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La vuelta de Shalit

La vuelta de Shalit

por Nelson Gustavo Specchia

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Entre la poblada agenda internacional que llenó esta semana, la noticia del intercambio de prisioneros entre el Estado de Israel y las milicias islamistas palestinas de Hamas consiguió un fugaz protagonismo, hasta que apenas unas horas más tarde la captura y muerte del ex dictador libio –con su carga morbosa de fotos y videos ensangrentados- y la claudicación final de las guerrillas separatistas vascas de ETA renunciando definitivamente a las armas, empujaran la novedad de la vuelta a casa del soldado Gilad Shalit, a cambio de la salida de las prisiones israelíes de más de 1.000 presos políticos, de las letras grandes de los titulares de prensa hacia las páginas interiores. Pero esa pieza de relojería diplomática articulada en Oriente Medio merece una mirada atenta, y un análisis un tanto más cauteloso que la pasada rápida sobre las portadas de los periódicos, en medio de la vorágine internacional. Por varias razones: porque Shalit era –lo sigue siendo- un símbolo gravitacional para ambas partes del más viejo contencioso político de Oriente próximo; porque aún no queda claro si se ha tratado de un episodio más, como otros tantos, en ese antiguo tira y afloje de presiones y concesiones entre enemigos obligados a la vecindad; o porque, en una lectura más optimista, puede estar mostrando un cambio en la disposición de las piezas para encauzar una salida al laberinto árabe-israelí.

CÁMARA DETENIDA

En esa estrecha lengua de tierra bañada por las últimas aguas orientales del Mediterráneo, nadie baja los brazos ni la mirada. Todo es tensión, permanentemente. Cuando el viajero llega a Tel Aviv, se encuentra con una ciudad occidental, casi europea, donde es difícil encontrar huellas del más profundo conflicto ideológico, comunitario, político, religioso y estratégico de la región. Sin embargo, apenas se deja la ciudad capital, la tensión comienza a palparse en las expresiones, en las actitudes, y en todos los rostros, se cubran la cabeza con el pañuelo de la “kafiya” o el gorrito de la “kipá”. El martes de esta semana se vivió, a uno y otro lado de esa frontera imaginaria y brutalmente real que separa a árabes de israelíes un día de fiesta, y este dato no es, para nada, una cuestión menor. Generar actos que descompriman la tensión permanente con que se afronta la cotidianidad puede ser una de las políticas públicas más inteligentes, en aras de la creación de condiciones anímicas de entendimiento.

Y fue una fiesta aprovechada por todo el gobierno conservador de Benjamín –Bibi- Netanyahu, la prensa israelí, los colonos, el Ejército –la institución básica de la supervivencia judía- y las familias de los soldados. En Israel el servicio militar es obligatorio para todo ciudadano, independientemente de su sexo o condición, y dura tres largos años (en el caso de las mujeres, dos); y para el Ejército es innegociable el principio de no dejar a un solo soldado atrás: lo necesita para garantizar ese largo servicio militar y la lealtad de los conscriptos, que saben que serán rescatados a cualquier precio. Inclusive las familias que tienen un solo hijo, deben firmar un documento que autoriza a la fuerza armada a trasladar a su vástago a zonas de combate. En ese entorno, el abrazo del soldado Gilad Shalit con su padre, Noam, fue la primera imagen de la atípica jornada. La cámara volvería a detenerse para retratar, del otro lado del muro, la llegada de los colectivos con los presos liberados (477 en esta primera etapa, a los que seguirán otros 550 en unas semanas) a tierra palestina.

Han sido tantos los años de luchas y de negociaciones, de progresos y retrocesos, que aquel clima de tirantez y sospecha al que me refería recién, también ha teñido todo proceso de diálogo entre ambas partes. Por eso nadie informó de que se estaban desarrollando tratativas para el canje, toda la negociación se mantuvo en una estricta reserva de secreto de Estado, y los buenos oficios desplegados por las diplomacias de Alemania y de Egipto –terceras partes involucradas en el intercambio- respetaron ese modus operandi. Por eso el anuncio fue sorpresivo, y contribuyó a la fiesta. Con las primeras luces del alba del martes 18 de octubre, desde algún lugar de Gaza salió un coche 4×4, rodeado de docenas de milicianos armados hasta los dientes y cubiertos de pasamontañas y pañuelos, que sólo dejaban al descubierto las pupilas negras. Ese contingente se acercó al paso fronterizo de Rafah, y del 4×4 salió un delgadísimo muchacho de 25 años, tras pasar una quinta parte de su vida como rehén de las guerrillas islamistas palestinas. Ojeroso y con aspecto de cansado, los mediadores egipcios sin embargo lo encontraron bien, sano y cuidado, y hasta lo expusieron a las cámaras de televisión para un primer reportaje, antes de que los servicios de inteligencia israelí, el Mossad, lo entrevistaran. Shalit dijo a las cámaras de la TV Nilo que lo habían tratado bien, y manifestó su confianza en que el canje de prisioneros (deseó inclusive que todos los presos palestinos fueran liberados) ayudara a alcanzar la paz. Después, el joven fue conducido por los mediadores egipcios al paso fronterizo de Kerem Shalom y entregado al Ejército israelí, quién se apresuró a volver a vestirlo con el uniforme marrón y a colgarle sus novísimas charreteras de sargento. Luego de la entrevista, ahora sí, con el Mossad, lo embarcaron en un helicóptero, y en la base militar de Tel Hof, cerca de Tel Aviv, lo recibió el primer ministro, y la cámara se detuvo con el esperado abrazo a su padre. Desde ahí todo fue fiesta, aunque discreta.

Sin ningún tipo de contención, en cambio, hacia el mediodía el parque central de Gaza rebosaba de gritos, música, las banderas verdes de Hamas, y unas 200.000 personas que habían llegado desde los rincones más remotos de la Franja, para recibir a los liberados, como auténticos héroes. Ismail Haniya, líder de los islamistas y gobernante de facto de Gaza, abrazó uno a uno a los liberados. Faltaban algunos: los que fueron conducidos a Cisjordania directamente, y aquellos a los que se obligó al exilio. Pero nada detuvo la fiesta, porque aquí era fiesta y era victoria.

Porque, si bien los líderes de Hamas –incluyendo al propio Haniya- sostuvieron que la alegría era la de todos los palestinos, objetivamente hay que acordar que la victoria de los islamistas conlleva el relativo fracaso de la vía negociadora impulsada por Al Fatah, la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y, en última instancia, por el primer ministro Mahmmoud Abbas. Inclusive tiendo a pensar que la ocasión elegida por Netanyahu para acceder al canje tiene que ver con el gambito diplomático de Abbas, de presentar el pedido del reconocimiento del Estado Palestino a las Naciones Unidas. El canje de 1 por 1.000 puede venir a reforzar la apreciación, entre los árabes, de que la burocracia de la Autoridad Palestina, con sus planes de negociación que nunca llegan a ningún puerto y que ni siquiera logran detener la colonización judía en los territorios ocupados, en menos eficiente que las vías que propugna Hamas, aunque éstas impliquen violencia y rotundo desconocimiento a la potencia ocupante.

LOS DILEMAS DE BIBI

Netanyahu ha tomado esta decisión en un entorno crítico. Una parte de su gobierno (el canciller Avigdor Lieberman; la derecha del Likud; y los partidos religiosos ortodoxos) se negaba rotundamente a ningún acuerdo con el enemigo. Pero, como ex soldado, conoce la ley no escrita de que el Ejército no deja a nadie atrás, ni siquiera a los cadáveres; y que un golpe militar de comandos judíos en Gaza para rescatar a Gilad estaba fuera de las posibilidades actuales (Bibi tiene, por cierto, un hermano muerto en una operación de rescate en Entebbe, Uganda, en 1976).

Además, el abrumador respaldo de países del mundo a la solicitud palestina de reconocimiento por la ONU ha extremado la soledad de Israel. Bibi dice públicamente que está dispuesto a retomar las negociaciones con Mahmmoud Abbas, pero al mismo tiempo le quita legitimidad al sostener que no representa a todos los palestinos. En este sentido, el fortalecimiento de Hamas termina beneficiando indirectamente al gobierno de Tel Aviv, porque aumenta la debilidad de Al Fatah en la interna árabe.

Por otra parte, en los más de mil liberados, se sueltan presos políticos pero también terroristas, con varias condenas en firme por sangrientos atentados contra civiles, que podrían volver a las armas.

Finalmente, ha terminado accediendo al canje, porque la ausencia del soldado Gilad Shalit era un símbolo más gravoso para la conciencia colectiva israelí que la liberación de los prisioneros palestinos. Pero esa decisión puede convertirse en un aliento a nuevos secuestros de soldados: ya el martes se pedía, en Gaza, “queremos más Shalits”. A lo que Bibi respondía: “seguiremos luchando contra el terrorismo”.

En definitiva, una jornada de relajación de tensiones y de fiesta, pero nada que ver con la verdadera búsqueda de la paz.

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Los palestinos llegan a la Asamblea General (16 09 11)

El pedido de reconocimiento del Estado Palestino llega a la ONU

Mayoritaria aceptación mundial. Estados Unidos adelantó que vetará la decisión

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La dirigencia de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) parece haber llegado a la conclusión de que las promesas de apoyo formuladas por el presidente estadounidense Barack Obama han sido postergadas en las listas de prioridades, y han decidido impulsar el reconocimiento de su Estado ante la Asamblea General de la Naciones Unidas.

En oportunidad de la última campaña electoral, el entonces candidato del Partido Demócrata aseguró que la paz en Medio Oriente se aseguraría permitiendo que el pueblo palestino estableciera su entidad soberana, en pie de igualdad con los países de la región, y que ese resultado sería consecuencia de las negociaciones de paz con Israel.

Luego, en los primeros tramos de su Administración, Barack Obama delineó los principales capítulos de su agenda exterior en el discurso en la Universidad Islámica de Al Azhar, el 4 de junio de 2009 en El Cairo. Allí remarcó que los Estados Unidos pretendían establecer un marco de cooperación con los países islámicos, donde se ubicó el apoyo a la soberanía de los palestinos, que se mantienen en un limbo jurídico desde la creación del Estado de Israel y la ocupación de su ejército de los territorios que las Naciones Unidas habían determinado para la comunidad árabe en las tierras entre el Mediterráneo y el río Jordán.

Pero, a pesar de estas posturas del jefe de la Casa Blanca, el fuerte lobby judío de Washington y la intransigencia del actual gobierno conservador israelí presidido por Benjamín Netanyahu fueron frustrando los sucesivos intentos de reanudación de las conversaciones entre ambas partes bajo el auspicio de los estadounidenses.

La coalición de partidos conservadores que ocupa el Poder Ejecutivo en Israel se permitió inclusive algún sonado desplante, como el de anunciar la construcción de nuevos asentamientos en los territorios ocupados el mismo día en que el vicepresidente norteamericano Joe Biden aterrizaba en Tel Aviv para respaldar el proceso de paz.

La compleja situación de la retirada de las guerras en Irak y en Afganistán también desplazó la cuestión palestina de la agenda del Departamento de Estado, y la “primavera árabe” iniciada en enero de este año en el Norte de África, junto a la participación de la OTAN en el derrocamiento del régimen libio de Muhammar el Khaddafi, terminaron dejando el contencioso fuera de trámite.

Ante este escenario, el jefe de la ANP, Mahmmoud Abbas, desde los cuarteles provisorios de Ramallah (la “Mukata”) lanzó una ofensiva diplomática, para presentar la solicitud directamente ante la Asamblea General del mayor organismo multilateral del mundo, que habilitará sus sesiones ordinarias la próxima semana.

La respuesta internacional al reclamo palestino encontró gran eco, y son muchos los países que comprometieron su voto positivo si la demanda de los árabes es presentada.

Esa reacción, a su vez, provocó la indignación del gobierno israelí, tanto en las declaraciones del primer ministro como del canciller Avigdor Lieberman. En un cambio de roles, Lieberman acusó a los palestinos de querer un Estado propio “limpio de judíos”, y advirtió sobre “consecuencias graves y difíciles” si los palestinos concretan su movimiento.

El importante lobby judío de Washington también reaccionó presionando a la Casa Blanca, y el presidente Obama declaró que la presentación ante la ONU, sin un acuerdo previo con el Estado de Israel, sería “extemporáneo”.

Estados Unidos no tiene capacidad para frenar una proposición de este tipo en el pleno de la Asamblea, pero Obama advirtió que, si llega a darse, Estados Unidos utilizará su poder de veto en el Consejo de Seguridad para frenar la aceptación del Estado Palestino como miembro pleno.

En todo caso, la diplomacia norteamericana estaba ayer realizando gestiones de última hora para intentar disuadir a los árabes: el emisario de Obama para Medio Oriente, David Hale, y el consejero especial del presidente, Dennis Ross, estaban en Ramallah para reunirse con Abbas.

Desde la Mukata, en todo caso, confirmaron que el pedido de membresía plena sigue adelante.

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Sudán del Sur: un país, una esperanza (15 07 11)

Sudán del Sur: un país, una esperanza

por Nelson Gustavo Specchia

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En la mañana de ayer, la Asamblea General de las Naciones Unidas admitió, por aclamación, el ingreso de Sudán del Sur. El trámite, cargado de simbolismo, completa los procedimientos formales del nacimiento de un nuevo país, el número 193 del mundo, por la única vía que permanece y es admitida en estos días nuestros, tan modernos, racionales y felizmente alejados de bendiciones divinas en los asuntos políticos: la aceptación de los pares.

Como no me canso de decir cada vez que tengo oportunidad, las secesiones de partes de unidades territoriales y el advenimiento de nuevos Estados fundados en diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas o de cualquier otro tipo de particularidad cultural, no son buenas noticias. Las pretensiones de formación de países cuyos límites coincidan con los del grupo dominante y excluyan a los demás, son rémoras de los viejos discursos nacionalistas que se fraguaron durante los siglos XVIII y XIX, al calor del nacimiento de los “estados-nación” sobre las ruinas de los proyectos imperiales. Discursos que terminaron eclosionando hacia mediados del siglo XX en la mayor locura genocida y totalitaria conocida por el hombre. El colapso europeo fue la consecuencia del nacionalismo llevado a su extremo, y no terminó con la derrota hitleriana, sino que, por el contrario, permeó toda la guerra fría, el maccarthismo estadounidense, e inclusive las dictaduras latinoamericanas que se extendieron hasta entrados los años ochenta. No son fenómenos de la historia distante, digo, sino un condicionamiento de nuestra contemporaneidad, contra el cual hay que estar muy alerta siempre, apoyando acciones que tiendan a fortalecer sociedades inclusivas e igualitarias, donde a los “otros” –la radical otredad de todos los diferentes- no se los expulse sino se los integre, y los Estados sean ámbitos de realización de los proyectos de vida buena de cada uno, en un entorno de diversidad y tolerancia.

LA PAZ COMO LÍMITE

Pero, teniendo lo recién anotado como parámetro general, se impone la pregunta de qué postura asumir frente a dos comunidades que fueron forzadas a vivir dentro de la misma circunscripción, y entre las cuales –por su historia y carácter- la coexistencia sólo se presenta como problema. Un problema que, cuando además se agrega la repartición desigual de materias primas y recursos energéticos, no tarda en derivar en violencia a gran escala. Y éste, pensamos, ha sido el caso de Sudán. Por eso aquellos principios generales pierden capacidad explicativa en este caso, y debe admitirse que la partición del Estado sudanés –el más grande de África- en dos países, ha sido la mejor solución a un viejo y triste problema. Un problema, además, de cuyas causas los sudaneses –tanto los del Norte como los del Sur- no fueron responsables, porque le fue impuesto por agentes externos.

Cuando la potencia colonial británica se retiró en 1956, la ex metrópoli impuso la convivencia en un único Estado de las dos entidades sociales distintas que habían estado bajo su dominio imperial. Las poblaciones nómadas del desierto de la mitad Norte, trigueños de raíz árabo-egipcia y religión islámica; junto a los pueblos (más de 500 tribus, con unos 100 grupos lingüísticos diferentes) de la mitad Sur, un territorio selvático y tropical, de gentes de piel negra que conservaba la fe cristiana desde los bíblicos tiempos de Nubia (evangelizados hacia el año 300 de nuestra era). La forzada convivencia entre esas dos entidades sociales sin prácticamente ningún punto de contacto –salvo la común dependencia del río Nilo- terminó decantando en una sangrienta guerra civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y no se detuvo hasta el año 2005.

Esa larga guerra dejó más de dos millones de muertos y cerca de cuatro millones de desplazados, según los cómputos de la ONU, y un odio en la sangre que parecía difícil de conjurar alguna vez. Sin embargo, los acontecimientos de estos días parecen contener elementos para la esperanza. Los acuerdos del armisticio de 2005 preveían la convocatoria a un referendum, para que la población negra del Sur manifestara su voluntad de secesión. El plebiscito, que se llevó a cabo en enero de este año, arrojó más del 99 por ciento de votos por el SI. Omar al Bachir, el temible presidente sudanés al que la Corte Penal Internacional tiene pedido de búsqueda y captura por el genocidio perpetrado en Darfur, declaró que respetaría el referendum (aunque se reservó la decisión sobre qué hacer con los campos petrolíferos de Abyei y con los rebeldes del Kordofán). Y el nuevo país avanzó hacia su independencia, que declaró formalmente el 9 de julio (compartirá, por ello, la celebración de su día nacional con la República Argentina).

En esta sucesión de pasos y de símbolos, sólo faltaba el ingreso a las Naciones Unidas, ese club que, a falta de un gobierno mundial, funciona como la instancia legitimadora del planeta. En un trámite acelerado, el provisional gobierno sursudanés solicitó el sillón número 193 de la organización el lunes 11, en la primer jornada hábil después de los festejos por el nacimiento; el Consejo de Seguridad recomendó positivamente la admisión el miércoles 13; y ayer la Asamblea General aceptaba (por aclamación, o sea sin ningún voto en contra) el ingreso del nuevo miembro, denominado República de Sudán del Sur.

CONSTRUIR LA ESPERANZA

Todo lo que ha podido verse en los canales de noticias, en las declaraciones de testigos presenciales, en el testimonio de los emigrados que volvían a Juba para unirse a los festejos, en los improvisados funcionarios y hasta en los soldados curtidos por tantos años de guerra, era la manifestación de una fiesta social, de una alegría indisimulable, expresada además con esa capacidad musical para los cantos y los bailes grupales tan propia de los africanos. La independencia que festejan no sólo es la que corta los lazos con el Norte, sino también la que termina el proceso colonialista tras el paréntesis de 1956, e inclusive con la opresión que Occidente –Gran Bretaña en este caso- impuso a las tribus de la selva desde la expansión imperial, el expolio de recursos naturales y el drama de la esclavitud.

Pero tamaña empresa está lejos de ser sencilla. Todo está por hacerse, y desde una perspectiva minimalista y naïf, los detalles ocuparán parte de este tiempo fundacional. Han diseñado una bandera con tres franjas: negra, como la piel de sus gentes; roja, por la sangre derramada por cientos de miles en la larga guerra; y verde, como la selva que los rodea; las tres cruzadas por un triángulo azul, como las vitales aguas que aporta el Nilo; y en el centro del triángulo una estrella, que dibuja la unidad de las tribus que se unen en la nueva república. Tienen un nuevo himno; un nuevo prefijo telefónico; una nueva moneda (que posiblemente se llame “libra sursudanesa”); nuevos documentos; nuevos nombres para las calles y las plazas.

Cuando pasen los festejos y los detalles del parto, habrá, además de éstos, que ocuparse de cuestiones estructurales que hagan sostenible a la nueva entidad política, y esas ya no están tan claras. El nuevo Estado, que se ubicará en los últimos lugares de todas las listas de desarrollo humano, comprende una superficie de 640 mil kilómetros cuadrados (unas cuatro veces Uruguay, por ejemplo), y aloja a unos 9 millones de habitantes. De ellos, desperdigados por esas vastas planicies, más del 90 por ciento sobrevive por debajo de la línea de pobreza, con apenas $ 2 al día, en promedio. Su índice de mortalidad materna es el peor del mundo, y un niño de cada 10 no alcanza a cumplir el año de vida. Juba, la capital y única ciudad del nuevo país, tiene apenas una docena de calles asfaltadas, no tiene agua corriente ni cloacas, la luz eléctrica se reduce a un número muy limitado de edificios, y las chozas con cabras y vacas ocupan buena parte de los espacios públicos.

Y estas condiciones tan precarias coexisten con los pozos de petróleo que alojan más del 75 por ciento de los 500.000 barriles de crudo diario que exportaba el Sudán unificado hasta esta semana. Los pozos están en el Sur, pero las refinerías, los oleoductos y los puertos de salida, en el Norte. Ese “otro” país, hermano y enemigo, con el que a partir de ahora comparte la frontera más larga de África.

Hará falta mucha imaginación, paciencia y cintura política para construir este camino iniciado con tanta esperanza.

 

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[ publicada en la columna “Periscopio”, suplemento Magazine del diario HOY DÍA CÓRDOBA, viernes 15 de julio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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Egipto, la revolución del presente (04 02 11)

Egipto, la revolución del presente

por Nelson Gustavo Specchia

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Octavio Paz, el poeta y el pensador de México, solía clasificar los alzamientos sociales en revueltas y revoluciones. Firmemente parado en la modernidad, Paz sostenía que las revoluciones sólo eran aquellos cambios violentos de sistema político, inspirados en los acontecimientos de la Francia de 1789, que buscaban la implementación de un gobierno republicano –liberal o socialista- y que se inspiraban en el grueso tallo del árbol intelectual y filosófico de Occidente.

Así, decía el poeta, en América latina hemos vivido sucesiones de revueltas, pero muy pocas revoluciones. Pero los grandes ensayos de Octavio Paz, como El laberinto de la soledad, El ogro filantrópico ó Tiempo nublado, donde desarrolla estas ideas con mucha extensión, son textos de los años ochenta del siglo pasado, antes de que el muro de Berlín cayera y los particularismos culturales, que habían permanecido aplastados por las pesadas losas de un mundo bipolar, emergieran con una fuerza inusitada.

Entre los cambios de paradigmas que el mundo viene experimentando desde entonces, también los conceptos mediante los cuales intentamos aprehender la realidad social y política que nos circunda han tenido que flexibilizar sus bordes y sus límites, incorporar nuevos elementos y situaciones, y adecuarse a unos escenarios mucho más complejos y cambiantes, para mantener su capacidad analítica y explicativa. El concepto moderno de revolución ha sido, creo, uno de los más afectados por estas realidades emergentes. La revolución del presente ya tiene muy pocos elementos comunes con la Revolución Francesa, aquel modelo primigenio.

Egipto, también en este punto, ilumina las nuevas modalidades de transformación política. El alzamiento popular y espontáneo que vive el gigante país africano desde hace un par de semanas, si bien quedaría fuera del tradicional concepto de revolución moderna, no podría calificarse de otra manera sin descuidar aristas vitales en el análisis. A su manera, el alzamiento egipcio es una revolución con todas las letras. Y como toda revolución, su final, de momento, permanece abierto.

En ese frente incierto de tormenta, hay dos elementos que giran en torno al eje de salida de la crisis política. Algunos de estos elementos son de vieja data, que se arrastran desde el fondo más profundo de la cultura egipcia; otros elementos son novísimos, que han estado al mismo tiempo entre los pasillos que permitieron que la revolución llegara hasta donde ha llegado, y que también constituyen uno de sus productos.

Habrá, claro, muchos otros, pero yo identifico a estos dos como los factores más críticos en este momento de desarrollo de la revolución: me refiero al substrato árabomusulmano del Islam político que permea una porción importante de la sociedad egipcia; y al rol del entramado comunicacional por internet y el súbito acceso de miles de egipcios –sobre todo jóvenes- a las redes sociales.

Entre estos dos elementos se mueven, como las fichas de un juego de táctica y estrategia, los actores externos que tendrán un rol neurálgico en el rumbo que finalmente adopte la salida de la revolución. Desde los intereses norteamericanos a los de la Liga Árabe; desde la vigencia del tratado de paz entre Egipto e Israel a las posturas de la diplomacia comunitaria europea; desde el fino cristal de la frontera terrestre con la franja de Gaza que comunica con toda la cuestión palestina; desde el “contagio” del entorno en el Magreb africano al paso petrolero por el Canal de Suez; desde las líneas telefónicas privilegiadas con las plutocracias petroleras del Golfo hasta las relaciones especiales con Turquía; desde la tradicional amistad de El Cairo con la casa reinante en Jordania hasta la fluida comunicación con la Siria de los Asad. Demasiadas fichas, todas vitales, moviéndose juntas por los mismos casilleros.

La hipótesis de la islamización

En el medio de ese delicadísimo equilibrio de poderes e intereses, el primer elemento que surgió con fuerza al analizar la revolución egipcia fue el supuesto riesgo de una deriva teocrática e islámica del alzamiento popular. Durante los primeros días, una posible salida “a la iraní” era la línea recurrente en los análisis internacionales, especialmente en la prensa estadounidense y, con mucho más énfasis, en las columnas de opinión de diarios israelíes.

Los Hermanos Musulmanes, la cofradía religiosa fundada en Egipto por Hassan el Banna en 1928, y dedicada fundamentalmente a la asistencia social a las capas más humildes de la población, tiene, sin duda, un alto predicamento en todo el cuerpo social de este inmenso país de ochenta millones de habitantes. En cálculos muy aproximados, se estima que un tercio de esta población podría adherir a posturas o a dirigentes avalados por los Hermanos Musulmanes, especialmente en una situación de tensión social.

Pero las argumentaciones que intentaban asociar a esta organización con Al Qaeda (que fue, por cierto, el discurso sostenido por el gobierno de Hosni Mubarak para mantenerla proscripta), o aquellas que la comparan con los sectores teocráticos que terminaron cooptando la revolución iraní de 1979 tras el derrocamiento del shah Mohammed Raza Pahlevi, han ido perdiendo fuerza con el transcurso de los días, a medida que se conocían detalles y los verdaderos alcances de la organización. En esta línea, el artículo “La Hermandad”, firmado por Pepe Escobar y publicado en este diario ayer (HDC, 03/02/11) ofrece elementos esclarecedores.

Para Escobar, los sectores islamistas del substrato cultural egipcio, lejos de la experiencia iraní, están comprometidos con una salida laica y republicana de la revolución. Su ámbito de actuación principal son las mezquitas y los hospitales, y han llegado inclusive hasta las organizaciones sindicales y profesionales de los sectores más deprimidos. Los islamistas egipcios no ocultan su vocación política, y tanto por su peso demográfico como por el alcance de su organización, no podrían estar ausentes de ninguna hipótesis de salida del alzamiento contra Mubarak. Y aunque Escobar también anota que para los Hermanos Musulmanes “un Estado islámico no está en conflicto con la democracia”, este tipo de planteos quedarían postergados para un segundo momento, luego de que una transición laica haya reestructurado el gobierno y la constitución del Estado.

La hipótesis de una islamización “a la iraní”, entonces, parece no tener espacio en el futuro inmediato de Egipto. Aún así, también hay que tener presente que un futuro gobierno con los Hermanos Musulmanes como factor clave, seguramente dejaría sin efecto el acuerdo de paz con Israel. Y este acuerdo es el principal elemento para el equilibrio regional en Oriente Próximo.

El apoyo de la aldea global

El segundo elemento crítico en los escenarios de salida de la revolución es el que conforma el entramado comunicacional, con la confluencia de internet, los videos colgados en la red en tiempo real, las redes sociales, los teléfonos celulares y los canales de televisión.

La larga permanencia de las autocracias árabes se asentaron en varios pilares, uno de ellos fue, sin duda, la cerrazón frente al mundo, la baja o nula interacción (sólo limitada a una élite exclusiva y minoritaria) con otras realidades extra muros. La irrupción del mundo exterior le quita una de las columnas pétreas en que las tiranías del mundo árabe encontraban sustento desde los procesos de descolonización de mediados del siglo pasado.

Según explica el sociólogo Manuel Castells, este novísimo elemento irrumpe en las estructuras anquilosadas de las autocracias siguiendo una pauta común: un suceso extra-ordinario en la vida rutinaria (como fue el suicidio a lo bonzo del tunecino Mohammed Buazizi, cuando la policía le destruyó su carrito de venta de frutas) despierta la indignación social, que viene sostenida y acallada por la represión policial desde tiempo atrás. Ese estado individual encuentra su réplica en otros, y desencadena manifestaciones grupales, que siguiendo el guión represivo clásico de las dictaduras, son desarticuladas por los cuerpos policiales.

Pero la novedad es que ahora esa represión se sube inmediatamente a la página de videos de YouTube en internet, y esas imágenes de la represión y los mensajes de protesta que la acompañan duplican espontáneamente la protesta. Luego, las imágenes captadas por los teléfonos móviles de los propios movilizados llegan hasta medios de comunicación que están fuera del área de control oficial (como ha sido el caso de la agencia qatarí de televisión Al Jazeera en estos días), que retrasmite por los canales de la web a todo el mundo.

Cuando los usuarios de internet toman conocimiento de la movilización, los videos de la represión y los mensajes de protesta, se activan las redes sociales, los mensajes de texto, los “hashtags” de Twitter y los grupos de Facebook, entre otras redes menores, y ese sistema de comunicación interactiva y en tiempo real ya no puede ser controlado por nadie. Sin cabezas visibles y sin centro, funciona con eficacia y burla cualquier censura.

En Egipto, inclusive cuando el régimen de Mubarak decidió cortar la cobertura de la telefonía celular y los accesos a internet, los cyberactivistas de todo el mundo se organizaron para ofrecer vías de acceso alternativas a los movilizados de El Cairo. En las dos semanas que dura la revuelta egipcia, el crecimiento de usuarios de redes sociales ha crecido exponencialmente, día a día.

Las comunicaciones soñadas para el futuro ya son las herramientas de la revolución del presente.

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Gestos hacia el Islam (11 11 10)

OBAMA CRITICA A ISRAEL EN EL MAYOR PAÍS MUSULMÁN DEL MUNDO

Las construcciones israelíes en Jerusalén en el centro del cuestionamiento

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En su gira por Oriente, el presidente estadounidense Barack Obama relacionó las nuevas modalidades de diálogo con el mundo musulmán, con una alusión crítica a la predisposición israelí al diálogo con la Autoridad Nacional Palestina, en el proceso de paz que la Administración norteamericana alienta desde agosto pasado.

Tras visitar la gran mezquita Istqlal, junto a su mujer, Michelle Obama, cubierta por un velo, el jefe de la Casa Blanca utilizó la cátedra de la Universidad de Indonesia para enviar un mensaje de alto contenido simbólico al mundo musulmán desde la capital del país que acoge el mayor número de habitantes de esa confesión religiosa en el mundo.

Obama, como hizo en el histórico discurso de El Cairo de junio de 2009, al inicio de su período presidencial, volvió a insistir en que su país “no está en guerra con el Islam”, sino con la banda terrorista de Al Qaeda, e inclusive instó a los musulmanes de bien a unirse a los norteamericanos en esta lucha. “Aquellos que quieren construir no pueden ceder terreno a los terroristas que sólo buscan destruir. Esta no es una tarea únicamente de Estados Unidos”, manifestó.

A pesar de que el líder demócrata no ha conseguido grandes progresos en esta línea de política exterior, afirmó que está dispuesto a insistir en ella, aunque no genere demasiadas adhesiones ni dentro de su propio país –como lo demostró la reciente derrota en las elecciones legislativas de mediados de mandato- ni en los principales países islámicos cuyas relaciones intenta mejorar.

Obama afirma, sin embargo, que el camino debe profundizarse: “nuestros esfuerzos han sido honestos y continuos, no hemos derribado todos los prejuicios, pero estamos en el camino correcto”, manifestó.

Y en este punto aprovechó para referirse a la reciente decisión del gobierno israelí, de permitir 1.300 nuevas construcciones en el sector oriental de la ciudad de Jerusalén, el barrio árabe que los palestinos reivindican como la capital de su país.

Entre esos obstáculos que quedan, Obama reconoció que algunos son “enormes”, precisamente como los de Oriente Medio. Obama afirmó que en esta región “nos encontramos frente a partidas y retrasos, pero hemos perseverado en nuestra búsqueda de la paz. Israelíes y palestinos reanudaron conversaciones directas”, aunque “no debemos hacernos ilusiones sobre el hecho de que la paz y seguridad llegarán fácilmente. Pero no existen dudas: hacemos lo mejor para obtener un resultado que sea equilibrado y que satisfaga a las partes comprometidas de modo que dos Estados, Israel y Palestina, vivan próximos en paz y seguridad”, agregó Obama.

APELACIÓN EN LA ONU

El presidente de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), Mahmmoud Abbás, declaró ayer que su gobierno pedirá una reunión de urgencia del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), tras conocerse la decisión israelí de otorgar 1.300 autorizaciones de construcción de viviendas en la zona de Jerusalén Este.

Aunque desde Washington la secretaria de Estado, Hillary Clinton, sostuvo que el proceso de paz entre palestinos e israelíes todavía puede salvarse, el portavoz de la ANP descartó cualquier posibilidad de continuación de las negociaciones directas si no hay una retractación de la decisión de Tel Aviv.

La política colonial de Israel, que el presidente Barack Obama criticó desde Indonesia, puede volver todo el proceso de paz a foja cero.

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Vargas Llosa, la dimensión política de un Nobel (08 10 10)

Vargas Llosa, la dimensión política de un Nobel de Literatura

por Nelson Gustavo Specchia

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Leí “La guerra del fin del mundo” en Santiago de Chile, en el invierno de 1989. Los vientos llenos de agua del Pacífico chocan con la cordillera y largan la gota fría en esa temporada de lluvia y estío, de días cortos y noches que calan la humedad en cuentas largas. Hasta ese invierno tan duro y tan triste de mi vida, había leído poca cosa de Mario Vargas Llosa, el escritor peruano nacido en Arequipa el 28 de marzo de 1936, y a quien la Academia Sueca acaba de galardonar con el Premio Nobel de Literatura.

Yo no había leído mucho de su obra, pero para fines de los ochenta ésta ya era vasta y cuantiosa, y seguiría aumentando desde entonces para rondar, mientras escribe hoy una nueva novela (“El sueño del celta”, cuyo lanzamiento está previsto para noviembre) el medio centenar de títulos, entre teatro, poesía, narrativa, ensayo, crítica y crónica periodística.

Una obra tan vasta se estructura comenzando muy temprano y muy decididamente, y Vargas Llosa hizo ambas cosas. Su primer libro se editó cuando tenía 16 años; “La ciudad y los perros” lo catapultó a la fama con apenas 27; dos años después llegaría “La casa verde”, en 1965, y en otros dos “Los cachorros”. Para cuando cumplió los treinta años, el peruano era un escritor mundialmente reconocido, e inmerso, de lleno, en ese maremoto de las letras latinoamericanas que dio en llamarse “el boom”.

Todos los escritores del “boom”, como hijos de su tiempo al fin y al cabo, ya sea por acción o por omisión tuvieron una importante presencia en la escena política de América latina –desde García Márquez a Onetti, desde Neruda a Borges, desde Cortázar a José Donoso, de Octavio Paz a Benedetti- y Vargas Llosa no quedó fuera de esa ola que impulsaba a los intelectuales a tomar partido por la política y las transformaciones sociales.

Y el otorgamiento del Premio Nobel (hoy a él, ayer a algunos de los otros) también guarda una relación con los roles que cada uno decidió jugar en aquellos años.

LA PROSA DENSA

Decía que aquel triste invierno en que rehuía de la gente y me internaba en los parques de la ribera del Mapocho con el grueso lomo de “La guerra del fin del mundo” bajo el brazo, se abrió ante mí un universo literario que desde entonces me acompaña desde muy cerca. Y –al mismo tiempo- una discusión permanente con su creador: por sus posturas ideológicas tan cerradas, por su manera de leer la realidad política y social de una manera voluntariamente sesgada, por esa costumbre suya de apostar siempre en contra. En contra del camino que tomen las mayorías, en contra de los discursos socialmente inclusivos, en contra de todo lo que huela a popular. Vargas Llosa es, políticamente, un reaccionario que utiliza la parafernalia discursiva del liberalismo para cubrir con esa lana de oveja su verdadera piel de lobo, puro y duro.

Sin embargo, esa postura de ortodoxia liberal fin fisuras, se desdibuja y queda en los márgenes al momento en que uno se zambulle en sus novelas. Aquella “La guerra del fin del mundo” se había publicado en 1981, y tenía, como sus grandes libros anteriores y los que le siguieron (desde “Conversación en La Catedral” hasta “La fiesta del chivo”) la pretensión de la novela “total”, el texto que –desde la libertad de la invención literaria- lograse dar cuenta de ese mundo distinto que se expresa en la singularidad hispanoamericana en estas tierras.

Mario Vargas Llosa vuelve del derecho y del revés las versiones oficiales de los libros de historia, y logra, a través de un estilo muy puro, una estructura interna rigurosa, y unas notas de dolor y de color que salpican cada página, relatar experiencias profundamente humanas, a un tiempo específicamente latinoamericanas e inocultablemente universales. En “La guerra del fin del mundo” toma un capítulo ya casi olvidado de un rincón ignoto del Brasil más secreto y profundo: la masacre de Canudos, que ocurriera en 1896 en los sertones nordestinos, donde unas seis mil mujeres y hombres olvidados en esos bordes remotos de la civilización se levantaron de golpe en una gran marcha alucinada, y terminaron muriendo bajo las balas de los representantes formales de la República, supuestamente la enseña de los derechos de Occidente, de la modernidad tolerante y de la convivencia civilizada.

El crimen de Canudos, aquellas seis mil muertes en un árido y remoto punto de las inmensas extensiones americanas, se vuelve vida en la prosa iluminada por el talento de Mario Vargas Llosa. Los infinitos sertones brasileros tienen su imagen en las cientos de páginas del argumento; la complejidad del heroísmo y testarudez de los campesinos simples tienen su correlato en la estructura de la novela, intrincada y perfecta, construida al detalle. Y esa cuidadosa construcción termina siendo el reflejo formal de la complejidad humana, según puede apreciarse en cada uno de esos personajes que, en su magia y en su llana realidad, en su mística pero también en sus extremos fanáticos, se nos presentan tan latinoamericanos como rabiosamente universales.

Lo que hizo con “La guerra del fin del mundo”, esa pretensión de llegar a una novela vasta y densa que cobijara la visión de todo un continente, ya lo había intentado una década antes con “Conversación en La Catedral”, desmenuzando desde el discurso los intersticios dictatoriales de las formas políticas de América latina (la novela está contextualizada en la dictadura del general Odría); y volvió a intentarlo una vez más con “La fiesta del chivo”, en el año 2000. El régimen autocrático, entre fantasmal y circense, de Trujillo en la República Dominicana, sus excesos y su locura, su lógica interna y sus compromisos económicos, su pasión por los coloridos uniformes entorchados, y, al mismos tiempo, el pavor del generalísimo a mearlos por su poco control de esfínteres, aportan más elementos para la comprensión de ese fenómeno y de ese estadio de la historia continental americana que varios sesudos tratados académicos.

EL VEDETISMO ELECTORAL

Por eso escuece tanto cuando ese escritor genial, de prosa densa, de obra vasta, de talento comprobado, deja la literatura y se sube a la tribuna. Una grada política que, sin excepción, utiliza para defender a los poderosos de la tierra, a las grandes fortunas, y al statu quo.

Él dice que su militancia está enfocada contra los autoritarismos y las corrupciones, las dos lacras que lastran el desarrollo democrático y republicano en América latina. Pero cuando, en sus artículos excelentemente escritos, este paradigma toma forma concreta, los que reciben sus palos y sus diatribas son siempre los mismos. Hoy en la región, salvo los gobiernos del colombiano Juan Manuel Santos y del chileno Sebastián Piñera, todos los demás caen bajo los epítetos gruesos de quien maneja las palabras como instrumentos cortantes.

Su activismo contra, en sus palabras, “el autoritarismo y la corrupción endógena de latinoamérica” ceba sus dardos en Cuba –y contra Fidel Castro el tema ya es personal-; contra la Venezuela de Hugo Chávez; la Bolivia indigenista de Evo Morales; Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. Apenas un escalón más abajo de esos villanos de toda villanía, Vargas Llosa también articula argumentos críticos punzantes contra los “populismos” del Partido de los Trabajadores que ha llevado a un tornero mecánico a ocupar la presidencia brasilera durante los últimos ocho años, o el recalcitrante peronismo argentino, que vuelve una y otra vez a escena, ahora de la mano de un matrimonio presidencial que le provoca más sospechas que otra cosa.

Por eso en los últimos ochenta, cuando yo lo descubría en aquellas húmedas y heladas tardes chilenas a través de sus páginas literarias, Mario Vargas Llosa decidía pasar de la tribuna intelectual a la real, y se postuló para la presidencia del Perú. Justificaba su salto a la arena política en que su persona traería racionalidad y realidad a un ambiente viciado. Alan García, para el escritor, era la imagen del desgobierno al que había llevado al Perú el populismo de izquierda del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana); la guerrilla de Sendero Luminoso era la expresión de la locura a la que la izquierda radical puede empujarnos. Y Alberto Fujimori era la traducción del populismo vacío de ideología. Quizá en esto último no se equivocaba tanto.

Pero lo venció Fujimori. Despechado, Mario Vargas Llosa se fue a Madrid, y tomó la nacionalidad española. Que allá se quedaran los peruanos con sus políticos poco realistas y poco racionales, él seguiría con la literatura. Cada vez que leo un nuevo libro suyo, creo que fue una buena decisión.

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Siguen las negociaciones a pesar de los colonos (30 09 10)

EL PROCESO DE PAZ SIGUE ADELANTE A PESAR DE LAS CONSTRUCCIONES

La Liga Árabe decidirá la próxima semana si mantiene el diálogo con Israel

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La imagen del gobierno conservador israelí de Benjamín Netanyahu es la de un acorazado al que nada ni nadie puede hacer cambiar el curso de su ruta. No alcanzó ni la solicitud del presidente de los Estados Unidos en la tribuna de las Naciones Unidas (ONU). En Nueva York y frente a los jefes de Estado del mundo, Barack Obama pidió a Israel que extendiera la moratoria unilateral que había detenido la construcción de nuevas viviendas de colonos judíos en los territorios ocupados de Cisjordania.

Pero el llamado del líder de la potencia hegemónica en el ámbito de la ONU apenas alcanzó para que Netanyahu pidiera “prudencia” y “sentido común” a los colonos, un colectivo mayoritariamente radicalizado, nacionalista y religioso.

Sin una acción coercitiva del Estado de Israel, la construcción de nuevas viviendas en las tierras ocupadas se reinició apenas el reloj marcó la última hora de la moratoria, que fue celebrada con actos y fiestas por parte de los colonos antes de ponerse manos a la obra nuevamente.

El presidente de la Autoridad Palestina (ANP), Mahmmoud Abbas, ha declarado reiteradamente que sin una extensión de la orden que obligaba a detener la expansión de estos asentamientos ilegales, la continuidad del proceso de paz abierto hace un mes en Washington a instancias de Obama, carecía de sentido.

Sin embargo, en la víspera, tras reunirse en París con el presidente francés Nicolas Sarkozy, Abbas volvió a reiterar la solicitud a Israel (“pedimos la moratoria mientras duren las negociaciones de paz, porque mientras duren estas negociaciones habrá esperanza”, dijo), pero se negó a dar por cancelada la iniciativa y pidió prudencia, “no nos precipitaremos en la respuesta”, solicitó el líder palestino.

La postura de la ANP seguramente mantendrá el canal abierto hasta el próximo lunes, 4 de octubre, cuando la Liga Árabe –el variopinto grupo regional de países musulmanes en que se apoya el gobierno sin Estado de los palestinos- se reunirá para debatir si las negociaciones aún tienen sentido.

En un nuevo paso en la estrategia de Obama, George Mitchell, su enviado especial para Oriente Medio, inició ayer otra gira diplomática en la región para intentar salvar el proceso.

LA PAZ DE LOS OTROS

Como un déja-vu, como una crónica anunciada de antemano, los más antiguos contendientes de un conflicto vigente volvieron a patear el tablero de las negociaciones antes de que las brevas ni siquiera lleguen a estar pintonas.

Abbas había asegurado que si las construcciones seguían, ellos se retiraban de la mesa. Lógico. Si la intención real era llegar a la “solución de dos Estados”, como dicen todos, las cuñas de nuevas casas de colonos judíos (ya hay unos 500.000) dinamitan ese plan desde adentro.

Ya no creo, lamentablemente, que haya lugar para un Estado Palestino, y la otra alternativa, la de un “Estado binacional”, aunque no le guste a nadie, va quedando como la única posible a estas alturas.

Pero las negociaciones siguen: Sarkozy quiere una miniconferencia en París para entrar en la foto, y Obama tiene elecciones legislativas en noviembre. La paz, en los intereses de los otros.

N. G. S.

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Medio Oriente: preliminares para llegar a Washington (30 08 10)

PRELIMINARES DE UNA NUEVA RONDA DE ACUERDOS EN MEDIO ORIENTE

Palestinos e israelíes vuelven a la mesa de negociaciones directas en Washington

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WASHINGTON, TEL AVIV.- A cuatro días de comenzar las negociaciones impulsadas por el presidente Barack Obama, cada actor comienza a mostrar las cartas con las que llegará a la Casa Blanca.

Tras el anuncio de la secretaria de Estado, Hillary Clinton, de la reanudación de negociaciones de paz a partir del 2 de septiembre, y de que en ellas deberán resolverse en el plazo de un año “todas las cuestiones finales”, tanto el gobierno israelí de Benjamín Netanyahu, como la Autoridad Nacional Palestina (ANP) presidida por Mahmmoud Abbas han comenzado a adelantar las posiciones con las que llegarán a Washington.

Netanyahu, que tiene un crítico escenario interno abiertamente en contra de las negociaciones, dijo en la víspera sentirse “optimista” respecto del reinicio de las rondas directas, que se interrumpieron a fines de 2008.

Aunque volvió a ratificar la postura israelí en todos sus términos, y no mostró disposición a cumplir la exigencia palestina de prolongar el cese de construcción de asentamientos en Cisjordania más allá del 26 de septiembre, cuando vence la “moratoria” exigida en su momento por Obama a Tel Aviv. La ANP, por su parte, ya adelantó que romperá las negociaciones de inmediato si Israel sigue construyendo viviendas en territorio palestino tras ese día.

A estos escollos duros hacía referencia Hillary Clinton al insistir en que se toquen los temas de fondo, sin los cuales ninguna negociación puede conducir a algo nuevo en un conflicto que se alarga ya por más de seis décadas.

La Administración norteamericana intentará que se aborde la posibilidad concreta del establecimiento de un nuevo Estado Palestino, la doble capitalidad de Jerusalén, los casi cinco millones de “refugiados” palestinos, las fronteras, y la seguridad y el reconocimiento de Israel por parte de sus vecinos.

En definitiva, los principales protagonistas llegan a la primera ronda de negociaciones con sus preocupaciones particulares: Netanyahu se balancea entre la alianza con Estados Unidos y los apoyos de los partidos religiosos en los que asienta su gobierno de derechas; Abbas hará todo lo posible para que Hamás, que gobierna en la Franja de Gaza, no frustre el proceso; y Obama, que en dos meses se medirá en las elecciones legislativas de mediado de mandato, tratará que su rol de anfitrión de palestinos e israelíes influya positivamente en una posible campaña de reelección para 2012.

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Obama intenta un nuevo proceso de paz (23 08 10)

OBAMA IMPULSA CONCRETAR UN ACUERDO PALESTINO-ISRAELÍ

La Unión Europea, Rusia y las Naciones Unidas avalan un nuevo intento de paz

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Haciendo coincidir prácticamente ambos anuncios, la Casa Blanca ordenó la finalización de los combates en Irak y la pronta reanudación de negociaciones entre israelíes y palestinos en Oriente próximo.

La secretaria de Estado, Hillary Clinton, anunció el viernes de la semana pasada que la Administración Obama impulsará, con el “Cuarteto” (la Unión Europa, Rusia, y las Naciones Unidas) la reanudación de negociaciones de paz entre palestinos e israelíes a partir del próximo 2 de septiembre y en suelo norteamericano.

Los diversos procesos de conversaciones entre ambas partes del más largo conflicto internacional desde la segunda posguerra se interrumpieron hace dos años, a fines de 2008, y Obama ha declarado en varias oportunidades que se abocaría durante su mandato a facilitar el reinicio del proceso.

Además de los buenos oficios del líder estadounidense, la diplomacia conjunta de la Unión Europea al mando de lady Catherine Ashton, se sumó respaldando la convocatoria, a la que asistirán también como invitados especiales dos mandatarios con roles de mediación crítica en la región, el presidente de Egipto, Hosni Mubarak, y el rey de Jordania, Abdullah.

La confluencia y coordinación de políticas exteriores obedece a que las principales cancillerías ya han asumido que los protagonistas directos, tanto el gobierno del premier israelí, Benjamín Netanyahu, como la Autoridad Nacional Palestina presidida por Mahmmoud Abbas, no demuestran una real voluntad de acuerdo y mantienen ambos posturas maximalistas que, en los 62 años que dura el conflicto regional, han frenado todas las oportunidades de alcanzar un acuerdo.

Precisamente por eso la secretaria Clinton aludió en el anuncio que durante esta nueva ronda de negociaciones deberían “resolverse todas las cuestiones finales sobre el estatus”, lo que implica discutir el nacimiento de un nuevo Estado Palestino en el territorio ocupado por Israel, la cuestión de la capitalidad de Jerusalén, y el espinoso tema de los casi cinco millones de desplazados palestinos que se mantienen como “refugiados”.

La postura de la Autoridad Nacional Palestina es que se debe permitir el regreso de esos 4,8 millones de palestinos expulsados de sus hogares y de sus tierras, y que el sector árabe de la ciudad santa (Jerusalén Este) debe ser la capital del futuro Estado. Israel no ha estado dispuesto hasta ahora a permitir ninguna de estas dos condiciones: el retorno de esa masa de población árabe, sumado a la diferencia entre las tasas de natalidad de ambas colectividades, desbalancearía estructuralmente la composición poblacional de todo el territorio, aducen.

Las fronteras entre ambos Estados, la seguridad, y el trato con la facción palestina de Hamás (que gobierna en la Franja de Gaza, pero que no ha sido invitada a las conversaciones) marcarán los puntos álgidos de las negociaciones; pero sin resultados concretos en estos capítulos, el nuevo proceso sólo será una decepción más en un largo y estéril camino.

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Distención en América del Sur (12 08 10)

CAMBIO DE CLIMA POLÍTICO EN LA REGIÓN SUDAMERICANA TRAS LA CUMBRE

Venezuela y Colombia abren un tiempo de distención tras cinco años de litigios

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La reunión entre los presidentes de Colombia, Juan Manuel Santos, y de Venezuela, Hugo Chávez, concertada por el secretario de la Unión Sudamericana de Nacionales (Unasur), Néstor Kirchner, en la estancia de Santa Marta, ha resultado un éxito celebrado en todo el mundo.

Con un retrato de Simón Bolívar como testigo del encuentro, los primeros mandatarios se reunieron a solas, apenas unas horas después de que Santos asumiera la jefatura de la Administración colombiana, y en uno de sus primeros actos de gobierno.

Hacia el final de la tarde de ayer, luego de la reunión personal de los presidentes, y de otros encuentros con participación de Kircher y de los ministros de Exteriores de ambos países, los mandatarios ofrecieron una conferencia de prensa en la que presentaron el documento que prevé los pasos a seguir en el acercamiento bilateral “sobre la base de un diálogo transparente”.

Sin esquivarle al espinoso tema de la guerrilla, que fue determinante para la ruptura final de las relaciones entre ambos países, Santos anunció el compromiso de Chávez de no permitir la presencia de grupos armados en su territorio, compromiso ratificado públicamente por el venezolano: “Hemos patrullado y no hemos conseguido ningún campamento guerrillero, pero ni uno”, dijo; y también recordó que el ejército de Venezuela se ha enfrentado en el pasado a la guerrilla, a los paramilitares y a los narcotraficantes colombianos.

Sobre los principales temas de la agenda bilateral, los mandatarios consensuaron el establecimiento de cinco comisiones de trabajo, que van desde las maneras de saldar la deuda externa venezolana con los empresarios colombianos, acordar la competitividad económica, el manejo de inversión social, las infraestructuras a lo largo de la frontera, y una comisión general para la seguridad binacional.

Desde Brasil a Francia, desde Washington a México, prácticamente todo el arco político internacional saludó la reunión, en tono de satisfacción y tranquilidad. Ecuador, que espera también restablecer pronto sus relaciones con Colombia, expresó su “complacencia”; y la jefa de la diplomacia estadounidense, Hillary Clinton, se pronunció a favor de una “solución positiva” para el largo diferendo entre los países vecinos.

Clinton también felicitó el papel desempeñado por Argentina y por el ex presidente Kirchner a la hora de “alentar una solución pacífica”, y aseguro que su país continuará apoyando estos esfuerzos. El Secretario General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulza, cuyo organismo fue un tanto desplazado por la iniciativa diplomática de la Unasur, expresó su confianza en que se “mantenga y expanda” el espíritu de cooperación surgido en la cumbre de Santa Marta.

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