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Y llegó Ollanta (29 07 11)

Y llegó Ollanta

por Nelson Gustavo Specchia

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Ayer Perú comenzó a transitar un nuevo ciclo, que está llamado a impactar –suavemente pero con fuerza- en el contexto regional latinoamericano. Finalmente Ollanta Humala asumió la presidencia, luego de una de las más controvertidas, accidentadas y cuestionadas escaleras hacia el poder. El flamante presidente sorteó una verdadera carrera de obstáculos, en la cual se interpusieron elementos de su biografía, del polarizado entorno político peruano, y de los referentes ideológicos y metodológicos de la vecindad regional. Además, una seguidilla de variables externas permearon toda la campaña que terminó abriéndole las puertas del Palacio Presidencial de Lima: El aun vigente debate social sobre la década fujimorista; las desinteligencias en el oficialismo, que terminó sin poder presentar un candidato propio a la sucesión de Alan García; la caída abrupta en las preferencias electorales del ex mandatario Alejandro Toledo (que pasó de ocupar el primer lugar en las encuestas durante la mayor parte de la campaña, para descender raudamente hasta un lejano tercer lugar); y hasta el impacto mediático de la renuncia del escritor Mario Vargas Llosa a seguir colaborando con el diario El Comercio, y el inédito apoyo del premio Nobel, un ícono del liberalismo peruano, al candidato de pasado militar y escorado hacia el nacionalismo de izquierda. Y acompañando a estas insólitas variables externas, también una sutil metamorfosis del propio candidato: su sorpresivo pragmatismo; la moderación de los extremos más ríspidos de su discurso ideológico; la seguridad prometida a los sectores conservadores de la banca y la gran empresa limeña; la publicitada profesión de fe en los métodos aplicados por Lula da Silva en Brasil; el distanciamiento del venezolano Hugo Chávez (que ni siquiera asistió ayer a la toma de posesión); la moderación del lenguaje de barricada; las diversas garantías de mantenimiento del modelo económico y de parte del funcionariado técnico que lo ha llevado adelante; y hasta un cambio en la vestimenta, archivando el raído pullover rojo y adoptando los trajes cortados a medida y las corbatas de Hermes; fueron todos elementos misceláneos que jalonaron un acceso atípico al poder de un atípico personaje. Un “outsider” de la clase política peruana que ha demostrado imaginación y cintura para ir esquivando uno a uno los obstáculos de la carrera hacia la presidencia. Y resta ver, a partir de hoy, si esos elementos también le son útiles para encarar la tarea ejecutiva.

PRESUNCIÓN DE INOCENCIA

              Pero fue precisamente esta confluencia de elementos externos y la sutil refundación de la personalidad de Ollanta Humala, desde aquellos discursos nacionalistas teñidos de revolución y de tono militar (que hacían juego con el corte de pelo “a cero” y su pasado castrense: no olvidar que intentó dar un golpe de Estado contra Alberto Fujimori en el año 2000), los motivos que empujaron a esa ajustada mayoría que le dio la presidencia, a exigir pruebas de que el nuevo gobierno realmente optará por caminar más por el centro del espectro político que por su margen izquierda. En el tramo final de la campaña por el ballotage, tanto Vargas Llosa como –con algo más de renuencia- Alejandro Toledo, apoyaron a Ollanta, dándole la presunción de moderación. Pero estos mismos sectores exigieron que esa moderación se hiciera evidente, y aun antes de la asunción formal de la primera magistratura.

Humala no puso reparos en entregar pruebas de esa moderación que ha escogido como directriz de su gobierno. Y por dos motivos principales: en primer lugar, porque requiere que sus primeros días en la presidencia del gobierno sean de paz, ningún escenario sería peor en el Perú de hoy que una llegada rupturista, cuando ha quedado palmariamente claro que la mayoría del país apuesta por una estrategia de continuidad. El segundo motivo, además, hace a la gobernabilidad de mediano plazo de la nueva Administración: el margen de la victoria frente al populismo de Keiko fue tan ajustado, que tanto para asegurarse las mayorías parlamentarias como la conducción de las Cámaras, a Ollanta le es imprescindible contar con el apoyo estratégico de Perú Posible, el partido de Alejandro Toledo, minoritario pero bisagra en la conformación de las mayorías legislativas que necesitará para hacer prosperar sus iniciativas de gobierno.

Así las cosas, a principios de la semana pasada Ollanta Humala decidió despejar las incógnitas, mostrar las pruebas de la sinceridad de sus propósitos de moderación política, asegurarse el apoyo de los hombres de Toledo, y quitar imprevisibilidad, para que el acto de asunción de ayer fuera sólo una instancia simbólica de traspaso de las insignias del poder, y una fiesta pacífica y sin altercados. El camino más seguro para lograrlo era anticipando la conformación de su gabinete. Hizo público la nómina de personalidades que integrarán su equipo de gobierno, y nuevamente acertó, dejando contento a (casi) todo el mundo.

El gabinete es una cuidada mixtura de viejos y leales amigos, toledistas liberales, cristianos de centroderecha, tecnócratas de la saliente administración de Alan García, y sociólogos reformistas de centroizquierda “a lo Lula”. Salomón Lerner Ghitis, de 65 años, un millonario de orígenes humildes y uno de los amigos personales más cercanos del nuevo presidente, será el jefe del Consejo de Ministros. Ollanta, así, se muestra fiel a la columna central de su programa, ubicando a un gestor de izquierda como la principal figura funcional del Ejecutivo. Pero también, cumpliendo con la palabra otorgada a los sectores bancarios y al influyente lobby de la bolsa limeña, nombró al frente del Ministerio de Economía y Finanzas a Luis Miguel Castilla, de 42 años, tecnócrata y de perfil ortodoxo, que hasta esta semana ocupaba la secretaría de Hacienda del gobierno de Alan García. En la misma línea continuista, ratificó a Julio Velarde, del Partido Popular Cristiano, al frente del Banco Central. Velarde es un político conservador muy respetado por la comunidad académica –es profesor universitario en Lima- y por los inversores internacionales, que le adjudican la responsabilidad del mantenimiento de los índices de crecimiento sostenidos por el país en los últimos años (Velarde ocupa la presidencia de la máxima institución financiera desde 2006). Los mercados –que se desplomaron el día que ganó el ballotage frente a Keiko Fujimori- aplaudieron estas designaciones con una suba de casi el cinco por ciento en la Bolsa de Valores, que no se retrajo ni un sólo punto durante el recambio presidencial: Ollante se aseguró la fiesta. Los toledistas ocuparán el ministerio de Defensa, y colocarán a Kurt Burneo, uno de los principales economistas liberales del partido del ex presidente, en el ministerio de Producción.

ALEGRÍAS Y DECEPCIONES

Claro que, como no podía ser de otra manera, la composición de un gabinete de estas características (que ha sido denominado “de arco iris”, con una punta de sorna en la caracterización), y las pruebas de manifiesta vocación de orientar el gobierno por canales centristas, deja más lejos a sectores que esperaban estar más cerca. Si se han conjurado los temores de los altos empresarios, los inversores externos y la banca privada, también es cierto que los movimientos sociales y gremiales más progresistas, que lo apoyaron desde un primer momento, atraídos por su programa de cambio del modelo neoliberal, una mayor redistribución de las riquezas y una sociedad más igualitaria, llegan a la toma de posesión del nuevo presidente con más interrogantes que entusiasmo. Y se preguntan si aquella sutil refundación de la imagen del candidato, de la que hablábamos al inicio de esta columna, ha sido un paso táctico para asegurarse la gobernabilidad de su gestión, o si el pragmatismo –que siempre termina siendo funcional al statu quo dominante- será la auténtica marca del período que ahora comienza.

Por eso, el principal reto de Ollanta Humala, según él mismo lo ha expresado y según lo esperan sus aliados de antes y de último momento, es que consiga sostener el buen ritmo de crecimiento económico alcanzado por Perú, que en promedio orilla el ocho por ciento de aumento anual del producto, con baja inflación, exportaciones por 35.000 millones de dólares anuales, y acumulando más de 47.000 millones en las reservas del Banco Central. Y que, al mismo tiempo, consiga utilizar esa riqueza para disminuir la ancha brecha de la desigualdad, invirtiendo en programas de asistencia coyuntural inmediata y en planes de redistribución estructural en el largo plazo. Porque, en definitiva y a pesar de dos décadas de crecimiento a esas tasas tan altas y sostenidas, el Perú sigue siendo una de las sociedades menos equitativas del mundo, y un tercio de su población sigue sobreviviendo por debajo de la línea de pobreza. Todo un desafío.

 

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[ Periscopio – Magazine – Hoy Día Córdoba – viernes, 29 de julio de 2011  ]

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Las facturas de Zapatero (07 04 11)

Las facturas de Zapatero

Por Nelson Gustavo Specchia

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El presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, tenía fama de ser un político de suerte.

Los comentarios sobre su suerte comenzaron en aquella interna del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde Zapatero, contra todo pronóstico, le arrebató la conducción al histórico dirigente José Bono. Pero por donde más circuló la fama de suertudo, y dicha con cierto regusto amargo en la expresión, fue en los corrillos afines al Partido Popular (PP).

Los conservadores achacaban a la suerte de Zapatero que los atentados del islamismo radical, que hicieron volar los trenes en la estación de Atocha, se dieran en las postrimerías del gobierno de José María Aznar. Un infortunio para la derecha que, junto al poco sutil tratamiento que el atentado tuvo desde el gobierno (Aznar y su entorno insistían, contra toda prueba, que había sido un acto terrorista de ETA, y que no guardaba ninguna relación con la participación de España en la invasión a Irak decidida por George W. Bush y a la que Aznar se había sumado, en contra de la opinión de todo el resto de la Unión Europea), les hubiera sacado de las manos unas elecciones que ya daban como ganadas.

Una victoria del PP que hubiera instalado a Mariano Rajoy en la Moncloa, sellando la continuidad de la derecha española en el gobierno desde los tiempos de Felipe González. Pero Zapatero les ganó esas elecciones, y después de sacar a las tropas españolas de Irak, volvió a ganar las siguientes.

No hay otra explicación que su buena estrella, se escuchaba reiteradamente en el cuartel general del PP, en la calle Génova, en el centro madrileño. Pero entonces llegó la crisis económica, y la buena suerte del líder socialdemócrata pareció extinguirse a pasos agigantados.

Rodríguez Zapatero, de quien se dice cultiva un optimismo a prueba de balas, tuvo cinco fallos de estrategia que, por lo que está a la vista, se han convertido en sus mayores lastres, en las cinco facturas que ha venido a saldar esta semana, con su renuncia a volver a presentarse como candidato a la presidencia del gobierno.

Las siempre difíciles relaciones entre Madrid y Barcelona (y entre el PSOE nacional y el Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC) vivieron otro momento álgido, en los inicios de esta etapa socialista, con la aprobación del nuevo Estatuto autonómico catalán, bajo el liderazgo del correligionario Pascual Maragall al frente de la Generalitat. Zapatero midió mal las consecuencias de la ampliación de las facultades autonómicas, y el “Estatut” terminó entrampado en un tira y afloje judicial del que aún no ha salido.

El segundo error de cálculo lo constituyó la estrategia frente a la organización terrorista vasca ETA. Zapatero imaginó una negociación secreta con la banda, negada públicamente desde el gobierno. Y fue una mala apuesta: ETA lo interpretó como una debilidad, y se atrevió a tensar más la cuerda con una nueva muestra de fuerza. Y la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas voló por los aires. Dos inmigrantes ecuatorianos que dormían en el estacionamiento perdieron la vida, y la sociedad acumuló una nueva factura –pesada- contra el líder socialdemócrata.

Pero estas deudas de política interna, a pesar de su fuerte densidad simbólica al momento de definir conductas en el electorado español, quedaron opacadas por la debacle gubernamental cuando la crisis económica originada en los Estados Unidos alcanzó las costas europeas.

En un primer momento, José Luís Rodríguez Zapatero decidió hacer como el avestruz, y hundió la cabeza en la tierra. No hay tal crisis, afirmaba a diario, sino una simple desregulación de los mercados. A su lado, las empresas (especialmente las constructoras, averiadas por el reventón de la burbuja inmobiliaria) cerraban sus puertas y los índices de desocupación subían en cada medición, pero el presidente del gobierno se mantenía en sus trece: España no está en crisis, decía.

Luego, cuando insistir en esa posición se hizo insostenible, cuando los bonos de la deuda pública griega cayeron a precios de miseria, Irlanda se preparaba para un rescate, y se difundía la sospecha de que los próximos en caer serían Portugal (como, de hecho, ha pasado esta semana, con la solicitud de ayuda del gobierno socialista luso de José Sócrates a la Unión Europea) y España, entonces Zapatero decidió admitir que sí, que efectivamente la crisis también había llegado a la economía de la península. Pero a renglón seguido comenzó a sostener que la recuperación española ya había comenzado. La dificultad de convertir este cambio de posición en un mensaje de confianza, se convirtió en la cuarta losa de piedra sobre una imagen ya muy débil.

Entonces llegó el vuelco. Después de haber negado la existencia misma de la crisis, o de haber propuesto que se estaba saliendo de ella cuando pareció verla, en mayo del año pasado Rodríguez Zapatero decidió sincerarse, y pegó un rotundo golpe de timón a la dirección de su gobierno, alineándolo a la estrategia que para enfrentar la crisis propugnaban en la Zona Euro la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy: achicar el Estado, disminuir el gasto público, recortar prestaciones sociales, alargar la edad jubilatoria, subir los impuestos, eliminar exenciones, flexibilizar el mercado laboral con contratos más blandos y despidos más baratos y, en definitiva, dejar de lado el discurso y el programa socialdemócrata, para reemplazarlo por una terapia de shock neoliberal.

La poca credibilidad que le quedaba a su figura, y su capacidad de maniobra política, sufrieron un golpe determinante. Una quinta factura que, según comenzaron a indicar las encuestas y las mediciones de opinión, los votantes esperan cobrarse apenas tengan la primera ocasión electoral. Su buena estrella se había apagado.

El sábado 2 de abril, después de reunirse en la Moncloa con los principales empresarios españoles, y de tener en la mano las encuestas sobre la tendencia en firme para las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo, Rodríguez Zapatero anunció formalmente su renuncia a volver a encabezar las listas del Partido Socialista en las generales.

Las facturas acumuladas en el mal manejo de la agenda interna y de la crisis económica han venido a empujar el cierre de una etapa que, además, puede llegar a coincidir con un cambio de turno en la conducción del gobierno español, habilitando nuevamente las mayorías legislativas a la derecha del Partido Popular.

No puede ser sino un resultado lamentable. Algo salió mal. En definitiva, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido la encarnación de un programa progresista, amplio e inclusivo, con el que se avizoraba la posibilidad de cerrar múltiples heridas sociales que siguen abiertas, desde aquella Guerra Civil que desgarró el país, desde los cuarenta años de la Dictadura franquista, y desde las múltiples agendas pendientes que dejó la Transición. Quizá eran demasiadas expectativas, alimentadas por el optimismo y la simpatía con que este hombre entró a la primera plana de la política española.

La reparación a las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura a través de la ley de la Memoria Histórica, la ampliación de derechos civiles –ley de igualdad y de matrimonio homosexual-, la reorientación hacia la centralidad política de la vida ciudadana, la conformación de gabinetes del Ejecutivo en estricta igualdad de género, y su enfrentamiento al aparato mediático conservador, iniciativas que todos le reconocen como los puntos más logrados de su programa socialista, podrían haber anticipado otra manera, más generosa, de terminar un período de gobierno.

 

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