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La cara oculta de la luna (20 12 11)

La cara oculta de la luna

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por Pedro I. de Quesada

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Y un día, la derecha española volvió a La Moncloa.

Los conservadores del Partido Popular siempre sostuvieron que los socialistas en 2004 les “robaron” unas elecciones que ya daban por ganadas, cuando los islamistas fanáticos hicieron volar por los aires los trenes en Atocha y José María Aznar no pudo endilgarle el atentado a los vascos de la ETA: estaba claro que el extremismo islámico había decidido responder con sangre a la más impopular de todas las medidas del “amigo íntimo” de George W. Bush, la participación de España –en soledad europea- en la invasión norteamericana a Irak.

Pero lo que les quitó la fallida política exterior, se los ha devuelto la crisis económica.

Rodríguez Zapatero sale por la puertita de atrás, olvidado aún antes que termine de juntar sus petates. Intentó primero ignorar la crisis, diciendo que no existía tal cosa; para después pegar un golpe de timón y, con la fe de los conversos, aplicar todos los ajustes que el liderazgo neoliberal de la Unión Europea le pidieran.

Silencioso, mientras tanto, el gallego líder de la oposición, don Mariano Rajoy, esperaba que cayeran las brevas. Y todas fueron cayendo en los últimos meses, mientras el crecimiento de la derecha en las encuestas trepaba sostenidamente.

En todo este tiempo, el secreto mejor guardado fue el programa de gobierno que tenía Rajoy en carpeta; de eso no se hablaba, y apenas se daban sutiles y polisémicas señales.

Es común el dicho en la península, que si encuentras a un gallego en la mitad de una escalera, nunca sabrás si está subiendo o si está bajando, y don Mariano hacía honor a esa característica de su pueblo. Durante los últimos meses trabajó casi en secreto, se reunió con líderes del Partido Popular, intendentes, expertos, asesores, ministeriables, economistas, sociólogos y politólogos, preparando el mensaje que develaría la salida a la crisis, la luz al final del túnel.

El secreto se mantuvo hasta ayer, cuando el ex titular del registro de la propiedad de Santa Pola –ya convertido en Presidente del Gobierno español- dio su discurso de investidura.

Y, para desazón de unos pocos y como muchos temíamos, la sorpresa no reveló nada nuevo: la luna también es redonda del otro lado.

Mariano Rajoy, previsible hasta el cansancio, seguirá línea a línea el libreto neoliberal de Ángela Merkel. Ajuste por arriba y ajuste por abajo: disminuirá los impuestos, acabará con las subvenciones sociales y los subsidios a los desocupados, eliminará los feriados, recortará en 16.500 millones de euros el gasto, bajará los sueldos de los empleados públicos, congelará las pensiones durante un año, cancelará las prejubilaciones, y “cumplirá con los compromisos de Europa” (esto es, con el recetario merkeliano).

Lo demás, sólo fueron buenas intenciones, aunque ni una palabra de cómo piensa lograrlas.

Previsible, y soporífero. La canciller alemana al menos pega un par de gritos, y golpea el atril con el puño cerrado de vez en cuando.

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[ Columna “En foco” – El Mundo – página 2 – Hoy Día Córdoba – martes 20 de diciembre de 2011 ]

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ETA renuncia al tiro en la nuca (28 10 11)

ETA renuncia al tiro en la nuca

por Nelson Gustavo Specchia

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Acorralada por la historia, la organización guerrillera E.T.A. (Euskadi Ta Askatasuna, Patria Vasca y Libertad) escenificó el pasado 20 de octubre su abandono definitivo de la lucha armada, como vía para conquistar la independencia del País Vasco de las “potencias ocupantes” de España y Francia. Apelando a la iconografía y los escenarios que han marcado la tradición de las guerrillas en las últimas décadas, tres individuos cubiertos de negro, con una capucha de seda blanca en la cual dos diminutos orificios sólo permiten ver las pupilas de los ojos, y tocados con una txapela, la tradicional boina vasca, anunciaron –esta vez en idioma castellano, no en euskera, porque estaba dirigido al mundo entero- que tras casi 900 víctimas, el reinado del terror, de los atentados homicidas a supermercados, del balazo frio en la nuca de un concejal detenido, de las bombas lapa en los guardabarros de los coches y, en fin, de la tensión de miedo y sospecha que ETA consiguió imprimir en la apacible y generosa vida civil vasca, ha terminado.

A diferencia de anuncios anteriores, esta vez parecían tres hombres los sentados a la corta mesa, frente a la insignia del hacha y la serpiente verde que ha sido el escudo de la banda; también era masculina la voz que leyó el comunicado. La contundencia del anuncio, y la tremenda importancia para la construcción cívica española, quedó en cierta manera opacada por la noticia, en simultáneo, del prendimiento y muerte del coronel Muhammar el Khaddafi, en la orilla sur del Mediterráneo, con su morbosa carga de fotografías y de videos ensangrentados. Pero, amén de su desplazamiento a los titulares menos destacados de las portadas, el paso dado por la organización terrorista debe ser leído como uno de los acontecimientos más importantes de la democracia peninsular desde el derrocamiento de la dictadura franquista, cuya transición ahora sí está cerrada. Al mismo tiempo, abre todo un nuevo capítulo en la política española, donde ETA ya no constituirá un obstáculo, pero tampoco podrá ser utilizada como excusa para no plantear las cuestiones de fondo, con que las comunidades autónomas (no sólo los vascos) interpelan al gobierno central de Madrid, desde las diversas áreas de competencias de gobierno local, hasta la distribución presupuestaria global del Estado.

LOS MUERTOS QUE VOS MATÁIS

Pero, antes de que el fin de la guerrilla separatista abra los nuevos capítulos del debate político, hay todo un conjunto de cuestiones que deben asumirse, para comenzar a cerrar las heridas que estas décadas de terror han dejado abiertas y engangrenadas. Esta semana ha sido la primera en la que los políticos y funcionarios, tanto del gubernamental Partido Socialista de Euskadi (PSE, la marca vasca del estatal PSOE), como de la oposición del conservador Partido Popular (PP), pudieron salir a la calle sin escoltas. Algunos de ellos pudieron volver a visitar los barrios viejos del centro histórico de San Sebastián o de Bilbao, tradicionales feudos de los proetarras, que se habían convertido en terreno vedado para toda una parte de la población. Habrá, también, que hablar de los presos políticos, que la estrategia antiterrorista del gobierno central ha mantenido dispersos por diversas cárceles españolas, en general alejadas del País Vasco. Habrá que abrir un debate amplio, donde sectores del tradicional partido regional, el Partido Nacionalista Vasco (PNV), habrán de reconocer también su parte de responsabilidad en el mantenimiento, durante tantos años, de la amenaza del tiro en la nuca en un contexto democrático y de libertades civiles y políticas aseguradas. Otros colectivos gravitantes en la composición social de Euskadi, como la jerarquía y el clero de la Iglesia católica –una de las más nacionalistas de Europa- deberán hacer lo propio. Un grupo de sacerdotes dio el primer paso esta semana, al proponer un pedido de perdón, desde la Iglesia, a esa mayoría de la sociedad vasca que el terrorismo mantuvo de rehén; aunque sugirieron asimismo que “España también debería pedir perdón” a ese sector que ha aspirado históricamente a su independencia.

En esta reapertura de la discusión, donde las condiciones para el restablecimiento democrático de la paz deben estar necesariamente en el centro –y con prioridad ante cualquier discusión política, aunque falte menos de un mes para la celebración de las elecciones generales- debe comenzarse, considero yo, por el reconocimiento a la paciencia y a la tenacidad de las mayorías de Euskadi, que a pesar del peligro que suponía la banda, no se amilanaron y salieron a la calle una, dos, tres, cientos de veces, con las manos pintadas de blanco, en columnas silenciosas y pacíficas, multitudinarias marchas del silencio que fueron horadando el terror y arrinconando a los violentos.

En la escenificación donde los encapuchados anunciaron “el cese definitivo de la actividad armada”, ETA dijo que lo hacía obedeciendo al pedido de un grupo de “facilitadores internacionales”, entre los cuales se contaron al ex secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan; a la ex primer ministra noruega, Gro Harlem Brundtland; y al ex jefe de las guerrillas del IRA irlandés, Gerry Adams.  Los voceros de ETA, que se siguen considerando a sí mismos la “organización socialista revolucionaria vasca de liberación universal” y siguen saludando con el puño izquierdo en alto, comenzaron en ese mismo momento con la reescritura de su historia, de cara al futuro. Será muy difícil asumir que han sido unos asesinos que mataron a sangre fría a civiles desarmados; que plantaron la “kale borroka” (la violencia juvenil callejera) para amedrentar al ciudadano de a pie; y que extorsionaron con secuestros y con la amenaza del terror a cientos de comerciantes y pequeños empresarios. En su lugar, la parafernalia “socialista” del puño en alto, las rimbombantes apelaciones a la libertad y a la opresión de los pueblos, presagia el inicio de la construcción discursiva del mito de los héroes patrióticos. Por eso el “cese de las armas” se hace ante los intermediarios internacionales, para no admitir que ha sido el tesón y la resistencia social vasca la que terminó acorralándolos y quitándoles los últimos rastros de legitimidad, aquella que habían acumulado al oponerse con la fuerza a la dictadura del general Franco, y que se negaron a abandonar cuando las condiciones políticas cambiaron y el período dictatorial fue reemplazado por una democracia plena, con todas las libertades aseguradas.

“DE PIEDRA BLINDADA”

Abriendo ese debate amplio sobre la plena vigencia de los derechos humanos en Euskadi tras la desaparición final de ETA, habrá que reconocer que esta victoria de la sociedad civil (esos “vascos de piedra blindada” a los que cantó Miguel Hernández) sobre los violentos, contó también con el apoyo de un sector de la izquierda “abertzale”, que progresivamente se fue separando del apoyo a los etarras y adoptando un camino de inclusión en las instancias democráticas autonómicas y estatales.

Sería inconducente negar que ETA sobrevivió tantas décadas sin un respaldo social; minoritario tal vez, pero real. Entonces el rol de esos “abertzales” de la izquierda independentista será a partir de ahora conciliar el núcleo duro de su discurso separatista, con el respeto a las conductas y las vías representativas y democráticas. No alcanzará con apoyar el fin del tiro en la nuca, deberán también garantizar el pluralismo electoral y, cuando sea el caso, resignarse a la voluntad decidida por las mayorías. Y este compromiso de los sectores independentistas con las reglas del juego democrático será especialmente crítico a partir del mes que viene, con el más que probable regreso del derechista Partido Popular al Palacio de la Moncloa.

La performance electoral de las agrupaciones de la izquierda “abertzale” (las coaliciones de Bildu y de Amaiur) que se desmarcaron de ETA en las últimas elecciones municipales, tanto en el País Vasco como en Navarra, siguen mostrando que hay una quinta parte de la población vasca que continúa apoyando la histórica reivindicación del país propio. Pero la Constitución española de 1978 reconoce la posibilidad de plantear cualquier reforma legal, incluyendo las mociones de independencia de una parte del territorio, si se tienen los votos suficientes.

ETA había perdido todas las batallas. El cese final de la violencia no ha sido una concesión graciosa de su parte, sino una victoria democrática de los grandes colectivos sociales. Si los vascos quieren realmente independizarse de España, sólo tienen que plantearlo, en un entorno de libertad de expresión y participación, y decidirlo por mayoría.

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[ Hoy Día Córdoba – Periscopio  – Magazine – viernes 28 de octubre de 2011 ] 

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Tristes, solitarios, finales: Zapatero y Berlusconi (04 08 11)

La crisis de la deuda vuelve a sacudir a Italia y España

La Comisión Europea insiste en que no hay emergencia ni rescate previsto aun

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MADRID, ROMA.- A pesar de que el Consejo Europeo logró conjurar la quiebra de Grecia con una cumbre de emergencia en Bruselas, el rescate heleno y el fortalecimiento del fondo de reserva continental para atender a los Estados con mayores dificultades no ha calmado a los mercados.

La confianza en los países más endeudados, que además afrontan una fuerte contracción económica interna aunada a una coyuntura política inestable, sigue cayendo en la percepción de las agencias calificadoras de riesgo, con el consecuente aumento en el costo de los títulos públicos que estos gobiernos salen a ofertar en los mercados internacionales.

De los países que se mencionaban como más expuestos al “contagio” griego, España e Italia han sido los que centraron las dudas de las agencias calificadoras y los ataques especulativos de los fondos de inversión durante los últimos días.

La sucesión de derrotas en las elecciones regionales de la coalición gobernante en la península italiana, y las declaraciones del primer ministro Silvio Berlusconi de que no se presentará a la reelección para el cargo, acosado por los escándalos personales y financieros, ha reducido fuertemente el margen de gobernabilidad de la alianza conservadora.

Por su parte, el presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, se vio forzado a adelantar la fecha de las elecciones generales para el próximo 20 de noviembre, después de la debacle electoral donde el socialismo gobernante entregó la mayoría de los gobiernos autonómicos al opositor Partido Popular, que en todas las encuestas aparece como el favorito para reemplazar a la socialdemocracia en el Palacio de la Moncloa.

Aislado por una crisis que no remite, con la más baja popularidad de todo su gobierno como producto de las medidas restrictivas adoptadas para enfrentar la crisis, y presionado por su propio partido, Rodríguez Zapatero comanda un gobierno en minoría con mínima capacidad decisoria.

Frente a estos escenarios tan volátiles, las calificaciones de riesgo volvieron a dispararse ayer, mientras en Estados Unidos el presidente Barack Obama negociaba con el Congreso un acuerdo que permitiera esquivar la caída en cesación de pagos de la primera economía del mundo.

Con esta referencia de este lado del Atlántico, los discursos oficiales emitidos desde Madrid y desde Roma, asegurando la solidez de los respectivos fondos del tesoro para afrontar los intereses y los vencimientos de títulos no lograron convencer a los acreedores, y la debilidad de la demanda agravó la depreciación de los bonos de ambos países, que vivieron la peor jornada en los doce años en que lleva instalada la Eurozona.

El escenario más temido por Rodríguez Zapatero se alcanzó cuando la prima de riesgo de la deuda española trepó hasta los 404 puntos básicos, cruzando la barrera de los 400, que además del efecto psicológico que tiene para el sistema, se considera el nivel en que la economía debe comenzar a pedir socorro al Banco Central Europeo (BCE).

La bolsa de Madrid, además, se derrumbó con la noticia, y el Ibex volvió a retroceder, acumulando una caída total del 9,4 por ciento en la última semana. La prima de riesgo italiana también estuvo fuera de control y alcanzó un máximo de 386 puntos básicos, y se especula que Roma tampoco podrá evitar el socorro del BCE en breve.

Vuelven los indignados

El todavía jefe del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) y presidente del gobierno no podría haber esperado una coincidencia de frentes problemáticos como los que se solaparon ayer en la capital.

Al derrumbe de los mercados y la caída de la bolsa, se sumaron las columnas de los “indignados”, el movimiento de protesta social antisistema, que había sido expulsado durante la madrugada por la policía de la céntrica plaza de la Puerta del Sol, y que en la tarde volvió con más fuerza que antes a tomar las principales avenidas y espacios públicos madrileños.

La reactivación de las protestas y las marchas masivas obedecieron al desalojo policial (los “indignados” argumentaban que sólo los echaban para mostrar una “ciudad falsamente ordenada frente a la visita del Papa”), sino también a las posturas del opositor Partido Popular, que intenta sacar el máximo provecho del acorralamiento del gobierno.

Los voceros del PP echaron la culpa del aumento del riesgo país a la Administración socialista, y exigieron a Rodríguez Zapatero un nuevo adelanto electoral, “este gobierno no llega a noviembre”, aseguraron.

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Las facturas de Zapatero (07 04 11)

Las facturas de Zapatero

Por Nelson Gustavo Specchia

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El presidente del gobierno español, José Luís Rodríguez Zapatero, tenía fama de ser un político de suerte.

Los comentarios sobre su suerte comenzaron en aquella interna del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), donde Zapatero, contra todo pronóstico, le arrebató la conducción al histórico dirigente José Bono. Pero por donde más circuló la fama de suertudo, y dicha con cierto regusto amargo en la expresión, fue en los corrillos afines al Partido Popular (PP).

Los conservadores achacaban a la suerte de Zapatero que los atentados del islamismo radical, que hicieron volar los trenes en la estación de Atocha, se dieran en las postrimerías del gobierno de José María Aznar. Un infortunio para la derecha que, junto al poco sutil tratamiento que el atentado tuvo desde el gobierno (Aznar y su entorno insistían, contra toda prueba, que había sido un acto terrorista de ETA, y que no guardaba ninguna relación con la participación de España en la invasión a Irak decidida por George W. Bush y a la que Aznar se había sumado, en contra de la opinión de todo el resto de la Unión Europea), les hubiera sacado de las manos unas elecciones que ya daban como ganadas.

Una victoria del PP que hubiera instalado a Mariano Rajoy en la Moncloa, sellando la continuidad de la derecha española en el gobierno desde los tiempos de Felipe González. Pero Zapatero les ganó esas elecciones, y después de sacar a las tropas españolas de Irak, volvió a ganar las siguientes.

No hay otra explicación que su buena estrella, se escuchaba reiteradamente en el cuartel general del PP, en la calle Génova, en el centro madrileño. Pero entonces llegó la crisis económica, y la buena suerte del líder socialdemócrata pareció extinguirse a pasos agigantados.

Rodríguez Zapatero, de quien se dice cultiva un optimismo a prueba de balas, tuvo cinco fallos de estrategia que, por lo que está a la vista, se han convertido en sus mayores lastres, en las cinco facturas que ha venido a saldar esta semana, con su renuncia a volver a presentarse como candidato a la presidencia del gobierno.

Las siempre difíciles relaciones entre Madrid y Barcelona (y entre el PSOE nacional y el Partit dels Socialistes de Catalunya, PSC) vivieron otro momento álgido, en los inicios de esta etapa socialista, con la aprobación del nuevo Estatuto autonómico catalán, bajo el liderazgo del correligionario Pascual Maragall al frente de la Generalitat. Zapatero midió mal las consecuencias de la ampliación de las facultades autonómicas, y el “Estatut” terminó entrampado en un tira y afloje judicial del que aún no ha salido.

El segundo error de cálculo lo constituyó la estrategia frente a la organización terrorista vasca ETA. Zapatero imaginó una negociación secreta con la banda, negada públicamente desde el gobierno. Y fue una mala apuesta: ETA lo interpretó como una debilidad, y se atrevió a tensar más la cuerda con una nueva muestra de fuerza. Y la Terminal 4 del aeropuerto de Barajas voló por los aires. Dos inmigrantes ecuatorianos que dormían en el estacionamiento perdieron la vida, y la sociedad acumuló una nueva factura –pesada- contra el líder socialdemócrata.

Pero estas deudas de política interna, a pesar de su fuerte densidad simbólica al momento de definir conductas en el electorado español, quedaron opacadas por la debacle gubernamental cuando la crisis económica originada en los Estados Unidos alcanzó las costas europeas.

En un primer momento, José Luís Rodríguez Zapatero decidió hacer como el avestruz, y hundió la cabeza en la tierra. No hay tal crisis, afirmaba a diario, sino una simple desregulación de los mercados. A su lado, las empresas (especialmente las constructoras, averiadas por el reventón de la burbuja inmobiliaria) cerraban sus puertas y los índices de desocupación subían en cada medición, pero el presidente del gobierno se mantenía en sus trece: España no está en crisis, decía.

Luego, cuando insistir en esa posición se hizo insostenible, cuando los bonos de la deuda pública griega cayeron a precios de miseria, Irlanda se preparaba para un rescate, y se difundía la sospecha de que los próximos en caer serían Portugal (como, de hecho, ha pasado esta semana, con la solicitud de ayuda del gobierno socialista luso de José Sócrates a la Unión Europea) y España, entonces Zapatero decidió admitir que sí, que efectivamente la crisis también había llegado a la economía de la península. Pero a renglón seguido comenzó a sostener que la recuperación española ya había comenzado. La dificultad de convertir este cambio de posición en un mensaje de confianza, se convirtió en la cuarta losa de piedra sobre una imagen ya muy débil.

Entonces llegó el vuelco. Después de haber negado la existencia misma de la crisis, o de haber propuesto que se estaba saliendo de ella cuando pareció verla, en mayo del año pasado Rodríguez Zapatero decidió sincerarse, y pegó un rotundo golpe de timón a la dirección de su gobierno, alineándolo a la estrategia que para enfrentar la crisis propugnaban en la Zona Euro la canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Nicolás Sarkozy: achicar el Estado, disminuir el gasto público, recortar prestaciones sociales, alargar la edad jubilatoria, subir los impuestos, eliminar exenciones, flexibilizar el mercado laboral con contratos más blandos y despidos más baratos y, en definitiva, dejar de lado el discurso y el programa socialdemócrata, para reemplazarlo por una terapia de shock neoliberal.

La poca credibilidad que le quedaba a su figura, y su capacidad de maniobra política, sufrieron un golpe determinante. Una quinta factura que, según comenzaron a indicar las encuestas y las mediciones de opinión, los votantes esperan cobrarse apenas tengan la primera ocasión electoral. Su buena estrella se había apagado.

El sábado 2 de abril, después de reunirse en la Moncloa con los principales empresarios españoles, y de tener en la mano las encuestas sobre la tendencia en firme para las elecciones municipales y autonómicas del próximo mes de mayo, Rodríguez Zapatero anunció formalmente su renuncia a volver a encabezar las listas del Partido Socialista en las generales.

Las facturas acumuladas en el mal manejo de la agenda interna y de la crisis económica han venido a empujar el cierre de una etapa que, además, puede llegar a coincidir con un cambio de turno en la conducción del gobierno español, habilitando nuevamente las mayorías legislativas a la derecha del Partido Popular.

No puede ser sino un resultado lamentable. Algo salió mal. En definitiva, José Luis Rodríguez Zapatero ha sido la encarnación de un programa progresista, amplio e inclusivo, con el que se avizoraba la posibilidad de cerrar múltiples heridas sociales que siguen abiertas, desde aquella Guerra Civil que desgarró el país, desde los cuarenta años de la Dictadura franquista, y desde las múltiples agendas pendientes que dejó la Transición. Quizá eran demasiadas expectativas, alimentadas por el optimismo y la simpatía con que este hombre entró a la primera plana de la política española.

La reparación a las víctimas de la Guerra Civil y de la Dictadura a través de la ley de la Memoria Histórica, la ampliación de derechos civiles –ley de igualdad y de matrimonio homosexual-, la reorientación hacia la centralidad política de la vida ciudadana, la conformación de gabinetes del Ejecutivo en estricta igualdad de género, y su enfrentamiento al aparato mediático conservador, iniciativas que todos le reconocen como los puntos más logrados de su programa socialista, podrían haber anticipado otra manera, más generosa, de terminar un período de gobierno.

 

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