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Débil respado de la OEA al freno de las armas (09 06 10)

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DÉBIL RESPALDO DE LA OEA AL FRENO DEL ARMAMENTISMO EN AMÉRICA

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LIMA.- La cuadragésima cumbre de cancilleres de la Organización de Estados Americanos (OEA), reunida desde el domingo pasado en la capital peruana bajo el lema “Paz, seguridad y cooperación en las Américas”, desplazó la atención del tema principal hacia el planteo de la reincorporación de Honduras en el seno de la organización, una propuesta capitaneada por la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton.

El tema de las compras de armamentos por varios países de la región (Brasil, Colombia y Chile en los tres primeros lugares), había sido planteado por el presidente peruano Alan García en el discurso inaugural de la Asamblea como prioritario.

García afirmó que las compras de armas en América latina ascenderán a más de 35.000 millones de dólares en los próximos años, a los que habría que sumar los 661.000 millones de dólares de las adquisiciones norteamericanas, las primeras del mundo.

Sin embargo, antes de inaugurarse la cumbre el recientemente reelecto secretario general de la OEA, José Miguel Insulza, había declarado que el continente no se encuentra inmerso en una carrera armamentista, lo que venía a deslegitimar un tanto la solicitud del presidente peruano. Por ello, a pesar del lema convocante, no se esperaba que en la declaración final, cuyo borrador final se revisaba a últimas horas de ayer, se mencionara el tema en términos relativizados y sólo como aspiraciones, no como programa de las políticas exteriores de los países de América.

Por el contrario, la introducción de Honduras en la agenda de la cumbre de la mano de la secretaria Clinton, ocupó una buena parte de los debates de la víspera. En el programa de la reunión se había previsto que la hipotética reincorporación del país centroamericano, que se encuentra suspendido de la OEA desde el golpe de Estado que derrocó al presidente Manuel Zelaya el 28 de junio de 2009, se tratase en encuentros privados entre los cancilleres, en cambio Clinton logró trasladarlo al seno del plenario, “ha llegado el momento en que el hemisferio debe acoger nuevamente a Honduras en la comunidad interamericana”, exigió.

Sus palabras no fueron del todo bien recibidas por Brasil, cuyo canciller, Celsio Amorin, no se encuentra en Lima, pero que por los embajadores ante el organismo insistió en que el tema sólo puede destrabarse si Honduras permite que el depuesto presidente Zelaya retorne al país sin ningún tipo de persecución judicial. Los cancilleres acordaron la creación de una comisión de alto nivel que inicie las gestiones para el regreso de Honduras, informó el canciller peruano, José Antonio García. Esta comisión deberá presentar sus recomendaciones al pleno de la OEA antes del 30 de julio próximo.

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Hillary: Gira sudamericana

QUITO.- Tras la Asamblea de la OEA, la secretaria de Estado norteamericana Hillary Clinton prosiguió con una gira en la que espera visitar Ecuador y Colombia.

En Quito, donde un alto funcionario norteamericano no aterriza desde hace una década, Clinton se reunirá con el presidente Rafael Correa, quien actualmente además ejerce la Presidencia de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

La agenda bilateral incluye conversaciones en torno a la cesión de siete bases colombianas a militares estadounidenses para la lucha contra el narcotráfico, tema que ha despertado el rechazo de varios miembros de la Unasur, ya que podrían ser un factor de desestabilización para la seguridad regional.

El miércoles volará a Colombia, donde se reunirá con el presidente Alvaro Uribe y con los candidatos presidenciales que competirán en la segunda vuelta, el ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos, y Antanas Mockus.

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nelson.specchia@gmail.com

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Colombia: un futuro del color del café

Colombia: un futuro del color del café

por Nelson Gustavo Specchia

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Para la derecha colombiana, el futuro pinta negro. Y esto es una sorpresa en un escenario que auguraba, con los altos índices de aceptación de las postrimerías del gobierno de Álvaro Uribe, una continuidad sin mayores tropiezos. Pero la línea continuista ha recibido diversos golpes, y los analistas ya descartan una victoria clara en la primera vuelta, el 30 de mayo. Cuanto menos, habrá que esperar al ballotage del 20 de junio, y tampoco para entonces se vislumbra ninguna ficha segura.

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El ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos, largó montado en el caballo del comisario. Pero entre la reaparición de algunos cabecillas de las fuerzas paramilitares; la divulgación de la utilización de los grupos paramilitares por parte del gobierno; las pruebas de la connivencia entre militares, fuerzas de seguridad, y paramilitares en una red mafiosa orientada hacia objetivos políticos; y el hecho de que informes internacionales muy confiables afirmen que las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) siguen activas y hasta hayan incrementado su poder en los últimos años, ha colmado el vaso. La sumatoria de escándalos ha descabalgado al candidato elegido por Uribe para sucederlo, y ha hecho ascender a otros personajes, como Antanas Mockus, que de golpe aparece como favorito en las encuestas. Una patada al tablero del poder conservador en Colombia, y la apertura de una campaña con final incierto.

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La construcción del “uribismo”

La transformación de un futuro promisorio en un frente negro para la derecha comenzó cuando el propio presidente Álvaro Uribe Vélez fue derrotado por los jueces. Uribe pretendía utilizar la alta tasa de aceptación popular para forzar un tercer mandato; había llegado incluso a apelaciones místicas, se refería a la posibilidad de presentarse nuevamente como candidato como la “encrucijada de su alma”, que confiaba Dios le ayudaría a resolver. Si Dios lo ayudó, fue negándole tal posibilidad, a través de un dictamen judicial. Por 7 votos contra 2, la Corte Constitucional cerró el último viernes de febrero un año de incertidumbre y medias tintas. Uribe no podría llamar a una consulta popular para presentarse a un tercer mandato. La derrota impuesta por los tribunales obligó al uribismo a definir rápidamente un candidato de sucesión.

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Álvaro Uribe, hijo de un dirigente conservador presuntamente asesinado por las FARC, concentrado en un discurso fuerte en la seguridad ciudadana y contra la insurgencia revolucionaria, se convirtió en presidente de Colombia en 2002. No era un improvisado en la vida política nacional: desde la municipalidad de Medellín, a comienzos de los años ochenta, hizo un largo cursus honorum (dos veces alcalde, concejal, senador y gobernador de Antioquía) hasta llegar a Bogotá. Y uno de sus primeros actos de gobierno fue reformar la Constitución, en 2004, para abrir las puertas a la reelección. Pero en aquel momento se conformó con una.

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Así, Uribe obtuvo un segundo período en 2006, ganando en primera vuelta, e incluso aumentando su caudal de apoyo al 62 por ciento. Los colombianos estaban hartos de violencia e inseguridad, y el presidente les aseguró que terminaría con las FARC, como había terminado con los paramilitares de extrema derecha de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC).

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Mantuvo ese alto nivel de aceptación, e incluso por momentos se superó a sí mismo, como cuando las FARC liberaron a Ingrid Betancourt, hace dos años. Los colombianos parecían aceptar su estrategia de mano dura, denominada “seguridad democrática”. Apoyado en esos altos índices de popularidad, Uribe confió hasta último momento que la encrucijada del alma terminaría, naturalmente, decantándose por el camino corto de una nueva reelección. El fallo del Tribunal Constitucional le cerró esa alternativa. Y, además, comenzaron los escándalos.

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Una historia poco clara

En el convencimiento de que la lucha contra las FARC justificaba los métodos, inclusive los arriesgados, Uribe ordenó a su entonces ministro de Defensa, Juan Manuel Santos, el bombardeo de un campamento guerrillero ubicado en suelo ecuatoriano. La violación de la soberanía enardeció al gobierno –nada amigable con Uribe, por otra parte- de Rafael Correa, y el venezolano Hugo Chávez vio la posibilidad de alimentar con hechos justificados su discurso belicista contra el colombiano. En su programa televisivo “Aló, presidente”, Chávez ordenó en cámara la movilización de tanques a la frontera con Colombia. Para completar el distanciamiento con sus pares latinoamericanos, Uribe puso a disposición del ejército norteamericano la utilización de bases en territorio colombiano. Además, dejó de ir a las cumbres regionales; concurrió a Bariloche –por la solicitud expresa de la presidenta argentina Cristina Fernández- sólo para escenificar en directo, por la televisión, su fría relación con los demás jefes de Estado.

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Al enfrentamiento internacional con los vecinos, que puso a la región peligrosamente cerca de un nuevo conflicto armado, comenzaron a sumársele noticias de un derrotero poco claro en el ámbito interno. Escandalizó la publicación de las relaciones entre funcionarios gubernamentales con los paramilitares supuestamente desmovilizados, conocida como la “parapolítica”, que mostraban un lado para nada transparente de la totalidad de la gestión de Álvaro Uribe.

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Y en los últimos días, ya nominado Juan Manuel Santos como el hombre designado por el presidente para sucederlo en el Palacio de Nariño, esta espiral de escándalos no ha hecho sino extenderse en todos los sentidos. Los espías del servicio secreto dependiente de la presidencia (el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS) fueron descubiertos pinchando teléfono (“chuzando”, dicen en Bogotá) de políticos opositores, de periodistas y hasta de jueces. Las escuchas telefónicas, que hoy investiga la Fiscalía, habrían servido para filtrar datos hacia los paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, que, según parece, permanecen en activo y al servicio del poder. El vínculo estrecho entre fuerzas de seguridad y paramilitares irregulares fue confirmado por el ex dirigente de las AUC Salvatore Mancuso, desde una cárcel norteamericana. Mancuso, además de lanzar una nueva bomba contra el candidato de Uribe (dijo que Santos le había propuesto encabezar un golpe de Estado contra el ex presidente Ernesto Samper), afirmó que la alianza entre las AUC, el ejército y los espías del DAS es estrecha y continua.

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Las palabras de Mancuso tienen, lamentablemente, asidero: el gobierno de Uribe afirma que ha desmovilizado a las AUC a través de las negociaciones de paz, sin embargo la OEA sostiene que de los 31.000 paramilitares desmovilizados, más de 7.000 han regresado a las armas, al narcotráfico, a la extorsión, y otras buenas ocupaciones relacionadas. El Comité Internacional de la Cruz Roja, por su parte, acaba de publicar que la guerrilla insurgente de las FARC tampoco ha sido desactivada, como repite Uribe en cada tribuna, sino que sigue siendo un polo activo orientado a la lucha política, e inclusive que se habría fortalecido en el último año.

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Y llega Mockus

Y cuando esta confluencia de escándalos arrincona al gobierno y a su principal candidato, aparece Antanas Mockus y se convierte en personaje y en suceso. Un “tsunami verde”, dice la prensa. Académico, profesor, pensador, filósofo y matemático, con sus lentes de estudiar mucho, su pelo blanco y su andar descuidado, Mockus aparece como la antítesis de los envarados y conservadores dirigentes de la derecha gubernamental. Esta semana, tras los primeros debates televisivos, el cruce entre los escándalos del oficialismo y la novedad de su imagen lo han catapultado al primer lugar en las encuestas de preferencia de voto, un sitial de donde nadie esperaba que fuera a moverse Juan Manuel Santos.

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Ex rector de la Universidad de Colombia, Antanas Mockus, descendiente de lituanos, acumuló experiencia política en sus dos períodos como intendente de Bogotá. Su discurso, sin embargo, no es el del político tradicional, sino una mezcla de profesor que explica todo y activista de organizaciones de base. Y no tiene demasiados complejos, ya es una anécdota recurrida su respuesta a una protesta estudiantil que no le permitía dictar una conferencia: se bajó los pantalones y les mostró su retaguardia. Logró callarlos, aunque le costó el puesto de rector.

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Más allá de estas notas de exotismo, Mockus parece haber sido un buen gobernante en la ciudad capital de Colombia. Su postura es la del respeto por las reglas de juego, la transparencia, y el fin de la mano dura. Con el Partido Verde por fuera de las tradicionales divisiones del escenario político colombiano, su propuesta de un gobierno de legalidad democrática, con fuerza ética y diálogo, podría ser el bálsamo que Colombia, uno de los países históricamente más violentos de toda América latina, esté necesitando.

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Campaña sucia en la presidenciales colombianas (23 04 10)

COLOMBIA VIVE UNA CAMPAÑA SUCIA POR LA SUCESIÓN DE ÁLVARO URIBE

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Los líderes de agrupaciones paramilitares vuelven a la escena política

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Las elecciones presidenciales colombianas, cuya primera vuelta se celebrará el próximo 30 de mayo, han entrado en una espiral de acusaciones y denuncias que presagian una campaña caliente, que además se seguirá con mucha atención desde los países vecinos, Venezuela y Ecuador, ideológica y discursivamente enfrentados al presidente Álvaro Uribe y al principal candidato a sucederlo, el ex ministro de Defensa Juan Manuel Santos.

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Esta misma semana Uribe tuvo que salir a negar categóricamente su implicación en las pinchaduras de teléfonos (popularmente conocidas como “chuzadas”) hacia opositores y periodistas, por parte de los espías del servicio secreto colombiano. Uribe negó bajo juramento tener nada que ver, y afirmó ayer en Cali que “si el gobierno ordenara el espionaje ilegal tendría que ir a la cárcel, empezando por el presidente de la República”. Las escuchas telefónicas, que hoy investiga la Fiscalía, habrían servido para recolectar datos y filtrarlos a los grupos paramilitares de ultraderecha, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), lo que revela la connivencia entre mandos militares, servicios de inteligencia y agrupaciones paramilitares en la vida política nacional.

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Juan Manuel Santos, candidato del gubernamental Partido Social de Unión Nacional (La U), que agrupa al sector mayoritario de los uribistas, encabeza todas las encuestas para las presidenciales, y es conocida su postura de “mano dura” en la estrategia de lucha contra la insurgencia de las FARC. En un debate televisivo, Santos dijo que perseguiría a las FARC “donde quiera que se encuentren”, lo que provocó la respuesta airada de los presidentes de Venezuela y Ecuador.

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Ecuador sufrió un bombardeo colombiano sobre un campamento de las FARC instalado en su territorio, en marzo de 2008, cuando el ahora candidato presidencial comandaba el ministerio de Defensa. El ataque llevó a la ruptura de relaciones diplomáticas, que se mantienen hasta hoy. Santos matizó luego su postura, aunque sigue sosteniendo que “para nadie ha sido un secreto que los jefes guerrilleros están en Venezuela”.

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También complicó a Juan Manuel Santos el ex dirigente paramilitar de las AUC Salvatore Mancuso, preso en una cárcel estadounidense. Mancuso afirmó este miércoles que Santos le había propuesto encabezar un golpe de Estado contra el ex presidente Ernesto Samper, y que la alianza entre las AUC, el ejército y los espías del DAS era estrecha y continua.

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El gobierno de Uribe afirma que ha desmovilizado a las AUC a través de las negociaciones de paz, sin embargo la Organización de Estados Americanos (OEA) sostiene que de los 31.000 paramilitares desmovilizados, más de 7.000 han regresado a la lucha armada. El candidato presidencial tildó las declaraciones de Mancuso de recursos sucios de campaña, pero no se explayó sobre su contenido.

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Brasil se acerca a Estados Unidos (08 04 10)

ARMAS Y NARCOTRÁFICO CENTRAN LA AGENDA DE OBAMA EN LATINOAMÉRICA

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La gira por países sudamericanos que desarrolla el secretario adjunto para el Hemisferio Occidental del gobierno estadounidense, el chileno Arturo Valenzuela, ha provocado un cruce de declaraciones entre las cancillerías, especialmente enfocadas en el espinoso tema de la presencia de militares norteamericanos en locaciones habilitadas a tal efectos en los países del sur.

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Luego del debatido ofrecimiento del presidente colombiano Álvaro Uribe, para que el Pentágono dispusiese de siete bases en su territorio, la posibilidad de que un modelo similar se siguiera en Brasil despertó la alarma. Arturo Valenzuela, principal funcionario del departamento de Estado para América latina, había declarado que su gobierno se encuentra en tratativas con Brasilia para establecer una agenda común frente al narcotráfico, lo que incluiría la intención de los Estados Unidos de instalar bases militares en Brasil.

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En este sentido, el diario O Estado de São Paulo publicó en su edición del 1 de abril que los ambos gobiernos habían comenzado a negociar la instalación en Río de Janeiro de una base naval para vigilar el tráfico de drogas en la región, después que el jefe del Comando Sur estadounidense, Douglas Fraser, se reuniera con el jefe de la Policía Federal brasilera, Luiz Fernando Correa, y con el ministro de Defensa, Nelson Jobim.

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Pero la versión fue categóricamente desmentida por Marco Aurelio García, principal asesor del presidente Lula da Silva en cuestiones internacionales, “no hay ninguna posibilidad de que haya una base militar estadounidense en Brasil. Nosotros no tenemos doble discurso”, enfatizó García.

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Valenzuela también relativizó la cuestión, al declarar ayer en Quito, tras reunirse con el presidente Rafael Correa, que las conversaciones con el gobierno de Lula son “parte de la política ordinaria”, y que buscan “establecer distintos marcos de acuerdos.” Aunque Valenzuela no descartó completamente que entre estos acuerdos pudiera estar el tema de la presencia de marines norteamericanos, la cooperación militar y de seguridad con Brasil responde a los avances de Rusia en la región, que sigue vendiendo armas a Venezuela.

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Además, el acercamiento entre Brasil y EE.UU. tiene un capítulo comercial importante, ya que el gobierno de Lula da Silva ha decidido postergar el establecimiento de barreras arancelarias a las importaciones norteamericanas.

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La gira de Arturo Valenzuela, que hoy llegará a Lima, estaría preparando un posible encuentro entre el presidente Barack Obama y los líderes de la Unión Sudamericana de Naciones (Unasur), que Lula viene solicitando hace tiempo.

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Lula en el cambio de tercio (19 03 10)

LULA EN EL CAMBIO DE TERCIO

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por Nelson Gustavo Specchia

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Entre los elementos novedosos de la política latinoamericana en esta primera década del siglo XXI, se destaca un cambio sensible: las ciudadanías tienden a despedir con altos índices de aprobación popular a los líderes que cumplen su mandato. En la maraña de deficiencias que aún acumulan las democracias de la región, el hecho de que los ex gobernantes dejen su cargo con una buena imagen, constituye un elemento no menor en el avance de la calidad del sistema republicano. Parecen quedar en la historia de las transiciones las salidas apresuradas de ex mandatarios en helicóptero por los tejados de las casas de gobierno, las huidas a Miami o a Tokio, o la simple resignación –una vez jubilados- a la antipatía y a la malquerencia de sus pueblos, vegetando en el sopor de una siesta permanente.

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Ya fue perceptible este cambio de tendencia cuando Fernando Henrique Cardoso dejó la primera magistratura brasileña; antes sólo habían sido casos excepcionales (como el del colombiano Belisario Betancur, o el del uruguayo Julio María Sanguinetti), pero a Cardoso le siguieron otros signos de cambio de tendencia, como la culminación de la presidencia  exitosa del chileno Ricardo Lagos, las manifestaciones de apoyo tras un primer período presidencial con las reelecciones –dentro de la legalidad constitucional- de Evo Morales en Bolivia y de Rafael Correa en Ecuador. El médico Tabaré Vázquez dejó la jefatura del Poder Ejecutivo uruguayo con un alto índice de aprobación, y Michelle Bachelet tocó el techo de todo este conjunto al dejar la presidencia chilena. Una tendencia que inclusive puede advertirse en Argentina: esta semana, en un medio tan poco sospechoso de ser  condescendiente con el gobierno nacional, como es el diario La Nación, el periodista Fernando Laborda daba cuenta de cómo Cristina Fernández de Kirchner no deja de crecer paulatinamente en las encuestas que miden su imagen positiva, a medida que avanza el tiempo de su mandato. Y tal cambio de tendencia no se reduce a las administraciones de corte progresista, sino que alcanza también a la derecha: si la justicia no lo hubiera inhabilitado, el presidente colombiano Álvaro Uribe hubiera ganado con comodidad un tercer mando presidencial, y toda la campaña que acaba de empezar gira en torno a él, tan alta es la aceptación popular que tracciona su figura.

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En este marco, el período del brasileño Luiz Inacio da Silva, que transita ya las postrimerías, es ilustrativo. Lula se retira de la presidencia del coloso sudamericano con un índice de aprobación muy alto, y su decisión de no buscar argucias legales ni reformas constitucionales para perpetuarse en el poder tiene una doble lectura: es otro elemento de la consolidación del sistema a nivel regional; pero también es posible advertir en esa decisión las ambiciones del viejo gremialista a seguir jugando el juego del poder. Como los toreros en la plaza, cambiar de tercio para seguir la corrida.

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En este sentido deben analizarse las últimas –y arriesgadas y sorpresivas- acciones internacionales del líder carioca. Lula ha llenado su agenda exterior con hechos que van mucho más allá de las formalidades diplomáticas ordinarias: la organización en Brasilia de un foro permanente que reúne a los Estados árabes; las constantes visitas a los novísimos países de la periferia africana (fue una vez a Europa, en 2007, pero va visitando 16 países africanos en seis oportunidades); la invitación de honor al presidente francés para compartir el palco en el desfile del día de la independencia brasilera; el fomento a la creación de nuevas organizaciones regionales en América del Sur (la Unasur, con un consejo de seguridad propio, y la “OEA sin los yanquis” de la última cumbre de Cancún); el alojamiento de Manuel Zelaya en la embajada brasileña en Honduras; la recepción del presidente iraní en Brasilia en el momento de mayor tensión con Washington por el tema nuclear; la compra de tecnología militar atómica a Francia (evitando así la dependencia tecnológica norteamericana); la alianza con China para frenar las sanciones a Teherán en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas; la visita a La Habana y la foto abrazado con los Castro, en un momento en que arrecian las críticas por los derechos humanos en la isla; la presencia empresarial de la alianza de las potencias emergentes BRIC (Brasil – Rusia – India – China); el asiento en el G-20; el mando de las tropas de la ONU en Haití; o las funciones de árbitro entre Venezuela y Colombia, o en las tensiones entre el Beni y el Altiplano en Bolivia.

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Más allá de las funciones propias del presidente de un país a escala continental, las prioridades de la agenda internacional de Lula han ido modelando una pista de despegue para proyectar su imagen a nivel global, en las arenas donde se cruzan los conflictos y las negociaciones que van dando forma al equilibrio del globo. En este camino, Lula dio esta semana un salto inesperado: ante la sorpresa de todos, llegó a Medio Oriente, expuso sin medias tintas sus criterios sobre una de las más álgidas crisis mundiales, criticó sin ambages los roles desempeñados hasta ahora por los grandes jugadores en las tierras palestinas (las Naciones Unidas, la Unión Europea, y los Estados Unidos), y se propuso a sí mismo como mediador para avanzar hacia la tan ansiada paz entre israelíes y palestinos. Un auténtico pase a las ligas mayores de la política.

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Ya la prensa brasileña venía dando señales sobre los rumbos que podría tomar Lula una vez pasado a retiro en el pico de su popularidad, tanto dentro del país como en el exterior. La revista brasileña Veja anunció a principios de marzo que Lula había sido sondeado para ser el próximo secretario general de la ONU, sucediendo al inocuo y decepcionante Ban ki Moon. Barack Obama, a pesar de que el brasileño ha puesto mucho empeño por despegarse todo lo posible de la Casa Blanca, dice que Lula es “el más popular del planeta”. Ya se sabe: O mais grande do mundo. Y está confirmado que Obama le cursó una invitación para dirigir el Banco Mundial, a la que Lula –al parecer- declinó argumentando que, con su pasado de militante gremial, no se veía dirigiendo a los banqueros del mundo. Tampoco quiere ir dando conferencias de cachet millonario, como Tony Blair, José María Aznar, o Bill Clinton.

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Pero parece que sí se ve a sí mismo como un árbitro, que puede aportar una mirada con sensibilidad social –pero también con un fuerte pragmatismo- a algunas cuestiones encalladas en el barro de la hipocresía y los juegos de poder. Eso dijo en la Knesset (el parlamento israelí) ante la mirada entre sorprendida e incrédula de los funcionarios del gobierno conservador de Benjamín Netanyahu. Afirmó que Israel debe terminar con los planes expansionistas sobre los territorios ocupados tras la guerra de 1967, y reconocer de una vez por todas los derechos a la autodeterminación de los palestinos, con la conformación de un Estado soberano, viable, seguro, y con las fronteras definidas en los tratados respaldados por la comunidad internacional. Volvió a decirlo frente a la tumba de Yasser Arafat, con una mantilla árabe sobre los hombros (la “kufiya” que el líder de la Organización para la Liberación de Palestina siempre llevaba). Dijo que a él no le haría ningún problema sentar a los islamistas de Hamas en la mesa del diálogo, y que la coexistencia de los dos Estados en la misma tierra es la única posibilidad de asegurar la paz para el propio Israel. Se cruzó a Jordania, a repetirle lo mismo al rey Abdallah, quien –participando del asombro general- lo recibió celebrando el nuevo rol de protagonista internacional de Luiz Inacio Lula da Silva.

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En un mundo que abandona aceleradamente los viejos paradigmas ideológicos, y que entierra a fuerza de crisis inéditas las teorías económicas que intentaban explicarlo todo, una figura que provoque confianza desde su propia biografía, y tenga el valor y el arrojo para crear nuevas interrelaciones entre los viejos actores, puede ser determinante en los escenarios internacionales. Lula lo ha intuido, y se prepara a cambiar de tercio, para seguir toreando.

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[ en HOY DÍA CÓRDOBA – suplemento Magazine – viernes 19 de marzo de 2010 ]

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Cumbres del norte, cumbres del sur (14 08 09)

Cumbres del Norte, cumbres del Sur

por Nelson Gustavo Specchia

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El lunes de esta semana América estuvo inmersa en un “tiempo de cumbres”: mientras en Guadalajara el presidente mexicano, Felipe Calderón, oficiaba de anfitrión frente a sus dos colegas del Nafta, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, Barack Obama y el canadiense Stephen Harper, algunos kilómetros al sur, en Quito, Rafael Correa recibía a los presidentes de los países integrantes de la Unasur, la Unión Sudamericana de Naciones. Y en la capital ecuatoriana eran tan importantes las presencias de los líderes latinoamericanos, como la ausencia de uno de ellos: Álvaro Uribe, presidente de Colombia.

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Una ausencia no sólo significativa, sino que además determinante, y para ambas Cumbres. Porque explícitamente en la del Sur, pero también –implícitamente- en la del Norte, en el centro de las agendas planeaba el tema “estrella” de la política internacional a nivel continental: la instalación –o no- de unidades del ejército norteamericano en bases colombianas.

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En Guadalajara, Calderón enfrentaba, como podía, la reunión con sus pares: su principal objetivo era que no lo sacaran del Nafta, aunque la diferencia de escalas entre la economía mexicana y las otras dos sea abismal, lo que convierte al acuerdo entre dos gigantes y un enano en uno de los tratados de libre comercio más desequilibrados de la historia. En segundo lugar, Calderón esperaba que los cien millones de dólares que Obama le ha prometido para luchar contra el narcotráfico ya estuvieran en la mesa, pero estas partidas siguen detenidas en las comisiones del Congreso norteamericano, que no ve muy claro los métodos mexicanos para llevar adelante esa guerra interna. Stephen Harper, por lo demás, le dio la gota fría al mexicano con la reimplantación del visado para viajar a Canadá. Ante la falta de buenas nuevas de relevancia, el tema de las bases en Colombia fue tratado extensamente.

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El mismo tema nucleaba la reunión de Quito. Evo Morales pedía, en nombre del bloque del Alba, una condena a Colombia. Y Hugo Chávez volvía a anunciar el supuesto riesgo de una confrontación armada en suelo sudamericano si las bases se vuelven operativas para los “marines” de los Estados Unidos. Uribe, en su mini gira de la semana pasada por varios países integrantes de la Unasur no cosechó grandes éxitos, pero, a la vista de lo sucedido en Quito, logró neutralizar en parte la andanada. No hubo condena, como pedía Evo, y se programó una nueva reunión de emergencia de la organización, esta vez con la presencia del presidente colombiano. En estas dos resoluciones, sorprendió el protagonismo y las posturas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner.

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Tradicionalmente, la Presidenta se siente más cómoda cerca de las posiciones del grupo chavista, pero el lunes puso las notas moderadas de la reunión de Quito: se opuso a la condena solicitada por Morales, reprendió a Chávez por su belicosidad y tremendismo, y ofreció el suelo argentino para una nueva reunión, en la que estuviera Uribe. Cristina Fernández consultó con el presidente colombiano, éste no puso ningún reparo para asistir a una convocatoria liderada por ella, y la reunión de emergencia, según se supo ayer, se llevará a cabo en Bariloche, con el espectacular marco del lago Nahuel Huapi en invierno, y dentro de pocos días: se ha fijado para el próximo viernes 28 de agosto.

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Estructuralmente, a pesar del llamado de atención de la presidenta argentina al venezolano, las cosas no han cambiado demasiado, y la alianza estratégica entre ambos no sólo se mantiene, sino que se profundiza: desde Quito, Cristina voló a Caracas, firmó con Hugo Chávez una nueva serie de acuerdos bilaterales de comercio por más de 1.000 millones de dólares, y reemplazó a Colombia como proveedora de productos de exportación hacia Venezuela, desde alimentos, pasando por automóviles, y hasta maquinaria pesada. Así, el empresariado argentino es, hasta el momento, el sector más favorecido por el conflicto de las discutidas bases colombianas.

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Si todo hubiera ocurrido con el previsible guión con que se venía interpretando la partitura de la política exterior latinoamericana, ese rol le hubiera correspondido al presidente brasilero Luiz Inácio da Silva, Lula, que desde hace tiempo viene bregando para que la preeminencia natural de su personalidad, y el peso específico de su país en el contexto regional, supongan su papel de árbitro entre la “pro-yanqui” Colombia y los gobiernos progresistas que la rodean. Y desde ese papel de réferi, de “primus inter pares”, proponer al mundo un polo de poder latinoamericano, cuya titularidad, claro está, habría de ejercer el propio Lula.

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Pero el lunes pasado, en Quito, todos se salieron del guión. La presidenta Cristina esta vez le ha arrebatado –y por sorpresa- el protagonismo y la iniciativa. Álvaro Uribe ha dejado claro que la única alianza estratégica que le interesa es la norteamericana. Y Barack Obama, a pesar de ser tan políticamente correcto, no puede rechazar –por mucho que truene Chávez- el ofrecimiento de siete puntos de defensa militar servidos en bandeja.

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Quizá la primera baja en el conflicto de las bases colombianas sea, precisamente, el proyecto de liderazgo regional del carismático Lula da Silva.

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(publicado en HOY DIA CORDOBA, suplemento Magazine, viernes 14 de agosto de 2009)

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Correa, un quiebre en la cultura política ecuatoriana (30 04 2009)

Columna “Bipolares”, FM Shopping, jueves 30 de abril de 2009.

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CORREA, UN QUIEBRE EN LA CULTURA

POLÍTICA ECUATORIANA

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rafael-correa-referendumEn Ecuador, el domingo de esta semana, ha comenzado un nuevo tiempo político. Impensable y sin antecedentes, ni remotos.

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El presidente Rafael Correa ha ganado la Presidencia, en primera vuelta, y con más del 50 por ciento del total de los sufragios, en unos comicios donde ningún observador internacional ha objetado ni un detalle, cosa que tampoco ha hecho de manera relevante la propia oposición interna. Comicios limpios, que vienen a transformar, quizás, una historia política reciente que no puede presumir, ni mucho menos, de limpieza y de orden.

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No sólo ningún presidente ecuatoriano ha conseguido un segundo mandato consecutivo con una victoria aplastante en la primera vuelta, sino que lo verdaderamente rutinario ha sido que los Jefe del Estado no alcancen a completar el primer mandato, sus tres antecesores en el cargo fueron expulsados del palacio presidencial por revueltas populares, y los siete presidentes que se han sucedido en los últimos diez años no alcanzaron a cumplir un mandato constitucional completo, desde que el Congreso destituyera al presidente Abdalá Bucarám, en 1997, por incapacidad mental; (ya antes que el Congreso, la picaresca popular había apodado al presidente Bucaram como “El Loco).

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Desde ahí, de esa historia, que ha empujado al país a una extrema precariedad política y a una inestabilidad económica crónica (que ha llevado, por ejemplo, a que Ecuador no tenga moneda, que es, en la modernidad, una de las expresiones de la soberanía política de un Estado: desde 1999 la moneda de curso legal es el dólar estadounidense, lo que hace que las posibilidades de maniobrar una política monetaria interna sean nulas). Desde esta historia, digo, a la victoria popular de Correa, hay mucho trecho. Y esta victoria puede realmente constituir una rodilla, un quiebre en la cultura política, y fundar un nuevo tiempo, donde la estabilidad exista como horizonte político del país por donde pasa la línea que divide al mundo.

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Correa se reivindica a sí mismo como un líder izquierdista, y –en una línea retórica cercana a Chávez- le gusta titular de “Revolución Ciudadana” este movimiento cívico que encabeza. Y los ecuatorianos, tanto los diez millones que viven en el país, como los casi tres millones que viven en España, Estados Unidos, Italia, y en otros países de América latina (la Argentina entre ellos), parecen convencidos de su propuesta de desarrollo social, con muy alto gasto público, como alternativa de crecimiento.

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El panorama que se abre frente a Correa está despejado. Gobernará hasta el 2013, y tendrá la oportunidad de una única reelección por otros cuatro años. Su victoria ha sido incontestable, y la diferencia con su rival más cercano, el ex presidente y ex golpista Lucio Gutiérrez ha sido superior a los 20 puntos porcentuales. Con esto, Correa podría incluso arañar la mayoría absoluta en el Parlamento, lo que lo habilitaría para poner en marca en forma inmediata las reformas de las casi 70 leyes nuevas y reformadas, que serían necesarias para que la nueva Constitución empezara a funcionar. La Constitución ha sido la otra gran victoria de Correa, que presagiaba esta: la nueva Carta Magna, extensísima, centralista, minuciosa y fuertemente presidencialista, es su herramienta para terminar con la “vieja política”, con las redes del patronazgo ancestral que se suceden en Ecuador desde la Colonia. La Constitución modela un Estado fuerte, incluso autoritario en algunos aspectos, y fue aprobada el 28 de septiembre del año pasado con el apoyo de las tres cuartas partes del total de la población ecuatoriana.

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Correa ha tenido éxito, dos años y medio después de su llegada al poder, la pobreza en Ecuador, uno de los Estados estructuralmente más pobres de toda América latina, ha disminuido progresivamente; ha reestructurado la deuda externa –ha dicho que sólo pagará la deuda legítima, pero no la ilegítima-; ha multiplicado la asistencia social; y ha logrado fragmentar a la oposición. Afirma que le gustaría afianzar un “eje” entre Caracas, Quito, y La Paz. Pero más allá de las palabras, se nota en sus medidas y en los medios que diseña para aplicarlas, que el populismo de su gobierno no está tan cerca de las metodologías del comandante Hugo Chávez, o de Evo Morales. Quizá el antiamericanismo, a nivel de discurso, sea uno de los pocos elementos comunes que pueden mencionarse. Correa tiene una sólida formación intelectual, es un economista brillante (formado en la vieja Universidad que los jesuitas tienen en Bérgica, Lovaina), y sus críticas al neoliberalismo son más técnicas que ideológicas. Políticamente, en definitiva, es un pragmático que no duda de rectificar cuantas veces sea menester hacerlo. En ciencia política decimos que es un “realista”, en toda la acepción del término.

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La única nota discordante, la única mota de polvo en esta limpia victoria, viene de afuera. Ecuador ha logrado crecer moderadamente, y achicar los niveles de la pobreza extrema que han sido estructurales a su distribución económica, merced a dos elementos principales: la exportación de petróleo, y las remesas de dineros enviados al país por los casi tres millones de emigrantes diseminados por el mundo.

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Pero los precios del petróleo no dejan de caer, casi en picada, y las remesas de los inmigrantes, a tono con la crisis internacional, disminuyen mes a mes. Habrá que ver, entonces, si esta inmensa popularidad del presidente ecuatoriano se mantiene en épocas de vacas flacas, o el si el proyecto de “Revolución Ciudadana”, esa que se para en cinco patas: institucional; social; ética; económica; y latinoamericana, puede seguir cosechando tantas adhesiones cuando haya que recortar –porque habrá que hacerlo, sin alternativas- el gasto público.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba.

Ingrid Betancourt después de la sorpresa y el festejo (17 07 08)

Publicado en La Voz del Interior, Opinión, pág. A-15, Córdoba, 17 de julio de 2008.

http://www2.lavoz.com.ar/08/07/17/secciones/opinion/nota.asp?nota_id=222668

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INGRID BETANCOURT

DESPUÉS DE LA SORPRESA Y EL FESTEJO

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Por Nelson Gustavo Specchia

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Tras siete años y cuatro meses enterrada en las inmensidades de la selva del Guaviare, el 2 de julio Ingrid Betancourt ha vuelto al mundo, y así como en los últimos años se había convertido en el símbolo de la sinrazón de unos métodos políticos de oprobio, en un par de semanas, en las que no ha abandonado la primera plana de los diarios de medio mundo, se ha erigido en un nuevo símbolo: el que anticipa, quizás, el inicio del fin de las Farc, el último de los movimientos armados que persisten en una América latina que afianza los regímenes democráticos formalizados.

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Pasados los primeros momentos, de una sorpresa genuina, de un muy razonable gozo social, y de la efusión mediática cercana al espectáculo de un ‘reality show’, creo que es necesario enfocar el análisis político internacional en –al menos- tres perspectivas que tendrán una incidencia profunda en el futuro de la región: en primer lugar, la evaluación crítica de los roles y posturas de los líderes latinoamericanos abiertamente enfrentados (hasta ahora, al menos, ya que estamos presenciando rápidos giros en algunos de ellos) a la gestión de Álvaro Uribe; en segundo lugar, la atención al papel de los actores extra regionales, especialmente del espacio que intentó ocupar el presidente francés, Nicolás Sarkozy, y los alcances y continuidades de la alianza entre Colombia y los Estados Unidos. Por último, cómo incidirá la enorme aceptación del pueblo colombiano de la vía adoptada por la administración Uribe en la ‘Operación Jaque’, que coloca las mediciones positivas del presidente en torno al 90 por ciento, en la proyección de su continuidad en el poder, y en las estrategias que asumirán a partir de ahora las propias Farc.

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Ingrid Betancourt fue secuestrada el 23 de febrero de 2002, cuando se encontraba en campaña para competir por la presidencia de Colombia, y cuando decidió, bajo su propio riesgo, penetrar en una zona dominada por la guerrilla. Seis meses después, el 7 de agosto, Álvaro Uribe asumió la primera magistratura colombiana, y declaró que el firme objetivo de su gobierno sería combatir a la insurgencia armada de las Farc –que dominaban por entonces una porción sustantiva del territorio nacional- con las herramientas del Estado de derecho. La principal interpretación de esta estrategia del nuevo mandatario apuntó al reforzamiento de la alianza militar (especialmente en las áreas de tecnología e inteligencia) con el ejército norteamericano, al tiempo que tendió al desmantelamiento de las fuerzas paramilitares, desde las cuales se había combatido a la guerrilla por fuera de la legalidad institucional.

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La presión internacional para que Uribe negociara con las Farc (esto es, que renunciara a cualquier alternativa de vía militar en el rescate de rehenes) fue encabezada por el presidente francés. De alguna manera, Sarkozy se sumó, desde Europa, a la campaña constante de descalificación del mandatario colombiano, que en Sudamérica tuvo como principal vocero a Hugo Chávez en sus continuas andanadas verbales llenas de epítetos gruesos (llegando a la movilización de tropas hacia la frontera con Colombia, mediante una orden dictada al ejército desde su programa de televisión); a Evo Morales; y a Rafael Correa (en este caso, con la tensión agravada por la incursión militar colombiana en la frontera con Ecuador, que acabó con la muerte del comandante de las Farc Raúl Reyes, el 1 de marzo de este año). La Presidencia y la Cancillería argentina, por el contrario, mantuvieron una postura de atención responsable, involucrándose cuando le era requerido (Cristina Fernández envió al ex presidente Kirchner a la selva, en la fracasada operación de Chávez para rescatar al hijo pequeño de Clara Rojas), se censuró –junto al resto de América latina- la violación de la soberanía ecuatoriana, pero no se presionó indebidamente a la administración de Uribe, señalándole caminos posibles o indicándole vías prohibidas. Ese fue el papel que se adjudicó Sarkozy para sí mismo.

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Ya es innegable la predilección del presidente francés por las grandes puestas en escena que lo tengan a él como protagonista, y su insistencia ante Uribe para que no se contemplara ningún tipo de acción militar, sino que se tendiera a los ‘intercambios humanitarios’, llevaron a la postura francesa al borde de la injerencia impropia en los asuntos internos de otro Estado. Sarkozy estuvo detrás de la propuesta de Chávez para que las Farc fueran consideradas como parte beligerante –con status internacional- en lugar de grupo terrorista, y fue cediendo a la presión francesa que el gobierno colombiano liberó al comandante de las Farc Rodrigo Granda el 1 de junio de 2007. Al mismo tiempo, la senadora Piedad Córdoba daba señales a la guerrilla sobre la posibilidad de encontrar refugio en suelo francés, llegado el momento.

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Sarkozy comenzó su semestre como presidente de turno de la Unión Europea el 1 de julio, y planificaba utilizar este tiempo al frente de la organización continental para lograr un golpe de efecto en su estrategia de intercambios con la guerrilla, pero Uribe se le adelantó. Aún así, el presidente francés ha permanecido inmutable en el fracaso de su estrategia, y ante las cámaras se arroga el triunfo, nuevamente una puesta en escena: recibe a Ingrid en el Elíseo, besa su mano, le presta su médico.

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Frente a este aprovechamiento mediático del presidente Sarkozy, frente a los nuevos acomodamientos de Hugo Chávez (acaba de recomponer las relaciones con Colombia, llama ahora a Uribe su ‘hermano’, y convoca a la desmovilización de las Farc sin condiciones), o frente a las surrealistas conclusiones de Evo Morales (para quien el auténtico héroe de la liberación no es otro que Chávez), el presidente Álvaro Uribe se ha mostrado discreto, casi parco, respetuoso de la legalidad y de las formas democráticas. Por la buena salud republicana de América latina, esperemos que traslade esta actitud suya a las consideraciones sobre una nueva re-reelección presidencial, que violaría las disposiciones constitucionales aunque se intente legitimar en masivos índices de apoyo.

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El liderazgo de América latina requiere de buenos presidentes, no de supuestos buenos monarcas populares.

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Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba.