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“Yo voté a Cristina” – La Voz del Interior – 24 de octubre 2011

Yo voté a Cristina

El contundente respaldo otorgado a la persona y a la gestión de Cristina Fernández perfila la emergencia de una nueva gran mayoría, un acuerdo amplio entre los más diversos sectores y colectivos sociales argentinos sobre un proyecto concreto de país. Nelson Specchia.
  • 24/10/2011 00:01 | Nelson Specchia*

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El contundente respaldo otorgado a la persona y a la gestión de Cristina Fernández perfila la emergencia de una nueva gran mayoría, un acuerdo amplio entre los más diversos sectores y colectivos sociales argentinos sobre un proyecto concreto de país.

Sostener que la victoria de CFK responde a la benéfica coyuntura económica es un error y un reduccionismo; la afirmación de que “la gente vota con el bolsillo” sólo disimula una despectiva concepción antidemocrática.

En realidad, y como ocurriera en otras oportunidades históricas (en 1916 y en 1945), el proceso iniciado por Néstor Kirchner y ratificado y ampliado por Cristina Fernández ha conducido a un reencantamiento de la política, a un cambio en el imaginario colectivo nacional.

Especialmente en los jóvenes, que habían sido expulsados por unas gestiones mediocres, viciadas y vacías de sentido, cuyo cenit se tocó con aquel “que se vayan todos”, que implicaba la negación de la vida política y de una cultura democrática.

CFK mostró otro camino: el de la recuperación de la utopía, las convicciones y la firmeza del discurso, a través de un programa progresista que combina pragmatismo institucionalista con populismo de izquierdas.

Y una nueva gran mayoría nacional se está reu­niendo en torno de ella.

No pertenezco a ninguna agrupación del “universo K”; soy sólo un intelectual que considera su deber hacer la crítica del poder cuando cabe, y apoyarlo, cuando amerita. Por eso, ayer voté a Cristina.

*Profesor Titular de Política Internacional UCC.

 

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[ publicado en La Voz del Interior, lunes 24 de octrubre de 2011 ]

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Y llegó Ollanta (29 07 11)

Y llegó Ollanta

por Nelson Gustavo Specchia

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Ayer Perú comenzó a transitar un nuevo ciclo, que está llamado a impactar –suavemente pero con fuerza- en el contexto regional latinoamericano. Finalmente Ollanta Humala asumió la presidencia, luego de una de las más controvertidas, accidentadas y cuestionadas escaleras hacia el poder. El flamante presidente sorteó una verdadera carrera de obstáculos, en la cual se interpusieron elementos de su biografía, del polarizado entorno político peruano, y de los referentes ideológicos y metodológicos de la vecindad regional. Además, una seguidilla de variables externas permearon toda la campaña que terminó abriéndole las puertas del Palacio Presidencial de Lima: El aun vigente debate social sobre la década fujimorista; las desinteligencias en el oficialismo, que terminó sin poder presentar un candidato propio a la sucesión de Alan García; la caída abrupta en las preferencias electorales del ex mandatario Alejandro Toledo (que pasó de ocupar el primer lugar en las encuestas durante la mayor parte de la campaña, para descender raudamente hasta un lejano tercer lugar); y hasta el impacto mediático de la renuncia del escritor Mario Vargas Llosa a seguir colaborando con el diario El Comercio, y el inédito apoyo del premio Nobel, un ícono del liberalismo peruano, al candidato de pasado militar y escorado hacia el nacionalismo de izquierda. Y acompañando a estas insólitas variables externas, también una sutil metamorfosis del propio candidato: su sorpresivo pragmatismo; la moderación de los extremos más ríspidos de su discurso ideológico; la seguridad prometida a los sectores conservadores de la banca y la gran empresa limeña; la publicitada profesión de fe en los métodos aplicados por Lula da Silva en Brasil; el distanciamiento del venezolano Hugo Chávez (que ni siquiera asistió ayer a la toma de posesión); la moderación del lenguaje de barricada; las diversas garantías de mantenimiento del modelo económico y de parte del funcionariado técnico que lo ha llevado adelante; y hasta un cambio en la vestimenta, archivando el raído pullover rojo y adoptando los trajes cortados a medida y las corbatas de Hermes; fueron todos elementos misceláneos que jalonaron un acceso atípico al poder de un atípico personaje. Un “outsider” de la clase política peruana que ha demostrado imaginación y cintura para ir esquivando uno a uno los obstáculos de la carrera hacia la presidencia. Y resta ver, a partir de hoy, si esos elementos también le son útiles para encarar la tarea ejecutiva.

PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

              Pero fue precisamente esta confluencia de elementos externos y la sutil refundación de la personalidad de Ollanta Humala, desde aquellos discursos nacionalistas teñidos de revolución y de tono militar (que hacían juego con el corte de pelo “a cero” y su pasado castrense: no olvidar que intentó dar un golpe de Estado contra Alberto Fujimori en el año 2000), los motivos que empujaron a esa ajustada mayoría que le dio la presidencia, a exigir pruebas de que el nuevo gobierno realmente optará por caminar más por el centro del espectro político que por su margen izquierda. En el tramo final de la campaña por el ballotage, tanto Vargas Llosa como –con algo más de renuencia- Alejandro Toledo, apoyaron a Ollanta, dándole la presunción de moderación. Pero estos mismos sectores exigieron que esa moderación se hiciera evidente, y aun antes de la asunción formal de la primera magistratura.

Humala no puso reparos en entregar pruebas de esa moderación que ha escogido como directriz de su gobierno. Y por dos motivos principales: en primer lugar, porque requiere que sus primeros días en la presidencia del gobierno sean de paz, ningún escenario sería peor en el Perú de hoy que una llegada rupturista, cuando ha quedado palmariamente claro que la mayoría del país apuesta por una estrategia de continuidad. El segundo motivo, además, hace a la gobernabilidad de mediano plazo de la nueva Administración: el margen de la victoria frente al populismo de Keiko fue tan ajustado, que tanto para asegurarse las mayorías parlamentarias como la conducción de las Cámaras, a Ollanta le es imprescindible contar con el apoyo estratégico de Perú Posible, el partido de Alejandro Toledo, minoritario pero bisagra en la conformación de las mayorías legislativas que necesitará para hacer prosperar sus iniciativas de gobierno.

Así las cosas, a principios de la semana pasada Ollanta Humala decidió despejar las incógnitas, mostrar las pruebas de la sinceridad de sus propósitos de moderación política, asegurarse el apoyo de los hombres de Toledo, y quitar imprevisibilidad, para que el acto de asunción de ayer fuera sólo una instancia simbólica de traspaso de las insignias del poder, y una fiesta pacífica y sin altercados. El camino más seguro para lograrlo era anticipando la conformación de su gabinete. Hizo público la nómina de personalidades que integrarán su equipo de gobierno, y nuevamente acertó, dejando contento a (casi) todo el mundo.

El gabinete es una cuidada mixtura de viejos y leales amigos, toledistas liberales, cristianos de centroderecha, tecnócratas de la saliente administración de Alan García, y sociólogos reformistas de centroizquierda “a lo Lula”. Salomón Lerner Ghitis, de 65 años, un millonario de orígenes humildes y uno de los amigos personales más cercanos del nuevo presidente, será el jefe del Consejo de Ministros. Ollanta, así, se muestra fiel a la columna central de su programa, ubicando a un gestor de izquierda como la principal figura funcional del Ejecutivo. Pero también, cumpliendo con la palabra otorgada a los sectores bancarios y al influyente lobby de la bolsa limeña, nombró al frente del Ministerio de Economía y Finanzas a Luis Miguel Castilla, de 42 años, tecnócrata y de perfil ortodoxo, que hasta esta semana ocupaba la secretaría de Hacienda del gobierno de Alan García. En la misma línea continuista, ratificó a Julio Velarde, del Partido Popular Cristiano, al frente del Banco Central. Velarde es un político conservador muy respetado por la comunidad académica –es profesor universitario en Lima- y por los inversores internacionales, que le adjudican la responsabilidad del mantenimiento de los índices de crecimiento sostenidos por el país en los últimos años (Velarde ocupa la presidencia de la máxima institución financiera desde 2006). Los mercados –que se desplomaron el día que ganó el ballotage frente a Keiko Fujimori- aplaudieron estas designaciones con una suba de casi el cinco por ciento en la Bolsa de Valores, que no se retrajo ni un sólo punto durante el recambio presidencial: Ollante se aseguró la fiesta. Los toledistas ocuparán el ministerio de Defensa, y colocarán a Kurt Burneo, uno de los principales economistas liberales del partido del ex presidente, en el ministerio de Producción.

ALEGRÍAS Y DECEPCIONES

Claro que, como no podía ser de otra manera, la composición de un gabinete de estas características (que ha sido denominado “de arco iris”, con una punta de sorna en la caracterización), y las pruebas de manifiesta vocación de orientar el gobierno por canales centristas, deja más lejos a sectores que esperaban estar más cerca. Si se han conjurado los temores de los altos empresarios, los inversores externos y la banca privada, también es cierto que los movimientos sociales y gremiales más progresistas, que lo apoyaron desde un primer momento, atraídos por su programa de cambio del modelo neoliberal, una mayor redistribución de las riquezas y una sociedad más igualitaria, llegan a la toma de posesión del nuevo presidente con más interrogantes que entusiasmo. Y se preguntan si aquella sutil refundación de la imagen del candidato, de la que hablábamos al inicio de esta columna, ha sido un paso táctico para asegurarse la gobernabilidad de su gestión, o si el pragmatismo –que siempre termina siendo funcional al statu quo dominante- será la auténtica marca del período que ahora comienza.

Por eso, el principal reto de Ollanta Humala, según él mismo lo ha expresado y según lo esperan sus aliados de antes y de último momento, es que consiga sostener el buen ritmo de crecimiento económico alcanzado por Perú, que en promedio orilla el ocho por ciento de aumento anual del producto, con baja inflación, exportaciones por 35.000 millones de dólares anuales, y acumulando más de 47.000 millones en las reservas del Banco Central. Y que, al mismo tiempo, consiga utilizar esa riqueza para disminuir la ancha brecha de la desigualdad, invirtiendo en programas de asistencia coyuntural inmediata y en planes de redistribución estructural en el largo plazo. Porque, en definitiva y a pesar de dos décadas de crecimiento a esas tasas tan altas y sostenidas, el Perú sigue siendo una de las sociedades menos equitativas del mundo, y un tercio de su población sigue sobreviviendo por debajo de la línea de pobreza. Todo un desafío.

 

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[ Periscopio – Magazine – Hoy Día Córdoba – viernes, 29 de julio de 2011  ]

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Dilma, un paso más lejos de Lula (10 06 11)

Dilma, un paso más lejos de Lula

Por Nelson Gustavo Specchia

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Las implicancias de la expulsión del jefe de Gabinete del gobierno brasilero, Antonio Palocci, a mediados de esta semana, son múltiples y se irán haciendo evidentes en el mediano plazo. Porque la salida del defenestrado ministro de la principal cartera del Ejecutivo de Dilma Rousseff, implica un golpe a la recién instalada administración de la primera presidenta mujer del Brasil, pero también es un síntoma de que la mandataria ha decidido privilegiar su propio plan, aunque este rumbo la aleje algunos pasos del camino trazado por su antecesor, Luíz Inácio da Silva, Lula.

La imagen de Dilma como la continuidad “pura” de Lula, o como un interregno temporal de preparación para la vuelta del carismático líder metalúrgico a la primera magistratura, queda cuestionada –aunque de momento sólo sea en matices- por la decisión de Dilma de apartar a Palocci, acusado de tráfico de influencias y de enriquecimiento ilícito. Era Palocci, precisamente, la figura impuesta por Lula a su sucesora, y la principal garantía de una continuidad sin fisuras.

La señora Rousseff se vio arrinconada esta semana por diversas líneas críticas, provenientes de distintos ángulos, pero todas con una terminación nerviosa en el Palacio del Planalto de Brasilia. En toda América latina se habla ya del “modelo Lula”, para referirse a esa estrategia política que conjuga estabilidad, crecimiento, democracia e inclusión social. Fue la buena sintonía entre Lula y Néstor Kirchner la que posibilitó establecer estos parámetros comunes entre los dos socios mayoritarios del Mercosur, y desde allí se ha irradiado hacia diversas latitudes, proponiéndose como una manera alternativa al crecimiento capitalista ortodoxo, así como a las tentaciones de transformación radical de las estructuras de desarrollo económico.

Como acaba de verse en el final de la campaña por el ballotage en las presidenciales peruanas, el “modelo Lula” también opera como un colchón amortiguador de las posturas más beligerantes de la izquierda nacionalista, tan resistidas por una parte cuantitativamente importante de las burguesías locales. Poner a Lula como inspirador, y a su política como ejemplo a seguir, le valió a Ollanta Humala acceder a una porción del electorado –principalmente de los colectivos urbanos de Lima y Callao-, que finalmente terminaron haciendo la diferencia con que derrotó a la candidata populista de derecha, Keiko Fujimori, y a su discurso neoliberal. Para ratificar sus dichos con actos, Humala no ha esperado apenas unas horas tras la victoria del domingo pasado, y ayer viajaba a Brasilia y era recibido por Dilma en el Planalto, su primer destino como presidente electo del Perú.

Además, en otras realidades latinoamericanas también embarcadas en un movimiento de cambio social progresista, el camino trazado por Lula se presenta como una alternativa real al impulso personalista del modelo planteado por el venezolano Hugo Chávez.

Pero para mantener esa estrategia que tanto atrae a la región, la Administración Rousseff debe demostrar que puede sostener el ritmo de la que es ya la séptima economía del globo. Su meta anunciada es lograr una tasa de crecimiento del producto del orden del 5,5 por ciento para este año, y una no inferior al 4,3 por ciento para el año que viene. Debe además controlar la inflación (actualmente en el 6,5 por ciento, dos puntos por arriba de lo previsto). Y, aún más difícil, utilizar más eficientemente el gasto público (y achicarlo), en un país que a pesar de la espectacularidad de su crecimiento, no ha logrado saldar la deuda de la equidad: son muchos millones de personas las que siguen viviendo por debajo de la línea de extrema pobreza; la sanidad pública tiene huecos de prestaciones que son insalvables; las políticas de calidad del sector educativo –especialmente en los niveles iniciales y medios- siguen sin dar resultados; y la carencia de infraestructuras a todo nivel puede convertirse a corto plazo en un obstáculo serio para la consecución de los planes de desarrollo.

Dilma es consciente de que la continuidad del “modelo Lula” pasa por atender a esta agenda de pendientes. Era de dominio público, hasta esta semana, que aquella continuidad también dependía de algunos personajes vinculados directamente a la persona del ex presidente. Como el jefe de Gabinete, Antonio Palocci.

Lula dejó instalados algunas figuras que garantizaran la permanencia de su imagen como defensor de los sectores más pobres, mientras se convertía, al mismo tiempo, en el gestor del desarrollo brasilero. La presencia de Palocci en la primera cartera ministerial del Ejecutivo era uno de esos enclaves de garantía. Pero Dilma, al parecer, tiene otra opinión, y ha decidido que puede sostener la línea política, en sus grandes trazos, sin necesidad de estar atada a todos los amigos que su mentor repartió por el nuevo gobierno antes de soltar las riendas. Siempre se dijo que la ex guerrillera era una mujer de carácter, esta semana vino a demostrarlo.

SOLTAR LASTRE

Porque la remoción de Palocci no era la única alternativa. En definitiva, a pesar de la contundencia de las denuncias, no hubo una acusación oficial, y la Fiscalía General de la República declaró que no había indicios suficientes para abrir una causa contra el ministro. Dilma podría haber cedido a las presiones del entorno más cercano a Lula, y mantener al cuestionado médico paulista al frente del Gabinete. Pero prefirió quitarlo del medio, soltar lastre, aunque eso la alejase unos pasos del ex mandatario, su padrino y mentor.

Y había también, en todo caso, motivos muy fuertes para mantenerlo en el cargo de Ministro de la Casa Civil (a todos los efectos el jefe de Gabinete de la presidencia de la República). Antonio Palocci es reconocido como uno de los cerebros del “modelo Lula”, y el gerente que ha logrado colocar a Brasil entre las primeras economías del mundo, con un crecimiento que tocó el 7,5 por ciento del Producto Bruto Interno, y un índice de desocupación controlado en el 7 por ciento.

Pero al exitoso gestor y al interlocutor privilegiado de los embajadores y los grandes empresarios, lo perdió el afán de riqueza. Ya sus manejos turbios de las cuentas personales lo habían obligado a dejar el ministerio de Hacienda, en 2006. Y a mediados del mes pasado, el diario O Globo lanzó la primicia del mágico salto en los ingresos del jefe de la Casa Civil. El matutino aportó pruebas de la velocidad en que Palocci ha amasado una fortuna millonaria, pasando de una declaración de rentas de unos 220 mil dólares en 2006, a más de 5,5 millones en 2010. Ese año, cuando Lula lo colocó como jefe de campaña de Dilma para las presidenciales, el médico –convertido entonces en carísimo consultor de empresas- facturó la escandalosa suma de 13 millones de dólares, y compró inmuebles por otros seis millones. Aunque la Fiscalía no tenga todavía pruebas documentales de un desfalco a las cuentas oficiales, la opinión pública ha concluido en que semejante aumento patrimonial es inexplicable si no se perciben giros voluminosos de grandes empresas, precisamente aquellas que esperan obtener contratos con el Estado durante la nueva administración gubernamental. Eso se llama tráfico de influencias, y constituye delito.

Palocci, al no poder justificar semejantes ingresos, miró hacia el Congreso, y pidió a sus correligionarios del Partido de los Trabajadores que le dieran un voto de confianza que le permitiese mantenerse al frente de la Casa Civil. Y los diputados del PT, en lugar de mirar hacia Lula, miraron hacia Dilma. Y dijeron que no. Y Palocci presentó su renuncia.

Recién van seis meses de su presidencia, pero Dilma Rousseff sabe que con estas movidas se juega no sólo la partida de este mandato (de un mandato suyo, autónomo, sin la tutela de Lula), sino también su posible reelección.

El año 2014 está a la vuelta de la esquina, y Lula ya hizo saber que él tiene apuntada esa cita.

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nelson.specchia@gmail.com

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Perú, “figuritas repetidas” (25 02 11)

La política peruana, tierra de oportunidades

Por Nelson Gustavo Specchia

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En Lima, una sutil y vaporosa capa de niebla cubre casi siempre la ciudad durante las mañanas, con una mezcla de salado aire marino y corrientes frescas que bajan de la sierra. Sin embargo Ramón, el chofer que mis anfitriones de la universidad Ruiz de Montoya han enviado a buscarme al aeropuerto, no habla del tiempo limeño, y aprovecha el largo camino hasta el hotel, en la barriada de Miraflores, para darme una completa lección de política peruana. Cuando llevamos casi una hora en el denso tráfico, Ramón arriesga una afirmación que luego, con otras palabras, también encontraré en las opiniones de los colegas, en la reunión universitaria a la que me han invitado. “En la política peruana”, afirma mi chofer, “nadie se termina de morir del todo. Se van con el rabo entre las piernas, pero al tiempo están tocando de nuevo las puertas de la presidencia.”

Esa percepción popular que escuché apenas descendido del avión que me había llevado hasta Lima, parece constatarse en estos tiempos finales de la gestión de Alan García: quienes se acomodan para disputar el espacio político en las próximas elecciones, el 9 de abril, son todas figuritas repetidas en la historia reciente del Perú.

Los muertos que vos matáis…

Además, la campaña electoral ha entrado en una fase de incertidumbre. En nuestro tiempo, ya es central el lugar que ocupan las mediciones de opinión ante la cercanía de cualquier acto comicial. Pero en las elecciones peruanas esta herramienta de testeo del clima político verá menguada su capacidad. La autoridad con competencia electoral, el Jurado Nacional de Elecciones, ha decidido exigir a las consultoras que consignen los datos personales completos (con DNI, dirección y teléfono) de todos y cada uno de los entrevistados en sus sondeos. En una sociedad donde la sensación de seguridad personal es muy endeble, es poco probable que las encuestadoras consigan voluntarios que se atrevan a responder dejando acreditados y archivados sus datos.

Ante ello, el conocimiento previo de los nombres y de las trayectorias de los dirigentes gravitará aún más en la definición de los primeros puestos de la contienda electoral. En el último sondeo publicado antes de que comenzara a regir la nueva disposición judicial, además, las “figuritas repetidas” están fijas en la primera línea. El presidente Alan García está constitucionalmente limitado para repetir mandato (aunque no ha descartado volver en 2016); pero el ex presidente Alejandro Toledo encabeza las preferencias populares. Y Keiko Fujimori, la hija del ex presidente Alberto Fujimori (1990-2000), le sigue de cerca. En un tercer lugar, está el ex intendente de Lima, Luis Castañeda; y lejos, en un incómodo cuarto puesto, el nacionalista Ollanta Humala, aliado de Evo Morales y de Hugo Chávez.

La vuelta al ruedo de Alejandro Toledo no es la primera que viene a comprobar aquel aserto de mi chofer respecto de la buena salud de los muertos políticos peruanos. El propio Alan García ya había demostrado que el palacio presidencial limeño es una tierra que da segundas oportunidades. García había dejado el poder, en la década de los noventa, con su imagen destruida tras una gestión caótica, en el borde del precipicio social debido a los ataques de la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso, y con la economía agotada por los ensayos experimentales del presidente, que intentó seguir el guión antiimperialista teórico del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), escrito por su maestro, Víctor Raúl Haya de la Torre.

Los peruanos colocan motes muy llamativos a sus dirigentes. A Fujimori, a pesar de su obvia ascendencia japonesa, lo llaman “el Chino”; a Toledo, “el Indio”; a Ollanta Humala, sin embargo, cuyo nombre tiene connotaciones más indígenas, como fue capitán del ejército le dicen “el Milico”. Y a Alan García, desde aquellos corcoveos erráticos de su primera presidencia, las voces populares lo han designado como “Caballo Loco”. Unas marchas y contramarchas, en todo caso, que hundieron su popularidad bajo mínimos, y que lo llevaron inclusive a salir del país durante algunos años, hasta que los ánimos se asentaran.

Sin embargo “Caballo Loco” volvió, aunque mucho más calmado y reconvertido hacia la centroderecha, la apertura económica, la ortodoxia monetaria, la disciplina fiscal y la convocatoria a la inversión extranjera. Con este nuevo guión liberal, pasó de ser un cadáver político a un rozagante candidato que se hizo con las elecciones en 2006, y volvió al palacio presidencial.

… gozan de buena salud

Siguiendo su ejemplo, “el Indio” Toledo vuelve en estos días a mostrar su buena salud política al encabezar las preferencias para un nuevo mandato. Y también en su caso se trata de un repunte fuerte, porque el ex presidente, tras su gestión entre 2001 y 2006, dejó el poder entre abucheos, con un índice de aceptación que apenas rozaba el 8 por ciento, y con críticas profundas desde todo el arco político peruano.

Sin embargo, la apertura liberalizante que había propuesto durante su mandato, fue la que finalmente terminó de ejecutar Alan García al sucederlo en el gobierno. Y es la que, a la postre, los peruanos parecen reconocerle. Además, durante estos últimos cinco años con el APRA en el poder, Alejandro Toledo se ubicó en un discreto segundo plano de la vida política, concentró su actividad en la faz académica, y saltó sorpresivamente al ruedo recién a finales del año pasado.

Su campaña ha sido rauda, y muy eficiente, según el resultado que las cercenadas encuestas permiten entrever. Los carteles que inundan Lima, “con Toledo, al Perú no lo para nadie”, hacen hincapié en que la actual estabilidad comenzó con él: el ritmo del crecimiento peruano fue del orden del 8,8 por ciento en el 2010, y la inflación logró controlarse en un índice inferior al 2 por ciento. En este contexto de expansión, además, la brecha de desigualdad parece haberse achicado: en las cifras del Banco Mundial, las mediciones de pobreza en Perú han disminuido del 54 al 35 por ciento en los últimos diez años (o sea, durante los gobiernos de Toledo y García).

Y como si esto fuera poco, Toledo se ha permitido, dentro de su liberalismo, asegurar que en un nuevo gobierno impulsará medidas sociales de avanzada, como la regulación del matrimonio igualitario –teniendo como referencia la experiencia de Argentina-, la despenalización del aborto, y hasta discutir en el recinto legislativo una nueva postura frente a la legalización de las drogas, siguiendo las tendencias más innovadoras en ese espinoso tema.

Alejandro Toledo parece haber logrado nuevamente el apoyo mayoritario de los peruanos. En todo caso, la candidata que le sigue, Keiko Fujimori, siempre ha dejado claro que espera llegar al poder para reivindicar la figura de su padre, sacarlo de la cárcel (donde cumple condena de 25 años por ordenar asesinatos en masa), y permitirle ser nuevamente candidato. Si bien la política peruana se muestra como una tierra que da segundas oportunidades, algunas no se me antojan demasiado deseables, especialmente si implican un claro retroceso democrático.

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nelson.specchia@gmail.com

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