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Sudán del Sur: un país, una esperanza (15 07 11)

Sudán del Sur: un país, una esperanza

por Nelson Gustavo Specchia

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En la mañana de ayer, la Asamblea General de las Naciones Unidas admitió, por aclamación, el ingreso de Sudán del Sur. El trámite, cargado de simbolismo, completa los procedimientos formales del nacimiento de un nuevo país, el número 193 del mundo, por la única vía que permanece y es admitida en estos días nuestros, tan modernos, racionales y felizmente alejados de bendiciones divinas en los asuntos políticos: la aceptación de los pares.

Como no me canso de decir cada vez que tengo oportunidad, las secesiones de partes de unidades territoriales y el advenimiento de nuevos Estados fundados en diferencias étnicas, religiosas, lingüísticas o de cualquier otro tipo de particularidad cultural, no son buenas noticias. Las pretensiones de formación de países cuyos límites coincidan con los del grupo dominante y excluyan a los demás, son rémoras de los viejos discursos nacionalistas que se fraguaron durante los siglos XVIII y XIX, al calor del nacimiento de los “estados-nación” sobre las ruinas de los proyectos imperiales. Discursos que terminaron eclosionando hacia mediados del siglo XX en la mayor locura genocida y totalitaria conocida por el hombre. El colapso europeo fue la consecuencia del nacionalismo llevado a su extremo, y no terminó con la derrota hitleriana, sino que, por el contrario, permeó toda la guerra fría, el maccarthismo estadounidense, e inclusive las dictaduras latinoamericanas que se extendieron hasta entrados los años ochenta. No son fenómenos de la historia distante, digo, sino un condicionamiento de nuestra contemporaneidad, contra el cual hay que estar muy alerta siempre, apoyando acciones que tiendan a fortalecer sociedades inclusivas e igualitarias, donde a los “otros” –la radical otredad de todos los diferentes- no se los expulse sino se los integre, y los Estados sean ámbitos de realización de los proyectos de vida buena de cada uno, en un entorno de diversidad y tolerancia.

LA PAZ COMO LÍMITE

Pero, teniendo lo recién anotado como parámetro general, se impone la pregunta de qué postura asumir frente a dos comunidades que fueron forzadas a vivir dentro de la misma circunscripción, y entre las cuales –por su historia y carácter- la coexistencia sólo se presenta como problema. Un problema que, cuando además se agrega la repartición desigual de materias primas y recursos energéticos, no tarda en derivar en violencia a gran escala. Y éste, pensamos, ha sido el caso de Sudán. Por eso aquellos principios generales pierden capacidad explicativa en este caso, y debe admitirse que la partición del Estado sudanés –el más grande de África- en dos países, ha sido la mejor solución a un viejo y triste problema. Un problema, además, de cuyas causas los sudaneses –tanto los del Norte como los del Sur- no fueron responsables, porque le fue impuesto por agentes externos.

Cuando la potencia colonial británica se retiró en 1956, la ex metrópoli impuso la convivencia en un único Estado de las dos entidades sociales distintas que habían estado bajo su dominio imperial. Las poblaciones nómadas del desierto de la mitad Norte, trigueños de raíz árabo-egipcia y religión islámica; junto a los pueblos (más de 500 tribus, con unos 100 grupos lingüísticos diferentes) de la mitad Sur, un territorio selvático y tropical, de gentes de piel negra que conservaba la fe cristiana desde los bíblicos tiempos de Nubia (evangelizados hacia el año 300 de nuestra era). La forzada convivencia entre esas dos entidades sociales sin prácticamente ningún punto de contacto –salvo la común dependencia del río Nilo- terminó decantando en una sangrienta guerra civil, que estalló apenas los ingleses abandonaron Khartum y no se detuvo hasta el año 2005.

Esa larga guerra dejó más de dos millones de muertos y cerca de cuatro millones de desplazados, según los cómputos de la ONU, y un odio en la sangre que parecía difícil de conjurar alguna vez. Sin embargo, los acontecimientos de estos días parecen contener elementos para la esperanza. Los acuerdos del armisticio de 2005 preveían la convocatoria a un referendum, para que la población negra del Sur manifestara su voluntad de secesión. El plebiscito, que se llevó a cabo en enero de este año, arrojó más del 99 por ciento de votos por el SI. Omar al Bachir, el temible presidente sudanés al que la Corte Penal Internacional tiene pedido de búsqueda y captura por el genocidio perpetrado en Darfur, declaró que respetaría el referendum (aunque se reservó la decisión sobre qué hacer con los campos petrolíferos de Abyei y con los rebeldes del Kordofán). Y el nuevo país avanzó hacia su independencia, que declaró formalmente el 9 de julio (compartirá, por ello, la celebración de su día nacional con la República Argentina).

En esta sucesión de pasos y de símbolos, sólo faltaba el ingreso a las Naciones Unidas, ese club que, a falta de un gobierno mundial, funciona como la instancia legitimadora del planeta. En un trámite acelerado, el provisional gobierno sursudanés solicitó el sillón número 193 de la organización el lunes 11, en la primer jornada hábil después de los festejos por el nacimiento; el Consejo de Seguridad recomendó positivamente la admisión el miércoles 13; y ayer la Asamblea General aceptaba (por aclamación, o sea sin ningún voto en contra) el ingreso del nuevo miembro, denominado República de Sudán del Sur.

CONSTRUIR LA ESPERANZA

Todo lo que ha podido verse en los canales de noticias, en las declaraciones de testigos presenciales, en el testimonio de los emigrados que volvían a Juba para unirse a los festejos, en los improvisados funcionarios y hasta en los soldados curtidos por tantos años de guerra, era la manifestación de una fiesta social, de una alegría indisimulable, expresada además con esa capacidad musical para los cantos y los bailes grupales tan propia de los africanos. La independencia que festejan no sólo es la que corta los lazos con el Norte, sino también la que termina el proceso colonialista tras el paréntesis de 1956, e inclusive con la opresión que Occidente –Gran Bretaña en este caso- impuso a las tribus de la selva desde la expansión imperial, el expolio de recursos naturales y el drama de la esclavitud.

Pero tamaña empresa está lejos de ser sencilla. Todo está por hacerse, y desde una perspectiva minimalista y naïf, los detalles ocuparán parte de este tiempo fundacional. Han diseñado una bandera con tres franjas: negra, como la piel de sus gentes; roja, por la sangre derramada por cientos de miles en la larga guerra; y verde, como la selva que los rodea; las tres cruzadas por un triángulo azul, como las vitales aguas que aporta el Nilo; y en el centro del triángulo una estrella, que dibuja la unidad de las tribus que se unen en la nueva república. Tienen un nuevo himno; un nuevo prefijo telefónico; una nueva moneda (que posiblemente se llame “libra sursudanesa”); nuevos documentos; nuevos nombres para las calles y las plazas.

Cuando pasen los festejos y los detalles del parto, habrá, además de éstos, que ocuparse de cuestiones estructurales que hagan sostenible a la nueva entidad política, y esas ya no están tan claras. El nuevo Estado, que se ubicará en los últimos lugares de todas las listas de desarrollo humano, comprende una superficie de 640 mil kilómetros cuadrados (unas cuatro veces Uruguay, por ejemplo), y aloja a unos 9 millones de habitantes. De ellos, desperdigados por esas vastas planicies, más del 90 por ciento sobrevive por debajo de la línea de pobreza, con apenas $ 2 al día, en promedio. Su índice de mortalidad materna es el peor del mundo, y un niño de cada 10 no alcanza a cumplir el año de vida. Juba, la capital y única ciudad del nuevo país, tiene apenas una docena de calles asfaltadas, no tiene agua corriente ni cloacas, la luz eléctrica se reduce a un número muy limitado de edificios, y las chozas con cabras y vacas ocupan buena parte de los espacios públicos.

Y estas condiciones tan precarias coexisten con los pozos de petróleo que alojan más del 75 por ciento de los 500.000 barriles de crudo diario que exportaba el Sudán unificado hasta esta semana. Los pozos están en el Sur, pero las refinerías, los oleoductos y los puertos de salida, en el Norte. Ese “otro” país, hermano y enemigo, con el que a partir de ahora comparte la frontera más larga de África.

Hará falta mucha imaginación, paciencia y cintura política para construir este camino iniciado con tanta esperanza.

 

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[ publicada en la columna “Periscopio”, suplemento Magazine del diario HOY DÍA CÓRDOBA, viernes 15 de julio de 2011 ]

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nelson.specchia@gmail.com

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El “fénix” Berlusconi (24 12 10)

El “fénix” Berlusconi

por Nelson Gustavo Specchia

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El griego Heródoto recogió una tradición oral –seguramente egipcia- que luego, por las crónicas latinas de Plinio el Viejo, Ovidio y Séneca, ha llegado hasta nosotros: la de ese ave, de plumaje rojizo o anaranjado, que cuando está a punto de cumplir su ciclo vital se consume entre las llamas, y después, desde esas mismas cenizas, resurge y alza vuelo. En las culturas orientales, el mito del ave Fénix simbolizaba el renacimiento, el Nilo que volvía a prodigar los sembradíos, la primavera. A Occidente pasaron algunas versiones menos bucólicas, que acentúan la obstinación y los intentos de permanecer más allá de la natural decadencia y finitud de las cosas, los plazos, y los períodos de cualquier tipo.

La política italiana, y su estrella protagónica, el primer ministro Silvio Berlusconi, han ofrecido en este año que termina una versión remozada del Fénix obstinado. Todos los elementos han confluido para señalar el ocaso de un tiempo y la necesidad de un cambio en el estado de las cosas. Sin embargo, a pesar de ello, una y otra vez el político al que propios y extraños denominan, significativamente, “Il Cavaliere”, vuelve desde sus cenizas y se mantiene en vuelo, planeando sobre las críticas, los escándalos, las movilizaciones multitudinarias, las recomposiciones partidarias, la huida de sus antiguos aliados, la censura de la jerarquía eclesiástica, el desbande moral de su entorno, los millonarios juicios de divorcio, las admoniciones del Presidente de la República, los estragos sexuales, las fiestas eróticas en la mansión de Cerdeña, las revelaciones de WikiLeaks que ventilan negociados con Vladimir Putin, la contratación de prostitutas de alto nivel en coches oficiales, las fiestas con menores y una ventilada relación íntima con una joven de 18 años. Y, en general, el estupor internacional frente a ese “César de carnaval” (como cuentan que decía Hitler del Duce), conservador y cortado a la moda neoliberal.

HILOS DE ALAMBRE

¿Qué sostiene a Silvio Berlusconi, tras una década y media en el ojo de tormenta, al frente de la política peninsular? Sería simplista quitarle méritos propios: el premier entendió la política como una extensión lógica de su larga trayectoria empresarial en los medios de comunicación, y construyó metódicamente su personaje, durante años, en ese sentido. Pero dos elementos externos a su persona vinieron a servirle como marco propicio para que se convierta en el hombre fuerte de la política italiana: el propio modelo italiano, caracterizado por una atomización en pequeñas y múltiples agrupaciones; y la extrema debilidad institucional. En un sistema con esas características, la capacidad de maniobra de un gerente hábil, sin anclas ideológicas de peso y con un imperio de medios de comunicación a su absoluto arbitrio, encuentra un terreno fértil para la formación de mayorías coyunturales capaces de alcanzar el Ejecutivo y mantenerse en él.

El otro elemento externo que ha contribuido enormemente a sostener a Berlusconi a pesar de todos los indicadores en contra, ha sido sin duda el rol de la oposición de izquierda, que ha perdido sistemáticamente una oportunidad tras otra para ofrecerse a la sociedad civil como una alternativa creíble a los manejos gerenciales de “Il Cavaliere”. Hasta los años ochenta del siglo XX, el Partido Comunista Italiano (PCI) era la formación marxista más grande del mundo fuera de la Unión Soviética, y los socialdemócratas del Partido Socialista (PSI) apenas le iban a la zaga. Esa izquierda estructural, fuerte y ordenada, tenía enfrente a una centroderecha de equivalente peso específico, la Democracia Cristiana (DC) fundada por Alcide de Gasperi en 1942, y que ejerció el gobierno durante casi toda la segunda mitad del siglo.

Pero este sistema, que a la manera moderna y occidental se orientaba hacia el afianzamiento de un bipartidismo estructural, con claras opciones democráticas a ambos lados del arco ideológico, se quebró hacia fines del siglo pasado, por cuestiones externas y por crisis internas. El largo ejercicio del poder de los demócrata cristianos los acercaron a la mafia y los invadió la corrupción, y el PCI y PSI no soportaron la desaparición soviética y la división bipolar del mundo. Todo el sistema entró en crisis, y de ese incendio, nuevamente, volvió a surgir el ave Fénix del magnate de las comunicaciones, con un discurso alejado de las seguridades ideológicas, cercano a las prácticas populistas, a las alianzas de coyuntura, y con una inmensa capacidad operística para poner en escena la política en clave teatral.

Ninguna de las otras fuerzas tradicionales, una vez hundido el proyecto bipartidista, tuvo una capacidad de reacción comparable. Los democristianos se redujeron a un partido menor tras sus escándalos internos, y los ex comunistas y ex socialistas andan intentando reaglutinar fuerzas en el nuevo Partido Democrático. Pero mientras unos y otros avanzan a tientas y dando bandazos, Berlusconi los mira por sobre el hombro con triunfal sonrisa sobradora.

LA DEBACLE DEL 2010

Sin embargo, y a pesar de esa capacidad de aferrarse obstinadamente al poder con cualquier excusa, objetivo o alianza, tras una década y media en el centro del escenario, con el 2010 llegó el “annus horribilis” del premier.

A mediados de noviembre, y tras escenificar un divorcio progresivo desde principios de año, los dos líderes de la derecha italiana terminaron por separarse. Los ministros afines a Gianfranco Fini se retiraron del Ejecutivo de Silvio Berlusconi. La ruptura de la alianza que había logrado formar gobierno en 2008 generó una crisis que, según todos presagiaban, terminaría por hundir al primer ministro al dejar a su partido, Pueblo de la Libertad (PdL), en minoría en el Parlamento. Además, los disidentes de Fini –que, por cierto, ejerce la titularidad de la Cámara Baja- se aglutinaron en un nuevo partido, Futuro y Libertad (FyL), con el que Gianfranco Fini se propone alcanzar la primera magistratura y desplazar a Berlusconi de la conducción de la centroderecha peninsular.

El rompimiento de mediados de noviembre se venía anunciando desde el inicio del año legislativo, tanto por las permanentes menciones críticas entre ambos líderes, como a través de muy ajustadas votaciones legislativas, donde los diputados rebeldes le pusieron permanentemente palos en la rueda a los proyectos enviados por el Ejecutivo. A partir de la crisis de gabinete, con aquellos rebeldes ya abiertamente opositores, empezaron las quinielas para calcular cuánto tiempo resistiría Berlusconi con un gobierno en minoría. Al punto que el presidente de la República, el viejo comunista Giorgio Napolitano, comenzó a utilizar los recursos que le reserva la Constitución, y convocó a los dos jefes de las cámaras del Congreso, el propio Fini y el responsable del Senado, Renato Schifani. Tras el encuentro, el Jefe de Estado anunció que había consensuado con los dirigentes parlamentarios que el gobierno de Silvio Berlusconi se sometería al voto de confianza de los diputados y senadores el 14 de diciembre.

Napolitano, un político de la vieja guardia y una figura que impone respeto y consenso por su larga trayectoria, también creyó que los tiempos finales de Berlusconi habían llegado, y entre todas las opciones que le otorga la Constitución, decidió aguardar el trámite de votación de las dos mociones que Berlusconi tenía pendientes en el Congreso: una antigua de censura en Diputados (promovida originalmente por la oposición de izquierda, a la que se sumaron los nuevos rebeldes de Fini), y la de apoyo en el Senado. Tras esa votación, Napolitano preveía llamar a elecciones anticipadas.

Viendo cómo se preparaba el escenario, y atendiendo a los sondeos (que no le otorgan a su popularidad más que un 27 por ciento, uno de los mínimos históricos de su carrera), “Il Cavaliere” entró a remover las cenizas de la hoguera: se aseguró el respaldo del partido filofascista de la Liga Norte (LN), de Umberto Bossi. El dirigente del separatismo norteño, la región más rica e industrializada de la península, salió a pescar en el río revuelto, y respaldó al premier. Además, Berlusconi ofreció un nuevo pacto inmediatamente antes de la votación por la censura. A los diputados díscolos les ofreció cambiar todo lo que fuera necesario, especialmente los cargos ejecutivos. Incorporándolos a ellos, claro.

Y el Fénix llamó también a formar una nueva mayoría conservadora, a todos aquellos que se reconocen afines al Partido Popular Europeo. Y lo logró, alzó nuevamente el vuelo, contra todo pronóstico. Superó el voto de censura, aunque Fini y los demás líderes de la oposición contaban los votos hasta último momento y afirmaban que tenían las curules suficientes para enterrar de una vez por todas a este gobierno de “opera buffa” napolitana.

APOSTAR ALTO

Superada –casi por milagro- la moción de censura, cualquiera podría haber afirmado que el primer ministro se llamaría a silencio, terminaría con perfil bajo el peor año de su carrera política. Sin embargo Berlusconi no descansa, y apuesta siempre más y más alto. Antes de que termine este diciembre, volvió a enviar al Senado el proyecto de reforma educativa que cambiará estructuralmente la añeja tradición académica italiana.

La polémica norma, que ha volcado a la calle a cientos de miles de estudiantes, no deja títere con cabeza: se mete con la educación elemental y llega hasta la universitaria; reduce la inversión pública en 8.000 millones de euros entre 2009 y 2013; expulsa más de 130.000 maestros; reduce la jornada escolar primaria sólo a las mañanas; recorta 1.500 millones de euros a la docencia e investigación; impone que de cada cinco jubilaciones sólo se renueve un profesor; y habilita a que agentes privados entren en los consejos de dirección de las universidades. El Senado, afín a Berlusconi, aprobó la ley esta semana.

Como Nerón, otro romano innovador, “Il Cavaliere” pretende no dejar nada en pie.

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nelson.specchia@gmail.com

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Crece el desafío nuclear iraní (09 02 10)

CRECE EL DESAFÍO NUCLEAR IRANÍ

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Las potencias buscan un consenso para aislar al régimen de los Ayatolas. China y Brasil siguen apostando por la vía diplomática

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En una nueva vuelta de tuerca en el pulso contra Occidente planteado por el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad en el tema nuclear, el jefe de la oficina atómica, Ali Akbar Salehí, anunció que “el proceso [de enriquecimiento de uranio al 20 por ciento] comenzó hoy en la sala de investigación de la planta de Natanz, y una cascada de 164 centrifugadoras fue preparada para el proceso”. Salehi precisó que “esta cascada puede producir mensualmente entre 3 y 5 kilogramos de uranio enriquecido”. Este material, teóricamente, estaría destinado al reactor médico de Teherán, y sería supervisado por inspectores del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

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En Occidente se sigue afirmando que el inicio de la producción de uranio enriquecido permitiría a la República Islámica dar un paso definitivo hacia la fabricación de armas atómicas. Si los iraníes necesitan combustible nuclear para su reactor de investigación, el sexteto que compone el club atómico internacional (EE.UU., Rusia, China, Reino Unido, Francia y Alemania) ha ofrecido facilitárselo, para que no lo desarrollen en sus propias centrifugadoras. Irán ha puesto reparos a esta propuesta, invocando su soberanía energética, pero en Occidente se sostiene que estos reparos revelan que el programa atómico esconde un objetivo militar.

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No está claro que Irán tenga la capacidad tecnológica para encapsular el combustible nuclear en los cilindros que necesita para su reactor de investigación, y hay sobradas sospechas de que el desafío lanzado por el presidente Ahmadinejad tiene el objetivo, en realidad, de lograr mejores condiciones para la negociación con EE.UU., al tiempo que reforzar el frente de apoyo político interno. Pero su decisión ha vuelto a poner sobre la mesa, una vez más, el derecho soberano de los Estados que no pertenecen al “club nuclear” de proseguir programas nucleares propios, sean con propósitos pacíficos, e inclusive, y dado el hecho de que las potencias no renuncian a su propia tenencia de armamento atómico, con fines de desarrollo de armas para la defensa.

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Israel, potencia nuclear y socio principal de los Estados Unidos en la región, empuja a las naciones occidentales a tomar rápidas y profundas medidas de condena, vía sanciones económicas, contra el inestable y problemático vecino. Pero China, que puede ejercer el veto en las Naciones Unidas, ha afirmado que el tiempo de las negociaciones diplomáticas aún no se ha acabado. Brasil, una potencia emergente que recibió la visita del presidente Mahmud Ahmadinejad a fines del año pasado, es de la misma opinión.

N. G. S.

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nelson.specchia@gmail.com

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La sombra del terror (28 10 06)

Publicada hoy en La Voz del Interior

http://www.lavoz.com.ar/06/10/28/secciones/opinion/nota.asp?nota_id=13036

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La sombra del terror

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por Nelson Gustavo Specchia

Catedrático “Jean Monnet” de la Universidad Católica de Córdoba

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No podemos aspirar a un diálogo con el Islam político mientras sigamos menospreciando sus objetivos políticos y estratégicos de largo alcance.

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Vivimos un tiempo de resignificación de hechos políticos globales, que alcanzan ese meollo de la cultura que es el lenguaje. Nuestro discurso sobre la vida social y política mundial se tensa a diario, hasta el límite de la cuerda, para dar cuenta de los eventos, las conductas y las cosas. Hasta el propio contar de los días: transitamos un renombrarse del viejo calendario gregoriano, el tiempo parece avanzar por hitos de atentados y explosiones. Un macabro calendario del terror que en su abreviada expresión, del 11-S al 7-J, nos remite a una estrategia que golpea en el centro de la cultura occidental, dando una dura patada al tablero de la convivencia política internacional como hasta ahora la conocíamos.

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Una de las preguntas que surgen en los sectores académicos, hace referencia a si estas mutaciones en nuestra manera de nombrar las cosas reflejan una alteración profunda, revolucionaria, que viene a modificar de manera permanente los usos y las prácticas políticas.

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Ese fenómeno denominado “terrorismo”, de marginal y aislado en la práctica de la guerra, se ha convertido paulatinamente en un modus operandi generalizado en este joven siglo 21.

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La pregunta, en definitiva, es si hemos de acostumbrarnos a crecer y a vivir a la sombra del terror.

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Una de las características diferenciales del terrorismo, junto a la desaparición de los “campos de batalla” como locaciones geográficas específicas de la guerra, es la aleatoriedad de los escenarios. El mismo terrorismo que golpeó las Torres Gemelas de Nueva York, los subterráneos de Londres, y los trenes madrileños, había hecho volar en pedazos la embajada de Israel en Buenos Aires, una década antes que en Manhattan, en un 17 de marzo de 1992; y dos años después de ese 17-M del nuevo calendario, volaba la sede de la Amia en la Capital argentina. Cuatrocientos compatriotas murieron o fueron heridos en esos atentados en nuestro suelo. No importa cuán lejos estemos de los núcleos centrales del poder, las rutas del terror circulan en todas las direcciones.

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Freno políticamente correcto. Mucho se ha investigado y escrito sobre las relaciones entre los diversos atentados en América, Asia, África y Europa. También se estudia –aunque se escribe menos– sobre las raíces religiosas de la metodología y la práctica terrorista. No es políticamente correcto (ese parámetro banal y superficial, pero convertido en el canon de no pocos formadores de opinión) afirmar que el núcleo del accionar terrorista lo conforma el fundamentalismo religioso islámico, y que ese accionar tiene un proyecto y un objetivo político. No es políticamente correcto, tampoco, afirmar que ese objetivo es concreto, irracional, antimoderno, y universal.

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Occidente, especialmente sus intelectualidades más progresistas, prefiere limitar el análisis a la explicación del terrorismo fundamentalista como reacción al imperialismo capitalista, como lucha nacional y cultural de resistencia a la opresión, o como modalidad de sublevación desde la especificidad cultural contra la homogeneización del mercado.

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Este cuerpo de análisis permite conocer algunas de las variables del fenómeno, pero de ninguna manera lo agota, ni –mucho menos– hará posible generar líneas de acción para interactuar con él. Debemos, creo, comenzar a sostener abiertamente que el fundamentalismo islámico posee un proyecto político propio, diferente a la democracia representativa liberal, y que la metodología terrorista manifiesta la opción estratégica de luchar por su implementación efectiva a nivel internacional.

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Internet y el Islam. La ilusión de un “mundo seguro” terminó con la guerra fría. La desaparición de la Unión Soviética como contrapeso a la hegemonía del poder norteamericano, habilitó la emergencia de fuerzas sociales y religiosas que se encontraban latentes, pero oprimidas y marginadas por el conflicto dominante en la segunda mitad del siglo 20, entre el “mundo libre” y el “socialismo real”. Una de las fuerzas que recuperan un ímpetu impensado es, precisamente, el Islam en sus proyecciones políticas.

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Paralelamente, el mismo tiempo histórico vive la explosión de la “sociedad de la información”, el aumento velocísimo de los medios tecnológicos al servicio de las comunicaciones, e Internet.

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Ambos elementos conjugados permiten explicar estos métodos de “redes de redes”, que se han convertido en las bases virtuales de operaciones de los diferentes grupos que conocemos bajo el nombre común de Al Qaeda, donde no hay una estructura política visible tal como la entendemos desde la modernidad, ni siquiera demasiado clara para los propios actores. Donde tampoco el “ejecutivo” se ejerce en el sentido tradicional de esa función política, y donde no existe ningún tipo de balance o contralor de funciones.

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Estas “redes de redes” se constituyen con grupos minúsculos, y no necesariamente con conocimiento de la relación existente entre ellos. Más aún, la mayor operatividad parece radicar en segmentos semiautónomos de jóvenes radicalizados, autoconstituidos como grupo, de iniciativas propias y sin que medien –necesariamente– consultas con instancias de planificación estratégica.

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Estos grupos autoconstituidos están asentados en diferentes países (como los pilotos de los aviones que impactaron en las Torres Gemelas); integrados indistintamente por inmigrantes (como los autores de los atentados de Atocha), o por miembros de la propia comunidad nacional, nacidos y educados en el país, como los autores de las explosiones en los subtes londinenses.

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Sin dirección ejecutiva central, sin estructura formalizada, y sin canales verticales de comunicación, logran una acción y un pensamiento aglutinador a partir de un objetivo colectivo, la Jihad, o guerra santa contra el occidente moderno.

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Si la guerra es “santa”, como lo fueron las Cruzadas para la cristiandad medieval, entonces la misión política se identifica con la misión religiosa, y ésta con el objetivo personal de trascendencia: morir en la Jihad implica gozar de la vida eterna.

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Todos estos elementos, originales e inéditos para la práctica política moderna, están estructurados por el soporte comunicativo, en tiempo real y a costos bajísimos, de la Web.

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Estado versus comunidad

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También creo que es necesario sostener abiertamente, para poder discutirlo y buscar canales reales de comunicación, que esta organización sin estructura tiene una aspiración fáctica: la unificación política del Islam. La búsqueda estratégica de la expansión musulmana no es anárquica, sino por el contrario muy concreta: la instauración de un califato, en oposición a la generación típica de la modernidad occidental, el Estado.

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El califato que aglutinaría al Islam ideológico se concibe como una especie de administración político-religiosa supra nacional, y habría de extenderse desde el Mediterráneo hasta el sudeste asiático.

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Debe advertirse que, en esta interpretación de la estrategia internacional de las redes de redes que conocemos bajo la denominación común de Al Qaeda, la posición predominante de las democracias occidentales en el sistema mundial aparece como un obstáculo para el establecimiento de una comunidad de creyentes.

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Una comunidad se genera con lazos de otro tipo, de orden religioso y lingüístico –y por ello cultural–, que pueden sentar las bases de una especie de imperio pan-islámico.

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Este es el motivo por el cual los intereses (la embajada de Israel, la Amia); los signos emblemáticos (el Centro Mundial de Negocios, el Pentágono); y la propia sociedad civil (los trenes hacia Atocha, los subterráneos de Londres) de esas democracias occidentales son los objetivos de la mecánica del terrorismo fundamentalista.

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El alcance de la comunidad. La comunidad es la agrupación de los fieles, quien está fuera de ella es un infiel. Si es infiel, es enemigo. La guerra contra los enemigos de la fe, contra los infieles, es “santa”. La Jihad está justificada, porque defiende a la “comunidad”.

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La única alternativa a esta lógica es encontrar caminos de diálogo y encuentro, pero un diálogo auténtico se establece entre dos entidades que se reconocen cabalmente una a otra. No podemos aspirar a un diálogo con el Islam político mientras sigamos menospreciando sus objetivos políticos y estratégicos de largo alcance.

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No podemos condenarnos a crecer y vivir a la sombra del terror. El desafío, por ello, ha de ser encontrar las maneras, averiguar cómo las sociedades abiertas que hemos conseguido desarrollar luego de tantos sacrificios de generaciones enteras, de tantas luchas, de tantas guerras, pueden defenderse de cualquier integrismo, de cualquier fanatismo radicalizado, de cualquier opción excluyente o totalizadora, sin renunciar a su sistema de vida, basado en la tolerancia, el respeto, la convivencia y la libertad.

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