opinión de diarios israelíes.

Los Hermanos Musulmanes, la cofradía religiosa fundada en Egipto por Hassan el Banna en 1928, y dedicada fundamentalmente a la asistencia social a las capas más humildes de la población, tiene, sin duda, un alto predicamento en todo el cuerpo social de este inmenso país de ochenta millones de habitantes. En cálculos muy aproximados, se estima que un tercio de esta población podría adherir a posturas o a dirigentes avalados por los Hermanos Musulmanes, especialmente en una situación de tensión social.

Pero las argumentaciones que intentaban asociar a esta organización con Al Qaeda (que fue, por cierto, el discurso sostenido por el gobierno de Hosni Mubarak para mantenerla proscripta), o aquellas que la comparan con los sectores teocráticos que terminaron cooptando la revolución iraní de 1979 tras el derrocamiento del shah Mohammed Raza Pahlevi, han ido perdiendo fuerza con el transcurso de los días, a medida que se conocían detalles y los verdaderos alcances de la organización. En esta línea, el artículo “La Hermandad”, firmado por Pepe Escobar y publicado en este diario ayer (HDC, 03/02/11) ofrece elementos esclarecedores.

Para Escobar, los sectores islamistas del substrato cultural egipcio, lejos de la experiencia iraní, están comprometidos con una salida laica y republicana de la revolución. Su ámbito de actuación principal son las mezquitas y los hospitales, y han llegado inclusive hasta las organizaciones sindicales y profesionales de los sectores más deprimidos. Los islamistas egipcios no ocultan su vocación política, y tanto por su peso demográfico como por el alcance de su organización, no podrían estar ausentes de ninguna hipótesis de salida del alzamiento contra Mubarak. Y aunque Escobar también anota que para los Hermanos Musulmanes “un Estado islámico no está en conflicto con la democracia”, este tipo de planteos quedarían postergados para un segundo momento, luego de que una transición laica haya reestructurado el gobierno y la constitución del Estado.

La hipótesis de una islamización “a la iraní”, entonces, parece no tener espacio en el futuro inmediato de Egipto. Aún así, también hay que tener presente que un futuro gobierno con los Hermanos Musulmanes como factor clave, seguramente dejaría sin efecto el acuerdo de paz con Israel. Y este acuerdo es el principal elemento para el equilibrio regional en Oriente Próximo.

El apoyo de la aldea global

El segundo elemento crítico en los escenarios de salida de la revolución es el que conforma el entramado comunicacional, con la confluencia de internet, los videos colgados en la red en tiempo real, las redes sociales, los teléfonos celulares y los canales de televisión.

La larga permanencia de las autocracias árabes se asentaron en varios pilares, uno de ellos fue, sin duda, la cerrazón frente al mundo, la baja o nula interacción (sólo limitada a una élite exclusiva y minoritaria) con otras realidades extra muros. La irrupción del mundo exterior le quita una de las columnas pétreas en que las tiranías del mundo árabe encontraban sustento desde los procesos de descolonización de mediados del siglo pasado.

Según explica el sociólogo Manuel Castells, este novísimo elemento irrumpe en las estructuras anquilosadas de las autocracias siguiendo una pauta común: un suceso extra-ordinario en la vida rutinaria (como fue el suicidio a lo bonzo del tunecino Mohammed Buazizi, cuando la policía le destruyó su carrito de venta de frutas) despierta la indignación social, que viene sostenida y acallada por la represión policial desde tiempo atrás. Ese estado individual encuentra su réplica en otros, y desencadena manifestaciones grupales, que siguiendo el guión represivo clásico de las dictaduras, son desarticuladas por los cuerpos policiales.

Pero la novedad es que ahora esa represión se sube inmediatamente a la página de videos de YouTube en internet, y esas imágenes de la represión y los mensajes de protesta que la acompañan duplican espontáneamente la protesta. Luego, las imágenes captadas por los teléfonos móviles de los propios movilizados llegan hasta medios de comunicación que están fuera del área de control oficial (como ha sido el caso de la agencia qatarí de televisión Al Jazeera en estos días), que retrasmite por los canales de la web a todo el mundo.

Cuando los usuarios de internet toman conocimiento de la movilización, los videos de la represión y los mensajes de protesta, se activan las redes sociales, los mensajes de texto, los “hashtags” de Twitter y los grupos de Facebook, entre otras redes menores, y ese sistema de comunicación interactiva y en tiempo real ya no puede ser controlado por nadie. Sin cabezas visibles y sin centro, funciona con eficacia y burla cualquier censura.

En Egipto, inclusive cuando el régimen de Mubarak decidió cortar la cobertura de la telefonía celular y los accesos a internet, los cyberactivistas de todo el mundo se organizaron para ofrecer vías de acceso alternativas a los movilizados de El Cairo. En las dos semanas que dura la revuelta egipcia, el crecimiento de usuarios de redes sociales ha crecido exponencialmente, día a día.

Las comunicaciones soñadas para el futuro ya son las herramientas de la revolución del presente.

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nelson.specchia@gmail.com

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