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Marruecos: entre los islamistas y el rey (02 12 11)

Marruecos: entre los islamistas y el rey

por Nelson Gustavo Specchia

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La estrategia diseñada por el monarca marroquí, Mohamed VI, para intentar que los vientos de la “primavera árabe” no lleguen hasta sus costas, está quedando a mitad de camino: a la vista de los resultados electorales del último viernes de noviembre, Marruecos no será una excepción.

La reciente reforma constitucional armada por la monarquía alauíta, se planteó como una (tímida) apertura democrática frente a los alzamientos populares que ya habían tumbado a los regímenes autocráticos en Túnez y en Egipto, y avanzaban por una media docena más de países árabes. Pero, además, las nuevas disposiciones constitucionales perseguían reforzar dos elementos: la barrera al avance del islamismo político, y el poder del propio monarca, que además de jefe efectivo del Estado, pasa en la nueva Constitución a ser también el Comendador de los Creyentes (o sea, el jefe espiritual de los musulmanes marroquíes). Sin embargo, las elecciones del viernes 29 de noviembre han mostrado la debilidad de esta estrategia frente a la fuerza avasalladora de los vientos de cambio. Y la dirección de esos vientos, en las arenas marroquíes, sigue de cerca los huracanes de los vecinos del Magreb.

En Egipto, la plaza de Tahrir vuelve a llenarse de manifestantes que reclaman que los militares no burlen el proceso de apertura iniciado con la caída del régimen de Hosni Mubarak; le están torciendo el brazo al mariscal Hussein Tantawi; y el largo proceso electoral iniciado el lunes de esta semana y que se extenderá hasta enero hace prever una victoria de los islamistas Hermanos Musulmanes por amplia mayoría. Si bien la información oficial de los resultados parciales de las elecciones no se harán públicos hasta la finalización del proceso comicial, trascendidos confiables mencionan porcentajes cercanos al 40 por ciento para los Hermanos Musulmanes, y un elemento sorpresa: tras ellos, el segundo lugar no lo estaría ocupando ninguna opción laica de los partidos tradicionales egipcios, sino las fuerzas salafistas del wahabismo, los musulmanes más radicales, con lo cual en un futuro gobierno los religiosos podrían llegar a tener la mayoría absoluta.

En Túnez, por su parte, las elecciones de fines de octubre dejaron al partido En Nahda (El Renacimiento) con una limpia mayoría de 41,5 por ciento sobre los 217 escaños de la Asamblea Constitucional, que tiene que dar forma al nuevo país tras la larga y corrupta autocracia de Zine el Abidine ben Ali. Estas primeras elecciones libres de la historia tunecina han terminado con la concepción –a un tiempo simplista y totalitaria- de un laicismo mayoritario, que como se ha visto sólo constituía una capa de barniz sobre la realidad sumergida del país verdadero. Y esa realidad muestra ahora que los grandes colectivos populares apuestan por opciones políticas que insertan el factor religioso en la vida institucional.

Aunque los de En Nahda, perseguidos sin piedad por Ben Ali (su principal líder, Rachid Ghanuchi, soportó 22 años de exilio), se apuraron a sostener que un futuro gobierno islamista no implicará una restricción de los derechos y de las libertades en una sociedad plural. Algo parecido dicen los voceros de los Hermanos Musulmanes egipcios, y ese fue el centro del discurso, también, de los islamistas victoriosos en Marruecos esta semana.

MODERACIÓN ACELERADA

La prédica tradicional contra el fantasma del radicalismo islámico ventilada por los autócratas del Norte de África, como un argumento de auto justificación para sostener los recortes de libertades al interior de sus gobiernos, se ha visto potenciada por el propio discurso radical de algunos sectores de los partidos religiosos, que anticipan la aplicación de la “sharia” –el conjunto de leyes y de prescripciones morales y de conducta inspirado en el Corán- en caso de llegar al poder. Sin embargo, los éxitos electorales de estos días están demostrando que la mayor aceptación popular pasa por las tendencias moderadas, aunque los colectivos más extremistas y ortodoxos vayan apenas a la zaga.

Este ha sido el camino seguido también por el Islam político en Marruecos. El partido de la Justicia y el Desarrollo (PJD) ha transitado, en un tiempo muy breve, el camino que va de la radicalidad a la moderación, y ha edulcorado toda la campaña electoral en un tono de tolerancia y amplitud, que constituye toda una novedad en este sector del arco político.

El principal líder de los islamistas marroquíes, Abdelilah Benkiran, es un ejemplo concreto de este paso: en los años ochenta militó en un grupo musulmán radical signado como organización terrorista, la Juventud Islámica. Si bien la justicia no le adjudicó a él personalmente ninguna participación en hechos de violencia, la agrupación en la que militaba reivindicaba sin objeciones la lucha armada, y sus compañeros de armas asesinaron, entre otros, al dirigente socialista Omar Benjellun en Casablanca en 1975.

Desde aquellos extremos juveniles, Benkiran fue transitando por numerosas asociaciones islamistas, cada vez más moderadas, hasta que ingresó a fines de los ’90 en el PJD. Precisamente esta formación política fue fundada para recibir a los ex islamistas radicales que estuvieran dispuestos a moderar el discurso y las aspiraciones, para desde allí incorporarlos al sistema. Esa estrategia terminó dando sus frutos, ya que en la primera oportunidad real que se ha presentado (las elecciones de esta semana han sido las más libres y democráticas en los 55 años que Marruecos lleva como Estado independiente) ha conseguido el poder.

Aunque a regañadientes, el rey Mohamed VI ha tenido que respetar la Constitución que él mismo ha pergeñado, y nombró ayer primer ministro a Abdelilah Benkiran, en Midelt, una localidad del Atlas.

EL PODER A LOS “BARBUDOS”

La anécdota ha sido rescatada por los medios de prensa en estos días: en 2001, en el Parlamento marroquí, una mujer periodista –Amina Jabad- estaba cubriendo las sesiones, vestida con una remera y pantalones vaqueros; Abdelilah Benkiran (que es diputado desde hace 15 años) le gritó, frente a las cámaras, “¡andá a vestirte!” y la echó del recinto. Sin embargo, la última década y las recientes emergencias populares en el resto del Magreb han forzado a que los “barbudos” tuvieran que ir amoldando sus posturas hacia mayores grados de tolerancia. Un episodio como el de la censura del ahora primer ministro contra la periodista Amina Jabad lo dejaría muy mal parado frente a los electores. De igual manera, las condenas contra los festivales de música, los bebedores de alcohol y los homosexuales, que poblaban antes los discursos religiosos, han desaparecido de la escena.

Este tránsito paulatino hacia mayores niveles de tolerancia social ha sido clave en la victoria de los islamistas marroquíes. Una victoria relativa, por cierto, en porcentajes menores a los obtenidos por los tunecinos y a los que se anticipan para los egipcios. El PJD se ha hecho con el 27 por ciento de los sufragios, y el rey ha tenido que encomendar a su secretario general la formación del nuevo gobierno. Abdelilah Benkiran será el primer ministro más poderoso de cuantos ha tenido Marruecos hasta ahora, ya que la reforma de la Constitución de Mohamed VI supuso un recorte de las atribuciones del monarca –hasta ahora absoluto- en beneficio del jefe del gobierno. A excepción del ministro de Asuntos Religiosos (cuyo nombramiento sigue siendo derecho del Comendador de los Creyentes, el rey), la designación de todas las demás carteras serán ahora atribución del primer ministro.

Pero este avance del Islam moderado no puede ocultar la otra cara de la moneda: como decíamos al principio, muy a la zaga sigue la presencia de las tendencias radicales. En Marruecos, la otra gran corriente religiosa –más dura y ortodoxa- es Justicia y Espiritualidad, que se mantiene en la ilegalidad por negarse a admitir que el monarca sea el gran Comendador de los Creyentes.

Y este partido proscripto es el que alimenta al “Movimiento 20 de Febrero”, que desde esa fecha viene organizando las protestas multitudinarias que alteran, viernes a viernes, todas las grandes ciudades del Reino de Marruecos. Los del 20 de Febrero rechazan la nueva Constitución, y llamaron al boicoteo de estas elecciones. Y el porcentaje de abstención fue alarmante: el 55 por ciento de los electores inscritos no fue a votar. No todos los “barbudos” marroquíes han decidido seguir el camino de la moderación.

 

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Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 2 de diciembre de 2011

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Revolución egipcia, segunda parte (25 11 11)

Revolución egipcia, segunda parte

por Nelson Gustavo Specchia

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Las concentraciones populares que comenzaron a darle forma a la pueblada que terminaría derrocando al “rais” de Egipto, Hosni Mubarak, a principios de este año, estaban alimentadas por un abanico plural de anhelos y reivindicaciones. Las nuevas generaciones, nacidas ya en el entorno global de la sociedad de la información y las comunicaciones, veían que el antiguo régimen, que había logrado perpetuarse por más de medio siglo en base a la fuerza armada y a un cierto discurso nacionalista-socialista panárabe, no soportaba ya las comparaciones –que ahora podían hacerse en tiempo real y sin censura oficial- con las tendencias políticas contemporáneas. Pero a la cairota explanada de Tahrir, junto a estos jóvenes con ímpetus democratizantes, también llegaron los antiguos militantes religiosos, que durante las largas décadas de dominio de los presidentes-generales habían tenido que vivir en la semiclandestinidad. Los Hermanos Musulmanes, en todas sus múltiples y diferentes ramas y variantes, veían ahora la oportunidad para volver a salir a la luz, superando el laicismo obligatorio impuesto por una élite, que en definitiva es minoritaria respecto a las grandes masas de profesión islámica del país profundo.

En enero y febrero de este año no había diferencias entre estos dos grandes colectivos de manifestantes en Tahrir. La gran plaza los acogía a todos por igual, y sólo en los momentos del rezo islámico preceptivo, se abrían claros en la apretada muchedumbre para permitir que algunos, en ordenadas hileras, se postraran con el rostro hacia la Meca, mientras a su alrededor las consignas por el fin del régimen seguían atronando. Habían sido tantos los años de postergaciones y de limitaciones a los más básicos derechos civiles y políticos, que la revuelta social dejaba a un lado la heterogeneidad de su composición, para mostrarse como una masa compacta de rebeldes.

Y lo lograron, cuando a esos colectivos diferentes (y, según vemos hoy, inclusive antagónicos) se les sumó un nuevo y determinante aliado: el jefe del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, el mariscal Hussein Tantawi. El general se negó a continuar con los planes represivos ordenados por el cada vez más débil y solitario jefe del Poder Ejecutivo, y la revuelta se transformó en revolución. Tras dieciocho días de efervescencia revolucionaria, el “rais” Hosni Mubarak fue trasladado a su residencia veraniega de Sharm el Sheikh, en la península del Sinaí, y entregó el gobierno a su vicepresidente, Omar Suleiman, aunque todos sabían que el poder ya estaba en manos de Tantawi.

En ese momento, mientras en los festejos de Tahrir los sublevados aplaudían a los soldados y a los tanques militares, Tantawi tenía el cerrado apoyo de todos los sectores, laicos e islamistas. Una mínima racionalidad política indicaba que sin su concurso la revolución hubiera fracasado y, peor aún, podría haber terminado ahogada en sangre: por entonces, en Tahrir las concentraciones eran de cientos de miles. Pero superado el primer momento revolucionario, con Mubarak derrocado y preso, y su títere sucesorio también apartado del camino, la compacta masa homogénea de movilizados comenzó a mostrar las costuras. Y la emergencia de esa heterogeneidad interna, que es la que está en la base de los disturbios de estos días, comenzó a evidenciarse a partir de dos señales: a pesar de los reiterados llamados a la desmovilización total, Tahrir nunca terminaba de vaciarse del todo, semana a semana había grupos que permanecían y otros que volvían. La segunda señal fue clara sobre el peso que comenzaba a tener uno de los colectivos integrantes de aquella masa otrora compacta: el día clave de las protestas se estableció en los viernes, día del rezo musulmán. La revolución no había terminado, y la segunda parte se escribiría en clave islámica.

LA TUTELA MILITAR

Sería muy difícil llegar a conocer cuáles fueron las variables que determinaron el cambio de rumbo en la casta militar después de haber decidido el fin del régimen. ¿Fue sólo otro golpe de Estado, ahora con apoyo popular? Desde que el general Gamal Abdel Nasser y el Grupo de Oficiales Libres destronaron al rey Faruk en 1952, el papel del Ejército no hizo sino crecer en todos los órdenes, principalmente en el político y en el económico. La tutela del Ejército quedó instituida, y el progresivo control de resortes empresarios en manos de la alta oficialidad castrense les dio un poder determinante. Inclusive las diferencias sobre los rumbos políticos quedaron limitadas al interior del grupo; por ejemplo, nunca terminó de aclararse el rol del propio Hosni Mubarak en el asesinato de su antecesor en la presidencia, el general Anwar el Sadat, en medio de un desfile militar el 6 de octubre de 1981. Oficialmente el magnicidio fue adjudicado a los fundamentalistas islámicos, pero en marzo de este año, tras el derrocamiento del “rais”, la familia de Sadat ha iniciado una nueva demanda judicial acusando al derrocado mandatario de haber estado detrás del asesinato para que su grupo alcance el poder. Con estos antecedentes, es lícito suponer que todo el sector puede estar presionando a Tantawi para que esos privilegios, tanto los políticos como los económicos, se conserven en las disposiciones constitucionales y legislativas del nuevo régimen.

La segunda suposición ventila el viejo fantasma del integrismo: los militares –y sus antiguos aliados de la izquierda laica- tendrían en sus manos encuestas y sondeos que mostrarían que, a pesar del complejo calendario electoral que debería comenzar el próximo 28 de noviembre y que se extendería por varias semanas hasta enero de 2012, la victoria finalmente sería de los sectores islamistas, por porcentajes avasallantes. Y con ella, quedaría abierta la puerta para el ingreso de los sectores wahabíes del salafismo, esa rama musulmana fundamentalista que añora el restablecimiento del Sultanato de Egipto, aquella mítica formación política que defendió al Islam desde el gran país de África desde mediados del siglo XIII hasta entrado en siglo XIX, y que pretenden reinstalar hoy mediante la aplicación de la “sharia”, la legislación y la estricta observancia de la moral musulmana.

El alto mando que rodea a Tantawi duda entre seguir apoyando la apertura democrática, o habilitar una cuestión intermedia, sui generis, donde una democracia de masas coexista con una tutela supraconstitucional por parte del Ejército, que mantendría además su autonomía presupuestaria fuera del control legislativo (el sector de la economía dominado por el Ejército se calcula en un 25 por ciento del PBI egipcio).

Pero no es seguro que, a estas alturas, los revolucionarios de Tahrir estén dispuestos a conformarse con una salida intermedia. Y no sólo los islamistas: como en febrero, nuevamente la masa de gente que por cientos de miles llenó la plaza de El Cairo era una voz homogénea, pidiendo que los militares se salgan del camino y dejen el poder a los civiles, sin trampas ni medias tintas.

LA FUERZA DE LA PLAZA

La segunda parte de la revolución egipcia se dará, entonces, entre estos dos contendientes: el Ejército y los concentrados en Tahrir. La pregunta es quién logrará mantener el pulso, en esta delicada balanza entre fuerza y paciencia. Después de cuatro días muy violentos, una frágil tregua se ha instalado merced a un acuerdo de cúpula entre los militares y la dirigencia de los Hermanos Musulmanes, que temen que las movilizaciones terminen por aplazar un proceso electoral que ya dan por ganado. Pero en Tahrir y en las calles adyacentes se respira una explosión apenas contenida, dicen los cronistas –algunos de ellos amigos personales- que escriben desde el terreno. La comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, y ONG con datos fiables (como Amnistía Internacional) sostienen que el recuento de muertos de la última semana oscila entre 35 y 38, y han condenado la represión de los soldados, que en nada se parece al rol que jugaron en las jornadas de enero.

De este pulso, creo que podremos ver una de tres salidas: un gobierno civil tutelado indirectamente por el Ejército, como fue en su día la república laica que Mustafá Kemal, Ataturk, armó en Turquía sobre las ruinas del Imperio Otomano. Si al pulso lo ganan los Hermanos Musulmanes, en cambio, podría formarse una República Islámica, como la que el ayatollah Khomeini fundó en Irán después de barrer la Persia de los shah, con los militares sujetos al poder teocrático. La tercera posibilidad, la de una democracia plena, constitucional y con equilibrio de poderes, parece por estos días ser la más lejana. Aunque una revolución, en cualquiera de sus partes, es siempre un libro con final abierto.

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[ Columna “Periscopio” –  Suplemento Magazine – Hoy Día Córdoba, viernes 25 de noviembre de 2011 ]
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El “renacimiento” árabe y el modelo turco (05 03 11)

El “renacimiento” árabe y el modelo turco

Por Nelson Gustavo Specchia

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Con los primeros días de este año 2.011 comenzó un proceso político que –a estas alturas ya parece claro- viene a transformar todo el mapa geopolítico mundial en una nueva dirección. La caída de la autocracia tunecina de Zine el Abidine ben Ali, el pequeño gran disparador de toda la revuelta, y la velocísima desestructura del régimen egipcio de Hosni Mubarak, sentaron las bases de una ola que, con una fuerza expansiva inaudita y un alcance largo, ha comenzado a mover todas las fichas del tablero árabe, esa larga línea de 8.000 kilómetros de costas, desde Marruecos hasta Omán, cruzando todo el norte de África y englobando el Oriente Medio asiático.

La insurrección de Libia contra Muhammar el Khaddafi, una revuelta que asciende en espiral en estos días, es el último coletazo de este sismo regional, que a cada paso demuestra su buena salud y su ímpetu: lejos de agotarse en Trípoli, es capaz de extenderse, con la velocidad y la profundidad manifestada en los primeros días de enero, hacia las sociedades vecinas, diferentes todas en su especificidad, pero también emparentadas todas por la lengua y la obediencia al Profeta.

Pienso que, con propiedad, podemos hablar ya de un “renacimiento” árabe, asemejándolo con aquel proceso vivido por Europa hacia fines del siglo XV, después de los mil años largos en que el viejo continente transitó la calma medieval tutelada por la iglesia católica y la cercanía entre verdad religiosa y normas políticas.

Las distancias a salvar entre ambos procesos son tan grandes que, claro está, mi afirmación sólo intenta ser referencial. Pero remarco que uno de los elementos que habilitaban hasta ahora el apoyo estratégico de los países occidentales (concretamente, de la Unión Europea y los Estados Unidos de Norteamérica) a regímenes fuertes en el mundo árabe, haciendo caso omiso de los déficit democráticos vergonzantes y de las sistemáticas violaciones a los derechos humanos, era la argumentación que estos gobiernos pseudo dictatoriales eran la única garantía ante la posibilidad del avance del radicalismo islámico y el yihadismo. Con un tono menos enfático, también se admitía que los autócratas eran los mejores socios al momento de asegurar la provisión de petróleo.

Pero, sin embargo, en las plazas tunecinas como en los históricos 18 días de la plaza Tahrir de El Cairo, se coreaban consignas en pro de la libertad política, de la dignidad, de la participación y la democracia, de apertura y de transparencia. En definitiva, mutatis mutandis, de algo muy parecido a aquello que llevó a la modernidad renacentista en las ciudades europeas.

Y tanto en Túnez y Egipto ayer; como en la insurrección en Libia hoy; y quizá en Bahrein, Yemen, Marruecos, Algeria, Jordania, Líbano, Siria o Palestina mañana, la experiencia política que se mira con más atención es la de Turquía.

El fantasma de los ayatollahs

Acostumbrados al discurso de la contención del islamismo, dominante en la política internacional hacia la región durante el siglo XX, los primeros análisis sobre la revuelta en Túnez y Egipto miraron hacia Irán. La revolución de 1979 que derrocó a los Pahlevi también tuvo unos orígenes heterogéneos, donde los diferentes colectivos marchaban juntos, aunque los objetivos de unos tuvieran poco que ver con los de los otros. En esa efervescencia, los grupos laicos llegaron a tomar la conducción de Teherán. Pero entre las diferencias que separan el proceso persa del que hoy vive el mundo árabe, resalta que en aquel había una figura que concentraba el pulso revolucionario, el ayatollah Ruhollah Khomeini. Astuto y dueño de una fina inteligencia política, Khomeini se percató del espíritu laicista que predominaba en el alzamiento popular, y en lugar de ocupar él u otro clérigo el centro del proceso, promovió a un laico para encabezar el gobierno de transición. Pero sólo le permitió una corta estancia, a los siete meses el Comité Revolucionario, bajo su férula personal, establecía la República Islámica, teocrática y conservadora.

Hoy, no sólo que ninguna figura comparable a un Khomeini asoma entre los partidos islamistas que lentamente comienzan a asomar la cabeza a la superficie, luego de décadas de censura y proscripción. Sino que el énfasis no es teocrático, ni pasa por la defensa de la ley religiosa, la sharia, en la regulación de la vida social. El modelo es otro, el camino es el que siguieron los turcos.

La vía turca

Aunque sí es cierto que, en los tiempos de la descolonización, con los movimientos nacionalistas, socialistas y panarabistas campeando a sus anchas, el sentimiento religioso buscó sus propios causes. Los Hermanos Musulmanes, fundados por Hassan al Banna en Egipto, se convirtieron en un primer momento, junto al wahabismo saudí, en el útero desde el cual nacieron los movimientos yihadistas radicales. De hecho, el lugarteniente de Osama ben Laden, Aymman al Zawahiri, ideólogo de Al Qaeda, proviene del núcleo originario de los Hermanos Musulmanes egipcios.

Sin embargo, además de esta línea que optó por las reivindicaciones violentas, otra corriente, en vez de mirar hacia el wahabismo de Arabia Saudita, se siente mucho más cómoda con la Turquía actual. Allí, donde después de un proceso de desgarro con el califato imperial otomano (que, como en la edad media europea, acercaba peligrosamente la fe y la política) y de una secularización a rajatabla impuesta por Mustafá Kemal, Atatürk, hoy se está logrando un nuevo equilibrio. Una combinación original entre principios republicanos y democráticos, y práctica religiosa musulmana, de la mano del partido islamista moderado que conduce el premier Recep Tayyip Erdogan: la modernidad, las libertades políticas, y el respeto cultural a la especificidad religiosa musulmana, todo junto,

Además de la profundidad del cambio cultural que implicará en el futuro próximo el reordenamiento de todo el mapa geopolítico árabe, si llega a primar la vía turca en la salida de las revueltas de este nuevo “renacimiento” árabe, esa opción enviará un mensaje potentísimo: la democracia representativa, la libertad y la organización institucional republicana no es patrimonio exclusivo de las sociedades modernas, cristianas y secularizadas, de Occidente.

Y este mensaje general, para la Unión Europea tendrá también una posdata particular: no fue una buena idea poner tantos palos en la rueda del ingreso de Turquía a la organización continental. Ahora quizá ya ni quiera entrar, ocupada como estará en gestionar su ascendencia en la marcha de un proceso regional extensísimo y multitudinario, que podría llegar a abarcar una superficie de trece millones de kilómetros cuadrados (más grande que los Estados Unidos, que Europa, y aún que la gigante China), asentada sobre un mar de petróleo, y habitada por unos doscientos millones de almas. Así de importante.

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en Twitter:  @nspecchia

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Egipto en transición militar (13 02 11)

Egipto en transición militar

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Finalmente, tras haberse conocido que la cúpula del ejército no había avalado el discurso del ex presidente egipcio Hosni Mubarak, en el que éste anunciaba que permanecería al frente del gobierno, un comunicado militar anunció el viernes pasado que asumía la conducción provisional de la república.

El golpe militar sorprendió a los propios generales retirados que integran el gobierno provisional nombrado por Mubarak (el primer ministro, el general Ahmed Shafiz, daba una conferencia de prensa al momento de difundirse la proclama del golpe), y a los dirigentes opositores, que esperaban ser convocados a integrarse a una transición civil.

En su lugar, los generales anunciaron que convocarán a un “comité de especialistas” para analizar algunas reformas constitucionales –aunque no especificaron qué artículos en particular- que luego someterán a referéndum, y que ocuparán el Poder Ejecutivo y la representación de Egipto en el exterior hasta que unas nuevas elecciones presidenciales –que no se llamarían antes de seis meses- vuelvan a constituir gobierno.

En el interín, el Congreso permanecerá suspendido, lo mismo que la vigencia de la Carta Magna, aunque el comunicado castrense lleva tranquilidad a los mercados (nada cambiará en la política económica y monetaria), y a los países vecinos, afirmando que el tratado de paz con Israel, firmado en Camp David, sigue vigente.

Si bien las últimas elecciones legislativas tuvieron múltiples denuncias de fraude generalizado (que habían llevado al propio Mubarak a decidir que serían revisadas), la suspensión de la vigencia constitucional es menos comprensible que la disolución del cuerpo parlamentario, que coloca a Egipto en manos de una dictadura militar.

Tampoco se anunció el fin a la polémica Ley de Emergencia, vigente desde 1981 y uno de los principales puntos de reclamo por parte de las protestas. Esta disposición, supuestamente extraordinaria, permite detenciones arbitrarias, imposición de toques de queda y suspensión de derechos civiles, en aras de la seguridad interna del Estado.

Por todas estas razones, un grupo de unas 2.000 personas permanecían en la emblemática plaza Tahrir, tras la algarabía y los festejos populares por la caída del “rais” durante todo el fin de semana. Los manifestantes seguían pidiendo claridad en el nuevo tiempo político, la inclusión de la oposición en la transición, y la derogación inmediata de la Ley de Emergencia.

Aunque en la céntrica explanada cairota permanecía este grupo de activistas, la capital egipcia se preparaba para recuperar lentamente una normalidad que ha estado ausente de la vida social en las últimas tres semanas, el Canal de Suez volvió a operar normalmente y estaba previsto que hoy abriesen las oficinas públicas así como los comercios, aunque no estaba claro si los establecimientos escolares harían lo propio.

Después de la escalada espontánea que tomó fuerza, de una manera inédita para todo el mundo árabe, a partir del 25 de enero en El Cairo, la alegría popular del fin de semana comenzaba a dar paso a una esperada rutina ciudadana.

Grupos de ciudadanos se organizaron para barrer las calles y quitar los escombros de la plaza Tahrir que habían servido para las barricadas; algunos llevaban carteles con la inscripción “Perdone las molestias. Estamos construyendo un nuevo Egipto”.

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.nelson.specchia@gmail.com

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El (des)concierto europeo frente al Magreb

El (des)concierto europeo frente al Magreb

Por Nelson Gustavo Specchia

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Desde los primeros momentos de generación del proceso de integración europea, en la segunda posguerra mundial, los “padres fundadores” pusieron muchos esfuerzos en que se notara que la nueva organización que estaban creando tendría, en las relaciones entre los socios y entre éstos y los demás países, un basamento diferente al de la cosmovisión realista de las relaciones internacionales. El realismo, aquella escuela de teoría política que venía dando sustento a la política internacional desde la creación de los Estados Nacionales, con su lógica de poder y del interés supremo del Estado, tenía mucho que ver, decían los patriarcas europeos, con las debacles bélicas en que había terminado hundiéndose el siglo XX. Frente a aquellos teóricos “duros” del realismo, la nueva elite, acompañada con lecturas neofuncionalistas de pensadores como Ernst Haas y León Lindberg, propusieron un quiebre: en lugar de competencia, cooperación. El lugar de guerra, comercio. En vez de desangrarse tratando de dominar al vecino, proponer estructuras supranacionales con intereses que superen los límites –a veces tan estrechos- del puro interés nacional.

Así, los gestores de las Comunidades Europeas (primero del carbón y del acero, luego de la energía atómica, para decantar finalmente en la UE tal como la conocemos hoy) generaron la “buena vecindad”. Cuando cayó el Muro de Berlín, este concepto facilitó la incorporación de toda la Europa del Este al seno del proceso de integración. Otras latitudes, como el territorio latinoamericano, también recibieron un trato privilegiado por la misma concepción de la política internacional, desde la cooperación económica como desde los foros de encuentro al máximo nivel, especialmente por parte de la corona española, la vieja metrópoli.

Sin embargo, este programa político parece haber fracasado estrepitosamente respecto del primer cordón de vecindad, la tierra “otra” más próxima al Viejo Continente: la costa sur del mar Mediterráneo, la línea de Estados que conforman el Magreb africano y el Oriente Medio. Durante los 50 largos años que los europeos vienen amasando la integración continental, la cercanía de esos vecinos moros ó negros, árabes, musulmanes, pobres, subdesarrollados, con estructuras sociales y políticas desarticuladas por los procesos coloniales que los europeos mismos habían protagonizado, les causaron siempre un problema de difícil solución. Un problema frente al cual las teorías neofuncionalistas en boga, y el substrato idealista que exportaban al resto del mundo como “poder blando”, como ejemplo a imitar, se quebraba una y otra vez los dientes.

Felipe González, el ex presidente socialista del gobierno español, fue uno de los pocos que intentó seriamente tomar el toro por las astas. En 1995 auspició el Proceso de Barcelona, un proyecto geopolítico lanzado en la capital catalana con ocasión de la Cumbre Euromediterránea, que intentó sentar en la misma mesa a los líderes europeos, los del Magreb y los de Medio Oriente, en torno al desarrollo económico, la democracia, y la universalización del respeto por los derechos humanos. Pero tras el lanzamiento, pasaron años y no se avanzó nada. En una fecha tan cercana como 2008, Nicolás Sarkozy, en su turno al frente del Consejo Europeo, relanzo la iniciativa, ahora denominada Unión por el Mediterráneo: 43 países, más de 756 millones de ciudadanos, todos los Estados miembros de la Unión Europea, todo el Magreb, muchos de los árabes de Oriente Próximo, Turquía, Israel… y no pasó nada. Los europeos, tan imaginativos para crear fórmulas novedosas de intervención política, seguían sin saber qué hacer con los vecinos de la costa pobre del “mare nostrum”.

Por eso, cuando llegó la revuelta tunecina que tumbó a Zine el Abidine ben Ali, y contagió a las movilizaciones egipcias que acorralaron al hasta entonces estable y confiable régimen del “rais” Hosni Mubarak, la Unión Europea se encontró atónita, sin saber qué hacer ni qué partido tomar. Una de las experiencias políticas más interesantes de nuestros días le explotaba a pocas millas de sus costas meridionales, y las cancillerías no tenían un sólo libreto creíble para intervenir. Desde el estallido de la protesta en Túnez hasta la primera declaración de lady Catherine Ashton, la alta representante europea para la política exterior, pasó una semana entera de confusión y de silencio.

Responsabilidades personales

Las teorías neofuncionalistas, en todo caso, ya lo habían advertido: la plataforma idealista operaría en tanto y en cuanto la identificación de las elites con la integración y la buena vecindad fuera asumida como compromiso, o sea, como responsabilidad individual por parte de las personas que en ese momento estuvieran ejerciendo el rol dirigente. Durante los años que Javier Solana tuvo a su cargo la política exterior de la UE, no dejó foro sin intervenir ni espacio sin ocupar. Pero una cosa es Solana, y otra cosa es Ashton, una figura de segunda línea, sin experiencia en la gestión internacional, y que accedió al cargo porque en la repartija entre los Estados ese puesto le correspondía a Gran Bretaña, a los laboristas, y a una mujer.

Pero lady Ashton apenas si tiene preparada una esquelita, siempre con el mismo mensaje, en el que cambia el nombre del destinatario y la hace pública tarde y mal. Así, cuando la protesta ya incendiaba los cimientos del régimen de Mubarak, Ashton decidió sacar su esquelita, en la que manifestaba, como casi siempre, su “interés y preocupación” por la revolución que estallaba en África del Norte, al tiempo que repetía su “petición a las partes de actuar con control y calma”, cuando ya hasta Naciones Unidas admitía que los muertos por la represión sumaban centenas.

Mientras la Alta Representante mostraba, con la blandura y pusilanimidad de su esquelita la realidad de que la propia Unión Europea no tenía postura ninguna, la ministra de Exteriores de Nicolás Sarkozy, Michèle Alliot-Marie, ofrecía a Ben Ali enviarle más material antidisturbios 48 horas antes de que el autócrata huyese del país, mostrando la verdadera cara: ningún gobierno europeo miraba realmente con simpatía la revuelta en el Magreb.

Europa tiene muchas más razones que los Estados Unidos para tomar en cuenta a sus vecinos del sur. No sólo por proximidad geográfica, sino también por ancianas deudas históricas, por relaciones culturales, por intercambio demográfico. Sin embargo, aunque al gobierno de Barack Obama también la protesta lo encontró un tanto descolocado, la reacción del Departamento de Estado fue rápida, y la decisión de acompañar las protestas se tomó en cuestión de horas:  Jeffrey Feltman, el secretario de Estado adjunto para Oriente Próximo, fue el primer diplomático extranjero que viajó a Túnez tras el derrocamiento de Ben Ali.

Estruendoso silencio

El proceso de transformaciones iniciado en los países árabes del Magreb no tiene retorno, y terminará impactando, más temprano que tarde, toda la arquitectura regional, fija desde la descolonización mediante la imposición de gobiernos autocráticos que reprimieran los alzamientos populares (y, entre ellos, supuestamente también los del fundamentalismo islámico) y aseguraran la provisión de petróleo y gas. Ese esquema ya es historia.

A pesar de todos los intentos de los “padres fundadores” de la Unión Europea, de mostrar una imagen alternativa de hacer política internacional basada en la cooperación y el respeto, en la integración y la buena vecindad en lugar de la pura y dura lógica del poder, los hombres y las mujeres –éstas cada vez más visibles y participativas- de los países africanos y árabes de las cercanías miran con escepticismo a la “vieja” Europa (como despreciativamente la denominaba Donald Runsfeld, el ministro de Defensa de George W. Bush durante la invasión a Irak).

Las sociedades y los gobiernos europeos, a pesar de su énfasis en la democracia y los derechos humanos, han preferido durante las últimas décadas apoyar el statu quo de las autocracias en el Magreb, como garantía de estabilidad y seguridad regional. Con esta postura, se alejaron de los ciudadanos concretos de esos países, apostando, en cambio, por sus intereses nacionales internos (qué contradicción: en la más cruda tradición realista…)

Si en esta ocasión vuelven a perder la oportunidad histórica, y con los silencios y las medias palabras inocuas a lo Ashton no se ubican claramente del lado de un pueblo que reclama su derecho a la libertad y a la democracia, que no se sorprendan luego si otras opciones, como la del radicalismo fundamentalista, va a llamar a sus puertas.

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El poder es mío, mío, mío…! (11 02 11)

Mubarak no se va: retiene la presidencia y delega el poder

En un insólito discurso, el jefe del régimen dice que protagonizará el cambio

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El anciano presidente de Egipto, el general Hosni Mubarak, logró en la tarde de ayer defraudar a todo el mundo: a los miles de manifestantes que ya festejaban su segura caída en la plaza Tahrir de El Cairo, a los aliados que confiaban en que traspasaría el cargo al vicepresidente Omar Suleiman, y a la opinión pública mundial, que sigue los acontecimientos de la revuelta en el gran país norafricano con suma atención y detalle, según revelan las mediciones de audiencia de los medios de comunicación.

Cuando las protestas están a punto de cumplir la tercera semana consecutiva de alteración social, y la víspera del anunciado “viernes de los mártires” (hoy los movilizados tienen previsto conmemorar las tres centenas de víctimas que se va cobrando el alzamiento popular), el anuncio de que el “rais” Mubarak hablaría a la nación por la televisión oficial, fue interpretado por los manifestantes en las calles de la capital egipcia como la oportunidad en que admitiría su delegación del Poder Ejecutivo, un paso que a estas alturas ya no le piden solamente los opositores internos, sino la vía que le sugieren que siga hasta los aliados más próximos.

Sin embargo, el presidente utilizó ese alto nivel de expectativas generadas para dar una nueva imagen de solidez, y –a mismo tiempo- de gestión política: afirmó que permanecerá en su puesto hasta las elecciones de septiembre próximo, y ofreció a los opositores la seguridad de que atenderá los reclamos populares, tal como si los hiciera suyos.

Este movimiento, dijo, “tiene que ver con el presente y el futuro de Egipto”, por lo que se comprometió a cumplir con las demandas “de una manera legítima”, o sea, con él en la presidencia.

El discurso, que por la transmisión en directo por la cadena televisiva norteamericana CNN se vio en todo el mundo, tuvo incluso inflexiones emotivas, cuando Mubarak afirmó que escucharía y cambiaría en los meses venideros la manera de gobernar que ha mantenido durante los últimos treinta años: “Les hablo desde lo más profundo de mi corazón y estoy muy orgullosos de ustedes”, y a renglón seguido afirmó que “yo, como presidente de la nación, tengo que responder a vuestro llamado”.

Inclusive, al pedir perdón de las familias de las más de 300 víctimas de la represión, muchas de ellas causadas por sus partidarios cuando salieron a copar las calles con carga de caballos y camellos, les aseguró que su sangre no se habrá vertido “en vano”.

En una situación cercana al absurdo, el presidente egipcio que era hasta este minuto el símbolo del inmovilismo y del statu quo, se ha erigido a sí mismo en el abanderado de la transformación al sostener que “nuestro movimiento de cambio no tiene vuelta atrás”.

A pesar de que la cúpula del ejército había asegurado que se respetaría la voluntad popular apenas minutos antes del discurso del primer mandatario, el vicepresidente Suleiman pidió la inmediata desconcentración de la plaza Tahrir, donde al cierre de esta edición el clima era de decepción y furia.

Cautela internacional

Tras el sorpresivo discurso del presidente egipcio, donde anunció su continuidad en el ejercicio del cargo a pesar de la fuerza y la permanencia de la protesta, el presidente estadounidense Barack Obama no ocultó la frustración de su gobierno, que según observadores internacionales había apostado por el recambio de figura en la persona del vicepresidente Omar Suleiman.

El jefe de la Casa Blanca convocó de urgencia a su gabinete de Seguridad, para evaluar la dirección que puede asumir la movilización popular en El Cairo en el día de hoy, una jornada que se viene preparando para ser la de mayor calado de toda la revuelta.

Una convocatoria, además, que en la tarde de ayer se vio fuertemente impulsada por el discurso del “rais” Mubarak, aferrado al poder contra viento y marea.

Antes de la reunión de los máximos responsables de la seguridad norteamericana, Obama volvió a afirmar que “el pueblo quiere el cambio”, y que su gobierno se compromete en hacer “todo lo que pueda para lograr una transición pacífica”.

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Egipto, la protesta vuelve con fuerza (10 02 11)

Egipto recupera la movilización

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La protesta egipcia, finalmente, ha desbordado los límites de la amplísima explanada de la plaza Tahrir, en el centro de El Cairo, y se expandía ayer por otros puntos neurálgicos de la capital –como la sede del Congreso-, mientras que los levantamientos populares en ciudades y puertos del interior del país seguían creciendo en número.

El intento del régimen autocrático presidido por el general Hosni Mubarak, de mostrar que con el inicio de la semana las protestas opositoras habían agotado su fuerza y el país comenzaba a recuperar la senda de la normalidad, se estrellaron unas pocas horas más tarde con una nueva concentración multitudinaria en la plaza Tahrir, ya convertida en el símbolo referencial de las columnas de manifestantes antigubernamentales, y con brotes de huelgas en ciudades del interior en solidaridad con las protestas de la capital.

A pesar de que las masas de ciudadanos movilizados siguen sin responder a una dirección unificada (e inclusive pareciera que por momentos los propios dirigentes políticos de la oposición se ven sobrepasados por las bases), en la víspera una parte de los concentrados en Tahrir decidió espontáneamente dirigirse a la sede del Parlamento (dominado en sus cuatro quintas partes por la bancada oficialista del Partido Nacional Demócrata – PND), donde el ejército amenazaba con desalojar a los grupos de protesta que acampan en las calles aledañas desde el estallido de la crisis.

En el interior del país, luego de que la huelga de unos 6.000 trabajadores portuarios prácticamente paralizara el movimiento de la ruta marítima a través del Canal de Suez, las redes sociales por Internet volvieron a ser un instrumento prioritario, y a través de ellas se pedía a otros sindicatos que se sumaran a los portuarios de Suez.

El vicepresidente, Omar Suleiman, que ve cómo el aumento de la presión opositora diluye su plan de “transición ordenada” surgido tras el encuentro con algunos dirigentes opositores el domingo pasado, afirmó que Egipto “no está preparado para la democracia”, y que la petición por parte de las multitudes movilizadas de un alejamiento inmediato del presidente Hosni Mubarak es “una falta de respeto”; declaraciones que enardecieron aún más las protestas.

Y a renglón seguido, el nuevo hombre fuerte del régimen salió a advertir sobre el “riesgo” de un “golpe [de Estado] precipitado e irracional” si el estado de desorden social no amaina, situación de quiebre institucional que sería aprovechado por el fundamentalismo islamista para hacerse con el poder; el antiguo lugar común utilizado por Mubarak para aferrarse a la jefatura del gobierno durante las últimas tres décadas.

En respuesta a las ya poco creíbles advertencias de Suleiman, los Hermanos Musulmanes, la principal agrupación islámica de Egipto, volvió a reiterar que no tiene intenciones de plantear su acceso al poder en el futuro inmediato, e inclusive aseguró que no presentará candidato propio a la presidencia en unas eventuales elecciones.

Al mismo tiempo, y frente a las afirmaciones del vicepresidente, Saad el Katatni, el dirigente islamista de la agrupación hasta ahora proscripta que participó en la reunión con la oposición, dijo que los Hermanos Musulmanes se retiran de la mesa de diálogo.

Las declaraciones de Suleiman también fueron censuradas por el gobierno estadounidense –el principal sostén externo de la estrategia del vicepresidente-, que las consideró “particularmente inútiles”.

Presión del Gran Hermano

Con el correr de las horas, la posición de la Administración norteamericana sobre Egipto va cambiando.

Desde algún desconcierto inicial (los analistas afirmaban que Barack Obama estaba intentando no “perder” al aliado egipcio en una revuelta popular, como había “perdido” el ex presidente demócrata Jimmy Carter a Irán en manos de los ayatollahs en 1979), la Casa Blanca ejerce ahora una presión clara para que el régimen de Mubarak ceda ante las protestas.

Que el gobierno se empeñe en aferrarse al statu quo, afirman en Washington, puede terminar desencadenando una rebelión sangrienta, y ahí sí que el final sería incierto.

El vicepresidente Joe Biden reclamó ayer a Omar Suleiman que deje de hacer declaraciones alarmistas, acelere los cambios, y que levante de inmediato el estado de excepción, con el que se justifican las detenciones y las agresiones a periodistas y opositores.

Mientras aumenta la presión externa, los movilizados preparan la jornada del próximo 11 de febrero, ya bautizado como “Viernes de los Mártires”, donde rendirán homenaje a los más de 300 muertos desde que estalló la rebelión, el 25 de enero.

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Egipto, ¿transición tutelada? (07 02 11)

Transición tutelada en Egipto

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Después de un fin de semana de tensión e incertidumbre, el régimen egipcio parece haber encausado las movilizaciones de protesta hacia una transición tutelada, aunque aún no está claro si el proceso propuesto por el oficialismo –y que según fuentes internacionales contaría con el visto bueno de Washington- mantendría al frente del Ejecutivo al presidente Hosni Mubarak, o si ese cargo sería ocupado por el actual hombre fuerte del gobierno, el vicepresidente Osman Suleiman.

En principio, el disímil arco opositor, incluyendo al sector islamista de los Hermanos Musulmanes (hasta ahora proscriptos), aceptó concurrir a una mesa de diálogo convocada por Suleiman, de la cual surgió un comité que se abocará a estudiar las diferentes alternativas de reforma del régimen, comenzando por una transformación de la Constitución, y con el horizonte de un llamado a elecciones libres en un plazo acotado.

Hasta el viernes pasado, cuando una manifestación multitudinaria desafió a los cuadros progubernamentales que habían copado las calles, y volvió a llenar la plaza Tahrir del centro de El Cairo, en la que fue llamada la marcha del “Día de la Despedida” de Mubarak, la oposición había manifestado que no concurriría a ninguna convocatoria de diálogo con el gobierno mientras el presidente, que ha ocupado el Ejecutivo durante las últimas tres décadas, se mantuviese en el cargo.

Sin embargo, las gestiones realizadas por el entorno del vicepresidente –un hombre que proviene de los críticos servicios de inteligencia-, a los que se habría un guiño favorable desde el Departamento de Estado norteamericano, hizo que varios dirigentes de la oposición concurrieran a la cita, que se desarrolló en las oficinas gubernamentales y bajo un gran retrato del presidente Mubarak.

Desde Múnich, adonde asistió a una Conferencia de Seguridad con los aliados europeos, la secretaria de Estado, Hillary Clinton, afirmó que “es importante avanzar en el proceso de transición anunciado por el gobierno egipcio, que está presidido de hecho por el vicepresidente Omar Suleiman”.

Las primeras repercusiones en la tarde de ayer, sin embargo, indicaban que los Hermanos Musulmanes calificaban de “insuficientes” las iniciativas propugnadas desde el gobierno para llevar adelante una “transición ordenada, del poder, de manera pacífica y de acuerdo con la Constitución”, hasta las elecciones de septiembre próximo.

Según trascendió a la prensa, los dirigentes exigieron al vicepresidente que el comité recién creado acepte la limitación de los mandatos presidenciales (reducirlos a dos periodos consecutivos), y flexibilice los requisitos para poder presentarse a las elecciones, ya que la complejidad de este trámite en la actualidad prácticamente funciona como un impedimento de facto para cualquiera otra agrupación distinta del hegemónico Partido Nacional Democrático (PND).

La televisión egipcia, por su parte, anunció que el grupo de expertos reunidos en torno al vicepresidente analizará la eliminación de la Ley de Emergencia, que otorga poderes extraordinarios al jefe del Ejecutivo, y que ha sido el principal instrumento utilizado por Hosni Mubarak desde 1981, en que la disposición supuestamente extraordinaria entró en vigencia, tras el asesinato del presidente Anwar el Sadat y el acceso de Mubarak al poder.

Mientras tanto, los manifestantes siguen ocupando la plaza Tahrir y empeñados en la protesta, “hasta que Mubarak caiga”, según las consignas.

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El gobierno egipcio endurece el trato hacia la protesta opositora

Las columnas pro-Mubarak causan 13 muertos y más de 1.200 heridos

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Aunque ya nadie pone en duda que el gobierno egipcio está agotado, el régimen se aferra al poder, aislándose internacionalmente y reprimiendo las movilizaciones populares. En jornadas muy violentas, columnas pro gubernamentales (que diversos observadores identifican como miembros de los cuerpos policiales vestidos de civil) se enfrentan a los opositores, y las calles céntricas de la capital volvieron a convertirse en la víspera en el escenario de una batalla campal, con cargas de caballos y camellos, hombres armados con barras de metal, garrotes y armas blancas.

Los pocos efectivos del ejército que permanecían en los bordes de la plaza, después de que la cúpula castrense comunicara que no tomaría parte por ninguno de los dos bandos, realizaron algunos disparos al aire, e intentaron –aunque débilmente- ubicarse entre ambos grupos, pero no lograron evitar el encontronazo. Desde las propias fuentes de información oficiales, el ministerio de Sanidad informó de 13 personas fallecidas en los enfrentamientos entre ambas facciones, y 1.200 heridos, aunque organizaciones humanitarias no gubernamentales manejaban cifras aún más elevadas.

Junto a los enfrentamientos entre opositores y defensores del gobierno, ayer nuevamente se sucedieron los actos vandálicos y las agresiones a los medios de prensa, con especial encarnizamiento a los corresponsales de medios extranjeros.

Ayer la situación parecía, de momento, inclinarse hacia las facciones progubernamentales, que habían logrado dispersar el grueso de los manifestantes opositores y patrullaban las arterias céntricas, agrediendo a cualquier grupo de manifestantes que encontraran.

Significativamente, el presidente volvió a aparecer en una entrevista, y sostuvo que su permanencia en el poder responde al principal motivo de impedir que “el caos se instale” en El Cairo, cuando en las limitadas trasmisiones que por internet y por la cadena Al Jazeera se recibían, el caos social campeaba por todas las esquinas de la ciudad.

Ante la violencia creciente, y por la actitud de los milicianos pro Mubarak, la oficina egipcia de Naciones Unidas (ONU) comenzó a retirar a su personal, que trasladó a la isla de Chipre. Los periodistas extranjeros, por su parte, permanecen recluidos en el hotel Ramsés Hilton, para evitar el robo de sus equipos e inclusive la posibilidad de linchamiento; hay seis periodistas desaparecidos, y un corresponsal griego fue apuñalado en una pierna.

El vicepresidente, Oman Suleiman, endureció el discurso oficial y dijo que las protestas serán reprimidas, aunque al mismo tiempo convocó a un diálogo con la oposición, que sigue rechazándolo en estas condiciones. Suleiman, ahondando la soledad del régimen, rechazó las protestas internacionales –ya a estas alturas prácticamente unánimes-, aduciendo la soberanía egipcia para resolver sus “asuntos internos”.

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El “rais” provoca una batalla en las calles (03 02 11)

Batalla campal luego de que Mubarak anunciara su continuidad

Tres muerto y centenares de heridos en enfrentamientos en las calles de El Cairo

 

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La revuelta que sacude a Egipto cambió ayer de dirección, dejando de lado los modos pacíficos y pasando a una batalla campal entre opositores y supuestos seguidores del gobierno, que ya ha costado una víctima fatal y más de medio millar de heridos.

La tensión estalló en la tarde de ayer, luego de que el presidente Hosni Mubarak se dirigiera al país por la televisión oficial, y anunciara su continuidad en el ejercicio del Ejecutivo, aunque, como una concesión a las movilizaciones de los últimos diez días, también comunicó que no volverá a presentarse para un nuevo período presidencial.

Las palabras de Mubarak y su intención de tutelar una transición cosmética hasta las próximas elecciones enardecieron a la multitud que colmaba la céntrica plaza Tahrir, una aglomeración que la cadena de televisión árabe Al Jazeera calculó en dos millones de personas (aunque las cifras oficiales sólo mencionaban unas doscientas mil).

El ejército, que se había mantenido neutral frente a las columnas de movilizados que violaban el toque de queda en la concentración, y que inclusive había dado algún signo de afinidad con la población civil al reconocerle “legitimidad” a las razones esgrimidas por la revuelta, tras el discurso del primer mandatario llamó a la gente a desmovilizarse y abandonar las calles para “volver a la normalidad”.

La respuesta espontánea de los concentrados, que ya habían levantado tiendas improvisadas para pasar la noche en la plaza, fue seguir resistiendo, mientras coreaban consignas como “Si Mubarak no se va, nosotros tampoco”.

En ese momento cambió el cariz de la situación, cuando ordenadas columnas de hombres comenzaron a dirigirse a la plaza, en respaldo del presidente del gobierno, y cuando estuvieron frente a frente estalló la violencia.

A los palos y las piedras, al llegar la tarde de ayer también se sumaron bengalas y “cócteles molotov”. Las comunicaciones telefónicas y por internet volvían a censurarse, para dificultar la carga de videos de los enfrentamientos en páginas como la de YouTube; algunos periodistas extranjeros también denunciaron que los manifestantes progubernamentales les quitaron las cámaras de video y de fotos con las que registraban el enfrentamiento, los corresponsales se refugiaron en el hotel Hilton.

Mientras tanto, el arco opositor, que había consensuado la representación de todos en la persona del científico Mohammed al Baradei, ratificó que no acudirá a dialogar con el gobierno mientras Mubarak permanezca.

Ayer, la respuesta fue que la oposición tampoco sería convocada hasta que no detenga la protesta y los ciudadanos vuelvan a sus casas, según informó el vicepresidente, el ex titular de los servicios de inteligencia Omar Suleimán.

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