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El cambio de escenario de una crisis global (10 09 10)

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El cambio de escenario de una crisis global

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por Nelson Gustavo Specchia

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La última década de la política internacional ha sido testigo de un conjunto de modificaciones estructurales profundas, que conforman en su interacción y en sus implicancias una mutación del escenario global.

En una visión panorámica, tomada desde una distancia que habilite cierta perspectiva, podemos advertir que el mundo se ha “achicado” (al punto de que hoy es posible visualizarlo prácticamente en su totalidad, y en tiempo real) y se ha convertido en la última década en un lugar más impredecible.

Nuestra contemporaneidad parece ser un lugar de paso, una nueva transición desde el mundo ordenado por el “equilibrio del terror” que marcó la mayor parte del siglo XX, hacia una realidad internacional más interconectada y dispar, donde las relaciones ya no se explican por medio de un conjunto acotado de variables relativamente simples, sino que una serie de nuevas y complejas consideraciones de diverso cuño –étnicas, regionales, religiosas, subnacionales, culturales- impactan diariamente en la definición de los rumbos de la política.

La realidad internacional se muestra en un escenario cuyas principales características son la heterogeneidad y la inseguridad.

Mientras que la tradición política reciente había generado un análisis mundial asentado en columnas densas, en las sólidas definiciones ideológicas que otorgaban garantías y ofrecían una cierta previsibilidad a la acción política en las relaciones entre los Estados, este tiempo de transición ha desvanecido esas cosmovisiones; como el título de aquel libro donde Daniel Bell describía cómo los parámetros más tradicionalmente confiables de la modernidad desaparecían uno tras otro, “todo lo sólido se desvanece en el aire”.

La imagen del Muro de Berlín, esa vena estriada de piedra y alambre de púa frente a la Puerta de Brandemburgo que no sólo seccionaba la gran ciudad alemana sino que durante más de medio siglo dividió simbólicamente a todo el globo, ilustra esta mutación de escenarios. Porque aquella división, en su brutal dicotomía, era la imagen de un mundo equilibrado, de un mundo previsible, asentado sobre las columnas sólidas de la disuasión nuclear y de la “destrucción mutua asegurada”. Se podía teorizar en base a esa previsibilidad de la “lógica del terror” y, en definitiva, la paz internacional –en el nivel macro- se mantuvo. El conflicto permaneció “localizado”, en los márgenes, no en la línea de los países centrales, que hubiera afectado el equilibrio. La “Tercera Guerra Mundial”, a pesar de tener todas las posibilidades y las herramientas a mano (y más de un militar entusiasta deseoso de comandarla, tanto a un lado como a otro del Muro), finalmente no estalló.

El fin de la guerra fría, la caída del Muro, el desvanecimiento de la bipolaridad internacional, y el cambio de tercio hacia el siglo XXI terminaron también con aquella previsibilidad en los relacionamientos.

Y lo que hemos vivido en estos últimos años, en esta huidiza e imprevisible cotidianidad, es un conjunto dispar y complejo de elementos que podríamos denominar la emergencia de las “otredades”.

“Otredades” porque, cuando en los años finales del siglo pasado la post guerra fría comenzó a quitar las losas pesadas de la doble hegemonía, tanto en la órbita capitalista como en el antiguo mundo comunista comenzaron a emerger realidades “otras”, diferentes sentimientos y vivencias sociales que habían permanecido subterráneas, invisibles, durante los años del equilibrio bipolar. Esta emergencia de realidades nuevas y “otras”, que aparecen con fuerza e intención de ocupar un lugar reivindicativo, viene acompañada de sentimientos negativos hacia quienes se considera responsables de sus años de sujeción, aislamiento, invisibilidad, sometimiento y vida subterránea.

Y esta emergencia de realidades “otras”, se imbrica con el salto que da el proceso de estatalización del planeta. Hasta mediados del siglo pasado, el número de Estados había permanecido estable y limitado. El proceso de descolonización primero, y el desmembramiento soviético después, provocaron que la cantidad de Estados soberanos prácticamente se quintuplicara: Cuando se reunió en Congreso de la Haya, en 1907, a la asamblea la integraron 42 países; en 1945, los Estados fundadores de las Naciones Unidas fueron 51. Y cuando el último Estado reconocido, Timor Oriental, en 2002 solicitó su ingreso a la ONU, le fue concedido el escaño número 192. De 42 a 192 Estados en menos de cien años, ese es el salto estatalizador que, aunado a la emergencia de realidades culturales históricamente sumergidas, perfila un mundo sustantivamente más complejo.

Toda transición es, necesariamente, un tiempo de definiciones. La gran apuesta de los años que vienen, de este futuro cercano que ya estamos viviendo, será la articulación entre paz, seguridad, y convivencia entre “otredades”.

Ya no hay más lugar para intentar imponer modelos hegemónicos y estilos de vida predominantes. La diversidad y la pluralidad también deberán teñir el nuevo tiempo político global.

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nelson.specchia@gmail.com

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Cuestiones duras y respuestas audaces (14 08 09)

uno de bastos

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CUESTIONES DURAS Y RESPUESTAS AUDACES

Escenarios internacionales de una crisis global

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Nelson Gustavo Specchia

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Conferencia en el Colegio de Abogados de Córdoba

Viernes 14 de agosto de 2009

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Muy buenas tardes.

Es un placer para mí estar esta tarde aquí, en esta tan importante institución para la vida profesional, pero también para el auténtico crecimiento social y cultural. Como queda demostrado esta tarde, un fértil punto de encuentro también para colegas y amigos de otras latitudes. Mi agradecimiento a las autoridades, recientemente “reestrenadas” autoridades de este Magno Colegio por ofrecerme este espacio esta tarde, para conversar con ustedes sobre algunos de los factores más importantes que cruzan en nuestros álgidos y movedizos días la escena internacional, y ensayar, con una metodología ojalá dialogal, algunas claves interpretativas de esta realidad de cambio acelerado: claves para mejor entenderla y, por ello, mejor poder interactuar con ella. También la oportunidad de encontrarme personalmente con algunos colegas con quienes hemos, en otros momentos, mantenido fructíferos intercambios de colaboración, como el doctor Daniel Andrade, de quien hemos publicado un interesante ensayo (“La solución de diferencias en comercio internacional en el ámbito de la OMC y del Mercosur”), allá por el 2005, en la revista que dirijo, la Studia Politicae, en la Universidad. Y de una manera personal, un agradecimiento especial a la doctora Mabel Solano, que ha sido mi interlocutora en este tiempo de preparación de esta reunión, por su gentileza de trato y por su paciencia y perseverancia de ir siguiendo durante meses mi disponibilidad de agenda, a veces tan difícil de encontrar, para que pudiéramos coincidir esta noche. Muchas gracias por todo ello.

He titulado mi exposición “Cuestiones duras y respuestas audaces” porque me parece que esta relación entre cosas muy nuevas, inéditas en su gran mayoría, y por ende poco teorizadas en la ciencia política, en la sociología de las organizaciones, en la psicología social, y en la política internacional, son las que han motivado, empujado, traccionado la búsqueda de respuestas novedosas para enfrentarlas –también inéditas algunas de ellas- por parte del liderazgo político; pienso que esta relación entre dureza y audacia, digo, puede dar una idea, funcionar como metáfora de la manera de mirar, del approach, que nos exige hoy una realidad internacional in-segura, donde una parte importante de las columnas densas, de las verdades sólidas que daban garantías y previsibilidad a la acción internacional (la política, la diplomática, y –fundamentalmente- la económica) se han ablandado, gelatinizado, o directamente desaparecido. Decía yo hace pocos días en Lima, Perú, en un encuentro muy similar al de esta noche, que el título de aquel libro de Daniel Bell donde se intentaba dar cuenta filosóficamente de un tiempo nuevo, donde los parámetros más tradicionalmente confiables de la modernidad desaparecían uno tras otro, era un título muy “profético”, ya que podría definir ajustadamente la sensación de los analistas internacionales de nuestros días: All that is solid melts into air tituló Bell a su libro sobre la “postmodernidad”. Y esa es, precisamente, la sensación que uno tiene cuando encara el estudio, el análisis, de esta coyuntura internacional tan poco aprehensible, tan cambiante sin respetar patrones de cambio, y, por eso, tan poco previsible en su direccionalidad. Fente a ella, sólo caben respuestas audaces, fórmulas imaginativas e inéditas, como los hechos a los que se intenta responder, y tan valientes, en definitiva, como lo exige la urgencia de la hora.

Entonces yo marcaría, desde el primer momento de mi disertación, desde el propio título, que esa es, para mí, la característica principal del estudio de la realidad internacional hoy: interrogantes “duros” porque cuestionan lo que sabemos y las maneras en que obtenemos ese conocimiento sobre la situación global; y la estructuración, frente a estos interrogantes, de respuestas nuevas, imaginativas, fuera del “guión” y de la teorización de las relaciones internacional, en definitiva: audaces.

Un mundo “seguro”

Erick Hobsbawm, el historiador marxista inglés, autor de una de las obras más sólidas de la historiografía económica actual, tiene un libro exquisito, de esos que están siempre al alcance de la mano en la mesilla de noche: The Short Twentieth Century, (que en castellano ha aparecido como Historia del siglo XX). En este libro, Hobsbawm funda la idea de que el siglo XX, el siglo que todos nosotros hemos vivido, no empezó en realidad en 1901, ni terminó en el año 2000, sino que, en rigor de verdad, comenzó en 1914, con la patada al tablero del antiguo orden mundial, y terminó en 1989, con el derrocamiento de un muro. Ese siglo XX “corto”, y la imagen de ese muro levantado como una vena estriada frente a la Puerta de Brandemburgo, seccionando Berlín y todo el globo, era, en su brutal división y dicotomía, la imagen de un mundo equilibrado, de un mundo previsible, asentado sobre columnas sólidas e infranqueables como los bloques de cemento de ese mismo muro. Un mundo sobre el que pendía de una manera infame (porque aquí la evaluación moral es otro capítulo, no vaya a entenderse que estoy realizando un panegírico de la irracionalidad de la guerra fría), que pendía, digo, la espada de Damocles de la disuasión nuclear y de la “destrucción mutua asegurada”, pero que precisamente por ese equilibrio, esa lógica (perversa, pero lógica al fin) del aniquilamiento balanceado, la realidad internacional era previsible. Se podía teorizar en base a esa previsibilidad (ahí está toda la Escuela Realista de la política internacional para probarlo, desde Hans Morgenthau, pasando por Raymond Aron, y llegando hasta Henry Kissinger).

En definitiva, la paz internacional –en el nivel macro- se mantuvo. La lógica del conflicto fue “localizado”, sólo de focos puntuales, y en los márgenes, no en la línea de los países centrales, que hubiera afectado el equilibrio. La “Tercera Guerra Mundial”, a pesar de tener todas las posibilidades y las herramientas ideológicas, tácticas, y tecnológicas a mano, y más de un general entusiasta deseoso de comandarla, tanto a un lado como a otro del Muro, finalmente no estalló.

El nacimiento de la in-seguridad

Cuando termina el siglo XX “corto”, termina también esta previsibilidad en los relacionamientos mundiales. Y se perciben aquí algunos fenómenos que es importante reseñar, aunque más no sea al pasar, porque a mi criterio constituyen las claves que han ido jalonando el camino que nos ha traído hasta aquí, hasta esta gelatinosa, huidiza y cambiante cotidianidad. Seleccionemos tres de ellos.

A estos tres fenómenos podríamos denominarlos: 1) “la emergencia de las otredades”, 2) “el exitismo de los vencedores”, y 3) “el errático idealismo europeo”. Dos palabras sobre el primero: luego de haberles quitado las losas pesadas de la doble hegemonía, tanto en la órbita capitalista como en el antiguo “mundo comunista” comenzaron a emerger, con mayor o menor fuerza, diferentes sentimientos y realidades que habían permanecido subterráneas: nacionales, subnacionales, étnicas, regionales, lingüísticas, tribales, religiosas… que durante los años del equilibrio bipolar habían permanecido ocultas, soterradas, tributarias en definitiva del gran conflicto táctico y callado que enfrentaba a las metrópolis titulares de ambas mitades del mundo. Esta emergencia de realidades “nuevas” y “otras”, que aparecen con fuerza y clara intención de ocupar un lugar reivindicativo en el concierto internacional, va acompañada, en muchos casos, con dosis considerables de sentimientos negativos hacia quienes se considera responsables de sus años de sujeción, aislamiento, invisibilidad, sometimiento y vida subterránea.

Esta emergencia de realidades “otras”, se imbrica con el salto que da el proceso de estatalización del planeta. Los Estados, y los Estados-Nación, son los sujetos tradicionalmente más antiguos de la atención política, pero hasta mediados del siglo XX habían permanecido en un número relativamente estable, limitado, y bajo. El proceso de descolonización impulsado por las Naciones Unidas, junto al status de soberanía de nuevas unidades antes subsumidas en formaciones supraestatales (como la Unión Soviética), provocaron que la cantidad de Estados soberanos prácticamente se quintuplicara en un siglo: Cuando se reunió en Congreso de la Haya, en 1907, a la asamblea la integraron 42 Estados; en 1926, cuando se conformó la Sociedad de las Naciones, los Estados eran 56 (por primera vez hubo presencia de Estados africanos: 3 en total); en la segunda posguerra, en 1945, los Estados fundadores de las Naciones Unidas fueron menos aún, 51, pero 30 años después, cuando el proceso de descolonización está terminando, ya son 145. Y cuando Timor Oriental, en 2002, solicitó su ingreso a la ONU, le fue concedido el escaño número 192.

De 42 a 192 Estados en menos de cien años, ese es el salto estatalizador del siglo XX. Es claro que esta nueva composición numérica, aunada a la emergencia de realidades culturales históricamente sumergidas, perfila un mundo sustantivamente más complejo.

En cuanto al segundo fenómeno, que hemos denominado “exitismo de los vencedores”, hace referencia a la actitud del Departamento de Estado norteamericano tras la caída del Muro, que fue absorbida por un sentimiento exagerado de victoria y de celebración en Washington. Y este ánimo político fue modelando, con cierto grado de superficialidad en la asunción de la nueva realidad internacional, una mirada distendida y con niveles cada vez menores de inserción efectiva y de control sobre las variables intervinientes que, como dijimos arriba, seguían precisamente en ese momento la dirección contraria, y se complejizaban cada vez más. Hace algunos días, en un programa de radio y a propósito del establecimiento de una mesa permanente de relaciones al máximo nivel ejecutivo entre China y los Estados Unidos de América, recordé una anécdota de aquellos victoriosos y festivos inicios de los años ’90, cuando una parte de la intelectualidad norteamericana percibía a su país como incontestable potencia hegemónica, y los entusiastas del antiguo “mundo libre” anunciaban con bombos y platillos el nacimiento de un Nuevo Orden Económico Internacional (NOEI), y una nueva concentración no confrontativa de poder político, que venía a quedarse por muchos años. En ese ambiente exitista, recorriendo una librería Barnes & Noble de Manhattan, encontré un libro de divulgación política, y lo compré básicamente por la página con que su autor abría el volumen: “Este libro está dedicado a Ronald Wilson Reagan –escribía el politólogo-, 40º Presidente de los Estados Unidos de América, triunfador de la Guerra Fría y fundador del nuevo orden internacional”. Esa frase, creo, refleja un clima de época.

Y un tercer fenómeno que está en la base de la conformación de los actuales escenarios internacionales está dado, pienso, por cierta indefinición en la intencionalidad y en la direccionalidad del proceso de integración europeo. La Europa unida, después del largo período que insumió su institucionalización (digamos: desde la posguerra hasta la caída del Muro), estaba llamada a jugar un rol central en el realineamiento de las piezas de un mundo multipolar, donde el “poder blando” de su experiencia y de su proyecto de convivencia entre unidades no solo diferentes, sino que habían  sido tradicionalmente antagónicas y enemigas, era un producto de exportación que la realidad mundial que nacía de los escombros del Muro habría asimilado con mucho provecho.

Pero Europa no se termina de decidir sobre el modelo terminado, y sigue fluctuando entre el sólo mercado común –el viejo proyecto inglés- y la Europa política, federada o confederada, que fue alimentada principalmente por el pensamiento francés. Este transcurso un tanto errático se ha sumado a una seguidilla de ampliaciones extensa y veloz, más extensa y más veloz, quizás, de lo que la misma organización y las múltiples ciudadanías europeas estaban preparadas para aceptar. Esto ha llevado a que el “euroescepticismo” no deje de crecer en la Unión, y que la traslación del soft power asociado estrechamente a su modelo, pierda fuerza en el contexto global.

Teniendo presentes estos tres fenómenos (en realidad, en un análisis más exhaustivo, no podríamos limitarnos sólo a ellos: en una elaboración más compleja, que hemos desarrollado en la Cátedra Jean Monnet, que tengo a mi cargo en la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica de Córdoba, hemos construido una tabla de siete factores intervinientes globales, pero hoy y aquí, con las limitaciones que me impone una conversación de estas características, para marcar los bordes de los escenarios internacionales donde la crisis global termina manifestándose podemos limitarnos a utilizar estos tres); teniéndolos presentes, digo, podemos contextualizar, en un modelo analítico alimentado por ellas, la aparición en la escena internacional de los principales acontecimientos que antecedieron al descalabro que venimos soportando desde hace veinticuatro meses.

El camino hacia la crisis

1)      La administración norteamericana de George W. Bush implicó la vuelta de los neoconservadores al centro del poder norteamericano, que impulsaron la rebaja de controles a los movimientos de capitales como motor impulsor del crecimiento;

2)      la emergencia y revalorización de estratos culturales históricamente desplazados está en la base de los ataques del 11 de septiembre de 2001;

3)      los dos elementos anteriores impactan, a su vez, en la reubicación de nuevos objetivos estratégicos en la defensa norteamericana: la declaración de la “guerra al terrorismo”, la definición del “eje del mal”, el ataque y la nueva invasión a Irak;

4)      la percepción de aislamiento del Departamento de Estado desde la disolución soviética lleva al reflote de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), y su utilización como estrategia “aliada”  para intervenir en Afganistán;

5)      las vinculaciones estratégicas entre George W. Bush, José María Aznar, y Tony Blair, y aquella emergencia de las realidades “otras”, están asociadas a los atentados de los subterráneos de Londres y de Madrid, que llevan por primera vez el terrorismo de base fundamentalista islámica a territorio europeo;

6)      la indefinición y el vaivén en las posiciones de la Unión Europea queda en evidencia al no lograr una postura común de sus Estados miembros en la resolución de adhesión a la aventura bélica norteamericana, con lo que resquebraja su Política Exterior y de Seguridad Común (PESC);

7)      poco tiempo después, el voto negativo en los referéndum de Francia y de Holanda (dos países fundadores de la original Comunidad Europea) al proyecto de una Constitución para Europa, implica un retroceso determinante en la dimensión política de la integración;

8)      sin herramientas de gobierno continental, la Unión Europea no puede consensuar estrategias comunes frente una manifestación más de las emergencias de realidades “otras”: la inmigración, especialmente la africana subsahariana. Los dos bordes del Mediterráneo representan una de las diferencias de PBI per capita más altas del mundo, y frente a ella y a las “pateras” colmadas de africanos que no dejan de llegar a sus costas, la Unión Europea vuelve a ensayar acciones erráticas, más policiales que de política exterior;

9)      luego de un largo invierno lamiéndose las heridas de un proyecto fracasado, Rusia, con el liderazgo de Vladimir Putin, manifiesta su voluntad de volver a ocupar un lugar de primacía en el concierto internacional;

10)  China, manteniendo un modelo sui generis de control político y expansión económica, se instala como la tercera economía mundial, y la principal financiadora del déficit norteamericano;

11)  la emergencia de realidades “otras” también alcanza al territorio latinoamericano, con planteos de reformulaciones políticas de contenido étnico, al mismo tiempo que una parte del subcontinente gira políticamente hacia la izquierda, luego de un período extremadamente corto de afianzamiento institucional democrático;

12)  introduciendo una cuña cultural y un quiebre sociológico generacional en la política occidental, Barack Obama, afroamericano, accede a la Presidencia de los Estados Unidos.

No podríamos aquí detenernos en cada una de estas dimensiones que, en su interrelación, conforman los actuales escenarios de la política internacional. Permítaseme, al menos, comentar algunas notas centrales de este último punto que he incluido en el modelo analítico de la situación mundial.

El “factor Obama”

Cuando comenzó la última campaña presidencial norteamericana, me decía en México el colega Erick Lobo que Barack Obama tendría muy pocas chances de llegar a las primeras líneas de la competencia electoral, y no solamente por ser negro, sino también porque su nombre tiene connotaciones negativas para el imaginario colectivo norteamericano de nuestros días: “Barack” suena demasiado parecido a “Irak”, el gran lastre de la política internacional de la administración Bush. Y “Obama”, me explicaba Erick, se escucha casi igual que “Osama”: ese nombre que se ha convertido en el primer enemigo de los Estados Unidos, desde que consiguiera atacar su suelo por sorpresa, y burlar durante años los rastreos de sus servicios de inteligencia. Sin embargo, y a pesar del estigma político que pudieron implicar sus nombres (por lo demás, tan africanos), a pesar de su juventud (46 años), y a pesar de ser un negro aspirante a la Presidencia de un país definido sociológica y culturalmente como “WASP” (white, anglo-saxon, and protestant), Obama comenzó dando sorpresas en la campana de largada de la carrera por la nominación de la candidatura presidencial del Partido Demócrata. Una candidatura, además, que iba a tener que competir en una campaña electoral que se presentaba como la más apretada de la historia política reciente en los Estados Unidos. Las sorpresas siguieron cuando el entonces candidato comenzó a hablar: hasta esa simbólica primera victoria, en Iowa, el discurso de Obama era calificado de “bucólico”, la mayoría de las consultoras afirmaban que su énfasis en el relevo generacional y en el programa de cambio no tendría auditorio fértil. Frente al magnicidio de Benazir Bhutto, que obligó a ajustar las estrategias políticas en todas las latitudes, un estudio de The Wall Street Journal de enero de 2008 hacía constar que un 40 por ciento de los norteamericanos preferiría ver a una mujer como comandante en jefe de su ejército, mientras que sólo un 29 por ciento aceptaría a un afroamericano en esa responsabilidad que conlleva la Presidencia.

Y contra estos condicionantes sociológicos estructurales, Obama transitó ese largo y apasionante año electoral, desde la primera victoria en Iowa hasta el martes 4 de noviembre de 2008, cuando entró en la recta final. La “cuña cultural” que mencionábamos arriba, uno de los elementos más novedosos en estos nuevos escenarios mundiales, fue el hecho prácticamente increíble de que, en una sociedad tan conservadora como la americana, tuviera posibilidades reales de acceder a la Presidencia, al lugar del poder por antonomasia, un miembro de la minoría más característica –pero también más problemática- de esa sociedad conservadora. Esa posibilidad se hizo real apenas unos días antes de las elecciones generales, cuando un cambio en el interior del sistema político hizo que el escenario girara, y se ubicara para la recta final con la posibilidad cierta de que Barack Hussein Obama terminara obteniendo el triunfo final de las urnas. El giro estuvo dado por el movimiento de una parte importante de los grupos de opinión del Partido Republicano hacia el apoyo explícito al candidato Demócrata. Una explicitación que eligió la vía de presentación en horario de máxima audiencia de una cadena nacional, del general Colin Powell, afirmando que Obama sería un “presidente excepcional”. Con ese giro, los sectores más centristas del Partido Republicano apostaron a la construcción de una nueva mayoría, para tomar una distancia clara de los elementos provenientes de la derecha extrema norteamericana, especialmente de los grupos afines al fundamentalismo cristiano, que habían impulsado que toda la Administración se moviese sensiblemente hacia la derecha del arco político en las dos legislaturas de George W. Bush. Y estos sectores, que se expresaron en ese penúltimo momento por boca del Powell, vieron el riesgo cierto de que el fundamentalismo religioso terminase cooptando al viejo partido nacional y laico de Lincoln y Roosevelt. Ese giro dejó a Obama en inmejorables condiciones en los instantes finales de la campaña, ya que estos grupos de poder del Partido Republicano asumieron que el riesgo de deriva hacia la derecha se mantenía con el candidato John McCain, y terminaron por decantarse hacia el demócrata.

Y pasó lo que, antes de que el mundo cambiara y se complejizara acelerada y profundamente en las cortas dos décadas desde la caída del Muro, hubiera sido imposible: luego de tan sólo 143 años de que la esclavitud negra fuera abolida, luego de tan sólo 43 años desde que los negros conquistaran el derecho a voto en los Estados Unidos, Barack Hussein Obama, de color negro, como aquellos esclavos, hijo de un inmigrante keniano, se convirtió en el Presidente de los Estados Unidos.

Y con el entusiasmo por la “cuña cultural” que se introducía en el sistema político, también apareció el riesgo: que la enorme simpatía que aupó a Obama a la Presidencia de la primera potencia mundial terminara generando unas expectativas irreales sobre las posibilidades, los límites de acción del Presidente dentro del sistema político norteamericano, y sus propias limitaciones personales, partidarias, e institucionales, conjugadas con las de un entorno espacial y temporal muy complejo. Este conjunto de realidades y limitaciones son los que, puestas en perspectiva, terminarían por definir la agenda internacional del nuevo Presidente norteamericano. En otras palabras, el hecho de que Barack Obama haya llegado a la Presidencia es revolucionario, pero Obama no es un revolucionario.

La agenda que Barack Obama ha venido desarrollando desde su asunción está muy en línea con las características de los escenarios internacionales que hemos delineado más arriba, una agenda marcada, antes que nada, por la complejidad de “cuestionamientos duros”

En primer lugar, y frente a la gravedad de la crisis financiera, decidió afrontar de lleno y al mismo tiempo la economía doméstica y la economía internacional. En el frente interno, Barack Obama prometió bajar los impuestos en el orden del 95 por ciento de los asalariados estadounidenses, y gravar con mayores impuestos a los ingresos que sobrepasen los 250.000 dólares anuales. Propuso una reducción de 500 dólares por asalariado, y de 1.000 dólares por familia, al tiempo que quiere aumentar el impuesto sobre la renta de los capitales, llevándolo del 15 al 28 por ciento, y gravar los beneficios excepcionales de las compañías petroleras, para rebajar la factura energética de los contribuyentes. Meterá 50.000 millones de dólares en infraestructura, y reformará la sanidad pública. Algunas de estas metas permanecen en estado de proyecto, pero no han sido abandonadas. En el frente externo, en el que decidió permanecer muy activo y recuperar la iniciativa internacional, comenzó revalorizando el rol del G-20 ampliado.

Así, en el lapso de tres meses, de enero a marzo de este año, Obama lanzó cuatro planes de rescate financiero para empresas y bancos. A juzgar por los resultados que estamos conociendo estos días, puede que haya acertado, pero los grandes popes del análisis político y económico –incluyendo varios premios Nobel- siguen afirmando que sus planes no son más que refritos de los manotazos de los últimos días de Bush, y que, en definitiva, no terminarán resolviendo la crisis global en el largo plazo.

Para abril de este año, cuando se reunió el G-20, los organismos multilaterales seguían difundiendo unos diagnósticos de la crisis cada vez más duros. Inmediatamente antes de que comenzaran las sesiones del G-20 en Londres, el 2 de abril, una de las voceras del Banco Mundial, la nigeriana Ngozi Okonjo-Isweala, advirtió a los países ricos sobre una oleada de disturbios sociales y crisis políticas que podría desencadenarse en los países pobres del mundo, si los líderes del G-20 no acuden directa y prontamente en su ayuda. Según la señora Okonjo-Isweala, cientos de miles de trabajadores están perdiendo sus empleos en los países en desarrollo, y las redes de protección social no responden, por lo que es preciso aportar más recursos financieros al “fondo de vulnerabilidad” del Banco Mundial, habida cuenta de que la crisis podría causar 90 millones de muertes, y elevar a casi 1.000 millones las personas que pasan hambre en el mundo. Cuando este tipo de advertencias vienen de una directora gerente del Banco Mundial, encienden una alarma más que notoria.

Al parecer, la postura que están adoptando los organismos multilaterales pasa por advertir a los países grandes reunidos en la mesa del G-20 que la estrategia ya no puede ser –o al menos no puede ser exclusivamente- poner dinero en efectivo en los paquetes de medidas fiscales, y en planes dirigidos a la banca y a las grandes empresas, sino que debería haber una parte de esa masa de dinero orientada hacia la asistencia directa a los pobres, a ese enorme conjunto de países del globo que no tienen un escaño reservado en la mesa del G-20.

Y asumiendo su primer punto de agenda, el propio Barack Obama se dirigió esa primera semana de abril de 2009 a los líderes del G-20. De una manera bastante insólita para un presidente norteamericano, mediante una nota periodística publicada en el International Herald Tribune, urgió a los países más desarrollados a acordar una estrategia para reflotar la economía mundial. Y su columna periodística coincidió con las primeras reacciones a su cuarto programa para salir de la crisis, que se asienta en la persuasión a inversionistas privados para que compren hasta un billón de dólares en “activos tóxicos”, esos bonos que, en gran medida, han sido los responsables del colapso financiero que vivimos.

Por lo demás, y para completar la presentación de la cuña que implica el “factor Obama” en la constitución del escenario internacional, los ítems que completan esa agenda externa serían:

1)      ONU. La Organización de las Naciones Unidas pasa por uno de sus momentos más bajos y críticos, con la figura de su Secretario General, Ban Ki-moon, muy desdibujada. Es posible que Obama amplíe el multilateralismo, respecto del unilateralismo de Bush, pero eso no necesariamente indica que se aboque a la refundación de la ONU, quizá adopte una ampliación de las relaciones país a país;

2)      La OTAN. Seguirá siendo la pieza clave de la estructura de seguridad a nivel global. Es posible que se revisen los criterios de ampliación, para no desmejorar las relaciones con Rusia;

3)      Rusia, efectivamente, permanecerá como tercer capítulo de esta “agenda externa”. Rusia vive un momento de plena recuperación de la personalidad internacional, y Obama deberá hacer equilibrios para mantener el canal de diálogo abierto con Dimitri Medvédev y Vladimir Putin, y no dejar huérfanos a los nuevos aliados del antiguo cinturón de soviético, como la Georgia de Saakashvili, la República Checa, Ucrania, y Polonia;

4)      La Unión Europea. Las relaciones Estados Unidos – Unión Europea, tal como las dejó la Administración Bush, eran pésimas. Obama las ha comenzado a mejorar, pero nuevamente aquí, pienso que la estrategia será más país a país, ya que la Unión Europea en tanto actor unificado a nivel internacional, como dijimos arriba, tiene severos déficit; y en el mejor de los casos –o sea, si éstos alguna vez logran ser superados por la organización- entonces su rol como competidora en la escena internacional quedará más claro. Por ambas razones, es esperable que se intensifiquen las relaciones, pero a nivel bilateral;

5)      Afganistán. Obama sigue manteniendo que esta es una de sus prioridades, y aquí sí la estrategia será claramente multilateral, o sea, habrá negociaciones concretas para tomar compromisos en la guerra contra los talibanes, que transitan por esporádicos períodos de recuperación;

6)      Islam. Obama ha dejado claro que la guerra contra los talibanes, o la disputa nuclear con Irán, no significan en ninguna medida un enfrentamiento con el “mundo árabe”, con el que se comprometió y solidarizó como nunca antes un líder occidental, tras su discurso de El Cairo;

7)      Irak. Ha reconocido los errores de la intervención militar, y ha puesto fecha de retirada de las tropas estadounidenses.

8)      China. Obama afirmó el mes pasado que las relaciones entre los Estados Unidos y China “determinarán” el siglo XXI. El gigante asiático se ha convertido en el primer financista de la deuda externa norteamericana. Más de 800 mil millones de dólares en títulos del Tesoro norteamericano se encuentran en manos del gobierno chino. Además, China exporta hacia Estados Unidos productos por un monto anual de 340 mil millones de dólares, es su principal cliente en el mundo. Y estas compras norteamericanas son las que financian, en buena medida, el sostenido crecimiento del producto bruto chino. Pero de este gran comprador, el viejo imperio celeste sólo recibe importaciones por unos 70 mil millones, una balanza muy desequilibrada. Hoy China es la tercera economía del planeta, pero de mantenerse los actuales índices de crecimiento y expansión, será la primera antes de mediar el siglo. Y su modelo político, con un capitalismo fuertemente exportador y férreamente controlado por el Estado y el partido único, el que habrá conducido al país al primer lugar, lo que no deja de poner en jaque el discurso democratizante del presidente Obama;

9)      Oriente Medio. Barack Obama volverá sobre el conflicto Israel-Palestina, completamente abandonado por las administraciones de Bush, y posiblemente el ex presidente Clinton, que estuvo a punto de conseguir una resolución definitiva de este diferendo entre ambos pueblos, pueda volver a la escena;

10)  América latina. Por último –aunque no fuera de la lista- nuestra región, con el papel fundamental de las relaciones de Colombia y Brasil, como interlocutores privilegiados. América latina no está, claramente, entre las prioridades de política exterior de la administración norteamericana, pero la estrategia del presidente colombiano Álvaro Uribe, el permitir que las tropas de “marines” norteamericanos puedan disponer de siete bases en territorio colombiano, y las reacciones de los países del grupo del ALBA frente a ello (inclusive con la advertencia del presidente venezolano Hugo Chávez de que las bases instalarían una hipótesis de conflicto militar en suelo sudamericano), seguramente modificarán el nivel de relevancia de la región en la agenda externa del presidente Obama.

Brotes verdes

Cuando escribí una versión anterior de esta conferencia, hace algún tiempo, los párrafos finales eran bastante lúgubres. Me alegra que la fecha de realización de esta reunión se haya desplazado, así puedo terminar mis palabras con unas líneas más esperanzadoras.

Ahora sí tengo la oportunidad, ya que algunos “brotes verdes” –como le gusta designar a los buenos síntomas de recuperación económica el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero- algunos “brotes verdes” parecen avizorarse en el horizonte, dos años después de la crisis de las “hipotecas subprimes”, luego de más de tres billones de dólares inyectados al sistema económico, y de quince meses consecutivos de destrucción de empleo en los países centrales, tanto para Barack Obama como para la OCDE, e inclusive para el Banco Central Europeo, lo peor de la crisis económica mundial puede haber pasado. El optimismo, en todo caso, es medido: lo que se ha frenado es la curva de aumento del desempleo, pero éste en Estados Unidos permanece –y seguramente permanecerá todavía un tiempo- en el orden del 10 por ciento. Otros indicadores, como la mejoría en las Bolsas, o la vuelta a los beneficios en la banca de inversión (una de las principales responsables del descalabro), son menos contundentes, y pueden llegar a ser más efímeros.

En todo caso, si ese fondo que no parecía llegar nunca se ha tocado, y los “brotes verdes” realmente están marcando una lenta recuperación, pera estas fechas del año próximo podremos, supuestamente, anunciar que hemos sorteado la amenaza de una nueva Gran Depresión.

Y entonces deberemos volver a revisar los escenarios internacionales, tal como hoy lo hemos hecho.

Muchas gracias.

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(c) Colegio de Abogados de la Provincia de Córdoba, 2009.

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