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¿Quién le pone el cascabel a Murdoch? (12 07 11)

La política inglesa escandalizada por las escuchas de la prensa

El gobierno creará un nuevo órgano independiente para que regule los medios        

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Una inédita crisis política se ha desatado en Gran Bretaña por la revelación de los métodos ilegales de obtención de información de los medios del millonario Rupert Murdoch.

Lo que comenzó la semana pasada como un nuevo escándalo habitual en la prensa sensacionalista, ha terminado por impactar en el gobierno e inclusive en el Palacio de Westminster, donde hasta el príncipe Guillermo, sucesor del trono, y su esposa, Kate Middleton, fueron espiados.

El centro del escándalo gira en torno News of the World, uno de los medios de mayor tirada del imperio informativo de Murdoch, que factura, en conjunto, más de 23.000 millones de dólares por año. El grupo (que integran medios como Fox News, National Geographic Channel, The Wall Street Journal, The Times, The New York Post, y el gigante editorial Harper Collins, entre otros) estaba realizando gestiones para adquirir también el canal británico BSkyB.

La revelación de que el periódico The News of the World pinchó teléfonos y realizó escuchas ilegales violando la privacidad de unos 4.000 famosos, políticos, víctimas de atentados y delitos, así como familiares de soldados muertos en Afganistán e Irak, ha paralizado la operación de compra del nuevo canal por parte del magnate, y ha terminado salpicando al gobierno de David Cameron. Sus socios liberal-demócratas se unieron a la oposición laborista para exigir límites a la injerencia de la prensa y una investigación del espionaje.

Murdoch, desde su residencia en Estados Unidos, decidió cerrar el semanario para frenar la censura social, pero no renuncia a comprar el BSkyB.

Para frenar el golpe contra su Administración, el primer ministro ha anunciado la creación de un nuevo ente, formado por técnicos independientes, que se encargará de iniciar una investigación para conocer los reales alcances de los métodos de espionaje, y que luego permanecerá como organismo encargado de regular el funcionamiento de los medios de prensa y sus intenciones monopólicas. Una medida insólita en el contexto político británico, y más aun impulsada por un gobierno conservador.

El cerco político al multimillonario, en todo caso, deberá probar su eficacia, ya que Rupert Murdoch ha sido en las últimas décadas uno de los más influyentes decisores en la política inglesa, tanto por el poder de su imperio mediático para imponer opiniones, como por su afinidad personal con la primera plana del poder: apoyó a Margaret Thatcher; cortó la carrera del laborista Neil Kinnock; más tarde decidió apoyar a Tony Blair; y luego ayudó a encumbrar al actual premier Cameron.

Habrá que ver de qué manera el gobierno logra ponerle límites a semejante lobby.

 

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Los estudiantes europeos, abanderados del descontento social (25 11 10)

EL DESCONTENSO SOCIAL POR LA CRISIS ECONÓMICA SE EXPANDE EN EUROPA

Peligra la continuidad del gobierno conservador en medio de la crisis

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Como era previsible, la movilización social que venía tomando forma en diversos países europeos tomó fuerte impulso con el anuncio realizado por el gobierno irlandés a principios de esta semana.

El premier liberal Brian Cowen anunció que finalmente su Administración había decidido acudir al salvataje financiero del Fondo Monetario Internacional (FMI), lo que implica, al mismo tiempo, adoptar una estrategia de fuerte ajuste y enfriamiento económico, según la tradicional receta neoconservadora del organismo.

Cowen admitió que las partidas presupuestarias destinadas a cubrir gastos sociales se reducirían drásticamente, y que los despidos de empleados podrían ascender hasta los 25.000 trabajadores.

El anuncio del gobierno irlandés disparó la protesta social. Los estudiantes irlandeses se preparan a resistir, emulando los estallidos que sus colegas británicos, franceses e italianos están protagonizando en sus respectivos países en estos días.

En Londres, tras la destrucción de la sede partidaria de los Conservadores la semana antepasada, la protesta estudiantil se recrudeció ayer contra los planes de privatización y encarecimiento de la formación universitaria prevista por el premier “tory” David Cameron.

En las universidades de Oxford, Birmingham, Cardiff, y en el University College de Londres, cientos de estudiantes realizaron sentadas durante la noche y hasta el mediodía en protesta por los planes para elevar la matrícula anual de 3.000 a 9.000 libras.

En Roma, agrupaciones estudiantiles, profesores y científicos protestaron ayer contra los ajustes que el gobierno de Silvio Berlusconi planea implementar, que contempla para el año que viene recortes de 700 millones de euros sólo en la educación secundaria.

Los estudiantes entraron al Coliseo luego de cortar varias calles céntricas al grito de “la escuela pública no se toca”.

En este contexto de fuerte rechazo a las medidas de austeridad, la Confederación Europea de Sindicatos convocó ayer a una “gran manifestación continental” que se realizará el próximo 15 de diciembre.

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nelson.specchia@gmail.com

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Enterrar a Blair (01 10 10)

Enterrar a Blair

por Nelson Gustavo Specchia

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Esta semana, el congreso del Partido Laborista británico generó una de las novedades internacionales menos previsibles, al pegar un golpe de timón hacia la izquierda, recuperando un discurso y una perspectiva política que habían sido desplazados durante más de una década del escenario ideológico inglés, tras la irrupción de Tony Blair y su pragmático “Nuevo Laborismo”.

La aparición de Blair –joven, carismático, de sonrisa perpetua- recuperó el poder para los laboristas en 1997, tras los largos y duros años de ajuste estructural en la economía británica implementados por los conservadores “tory” al comando de Margaret Thatcher. Pero precisamente la herencia de ese tiempo de ajustes, alineación a las “reaganomics” norteamericanas, cierre de minas de carbón en el interior de las Islas y privatización de los servicios públicos, con su impacto tan fuerte en las clases medias, hicieron que Tony Blair concibiera una estrategia de llegada al poder mediante un corrimiento del laborismo al centro del espectro ideológico, dejando a un lado las grandes aspiraciones sociales, las reivindicaciones de los sindicatos obreros, y los ideales igualitaristas del viejo partido de la izquierda inglesa.

PAX ET BONUN

El “Nuevo Laborismo” consistió en eso, en un viaje al centro mediante la renuncia –a veces insinuada, a veces expresa, o simplemente soslayada- a las maximalistas reivindicaciones económicas y sociales del partido. Como una consigna franciscana (el primer ministro, efectivamente, se terminaría convirtiendo en secreto al catolicismo) el giro en el discurso de Tony Blair tuvo un efecto sedante, fue un “paz y bien” aplicado a una sociedad muy maltratada y a la que se le había exigido un esfuerzo grande durante veinte años.

Así, tras aquella contundente victoria de 1997 sobre el “tory” John Major, Blair comienza el viraje al centro abriendo dos frentes: la recuperación de la armonía social, con iniciativas concretas para terminar con la violencia nacionalista y separatista –regional, lingüística y religiosa-; y un conjunto de reformas denominadas de “nueva economía”, supuestamente destinadas a paliar los efectos más devastadores de los ajustes neoliberales del thatcherismo, pero que muy rara vez lograron traspasar el plano del mero discurso.

En el escenario del mejoramiento de las condiciones para la paz social es donde el “Nuevo Laborismo” tuvo sus aciertos más sonados, con la adecuación y la delegación de facultades legislativas y administrativas a los colegios parlamentarios regionales de Gales, en el sur, y de Escocia. En este camino, lo que parecía impensable apenas unos años antes, se hizo realidad en 1998, cuando los católicos del Ejército Republicano Irlandés (IRA) y los protestantes irlandeses unionistas, celebraron, bajo la batuta de Tony Blair, los Acuerdos de Viernes Santo con que terminó la guerrilla separatista y comenzó una cohabitación entre ambas facciones, que sigue siendo al día de hoy un ejemplo de política internacional a imitar.

Estos primeros pasos le dieron al “Nuevo Laborismo” una segunda victoria, en 2001, e inclusive una tercera, en 2005, aunque ya para entonces no estaba tan claro cuál era el rumbo de un gobierno supuestamente progresista, que no había llevado adelante las promesas de una “nueva economía” anunciadas originalmente; que no se había acercado a la Unión Europea –aunque el premier se declarara un “europeísta convencido”- más de lo que lo había hecho la euroescéptica (y ahora baronesa) Lady Thatcher; que había impuesto una reforma sanitaria que impactaba fuertemente en los colectivos más vulnerables y que, a nivel global, se acercaba cada día más acríticamente, al gobierno de derechas estadounidense del republicano George Bush (junior).

NADA NUEVO BAJO EL SOL

Y entonces llegó la invasión a Irak decidida por Bush (junior) al margen de las Naciones Unidas y contra la opinión pública internacional –especialmente la europea, que generó las manifestaciones populares más multitudinarias de los últimos tiempos- y Tony Blair dio el paso en falso que le costaría el gobierno y el liderazgo del laborismo. Al llamado del presidente norteamericano, se reunió con él en la Cumbre de las Azores, en soledad (salvo la previsible presencia del conservador español José María Aznar) y en contra de toda la trayectoria histórica del Partido Laborista.

El escándalo de Irak, el ahorcamiento de Saddam Hussein, las supuestas armas atómicas que nunca aparecieron, la condena de la comunidad internacional, el aislamiento británico en el seno de la Unión Europea, los atentados islamistas en el metro de Londres, la “nueva economía” que no aparecía por ningún lado, la inflación incontenible, y el aumento constante del desempleo, avejentaron de golpe a un Blair que parecía haber perdido el carisma y, finalmente, también aquella sonrisa perpetua.

Con el carácter agriado, entregó el gobierno a su ministro de Economía, Gordon Brown, y renunció a la conducción del laborismo, al que ya nadie –salvo en tono irónico- denominaba “New Labour”.

RECUPERAR LA MÍSTICA

El tecnócrata Brown no era el hombre indicado para invitar a los británicos a volver a soñar. La economía era su fuerte, y tampoco pudo con ella. En la primera cita electoral que tuvo que enfrentar, los conservadores “tory”, con David Cameron al frente, le arrebataron la mayoría, y el pasado 10 de mayo Gordon Brown presentaba su renuncia a la reina Isabel II en el Palacio de Buckingham.

Desde mayo, los laboristas vienen fraguando una crisis de identidad que podría resumirse en la pregunta ¿cuál es el rol de la izquierda británica en el contexto de una crisis económica mundial que ha homogeneizado las respuestas políticas europeas en clave conservadora?

Esta semana, los delegados al congreso laborista parecen haber llegado a una respuesta a esa pregunta: enterrar a Tony Blair y a la fracasada experiencia de ubicar al Partido Laborista en el difuso centro ideológico, y recuperar el discurso y la mística tradicional del viejo laborismo: socialista, crítico, protector de los trabajadores y de las clases medias, estatalista, redistribuidor de la riqueza y sólidamente apoyado en las bases sindicales.

Ha sido el voto de los sindicatos, precisamente, el que el fin de semana pasado consagró a Ed Miliband en el liderazgo laborista, en una lucha mano a mano contra su hermano mayor, David, que fuera ministro en los gabinetes de Blair. Las crónicas y los analistas presentan al más chico de los Miliband (Londres, 1969) como un socialista simpático, de carácter afable, componedor y dialoguista; pero al mismo tiempo como un “duro” ideológicamente, dispuesto a terminar con las medias tintas de la década de la experiencia blairista.

Hijo del filósofo marxista Ralph Miliband, un judío belga que llegó a Gran Bretaña huyendo de la locura nazi, y de la politóloga Marion Kozak, el joven Ed ha crecido rodeado de la flor y nata de la intelectualidad de la izquierda inglesa. Por sus orígenes familiares, por su formación, por su experiencia en la administración, así como por su ascendencia en la clase media y en las formaciones sindicales, el nuevo líder del Partido Laborista parece ser la figura indicada para enterrar aquel pragmatismo del que todos quieren alejarse como de la peste. A partir de ahora, además, habrá que ver si estas condiciones le alcanzan para convencer al racional electorado de las Islas que es tiempo de volver a soñar con la igualdad y la justicia social.

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Cameron, el nieto de la señora Thatcher

Cameron, el nieto de la señora Thatcher

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por Nelson Gustavo Specchia

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David Cameron lo hizo de nuevo. Logró componer la misma fórmula ensayada por el carismático Tony Blair a mediados de la década de los noventa: juventud, eficiente manejo de la imagen televisiva, mucha seguridad en sí mismo y empatía con la audiencia, en la construcción del personaje. Y modernidad europea, heterodoxia ideológica y renovación partidaria, en el armado de un programa político que le permitiese heredar la conducción del viejo y engolado partido “tory”, pero saltando la valla generacional de la vieja guardia de los abuelos. Y lo logró.

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Cameron se quedó en 2005 con un partido que, tras largos años fuera del poder, percibía que sin una renovación –aunque peligrosa- de prácticas y de gentes, ahondaría en el aislamiento al que lo llevó Tony Blair y la irrupción del “new labour”. Luego, Cameron convenció al electorado británico que no era un lobo vestido con traje de confección, sino que su aire de frescura y distención –ratificado objetivamente por sus 43 jóvenes años- era una alternativa válida frente al desgaste, el cansancio y el aburrimiento mediocre del gobierno de Gordon Brown, que no pudo revertir la pendiente de fin de ciclo.

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Con estos elementos, David Cameron llegó a las elecciones del pasado 6 de mayo, y su partido logró la mayor cantidad de votos en el recuento general. Mayor cantidad, pero no mayoría parlamentaria, porque el discurso posmoderno, líquido y débil, puede provocar adhesiones, pero muy difícilmente arrastre multitudes. Gran Bretaña quedó durante algunos días en la indefinición del Parlamento “colgado” (“hung parliament”), y comenzaran las especulaciones sobre las posibles alianzas. Con el especial sistema representativo vigente, que privilegia claramente la formación de gobiernos mayoritarios, con alta gobernabilidad y muy estables, los conservadores obtuvieron 306 asientos (36,1 por ciento de los votos), el gobierno laborista de Gordon Brown quedó relegado a un distante segundo lugar, con 258 sitiales (29,1 por ciento); y los Liberal-Demócratas como tercera fuerza –que habían irrumpido sorpresivamente en el tramo final de la campaña- con 57 asientos. Comandados por Nick Clegg, también joven y simpático como el líder “tory”, los Liberal-Demócratas, con un exiguo 23 por ciento de preferencia en el electorado, y a pesar del sistema mayoritario que castiga fuertemente a los partidos menores, tuvieron en sus manos la posibilidad de armar una alianza con uno de los dos grandes, y generar un gobierno de coalición.

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Tradición y especulación

El inglés es un pueblo que goza de sus tradiciones, de todo tipo; muchas de ellas son, inclusive, auténticas. Una de estas indica que el partido más votado, aunque no haya obtenido la mayoría, tiene derecho a reclamar la oportunidad de formar gobierno. Por ello, Cameron esperó a Clegg, y públicamente le ofreció considerar la posibilidad de reformar el sistema de representación que tanto penaliza a los Liberal-Demócratas en las elecciones. Este hubiera sido el camino tradicional. Pero con la llave del acceso al poder en la mano, Nick Clegg barajó durante un par de días alternativas diferentes. Dijo que no se sentía un “hacedor de reyes”, pero no dejó de asistir a una ronda de negociaciones con el todavía primer ministro Brown. Los analistas de los más importantes think tanks británicos, como los profesores de la London School of Economics, o de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad de Oxford, propusieron en artículos de opinión que, tanto en carácter como en perfiles partidarios, eran muchos más los elementos coincidentes entre los liberal-demócratas con los laboristas, que los factibles de encontrar entre aquellos y los conservadores.

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La jugada pareció, en todo caso, un canto de cisne de Gordon Brown, un último manotazo para aferrarse al cargo, y lograr un nuevo período de gobierno en minoría. El sistema político británico no obliga al primer ministro a disolver su gobierno por el hecho de perder unas elecciones, y si consigue alianzas con algunos representantes regionales o con una tercera fuerza atípica –como los liberales-demócratas en este caso- Brown hubiera podido permanecer en la dirección del ejecutivo. Pero una alianza de este tipo, aunque legalmente posible en el sistema político, no habría dejado de ser una asociación de perdedores, y eso es muy difícil de enmascarar, cualquiera sea el discurso con que se la justifique. Y la opinión pública británica, democráticamente madura y experimentada, no es de las que aceptan gato por liebre. De haberse avanzado por esa vía, el resultado más probable hubiera sido un gobierno débil, de socios en coexistencia conflictiva y muy cuestionado en su origen, exactamente lo contrario de lo que se espera para la administración del Reino Unido en una crítica coyuntura de mercados inestables y de crisis en proceso de profundización.

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Pero durante la semana se hizo evidente que el primer ministro no contaba con los respaldos suficientes, ni siquiera dentro de su propio partido. Los laboristas entendieron que aferrarse al poder sin la legitimidad que otorga el ganar limpiamente unas elecciones, los llevaría a quedar fuera del escenario por más tiempo del prudente. Brown terminó tirando la toalla, hizo pública su renuncia y la diputada Harriet Harman asumió la conducción del Partido Laborista, que ahora vuelve a la oposición.

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Vistas las alternativas, los liberales-demócratas volvieron sobre sus pasos, y decidieron transitar una vez más el camino de la tradición. Acudieron al convite de Cameron, que en todo este tiempo no había perdido el tipo, ni los nervios, ni la paciencia. Sostuvo su convocatoria, aseguró a Clegg que tratarán el tema de la reforma del sistema electoral, y que las otras banderas de los socios integrarán la agenda del nuevo gobierno: analizar la situación de la inmigración irregular, la moratoria nuclear y los gastos militares. Un auténtico gobierno de coalición, dijo, no sólo un pacto de gobernabilidad. Los liberal-demócratas aceptaron, y la reina llamó a David Cameron a Buckingham.

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Los cachorros

Tanto David Cameron como Nick Clegg tienen 43 años. Son el primer ministro y el vice primer ministro más jóvenes de la historia inglesa de los últimos dos siglos. Y sus historias de vida corren en paralelo.

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La simpatía del nuevo primer ministro fue caricaturizada como un “pez dentro de un preservativo”, en una hiriente sátira de la prensa británica. Pero Cameron, lejos de ofenderse, les celebró la gracia. La anécdota pinta su carácter, y lo diferencia de los rancios personajes del Partido Conservador. Y más allá de lo espontáneo, las notas pragmáticas y sin demasiados énfasis ideológicos de las que ha hecho gala durante toda la campaña electoral pueden constituir un momento de cambio en el viejo partido “tory”. Cameron viene de una familia acomodada; se educó en Eaton, el colegio privado donde estudian los hijos de la aristocracia, y en la Universidad de Oxford, donde cursó filosofía y ciencias políticas.

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Pero respecto del viejo ideario conservador, mantiene las posturas de la menor injerencia gubernamental posible en la vida económica, aunque matiza casi todas las demás: menos tradición y rigidez respecto de las costumbres sociales, aceptación del matrimonio entre personas del mismo sexo, legalización del aborto, apoyo a la sanidad pública. La gran diferencia con la generación de sus abuelos conservadores estriba en la relación con los Estados Unidos y respecto “del Contiente”, con este último, su anti-europeísmo es menos militante, y con el gran socio americano, no asegura una alianza incondicional (ni siquiera apoyó entusiastamente la guerra de Irak). Quizá sea la cara nueva del conservadurismo, aunque también pueda ser el líder que lleve a la derecha británica más cerca del centro.

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De Nick Clegg, su nuevo vice primer ministro, dicen que además de simpático y joven es intuitivo, abierto, y liberal en serio. Mucho más cerca de Europa que Cameron, su internacionalismo le viene desde la propia biografía: su madre es holandesa, su padre es hijo de rusos, su esposa es española; y habla inglés, holandés, alemán, francés y español. También de familia acomodada, no estudió en Oxford como su jefe, pero sí antropología social en Cambridge, otra de los grandes campus universitarios de fama mundial. Le sedujo unirse a los “tories” durante algunos años, aunque luego se mudó a los liberales-demócratas, de cuyo liderazgo se hizo el mismo año en que Cameron comenzaba a comandar a los conservadores. Dos vidas paralelas.

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De la mano de los cachorros, y tras los años de hierro de lady Margaret Thatcher, que ocupó el número 10 de Downing Street entre 1979 y 1990, sus nietos vuelven al poder en Londres. Y con una receta de imagen inventada por Tony Blair, el dirigente de la nueva izquierda inglesa que los había empujado del escenario. La política también nutre al flemático humor inglés.

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Incertidumbre frente a las legislativas británicas (04 05 10)

RECTA FINAL EN LA CAMPAÑA PARA

LAS LEGISLATIVAS BRITÁNICAS

Los tres principales candidatos llegan muy parejos a la cita electoral

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Ante las elecciones legislativas británicas se extiende la incertidumbre. La cita electoral puede significar, inclusive, el fin del rígido bipartidismo entre laboristas y conservadores, con la irrupción del candidato del partido liberal-demócrata.

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En estas condiciones, los tramos finales de la campaña se recorren voto a voto, ya que las encuestas muestran que el 46% aún no ha decidido por quién votará dentro de tres días. Una encuesta del diario The Guardian ubica a los conservadores en la primera posición, con un 33% de adhesión, seguido por el partido laborista y el partido liberal-democrático, ambos con un 28% de proyección de voto. Con pequeñas variantes, otras encuestas y sondeos apuntan porcentajes similares. Con diferencias tan exiguas, es posible que el vencedor no disponga de un porcentaje mayoritario como para formar gobierno en solitario, y tenga que recurrir a alianzas.

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En un recorrido personalizado por los suburbios, los tres candidatos intentaron hacer hincapié en las notas diferenciadoras de su programa electoral, aunque las diferencias de fondo entre ellas son más de matices que de ruptura ideológica. El actual primer ministro, el laborista Gordon Brown, eligió el sur de Inglaterra para el tramo final de su campaña, y apeló a su larga experiencia en el gobierno para trasmitir confianza con “juicio y sabiduría” para salir de la crisis económica.

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El “tory” David Cameron, en cambio, eligió el norte. Los conservadores no ganan una elección desde 1992, y en caso de obtener esta, Cameron se convertirá en el primer ministro británico más joven de la historia, con 43 años. Lleva adelante un plan para crear “contratos para los jóvenes” que garanticen empleo, así como una propuesta para que las compañías contraten a más mujeres en cargos gerenciales y para reducir la diferencia de salarios por género.

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El liberal democrático Nick Clegg, inesperado contendiente de peso en este final de campaña, eligió el sureste de Londres, donde apeló a recuperar la mística de la política, “todo puede suceder, el cielo es el límite”, dijo. “Tenemos tres días para cambiar a Gran Bretaña, para llevar justicia social a las familias y las comunidades”, agregó, junto al actor Daniel Radcliffe, que encarna al pequeño mago Harry Potter y que lo apoya en su campaña. Una victoria de Clegg parecería, efectivamente, un pase mágico. Pero en política todo es posible.

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