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Y llegó Ollanta (29 07 11)

Y llegó Ollanta

por Nelson Gustavo Specchia

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Ayer Perú comenzó a transitar un nuevo ciclo, que está llamado a impactar –suavemente pero con fuerza- en el contexto regional latinoamericano. Finalmente Ollanta Humala asumió la presidencia, luego de una de las más controvertidas, accidentadas y cuestionadas escaleras hacia el poder. El flamante presidente sorteó una verdadera carrera de obstáculos, en la cual se interpusieron elementos de su biografía, del polarizado entorno político peruano, y de los referentes ideológicos y metodológicos de la vecindad regional. Además, una seguidilla de variables externas permearon toda la campaña que terminó abriéndole las puertas del Palacio Presidencial de Lima: El aun vigente debate social sobre la década fujimorista; las desinteligencias en el oficialismo, que terminó sin poder presentar un candidato propio a la sucesión de Alan García; la caída abrupta en las preferencias electorales del ex mandatario Alejandro Toledo (que pasó de ocupar el primer lugar en las encuestas durante la mayor parte de la campaña, para descender raudamente hasta un lejano tercer lugar); y hasta el impacto mediático de la renuncia del escritor Mario Vargas Llosa a seguir colaborando con el diario El Comercio, y el inédito apoyo del premio Nobel, un ícono del liberalismo peruano, al candidato de pasado militar y escorado hacia el nacionalismo de izquierda. Y acompañando a estas insólitas variables externas, también una sutil metamorfosis del propio candidato: su sorpresivo pragmatismo; la moderación de los extremos más ríspidos de su discurso ideológico; la seguridad prometida a los sectores conservadores de la banca y la gran empresa limeña; la publicitada profesión de fe en los métodos aplicados por Lula da Silva en Brasil; el distanciamiento del venezolano Hugo Chávez (que ni siquiera asistió ayer a la toma de posesión); la moderación del lenguaje de barricada; las diversas garantías de mantenimiento del modelo económico y de parte del funcionariado técnico que lo ha llevado adelante; y hasta un cambio en la vestimenta, archivando el raído pullover rojo y adoptando los trajes cortados a medida y las corbatas de Hermes; fueron todos elementos misceláneos que jalonaron un acceso atípico al poder de un atípico personaje. Un “outsider” de la clase política peruana que ha demostrado imaginación y cintura para ir esquivando uno a uno los obstáculos de la carrera hacia la presidencia. Y resta ver, a partir de hoy, si esos elementos también le son útiles para encarar la tarea ejecutiva.

PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

              Pero fue precisamente esta confluencia de elementos externos y la sutil refundación de la personalidad de Ollanta Humala, desde aquellos discursos nacionalistas teñidos de revolución y de tono militar (que hacían juego con el corte de pelo “a cero” y su pasado castrense: no olvidar que intentó dar un golpe de Estado contra Alberto Fujimori en el año 2000), los motivos que empujaron a esa ajustada mayoría que le dio la presidencia, a exigir pruebas de que el nuevo gobierno realmente optará por caminar más por el centro del espectro político que por su margen izquierda. En el tramo final de la campaña por el ballotage, tanto Vargas Llosa como –con algo más de renuencia- Alejandro Toledo, apoyaron a Ollanta, dándole la presunción de moderación. Pero estos mismos sectores exigieron que esa moderación se hiciera evidente, y aun antes de la asunción formal de la primera magistratura.

Humala no puso reparos en entregar pruebas de esa moderación que ha escogido como directriz de su gobierno. Y por dos motivos principales: en primer lugar, porque requiere que sus primeros días en la presidencia del gobierno sean de paz, ningún escenario sería peor en el Perú de hoy que una llegada rupturista, cuando ha quedado palmariamente claro que la mayoría del país apuesta por una estrategia de continuidad. El segundo motivo, además, hace a la gobernabilidad de mediano plazo de la nueva Administración: el margen de la victoria frente al populismo de Keiko fue tan ajustado, que tanto para asegurarse las mayorías parlamentarias como la conducción de las Cámaras, a Ollanta le es imprescindible contar con el apoyo estratégico de Perú Posible, el partido de Alejandro Toledo, minoritario pero bisagra en la conformación de las mayorías legislativas que necesitará para hacer prosperar sus iniciativas de gobierno.

Así las cosas, a principios de la semana pasada Ollanta Humala decidió despejar las incógnitas, mostrar las pruebas de la sinceridad de sus propósitos de moderación política, asegurarse el apoyo de los hombres de Toledo, y quitar imprevisibilidad, para que el acto de asunción de ayer fuera sólo una instancia simbólica de traspaso de las insignias del poder, y una fiesta pacífica y sin altercados. El camino más seguro para lograrlo era anticipando la conformación de su gabinete. Hizo público la nómina de personalidades que integrarán su equipo de gobierno, y nuevamente acertó, dejando contento a (casi) todo el mundo.

El gabinete es una cuidada mixtura de viejos y leales amigos, toledistas liberales, cristianos de centroderecha, tecnócratas de la saliente administración de Alan García, y sociólogos reformistas de centroizquierda “a lo Lula”. Salomón Lerner Ghitis, de 65 años, un millonario de orígenes humildes y uno de los amigos personales más cercanos del nuevo presidente, será el jefe del Consejo de Ministros. Ollanta, así, se muestra fiel a la columna central de su programa, ubicando a un gestor de izquierda como la principal figura funcional del Ejecutivo. Pero también, cumpliendo con la palabra otorgada a los sectores bancarios y al influyente lobby de la bolsa limeña, nombró al frente del Ministerio de Economía y Finanzas a Luis Miguel Castilla, de 42 años, tecnócrata y de perfil ortodoxo, que hasta esta semana ocupaba la secretaría de Hacienda del gobierno de Alan García. En la misma línea continuista, ratificó a Julio Velarde, del Partido Popular Cristiano, al frente del Banco Central. Velarde es un político conservador muy respetado por la comunidad académica –es profesor universitario en Lima- y por los inversores internacionales, que le adjudican la responsabilidad del mantenimiento de los índices de crecimiento sostenidos por el país en los últimos años (Velarde ocupa la presidencia de la máxima institución financiera desde 2006). Los mercados –que se desplomaron el día que ganó el ballotage frente a Keiko Fujimori- aplaudieron estas designaciones con una suba de casi el cinco por ciento en la Bolsa de Valores, que no se retrajo ni un sólo punto durante el recambio presidencial: Ollante se aseguró la fiesta. Los toledistas ocuparán el ministerio de Defensa, y colocarán a Kurt Burneo, uno de los principales economistas liberales del partido del ex presidente, en el ministerio de Producción.

ALEGRÍAS Y DECEPCIONES

Claro que, como no podía ser de otra manera, la composición de un gabinete de estas características (que ha sido denominado “de arco iris”, con una punta de sorna en la caracterización), y las pruebas de manifiesta vocación de orientar el gobierno por canales centristas, deja más lejos a sectores que esperaban estar más cerca. Si se han conjurado los temores de los altos empresarios, los inversores externos y la banca privada, también es cierto que los movimientos sociales y gremiales más progresistas, que lo apoyaron desde un primer momento, atraídos por su programa de cambio del modelo neoliberal, una mayor redistribución de las riquezas y una sociedad más igualitaria, llegan a la toma de posesión del nuevo presidente con más interrogantes que entusiasmo. Y se preguntan si aquella sutil refundación de la imagen del candidato, de la que hablábamos al inicio de esta columna, ha sido un paso táctico para asegurarse la gobernabilidad de su gestión, o si el pragmatismo –que siempre termina siendo funcional al statu quo dominante- será la auténtica marca del período que ahora comienza.

Por eso, el principal reto de Ollanta Humala, según él mismo lo ha expresado y según lo esperan sus aliados de antes y de último momento, es que consiga sostener el buen ritmo de crecimiento económico alcanzado por Perú, que en promedio orilla el ocho por ciento de aumento anual del producto, con baja inflación, exportaciones por 35.000 millones de dólares anuales, y acumulando más de 47.000 millones en las reservas del Banco Central. Y que, al mismo tiempo, consiga utilizar esa riqueza para disminuir la ancha brecha de la desigualdad, invirtiendo en programas de asistencia coyuntural inmediata y en planes de redistribución estructural en el largo plazo. Porque, en definitiva y a pesar de dos décadas de crecimiento a esas tasas tan altas y sostenidas, el Perú sigue siendo una de las sociedades menos equitativas del mundo, y un tercio de su población sigue sobreviviendo por debajo de la línea de pobreza. Todo un desafío.

 

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[ Periscopio – Magazine – Hoy Día Córdoba – viernes, 29 de julio de 2011  ]

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Dilma, un paso más lejos de Lula (10 06 11)

Dilma, un paso más lejos de Lula

Por Nelson Gustavo Specchia

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Las implicancias de la expulsión del jefe de Gabinete del gobierno brasilero, Antonio Palocci, a mediados de esta semana, son múltiples y se irán haciendo evidentes en el mediano plazo. Porque la salida del defenestrado ministro de la principal cartera del Ejecutivo de Dilma Rousseff, implica un golpe a la recién instalada administración de la primera presidenta mujer del Brasil, pero también es un síntoma de que la mandataria ha decidido privilegiar su propio plan, aunque este rumbo la aleje algunos pasos del camino trazado por su antecesor, Luíz Inácio da Silva, Lula.

La imagen de Dilma como la continuidad “pura” de Lula, o como un interregno temporal de preparación para la vuelta del carismático líder metalúrgico a la primera magistratura, queda cuestionada –aunque de momento sólo sea en matices- por la decisión de Dilma de apartar a Palocci, acusado de tráfico de influencias y de enriquecimiento ilícito. Era Palocci, precisamente, la figura impuesta por Lula a su sucesora, y la principal garantía de una continuidad sin fisuras.

La señora Rousseff se vio arrinconada esta semana por diversas líneas críticas, provenientes de distintos ángulos, pero todas con una terminación nerviosa en el Palacio del Planalto de Brasilia. En toda América latina se habla ya del “modelo Lula”, para referirse a esa estrategia política que conjuga estabilidad, crecimiento, democracia e inclusión social. Fue la buena sintonía entre Lula y Néstor Kirchner la que posibilitó establecer estos parámetros comunes entre los dos socios mayoritarios del Mercosur, y desde allí se ha irradiado hacia diversas latitudes, proponiéndose como una manera alternativa al crecimiento capitalista ortodoxo, así como a las tentaciones de transformación radical de las estructuras de desarrollo económico.

Como acaba de verse en el final de la campaña por el ballotage en las presidenciales peruanas, el “modelo Lula” también opera como un colchón amortiguador de las posturas más beligerantes de la izquierda nacionalista, tan resistidas por una parte cuantitativamente importante de las burguesías locales. Poner a Lula como inspirador, y a su política como ejemplo a seguir, le valió a Ollanta Humala acceder a una porción del electorado –principalmente de los colectivos urbanos de Lima y Callao-, que finalmente terminaron haciendo la diferencia con que derrotó a la candidata populista de derecha, Keiko Fujimori, y a su discurso neoliberal. Para ratificar sus dichos con actos, Humala no ha esperado apenas unas horas tras la victoria del domingo pasado, y ayer viajaba a Brasilia y era recibido por Dilma en el Planalto, su primer destino como presidente electo del Perú.

Además, en otras realidades latinoamericanas también embarcadas en un movimiento de cambio social progresista, el camino trazado por Lula se presenta como una alternativa real al impulso personalista del modelo planteado por el venezolano Hugo Chávez.

Pero para mantener esa estrategia que tanto atrae a la región, la Administración Rousseff debe demostrar que puede sostener el ritmo de la que es ya la séptima economía del globo. Su meta anunciada es lograr una tasa de crecimiento del producto del orden del 5,5 por ciento para este año, y una no inferior al 4,3 por ciento para el año que viene. Debe además controlar la inflación (actualmente en el 6,5 por ciento, dos puntos por arriba de lo previsto). Y, aún más difícil, utilizar más eficientemente el gasto público (y achicarlo), en un país que a pesar de la espectacularidad de su crecimiento, no ha logrado saldar la deuda de la equidad: son muchos millones de personas las que siguen viviendo por debajo de la línea de extrema pobreza; la sanidad pública tiene huecos de prestaciones que son insalvables; las políticas de calidad del sector educativo –especialmente en los niveles iniciales y medios- siguen sin dar resultados; y la carencia de infraestructuras a todo nivel puede convertirse a corto plazo en un obstáculo serio para la consecución de los planes de desarrollo.

Dilma es consciente de que la continuidad del “modelo Lula” pasa por atender a esta agenda de pendientes. Era de dominio público, hasta esta semana, que aquella continuidad también dependía de algunos personajes vinculados directamente a la persona del ex presidente. Como el jefe de Gabinete, Antonio Palocci.

Lula dejó instalados algunas figuras que garantizaran la permanencia de su imagen como defensor de los sectores más pobres, mientras se convertía, al mismo tiempo, en el gestor del desarrollo brasilero. La presencia de Palocci en la primera cartera ministerial del Ejecutivo era uno de esos enclaves de garantía. Pero Dilma, al parecer, tiene otra opinión, y ha decidido que puede sostener la línea política, en sus grandes trazos, sin necesidad de estar atada a todos los amigos que su mentor repartió por el nuevo gobierno antes de soltar las riendas. Siempre se dijo que la ex guerrillera era una mujer de carácter, esta semana vino a demostrarlo.

SOLTAR LASTRE

Porque la remoción de Palocci no era la única alternativa. En definitiva, a pesar de la contundencia de las denuncias, no hubo una acusación oficial, y la Fiscalía General de la República declaró que no había indicios suficientes para abrir una causa contra el ministro. Dilma podría haber cedido a las presiones del entorno más cercano a Lula, y mantener al cuestionado médico paulista al frente del Gabinete. Pero prefirió quitarlo del medio, soltar lastre, aunque eso la alejase unos pasos del ex mandatario, su padrino y mentor.

Y había también, en todo caso, motivos muy fuertes para mantenerlo en el cargo de Ministro de la Casa Civil (a todos los efectos el jefe de Gabinete de la presidencia de la República). Antonio Palocci es reconocido como uno de los cerebros del “modelo Lula”, y el gerente que ha logrado colocar a Brasil entre las primeras economías del mundo, con un crecimiento que tocó el 7,5 por ciento del Producto Bruto Interno, y un índice de desocupación controlado en el 7 por ciento.

Pero al exitoso gestor y al interlocutor privilegiado de los embajadores y los grandes empresarios, lo perdió el afán de riqueza. Ya sus manejos turbios de las cuentas personales lo habían obligado a dejar el ministerio de Hacienda, en 2006. Y a mediados del mes pasado, el diario O Globo lanzó la primicia del mágico salto en los ingresos del jefe de la Casa Civil. El matutino aportó pruebas de la velocidad en que Palocci ha amasado una fortuna millonaria, pasando de una declaración de rentas de unos 220 mil dólares en 2006, a más de 5,5 millones en 2010. Ese año, cuando Lula lo colocó como jefe de campaña de Dilma para las presidenciales, el médico –convertido entonces en carísimo consultor de empresas- facturó la escandalosa suma de 13 millones de dólares, y compró inmuebles por otros seis millones. Aunque la Fiscalía no tenga todavía pruebas documentales de un desfalco a las cuentas oficiales, la opinión pública ha concluido en que semejante aumento patrimonial es inexplicable si no se perciben giros voluminosos de grandes empresas, precisamente aquellas que esperan obtener contratos con el Estado durante la nueva administración gubernamental. Eso se llama tráfico de influencias, y constituye delito.

Palocci, al no poder justificar semejantes ingresos, miró hacia el Congreso, y pidió a sus correligionarios del Partido de los Trabajadores que le dieran un voto de confianza que le permitiese mantenerse al frente de la Casa Civil. Y los diputados del PT, en lugar de mirar hacia Lula, miraron hacia Dilma. Y dijeron que no. Y Palocci presentó su renuncia.

Recién van seis meses de su presidencia, pero Dilma Rousseff sabe que con estas movidas se juega no sólo la partida de este mandato (de un mandato suyo, autónomo, sin la tutela de Lula), sino también su posible reelección.

El año 2014 está a la vuelta de la esquina, y Lula ya hizo saber que él tiene apuntada esa cita.

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La Bolsa de Lima vuelve a la normalidad (08 06 11)

Se recupera la Bolsa de Lima  y Ollanta aporta tranquilidad

Paulatina vuelta a la normalidad de los mercados tras la caída del lunes  

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El fuerte retroceso experimentado por el mercado bursátil peruano tras conocerse la victoria del candidato nacionalista de izquierda, Ollanta Humala, en el ballotage de las elecciones presidenciales, comenzó a revertirse ayer con la recuperación del precio de los principales papeles, y el anuncio del presidente electo de que no introducirá cambios significativos en el programa económico vigente.

La incertidumbre que atravesó toda la jornada electoral del domingo, con una polarización de los votantes en dos mitades prácticamente iguales, terminó de despejarse recién en horas de la noche, cuando se confirmaron los escasos dos puntos de diferencia de Humala sobre la candidata de la derecha, Keiko Fujimori.

En la apertura de operaciones del lunes, el Índice General de la Bolsa de Lima (IGBVL), el principal indicador bursátil, que mide el desempeño de las 36 empresas peruanas de mayor importancia, cayó en picada por la venta de acciones, especialmente títulos de empresas mineras y del sector agroindustrial.

Los responsables del mercado de acciones intentaron frenar la caída, con una suspensión momentánea de transacciones, pero no lo lograron y la bolsa terminó registrando una caída del 12,45 por ciento, la mayor de su historia.

Las primeras manifestaciones del presidente electo, durante la tarde del lunes, se dirigieron a aportar tranquilidad, al asegurar de que no está en sus planes imponer golpes abruptos de timón en el rumbo económico.

También se conoció una versión de que los equipos técnicos vinculados al ex presidente Alejandro Toledo se sumarían al gabinete económico de Humala. Keiko Fujimori, además, admitió la derrota de su coalición populista y el presidente Alan García recibió en el palacio presidencial a una delegación de técnicos de Gana Perú, la agrupación del presidente electo, para comenzar a preparar la transición. La comisión está integrada por referentes reconocidos por su seriedad y confiabilidad.

Todos estos gestos de normalidad institucional, junto a los pronunciamiento positivos de varios bancos de inversión extranjeros, que destacan los sólidos fundamentos de la economía peruana, revirtieron la caída del lunes.

La Bolsa de Lima registró ayer un avance de 1.259,15 puntos; trepando hasta los 19.844,96 enteros, con una recuperación superior al 6 por ciento.

El lento y complejo escrutinio oficial, además, permitió conocer ya que a pesar de lo ajustado de la victoria el candidato de la izquierda ganó en 19 regiones del Perú; sólo 4 regiones le dieron la espalda a Ollanta Humala, entre ellas las áreas metropolitanas de Lima y Callao.

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Ollanta, la región a favor, la bolsa en contra (07 06 11)

Ollanta Humala vence en las presidenciales peruanas

Mensaje de unidad del candidato de la izquierda, temor en los mercados

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Aunque la oficina electoral peruana (ONPE) no ha entregado los resultados definitivos del ballotage del último domingo, con el 90,538 por ciento escrutado, Ollanta Humala obtiene el 51,367 por ciento, y Keiko Fujimori el 48,633. La exigua diferencia lograda por el candidato nacionalista de izquierda sobre la populista de derechas ya ha sido admitida como dato veraz por todas las fuerzas políticas.

La polarización de la sociedad peruana, especialmente en los tramos finales de la campaña proselitista por la segunda vuelta, quedó evidenciada en estos resultados, donde ambos contendientes obtuvieron la preferencia de la mitad del electorado, definiéndose la victoria por apenas dos puntos.

Entre los factores que finalmente inclinaron la balanza a favor de Humala, cuentan con especial incidencia la morigeración del radicalismo discursivo del propio candidato de la izquierda, que pasó de sostener la necesidad de un “cambio revolucionario” a afirmar que el modelo económico peruano de los últimos años, que ha permitido crecer al país andino prácticamente a la misma velocidad que China, se mantendría bajo su gobierno. Así, el lema de Ollanta durante el último tramo insistió en la faz redistribuidora: “crecimiento económico con inclusión social”.

Aún así, sólo logró que una parte de la clase media urbana lo apoyara, mientras las altas finanzas y los sectores liberales mantuvieron su preferencia por Keiko Fujimori.

Respecto de ésta, además de estos sectores de la burguesía limeña, logró captar el apoyo de los colectivos jóvenes, que no se ven reflejados en el discurso indigenista y socializante de Humala.

Ya cerca de la jornada electoral del domingo, la incidencia de la memoria de la década de gobierno de Alberto Fujimori terminó pasando una pesada factura a la candidata de la derecha. En especial, las pruebas de la campaña de esterilización forzada de más de 300.000 mujeres indígenas bajo aquel gobierno, y la práctica totalidad del equipo que gobernó con su padre –asociado al autoritarismo y a la corrupción- en su núcleo más cercano de colaboradores, fueron elementos que terminaron reduciendo el pequeño margen de cinco puntos que había logrado sobre Ollanta Humala en la primera vuelta.

Por último, la definición de relevantes personalidades y de ex candidatos presidenciales jugó un papel decisivo. La sonada ruptura de Mario Vargas Llosa, reciente premio Nobel de literatura, con el matutino El Comercio, y su advertencia de que con Keiko volvía “la dictadura fascista” a Perú fueron relevantes.

También la adhesión, en las últimas horas, del ex presidente y ex candidato Alejandro Toledo, aportaron a Humala los votos necesarios para lograr esta ajustada victoria.

Cae la bolsa limeña

Como habían advertido los voceros del establishment, los mercados cayeron tras la victoria del candidato de la izquierda el domingo a la noche.

La Bolsa de Valores de Lima perdió un 8,71 por ciento de su índice global, que mide los principales papeles.

El desplome fue tan abrupto, que empujó a los responsables bursátiles a suspender las operaciones durante dos horas, en la mañana de ayer, intentando con ello frenar una posible corrida financiera, que podría a su vez trasladarse al sector bancario.

Si bien las declaraciones de Ollanta Humala intentaron llevar calma al sector, al afirmar que no habrá cambios de modelo económico bajo su gobierno, la tendencia a la baja se mantuvo cuando la bolsa volvió a permitir las transacciones.

Se autorizó por ello la medida excepcional de clausurar la sesión tres horas antes del cierre bursátil. El desplome alcanzó el 12,51 por ciento, el mayor de la historia.

Sintonía regional

Las felicitaciones cursadas a Ollanta Humala por los principales líderes políticos de la región, aún antes de que oficialmente sea proclamado presidente del Perú, dan una idea de la buena sintonía que el nuevo gobierno tendrá en América latina.

Ollanta insistió en la campaña que su modelo de gestión era el brasileño Luíz Inácio Lula da Silva, y las relaciones con el Partido de los Trabajadores, en el gobierno de Brasil, hacen prever un diálogo más estrecho entre ambos países. Perú es crítico para la salida hacia el Pacífico de Brasil, o sea, para la ruta con los mercados de Asia. También con Argentina y el gobierno de Cristina Fernández las relaciones son cercanas.

De esta manera, la nueva administración peruana podrá contar con el apoyo de las instituciones regionales de integración, especialmente el Mercosur y la Unasur, y sumarse al buen momento que transitan las relaciones entre Argentina, Brasil, Bolivia, Uruguay, Ecuador y Venezuela.

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Virtual empate en Perú para el próximo domingo (03 06 11)

Perú: polarización y golpes bajos en el final de campaña

Los sondeos revelan un virtual empate técnico entre Keiko y Humala

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LIMA.- Al cierre de esta edición, llegaba a su término la campaña electoral que definirá, en ballotage, la presidencia peruana en las elecciones del próximo domingo. A las cero hora de mañana comenzará a regir la veda previa a los comicios, por lo que los dos candidatos más votados en la primera vuelta, el nacionalista de izquierdas Ollanta Humala, y la populista de derechas Keiko Fujimori, se aprestaban ayer a cerrar sus campañas con sendos actos multitudinarios en la capital peruana, que serán trasmitidos por la televisión pública.

Sin embargo, el tono relativamente sosegado en el que transitó el proselitismo de la segunda vuelta entre ambas agrupaciones –el bloque progresista Gana Perú, de Humala, y los conservadores de Fuerza 1011 de Fujimori- se tensó en los últimos días, con acusaciones cruzadas y golpes bajos.

La candidata de la derecha tuvo que salir a responder por acusaciones que la vinculan con la década en que su padre, el ex presidente Alberto Fujimori, ejerció un poder autocrático, donde se dieron los crímenes y diversas maneras de escamotear la ley e instalar un entorno corrupto, que hoy mantienen al ex mandatario en la cárcel.

Causó un revuelo especial la revelación, en diversos medios, de programas de esterilización forzada de 300.000 mujeres indígenas durante “el fujimorato”; y el centro de las críticas ha estado en los nombres del equipo de Keiko, en su mayoría ex funcionarios de Alberto Fujimori. Al punto que la candidata se vio forzada a declarar explícitamente que no busca llegar a la presidencia del Perú para liberar a su padre de la prisión.

El indigenista Ollanta Humala, por su parte, tuvo que salir a negar acusaciones de abusos y de relaciones con el narcotráfico.

La campaña, en todo caso, ha revelado la fuerte paridad en que llegan ambos contendientes a la cita electoral.

La polarización de la sociedad peruana se evidencia en los sondeos preelectorales, que con mínimas diferencias revelan un virtual empate entre ambas opciones.

En ese contexto, ha sido importante el posicionamiento de personalidades relevantes y ex candidatos de terceras fuerzas. El escritor liberal y reciente premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, escenificó su ruptura con el tradicional diario limeño El Comercio, argumentando la parcialidad del matutino hacia Keiko.

La animadversión de Vargas Llosa hacia el “fujimorato” lo ha llevado a apoyar al candidato de la centroizquierda, y otro tanto ha hecho el ex presidente centrista Alejandro Toledo. Por su parte, los ex candidatos presidenciales Pedro Kuczynski y Luis Castañeda se sumaron a Keiko en los días finales de la campaña.

Los jóvenes y el mercado

LIMA.- Keiko Fujimori sacó una leve ventaja de 5 puntos a Humala en la primera vuelta, y esa diferencia se ha acortado en la campaña para el ballotage a apenas 2 puntos. En la tensión de un empate, dos colectivos han tomado una relevancia creciente: el sector económico financiero, y los agregados juveniles de las grandes ciudades, especialmente de la capital.

El mercado refleja los nervios que provoca en las altas finanzas la indefinición de un empate; la Bolsa de Lima cayó dos veces la última semana, y la moneda –el sol- retrocedió fuertemente en el mercado libre frente al dólar. El sector financiero se ha volcado resueltamente a favor de Keiko, intentado inclinar la balanza.

Los jóvenes, por su parte, han apelado a las redes sociales por Internet, especialmente a Facebook y Twitter, y han convocado a unas movilizaciones que fueron incrementándose en los últimos días, todas bajo el mismo lema: “Fujimori nunca más”.

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¿Llegará Humala? (07 04 11)

La izquierda nacional encabeza la tendencia electoral en Perú

Humala polariza las elecciones en las últimas horas de campaña

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La tensión se ha instalado en los últimos tramos de la campaña electoral peruana, antes de que comience la veda previa a los comicios generales del próximo domingo.

Según las últimas mediciones difundidas ayer, todos los candidatos a la primera magistratura tendrían posibilidades reales de acceder a la presidencia, dados los movimientos en las tendencias que se registraron en los últimos días.

El ex presidente Alejandro Toledo, que se mantuvo al frente de las encuestas de opinión durante la mayor parte de la campaña, fue cediendo posiciones, al tiempo que el candidato de la izquierda nacionalista, Ollanta Humala, ascendía hasta el primer lugar.

Finalmente, el período de veda (que incluye la restricción de venta y consumo de bebidas alcohólicas en sitios públicos desde anoche) se instaló con un 28 por ciento de intención de voto para Humala; luego, con un 21 por ciento, se ubica Keiko Fujimori -la hija del ex presidente Alberto Fujimori, que actualmente cumple condena de cárcel por delitos de lesa humanidad cometidos durante su mandato de diez años-; y en un compartido tercer lugar, con el 18 por ciento de las preferencias electorales están Toledo y el ex ministro de Economía, Pedro Pablo Kuczynski.

El ascenso de Humala y la paridad en las preferencias hacen previsible su participación en la segunda vuelta electoral, prevista para el 5 de junio, en la que deberá enfrentar a alguno de los otros tres contendientes.

En este marco, y frente a una de las elecciones presidenciales más ajustadas e imprevisibles de la historia electoral reciente del Perú, el líder nacionalista parece dispuesto a tensar la cuerda de las diferencias (los otros tres candidatos se adscriben a un común discurso liberal de centroderecha), y en los discursos de cierre de campaña anunció que, de llegar al gobierno, se propone nacionalizar la explotación del gas, uno de los principales recursos económicos del país andino.

Humala dijo en la ciudad de Cusco que expropiaría los yacimientos de Camisea (que actualmente explota la empresa argentina Pluspetrol), uno de los pozos gasíferos más grandes de Sudamérica, con reservas por 8,7 trillones de pies cúbicos de gas y 545 millones de barriles de hidrocarburos líquidos.

A pesar de que el candidato nacionalista ha hecho grandes esfuerzos en las últimas semanas para despegar su figura de la del presidente venezolano Hugo Chávez, en el debate televisado del domingo pasado, donde los principales candidatos expusieron en vivo y en directo los principales puntos de sus programas, Ollanta Humala defendió un cambio en el modelo económico vigente, iniciado durante la gestión del ex presidente Alejandro Toledo y profundizado durante el período del saliente mandatario, Alan García.

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Perú, “figuritas repetidas” (25 02 11)

La política peruana, tierra de oportunidades

Por Nelson Gustavo Specchia

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En Lima, una sutil y vaporosa capa de niebla cubre casi siempre la ciudad durante las mañanas, con una mezcla de salado aire marino y corrientes frescas que bajan de la sierra. Sin embargo Ramón, el chofer que mis anfitriones de la universidad Ruiz de Montoya han enviado a buscarme al aeropuerto, no habla del tiempo limeño, y aprovecha el largo camino hasta el hotel, en la barriada de Miraflores, para darme una completa lección de política peruana. Cuando llevamos casi una hora en el denso tráfico, Ramón arriesga una afirmación que luego, con otras palabras, también encontraré en las opiniones de los colegas, en la reunión universitaria a la que me han invitado. “En la política peruana”, afirma mi chofer, “nadie se termina de morir del todo. Se van con el rabo entre las piernas, pero al tiempo están tocando de nuevo las puertas de la presidencia.”

Esa percepción popular que escuché apenas descendido del avión que me había llevado hasta Lima, parece constatarse en estos tiempos finales de la gestión de Alan García: quienes se acomodan para disputar el espacio político en las próximas elecciones, el 9 de abril, son todas figuritas repetidas en la historia reciente del Perú.

Los muertos que vos matáis…

Además, la campaña electoral ha entrado en una fase de incertidumbre. En nuestro tiempo, ya es central el lugar que ocupan las mediciones de opinión ante la cercanía de cualquier acto comicial. Pero en las elecciones peruanas esta herramienta de testeo del clima político verá menguada su capacidad. La autoridad con competencia electoral, el Jurado Nacional de Elecciones, ha decidido exigir a las consultoras que consignen los datos personales completos (con DNI, dirección y teléfono) de todos y cada uno de los entrevistados en sus sondeos. En una sociedad donde la sensación de seguridad personal es muy endeble, es poco probable que las encuestadoras consigan voluntarios que se atrevan a responder dejando acreditados y archivados sus datos.

Ante ello, el conocimiento previo de los nombres y de las trayectorias de los dirigentes gravitará aún más en la definición de los primeros puestos de la contienda electoral. En el último sondeo publicado antes de que comenzara a regir la nueva disposición judicial, además, las “figuritas repetidas” están fijas en la primera línea. El presidente Alan García está constitucionalmente limitado para repetir mandato (aunque no ha descartado volver en 2016); pero el ex presidente Alejandro Toledo encabeza las preferencias populares. Y Keiko Fujimori, la hija del ex presidente Alberto Fujimori (1990-2000), le sigue de cerca. En un tercer lugar, está el ex intendente de Lima, Luis Castañeda; y lejos, en un incómodo cuarto puesto, el nacionalista Ollanta Humala, aliado de Evo Morales y de Hugo Chávez.

La vuelta al ruedo de Alejandro Toledo no es la primera que viene a comprobar aquel aserto de mi chofer respecto de la buena salud de los muertos políticos peruanos. El propio Alan García ya había demostrado que el palacio presidencial limeño es una tierra que da segundas oportunidades. García había dejado el poder, en la década de los noventa, con su imagen destruida tras una gestión caótica, en el borde del precipicio social debido a los ataques de la guerrilla maoísta de Sendero Luminoso, y con la economía agotada por los ensayos experimentales del presidente, que intentó seguir el guión antiimperialista teórico del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana), escrito por su maestro, Víctor Raúl Haya de la Torre.

Los peruanos colocan motes muy llamativos a sus dirigentes. A Fujimori, a pesar de su obvia ascendencia japonesa, lo llaman “el Chino”; a Toledo, “el Indio”; a Ollanta Humala, sin embargo, cuyo nombre tiene connotaciones más indígenas, como fue capitán del ejército le dicen “el Milico”. Y a Alan García, desde aquellos corcoveos erráticos de su primera presidencia, las voces populares lo han designado como “Caballo Loco”. Unas marchas y contramarchas, en todo caso, que hundieron su popularidad bajo mínimos, y que lo llevaron inclusive a salir del país durante algunos años, hasta que los ánimos se asentaran.

Sin embargo “Caballo Loco” volvió, aunque mucho más calmado y reconvertido hacia la centroderecha, la apertura económica, la ortodoxia monetaria, la disciplina fiscal y la convocatoria a la inversión extranjera. Con este nuevo guión liberal, pasó de ser un cadáver político a un rozagante candidato que se hizo con las elecciones en 2006, y volvió al palacio presidencial.

… gozan de buena salud

Siguiendo su ejemplo, “el Indio” Toledo vuelve en estos días a mostrar su buena salud política al encabezar las preferencias para un nuevo mandato. Y también en su caso se trata de un repunte fuerte, porque el ex presidente, tras su gestión entre 2001 y 2006, dejó el poder entre abucheos, con un índice de aceptación que apenas rozaba el 8 por ciento, y con críticas profundas desde todo el arco político peruano.

Sin embargo, la apertura liberalizante que había propuesto durante su mandato, fue la que finalmente terminó de ejecutar Alan García al sucederlo en el gobierno. Y es la que, a la postre, los peruanos parecen reconocerle. Además, durante estos últimos cinco años con el APRA en el poder, Alejandro Toledo se ubicó en un discreto segundo plano de la vida política, concentró su actividad en la faz académica, y saltó sorpresivamente al ruedo recién a finales del año pasado.

Su campaña ha sido rauda, y muy eficiente, según el resultado que las cercenadas encuestas permiten entrever. Los carteles que inundan Lima, “con Toledo, al Perú no lo para nadie”, hacen hincapié en que la actual estabilidad comenzó con él: el ritmo del crecimiento peruano fue del orden del 8,8 por ciento en el 2010, y la inflación logró controlarse en un índice inferior al 2 por ciento. En este contexto de expansión, además, la brecha de desigualdad parece haberse achicado: en las cifras del Banco Mundial, las mediciones de pobreza en Perú han disminuido del 54 al 35 por ciento en los últimos diez años (o sea, durante los gobiernos de Toledo y García).

Y como si esto fuera poco, Toledo se ha permitido, dentro de su liberalismo, asegurar que en un nuevo gobierno impulsará medidas sociales de avanzada, como la regulación del matrimonio igualitario –teniendo como referencia la experiencia de Argentina-, la despenalización del aborto, y hasta discutir en el recinto legislativo una nueva postura frente a la legalización de las drogas, siguiendo las tendencias más innovadoras en ese espinoso tema.

Alejandro Toledo parece haber logrado nuevamente el apoyo mayoritario de los peruanos. En todo caso, la candidata que le sigue, Keiko Fujimori, siempre ha dejado claro que espera llegar al poder para reivindicar la figura de su padre, sacarlo de la cárcel (donde cumple condena de 25 años por ordenar asesinatos en masa), y permitirle ser nuevamente candidato. Si bien la política peruana se muestra como una tierra que da segundas oportunidades, algunas no se me antojan demasiado deseables, especialmente si implican un claro retroceso democrático.

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Khaddafi, aislado (23 02 11)

Reacción mundial

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Después del discurso del martes, en el que Muammar al Khaddafi llamó a sus partidarios a “resistir hasta el fin”, se declaró dispuesto a “morir como un mártir”, y trascendieran noticias sobre supuestos bombardeos de la aviación militar sobre la población civil, la reacción de la sociedad internacional, hasta entonces tímida, se aceleró.

El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas (ONU) censuró la reacción oficial, y la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, ratificaba la postura de la Administración Obama contra el uso de la violencia en la represión.

El peruano Alan García rompió relaciones diplomáticas; y Merkel y Sarkozy pidieron sanciones económicas urgentes.

La Unión Europea (UE) suspendió los envíos de armas a Libia, pero hasta anoche, reunida en Bruselas, no había decidido imponer otras sanciones restrictivas.

El aislamiento internacional de Muammar el Khaddafi se acentúa al máximo.

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Vargas Llosa, la dimensión política de un Nobel (08 10 10)

Vargas Llosa, la dimensión política de un Nobel de Literatura

por Nelson Gustavo Specchia

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Leí “La guerra del fin del mundo” en Santiago de Chile, en el invierno de 1989. Los vientos llenos de agua del Pacífico chocan con la cordillera y largan la gota fría en esa temporada de lluvia y estío, de días cortos y noches que calan la humedad en cuentas largas. Hasta ese invierno tan duro y tan triste de mi vida, había leído poca cosa de Mario Vargas Llosa, el escritor peruano nacido en Arequipa el 28 de marzo de 1936, y a quien la Academia Sueca acaba de galardonar con el Premio Nobel de Literatura.

Yo no había leído mucho de su obra, pero para fines de los ochenta ésta ya era vasta y cuantiosa, y seguiría aumentando desde entonces para rondar, mientras escribe hoy una nueva novela (“El sueño del celta”, cuyo lanzamiento está previsto para noviembre) el medio centenar de títulos, entre teatro, poesía, narrativa, ensayo, crítica y crónica periodística.

Una obra tan vasta se estructura comenzando muy temprano y muy decididamente, y Vargas Llosa hizo ambas cosas. Su primer libro se editó cuando tenía 16 años; “La ciudad y los perros” lo catapultó a la fama con apenas 27; dos años después llegaría “La casa verde”, en 1965, y en otros dos “Los cachorros”. Para cuando cumplió los treinta años, el peruano era un escritor mundialmente reconocido, e inmerso, de lleno, en ese maremoto de las letras latinoamericanas que dio en llamarse “el boom”.

Todos los escritores del “boom”, como hijos de su tiempo al fin y al cabo, ya sea por acción o por omisión tuvieron una importante presencia en la escena política de América latina –desde García Márquez a Onetti, desde Neruda a Borges, desde Cortázar a José Donoso, de Octavio Paz a Benedetti- y Vargas Llosa no quedó fuera de esa ola que impulsaba a los intelectuales a tomar partido por la política y las transformaciones sociales.

Y el otorgamiento del Premio Nobel (hoy a él, ayer a algunos de los otros) también guarda una relación con los roles que cada uno decidió jugar en aquellos años.

LA PROSA DENSA

Decía que aquel triste invierno en que rehuía de la gente y me internaba en los parques de la ribera del Mapocho con el grueso lomo de “La guerra del fin del mundo” bajo el brazo, se abrió ante mí un universo literario que desde entonces me acompaña desde muy cerca. Y –al mismo tiempo- una discusión permanente con su creador: por sus posturas ideológicas tan cerradas, por su manera de leer la realidad política y social de una manera voluntariamente sesgada, por esa costumbre suya de apostar siempre en contra. En contra del camino que tomen las mayorías, en contra de los discursos socialmente inclusivos, en contra de todo lo que huela a popular. Vargas Llosa es, políticamente, un reaccionario que utiliza la parafernalia discursiva del liberalismo para cubrir con esa lana de oveja su verdadera piel de lobo, puro y duro.

Sin embargo, esa postura de ortodoxia liberal fin fisuras, se desdibuja y queda en los márgenes al momento en que uno se zambulle en sus novelas. Aquella “La guerra del fin del mundo” se había publicado en 1981, y tenía, como sus grandes libros anteriores y los que le siguieron (desde “Conversación en La Catedral” hasta “La fiesta del chivo”) la pretensión de la novela “total”, el texto que –desde la libertad de la invención literaria- lograse dar cuenta de ese mundo distinto que se expresa en la singularidad hispanoamericana en estas tierras.

Mario Vargas Llosa vuelve del derecho y del revés las versiones oficiales de los libros de historia, y logra, a través de un estilo muy puro, una estructura interna rigurosa, y unas notas de dolor y de color que salpican cada página, relatar experiencias profundamente humanas, a un tiempo específicamente latinoamericanas e inocultablemente universales. En “La guerra del fin del mundo” toma un capítulo ya casi olvidado de un rincón ignoto del Brasil más secreto y profundo: la masacre de Canudos, que ocurriera en 1896 en los sertones nordestinos, donde unas seis mil mujeres y hombres olvidados en esos bordes remotos de la civilización se levantaron de golpe en una gran marcha alucinada, y terminaron muriendo bajo las balas de los representantes formales de la República, supuestamente la enseña de los derechos de Occidente, de la modernidad tolerante y de la convivencia civilizada.

El crimen de Canudos, aquellas seis mil muertes en un árido y remoto punto de las inmensas extensiones americanas, se vuelve vida en la prosa iluminada por el talento de Mario Vargas Llosa. Los infinitos sertones brasileros tienen su imagen en las cientos de páginas del argumento; la complejidad del heroísmo y testarudez de los campesinos simples tienen su correlato en la estructura de la novela, intrincada y perfecta, construida al detalle. Y esa cuidadosa construcción termina siendo el reflejo formal de la complejidad humana, según puede apreciarse en cada uno de esos personajes que, en su magia y en su llana realidad, en su mística pero también en sus extremos fanáticos, se nos presentan tan latinoamericanos como rabiosamente universales.

Lo que hizo con “La guerra del fin del mundo”, esa pretensión de llegar a una novela vasta y densa que cobijara la visión de todo un continente, ya lo había intentado una década antes con “Conversación en La Catedral”, desmenuzando desde el discurso los intersticios dictatoriales de las formas políticas de América latina (la novela está contextualizada en la dictadura del general Odría); y volvió a intentarlo una vez más con “La fiesta del chivo”, en el año 2000. El régimen autocrático, entre fantasmal y circense, de Trujillo en la República Dominicana, sus excesos y su locura, su lógica interna y sus compromisos económicos, su pasión por los coloridos uniformes entorchados, y, al mismos tiempo, el pavor del generalísimo a mearlos por su poco control de esfínteres, aportan más elementos para la comprensión de ese fenómeno y de ese estadio de la historia continental americana que varios sesudos tratados académicos.

EL VEDETISMO ELECTORAL

Por eso escuece tanto cuando ese escritor genial, de prosa densa, de obra vasta, de talento comprobado, deja la literatura y se sube a la tribuna. Una grada política que, sin excepción, utiliza para defender a los poderosos de la tierra, a las grandes fortunas, y al statu quo.

Él dice que su militancia está enfocada contra los autoritarismos y las corrupciones, las dos lacras que lastran el desarrollo democrático y republicano en América latina. Pero cuando, en sus artículos excelentemente escritos, este paradigma toma forma concreta, los que reciben sus palos y sus diatribas son siempre los mismos. Hoy en la región, salvo los gobiernos del colombiano Juan Manuel Santos y del chileno Sebastián Piñera, todos los demás caen bajo los epítetos gruesos de quien maneja las palabras como instrumentos cortantes.

Su activismo contra, en sus palabras, “el autoritarismo y la corrupción endógena de latinoamérica” ceba sus dardos en Cuba –y contra Fidel Castro el tema ya es personal-; contra la Venezuela de Hugo Chávez; la Bolivia indigenista de Evo Morales; Rafael Correa en Ecuador y Daniel Ortega en Nicaragua. Apenas un escalón más abajo de esos villanos de toda villanía, Vargas Llosa también articula argumentos críticos punzantes contra los “populismos” del Partido de los Trabajadores que ha llevado a un tornero mecánico a ocupar la presidencia brasilera durante los últimos ocho años, o el recalcitrante peronismo argentino, que vuelve una y otra vez a escena, ahora de la mano de un matrimonio presidencial que le provoca más sospechas que otra cosa.

Por eso en los últimos ochenta, cuando yo lo descubría en aquellas húmedas y heladas tardes chilenas a través de sus páginas literarias, Mario Vargas Llosa decidía pasar de la tribuna intelectual a la real, y se postuló para la presidencia del Perú. Justificaba su salto a la arena política en que su persona traería racionalidad y realidad a un ambiente viciado. Alan García, para el escritor, era la imagen del desgobierno al que había llevado al Perú el populismo de izquierda del APRA (Alianza Popular Revolucionaria Americana); la guerrilla de Sendero Luminoso era la expresión de la locura a la que la izquierda radical puede empujarnos. Y Alberto Fujimori era la traducción del populismo vacío de ideología. Quizá en esto último no se equivocaba tanto.

Pero lo venció Fujimori. Despechado, Mario Vargas Llosa se fue a Madrid, y tomó la nacionalidad española. Que allá se quedaran los peruanos con sus políticos poco realistas y poco racionales, él seguiría con la literatura. Cada vez que leo un nuevo libro suyo, creo que fue una buena decisión.

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Culmina la cumbre de la ONU con un plan de salud (23 09 10)

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Los tres días de deliberaciones de la Cumbre de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) culminaron ayer en las Naciones Unidas (ONU).

Tras las jornadas en las que se escucharon los mensajes de unos 140 jefes de Estado y de gobierno del mundo, la Cumbre se cierra sin demasiados resultados concretos que permitan asegurar el cumplimiento de las prioridades para la erradicación de la pobreza y el hambre para 2015, salvo la propuesta de generar un nuevo impuesto a las transacciones financieras internacionales, sostenida por el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, pero resistida por un importante grupo de economías emergentes y países en vías de desarrollo.

Frente a ello, el secretario general de la ONU, Ban ki Moon, anunció en la jornada de cierra de la Cumbre que en las negociaciones multilaterales se habían logrado compromisos para destinar 40.000 millones de dólares a mejorar las condiciones sanitarias de niños y mujeres, dos colectivos sociales prioritarios en los ODM fijados en el año 2000.

Con esta estrategia, los técnicos de la ONU calculan que en los próximos cinco años se posibilitará la vida de unos 15 millones de niños, se evitarán unos 33 millones de embarazos no deseados, y se salvarán 740.000 mujeres que mueren por complicaciones en el parto, anunció Ban.

Los recursos para financiar la estrategia provendrán tanto de aportaciones de países miembros, como de la participación de fundaciones privadas, entre las que destacan las campañas filantrópicas de los millonarios Bill Gates y Carlos Slim, dos de los hombres más ricos del mundo que han comenzado a incursionar en el mecenazgo político.

Por su parte, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Duráo Barroso, anunció que Europa destinará 1.300 millones de dólares en cooperación especial al África, a los países del Caribe y del Pacífico, zonas muy retrasadas en el cumplimiento de los ODM, luego de que el presidente de Ruanda, Paul Kagame, asumiendo la voz de los países de la región, instara a los mandatarios de los Estados desarrollados a que se hagan cargo de sus agendas de desarrollo, en vez de dejar que los donantes (como Gates y Slim) y las ONG’s humanitarias ocupen su lugar.

AMÉRICA LATINA APRUEBA EN LA ONU

El escenario global que permitió visualizar la Cumbre de los Objetivos del Milenio (ODM) arroja diversas lecturas. Entre ellas, sorprende lo relativamente bien parada que sale América latina en comparación con otras zonas del globo, especialmente con las economías líderes, como la Unión Europea y los Estados Unidos, y las estrategias de éstos para llegar a 2015 con los objetivos cumplidos.

Frente a la postergación de los ODM en los países centrales debido a la recesión económica, y el incumplimiento por imposibilidad en zonas como África y el Caribe, en Latinoamérica las metas trazadas en el año 2000 se han cumplido en su mayor parte.

Brasil y Chile ya han reducido la pobreza extrema a la mitad; y Perú, Costa Rica y México están a punto de alcanzarla. Argentina y Uruguay han cumplido la meta y se enfrentan ahora a los núcleos de pobreza más duros y difíciles de resolver; mientras Ecuador, de mantener este nivel de crecimiento, también cumplirá el primer ODM, aunque siga teniendo altos niveles de pobreza.
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