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Presentación de “Tierra y Libertad”, fundación Hillel (02 11 11)

Fundación Hillel Córdoba
La Metro, miércoles 2 de noviembre de 2011

Presentación de “Tierra y Libertad”,

de Ken Loach

por Nelson G. Specchia

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Buenas tardes.

Es un placer estar con ustedes aquí esta noche, disfrutando de buen cine, y seguramente de un buen diálogo, en esta iniciativa de la Fundación Hillel de Córdoba, este ciclo de películas que, además del placer estético, nos despiertan interrogantes sobre las condiciones de convivencia con los demás; este ciclo que sus organizadores han denominado muy ajustadamente “El exterminio del otro”, y aprovecho para agradecer la deferencia de Luciano Griboff al invitarme a sumarme a esta actividad.

Muy ajustadamente, digo, porque precisamente de eso se trata, ese es el contexto del tema en general, y a través de un relato que es al mismo tiempo social y heroico, sentimental y moral, intimista y comunitario, también el tema de la película que acabamos de ver: anular al otro, y con él, al radical cuestionamiento que ese “otro” me impone a mí mismo, ante la negativa de la comprensión y del entendimiento. Una negativa, además, que ciertamente tiene elementos externos que la apoyan, pero que básicamente parte de una decisión subjetiva, interna: la decisión de no entender al otro, de no aceptar su diferencia y de no hacer el intento de convivir con ella es, precisamente, eso, una decisión.

Por eso al buscar, al indagar las causas de esos desencuentros extremos que terminan disparando el exterminio del otro, no hay que perder de vista este elemento, esta carga de subjetividad, de voluntad, de decisión personal, grupal, comunitaria –social, en definitiva- que está en el origen de la acumulación de condiciones que van a terminar desencadenando las tragedias del exterminio. No hay que perderlas de vista, digo, porque al ser subjetivas, productos de la voluntad, se puede trabajar sobre ellas, para cambiarlas, para modificar ese rumbo que, de ninguna manera, es inexorable.

La convivencia y la tolerancia son productos de la cultura, son conquistas de la cultura. Su sostenimiento y manutención, también. Por lo tanto, no podemos caer en el simplismo de achacarle su pérdida, cuando ocurre, solamente a condicionamientos externos, imposibles de controlar mediante la acción volitiva, tanto personal como del colectivo social. No: si se disminuyen, o inclusive se llegan a perder, esos niveles de convivencia y de tolerancia de las diferentes “otredades” que integran un agregado social en un tiempo y en un espacio determinado, la mayor responsabilidad no será de imposiciones forzadas desde fuera del colectivo social, sino a rigideces e incapacidades de la propia cultura, de la propia utilización de las herramientas, de los usos y costumbres de ese colectivo que todos integramos, para haber sostenido y defendido la legítima existencia del “otro”, con su radical carga de cuestionamientos a nuestra segura, cómoda y tranquila identidad.

Por esos solapamientos de la historia, esa partida de dados que a veces se juega en el tablero en el que vivimos, hoy los diarios traen la noticia del fallecimiento –ayer- de Fanny Jabcovsky, a sus jóvenes cien años. Fanny era cordobesa, había nacido en nuestra ciudad en febrero de 1911. De joven, dicen, era una belleza de mujer, inclusive seguía siendo una belleza arrugada y chiquita cuando ya soportaba un siglo sobre sus hombros. Fanny adoptó el apellido de su marido, Edelman, y con apenas 20 años se fue a España, a luchar por la República, en las Brigadas Internacionales contra el golpe de Estado encabezado por el general Francisco Franco, que había conducido a la Guerra Civil. Así que podemos ponerle su cara a uno de esos personajes ficticios que acabamos de ver en la película “Tierra y liberad” hace algunos minutos. Fanny fue una de esas jóvenes, bellas y llenas de vida, que lo dejaron todo y se cruzaron medio mundo para ir a jugarse la vida (y, en muchísimos casos, a perderla) en los páramos españoles, por un ideal político, por un ideal social, y por un ideal personal.

Esos ideales, como lo atestigua el arte (la poesía, las canciones republicanas, las decenas y decenas de novelas sobre esos trágicos años, o el cine, como la cinta de Ken Loach que acabamos de ver) estaban llenos de conceptos como igualdad, justicia, verdad, legalidad, lucha contra la opresión, oposición al fascismo, oposición a la concentración económica en pocas manos, fraternidad entre los hombres, comunitarismo, integración, respeto, horizontalidad… una larga, generosa y profunda lista de intenciones que, en su conjunto, prácticamente parecen reflejar la cara más amable del género humano. Lo mejor de lo que somos, o de lo que podríamos llega a ser.

Pero, paradojas de paradojas, esa gentil proposición de justicia y de verdad, se expresaba con un fusil en la mano, se expresaba matando. O sea, se articulaba exterminando al otro, no integrándolo.

Y aquí, a mi criterio, se encuentra uno de los hallazgos de la cinta de Loach. Porque utiliza, para mostrar esta paradoja, no el lugar más habitual y recurrido del enfrentamiento entre la resistencia –popular y anárquica- de los simpatizantes republicanos con las fuerzas –ordenadas y disciplinadas- del golpismo franquista, sino que se interna en un terreno mucho más pedregoso y antipático. Pero que por eso mismo también es más provocador para invitarnos a reflexionar sobre la voluntad de entendimiento y de aceptación del “otro”, como radical cuestionamiento de nosotros mismos. Ken Loach se mete con las intolerancias al interior de uno de los bandos. Del bando “bueno”, por lo demás. Y eso provoca una picazón tremenda, porque era el bando que esgrimía –y que encontraba su justificación- en aquella generosa y profunda lista de hermosas intenciones.

La Guerra Civil española debe ser uno de los acontecimientos bélicos, políticos y sociales más relevados y novelados de la historia contemporánea. Prácticamente no hay escritor peninsular (o, inclusive, entre los descendientes de aquella generación fuera de España) que no se vea impelido, en algún momento de su carrera, a escribir una página donde la Guerra Civil no se roce, aunque sea tangencialmente. Yo mismo lo he hecho en alguno de mis libros. Y cuando estuve viviendo allá, y tomé conciencia de este fenómeno, hice una pequeña investigación personal (nada rigurosa metodológicamente, por cierto, pero ilustrativa): intenté encontrar a alguien que no se viera a sí mismo ligado, de alguna manera, con la Guerra Civil. Y no lo encontré. Todos, independiente de su generación, condición social, procedencia geográfica, etcétera, pueden hacer alguna ligazón (directa, o familiar, o de amigos, o de conocidos cercanos) con algún evento relacionado con la Guerra Civil y con su consecuencia más rotunda: los cuarenta años de dictadura franquista, que se extendió hasta la muerte del generalísimo, en 1975.

En otra película (“Solos en la madrugada”, de José Luis Garci, de 1978), el personaje de locutor radiofónico que encarna José Sacristán se propone, y le propone a su audiencia, superar los debates que empantanaban en ese momento la Transición, y embarcarse de lleno en un nuevo proyecto de sociedad, en la España del futuro, porque, decía “no podemos perdernos los próximos 40 años hablando de los últimos 40 años”. Sin embargo, se equivocaba, o al menos su personaje era demasiado optimista. Porque la Guerra Civil ha sido tan tremenda, y su continuación en la Dictadura ha marcado tan en profundidad la cultura, que los españoles siguen hasta el día de hoy discutiendo y hablando de aquellos cuarenta años en que el “exterminio del otro” se hizo realidad, a pesar de los 36 años que lleva muerto Franco.

Pero es que todos los días aparece una nueva fosa común, llena de huesos de hombres, mujeres, sacerdotes, niños; cadáveres arrojados en pozos; nuevas controversias sobre la ubicación de los restos del poeta Federico García Lorca; discusiones sobre qué hacer con el faraónico mausoleo que el dictador se construyó como tumba, el Valle de los Caídos, levantado con trabajo esclavo de republicanos represaliados por el régimen. Políticamente, ni siquiera han podido terminar de consensuar un proyecto unificado de Ley de Memoria Histórica. Temas y temas de una agenda que se niega a clausurar un dolor cultural y general, porque ni un sólo español puede desentender de una relación personal –directa o indirecta, más cercana o más lejana- con el relato de aquel proyecto de exterminio.

Termino recuperando aquella idea inicial: el exterminio del otro, la negación de la radical “otredad” que su presencia simultánea a la nuestra nos impone, no es un fact, no es un designio histórico predestinado, sino un rumbo que es posible torcer. La cultura de la paz es una construcción inter-generacional, y trans-generacional. Una construcción de pasos cortos, de sumatoria de acciones pequeñas, acotadas pero permanentes, que faciliten y mantengan lubricados los canales de diálogo. De todos los diálogos.

Como esta ocasión, de reunirnos esta noche a hablar de una película.

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Muchas gracias.

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Libia en la primavera árabe

Libia en la primavera árabe

por Nelson Gustavo Specchia

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Muhammar el Khaddafi ha sido destronado. Pero no ha caído. En alguna penumbra tribal, en algún túnel alfombrado, se oculta y espera, manteniendo el vilo que durante casi medio siglo convirtió en política. Pero la historia y las generaciones no pasan, indiferentes, sin dejar rastro en la memoria colectiva, y Khaddafi no podrá volver a usufructuar la satrapía petrolera en que convirtió a Libia. Afortunadamente.

Y escribo este “afortunadamente” después de la primera afirmación, con toda intencionalidad. Porque desde que comenzó el alzamiento popular, en febrero de este año, he venido defendiendo la posición de que la sociedad internacional debía involucrarse activamente en el apoyo a los insurgentes, y hacer cuanto estuviera al alcance de los medios de poder y de derecho que hemos llegado a darnos en nuestra generación, para colaborar en la caída del tirano. También lo dije –desde temprano, antes de que la guerra estuviera definida- desde esta columna; (ver “Un león en apuros”, del 18-02-11, donde anticipábamos: “La revuelta que mueve todo el mundo árabe no hará una excepción con el desierto de Khaddafi.”) Esa postura me ha acarreado múltiples críticas, de colegas, de amigos, de lectores. Y ahora que el khaddafismo está terminado, creo que merece la pena remarcar algunos fundamentos de ese análisis que me llevó a apoyar la intervención en Libia, en contra de la opinión de un sector importante de intelectuales.

LECTURAS ANTI IMPERIALISTAS

Los argumentos de las posiciones que denuncian el rol de terceros Estados en apoyo de los insurgentes rebeldes y contra Muhammar el Khaddafi, reconocen un tronco común: el sentir anti imperialista. Es una lectura lineal y casi maniquea: si está la OTAN, es porque está el capitalismo occidental. Las Naciones Unidas serían sólo la justificación diplomática de la política exterior de la potencia hegemónica, y la OTAN el ropaje adecentado de los marines norteamericanos; en conjunto, serían la nueva expresión del viejo imperialismo. Y por otro lado: Khaddafi fue un joven militar que derribó a una monarquía colonial, que abrazó el panarabismo y el socialismo; su “Libro Verde” fue una de las biblias laicas del tercer mundo; fundó la Revolución Jamahiriya (de masas, informal y anti institucional); le plantó cara a Occidente y a las multinacionales; apoyó los movimientos de liberación; y ni siquiera los bombardeos de Ronald Reagan lograron moverle el pulso. Palabras más, palabras menos, y aunque aquí –por motivos didácticos- las presente en bruto y sin matices, esas son las consideraciones que llevan a buena parte de los pensadores, de aquí y de afuera, a censurar la participación internacional en el conflicto social libio. Un razonamiento, claro está, que termina empujándolos a tomar postura por el régimen recientemente desplazado y, en última instancia, por la persona del propio coronel.

Aún agregándole todos los matices del caso, esta forma de razonar ya es hoy indefendible, tanto desde la teoría política, de la historia contemporánea, como desde los resultados objetivos de los programas de Khaddafi. Nadie discutiría que la OTAN, en el contexto de un escenario bipolar, fue el brazo armado con que uno de los polos enfrentó –en táctica y en estrategia- al Pacto de Varsovia. Pero el Muro de Berlín cayó hace más de dos décadas; los condicionantes de la guerra fría han desaparecido; y el mundo, en su conjunto, se ha complejizado sobremanera. Seguir aplicando las categorías de análisis que tuvieron vigencia desde la segunda Guerra Mundial hasta la disolución de la Unión Soviética, deja en la boca un regusto a cosa rancia, a no haber advertido que la creciente complejidad también hizo posible que los colectivos sociales tomaran contacto con esas “otredades”, esas realidades diferentes y lejanas, que antes quedaban enclaustradas dentro del dibujo artificial de las fronteras, y ahora se acercan –a la velocidad de los megabytes de la sociedad de la información- al comedor de cualquier casa. Y que decidan tomar partido por ellas.

Cambio de paradigmas interpretativos que también distorsionan la mirada de los afectos y de las lealtades. Porque muchos de los que reniegan de la intervención de las fuerzas occidentales en el conflicto libio, sienten que el viejo coronel –más allá de sus excentricidades en la ropa, los uniformes entorchados, los lentes de colores y las guardaespaldas vírgenes- es uno de los últimos luchadores que siguen resistiendo el ímpetu homogeneizante e invasor del capitalismo occidental. Incluso esta mirada de antigua progresía, si no fuera porque induce a errores garrafales, sería querible y tierna en su visión naïf de la política internacional.

Pero el león de Libia no tiene un pelo de su abundante cabellera de naïf, revolucionario romántico o ferviente anticapitalista. Khaddafi ha sido un sanguinario tirano que utilizó el poder para sojuzgar a siete millones de personas durante cuatro décadas, convirtió un Estado (Libia nunca fue una nación) en una satrapía personal y familiar, y con los dividendos de la exportación de hidrocarburos generó una pequeña élite, vinculada directamente a su persona, que abusó de esos recursos de una manera patrimonialista, sin ningún tipo de límites sobre vidas y haciendas de sus congéneres.

“ES EL PETRÓLEO, ESTÚPIDO”

Así, desde estas lecturas se ha intentado explicar toda la operación internacional en Libia con el argumento del petróleo. La OTAN sería la avanzada de los países occidentales, que van a quedarse con el petróleo del subsuelo de los desiertos de la Tripolitania y la Cirenaica. He argumentado, contra eso, que el petróleo –su búsqueda, extracción, almacenamiento, transporte y exportación- ya estaba en manos de compañías extranjeras antes del levantamiento insurgente. Compañías a las que Khaddafi les aseguraba, con contratos que sólo se aprobaban por su mano, previsibilidad y máxima seguridad. Como sólo una tiranía puede ofrecer a sus socios selectos, y como jamás podrá ofrecer ningún sistema político democrático, cualquiera sea, que surja de la actual revolución libia.

¿Por qué, en todo caso, obviar burdamente otros elementos y razones, que impactan con fuerza en la conciencia colectiva de nuestro tiempo, y que las sociedades civiles toman para presionar a sus respectivos gobiernos? Khaddafi no terminó siendo el heredero de Gamal Abdel Nasser y su socialismo panarabista como pretendía, más que en sus discursos. En la práctica, fue el banquero de más de medio centenar de grupúsculos terroristas en todo el mundo; cuando se le dio por pagar atentados aeronáuticos, tiró un avión cargado de pasajeros sobre Lockerbie, y otro –el vuelo UTA 772- en el Sahara; jugó a la guerra invadiendo Chad, adquiriendo armas de destrucción masiva (ADM), fabricando gas mostaza y atentando contra Faisal en Arabia Saudita, Hassan en Marruecos, y hasta contra Anwar el Sadat en Egipto, “culpable” de la paz con los israelíes; violó cualquier soberanía nacional para asesinar disidentes en el extranjero; puso precio (llegó a pagar hasta un millón de dólares) a las cabezas de sus enemigos huidos de Libia, mientras recibía en sus palacios a los terroristas más renombrados, como Abu Nidal. Y un currículum político tan frondoso y tan impropio de un líder libertario, es aún más vergonzante cuando se intentan reseñar los atropellos contra su propio pueblo. Desde la limpieza étnica de los bereberes; al estado paranoico establecido cuando convirtió a uno de cada cinco libios en informantes del gobierno; al morbo de la sangre cuando dirigía personalmente las ejecuciones de opositores (retrasmitidas en directo por la televisión oficial), la amputación de extremidades, las mil y una forma de persecución y acoso a cualquier minoría o disidencia.

“RESPONSABILIDAD DE PROTEGER”

Y de pronto, cuando una porción de esa sociedad sojuzgada, jugándose la piel se alza contra el tirano, ¿qué debía hacer la comunidad internacional? ¿Quedarse de brazos cruzados mientras observaba cómo el régimen reprimía a los civiles, amparado en los principios de soberanía nacional y de no injerencia de terceros en los asuntos internos de un país? No. Debía intervenir. Y es deber de un demócrata apoyar esa intervención. El derecho internacional humanitario ha avanzado, junto con los tiempos y las nuevas formas que adopta la estructura política mundial, tanto a nivel institucional como en el plano de la sociedad civil. El principio “responsabilidad de proteger”, uno de los basamentos de la decisión multilateral que dio pie a los bombardeos de la OTAN contra Khaddafi, es un avance en los deberes hacia los más débiles, sin importar dónde vivan.

Los más de cuarenta años de tiranía también vaciaron de instituciones y de instrumentos republicanos a Libia. Por eso la sociedad internacional, a través de las organizaciones multilaterales que ha logrado darse hasta nuestro tiempo, debe permanecer allí, ayudando a la reconstrucción del país. Los libios se merecen una oportunidad de construir una sociedad en libertad; asegurar esa oportunidad no está en sus manos, sino en las nuestras.

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Rusia y el emirato del Cáucaso (28 01 11)

Rusia y el emirato del Cáucaso

por Nelson Gustavo Specchia

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El lunes 24 de enero, el aeropuerto ruso de Domodédovo fue blanco del terrorismo separatista islámico del Cáucaso Norte, la inestable franja meridional que viene generando una espiral de violencia que impacta en todos los capítulos de la agenda política de la dupla Putin-Medvédev, especialmente la imagen exterior de Rusia, que la élite dirigente está empeñada en reconstruir.

El presidente Dmitri Medvédev tenía lista las maletas para salir hacia Suiza, al Foro Económico Mundial de Davos, donde se sentará en civilizadas mesas de café con unos cien empresarios, a los que intentará mostrar que la transformación de la economía rusa la ha convertido en un buen negocio para ellos. Mostrarles, en suma, que esta modernización –junto a los ingentes recursos naturales y a la mano de obra capacitada y barata- es una oportunidad de oro para el gran capital.

La estrategia de Medvédev es convertir a Moscú en un centro financiero mundial. Para ello, debe mostrar que la modernización que él representa debe ser más importante al momento de decidirse a traer el dinero a la capital rusa, que las críticas a la poca independencia de sus jueces, como acaba de confirmarlo la segunda condena al opositor Mikhail Jodorkovski, el ex presidente de la petrolera Yukos enfrentado a Putin. O más importante que el asesinato de disidentes, como el balazo en la cabeza a la periodista Anna Politkóvskaya, o el que acabó con la integrante de la ONG “Memorial”, Natalia Estemírova, entre tantos otros. O más importante que el medievalismo represivo de sus cárceles, donde los desafectos del régimen siguen encontrando misteriosamente la muerte, como la empresaria Vera Trifónova en abril del año pasado. Y, por supuesto, asegurarles a los grandes inversores que el terrorismo de los fundamentalistas islámicos está controlado por el puño de hierro del Kremlin.

La bomba en Domodédovo viene a mostrar, con la objetiva y brutal evidencia de sus 35 muertos y sus más de 130 heridos, que el discurso modernizante del presidente Medvédev tiene muy claros y precisos límites. Y que el separatismo islamista del borde sur, que persigue cortar con la dominación del centralismo ruso e instaurar un emirato en el Cáucaso, permanece operativo y fuerte. Y que cumple con aquella promesa de hielo que le hicieran a Vladimir Putin cuando éste mandó al ejército a reprimir a las guerrillas musulmanas a sangre y fuego: llevar la guerra al corazón de Rusia.

Sin compasión

La guerra prometida a Putin por los milicianos caucásicos es devastadora. Barata en recursos, impredecible, y enormemente letal. Los daños físicos son relevantes, pero el impacto en la sensación de inseguridad y la imagen externa de todo el sistema, crecen exponencialmente.

El lunes pasado, en Domodédovo, dos personas, un hombre de aspecto árabe (su cabeza, separada del cuerpo por la explosión, fue encontrada por los policías) y una mujer cubierta de negro fueron quienes llevaron las maletas con los cinco kilos de trilita, un potente explosivo, y pedazos de metal que volaron en todas las direcciones, matando a discreción.

Apenas un par de semanas atrás, el 31 de diciembre, una mujer murió al explotarle el paquete de explosivos que preparaba para hacerlo estallar en un club moscovita. La banda de chechenos que se descubrió a raíz de este fallido atentado, estaría también implicada en el ataque al aeropuerto.

También fueron mujeres musulmanas, esposas o madres o hijas de guerrilleros del Daguestán caucásico (las ya conocidas como “viudas negras”), las que el 29 de marzo de 2010 hicieron estallar sus cuerpos en el atestado metro de Moscú. Entonces las víctimas fueron 40, civiles que hacían el trayecto entre sus casas y el trabajo por el transporte público, un medio utilizado por unos cinco millones de rusos todos los días. Doku Umárov, “el emir del Cáucaso”, reivindicó el atentado y prometió más sangre. Esta semana volvió para cumplir con su palabra.

El sueño del Emirato

¿Podría, realmente, instalarse una teocracia islamista, regida por la “sharia”, en el borde meridional de Rusia, que Moscú siempre ha considerado una zona vital para su seguridad interna? La respuesta, por donde se la mire, ha sido rechazada contundentemente por la élite dirigente rusa. Y desde los tiempos de los zares.

La reacción a los alardes independentistas del Cáucaso desde el centralismo administrativo de la “Madre Rusia” ha sido, a lo largo de la historia, brutal. La última etapa se abrió con la colonización de Chechenia, Ingushetia y Daguestán, en sucesivas guerras de expansión durante el siglo XIX. La mano dura con el sur se mantuvo durante la crisis imperial, la Revolución, y la instauración de la Unión Soviética, pero comenzó a resquebrajarse con el fin del comunismo, en la última década del siglo pasado.

El desmembramiento soviético, junto a la tradicional postergación económica y la corrupción endémica de los delegados de Moscú en el sur, terminó por reavivar la llama latente del radicalismo islamista, y volvió el sueño del Emirato. La chispa se prendió en Chechenia, y el Kremlin –a la sazón ocupado por Boris Yeltsin- apeló a la receta tradicional: envió a los soldados. Estalló así una guerra desigual y con final inesperado, el otrora imponente ejército ruso fue derrotado, en 1996, por los campesinos musulmanes de la remota y paupérrima Chechenia. Envalentonados, los islamistas comandados por Shamil Basáyev invadieron Daguestán, y Basáyev proclamó el califato, que abarcaba a Kabardino-Balkaria y Karachayevo-Cherkesia, prácticamente todo el Cáucaso.

Cuando Vladimir Putin reemplazó a Yeltsin y a sus vahos de vodka, volvió a desplegar la teoría del control de los bordes como garantía de la seguridad interna de Rusia, organizó el ejército y lo lanzó, en 1999, sin clemencia contra el califato proclamado por Basáyev. La  segunda guerra de Chechenia terminó –de momento- con el sueño del Emirato, e impuso en toda la zona una administración afín a Moscú, encabezada por Ramzán Kadírov.

Con Kadírov y su pandilla de ladrones la corrupción ha vuelto a hacer estragos en el Cáucaso Norte, con unos índices de desempleo alarmantes, y sin prácticamente ninguna salida aceptable en el mediano plazo.

El reemplazo de Putin por su delfín, Dmitri Medvédev, en la presidencia rusa, sólo ha profundizado el modelo. Moscú envía enormes sumas de dinero público para financiar al gobierno títere (casi no hay alternativas a un empleo oficial), pero estas remesas se distribuyen, en un porcentaje alto, al interior del clan de Kadírov.

En este marco, el renacimiento, una vez más, del sueño del Emirato toma más fuerza cada día que pasa. Los desempleados –especialmente los jóvenes, y quienes tuvieron la experiencia en carne propia de la represión rusa- se unen al movimiento independentista, que ya es indisoluble de la causa religiosa. Todos son guerrilleros islamistas, inflamados por la retórica salvífica de los imanes, y prestos a ofrecerse como voluntarios para los atentados suicidas que lleven la guerra “al corazón de Rusia”.

El heredero de Shamil Basáyev, Doku Umárov, ha asegurado que los atentados continuarán hasta que Moscú acepte el califato.

Dmitri Medvédev quiere ofrecer una imagen moderada, actual y occidentalizada del gigante ruso. Cada vez más integrado a Europa, y en diálogo vís-a-vís con Washington. Vladimir Putin, que instaló a Medvédev en el cargo, pero al que seguramente intentará volver en las elecciones de 2012, quiere que su poder se sienta, alto y claro, sin disputas internas. Y que Rusia vuelva a ser la potencia hegemónica que fue durante casi todo el siglo XX.

Habrá que ver si los sueños premodernos de una paupérrima guerrilla étnica y teocrática, no frustran los planes de ambos.

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nelson.specchia@gmail.com

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Europa, barbas en remojo (07 01 11)

Europa, barbas en remojo

por Nelson Gustavo Specchia

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Advertía el refranero de nuestras abuelas que cuando las barbas de tu vecino veas cortar, pon las tuyas a remojar. Cuando los tiempos de las afeitadoras eléctricas y de las cuchillas descartables dejaron obsoleta la advertencia, el refrán popular se mantuvo, para aplicárselo a aquellas situaciones donde la precaución prima sobre la valentía y el arrojo, e inclusive para cuando el exceso de cuidado se acerca peligrosamente a la cobardía. En este último sentido, las barbas políticas europeas llevan meses humedeciéndose en las tibias aguas del remojo, y la situación es aún más sorprendente cuando lo que a todas luces exige el momento son actos de valentía cívica, de decisiones arriesgadas por parte de las élites y de las primeras líneas de los partidos políticos. En cambio, la actitud de inmovilismo y de precavida expectación de la sociedad política frente a la crisis económica termina otorgándole las mejores condiciones para perpetuarse. Nadie se mueve para que la crisis no llegue, y la crisis llega porque nadie se mueve.

NAVAJAS PROPIAS Y AJENAS

El primer vecino a quién afeitaron sin anestesia en el conjunto de países de la unión monetaria (la “eurozona”) fue Grecia. A comienzos de 2010, la economía helena comenzó a dar señales de que necesitaría medidas valientes y solidarias de los demás socios europeos. El gobierno socialdemócrata de Giorgios Papandreu, que había tomado las riendas de las islas en octubre del año anterior, anunció que las estadísticas oficiales estaban falseadas: el déficit público no era del 3,7 por ciento, como la administración anterior había informado a Bruselas (sede política y administrativa de la Unión Europa), sino del 13 por ciento. Y que Grecia no tenía recursos propios para hacer frente a ese agujero.

Y aquí apareció la sorpresa. En lugar del esperado rescate de la comunidad, que debería haber sido la respuesta natural, dados los objetivos fundacionales de la integración de Europa, cada país empezó a cerrarse en sí mismo y a poner las barbas en remojo. Desde los grandes –Alemania y Francia- salieron, inclusive, respuestas duras. Algunos diputados llegaron a sugerir que el gobierno griego vendiera alguna de las paradisíacas islas del Mediterráneo para juntar recursos y pagar sus deudas. Y entre los pequeños, los de economías intermedias que comparten algunas características estructurales con la griega –España, Irlanda y Portugal- cundió el pánico. Y sin esperar siquiera a los barberos del FMI, los gobiernos de estos países (a la sazón, también socialistas en la península ibérica) se largaron a la carrera de los ajustes, compitiendo a ver cuál es más liberal y ortodoxo, para alejarse cuanto fuera posible del “fantasma griego”: recesión, achicamiento del gasto social, ataque de los mercados que encarecen el endeudamiento público, y, por supuesto, las reacciones sociales a todo ello, que en Atenas ya llevaban varios muertos.

EL ESPÍRITU COMUNITARIO

La reacción de los Estados tomados individualmente, en todo caso, no es extraña. Tanto en los grandes como en los medianos el sentimiento “nacional” siempre prima sobre las concesiones parciales de soberanía que se hayan realizado al proceso de integración. En definitiva, como desde los albores de la modernidad occidental, la “raison d’Etat” sigue siendo la consideración principal de todo gobierno: los intereses del Estado sobre la moral individual y sobre cualquier instancia supranacional.

Pero si esta reacción cuidadosa y conservadora puede entenderse en el plano de actuación individual de los países que integran la Unión Europa, es más difícil explicarla en la actitud de los funcionarios y agentes superiores de la propia institución comunitaria.

La primitiva Comunidad del Carbón y del Acero, entre Francia y Alemania recién desmovilizadas después de la más grande y criminal guerra entre ambos ejércitos; la Declaración Schuman para impulsar la cooperación entre los antiguos enemigos; luego la Euratom en los inicios de la carrera nuclear y en plena Guerra Fría; la Comunidad Económica; los múltiples procesos de ampliación que fueron extendiendo las fronteras exteriores; la incorporación de la Europa del Este tras la disolución soviética; la constitución del Espacio Schengen con la eliminación de todos los controles fronterizos entre los países; y la propia instalación de la moneda única para la mayoría de los socios, fueron todos actos de gobierno de alto riesgo, impulsados y llevados adelante por una élite valiente y arrojada, que logró postergar los enconos históricos, nacionalistas, culturales, religiosos, regionales e ideológicos por la apuesta a un futuro común y superador.

La vieja foto de Konrad Adenauer, canciller de la Alemania derrotada, con medio país ocupado por la Unión Soviética y con Berlín saqueado, destruido y repartido entre las potencias vencedoras, y abrazando en aquel momento al general Charles de Gaulle, escribiendo la primera página de la nueva historia contemporánea de Europa, es de una generosidad y alcance de miras que las actuales conducciones políticas europeas no pueden ni aspirar.

Y, además, la construcción de la integración continental durante el último medio siglo no ha sido sólo discursiva y formalista, sino que se ha financiado mediante los fondos de compensación, donde los países ricos han solventado, con dinero de los impuestos de sus contribuyentes, el desarrollo de los Estados más pobres, para que éstos alcanzaran los estándares de homogeneización.

En síntesis: en el pasado los desafíos han sido sobradamente superiores a los que impone la actual crisis de los mercados financieros, y esos desafíos se han superado con valentía, asumiendo riesgos de largo plazo por parte de las élites gubernamentales. Y las herramientas de socorro económico y de redistribución de fondos entre los socios se han aplicado regularmente. Que no se apliquen ahora, o que nadie se atreva a tomar decisiones arriesgas y prefiera, en cambio, guardarse fronteras adentro poniendo las propias barbas en remojo, obedece a una crisis que supera lo económico, y alcanza la moral pública.

Y ENCIMA, HUNGRÍA

Dependiendo tanto los rumbos y las orientaciones del proceso de integración de las voluntades de los dirigentes, como acabamos de mostrar, el país que detente la presidencia rotatoria semestral del Consejo Europeo (la reunión de jefes de gobierno, donde reside efectivamente el poder decisional de la región) adquiere una importancia central.

Durante el agitado año 2010, la presidencia la ejerció España en el primer semestre, y Bélgica en la segunda mitad. José Luís Rodríguez Zapatero transitó su semestre tan mareado y confundido por la crisis, intentando por todos los medios que el “fantasma griego” no llegase a las costas catalanas, valencianas o andaluzas, que no tuvo tiempo de ocuparse de la Unión Europea; le dejó el trabajo a Herman Von Rumpuy, el conservador presidente permanente del Consejo. Luego, el segundo semestre le tocó a Bélgica, que pasa por un desgarrador momento de enfrentamiento entre las dos comunidades que integran el país, el norte flamenco y el sur francófono. Con los resultados electorales muy homogéneos, el jefe del Estado, el rey Alberto, no consigue desde hace meses que alguien se haga cargo de formar un gobierno que permanezca. ¿Quién, entonces, se ocuparía de dirigir los rumbos de la Unión Europea en un país que no logra ni siquiera definir su propio rumbo o formar su propio gobierno? Nadie, por supuesto. Y pasó otro medio año.

Desde el 1 de enero, las riendas de la Unión Europea han caído en manos del gobierno húngaro. En Budapest, el recién asumido gobierno de Viktor Orban, del partido de derecha Fidesz, ha asegurado que impulsará la prohibición del aborto, establecerá la definición del matrimonio como exclusiva unión entre hombre y mujer, reinstalará la censura sobre los medios de comunicación (con multas de más de 700.000 euros a diarios o webs que “ofendan la dignidad humana”), y aplicará un nuevo impuesto a las “empresas extranjeras” (esto es: europeas).

De un sólo golpe, Hungría –un socio reciente del proceso de integración, desde la ampliación de 2004- se carga el principio de igualdad de trato en el mercado interno de la Unión Europea, desconoce el acervo legislativo y judicial común, y se aparta de sus principales logros sociales y comunicacionales.

¿Podría esperarse de su semestre en la presidencia del Consejo Europeo decisiones valientes y arriesgadas para enfrentar la crisis que parece estancada en las tierras del Viejo Continente? Difícil.

Obama, el amigo hindú (08 11 10)

OBAMA RESPALDA EL INGRESO DE LA INDIA AL CONSEJO DE SEGURIDAD

El fortalecimiento de las relaciones con India provocará un nuevo equilibrio global

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El presidente estadounidense, Barack Obama, produjo el más importante giro en la esperada reforma del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU), al señalar ayer que su país –la principal potencia dominante en la organización multilateral- apoyará las aspiraciones de la India para integrarse como miembro permanente.

El Consejo de Seguridad es el auténtico centro neurálgico de los equilibrios internacionales, está compuesto por solo cinco asientos permanentes (EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Rusia y China), todos con poder de veto sobre las decisiones de la organización.

La aceptación por parte del líder norteamericano de las aspiraciones hindúes implica un reconocimiento al papel de creciente relevancia del país-continente como potencia emergente, y un nuevo equilibrio de poder frente al ascenso de China. Con 1.200 millones de habitantes, una economía en crecimiento permanente y una democracia de masas que funciona, India invoca su derecho a sentarse entre las naciones que gobiernan el mundo.

Obama, en su presentación, admitió que las nuevas realidades y equilibrios de fuerzas del mundo del siglo XXI debe tener un correlato en la reforma de las instituciones internacionales. Con esta misma argumentación, desde hace tiempo el presidente brasileño, Lula da Silva, viene bregando por un asiento permanente en el Consejo de Seguridad para Brasil; Alemania y Japón, que quedaron fuera de la arquitectura multilateral de la organización tras su derrota en la segunda Guerra Mundial, tienen las mismas pretensiones; pero de los diversos aspirantes, el jefe de la Casa Blanca ha decidido priorizar a la India.

El anuncio se enmarca en una serie de nuevas modalidades de relacionamiento bilateral entre los Estados Unidos y la India, que Barack Obama no ha dudado en definir como una relación que marcará el nuevo tiempo político global.

También para India implica un cambio sustantivo en su postura frente a las iniciativas de la potencia norteamericana, ya que en el pasado reciente ha estado lejos de alinearse con las políticas de Washington: durante una buena parte del siglo XX Nueva Delhi tuvo un diálogo especial con la Unión Soviética, mientras la estrategia norteamericana apoyaba de forma prioritaria su alianza con Pakistán, el histórico rival hindú.

El presidente norteamericano hizo pública su iniciativa frente al Parlamento hindú, en un discurso que fue interrumpido varias veces por los aplausos; en él Obama calificó a India de un “socio irrenunciable”, además de “un actor clave en la escena mundial”.

La escala en Nueva Delhi es la primera de una gira de Barack Obama por Oriente, en la cual visitará también Indonesia, Corea del Sur y Japón, justo antes de la apertura de la reunión del G-20 en Seúl, en la que participará también la presidenta argentina Cristina Fernández, y que se centrará en acordar medidas conjuntas que equilibren el nuevo proteccionismo de los grandes productores por vía de la devaluación unilateral de la moneda, como está haciendo China en estos días.

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nelson.specchia@gmail.com

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Corea, “comunismo monárquico” (15 10 10)

Corea, “comunismo monárquico”

por Nelson Gustavo Specchia

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Corea del Norte es, en más de un sentido, un país a contramano de este tiempo y espacio histórico. Mientras el vector de la globalización política y económica achica la “aldea global”, el sector Norte de la península coreana se retrae en sí mismo y se cierra herméticamente a casi ningún contacto.

Cuando la revolución de las comunicaciones y de la información pone en tiempo real y a disposición de prácticamente cualquier usuario los detalles mínimos de la locación más remota, el régimen norcoreano cierra a cal y canto el acceso o la salida de cualquier tipo de información, desde las cifras demográficas hasta los indicadores más básicos para conocer la estructura y el desarrollo interno del país; de una manera tan obtusa que las únicas fotografías que circulan por la prensa internacional son las obtenidas por teleobjetivos potentes desde largas distancias (o desde el borde sur de la frontera que la separa del resto de la península), o los escuetos partes noticiosos gubernamentales –redactados en un léxico rimbombante y acartonado- que sólo dejan lugar a conjeturas.

También a contramano de la historia en lo que se refiere a las tendencias participativas. Cuando a nivel global se amplían la delegación de poderes concentrados, aumenta la participación de la sociedad civil en los asuntos públicos, y se observan mayores grados de democratización y horizontalidad en los procesos de toma de decisiones, el sistema norcoreano da un paso más en su tendencia hacia la concentración y establece, como los analistas internacionales han podido deducir estos días de una serie de indicios y sospechas, una sucesión dinástica del poder, retenido por la familia Kim desde hace más de medio siglo.

Corea del Norte, así, termina por plantear la difícil paradoja de ser el último Estado de ortodoxia comunista estalinista y, al mismo tiempo, una monarquía absoluta que reserva el ejercicio del poder a los miembros de una única familia, que lo trasmite de generación en generación por vía sanguínea.

EL MURO DEL PARALELO 38

Kim Jong-il, el actual líder, está gravemente enfermo, y el sistema ha dado en las últimas semanas señales de que la sucesión dinástica ha comenzado.

El actual mandatario recibió el poder de manos de su padre, Kim Il-sung, el jefe comunista que encabezó la revolución coreana tras la independencia de la península del dominio japonés, en 1945, y fundó el actual Estado, formalmente denominado República Popular Democrática de Corea. Kim Il-sung sigue siendo hoy presidente, aunque murió en 1994; la Constitución y las leyes lo designan como “Presidente Eterno”. La enfermedad de su hijo –que desde la desaparición física del “Presidente Eterno” ejerce autocráticamente el mando- ha llevado al régimen a presentar a su posible sucesor.

La elección ha recaído en Kim Jong-un, el tercero de los hijos del mandatario, un joven regordete (se estima que puede tener entre 25 y 27 años) que ha sido designado en pocos días como general de cuatro estrellas y colocado en los puestos clave para ocupar el lugar de su padre en cualquier momento. Dada su juventud y su falta de experiencia, la élite dirigente, en el mejor estilo de las monarquías absolutas del pasado, también ha elevado al generalato de cuatro estrellas a la hermana del presidente, la señora Kim Kyong-hui, que será la virtual regente e instructora del muchacho Jong-un ante una desaparición repentina de su padre, el dirigente socialista a quien la ley obliga a llamar “querido líder”.

La anomalía coreana arraiga en la lógica bipolar surgida de las cenizas de la segunda Guerra Mundial. Cuando el Imperio del Sol Naciente cayó bajo las bombas de Hiroshima y Nagasaki, el ejército japonés abandonó la vecina península coreana, a la que había ocupado en 1910, como a la Manchuria china, en su avance expansionista hacia el Oeste. Retirados los japoneses, las tropas aliadas se encontraron frente a frente, en una situación similar a la de Berlín, a un lado y al otro del Paralelo de 38º de latitud Norte; y ninguno de los dos se movió un palmo hacia atrás.

El Ejército Rojo, con el apoyo de los “voluntarios chinos”, apoyó la creación de un nuevo Estado, con capital en Pyongyang y soberanía sobre toda la península, en 1948. Simultáneamente, el ejército estadounidense respaldó la creación de un nuevo país, con capital en Seúl y también pretensiones soberanistas sobre todo el territorio. Kim Il-sung, como secretario general del Partido de los Trabajadores Coreanos –con el pleno apoyo logístico de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas- se hizo con el puesto de presidente de la Comisión Nacional de Defensa, el cargo más alto de la nueva formación institucional. Desde su puesto de mando, el primer Kim ordenó la invasión de la parte Sur y la recuperación de la soberanía sobre todo el territorio de la península.

La invasión del Norte generó la Guerra de Corea, en 1950, que en Occidente se conoció y se popularizó a través de la serie televisiva M.A.S.H., con Alan Alda en el protagónico. Las Naciones Unidas lograron imponer un armisticio en 1953, que consagró al Paralelo 38 como la frontera entre ambos Estados, y disparó el proceso de clausura del régimen del Norte sobre sí mismo y el aislamiento internacional.

CAPARAZÓN CONTRA EL OTRO

Mientras el Sur caminaba a pasos largos para convertirse en la expresión ideal de un país capitalista, desarrollado y democrático (que los Juegos Olímpicos de 1988, y el campeonato mundial de futbol de 2002, mostraron como un gran escaparate al mundo), el Norte se cerraba, refugiándose en la filosofía denominada Juche.

La Juche es un sistema de ideas muy simples y terriblemente efectivas. Su autoría se le atribuye al “Presidente Eterno”, y ha sido ampliamente desarrollada por su hijo, Kim Jong-il, desde que ocupa el trono (asumió en 1997). La idea central de la Juche es que el hombre es responsable de su vida y destino individual, y por ello responsable de la revolución y del destino de la patria. De alguna manera, explican los profesores en Occidente, la Juche intenta enlazar marxismo teórico, estrategia leninista, capitalismo de Estado, y todo ello con notas propias de la cultura oriental. Esta intersección de fuerzas lleva a otorgar mucha importancia al proceder independiente, tanto a nivel individual como colectivo, y a adaptar las soluciones a las capacidades, sin depender de nadie.

La Juche ha sido el respaldo discursivo del régimen norcoreano para defender su independencia frente al mundo (aunque soslaye la central dependencia del apoyo chino, único valedor regional e internacional de Pyongyang); la centralidad de lo militar en la vida política (denominado “songun”: “los militares primero”); la exaltación nacionalista; y el voluntarismo frente a las adversidades.

En la práctica, este conjunto de ideas-fuerza ha conducido a Corea del Norte al aislamiento, a la provocación permanente a los vecinos, a la histeria de la seguridad (la frontera del Paralelo 38 es la más custodiada del planeta), a iniciativas agresivas (como las pruebas nucleares subterráneas, o el misil que hundió una corbeta surcoreana en marzo de este año), a un sobredimensionamiento de las fuerzas armadas (su ejército de cinco millones es el cuarto del mundo, se estima que tiene unos 45 soldados por cada 1.000 habitantes, la mayor tasa relativa del globo). Y a unos desequilibrios internos de desarrollo que han conducido a la pauperización de la sociedad, e inclusive a hambrunas, como la de 1995-1998, en la que se estima que entre 600.000 y un millón de coreanos murieron de hambre.

QUEDA EN FAMILIA

Pero a la familia Kim nada de esto parece afectarla demasiado, y el rumbo del régimen no se ha alterado ni en el menor detalle. En estos días, inclusive, el hijo mayor del “querido líder”, Kim Jong-nam, ha mostrado su malhumor en una entrevista para una radio japonesa. El primogénito habría perdido el favor del mandatario cuando, en 2001, fue detenido en el aeropuerto de Tokio con un pasaporte falso: el muchacho quería visitar Disneylandia. Su simpatía por ese símbolo del imperialismo capitalista le costó el trono, donde su hermano menor, Kim Jong-un, está presto a sentarse.

Estos enredos familiares de telenovela deberían estar destinados a las páginas de la prensa rosa y a los programas de chismes de la televisión de mediodía. Pero Corea del Norte es clave para la estabilidad en Oriente: su potencial nuclear, el aislamiento internacional, la histeria securatista, la economía desestabilizada y una población (quizá de unos 25 millones) en crónico estado de escases, conforman un abanico de factores que pueden poner en serio riesgo aquella estabilidad regional.

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