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Perú, “figuritas repetidas” (25 02 11)

La política peruana, tierra de oportunidades

Por Nelson Gustavo Specchia

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En Lima, una sutil y vaporosa capa de niebla cubre casi siempre la ciudad durante las mañanas, con una mezcla de salado aire marino y corrientes frescas que bajan de la sierra. Sin embargo Ramón, el chofer que mis anfitriones de la universidad Ruiz de Montoya han enviado a buscarme al aeropuerto, no habla del tiempo limeño, y aprovecha el largo camino hasta el hotel, en la barriada de Miraflores, para darme una completa lección de política peruana. Cuando llevamos casi una hora en el denso tráfico, Ramón arriesga una afirmación que luego, con otras palabras, también encontraré en las opiniones de los colegas, en la reunión universitaria a la que me han invitado. “En la política peruana”, afirma mi chofer, “nadie se termina de morir del todo. Se van con el rabo entre las piernas, pero al tiempo están tocando de nuevo las puertas de la presidencia.”

Esa percepción popular que escuché apenas descendido del avión que me había llevado hasta Lima, parece constatarse en estos tiempos finales de la gestión de Alan García: quienes se acomodan para disputar el espacio político en las próximas elecciones, el 9 de abril, son todas figuritas repetidas en la historia reciente del Perú.

Los muertos que vos matáis…

Además, la campaña electoral ha entrado en una fase de incertidumbre. En nuestro tiempo, ya es central el lugar que ocupan las mediciones de opinión ante la cercanía de cualquier acto comicial. Pero en las elecciones peruanas esta herramienta de testeo del clima político verá menguada su capacidad. La autoridad con competencia electoral, el Jurado Nacional de Elecciones, ha decidido exigir a las consultoras que consignen los datos personales completos (con DNI, dirección y teléfono) de todos y cada uno de los entrevistados en sus sondeos. En una sociedad donde la sensación de seguridad personal es muy endeble, es poco probable que las encuestadoras consigan voluntarios que se atrevan a responder dejando acreditados y archivados sus datos.

Ante ello, el conocimiento previo de los nombres y de las trayectorias de los dirigentes gravitará aún más en la definición de los primeros puestos de la contienda electoral. En el último sondeo publicado antes de que comenzara a regir la nueva disposición judicial, además, las “figuritas repetidas” están fijas en la primera línea. El presidente Alan García está constitucionalmente limitado para repetir mandato (aunque no ha descartado volver en 2016); pero el ex presidente Alejandro Toledo encabeza las preferencias populares. Y Keiko Fujimori, la hija del ex presidente Alberto Fujimori (1990-2000), le sigue de cerca. En un tercer lugar, está el ex intendente de Lima, Luis Castañeda; y lejos, en un incómodo cuarto puesto, el nacionalista Ollanta Humala, aliado de Evo Morales y de Hugo Chávez.

La vuelta al ruedo de Alejandro Toledo no es la primera que viene a comprobar aquel aserto de mi chofer respecto de la buena salud de los muertos políticos peruanos. El propio Alan García ya había demostrado que el palacio presidencial limeño es una tierra que da segundas oportunidades. García había dejado el poder, en la década de los noventa, con su imagen destruida tras una gestión caótica, en el borde del precipicio social debido a los ataques de la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso, y con la economía agotada por los ensayos experimentales del presidente, que intentó seguir el guión antiimperialista teórico del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), escrito por su maestro, Víctor Raúl Haya de la Torre.

Los peruanos colocan motes muy llamativos a sus dirigentes. A Fujimori, a pesar de su obvia ascendencia japonesa, lo llaman “el Chino”; a Toledo, “el Indio”; a Ollanta Humala, sin embargo, cuyo nombre tiene connotaciones más indígenas, como fue capitán del ejército le dicen “el Milico”. Y a Alan García, desde aquellos corcoveos erráticos de su primera presidencia, las voces populares lo han designado como “Caballo Loco”. Unas marchas y contramarchas, en todo caso, que hundieron su popularidad bajo mínimos, y que lo llevaron inclusive a salir del país durante algunos años, hasta que los ánimos se asentaran.

Sin embargo “Caballo Loco” volvió, aunque mucho más calmado y reconvertido hacia la centroderecha, la apertura económica, la ortodoxia monetaria, la disciplina fiscal y la convocatoria a la inversión extranjera. Con este nuevo guión liberal, pasó de ser un cadáver político a un rozagante candidato que se hizo con las elecciones en 2006, y volvió al palacio presidencial.

… gozan de buena salud

Siguiendo su ejemplo, “el Indio” Toledo vuelve en estos días a mostrar su buena salud política al encabezar las preferencias para un nuevo mandato. Y también en su caso se trata de un repunte fuerte, porque el ex presidente, tras su gestión entre 2001 y 2006, dejó el poder entre abucheos, con un índice de aceptación que apenas rozaba el 8 por ciento, y con críticas profundas desde todo el arco político peruano.

Sin embargo, la apertura liberalizante que había propuesto durante su mandato, fue la que finalmente terminó de ejecutar Alan García al sucederlo en el gobierno. Y es la que, a la postre, los peruanos parecen reconocerle. Además, durante estos últimos cinco años con el APRA en el poder, Alejandro Toledo se ubicó en un discreto segundo plano de la vida política, concentró su actividad en la faz académica, y saltó sorpresivamente al ruedo recién a finales del año pasado.

Su campaña ha sido rauda, y muy eficiente, según el resultado que las cercenadas encuestas permiten entrever. Los carteles que inundan Lima, “con Toledo, al Perú no lo para nadie”, hacen hincapié en que la actual estabilidad comenzó con él: el ritmo del crecimiento peruano fue del orden del 8,8 por ciento en el 2010, y la inflación logró controlarse en un índice inferior al 2 por ciento. En este contexto de expansión, además, la brecha de desigualdad parece haberse achicado: en las cifras del Banco Mundial, las mediciones de pobreza en Perú han disminuido del 54 al 35 por ciento en los últimos diez años (o sea, durante los gobiernos de Toledo y García).

Y como si esto fuera poco, Toledo se ha permitido, dentro de su liberalismo, asegurar que en un nuevo gobierno impulsará medidas sociales de avanzada, como la regulación del matrimonio igualitario –teniendo como referencia la experiencia de Argentina-, la despenalización del aborto, y hasta discutir en el recinto legislativo una nueva postura frente a la legalización de las drogas, siguiendo las tendencias más innovadoras en ese espinoso tema.

Alejandro Toledo parece haber logrado nuevamente el apoyo mayoritario de los peruanos. En todo caso, la candidata que le sigue, Keiko Fujimori, siempre ha dejado claro que espera llegar al poder para reivindicar la figura de su padre, sacarlo de la cárcel (donde cumple condena de 25 años por ordenar asesinatos en masa), y permitirle ser nuevamente candidato. Si bien la política peruana se muestra como una tierra que da segundas oportunidades, algunas no se me antojan demasiado deseables, especialmente si implican un claro retroceso democrático.

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Ley de medios: en Brasilia como en Buenos Aires (10 11 10)

LULA PROPONE UNA NUEVA LEY DE MEDIOS EN LA FASE FINAL DE SU GOBIERNO

El proyecto se asemeja a la iniciativa argentina de reforma en trámite

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El presidente brasileño Luiz Inácio da Silva, Lula, parece decidido a no dejar demasiados cabos sueltos en herencia a la próxima gestión gubernamental de Dilma Roussef, y anunció en la víspera la elaboración de una ley nueva sobre medios de comunicación.

La regulación de la participación de las empresas de telecomunicaciones ha sido uno de los grandes temas de la política nacional, que Lula ha venido sorteando con altibajos durante sus dos períodos al frente del Ejecutivo.

El ministro de Comunicación Social, Franklin Martins, anunció ayer que está elaborando un proyecto que deberá constituirse en el nuevo “marco regulatorio” de los medios de prensa, y que contemplará la presencia creciente de las empresas de telefonía en la difusión y producción de contenidos de televisión.

El tema del control sobre los aspectos monopólicos de los grandes medios de comunicación fue central en la última campaña presidencial, con fuertes debates sobre los equilibrios entre libertad de expresión e incidencia de los monopolios en los rumbos de la política.

En una línea muy cercana a la evolución del enfrentamiento entre el gobierno argentino y las grandes empresas de prensa, Martins aseguró que la Administración Lula está “en contra de la censura”, pero que esa libertad “no quiere decir que la prensa no pueda ser criticada.”

La embestida del gobierno busca poner equilibrar el actual escenario, donde media docena de grandes empresas, todas ellas de matiz conservadora, monopolizan la generación de contenidos noticiosos, la divulgación y la distribución de los diarios y revistas.

El propio Lula admitió, en su momento, que si hubiera sido por la prensa brasileña él “jamás hubiera llegado a ser presidente”. A pesar de que el lobby de la prensa se opuso radicalmente al Partido de los Trabajadores (PT) desde la primera elección de Lula, los diferentes intentos del gobierno por quebrar ese monopolio han tenido pocos frutos hasta el presente, salvo la derogación de la antigua ley de medios: en mayo de 2009 el Tribunal Supremo Federal decidió abolir la Ley de 1967, aprobada en tiempos de la dictadura.

El presidente ha abogado por elaborar un marco legal “más democrático”, con un nuevo sistema de distribución de licencias que garantice el “pluralismo” y evite una situación en la que “unos pocos grupos empresariales ejercen el control casi absoluto sobre la producción y divulgación de los contenidos informativos y culturales”.

Frente a estas iniciativas, los grandes diarios acusaron a Lula de “querer maniatar a los medios independientes y nacionalizar las comunicaciones”.

El ex presidente socialdemócrata Fernando Henrique Cardoso secundó esta opinión y alertó contra las “tendencias autoritarias” en materia de medios que, en su opinión, “ganan fuerza en Sudamérica”. Desde Brasilia, sin embargo, el gobierno insiste en que para democratizar la prensa debe romperse un monopolio empresarial que ha tendido demasiados lazos con el poder desde los tiempos de la dictadura militar.

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La UNASUR se reune en Quito (29 07 10)

LA UNASUR SE REUNE EN QUITO PARA TRATAR UN PLAN DE PAZ

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El diferendo entre Colombia y Venezuela, único tema de la agenda de los cancilleres

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Los cancilleres de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur) se reunirán la tarde de hoy en la capital ecuatoriana, para avaluar posibilidades de salida al conflicto planteado por el presidente colombiano Álvaro Uribe, en el sentido de que el régimen venezolano de Hugo Chávez cobijaría bases guerrilleras en su territorio, y que llevó a la ruptura de relaciones entre ambos Estados latinoamericanos.

La reunión extraordinaria fue convocada de emergencia por el presidente ecuatoriano Rafael Correa, a cargo en este momento de la conducción rotatoria de la organización continental.

Correa respondió así a la solicitud de uno de los doce países miembros de la Unasur, Venezuela, y de inmediato todos los cancilleres confirmaron su presencia.

La reunión tiene el conflicto entre los países vecinos como único tema de agenda; los ministros de Exteriores seguramente se abocarán a la “propuesta de paz” que el canciller venezolano Nicolás Maduro ha difundido en una recorrida contrarreloj por los países de la región (estuvo durante algunas horas en Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina y Chile, y ayer la presentó en Lima y en La Paz).

En todo caso, y aunque no han trascendido demasiados detalles de la propuesta de Maduro, el gobierno colombiano ya adelantó su rechazo a la iniciativa; el canciller colombiano Jaime Bermúdez la descartó afirmando que “un verdadero plan de paz arranca por la no intervención en asuntos internos”, con lo que viene a ratificar la postura de su gobierno.

Tras las declaraciones del ministro de Exteriores, el presidente Álvaro Uribe alertó que tal propuesta de paz puede ser una “trampa” frente a la cual es necesario tener cuidado, porque en Colombia la paz ya existe, dijo, y “esta paz nace de mantener una autoridad firme que se sustente en los valores democráticos”.

El foro de la Unasur parece el ámbito propicio para favorecer un acercamiento entre ambos países, especialmente luego que varios de sus miembros (Argentina y Brasil entre ellos) adelantaran posturas mediadoras para superar el diferendo.

Correa tiene la intención de convocar también a una Cumbre de presidentes, pero lo hará seguramente después del 7 de agosto, cuando en la presidencia colombiana ya se encuentre Juan Manuel Santos.

UNASUR “versus” OEA

La OEA no había recibido nunca tantos cuestionamientos como en los últimos tiempos. Su ubicación en Washington y el hecho que EEUU aporte el grueso de su presupuesto, ha llevado a que algunos Estados critiquen el peso relativo de los norteamericanos en la organización continental.

Frente a ella, el rol de los foros alternativos de diálogo subregional es creciente. La reunión de la Unasur en Quito también se inserta en esta disyuntiva, ya que cuestiona, en el fondo, la actitud de la OEA al reunir a su Consejo Permanente, por pedido de Álvaro Uribe, antes de la habitual ronda de consultas a los gobiernos.

La postura de la OEA volvió a reflotar las críticas de parcialidad hacia EEUU y sus aliados, y motivó quejas de algunos Estados miembros ante su secretario general, el chileno José Miguel Insulza.

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nelson.specchia@gmail.com

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Colombia: un futuro del color del café

Colombia: un futuro del color del café

por Nelson Gustavo Specchia

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Para la derecha colombiana, el futuro pinta negro. Y esto es una sorpresa en un escenario que auguraba, con los altos índices de aceptación de las postrimerías del gobierno de Álvaro Uribe, una continuidad sin mayores tropiezos. Pero la línea continuista ha recibido diversos golpes, y los analistas ya descartan una victoria clara en la primera vuelta, el 30 de mayo. Cuanto menos, habrá que esperar al ballotage del 20 de junio, y tampoco para entonces se vislumbra ninguna ficha segura.

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El ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos, largó montado en el caballo del comisario. Pero entre la reaparición de algunos cabecillas de las fuerzas paramilitares; la divulgación de la utilización de los grupos paramilitares por parte del gobierno; las pruebas de la connivencia entre militares, fuerzas de seguridad, y paramilitares en una red mafiosa orientada hacia objetivos políticos; y el hecho de que informes internacionales muy confiables afirmen que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) siguen activas y hasta hayan incrementado su poder en los últimos años, ha colmado el vaso. La sumatoria de escándalos ha descabalgado al candidato elegido por Uribe para sucederlo, y ha hecho ascender a otros personajes, como Antanas Mockus, que de golpe aparece como favorito en las encuestas. Una patada al tablero del poder conservador en Colombia, y la apertura de una campaña con final incierto.

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La construcción del “uribismo”

La transformación de un futuro promisorio en un frente negro para la derecha comenzó cuando el propio presidente Álvaro Uribe Vélez fue derrotado por los jueces. Uribe pretendía utilizar la alta tasa de aceptación popular para forzar un tercer mandato; había llegado incluso a apelaciones místicas, se refería a la posibilidad de presentarse nuevamente como candidato como la “encrucijada de su alma”, que confiaba Dios le ayudaría a resolver. Si Dios lo ayudó, fue negándole tal posibilidad, a través de un dictamen judicial. Por 7 votos contra 2, la Corte Constitucional cerró el último viernes de febrero un año de incertidumbre y medias tintas. Uribe no podría llamar a una consulta popular para presentarse a un tercer mandato. La derrota impuesta por los tribunales obligó al uribismo a definir rápidamente un candidato de sucesión.

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Álvaro Uribe, hijo de un dirigente conservador presuntamente asesinado por las FARC, concentrado en un discurso fuerte en la seguridad ciudadana y contra la insurgencia revolucionaria, se convirtió en presidente de Colombia en 2002. No era un improvisado en la vida política nacional: desde la municipalidad de Medellín, a comienzos de los años ochenta, hizo un largo cursus honorum (dos veces alcalde, concejal, senador y gobernador de Antioquía) hasta llegar a Bogotá. Y uno de sus primeros actos de gobierno fue reformar la Constitución, en 2004, para abrir las puertas a la reelección. Pero en aquel momento se conformó con una.

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Así, Uribe obtuvo un segundo período en 2006, ganando en primera vuelta, e incluso aumentando su caudal de apoyo al 62 por ciento. Los colombianos estaban hartos de violencia e inseguridad, y el presidente les aseguró que terminaría con las FARC, como había terminado con los paramilitares de extrema derecha de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

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Mantuvo ese alto nivel de aceptación, e incluso por momentos se superó a sí mismo, como cuando las FARC liberaron a Ingrid Betancourt, hace dos años. Los colombianos parecían aceptar su estrategia de mano dura, denominada “seguridad democrática”. Apoyado en esos altos índices de popularidad, Uribe confió hasta último momento que la encrucijada del alma terminaría, naturalmente, decantándose por el camino corto de una nueva reelección. El fallo del Tribunal Constitucional le cerró esa alternativa. Y, además, comenzaron los escándalos.

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Una historia poco clara

En el convencimiento de que la lucha contra las FARC justificaba los métodos, inclusive los arriesgados, Uribe ordenó a su entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, el bombardeo de un campamento guerrillero ubicado en suelo ecuatoriano. La violación de la soberanía enardeció al gobierno –nada amigable con Uribe, por otra parte- de Rafael Correa, y el venezolano Hugo Chávez vio la posibilidad de alimentar con hechos justificados su discurso belicista contra el colombiano. En su programa televisivo “Aló, presidente”, Chávez ordenó en cámara la movilización de tanques a la frontera con Colombia. Para completar el distanciamiento con sus pares latinoamericanos, Uribe puso a disposición del ejército norteamericano la utilización de bases en territorio colombiano. Además, dejó de ir a las cumbres regionales; concurrió a Bariloche –por la solicitud expresa de la presidenta argentina Cristina Fernández- sólo para escenificar en directo, por la televisión, su fría relación con los demás jefes de Estado.

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Al enfrentamiento internacional con los vecinos, que puso a la región peligrosamente cerca de un nuevo conflicto armado, comenzaron a sumársele noticias de un derrotero poco claro en el ámbito interno. Escandalizó la publicación de las relaciones entre funcionarios gubernamentales con los paramilitares supuestamente desmovilizados, conocida como la “parapolítica”, que mostraban un lado para nada transparente de la totalidad de la gestión de Álvaro Uribe.

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Y en los últimos días, ya nominado Juan Manuel Santos como el hombre designado por el presidente para sucederlo en el Palacio de Nariño, esta espiral de escándalos no ha hecho sino extenderse en todos los sentidos. Los espías del servicio secreto dependiente de la presidencia (el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS) fueron descubiertos pinchando teléfono (“chuzando”, dicen en Bogotá) de políticos opositores, de periodistas y hasta de jueces. Las escuchas telefónicas, que hoy investiga la Fiscalía, habrían servido para filtrar datos hacia los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, que, según parece, permanecen en activo y al servicio del poder. El vínculo estrecho entre fuerzas de seguridad y paramilitares irregulares fue confirmado por el ex dirigente de las AUC Salvatore Mancuso, desde una cárcel norteamericana. Mancuso, además de lanzar una nueva bomba contra el candidato de Uribe (dijo que Santos le había propuesto encabezar un golpe de Estado contra el ex presidente Ernesto Samper), afirmó que la alianza entre las AUC, el ejército y los espías del DAS es estrecha y continua.

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Las palabras de Mancuso tienen, lamentablemente, asidero: el gobierno de Uribe afirma que ha desmovilizado a las AUC a través de las negociaciones de paz, sin embargo la OEA sostiene que de los 31.000 paramilitares desmovilizados, más de 7.000 han regresado a las armas, al narcotráfico, a la extorsión, y otras buenas ocupaciones relacionadas. El Comité Internacional de la Cruz Roja, por su parte, acaba de publicar que la guerrilla insurgente de las FARC tampoco ha sido desactivada, como repite Uribe en cada tribuna, sino que sigue siendo un polo activo orientado a la lucha política, e inclusive que se habría fortalecido en el último año.

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Y llega Mockus

Y cuando esta confluencia de escándalos arrincona al gobierno y a su principal candidato, aparece Antanas Mockus y se convierte en personaje y en suceso. Un “tsunami verde”, dice la prensa. Académico, profesor, pensador, filósofo y matemático, con sus lentes de estudiar mucho, su pelo blanco y su andar descuidado, Mockus aparece como la antítesis de los envarados y conservadores dirigentes de la derecha gubernamental. Esta semana, tras los primeros debates televisivos, el cruce entre los escándalos del oficialismo y la novedad de su imagen lo han catapultado al primer lugar en las encuestas de preferencia de voto, un sitial de donde nadie esperaba que fuera a moverse Juan Manuel Santos.

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Ex rector de la Universidad de Colombia, Antanas Mockus, descendiente de lituanos, acumuló experiencia política en sus dos períodos como intendente de Bogotá. Su discurso, sin embargo, no es el del político tradicional, sino una mezcla de profesor que explica todo y activista de organizaciones de base. Y no tiene demasiados complejos, ya es una anécdota recurrida su respuesta a una protesta estudiantil que no le permitía dictar una conferencia: se bajó los pantalones y les mostró su retaguardia. Logró callarlos, aunque le costó el puesto de rector.

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Más allá de estas notas de exotismo, Mockus parece haber sido un buen gobernante en la ciudad capital de Colombia. Su postura es la del respeto por las reglas de juego, la transparencia, y el fin de la mano dura. Con el Partido Verde por fuera de las tradicionales divisiones del escenario político colombiano, su propuesta de un gobierno de legalidad democrática, con fuerza ética y diálogo, podría ser el bálsamo que Colombia, uno de los países históricamente más violentos de toda América latina, esté necesitando.

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Lula en el cambio de tercio (19 03 10)

LULA EN EL CAMBIO DE TERCIO

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por Nelson Gustavo Specchia

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Entre los elementos novedosos de la política latinoamericana en esta primera década del siglo XXI, se destaca un cambio sensible: las ciudadanías tienden a despedir con altos índices de aprobación popular a los líderes que cumplen su mandato. En la maraña de deficiencias que aún acumulan las democracias de la región, el hecho de que los ex gobernantes dejen su cargo con una buena imagen, constituye un elemento no menor en el avance de la calidad del sistema republicano. Parecen quedar en la historia de las transiciones las salidas apresuradas de ex mandatarios en helicóptero por los tejados de las casas de gobierno, las huidas a Miami o a Tokio, o la simple resignación –una vez jubilados- a la antipatía y a la malquerencia de sus pueblos, vegetando en el sopor de una siesta permanente.

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Ya fue perceptible este cambio de tendencia cuando Fernando Henrique Cardoso dejó la primera magistratura brasileña; antes sólo habían sido casos excepcionales (como el del colombiano Belisario Betancur, o el del uruguayo Julio María Sanguinetti), pero a Cardoso le siguieron otros signos de cambio de tendencia, como la culminación de la presidencia  exitosa del chileno Ricardo Lagos, las manifestaciones de apoyo tras un primer período presidencial con las reelecciones –dentro de la legalidad constitucional- de Evo Morales en Bolivia y de Rafael Correa en Ecuador. El médico Tabaré Vázquez dejó la jefatura del Poder Ejecutivo uruguayo con un alto índice de aprobación, y Michelle Bachelet tocó el techo de todo este conjunto al dejar la presidencia chilena. Una tendencia que inclusive puede advertirse en Argentina: esta semana, en un medio tan poco sospechoso de ser  condescendiente con el gobierno nacional, como es el diario La Nación, el periodista Fernando Laborda daba cuenta de cómo Cristina Fernández de Kirchner no deja de crecer paulatinamente en las encuestas que miden su imagen positiva, a medida que avanza el tiempo de su mandato. Y tal cambio de tendencia no se reduce a las administraciones de corte progresista, sino que alcanza también a la derecha: si la justicia no lo hubiera inhabilitado, el presidente colombiano Álvaro Uribe hubiera ganado con comodidad un tercer mando presidencial, y toda la campaña que acaba de empezar gira en torno a él, tan alta es la aceptación popular que tracciona su figura.

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En este marco, el período del brasileño Luiz Inacio da Silva, que transita ya las postrimerías, es ilustrativo. Lula se retira de la presidencia del coloso sudamericano con un índice de aprobación muy alto, y su decisión de no buscar argucias legales ni reformas constitucionales para perpetuarse en el poder tiene una doble lectura: es otro elemento de la consolidación del sistema a nivel regional; pero también es posible advertir en esa decisión las ambiciones del viejo gremialista a seguir jugando el juego del poder. Como los toreros en la plaza, cambiar de tercio para seguir la corrida.

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En este sentido deben analizarse las últimas –y arriesgadas y sorpresivas- acciones internacionales del líder carioca. Lula ha llenado su agenda exterior con hechos que van mucho más allá de las formalidades diplomáticas ordinarias: la organización en Brasilia de un foro permanente que reúne a los Estados árabes; las constantes visitas a los novísimos países de la periferia africana (fue una vez a Europa, en 2007, pero va visitando 16 países africanos en seis oportunidades); la invitación de honor al presidente francés para compartir el palco en el desfile del día de la independencia brasilera; el fomento a la creación de nuevas organizaciones regionales en América del Sur (la Unasur, con un consejo de seguridad propio, y la “OEA sin los yanquis” de la última cumbre de Cancún); el alojamiento de Manuel Zelaya en la embajada brasileña en Honduras; la recepción del presidente iraní en Brasilia en el momento de mayor tensión con Washington por el tema nuclear; la compra de tecnología militar atómica a Francia (evitando así la dependencia tecnológica norteamericana); la alianza con China para frenar las sanciones a Teherán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; la visita a La Habana y la foto abrazado con los Castro, en un momento en que arrecian las críticas por los derechos humanos en la isla; la presencia empresarial de la alianza de las potencias emergentes BRIC (Brasil – Rusia – India – China); el asiento en el G-20; el mando de las tropas de la ONU en Haití; o las funciones de árbitro entre Venezuela y Colombia, o en las tensiones entre el Beni y el Altiplano en Bolivia.

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Más allá de las funciones propias del presidente de un país a escala continental, las prioridades de la agenda internacional de Lula han ido modelando una pista de despegue para proyectar su imagen a nivel global, en las arenas donde se cruzan los conflictos y las negociaciones que van dando forma al equilibrio del globo. En este camino, Lula dio esta semana un salto inesperado: ante la sorpresa de todos, llegó a Medio Oriente, expuso sin medias tintas sus criterios sobre una de las más álgidas crisis mundiales, criticó sin ambages los roles desempeñados hasta ahora por los grandes jugadores en las tierras palestinas (las Naciones Unidas, la Unión Europea, y los Estados Unidos), y se propuso a sí mismo como mediador para avanzar hacia la tan ansiada paz entre israelíes y palestinos. Un auténtico pase a las ligas mayores de la política.

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Ya la prensa brasileña venía dando señales sobre los rumbos que podría tomar Lula una vez pasado a retiro en el pico de su popularidad, tanto dentro del país como en el exterior. La revista brasileña Veja anunció a principios de marzo que Lula había sido sondeado para ser el próximo secretario general de la ONU, sucediendo al inocuo y decepcionante Ban ki Moon. Barack Obama, a pesar de que el brasileño ha puesto mucho empeño por despegarse todo lo posible de la Casa Blanca, dice que Lula es “el más popular del planeta”. Ya se sabe: O mais grande do mundo. Y está confirmado que Obama le cursó una invitación para dirigir el Banco Mundial, a la que Lula –al parecer- declinó argumentando que, con su pasado de militante gremial, no se veía dirigiendo a los banqueros del mundo. Tampoco quiere ir dando conferencias de cachet millonario, como Tony Blair, José María Aznar, o Bill Clinton.

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Pero parece que sí se ve a sí mismo como un árbitro, que puede aportar una mirada con sensibilidad social –pero también con un fuerte pragmatismo- a algunas cuestiones encalladas en el barro de la hipocresía y los juegos de poder. Eso dijo en la Knesset (el parlamento israelí) ante la mirada entre sorprendida e incrédula de los funcionarios del gobierno conservador de Benjamín Netanyahu. Afirmó que Israel debe terminar con los planes expansionistas sobre los territorios ocupados tras la guerra de 1967, y reconocer de una vez por todas los derechos a la autodeterminación de los palestinos, con la conformación de un Estado soberano, viable, seguro, y con las fronteras definidas en los tratados respaldados por la comunidad internacional. Volvió a decirlo frente a la tumba de Yasser Arafat, con una mantilla árabe sobre los hombros (la “kufiya” que el líder de la Organización para la Liberación de Palestina siempre llevaba). Dijo que a él no le haría ningún problema sentar a los islamistas de Hamas en la mesa del diálogo, y que la coexistencia de los dos Estados en la misma tierra es la única posibilidad de asegurar la paz para el propio Israel. Se cruzó a Jordania, a repetirle lo mismo al rey Abdallah, quien –participando del asombro general- lo recibió celebrando el nuevo rol de protagonista internacional de Luiz Inacio Lula da Silva.

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En un mundo que abandona aceleradamente los viejos paradigmas ideológicos, y que entierra a fuerza de crisis inéditas las teorías económicas que intentaban explicarlo todo, una figura que provoque confianza desde su propia biografía, y tenga el valor y el arrojo para crear nuevas interrelaciones entre los viejos actores, puede ser determinante en los escenarios internacionales. Lula lo ha intuido, y se prepara a cambiar de tercio, para seguir toreando.

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[ en HOY DÍA CÓRDOBA – suplemento Magazine – viernes 19 de marzo de 2010 ]

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Ahmadinejad, el inestable (12 02 10)

Ahmadinejad, el inestable

por Nelson-Gustavo Specchia

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En su búsqueda de respaldos internacionales que lo defiendan del aislamiento al que quieren empujarlo, el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad ha recalado en las costas sudamericanas. Invitado por su amigo (su “hermano”, como se califica a sí mismo) Hugo Chávez, estuvo en Venezuela y en los países del ALBA. Y dando una de las últimas sorpresas del año pasado, Ahmadinejad fue recibido por Lula da Silva en Brasilia, la misma semana que Hillary Clinton expresaba los reparos de la Administración estadounidense al curso del programa nuclear iraní.

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De sus nuevas relaciones en Sudamérica, Ahmadineyad parece haber asumido algo más que una vía de escape al encierro del aislamiento de Occidente. También puede que haya adquirido algunos modos, muy impactantes y mediáticos, de ejercer el poder. Chávez, en una conferencia de prensa llena de invitados y de cámaras de televisión, se dirigió al comandante en jefe del ejército, y como quien manda al cadete a por un vaso de agua le ordenó: “y ahora, general, me manda los tanques a la frontera con Colombia”. Tomando el ejemplo de su hermano sudamericano, esta semana el presidente iraní, en un acto político cuyas consecuencias internacionales no podía ignorar, mirando a Alí Akbar Salehi, jefe de la oficina nuclear de la República Islámica, le ordenó: “y ahora, doctor Salehi, me empieza a producir uranio enriquecido al 20 por ciento en nuestras centrifugadoras.” Menos la belleza, todo se pega.

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Frente a la estrategia de encierro de Europa y los Estados Unidos, los iraníes han decidido redoblar la apuesta. El largo tira y afloje con los inspectores del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA) sigue en un impasse: Irán sostiene que el enriquecimiento de uranio que actualmente desarrolla (entre el 3 y el 5 por ciento) está destinado a usos energéticos civiles, sólo admite que está construyendo nuevas centrales cuando éstas son detectadas por los servicios de inteligencia occidentales, y cuando se lanza a enriquecer el material radioactivo por sobre esos niveles lo justifica por razones de investigación y servicios (como la utilización de radioisótopos en aplicaciones médicas). Las Naciones Unidas van condenando en cinco resoluciones este proceso, y desde el OIEA se insiste en las dificultades y obstáculos que el régimen de Ahmadinejad pone permanentemente a sus inspectores, en lo turbio y gris de toda la información relativa a los verdaderos fines del plan atómico, y en que la tecnología necesaria para un enriquecimiento al 20 por ciento es la misma que para alcanzar el 80 ó 90 por ciento, cuando el uranio 235 se convierte en insumo de armas nucleares.

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Planteado en estos términos, la cuestión avanza rápidamente a estancarse en un diálogo entre sordos. Una espiral de tensión creciente que es alimentada, además, por otros condimentos. En primer lugar, con las necesidades energéticas del mundo desarrollado en una curva fuertemente alcista, cada día es más difícil seguir sosteniendo que sólo los seis Estados que componen el club atómico internacional (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) puedan seguir detentando el monopolio de los desarrollos nucleares. En segundo término, las varas con que estos países regulan la no proliferación atómica son de muy diversos largores: Argentina tuvo que disminuir sus investigaciones y aplicaciones en el campo nuclear hasta mínimos casi ridículos, pero a Pakistán no se le exigió lo mismo; la India ha crecido en conocimientos y productos exponencialmente, al mismo tiempo que por esas intenciones Corea del Norte ingresaba al “eje del mal”; a Irán se lo cerca y se lo acosa por el potencial peligro de que llegue a tener la bomba atómica, pero se permite que Israel disponga de un arsenal calculado en una doscientas ojivas nucleares. Frente a estos desequilibrios en la consideración de países amigos y no tan amigos, la reconsideración de un pacto global y en otros términos es cada vez más acuciante.

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Además de estos ítems de política internacional, también hay elementos internos que ayudan a tensar la cuerda en la sociedad iraní. Desde el muy oscuro triunfo en su reelección presidencial, y las protestas de la “revolución verde” que le siguió, Mahmud Ahmadinejad no se siente cómodo en el poder, y debe apelar casi cotidianamente a la Guardia Revolucionaria de los pasdarán y a la milicia paramilitar de los basiyís para reprimir las movilizaciones urbanas. Ayer, jueves 11 de febrero (22 de bahman del calendario iraní), se celebró el 31 aniversario del derrocamiento del Sha de Persia, Mohamed Reza Pahlevi, y el triunfo del movimiento encabezado por el ayatola Ruholla Khomeini que instauró la República Islámica de Irán, con un carácter teocrático y republicano al mismo tiempo.

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Los basiyís, con la obvia anuencia de la presidencia de la república, a la que responden, atacaron violentamente las embajadas de Francia y de Italia en Teherán el martes de esta semana. Los embajadores de la mayoría de los países europeos decidieron no asistir a los actos conmemorativos, y ante el desaire diplomático el gobierno iraní retiró las invitaciones. Para dejar afuera, además, a los numerosos colectivos críticos con el régimen, Ahmadinejad ha movilizado a fondo los recursos de propaganda, y los cordones de seguridad prácticamente sitian la capital. Ningún medio de prensa extranjero estuvo autorizado para cubrir los actos del aniversario, y el gobierno anunció la “suspensión permanente” del acceso de todos los iraníes a los servicios de correo electrónico de Google, el G-mail que tan importante papel –junto a las redes sociales en internet de Facebook y Twitter- jugó en la difusión internacional de la represión que siguió a las elecciones presidenciales de junio del año pasado. A pesar de todas estas medidas, en tan flagrante contradicción con los principios republicanos y democráticos que el régimen iraní asegura sostener, por la red se han filtrado imágenes de las movilizaciones opositoras, y de las reacciones de las fuerzas de seguridad, en un aniversario que ha tenido poco de festejo.

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Uno de los temas de fondo, en la lectura de la conducta de Mahmud Ahmadinejad, el inestable líder conservador del régimen de los ayatolas, es que lo que aquí se está jugando es el destino de la experiencia política puesta en marcha hace 31 años, y el rol que ese grande y antiquísimo país está llamado a jugar en los equilibrios y en las hegemonías regionales del Oriente próximo.

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El grupo de musulmanes religiosos, políticamente nacionalistas y socialmente conservadores que la figura de Ahmadinejad nuclea, reivindica para ese colectivo la auténtica herencia de la revolución islámica y la capacidad para liderar el rumbo político regional. Frente a ellos, el movimiento popular difuso y heterogéneo de la oposición acusa a este establishment de haber traicionado los ideales de libertad y justicia social por los que fue derrochado el Sha, y haber cooptado la revolución para sus propios intereses de grupo. Y desde la óptica externa, los Estados Unidos –con el acompañamiento de la Unión Europea- prefieren mantener la preponderancia regional de un Israel fuerte y pro occidental, a los movimientos de autonomía de Mahmud Ahmadinejad, siempre tan inestable y tan poco previsible.

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Estas son las cuatro aristas por las que seguirá girando la espiral del cercano oriente, en un escenario de paz controlada. De momento.

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nelson.specchia@gmail.com

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