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¡Addio, pagliaccio! (15 11 11)

¡Addio, pagliaccio!

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por Pedro I. de Quesada

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Silvio Berlusconi, finalmente, ha caído. Después de haber marcado el inicio del siglo XXI para la península italiana con un estilo pomposo, corrupto y de falso Duce de opereta, el primer ministro se quedó sin más ases en la manga.

Sortear adversidades se había convertido en él, en algo parecido a un arte de la impostura, con el cual consiguió mantenerse a flote por diecisiete años. Y de todo el arsenal de medidas, leyes ad hoc, intercambio de prebendas, artilugios legislativos, concesiones a los grupos xenófobos y puestas en escena de estas casi dos décadas en que retuvo los resortes del poder, la deuda más profunda que deja el berlusconismo es la degradación de la política.

El mismo Berlusconi, a quién tanto le gusta ese apodo –también operístico- de “Il Cavaliere”-, instaló la idea, sin ningún disimulo y con todas las letras, de que la política era “poca cosa”, era “salir al campo”; lo real eran los negocios, y la primera magistratura sólo era un instrumento para que esos negocios salgan bien, buenos y veloces.

Coincido con el semiólogo Umberto Eco: Italia tardará largos años en sacudirse del todo las rémoras del berlusconismo, fuertemente instaladas en el trapicheo de cargos por votos, de subsidios por apoyos, de prebendas por silencios o por fallos judiciales favorables.

Y estoy convencido de que esa limpieza pasa precisamente por la recuperación de lo que Berlusconi fue dejando despreciativamente en los márgenes del poder: pasa por la recuperación de la política, como construcción común del bienestar ciudadano. Algo de lo que Italia y el pueblo italiano no solamente tienen experiencia, sino que, además, durante períodos enteros sentaron escuela.

Y frente a esa certeza, la de la necesaria recuperación de la política tras el vacío berlusconiano, se bifurcan dos senderos: Que el presidente Giorgio Napolitano haya saltado a la palestra y se haya hecho cargo de defender la integridad de las instituciones, frente al postrimer intento de Berlusconi de postergar su renuncia hasta febrero o más allá, es una buena señal. Parece poner en evidencia que el vendaval de superficialidad de todos estos años no ha carcomido el fondo de seguridades y garantías del sistema republicano.

Pero el otro sendero es menos halagüeño: Atención, no fueron los excesos los que tiraron a Berlusconi, ni esconderse en la inmunidad parlamentaria para evitar juicios, ni sus orgías sexuales con menores, ni sus abusos de autoridad para beneficiar a prostitutas, ni nada en la larga y vergonzante lista de corruptelas. No, lo que tumbó al más grande de los Pagliacci de Leoncavallo fue su incapacidad para garantizar al neoliberalismo de Europa el ajuste que exige de la tercera economía continental, para seguir profundizando el salvataje del euro por la vía de las restricciones del gasto público.

No deja de alegrarme, claro. Pero, digo, no hay que perder de vista el fondo del asunto, bastante menos alegre.

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[ HOY DIA, pág. 2, martes 15 de noviembre de 2011 ]

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Twitter:  @nspecchia

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DSK, el socialista libertino (20 05 11)

DSK, el socialista libertino

Por Nelson Gustavo Specchia

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Finalmente, Dominique Strauss Kahn, uno de los hombres más poderosos del mundo, ha renunciado a su cargo de director gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI). La historia, un escándalo con todos los elementos que requiere un buen folletín –poder, dinero, sexo, violencia, ideología, jueces y policías- ha ocupado los titulares de la prensa del mundo. La historia se ha detenido en los detalles que alimentan el morbo de consumo masivo; pero muy pocos la han leído desde una perspectiva de género. De cómo un hombre con antecedentes violentos y denigrantes hacia las mujeres no tuvo, sin embargo, ningún impedimento para mantenerse en puestos de servicio público y llegar a ocupar lugares de máxima relevancia, desde los cuales –y merced a sus decisiones personales- se afecta a sociedades enteras.

Desde esta perspectiva, no es casual que la detención de un hombre poderoso por la denuncia de una mujer de condición humilde (y de color negro, además), se haya producido en un país anglosajón. En la tolerante y latina Europa la conducta policial y judicial de los funcionarios norteamericanos resulta incomprensible. Se habla de exceso de celo moral puritano, de rígida ética protestante que no es capaz de entender el “joie de vivre” de un libertino amante del placer, el cuerpo y el sexo. Se han publicado diferentes versiones de esta crítica a la detención de Strauss Kahn, un francés nacido en la exclusiva barriada parisina de Neuilli-sur-Seine, por la denuncia de una mujer de la limpieza, emigrante del África subsahariana, nacida en Guinea.

En los países católicos y latinos la doble moral nunca ha sido una preocupación pública, sino una práctica común y aceptada que se solucionaba en los confesionarios. Esa doble moral por la cual las fiestas sexuales de un primer ministro no obligan a su renuncia, ni siquiera cuando se prueba que en las orgías han involucrado a prostitutas menores de edad; antes bien, el político será recibido por altos dignatarios de la iglesia, y se retratará con ellos en los aposentos vaticanos: la confesión de los pecados, y el perdón, recluyen sus excesos a la faz privada y no constituyen un obstáculo realmente serio para su actuación política.

Es un claro avance para la convivencia social que nos hayamos desprendido de las auditorías externas de los actos privados de los ciudadanos, incluidos los gobernantes. Nos hemos ganado el derecho de que cada quien haga con su vida y entre sus sábanas lo que le venga en gana, siempre y cuando lo haga entre adultos y de una manera consentida. Pero, inclusive en este entorno, ya no es posible seguir sosteniendo que los caprichos del libertino que implican una consideración denigrante para con las mujeres, sólo atañen a la faz privada de los hombres públicos. Y –last but not least- hay un salto conceptual entre una moral sexual tolerante y una violación. Esta última constituye un delito. Y si lo comete el poderosísimo director gerente de la institución reguladora de la economía mundial, sigue siendo el mismo delito.

SOCIALISTA Y BON VIVANT   

Leer el escándalo desde la perspectiva de género –que, en todo caso, apuntala la consideración de la igualdad entre las personas, independientemente de su posición social o de su relevancia-, no puede ocultar sin embargo el hecho que la detención de Strauss Kahn (ya por todos nombrado con las siglas DSK) constituye un auténtico terremoto político, por la cantidad de variables que se cruzan en su persona. El sistema financiero mundial; la campaña para las próximas presidenciales francesas; el liderazgo del Partido Socialista; la confiabilidad del euro como divisa de cambio; y las negociaciones para rescatar a Grecia, Portugal e Irlanda de la bancarrota, se verán afectadas por la salida del escenario de una persona que ha sido determinante para alcanzar los últimos acuerdos.

El momento y el impacto de la detención de DSK en Nueva York no podrían haber sido más relevantes. Los retratos del político francés que circulan por los medios dan una idea de la profundidad de la crisis que ha desatado. El curriculum de este economista judío, de 62 años, es en sí mismo apabullante: tiene títulos universitarios en ciencia política, en comercio, en abogacía, y en economía, disciplina de la que es profesor. Antes de los 40 años ya era diputado, y a los 42 era ministro. Comandó la entrada de su país en el euro, y comenzó a ascender en el Partido Socialista. En 2007 se postuló para dirigirlo, pero Ségolène Royal mantuvo el liderazgo. Todas las encuestan la daban, hasta esta semana, las mayores chances de convertirse en el futuro Presidente de la República Francesa en 2012, sepultando a la derecha y al decadente período de Nicolás Sarkozy.

Su traslado a Washington y al primer puesto del FMI fue una sorpresa. Logró en cuatro años terminar con la historia monetarista ortodoxa de la institución financiera, que con las recetas ultraliberales de desregulación durante los ’80 y los ’90, especialmente para América latina, estuvieron más en el origen de los problemas económicos de los países emergentes que en sus soluciones. DSK cambió la orientación del Fondo, y rescató el intervencionismo moderado de Keynes; promovió estímulos fiscales; y propuso sustituir el G-7 por el G-20, haciéndole un importante lugar a los emergentes.

Pero esta actividad febril y esta renovación progresista de instituciones tachadas de conservadoras y garantes del statu quo, se mezcló con un perfil de hombre gozador de placeres mundanos y caros, para los cuales aprovechaba su posición de poder. Luego se filtraron algunas denuncias de acoso sexual, que logró esquivar hasta el sábado pasado en la suite 2.806 del hotel Sofitel de Manhattan (en una habitación, por cierto, de $ 12.000 la noche). Ya habían aparecido en París columnas de opinión sobre el costoso tren de vida de un dirigente que aspiraba a presidir un gobierno de izquierdas y socialista: Le gusta manejar un Porche Panamera (de $ 600.000) y los trajes de alta costura que viste no bajan de los $ 180.000.

LA LEY DEL DESEO

A la par de este derroche de lujos, la debilidad por las mujeres (ya lleva tres casamientos) comenzó a mezclarse con rumores y denuncias de agresiones. Inclusive corre la anécdota de un consejo que le dio el propio Sarkozy cuando DSK salía para Washington en 2007: “no te metas en un ascensor solo con una becaria, Francia no puede permitirse un escándalo.” Al año siguiente, sin embargo, aparecían pruebas de que el consejo del presidente había caído en saco roto: DSK era denunciado por una economista húngara, empleada del FMI, que acusaba al director gerente de haber utilizado el cargo para abusar de ella. Logró tapar el escándalo en esa oportunidad. Ahora, también una periodista se atreve a contar que DSK le pidió sexo a cambio de darle una entrevista. Y no es poco probable que otros casos salgan a la luz en los próximos días. El folletín no terminará con la renuncia a la conducción del FMI.

Francia, mientras tanto, fluctúa entre el asombro y la indignación. Los socialistas comenzaron respaldando a su candidato estrella. Prefieren criticar al puritanismo norteamericano, aquel de los juicios a las brujas de Salem y el de las persecuciones ideológicas y morales del tristemente célebre senador McCarthy. “Los norteamericanos toleran la corrupción económica y la agresión militar, pero no la ley del deseo ni los placeres de la carne”, es el argumento dominante. Una encuesta, además, muestra que más del 50 por ciento de los franceses descree de la culpabilidad de Strauss Kahn.

Sin embargo, los límites entre el latin lover vividor y macho alfa, y el obseso sexual que agrede y viola aprovechándose de su puesto de poder, no son tan difusos como se los presenta. Por bastante tiempo la corporación financiera y mediática ha contribuido a ocultar un comportamiento claramente delictivo de uno de los suyos. Pero ahora la vida política de DSK ha terminado.

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en Twitter:   nspecchia

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