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Obama manda al Pentágono a Tel Aviv (04 10 11)

Washington envía a Leon Panetta a presionar a Bibi Netanyahu

El jefe del Pentágono intenta evitar el aislamiento internacional de Israel

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Luego de la primera muestra de disidencia interna dentro de la élite gobernante en Israel durante la semana pasada, cuando el líder laborista Shimon Peres admitiera abiertamente que Mahmmoud Abbás es el mejor interlocutor con que ha contado nunca el Estado judío para negociar una paz realista, ayer se sumó a esa tendencia el ministro de Defensa del gabinete de Benjamín Netanyahu.

Ehud Barak tiene a su cargo el control de todas las fuerzas militares israelíes, e integra desde la socialdemocracia el gobierno de coalición de Netanyahu, mayoritariamente controlado por partidos conservadores, de derecha y del integrismo religioso.

En el pasado, el mismo Barak –ejerciendo de primer ministro- estuvo muy cerca de alcanzar un acuerdo con los palestinos, en un proceso negociador auspiciado por el entonces presidente norteamericano Bill Clinton, y ayer sostuvo que su país debe “mejorar las relaciones” con la comunidad árabe, para “encontrar una forma de relanzar las conversaciones”; una postura muy cercana a la expresada por Peres.

Las declaraciones del ministro de Defensa, en todo caso, aparecen un día después de que Estados Unidos hiciera público un comunicado, advirtiendo a su principal aliado en Medio Oriente sobre el creciente “aislamiento” hacia el que está derivando, como producto de su inconsulta y agresiva política exterior.

El Departamento de Estado norteamericano quedó descolocado tras apostar en las Naciones Unidas por la reanudación de conversaciones directas entre ambas partes, y de que unas horas después del discurso del presidente Barack Obama ante la Asamblea General, el ejecutivo de Netanyahu anunciara la construcción de 1.100 nuevas viviendas para judíos en la zona ocupada de Jerusalén Este.

Una decisión a todas luces orientada a torpedear cualquier tipo de acuerdo, ya que el retiro del ejército israelí de Jerusalén oriental es un punto no negociable para los palestinos. La presión de Washington se hizo sentir a máximo nivel, con el envío de jefe del Pentágono, Leon Panetta, a Tel Aviv.

Panetta, además de trasmitir el mensaje de Obama, volvió a remarcar que deben evitarse todo tipo de “acciones provocativas”, antes de trasladarse a dialogar con Mahmmoud Abbas en Ramallah.

Tensión en los territorios

A pesar de los múltiples llamados a la concordia y a no generar acciones de provocación, la revitalización de la cuestión palestina tras el petitorio de reconocimiento de su Estado ante la Asamblea General de la ONU tensa cada día la convivencia, especialmente en las áreas de contacto entre ambas comunidades.

En la víspera, una marcha en apoyo a huelgistas palestinos presos en Israel volvió a poner en alerta a las fuerzas de seguridad de la potencia ocupante.

Cientos de personas se manifestaron, tanto en Cisjordania como en la Franja de Gaza, en solidaridad con presos árabes alojados en cárceles israelíes, que ayer cumplían el séptimo día de huelga de hambre.

La movilización fue convocada por el Comité Palestino en Defensa de los Prisioneros y otras organizaciones no gubernamentales, que pidieron al secretario general de las Naciones Unidas, Ban ki Moon, que la organización multilateral intervenga, colocando a las cárceles judías bajo supervisión de una misión humanitaria.

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Twitter:   @nspecchia

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Al Qaeda, ¿más débil o más fuerte? (06 05 11)

Al Qaeda, ¿más débil o más fuerte?

Por Nelson Gustavo Specchia

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Transcurrida una semana desde el espectacular anuncio del presidente Barack Obama, en la medianoche del domingo, de que tras una larguísima década finalmente habían dado con el enemigo número uno de los Estados Unidos y lo habían ultimado, ya es claro a estas alturas que algo salió mal. El discurso del jefe de la Casa Blanca –corto, frontal, sereno y simple, pero de una contundencia operística- tenía, al menos, tres destinos: la sociedad civil estadounidense, los seguidores de su propio partido, y el auditorio mundial.

Respecto de la ciudadanía de a pie, el mensaje iba destinado a reencantar la vida política, tan debilitada y azarosa en los últimos tiempos, detrás de un logro patriótico y nacional: vencimos al gran enemigo, a aquel que osó atacar a Norteamérica por primera vez en su suelo, somos fuertes nuevamente, y nuestro país vuelve a ser un sitio seguro para vivir. Para este primer segmento estuvieron pensadas esas frases de que la captura de Osama ben Laden venía a demostrar que los Estados Unidos siguen siendo capaces de hacer lo que se propongan, y de que la muerte de Osama en una remota barriada de los alrededores de Islamabad era un acto de justicia reparadora para con los muertos en los atentados del 11 de septiembre de 2001.

El segundo colectivo de audiencia escogido por los redactores del mensaje eran los propios seguidores del presidente demócrata. A ellos venía a decirles: “lo hicimos nosotros, Bush no pudo encontrarlo y atraparlo durante dos períodos presidenciales, nosotros lo logramos.” Una de las facetas más problemáticas de la personalidad de Obama, al interior del Partido Demócrata, es su imagen de componedor y legalista, respetuoso de los sistemas de garantías, los cuidados procesales y los derechos humanos. Rasgos que contribuyeron en los considerandos del otorgamiento de ese premio Nobel de la paz, tan cuestionado en estas horas. Ese perfil de “blando” es el más atacado por los halcones de la política americana. Por ello, la ejecución de la operación y la decisión de tirar a matar, habrían tenido que devolverle una imagen de resolución y fortaleza frente a las adversidades. Inclusive algunos titulares de la prensa sostuvieron que el domingo a la noche Obama “se convirtió en comandante en jefe” del ejército norteamericano. Como si antes no lo hubiera sido de hecho, sino apenas de derecho. Para este auditorio estuvo pensada esa frase donde el presidente destacaba que había sido él, en persona, quien había dado la orden de ataque.

Y para el resto del mundo, el discurso quiso trasmitir un mensaje simple y fuerte: hemos ganado la guerra contra el terrorismo, y lo hemos hecho con el mínimo costo y sin una sola baja entre nuestros soldados. Y tras esta victoria, no sólo los Estados Unidos, sino el mundo todo, es un lugar más seguro.

El resultado inmediato que el mensaje del presidente norteamericano esperaba lograr era un cerrado y unánime apoyo, tanto interno como internacional. Sin embargo, a estas alturas, es claro que algo salió mal.

HIMNOS Y BRINDIS

Algunas centenas de personas se reunieron frente a la Casa Blanca, en Washington, y destaparon botellas de champagne, corearon consignas contra Al Qaeda, y cantaron reiteradamente el himno nacional. Otras docenas se reunieron también en el Ground Zero, el espacio neoyorquino que ocuparon en su día las Torres Gemelas que tumbó el atentado planificado por Osama en las cuevas de las montañas de Afganistán. Pero, en realidad, fueron muchas menos de las esperadas.

En la mañana del lunes, se conoció la felicitación expresada por el ex mandatario republicano George W. Bush, el presidente que declaró esa ubicua y sui generis guerra contra una entidad sin Estado. También llegaron otros mensajes de congratulación, como el del premier británico, y de algunos líderes cuya existencia y supervivencia política mucho depende de Washington. Aunque también aquí fueron muchos menos de los esperados.

En lugar de un cerrado apoyo, una serie de preguntas sobre la índole de la intervención militar, la brutalidad del ataque seguido de la muerte de Ben Laden, la violación de la soberanía paquistaní por un ejército de un país aliado, y la falta de pruebas materiales que apoyaran la versión de la Casa Blanca, fueron tomando forma, todavía en la manera de interrogantes. Las ediciones en Internet de los principales medios de prensa norteamericanos (dada la avanzada hora del anuncio, casi todos ya estaban impresos) fueron cambiando sutilmente con el transcurso de las horas, al igual que otros diarios del mundo. Y esos cuestionamientos, mientras se iban conociendo detalles, reflejaban un aumento del tono crítico. El jueves, después de tres días en que se difundieran las opiniones críticas de respetables líderes políticos mundiales, de juristas expertos del sistema de Naciones Unidas, y de analistas y columnistas internacionales, hasta la misma cadena televisiva CNN hablaba ya de un “asesinato a sangre fría”. Algo, efectivamente, había salido mal.

LOS CABOS SUELTOS

          Barack Obama tuvo la posibilidad de apresar a Osama ben Laden. El hecho de ultimarlo en la residencia amurallada de Abbottabad fue una decisión estratégica. Quizás si hubiese defendido su decisión con detalles y fundamentos, hubiera impedido que las versiones y las interpretaciones ocuparan el escenario, embarrando, desinformando y soltando cabos a cada paso.

Pero, en cambio, la información desde Washington intentó relativizar aquella toma de posición entre dos alternativas: detenerlo o matarlo. El presidente, como dijimos arriba, quiso adjudicarse la orden de disparar, pero ante las críticas se cambio la versión: la orden la dio la CIA, y sobre el terreno. Cuando hubo que explicar la muerte del terrorista, se afirmó que había presentado resistencia, pero luego se admitió que Osama estaba desarmado. Se reconoció que su paradero estaba ubicado desde hacía meses, y que la confirmación de su identidad era firme; los comandos de Seal Navy tuvieron inclusive la posibilidad de ensayar con suficiente anticipación la operación; y sin embargo no lograron capturarlo vivo. No hay manera posible de sostener esta versión.

A la mañana de un día se afirmaba que Osama había puesto a una esposa como escudo, a la tarde de ese mismo día se decía que la muerte de la mujer había ocurrido cuando se interpuso para salvarlo. Que el cadáver había sido rechazado por Afganistán, que había sido cuidado por los ritos musulmanes para los muertos, pero que para evitar un santuario de terroristas había sido lanzado al mar. En fin: que tampoco había cadáver para mostrar. Pero se mostrarían las fotos. No, no se mostrarían tampoco las fotos, eran demasiado horribles (el acto de la muerte del terrorista no lo era tanto, las fotos sí).

El equipamiento de cada comando Seal Navy incorpora una cámara de video, por lo que toda la operación fue filmada y grabada (y seguida por Obama, Biden, Hillary Clinton y el resto del equipo de seguridad de la Casa Blanca en tiempo real, mientras el jefe de la CIA, Leon Panetta, les iba explicando cada paso), pero tampoco se mostrarían al público esas grabaciones.

La identidad de Osama ben Laden se había hecho por reconocimiento facial del cadáver, y un ADN hecho a las apuradas sobre el avión. Tampoco estos análisis se harían públicos. Y eso era todo. Había que confiar en la palabra del presidente estadounidense, sin más pruebas. En Europa comenzó a circular la versión de que habían matado a un doble de Osama, y que el verdadero estaba vivito y coleando donde siempre había estado: en una cueva de las montañas afganas de Waziristán.

En conjunto, tantos cabos sueltos han terminado por quitar legitimidad a la operación militar norteamericana. En lugar de una intervención victoriosa y definitiva para terminar con Al Qaeda, parece encaminarse a ser lo contrario: la excusa ideal para reflotar una organización que estaba en decadencia, con un mártir como guía, y un enemigo contra el que estaría justificado atentar, sin respetar ninguna legalidad internacional, ya que él tampoco la respeta.

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en Twitter:   @nspecchia

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