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Merkel apaga las centrales nucleares (03 06 11)

Merkel apaga las centrales nucleares

Por Nelson Gustavo Specchia

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La canciller demócrata-cristiana alemana, Ángela Merkel, ha pegado una rotunda patada al tablero político internacional esta semana, al dar un giro a todo su gobierno y anunciar que su país, la locomotora económica y productiva de Europa, apagará todos los reactores y renunciará a la producción de energía nuclear antes de 2022.

La catástrofe provocada por el tsunami sobre la central nuclear japonesa de Fukushima, el pasado 11 de marzo, se cobra así la principal “victima” en Occidente, y vuelve a instalar, en el centro de análisis de las estrategias de crecimiento y desarrollo, el debate sobre la energía y sus relaciones con la seguridad, los costos económicos y los impactos medioambientales. Porque a la decisión de la señora Merkel le seguirán, en un seguro efecto de arrastre, las decisiones de muy diferentes gobiernos y administraciones, que estaban hasta esta semana pendientes de la decisión que finalmente adoptara Berlín en el tema nuclear. Este debate ya tradicional en los últimos años, además, volverá a instalarse con especial incidencia en los países periféricos, que fluctúan entre las consideraciones –generalmente opositoras- de sus sociedades civiles a la expansión de centrales atómicas, y la posibilidad de alimentar con energía barata y de simple producción los planes de desarrollo del país. Argentina no podrá escapar de la reinstalación del tema nuclear por parte de la Canciller alemana, y las voces –todavía débiles- que han comenzado a escucharse sobre las condiciones de seguridad de la central cordobesa de Embalse, tomarán seguramente fuerza en los próximos días.

La decisión de Merkel, anunciando ante el Parlamento Federal este lunes 30 de mayo, que Alemania se suma sin fisuras al apagón nuclear mundial, adquiere relevancia si se analiza el proceso que ha seguido esta decisión radical, y el clima de desconcierto que instala en sus principales socios. Porque Ángela Merkel llegó a la Cancillería de Berlín precisamente prometiendo lo contrario, esto es, que el gran país europeo no abandonaría la estrategia energética atómica. Quien había planteado originalmente la posibilidad de ir reemplazando los reactores nucleares, convertidos en el gran cuco tras el desastre humano de la explosión ucraniana de Chernobil en 1986, fue el gobierno de izquierdas presidido por Gerhard Schroder a principios de este nuevo siglo. Los socialdemócratas alemanes, muy condicionados en todas las políticas ambientales por sus socios de gobierno, Los Verdes, terminaron aprobando en 2002 una ley federal que trazaba una paulatina reconversión de las fuentes energéticas, hasta llegar a 2021, cuando se apagaría el último de los 17 reactores atómicos en actividad.

Merkel, en cambio, basó una parte importante de su campaña electoral en criticar este planteo de la izquierda, sosteniendo que encarecería la energía, pondría palos en la rueda a la tasa de crecimiento productivo, y llevaría a la aplicación de mayores impuestos para financiar la instalación de energías alternativas (ya que la baja productividad de éstas conllevaría la necesidad de promoción oficial para subvencionarlas).

El sector empresarial germano cerró filas detrás de Merkel, y ésta obtuvo el gobierno. Inclusive en su segundo mandato, cuando pudo desprenderse del lastre de los sectores más progresistas con los que había tenido que pactar en el primer período y se asoció con los Liberales del FDP, impuso una moratoria en septiembre del año pasado para todas las centrales nucleares. Por esta moratoria, tan resistida por los activistas ambientales, la Canciller amplió en doce años –en promedio- la vida útil de todos los reactores en actividad. Con ello, ninguna usina atómica cerraría sus puertas antes de 2036. Miles de manifestantes salieron a la calle a protestar en las principales ciudades, pero las cámaras empresarias aplaudieron nuevamente la arriesgada apuesta de la mandataria.

VIENTOS DE ORIENTE

Pero entonces llegó el tsunami a las costas japonesas. La ola golpeó contra los reactores atómicos de Fukushima, que comenzaron a filtrar radioactividad hacia el aire y hacia el agua. Y una de las potencias más desarrolladas, organizadas y tecnificadas del mundo demostró que la capacidad de hacer frente a un desastre nuclear excede cualquier posibilidad de gestión política y estratégica. Dos de los reactores de Fukushima han logrado controlarse, al parecer, después de ingentes tareas que han involucrado recursos internacionales, ocasionado desplazamientos de población, y que posiblemente terminen tirando abajo al gobierno japonés: el primer ministro, Naoto Kan, logró ayer sortear por poco la moción de censura presentada en su contra.

Pero la historia no termina, y seguramente Naoto Kan tenga que volver en breve a dar explicaciones al Parlamento. Los responsables de Seguridad Nuclear del Organismo Internacional de Energía Atómica  (OIEA), advirtieron ayer desde Viena que Japón no podrá controlar la central atómica dañada, en el plazo de nueve meses que se propuso desde el gobierno de Tokyo. Los expertos del OIEA reconocieron que la situación general en Fukushima sigue siendo grave: han descubierto que el combustible del reactor 1, y posiblemente también el del 2 y el 3, se fundió en los primeros momentos de la crisis y se encuentra ahora en el fondo de la vasija del reactor, donde se han detectado fugas radioactivas. Las filtraciones y las fugas han afectado especialmente al mar, pero también podrían llegar a contaminar el subsuelo y las aguas subterráneas. Y como si fuera poco, parece que también hay un cuarto reactor con problemas.

Apenas un par de días después de la catástrofe japonesa, unas 60.000 personas salían a oponerse a Merkel y a su moratoria recientemente sancionada. La mayor concentración de protesta se registró en la región de Baden-Württemberg, un tradicional bastión de la derecha alemana, donde los demócrata-cristianos gobernaban sin interrupciones desde hace sesenta años. Merkel acusó el impacto, y al día siguiente de las movilizaciones decretó la paralización, durante al menos tres meses, de la prolongación de la vida útil de las 17 centrales nucleares. Pero la decisión no logró parar el descontento, que fue fogoneado a diario por las ONG y los activistas ambientales. En las elecciones regionales, el 27 de marzo, Merkel fue castigada por las urnas. Su partido, la Unión Demócrata Cristiana (CDU), perdió Baden-Württemberg después de medio siglo; mientras los ecologistas de Los Verdes y los socialdemócratas crecen en todas las circunscripciones electorales.

Contra todo pronóstico, y contra las promesas que ayudaron a instalarla en la Cancillería de Berlín, Ángela Merkel ha anunciado esta semana que apagará la energía nuclear en Alemania, y que comienza la transición hacia la era de las energías renovables en la economía que tracciona Europa, nada menos. El esfuerzo estructural de esta transición (principalmente hacia molinos eólicos, centrales de biomasa y solares) será inmenso; ya lo comparan con el esfuerzo desplegado por Alemania en 1990, cuando la reunificación. Las nucleares cubren hoy el 23 por ciento de las necesidades energéticas de las industrias y de los hogares; el costo de transformación del paradigma eléctrico (desde el tendido de cables hasta el aislamiento de las casas) será enorme.

Austria ya tiene vedado –y por disposición constitucional- la radicación de centrales atómicas en su suelo. Después de Fukushima, también Italia y Suiza han congelado cualquier proyecto de desarrollo energético en base al átomo. Los países subsidiarios de la tecnología alemana deberán, obligadamente, descartar los suyos. Las preguntas, ahora, se centran en qué rumbos tomarán Francia y Reino Unido, que disponen de tecnología propia, y los países en vías de desarrollo. China, especialmente. Pero también la Argentina.

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[publicado en HOY DÍA CÓRDOBA, viernes 3 de junio de 2011]

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en Twitter:   @nspecchia

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¿Y si fuera Serra…? (06 10 10)

EN BRASIL SE DEFINE LA NUEVA COMPOSICIÓN DEL CONGRESO NACIONAL

Continúan las negociaciones en miras a la segunda vuelta del 31 de octubre

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Mientras las planas mayores de los grandes partidos brasileros afinan las estrategias para captar porciones del electorado de los adversarios, la composición del nuevo Congreso resultante de las elecciones generales del domingo pasado le otorga a la candidata oficialista, Dilma Rousseff, una cómoda mayoría de escaños.

El Partido de los Trabajadores (PT) logró arrebatarle a la oposición de centroderecha varias bancas, con las cuales el oficialismo sumará finalmente 402 diputados de un total de 513 de la cámara baja, según las proyecciones conocidas ayer. En el Senado, por su parte, el PT tendrá 55 curules sobre un total de 81.

Si las alianzas entre la primera minoría y los sectores más afines a Lula en el Partido Verde, tercera fuerza a nivel nacional, terminan confirmando a Dilma en la Presidencia, que es la hipótesis más factible tras la primera vuelta electoral, la heredera de Lula tendrá un Parlamento mayoritariamente afín, algo que su mentor no contó durante los ocho años de sus dos mandatos consecutivos.

Luiz Inácio da Silva, Lula, gobernó el gigante brasileño con el colegio legislativo dominado por el arco opositor, mayoritariamente integrado por los socialdemócratas del PSDB. El escenario que le tocó al actual presidente sería idéntico al que tendría que enfrentar el “tucano” José Serra, si los negociadores del oficialismo no tienen la capacidad suficiente para trasladar hacia Dilma los votos de Mariana Silva, y éstos terminan apoyando al candidato opositor; en este caso Serra debería asumir la Presidencia con el Poder Legislativo controlado por el PT.

Esta segunda alternativa –el trasvase de votos “verdes” a los socialdemócratas- es una de las más recurridas en los análisis políticos desde el domingo a la noche, cuando se conocieron los cómputos oficiales y quedó demostrado que la gran sorpresa de esta primera vuelta era el casi 20 por ciento nucleado alrededor de Marina Silva, ecologista, ex ministra de Lula, y que supo captar a una franja importante del voto joven y de los colectivos cristianos evangelistas, estos últimos con peso numérico creciente en Brasil.

La dirigencia del Partido Verde (PV) sigue deliberando sobre la postura que la agrupación tendrá frente al ballottage. Se espera una “neutralidad” (que, en definitiva, terminaría beneficiando al PT), aunque en las últimas horas varios dirigentes importantes han manifestado su preferencia por la alternativa de apoyar a Serra.

El presidente del PV, José Luis Penna, afirmó que dada la mayor “afinidad” de los verdes con los socialdemócratas, en segunda vuelta la opción es apoyar a Serra. En el mismo sentido se expresó ayer el diputado Fernando Gabeira, derrotado el domingo como candidato a gobernador de Río de Janeiro por el PV, “mi posición es apoyar a Serra, no sólo porque me apoyó en Rio de Janeiro sino porque lo considero el mejor candidato”, dijo en la víspera en la ciudad carioca. Gabeira, ex guerrillero como la propia Dilma Rousseff, afirmó que entre los “verdes” es mayoritario el respaldo a la oposición socialdemócrata.

Marina Silva, frente a estas posturas, se ha convertido en la “gran electora” en la segunda vuelta, y para definir la función de árbitro de su agrupación, ha convocado a una convención partidaria para fijar una posición común.

Los principales candidatos, por su parte, han comenzado con movimientos estratégicos: Dilma anunció un cambio respecto de su postura sobre el aborto, que la acercaría a los evangélicos de Marina; mientras que Serra pidió a la justicia electoral cambiar a su candidato a vicepresidente, con lo cual atraería al sector disidentes de los socialdemócratas.

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nelson.specchia@gmail.com

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Todos miran a Marina (05 10 10)

TRAS LAS ELECCIONES DEL DOMINGO BRASIL PREPARA LA SEGUNDA VUELTA

Los negociadores buscan definir el rol de la tercera fuerza del Partido Verde

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Tras la jornada electoral del domingo, en la que un padrón de 135.804.433 electores del gigante brasilero fueron convocados a las urnas, los partidos políticos comenzaron de inmediato a trazar las estrategias de alianzas para enfrentar la segunda vuelta electoral, que definirá al reemplazante del presidente Luiz Inácio da Silva, Lula, en el palacio del Planalto de Brasilia a partir del 1 de enero próximo.

Luego de los cómputos definitivos entregados por el Tribunal Superior Electoral de Brasil, la candidata oficialista del Partido de los Trabajadores (PT) –y elegida personalmente por Lula para sucederlo-, Dilma Rousseff, obtuvo 47.651.434 votos, esto es, el 46,91 por ciento del padrón, quedando apenas a tres puntos de la mayoría absoluta que la hubiera consagrado Presidenta en la primera vuelta, algo que no ha logrado ni el propio Lula en sus dos períodos que ahora culminan.

El principal candidato opositor, el ex gobernador del estado de San Pablo, José Serra, postulante del Partido de la Social Democracia Brasilera (PSDB) obtuvo 33.132.283 votos, o sea el 32,61 por ciento.

Y la gran sorpresa de la jornada fue Marina Silva, del Partido Verde, que con 19.636.359 votos sumó el 19,33 por ciento del padrón, y puede constituir la llave de formación de un futuro gobierno, si los oficialistas del PT no logran articular con ella una coalición para que los votos del Partido Verde se trasladen a Dilma.

Aunque la posibilidad de un apoyo de Marina Silva a Serra fue mencionado en numerosos análisis desde que se conocieron los cómputos, el domingo a la noche, la alternativa es poco probable: la candidata ecologista formó parte de los gabinetes de Lula, y el perfil de sus votantes –jóvenes y urbanos, principalmente- está muy cerca de los apoyos con los que cuenta el oficialismo.

El ballottage, previsto por la ley electoral para el próximo 31 de octubre, concentra a partir de hoy las diversas reuniones en las ciudades de Brasilia, San Pablo y Belo Horizonte. Las reuniones se limitan a las tres formaciones mayoritarias -PT, PSDB y los Verdes-, ya que de los seis candidatos presidenciales restantes, ninguno llegó al 1 por ciento del padrón, por lo que la definición de la segunda vuelta será por movimientos internos en los apoyos a los tres primeros.

TODOS MIRAN A MARINA

Aunque es una hipótesis poco probable, algunos opositores se entusiasman con la posibilidad de sumar los votos de Marina Silva, del Partido Verde, a los de José Serra, con los que el “tucano” superaría a la oficialista Dilma Rousseff.

El Partido Verde de Marina se reunía anoche en San Pablo para plantear las dos opciones que se le abren a la agrupación frente al ballottage.

Los más cercanos a Lula –de cuyos gabinetes Marina formó parte- esperan la neutralidad, lo que favorecería al PT, mientras que otra parte remarca la mayor afinidad de los Verdes con los socialdemócratas del PSDB.

De hecho, el PV fue en alianza con el PSDB en San Pablo, Minas Gerais y Río de Janeiro, e incluso su presidente, José Luis Penna, afirmó en el tramo final de la campaña que en una eventual segunda vuelta la opción Verde era apoyar a Serra.

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Sarkozy se aferra al timón (26 03 10)

SARKOZY SE AFERRA AL TIMÓN

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por Nelson Gustavo Specchia

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Nicolás Sarkozy, el orgulloso y batallador Presidente de la República Francesa, dijo muchas veces que él se ve a sí mismo como el capitán de un velero, timoneando en medio de una tormenta, donde las decisiones deben ser rápidas y arriesgadas, y hay que mover el timón cuantas veces sean necesarias para corregir el rumbo y salvar la nave. El símil marinero hubiera resultado muy productivo para aplicarlo esta semana, luego de que el jefe del Elíseo comandara la peor derrota electoral sufrida por la derecha francesa en medio siglo. Sin embargo, olvidando de pronto ese retrato literario de alta mar, Sarkozy no ha acusado ningún impacto ni ha rectificado ningún rumbo. Por el contrario, se ha aferrado al timón de su gobierno, al anunciar ayer, en la primera comparecencia pública tras la derrota, que ratifica todas las políticas del ejecutivo. Frente a esta obstinación cerrada, es previsible esperar tiempos conflictivos en los dos años que le restan a su mandato, con una oposición de izquierda rejuvenecida y en franco crecimiento; unas divisiones internas dentro del propio arco político de la derecha, que ya ha anunciado el surgimiento de nuevas agrupaciones para discutirle el comando del barco; y una sociedad civil en pie de guerra, con un plan de protestas y huelgas (que comenzarán la semana que viene en las áreas de los transportes y la educación) convocadas por las cinco centrales sindicales francesas.

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¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Por qué esta terquedad, esta postura tan reacia a rectificar los rumbos políticos, tras el voto de censura de más de la mitad de los electores del último domingo? Sin que exista un antecedente doctrinario o ideológico evidente, hay una actitud distintiva en los dirigentes de la derecha: así como la izquierda encuentra una virtud en el cambio, en la adaptación a los escenarios modificados, al acompañamiento un tanto idealista del progreso social; los líderes conservadores parecen encontrar la virtud en la resistencia a las modificaciones de lo establecido, inclusive cuando las señales que provienen desde el cuerpo social indican lo contrario. En la comparecencia de ayer, el Presidente mostraba un rostro cansado, afectado, lejos de ese entusiasmo y cierta algarabía juvenil con que suele acompañar sus anuncios, siempre tan grandilocuentes. Ayer se ciñó a un texto redactado por sus asesores, cuidado hasta en los mínimos detalles, que leyó durante quince minutos –y no permitió ninguna pregunta-, trasmitido por cadena nacional, con voz cansina y en tono monocorde para decir lo contrario de lo que se esperaba de él: que pese a la debacle de las elecciones regionales de los dos domingos anteriores y de que la izquierda ganara en 23 de las 26 regiones de Francia (su partido sólo logró mantener la región de Alsacia en la zona metropolitana, la isla de Reunión en el Océano Índico, y la Guyana, en Sudamérica, ambos territorios franceses de ultramar), mantendrá la política y la economía implantadas por su gobierno en 2007.

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No es la reacción de un estadista, generoso y humilde. Todo lo contrario, su reacción es la del político acorralado por el juego democrático que apela a los suyos, a recomponer la quinta electoral, dando una vuelta de tuerca más a los principios y las acciones caros a los sectores conservadores, para volver a convocarlos en torno a su persona en las próximas elecciones presidenciales, dentro de dos años.

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Sarkozy hace una lectura mezquina: es la crisis económica internacional, y no sus iniciativas de gobierno, las que llevaron a que los franceses se quedasen en sus casas y no fueran a votar en la primera y en la segunda vuelta de las elecciones regionales (el nivel de abstención rondó la mitad de la población en ambos casos, apenas levemente inferior en la segunda vuelta). Y para Sarkozy es esa misma crisis la que abrió el trasvase de votos desde la alianza gobernante de la Unión para el Movimiento Popular (UMP) hacia la extrema derecha del Frente Nacional, que –aunque sólo presentara candidatos en 12 regiones- arañó el 10 por ciento del total electoral nacional. Para volver a convencer a los votantes holgazanes, y recuperar los sectores que se pasaron a la ultraderecha, el Presidente ha decidido aferrarse al timón.

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Así, su mensaje a la Nación tuvo destinatarios concretos, comenzando por los protegidos agricultores y ganaderos de la campiña, que –a pesar de que sus productos son carísimos, ineficientes, e impiden la entrada de agroalimentos desde los países subdesarrollados del sur- constituyen uno de los sectores mimados por los subsidios proteccionistas del gobierno central, y son un tradicional caldero de apoyo de la derecha. La Política Agrícola Común, la menos solidaria a nivel internacional de toda la Unión Europea, volvió a ser esgrimida por Nicolás Sarkozy en su estudiado discurso: “no dejaré morir la agricultura francesa”, les prometió el Presidente.

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Tras los agricultores protegidos, apuntó a la política de seguridad y de inmigración: el gobierno seguirá aumentando los controles, manifestó. Y el Presidente terminó su mensaje delineando la típica agenda conservadora con la afirmación de que sus disposiciones liberales se mantendrán en el plano económico. Su gobierno ya reformó la ley para no aumentar los impuestos a los empresarios que no aceptaran la jornada laboral de las 35 horas; fijó un techo impositivo para los ingresos altos; y puso en marcha el achicamiento del Estado con recortes a las plantas de empleados de la administración, entre otras disposiciones destinadas a reducir el gasto público. A este paquete de medidas las centrales sindicales han asegurado que le harán frente, pero el Presidente insiste en el camino, y anunció que este mismo año emprenderá la reforma de las jubilaciones, alargando la edad de retiro y disminuyendo las prestaciones sociales; también implementará las reformas en lo territorial y en la justicia, donde prevé suprimir a los jueces de instrucción, achicando también el aparato judicial.

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Pero este aferrarse al timón no deja de ser un síntoma de debilidad. Dentro del propio arco de la derecha, el viejo rival del Presidente, el ex primer ministro Dominique de Villepin, ha anunciado la formación de un nuevo partido, para disputarle el electorado conservador. Y desde la oposición, la nueva secretaria general del Partido Socialista francés, Martine Aubry, que se estrenó electoralmente con este 54,67 por ciento del domingo pasado, dijo que era una “victoria sin precedentes”, especialmente considerando que esta nueva mayoría se remontó desde el piso del 16,4 por ciento que los socialistas obtuvieron en las elecciones europeas del año pasado. Ahora, gobernando en 23 de las 26 regiones, y cerrando una alianza con los verdes de Europa Ecología (EE) y con los comunistas del Frente de Izquierda (FI), el Partido Socialista vuelve a colocar a la socialdemocracia como alternativa de poder para saltar al Elíseo dentro de dos años.

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En definitiva, la obstinación de Sarkozy viene a demostrar que la derrota en las elecciones regionales es más profunda aún de lo que se calculó en un primer momento. La Quinta República descansaba en un doble rol ejecutivo: el Presidente francés representaba al Estado, y su figura otorgaba estabilidad a la vida política, cualquiera fuese la coyuntura electoral. El primer ministro, por su parte, estaba atado a la inmediatez de la cotidianeidad. Así, frente a un descalabro como el de la semana pasada, cambiando el primer ministro y el gabinete, el gobierno salía del paso y lograba una continuidad sin mayores dificultades. Pero el ansia mediática y el hambre de protagonismo de Nicolás Sarkozy le han jugado una mala pasada, él decidió ser Presidente y primer ministro al mismo tiempo, ahora no tiene ninguna alternativa a asumir que el golpe de la derrota impactará en su figura.

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Anticipándose a esta tendencia, la bellísima primera dama francesa, Carla Bruni, ha declarado que no desea que su marido vuelva a ser candidato a Presidente en las elecciones generales de 2012, dijo que quiere que Sarkozy se jubile, “tengo ganas de que podamos vivir con cierta paz”, afirmó. Quizás su deseo tenga muchas posibilidades de ser cumplido. En breve.

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nelson.specchia@gmail.com

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