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Bienvenidos, gallegos (29 11 11)

Bienvenidos, gallegos

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por Pedro I. de Quesada

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Entre los coletazos más insólitos de la crisis del euro, está la posibilidad de una nueva emigración.

La salida de griegos y de irlandeses (especialmente hacia los Estados Unidos) ha hecho saltar algunas alarmas, y analistas demográficos sostienen que en los próximos meses llegará el turno de España.

El informe que la OCDE (la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, principal “think tank” europeo) hizo público ayer en París fue lapidario, y viene a abonar esta hipótesis.

Si se mantienen las tendencias históricas, la Argentina volverá a ser destino prioritario. Después de los peninsulares llegados a nuestras tierras en el período colonial, la segunda oleada, alrededor de los años ’40, trajo a más de dos millones de españoles, en un 70 por ciento gallegos: Buenos Aires es la segunda ciudad del mundo con mayor población de gentes de Galicia, después de La Coruña. Y en el último censo (2010) todavía se registraban más de cien mil españoles residentes en estas pampas.

Siempre fueron bienvenidos, aunque no supieron devolver la gentileza con el mismo trato cuando cambiaron las tornas y muchos compatriotas decidieron cruzar el “charco” en sentido contrario (por cierto, también una parte importantes de estos argentinos que en 2001 salieron a las disparadas, ya han regresado o están volviendo).

Ahora la OCDE anticipa las previsiones que pueden preparar una nueva corriente migratoria hacia América: la organización recorta todas las expectativas de crecimiento actuales, a pesar de que ya están bajo mínimos, y calcula que la tasa de desocupación seguirá aumentando en los próximos dos años. En el último recuento, España registró cinco millones de desempleados, y en 2012 serán muchos más.

La OCDE dice por primera vez, y sin empachos, que toda la eurozona está en recesión, y ante las difundidas versiones de la posibilidad de una vuelta a las antiguas monedas, sostiene en su informe de ayer que el abandono del euro convertiría la actual recesión en una depresión económica superior a la vivida en la crisis de 1929.

El cálculo menos pesimista es que la vuelta a la peseta implicaría una pérdida del 40 por ciento del valor de la moneda española, que –claro- sería cubierto por los pequeños ahorristas (corralito bancario mediante, al igual que aquella triste experiencia local) y los asalariados que aún tengan trabajo.

Para los técnicos de la OCDE, la media del “paro” español subirá al 23 por ciento de la población el año que viene, y el PBI se acercará al cero absoluto. Con Mariano Rajoy y el Partido Popular en el gobierno, además, el ajuste al gasto público será mayor que el contemplado hasta ahora, y el achicamiento del déficit para cumplir con la reciente reforma constitucional expulsará cientos de empleados públicos.

La combinación de estos factores llevará a un achicamiento del consumo; y remata el informe sosteniendo que también las exportaciones españolas sufrirán un frenazo.

Así que ya saben: otra vez se vienen los gallegos.

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[  Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 29 de noviembre de 2011  ]

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Twitter:   @nspecchia

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Erdogan, un nuevo padre para los turcos (11 06 10)

Erdogan, un nuevo padre para los turcos

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por Nelson Gustavo Specchia

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Al final de la primera guerra mundial, el que había sido un vastísimo proyecto político musulmán se derrumbó estrepitosamente. El Imperio Otomano, corroído de burocracia, estancado en una pre modernidad que ya no encontraba lugar para acomodarse al nuevo siglo, y jaqueado por los alzamientos árabes al sur de Anatolia, se quebró y se vino abajo haciendo ruido. De las ruinas del coloso (que hundía sus tentáculos por el Este en los territorios turkmenos de Asia Central; había convertido la vieja capital del Imperio Romano de Oriente, Constantinopla, en la otomana Estambul; y por el Oeste había llegado a estar a las puertas de Viena), nació en 1923 la República de Turquía. El que provocó ese parto se llamó Mustafá Kemal.

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Kemal se imaginó un Estado moderno y occidentalizado, prohibió las babuchas en los pies, el fez –el gorro cónico de los hombres- y el hiyab –el pañuelo con que las mujeres se cubrían el pelo-, y cualquier otro elemento que remitiera a la cultura musulmana del antiguo orden. La religión islámica se extirpó de las esferas públicas (colegios, hospitales, oficinas administrativas), se relegó a la práctica familiar, y se la colocó bajo un estricto control del Estado. Turquía debía marchar a paso forzado, despegarse de los demás países musulmanes y poner rumbo a Europa. La revolución de Kemal fue profunda, cultural, y el general tuvo la precaución de dejar su legado atado a una institución que, desde entonces, se ha arrogado la tutela de la vida republicana: el Ejército. Por todos estos cambios, por la profundidad de las reformas, por haber terminado con la decadencia social y económica, y por reubicar al inmenso país en la ruta de la modernidad, Mustafá Kemal fue llamado Atatürk, “el padre de todos los turcos”.

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Hacia Occidente

La impronta marcada por el líder revolucionario se cumplió. La Turquía posotomana se unió al Consejo de Europa tras la segunda guerra mundial, en 1949, y con los primeros aires de la guerra fría tomó claramente partido por los Estados Unidos, sumándose a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) tan temprano como 1952. Luego, en 1961, se adscribió a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y en 1973 a la OSCE, la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa. Con todo esto, comenzó a solicitar su ingreso en firme a la Unión Europea (UE). Firmó un acuerdo de unión aduanera con la organización continental en 1995, y diez años después, en Bruselas, largaron las negociaciones formales para su plena adhesión. Ésta, sin embargo, año a año acumula nuevos estorbos, aplazos, dilaciones y remilgos (en estos días, capitaneados por Nicolás Sarkozy y Ángela Merkel).

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Lo que Atatürk no podía haber previsto, es que la ruta hacia Occidente tiene varios caminos, curvas complicadas, barreras, lomadas, y casi ningún atajo. Desde el lado de la Unión Europea, tantas idas y vueltas no pueden ocultar el hecho de que a los turcos no se los quiere en Europa: son muchos, son asiáticos y no son cristianos. Y desde el propio interior del país, con los años aquel Ejército progresista y laico se acostumbró al poder y se terminó convirtiendo en una instancia conservadora y retrógrada. Y la población, especialmente los habitantes de las extensas áreas rurales al oriente del Bósforo, estaban demasiado apegadas a sus tradiciones religiosas, más allá de lo que se ordenara desde Ankara o Estambul.

De los setenta millones de turcos, el 95 por ciento se confiesa musulmán (y de éstos, más de un 80 por ciento pertenece a la interpretación sunnita del Islam). Las mujeres quieren llevar puesto el hiyab no sólo en casa sino también en las universidades o en los actos públicos. Y sin renegar de la modernidad, una parte de la élite política comenzó a cuestionar la total escisión con los demás estados de mayoría musulmana; después de todo, los 1.700 millones que profesan el Islam (de los cuales mil millones viven en Asia) constituyen una población que necesariamente ha de pesar al momento de considerar los equilibrios políticos internacionales.

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Llega Erdogan

En este contexto, dos ex compañeros de la infancia, ilustrados, universitarios, demócratas, políglotas y pro occidentales, pero al mismo tiempo musulmanes y religiosos, fundaron en el año 2000 un nuevo partido político, Adalet va Kalkinma Partisi (AKP), el Partido de la Justicia y el Desarrollo, y se propusieron conjugar modernidad con tradición. Esos dos hombres, después de una nada fácil carrera (el Ejército, guardián de la ortodoxia laica, les ha puesto todos los escollos posibles) están hoy al frente de la República de Turquía: Recep Tayyip Erdogan es el primer ministro, y Abdullah Gül es el presidente. Junto a una tercera figura, la del intelectual y académico canciller Ahmet Davotoglu, diseñando la política exterior, están reposicionando a Turquía en un lugar inesperado: a la cabeza de la avanzada política de los países islámicos.

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La semana pasada, con el desproporcionado ataque del ejército israelí a los barcos que transportaban ayuda humanitaria a Gaza, los nueve cooperantes turcos muertos a quemarropa, la condena mundial al “baño de sangre” (según Ban ki Moon), y la reacción del gobierno turco, han puesto a la figura de Erdogan en el centro de atención del mundo islámico. Los niños nacidos en Gaza en estos días reciben el nombre del primer ministro, la causa palestina ha encontrado un nuevo abogado, las manifestaciones de musulmanes en las diferentes ciudades llevan pancartas con su rostro, en Gaza se organizó un funeral simbólico por los cooperantes muertos en nombre de Erdogan; en Líbano las movilizaciones corean “¡Alá, tú que eres misericordioso, proteje a Recep Tayyip Erdogan!”, y países en conflicto –como Irán- acuden a su mediación para intentar saltarse las condenas de los organismos multilaterales donde la postura norteamericana es dominante. Después de Kemal, los turcos han encontrado un nuevo padre común.

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La tentación del Califato

Vengo escribiendo sobre Turquía, en diferentes medios de prensa y en comunicaciones académicas, desde hace diez años. Estuve presente en esa noche de tensión y negociaciones urgentes en que la diplomacia británica logró en Bruselas superar los obstáculos de última hora y abrir las negociaciones para el ingreso formal de Turquía a la Unión Europea. He repetido ya muchas veces que la incorporación del gigante turco a la organización continental sería un paso positivo para todos: despejaría finalmente la idea de que Europa es un “club cristiano” que no acepta la diversidad, abriría la puerta de Occidente al diálogo y a la convivencia con aquellos experimentos democráticos en el mundo musulmán, y permitiría a los moderados y auténticamente demócratas habitantes de los países islámicos tener una referencia alternativa al extremismo de Al Qaeda y al falaz “choque de civilizaciones” al que parecemos condenados.

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La Turquía de Erdogan y Gül así lo han entendido, y se han movido con una auténtica voluntad política para integrarse a Europa. Los europeos, en cambio, no han sabido –o no han querido- aprovechar este momento y la oportunidad se está perdiendo. En 2005 había casi un 75 por ciento de adhesión a Europa entre la población turca, pero hoy ese porcentaje ha descendido ya a un 50 por ciento. Consecuentemente, las trabas, las dilaciones y las dudas de los líderes europeos han impactado en el gobierno de Ankara, que ha comenzado a desplazar la centralidad de la adhesión a la Unión Europea por otros objetivos estratégicos.

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Erdogan se encuentra girando el timón hacia Rusia, el Cáucaso, Irán, Siria, Irak, Líbano y los territorios palestinos ocupados por Israel. De este último, en los momentos altos de la occidentalización, fue uno de los principales aliados, pero el ataque a los barcos con ayuda humanitaria a Gaza ha cortado esa política, y Erdogan ha condenado al Estado de Israel en la cumbre regional de seguridad celebrada en Estambul el martes pasado, con el primer ministro ruso Vladimir Putin y el presidente de la República Islámica de Irán, Mahmmoud Ahmadinejad, junto a otros veinte líderes de países asiáticos rubricando el documento de condena.

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En el antiguo régimen, el sultán de Estambul ejercía la autoridad directa del Imperio Otomano, pero también la autoridad moral –un primus inter pares- del Islam. Ante la postura de los Estados Unidos de América y sus aliados occidentales, de protección a rajatabla de Israel, con su supremacía militar y sus agresivos métodos, la avanzada política del mundo islámico parece haber encontrado un nuevo líder en Recep Tayyip Erdogan. Puede ser una oportunidad para reencauzar el diálogo. Quizá una de las últimas.

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nelson.specchia@gmail.com

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La noticia del día: signos de recuperación, según la OCDE (11 09 09)

Lavanguardia.es

// 11 de septiembre 2009

Signos de fuerte recuperación en la OCDE, España incluida

El indicador para el conjunto de los 30 miembros subió 1,5 puntos en julio hasta 97,8 puntos

11/09/2009 | Economía
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Nelson Gustavo Specchia - euro

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París. (EFECOM).- Los indicadores compuestos avanzados mensuales de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) publicados muestran “signos fuertes de recuperación en la mayor parte” de los países miembros, España incluida.

El indicador para el conjunto de los 30 miembros de la OCDE subió 1,5 puntos en julio hasta 97,8 puntos, todavía por debajo del nivel 100 que marca la media a largo plazo, y también inferior en 1,9 puntos respecto al que tenía el pasado año en las mismas fechas.

El ascenso en el caso de la zona del euro durante ese mes fue de 1,9 puntos hasta 100,5, que en este caso es 1,4 puntos superior al nivel de julio de 2008, precisó la OCDE en un comunicado. A ese ascenso en julio del grupo de la moneda única europea contribuyeron en particular las progresiones de Italia (2,7 puntos, hasta 104,8) y Alemania (2,3 puntos, hasta 98,5).

También experimentaron alzas significativas, aunque de menor magnitud España (1,73 puntos, hasta 100,97) y Francia (1,3 puntos, hasta 102,7). En el caso de España, el indicador supera el umbral de los 100 puntos por primera vez desde la primera mitad de 2008 y también es positiva la evolución en los últimos doce meses en 2,51 puntos.

En la UE, pero fuera de la zona del euro, el Reino Unido igualmente registró un ascenso de 1,3 puntos, hasta 100,6. Estados Unidos tuvo un incremento de 1,6 puntos en julio, hasta 96 unidades, aunque sigue 4,3 puntos por debajo a la situación doce meses antes. La situación se repite para Japón, con un ascenso de 1,4 puntos en julio, hasta 94,9, que significan 6,6 puntos por debajo del nivel en el mismo mes de 2008.

Al margen de la OCDE, la evolución en julio fue positiva para las grandes economías emergentes, en particular en China con una subida de 1,5 puntos, hasta 99,4, pero también en India (1,3 puntos, hasta 98,6) y en Rusia (1,3 puntos, hasta 92,8). La situación es algo menos favorable para Brasil, con un alza mensual limitada a 0,2 puntos, hasta 97,4 puntos, un nivel que es 9,8 puntos más bajo que el registrado en julio de 2008 y que para la OCDE puede anunciar una recaída.

Arde Grecia (“Bipolares”, 11 dic 2008)

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“Bipolares”, con la conducción de Daniel Alonso

Columna de Política Internacional

Jueves 11 de diciembre de 2008

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Nelson-Gustavo Specchia

Profesor de Política Internacional de la Universidad Católica de Córdoba

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ARDE GRECIA

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Buenos días, Daniel.

Hace algunas semanas, cuando comenzamos a analizar aquí los efectos, los coletazos a nivel político y a nivel social que iban a empezar a aparecer en diversas latitudes, como frutos no esperados –pero sí seguramente relacionados- con la crisis económica global, decíamos que no eran los bancos, las grandes empresas, y los gobiernos, los que iban a tener que soportar la parte más dura, y más larga en el tiempo, de esta gran desestabilización económica, de este abandono de las reglas de juego por parte del gran capital usurario, de la patada al tablero de la convivencia económica fruto de la ausencia de toda regulación por parte de la entidad estatal, de la administración, del gobierno.

Ahora, en estos días que vivimos, esos coletazos inesperados han comenzado a hacer su aparición en el escenario político y social.

Y claro, no es casual que sean en los tramos más delgados de la soga, en aquellas sociedades que no han logrado hacer efectiva una solidez fuerte en sus estructuras, no es casual, decimos, que sea en estas sociedades donde se encienda la llama de la protesta.

Una llama que puede limitarse, contenerse dentro de unos límites geográficos, dentro de las fronteras de un país, dentro del marco de actuación de una administración gubernamental, pero que también puede saltar esas líneas imaginarias en que hemos dibujado el mundo, y extenderse rápida, velozmente, a otras realidades sociológica y económicamente similares.

En esta clave de lectura hay que entender las últimas jornadas vividas en Grecia. Ya cinco días seguidos –y cinco noches, que son los momentos en los que se organiza y se prepara la protesta del día siguiente- en que Grecia vive sumida en el caos.

La muerte de un adolescente de 15 años, Alexandro Grigoropulos, a manos del “gatillo fácil” de un agente policial, que le descerrajó un tiro en el pecho, encendió esa llama, y todo desde entonces ha ido de más a más. Ayer, el alto acatamiento de una huelga general (que estaba convocada desde hace tiempo, pero que en estos momentos adquiere una dimensión muy diferente a la llamada original) ha puesto entre las cuerdas al gobierno conservador del primer ministro Kostas Karamanlis, y veremos en las próximas horas si su administración logra finalmente contener la protesta juvenil; en caso contrario, el gobierno griego se habrá convertido en la primera víctima política de la crisis financiera mundial.

Porque lo que está en la base de la protesta es, efectivamente, los coletazos de la crisis. Para hacer frente a ella es que el gobierno de Karamanlis ha iniciado una reforma económica que tiende a limitar el gasto, afectando especialmente al sistema de pensiones y jubilaciones, entre otras prestaciones sociales.

Y a estas medidas, claramente antipopulares, debe sumársele la especial situación en la que vive la juventud griega, un colectivo relegado por las grandes políticas sociales, y especialmente afectado en los contextos de crisis.

Grecia ingresó a la Unión Europea en 1981, y adoptó el euro en 2002. Los esfuerzos estructurales para alinear las cuentas públicas a las del resto de Europa, en una economía poco desarrollada, provocaron desequilibrios. Grecia ha crecido en estos últimos años, pero aquellos desequilibrios se han mantenido, e incluso se ha acrecentado la brecha entre ricos y pobres.

Sumado a esto, el colectivo juvenil se ve particularmente afectado, especialmente por las altas tasas de desempleo, que alcanza un 23 por ciento de toda la población en esa franja etaria: el peor dato de los veintisiete países que conforman la organización continental, la Unión Europea.

Un porcentaje, además, que se ve aguijoneado por una educación superior que no termina de armonizar con el mercado de trabajo (por ejemplo, el gasto público de Grecia destinado al sistema universitario figura entre los más bajos de la OCDE, la organización que agrupa a treinta de los países más desarrollados del mundo), y que no despega de los bajos índices de calidad que la caracterizaron tradicionalmente.

Este conjunción de elementos ha terminado creando a la denominada “generación de los 700 euros”, que es la media de ingreso de un joven griego diplomado universitario que haya logrado saltear el paro y conseguir un trabajo. Un sueldo con el que no se va muy lejos, si se piensa que el alquiler mensual de un departamento en Europa, por ejemplo, está por encima de esa cifra.

Si a estos datos se le agregan, como dijimos, el achicamiento general de la economía mundial, y políticas restrictivas desde la administración del gobierno nacional para hacerle frente, podemos percibir cómo el estallido griego puede ser la punta de lanza, la primera llama, de un malestar social que puede extenderse a otras realidades semejantes.

En Barcelona, Berlín, Londres y Chipre, ya se han registrado algunos hechos aislados, de solidaridad –de momento- con los jóvenes alzados en Grecia.

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