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Arenas calientes del Sahara Occidental (12 11 10)

Arenas calientes del Sahara Occidental

por Nelson Gustavo Specchia

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Los cuerpos de seguridad del Reino de Marruecos avanzaron a sangre y fuego el pasado lunes sobre las carpas del campamento de Agdaym Izik, ocupadas por refugiados saharauis. La vieja colonia española de la costa occidental de África, que durante la dictadura franquista se designaba como “Sahara Español”, y que la nomenclatura diplomática actual define como “Sahara Occidental” (en contraposición al gran desierto que se extiende al sur de Egipto, en el borde oriental del continente africano) ha vuelto a sacudirse esta semana y a recalentar con el conflicto político y social sus tórridas arenas.

Los enfrentamientos y la represión militar sobre los saharauis, los habitantes del Sahara Occidental que reclaman desde hace 35 años su independencia y autonomía, han vuelto a colocar este antiguo y doloroso conflicto en la agenda internacional. Al parecer, sólo los episodios de violencia y sangre ubican, cada cierto tiempo, la opresión saharaui a la fugaz luz de los medios de comunicación, apenas durante unos días, y luego el conflicto vuelve a hundirse en la penumbra remota de la distancia y de esa otredad radical que impone el desierto.

El conflicto del Sahara Occidental, sin embargo, pone a prueba una y otra vez la capacidad de las instancias multilaterales, especialmente las decisiones de la Organización de las Naciones Unidas, para hacer valer los acuerdos alcanzados en su seno al arbitrio de sus miembros. En este aspecto, la tensión que Marruecos somete a la ONU en el tema del Sahara Occidental es comparable a la que periódicamente coloca a Gran Bretaña en el contencioso por las Islas Malvinas con la República Argentina.

UNA LUCHA OLVIDADA

La entrada de policías y militares antidisturbios marroquíes sobre las más de 20.000 personas acampadas en las tiendas de Agdaym Izik en la madrugada del lunes, sin embargo, puede llegar a imprimirle un giro –dada la violencia, el balance de víctimas y el alcance de la represión- a un conflicto estancado durante más de tres décadas. Todo el Magreb –la larga costa mediterránea de África- es una zona de una estabilidad en extremo precaria, y salvo el explícito apoyo del gobierno francés de Nicolás Sarkozy, el trono marroquí de Mohamed VI cuenta pocos amigos. Y algunos enemigos de cuidado, comenzando por la vecina Argelia, con la que mantiene las fronteras minadas y cerradas a cal y canto.

En la otra costa del Mediterráneo, España hace unos equilibrios diplomáticos de prestidigitador. Como metrópoli colonial, es consciente de su responsabilidad en el problema. La retirada de la que Franco llamaba su “Provincia 53” en 1975 fue tan caótica y desordenada, que dejó el conflicto civil servido en bandeja. El gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero es abiertamente pro-saharaui, pero los intereses con Marruecos son tantos y tan vastos, que el ministerio de Exteriores debe medir cada palabra de las declaraciones oficiales, ni hablar de los hechos concretos de política bilateral.

Por  el contexto regional, por la delicada política de alianzas históricas y de coyuntura, por las cuestiones nacionalistas en juego, y por la crítica acumulación de recursos en la zona (además del fosfato que posee en abundancia, sus costas cuentan con el banco pesquero más importante del mundo), todos quieren sacar la pelota de la cancha y enviarla a la ONU.

Pero las Naciones Unidas, hasta el momento, se muestran lejos de estar a la altura de las circunstancias.

COLONIALISMO TARDÍO

Tan tarde como en diciembre de 1965, cuando el proceso de descolonización mundial estaba muy avanzado, la Asamblea General de la ONU aprobó la primera resolución relativa al “Sahara Español”, que lleva el número 2.072, en la que insta a Madrid a adoptar las medidas necesarias para retirarse del territorio. Casi en simultáneo las fuerzas nacionalistas comienzan a organizarse en las agrupaciones que luego confluirían en el Frente Polisario, la principal organización independentista del Sahara.

En 1973, frente a las negativas de la dictadura franquista en iniciar un proceso de descolonización, el Frente Polisario comienza con acciones armadas con un ataque al puesto de guardia español de El Janga. El clima de inestabilidad crecía día a día, y el régimen franquista propuso para frenarla la realización de un referéndum. Esta decisión revelaba, en realidad, un vacío político (el dictador se encontraba muy enfermo ya, y en España comenzaba a prepararse la transición); ante el vacío, el rey de Marruecos, Hassan II, organiza la “Marcha Verde”: 350.000 milicianos –civiles y militares- que avanzan y cruzan la frontera con la colonia española

El dictador, moribundo, ordenó abandonar la colonia a su suerte. El 14 de noviembre de 1975 se firmaron los acuerdos de Madrid: España se comprometió a abandonar el Sahara antes del 28 de febrero de 1976, y traspasó el grueso de las posesiones territoriales a Marruecos y un tercio a Mauritania. Los saharauis fueron dejados al arbitrio del poder de estos dos países.

Los milicianos marroquíes de la Marcha Verde emprendieron una persecución sistemática contra los pobladores saharauis y sus posesiones y propiedades. Más de 200.000 hombres, mujeres y niños huyeron hacia Tindouf, en pleno desierto de Argelia, instalando campamentos provisorios de refugiados, en los que permanecen hasta el día de hoy. En 2007 el juez español Baltasar Garzón abrió un expediente en la Audiencia Nacional para enjuiciar a los mandos militares marroquíes de la Marcha Verde, por delitos de “genocidio y torturas” cometidos contra ciudadanos saharauies.

Garzón se hizo eco de las múltiples denuncias de organizaciones no gubernamentales y de derechos humanos, que intentan mantener a la luz pública la situación de los saharauies tras la ocupación. En el expediente del juez de la máxima instancia jurisdiccional española consta que, desde 1975 y hasta la actualidad, “el ejército marroquí ha ejercido una permanente violencia contra el pueblo saharaui, en una guerra de invasión que obligó a abandonar sus hogares a 40.000 personas, que tuvieron que huir al desierto y fueron perseguidos y bombardeados por las fuerzas invasoras con napalm, fósforo blanco y bombas de fragmentación.”

MARGINADOS, NEGOCIACIÓN Y PODER

En 1988 la ONU vuelve a intentar tomar cartas en el asunto, y la Asamblea General aprueba un plan de paz para el Sahara, que fue aceptado tanto por Marruecos como por el independentista Frente Polisario, en 1991 se pone en marcha la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sahara (Minurso), y los fracasos de la diplomacia multilateral se suceden unos a otros, mientras Marruecos sigue avanzando sobre el territorio y la población.

Asumiendo una pragmática postura de hechos consumados, en 2003 la ONU emite una nueva resolución, estableciendo que el Sahara permanecería transitoriamente como región autónoma de Marruecos durante cinco años, mientras se implementaba un referéndum de autodeterminación liderado por el ex secretario de Estado norteamericano James Baker. Pero inclusive el poderoso Baker acabó renunciando después de que Marruecos rehusase aplicar su plan para la ex colonia, que había sido aprobado, por unanimidad, por el Consejo de Seguridad de la ONU.

A pesar de las idas y vueltas y de la ocupación efectiva del ejército marroquí en los territorios del Sahara, los independentistas del Frente Polisario han logrado mantener abiertas las negociaciones entre ambas partes bajo los auspicios de la organización multilateral.

Esta semana, precisamente, se abría en Nueva York una nueva ronda de negociaciones con la mediación de Christopher Ross, ex embajador en Argelia y en Siria y profesor de árabe en la Universidad de Columbia, que es ya el tercer delegado de la ONU para intervenir en el conflicto, tras la renuncia de Baker y del holandés Van Walsum.

Estas negociaciones, el último y tibio emprendimiento de la comunidad internacional para proteger a un pueblo sometido, fue reventada por las fuerzas antidisturbios marroquíes al destruir, en la madrugada del lunes, el campamento de Agdaym Izik, agregando, si se pudiera, unas llamas más a las ardientes arenas del Sahara.

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nelson.specchia@gmail.com

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